La historia de Susana

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

No soy esa del retrato. Me refiero a la niña que aparece en la superficie de la tela, la golosa que escarba en el plato. Soy otra. El espectro escondido bajo la dura costra de cobalto. Los muchos, se detienen en la criatura. Aprecian la forma exterior, los azules, el don del artista. Mientras yo permanezco en el fondo. Soy substrato, sostén, la imagen oculta detrás de capas pigmentadas de olvido. ¿Llegarán alguna vez a descubrirme? ¿A traerme a la luz? Porque de luz se trataba, ¿recuerdas? “El resplandor de mi vida”, repetías, “¡mi Gioconda! quiero hacer tu retrato.” Lo suplicaste de nuevo mientras ebrios de cabaret volvíamos abrazados por las ramblas. Yo, sentada en el atelier, chaqueta abotonada y mantilla. Tú, vibrante de trazos blancos frente al lienzo. “Pon sonrisa apacible”, dijiste, “pon mirada lejana”. “Mi musa, resplandor de mis días.” Me llamabas la mujer velada. Eran noches de pláticas aquellas. De ajenjo, de adolescencia, de bohemia y olor a trementina. Si supieras. El alma se me cubrió de añil la tarde en que no volviste. Y fue, en realidad, mi dolor a teñir de azul tus pinceladas. Me enterraste bajo estratos de olvido. Y recubriste la tela con la imagen de un crío que, aunque no lo sabrás, se asemeja a tu hijo. Con tu mismo perfil, tan goloso y absorto en su tarea. Si supieras… eres un hábil artista. ¿Quién sabe si llegarán a descubrirme? Cuando seas famoso o en un tiempo lejano, cuando se aprenda a mirar en transparencia. Hurgando en las profundidades del cuadro quizás alguien sorprenderá mi retrato. Y hablarán de tus tristes azules. Y exhibirán el rostro de la desconocida. Más nadie se enterará de lo que esconde esa pintura, archivada como “técnica juvenil del pintor.”

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Adriana Langtry

Revelación

Cuando llegó al claro del bosque sintió un estremecimiento. No estaba acostumbrado. Instintivamente llevó la mano al bolsillo en busca del móvil. Recordó. Lo había dejado sobre la mesa, junto al tablet, apenas terminado el desayuno. Tenía apuro por salir. aún no lo habían prohibido. Sus hijos seguían hipnotizados frente a la profusión de mangas animados que, en la pantalla, substituían la información vomitada por los telediarios. Centenares de noticias que bien podían reducirse a pocos, comunes hechos trágicos: masacres, miedos difusos, catástrofes, injusticia. Desde el umbral su mujer le había advertido de no alejarse demasiado. Ahora, sin el móvil, no podía avisarle. Había andado cuadras hasta salir del pueblo. Y casi sin darse cuenta, se había internado en el bosque siguiendo rastros oscuros, sus pensamientos. Llegó al claro y, de golpe, se encontró solo, sumergido en los rayos lechosos que filtraba la alta vegetación. No estaba acostumbrado. Tampoco lo estaba su nariz que ahora se henchía de olores. Tuvo que concentrarse. Hongos, musgo, húmeda descomposición de materia, también hedor de excrementos, de cuero salvaje. La inquietud lo obligó a darse vuelta en pos de algún enemigo. Distinguió siluetas fugaces, ardillas, tal vez un zorro, graznidos que agitaban el follaje. Se adentró, sintiendo el peso de sus pasos en el el crujir del terreno. Y, de repente, tuvo ganas de trepar a los árboles, de hundirse en la espesura germinal de aquel silencio. No estaba acostumbrado. Tuvo que concentrarse. Afianzar los pies en la corteza, tomar impulso siguiendo el extraño deseo que inebriándole el cuerpo lo empujaba hacia arriba. Encaramado a la rama miró el cielo, imaginó horizontes, estrellas, nuevos caminos. Y en aquel involuntario henchirse y vaciarse de sus pulmones le pareció que ahí, desde lo alto, todo encajaba en modo perfecto. Y comenzó a reír sin motivo. Feliz, otra vez, como un niño que asombrado descubre el latido de su corazón

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Adriana Langtry

La Velocidad de las flores

Cuando llegó al claro del bosque sintió un estremecimiento. No estaba acostumbrado. Instintivamente llevó la mano al bolsillo en busca del móvil. Recordó. Lo había dejado sobre la mesa, junto al tablet, apenas terminado el desayuno. Tenía apuro por salir. aún no lo habían prohibido. Sus hijos seguían hipnotizados frente a la profusión de mangas animados que, en la pantalla, substituían la información vomitada por los telediarios. Centenares de noticias que bien podían reducirse a pocos, comunes hechos trágicos: masacres, miedos difusos, catástrofes, injusticia. Desde el umbral su mujer le había advertido de no alejarse demasiado. Ahora, sin el móvil, no podía avisarle. Había andado cuadras hasta salir del pueblo. Y casi sin darse cuenta, se había internado en el bosque siguiendo rastros oscuros, sus pensamientos. Llegó al claro y, de golpe, se encontró solo, sumergido en los rayos lechosos que filtraba la alta vegetación. No estaba acostumbrado. Tampoco lo estaba su nariz que ahora se henchía de olores. Tuvo que concentrarse. Hongos, musgo, húmeda descomposición de materia, también hedor de excrementos, de cuero salvaje. La inquietud lo obligó a darse vuelta en pos de algún enemigo. Distinguió siluetas fugaces, ardillas, tal vez un zorro, graznidos que agitaban el follaje. Se adentró, sintiendo el peso de sus pasos en el el crujir del terreno. Y, de repente, tuvo ganas de trepar a los árboles, de hundirse en la espesura germinal de aquel silencio. No estaba acostumbrado. Tuvo que concentrarse. Afianzar los pies en la corteza, tomar impulso siguiendo el extraño deseo que inebriándole el cuerpo lo empujaba hacia arriba. Encaramado a la rama miró el cielo, imaginó horizontes, estrellas, nuevos caminos. Y en aquel involuntario henchirse y vaciarse de sus pulmones le pareció que ahí, desde lo alto, todo encajaba en modo perfecto. Y comenzó a reír sin motivo. Feliz, otra vez, como un niño que asombrado descubre el latido de su corazón

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Adriana Langtry

Retrato de mujer desconocida

Picasso Azul «Le gourmet» 1901

No soy esa del retrato. Me refiero a la niña que aparece en la superficie de la tela, la golosa que escarba en el plato. Soy otra. El espectro escondido bajo la dura costra de cobalto. Los muchos, se detienen en la criatura. Aprecian la forma exterior, los azules, el don del artista. Mientras yo permanezco en el fondo. Soy substrato, sostén, la imagen oculta detrás de capas pigmentadas de olvido. ¿Llegarán alguna vez a descubrirme? ¿A traerme a la luz? Porque de luz se trataba, ¿recuerdas? “El resplandor de mi vida”, repetías, “¡mi Gioconda! quiero hacer tu retrato.” Lo suplicaste de nuevo mientras ebrios de cabaret volvíamos abrazados por las ramblas. Yo, sentada en el atelier, chaqueta abotonada y mantilla. Tú, vibrante de trazos blancos frente al lienzo. “Pon sonrisa apacible”, dijiste, “pon mirada lejana”. “Mi musa, resplandor de mis días.” Me llamabas la mujer velada. Eran noches de pláticas aquellas. De ajenjo, de adolescencia, de bohemia y olor a trementina. Si supieras. El alma se me cubrió de añil la tarde en que no volviste. Y fue, en realidad, mi dolor a teñir de azul tus pinceladas. Me enterraste bajo estratos de olvido. Y recubriste la tela con la imagen de un crío que, aunque no lo sabrás, se asemeja a tu hijo. Con tu mismo perfil, tan goloso y absorto en su tarea. Si supieras… eres un hábil artista. ¿Quién sabe si llegarán a descubrirme? Cuando seas famoso o en un tiempo lejano, cuando se aprenda a mirar en transparencia. Hurgando en las profundidades del cuadro quizás alguien sorprenderá mi retrato. Y hablarán de tus tristes azules. Y exhibirán el rostro de la desconocida. Más nadie se enterará de lo que esconde esa pintura, archivada como “técnica juvenil del pintor.”

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Adriana Langtry

Gente al sol

La gente en el sol de Edward Hopper

Podría ser una mañana fría de primavera. Podría ser el patio de una posada perdida en una ruta provincial con vista al campo. Podrían ser cinco desconocidos reunidos por mera casualidad en la geometría asolada que los pálidos rayos recortan entre el suelo y la  pared. Se trataría entonces de gente ensimismada, absorbida tal vez por la rigidez del paisaje, un horizonte de colinas que avanza sobre el terreno pajizo con la azulada concreción de un glaciar. Podría ser también que en vez de extraños fuesen cinco amigos que la noche anterior, volviendo de algún party animado, con una punta de tino hubiesen preferido pasar en aquel hotelucho los efectos de múltiples gintonics. Se explicaría así el porque de tanta elegancia y de la quietud de resaca que envuelve el cuadro. Pero tal vez, podrían ser más que amigos, dos matrimonios, digamos Magda y Sam Lenox y los Conforti. El quinto, quizás un joven soltero, pongamos que nada menos que Raoul Fante el famoso actor de telenovelas. Raoul “el  Rubicondo”, último amante de Magda Lenox, esa enérgica señora con echarpe y sombrero y zapatitos blancos de tacón. Podría ser que Magda esa misma mañana hubiese tomado la decisión de su vida, abandonar al viejo Sam y a su joven amante por aquella estudiante vietnamita que frecuenta sus clases de filología germánica. Podría ser que sentada en la reposera la mujer no pudiese dejar de pensar en la chica -de ahí la leve crispación de sus labios- y que Sam, a su lado -la calva apoyada en la pequeña almohada que ha sacado del baúl del Buick escarlata- ya lo sepa, como está enterado del Rubicondo y de todas las infidelidades de su esposa. Quizás por eso, plácido en la tumbona dormita con la serenidad de quien no tiene memoria o es falto de ideas; y que Magda, al contrario, enfundada en un completo plomizo es la flecha de un arco tendido lista para ser disparada. Podría ser que Raoul, cabizbajo en la segunda fila, hubiese ya intuido el final de la historia o que harto de esta amante madura estuviese soñando nuevas conquistas. Del lado de la pared, ocultos por el grupo, los Conforti parecen absortos en otras fantasías, ella tal vez, en la llegada de un hijo, él en el trabajo extraordinario que lo espera. Podría ser también que lo más intenso de la escena fuesen el rojo del echarpe de Magda y el tumulto de personajes que pueblan el libro hojeado por Raoul.

Adriana Langtry

El agujero negro

La casa de la abuela era el mundo. Un universo que se expandía profundo desde el zaguán azulejado hasta la cocina trasera, a través de una sucesión telescópica de aberturas y cuartos que el dormitorio clausurado partía en dos.

Dicha habitación se encontraba entre las piezas de las tías y la que había sido de mi madre. A diferencia de las otras, daba a un pasillo corto y techado que unía el primer patio rebosante de helechos con el del fondo, usado como tendedero. Tenía, además, la particularidad de una puerta vidriada recubierta por cortinas oscuras, que siempre cerrada con llave se erguía como un patíbulo frente a una especie de gruta húmeda y gélida que era el baño. 

En su complejidad, el pasaje constituía aquello que durante la infancia llamábamos el agujero negro. Un lugar para sortear de prisa, gritando y corriendo a todo trapo. Pasar por el agujero negro significaba respirar hondo, tomar carrera y coraje y avanzar, el corazón en la boca, hasta llegar ilesos del otro lado, burlando los fríos mordiscos que desde el baño arañaban y el acoso incesante de aquella órbita ciega que desde su clausura nos rechazaba y atraía como un imán. 

En nuestros juegos de niños el vasto espacio de la casa se redujo a ese punto cerrado. ¿Qué escondía? Nunca lo supe. Quizás, como repetían esquivos los mayores, tan solo cachivaches. Solo mi primo siguió en los años relatando historias de muertos, hablando del antepasado ahorcado, de los ruidos extraños, de los llantos. De un mundo oculto en el agujero negro, algo que en ciertas noches, aún hoy no me deja dormir.

Adriana Langtry

La careta

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Esta tarde la terraza está repleta. Es extraño. Reina el silencio. Colgaron farolitos chinos y la transparencia del aire es tan azul que, mirando desde la barandilla, las ondulaciones de las colinas podrían confundirse con el oleaje del mar. Un paisaje sereno, no cabe duda. Sin embargo, es extraño.  

De todos modos, hoy, para la entrada triunfal, me pintaré el rostro de blanco, los pómulos bien rojos, labios de sangre y dos manchones oscuros en los ojos.  Algunos dirán que me parezco al payaso que desde hace meses viene todas las tardes. Un tipo triste, fumador solitario que ya no causa sorpresa ni alegría. A mis clientes, en cambio, sé que les gustará mi disfraz, gritarán excitados: ¡sácate la careta Amerí! -así me llaman porque vengo de América. Sueñan con arrancarme el vestido escotado y poseerme. Conozco a todos los presentes, al pintor para el que posé en posiciones de contorsionista, al general en jefe que me transformó en su campo de batalla, al burgués cabizbajo que arrastró hasta aquí a su frígida mujer, tan solo por volver a verme. A todos, marineros asiáticos e ilustres banqueros europeos, todos se pierden en pos de fuertes emociones. Conozco a esta gente. Detrás de los buenos modales y la fe en el progreso adoran, aunque no lo confiesen, la vulgaridad y sobre todo la muerte. 

Por eso me paso de las críticas. Mi careta es auténtica. Dicen que soy arrogante por este modo que tengo de andar con la cabeza alta. ¿De qué tendría que avergonzarme? Al fin de cuentas, esta terraza está llena de máscaras, sin contar los clientes que espían del otro lado del lienzo. No hago más que cumplir con mi tarea en esta extraña tarde de julio de 1914, donde reina el silencio y todo parece seguir igual.

Adriana Langtry

La prensa

Para la abuela la prensa era importante. Tres veces por semana leía los periódicos. ¡Tráeme el diario!, exclamaba al primero que se asomaba a la cocina. No leía otra cosa. Y a diferencia de nosotros que los elegíamos siguiendo tendencias adversarias, cuando ella decía ¡tráeme el diario! se pasaba de toda ideología. 

Así, terminadas las tareas de casa, la abuela se sentaba en la sala, sus cortas piernas colgando de la silla, y desplegaba el periódico sobre la mesa en ancho y en largo, cuidadosamente, como si fuese un corte de seda fina o el mantel de lino de las fiestas. Si en ese instante se hubiese desplomado el mundo, creo que la abuela no se hubiese dado cuenta. Porque ella, el diario, lo leía de arriba a abajo, desde los grandes titulares hasta los caracteres tipográficos más pequeños. Las gafas puestas, el cuerpecito encorvado, la abuela se aplicaba con el mismo esmero en las distintas y, según la inclinación del repartidor del día, contradictorias secciones, desde la política a la económica, pasando por los clasificados, televisión y avisos fúnebres.

A rito consumado, el periódico venía doblado y depositado en la pila de papel viejo que guardaba en el armario de la limpieza. Hojas embadurnadas de tinta que luego renacerían en sus manos cumpliendo nuevos y útiles servicios: empaquetar los huevos de las ponedoras del gallinero del fondo, envolver todo tipo de basura, hacer de felpudo en los días de lluvia, limpiar los vidrios, dar forma a los zapatos o protegerlos de la humedad.

Tres veces por semana la abuela hacía su reclamo. Ni un día más ni uno menos. Un modo, quizás, para mantener el equilibrio de su pila de diarios. Porque para ella la prensa era importante, necesaria, más bien imprescindible.

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Adriana Langtry

Candelaria Romero, la guardiana de los cuentos

¿Para qué sirven los cuentos?  ¿Qué sentido tienen las narraciones?  ¿De dónde viene esta urgencia humana de relatar, de leer, de escuchar historias?

A estas preguntas responde con mágico encanto el espectáculo “Affabulare, il racconto del raccontare”, creado e interpretado por Candelaria Romero, actriz, poeta y dramaturga nacida en Tucumán (Argentina), ciudadana sueca y residente en Italia desde 1992.

“Affabulare” (del latín fábula y en estrecha relación con el verbo hablar) es una obra compuesta por tres historias entorno al relato y al arte de la narración. Un espectáculo original y  sorprendente. Una de las razones, porque no es el público el que se desplaza hasta el teatro sino la mismísima actriz que lleva la función a los hogares. De hecho, la obra está concebida para espacios reducidos: bibliotecas, jardines, el proprio salón de casa. Candelaria Romero, como aquellos  artistas medievales que andaban de plaza en plaza recitando historias, lleva su entramado de palabras de casa en casa.

Es así que el público, habitualmente reducido al anonimato,  se transforma de repente en un acogedor grupo de amigos y conocidos que, sentados en la intimidad de un hogar como lo hacían ya nuestros antepasados entorno al fuego, comparten una velada escuchando la variedad de relatos que Candelaria teje y desteje, con habilidad y calidez, durante casi una hora.

Una experiencia única e intensa. Probar para creer. Semanas atrás lo hicimos. Familiares y amigos reunidos en casa. Quedamos extasiados. El suelo del living poblado de objetos, utilería exigua pero eficaz: libros luminosos, casas plegables de cartón, tubos colorados que a modo de hilos telefónicos incitan a los espectadores a la comunicación.  Y todo acompañado por esa  emoción profunda que solo una  auténtica “cantadora-contadora” sabe evocar a lo largo del viaje narrativo: recuerdos,  vivencias, sensaciones, frases que indican, silencios que orientan, palabras que reconstruyen el agitado pasar de nuestras vidas por la Vida.

Tiene “duende” Candelaria Romero. Me recuerda justamente a aquellas  “cantadoras” que la escritora y psicoanalista Pinkola Estés llamaba “las guardianas de los cuentos.” Quizás porque su pasión por el teatro y la poesía la cultivó desde niña, una herencia transmitida por su padre, el poeta tucumano Mario Romero, y su madre Marisa Villagra, escritora e investigadora de narraciones orales del norte argentino.

En  Estocolmo, donde la familia llega en exilio en 1979, la joven se gradúa en el Gimnasio de Arte Dramática en 1991. Un año después viaja a Italia donde echa nuevas raíces. Desde entonces Candelaria Romero produce y presenta sus obras de teatro civil y de poesía en italiano. Es co-fundadora y miembro del grupo femenino poético-teatral Compagnia delle poete. Desde 2017 conduce el proyecto “Circolo dei narratori”  para la formación de narradores, promovido por el Sistema Bibliotecario de Bergamo y destinado a la educación de la ciudadanía a través de historias que mantengan viva la memoria cultural del territorio y refuercen los lazos entre los ciudadanos.

Obras, proyectos, narraciones que son también antídotos contra el resurgir de antiguos y atávicos miedos, de esa violencia que nos espera agazapada, desde siempre, como los monstruos en los cuentos.



Adriana Langtry

El hechizo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Había dado con ella fácilmente. Las instrucciones eran claras. “La encontrarás”, estaba escrito, “a esa hora de la tarde en que el estío embriaga los sentidos de calidez amarilla. Estará allí”, decían los libros, “sentada en el patio, envuelta en las gasas blancas del vestido, los hombros desnudos y torneados, el rostro apenas protegido por una capelina.” La había encontrado fácilmente. Y eran días que le revoloteaba entorno sin decidirse. 

Lo peor había quedado atrás. Lo sabía. Había surcado distancias inabarcables. llanuras kilométricas, planeado sobre abismos vertiginosos. Había superado el peligro implícito en cada una de las pruebas grabadas, como mandamientos, en las páginas: la privación del desierto, el furor de las tormentas oceánicas. Y a cada una había subsistido: a la ferocidad de las bestias, a las llamas que de ramo en ramo devoraban las forestas, a los despistes y a los disparos de los cazadores. Llegó, exhausto e incólume, del otro lado del mundo. Era un sobreviviente. 

Había dado con ella sin esfuerzo. Y ahora, para desbaratar por siempre el maleficio, le quedaba por cumplir ese último gesto: recoger las alas, posarse sobre la silla de hierro y entregarse a sus manos redentoras. 

Pero eran días que le revoloteaba entorno. Y días que ella se sentaba a esperarlo, enfundada en su largo vestido de gasa blanca. Ambos sabían. Las instrucciones eran precisas. “Aquel pichón que logre cruzar del otro lado del mundo en solitario y que, posándose en una tarde amarilla, encuentre a la mujer vestida de blanco, recibirá sus caricias. El hada romperá así el hechizo y el ave retomará su antigua forma humana.”  Inicio y final del relato, todo desde siempre estaba escrito. Sin embargo, revoloteaba indeciso: ¿para qué volver a ser humano, se preguntaba, ahora que he aprendido a volar? 

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Adriana Langtry

Selva

Ríos verdes, aguas calientes. Mis ojos, dos camalotes llevados por la corriente. Sucio de fango estoy, hirviendo de fiebre. Mis manos son remolinos entorno a tus sinuosidades. Trepo por altos barrancos. Duermo en juncales podridos. Respiro tu olor a crepúsculo, tu negrura de esteros, tu vapor de diluvio. Cedros y yacarés, formol de hormigas y tábanos. Machete, duro machete quiebra tu cuerpo de lianas. Terciopelos de anacondas a remolcar las jangadas. Sudor de caňa y sequía. Furia de incendio y de hachas. Colmillos envenenados se disputan mis entrañas. Vorágine de alaridos, ceguera de sol sin rayos. Muerte que engendra y destierra. Corazón americano.

Adriana Langtry

Por entonces

— ¡al diablo! —recuerda haber dicho mientras se dejaba caer en el asiento que flanqueaba las mesitas del bistrot. Aquella mañana la primavera entibiaba París y el aire, recuerda, era un vivero de brotes germinados. Poco antes había colgado la corneta del teléfono que compartía con los demás pensionarios. Estaba enfadada. Hablar con sus padres nunca había sido fácil, menos desde que había dejado el pueblo. 

Era tarde. Recuerda haber bajado al bar de prisa. Los cabellos sueltos. Se reconoce enfundada en ese vestidito de falda muy corta y en las altas botas de cuero. Era su atuendo. Lo usaba a menudo, también en las manifestaciones estudiantiles. Con ese vestido había conocido a Jean. 

Tenían una cita. En la espera intentaba leer el periódico, un ejemplar de Le Monde suspendido entre la mesita y la franja estrecha de tela que cubriéndole el regazo mostraba la desnudez de unos muslos por entonces torneados. Existía el futuro luminoso. Existía Jean. Era cierto, por entonces. Si sus padres lo hubiesen sabido habrían sancionado: un vagabundo. Habían pasado la noche juntos. Tampoco pensaban casarse.

— ¡al diablo!, —recuerda. Se reconoce en la joven que en la foto se mordisquea las uñas. Vuelve a oír la voz de mando del padre que ordena “¡Vuelve a tu tierra, a tu familia!”

Han fallecido. Observa con atención la imagen. Percibe el sentimiento ambiguo de aquellos días, mezcla de excitación y nostalgia. Vuelve a escucharse entonando “she’s leaving home”, la canción preferida. Y de pronto, repara en la mujer de la mesita de al lado que, en completo de tailleur con sombrerito, parece fulminar con la mirada a la muchacha. Una señora burguesa, una mujer mayor que observa, ¿envidiosa?

— al diablo, murmura. Y en un halo de compasión, inconcebible por entonces, repone la vieja foto en el cajón.

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Adriana Langtry

Por lúdica pasión

“El juego es como una isla en medio de la vida del chico: esa es la felicidad.”

          (María Elena Walsh)

No recuerdo cuándo escuché por primera vez a María Elena Walsh pero no cabe duda que pertenezco a la primera generación de argentinos formada con sus canciones. Por si alguien no lo sabe, María Elena Walsh (1930-2011) fue una poeta, escritora, dramaturga, cantante y compositora argentina que a fines de los años cincuenta revolucionó la literatura infantil hispanohablante.
Lo que sí recuerdo muy bien es cuando mis jóvenes padres me llevaron por primera vez a un lugar majestuoso, una especie de catedral que llamaban Teatro, donde el duo “Leda y María” presentaba la obra para niños “Canciones para mirar.”


Corría el año 1962 y el teatro era el Municipal General San Martín de Buenos Aires, gigante de vidrio y cemento inaugurado solo un par de años antes y que se convertiría en uno de los centros culturales más importantes de Latinoamérica. El espectáculo, todo una novedad. Una obra que rompía con las monótonas y empalagosas producciones dedicadas al mundo infantil. Una especie de cabaret para chicos –canciones, disfraces, pantomimas, monólogos disparatados- creado e interpretado por María Elena Walsh junto a Leda Valladares, folclorista tucumana, musicóloga y cantante; duo que se había consolidado en París durante los primeros años cincuenta entonando motivos del folclore argentino en la bohemia de los cafés literarios y en el flamante Crazy Horse.
Fue en París que Walsh, poeta ya estimada por Juan Ramón Jimenez, comenzó a escribir canciones para niños readaptando a la lengua castellana los juegos lingüísticos y el nonsense de las antiguas nursery-rhymes.
En Europa, como dirá más tarde, María Elena redescubre su infancia. Para esta joven crecida en una familia de ascendencia inglesa, irlandesa y andaluza, la recuperación de la niñez nada tiene que ver con la nostalgia sino con el presente vital de la fantasía, de la creación, del juego. “Creo que la única felicidad de los chicos radica en el juego”, dice la artista arrasando de una vez por todas con ese mito azucarado que considera la infancia la edad de oro por excelencia, “ y, dentro de este contexto”, prosigue, ”el juego verbal y el musical son extremadamente importantes.”


Hay 25 pajaritos
encerrados en el pastel.
Hay 25 pajaritos
y una cucharada de miel.
El Rey está en la torre
contando monedas de oro.
El Rey está en la torre
con una lechuza y un loro.
La Reina está en el salón
comiendo pan con mantequilla.
La Reina está en el salón
con una corona amarilla
(“Pastel de pajaritos” M.E.Walsh, versión libre de “Blackbirds in a pie”)

La fantasía es el núcleo central de la obra de Walsh. Una fantasía que abarca el sinsentido, la irreverencia, la magia, la poesía, jamás lo truculento –como en los tradicionales cuentos infantiles- la intención pero nunca lo ilógico, algo inaceptable desde el punto de vista infantil. Escribo entre los chicos, solía decir la artista, no para los chicos.
De aquella lejana tarde en el teatro conservo emociones entremezcladas: alegría, grande expectativa y casi un temor reverencial por todo lo que se desarrollaba en el escenario: las voces cristalinas del duo quebrando el silencio de la sala al son de guitarra y percusiones, los coloridos disfraces de la pareja de actores que mimaban los textos. Un espectáculo sencillo y a la vez exuberante, poblado de personajes tan imaginarios como cotidianos que hubieran podido tranquilamente tomar el té con Alicia en el país de las maravillas: la hormiga Titina que con su sombrilla de flor amarilla camina con maña por la telaraña, la mona Jacinta que se peina y se peina porque quiere ser reina (“ay, no te rías de sus monerías”), la Vaca estudiosa que a pesar de ser abuela quiere ir a la escuela o la familia de polillas que por compasión de la oronda naftalina (“¡no la mates!, me da pena”) decide mudarse de ropero. Canciones que desmantelaban con desparpajo los estereotipos de la educación de la época y metían patas para arriba el mundo proponiendo perspectivas oblicuas, despatarradas, que sin pretende enseñar nada (la rebeldía de Walsh desdeñaba todo tipo de moralina) revelaban el aspecto lúdico y paradójico de la existencia.

“Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres.
Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés
y que un año dura un mes.”
(El Reino del Revés)

Cuenta la historia que el espectáculo tuvo tanto éxito que los grandes sin hijos buscaban críos prestados para ir a cantar junto a toda la chiquilinada. En 1963 el duo estrena “Doña Disparate y Bambuco.” El mundo walshiano se puebla de nuevos personajes: el intrépido Mono Liso que “a la orilla de una zanja cazó vivo una naranja”, la tristeza de los castillos medievales “solos a la orilla de un río”, el deseo absoluto de Matías el Osito que quiere comprar un tiempo no apurado, todo lo que guardan los espejos, cuentos de la mano de una abuela y una pelota que haga gol. En esta obra aparece por primera vez uno de mis personajes preferidos, Manuelita la tortuga que, enamorada, decide marcharse a Europa “un poquito caminando y otro poquitito a pié” para hacerse embellecer.
“Tantos años tardó en cruzar el mar
que allí se volvió a arrugar,
y por eso regresó
vieja como se marchó
a buscar a su tortugo
que la espera en Pehuajó.”
(“Manuelita la tortuga”)

A partir de 1968 la artista se aleja del mundo infantil y pasa a escribir canciones para adultos que sin ser declaradamente de protesta como el contexto lo requería afrontan, en ese estilo franco y reservado que la caracteriza, temáticas candentes: la violencia del poder, la emigración, la relación conflictiva con la tierra natal. Estrena, ya como solista, el exitoso espectáculo “Juguemos en el mundo.” Muchos de sus temas -“Zamba para Pepe”, “Serenata para la tierra de uno”, “Como la cigarra”- entrarán en el repertorio de grandes intérpretes como Mercedes Sosa.

“Tantas veces me mataron
Tantas veces me morí
Sin embargo estoy aquí resucitando
Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal
Porque me mató tan mal
Y seguí cantando”
(Como la cigarra)

A lo largo de su vida María Elena Walsh publicará poemarios, cuentos para niños, artículos periodísticos (es famosa su nota “Desventuras en el País Jardín de Infantes” que en 1979 enfrenta a la censura de la dictadura), dos novelas en parte autobiográficas “Novios de antaño” y “Fantasmas en el parque” y una entrevista concedida durante su larga enfermedad a Gabriela Massuh y publicada en 2017 en forma de libro, “Nací para ser breve”. Ha recibido premios y reconocimientos internacionales como el del prestigioso Premio Hans Christian Andersen y su obra ha sido traducida en diferentes idiomas. A su muerte, por iniciativa de la fotógrafa Sara Facio, compañera de toda una vida, nace la fundación que lleva su nombre.

María Elena Walsh fue una voz anticonvencional en el panorama argentino y latinoamericano, una librepensadora que transformó la literatura infantil y puso alas a la fantasía de muchas generaciones de niños y adultos. Lo hizo como era su estilo, con inteligencia, elegancia e ironía, con talento y humildad, sufriendo también la censura, la discriminación, la distancia. Desde aquellos lejanos años sesenta sus canciones han entrado a formar parte del imaginario de generaciones y generaciones de argentinos. La mía, no cabe duda, fue la primera pero no será la última a seguir entonándolas, agradecida, no por nostalgia sino por obstinada y lúdica pasión.


Mercedes Sosa, Serenata para la tierra de uno: https://youtu.be/dIjGVX67-iA

María Elena Walsh, Antología para niños : https://youtu.be/-4-CgZMqBZI

María Elena Walsh, El 45: https://youtu.be/msc3HOyM82g

Mercedes Sosa, Como la cigarra: https://www.youtube.com/watch?v=wv_-kUkP998


Adriana Langtry

La riqueza del libro pobre

Hay libros que nacen para ser mirados más que leídos. No importa si contienen textos escritos porque estos carecen, generalmente, de contenidos semánticos específicos. No son tampoco libros de fotografía ni de arte. Son libros concebidos y realizados por un artista visual. Libros obras de arte: libros de artista. En este género interdisciplinar, cuyos precursores son las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX, el libro deja de ser el tradicional vehículo de textos literarios o teóricos para convertirse en una entidad artística propia centrada en el valor visual y espacial de la página. Podríamos decir que la escritura de un libro de artista no es literaria, o no lo es en modo exclusivo, sino plástica. Sus características (infinidad de soportes, técnicas y materiales) han dado a luz a una gran variedad de subgéneros, algunos más cercanos a lo literario, otros a lo pictórico o escultórico. A mitad, entre el libro de artista y la tradición de los antiguos manuscritos miniados, encontramos lo que Daniel Leuwers ha bautizado “livre pauvre”, el libro pobre.

livre pauvre: Crédo de l’aube Ghislaine Lejard

Poeta y crítico literario francés, profesor de letras modernas en la Universidad de Tours, Daniel Leuwers ha elaborado este concepto a partir del encuentro, en su juventud, con el poeta René Char (1907-1988). Desde la segunda posguerra René Char ha llevado acabo una intensa colaboración con los que llamaba “mis pintores”: Braque, Arp, Brauner, Miró, Matisse, Picasso, etc. Nacieron así un gran número de manuscritos poéticos iluminados. El deseo de continuar el diálogo entre lenguajes artísticos diferentes lleva a Leuwers, en 2002, a invitar a poetas y plásticos a participar a su primera colección.

¿Pero qué es un libro pobre y por qué “pobre”? Es pobre porque su realización no es costosa. Pero ante todo, porque está fuera de los circuitos comerciales. Su requisito principal es el de no estar en venta. Ninguno de los participantes es remunerado. Se trata de una colaboración inédita, lúdica y desinteresada. Se crea algo bello por el simple gusto de hacerlo y de exponerlo luego al público. Aquí toda su riqueza. Digamos sorprendente para los tiempos que corren.
El libro pobre está realizado en pocos ejemplares, de 2 a 6, todos originales de dimensiones reducidas cuyos destinatarios son: el autor, el artista visual y las exposiciones permanentes o itinerantes.
El soporte es la simple hoja de papel (de acuarela, cartulina, etc), plegada en dos, en acordeón o de otro modo. En cada ejemplar el escritor -generalmente un poeta- escribe a mano un texto breve: poema, haiku, fragmentos de prosa; el artista lo ilustra usando la técnica que prefiere: dibujo, pintura, grabado, foto, collage. El proceso puede también invertirse y el poeta seguir con su caligrafía las huellas trazadas por el artista.

Como sostiene Daniel Leuwers “Lejos de ser un libro donde uno se sienta para dar vuelta las páginas, es una página en torno a la cual uno da vueltas estando de pié. Por otro lado, la conjunción de la escritura manuscrita y de la ilustración original ponen al libro pobre por encima de las publicaciones ordinarias.” De hecho, si el libro pobre escapa a la comercialización atesora en sí mismo un valor inmenso: pura belleza para alegrarnos la vista y el espíritu.

La colección Leuwers cuenta hoy con más de 2000 piezas en muestra en la “Maison Ronsard” en el Priorato de Saint-Cosme, cerca de Tours, última morada del poeta Pierre de Ronsard y patria del libro iluminado medieval. En 2008 la editorial Gallimard ha publicado un bellísimo catalogo “Richesse du livre pauvre” (del cual, por otro lado, he tomado prestado el título) donde se pueden apreciar algunos ejemplares de los diferentes poemarios lanzados por Leuwers. Todos llevan como título una obra de Mallarmé, en homenaje al precursor de la poesía visual.

Numerosos escritores, poetas y artistas de todo el mundo han participado a esta colección: Yves Bonnefoy, Fernando Arrabal, Michel Butor, Annie Ernaux, Pierre Buraglio, Claude Viallat, Erró, entre otros. Han sido organizadas exposiciones internacionales y lanzadas nuevas colecciones como la de Ghislaine Lejard, poetisa y collagista francesa, a la cual tuve el placer de participar y que luego me animó a crear, junto a escritoras y artistas visuales, una serie de librillos en italiano y en español.

Del libro pobre nació también este poema con el que los dejo:

Ménage harmonieux (*)

Les mots
illuminent la page enluminée
par les couleurs.
Etincelles du sens qui
s’épanouissent dans la profondeur
de deux silences.


(*) relación armoniosa: las palabras/iluminan la página miniada/por los colores./Chispas de sentido que/florecen en la profundidad/de dos silencios.


Adriana Langtry

Duelo

Quién llorará la muerte del último hombre, de los últimos hijos de las últimas madres. Quién nos echará de menos cuando el género humano se haga arena, se disuelva como témpano frágil, se evapore de la faz de la tierra.

En qué estrella remota, en qué humus quedará la memoria, un destello, en qué piedra una huella, en qué abismo deshilachados alfabetos. 

Me pregunto con nostalgia de especie, añorando del futuro la pérdida o quizás lo que nunca habrá sido. 

Qué será de todos nuestros dioses, me pregunto. ¿Resistirán a tanta irreverencia?

Adriana Langtry

Nueva destinación

Los muros de la antigua fortaleza han sido apenas refrescados.  Encaladas las celdas, iluminados los estrechos corredores que no hace siquiera un siglo atrás llevaban de las mazmorras al patio central donde se levantaba el cadalso. Los desgastados terraplenes, consumidos un tiempo por el ir y venir de caballos, de  cañones y botas y luego de vehículos chirriantes, han sido  rellenados y  recubiertos con un pedregullo claro, casi blanco, que contrasta con las altas murallas incrustadas en los dientes oscuros de los Alpes. La nueva destinación prevé que la fortaleza se convierta en un polo de atracción turística, un centro cultural. Grandes carteles amarillos esparcidos por torres y desniveles indican ahora, sin posibilidad de error, direcciones obligadas: entrada, salida, punto bar,  ascensores, baños. Estos últimos, concebidos con criterio postmoderno dentro grandes containers negros semejantes a búnkeres.

Para rehabilitarla han recubierto la extensa pared del fondo, la de los fusilamientos, con una enredadera que recae sobre el foso, revestido de césped y bancos de madera, rebautizado “zona relax”. Los calabozos de la antigua prisión ahora albergan cuadros e instalaciones de artistas  contemporáneos. El gran despliegue de iniciativas forma parte de un proyecto mayor que se propone dar nueva vida a aquella que fuera en una época un laberinto infernal.

Y pudiera decirse que casi lo han logrado si no fuera por algunos hechos incontrolables que nadie sabe explicarse. Sucede a menudo que los visitantes vengan azotados por un tropel de ráfagas heladas que como escalofrío recorren las cavidades del baluarte. Sucede también que escapen asustados por los lamentos que,  como respiración entrecortada,  brotan de la piedra. Si no fuera por esto, la nueva destinación sería perfecta. Nadie habla tampoco del líquido morado que cada tanto destila de las grietas y que ningún encalado ha conseguido hasta ahora cancelar.

Adriana Langtry

Mundo naïf

Surprised HenriRousseau.1891

Tiempo atrás tuve la ocasión de visitar el Museo Internacional de Arte Naïf Anatole  Jakovsky de Niza -ubicado en el Castillo Sainte-Hélène, antigua residencia del famoso empresario perfumista François Coty-. Tengo que admitir que este museo era el último en mi lista de lugares para visitar en “Niça la béla”. Descubrirlo fue una agradable sorpresa. 

¿Qué sabía yo del arte naïf? Poco y nada. Que era un estilo cercano al mundo infantil.  Y en parte es así. El naïf es llamado también arte ingenuo, instintivo, pero eso no es todo. Es un estilo que se desarrolla a fines del Ochocientos, fuera de las corrientes estéticas y movimientos culturales de la época y ajeno a todo academicismo. De hecho, sus adeptos eran en su mayoría autodidactas, en muchos casos de origen modesto, quienes utilizando formas sencillas creaban mundos particulares, maravillosos, cargados de fantasía, visiones, simbolismos vinculados a la vida cotidiana y a la iconografía popular. Caso ejemplar fue la llamada “escuela de Hlebine”, uno de los primeros grupos de arte naïf a nivel mundial formado por campesinos croatas autodidactas que en los aňos treinta del siglo pasado comienzan a dedicarse a la pintura durante la temporada invernal de descanso agrícola. Sus obras evocan la vida rural: paisajes, ritos, retratos que adquieren el rango de arquetipos identitarios. 

En el Museo de Niza se exponen pinturas, esculturas, dibujos. Recorrer sus salas es descubrir la historia del Naïf desde el siglo XIX hasta nuestros días. Encontramos artistas como el pionero Henri Rousseau (1844-1910) llamado El Aduanero (Le Douanier), quien comienza a pintar durante las horas muertas de su aburrido trabajo en la Aduana de París; como Séraphine de Senlis (1864-1942), de origen humilde que ya entrada en los cuarenta y trabajando como criada inicia a pintar durante las  horas de descanso sus luminosas flores (la película de Martin Provost, “Séraphine”, narra su triste historia); como Antonio Ligabue (1899-1965) para el cual el naïf será el trampolín hacia un trágico y potente expresionismo; como los óleos pintados bajo vidrio por Ivan Generalić (1914-1992) o Slavko Stolnik (1929-1991), artistas de Hlebine. 

Esta corriente artística, que ha tenido repercusión internacional como lo prueban las obras de los brasileños Chico da Silva y Heitor dos Prazeres, de la argentina de origen alemán Aniko Szabo, de la mexicana Carmen Esquivel, de los anónimos pintores de ex-votos o de Isabel Martínez Ferrero madre del naïf español -para citar sólo algunos-, se caracteriza por la sencillez y la espontaneidad de sus figuras: formas idealizadas o fantásticas, uso de perspectivas alteradas o inexistentes, precisión de detalles, dibujo no siempre perfecto, búsqueda de armonía sin pretensiones reflexivas, uso de colores brillantes y de fuertes contrastes, gran impacto visual. El Naïf forma parte de aquellas artes definidas “populares” (primitiva, brut, singulier, folk, quilting, pop y demás) producidas por artistas no profesionales o fuera de las corrientes institucionales, si bien ha contado entre sus filas pintores como Gauguin y Frida Kahlo y tenga hoy un circuito propio de galerías y museos especializados. 

La vasta colección del museo nizardo se debe en buena parte a Anatole Jakovsky (1909-1983), critico de arte francés nacido en Chisinau, cerca de Odessa, y promotor a partir de los aňos cuarenta del arte naïf, quien en 1978 dona a la ciudad su importante colección privada.

¿Qué más decir? El lugar es hermoso, una residencia de dos pisos rodeada de jardines y muy cerca del mar. La colección sorprendente. El naïf un mundo original y rico de  sorpresas. En fin, si pasan por ahí no dejen de ir a visitarlo. Y si hacen una lista, no olviden ponerlo al tope.


Musée International d’Art Naïf Anatole Jakovsky: Château Sainte-Hélène, 23 Avenue de Fabron, 06200 Nice, France


Adriana Langtry

Como de costumbre

Thomas Cole The Garden of Eden, detail

—¿Pero por qué? —le pregunté a mi Padre mientras nos encaminábamos, como de costumbre, hacia el centro del jardín. La mañana era diáfana y los frutos resplandecían en los árboles como gemas preciosas en los escaparates natalicios. 

Como de costumbre Padre no contestó. Y mi hermano mayor, que me seguía por doquiera como un chiquillo, me dio un empujón a guisa de protesta. Escuché su muda queja: ¡eres ambiciosa, mujer!

Yo sólo quería saber. ¿Qué había de malo en ello? Pensar en que habría de transcurrir una existencia interminable en la monótona placidez de ese jardín me volvía loca. Conocía al dedillo esa prisión dorada que anestesiaba los sentidos.

¡¿Qué más podemos desear?! había exclamado ingenuamente mi hermano. 

—Por ejemplo entrar en las sombras del bosque— dije, indicando la mancha que como un mar oscuro rodeaba el parque convirtiéndolo en isla— abrir senderos, descubrir qué hay del otro lado.

—Es peligroso… —susurró el muchacho.

—Por ejemplo —proseguí mientras marchábamos, como de costumbre, hacia el centro— coger el fruto que cuelga del árbol que tú sabes.

—¡No! —gritó deteniéndose, las mejillas afiebradas por la excitación— nos lo ha prohibido. 

—¿Pero por qué?

—Dice que moriremos…

—¿Y qué es morir?—exclamé alzando la pregunta al cielo— ¡deseo sentir, saberlo!

Mi hermano calló. Con cortejo de pétalos y mariposas llegamos, como de costumbre, donde el árbol con sus ofrendas tentadoras.

La serpiente dormía. Padre, ausente. Aproveché la ocasión y mi hermano mayor, cachorro hambriento, succionó de mi boca trocitos de pulpa jugosa. 

¿Qué más decir? Cuando volvimos a mirarnos él era un hombre viril, yo su doncella. Escapamos de ahí. Aprendimos la añoranza. El deseo fue sol, mutó horizontes, trajo alegrías, fracasos, el dolor atroz, por fin la muerte. Y también a todos ustedes, hijos míos, suerte de eternidad.

Adriana Langtry

Puentes trémulos

—Lo importante es la salud —dice la mujer bajando por el camino de herradura.
No es joven. Delgada sí y también ágil como esas cabras avistadas al doblar la última cuesta. Las cabras en la ladera y en lo alto, el pueblo encaramado en la montaňa. Un aglomerado de casas de piedra y techos de laja suspendido en el silencio majestuoso de los Apeninos. Llegamos una primavera tardía, huyendo del trajín cotidiano y de las cotidianas inquietudes, a esa zona de Italia llamada Lunigiana, antigua colonia romana -Luna, Lunis, Lunensis Ager- ubicada entre Liguria y Toscana.

A primera vista el pueblo parece abandonado. Sol a pico. Ventanas cerradas, nadie por las estrechas callejas. Pero la profusión de gatos descansado en los peldaños de las escalinatas que llevan hacia la parte alta del vecindario, y la armónica geometría de las viňas aterrazadas cuesta abajo, delatan la presencia de una humanidad estable y consolidada. Un retablo de paz, se diría, la expresión de una vida sencilla, retirada del bullicio.

Un poco más allá, en un muro limítrofe nos topamos con la señalización rojo y blanca, pinceladas que indican el pasaje de la Via Francígena, símbolos a los que aferrarse para no perder la orientación. Ahí inicia el declive escarpado que conduce al puente medieval de piedra sobre el río Magra que, si bien restaurado o gracias a ello, conserva su macizo esplendor. Nos detenemos. Tomamos aliento. Es el punto ideal para contemplar la maňana que se vuelca radiosa sobre nosotras, y escuchar el borboteo del torrente que se escurre por debajo de nuestros pies. En ese instante entra en escena ella, como una aparición.

—Lo importante es la salud —repite mientras avanza— con salud uno puede hacer lo que quiere.
No es joven, tiene una edad indefinible. Delgada sí, como hecha de leňa seca o de la mismísima arenisca de las esculturas paganas originarias de la zona. Diosas y héroes, esculturas antropomorfas que se suman al patrimonio de menhires y monumentos prehistóricos común a toda Europa, conservadas en el museo de Pontremoli, la ciudad de los puentes trémulos, encrucijada milenaria de peregrinos.

La mujer lleva la piel ajada, bruñida y adherida a los huesos que asoman como ramaje por las aberturas del vestido de mangas cortas, un simple batoncito floreado abrochado adelante. Toda ella es un manojo de nervios entorno al ramillete de flores silvestres que aprieta delicadamente entre las manos. Los cabellos teňidos de un intenso rojo borravino vuelven sus arrugas abruptas y, si bien los lleva recogidos, lucen extravagantes comparados a la sencillez de su figura, como si revelaran una oculta desazón. Hay algo de arcaico en ella, por mitad campesina por mitad curandera, habría podido formar parte del batallón de mujeres que en siglos anteriores, por esos lugares, la Inquisición quemó por brujería.

¿Pero adónde irá con ese ramillete?
—¡Vengan!— nos ordena mientras trepa por un estrecho sendero que se pierde en el bosque de castaňos. Castaňos y nogales y robles, la seguimos en el bosque tupido.
— Se lo pido siempre al angelito — dice — todos los días se lo pido, trabajo y salud para todos.
Pedregullo, cuencas, desniveles. La mujer es una cabra de monte, sube de prisa, conoce de memoria el terreno, mientras para nosotras cada paso es un intento por encontrar un apoyo seguro, por restaurar un equilibrio perdido. Encaramadas tras ella estamos diseñando, sin darnos cuenta, una hilera de huellas, lejanas del trajín cotidiano y de las cotidianas inquietudes, una senda que si bien incierta e inestable parece en ese instante contenernos.

—¿Vienen de lejos?— pregunta de sopetón. Se ha detenido, nos observa con la mirada inquieta de rapaz. Tomamos aliento. A ninguna de las tres se nos ocurre mencionar el lugar que, en tiempos desfasados, dejamos del otro lado del océano. ¿Para qué complicar las cosas? Respondemos al unísono: de Milán.
Tampoco se nos da preguntarle: ¿Y usted? Lo damos por sentado. La mujer es de ahí desde siempre, es parte del paisaje, como el mismo silencio que ahora nos rodea cargado de zumbidos de abejas, de cencerros y campanas que taňen en alguna iglesia remota.
—Yo soy de aquí… —afirma, y agrega en seguida como para que no queden dudas— pero conozco Milán y otras ciudades del norte. De aquí emigré cuando joven, no había trabajo, estuve afuera muchos años…
Las palabras surcan el claro del bosque donde nos hemos detenido, tienden hilos sutiles entre ella y nosotras, son como un puente colgante entre orillas opuestas que oscila tembloroso sobre un barranco.

— …volví para cuidar a los viejos —prosigue— y si yo no volvía ¿quién se iba a ocupar de ellos? si hay salud todo está bien — continúa — tengo un hijo de cuarenta y dos aňos que vive todavía conmigo y un marido que me ayuda en el huerto, doy inyecciones, trabajo de enfermera, allá en el norte pasé años en un hospital…en un hospital psiquiátrico —lo dice en voz baja, casi en secreto— vi muchas cosas feas…—frunce el ceňo— ¡ustedes no se lo pueden imaginar!

Reanudado el camino llegamos a la carretera. No es verano, no hay tráfico. El bosque abraza el asfalto con chillidos de pájaros e intenso olor a hierbas. Ahora caminamos en hilera del lado contrario del precipicio. De vez en cuando nos rebasa el rugido de una moto que a toda velocidad atraviesa las curvas que, una tras otra, delinean la topografía montaňosa. A un cierto punto la mujer exclama: —íAhí está!

Es un altar de piedra, una especie de hito de un metro y medio al pie de la ladera, con un soporte perpendicular sobre el cual yacen dos macetitas de malvones. Son las ofrendas a la imagen de cerámica blanca, un tanto desvaída, de la Madonna y el Ángel vistos de perfil.
—Vengo siempre a pedírselo —afirma con un cierto orgullo— aquí no tenemos mucho, un poco de salud y de trabajo y ya está, es suficiente—. Y luego agrega en voz baja, casi como si estuviera rezando— el ángel de la guarda sabe, estuve en el hospital psiquiátrico muchos años pero un día me fui…
Luego calla. Sigue un estremecimiento de hojas. Nos ponemos a recoger florcitas amarillas que depositamos en el ara junto a su ramillete. La mujer arregla las macetas, riega las plantas con una botella de plástico que dejó escondida detrás de una piedra, lustra la imagen de cerámica con un pañuelo de papel.
— También aquí ha pasado de todo —retoma— muertos, enfermedades, la malignidad de la gente, si ustedes supieran…¿pero ven estos bosques? ¿estos campos? ¿estos valles?— y su mano huesuda señala el panorama – es que el Señor les manda a todos un poco de calvario pero buena parte de sufrimiento —agrega casi sonriente— nos lo creamos nosotros mismos ¿o no es verdad?

Se ha hecho tarde. Siguiendo las sinuosidades de la carretera llegaremos cuesta abajo a Pontremoli, la ciudad de los puentes trémulos, sede del premio literario Bancarella y, según las leyendas, de duendes y licántropos. En unos días más estaremos de vuelta en el trajín cotidiano, con las cotidianas inquietudes ¿a crearnos nuestro calvario personal? Quién sabe. En vez, lo que sí presiento es que de ahora en más el pobre angelito estará muy ocupado.
—Para todos —repite la mujer mientras nos despedimos— se lo pido, salud y trabajo para todos, también para ustedes tres.


Adriana Langtry

Significados

En la televisión hablaban del monumento medieval. Robert, adormecido sobre el diván escuchó el nombre de aquella Catedral. Se despabiló de golpe. Se sentó y rastreando con los dedos los objetos desparramados sobre la mesita dio con el mando a distancia. Subió el volumen. Hablaban del incendio, de París, la caída de un símbolo. 

Los ojos de Robert vagaron en las tinieblas. Una inmensa congoja lo invadió. Se acarició la barba encanecida y recordó de inmediato aquella noche pasada en aquel pueblo cerca de Connecticut hacía más de treinta años. Pocas cosas habían cambiado desde entonces. Ahora tenía casi ochenta, estaba jubilado y había enviudado dos veces. Una vida hecha. Por lo demás seguía viviendo en Seattle y, como entonces, era ciego de nacimiento.

En la televisión hablaban de la devastación en acto. Robert trató de imaginar el calor de las llamas, monstruos voraces devorando la estructura que sucumbía como hoja de papel. Pensó en Raymond y en aquel dibujo que juntos habían diseñado esa noche lejana. Lo había conservado. Sintió la urgencia de encontrarlo. Se levantó y se dirigió al  armario. Su memoria interior no le fallaba. Lo halló escondido en un  cajón.

Era un papel grueso de bolsa de las compras. Logró sentarse en el piso,  lo desplegó y acariciándolo le alisó las arrugas. Luego, con las yemas de los dedos comenzó a recorrer las gruesas lineas trazadas por el bolígrafo. Su corazón latía emocionado. ¡Ahí estaban! Las torres principales, los rosetones, la prominente aguja, arbotantes y gárgolas. Pasando los dedos por los surcos Robert volvió a sentir el calor de su mano apretando la de Raymond mientras guiaba el bolígrafo. Nada se había perdido, pensó el ciego. Ahí seguía, todavía intacto, el diseño de su vida, aquella Catedral gótica en todo su esplendor. 

Adriana Langtry