Como de costumbre

Thomas Cole The Garden of Eden, detail

—¿Pero por qué? —le pregunté a mi Padre mientras nos encaminábamos, como de costumbre, hacia el centro del jardín. La mañana era diáfana y los frutos resplandecían en los árboles como gemas preciosas en los escaparates natalicios. 

Como de costumbre Padre no contestó. Y mi hermano mayor, que me seguía por doquiera como un chiquillo, me dio un empujón a guisa de protesta. Escuché su muda queja: ¡eres ambiciosa, mujer!

Yo sólo quería saber. ¿Qué había de malo en ello? Pensar en que habría de transcurrir una existencia interminable en la monótona placidez de ese jardín me volvía loca. Conocía al dedillo esa prisión dorada que anestesiaba los sentidos.

¡¿Qué más podemos desear?! había exclamado ingenuamente mi hermano. 

—Por ejemplo entrar en las sombras del bosque— dije, indicando la mancha que como un mar oscuro rodeaba el parque convirtiéndolo en isla— abrir senderos, descubrir qué hay del otro lado.

—Es peligroso… —susurró el muchacho.

—Por ejemplo —proseguí mientras marchábamos, como de costumbre, hacia el centro— coger el fruto que cuelga del árbol que tú sabes.

—¡No! —gritó deteniéndose, las mejillas afiebradas por la excitación— nos lo ha prohibido. 

—¿Pero por qué?

—Dice que moriremos…

—¿Y qué es morir?—exclamé alzando la pregunta al cielo— ¡deseo sentir, saberlo!

Mi hermano calló. Con cortejo de pétalos y mariposas llegamos, como de costumbre, donde el árbol con sus ofrendas tentadoras.

La serpiente dormía. Padre, ausente. Aproveché la ocasión y mi hermano mayor, cachorro hambriento, succionó de mi boca trocitos de pulpa jugosa. 

¿Qué más decir? Cuando volvimos a mirarnos él era un hombre viril, yo su doncella. Escapamos de ahí. Aprendimos la añoranza. El deseo fue sol, mutó horizontes, trajo alegrías, fracasos, el dolor atroz, por fin la muerte. Y también a todos ustedes, hijos míos, suerte de eternidad.

Adriana Langtry