Nueva destinación

Los muros de la antigua fortaleza han sido apenas refrescados.  Encaladas las celdas, iluminados los estrechos corredores que no hace siquiera un siglo atrás llevaban de las mazmorras al patio central donde se levantaba el cadalso. Los desgastados terraplenes, consumidos un tiempo por el ir y venir de caballos, de  cañones y botas y luego de vehículos chirriantes, han sido  rellenados y  recubiertos con un pedregullo claro, casi blanco, que contrasta con las altas murallas incrustadas en los dientes oscuros de los Alpes. La nueva destinación prevé que la fortaleza se convierta en un polo de atracción turística, un centro cultural. Grandes carteles amarillos esparcidos por torres y desniveles indican ahora, sin posibilidad de error, direcciones obligadas: entrada, salida, punto bar,  ascensores, baños. Estos últimos, concebidos con criterio postmoderno dentro grandes containers negros semejantes a búnkeres.

Para rehabilitarla han recubierto la extensa pared del fondo, la de los fusilamientos, con una enredadera que recae sobre el foso, revestido de césped y bancos de madera, rebautizado “zona relax”. Los calabozos de la antigua prisión ahora albergan cuadros e instalaciones de artistas  contemporáneos. El gran despliegue de iniciativas forma parte de un proyecto mayor que se propone dar nueva vida a aquella que fuera en una época un laberinto infernal.

Y pudiera decirse que casi lo han logrado si no fuera por algunos hechos incontrolables que nadie sabe explicarse. Sucede a menudo que los visitantes vengan azotados por un tropel de ráfagas heladas que como escalofrío recorren las cavidades del baluarte. Sucede también que escapen asustados por los lamentos que,  como respiración entrecortada,  brotan de la piedra. Si no fuera por esto, la nueva destinación sería perfecta. Nadie habla tampoco del líquido morado que cada tanto destila de las grietas y que ningún encalado ha conseguido hasta ahora cancelar.

Adriana Langtry