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El partido

Llueve a cántaros, el cielo está oscuro, la habitación donde escucha la radio está sumergida en la oscuridad. Escucha el rumor rugiente de los espectadores que trasciende la voz envuelta del periodista que, como si fuera un solista, dialoga interminablemente con su orquesta. De vez en cuando un grito del orador destaca un acontecimiento que provoca al público. El cual responde con gritos salvajes, trompetas o entona en voz alta canciones populares. 

Ella teme sobre todo los goles que detonan como un cañonazo en medio de la pelea a los hinchas que están furiosos y que, si pudieran, se precipitarían al campo para participar en los abrazos, las carreras, los saltos y la locura de los jugadores que, a su vez, tienen gestos de orgullo que se asemejan a los de un gorila que golpea con sus puños su torso desnudo en señal de orgullo.

Pero lo que más le asusta es cuando un árbitro odiado sanciona a un jugador y una mitad del estadio se levanta contra la otra, los gritos no se detienen, las invectivas llueven y se puede temer enfrentamientos asesinos.

Ella enciende la luz, como para poder olvidar esos momentos horribles. 

María sabe de lo que habla. Cuando conoció a Paolo servía en una de esas cervecerías que rodean el estadio donde ríos de cerveza fluyen para dar de beber a los que celebran la victoria y a los que lloran la derrota. Esa noche, él y sus amigos se consolaban de un desastre atroz que podría hacer descender a su club a una división inferior. María se había ofrecido a llevarlo a casa, no estaba en condiciones de volver. Ella tuvo que defenderse ante su ebriedad agresiva, pero como él era guapo y ella lo quería, lo llevó a su casa.

Hicieron el amor por la mañana, después de ducharse juntos. Fue maravilloso y poco después empezaron a salir.

Ella lo acompañaba a los partidos de los domingos, aunque no entendía nada de este juego que le irritaba y rechazaba el clima de violencia que la rodeaba. Dejó de ir cuando una noche después del partido había sido víctima de una escena excesiva, debido a la agresividad del grupo de amigos del que formaba parte Paolo. Pretendían de su parte favores que no podía conceder. Se había escapado a su casa y se había encerrado en su habitación. Paolo volvió furioso, intentó forzar la puerta, pero afortunadamente sus amigos se lo impidieron. Al día siguiente, con Paolo, vinieron a disculparse.

“Goooool” se oye en la radio.

¡El equipo de Paolo ha perdido el derbi contra el equipo contrincante! 

Es horrible, piensa ella, se irá de bares y volverá borracho. Así que se encierra, como cada vez, en su habitación con una silla que bloquea la puerta. Pero está asustada. De hecho, él llega tarde y los ruidos que oye no presagian nada bueno. Tocan con rabia la puerta y de repente escucha un ruido sordo, golpean la puerta para derribarla. Tiene que huir absolutamente, pero ¿por dónde? La habitación está en el primer piso, no puede tirarse por la ventana. La puerta se tambalea con los golpes repetidos. Va a ceder.

—¡Socorro! — Grita.

Es entonces cuando se despierta, el sol inunda su habitación, un hermoso sol de primavera. 


Huir del sueño es despertar.
Cita de Henri-Frédéric Amiel; Diario, 25 de abril de 1879.
Jean Claude Fonder

Rosas de lana

Afuera hay luz todavía. La hora legal retrasa la oscuridad.
¿Es viernes?… No, quizás es sábado...
Los días se mezclan como los ingredientes de una tarta. Todos con el mismo color, todos con el mismo sabor, el sabor de la ausencia.
¿Adónde huyeron estos meses de vida no vivida?
¿Dónde estarán todos aquellos abrazos hechos únicamente con la mirada?
¿Podré rescatarlos?
¿Me devolverán aquellos momentos secretos en que los dos intentábamos desatar los nudos de la vida?
¿Logrará mi cabeza recobrar su orden después de la invasión de miles de telediarios y múltiples versiones?
Se fue un invierno, y después otro invierno, y ahora otra primavera.
¡La huida más grande del siglo!
¿Y yo?
Yo sigo haciendo rosas de lana.

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Iris Menegoz

Por eso, ahora me voy

“Mi madre, por supuesto, no estará de acuerdo” pienso, mientras pongo lo esencial en una maleta.

Nunca lo estuvo: desde el principio él no le cayó bien. No esperaba que se hicieran amigos: eso habría sido pedir demasiado, pero al menos confiaba en que lo tratara con respeto.

Pero a ella nunca le gustó y sigue sin gustarle.

A mí, en cambio, me enamoró enseguida.

Ni siquiera me fijé en el color gris de su pelo y de su barba. Me deslumbró la luz oscura que vi brillar en sus ojos mientras hablaba de su viaje a África. Me encantaron las palabras verdes y azules de ríos y valles lejanos, que su voz me acercaba y hacía reales.

Me sedujo su mirada, en la que atisbé en un solo instante toda una vida que yo ni siquiera había imaginado, y que entera estaba allí, en su primera sonrisa.

Todo en él prometía una existencia diferente: su sombrero de viajero, que no se quitaba ni en casa, su camisa arrugada que siempre parecía recién sacada de una maleta mal hecha, los gestos anchos de sus manos que me llevarían de mi sosa vida hasta un mundo desconocido…

Creo que fue un flechazo. Ni siquiera tuve el tiempo de olvidarme de los chicos que había frecuentado antes, no hizo falta: ya no existían estos amorcitos pachuchos. Si me hubiera parado a pensarlo, me habría dado cuenta de que a ellos les había entregado sólo la cáscara de mí misma.  Pero ahora toda mi anodina vida anterior ya no existía.

Al principio, creo que él se enamoró de mi amor, del halago que le producía verme tan hechizada, de las tardes delante al fuego, de los paseos por la orilla del río, siempre escuchándole. 

Pero una tarde me tomó la cara entre sus manos, fuertes y cálidas, y me dijo -Ahora, habla tú. 

Y eso fue el amor.

—Pero ¡Gabriela! ¡Si es más viejo que tu padre!  —me regañó mi madre. — ¿Qué pretendes hacer de tu vida?  ¿Hacer de enfermera?  ¿Quedarte viuda pronto? ¡Con lo joven y guapa que eres! ¡Con la de pretendientes que tienes, y tu vas a salir con ese… ese anciano! -me escupió en la cara.

Por eso, ahora me voy.

Todo lo más, mi madre se enfadará conmigo, con él, con el mundo… en fin, ¿qué más da?  Nuestras discusiones son añejas. Por nada que le diga, siempre se irrita: por una vez, tendrá una buena razón para enojarse.

Me voy sin despedirme, llevándome solo unas pocas cosas en mi maleta pequeña.

Grandes serán los paisajes de viento y de sol que atravesaremos juntos; largos serán los días cabalgando en la sabana, mirando el horizonte; lentas serán las tardes, sentados en el porche, esperando la puesta del sol detrás de las acacias…

Hasta que nos parezca tarde. 

Silvia Zanetto

La fuga

La vida de Cristina había llegado al tope, su carrera profesional estaba proyectada hacia un futuro luminoso y ella transcurría todo el día entre su oficina en el distrito policial y el tribunal donde actuaba como abogada.

Su último caso le había dejado un malestar que después de un mes aun la agotaba.

Cuando su compañera del colegio la llamó por un repatriado pensó que un largo fin de semana en una casita de campo, cerca del lago, la ayudaría a recuperarse.

Sin pensarlo llamó a su jefe comunicándole que ese fin de semana se tomaría algún día de descanso y regresaría el lunes; fue a su habitación a cambiarse y a preparar un maletín con lo necesario para esa temporada de descanso y salió con su coche.

Finalmente alcanzó el pueblo donde vivía su compañera, un lugar totalmente aislado, al borde de un bosque. Las instrucciones recibidas le indicaron el hostal donde pasaría la noche. El programa era muy rico y al día siguiente organizaban una búsqueda del tesoro.

Por la mañana se presentó con una mochila y, a quien le preguntaba, decía que necesitaba un cambio de ropa por si acaso se caía al arroyo. El grupo de compañeras se marchó y a los pocos pasos empezaron a dividirse, siguiendo diferentes caminos. 

Cristina se aseguró de que nadie le seguía, se cambió de ropa, se puso una peluca encontrada en el cesto de los objetos perdidos que estaba al lado de la conserjería, y se dirigió hacia la pequeña estación de trenes. Subió en el primero que paró y, al llegar a la primera ciudad, salió para cambiar otra vez su destino. Al final del día estaba a unos quinientos kilómetros. Compró unos vestidos grunge en una tienda de ropa usada, luego entró en el servicio de una cafetería muy grande donde nadie le haría caso, se cortó el pelo, lo tiñó de un color castaño y se cambió la ropa. La nueva Cristina estaba lista.

Se alojó en una pequeña pensión y, tras dejar sus cosas, decidió dar un paseo por el pequeño pueblo donde le parecía respirar un aire nuevo. Su mirada se paró sobre el cartel expuesto en el escaparate de una tienda de flores: buscaban una ayuda para preparar el festival de las flores que empezaría dentro de un mes. Entró en la tienda buscando más información; el dueño, un joven muy amable, con una sonrisa cálida, le explicó que el festival atraía a mucha gente y era muy divertido ya que se organizaban juegos y venían muchas atracciones. La persona a la que buscaba le ayudaría en la organización y también en el arreglo floral; Cristina le dijo que si y se acordaron para que empezara a la mañana siguiente.

Ahora solo necesitaba un lugar donde vivir, no le gustaba quedarse en una pensión anónima; entró en una cafetería para tomarse un refresco y pensar en los pasos a seguir. Mientras esperaba a la camarera, oyó la conversación de dos señoras sentadas en la mesa a su izquierda; la mas anciana ofrecía una habitación en cambio de compañía y de algún servicio. Se presentó, intercambiaron algunas palabras y la habitación fue suya.

A lo largo de dos días su vida había cambiado completamente; la fuga desde su viejo trabajo agotador se volvió en un nuevo inicio.

Elettra Moscatelli

Fuga de la realidad

¿Quién nunca ha sentido la tentación de escapar de la Realidad? Se puede hacer solo durante los sueños, pero al despertar todo vuelve a aparecer como es.

La vida es una batalla constante y es hermosa por esta misma razón, a fin de cuentas no se puede sentir felicidad sin antes haber sentido dolor.

Ciertamente hay momentos terribles en los que a uno le gustaría huir, pero se deben tener en cuenta las probabilidades  de ser víctimas, pensamos que somos los arquitectos de todo, quien creó el mundo  nos ha dejado libres para actuar.

La única forma de no tener que escapar de la realidad es explotar la belleza que nos rodea en cada lugar y en cada circunstancia y, sobre todo, luchar por encontrar la solución y sentirnos en paz con nosotros mismos.

Leda Negri

¡A la fuga!

Picasso – La muerte del torero, 1933

Fin de semana. Mañana va a ser domingo y se celebrará una gran fiesta, o por lo menos eso es lo que dice la voz traída por el viento, aquí en esta valla que comparto con otros compañeros de aventura. Estamos esperando desde hace unos días. La voz ha dicho que sólo elegirán a algunos de nosotros para participar en este evento y todos estamos ansiosos por conocer los nombres de los afortunados. Parece que una muchedumbre de personas asistirá aclamando, gritando con pasión y tirando flores. Parece que un hombre lucirá un traje de luz de color oro o plata, muy elegante, para recibirnos, y llevará una muleta de color rojo puesto que se cree que este color llama nuestra atención; de hecho, a mí me da igual. Habrá otros hombres llevando algo que llaman banderillas. No sé lo que son.

Un día más; de verdad espero ir de viaje a Las Ventas en Madrid. Por fin han decidido. Vamos a salir, yo y otros cinco compañeros. El viento sigue soplando muy fuerte, y me parece tan engañoso. Me trae esa voz que dice que tengo que tener cuidado. ¿Pero cuidado de qué? ¡Estoy tan animado! Es mi estreno en sociedad.

Gordito va ser el primero a salir al ruedo. La gente silba y grita un nombre. El espectáculo ha empezado. Ha transcurrido ya bastante tiempo, y Gordito aún no regresa. La gente repite un nombre, lo aclama una y otra vez. ¿Qué pasa?

Atrevido es mi nombre y realmente lo soy. En este momento estoy recibiendo palizas con sacos de arena, me duelen mucho, no entiendo por qué puesto que me estoy portando bien. Ahora van a abrir la puerta de toriles, me toca a mí salir al ruedo. La voz me persigue: <date prisa, date cuenta de que estás en peligro, no te hagas el héroe>. De pronto al entrar en la arena todo se hace evidente. ¡Qué estupidez pensar que fuera una fiesta! debo de estar completamente loco. Claro está que se trata de un espectáculo sangriento y cruel. Siento que se desvanece instantáneamente la alegre excitación causada por mi ingenuidad de joven novillo. Entonces sorprendiendo al público, que se queda callado, a los picadores y sobretodo al hombre del traje de luz, rompo el vallado y me doy a la fuga. Cruzo calles y avenidas corriendo sin saber para donde estoy yendo. Quisiera llegar a los recintos del campo y avisar a todos de lo que pasa en estas fiestas, quisiera retomar mi libertad y celebrar el peligro evitado, y sobretodo quisiera agradecer a la voz que me había llamado a la realidad. Un viento fuerte sigue soplando en la ciudad, pero ahora sólo trae voces gritando ¡Toro a la fuga!

Raffaella Bolletti

El cruce de ferrocarril (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-r1

Un golpe en la ventanilla le despertó de sobresalto, un anciano gruñón golpeando la ventana le gritaba que pasara. ¡Qué pena, la mujer rubia le parecía tan real!

Cruzó la carretera y comenzó el ascenso al estanque encantado, lo llamaba así de niño, cuando venía a beber chocolate mágico con su abuelo. Pasó la curva y se encontró en un estacionamiento inmenso, el antiguo quiosco se había convertido en un edificio moderno, las ventanas cubiertas de carteles de exposiciones y festivales. Flores de malva rosa salían del asfalto como hierba; una decena de clientes sentados en los bancos de madera de las mesas exteriores, descansaban sobre cojines esponjosos que representan amapolas rojas elevándose entre los hilos de hierba de un césped verde. Geranios rebosantes de grandes jarrones descendían de las ventanas de la primera planta. En el estacionamiento se bajó de la camioneta y caminó hacia dentro. Entró en la cafetería, todo azulejos y espejos, un lugar moderno, sin encanto, a pesar de los mapas representando los senderos circundantes para caminar durante largos paseos. ¡Qué maravilla poder pasear por aquellos senderos con una chica rubia como la de su sueño! ¡Ojalá la conociera! Se acercó a la barra: un rayo de sol se reflejaba en el cromado de la máquina de café iluminando el pelo largo, rubio, ondulado de la persona situada detrás de la barra. Estaba de espaldas y para llamar su atención Jordi la saludó: “Buenos días!”. La persona se volvió: dos ojos celestiales y magnéticos le miraron, una sonrisa abierta y tierna, enmarcada por una barba gruesa, y una voz rasguñosa de barítono, le preguntó, “¿Que desea?”

Instintivamente Jordi se volvió hacia la ventana en busca de ayuda, otro cliente, un transeúnte cualquiera. Miró el reflejo del sol, tenía la impresión de que su vida se había puesto patas arriba; un nombre volvió a su cabeza, irreal, surrealista: Antón. Jordi arregló esa cara enmarcada por la barba. Un dolor agudo, se llevó la mano al corazón, le gustaría hablar, escapar, deshacerse de ese maldito sueño. Señor, señor, ¿qué tiene?, ¿está enfermo? ¿Desea un chocolate? 

¡Un chocolate!

Elettra Moscatelli

German

Nieve (primera parte) https://wp.me/scDIqM-nieve

Él no se dio cuenta de que yo, Nieves, recogí la taza. Él con la boca abierta, pasmado, me miró, lo vi mientras me  levantaba de la mesita, donde me interrogaron de forma informal,  Él vio mis muslos, mi pelo rojo recogido en un moño alto y admiró, como siempre, mis incontables pecas. 

Germán decía que mis ojos eran de un azul imposible y yo siempre me reí, ahora sabía que lo que me parecía imposible había sucedido. Dios me había castigado.

No le había cambiado el pañal y me justificaba, intentando callar mi conciencia, diciéndome que despertarlo era molestarlo pero sabía que asearlo bien, tenerlo seco y realizar los cambios de postura en la cama evitaba las dolorosas escaras o pústulas que olían a cloaca, tan odiosas para ellos, para todos.  Ya nunca más podría hacer nada. Don Jaime había muerto solo y por mi culpa.

Germán me había preguntado si no estaba harta de este trabajo tan duro y yo le contesté

—Estoy harta de mi marido y de los chicos que dan mucho trabajo y no me gusta planchar, ahora a mi marido le ha dado por apuntarse al golf, dice que así conseguirá más clientes.

—Imaginación no le falta a Rosales, ya se le veía desde la escuela a mi compañero de pupitre, Andrés Rosales, “el que la sigue la consigue” decía ¡tú ya lo sabes! mucho tiempo estuvo detrás de ti y mira: casada  con él y con dos hombres. 

—Calzoncillos para lavar por triplicado tengo ahora. —le contesté.

Germán aquella noche estaba hablador y yo también. Mi hermana me había entregado una carta que saqué del bolsillo y le leí.

—Mira la respuesta de mi hermana a una pregunta que le hice hace un año:

Me preguntaste una vez por qué me fui a vivir con él. Nieves, hermana, esta es mi respuesta: 

“Me besó con toda su alma, me amó con todo su ser y lo sé. 

Nadie me dijo tantas palabras bellas, ni me besó con tanta devoción, nadie me amó hasta abrazarme el corazón.  

Me amó y lo amé”

—Qué bonito y que buena respuesta, qué lista es tu familia, sobretodo  tus hijos, con sus carreras ya terminadas. Eso es porque salieron a ti ¡Anda que no hay cubo que te recoja la baba! — me dijo. Nos reímos a carcajadas. — Cállate que vamos a despertar a los que están dormidos. Don Jaime está enfermo, lo voy a dejar descansar en la habitación 303.

—Buenas noches Nieves ¡hasta mañana bonita!

—Buenas noches Germán.

Escuchó que los pasos de él regresaban

— ¿Se te olvido algo? 

—Sí, una pregunta ¿y a ti quién te ha abrazado así? 

—A mí, a mí así me abraza el mar Germán, el mar.

Los dos estaban de pie, solos en la sala de enfermería, en el office.

Se acercó a mí y me dio dos besos frescos y llenos de esa lentitud dulce que me encantó, la suavidad lenta escarpaba mi cuerpo, sentí como me elevaba.

Mi mirada buscaba sus ojos y mis pechos crecían. German estaba frente a mí y acarició mi cabeza y se enredó en mi pelo rojo mientras sus ojos sonreían y me beso una, dos y mil veces, bajando por el cuello hasta mis hombros, el que más me había dolido durante el día era el derecho, pensé. El dolor ya no estaba.  

Había soñado tantas veces con esto, sentí cómo él se acercó a mi cadera despacio y llego hasta mis nalgas y mientras saboreaba mi espacio más secreto, acariciaba mi pecho pequeño para la palma de su mano con un pezón grande y erguido, sentí de pronto un cuerpo que no era el mío, era más alta, más guapa y él me miraba sin cansarse. De la mesa pasamos al suelo, resbalamos y no dejamos de besarnos. Él me abrazaba con fuerza, me sentía segura, sentía que jamás me caería y destrozamos para siempre la amistad de más de veinte años sobre una blanca sábana de hospital, suavemente colocada en un suelo frío que se agradecía en aquel verano tan recio donde a pesar de todo corría el agua. Sentí entonces la serenidad de mi alma mientras inhalaba el frescor del rocío de la mañana.

Después descubrí a don Jaime, como lo llamé siempre, a las ocho, un  agosto  cualquiera porque este año se me olvidó, ya él no cumpliría ninguno más. No dejo de llorar, me siento tan culpable, mala, fría y dura en algunos momentos y en otro  frágil como una hoja arrastrada por el viento. 

Había ocurrido por mi culpa, estaba ausente.  La noche anterior fue una ola de seis metros que atravesó el océano completo y me dejo una estela infinita.

Sentí como si yo le hubiese clavado el bisturí, sentí que no podía caminar, no podía dejar de llorar por él y por mí, por mi vida entera. Pese a todos mis esfuerzos, los días habían sido mañana, tarde y noche y de nuevo, otra vez, lo mismo, mañana tarde y noche, la vida se había convertido en días iguales en los que olvidar era un propósito, hasta ayer.

Había muerto, la muerte de él, la muerte de don Jaime también acercó mi muerte; la certeza de que la única ocasión de vivir es ahora. Don Jaime, mi anciano preferido había muerto mientras yo aproveché un momento lleno de besos, un solo ahora de los millones que contiene una vida. Me levanté y me  fui con la taza en mi mano a recoger el tiempo.

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Blanca Quesada

La inocencia de la nieve (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rc

Hace una semana, Antonio me contó la terrible tragedia de la familia Coliman. El profesor Isacco Coliman, su esposa, las dos hermanitas y la vieja abuela, fueron arrestados por la SS y traslados a la prisión de S. Vittore, antecámara de la deportación a los campos de la muerte. El chivatazo fue de un vecino, Romano Tenconi, conocido fascista y delator.

El profesor Coliman fue mi profesor de historia y filosofía hasta 1938 cuando proclamaron las leyes raciales y tuvo que abandonar su trabajo. Era un hombre culto, inteligente, amable y simpático. Supongo que le caía bien porque a menudo me invitaba a su casa donde conocí a su mujer Ana, sus dos gemelas Giudy y Sara y la abuela Ester. Pasé con aquella familia momentos muy agradables en aquella casa increíble que ¡tenía más libros que muebles!

Entregándome el arma, el Comandante dijo — Chaval, la primera misión es como el primer amor, ¡nunca se olvida! Suerte Olmo.

Nieva. El cielo se va oscureciendo. A la luz de un solitario farol los copos de nieve parecen confeti dorados. La calle está desierta. Alrededor de mí un silencio ensordecedor roto solo por los latidos de mi corazón.

De repente el portal enfrente se abre. !Es él con su pastor alemán! En pocos segundos estoy en la calle. La nieve amortigua el ruido de mis pasos. Ya estoy a pocos metros de su espalda. Lo llamo.

—!Compañero Romano Tenconi, por 5000 liras vendiste una familia!

Se da vuelta. Ve mi arma. Saca la suya.

Un relámpago amarillo. Una mancha roja.

Así se acabó la inocencia de la nieve y la mía.

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Iris Menegoz

Fragmentos (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rc

A veces una inquietud irreprimible se apoderaba de ella. El aburrimiento la invadía hasta el punto que deseaba chillar, y cada cosa le parecía la enésima copia de lo ya vivido y experimentado. Entonces salía, buscaba a una amiga, compraba. Sobre todo, cosas inútiles. Y por la tarde se enfundaba en uno de sus nuevos vestidos para acoger a Jorge, que siempre le sabía demostrar su aprecio. 

Elisa se había considerado una mujer feliz, afortunada, un tiempo. Pero ahora, sentada en el suelo con cortes en las manos y buscando una excusa para justificar el parqué dañado, se preguntó si acaso su  deseo más profundo en los últimos años  no hubiera sido eso: quebrantar un jarrón en mil piezas, o hacer cualquier ademán inconsulto e injustificable ante los ojos de Jorge. La luz negra de aquella carta la había empujado a descubrir una tercera dimensión en su vida llana como un dibujo en un libro de cuentos de hadas, revelando su dejo amargo. Como si el hechizo se hubiera roto, liberando la serpiente.

Recogió los últimos fragmentos del jarrón. Hubiera podido cubrir el daño del parqué desplazando un poco la alfombra. Hubiera podido poner otro jarrón en la mesa, o contarle a Jorge que se había roto por accidente. Hubiera podido quemar los últimos trozos de la carta y él no se habría dado cuenta de nada.

Hubiera podido.

Imaginó a Jorge volviendo a casa y abrazándola con ternura, o a lo mejor un poco de prisa, aflojando el nudo de la corbata. La imagen se concretizó tan real en su mente que le pareció sentir en sus labios el sabor del beso con el que la rozaría apenas.  Lo vio quitarse la chaqueta, ponerla en el armario, ir al cuarto de baño y volver exactamente después de siete minutos, dirigirse al despacho para controlar la correspondencia, tardando desde ocho hasta once minutos, según el número de los sobres. Pero esta vez no. Esta tarde regresaría casi de inmediato, con los fragmentos de la carta en sus manos, pálido, incapaz de hablar, con una mirada en la que acusación y remordimiento se mezclarían. O a lo mejor se quedaría en el despacho, incapaz de enfrentarse a ella. O le preguntaría: “¿Por qué la has abierto, Elisa?” y “¿Por qué la has roto?” Pero ella no lo sabía…  Quizás por curiosidad. O quizás porque no tenía absolutamente nada que hacer.

Lo normal hubiera sido estar enojada con él, sentirse engañada, pretender una explicación. En cambio, no: se sentía consternada, sofocada por los remordimientos: fragmentos de cristal y de papel para esconder, fragmentos para desvelar, dejar atisbar, encomendar al azar.

“¿Por qué la has roto, Elisa?” resonó otra vez la voz de Jorge en su congoja. “Porque no quería que fuera verdad” imaginó contestarle.

Pero, a lo mejor, él se preocuparía tanto por el parqué destrozado que no se enteraría de los fragmentos de la carta, se creería sus excusas y la carta desaparecería, tragada en la nada. Hasta que el cartero trajera otra.

Entonces, se imaginó a Jorge sentado muy ordenado en su silla, los ojos grises hechos de hielo, las manos nudosas jugueteando con las gafas, la mirada enclavada en un punto preciso de la mesa.

“Tendría que haberte hablado antes de eso” le diría.

“Sí” contestaría simplemente ella.

O a lo mejor, no pasaría nada de todo eso.

Silvia Zanetto

“El futuro” (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rm

… un ruido repentino. El faro se apaga. Una ola inmensa estrellándose contra “El Futuro” nos hace resbalar y me caigo en el mar. Despierto. Descubro la amarga realidad: estoy en el suelo de mi habitación, me caí de la cama. El silencio es completo, la oscuridad me asusta. No hay ningún faro. Ni rastro de “El Futuro”. Andrés ya no está. Es entonces que todo se desmorona en un instante sin que yo pueda hacer nada. Sólo un sueño, un recuerdo detrás de un horizonte lejano, fuera de mi alcance, un viaje que nunca empezó. Quizá fuera mi alma que se paseaba por el mundo, quizá se tratara sólo de escapar de esta ciudad que parece apagada, en estado de queda. Sólo hay coches de policía circulando lentamente, un dron sobrevuela el barrio. Pero no, no quiero escaparme, no quiero marcharme, nunca tiraré la toalla. No me quedaré aquí mirando al horizonte para “ver un día un hilo de humo levantarse en extremo confín del mar”. No soy Madama Butterfly, por supuesto. Así que, en un futuro no distante, ese viaje comenzará. Fue nuestro sueño, o tal vez fuera sólo el mío, porque los faros siempre me han fascinado, con su vaivén de luces que se encienden y luces que se apagan. Como en los altibajos de la vida, una mezcla de luz y oscuridad. ¿El faro del fin del mundo estará allá esperándome?

Raffaella Bolletti

Mémoires (2)

Primera parte https://wp.me/scDIqM-memoires

…y así se para un momento Raúl en su exposición le los hechos, mueve los hombros, mira hacia un rinconcito en la pared a su izquierda como pidiendo consejo a una araña trabajadora que teje su metrópoli de trampa desprevenida de los huecos en su memoria, Raúl suspira, como ya hizo una y otra vez en las pautas respiratorias del rompecabezas de su discurso. Mira hacia arriba como para atrapar un pensamiento, un recuerdo che se fue volando atado a un globo, todo colorido, como los que venden en las ferias, que quiere volar alto, más arriba de las nubes, volviéndose pequeñito hasta desaparecer de la vista. De la memoria.

Ya no lo puede ver.

Sus ojos siguen buscando el globo que vuela alto, ha desaparecido por completo.

Ya no lo ve.

Sus recuerdos, evanescentes, han desaparecido por completo.

¿Cómo se llamaba el pueblo? Ya no lo puede saber.

No dispone de otra información, se la han comido.

Se toca el mentón.

Pero no se acuerda de cuándo, quién, cómo pasó eso.

***

Después de una infancia solitaria, durante los años de su adolescencia, María se empeñaba en demostrarse, principalmente a sí misma y en segunda instancia a los demás, que era una adolescente del montón, como todas las otras: interesada en las boberías, zapatos, música y los  exponentes alfa del otro género, el masculino, incógnito por ser tan inexpertos, juzgado meramente por lo que se ve exteriormente, o sea el físico: el tipo todo músculos o el nerd, según si estaban más en el gimnasio o delante de una pantalla. María intentaba vivir una vida normal, empeñándose en estar en su grupo de jóvenes, eligiendo cuál color de uñas eran más actual para una manicura a la moda o discutiendo sobre cuál era el actor más guapo con las amiguitas, como si fuera lo más importante la vida. Pretendiéndolo.

Pero le costaba.

Su verdadera naturaleza se mostraba como quien quiere esconder un gato bajo la chaqueta, no importa si se cierran todos los botones, antes o después el gato saldrá de su clausura, con un salto mostrará su hocico, y cuanto más uno intenta esconder, tanto más de repente sus orejas felpudas se verán por sorpresa.

María ya lo sabe: se puede esconder un gato vivo bajo la chaqueta, pero solamente por unos segundos, después saltará a la vista.

Su gato vivo era una capacidad más única que rara. Tan rara que ni tenía nombre.

No hay otra manera para decirlo: la mente de María se comía los recuerdos de las personas que frecuentaba.

De niña le parecía normal, no sabía que a los otros no les pasaba lo que le pasaba a ella;

Al crecer se dio cuenta de que para los demás no era así.

No sabía si se trataba de un maleficio de una bruja original o si era un don de una diosa caprichosa, peor de las griegas antiguas que ya nadie venera.

Al ser adoptada, no podía deducir si eso de tener un cerebro devorador era debido a un carácter hereditario genético, un gen raro o mal formado. ¿Puede que sus padres biológicos la hubieran abandonado por eso? O quizás murieron banalmente en un accidente automovilístico un viernes por la tarde saliendo de la ciudad con su Panda un finde. ¿O un ADN alienígeno? ¿Acaso su madre fue expuesta a un accidente con radiaciones de uranio o polonio enriquecido cuando estaba embarazada al séptimo mes? ¿Fue golpeada de niña por un aparado tecnológico lanzado por un OVNI a quien se le había roto el navegador para regresar a su casa? ¿Su madre se acostó con el primo de Superman? Nunca lo descubrió.

La verdad de su natura incógnita no podía leerla en la memoria de sus padres adoptivos porque ni ellos lo sabían, y lo había investigado, pero sin éxito. No sabía si sus padres adoptivos lo sabían, lo de ella. Desde que María descubrió su poder, entró a investigar en la mente de sus padres legales – fue una de las poquísimas veces que lo usó adrede-, normalmente se comía los recuerdos ajenos sin quererlo.

Aunque nunca lo aceptó, al crecer se dio cuenta de que podía entrenarse. Al principio le entraban flashes de memoria, recuerdos casuales, que entraban en su almacén de memorias robadas sin quererlo. Al pasar del tiempo supo cómo seleccionar recuerdos. Salían borrándose de la mente de la persona y se registraban en su disco duro. Prácticamente una trasferencia.

Y las víctimas ni se daban cuenta; simplemente no se acordaban de algo. Para siempre, aunque no podían notar el momento en el cual el recuerdo había sido robado. Si nos paramos a pensar, a todos nosotros en algún momento de nuestra vida nos ha pasado algo similar, puede que hayamos encontrado a María o puede incluso que haya otros como María, ¿quién sabe?

Por el contrario, para María los recuerdos comidos se volvían imborrables en su mente. Graníticos.

Tenía todo un catálogo de hechos de familias, de casas, de vidas, de sucesos de pueblos que nunca visitó, de abuelos queridos desconocidos, de besos nunca dados ni recibidos, de funerales a los cuales no asistió, de números de matrículas de coches que no eran suyos, de amantes clandestinos desconocidos, de regalos para cumpleaños no cumplidos, de lágrimas inútiles, de abogados para divorcios no divorciados, de cabalgadas de Reyes Magos en calientes playas mexicanas sin tan siquiera tener pasaporte, de pin de tarjetas de bancos en los cuales nunca había tenido una cuenta.

Y sin embargo, tenía poquísimos recuerdos suyos, finalmente al hacerse mayor le parecía haber vivido todas las vidas de los demás, excepto una: la suya.

Graziella Boffini

La condesa

Primera parte (El comandante) https://wp.me/pcDIqM-pq

— ¿Cómo te fue con el comandante? — preguntó maliciosamente Julie.

Estaba tendida sobre la cama, despreocupada, apoyada en su codo, y observaba el cuerpo escultórico de Florencia, de rodillas a su lado, que llevaba un desvestido transparente. Parecía aún más desnuda, más atractiva bajo el velo de algodón blanco que apenas cubría sus pechos todavía erectos por la excitación. Sus potentes muslos, la vertiginosa curvatura de sus riñones, todo en ella era una explosión de sensualidad que subyugaba a Julie. 

— Acércate a mí, —continuó Julie, atrayéndola hacia ella, y cuéntamelo todo.

— Bueno, ya sabes que es un hombre cautivador. Es hermoso como un dios, es muy culto, adora hablar con las mujeres, y todas las mujeres le persiguen. Estoy segura de que tú también.

— Lo admito, — susurra Julie con una mueca, pero de nuevo, dime cómo es en la cama.

— No puedo creer que él haya estado alargando los preliminares toda la noche.

— ¿Qué quieres decir?

— Hablamos, nos contamos a nosotros mismos. Era emocionante, pero no podía soportarlo más. Tuve que ir al baño a quitarme las bragas. Estaba tan preparada para él que cuando me penetró, pensé que iba a meterme en el útero. Estaba tan feliz, que por la mañana, cuando me escapé antes de que se despertara, le dejé 100 euros de propina. Me gustaría volver a verlo.

— ¡Florencia! Sabes que nuestras reglas no lo permiten.

Julie de Beauharnais, era su nombre de guerra, había formado entre las damas de la nobleza romana, una especie de club de relaciones peligrosas. Y eso gracias a las que se había creado durante su vida profesional como periodista de prensa femenina. Organizaba para sus miembros encuentros remunerados de alto perfil. Como personalmente era ambivalente, no dudaba en ponerse manos a la obra para controlar mejor a sus adeptos. Era rubia natural, un rubio casi veneciano con ojos profundamente azules, un cuerpo un poco andrógino, en fin, también gustaba a las damas. 

Julie tomó a Florencia por la cintura, la apretó contra ella e introdujo su pierna entre sus muslos. No tardaron en correrse de nuevo.

Al día siguiente, Julie, que quería tomar la delantera, contactó al comandante. Ella le propuso una nueva cita, esta vez en Venecia, estábamos en vísperas del carnaval. Le preguntó sus fechas, decidida a ir ella misma. Ella elegiría un hermoso disfraz, en la cama se sabía invencible.

En la segunda semana el carnaval estaba en su apogeo. Julie majestuosa con su vestido de finales del siglo XVIII, todo en satén negro desembarcó de su taxi en la Riva degli Schiavoni delante del Danieli. Un pequeño antifaz de encaje negro apenas escondía su rostro rodeado por el esplendor de su cabello rubio retenido en una construcción de la que María Antonieta no hubiera renegado. Sus ojos azules te traspasaban si tenías la audacia de mirarla. Su escote en círculo dejaba escapar dos redondeces que un corsé despiadado hacía rebosar. Se acercó a la recepción y preguntó por el comandante Doria. Le entregaron un pequeño sobre negro y el conserje le anunció que el comandante la esperaba en el café Florian. Asombrada abrió la misiva y leyó las disculpas que Darío le había dirigido con una bella y elegante escritura. Fue al baño a refrescarse. El espejo le devolvió una imagen satisfactoria de sí misma, era apetitosa y la pequeña mosca en forma de corazón sobre su pecho izquierdo coronaba su belleza inaudita. Se rodeó los hombros de una estola de visón, que había llevado para protegerse de la frescura de los canales. Salió y pasó el puente de la Paja a buen paso, echó un vistazo preocupado al puente de los Suspiros y se dirigió directamente hacia el Florian cruzando la plaza de San Marcos.

Entró y preguntó al maître. Éste le respondió que el comandante Dario participaba en la reunión que una cofradía de nobles venecianos celebraba en ocasión del carnaval en una parte del café reservada a tal efecto. Y le indicó sin más la dirección. Se acercó y reconoció sentado en una de las pequeñas banquetas, en una sala al fondo, a Mario Doria, vestido como los venecianos en la época del renacimiento. A su lado una dama morena que vestía un atuendo femenino del mismo período. Parecían presidir, o al menos sentarse en el lugar de honor en medio de esta noble compañía.

Cuando Mario la vio, se levantó y vino a saludar a Julie.

— Mi querida amiga, debo disculparme profundamente por no haber venido a recibirla, pero los acontecimientos se han precipitado. Hoy celebro mi noviazgo, la cofradía de la que forma parte mi nueva compañera ha querido acogerme a pesar de mis ascendencias genovesa. Sé que teníamos una cita, pero tuve que dar prioridad a mis deberes de caballero. La condesa Contini me informó ayer de que mi familia iba a crecer y que pronto iba a nacer un pequeño o una pequeña Doria.

A estas palabras Julie miró a la compañera del comandante que seguía conversando con los miembros de la hermandad. Florencia, entonces se detuvo un instante y le hizo un pequeño gesto de la mano con una sonrisa brillante.

Jean Claude Fonder

Reminiscencias (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rz

Cuando lo de la promulgación de las reglamentaciones ella  misma se había sorprendido al descubrirse, como en tiempos remotos, espiando por la mirilla de la puerta el rellano de la escalera. Escrutaba la calle detrás de las cortinas, cambiaba de acera cuando volviendo del mercado veía rondar el coche celeste y blanco de la Polizia. Y desconfiaba del solitario paseo de los peatones y de la  ida y vuelta de automóviles que a ella le parecían ser siempre los mismos y de los que trataba inútilmente de retener el número de placa. Ahora prefería la oscuridad de las habitaciones al balcón donde la intrépida primavera estallaba sin tapujos. Y había envidiado a los jóvenes y arriesgados vecinos de arriba que habían logrado escapar, pensaba Hilda, poco antes que la movilidad de la población fuese prohibida por decreto y restringidos, por el uso obligatorio de mascarillas, los naturales procesos que implican respirar libremente y hablar. Aquella noche, escuchándolos bajar las escaleras de prisa, Hilda sintió, como en tiempos remotos, desbocarse su corazón detrás de ellos. Pensó en volver a armar valijas, imaginó otros paisajes, aduanas, idiomas incomprensibles. Tembló reconociendo en la solemne entonación de los comunicados el empalagoso manierismo que asume lo siniestro en todas las geografías. Y recordó algunos rostros de la otra parte del océano, en un apartamento desvalijado frente al río. 

Sobresaltada por los golpes volvió a despertarse. Giorgio seguía durmiendo a su lado, un niño apaciguado por el rítmico subibaja de su propio pecho. No iba a despertarlo. No valía la pena. Tampoco se trataba de ruidos fragorosos sino más bien de algo o alguien que en el piso de arriba andaba a tumbos, como arrastrando con pasos sofocados un lastre de cosas viejas demasiado pesado para llevar a cuestas. 

Salió al rellano sin pensarlo dos veces, en camisón, descalza, sin mascarilla, olvidando esa nueva mordaza más por costumbre adquirida que por desobediencia. Al contacto con el mármol frío la planta de sus pies le envió a su cerebro una descarga eléctrica. Los ojos ahora bien abiertos, respiró hondo, agudizó el oído, preparó la garganta para aquel potencial, lejano grito. Toda Hilda sufrió un estremecimiento cuando empezó a subir.

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Adriana Langtry

El cruce de ferrocarril (1)

Era la última entrega antes del largo puente de Pascua; un día de primavera que sugería la necesidad de ir despacio, y Jordi quería sumergirse en la naturaleza. En ese día soleado no quería colarse en un túnel y en lugar de tomar la autopista, decidió recorrer la antigua carretera que subía a lo largo de la montaña, al lado del bosque, a pesar de que el recorrido era más largo.

Cuando llegó al cruce del ferrocarril se sorprendió porque no había coches esperando y pensó que habrían cerrado las barras hacía poco; sabía que la espera sería larga, pensó bajarse de la camioneta e irse a la vieja cafetería para conseguir un chocolate.

Cuando entró, en seguida reconoció el olor casi mágico de cuando era niño: un olor a casa antigua, paredes altas, suelos húmedos, cruasanes recién horneados, fermentación y vino malo, que, por un momento, lo aturdió. Nada había cambiado. Tocó la campana esperando al mayor que le había enseñado jugar los dardos, si, los mismos dardos que todavía veía en la pared detrás de la caja. Quién sabe cuántos años tenía, había pasado un tiempo desde la última vez que lo vieron allí. Por fin se abrió la puerta que daba a la parte trasera del local, prácticamente un acceso privado al bosque, y entró una criatura angelical. Se quedó con la boca abierta. Una cascada de pelo rubio ondulado y dos ojos azules en los que parecía permanecer un pedacito de cielo. Le saludó y comenzó el hechizo. La voz angelical le preguntó lo que quería y Jordi tartamudeó que quería chocolate, el habitual del lugar. “Por supuesto, voy a prepararlo para ti ahora mismo” dijo el ángel rubio y Jordi se sintió perdido.

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Elettra Moscatelli

Nieve

Su nombre es nieve, se forma cuando la temperatura es menor de cero grados y el vapor de la atmosfera comienza a caer en forma de pequeños cristales de hielo. Su nombre es como ella, cae lentamente, de forma suave como una hoja, pero en este caso es un cristal transparente con una forma matemática precisa. Diría que a mí amiga Nieves, su característica más evidente es estar en las nubes como su nombre y como la nieve cae hasta llenar el jardín. Ella aterriza en la realidad, primero se transforma en suaves montañitas de algodón y poco a poco se convierten en el más duro hielo. Lo que era blando y suave se convierte en algo duro y frío, después llega el agua que corre libre y se mezcla con la tierra y se hunde hasta llegar al fondo, hasta ahuecar la piedra y entonces hueles el fango.

Ella es como su nombre indica es agua congelada que cuando toca la tierra se convierte en polvo blando y blanco; su voz rezuma dulzura, cuando habla es la flor más suave acariciando tu piel, la voz de una madre que arrulla a su niño recién nacido. 

Mecida por la brisa llega como agua que se desmadejaba plácidamente en su lago. Mi querida Nieves era Nieve.

Podría decirse que ella puede estar en estado gaseoso, líquido o sólido, en algunos momentos parece ligera como el agua que corre por un río, en estado de sublimación como el perfume de una rosa o en el estado más duro posible, pienso que es debido a su ánimo; variable como el viento.

Aquella noche la taza cayó al vacío sin ninguna sustancia. Se levantó despacio con ella en la mano, no se había roto, estaba entera, como ella.

Mi Nieves había nacido en un pueblo seco y caliente, en Orsola, Lanzarote, un pueblo donde el horizonte es el Atlántico, lleno de calima seis veces al año. El nombre de esta mujer procede de las ganas que tenían sus padres de sentir el frío que produce la nieve y de su fruto: el agua, el agua que sirve para regar los campos. 

Es una sencilla auxiliar de enfermería con turno de noche, un turno elegido voluntariamente, en el geriátrico más antiguo que tiene la isla. El nocturno es el más descansado, los ancianos están bien atendidos. Durante el día no se para, pero por las noches este lugar es un remanso de paz, descansa allí de su marido y de los dos hijos, a los que tiene que atender.  “Calzoncillos blancos por triplicado “ lo peor que le podía suceder le paso a nievitas; decía mi madre.  En este centro estaban los viejos más ricos, los conocidos señoritos de siempre y ella sabía cómo tratarlos, su sonrisa suave y su voz serena los convencía y a ella hacía realmente lo que tenía que hacer sin demasiado esfuerzo hasta que amaneció don Jaime con un bisturí clavado en la carótida, ella lo había encontrado, se sintió culpable, no había hecho los cambios posturales como era debido, no le había ofrecido la lechita de la noche. No había hecho su trabajo, o al menos, no lo había hecho bien, no lo había hecho como otras veces. 

Entonces agarro su pelo y se hizo el moño alto de Nieves salió del baño  con los ojos rojos y le contesto al Sargento Mendoza,  lo mismo que se había dicho a sí misma y a mí llorando como un cristal roto.

— Tranquila, la noche ha sido muy tranquila, he apuntado todo lo que se ha hecho porque así se me ha ordenado y he llevado los protocolos como el doctor ha indicado, yo he trasladado a don Jaime a la habitación trescientos tres ya que se me comunicó por escrito que ”había que aislarlo” y lo hice como siempre en la misma habitación de siempre, al lado de la sala de reuniones y del office. 

Yo me pase la noche despierta y el de mantenimiento, Germán, vino a preguntarme si había alguna gota suelta, que le habían avisado las chicas del turno de la tarde que había una avería, estuvo mirando el cuarto de baño donde lavamos a los enfermos encamados primero y después fue a los baños generales de la planta y no vio que se perdiera agua por ningún sitio. Él se fue como a los cuarenta minutos y yo me puse a hacer la ronda.

Y está mañana se me fue el alma al suelo cuando vi a don Jaime con ese bisturí en el lado izquierdo del cuello ¡Terrible, terrible!

— Estamos acostumbrados a que fallezcan ancianos en este centro, es lo normal, pero de esta forma es desolador y desconcertante, le dijo doctor Morín al sargento Francisco Mendoza.

— Entonces anoche estuvieron por aquí, la auxiliar de enfermería y el responsable del mantenimiento del edificio además de los residentes.

— Saben quién fue el último en ver a Don Jaime. 

— Yo creo que fue Nieves, dijo el doctor, ella hizo el traslado del paciente.

— Si, así es; yo fui la que hice el traslado y los cambios posturales, lo habíamos puesto en esa habitación porque estaba enfermo con alguna bacteria o virus, es lo que siempre se hace para evitar males mayores, por ejemplo, se contagie el compañero de habitación y el personal sanitario, ya sabe, se tiene que evitar enfermen los residentes y nosotros mismos; por lo que tomamos más precauciones de lo habitual. 

Nieves se levantó despacio, el borde inferior de su falda recorrió la pequeña mesa donde pocos momentos antes se había servido el café y la falda empujo suavemente el plato y entonces el plato hizo que la taza vaciará su contenido y todo rodó hasta el suelo, ella siguió caminando hasta la puerta, no miró atrás, salió del geriátrico de la zona antigua, en aquel momento Nieves salió de su propia vida, esa mañana nos dimos cuenta todos. Nos enteramos al día siguiente.

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Blanca Quesada

La inocencia de la nieve (1)

Milán, enero de 1945, otro invierno de guerra. «¡El último!» dijo mi compañero Antonio, pero yo no le creo. Dijo lo mismo el año pasado.

Nieva. La manta blanca oculta los escombros del último bombardeo. La piadosa mentira de la nieve hace parecer todo inocente.

Estoy aquí desde hace tres días, en este sótano húmedo y oscuro mirando a través de una ventanilla de 50 cm a nivel de la acera. Miro sin perder de vista el portal de la vivienda de enfrente. Allí vive el “Camerata Romano Tenconi” que, tarde o temprano, tendrá que aparecer a solas. Ya lo vi dos veces. Una vez rodeado por sus matones, y la otra llevando de la mano a su hijo pequeño.

La orden de mi comandante era clara. «¡Solo él, ninguna matanza! ».

Me uní al “Fronte della gioventù” en el invierno de 1944. Me acuerdo. Nevaba. Tenía 18 años, era y soy una mezcla de rabia, coraje y hormonas. Normalmente tengo el rol de estafeta por el GAP y, a menudo, con mis compañeros imprimimos folletos para distribuir que a veces lanzamos desde las galerías de los cines. Mi nombre de partisano es Olmo.

…continuará https://wp.me/pcDIqM-t7

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Iris Menegoz