Solo cuatro minutos

Por la mañana me despertó el sonido de la lluvia. O, a lo mejor, fue ese dolor sordo en lo profundo de las entrañas. No sé.
Una luz gris amarillenta se insinuaba entre las muescas de la persiana.
Lluvia, el último día de vacaciones.
Lluvia sobre la playa, golpeando el matorral, lluvia mojando los cristales de esa anónima habitación de hotel que al día siguiente dejaríamos.


– ¿Cómo estás? -me preguntó él, todavía con voz de sueño- ¿Hay novedades?
– No lo sé, todavía no me he levantado. Me siento como ayer, muy cansada, con dolor de pecho y de barriga. Y llueve, además.
Me miró con ternura, acariciándome la mejilla. Cuando habló, su voz era firme.
– Creo que ya es hora. Tienes que hacerlo hoy mismo.
– Quizás tengas razón -mascullé.
Y de verdad no soportaba más esa espera: diez días no eran pocos. Me levanté, abrí la ventana y dejé entrar el aire, húmedo y frío. Busqué un jersey en el cajón y me fui al baño. Ya sabía que no habría novedades.

Por la tarde, salí de la farmacia con mi tesoro en el bolso.
Ya no era la primera vez, ya tenía a mi cargo un montón de decepciones. Mías y suyas, por supuesto. No quería defraudarlo otra vez. No quería seguir siendo una mujer inútil.
Había dejado de llover y decidimos dar un último paseo por la playa. Delante de un mar desencadenado, tan diferente al mar domesticado para los turistas al que estamos acostumbrados, el viento nos golpeaba con el olor a sal y la fragancia del mirto y del eucalipto. No había nadie más en la playa.
Caminábamos cogidos de la mano, sin hablar.
Entonces él se paró y me tomó la cara entre sus manos: no estaba maquillada y el aire me revolvía el pelo.
– Pareces una chiquilla -me dijo.
– Pero tengo cuarenta -contesté.
– Todavía no es tarde. Ven, volvamos al hotel.

Una delicada luz rosada alumbraba la habitación, que me pareció de repente menos anónima y más acogedora.
Todo iría bien, esta vez.
Cogí el paquete del bolso y me dirigí hacia el baño.
Un inesperado sosiego me envolvió como una manta tibia. Todo iría bien.
– Y ¿ cuánto tiempo… ? -empezó él.
– Cuatro minutos -contesté con una sonrisa- Solo cuatro minutos.


Silvia Zanetto

Las Flores

Vendedora de Flores
Diego Rivera

El cuadro de Diego Rivera “La vendedora de flores” es precioso, me encantan los colores, una hermosa armonía que se basa en el blanco invasor de las flores, en la tez morena de las indias que lo contrasta, y, a la mexicana, en una hermosa y rica paleta de colores que lo festeja. Las gavillas son enormes, el cesto lleno de flores es imponente, ambos ocupan una gran parte del espacio del cuadro, como casi siempre en las otras pinturas con flores del famoso muralista. El cuadro que se presenta aquí es el que más me gusta, los personajes parecen felices aunque trabajen duramente. Lo que llama la atención en esta, como en muchas otras pinturas, es el lirio de agua también conocido como cala o alcatraz. Creo que fue Diego Rivera el que hizo famosa esta flor en México, no siendo una flor típica de América central, se la encuentra principalmente en sus pinturas o cuando se refiere en cualquier modo a ellas.

Acababa de leer “La Flor de Lis” de Elena Poniatowska, cuando miré el cuadro de Rivera para escribir mi relato de noviembre para Alquimia Literaria. Me quedé hechizado, no sólo el título sino también el sujeto de la novela concordaban con el cuadro creando un diálogo entre ellos. Es autobiográfica, Elena pone en escena su propia familia, cambiando solamente algunos nombres. Son aristócratas, emparentados con todas las grandes familias reales, viven en Francia, entre valets, mayordomos y vajillas con monograma. Escapan a México, el país de su madre Paula Amor Escandón (Luz). Huyen de la guerra europea y se encierran en una comunidad francesa que no quiere mezclarse con el pueblo de esta tierra incandescente. Elena, a quien los mexicanos llamarán la princesa roja, irá dando los muchísimos pasos que la llevarán a entender su clase social de origen y el pueblo de su nuevo país:

“Mi país es la emoción violenta, mi país es el grito que ahogo al decir Luz, mi país es Luz, el amor de Luz. «¡Cuidado!», es la tentación que reprimo de Luz, mi país es el tamal que ahora mismo voy a ir a traer a la calle de Huichapan número 17, a la «Flor de Lis». «De chile verde» diré: «Uno de chile verde con pollo.”

Las flores, el lirio de agua, las pinturas de Rivera son gritos de amor, son flores, son Luz.



Jean Claude Fonder

Las inglesitas

Era mi regalo de fin de bachillerato. En Ostende, en la Costa Belga, “A la mer” como decíamos nosotros. Había muchas jóvenes inglesas que habían atravesado la Mancha en ferry para desahogarse fuera de su victoriano país. Las llamábamos “Les petites anglaises”. Frecuentaban lugares, que en la época, se llamaban “Dancing”.
Abrían a las 8 de la tarde. Las chicas que no tenía un novio se sentaban juntas en las mesas en pequeños grupos observando de reojo a los varones que estaban de pie cerca de la barra.
Se alternaban los rocks y los lentos y el juego eterno de la conquista daba comienzo, pero ¿quién conquistaba a quién? Por supuesto son las chicas que eligen, pero entonces no lo sabía. Aprendí solamente el lenguaje mudo que se usaba, sobre todo porque no sabía inglés y ellas no hablaban francés. El rock servía para conocerse, lucirse, los lentos eran estratégicos, necesitábamos que el cambio de ritmo se hiciera mientras bailábamos con la chica que nos gustaba. Entonces apretábamos a la muchacha que nos excitaba cuando se palpaban sus formas y, si ella respondía, poniendo las manos en tu cuello, y arrimándose a ti, podías invitarla a tomar algo juntos, mejor en otro dancing y quizás proponerle un paseo por las dunas. Mañana sería otro día.
Recuerdo que entre amigos nos dábamos el soplo. Utilizábamos los preservativos que llamábamos “capotes anglaises”, no era fácil comprarlos porque las farmacias se negaban a venderlos a los menores y teníamos que comprarlos a los que eran mayores de 18 años o encontrar una farmacia socialista.
Esta vida no estaba exenta de peligros. En una ciudad portuaria los marineros son numerosos, beben mucho y a menudo sacaban la navaja o rompía una botella para utilizarla como arma. También yo bebía bastante y un día un policía me detuvo porque estaba completamente borracho y estaba armando follón en la calle. Pasé la noche en la prisión.
Por la mañana llamaron a mi madre y, ahí terminó el festejo que me había regalado mi madre por haber conseguido diplomarme.


Jean Claude Fonder

La clase mixta

Cuando tenía catorce años no había todavía, en los colegios, clases mixtas. Tuve la suerte de asistir a una de las primeras.

Un lunes, en la clase de matemáticas, el profesor pidió que nos pusiéramos de pie, entró solemnemente el director e hizo este sucinto discurso:

—Muchachos, nuestro colegio, el Saint Louis, siempre a la vanguardia, es el primer instituto de Bruselas en el que vamos a experimentar las clases mixtas. Las muchachas del liceo Saint Catherine van a participar con vosotros en nuestras clases. Espero de vosotros que las acojáis con disciplina y simpatía.
¡Entrad chicas!

Tres muchachas, faldas plisadas, blusas y calcetines blancos entraron en la clase muy juntas y fueron a sentarse a los bancos de la primera fila. Todos los días en determinadas clases, no en todas, ocurría la misma escena. No me acuerdo bien en qué clases participaban, muchas pero no, por ejemplo, en las de religión y gimnasia. Supe después que seguían otro tipo de clases como, “Labores y trabajos manuales femeninos”, en el liceo. Me cuesta recordar sus caras, las veíamos siempre por detrás, sentadas delante de los muchachos en una fila separada. Una era más corpulenta que las otras dos y, como tenía el pelo castaño, recuerdo que se lo recogía en una trenza. Era la más fuerte y parecía dominar a sus compañeras.
De hecho, eran mucho más aplicadas y buenas que los varones para los estudios. Para los muchachos, tenía más importancia ser el mejor en burlarse de los enseñantes, mientras ellas querían sobresalir siendo las mejores alumnas.

Esta fue probablemente mi primera percepción del ser femenino, es decir de la psicología femenina. Hasta este momento no me interesaban mucho las chicas. Como todos los muchachos, las despreciaba y cuando llegó la adolescencia, me sugestionaban las imágenes de la feminidad que podía encontrar en revistas especializadas o no. En mis lecturas de entonces, las mujeres estaban casi ausentes y cuando aparecían, eran secundarias o pobres criaturas que los varones tenían que salvar de algo. Además como estaba prohibido, al inicio nos gustaba asustarlas y, cuando tuvimos una mayor edad, acumular las conquistas y los besos robados.

Nada podía estimular más mi gusto innato por la competición que este comportamiento virtuoso de nuestras compañeras. Creo que nuestras motivaciones eran probablemente bastante diferentes, pero no lo leía así y mi interés por las mujeres tomó otra dimensión sin dejar la primera.


Jean Claude Fonder

Wanderer


El caminante sobre el mar de nubes
Caspar David Friedrich

Me levanto y hago una pirueta delante del espejo, mi pequeña falda ligera revolotea, me sonrío y salgo de la habitación silbando. Tengo una cita importante. Después de todos estos años voy a conocer al “Wanderer».

La primera vez que lo vi fue en la portada de un disco de Maurizio Pollini que interpretaba al piano la Wanderer-Fantasie de Franz Schubert. La silueta poderosa de este hombre joven y fuerte, un pie adelantado sobre el peñasco, que dominaba los elementos, me subyugó y compré el disco. La música también me hechizó, la escuché tirada en la cama en mi cuarto mirando la reproducción del cuadro. La nuca, los hombros y las pantorrillas poderosas de este hombre vestido en traje de ciudad, parecía haber llegado sin ningún esfuerzo a esta espuela rocosa desde donde contemplaba la inmensidad infinita que se extendía frente a él. Sólo su cabello, rubio, que parecía haber sido desteñido, estaba ligeramente despeinado, sin duda a causa del viento a esta altura. Estaba de espaldas, lo que aumentaba su misterio, y lo hacía aún más fascinante, desencadenando mi imaginación.

Más tarde me di cuenta que este cuadro era célebre y que representaba el romanticismo, hecho del que no dudé un instante. Los estudios son numerosos y las interpretaciones múltiples. Una de ellas pretende que sea el autor, Caspar David Friedrich, quien se representó a sí mismo. No lo creo y, si fuera verdad, me decepcionaría, porque no es absolutamente el tipo de hombre que corresponde a mi ideal.

Hoy, voy a verlo por fin. Estoy en Hamburgo por encargo de mi periódico, debo cubrir el salón internacional de las tecnologías de la automatización. Y esta mañana aprovecho que estoy aquí para ir a visitar la Kunsthalle donde se encuentra el cuadro, el Wanderer, el original.

Frente a él, me decepciona la dimensión del cuadro (74,8 cm × 94,8 cm), pero acercándome, la realidad se borra lentamente, entro en el cuadro, y voy a reunirme con el Wanderer para compartir con él su sueño de eternidad, para enfrentarme con él a los vientos contrarios y unirnos para alcanzar la eternidad.

Estoy casi sola en la sala. De repente, oigo pasos acompañados por un bastón de caminante acercarse detrás de mí.

No me atrevo a volverme



Jean Claude Fonder

Ma Francesco dov’è

Su ausencia me destroza, me sigue por la calle, como si fuera el ruido de pasos enemigos que se acercan y me asustan.

¿ESCRIBIR UN LIBRO EN TRES MINUTOS?

En estos días en los que acabo de publicar mi último libro, a menudo me plantean esta pregunta: “¿Cuánto tiempo has tardado en escribirlo, realizar los dibujos, encontrar una editorial y publicarlo?” Y mi respuesta siempre es: “Tres minutos”.

Nadie me cree, por supuesto, pero es que yo puedo demostrarlo.

Pero venga, pongámonos un poco más serios…

En realidad, como siempre me pasa al emprender un libro, el primer paso fue una casualidad: un cuento que escribí para participar en un concurso para el Día del Libro en el Instituto Cervantes de Milán. Se trataba de escoger una imagen y escribir una breve historia sobre el placer de la lectura. En español, por supuesto.

Así que fue en español en la lengua en la que escribí las primeras lineas, sin sospechar mínimamente que ese pequeño cuento, que ahora van a leer, se convertiría en un libro.

UN BICHO RARO

-Francisco,¡eres un bicho raro! -eso es lo que me dicen.

Es por lo del fútbol. A mis compañeros no les parece normal que a un chico de diez años no le guste darle patadas a un balón, revolcarse en el barro, pelearse con los demás y volver a casa sucio y sudoroso.

Incluso los grandes dicen que soy un niño difícil y se preocupan por mí, porque piensan que tengo pocos amigos y nunca juego al aire libre. A veces mis padres me llevan al parque con mis hermanos, pero yo me llevo un libro y me pongo a leer en mi sitio favorito: tendido en el césped a la sombra de un roble.

-Es que estoy preocupado por él -le comentó un día mi padre a la maestra Luisa-. No hace nada más que leer.

– Bueno, no hay de que preocuparse por eso -contestó la maestra, abriendo en una sonrisa sus labios suaves pintados de rosa-. Francisco es un niño sensible, tiene mucha fantasía, escribe textos muy buenos… A lo mejor, ¡ su hijo se convertirá en un gran escritor!

-Pero señora Luisa, puede que usted tenga razón, pero…¿Y las amistades”? ¿Las relaciones con los demás? Francisco siempre está solo, no juega con otros chicos, habla poco… me parece que para él la lectura se ha convertido en una manera de huir de la realidad. Me temo que todo eso lo vaya a convertir en una persona infeliz.

Pero yo no: yo no soy un chico infeliz.

Es más: creo que mi vida es de lo más interesante. Son ellos los que no entienden que la vida de los libros es tan apasionante como para olvidarse del aburrimiento de la vida real, tan monótona, en la que nunca pasa nada extraordinario.

Yo tengo mucha suerte, porque puedo vivir un millón de vidas.

Leyendo un libro, viajé por el tiempo y combatí contra los dragones; en otro me pasé toda mi vida sobre los árboles; releyendo un viejo librito con extrañas ilustraciones, viajé de un asteroide al otro y me encontré con personajes de lo más estrafalario; en otros conseguí hechizar con un sortilegio a mis enemigos, salvar a doncellas en peligro, volar sobre una escoba o cabalgar a Fújur; descubrí que puedo encontrar cosas maravillosas si voy por un camino del que todos dicen que no lleva a ningún lugar y al final ¡logré ganar una fábrica de chocolate!

En cambio, mis amigos viven una sola vida: mamá, papá, la escuela, los deberes, la tele y, por supuesto, el fútbol. Y nada más.

Pero hoy hay partido en mi colegio. Todos los alumnos tienen que participar, pero yo no tengo ganas. Por eso estoy aquí, escondido en la biblioteca de la escuela, tendido sobre un estante y leyendo mi libro favorito. Estoy seguro de que la maestra Luisa lo sabe, a pesar de que yo no se lo he dicho, pero no va a contárselo a nadie.

Además creo que, si cierro los ojos bien fuerte, poco a poco la magia se hará realidad : me volveré liviano, transparente, y finalmente desapareceré en las páginas del libro, protegido por los caballeros de la tabla redonda, escondido en la gruta del rey del trueno, invisible gracias a un anillo o bajo una capa. El entrenador nunca me va a encontrar.

Y aquí me quedaré, en el mundo de la Fantasía, escondido para siempre.

O, al menos, hasta que termine el partido.

¿Y luego?¿Qué pasó entonces?

Después de un tiempo me di cuenta de que la historia de Francisco podía seguir, con su maestra Luisa y todos sus compañeros de clase, porque había mucho más que contar.

Sentí el deseo, precisamente en el momento en que decidí dejar mi trabajo como profesora, de enviar un mensaje a las nuevas generaciones a través de la literatura fantástica, escribir un libro divertido, lleno de situaciones fantasmagóricas, de lugares irreales pero que hacen reflexionar sobre aspectos reales de nuestra vida y problemas de nuestro mundo a los que, en un futuro, nuestros niños tendrán que enfrentarse.

Así que… aquí estoy, con mi nuevo libro y muchas ganas de hablar de él.

Por eso el viernes que viene, hablaremos de él, y mucho… Para los amigos del Cervantes que viven cerca de Milán, los espero en la presentación de Legnano. Para los demás, tendrán que conformarse con las fotos y los vídeos de la velada…


Silvia Zanetto

Los Saltimbanquis


Pablo Picasso – Los dos saltimbanquis

Germaine estaba durmiendo, Pablo miraba atentamente su cuerpo desnudo extendido indolentemente en la cama. Era un perfecto mármol blanco apenas veteado de azul claro. Recogió su cuaderno de bocetos que estaba en el suelo y esbozó en un solo trazo la silueta única que todos sus compañeros le envidiaban. Posó un beso entre sus senos desafiantes, en la base frágil de su cuello y por fin sobre sus labios entreabiertos y carnosos.

Germaine se despertó con una cara radiante, corrió impúdicamente al gran ventanal del taller, abrió una ventana y sonrió al sol y al aire fresco de Paris.

—Vamos a tomar un cruasán fuera, tengo una cita con Henri para posar, pero tenemos tiempo.

Pablo no dijo nada, siguió dibujándola. Convivían desde hacía casi un año. Con el dinero que ella ganaba posando como modelo, y los cuadros que él conseguía vender a la galería, lograban sobrevivir.

El bulevar Rochechouart era un hervidero de gente, coches de caballos y algunos automóviles que trataban de abrirse camino, las tiendas estaban abiertas, las terrazas de los bares llenas, el agua corría por las cunetas, París vivía. 

Germaine se paseaba colgada del brazo de Pablo, brincando y silbando o parándose ante un escaparate. Buscaban un sitio al aire libre para desayunar, pero al final tuvieron que entrar en un pequeño bar que conocía Pablo, que no tenía terraza, solo una puerta y una ventana. En el letrero se leía en letras grandes y azules una única palabra: destilación, de cabo a rabo. La sala era ancha, oscura y profunda, numerosas eran las mesas redondas con pequeñas sillas de madera. Una barra enorme se extendía a la izquierda con taburetes altos. En el fondo, había, en un patio vítreo, un aparato para destilar que se veía funcionar, unos alambiques de cuellos largos, las serpentinas que descendían bajo tierra, una cocina del diablo ante la cual soñaban los borrachines pobres. 

Había poca gente a esa hora, casi nadie comía, como tampoco comían los saltimbanquis a cuyo lado se sentaron. Mientras Germaine iba a la barra para pedir dos cafés crèmes con cruasanes, Pablo observaba a sus vecinos. Uno era un arlequín con un traje de color azul formado por desgastados losanges, alternados claros y oscuros, la otra, una mujer joven vestida con una bata naranja le miraba fijamente sin verlo. Ambos tenían delante una copa de un licor de color verde, parecía absenta.

Pablo se acordó del Assommoir, sacó su cuaderno, pasó la página con el dibujo de Germaine y empezó lentamente otro esbozo.



Jean Claude Fonder

Hernán

Miro la carta que recibí ayer. El sobre es blanco con mi nombre escrito a mano con tinta azul. Es la letra de Hernán. Su firma me lo confirma, el texto está tecleado pero estoy segura de que habrá querido añadir este toque de personalización. Esto me halaga.

Hernán, lo recuerdo muy bien, fue un amor fulminante. Todavía se me pone la carne de gallina cada vez que pienso en él. Tenía el papel de Masetto en el Don Giovanni de Mozart, yo hacía de Zerlina. Era la primera vez que formábamos parte del mismo reparto. Me gustaba, todas lo encontrábamos irresistible, lo que se dice un hombre bello, grande, de tez oscura, ojos azules y profundos, hermosa voz de barítono, también cuando hablaba.
¡Ah, esa sexta escena del segundo acto! Cuando Zerlina consuela a su Masetto pidiéndole que sienta su corazón:

È un certo balsamo
che porto addosso:
dare te ‘l posso,
se il vuoi provar.

Saper vorresti
dove mi sta?
…..(facendogli toccare il core)
Sentilo battere,

La repetimos muchas veces, el director quería que fuera muy realista y verdaderamente natural, acabamos ensayando en mi habitación.
Sí, por supuesto, me enamoré, ambos éramos jóvenes. El espectáculo tuvo mucho éxito, fuimos de gira durante algunos meses. Fue una maravillosa historia que duró poco, la vida nos separó. Mi carrera se desarrolló en America del sur y en España, él se convirtió rápidamente en un director de  escena famoso, trabaja principalmente en Europa, sobre todo en Alemania y en Austria.
Lamento no tener hijos, esta carrera no es apta para madres. No me quejo, tengo gloria, dinero y hombres, pero mi romance con Hernán fue diferente, no sé muy bien por qué, siento nostalgia, éramos muy jóvenes, la verdad. He conocido hombres mucho más atractivos, tantos me cortejaron, pero no sé. Y ahora llega esta carta. Es una propuesta en toda regla para cantar La Mariscala en el Festival de Pascua de Salzburgo.
¡Ya tengo edad para La Mariscala! Es verdad que el personaje de Von Hofmannsthal tendría unos treinta años y su amante diecisiete, y que los directores actuales como Hernán, a menudo adaptan la obra ambientada en el s. XVIII a una época más reciente, alzando la edad de la protagonista. Yo, es cierto, tengo ya más de cuarenta años. Podría perfectamente ser ella.
¡Claro!, es una gran oportunidad. El caballero a la rosa de Richard Strauss, en el Festival de Pascua, con Hernán, él, famosísimo, y con esta orquesta y su director aún más famoso, y además este reparto: es una consagración, no se puede rechazar.
Salzburgo, no es la primera vez que la visito, es una ciudad preciosa, sobre todo para alguien como yo. En cualquier momento y de todas las maneras, se encuentra Mozart, su padre Leopoldo, Nannerl su hermana, Colloredo el arzobispo, pero también hermosos palacios y maravillosas iglesias, el barroco italiano es omnipresente y sobre todo la música. Aquí a nadie puede no gustarle la música, la verdadera, la buena. La música es todo.
En el hotel me arreglo minuciosamente, abro mi neceser de maquillaje. Hay que disimular estas pequeñas arruguitas. Voy a ver a Hernán. La última vez que me vio era Zerlina, una jovencita apenas casada. Extiendo sobre mi cara una pequeña cantidad de crema hidratante. A continuación me pongo el contorno de ojos, el corrector de ojeras y una base cremosa dando pequeños toques con movimientos circulares. Dibujo de manera más precisa la forma de mis cejas, matizo con el polvo y termino aplicando un rojo de labios discreto y preciso. Me miro atentamente en el espejo.
Lo que veo no me gusta nada. Parezco aún más vieja. Rabiosamente borro todo con la loción desmaquilladora y me ducho.  Quiero quitarme cualquier traza de este desesperado intento de esconder mi realidad. Ya soy la Mariscala:

(Final del acto uno)

No es más que el tiempo, Quinquin.
El tiempo que todo lo cambia.
El tiempo, ese fenómeno tan extraño.
Diariamente no tiene importancia.
Pero de pronto, un día,
lo comenzamos a sentir implacable.
Él nos rodea y al mismo tiempo
está dentro de nosotros.
Pasa delante de nuestros propios ojos,
pasa por aquí, por el espejo,
y acaricia mis sienes.
Y también discurre entre tú y yo.
En silencio, como un reloj de arena

(Con calor)

¡Oh, Quinquin!
A veces lo siento fluir… inexorable

(En voz baja)

A veces me levanto a medianoche,
y mando que se paren todos los relojes.
Pero no debo asustarme.
También el tiempo es una creación
del Padre, del que todo proviene.

obre la escena inmensa de la gran sala del Palacio del festival de Salzburg, la cama acolchada de terciopelo rojo como todo el mobiliario es muy grande aunque parezca perdida en medio de la habitación demasiado grande. Las sabanas son blancas y me envuelven para esconder que estoy desnuda. “Quinquin” (Octavian) lleva solamente el calzón de su pijama. Es un hombre, increíble, pero Hernán contrariamente a la costumbre de utilizar una mezzo-soprano en este papel ha preferido un contra-tenor.
—Es una pareja que se despierta después de una noche de sexo, tiene que ser muy realista y  verdaderamente natural —, insiste Hernán.
Quizás quiera que recuerde la escena entre Zerlina y Masetto.
Cuando me recibió el primer día de los ensayos, demostró un gran afecto, como si fuéramos dos amigos que vuelven a encontrarse, pero nada más. Ya estaba completamente implicado en la dirección del Caballero a la Rosa, con un plan de ensayo muy intenso. Trabaja hasta muy tarde y empieza pronto por la mañana.
Mi compañero Octavian, se llama Philippe, es francés, habla también castellano, es guapo y simpático. Es muy joven, como lo pide el papel, Hernán quiere mucho realismo. Tiene razón: es completamente diferente interpretar esta escena con un hombre, más que con una mujer como suelen hacerlo en todas las otras producciones de esta obra. Una mujer no puede implicarse realmente en una situación que se queda completamente teórica si no eres lesbiana. No se puede negar que Philippe es atractivo, sus ojos sonríen casi siempre, mis compañeras demuestran que están de acuerdo. En las cenas que compartimos por las noches, todas buscan su compañía. Sofía, que interpreta también la Sofía del libreto (la que va a recibir la rosa de plata y se casa con Octavian) parece muy entusiasta. Ahora que estamos repitiendo el primer acto, no ha tenido todavía escenas con él y, claro, también para ella es una novedad completa interpretar su papel con un hombre.
—¿Cómo lo encuentras?, pregunta Sofía.
—¿En cuanto al canto? respondo maliciosamente.
—Nooo, como hombre, me parecéis una pareja muy enamorada en la cama.
—¡Qué bien! Tienes que decírselo a Hernán, estará muy contento de que lo parezca.
La verdad es que Hernán está poco disponible. Lo vemos solamente en los ensayos. No lo conocía así, parece que está viviendo la obra, interpreta todos los personajes, es más, canta todos los papeles. Me gusta mucho su método de trabajo, es un director perfecto, es nuestra guía. Deja que cada uno entre en el papel, haciendo suyo el personaje con sus propios medios para participar en una comedia, y quizás en mi caso en una tragedia. Pero no se ha olvidado de que es un cantante.
Philippe me cae muy bien, es un gran cantante y un buen actor, creo de verdad que me ayuda mucho a expresarme artísticamente. Mis sentimientos son como los de la Mariscalia, me siento muy halagada de que un oficial jovencito esté enamorado de mí aunque sea peligroso y la competencia no falte. Me pregunto si Hernán está celoso como Sofía. Bueno, a mí Philippe no me atrae mucho, tiene algo de femenino, parece inmaduro, el papel mismo que normalmente interpreta una mujer, además está disfrazado de mujer en muchas escenas. Estamos muy lejos de un Domingo, un Kaufmann o en los actores de cine un Sean Connery.
El estreno tuvo un éxito extraordinario, más de diez veces nos llamaron a escena. Cuando cerraron el telón por última vez, Hernán espontáneamente me tomó en sus brazos y casi me besó en la boca.
— Fue la mejora Mariscala de todos los tiempos, –me dijo.
Algunos días más tarde, antes de un día de descanso, me invitó a cenar en el hotel Hotel Goldener Hirsch, donde estábamos alojados ambos. Hablamos mucho de su producción. El éxito se confirmaba, todas las criticas eran muy elogiosas, tanto que me confió que diferentes casas de ópera estaban proponiendo comprarla. Me preguntó si por favor podía interpretar de nuevo el papel. Obviamente acepté en la medida de mis disponibilidades. La velada se prolongó, bebimos mucho y evocamos nostálgicamente nuestra antigua relación. Acabamos en mi habitación. Me contó su vida, tenía un hijo que criaba la cantante con la que lo había concebido, lamentaba verlo poco, la carrera de un director de escena es una amante intransigente.
Fue una noche de amor inolvidable. Pensé en la Mariscala. Por la mañana nos despedimos, quién sabe por cuánto tiempo. La recuerdo con ternura.
La última representación fue un triunfo. Hernán ya no estaba, su asistente lo sustituyó y me dejó un recado en el que Hernán se excusaba. Me decía que me habría contactado más tarde, que el deber lo llamaba. Después de la función, todo el equipo fuimos a cenar como es la costumbre. Estaban todos felices, Philippe y Sofie estaban juntos, me parecía vernos a Hernán y a mí en Madrid cuando éramos la pareja más joven del Don Giovanni.
Este mediodía, antes de dejar Salzburgo, desayuno en el café Bazar a orillas del Salzach, el sol es límpido y fresco, las cabrillas blancas cabalgan el agua esmeralda y rápida del río. En la terraza saboreo tristemente mi café melange con un trozo de pastel Sacher. Leo descuidadamente el periódico El País, tienen periódicos de muchos países, cuando de repente veo el titulo: nuevo director del Teatro Real. En la foto Hernán parece sonreírme. Pido la cuenta y me dirijo hacia el Hotel que está a poca distancia.
—Señora, ha llegado un correo exprés para usted, —me dicen en la recepción.
El sobre es blanco con mi nombre escrito a mano con tinta azul.


Jean Claude Fonder

La Mujer

Estaba allí, sentada a la izquierda de la mesa que yo ocupaba habitualmente, casi delante de mí,  ya que las mesas formaban un ángulo a lo largo de la pared. Me fascinaba; era mediterránea, menuda, con un perfil griego, facciones marcadas, cabello negro, ojos marrones y tez morena. Un tipo de mujer que siempre me ha gustado: Irene Papas, Tina Modotti o Frida Kahlo. Además, estaba completamente vestida de negro.

No era siempre así. No la veía desde hacía algunos días, no sé, por lo menos quince.
¿Qué habría pasado? 
Solía desayunar con un hombre. Estaban vestidos como si fueran a trabajar: él con un traje gris o azul oscuro, camisa blanca y corbata; ella con un traje sastre, de falda o pantalón, y una blusa de color claro; clásicos pero elegantes. Parecían directivos.
Una rutina ritual; entraban siempre juntos y hablaban poco, ella bebía a sorbos un capuchino en el que remojaba cuidadosamente un croissant mientras él leía el periódico comiendo un croque-monsieur. Al final pedía un café solo con la cuenta. A continuación se alzaban, él la dejaba pasar y la seguía mientras salían juntos a la calle.
¿Eran una pareja o dos compañeros que iban juntos al trabajo o se esperaban por la mañana en la puerta del café? 
Esto último parecía poco probable porque nunca llegaban separados y, cuando hace mal tiempo, me parece absurdo que una persona espere fuera a la otra, pudiendo resguardarse en el interior.
Siempre me ha gustado observar a la gente e imaginar, construir o reconstruir sus vidas, como si escribiera una novela.
Esta pareja (sí, creo que es una pareja, a lo mejor un matrimonio) la había conocido hacía pocos meses. Bueno, conocer es mucho decir, ellos habían empezado a frecuentar la cafetería en el último periodo, y me había llamado la atención su regularidad: cada mañana la misma mesa y el mismo ceremonial.
Dos compañeros se habrían comunicado, intercambiado noticias, opiniones o chismes. Ellos ya no tenían nada que decirse, aunque es probable que  trabajasen juntos, si no por qué desayunar en un café fuera de casa.
¿Quién será el jefe? 
En este mundo machista seguro que el marido. Imagino que ella trabaja en su departamento, a lo mejor fue una becaria que llamó su atención. Como llamó la mía, hace un mes, cuando había empezado a pintarse los labios de rojo y a mirarme con insistencia, es más, me sonreía de cuando en cuando. Era una mujer muy hermosa, lo había notado cuando entraba o salía. Era pequeña pero muy bien proporcionada, sus pechos eran orgullosos, sus caderas y sus nalgas generosas, su paso ondulado y cadencioso confería a su cuerpo un ligereza admirable, era una mujer muy deseable.
Pero algunos detalles me decían que era sobre todo su inteligencia y su personalidad lo que la hacían atractiva. Su aire de indiferencia, su mirada observadora y la decisión con la que hablaba con el camarero, eran para  mí, pruebas evidentes. Su marido también podría serlo, de otro modo. Era grande, muy autoritario, llevaba una barba imponente, todo en él inspiraba  dinero y poder. Estaba acostumbrado a mandar, a conseguir todo lo que quería, mujeres incluidas, creo.
Eso no parecía impresionarla, se la veía segura de sí misma, no le interesaba si él miraba con insistencia a cualquier hembra bien dotada que se acercase. En mi opinión estaban casados desde hacía mucho tiempo y tenían hijos. De eso estoy seguro, algunas veces él estaba solo, seguramente porque un hijo estaba enfermo y la madre se quedaba en casa a cuidarlo el primer día, hasta la cita médica.
¿Siendo ricos tendrán criadas, no? 
No lo sé, si las tuvieran no desayunarían fuera. Bueno, una madre es siempre una madre.
Claro, era un matrimonio ya naufragado y que se mantiene por interés. Un escándalo crea problemas en el trabajo y la vida social. Él tendrá amantes, no me cabe duda, con el dinero que tiene. Quizás no intentara ni siquiera esconderlo, su mujer estaba a su merced. La pobre, seguramente estaba avergonzada, sufría mucho y buscaba apoyo. A lo mejor se vengaba, por supuesto, una mujer como ella no podía acabar arrastrada en el barro sin reaccionar. Tenía un amante, a lo mejor lo estaba buscando. Los últimos días antes de desaparecer, me había saludado,  yo le había correspondido con un ligero signo de la cabeza y una amplia sonrisa. El marido no se dio  cuenta absorbido como estaba en la lectura del periódico.
¿Por qué han desaparecido?, ¿Por qué él ya no estaba?
¿Y si estaba muerto?¿Lo había matado ella?
Esta mañana, no había comprado el diario. Ella lo estaba hojeando rápidamente. Lo cerró y con una sonrisa me preguntó sin emitir un sonido, con los labios: «¿Lo quieres?». No sabía que responder. Probablemente ella había buscado en las noticias si había salido algo a propósito de la muerte de su marido, pues normalmente no lo leía. Mis sospechas estaban más que justificadas. No podía relacionarme con esta mujer.
Antes de que pudiera reaccionar se había alzado, había recorrido los pocos metros que separaban nuestras mesas y entregándome el periódico dijo con una gran sonrisa:
—Te lo doy, a mí ya no me sirve. —y salió del café.
Me quedé atónito. Su perfume me había penetrado hasta el cerebro. Un olor de flores y frutas con toques aterciopelados de almizcle. La vi, esta vez de muy cerca. Un sueño. Sus labios rojos eran como el color tónico en medio del bronce de su cara y del negro de su pelo. Todo su cuerpo acogedor expresaba un calor en el cual habría querido refugiarme. Necesité un instante para recobrar el dominio de mis pensamientos. Abrí precipitadamente el periódico. Busqué febrilmente la noticia de un asesinato irresuelto. Nada, no encontré nada.
¿Me había equivocado?
Quizás había hecho desaparecer el cadáver. Hace algunos años había leído una novela japonesa en la que una mujer descuartizaba hombres que mataba en su bañera, embalaba los trozos en saquitos y los tiraba en los contenedores de basura diseminados en toda la ciudad.
Durante algunos días compré el periódico y verifiqué las noticias, Ella estaba sentada como de costumbre, pero siempre sola. Se vestía siempre de negro y se pintaba los labios de rojo burdeos. Cambiaba de ropa cada día, y, con el verano a las puertas, vestía más ligeramente, con escotes sugerentes. Un día, llevaba una blusa semi transparente del color de sus labios y pendientes y que dejaba adivinar sus pezones. Nunca renunciaba a una elegancia que le era natural.
¿En qué sector trabajaba?
La moda. En Milán no faltaban las diseñadoras de alta costura. No puede ser modelo, no era ni alta ni delgada. Menos mal, a mí estas modelos que llegaban directamente de los países fríos no me gustaban nada. Dos veces al año la ciudad era invadida por estas criaturas, muy reconocibles, mismas medidas, en su mayoría rubias con ojos azules. Corrían de un desfile a otro. Las empresas más importantes de este sector son milanesas. Seguro que los directivos se visten bien. Ella se vestía estupendamente.
Aunque tenía miedo no debía notarse. Nada podía hacerme recular. Ahora, cada día me saludaba. Cuando salía clavaba sus ojos de ébano en los míos y me sonría sensualmente.
¿Qué podía hacer para entrar en contacto con ella?
Alzarme mientras desayunaba y pedirle algo. No fumaba, ella tampoco. Prestarle mi periódico, pero nunca después del día en que me lo había dado le había visto leer uno. Preguntarle sobre el marido me parecía una locura, todavía no sabía nada. Podría despertar sus sospechas, darle la impresión de que estaba investigando sobre su desaparición con no sé cuáles terribles consecuencias.
¿Invitarla a mi mesa?
Yo estaba solo, ella también. Podríamos hacernos compañía. Sí, esa era la solución. Además estaba claro, a mí me gustaba y creo que también ella se sentía atraída por mí. Era un primer paso, podríamos empezar a conocernos y quizás podría dilucidar el misterio que la rodeaba. El día después no estaba.
¿Qué había ocurrido?
Leí el periódico de cabo a rabo. ¡Nada! Durante días, ninguna noticia. No sabía qué hacer. Si hubiera podido hablar con ella, habría podido decidir.
¿Había huido?¿Tenía que ir a la policía?
Estaba desesperado. No sabía nada de ella, donde trabajaba, donde vivía, ni siquiera conocía su nombre. Nos lamentamos de que la gente no colabora con la justicia, pero en este caso, se trataba de personas que habían desaparecido o que habían dejado de frecuentar un café. No tenía nada de concreto.
Pasaron las vacaciones, en septiembre nada, la mujer (no tenía ni tan siquiera un nombre para referirme a ella) y claramente el marido no reaparecían. Una pareja de modelos los habían sustituido. Había mucha gente que desayunaba en el café. En Milán, desde el 20 de septiembre, empieza la semana de la moda primavera/verano. Estos modelos me parecían completamente artificiales, se vestían como nadie lo habría hecho, las mujeres eran palos con solo piel y huesos y los hombres me parecían afeminados. Todos pocos interesantes, fuera de una vida normal y que desaparecerán el 27 de este mes.
—¿Me permites?
Me giré bruscamente. Era ella. Resplandeciente, más bronceada que nunca. Sus senos que me enseñaba generosamente no llevaban huellas de sujetador. Su perfume era aún más intenso, almizclado diría, me embriagaba. Sus labios rojos me fascinaban y sus ojos negros me sonreían para seguir diciendo:
—Como ves el café está lleno, podría sentarme contigo ya que el colaborador con el cual solía desayunar ha cambiado impresa.


Jean Claude Fonder

Tinísima: 9 de febrero de 1939

He leído con mucho gusto Tinísima de Elena Poniatowska que mezcla genialmente biografía y novela histórica, literatura y fotografía, que nos habla de la condición femenina en este tiempo revolucionario de la dos lados del Atlántico,…

Me paro aquí, mi objetivo no es de hacer una critica o un resumen de este libro. Quiero solo que apreciéis el estilo maravilloso de esta autora en un extracto que describe un día de la salida al exilio de los republicanos españoles. Elena nos describe esta tragedia con gran pinceladas de pura poesía para que podamos reconstruir la película de los eventos sin que deba relatárnosla en detalles. 

(Para facilitar la comprensión: Vittorio, alias comandante Carlos, es el compañero de Tina y el comisario politico del Quinto Regimiento)

 Jean Claude Fonder


9 de febrero de 1939.

Vittorio ve a Marty y a Longo de pie, junto a una bandera, y frente a una pirámide de fusiles y pistolas que los republicanos avientan a medida que van pasando. Despiden a cada uno estrechándole la mano por última vez. Vittorio permanece en tierra española con Emilio; sobre la tierra que dentro de poco será del enemigo. Emilio trata de adivinar los pensamientos de su comandante. En todos los frentes han hecho la guerra, resistieron juntos en medio de la desesperación total, peleándole al enemigo cada palmo de tierra, salvando lo salvable hasta venir a dar a la pila de fusiles que aumenta a medida que cruzan los republicanos la frontera.
Los milicianos desfilan por última vez frente a su Estado Mayor, marchan con la cabeza alta a pesar del cansancio, el uniforme sucio de sangre y lodo, muchos con muletas, vendajes en la cabeza, brazos en cabestrillo, heridas mal vendadas o a punto de deshacerse. Su semblante, sin embargo, orgulloso; ya todo está perdido, a cantar, amigos. Sonríen, el corazón les pesa; sonríen, el corazón va haciéndoseles liviano; sonríen, vuelven a entonar la misma canción:

Mañana dejo mi casa,
dejo los bueyes y el pueblo.
¡Salud! ¿Adónde vas, dime?
—Voy al Quinto Regimiento.

Caminar sin agua, a pie.
Monte arriba, campo abierto.
Voces de gloria y de triunfo.
—Soy del Quinto Regimiento.

Con el quinto, quinto, quinto,
con el Quinto Regimiento
con el comandante Carlos
no hay miliciano con miedo.

Vittorio no se decide a cruzar aquella línea. Permanece en el auto, al lado de Emilio, sin hablar, viendo tras la ventanilla gélida cómo pasan los demás. En su cabeza, las imágenes se suceden como la cinta de una película, la niña muerta sobre el vientre de su madre, el joven soldado sonriéndole al cielo, Juan Negrín en su despacho, su mirada de desesperación. Y ellos, el comandante y su ordenanza Emilio, juntos a todas horas durante la interminable tragedia.
Vittorio y Emilio se despiden con un abrazo. El comandante Carlos, comisario político del glorioso Quinto Regimiento, pasa la frontera en un estado miserable; barbas sin cortar, sucio, hambriento. Ahora él es quien camina inmerso en un silencio terrible, el lodo se pega a sus zapatos. A lo lejos, alguna explosión, algún grito apagado.
Muy tensos, Longo y Marty estrechan la mano a cada voluntario que frente a ellos arroja su arma a tierra. Vittorio, el yeso empapado, resquebrajado en partes, el brazo colgando como piltrafa, las heridas reabiertas, arroja la pistola en el enorme montón, y se va sin volver la cabeza.
Cada hombre es cateado por los gendarmes franceses. Los apuran: «Allez, allez». Les preguntan: oigan, qué llevan en sus bolsas, no esconden otra arma, han estado en el hospital, ninguna infección, qué falta de higiene; los esculcan, los obligan a abrir mochilas y costales, vaciar su contenido al suelo. «Allez, allons-y, faites vite». Vuelven a cachearlos. Sus pertenencias ruedan expuestas, indefensas en la carretera nevada y cubierta de creolina. Al abrir un envoltorio el gendarme lo tira al suelo:
Qu’est-ce que c’est que cette merde-là?
—Es tierra de España.
Allons-y, allez, allez, le suivant.
El general Francisco Durán es el último en pasar. En el momento en que despide a sus soldados, con la voz resquebrajada por la emoción, los mira sonreír.
Su yegua, abierta de patas, está orinándose.

Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor, es muy parco. Pálido, tenaz, parece seminarista. Su aspiración es vivir en el anonimato y está condenado a dar órdenes porque sabe darlas. Es el estratega de la guerra de España. Frente a sus ojos, los ríos, las colinas y los cerros, las sierras y las hondonadas se vuelven planes de destrucción: trincheras, puntos de ataque, repliegues, pasos para sus tropas, sus destacamentos, columnas, brigadas, regimientos, divisiones, racionamiento de fuerzas. La tierra de España es este mapa clavado de alfileres, donde él tiene que mover a sus hombres. La tierra de España reventada, aterida, no es para Rojo un lugar sino su cuerpo. Vive los barrancos que pueden volverse trampas, los senderos hormigueantes, los árboles y los bosques que en la noche se prenden y amanecen negros, convertidos en ceniza. Vive a la gente que mañana morirá. ¿Qué verá Rojo a la hora del amanecer, con sus anteojos de larga vista, al fondo de la carretera? ¿Los evacuados, los coches, las carretas, el lodo, las subidas y las bajadas en lontananza, el frío, la nieve, los temores de su infancia? Desde hace diez días, su angustia no ceja.
Hay que seguir ¿verdad?, seguir siempre.

Si la guerra de España duró tres años es gracias al Partido Comunista y a Vicente Rojo. «Hemos hecho una guerra digna porque logramos hacer un ejército popular gracias al Partido Comunista».

«Fuimos torpes, crueles, pero también heroicos, generosos, valientes, sacrificados».

Puente de los Franceses
Puente de los Franceses
Puente de los Franceses,
mamita mía,
qué bien resistes,
qué bien resistes.

Los nacionales no pudieron pasar el Manzanares porque los republicanos tenían tomado el Puente de los Franceses.

Un campesino, al ver el río de españoles, grita:
C’est bien fait pour eux. Sales rouges.
Otros corean:
Sales rouges.

En la frontera, los vascos esperan a los vascos.
Negrín, Rojo y Zugazagoitia llegan a la Junquera. Es el límite con Francia. El presidente Negrín aguarda en silencio.
Cuando una de las autoridades francesas le comunica que los periodistas y fotógrafos han sido alejados, Negrín y sus compañeros pasan a pie la frontera ante un pelotón que presenta armas. Al ver a Rojo, el agregado militar de la embajada de Francia en España se cuadra.

Argelès-sur-mer
Saint Cyprien
La Lozère
Las Haras
Aude
Agde
Saint Étienne
Le Vernet
Gurs
Barcères
Sept Fonts
Bram
Arles-sur-Tech
Château de Collioure
La Reynarde
Château de Montgrand
Le Perthus
Hérault
Haute-Garonne, Mazères
Le Boulou
Prats de Molló
Saint Laurent-de-Cerdans
La Tour de Carol
Bourg-Madame
Barcarès
Mont-Louis

En Hérault concentran a la mayoría de los catalanes.

Emilio Prados no quiere sentarse sobre la arena. Cuida su gran abrigo negro. Dos de los mayores campos de concentración, Saint Cyprien y Argelès están sobre la arena. Cuatrocientos mil refugiados han sido arrojados detrás del alambrado de púas clavado en la playa. No es que los guardias sean deliberadamente crueles, lo terrible es la confusión, la improvisación. No hay una sola comodidad. Si los españoles no construyen sus propias barracas tendrán la arena como lecho, porque es en la arena donde duermen envueltos en una manta de abandono, hacen sus necesidades, colocan sus pocas pertenencias. La arena es ahora su única tierra. Caminan sobre ella, sobre ella se sientan, comen arena, la arena centellea en sus cabellos, en la arena se acuestan, su rostro contra la arena, sus manos cubiertas de arena; los enceguece esta arena lodosa, negra, triste, de las playas del Mediterráneo. Ni un árbol, ni una mata, solo estos rostros, estos párpados, estos hombros, estos cuellos vencidos por el peso de la arena.
En Saint Cyprien muchos se han descalzado; Emilio Prados no, aunque no aguanta los pies. Muchos se lavan en el agua salada, y regresan tiritando bajo el cielo gris. Prados no se quita el abrigo. En el horizonte vigila la aparición de un barco, una lancha, cualquier cosa, una balsa; pero los ojos le lloran por el reflejo metálico del manto de plomo derretido que otros llaman mar.
—Niño, no le tires arena a tu hermano, lo vas a dejar ciego.
Los niños todavía tienen fuerza para correr en la playa pero no meten los pies al agua helada.
En esta arena ha venido a terminar la guerra.

México propuso recibir ochenta mil familias. Todos esperan en los campos de concentración de Francia. Además ofreció darles la nacionalidad mexicana.

El Mexique zarpa con tres mil refugiados a bordo. Susana y Fernando Gamboa velan el mar de cabezas sobre el mar salado y gris.
De Sète y Marsella, los barcos navegan por el estrecho de Gibraltar, y desembocan en el océano.
El solitario Atlántico.


Jean Claude Fonder

Mentiras

Su ausencia me destroza, me sigue por la calle, como si fuera el ruido de pasos enemigos que se acercan y me asustan.
Desde hace horas estoy caminando sola por los barrios de una Venecia que los turistas no conocen, buscando mis recuerdos e intentando alejarme de ellos.
Pero su ausencia por fin me alcanza, me agarra las piernas, las quiebra y me hace caer derrotada sobre los peldaños de un puente.


Yo creía que solo podría sufrir así por un hombre: sé que el amor tiene bastante vigor como para partirme el corazón y dejarme sin fuerzas. En cambio, ahora es la ausencia de Lucía la que me derrumba y me deja agotada, sin aliento.
Lo sé: habría tenido que llamarla otra vez.
Si hubiera sido un hombre, lo habría llamado, olvidándome del orgullo y de todo.
El agua del canal es turbia, grisácea, debe de ser fría… por un momento me imagino como sería dejarme caer hasta el fondo.
A veces los canales de Venecia reflejan los colores alegres de las casas, en un juego de imágenes que hacen aparecer una segunda ciudad igual aunque opuesta a la de verdad. Pero hoy no: hoy una niebla húmeda y pálida cubre la ciudad, impregnada de ese olor a podrido que siempre me deslumbra y al mismo tiempo me repugna.
No me acuerdo exactamente las palabras que dije a Lucía, cuando me llamó: sólo me acuerdo que fue muy difícil encontrarlas al principio, y aun más difícil controlarlas después.
Hay un barco en el canal, parece abandonado a su destino, como yo. Dos señoras ancianas charlan y se cogen del brazo: hablan de sus nietos, de la compra y de pequeñeces: dos amigas, como éramos Lucía y yo.
Decido volver atrás y alcanzar los barrios llenos de turistas con sus cámaras insaciables. Miro la laguna abrumada y me abandono a la profunda quietud del espacio que se extiende delante de mis ojos y a los recuerdos que flotan a mi alrededor.

Teníamos diecisiete años: era el tercer año del bachillerato, y vinimos de viaje escolar justo aquí.
Mi corazón se había quebrado por Mauricio en mil pedazos de vidrio, y yo tenía cortes en las manos por intentar arreglarlo.
En cambio, Lucía paseaba por la orilla cogida del brazo de Gabriel, tan tranquilos que parecían un matrimonio de ancianos.
Las dos habíamos descubierto el amor, pero de una manera muy diferente. Eso no nos alejó, sino que nos unió todavía más y nos hizo más amigas. No sentía ninguna envidia por ellos, por el afecto sosegado que demostraban, mientras que yo me moría para obtener una sonrisa, una mirada de Mauricio, regalada como una limosna…
Había aprendido a amar con desesperación y la tranquilidad de un cariño seguro no me interesaba.
Lucía y yo éramos tan amigas que nunca un chico – o un hombre – podría separarnos. Claro, nos gustaban tipos diferentes, pero entonces estábamos convencidas que nuestra amistad era más fuerte que el amor, más fuerte que todo.

Han pasado años. Decenas de años.
Ahora, Gabriel es el padre de sus hijos; Mauricio es sólo una pequeña cicatriz escondida.
Hice otros viajes, me enamoré demasiadas veces, y ahora tengo un hombre a mi lado. Pero nunca encontré otra amiga. Conozco a varias mujeres simpáticas y agradables, con las que me gusta pasar un rato charlando, pero mi amiga siempre fue ella, Lucía.
Pensándolo ahora me parece raro, porque, como es natural, con el tiempo me alejé de aquella idea que la amistad era lo más importante de todo.
Me enamoré de muchos hombres en mi vida: Mauricio, con una pasión juvenil que me dejó agotada, Daniel, con un cariño cada día más débil que acabó convirtiéndose en un largo aburrimiento, Esteban, con una inconsciencia loca que me regaló por un par de meses la ilusión de ser invencible… y otros que el tiempo ha arrastrado hasta el olvido. Y por fin Pablo, mi marido, con el que aprendí que era posible sentir pasión y ternura por el mismo hombre.
Mientras tanto, ella se hizo novia de Gabriel, se casó con Gabriel, tuvo dos hijos con Gabriel, celebró decenas de cumpleaños y aniversarios con Gabriel.
Pero las dos seguíamos intercambiándonos llamadas, contándonos nuestros secretos, ayudándonos de cualquier manera… o eso creía yo.
Sin embargo, un día Lucía, sin decírselo a nadie, decidió buscar otro mundo, el que había atisbado en la calle, a lo mejor delante de la escuela de sus hijos, o en el gimnasio donde solía ejercitarse, o entre los amigos de Gabriel… ¿Quién sabe?
A mí nunca me contó nada.
Hace unos diez días recibí aquella dichosa llamada:
«Ana, necesito tu ayuda…»
No había nada raro en eso: siempre quise ser una buena amiga para ella, siempre estuve dispuesta a echarle una mano. Lo raro era su voz.
«Podrías… ¿podrías decirle a Gabriel que voy a ir con vosotros a Venecia el próximo fin de semana?»
«¡Qué bien! Entonces, ¿vamos los cuatro? Yo tenía entendido que Gabriel tendría que trabajar…»
«Pues sí. Gabriel tiene un compromiso».
«Entonces… ¿vas a ir tú con nosotros?»
«Sí…. bueno, no. Eso es lo que tendrías que contar a Gabriel…»
«¿Y tú dónde vas?» le pregunté como una tonta. Todavía no acababa de entender.
Ella no contestó.
«¿Con quién?»
Otra vez no me contestó.
«Lucía…»
«Ana…» murmuró después de un largo silencio «Yo creía que me entenderías.»
«No sé de qué me hablas» contesté sorprendida.
«Creía que me entenderías» repitió, tozuda.
Todo el mundo dice que la mentira es más divertida, pero con un par de verdades puedes dejar a cualquiera callado. Así me quedé yo, cuando la verdad que ella nunca me contó me dejó muda, sin poder soltar palabra. No podía, no quería entender. ¿No era yo la más inquieta, la más pasional, la que no podía renunciar, de vez en cuando, a poner patas arriba su vida y a veces incluso la de los demás? ¿No era ella, Lucía, la más tranquila, la más reflexiva, la esposa y madre casi perfecta? Y ahora, ¿qué me estaba pidiendo? ¿Que cubriera su engaño, que mintiera a Gabriel, a quien conocía desde que éramos chicos y que era como un hermano para mí?
Otra vez me engañé, pensé que fuera un malentendido: si se hubiera enamorado de otro hombre, Lucía me lo habría dicho, éramos tan amigas, nos lo contábamos todo…
No me acuerdo exactamente las palabras que le dije: sólo que fue muy difícil encontrarlas, al principio, y aun más difícil controlarlas después. De eso me acuerdo muy bien: le contesté que no, por primera vez en mi vida.
Después no pude callarme, le eché en la cara que no me lo hubiera contado, le hice un montón de preguntas, la acusé de ser inconsciente e irresponsable: no supe pararme y hablé demasiado: al fin y al cabo, la amiga impulsiva siempre había sido yo.
Fue entonces que me soltó a la cara todo su veneno:
«¡Ahora te has convertido en una santa! Con todos los hombres que has tenido y ¡te atreves a juzgarme!»
¿Por qué me ofendió de esa manera? Me llamaba para pedirme ayuda, una ayuda imposible para mí, y a cambio quiso humillarme tanto…
Pero mi cuchillada fue igual de profunda:
«No soy una santa, lo sé. Pero ¡nunca he mentido, nunca he traicionado!»
Ella colgó el teléfono.

Lo sé: tendría que llamarla otra vez.
«Creía que me entenderías» me había dicho, pero yo no supe comprenderla, no fui capaz de abrazar a mi amiga, a mi hermana, por primera vez en el mismo lado del universo del amor. No conseguía pensar en otra cosa que en lo que me había pedido y en la mezquindad con la que me había acosado.
Tendría que esperar unas horas, dejar que nos calmáramos las dos y luego llamarla otra vez. Pero no lo hice.
Después de unos días, me envió un email:

Hola Ana –me escribió, y no «querida Ana»– Hay muchas maneras de entender si las amistades son verdaderas: creo que he valorado la tuya hace unos días.
No ha sido porque me has contestado que no: puedo entender tus escrúpulos, tu amistad con Gabriel, el miedo que él te descubra y te considere culpable, tus reglas morales… puedo entenderlo todo.
Lo que me ha herido profundamente ha sido la falta de sensibilidad que has demostrado… Ni siquiera me has preguntado como estoy, si es difícil para mí, si estoy sufriendo…
¿Acaso piensas que yo estoy bien?
No quería echarte en la cara tus amores pasados, sino buscar en ti a una persona que podría comprenderme, por haber conocido a lo largo de su vida el amor en todas sus formas. Por eso, creí que me comprenderías…
Con toda sinceridad: estoy convencida de que, si hubieras querido borrar las palabras crueles que nos dijimos, me habrías buscado. Si te hubiera importado de mí, me habrías llamado.
Creo que no hay nada más que decir.
 

A mí siempre me ha gustado mirar a la cara a las personas cuando les hablo, para descubrir sus reacciones en la expresión de los ojos. En cambio, a ella le gustaban las cartas, porque decía que cuando una persona escribe puede releer, cambiar, borrar, para evitar los malentendidos. “La escritura es la amiga de la prudencia” decía.
Así que en su carta no cabía la menor posibilidad de malentendidos: era una puerta cerrada con pestillo.
Le escribí enseguida una respuesta, pero era demasiado tarde.
Le pedí perdón, admití todas las culpas, pero era demasiado tarde.

Así, ayer por la mañana Pablo y yo partimos para Venecia.
“¡Qué lástima que Gabriel y Lucía no hayan podido venir con nosotros!” dijo él.
“Pues sí, una verdadera lástima” contesté. Quería contárselo todo, pero todavía no había encontrado el momento y el valor para hacerlo.
Al salir de un museo, cuando encendimos los móviles, los dos encontramos una decena de llamadas sin respuesta de Gabriel.
El día despejado se estaba diluyendo en un cielo rojo y naranja, de fuego.
De repente entendí lo que había pasado: ella le había contado a Gabriel que se iría con nosotros, aún sin mi complicidad.
“Voy a llamarlo enseguida, le habrá pasado algo” dijo Pablo.
“Espera, antes tengo que decirte una cosa…” contesté. Pero no tuve ni siquiera el tiempo: Gabriel llamó a Pablo otra vez. Estaba desesperado, gritaba como un loco: “Lucía está en Venecia con vosotros, ¿Verdad? ¿Verdad Pablo? ¿Está allí? ¿Está bien?
La cara tan guapa de mi marido se retorció en una mueca irreconocible, donde risa y susto se confundían hasta desembocar en una expresión de profunda angustia.
“Ha venido la policía, me han dicho que ha habido un accidente, en la montaña, y que Lucía ha… Pero es un error, ¿verdad? ¿Lucía está bien, está en Venecia con vosotros, ¿verdad, Pablo? ¿Está allí con vosotros?

Pablo ha decidido partir enseguida para estar cerca de Gabriel, yo he preferido quedarme todavía un poco, volveré mañana con el tren.
¿Cómo podría ahora enfrentarme a él? Por suerte, Pablo aún no sabía nada… ¿Pero yo? Qué le voy a contestar, cuando Gabriel me plantee todas las preguntas que a poco a poco se le ocurrirán?
Ni siquiera sé si iré al entierro de Lucía… creo que, al fin y al cabo, ella preferiría que no. Pero claro que iré: lo haré por Gabriel, por sus hijos, por Pablo… por todos los que todavía creen que éramos las mejores amigas, para guardar las apariencias en una situación en la que ya no queda remedio.
El agua en los canales está gris, fría como el hielo que alberga mi alma; la luz del día se desvanece hasta desaparecer.
Venecia en invierno es así: a veces te encadena, a veces te embruja.

Y aquí quiero perderme todavía un poco antes de volver, antes de que esta tarde húmeda y grisácea pueda borrar mi recuerdo más antiguo: Lucía y Gabriel a los diecisiete años, cogidos del brazo, que paseaban por la orilla…


Silvia Zanetto

Le corbeau et le renard

Uno de mis primeros amores literarios fue la fabula de Jean de La Fontaine que da su titulo a esta entrada. 

¡Qué maravilla! La conozco todavía de memoria. La Fontaine escribió muchas fabulas inspirándose a las fabulas de Ésope, pero esta es la más conocida. Es muy teatral, la moral es sencilla, evidente y fácilmente aceptada. El texto en verso es excepcional, sobre todo en francés suena muy bien y es muy fácil a memorizar. Podéis escucharla más abajo interpretado por René Depasse.

No encontré una buena traducción, así como le propongo la mía para mejor comprensión del texto francés.

Es mucho mejor leer “El cuervo y el zorro” de Félix María de Samaniego, uno de los mejores fabulistas españoles. Es inspirada de La Fontaine, como este último se inspiro de Ésope.

http://data.abuledu.org/URI/51f96fab

 Jean Claude Fonder


Le corbeau et le renard

de Jean de La Fontaine

Maître Corbeau, sur un arbre perché,
Tenait en son bec un fromage.
Maître Renard, par l’odeur alléché,
Lui tint à peu près ce langage:
Et bonjour, Monsieur du Corbeau.
Que vous êtes joli ! que vous me semblez beau!
Sans mentir, si votre ramage
Se rapporte à votre plumage,
Vous êtes le Phénix des hôtes de ces bois.
À ces mots, le Corbeau ne se sent pas de joie;
Et pour montrer sa belle voix,
Il ouvre un large bec, laisse tomber sa proie.
Le Renard s’en saisit, et dit : Mon bon Monsieur,
Apprenez que tout flatteur
Vit aux dépens de celui qui l’écoute.
Cette leçon vaut bien un fromage, sans doute.
Le Corbeau honteux et confus
Jura, mais un peu tard, qu’on ne l’y prendrait plus.

El cuervo y el zorro

Traducción (J.C. Fonder)

Maestro Cuervo, sobre un árbol posado,
En su pico tenía un queso.
Maestro Zorro, por el olor engolosinado,
Tuvo más o menos este lenguaje:
Buenos días, Señor del Cuervo.
¡ Que usted es hermoso! ¡ Que usted me parece bello!
Sin mentir, si su ramaje
Se remite a su plumaje,
Usted es el fénix de los huéspedes de esta selva.
A estas palabras, el cuervo no puede frenar su alegría;
Y para mostrar su bella voz,
Abre un pico ancho, deja caer su queso.
El Zorro se lo coge, y dice: Estimado señor,
Sepa que cualquier adulador
Vive a costa del que lo escucha.
Esta lección vale bien un queso, sin duda.
El Cuervo vergonzoso y confuso
Juró, pero un poco tarde, que nunca más se lo engañaría.


El cuervo y el zorro

de Félix María de Samaniego

En la rama de un árbol,
bien ufano y contento,
con un queso en el pico,
estaba el señor Cuervo.
Del olor atraído
un Zorro muy maestro,
le dijo estas palabras,
a poco más o menos:
«Tenga usted buenos días,
señor Cuervo, mi dueño;
vaya que estáis donoso,
mono, lindo en extremo;
yo no gasto lisonjas,
y digo lo que siento;
que si a tu bella traza
corresponde el gorjeo,
juro a la diosa Ceres,
siendo testigo el cielo,
que tú serás el fénix
de sus vastos imperios».
Al oír un discurso
tan dulce y halagüeño,
de vanidad llevado,
quiso cantar el Cuervo.
Abrió su negro pico,
dejó caer el queso;
el muy astuto Zorro,
después de haberle preso,
le dijo: «Señor bobo,
pues sin otro alimento,
quedáis con alabanzas
tan hinchado y repleto,
digerid las lisonjas
mientras yo como el queso».
Quien oye aduladores,
nunca espere otro premio.

Jean Claude Fonder

Le grand tour

—¿Cómo te llamas?—, me preguntó una chica rubia, con pelo trenzado y profundos ojos azules. Se sentó a mi lado sin esperar la respuesta. Estaba en un autocar que nos llevaba a Italia.
Ella se llamaba Inés. A pesar de este nombre, era flamenca. Viajaba sola. Yo iba con mi madre y mi tía. Nos gustaba mucho Italia, cada año alquilábamos durante los meses de vacaciones un chalet en la orilla de uno de los grandes lagos alpinos. Era el año 1959, mi padre tenía que quedarse en Bruselas, yo tenía la edad justa y mi madre quería enseñarme un poco más de las bellezas de un país del que conocía solo Milán y los lagos. Un viaje de iniciación se podría llamar, un ”Grand tour» como lo habría hecho un joven ingles romántico a las puertas de su madurez.


La miré atentamente, asustado por esta muchacha resplandeciente que me sonreía, me volví hacia mi madre y mi tía que estaban sentadas detrás. Me dedicaron también ellas una sonrisa luminosa.
Le respondí que me llamaba Claudio y, como para defenderme, que tenía dieciséis años. Inés hablaba muy bien francés. Me explicó que el “Monte Kemmel” donde vivía estaba cerca de la frontera con Francia y que, por este motivo y por la presencia de un monumento de la primera guerra mundial dedicado a los soldados franceses, había muchos turistas de este país que lo frecuentaban. Hablaba con mucho entusiasmo de su región. Mientras la escuchaba, la observé, ya era una mujer, joven y muy hermosa. Vestía pantalones cortos verdes y una blusa anaranjada muy apretada. Los botones amenazaban en cualquier momento con reventarse por la presión que ejercían sus pechos. Sus muslos ahusados que cruzaba muy alto me fascinaban literalmente, sudaba y no sabía hacia dónde dirigir mi mirada, para que no se diera cuenta. Pero no dejaba de hablar y parecía no prestar atención a la confusión que debía traicionar mi cara. Por suerte hicimos una parada técnica y pude precipitarme a los aseos.

La primera etapa fue Estrasburgo. Cuando bajé para cenar, vi que la muchacha estaba instalada con mi madre y mi tía en una mesa para cuatro personas.
—Hemos invitado a Inés a sentarse con nosotros, ya que está sola.
Al final de la cena, mi madre dijo:
—Sois jóvenes y la vieja Estrasburgo es preciosa, merece la pena. Salid a dar un paseo y tomar algo juntos, mi hermana y yo ya la conocemos y vamos a descansar. Mañana hay que madrugar.
La «Petite France» es el barrio más pintoresco y romántico del casco antiguo, sus canales negros reflejan estupendas casas blancas con entramado de madera, techos inclinados y balcones desbordantes de geranios rojos. Tomé a Inés de la mano, en el espejo del agua podíamos vernos, dos jóvenes que formaban una buena pareja, dos enamorados que paseaban al claro de luna. Tomamos una copa de gewurstraminer muy fresco en la terraza de una taberna a la orilla del canal. Me contó un poco más de ella, había concluido con gran éxito sus estudios secundarios y sus padres le habían regalado este viaje como recompensa. Una amiga debía acompañarla pero se enfermó el día antes de la salida, unas anginas que contrajo por el aire acondicionado. No había querido renunciar al viaje. Me declaró que se alegraba mucho de que pudiera viajar con nosotros, que éramos compañeros muy agradables. Después volvimos al hotel y la acompañé hasta su habitación, se despidió con una sonrisa y depositó un beso rápido sobre mis labios.

Éramos novios, lo establecía el código en nuestras escuelas de entonces. Seguimos el viaje, a menudo durante el recorrido buscaba la mano de Inés, bajo los ojos enternecidos de las dos hermanas. Más adelante, mi madre siempre favoreció mis relaciones amorosas, le bastaba conocer a la chica directamente o poder observarla discretamente en un salón de té de su elección adonde tenía que llevarla.
Juntos Inés y yo visitamos los palacios y museos deslumbrantes del “Bel Paese “. Era muy culta, conocía muy bien la historia y el arte en general, también yo era un aficionado, nuestros debates eran de expertos. Eso dejaba poco tiempo para las escenas románticas. Por la noche, después de cenar, mi madre nos mandaba fuera para que tuviéramos un poco más de intimidad.
Pero probad a salir en Italia con una chica rubia y bronceada que te enseña el mar cuando te mira; los machos italianos se desencadenaban y con ellos no hay códigos de respeto, todos hemos visto las películas neorealistas. Como competidor yo sería más bien un bárbaro invadiendo el imperio romano, tenía una estatura imponente pero no se puede negar que a las walkirias les gustaban a los kouros.

Una noche en Pisa estábamos sentados Inés y yo en un bar con baile. En esta época, por suerte, no se había inventado todavía la discoteca. La música rock apenas nacida gustaba mucho a ambos pero entonces no sabía bailar, después mi madre me inscribió en una escuela. Con los “slows” podía probar a moverme sobre la pista dejando que me llevase la música. Ines estaba hermosa, su pelo estaba recogido en una coleta, llevaba un pequeño vestido de vichy azul, el color de sus ojos, con la falda ancha y las enaguas blancas debajo que aparecían en cada pirueta que hacía.
Voi ballare con me? 
Me volví bruscamente, yo estaba mirando a Inés y no había visto a ese tío acercarse. Un joven italiano, grande, delgado, aceitunado, ojos negros y pelo rizado. No lo podía creer, era evidente que éramos novios y este antipático osaba preguntar eso. Inés me miró un instante con sus ojos chispeantes, giro la testa hacia el inoportuno y le dijo que sí.
La pequeña orquesta tocaba un rock cantado en italiano por un Elvis Presley local, el chico italiano se lanzó en un ritmo endiablado a un baile casi acrobático. Inés lo seguía ágilmente, daba vueltas sin parar, mientras sus faldas revoloteaban como en las películas roqueras. Estaba estupefacto y me quedé cautivado por la exhibición que daba la pareja. Un poco molesto también. Esperaba.
Después de tres bailes veloces, la orquesta siguió tocando “Love me tender”. Inés volvió exhausta y feliz.
—Bailas muy bien, —le dije alzándome.
—Gracias, —me respondió sonriendo, y se echó en mis brazos. Me besó largamente, sentí su lengua inserirse imperiosamente entre mis labios, la atraje hacia mí con tanta fuerza que percibía todas sus formas suntuosas en mi cuerpo.

El día después llegamos a la ciudad eterna. La primera noche nos quedamos en el hotel, todos queríamos descansar. Se llamaba “Villa del Parco“ y estaba en la via Nomentana, cerca de la villa Torlonia, residencia de Mussolini. Los jardines eran lujuriosos, los colores amarillentos de estos palacios resaltaban sobre el azul limpio del cielo romano, los pinos siempre presentes añadía un toque de verde elegante en este cuadro idílico. El paraíso.
Pero estaba lejos del centro, los dos latinistas que éramos Inés y yo, queríamos descubrir la Roma antigua, vivir Tito Livio y evocar a Julio César exactamente donde fue asesinado.  Mi madre y mi tía prefirieron dar un paseo por la ciudad en coche, el calor era agobiante. Felices con nuestra libertad, pasamos un día intenso aderezado por frecuentes intermedios amorosos. Nuestros cuerpos ya calientes se buscaban, aprovechábamos cada momento de intimidad para tocarnos, descubrirnos cada vez un poco más.
Por la tarde cenamos románticamente fuera, a la luz de una vela en un ristorante del barrio Trastevere. Muy cansados, decidimos volver al hotel, pero estábamos muy lejos y un taxi habría costado mucho.
—Quizás podemos hacer auto stop, —dijo Ines.
Vi una pequeña Fiat 600 con dos jóvenes a bordo, la interpelé, se pararon.
¿Che cosa vuoi? 
Expliqué en mi italiano elemental, que no sabíamos cómo ir a nuestro hotel, via Nomentana y que no teníamos dinero para tomar un taxi. El chico miró a Inés, sonrió, dio una ojeada a su compañero y dijo indicando la puerta de atrás:
Salite!
Nada más subir al coche, aunque la puerta no estaba cerrada, arrancó a toda velocidad, haciendo rechinar los neumáticos. Inés lanzo un grito. El tío sentado delante de ella en el asiento del pasajero se volvió hacia ella, ignorándome.
Ci divertiremo bella, non spaventarti.
No estaba tranquila para nada, el coche iba siempre a más velocidad y ya estábamos en una ancha avenida que parecía salir de la ciudad, vi que se llamaba Cristoforo Colombo. De repente vimos un coche policial que estaba parado antes de un semáforo rojo, el chico que conducía disminuyó la velocidad hasta pararse. No dudé, abrí la puerta y me precipité hacia los policías gritando: «¡Socorro, Socorro!».
Los policías, una pareja, se bajaron y pararon el coche de los dos chicos. Empezó un largo dialogo entre ellos, mientras Inés había salido también y estaba colgada a mi brazo. Dejaron que se fueran los chicos y la mujer preguntó en francés a Inés adonde queríamos ir, añadiendo que ellos nos llevarían al hotel.

El día siguiente dejamos Roma y este feo recuerdo para ir a Rimini donde teníamos que pasar algunos días en el mar.
Estábamos Inés y yo extendidos sobre una balsa que se movía a remo desde un pequeño muelle. Nos mecía un oleaje muy ligero aunque ya estuviéramos lejos de la playa. Inés tomaba el sol, estaba acostada sobre la espalda. Se había quitado la parte de arriba del bikini. Yo estaba a su lado, derecho, sobre el costado vuelto hacia ella. Ella tenía los ojos cerrados, yo podía mirarla. Su cuerpo era escultural, cada curva era como dibujada por Rodin. Siendo flamenca habría podido ser modelo de Rubens, pero no, mejor Canova, el equilibrio era perfecto.
Al bajar el sol volvimos a la playa. Seguí a Inés para reunirnos con mi madre y su hermana que leía bajo un parasol, Cuando mi tía me vi llegar se echó a reír.
—Parece que te hayas quemado, estás muy rojo, —dijo mi tía—, pero solo en el lado derecho.
Inés se dio la vuelta y se echó a reír también así que todos al final acabamos riéndonos a carcajadas.
Por la tarde cenamos en el hotel. Inés me dijo que no quería salir. La noche anterior había cancelado también nuestro paseo.
¿Qué pasaba? ¿El incidente romano, mi conducta ridícula esta tarde, se estaba cansando de mí? Hablé poco durante la cena y me despedí pronto alegando que tenía que curar mi quemadura solar. En la habitación, me desnudé lentamente ante el espejo y me puse de nuevo la crema. Mis pensamientos volvieron a la balsa, al cuerpo espléndido de Inés, a sus senos columpiándose al compás de las olas cuando se sentaba con las piernas en el agua, a su espalda bien arqueada, a la nuca frágil descubierta por su pelo recogido en un moño, a las caderas que marcaban la finura de su talle y a sus espléndidas nalgas con la sonrisa burlona de dos hoyuelos de Venus. Tuve una erección muy fuerte, como tantas veces en este viaje, me miré en el espejo, tenía un cuerpo de adolescente no demasiado musculoso, no me gustaban los deportes, pero era grande y bien proporcionado.
Alguien llamó a la puerta. Me acerqué.
—¿Quién es?
—Soy yo, —respondió bajito una voz inconfundible.
Entreabrí la puerta escondiéndome como podía. Apareció Inés vestida con una bata de baño apenas atada.
—Pasa, —dije, alguien habría podido verla.
Inés entró y yo cerré la puerta rápidamente. Ella me contempló impúdicamente, su bata se había abierto, su mata era rubia y rizada, ese triángulo que escondía todas las maravillas parecía desafiarme. Los ojos azules de Inés estaban fijados en los míos, su mirada era intensa, conquistadora. Dejó caer su bata, estaba desnuda para mí.


Jean Claude Fonder

A la sombra de las muchachas en flor

Con ocasión del aniversario del nacimiento de Marcel Proust, hace 146 años, querría evocar al autor de “En Busca del Tiempo Perdido”, uno de mis preferidos. He elegido un extracto de “A la sombra de las muchachas en flor” que se puede leer en español o en francés. Me gustan el carácter impresionista de las descripciones y los efectos que producen los sucesos en la sensibilidad, el pensamiento, la imaginación y la memoria del narrador.

Para completar el marco he añadido: 

  • Una conversación entre Borges y Bioy Casares sobre Proust
  • Hôtel Les Roches Noires (Trouville) de Claude Monet
  • Frédéric Chopin Ballade nº 1 por Vladimir Horowitz

 Jean Claude Fonder


Marcel Proust. “A la sombra de las muchachas en flor”.  (Extracto)

«…
Parecía como que la cuadrilla de mozas, que iba avanzando por el paseo cual luminoso cometa, estimara que aquella multitud que había alrededor se componía de seres de otra raza, de seres cuyo sufrir no les inspiraría sentimiento alguno de solidaridad, y hacían como que no veían a nadie, obligando a todas las personas paradas a apartarse lo mismo que cuando se viene encima una máquina sin gobierno y qué no se preocupa de choques con los transeúntes; a lo sumo cuando algún señor viejo, cuya existencia no admitían las jovenzuelas y cuyo contacto rehuían, escapaba con gestos de temor o indignación, precipitados o ridículos, se limitaban ellas a mirarse unas a otras, riéndose. No necesitaban afectar ningún desprecio por todo lo que no fuese su grupo, porque bastaba con su sincero desprecio. Pero no podían ver ningún obstáculo sin divertirse en saltárselo, tomando carrerilla o a pies juntos, porque estaban henchidas, rebosantes de esa juventud que es menester gastar en algo; tanto, que hasta cuando se está triste o malo, y obedeciendo más bien a las necesidades de la edad que al humor del día, no se deja pasar ocasión de dar un salto o echarse a resbalar sin aprovecharla concienzudamente, interrumpiendo así el lento paseo, sembrándolo de graciosos incidentes, en que se tocan virtuosismo y capricho, lo mismo que hace Chopin con la frase musical más melancólica. .La señora de un banquero ya muy viejo estuvo dudando en dónde colocar a su marido, y por fin lo sentó en su butaca plegable, dando cara al paseo, resguardado del aire y del sol por el quiosco de la música. Viéndolo ya bien instalado, acababa de marcharse en busca de un periódico para distraer con su lectura al esposo; estos cortos momentos en que lo dejaba solo, y que nunca duraban más de cinco minutos, cosa que a él le parecía mucho, los repetía la señora con bastante frecuencia, porque como deseaba prodigar a su viejo marido muchos cuidados y al propio tiempo disimularlos, de esa manera le daba la impresión de que aún se hallaba en estado de vivir como todo el mundo y no necesitaba protección. El quiosco de la música, al cual estaba arrimado el anciano, formaba una especie de trampolín natural y tentador; la primera muchacha de la cuadrilla echó a correr por el tablado de la música y dio un salto por encima del espantado viejo, rozándole la gorra con sus ágiles pies, todo ello con gran contentamiento de las otras muchachas, especialmente de unos ojuelos verdes pertenecientes a una cara de pepona, que expresaron ante aquel acto una admiración y alegría donde se me figuró a mí ver una cierta timidez vergonzosa y fanfarrona que no existía en las demás chiquillas. “¡Hay que ver ese pobre viejo, me da lástima, está medio cadáver va!”, dijo una de ellas con voz bronca y en tono semiirónico. Anduvieron unos pasos más y se pararon en conciliábulo, en medio del paseo, sin darse por enteradas de que estaban estorbando el paso, formando una masa irregular, compacta, insólita y vocinglera, al igual de los pájaros que se agrupan para echarse a volar; luego reanudaron su lento caminar a lo largo del paseo, dominando el mar.

Borges-Bioy Casares
1955

Martes, 14 de junio. Hablamos de Proust. Yo le dije que lo que me parecía muy acertado en Proust era la inseguridad de la posición -social, económica- de la gente. “En la primera parte de una frase -exageré- se insiste sobre la solidez de una persona; en la segunda parte, se muestra un precipicio por el que esa persona puede desmoronarse. Se muestra la fragilidad de las fortunas, de las posiciones sociales”. Borges: “Sí, está muy bien. Muestra los seres dependiendo unos de otros. Describe una sociedad en la que todo tiene importancia, en la que los seres pueden progresar o hundirse por acciones aparentemente intrascendentes. Pero la describe con perspicacia”. Bioy: “Una sociedad horrible frecuentemente es el tema de los novelistas franceses actuales, pero estos libros modernos dan una impresión de sordidez; Proust, no”. Borges: “En Proust siempre hay sol, hay luz, hay matices, hay sentido estético, hay alegría de vivir”.

Ahora ya habían dejado de ser confusas e indistintas sus encantadoras facciones. Las había yo repartido y aglomerado (a falta de nombres) alrededor de la mayor, la que saltó por encima del viejo banquero; una menudita, que destacaba sobre el fondo del mar sus carrillos frescos y llenos y sus ojos verdes; otra de tez morena y nariz muy recta, en fuerte contraste con sus compañeras; la tercera tenía la cara muy blanca, como un huevo, y la naricilla formaba un arco de círculo cual el pico de un polluelo –cara que suelen tener algunos jovencitos–; la cuarta era alta y se envolvía en una pelerina, cosa que le daba un aspecto de pobre y desmentía la elegancia de su tipo (tanto, que a mí no se me ocurrió más explicación sino que aquella muchacha debía de tener unos padres de buena posición y que ponían su amor propio muy por encima de los veraneantes de Balbec y de la elegancia del indumento de sus hijos, de modo que les era igual que la chica anduviera por el paseo vestida de una manera que hasta para gente insignificante hubiese resultado modesta); y, por último, una muchacha de mirar brillante y risueño, de mejillas llenas y sin brillo, con una especie de gorra de sport muy encasquetada; iba empujando una bicicleta con un meneo de caderas tan desmadejado, con tal facha y soltando tales vocablos de argot muy ordinarios, y a gritos, cuando pasé a su lado (sin embargo, distinguí entre sus palabras esa frase molesta de “vivir su vida”), que tuve que abandonar la hipótesis basada en la pelerina de su compañera, y llegué a la consecuencia de que esas chiquillas eran de ese público que va a los velódromos, probablemente jóvenes amigas de corredores ciclistas. Claro es que en ninguna de mis suposiciones entraba la, idea dé que fuesen muchachas decentes. A primera vista –en el insistente mirar de la que empujaba la bicicleta, en el modo que tenían de lanzarse ojeadas unas a otras riéndose– comprendí que no lo eran. Además, mi abuela había velado siempre sobre mí con tan timorata delicadeza, que yo llegué a creerme que todas las cosas que no deben hacerse forman un conjunto indivisible, y que unas muchachas que no respetan a la ancianidad es poco probable que se paren en obstáculos cuando se trate de placeres más tentadores que el de saltar por encima de un octogenario.
Ahora ya las había individualizado; pero, sin embargo, la réplica que se daban unas a otras con los ojos, animados por un espíritu de suficiencia y compañerismo, en los que se encendía de cuando en cuando una chispa de interés o de insolente indiferencia, según se posaran en una de las amigas o en un transeúnte, y esa consciencia de conocerse con bastante intimidad para ir siempre juntas, formando “grupo aparte” creaba entre sus cuerpos separados e independientes, según iban avanzando por el paseo, un lazo invisible, pero armonioso, como una misma sombra cálida o una misma atmósfera que los envolviera, y formaba con todos ellos un todo homogéneo en sus partes y enteramente distinto de la multitud por entre la cual atravesaba calmosamente la procesión de muchachas.

Por un momento, cuando pasé junto a la muchacha carrilluda que iba empujando la bicicleta, mis miradas se cruzaron con las suyas, oblicuas y risueñas, que salían del .fondo de ese mundo inhumano en que se desarrollaba la vida de la pequeña tribu, inaccesible tierra incógnita a la que no llegaría yo nunca y en donde jamás tendría acogida la idea de mi existencia. La muchacha, que llevaba, un sombrero de punto muy encasquetado, iba muy preocupada con la conversación de sus compañeras, y yo me pregunté si es que me había visto cuando se posó en mí el negro rayo que de su mirar salía. Si me había visto, ¿qué le habría parecido yo? ¿Desde qué remoto fondo de un desconocido universo me estaba mirando? Y no supe contestarme, como no sabe uno qué pensar cuando, gracias al telescopio, se nos aparecen determinadas particularidades en un astro vecino, respecto ala posibilidad de que esté poblado y de que sus habitantes nos vean, ni de la idea que de nosotros se formen.
Si pensáramos que los ojos de una muchacha no son más que brillantes redondeles de mica, no sentiríamos la misma avidez por conocer su vida y penetrar en ella. Pero nos damos cuenta de que lo que luce en esos discos de reflexión no proviene exclusivamente de su composición material; hay allí muchas cosas para nosotros desconocidas, negras sombras de las ideas que tiene esa persona de los seres y lugares que conoce –verdes pistas de los hipódromos, arena de los caminos, por donde me hubiese arrastrado, pedaleando a campo y a bosque traviesa, esta perimenudita, más seductora para mí que la del paraíso persa–, las sombras de la casa en donde va a penetrar ahora, los proyectos que hace o los proyectos que inspira; en esos redondeles de mica está ella, con sus deseos, sus simpatías, sus repulsiones, con su incesante y obscura, voluntad. Así, que sabía yo que, de no poseer todo lo que en sus ojos se encerraba, nunca poseería a la joven ciclista. De suerte que lo que me inspiraba deseo era su vida entera; deseo doloroso por lo que tenía de irrealizable, pero embriagador, porque lo –que entonces había sido mi vida dejó bruscamente de ser mi vida total y se transformó en una parte mínima del espacio que se extendía ante mí y que yo ansiaba recorrer, espacio formado por la vida de esas muchachas, que me ofrecía esa prolongación y multiplicación posibles de sí mismo que constituyen la felicidad. E indudablemente la circunstancia de que no hubiera entre nosotros ninguna costumbre – ni ninguna idea– común había de hacerme más difícil el poder llegar a tratarlas y ganarme su simpatía. Pero gracias precisamente a esas diferencias, a la conciencia de que no entraba en la manera de ser en los actos de aquellas chicas un solo elemento de los que yo conocía o poseía, fue posible que en mi espíritu la saciedad se cambiara en sed –sed tan ardiente como la de la tierra seca–, sed de una vida que mi alma absorbería ávidamente, a grandes sorbos, en perfectísima imbibición, justamente porque nunca había probado una gota de esa vida.
Tanto miré a la ciclista de los ojos brillantes, que pareció darse cuenta y dijo a la mayor de todas una frase que la hizo reír y que yo no entendí. En verdad, esta morena no era la que más me gustaba, cabalmente por ser morena, pues (desde el día en que vi a Gilberta en el sendero de Tansonville) fue para mí el inaccesible ideal una muchacha de pelo rojo y tez dorada. Pero también a Gilberta la quise porque se me apareció con la aureola de ser amiga de Bergotte e ir con él a ver catedrales. Y lo mismo ahora tenía motivo para regocijarme porque esta morena me había mirado (lo cual me hacía suponer que me sería más fácil entrar en relaciones con ella primero), pues así me presentaría a las demás, a la implacable chiquilla que saltó por encima del viejo, a la otra tan cruel que dijo: “¡Me da lástima ese pobre viejo!”, a todas aquellas muchachas de cuya inseparable amistad podía gloriarse. Y, sin embargo, la suposición de que algún día podría ser amigo de una de esas muchachas, que esos ojos cuyo desconocido mirar venía hasta mí algunas veces acariciándome sin saberlo, como rayo de sol que se posa en una pared, llegasen a dejar penetrar, por milagrosa alquimia, entre sus inefables parcelas la noción de mi existencia y hasta algún afecto, de que quizá alguna vez me fuera dado estar entre ellas, formar parte de la teoría que iba desarrollándose sobre el fondo que ponía el mar, me pareció suposición absurda; suposición que contuviese en sí una contradicción tan insoluble como si delante de un friso antiguo o de un fresco que figure el paso de una comitiva se me antojara posible el que yo, espectador, fuese a ocupar un sitio entre las divinas procesionantes, que me acogían con amor.
La felicidad de conocer a aquellas muchachas era cosa irrealizable. Bien es verdad que no era la primera felicidad de este género a que había yo renunciado. Bastaba con recordar las muchas desconocidas que, hasta en el mismo Balbec., me había hecho dejar atrás para siempre el coche que corría a toda velocidad. Y el placer que me causaba la bandada de mocitas, noble como si estuviera compuesta de vírgenes helénicas, provenía de que tenía algo de pasajero, como las muchachas que me encontraba en los caminos. Esa fugacidad de los seres que no conocemos y que nos obligan a separarnos de la vida habitual, donde ya llegamos a saber los defectos de las mujeres que en ella tratamos, nos pone en un estado de persecución en que no –hay nada que pueda parar la imaginación. Y quitar a nuestros placeres el lado imaginativo es reducirlo a la nada. Mucho menos me hubiesen encantado esas muchachas en caso de que alguna de esas celestinas que, como ya se vio, no desdeñaba yo siempre, me las hubiera ofrecido separadas del elemento que ahora las revestía de tantos matices y tal vaguedad. Es menester que la imaginación, avivada por la incertidumbre de si podrá lograr su objeto, invente una finalidad que nos tape la otra, y substituyendo al placer sensual la idea de penetrar en una vida humana, no nos deje reconocer ese placer, saborear su verdadero gusto ni reducirlo a sus justas proporciones.
Es menester que entre nosotros y ese pescado, pescado que en el caso de haberlo visto por primera vez servido en una mesa no nos parecería digno de las mil artimañas y rodeos que su captura requiere, se interponga en las tardes de pesca el remolino de la superficie del agua, en el que asoman, sin que nosotros sepamos a ciencia cierta para qué nos van a servir, una carne brillante y una forma indecisa entre la fluidez de un azul móvil y transparente.
A estas muchachas las favorecía también ese cambio de proporciones sociales característico de la vida de playa veraniega. Todas las preeminencias que en nuestro ambiente habitual nos sirven de prolongación y engrandecimiento se hacen invisibles ahora, se suprimen realmente, y en cambio los seres que, según suponemos nosotros, sin fundamento alguno, disfrutan de esas ventajas, se adelantan amplificados con falsa grandeza. Y por eso era muy fácil que unas desconocidas, en este caso las muchachas de la cuadrilla, adquirieran a mis ojos extraordinaria importancia y muy difícil que yo pudiese enterarlas de la importancia de mi persona.
…»


Marcel Proust. “A l’ombre des jeunes filles en fleurs”.  (Extrait)

« …
Telles que si, du sein de leur bande qui progressait le long de la digue comme une lumineuse comète, elles eussent jugé que la foule environnante était composée des êtres d’une autre race et dont la souffrance même n’eût pu éveiller en elles un sentiment de solidarité, elles ne paraissaient pas la voir, forçaient les personnes arrêtées à s’écarter ainsi que sur le passage d’une machine qui eût été lâchée et dont il ne fallait pas attendre qu’elle évitât les piétons, et se contentaient tout au plus, si quelque vieux monsieur dont elles n’admettaient pas l’existence et dont elles repoussaient le contact s’était enfui avec des mouvements craintifs ou furieux, précipités ou risibles, de se regarder entre elles en riant. Elles n’avaient à l’égard de ce qui n’était pas de leur groupe aucune affectation de mépris, leur mépris sincère suffisait. Mais elles ne pouvaient voir un obstacle sans s’amuser à le franchir en prenant leur élan ou à pieds joints, parce qu’elles étaient toutes remplies, exubérantes, de cette jeunesse qu’on a si grand besoin de dépenser même quand on est triste ou souffrant, obéissant plus aux nécessités de l’âge qu’à l’humeur de la journée, qu’on ne laisse jamais passer une occasion de saut ou de glissade sans s’y livrer consciencieusement, interrompant, semant sa marche lente — comme Chopin la phrase la plus mélancolique — de gracieux détours où le caprice se mêle à la virtuosité. La femme d’un vieux banquier, après avoir hésité pour son mari entre diverses expositions, l’avait assis, sur un pliant, face à la digue, abrité du vent et du soleil par le kiosque des musiciens. Le voyant bien installé, elle venait de le quitter pour aller lui acheter un journal qu’elle lui lirait et qui le distrairait, petites absences pendant lesquelles elle le laissait seul et qu’elle ne prolongeait jamais au delà de cinq minutes, ce qui lui semblait bien long, mais qu’elle renouvelait assez fréquemment pour que le vieil époux à qui elle prodiguait à la fois et dissimulait ses soins eût l’impression qu’il était encore en état de vivre comme tout le monde et n’avait nul besoin de protection. La tribune des musiciens formait au-dessus de lui un tremplin naturel et tentant sur lequel sans une hésitation l’aînée de la petite bande se mit à courir : elle sauta par-dessus le vieillard épouvanté, dont la casquette marine fut effleurée par les pieds agiles, au grand amusement des autres jeunes filles, surtout de deux yeux verts dans une figure poupine qui exprimèrent pour cet acte une admiration et une gaieté où je crus discerner un peu de timidité, d’une timidité honteuse et fanfaronne, qui n’existait pas chez les autres. « C’pauvre vieux y m’fait d’la peine, il a l’air à moitié crevé », dit l’une de ces filles d’une voix rogommeuse et avec un accent à demi ironique. Elles firent quelques pas encore, puis s’arrêtèrent un moment au milieu du chemin sans s’occuper d’arrêter la circulation des passants, en un conciliabule, un agrégat de forme irrégulière, compact, insolite et piaillant, comme des oiseaux qui s’assemblent au moment de s’envoler ; puis elles reprirent leur lente promenade le long de la digue, au-dessus de la mer.

Maintenant, leurs traits charmants n’étaient plus indistincts et mêlés. Je les avais répartis et agglomérés (à défaut du nom de chacune, que j’ignorais) autour de la grande qui avait sauté par dessus le vieux banquier ; de la petite qui détachait sur l’horizon de la mer ses joues bouffies et roses, ses yeux verts ; de celle au teint bruni, au nez droit, qui tranchait au milieu des autres ; d’une autre, au visage blanc comme un œuf dans lequel un petit nez faisait un arc de cercle comme un bec de poussin, visage comme en ont certains très jeunes gens ; d’une autre encore, grande, couverte d’une pèlerine (qui lui donnait un aspect si pauvre et démentait tellement sa tournure élégante que l’explication qui se présentait à l’esprit était que cette jeune fille devait avoir des parents assez brillants et plaçant leur amour-propre assez au-dessus des baigneurs de Balbec et de l’élégance vestimentaire de leurs propres enfants pour qu’il leur fût absolument égal de la laisser se promener sur la digue dans une tenue que de petites gens eussent jugée trop modeste) ; d’une fille aux yeux brillants, rieurs, aux grosses joues mates, sous un « polo » noir, enfoncé sur sa tête, qui poussait une bicyclette avec un dandinement de hanches si dégingandé, en employant des termes d’argot si voyous et criés si fort, quand je passai auprès d’elle (parmi lesquels je distinguai cependant la phrase fâcheuse de « vivre sa vie ») qu’abandonnant l’hypothèse que la pèlerine de sa camarade m’avait fait échafauder, je conclus plutôt que toutes ces filles appartenaient à la population qui fréquente les vélodromes, et devaient être les très jeunes maîtresses de coureurs cyclistes. En tous cas, dans aucune de mes suppositions, ne figurait celle qu’elles eussent pu être vertueuses. À première vue — dans la manière dont elles se regardaient en riant, dans le regard insistant de celle aux joues mates — j’avais compris qu’elles ne l’étaient pas. D’ailleurs, ma grand-mère avait toujours veillé sur moi avec une délicatesse trop timorée pour que je ne crusse pas que l’ensemble des choses qu’on ne doit pas faire est indivisible et que des jeunes filles qui manquent de respect à la vieillesse fussent tout d’un coup arrêtées par des scrupules quand il s’agit de plaisirs plus tentateurs que de sauter par-dessus un octogénaire.

Individualisées maintenant pourtant, la réplique que se donnaient les uns aux autres leurs regards animés de suffisance et d’esprit de camaraderie, et dans lesquels se rallumaient d’instant en instant tantôt l’intérêt, tantôt l’insolente indifférence dont brillait chacune, selon qu’il s’agissait de l’une de ses amies ou des passants, cette conscience aussi de se connaître entre elles assez intimement pour se promener toujours ensemble, en faisant « bande à part », mettaient entre leurs corps indépendants et séparés, tandis qu’ils s’avançaient lentement, une liaison invisible, mais harmonieuse comme une même ombre chaude, une même atmosphère, faisant d’eux un tout aussi homogène en ses parties qu’il était différent de la foule au milieu de laquelle se déroulait lentement leur cortège.

Un instant, tandis que je passais à côté de la brune aux grosses joues qui poussait une bicyclette, je croisai ses regards obliques et rieurs, dirigés du fond de ce monde inhumain qui enfermait la vie de cette petite tribu, inaccessible inconnu où l’idée de ce que j’étais ne pouvait certainement ni parvenir ni trouver place. Toute occupée à ce que disaient ses camarades, cette jeune fille coiffée d’un polo qui descendait très bas sur son front m’avait-elle vu au moment où le rayon noir émané de ses yeux m’avait rencontré. Si elle m’avait vu, qu’avais-je pu lui représenter ? Du sein de quel univers me distinguait-elle ? Il m’eût été aussi difficile de le dire que, lorsque certaines particularités nous apparaissent grâce au télescope, dans un astre voisin, il est malaisé de conclure d’elles que des humains y habitent, qu’ils nous voient, et quelles idées cette vue a pu éveiller en eux.

Si nous pensions que les yeux d’une telle fille ne sont qu’une brillante rondelle de mica, nous ne serions pas avides de connaître et d’unir à nous sa vie. Mais nous sentons que ce qui luit dans ce disque réfléchissant n’est pas dû uniquement à sa composition matérielle ; que ce sont, inconnues de nous, les noires ombres des idées que cet être se fait, relativement aux gens et aux lieux qu’il connaît — pelouses des hippodromes, sable des chemins où, pédalant à travers champs et bois, m’eût entraîné cette petite péri, plus séduisante pour moi que celle du paradis persan, — les ombres aussi de la maison où elle va rentrer, des projets qu’elle forme ou qu’on a formés pour elle ; et surtout que c’est elle, avec ses désirs, ses sympathies, ses répulsions, son obscure et incessante volonté. Je savais que je ne posséderais pas cette jeune cycliste si je ne possédais aussi ce qu’il y avait dans ses yeux. Et c’était par conséquent toute sa vie qui m’inspirait du désir ; désir douloureux, parce que je le sentais irréalisable, mais enivrant, parce que ce qui avait été jusque-là ma vie ayant brusquement cessé d’être ma vie totale, n’étant plus qu’une petite partie de l’espace étendu devant moi que je brûlais de couvrir, et qui était fait de la vie de ces jeunes filles, m’offrait ce prolongement, cette multiplication possible de soi-même, qui est le bonheur. Et, sans doute, qu’il n’y eût entre nous aucune habitude — comme aucune idée — communes, devait me rendre plus difficile de me lier avec elles et de leur plaire. Mais peut-être aussi c’était grâce à ces différences, à la conscience qu’il n’entrait pas, dans la composition de la nature et des actions de ces filles, un seul élément que je connusse ou possédasse, que venait en moi de succéder à la satiété, la soif — pareille à celle dont brûle une terre altérée — d’une vie que mon âme, parce qu’elle n’en avait jamais reçu jusqu’ici une seule goutte, absorberait d’autant plus avidement, à longs traits, dans une plus parfaite imbibition.

J’avais tant regardé cette cycliste aux yeux brillants qu’elle parut s’en apercevoir et dit à la plus grande un mot que je n’entendis pas, mais qui fit rire celle-ci. À vrai dire, cette brune n’était pas celle qui me plaisait le plus, justement parce qu’elle était brune, et que (depuis le jour où dans le petit raidillon de Tansonville, j’avais vu Gilberte) une jeune fille rousse à la peau dorée était restée pour moi l’idéal inaccessible. Mais Gilberte elle-même, ne l’avais-je pas aimée surtout parce qu’elle m’était apparue nimbée par cette auréole d’être l’amie de Bergotte, d’aller visiter avec lui les cathédrales. Et de la même façon ne pouvais-je me réjouir d’avoir vu cette brune me regarder (ce qui me faisait espérer qu’il me serait plus facile d’entrer en relations avec elle d’abord), car elle me présenterait aux autres, à l’impitoyable qui avait sauté par-dessus le vieillard, à la cruelle qui avait dit : « Il me fait de la peine, ce pauvre vieux » ; à toutes successivement, desquelles elle avait d’ailleurs le prestige d’être l’inséparable compagne. Et cependant, la supposition que je pourrais un jour être l’ami de telle ou telle de ces jeunes filles, que ces yeux, dont les regards inconnus me frappaient parfois en jouant sur moi sans le savoir comme un effet de soleil sur un mur, pourraient jamais par une alchimie miraculeuse laisser transpénétrer entre leurs parcelles ineffables l’idée de mon existence, quelque amitié pour ma personne, que moi-même je pourrais un jour prendre place entre elles, dans la théorie qu’elles déroulaient le long de la mer — cette supposition me paraissait enfermer en elle une contradiction aussi insoluble que si, devant quelque frise attique ou quelque fresque figurant un cortège, j’avais cru possible, moi spectateur, de prendre place, aimé d’elles, entre les divines processionnaires.

Claude Monet – Hotel Les Roches Noires (Trouville)

Le bonheur de connaître ces jeunes filles était-il donc irréalisable ? Certes ce n’eût pas été le premier de ce genre auquel j’eusse renoncé. Je n’avais qu’à me rappeler tant d’inconnues que, même à Balbec, la voiture s’éloignant à toute vitesse m’avait fait à jamais abandonner. Et même le plaisir que me donnait la petite bande, noble comme si elle était composée de vierges helléniques, venait de ce qu’elle avait quelque chose de la fuite des passantes sur la route. Cette fugacité des êtres qui ne sont pas connus de nous, qui nous forcent à démarrer de la vie habituelle où les femmes que nous fréquentons finissent par dévoiler leurs tares, nous met dans cet état de poursuite où rien n’arrête plus l’imagination. Or dépouiller d’elle nos plaisirs, c’est les réduire à eux-mêmes, à rien. Offertes chez une de ces entremetteuses que, par ailleurs, on a vu que je ne méprisais pas, retirées de l’élément qui leur donnait tant de nuances et de vague, ces jeunes filles m’eussent moins enchanté. Il faut que l’imagination, éveillée par l’incertitude de pouvoir atteindre son objet, crée un but qui nous cache l’autre, et en substituant au plaisir sensuel l’idée de pénétrer dans une vie, nous empêche de reconnaître ce plaisir, d’éprouver son goût véritable, de le restreindre à sa portée.

Il faut qu’entre nous et le poisson qui si nous le voyions pour la première fois servi sur une table ne paraîtrait pas valoir les mille ruses et détours nécessaires pour nous emparer de lui, s’interpose, pendant les après-midi de pêche, le remous à la surface duquel viennent affleurer, sans que nous sachions bien ce que nous voulons en faire, le poli d’une chair, l’indécision d’une forme, dans la fluidité d’un transparent et mobile azur.

Ces jeunes filles bénéficiaient aussi de ce changement des proportions sociales caractéristiques de la vie des bains de mer. Tous les avantages qui dans notre milieu habituel nous prolongent, nous agrandissent, se trouvent là devenus invisibles, en fait supprimés ; en revanche les êtres à qui on suppose indûment de tels avantages ne s’avancent qu’amplifiés d’une étendue postiche. Elle rendait plus aisé que des“inconnues, et ce jour-là ces jeunes filles, prissent à mes yeux une importance énorme, et impossible de leur faire connaître celle que je pouvais avoir.
…»

Frédéric Chopin Ballade nº 1 por Vladimir Horowitz

Jean Claude Fonder

Cristobal Colón el estafador

Buenos días señoras y señores
Me llamo Loco De Mamarrachos y soy profesor de historia medieval, medio occidental y medio fantástica de la Universidad de Quiénsabedonde.
Hoy tengo el inmenso placer de presentar a este ilustre público el libro que acabo de publicar, titulado “Cristobal Colón el estafador”.
Este epíteto, referido a un héroe nacional, puede que les sorprenda, pero yo sé fehacientemente que Cristobal Colón nunca descubrió América, sino que, después de un par de semanas de navegación, naufragó en las Islas Canarias y, como se había llevado un susto terrible, decidió no seguir con la empresa de buscar el Levante por el Poniente. Así que se quedó en un hotel de Tenerife en la Playa de Las Américas, que ya tenía este nombre por un motivo que les voy a explicar dentro de poco en el curso de mi disertación. Después de un tiempo que le pareció razonable, volvió a la corte de Isabel la Católica jactándose como si hubiera llegado a las Indias, sin que nadie se diera cuenta de que eran todas mentiras.
Alguien podría objetar que Cristobal Colón ofreció a los Reyes pruebas irrefutables de su llegada a otro continente. Efectivamente, es incuestionable que Colón llevó a la corte española animales y plantas que en Europa no existían.
Sin embargo, ya hace tres años, mi apreciado compañero de trabajo y de estudios Tonto Mayor explicó en su famosísimo tratado “Los navegantes canarios” que cabía la posibilidad de que los canarios hubieran llegado a América al menos un siglo antes que Colón.
En el curso de mis estudios, durante estos tres años, he recogido muchas pruebas que pueden demostrar que esta ya no es una teoría, sino un conocimiento cierto. Para empezar, en un cementerio de Santa Cruz de Tenerife del siglo XIV los arqueólogos han descubierto papeles para envolver chocolatinas, vasos de “nutella”, latas de tomates y maíz, e incluso unos paquetes de fiambre de pavo.
Así que queda demostrada la teoría de Tonto Mayor, o sea, que los Canarios ya habían importado de América estos productos.
Además, yo mismo he descubierto un cuaderno de bitácora de un vecino de La Laguna, Amerigo Vespucci, que cuenta con pelos y señales todos los acontecimientos de su primer viaje a América en 1324.
Por eso, América lleva su nombre; asimismo la Playa de Tenerife que todos conocen se llama Playa de las Américas para celebrar la empresa del canario Amerigo Vespucci.
Dicho de otro modo, Colón engañó a Isabel la Católica y se arrogó el mérito de una hazaña que nunca había cumplido, de tal forma que ella le financió otros tres viajes. Así pues Colón veraneaba en las playas de Tenerife, tomando el sol y bebiendo Coca Cola (que también los Canarios habían importado de América), mientras que los Reyes Católicos, como eran muy católicos, rezaban por él todos los días porque se creían que estaba poniendo en peligro su vida en el medio del Océano.
De cualquier forma, todos saben que después de un tiempo Colón perdió el favor de los Reyes y tuvo que marcharse de la Corte, de ahí que decidiera retirarse al chalé con piscina que se había comprado en la Playa de las Américas, donde vivió muchos años de jubilado, libre de preocupaciones.
Lo único que le dolía era que en las Canarias nadie se creía sus patrañas..


Silvia Zanetto

Hasta que nos parezca tarde

Mi madre, por supuesto, no estará de acuerdo, pienso, mientras pongo lo esencial en una maleta.
Nunca lo estuvo: desde el principio él no le cayó bien.

A mí, en cambio, me gustó enseguida.
Ni siquiera me fijé en el color gris de su pelo y de su barba. Me deslumbró la luz oscura que vi brillar en sus ojos mientras me hablaba de su viaje a Africa. Me encantaron las palabras verdes y azules de ríos y valles lejanos, que su voz me acercaba y me permitía ver.
Me sedujo su mirada, en la que atisbé en un solo instante toda la vida que yo ni siquiera había imaginado, y que entera estaba allí, en su primera sonrisa.
Todo en él prometía una existencia diferente: su sombrero de viajero, que no se quitaba ni en casa, su camisa arrugada que siempre parecía recién sacada de una maleta mal hecha, los gestos anchos de sus manos que me llevarían de mi sosa vida hasta un mundo desconocido…
Creo que fue un flechazo. Ni siquiera tuve el tiempo de olvidarme de los chicos que había frecuentado antes, no hizo falta: ya no existían, mi vida anterior no existía. Si me hubiera parado a pensarlo, me habría dado cuenta de que a ellos les había entregado sólo la cáscara de mí misma.
Al principio, él se enamoró de mi amor, del halago que le producía verme tan hechizada, de las tardes delante del fuego, de los paseos por la orilla del río, siempre escuchándole. Pero una tarde me tomó la cara entre sus manos, fuertes y cálidas, y me dijo -Ahora, habla tú.
Y eso fue el amor.

-Pero, ¡Gabriela! ¡Si es más viejo que tu padre! -me regañó mi madre. -¿Qué pretendes hacer de tu vida? ¿Hacer de enfermera? ¿Quedarte viuda pronto? ¡Con lo joven y guapa que eres! ¡Con la de pretendientes que tienes, y tú vas a salir con ese… ese anciano! -me escupió en la cara.

Por eso, ahora me voy.
Todo lo más, mi madre se enfadará conmigo, con él… en fin, ¿qué más da? Por nada que le diga, siempre se irrita: por una vez, tendrá una buena razón para enojarse.
Me voy sin despedirme, llevándome solo unas pocas cosas en una maleta pequeña.
Grandes serán los paisajes de viento y de sol que atravesaremos juntos; largos serán los días cabalgando en los del desierto, mirando el horizonte; lentas serán las tardes, sentados en el porche, esperando la puesta del sol detrás de las acacias…
Hasta que nos parezca tarde.


Silvia Zanetto

Un poema de «El invierno a deshoras» de Valeria Correa Fiz

Valeria Correa Fiz a quien los lectores de esta pagina conocen bien por sus apreciadas columnas, ha publicado recientemente “El invierno a deshoras” (XI Premio Internacional de Poesía “Claudio Rodriguez», Editorial Hiperión 2017).
Su libro de relatos “La condición animal» (Páginas de Espuma, 2016) nos asombró, nos emocionó, encantó a todo el público por su fuerza, su despiadado análisis de la animalidad que sigue presidiendo el alma humana pero, en mi opinión, también por la expresión poética, que está siempre presente y es casi protagonista de la acción.
Sin duda, la autora de este maravilloso poemario es la misma Valeria que sigue sorprendiéndonos como poeta, lo que creo forma parte de su naturaleza, pero la narrativa aquí también se asoma y nos lleva a lo más profundo de las relaciones humanas.

 Jean Claude Fonder

EGON SCHIELE A SU HERMANA GERTI,
EN UN HOTEL EN TRIESTE, 1906

A Maria Chiara y Maddalena Antonini

Recuérdate, Hermana,
cómo eres,
cómo estás ahora
(blanca y tersa, igual que en mis sueños)
no en el fuego mas al inicio,
antes de la combustión que lo alimenta.
No es nuestra la culpa
sino del cielo y de sus ángeles,
severos pero inútiles halcones,
que no han sabido detener
ni derribar lo que el mundo llama
mi monstruosa incontinencia.

Todos mis pasos hacia tu carne
tienen la cadencia del artista
extraviado que soy
y el ritmo
enloquecido de saber que daré
con tus muslos en llamas.

Soy la huella de un animal desbocado y sus cadenas,
la baba de los belfos, el gusto a ceniza en tus labios.
Mi espada transparente te atraviesa, Hermana
(tu cuerpo adolescente, tus brazos de humo)
y te bendice.
Mis palabras apenas son humanas.

No quiero verte llorar en tus pensamientos ni en los ojos:
que sepas que nunca he tocado nada
de lo que en verdad tú eres.
Nadie toca jamás a nadie, no temas,
la carne es falsa esencia y por eso pintaré los cuerpos
desnudos, en marrón y descompuestos, retorcidos, en extrañas posturas complicadas:
la carne
(niebla, pozo oculto, muerto que avanza)
es un espejo que no importa, Hermana,
manifestación física,
un medio (¿un miedo?) de otra cosa,
que este mundo agosta y hace miserable.

Pero tú y yo, aquí
(los lobos, los signos, lo punzante de todas las miradas puertas afuera de este cuarto),
mientras oímos el ruido del mar, las cortinas que se mecen,
tu respiración junto a la mía,
inmóviles como los muertos
estamos
a salvo del mundo de los vivos.


Jean Claude Fonder

La boda

—¿Sustituirte?¿Para qué?

Juan es mi hermano gemelo. Somos iguales. Chicos, nos ocurría a menudo aprovechar esta asombrosa similitud para burlarnos de nuestros amigos y profesores. Hasta nuestros padres podíamos engañarles. Nos obligaban a vestirnos y peinarnos diferentemente para impedir estos chistes que divertían sobre todo a nosotros, pero al convertirse en adolescentes dejamos estos juegos pueriles para encontrar cada uno nuestra personalidad, buscar nuestro camino en la vida.

—¿Mañana? Mañana es el día de la boda, tu boda con Valentina. Tu quieres que me case en tu lugar. Sí, entiendo, que te sustituya, pero ¿por qué?

Marc Chagall. Les lumières du mariage.

Mañana Juan se casa con Valentina Flores de Malgas Moreno, una familia importante. Juan me ha invitado. Trabajo en nuestra embajada en el Vaticano. No conozco a su novia, pero he visto su foto en la prensa y me parece una mujer muy hermosa. ¿Qué me está tramando mi hermano otra vez?

— Lo sé que estás con Adriana, pero tienes que dejarla ¿no? ¿Una última noche en Paris? ¡Eres loco! Y soy yo que ti tiene que inventar una excusa para llegar retrasado a la fiesta que los padres de Valentina están organizando en su finca en Malaga. No lo puedo creer.

Entonces, llegué a Malaga el día anterior a la ceremonia y tomé una habitación en el gran Hotel Miramar. Juan me había enviado una foto suya y también una de su novia con todo lo que tenía que saber de ella. Por suerte, no la había frecuentado mucho durante el noviazgo, era un matrimonio de conveniencia. Juan vivía en Paris y Valentina en Malaga y a su familia le importaban respetar las costumbres en uso en el mundo aristocrático andaluz. Cuando encontré a mis padres en el hotel la mañana antes de la ceremonia era Juan, mi madre no tenía duda.

Entramos a la iglesia, mi madre con un vestido de seda azul oscuro y un sofisticado sombrero rosa con flores blancas, era majestuosa y yo, con traje de boda de lana gris, chaleco y corbata de de seda gris clara, parecía al principe heredero. Llegamos al altar, mi madre tomo sitio en la prima fila y me volté hacia la puerta para esperar a la novia al brazo de su padre. Mendelssohn solemne retumbaba en todo el edificio lleno de gente.

Valentina era una mujer encantadora. Su vestido blanco resaltaba en contraluz delante de la puerta de la iglesia. Su padre vestido todo de negro la acompañaba como si fuera el Gattopardo, y, con su falda acampanada de tul vaporoso, ella parecía deslizarse con elegancia hacia mi. Una delicada encaje transparente recubría su corpiño, sus espaldas y sus brazos  y dejaba entrever un escote generoso adornado con un precioso collar de oro. Se entregó a mi con una larga sonrisa.

Pronuncié el sí sin ningún hesitación, ella también y por fin nuestros cuerpos se conocieron en un beso largo, profundo y liberador.

El día después Juan llegó a medio día, pero ya estábamos en un avión que nos llevaba al final del mundo.


Jean Claude Fonder

Palio di Legnano

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-11.jpg
“LA SAGRA DEL CARROCCIO” o “PALIO DI LEGNANO”



“LA SAGRA DEL CARROCCIO” o “PALIO DI LEGNANO”

Si hay un acontecimiento histórico que identifica Legnano en toda Italia, es la victoria de la Lega Lombarda contra el Emperador Federico I de Svevia, más conocido como Federico Barbarossa.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-10.jpg

Por eso, el turista que se encuentre en Lombardia durante el mes de Mayo no puede dejar de pasar un domingo por esa ciudad, donde cada semana tendrá la oportunidad de asistir a uno de los actos que constituyen la muy conocida Sagra del Carroccio, llamada también Palio di Legnano, que se celebra cada año para conmemorar la batalla.

El combate ocurrió justo en los alrededores de Legnano el 29 de Mayo del año 1176, y decretó la superioridad de los municipios de Lombardia sobre las pretensiones del emperador que quería someterlos, quitándoles los derechos que habían adquirido a lo largo de decenas de años.

Los apasionados de historia que estén interesados en los detalles sobre los acontecimientos de aquel día, tendrán toda la posibilidad de informarse durante los varios actos.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-21.jpg

Para la mayoría de los turistas, familias y niños, no faltarán las oportunidades de disfrutar de esa inolvidable experiencia: un viaje a través del tiempo que les permitirá transcurrir una entera jornada en plena Edad Media, entre damas y señores a caballo, artesanos y campesinos, guerreros listos para batallar, chicos y niños, todos infundados en trajes realizados según el estilo de la época, después de un riguroso estudio histórico.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-3.jpg

La celebración principal se desarrolla en el último fin de semana de mayo, el más cerca de la fecha del 29 de mayo, día del combate. Para entender mejor el espíritu batallador, además de cultural y de diversión, de las celebraciones, tendremos que conocer algo sobre los ocho barrios (le contrade) de Legnano:

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-42.jpg

Cada contrada tiene su propia sede, que se llama Maniero, su capitán y su castellana, o sea la señora del castillo, pero sobre todo su caballo de carrera y su jinete profesional, que tendrán que ganar el “palio”. La contrada que logrará el premio, obtendrá el gran honor de alojar en su iglesia principal la Cruz de Ariberto de Intimiano, la que, según narra la leyenda, estaba en el Carroccio durante la afamada batalla.

El último viernes de mayo, por la tarde, merece la pena asistir en el estadio comunal a la Provaccia, o sea una carrera de caballos a la que acude todo el mundo, porque todos los parroquianos son muy fanáticos de su barrio, pero solo sirve como prueba y no tiene ningún valor para la asignación del premio. Es más: la tradición popular dice que la contrada que gana esta prueba nunca gana el verdadero Palio, el del domingo.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-52.jpg



El sábado por la tarde, en cada Maniero se celebran las cenas propiciatorias de cada contrada: los parroquianos cenan juntos, normalmente se visten con los colores de su propio barrio y ensayan canciones para incitar a su jinete y burlarse de los demás, para cantarlas durante la carrera del día siguiente.

Lamentablemente, hay que ser parroquianos para poder asistir a esa cena, pero los turistas no podemos perdernos las celebraciones del domingo:

Por la mañana, en la plaza principal de la ciudad se celebra la misa y, durante la función religiosa se presentan al obispo los caballos que van a disputar la carrera por la tarde, para que él les dé su bendición. Al final se dejan libres tres palomas blancas y se observa su rumbo, porque la tradición dice que las aves se dirigen hacia la contrada que va a ganar el Palio.

El desfile histórico es el acontecimiento más renombrado de toda la Sagra. El cortejo empieza a las tres de la tarde, pero se aconseja llegar muy pronto para poder aparcar el coche y encontrar un buen sitio para gozar del deslumbrante espectáculo. De todos modos, el desfile sigue un recorrido bastante largo por las calles de la ciudad y todos podremos disfrutar de la magia de la atmósfera medieval que se crea.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-111.jpg



Los personajes que desfilan a pie y a caballo son más de 1200 y representan todas las clases sociales de la época. El cortejo sigue un orden muy riguroso, según el número de victorias de las que cada contrada puede presumir. La última es la que ganó el Palio el año precedente. Y no podemos olvidarnos del protagonista de la batalla, el Carroccio o sea un carro donde un cura celebraba la misa durante la batalla, para invocar la ayuda de Dios e incitar a los guerreros. De ese carro precisamente procede el nombre de la celebración.

Como siempre, es el final el que nos reserva las emociones más fuertes: la corrida de La Compañía de la Muerte, que según narra la leyenda, llegó justo al final de la batalla para ayudar a los guerreros de la Lega Lombarda.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-81.jpg



No nos vamos a arrepentir de los pocos euros gastados si decidimos gozar hasta el final de este glorioso día e ir al estadio comunal para asistir a la carrera de caballos. Lo más espectacular es el público, formado por los aficionados de las ocho contrade que expresan todo su entusiasmo con cantos y gritos, banderas y ropa del color de su barrio. Los caballos se desafían de cuatro en cuatro, luego hay una carrera final que va a decretar el ganador. Y, si todavía no estamos cansados, podremos acudir al Maniero de la contrada ganadora, donde la fiesta durará hasta las tantas.

Entonces, ¿qué estáis esperando para disfrutar de esta experiencia espectacular?

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-9.jpg

Silvia Zanetto

El amante

—Me gusta verte caminar con las nalgas al aire— me dijo cuando me alcé para ir al baño.
En esta época me sorprendía que una mujer pudiera apreciar una parte de mi cuerpo y, sobre todo, decirlo. Era estudiante en la universidad libre de Bruselas, por las tardes solía jugar a las cartas, al whist por dinero, un juego parecido al bridge. Había siempre espectadores a nuestro alrededor. Un día se me acercó una chica por detrás. Observó mi juego durante un momento y luego me preguntó:
—¿Cuándo estás libre?
La miré un momento. Era guapa, pelo negro, labios pintados de rojo sangre.
—Cuando quieras, vendo mi lugar en la mesa a un compañero.
—Nos vemos en el bar La Esquina en un cuarto de hora— dijo, se alzó y salió. Llevaba una minifalda muy corta, una blusa blanca y sus zapatos de tacones marcaban sus pasos decididos.

Era el mejor jugador de nuestra mesa, no tuve problemas para encontrar un sustituto, así que salí y me fui a La Esquina, un bar vecino. Rosita estaba sentada con la piernas agresivamente cruzadas en una mesa un poco apartada. Se presentó y me invitó a sentarme a su izquierda en el banco. Estábamos muy apretados. Me preguntó qué quería beber, le dije: lo mismo que tú. Era un cóctel bastante fuerte. Sin preámbulos puso su mano sobre mi pierna y me besó en la boca como lo hacen los jóvenes adolescentes. Me dijo que le gustaba y que conocía un hotel cercano donde no preguntaban nada. Ya me estaba acariciando. Todo su cuerpo estaba tenso, invitándome.
Poco tiempo después entramos en la habitación. Apenas se cerró la puerta, me desabrochó el cinturón, me bajó los pantalones, los calzoncillos, me empujó hacia la cama, me cabalgó con la falda arremangada. No llevaba bragas.
El día después me dolía todo el cuerpo, habíamos follado hasta medianoche. Me había dicho poco sobre ella, solo que trabajaba en un bar para soldados y que hoy era su día libre, por lo que salía con quien quería. Durante algunos días no la vi, seguía jugando al Whist, ganando cada vez más. Un día me llamó el dueño del bar, me pasó el teléfono y dijo que una chica preguntaba por mí. Era Rosita, quería saber si podíamos vernos en el bar La Esquina. Respondí que sí.
La acompañaba una amiga, también ella vestida para salir, con un vestido super corto y pechos en bella vista. Rosita me besó en la boca y me la presentó:
—Se llama Juana, es una compañera, quería conocerte. ¿Vamos?
Juanita, también me besó en la boca y me tocó sin el más mínimo pudor.
—¡Que sí!— respondió ella, antes que pudiera reaccionar.
Encuentros así se sucedieron durante todo el año. A veces, Rosita venía sola, pero normalmente se traía una «compañera». Es más, una tarde se presentó una chica sola, Pilar. Guapa y vestida sexy, como siempre. También con ella, pocos preámbulos y estábamos en la cama del hotel, cuando entró Rosita histérica:
—Pili ¿cómo has podido?— y le pegó una cachetada.
Al final todo terminó con los inacabables revolcones juntos en la cama. Eran insaciables.
Al final del año académico, volví a Lieja. encontré al amor de mi vida y me casé. Durante la ceremonia en la catedral, la vi escondida detrás de una columna. Estaba llorando.


Jean Claude Fonder