Hilando vidas


Blanca Quesada

La Noche estrellada 

La Noche estrellada, Van Gogh (1889)

El partido de tenis había terminado con una derrota del español Alcaraz, la pantalla estaba apagada, me encontré solo en el apartamento inmerso en la oscuridad, atrapado por la intensidad del juego no había encendido nada. La noche de Bruselas llena de oficinas innecesariamente iluminadas invade mi soledad.

Una cama vacía, fría de una ausencia que el calor veraniego no podía justificar, me esperaba. Volví a pensar en la noche estrellada de Van Gogh y en el micro cuento que debía escribir para septiembre, cuando retomaremos. El estilo que Van Gogh había creado genialmente para realizar sus últimas obras maestras reflejaba perfectamente el caos de mis propios sentimientos. Comprendía terriblemente bien esas curvas que se superponían como las ondas de un mar enojado, la confusión fluctuante que rodeaba las luces que poblaban el cielo de la ciudad dormida que se negaba a comprenderme. Este enorme ciprés que atestiguaba impasible el luto que irremediablemente me tocaba.

Me colé entre las sábanas y extendí mi brazo hacia el lugar de la ausente, abracé el cojín que nunca podría sustituirla.

Mis pensamientos volaron para imaginar una historia que la noche podría sugerirme. El calor se hizo más intenso, sentí a mi lado lo que debía ser un cuerpo, la curva de una cadera, la redondez de una nalga, alguien se había metido en la cama. Tenía el pelo largo, sus formas no permitían dudar de ello, era una mujer. La acaricié tiernamente. Se dio la vuelta y me abrazó con una gran sonrisa. Era Ella.


Jean Claude Fonder

La noche que no se acabó

La noche siempre había sido un consuelo para Marcel. No solo por el descanso ni por los sueños, sino sobre todo por el silencio. Ese silencio denso y sin forma que se cuela por las rendijas de las ventanas, que se sienta al borde de la cama como un viejo amigo que no exige conversación. Durante el día, todo tenía nombre, función y expectativa. Pero la noche… la noche era un territorio sin mapas.

Aquel día, Marcel salió tarde del trabajo, como siempre. Caminó por calles vacías, bajo faroles que no alumbraban tanto como pretendían. Pensaba en lo mismo de siempre: el tiempo perdido, las palabras no dichas, las posibilidades acabadas, los caminos que no tomó. La rutina es una forma lenta de suicidio, se dijo, sin la intención de ser dramático, sino con esa especie de claridad que solo la oscuridad permite.

Al llegar a casa, no encendió la luz. Se sentó en el suelo del salón, dejó las llaves caer y cerró los ojos. No quería dormir. No quería soñar. Quería simplemente existir, sin ser observado ni juzgado, sin tener que responder a nadie. Y en esa penumbra, algo extraño ocurrió: la noche pareció alargarse. ¿Cuánto tiempo había pasado?

El reloj dejó de marcar los minutos. Afuera, no se oía ni el canto de los pájaros ni los camiones madrugadores ni el rumbo de los primeros coches. El amanecer no llegaba. La ciudad parecía suspendida en una pausa indefinida. Marcel encendió el móvil. Sin señal. Buscó en la radio, en la televisión: nada. Todo estaba inmóvil, como si el tiempo hubiese perdido el deseo de avanzar.

Al principio sintió miedo. Luego curiosidad. Y finalmente, aceptación. Quizá, pensó, esto era lo que había estado esperando sin saberlo: una noche eterna. Un momento fuera del mundo donde no hubiera decisiones que tomar, promesas que cumplir, ni días que desgastaran el alma. Una tregua de lo cotidiano. Lo absurdo empezó a parecerle normal, pero los días, incluso los imaginarios, tienen consecuencias. Su cuerpo pedía comida, pedía sueño, pedía luz. Y la noche, que en un principio fue alivio, empezó a volverse pesada, pegajosa, hostil. Marcel intentó encender todas las luces, pero parecían burlarse de él. Luchó contra el insomnio, contra el hambre, contra la soledad creciente. Gritó. Incluso se puso a rezar. Ningún dios respondió. Ningún hombre vino.

Con los ojos hundidos y la mente fracturada, comprendió —demasiado tarde— que la noche no era un refugio, sino un espejo. Que en el silencio no se esconden respuestas, sino las preguntas que siempre evitamos. Que el consuelo es solo una ilusión, y que hay silencios que, una vez abiertos, ya no se pueden cerrar.

Y así, sin final, sin redención, Marcel quedó atrapado en esa noche interminable, con la única compañía de su propio eco, que le devolvía las verdades que nunca quiso oír.


Graziella Boffini

Noches en vela

Recuerdo que, cuando era niña, al irme a dormir me invadía una angustia abrumadora frente a la simple idea de encontrarme sola con mis pensamientos. Cada vez que estaba en la cama llamaba a mamá dos o tres veces. Ella se acercaba con paciencia al lado de mi cama y yo salía de mi nido caliente para abrazarla fuerte, con la ilusión de que el calor y el abrazo de una persona amada pudieran disolver la dolorosa ansiedad que me estrechaba el corazón. 

Al principio, había sido el miedo de la oscuridad. Solo me había confiado con una amiga sobre lo que era tan espantoso para mí: mis padres creían que yo tenía miedo de ogros o brujas, o quién sabe cuáles otras misteriosas o diabólicas presencias. Pero mi terror era la ceguera: la falta de certeza, en la oscuridad total, de que yo podía ver me aterrorizaba.

La muerte prematura de mi tía me hizo reflexionar sobre otra terrible realidad: no solo la vista, sino también la vida era algo frágil y efímero: no podía soportar ni el sonido de la palabra “muerte”, che se convirtió en la nueva pesadilla de mis vigilias nocturnas.

Muchas otras noches en vela me acompañaron también en la adolescencia.

Pasaba larguísimas tardes estudiando los libros de latín y de griego antiguo, y luego me despertaba por la noche repitiendo los verbos y la gramática, y me levantaba al amanecer para el último repaso antes del examen. 

Pero no eran solo los verbos griegos, regulares o irregulares, que me quitaban el sueño por la noche, en los años de instituto. Había estallado la estación de los amores, tan ardientes cuanto no correspondidos. 

Se llamaba Federico y ni siquiera era guapo: un joven con acné y gafas; pero era casi el único chico que había conocido, ya que en mi clase del colegio éramos solo chicas. 

Se llamaba Lorenzo y tenía dos ojos verdes que destellaban en la oscuridad de mi habitación. Se enamoró de todas las chicas menos de mí, y yo retorciéndome entre las sábanas me preguntaba qué tenían todas las demás que a mí me faltaba. 

Se llamaba Claudio, y sabía siempre todo sobre todo, pero de vez en cuando me daba una vaga sensación de que era un ser humano, y cada noche yo me torturaba buscando qué hacer para arañar su armadura.

Otras noches en vela seguían las largas charlas con las amigas: tardes transcurridas atormentándonos la una con la otra con muchísimas preguntas y muy pocas respuestas, para confrontarnos y poner en duda la seguridad de nuestras experiencias. Pero cada vez yo descubría un nuevo mundo en las palabras de mis compañeras y luego pasaba las pocas horas de la noche para reordenar mis pensamientos, buscando el orden y el sentido de todo.

Y ahora, a veces, son las cosas que tengo que hacer al día siguiente, o los problemas de familia que me despiertan de golpe en medio de la noche… pero esta es otra historia. 


Silvia Zanetto

Pensamientos

Querido Álvaro, me dirijo a ti por si te acuerdas de mi miedo a la noche y a la oscuridad. Bien, todo ha cambiado desde que te fuiste a no sé dónde. Ahora la noche me acompaña, la necesito, me ayuda a desconectarme de teléfonos, ordenadores e internet, del mundo, a desatender los pensamientos negativos, intentando centrarme en los positivos. Tendría que decirte muchas cosas, pero las palabras se callan; sin embargo, ahí están, esperando la noche como un punto fijo donde mi dolor se esconde y desaparece. Es una hermosa noche de finales de agosto, estoy sentada en la terraza, mirando el cielo. Como cada noche, el murciélago ya se ha colocado en su rincón habitual. Todo permanece allí, inmóvil. Ya no estás aquí, no puedo verte, abrazarte, tocarte, hablarte ni escucharte. Te echo mucho de menos. Al pasar las horas, algunas estrellas, más brillantes que nunca, empiezan a asomarse en el cielo, aportando un poco de luz. De vez en cuando parece que alguna caiga desde la bóveda del cielo, como una lágrima por las mejillas. Y es en ese momento, que de mis reflexiones surgen algunos pensamientos que quiero dedicarte.

Noche era cuando abrazándome me decías “te amo, estoy aquí, no tengas miedo”
Noche era cuando nos besábamos y nos acariciábamos y nuestros cuerpos se buscaban y se unían.
Noche era apoyar la cabeza en tu hombro y quedarme así…

Ahora el sol va desapareciendo y muy lentamente la oscuridad lo cubre todo
Noche es cuando me parece que todo me va mal.
Noche es cuando alguien a quien quería me abandonó sin dar explicación alguna.
Noche es cuando tengo malos pensamientos, cuando mi deseo es el de acabar con todo.
Noche es cuando estoy esperando algo que ya sé que no pasará.
Noche es cuando a pesar del sol que brilla en el cielo, todo está oscuro y malévolo.
Noche es cuando las personas se van para siempre sin que pueda despedirme de ellas, sin una última palabra.
Noche es cuando miro el cielo negro mientras la luna, las estrellas y los planetas se vuelven poco a poco visibles y me encantan.
Noche es cuando me pregunto por qué la vida es amarga y complicada y me parece que la oscuridad nunca se irá.
Noche también es amar, amar para vivir con quien se quiere.

Sé que no volverás, no importa, yo seguiré hablando contigo por la noche.


Raffaella Bolletti

Umbral

Nuit étoilée sur le Rhône, Van Gogh (1888)

Bajo la cúpula oscura salpicada de plata, Susanita cerró los ojos. No para dormir, sino para recordar. De niña, le parecía, a veces, que la noche la dejaba sola, desamparada. Sus padres estaban ausentes, sumidos en el sueño, sólo el silencio y la oscuridad la rodeaban. Mucho tiempo después, leyó que Rudolf Steiner decía que la noche no era vacío, sino un umbral, un lugar donde el velo que separa los mundos se torna tan fino como el susurro de una seda.

Dejó que el bullicio del día—las preocupaciones, las prisas—se hundiera como piedras en un estanque quieto. En la oscuridad, el alma puede descender, no a un inframundo de sombras eternas, sino a los reinos del devenir, donde los difuntos, libres de sus cuerpos, depositan sus experiencias terrenales como semillas para los vivos. Susana percibió su presencia como un eco de gratitud y anhelo. Eran sus antepasados, no fantasmas atormentados, sino seres de luz en reposo, entrelazando sus destinos con el suyo, esperando que ella, en la tierra, germinara lo que ellos habían sembrado.

Un susurro, no en sus oídos sino en su corazón, llegó: “Lo que llamas ‘yo’ es apenas una palabra que usas en el día. De noche, recuerdas que eres una pregunta del cosmos, buscando su respuesta en un alma humana. Eres el puente entre nuestro pasado y tu futuro.”

Al amanecer, despertó. No con una respuesta, sino con una certeza tranquila. La luz no negaba la oscuridad; la continuaba. Y ahora, caminaría en el día sabiendo que su verdadero ser se renovaba cada noche en el seno de lo espiritual, nutriéndose del diálogo silencioso con aquellos que, desde el mundo espiritual, confiaban en ella para cumplir con la obra de la evolución.

Maria Victoria Santoyo Abril

La herencia

Triste herencia, por Joaquín Sorolla (1899)

Cae lenta la noche cubriendo el mundo con su misterio. Todo está oculto, también el futuro.

Acuesta al niño, lo cubre con su cariño y dulcemente lo hace dormir

El niño duerme, entonces enciende la tele como si fuera una ventana para mirar el mundo

Ve allí que los más ricos son cada vez más ricos mientras hay niños que no tienen escuela ni qué comer…

Ve drones, tanques…hombres destruidos.

Todo es competencia, violencia… Quien es más …

¡No!

No todos… Hay también quienes manifiestan. Hay quienes quieren otro mundo, un mundo de colaboración, un mundo fraternal, un mundo sin miseria. Otro mundo… Pero no logran mucho más que protestar. Sin embargo, algo queda, algo dejan. Algo como una luz en medio de la noche.

Mira la noche. Lejos se asoma una estrella pequeña.

Se acerca a la cuna, mira al niño, sonríe y susurra:

«Tú eres la esperanza de un mundo mejor. Mi legado es solo una Luz…»

En el cielo aun impera la noche, pero ahora hay miles de estrellas que brillan en la obscuridad. Y ahora, a veces, son las cosas que tengo que hacer al día siguiente, o los problemas de familia que me despiertan de golpe en medio de la noche… pero esta es otra historia.


Patricio Vial

Noche

Roque Dalton – Federico García Lorca

Noche: «tiempo de transición desde la puesta de sol al amanecer»

Sin embargo, existen las tinieblas de una noche sin fin, donde pululan seres sin ojos, es un inframundo desde donde son adiestrados para eliminar a seres de luz que viven en otros niveles. Con mi poder de lectora, elevo hacia la alegría a mis hermanos de palabras, fraternas, luminosas, a veces gentiles otras tristes y dolorosas como la vida misma. Les reconozco y saludo, queridos Federico García Lorca y Roque Dalton. Han vuelto y son la luz de aquellos que les leen y de los que les leerán.


Marcela Saavedra

El Árbol

Michele Cascella – Aranceto a Ortona 1957

El amigo manzano

Es un día nublado de principios de otoño. He llegado al pueblo donde vivieron mis abuelos maternos. Aparco en el corral de la granja, bajo del coche y miro a mi alrededor. No hay nadie. ¡Por supuesto! La granja lleva muchos años deshabitada. Sólo hay bosques en el horizonte. Recorro el camino rural que une la granja con el campo cuesta arriba hacia la colina. Y allí, justo allí, está el árbol, ese árbol, mi amigo árbol. Un viejo manzano que parece estar esperándome, con sus hojas algo rojizas moviéndose como para saludarme. Me acerco, abrazo su tronco, cuya corteza me parece un poco más áspera. De niña solía veranear aquí, en este pequeño pueblo y me gustaba mucho sentarme a los pies del manzano, bajo la sombra de sus ramas, a veces leyendo a veces hablando con mi abuelo, a veces encontrando los amigos de verano contándonos cómo habíamos pasado el invierno y, a veces, envuelta en el abrazo de un chico y por fin hablando con él, el árbol, que parecía escucharme. Hoy apoyo mi espalda en el tronco y dejo vagar la mirada, no me fijo en el paisaje, vuelvo a recordar los acontecimientos de años pasados cuando era una jovencita. Quiero quedarme aquí, escuchando el viento, mirando las nubes, saboreando la calma, la silenciosa detención del tiempo, sin pensar en el mañana. Recorro viejos caminos, hechos que forman parte de mí, recogidos en las ramas de mi árbol. Recorro las etapas, los sufrimientos y la felicidad de esos tiempos, recordando amores de verano tan pasajeros y fugaces como esa edad. Me parece estar metida en una red de ramas entrelazadas, como en un vértigo infinito. Un viento suave mueve ramas y hojas, con un crujido mágico, y yo, con los ojos cerrados, intento comprender este misterioso lenguaje, un sonido seductor que parece una música. Ya no hay flores blancas y rosadas en las ramas. Ahora que es otoño, los pequeños frutos están madurando. De repente, unas pequeñas manzanas caen a mi lado, como para despertarme. Miro la copa del árbol, observo el follaje y, con asombro, me doy cuenta de que entre las manzanas se esconden pequeños corazones de colores, balanceándose con el viento. Y entonces me imagino que es un regalo para mí, que ahí, dentro de estos pequeños corazones el árbol ha conservado lo que le conté, y es así como el árbol ha cuidado mis amores de juventud. ¡Larga vida a ti, amigo manzano! Doy otro abrazo al tronco y me voy feliz.


Raffaella Bolletti

El Árbol


Blanca Quesada

El Árbol de la Vida

Era una mañana de verano luminosa y caliente cuando Lucía se fue a su clase de yoga. Decidió ponerse su camiseta favorita, recién comprada, aquella que tenía estampado el Árbol de la Vida, con sus raíces profundas y sus ramas extendiéndose hacia el cielo.

Lucía se ajustó la camiseta nueva con el Árbol de la Vida estampado. Las ramas doradas brillaban bajo el sol de la mañana, y por un momento se sintió como una auténtica yogui espiritual. «Hoy fluiré como las hojas al viento», pensó mientras salía de casa.  

La realidad, sin embargo, tuvo otros planes. 

En la clase, apenas comenzó el saludo al sol, notó que la tela —tan «ecológica y transpirable» según la etiqueta— se le pegaba a la espalda como una segunda piel sudorosa. Pranav, el profesor, pasó a su lado y comentó con una sonrisa:  

—Qué camiseta tan significativa, Lucía. El Árbol de la Vida representa la conexión con lo divino.  

—Sí, claro —respondió ella, tratando de sonar zen mientras luchaba por no ahogarse en su propio escote.  

Al llegar a la postura del árbol, la ironía fue innegable. Mientras el estampado de su torso proclamaba armonía y equilibrio, Lucía se balanceaba como un junco en tormenta. A su lado, una señora con más de 70 años se mantenía firme como un roble, lanzándole miradas de lástima.  

—Enraízate… siente la tierra —murmuró Pranav.  

Lucía cerró los ojos e intentó visualizar sus raíces, pero solo logró recordar que estaba sudando como nunca y que tenía sed, calor y no sé qué.  

Para el Shavasana final, al menos, pudo relajarse. Tumbada boca arriba, con el dibujo del árbol ahora torcido por sus movimientos, comprendió que quizás la espiritualidad no estaba en la ropa, sino en reírse de uno mismo.  

Al salir, se detuvo frente a un espejo del gimnasio. La camiseta estaba arrugada, manchada de sudor y con una rama del árbol irremediablemente estirada. «Perfecto», sonrió. Después de todo, hasta los árboles más sabios tienen ramas torcidas.  

Namasté.


Graziella Boffini

El Árbol

Cuando Cecilia llegó al parque con sus nietos notó enseguida que en vez de su árbol había un seto de flores de varios tipo y colores. Un hombre que trabajaba como jardinero le explicó que las raíces del árbol habían sido destruidas por los parásitos de la madera y el árbol era peligroso, porque podía caerse y hacer un desastre si había alguien debajo. Pero Cecilia amaba a ese árbol, que habían plantado cuando ella había nacido y después, habían crecido juntos, ella había ido a jugar bajo su sombra durante su niñez, durante su adolescencia había ido con sus amigas a pasear y a contarse las primeras historias de amor, debajo él, Luis su marido, le había pedido que se casaran y debajo de él, ella le había dicho que estaba embarazada de sus hijos. El árbol había sido el testigo de todos sus momentos importantes y ahora se había ido, pero tenía razón su nieto, el seto era muy hermoso, con tantas flores y colores y la vida continuaba.

Gloria Rolfo

El Árbol

En la corteza áspera de tu barba, mi rostro se escondía feliz.
En las ramas de tus grandes manos mis pechos y mi vientre
temblaban sorprendidos.
Una mañana de primavera mientras las violetas empezaban a
nacer, te perdí.
Desde entonces, sigo buscándote.
Tu, único árbol de la vida.


Iris Menegoz

El Árbol

Lo recuerdo frondoso, agreste, impenetrable. Una hiedra se enroscaba en su tronco como el implemento de una mujer coqueta. Fue el álamo de mi infancia, el compañero tras el que me escondía jugando al lobo con las compañeras de colegio, el cobijo en los días de lluvia o de sol justiciero, el testigo de nuestras correrías por el jardín persiguiendo a César y a Gatusmisfiu. Fue el apoyo para mi cabeza cuando Javier me besó aquella primera vez. Es el árbol que se ve en las fotos de boda de mi hermana Marina y bajo cuya sombra celebramos y lloramos también. No solo nos observaba desde la altura de su follaje, creo que se hacía uno con la familia y respiraba nuestras tragedias y alegrías… Mamá terminó podándolo. Se enfermó y no pudimos salvarlo.

¿O acaso era un plátano? ¿Importa lo que fue cuando ya no es? 


Sylvia Navone

El bosque de Manuela  

Manuela había nacido en Elba, una isla de ensueño entre las costas de Toscana y Córcega; un lugar maravilloso repleto de naturaleza. Durante su infancia había sufrido mucho el aislamiento y lo aburrido de vivir en una aldea que sólo se llenaba de turistas en verano. Las demás estaciones no había nada que hacer, excepto la rutina de siempre: clases en la escuela y por la tarde ayudar a la familia en la huerta.

Al terminar el colegio, decidió irse a Roma a estudiar Letras Modernas, ya que su sueño era ser periodista y le encantaba leer y, por supuesto, escribir. Estaba tan entusiasmada con su vida nueva en la capital. Todo aquello era tan diferente de su pequeño pueblo.

Según iba pasando el tiempo, las luces de Roma empezaron a perder brillo: lo que antes era energía vibrante, ahora era cansancio; lo que fue novedad, se volvió rutina. Las calles repletas, el tráfico incesante, la gente corriendo a todas partes.

Una tarde, en un banco frente al Tíber, mientras el río arrastraba hojas secas, Manuela entendió que echaba de menos algo que en Roma nunca iba a encontrar: el silencio del bosque detrás de su casa.

Recordó entonces un árbol en particular. Uno que crecía al borde del huerto, alto y nudoso, con ramas que se abrían como los brazos de un viejo sabio. De niña, solía sentarse bajo él con un cuaderno y escribir cualquier cosa que se le ocurriera: cartas que nunca enviaba, canciones inventadas, cuentos sobre criaturas que vivían entre sus raíces. A veces, creía que el árbol la escuchaba. Su corteza rugosa era un mapa de historias que aún no sabía leer. 

Desde ese momento, el recuerdo del árbol empezó a visitarla con frecuencia. Aparecía entre párrafos que no lograba terminar, en sueños donde el aire olía a hinojo y tierra húmeda. Incluso en la ciudad, entre el concreto y el humo, sentía que algo de ese árbol seguía dentro de ella. Y con cada día que pasaba, la idea de volver ya no era un retroceso, sino una forma de regreso. No al pasado, sino a una raíz que había olvidado cuidar. 

El sombrero de Carito

El mensaje del árbol

Era enorme el árbol. Lo abracé y sentí… No sé describir con palabras la emoción profunda que me embargó.

Con su inmensa calma el gigante parecía dormido.

Creo que él era el centro del bosque. Tal vez era él el centro del mundo…

Mis brazos alcanzaban apenas a abrazar una pequeña parte de su poderosa cintura.

Una emoción muy especial me embargó. No sabría describirla. Era como penetrar en los secretos del mundo, como penetrar en algo indecible… sentí que el inmenso árbol me aceptaba, que me entregaba algo de sus secretos, algo que muchos otros no podrán jamás sentir.

Sentí el susurro de la brisa contra mi piel y el murmullo de las hojas que parecía traer mensajes desde muy lejos…

Sentí que algo profundo y extraño estaba sucediendo. 

Sentado, apoyé mi espalda en su tronco y lentamente me dormí entre sus raíces.

Yo era parte de la foresta, parte del inmenso árbol.

Sentí que el árbol quería transmitirme un mensaje.

— El viento lleva los rumores del mundo— dijo.

— Pero los árboles llevamos historias y mensajes en nuestras raíces. Así nos llegan avisos y viejas historias traspasadas de raíz a raíz…

Un largo silencio. Luego prosiguió:

— nosotros, los árboles, sentimos el peligro y enviamos mensajes con nuestras raíces a través de la tierra.

— ¿hay algún peligro? — pregunté 

— el ruido de la motosierra es lejano, pero avanza matando árboles y bosques— respondió

— cierto— dije— pero los hombres sabrán detenerse antes de destruir todo la foresta. 

Antes de dormirme dulcemente entre las raíces del gran árbol me pregunté si los árboles también sueñan.

Lentamente, en el sueño, se fue formando una imagen.

La imagen de una isla. Comprendí que era Te Pito O Te Henua.

Sus habitantes la consideraban el Ombligo del Mundo.

Hace años, muchos años, Ombligo del Mundo era habitada por un pueblo que se llamaba a sí mismo Rapa Nui. Un solo tipo de árbol crecía en la isla, el Teodomiro.

Para construir sus balsas de pesca o para hacer fuego los Rapanui utilizaban la madera de ese árbol.

Vi que, lentamente, los hombres aumentaban y prosperaban. 

Vi también que, lentamente, los Teodomiros disminuían y disminuían…

Cada vez eran más los hombres y cada vez eran menos los árboles…

Hasta que… ¡Hasta que… hasta que los hombres cortaron el último árbol!

Se hizo un gran silencio en todo la foresta. 

Entonces escuché una voz profunda diciendo: — ya ocurrió una vez… ¿Que nos asegura que no ocurrirá otra vez?

Me desperté sobresaltado. En mi espíritu una duda surgió:

¿Soñé yo que el árbol me contaba una historia o … el árbol soñó, él, que me contaba una historia?

Nota:


El ombligo del mundo o rapa-nui es una isla de Chile. El último árbol se extinguió, pero hay búsquedas en laboratorio para reproducirlo. Se ha podido reproducir en laboratorio, pero no ha fructificado en la isla.

La razón es que necesita ciertas bacterias. Al mismo tiempo las bacterias necesitan al árbol para reproducirse. A falta del árbol las bacterias también se han extinguido

Patricio Vial

El peral “Conference” 

Pierre-Auguste Renoir L’albero di pere, 1889

Su follaje había invadido todo el fondo del jardín, tenía ya más de 50 años, el césped no había sobrevivido cerca de su tronco, pero con placer que nos refugiábamos bajo su sombra cuando el verano estaba en pleno apogeo. Hay que decir que no estaba solo, a su lado, no muy lejos, habíamos plantado otro peral, un poco más pequeño porque tenía unos años menos.

Él era un peral «Conference», podía polinizarse a sí mismo, pero cuando después de cinco años de cuidados atentos aún no producía frutos, se nos aconsejó que se le acercara otra especie, la pera «Decana de la Corona». Unos años más tarde se produjo el milagro, rápidamente nuestra producción de peras sobrepasó ampliamente nuestras necesidades, las ofrecimos a los amigos, a los vecinos, mi mujer hacía compotas, e incluso más tarde sirope y yo con un vecino experto me lancé en la destilación.

Fue maravilloso cuando en los primeros rayos de la primavera nuestra pareja se cubrió con hermosas pequeñas flores blancas, el espectáculo era deslumbrante y prometedor. Cada año había más peras, la pera Conferencia esbelta, larga amarilla y marrón, de carne firme y sabrosa, y por supuesto la hermosa Decana amarilla, verde y roja más tierna y jugosa, una armonía perfecta que no dejaba de mejorar.

Muchos años después, estábamos en pensión, de repente en pleno verano, fue el drama, fue fulgurante.

Una enfermedad mortal, el fuego bacteriano, en pocos meses acabó con el pobre peral Decano. Tuvimos que serrarlo, e incluso extraer las raíces para evitar contaminar el Conference. Se salvó y, aunque en menor cantidad, en el otoño, pudimos cosechar sus peras.

Pero la primavera siguiente produjo pocas flores y una helada tardía destruyó las que apenas estaban abiertas.

Ese otoño no hubo peras. Este triste escenario se repitió al año siguiente y esta vez el Conference no pasó el invierno.


Jean Claude Fonder

El verde es suyo

Ponerse la ropa de color verde, cuando Adela era niña, siempre le encantaba. Vestidos, pantalones, jerséis del color de los prados, de los bosques, de las hojas de los árboles: era la naturaleza verde de su vida, y de sí misma. 

Creciendo, perdió esta costumbre, pero no dejó de amar el verde. Desde siempre, sus vacaciones las pasaba en la montaña: su padre, Adolfo, la había educado desde pequeña a subir por las rutas panorámicas de alturas, donde podía saborear el espíritu de las Dolomitas mirando sus imponentes cumbres, y los árboles también: los pinos, los abetos, y también robles, cedros, olmos. Paseaban por el verde, mientras que el azul del cielo los iluminaba y el refugio donde tenían que llegar aparecía cerca de la cima del monte.

Pero, también en su ciudad, el verde de la naturaleza era su pasión; dar una vuelta en bicicleta por el parque lleno de ardillas, a las que llevaba nueces y avellanas, era su costumbre para pasar el tiempo libre: los animalitos bajaban del árbol cuando la veían con su bolsa de papel llena de fruta seca, corrían por el prado y le cogían la nuez de la mano, y luego se iban a comerla escondidos en la hierba. 

Ese parque lo habían creado cuando Adela era niña y, mirando las fotos de entonces, ahora se puede ver que los árboles eran pocos, pequeñitos y lejanos el uno del otro, pero con el tiempo el parque se convirtió en un bosque de cerezos, tilos y robles, donde, además de las ardillas, viven pájaros y también patos, pollitos y ocas en el estanque. 

Hace unos años, Adela se sentía triste cada vez que iba al parque, porque por la falta de lluvia su amado verde se había convertido en amarillo: el césped estaba muy seco, casi una pradera muerta, y muchos árboles, donde antes vivián las ardillas y los pájaros, se murieron de sed. Pero plantaron nuevos arbolitos, que ahora están creciendo, y el verde todavía es el color del parque.  

Así que hoy Adela baja de la bicicleta, mira el azul del cielo, el mismo azul de la montaña, escucha el canto de la paloma y del mirlo, se sienta en un banco bajo un roble y respira profundamente. El verde es suyo. 


Silvia Zanetto

La Ceiba que habla todos los lenguajes

Dicen los antiguos que hay un árbol que no crece sólo en un lugar, sino en todos los mundos. Le llaman Ceiba y según el Popol Vuh, sus ramas tocan el cielo donde habitan los dioses, su tronco sostiene a los vivos, y sus raíces se hunden en el inframundo, donde duermen los ancestros.

Susana creció a la sombra de una ceiba. De chicos, los hermanos se balanceaban en un columpio colgado a una sus ramas. Con su prima María Mercedes se recostaban debajo del árbol a descansar, después de haber jugado con los otros niños.

– María, mira cuántas orquídeas se anidan en nuestro árbol.

– Sí, Susy, es hermoso. Además, la brisa que se filtra entre sus ramas nos refresca.

– Me gustaría quedarme aquí para siempre, es un paraíso.

– Piensa, querida prima, ¿qué será de nosotras dentro de 30 o 40 años?

– Pues, vendremos a pasar vacaciones aquí, con nuestros futuros maridos e hijos…

Un día, cuarenta años después, caminando entre avenidas grises de una ciudad extraña, Susana encontró un árbol que la hizo detener. Se sentó a sus pies. Y entonces lo supo: sus raíces llegaban desde lejos, desde allá. Desde donde cantan los pájaros que ahora sólo escucha en sueños. No era ceiba, sus hojas no eran iguales, su idioma era distinto, pero su sombra… su sombra la reconoció. 

El exilio no es sólo cambiar de país. Es cargar con recuerdos, con desilusiones de las personas queridas que, imbuidas por ideologías de odio, no admiten que otros piensen diferente. Es mirar árboles que no saben tu nombre. Pero comprendió que la ceiba no necesita pasaporte. Que puede nacer en cualquier tierra porque vive en quienes la recuerdan. En quienes, incluso lejos, no dejan que el desarraigo se convierta en olvido. Porque la ceiba no es sólo un árbol. Es un puente entre mundos. Es un ser vivo que habita todos los lugares donde alguien aún cree que la tierra respira, que los árboles escuchan, y que el alma puede viajar por debajo de la corteza del tiempo.

Cuando se siente sola, cuando los días son fríos y los caminos inciertos, Susana busca esa sombra. No importa dónde esté. Siempre hay una ceiba esperando. 

Maria Victoria Santoyo Abril