La Playa

La Plage de Trouville – Eugène Boudin, 1865

Catamarán

Llegó a la Toscana como quien vuelve a un lugar soñado muchas veces, aunque esta vez con una maleta real y una crema solar demasiado optimista.

Era una mujer sola, pero no solitaria: llevaba consigo una curiosidad antigua, una alegría tranquila y una vaga sospecha de que la felicidad, como las vacaciones, suele durar menos de lo prometido.

Se había inscrito en un curso de catamarán en la costa tirrena, atraída por esa forma de navegar que parece un acuerdo perfecto entre técnica y ligereza, entre razón y viento.

Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua de miles azules diferentes, la costa aparecía a su izquierda, playa blanquísima recortada por los pinos marítimos, con ese verde oscuro que parece inmóvil y eterno. El cielo era de un azul limpio, casi renacentista, como si hubiera sido pensado por un pintor. 

A lo lejos emergía la isla de Elba, suspendida en una luz clara. Ella pensó en Napoleón, exiliado en aquel mismo horizonte, y sonrió ante la ironía de la historia: incluso el destierro, en Toscana, se convierte en belleza.

-La historia aquí no pesa -se dijo- flota.

El instructor hablaba de maniobras, de velas y de equilibrio, pero su mente viajaba. Pensaba en los Médici, en cómo habían entendido que el poder sin belleza es estéril, y que el arte, como el mar, necesita libertad para existir. Recordó una frase atribuida a Lorenzo el Magnífico:

«Chi vuol esser lieto, sia: del doman non v’è certezza».

Qué parecido era ese pensamiento al instante que vivía ahora, con el sol sobre la piel y el viento tensando la vela.

De pronto, alguien señaló el horizonte.

Delfines.

Saltaban en la distancia, dibujando arcos breves y perfectos sobre el agua. Sonrientes. No parecían huir ni acercarse, solo acompañar. En ese instante comprendió que la felicidad es siempre así: aparece, salta y no se deja poseer. Los delfines, como el arte, como la historia, existen solo si uno sabe mirar sin querer dominar.

El catamarán avanzaba ligero, casi sin ruido. Ella sintió que esa jornada de mar era un resumen secreto de la Toscana entera: una tierra donde la cultura no está encerrada en museos, sino esparcida en el aire, en la luz, en la manera en que el paisaje enseña a ser humano. Del mismo modo que el Renacimiento había reconciliado al hombre con la belleza, aquel día reconciliaba su cuerpo con el tiempo.

Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua azul, tuvo la sensación de que no navegaba, sino que volaba. 

Entonces pensó en Leonardo da Vinci, en sus cuadernos llenos de máquinas imposibles, de hombres con alas, de estudios sobre el aire y el movimiento. Leonardo había nacido en esa misma tierra y había soñado con volar cuando el mundo aún no estaba preparado.

De verdad, los dos cascos del catamarán apenas tocaban el mar, y el viento sostenía la vela como si fuera un ala. Luego pensó otra vez en Leonardo da Vinci y en su deseo de volar, nacido en esa misma tierra donde imaginar siempre ha sido una forma de libertad. 

El catamarán, ligero y silencioso, parecía darle la razón siglos después. No hacía falta elevarse del todo: bastaba con rozar el agua para sentir la libertad. Pensó que la Toscana no solo había producido artistas y pensadores, sino deseos adelantados a su tiempo.

Desde el mar, la Playa parecía inmóvil, como si escuchara esos pensamientos.

Al regresar al puerto, pisando el suelo tuvo una rara sensación en los pies habituándose nuevamente a pisar un suelo no flotante.

Marchándose de vuelta al hotel, con los pies en la arena, con la piel salada, un poco quemada y el corazón tranquilo, solo necesitando una ducha, supo que no había aprendido solo a navegar. Había aprendido que la historia no es pasada, sino una forma de felicidad que, como el mar, se renueva cada día para quien sabe abrir la mirada.

—Aquí, como sabían los Médici, no hay certeza del mañana —se dijo—, y quizá por eso tenemos que disfrutar del día, de nuestros días, que son poquitos.


Graziella Boffini

El encanto de la playa puede der un consuelo

El azul del cielo que se refleja en el mar le encanta… Un color tan amado que le reconforta el alma, mientras mira, desde la ventana de su habitación turística, Scaglieri, en la Isla D’Elba.

“Por fin, Marina, ¡te veo sonreír!” 

“Ya… ¡Qué maravillosa es esta playa, Pablo… y me encanta el verde de los árboles y de los céspedes, y el perfume del mar… Es verdad que ya estuvimos aquí hace unos años, y fue una experiencia fantástica, pero hoy es algo especial…”

Pablo la abraza con ternura: la sonrisa de Marina le reconforta, vuelve a verla como siempre había sido, hasta hacía unos meses.

“¡Claro que hoy es especial!” 

“Ya… por lo menos mi covid se ha ido! ¡Hemos arriesgado no tener ni un día de vacaciones! La oportunidad de pasar un poco de tiempo aquí me consuela…”

Pero su sonrisa se hace más débil. Pablo finge no darse cuenta, y la besa: claro, la madre de Marina tan vieja y enferma, después de cinco años en el geriátrico, es algo en que ella no puede dejar de pensar, pero no quiere hablar de eso.

“Marina, ¿Qué te parece si bajamos y vamos a pasear un poco por la playa, ahora mismo? Todavía no es muy tarde, y podemos vaciar nuestras maletas después…”

La playa de Scaglieri es una preciosa cala, de más o menos 140 metros, que Pablo y Marina atraviesan tomándose la mano. Hay arena blanca y dorada, aguas poco profundas y cristalinas, el cielo azul poco a poco se transforma en algo mágico, un dorado atardecer que no veían desde hacía muchísimo tiempo. 

Marina vuelve a sonreír, Pablo también. Claro, el covid que ella había tenido hace dos semanas no había sido una enfermedad tan fuerte, solo un poco de dolor de garganta y un poquito de fiebre, y había durado solo algunos días, pero ella había tenido miedo de no poder ir de vacaciones a la playa… unas vacaciones tan necesarias, para distraerse un poco del otro problema.

El móvil de Marina suena. Es su hermana.

El atardecer ahora es incluso más bonito, el cielo es de un azul dorado, en la playa casi no hay nadie, y ellos están volviendo a su hotel. Marina escucha a su hermana, su cara se tranquiliza, la saluda y le agradece.

“Mamá está un poquito mejor” dice “Y el paisaje también”.

“Será verdad?” se pregunta Pablo, “o es su hermana que quiere evitar preocuparla?”

Pero no quiere compartir su duda con ella.

“Sí, Marina, tienes razón… el paisaje en esta playa es maravilloso”. 


Silvia Zanetto

El mercado de flores

La costa belga, ¿conocéis? 65 km de playas que dan al Mar del Norte, a la salida del canal, del Canal de la Mancha, que separa Europa de Inglaterra. El país no es muy grande, así que es normal que el contacto con el mar sea bastante limitado. Son playas bastante grandes cuando hay marea baja, lo que permite organizar fácilmente juegos de pelotas o bolas. En el lado hacia Francia, se practica también el carro a velas. Lo habéis entendido, parece un velero, pero el barco es sustituido por un carro ligero cuyas ruedas corren fácilmente sobre las grandes extensiones de arena endurecida. Cuando el mar sube, cubre rápidamente esta llanura y se detiene en los montículos que se han creado para retenerla naturalmente, son las dunas que se levantaban, aglomerando plantas arbustivas para agarrarse mejor al terreno.

En la Edad Media el mar llegaba al puerto de Brujas, luego con el tiempo se fue retirando, dejando tras de sí una muy apreciada campiña. Pero hoy, por desgracia, una gran parte de las dunas ha sido sustituidas por edificios verticales con apartamentos. El turismo de masas se ha apoderado de esta joya natural y sus tradiciones. ¿Qué belga no iba «al mar» durante sus vacaciones? O mejor aún no poseía como segunda residencia una villa o un apartamento cuya ventana permitía contemplar un mar agitado que se lanzaba al asalto del dique que bordeaba la playa con olas de 10 metros de altura.

Los museos eran numerosos, los parques naturales también, la reconstitución de actividades del pasado como la pesca de gambas con caballos de tiro que entraban en el mar, campos de golf, escuelas de caballos, y por supuesto la pesca y la gastronomía que lo acompaña.

¿Quién no se ha permitido las delicias incomparables que se encontraban «al mar«? Me bastará citar las cazuelas de mejillones con patatas fritas, los lenguados y las ensaladas de camarones. Me refiero por supuesto a los camarones grises, que se pueden comprar en el puerto directamente apenas los asan, en un cono y que después había que pelar uno por uno. Y no olvidemos los gofres con crema, los crepes y el helado, por supuesto.

Sí, es del paraíso terrenal del que os hablo. 

Sin embargo, no he terminado, todavía tengo que hablar del mercado de flores. No el de las verdaderas flores que por supuesto existe como en todas las ciudades.

«Al mar«, en las playas se encuentra también un mercado de flores …

Los niños y sobre todo las niñas cavan un agujero en la arena y delante hacen una puesto donde plantan las flores que su madre les ayudó a confeccionar. Son pequeñas flores hechas a mano con papel crepé y otros objetos útiles. A menudo han preparado todas sus ofertas, en casa durante el año. Y puedo asegurar que he visto puras maravillas, y por supuesto las vendían muy caras. Sí, es cierto, vendíamos y comprábamos con pequeñas conchas, difíciles de encontrar. Se llaman «Cuchillos» y cada uno se las guarda de un año a otro.   

No lo creeréis, pero esta hermosa tradición todavía existe. Una maravilla, espero que sea imperecedera.


Jean Claude Fonder

El protocolo

Por aquella época estaba tan agobiado, que alquilar un bungaló cerca de la playa me pareció la mejor idea para desconectar de mis malos rollos. Sin embargo, uno no puede estar en todo y tal ocurrencia a punto estuvo de llegar a ser la mayor metedura de pata de mi vida. 

Fuera como fuese, aquel mismo sábado antes del amanecer, ya tenía colocado el equipaje en el coche, y mientras el motor rugía, devorando kilómetros a toda pastilla, yo por mi parte no dejaba de canturrear pensando en el maravilloso fin de semana que tenía por delante. O al menos eso era lo que creía hasta que me encontré con aquel chico.

 El encuentro con un extraño y desaliñado muchacho sentado sobre un pequeño tocón al borde de la carretera, con los brazos rodeando sus rodillas flexionadas y los ojos clavados en el horizonte, fue una señal.

Detuve el coche, simplemente con la intención de preguntarle si estaba en el camino correcto, pero ignorando la pregunta me disparó una letanía sin tan siquiera mirarme:

—Hay algo en esa playa. Se que algo se oculta bajo la arena, pero no le puedo decir qué. No lo conozco. Nunca lo he visto. Tan sólo lo presiento.

Por un momento desvíe la vista hacia donde el chico miraba con tanta insistencia, y luego volví a fijar los ojos en él.

— No camines nunca sobre la parte húmeda —continuó—. Intenta mantenerte alejado de las olas. También ahí se esconde un peligro. Lo huelo. Se arrastra y te acecha. En silencio espera su oportunidad. 

Por un segundo me miró a los ojos como para asegurarse que lo estaba escuchando, y reiteró antes de apartar nuevamente la vista:

— Nunca se lo permitas. No bajes la guardia. Sobre todo, no dejes que te pruebe. Si lo hiciera ya no tendrás escapatoria. Yo estoy aquí para vigilarlo, pero no puedo estar así todo el día. A veces me quedo dormido. Entonces no puedo avisar. Eso siempre acecha y nunca duerme. Es su ventaja. Nunca descansa. Solo tiene que esperar su momento.

Alcancé a darle las gracias casi en un susurro antes de volver al coche. Luego, miré una vez más en dirección a la playa y recuerdo que sentí un pequeño escalofrío, pero reaccioné sacudiendo la cabeza y sonreí. En todas partes hay locos —pensé, en tanto metía la primera y apretaba el acelerador. Ya conseguiría dar con la casita por mi cuenta.

Mientras conducía, recordé todas esas historias leídas en libros o vistas en la televisión, en las que el protagonista en contra de cualquier lógica hacía caso omiso del sentido común y subía a un desván húmedo, o bajaba a un sótano oscuro, o se metía por un callejón solitario, lugares donde indefectiblemente siempre le estaba esperando el peligro. Lo de la playa me sonaba a todo eso. Concluí que quizá lo más acertado fuera aplicar el protocolo de supervivencia, y sin pensarlo dos veces, en la primera oportunidad, di la vuelta de regreso a casa. Ya iría a otra playa cualquier otro día.


Sergio Ruiz Afonso.

La playa desierta

Como cada tarde, cuando estaba de vacaciones, a Rocío le gustaba dar un paseo por la playa que estaba casi desierta, de no ser por algunas personas que practicaban con sus tablas de vela. No era un lugar al que la gente viniera; estaba demasiado lejos de cualquier camino, lejos de los establecimientos balnearios, y las numerosas ramas y trozos de árboles traídos por el mar le daban un aire melancólico que ahuyentaba a los turistas. También la reserva natural que costeaba la playa estaba desierta. El sol se ponía sobre la arena dorada y Rocío caminaba por la orilla, sintiendo la caricia tibia del agua cada vez que una ola tímida se deshacía a sus pies. Llevaba un vestido blanco, sencillo, que se agitaba con la brisa salina. No había nadie más en aquel tramo de playa; solo el cielo infinito, las gaviotas trazando círculos perezosos y el rumor constante, hipnótico, del oleaje. No era la playa llena de familias con niños, de sombrillas, donde en su infancia veraneaba con sus padres, donde construía castillos de arena que el mar borraba al anochecer, donde coleccionaba conchas que le parecían tesoros y creía que el horizonte era el fin del mundo. Ahora, aquel mundo   había desaparecido, y ella venía buscando, sin saberlo del todo, un poco de aquel fin. Se sentó sobre la toalla, hundiendo los dedos en la arena. Cerró los ojos y respiró hondo. El aire olía a sal, a algas y a infinito. De su bolso de lona sacó un objeto pequeño y desgastado: una caracola blanca, casi translúcida. La había encontrado en la playa cuando tenía ocho años. Su padre le dijo que, si se la pegaba al oído, podría escuchar el latido del mar. Ella lo creyó, y durante años, aquel sonido imaginario fue su canción de cuna. Ahora, se la acercó al oído. No escuchó el latido, sino el silbido del viento y el eco lejano de risas infantiles que ya no existían. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios. La caracola era el último vínculo material con aquella felicidad simple y despreocupada. Entonces, se levantó. Caminó hasta donde el agua le cubría los tobillos y, con un movimiento suave, lanzó la caracola mar adentro. La vio girar un instante, brillar bajo el sol de la tarde, antes de hundirse en el agua. No sintió vacío, sino una paz extraña y ligera. Como si hubiera devuelto algo que nunca le había pertenecido del todo, sino que solo se lo había prestado el mar durante un tiempo. Rocío dio media vuelta y empezó a caminar de regreso por la playa, dejando atrás una hilera de huellas que el agua se encargaría de borrar. No miraba atrás. Sabía que el mar guardaba sus secretos, y que algunos, como los recuerdos más queridos, nunca se pierden; solo cambian de forma. El sol comenzaba a descender, pintando el cielo de naranja y púrpura, y ella siguió caminando por la playa, esa playa que tanto le gustaba porque allí encontraba trozos de madera y restos de árboles traídos por el mar. Con algunos de ellos alguien había construido una especie de cabaña. Uno de esos trozos de árbol estaba echado allí. Yacía en la playa donde se había acabado su viaje, Sus ramas, retorcidas y desnudas, se extendían como dedos huesudos. Rocío se acercó, se sentó en la arena, apoyada contra el tronco muerto, acarició la corteza alisada y blanqueada, pero aún un poco áspera, sintiendo la vida que latía dentro, tenaz y resistente. Había algo profundamente melancólico en ese árbol, algo que resonaba dentro de ella. En el silencio, encontró una paz que no había sentido en años. La playa desierta y ese árbol acostumbrado a su nueva situación, le recordaron que incluso en la soledad y el fin, hay una belleza extraña y serena.


Raffaella Bolletti

La Playa lejana y la escuela vacía

En puerto Montt, al sur de Chile, allí donde el continente se sumerge en el mar, cerca de la playa de Pelluco, cerca de la playa embarcadero de la isla de Tenglo... allá existía un pedazo de tierra vacío, desocupado... se llamaba Pampa Irigoin.
El 9 de marzo de 1969 ese lugar cercano a la playa fue ocupado por pobladores sin casa. Lo ocuparon para construir algo donde vivir con sus niños y sus familias.
El ministro del interior de la época ordenó su desalojo. Carabineros recibieron la orden de cargar y disparar.
9 fueron los muertos y un bebé ahogado por las bombas lacrimógenas...
Los ecos de la matanza corrieron en todo el país... la conciencia de los estudiantes nos llevó a actuar.
Sí. Entonces yo estudiaba ciencias políticas en la Universidad de Chile, en Santiago, lejos de la playa, a 1000 kilómetros de Pampa Irigoin.
La escuela de Ciencias Políticas se situaba entonces en una antigua mansión en pleno centro de Santiago, en el cruce de dos calles importantes, no lejos del congreso y rodeada de mansiones similares más o menos de la misma altura.
El 19 de agosto de 1969 los estudiantes del país proclamamos una huelga general con ocupación de universidades y bloqueo de las calles exigiendo la destitución del ministro culpable de la masacre.
Ocupamos entonces la Escuela de Ciencias Políticas y bloqueamos el tráfico de las calles adyacentes.
La calle más importante, delante de la gran puerta de la escuela fue rápidamente bloqueada y se cortó el tráfico por esa arteria.
Recorriendo las salas de clases descubrí de repente una cantidad de botellas...
¿Qué es? Pregunté.
— Son molotov.
— Molotov?
— Si son bombas molotov, botellas repletas de bencina o alcohol y con un mecha. Se prende la mecha y se lanzan... al caer el vidrio se rompe y el líquido se inflama...
Rápidamente llegó la información de que no lejos los estudiantes habían incendiado un bus de los carabineros arrojándole molotov ...
Pero por la otra calle, donde solo había una puerta de servicio, no había barricada... el tráfico podía pasar.
Entonces dije que había que formar una barricada y bloquear esa calle también.
Partí seguido por estudiantes de liceo que se habían agregado a la protesta.
Formamos una cadena.
No vi cuando los carabineros cargaron a nuestras espaldas... los estudiantes de liceo escaparon a toda carrera, quedamos solo uno de secundaria y yo.
No había donde refugiarse.
Vi que al otro lo cogía un carabinero y sentí que me agarraban firme por detrás.
Desde el techo de la escuela una voz:
— Si no los sueltan lanzamos las molotov
Entonces el carabinero que me tenía cogido desenfundó su revolver y lo apoyó en mi nuca
— Si tiran el primero que cae es este.
Yo pensé que no iba a disparar, que agravaría el conflicto político...claro, yo pensé como podría haber razonado el ministro, pero detrás, con un revolver en mi cabeza, había solo un cabo de carabineros y no el ministro...
Aparecieron unas molotov en el techo...
De pronto llegó la orden de evacuar y la patrulla se puso a correr en dirección de sus buses.
Nos llevaban al muchacho y a mí de escudos...
Si nos subían al bus... sabíamos que allí era la paliza sin testigos. Había que liberarse antes, pero ¿cómo?
Vi que de repente el muchacho tropezó y cayó... el carabinero que lo tenía lo dejó botado y siguió corriendo.
Entonces, me dije, si me chanto me larga... o...
— O me suelta o me dispara...
— Somos los últimos...
— Me arriesgo.
Y me planté...
Bueno, uffff,
¡No! Detrás venía otro más.
También siguió corriendo sin preocuparse de mí.
Vi que el estudiante siguió cojeando y desapareció.
Quedé solo en la calle desierta.

Me fui a la puerta secundaria de la escuela... golpée...
Golpée más.
De repente se entreabrió la puerta. Entré….
Dentro, vi que todos lloraban.
Pronto entendí por qué.
Por razones legales los carabineros no podían forzar la entrada a locales universitarios, pero...
Pero nos bañaron con bombas lacrimógenas...
Era casi imposible respirar.
Pronto entendí por qué.
Tirarse al suelo, mojar un pañuelo con orina y ponérselo en la nariz, o con bicarbonato...
Había que resistir. Llorar, pero no salir. La escuela debía estar ocupada hasta que llegara la consigna de retirarse.

¿Retirarse? ¿Salir? ¿Cómo?

Al anochecer, cuando las lacrimógenas se habían calmado se organizó una reunión con un importante diputado socialista.
¿Cómo entró? Por la puerta grande imposible.
Por la puerta chica... pero ¿quién iba a abrir?

Entonces el diputado tomo la palabra y nos explicó que debíamos desocupar la escuela y dejar a los carabineros custodiando un edificio vacío.

Me dije.
Excelente, pero ¡cómo salir!

El diputado dijo:
Hay que salir por el techo
Por el techo hay que pasar a la casa de al lado. Los techos están al mismo nivel.
La casa del lado no es una casa, es un hotel parejero. Vienen parejas, arriendan una pieza y luego se van.
No se olviden. Este hotel está al lado derecho de la entrada principal de la escuela. Salen en parejas y toman a la derecha y se alejan de la escuela.
Mañana haremos público que el ministro hace custodiar casas vacías. Quedará en ridículo...

Subí al techo y esperé mi turno.
Cuando llegó no quedaba ni una compañera.
Voy a tener que salir solo. Va a ser poco creíble...
Entré al hotel por una ventana en el techo, bajé piso por piso hasta la puerta de entrada ... salí pensando que salir solo era un riesgo.

Y preocupado por ir solo, al salir tomé a la izquierda.... a la izquierda y no a la derecha como previsto!
¡Mierda! Cuando me di cuenta era tarde. Estaba justo en la entrada de la escuela delante del carabinero de guardia.
¿Qué hacer? El carabinero me miró fijo.
Entonces dije:
— ¿Qué pasa? ¿No se puede entrar a la escuela de ciencias políticas?
— No señor. Ni entrar ni salir
Respondió el carabinero de guardia.
— Entendido — dije
— Ni entrar ni salir.
¡Y me fui rápidamente dejando atrás al carabinero custodiando la escuela de ciencias políticas ... vacía!
...
Los hechos ocurridos cerca de una playa de Puerto Montt no solo han tenido un eco a 1000 kilómetros de distancia, también siguen resonando lejos en el tiempo...
A mis casi 80, viviendo exilios y derrotas, sigo creyendo, como a mis 21 años, que todos tenemos derecho a educación, a comer, a la salud y a una vivienda digna.
El eco de una playa lejana sigue rebotando hasta hoy día.

PS.
El gobierno de Salvador Allende entregó viviendas a esos pobladores y en lo que fue Pampa Irigoin se alza un monumento que recuerda lo sucedido cerca de la playa de Puerto Montt.


Patricio Vial

Melissa

F. y yo llegamos al puerto del Pireo a media mañana. Cuando nos indicaron el ferry que nos llevaría a nuestra isla, nos quedamos un poco sorprendidos puesto que, sin duda, era el más viejo de todos los que estaban atracados. La pintura agrietada, las partes de hierro un poco oxidadas... pero desprendía un aire solemne de lobo de mar.

Con nosotros subieron unos pocos turistas y algunos griegos que bajaban en cada parada del ferry en la ruta de las pequeñas Cícladas. Cuando nos avisaron de que la siguiente isla sería Koufonissi, nuestro destino, nos asomamos a la cubierta y de pronto nos dimos cuenta de que se trataba de un lugar especial.

En el pequeño puerto flotaban barquitas de colores que parecían suspendidas en el aire, tan blanca era la arena y tan clara el agua del mar. Bajamos solo nosotros y una familia griega que nos indicó la taberna "Melissa", la única de la isla. El sol era fuerte pero el aire era fresco, acariciado por una ligera brisa.

Subimos unos pocos escalones y entramos bajo un cenador de cañas. Había una docena de mesitas de madera pintadas de azul con sillas de paja también pintadas de azul, sobre dos de las cuales dormían plácidamente dos grandes gatos.

Llamamos a la puerta que estaba abierta. A nuestro alrededor solo había silencio y el ligero ronquido de uno de los gatos. Esperamos un poco. Entonces apareció un hombre de unos sesenta años, con un aspecto tan griego que habría hecho palidecer a Zorba. Era Antonio Mavros, el dueño de Melissa. Pareció feliz cuando supo que éramos italianos y, hablando en un discreto italiano, nos indicó nuestra habitación.

—¡La cena es a las seis! — dijo, y se marchó.

La habitación, pintada de blanco, tenía una pequeña ventana que daba a un huerto donde paseaban gordas gallinas. Una cama, una cómoda blanca, un trípode de madera donde flotaban perchas de alambre, una cortina de plástico que cerraba el baño. Nos pareció perfecto.

Así empezó nuestro descubrimiento de las pequeñas calas que rodeaban la isla. A menudo estábamos solos, a veces con alguna pareja con la que inventábamos diálogos en idiomas improbables. Arena como talco y mar de agua de fuente. Cuerpos desnudos e inocentes se dejaban acariciar por el soplo del Meltemi.

Por la noche la cena era muy sencilla. Pescado a la brasa, verduras, frutas, Rezina (vino blanco resinado) y Uzo (licor con sabor a anís). A veces Antonio se acercaba a nuestra mesa y nos hablaba de guerra y de los simpáticos y torpes invasores, y siempre concluía diciendo: ¡una raza, una faccia!

Fue el verano más bonito de nuestra vida. En esa isla perfecta recuperamos las ganas de amarnos que creíamos perdida.

Pero esta es otra historia.

Iris Menegoz

Playa

Playa es una palabra mágica para mí, inmediatamente veo la chica que caminaba por la orilla del mar con esa arena suave que se pega por todas partes, eso no me molestaba, de hecho me gustaba sentirla sobre mí, de vez en cuando me metía al agua y luego salía a recoger las conchas y pequeñas piedras de colores con las que llenaba muchos frascos para llevarlos a Milán, eso me bastaba para ser feliz.

De pequeña con mi familia íbamos al mar todo agosto, a mi papá le encantaba nadar, había aprendido en el naviglio y hacía competiciones.

Tomábamos el autobús porque no teníamos coche y cuando llegábamos íbamos corriendo a la playa a saludar a todos nuestros amigos con quienes nos encontrábamos cada verano, los niños nos íbamos corriendo al agua, mientras los adultos contaban las novedades del año anterior.

Recuerdo los juegos en la playa y el olor de la focaccia a media mañana y todo el tiempo pasado en el agua clara nadando con los pececitos alrededor de nuestras piernas.

Luego llegó la adolescencia, nuestros juegos siguieron siendo bastante sencillos, no éramos muy exigentes. A menudo andábamos hasta una isla que parecía cercana, pero cuando teníamos que remar nos dábamos cuenta de los lejos que estaba. Estaba prohibido ir a la isla, pero nos gustaba porque el agua era clara, de un maravilloso color verde, los niños casi todos locales se metían en el agua para atrapar pulpos tirándolos a la barca sobre nuestros pies para fastidiarnos y nosotros simulábamos gritar, era más o menos así siempre, lo importante era estar todos juntos.

Por la noche seguíamos paseando por la playa, el agua parecía más cálida y con la luz de la luna mirábamos los reflejos en el mar. Sin embargo, teníamos que volver a casa a las diez así que la noche terminaba temprano.

Empezamos a enamorarnos, recuerdo un chico alto y rubio que me gustaba muchísimo y con el que me besé un poco, pero pronto se acabó, como las vacaciones.

Esa tapa feliz de mi vida terminó con el fin de la escuela, todo cambió, algunos empezaron a trabajar y a ir de vacaciones en diferentes épocas y a otros lugares.

Siempre me ha encantado el mar y nunca he dejado de ir cada verano, he visto playas hermosas, pero a menudo pienso con nostalgia en ese período mágico, en la despreocupación que ya no he podido experimentar y en aquellos que amaba que ya no están con nosotros.

Leda Negri

Mi playa de Las Canteras

Ella llevaba la mochila con las toallas de una esquina a la otra de la avenida y yo las tablas de surf. Éramos un hilo de un mismo tejido, unidos por nuestras manos, los sombreros ondeaban al viento. Nos reíamos porque estábamos cerca. Caminábamos sobre la arena seca y caliente hasta el mar con nuestras tablas. Sintiendo cómo cada uno de nuestros pies dejaba una huella efímera.
Ya, sobre el agua esperando la ola; la serenidad y el silencio del mar roto de vez en cuando por el graznido de una gaviota nos hacía sentir esa conexión con todo lo que existe. Estábamos bajo la cúpula del universo percibiendo el tiempo infinito y sintiendo que existe la probabilidad matemática de que nos hayamos encontrado antes y que nos encontremos después.
Tengo la certeza que, en este mundo infinito, los seres finitos y sus átomos se reconocen.

 Eso nos pasó.


Blanca Quesada

La Danza

Dernier tondo à Paris – Alechinsky 2009

Baile de graduación

Faltaba poco más de un mes para la fiesta de graduación. El día más importante del año. Después del acto de la entrega de diplomas, se llevaría a cabo la celebración del baile de fin de curso. El broche de oro que todos los chicos y chicas estaban esperando y que sellaría su adolescencia con una chispa de magia. Desde casi el inicio del último trimestre, Eliza, o, mejor dicho, la madre de Eliza había estado devorando revistas de moda, eligiendo telas y, cose que te cose, pendiente de hasta el más mínimo detalle. Todo para que su hija fuera la más bella del baile. O al menos para que así se sintiera. A sus diecisiete años sería el primer baile de gala del que iba a disfrutar y quería que lo recordara toda la vida. Todavía se acordaba de cómo había sido el suyo. Maravilloso. Admirada y disputada por todos los chicos. Eliza no podía ser menos. La hizo probarse el mismo vestido una y otra vez, hasta que le pareció que le quedaba perfecto.  

Finalmente, el momento llegó y en efecto, la entrada de Eliza en el salón luciendo un elegante vestido de satén color esmeralda y unos deslumbrantes zapatos de tacón de aguja, adornados con lentejuelas en oro, plata y azul que brillaban bajo las luces, fue espectacular. Las miradas de los jóvenes se volvieron hacia ella y por un instante, se sintió el centro del mundo.  En cuanto la música inició sus primeros compases, Eliza se encaminó hacia la pista de la mano de su galán, su compañero de clase y amor platónico. Él la tomó por la cintura y comenzaron a girar y girar, pareciendo que todo iba a desarrollarse según lo previsto.

Pero el destino tenía otros planes. En medio de un giro un tanto arriesgado, resonó un crujido: el fino tacón de uno de sus zapatos se partió y Eliza cayó al suelo. El mundo pareció quedar congelado a su alrededor. Por un momento las lágrimas parecieron ir a brotar de sus ojos, pero antes de que la angustia pudiera consumirla, su pareja se agachó, le tendió una mano con una sonrisa cálida, la ayudó a descalzarse de su otro zapato y a continuación se descalzó también él de los suyos.

¿Lista para continuar? — preguntó con una sonrisa, mientras la ayudaba a incorporarse.

Eliza sintió que aquel pequeño gesto transformaba su vergüenza en una situación de divertida complicidad. Y juntos, como si nada hubiera ocurrido, comenzaron a bailar de nuevo, esta vez descalzos, libres de expectativas. En ese instante, Eliza, supo que aquel baile sería mucho más que un bello recuerdo y que habría de durar toda la vida


Sergio Ruiz Afonso.

Étoile

Bailaba y sonreía.

Y sangraba.

Se entrenaba todos los días, sin descanso. Bailaba durante horas, repitiendo los mismos pasos una y otra vez, hasta que el dolor dejaba de ser un aviso y se volvía costumbre. Continuaba incluso cuando la sangre empapaba las zapatillas, incluso cuando los pies ardían y temblaban. Parar no era una opción.

En el escenario, la danza la hacía parecer ligera, casi feliz. El público veía música hecha cuerpo, belleza sin esfuerzo. No veía el trabajo infinito, ni las noches de hielo y vendas, ni los pies que ya no podían descansar.

Sus pies habían quedado deformes: dedos torcidos, huesos alterados, cicatrices profundas. Eran feos, castigados, irreconocibles. Eran el suelo verdadero de la danza, el lugar donde nacía el dolor que hacía posible la gracia.

Sonreía para no gritar. Sonreía porque la belleza exige silencio. Cada aplauso cubría una herida, cada paso perfecto nacía de una carne rota. La danza pedía todo: tiempo, cuerpo, vida. Y ella lo entregaba sin medida.

Arriba, la luz.

Abajo, la sombra.

Cuando el cuerpo ya no respondió, la música siguió sin ella. El público aplaudió a otra bailarina. Sus pies quedaron quietos, deformes para siempre.

Sus pies, inmóviles, guardaron la verdad: que lo que el público ama nace de lo que no quiere ver.


Graziella Boffini

La Danza

La danza no es solo la que se ve en el teatro como forma de arte. Su teatro también es la vida misma, y a cada paso, le corresponde una coreografía diferente. La danza es algo que se desarrolla ante mis ojos cada vez que tengo la oportunidad de observar atentamente lo que pasa a mi alrededor. Por ejemplo, me acuerdo de que, cuando de niña veraneaba en la casa de campo de mis abuelos, al observar las abejas que zumbaban cerca de un manzano en flor, dejaba de ver insectos y me imaginaba bailarinas de rayas doradas, trazando curvas en el aire, rozando cada pétalo con delicadeza. O bien, en otras ocasiones, mirando hacia arriba, veía cómo el cielo comenzaba a moverse. No eran nubes, sino algo más: grupos de estorninos, miles de ellos, girando y girando en una danza perfecta, formando figuras que se deshacían y volvían a unirse en un instante. El sonido era un susurro gigante, el batir de miles de alas que se movían al unísono. No había líder, pero todos se movían como uno solo, un organismo vivo pintando trazos sobre el crepúsculo anaranjado. Yo solo era una testigo de este espectáculo y, por suerte o por casualidad, estaba allí para verlo. Luego la danza se apagaba tan rápido como había empezado, disolviéndose hacia el horizonte, dejando solo el silencio. Me acuerdo de que se lo conté a mi abuelo y el me respondió que, siendo una niña que vivía en la ciudad, no tenía muchas oportunidades de dar con la naturaleza. Ahora, que paso mis vacaciones en una casa frente al mar, me encanta observar el cielo con mi telescopio desde la terraza. Las estrellas ya no son puntos distantes, sino faros cercanos. No sé lo que voy buscando en el cielo. Tal vez busco una luz que te represente, tal vez un planeta o una estrella o algo danzante, puesto que tú amabas bailar. Entonces yo también me imagino danzar entre ellas, y a veces me parece que las estrellas aparecen y luego se esconden; lo mismo hacen las constelaciones, y a menudo hay una esfera plateada que se mueve en silencio, haciéndome participar en una danza onírica trazando arabescos luminosos en el cielo obscuro, como en un baile sin música, solo se oye el sonido del viento, el murmullo de las olas del mar y el latir de mi corazón.

Ahora imagino que tú estás allá arriba, porque siempre hay lugar para uno más que quiera danzar.


Raffaella Bolletti

La Danza

Ese año, yo tenía 16 años, mi madre acababa de inscribirme en una clase de baile. Estábamos en 1959, época en la que la danza todavía formalizaba las relaciones entre los sexos. Los años sesenta iban a cambiar brutalmente todo esto, pero no lo sabíamos todavía y, de todas formas, ser un buen bailarín era siempre una baza fundamental entre las cualidades de un joven seductor. Pero unos años más tarde, es gracias a un Slow de Charles Aznavour que conquisté a mi esposa. Ella siempre disfrutaría formando conmigo una formidable pareja de Jive, que entonces se llamaba Rock, y puedo decirles que, aunque todos bailaban Twist & shout de los Beatles, muy pocos fueron capaces como nosotros de bailar sobre el inolvidable Jailhouse rock de Elvis.

También hay que decir que mi esposa y yo, por supuesto, éramos aficionados, pero también apasionados de la danza contemporánea, en una palabra, que significaba todo en ese momento: Béjart. Habíamos visto una noche muy tarde en la TV, el bolero de Ravel, la interpretación única que la compañía de Béjart, El ballet del siglo XX, como se llamaba en Bruselas, realizó esa noche. Esta nos convenció, teníamos que ver este espectáculo. Yo trabajaba entonces en la capital y logramos ver, no el bolero sino lo que era una obra maestra indiscutible: La consagración de la primavera, de Stravinski.

La sala se llamaba Le Cirque royal, era en efecto un circo de invierno que la Monnaie, la ópera de Bruselas había confiado, para construir sus espectáculos, a Maurice Béjart. Solo los cuerpos de los bailarines ocupaban la escena circular y la coreografía del maestro sobre la música genial del compositor elaboraba maravillosamente el milagro de la naturaleza, los dos géneros masculino y femenino se enfrentaban, se reconocían y se unían para construir la arquitectura del futuro, la vida y el amor. Perdimos pocos espectáculos, los encontramos incluso en Milán, donde vivíamos entonces, cerca de Lausana donde la compañía se había trasladado.

La última vez que vimos a Béjart fue en Niza, donde se había organizado un espectáculo para conmemorar su carrera con motivo de un aniversario. El milagro funcionó, por supuesto, sobre todo porque se proyectó en presencia del maestro, la versión del Bolero, filmada por Lelouch, en el Arco del Triunfo de París y sobre todo bailada por Jorge Donn, el intérprete que finalmente Béjart eligió para formar una pareja que permitió al autor de unirse a su obra.


Jean Claude Fonder

La vida que da vueltas 

Desde pequeña soñaba con ser bailarina: los momentos que más disfrutaba eran los viernes por la tarde, al salir de la escuela y tener clases de Ballet; Nives siempre había sido burrita con el estudio, sin embargo, el fin de semana comenzaba con el pie derecho y esa pequeña recompensa.  

Era afortunada y no se podía quejar de su estilo de vida ni de las cosas que le pasaban y solo tenía un anhelo: convertirse en bailarina de La Scala de Milán. A menudo llevaba el larguísimo pelo recogido en un moño y se ponía pinzas para que no se soltara en todo el día. Peinaba su cabellera, hacía un moño y se remiraba en el espejo para que todo estuviera en orden.  

Todavía recuerda su asombro al ver el primer ballet clásico en dicho teatro de ópera: era El Cascanueces de Tchaikovsky. Todo era maravillosamente impecable: los bailarines se movían con delicadeza en el escenario, cada pieza diseñada para la ocasión, el vestuario majestuoso y la orquesta tocaba la obra entera para el disfrute de los espectadores. Nives era una niña, sin embargo, no pudo hacer otra cosa que tomar la firme decisión de querer seguir aquellos pasos; algún día deseaba montarse a ese escenario y hacer piruetas por doquier.  

Con el pasar del tiempo, Nives seguía enfocada en lo suyo, dejando a un lado la escuela y el estudio. Solo le interesaba la danza, inventar coreografías para bailar sola en su cuarto, comprar casetes y salir con tocacintas a todas partes. Eran los años del auge de las Spice Girls y de los Backstreet Boys: amaba los videoclips musicales para imitar las coreografías que salían y mezclarlas con las de Britney Spears, otra artista que le fascinaba.  

Muchos años después, frente a un cartel publicitario de un curso de cardio salsa y rueda de casino quiso probar también a mover sus primeros pasos caribeños; era lo opuesto a lo que tantos años le había costado aprender en el Ballet, ya que lo más complicado era soltarse, menear las caderas, los brazos y los pies al compás de la música antillana.  

La profesora de cardio salsa era precursora de lo que ahora se llama “zumba” o sea inventaba una coreografía por cada género musical del Caribe y alternaba las canciones: una salsa, una bachata, un reggaetón y un merengue. Nives, tan cuadriculada y enfocada en querer bailar en La Scala, al principio estaba perdida; en su mente no cabía algo tan “sencillo” como oscilar las caderas tal como si fuera Shakira. El profesor de salsa, en cambio, era cubanísimo hasta la médula, mezclaba el inglés y el francés, por lo tanto, ningún aprendiz entendía un carajo. Sus clases eran un fracaso, Nives se aburrió pronto y comenzó a mirar tutoriales para aprender a bailar sola. Estaba indecisa si prefería la salsa o la cumbia colombiana; por ende seguía en lo suyo.  

Desde hace casi un par de décadas Nives abandonó por completo la idea del ballet, tomó unos rumbos que nada tienen que ver con la danza, sin embargo, trata de incorporar el amor hacia el baile, el ritmo y la música con el trabajo que escogió. Está en esta disyuntiva: ¿lo estará consiguiendo o será su enésimo fiasco? ¿cómo se concilia su adorado Caribe con el trabajo?   

Un fin de semana soleado Nives se fue de excursión al Lago Maggiore para conocer los pueblecitos tan famosos que lo rodean. Ahí, solita, mientras caminaba tomando fotos a los hermosos paisajes, divisó al hombre más guapo jamás visto: Trygve un chico apuesto alto, flaco de ojos azules como el mar. Como indica su nombre en noruego significa “fiel y confiable”, así que para Nives fue un flechazo. Poco después del encuentro se casaron y ahora viven en un pequeño apartamento cerca del trabajo de ella. 


El sombrero de Carito

Llora en todos los idiomas

Luigi dice que la danza, el fútbol, el arte, la vida, es el ingenio de la gravedad en coordinación con el instante. Los cuerpos se apoyan en el aire y dentro de tu corazón está el alma de cada movimiento. Una carrera emocionante, un pase magistral y una parada casi imposible. Danzas y ríes con los protagonistas.

—Aunque sabes que vas a morir —comenta Fiorella—. Algunos sin haber vivido y con la despierta vanidad del juicio.

—Eres la alegría del jardín —le digo.

—Recuerda El cementerio de Los Inocentes en París—Me contesta.

—Si. Vamos a morir, lo sabemos. Lo inexorable existe —comenta Luigi—. Lo inevitable de la muerte y la igualdad de todos ante ella (memento mori) no nos para. Nuestro cuerpo compuesto de células microscópicas, no nos limita. Nos empuja a la crítica vacía, a seguir reflexionando sobre un mundo incongruente.

—Así es, Luigi. Nos creemos dioses.

—Quizás los que compartimos, como los deportistas, o los bailarines en cada pieza su cadencia y tiempo, seguimos una secuencia estructurada que da lugar a la magia como la de los treinta y dos giros continuos de Odile en El lago de los cisnes. 

Ese es el momento que llena tu corazón de alma. 

Y nada más existe. 

Emoción. 

Llora en todos los idiomas. 


Blanca Quesada

Los hombres que no saben bailar

El hecho de que haya muchos hombres que no sepan o no quieran bailar me parece una realidad indiscutible, como se dice en mi curso de baile popular.

Pero es verdad que en este asunto hay unas excepciones.

En este curso de danza, en el que yo participo desde unos treinta años, la mayoría somos mujeres. Eso no sería un gran problema si solo bailáramos en círculo o en fila sin necesidad de ponerse por parejas, pero lamentablemente hay muchas danzas en las que se baila sí todos juntos, pero hay el papel del hombre y el de la mujer, así que no queda más remedio que algunas mujeres bailen en el papel del hombre. De aquí surgían muchos problemas, porque durante este tipo de danza hay que cambiar continuamente de pareja y eso resultaba bastante difícil, porque no estaba claro para nadie quienes eran las verdaderas mujeres y quienes eran los “hombres”. Incluso pasaba alguna vez que, en medio de la confusión, una persona empezaba el baile en el papel de mujer y lo terminaba en el papel de hombre, sin necesidad de operarse ni de hacer terapias hormonales.

Así que nuestra profesora Marina encontró una solución: no podría ser que algunas mujeres se vistieran de hombre, a lo mejor dibujándose en la cara barba y bigote… así que nos llevó una serie de corbatas, que nos ponemos cuando tenemos hacer la parte de hombre. 

Así que se resolvió el problema, pero todavía es complicado cuando se bailan danzas de pareja. Es un horror, una vergüenza: las mujeres más espabiladas se apropian de los tres o cuatro hombres presentes y las demás tienen que conformarse con bailar abrazadas a otras mujeres. A mí eso me parece muy triste, porque me recuerda cuando era chica y veía muchas señoras bailando entre sí y pensaba que eran todas solteras, o divorciadas… Por eso, normalmente aprovecho el momento para ir al baño esperando que la sucesiva sea una danza de grupo.

En mi familia también hay casos de hombres que no saben – o no quieren – bailar.

Mi cuñado es el ejemplo perfecto. Cuando éramos jóvenes e íbamos a la discoteca, era muy fácil localizarlo incluso en medio de centenares de personas porque su cabeza era la única inmóvil entre todas. Después de la boda, aprovechando la fase del enamoramiento, mi hermana logró convencerlo para que se apuntaran a un curso de baile latinoamericano. Él fue y hasta consiguió aprender los pasos de memoria, pero bailaba como un trozo de madera, con la única diferencia de que un trozo de madera no te pisa los pies. Total, para librarse del curso de baile sin faltar a su promesa ni decepcionar a su mujer, mi cuñado no tuvo otra opción que dejarla embarazada y con eso terminó su torpe carrera de bailarín. 

Y ahora no puedo evitar hablar de mi marido.

Cuando nos conocimos, hace un millón de años, fuimos alguna vez a la discoteca con los amigos y tuve la oportunidad de ver que bailaba como Toni Manero en “La fiebre del sábado noche”: o sea, ocupaba el espacio que normalmente ocupan tres o cuatro personas, porque se movía mucho y agitaba los brazos como J. Travolta en la película, de modo que, si alguien se acercaba demasiado, corría el riesgo de recibir un manotazo. 

Hasta le pregunté si pagaba una entrada doble y si tenía un seguro contra los accidentes que podían pasarle durante el baile.

Pero lamentablemente eso no duró mucho. Pasada la edad de la discoteca empezamos juntos el curso de danza popular y la verdad es que aún allí bailaba bastante bien, pero después de un año o poco más se cansó y dejó de ir.

Me acompaña de vez en cuando a alguna fiesta, pero casi no baila, a pesar de que mis compañeras y yo intentamos convencerlo.

Entonces, voy sola: bailo a veces en el papel de mujer y a veces en el del hombre, me escondo en el baño cuando se hacen danzas de pareja, ¡o espero… ojalá alguna señora me invite a bailar! 


Silvia Zanetto

Nocturno friulano, 1950

Al cruzar el umbral del establo, nos recibe el aroma del heno, de la paja seca y el calor que desprenden las cuatro vacas gordas que rumian aburridas.
Sobre la vieja mesa de madera, el abuelo juega al solitario con una baraja de cartas de bordes desgastados y dorso obscuro y grasiento.
Junto al abuelo, la abuela teje. De vez en cuando se queda dormida y el trabajo se le cae en el regazo.
Sobre la mesa cuelga una bombilla cubierta de excrementos de moscas, alrededor de la cual bailan las polillas indiferentes a los humanos.
En dos sillas de paja, dos mujeres jóvenes sostienen en brazo dos niños que, envueltos en mantones de lana, duermen profundamente.
Sobre un montón de heno perfumado, dos nenas susurran secretos.
Faltan pocos citas para Navidad.
Las dos jóvenes mujeres recuerdan lo que leyeron en la última carta de sus hombres.
……Querida Anita, no estaré en Navidad. El viaje es demasiado caro.
Volveré en primavera. espero. Dale un beso a Tonina y Anna María.
Háblales de mí. A ti mi amor de siempre.
……Querida Margherita, esta Navidad tampoco estaremos juntos.
Dale un beso a Luca y Daniela. Os echo mucho de menos. Te quiero. Sé buena con los abuelos.
Todo está inmóvil y en silencio.
Solo las polillas, incansables, bailan alrededor de la bombilla.

Iris Menegoz

La rueda

Dernier tondo à Paris – Alechinsky 2009