Patahueso

La noche había comenzado a caer y gruesos nubarrones que cruzaban el cielo Corría el mes de marzo. En medio de un cielo festoneado de nubes grises, una enorme luna de gusano se elevaba sobre el horizonte iluminando el paisaje con su leve luz mortecina. En la lejanía, más allá del valle, destacando con majestad absoluta sobre el resto de los árboles, se recortaba la imponente silueta de Patahueso, un enorme y viejo castaño, de tronco rugoso y ramas increíblemente retorcidas que, al decir del vulgo, eran la representación misma del purgatorio. Se contaban muchas historias acerca del mismo, y al parecer el apelativo se lo   había ganado por el caprichoso aspecto de alguna de sus retorcidas raíces. Se le calculaba una existencia de más de doscientos años a lo largo de los cuales innumerables desgraciados habían terminado sus vidas pataleando tras ser colgados de sus ramas. De sus raíces, se contaba que estaban regadas con sangre de seres inocentes y que eran tan largas que se extendían más allá de los límites del bosque. Siempre me habían intrigado tan inquietantes leyendas y, esa misma noche, decidido a desentrañar el misterio, un poco después de la cena emprendí el camino hacia el bosque. Al principio andaba con paso decidido a pesar del barrizal, resultado de las últimas lluvias, pero a medida que me acercaba a la primera hilera de árboles me fui volviendo más cauto. Del interior del bosque comencé a percibir un inquietante murmullo. Avancé a través de los matorrales intentando hacer el menor ruido y en cuanto llegué al castaño, me agazapé detrás de una de sus gruesas raíces. Al otro lado, ahora con total claridad, se escuchaban risas y cánticos que despertaron aún más mi interés. Un grupo variopinto ya bailaba, ya saltaba en corro, mientras se iban despojando de sus andrajos hasta quedar completamente desnudos. Entre tanto, un poco más alejados, otros, rezaban una letanía ininteligible y bebían un extraño brebaje. Quedé tan hipnotizado por el espectáculo que no pude advertir como algo se aproximaba por mis espaldas hasta que ya fue demasiado tarde. Unos recios brazos que parecieron surgir de la nada se posaron sobre mis hombros haciendo inútil cualquier intento de fuga y cuando me quise dar cuenta estaba siendo absorbido por el viejo castaño y me había convertido en el centro del aquelarre. Me obligaron a beber el asqueroso brebaje y antes de perder el sentido, observé con horror como decenas de repugnantes gusanos, que pululaban por todas partes, me subían por lo pies y ya no pude ver más porque la cabeza me comenzó a dar vueltas. Cuando desperté, el bosque había recobrado su normal quietud. 

Y sólo puedo añadir que ahora yo, como tantos otros, formo parte de las rugosidades de Patahueso.

Algunas noches, siempre con luna crecida, se nos permite liberarnos para recobrar nuestra forma humana y entonces, hombres, mujeres y niños, arrastrados por un incontrolable frenesí, bailamos y saltamos durante horas antes de volver a caer desfallecidos. Y así será hasta la expiación de nuestros particulares pecados. En mi caso, por esa insana curiosidad que me empujaba, a veces de forma innecesaria, a buscar el peligro.


Sergio Ruiz Afonso.

Monet – Paseo Marítimo

Claude Monet (1840-1926) – Paseo en Trouville 1870

Balbec

Proust À l’ombre des jeunes filles en fleurs

Una bella pareja como tantas otras, se acercaba sobre la arena de un mar azul, pero con pequeñas olas blancas, ella llevaba un vestido con crinolina, se protegía con una sombrilla inmaculada; él, canotier en la cabeza, llevaba un pañuelo blanco sobre una chaqueta estival oscura. En los hoteles del dique, como verdaderos palacios, ondeaban las banderas de todos los países. En este comienzo de temporada, la brisa salada, algo de fuerte, transportaba un poco de arena para lastimar mejor mi cara ya bronceada.

Al final del paseo, distinguí por fin una pequeña hilera de muchachas que ondulaban ocupando todo el ancho de la acera. En el centro, como para dirigir la pequeña tropa, mi Albertina, de chaqueta azul sujeta por dos grandes botones blancos, empuja una bicicleta, con una amplia sonrisa. Desde aquí se oían sus pequeños gritos que surgían en medio de las cascadas de risas que estallaban a cada momento. Sin preocuparse por nadie, avanzaban decididamente obligando a los demás a contornearlas.

Pronto se me unieron, y se amontonaron a mi alrededor; cada una quería besarme, pero yo me retuve, quería abrazar primero a Albertina. 

Albertina, no lo sabía todavía, pero iba a tener un papel muy importante en mi libro. El libro de mi vida. En busca del tiempo perdido.

Estábamos en Balbec en Normandía, con mi abuela, pasábamos las vacaciones allí, y los recuerdos que guardé de ese período los he contado en un volumen que publiqué después de Por el camino de Swann, lo llamé A la sombra de las muchachas en flor.

Por supuesto que no me llamo Marcel, pero cuando veo el cuadro de Monet, Paseo en Trouville, solo puedo evocar la obra de Proust que me ha marcado tanto y que he releído tantas veces.

Quizás debería haberle contado lo que usted habría visto en Ostende sobre el dique como lo llamábamos cuando pasaba allí mis años de infancia.

El dique que domina la playa, en cierto punto es de 10 metros y está al mismo nivel en otro; es muy amplio y largo, muchos se pasean en cuistax, una especie de coche de 4, 6 e incluso 8 plazas donde cada pasajero está equipado con pedales. Por un lado, se domina una playa inmensa, sobre todo en marea baja, donde la arena dura es tan ancha que se pueden crear allí verdaderos campos de deporte; la arena fina está surcada con cortavientos para que los veraneantes que toman el sol casi sin ropa puedan hacerlo sin sufrir demasiado. Frente al dique, bordeado por restaurantes, bares, y sobre todo pastelerías que difunden impunemente el olor tentador de las crepes y los gofres, que gozan aquí de una merecida fama.

Encontraréis, por supuesto, una hilera de muchachas en flor, que estarán sin duda más desvestidas, pero no sé si seréis seducidos por sus encantos impresionistas y en vuestro sueño despierto oiréis la pequeña frase de Vinteuil.


Jean Claude Fonder

Paseo de verano

Camille mira lejos, muy lejos...el cielo, de un celeste sutil, sembrado de blancas nubes que parecen preñadas de luz, se pierde en la distancia. 
El mar, de un dulce azul tiende al morado cuando se acerca al horizonte.
Camille, cubierta por un quitasol que la protege del presente, fija su mirada lejos, muy lejos de ahora. Con calma, sus ojos miran más allá del ahora. Camille se interroga sobre el futuro. Es allí donde se fija su mirada.
¿Qué alcanza a ver Camille?
¿Tal vez distingue algún drone invisible para los otros paseantes o se interesa por alguna Inteligencia Artificial?
¿Alcanza a ver una IA capaz de crear un paseo de Monet un siglo después que el pintor abandonara playa y flores...?
A su lado un joven, tal vez es Oscar, tratando de ver lo que ella ve.
En el horizonte ella ve guerras donde los hombres se matan, unos dicen defender ideales, otros hacen negocios financiando armas y apoderándose de los despojos.
Nada nuevo, en todas las guerras ha sido así.
Pero...
Tal vez ella alcanza a ver el tiempo en que muchos hombres y mujeres silenciados por los poderosos, se unen, forman una cadena de manos entrelazadas y cambian el futuro. Tal vez ella alcanza a escuchar los versos de uno de ellos que dicen:

Soy nacionalista y patriota
Eso soy
Mi nación se llama Humanidad
Y mi patria, mi tierra
Es la Tierra
Toda la Tierra.

Oscar, mirándote a ti, paciente lector, agrega:
— ¿y por qué no? El futuro también depende de ti.


Patricio Vial

Mi paseo marítimo

Mi paseo marítimo

Aquel día que parece lejano tenía que contarte lo que pasó hace unos meses. Pero nunca hubiera pensado escribir aquella carta, ni me imaginé que a ello se llegara. Nada más leerla, te fuiste dejándome triste y absolutamente inútil, sin ninguna posibilidad de explicarme. De todas maneras, yo sé dónde has ido a refugiarte y, por lo tanto, desde hace unos días he venido aquí, a este lugar. Cada mañana al despertar, miro el mar y el cielo con sus diferentes azules perdiéndome en cada ola y en cada nube. Después de un rato salgo para dar un paseo por la playa esperando toparme contigo. Este paseo marítimo, a pesar de todos mis problemas, me transmite tranquilidad. El color del cielo medio nublado me hace pensar en tus ojos azules que parecían modificar el color al enfadarte o al ponerte triste. Estoy aquí, en la playa, siempre a la misma hora, no por casualidad, sino por desesperación y con la sensación de estar atrapado en una rutina. Tengo muchas preguntas, al igual que imagino las tienes tú, y necesito respuestas. Pero no sé si de verdad espero que algo ocurra, o que deje de ocurrir. Cada día espero a que la gente llegue al paseo marítimo deseando encontrarte. Hoy hay un viento suave que hace ondear las banderas de los hoteles, está el cielo medio nublado y el mar con pequeñas olas. Por fin en este momento, al mirar a las señoras con sus sombrillas, puedo verte; no estás lejos, estás en compañía de un hombre que creo haber visto antes; pareces feliz, hablas con él y sonríes. Claro está que no puedo oír tus palabras, apenas llegan las risas de los niños, el ruido de las olas lo cubre todo. Ahora lo entiendo, no quiero inculparte sin reconocer mínimamente mis propias culpas. Aquí hay aire, cielo, olas, arena fina, no quiero quedarme en la tiniebla que me rodea y que está llena de tu perfume, tengo que respirar, aprovechar, saborear este olor a mar, dejar que la sonrisa vuelva, ya no quiero explicarte nada. Me digo a mí mismo que no tengo que hacer preguntas, tengo que disfrutar de la vida porque sólo llega una vez. Pero yo soy así, condenado a observar, buscar, preguntar para comprender. Entonces mi corazón permanecerá aquí, mirando este maravilloso paseo marítimo y pensando en ti.


Raffaella Bolletti

La luz y yo

Yo: soy de oro y mil colores y reflejo la luz por cada una de mis aristas como el brillante más puro de la tierra. Porque si la vida quiso que mis vértices se volvieran romos, no permitió que la luz me abandonara, sino que la multiplicó para que yo siguiera entregándola.

La luz: soy el rayo que no cesa, el alma de las cosas. Todo eso soy y más aún, pues contigo comienzo el día y contigo lo acabo también, sólo que tú terminas cayendo en un sueño profundo que he aprendido a recoger como he recogido tus pasos, tus penas y alegrías para que no olvides que existo. Así sabrás recuperar el camino andado.

Yo: soy la cosecha tardía de una vida. No soy el Tempranillo de las viñas sino una uva moscatel calentada por un sol de otoño que da su mejor fruto, como una ofrenda postrera a la vida que fue y es. Soy mejor que los caldos exquisitos, mejor que los barriles de roble en los que han envejecido.

La luz: soy principio y fin, todo y nada, el alfa y el omega. Porque soy y no soy al mismo tiempo. Nací en los orígenes inmemoriales de la tierra y con ella fui una. Misterio de lo visible y lo invisible, soy la presencia que te envuelve y el vacío que sientes cuando, como la pluma, te dejas arrastrar por las tolvaneras de la vida. Pues soy gota y océano a la vez. 


Sylvia Navone

Me encanta pasear contigo

Estamos aquí, desmesuradamente lejanos, aunque parecemos una de las muchas parejas de vacaciones, andando por el Paseo Marítimo de la Playa de Trouville. Inevitablemente muda, yo me siento como si todas mis palabras no dichas ensordecieran en mi cabeza.

“Qué día maravilloso, ¿verdad?” me pregunta Nicolás. “¡Ha sido una buenísima idea venir aquí! Mira qué luz, y cuantos visitantes… ¡Es verdad que he elegido uno de los destinos vacacionales más de moda ahora!”

En cambio, yo tendría que pedirle perdón por una culpa que me destruye, y que al mismo tiempo no sé comprender… Pero, ¿cómo puedo hablarle de esto ahora? ¿Sería correcto destrozar su alegría, mientras mira el paseo marítimo y toda la serie de personas que se deslizan hasta el fondo, feliz de estar aquí, feliz de estar conmigo? Mi vestido blanco, igual a los de las otras mujeres, me parece como un disfraz de inocente, los parasoles y los sombreros blanquean todas nosotras, pero yo me siento una mujer vestida de rojo.

“¿Nos aproximamos a la playa, Francisca? Con tanta calidez y luminosidad, me encanta acercarme al mar, tan azul… ¡Y mira el reflejo del sol en el agua! Además, me encanta este cielo celeste. Las nubes se están yendo…”

Estamos en la playa, mirando la línea del horizonte, todos parecen felices, yo también lo parezco, aunque no lo soy. Es que yo no te quiero, Nicolas, nunca te he querido. Pero soy capaz de fingir, como logro parecer una de las turistas alegres, vestidas de blanco…

Mis palabras serían piedras, cuchillos, lamas envenenadas. Me dan miedo, me hacen sentir culpable…

“¿No estás bien, Francisca? ¿Estás tan silenciosa…Quieres volver a descansar en el hotel?”

“Pero, ¿Qué dices, marido mío?  Estoy bien, solo un poquito cansada… Además, estamos en un lugar maravilloso… ¡Me encanta pasear contigo!”


Silvia Zanetto

Un instante incrustado en el tiempo

Claude Monet peignant dans son atelier – Édouard Manet

Trouville

Normandía

Paseo

Hoy el protagonista es el viento; el sol se asoma entre las nubes; el mar es tan imprescindible como inalcanzable. Tan variado como inmutable.

Es un día hermoso y mucha gente pasea por la playa. Aparte de los veraneantes habituales, noto que hay un hombre extraño: de frondosa barba y con un caballete. Lo veo trastear con sus colores.

Pinta al aire libre, algo novedoso, mientras nosotros disfrutamos de nuestro tiempo.

Un instante detenido en el tiempo, eso es lo que intenta capturar.

Soy una parisina de vacaciones, elegantísima. Un blanquísimo parasol me resguarda de un sol impertinente, capaz de mancillar mi piel nívea como mi vestido y evita ese bronceado grosero que tan poco conviene a su delicadeza.

Un caballero me acompaña del brazo, quizás un amigo, un esposo o un pretendiente. Nunca lo sabrán.

Tú no sabes quién soy yo, pero en ese momento, en esta playa, fuimos felices.


Graziella Boffini

Era un puebla de mar

Vi el mar por primera vez a finales de los años 50.

Caorle era un pueblo de pescadores que tenía una historia muy antigua. Su campanario torcido databa del año 1.000. Dos largas playas de arena fina y clara se asomaban al mar Adriático.

El paseo marítimo no existía. Solo había una carretera con un muro bajo. Lugar ideal para pasar las tardes charlando hasta el anochecer. No había hoteles ni balnearios. Las pocas sombrillas en la playa eran de los turistas, generalmente alemanes.

Nuestra familia se alojaba en la casa de la señora Provisoria, una mujer gordita y siempre alegre. ¿Cuántos éramos? Una multitud de todas las edades y tamaños.

Pera hacer frente a las horas de calor, habíamos construido una gran cortina uniendo dos sábanas y fijándolas a la arena con estacas de madera.

Desde la distancia parecíamos una tribu Tuareg en medio del desierto.

Una característica típica de estas playas de arena fina era que, durante las horas de más calor, se podían notar extraños montículos bajo los cuales emergían inquietantes cabezas protegidas por sombreros de paja.

¡Eran los temerarios de los baños de arena!

Por supuesto no había cabañas, pero mi ingeniosa familia había construido una práctica y ecológica. Con una larga sábana cosida por un lado y una banda elástica que cerraba la parte superior, los adultos se metían y, demostrando una cierta habilidad acrobática, se cambiaban el traje de baño. Maniobra que no siempre tenía éxito despertando las risas de los espectadores.

La vida de los niños era libre y feliz. Cada día a las tres llegaba el hombre del carrito de helados cantando ¡10 liras por un ovillo! Algunas tardes íbamos a comer a los Casoni, construcciones de paja donde los pescadores guardaban sus herramientas. Pescado a la parrilla, polenta, vino y un acordeón.

Últimamente fui a Caorle. El casco antiguo es aún más bonito, las casas están todas pintadas de colores brillantes y llenas de flores. La llaman la pequeña Venecia y hoy en día es una linda ciudad costera moderna y ordenada como otras que tienen vistas al mar Adriático.

Solo su hermoso y torcido campanario la distingue de las demás.


Iris Menegoz

El secreto

William Adolphe Bouguereau – El secreto 1876

El bro

La noche había comenzado a caer y gruesos nubarrones que cruzaban el cielo amenazaban con enfangar aún más las ya de por si enlodadas calles del arrabal. Entre tanta basura se erigía como templo de aquella decadencia «El gato negro», un garito de mala muerte, de paredes desconchadas y luces mortecinas, que era la trinchera de los marginados de la ciudad y de todos aquellos que pretendían escapar de sus demonios a través de la bebida.

A pesar de lo relativamente temprano, el interior del local, que apestaba a vómitos de alcohol y sudor rancio, estaba casi vacío.

En un rincón del mismo, dos jovenzuelos en evidente estado de embriaguez estaban sentados a horcajadas junto a una mesa sobre la que aún se podían apreciar restos de comida y algunas botellas vacías. 

Se acababan de conocer, y a pesar de llevar tan sólo unas horas entre copas y cháchara, bromeaban sin reparos tal como si hubieran sido amigos de toda la vida.

En aquel preciso momento la conversación había tomado un giro de cierta trascendencia.

—Todos tenemos algún secreto —aseguró, luego de un largo trago, uno de ellos, a la vez que clavaba la mirada en su vaso.

Después, pareció concentrarse en apartar un mechón de su ensortijado cabello que le caía sobre la frente, para finalmente continuar:

—Y no es tarea fácil llegar a conocer la verdadera cara de las personas…

—Salvo cuando se está como una cuba, puntualizó el otro, algo menos borracho, adornando su rostro con media sonrisa de complicidad.  Las borracheras edifican amistades y funden corazones.

El primero asintió con la cabeza y añadió con voz emocionada mientras, en señal de camaradería, echaba el brazo por encima del hombro a su nuevo amigo:

—Contigo es como si te conociera de siempre.  Eres mi bro. Me caes bien, tío. 

El bro, lo miró entonces fijamente, y le pregunto:

—¿Te gustaría llegar a conocer mi yo más oscuro?

—¡Claro! —exclamó éste entre estruendosas risotadas provocadas por la bebida— ¡Entre nosotros ya no deben existir los secretos! 

– Bien -le respondió el Bro sin perder su gesto amable-, esta noche vas a conocer el mío.

Y al chico del cabello ensortijado se le cristalizó la mirada y se le congeló la risa cuando con un afilado estilete le atravesó el pecho.

Afuera había finalmente empezado a llover y hacía ya rato que había anochecido.


Sergio Ruiz Afonso.

El secreto de mi padre

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Era grande y ancho, su voz era grave, todo en él era impresionante. Cuando hablaba, su tono era definitivo, él decidía. Sin embargo, era amable con todos, nos escuchaba con benevolencia, con su ordenador hacía todo, lo dominaba todo. Él era el Padre.

Mi madre lo adoraba, pero lo criticaba, decía que era un hombre y que, si participaba en las tareas del hogar, siempre encontraba algo malo en lo que hacía. A pesar de estas pequeñas diferencias eran una pareja perfecta, tenían los mismos gustos artísticos, compartían las mismas ideas políticas y todo lo demás; nuestra madre aprobaba y apoyaba las decisiones que él tomaba.

Ella era pequeña y un poco gordita, pero un fular de Hermes atado alrededor del cuello le daba un cierto aire travieso; su sonrisa ancha y sus grandes ojos azules eran irresistibles. Su papel era importante en la casa, ella decidía todo en cuanto a estética, comida y vacaciones. Mi padre, sin embargo, se reservó una prerrogativa: había en medio del salón sobre una mesita una pequeña caja de caoba. Mi madre decía «No lo toques, es el secreto de tu padre». Era extraño porque en la casa no había prohibiciones, ni siquiera para mí, la pequeña. Apenas nací el hogar se formó. Era un matrimonio de tres personas, podríamos decir, tenía mis deberes, aunque tuviera que aprender, se me asignaba un papel que me parecía importante, nos gustaba vivir en una casa ordenada y, bueno, yo tenía que guardar los juguetes, por supuesto, pero también la vajilla, y las cosas de papá.

Poseía, pues, una pequeña caja de caoba colocada sobre la mesita del salón. Estaba cerrada con llave. No se podía abrir. Me moría por saber, era su secreto. El secreto de mi Padre. Mi madre no estaba curiosa, quizás lo sabía. Un día, cuando cumplí 18 años, no pude resistir y le pedí que abriera. Él me miró riendo y giró la llave. Dentro había otra caja, pequeña y de cuero esta vez. Había una pequeña tarjeta de visita, estaba escrito: «para abrir el 21 de agosto de 2025». Calculé que serían sus sesenta años de matrimonio.

Mi madre, por desgracia, murió antes de esa fecha, el 28 de marzo del mismo año. Mi padre, desesperado, rompió el sobre y abrió la caja.Brillaban en la habitación oscura: dos anillos de platino, uno pequeño y otro grande.


Jean Claude Fonder

El secreto del robot

Abrió una vez más la caja que contenía el secreto.

Dejó, una vez más, que su mente recordara la historia de la desaparición de la humanidad.

En la última de sus múltiples guerras entre humanos, algo anduvo mal, muy mal.

Unos dijeron defender grandes valores y los mandaron a morir por la libertad, la patria, la democracia…

Otros se disputaban tierras y negocios. En todas las guerras hay quienes creen defender valores, mientras otros se apropian de lo conquistado.

Una guerra más. Unos mueren y otros se enriquecen…

Está vez hubo una diferencia: el general que sentía próxima la derrota entregó el mando a una IA y el general que pensaba ganar, percibió la maniobra y entregó el mando a otra IA.

Ambas IA concluyeron llegar al ataque total y lanzaron el exterminio de todos los humanos.

Más tarde, la tierra fue poblada por robots.

R1, el robot, sabía que oculto dentro de un robot se escondía una semilla de ser humano capaz de recomponer la humanidad.

Para recomponer la humanidad era necesario encontrar al robot que contenía la semilla de humanidad.

R1 Sabía también que el secreto estaba en aquella caja que no cesaba de abrir y cerrar sin encontrar nada en su fondo negro.

R1 comprendió entonces que no encontraría jamás el secreto escondido en un sucio cajón vacío.

Entre los miles de robots, sólo uno de ellos llevaba oculto, sin saberlo él mismo, la semilla que podría reconstituir la humanidad. ¿Cómo encontrarlo?

R1 sintió la derrota. No podría jamás descubrir a ese único robot y sin descubrirlo ya no podría jamás reconstruirse la humanidad.

Abrió la caja, miró su fondo negro, cerró los ojos de robot y lloró lágrimas de robot.

Lloró largo tiempo con sus ojos cerrados.

Cuando abrió sus ojos, miró el fondo de la caja vacía, descubrió que sus lágrimas la habían limpiado. La caja ahora brillaba como un espejo.

En el fondo, ahora se reflejaba una imagen.

El espejo reflejaba la figura de un viejo en lágrimas. El anciano, desde el espejo dijo:

– Entre todos los robots se esconde uno que contiene la semilla, pero él lo ignora.

El viejo del espejo calló un largo rato. Luego agregó:

– Descubrirás al robot que lleva la semilla de humanidad oculta dentro de sí porque …

El anciano calló…luego concluyó:Él es el único robot capaz de llorar.


Patricio Vial

El secreto

Hace algunos meses.

Eran las cinco de una mañana de un verano de hace muchos años. Los pájaros ya habían comenzado su canto hacía un rato. La joven Rocío se levantó y salió de casa, vestida sólo con su pijama. Caminando despacio, cruzó el jardín por la verja y se adentró en el bosque. No fue una noche tranquila, había dormido sola, en el sofá. Después de una discusión con su pareja, Carlos, no era posible acostarse juntos. Siguió el camino que solía tomar para entrar en el bosque escuchando atentamente los sonidos de la naturaleza.

Como de costumbre, se sentó bajo el castaño, apoyó su espalda en el tronco, empezando a hablar dirigiéndose al árbol como hacía siempre que estaba triste. Fue entonces cuando apareció un hombre, tenía un rifle y una liebre. Se detuvo y le preguntó si estaba bien. Era un hombre desconocido, pero Rocío estaba lo bastante desesperada como para contárselo a él. Desesperada, Rocío le dijo que ya no era posible vivir con su marido y que quería abandonarlo. El hombre la tomó en sus brazos y la besó. Rocío llorando se dejó llevar e hizo el amor con el desconocido. Me llamo Jorge, dijo. Y se fue.

Yo soy el árbol.

Unos meses más tarde Rocío vino a sentarse a mis pies y apoyó su espalda en mi tronco, empezó a hablar dirigiéndose a mí. Se había quedado embarazada y su barriga era muy prominente. Era una tarde de mediados de agosto, sin luna, el cielo salpicado de innumerables estrellas. De vez en cuando una caía de la bóveda celeste como una lágrima caliente que corría por las mejillas de Rocío.

Parió sola, allí en el suelo, cerca de mis raíces.

Hoy, día 3 de abril de 2025

¡Ay! ¿Qué pasa? Tengo que moverme, estoy cansado de esta posición. No hay mucho espacio, estoy encerrado en este lugar lleno de algo que parece agua. Todo está oscuro. De vez en cuando doy patadas a ver si alguien me responde. Generalmente, después de patear, me parece que alguien me toca y me dice que me calme. No puedo. Oye, tú ahí fuera, trata de entenderme, soy un bebé, pero estoy muy nervioso y cansado de estar aquí, así que tengo que hacerme notar. Y empiezo a retorcerme tanto como puedo. ¡Dale! dejadme salir, por favor. Por fin llegó el día tan esperado. Después de un largo esfuerzo, ¡estoy fuera! Pero qué sitio tan extraño, que áspero y sin agua. Aprendo a respirar, tengo hambre y frío, alguien me envuelve en una especie de manta, me toma en sus brazos y me besa. Lloro y lloro. No paro de moverme. Una voz femenina, creo que es la de mi madre, dice que me llamo Jorge, como mi padre y soy un niño secreto y precioso. No sé qué significa, pero está bien.

Yo soy un castaño, llevo muchos años viviendo en este bosque y mi trabajo consiste en escuchar historias y guardar secretos. Especialmente el secreto de Rocío.


Raffaella Bolletti

El secreto

William Adolphe Bouguereau – El secreto 1876

Esa mochila invisible, con la que cargas desde que naciste. Esa mirada de extrañeza y lejano desarraigo de tu padre. Tus intuiciones en aquellos momentos en que tu madre se queda como absorta en un punto. Le ha dado un aire, piensas. Pero cuando se levanta y ves su camisa como salpicada de manchas que podrían ser de aceite y sus labios de boca grande, ávida, cubiertos de algo parecido al rocío, piensas lo contrario. En el brillo de sus ojos ves la tristeza clavada a martillo e imaginas que su corazón es un clavo. Te trata igual que a tus hermanos, pero a ti, te mira de otra manera. Eso te ha hecho más vulnerable. Como si todos esos ojos que te atisban fueran balas dispuestas a herirte de sangre. En el colegio tus compañeras, en corrillos al azar, se ríen de ti. Cuando juegas con ellas te dan la espalda. Por eso disfrutas cuando vas a misa los domingos. Eres la única que recibe la eucaristía con un guiño.


Sylvia Navone

La carta olvidada

Andrés está tranquilo en su casa: Elisa ha salido para llevar a Samuel a la guardería y él se está preparando para ir a la oficina. Acomoda los platos del desayuno en el lavavajillas y se dirige al baño para cepillarse los dientes. Mira el reloj y tiene tiempo de sobra para la reunión de las 9:30. Le gusta mucho la puntualidad.

A último segundo decide cambiar la corbata. La que tiene es demasiado vistosa y no es época de carnaval. Abre el armario y nota un sobre que sale del clóset de su esposa. Es un sobre normal, sin ninguna indicación. Decide abrirlo para descubrir qué es.

Querido Carlos,

Han pasado cuatro años desde aquella noche, y he guardado un secreto que ya no puedo ocultar: Samuel no es de Andrés, sino tuyo. Sé que esto te sorprenderá, pero en su momento, el miedo me paralizó y no supe cómo decirte la verdad.

He intentado olvidarlo, pero mi conciencia me atormenta cada día más. Siento que necesitas saberlo. 

Lamento el dolor que esto pueda causarte, pero ya no puedo seguir viviendo con este silencio.

Elisa.

Su mente se detiene, incapaz de procesar lo que acaba de leer. Siempre confió en Elisa y ha tratado de brindarle lo mejor del mundo para que ella pudiera criar al niño. Se ha roto el lomo trabajando y la recompensa es una puñalada en la espalda. Trata de mantener la calma, a pesar de lo difícil que es. No puede faltar a la reunión, entonces sale.

Mientras espera el ascensor llama a Elisa:

—Mi amor, ¿qué tal si almorzamos en el restaurante libanés que tanto te gusta? Está cerca de mi oficina. — pregunta tratando de ocultar su enojo. (¿Lo habrá conseguido?)

—¡Claro que sí, cariño! — responde contenta.

—Bueno, entonces llama y reserva una mesa para las 3. ¡Muchas gracias!

—¡Está bien! Nos vemos ahí adelante. — y cuelga.

Se pasa la mañana pensando en qué decirle a su esposa. No quiere hacer un escándalo. Necesita medir bien sus palabras. Está distraído. La reunión es muy aburrida. Las palabras del jefe se convierten en ruido blanco mientras Andrés sigue atrapado en sus pensamientos. La reunión termina y todo el mundo vuelve a su oficina. Andrés no para de mirar el reloj para ver a qué hora puede salir.

—Hola mi vida, dice Elisa, sonriéndole a su esposo.

—Hola cariño. Andrés no sabe disimular sus sentimientos y tiene miedo de haberle respondido de manera brusca. —Sentémonos en nuestra mesa.

—Elisa, necesito hablar contigo. Tengo unas preguntas muy importantes para hacer. Andrés es muy cortante con sus palabras.

—¿A qué te refieres, corazón? — lo mira con cara de asombro.

—¡Te juro que no pasó adrede! Esta mañana estaba en nuestra habitación y por casualidad encontré una carta de tu puño y letra para un tal Carlos. — suelta Andrés.

—¿O sea que estabas esculcando entre mis pertenencias? — Elisa no se lo puede creer.

—¡Qué no! Te estoy diciendo que la susodicha carta sobresalía del armario. Yo no estaba buscando nada. Aquí el asunto es el contenido de la carta, no cómo la hallé. — Andrés se da cuenta de que Elisa está intentando darle la vuelta a la tortilla. — ¿Quién es el tal Carlos?

—Yo soy ama de casa, ¿acaso yo me pongo a mirar tus documentos personales? — contesta ella.

—¿Eso qué cojones tiene que ver? Te estoy preguntando que quién mierda es Carlos. — Andrés está perdiendo la paciencia.

—¡Este no es un asunto tuyo!

—¿¿Estás loca?? En la carta admites que Samuel no es hijo mío, sino del tal Carlos. Significa que me has engañado y has quedado embarazada de él. ¿¿Cómo no va a ser asunto mío??

—¡Cálmate!

La conversación sigue y Andrés pide el divorcio. Elisa no tiene ni trabajo, ni propiedades, así que él tendrá que asumir todos los gastos que conlleva su decisión, pero no sabe cómo gestionar el asunto de Samuel. Lleva su apellido y, en todos estos años, lo ha criado como hijo suyo, ahora no puede dar marcha atrás. ¡Eso es lo único que le duele en esta pesadilla!


Samuel acaba de cumplir 18 años y sus padres se han esmerado para prepararle una maravillosa fiesta. Está emocionado, por eso no entiende cuando su padre, con tono muy cortante, le dice que quiere pasar un día entero con él para contarle algo muy importante. Está preocupado. ¿Qué querrá decirle?

—Samuel, perdóname lo brusco que voy a ser, pero no hay otra forma de contarte eso. — dice Andrés.

—Papá, ¡me estás asustando! ¿He hecho algo que no debías? contesta incrédulo.

—No, no, ¡tranquilo! Pero ya es hora de que sepas la verdad.

—No entiendo nada.

—Hace mucho años, cuando tú todavía era muy pequeño, me enteré de que tu mamá tenía un amante y tú naciste de esta relación amorosa, así que no eres mi hijo biológico. — comienza Andrés.

—¿Qué? ¿Y aún así te quedaste?

—¡Claro que sí! Tú no tenías la culpa, ni mucho menos. Siempre te quise y siempre te querré.

El sombrero de Carito

Los secretos son mentiras

A ver, ¡Cuantos secretos! – pienso, mientras estoy viendo uno de los episodios de una serie de Rtve-play, una de mis costumbres viciosas que me justifico pensando que, como los actores hablan en español, a mí me sirven para repasar el idioma. Y también para reflexionar sobre los secretos, con los que yo no tengo casi ninguna relación. Una de las protagonistas tiene un amante casado, otra es lesbiana, otra va a huir de casa, otra tiene un novio que no pertenece a su nivel social… y para que nadie pueda saber nada de todo eso, cuando hablan dicen un montón de falsedades. Porque los secretos son mentiras, ¿verdad? Si quieres o tienes que esconder un aspecto de tu vida, necesitas ocultar cada día más verdades, ¿es así?

Pero, para mí, los secretos solo son deberes, para no asustar a la familia con nuestros problemas, para no preocupar a los amigos y, sobre todo, no provocarles ansiedad a nuestros padres.  Así como es un deber este secreto mío que, claro, no lo voy a contar porque… Porque es mejor que no.

Bueno, necesito relajarme, voy a seguir viendo la serie televisiva sin pensar en las mentiras: después de todo, nada de este cuento es verdad, es fantasía, es un mundo irreal, una historia que tiene que inventar cada día algo nuevo que capture la atención del público. 

Así que me echo en el sofá y sigo viendo la tele.


Silvia Zanetto

Nombre secreto

Cada niño de la tribu tenía un guardián al nacer. No era un ser visible, sino un espíritu animal que lo acompañaría en su camino. Pero el guardián jamás podía ser llamado por su verdadero nombre, pues si un enemigo lo descubría, podría debilitar su espíritu.

Él era diferente a los otros niños. Mientras ellos corrían por el río o aprendían a cazar, él recitaba versos al viento, componía rimas sobre las estrellas y le cantaba a la luna. Las palabras brotaban de él como el agua de los manantiales, sin esfuerzo, sin medida.

Una noche, mientras dormía junto al fuego, sintió un aleteo suave junto a su oído. Abrió los ojos y vio una figura de plumas blancas. Era un búho majestuoso.

—¿Eres mi guardián? —susurró.

El búho respondió:

—Siempre he estado contigo. Soy el guardián de tu voz, de tus palabras. Pero no debes decir mi nombre en voz alta. Si lo haces, perderé mi fuerza para protegerte.

El niño sintió que un poema nacía en su pecho, pero lo guardó en silencio. Desde aquella noche, el búho siempre estuvo cerca: en el aleteo de las hojas, en la sombra que cruzaba la luna, en el murmullo del bosque. Siguió creando versos, sabiendo que cada palabra era un canto sagrado.

Dicen que, después de muchos años, un gran búho blanco aún vuela sobre la aldea, susurrando versos a los niños soñadores, a los que llevan poesía en el alma.

Maria Victoria Santoyo Abril

Nuestro tiempo


Blanca Quesada

Reto secreto

Te cuento en concreto el secreto de la secretaria segregada sentada en un sillón obsoleto sigilado y firmado por su nieto inquieto silbando sin respeto completo del veto discreto.


Graziella Boffini