Aquella noche

—¿Maria?
—Sí Juan, dime. —responde ella volviéndose hacia él en la cama.
—Recuerdo tan bien, cuando entré en el bar aquella noche, había muchedumbre, pero te vi inmediatamente. Estabas sentada sola a una de las mesas y me mirabas con tus grandes ojos azules que brillaban en la penumbra. Eras la más bella. Tus piernas largas y ahusadas que cruzabas con tanta elegancia estaban apenas cubiertas por un pequeño vestido anaranjado, tu pelo estaba cortado a la Jean Seberg, como a mi me gusta. Todo tu ser, me estaba llamando. Te saqué a bailar. Charles Aznavour cantaba La Bohemia.
Maria se inclinó hacia él, sus ojos brillaban de nuevo y le susurró:
—Juan, tenía el pelo medio largo y las mini faldas todavía no existían.
Pero Juan se había dormido de nuevo una sonrisa en los labios.


Jean Claude Fonder

La montaña y yo


Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo.
Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre.

Carlo Soria

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá?
La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.
No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez.
Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.
En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores.
Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña.


Silvia Zanetto

Body Guard

Desde cuando había enviudado, Ángela, mi vecina de casa en el pueblo, empezó a recoger gatos perdidos. Primero fue un cachorro extraviado delgado y sin cola. Después una gatita embarazada que parió tres gatitos y, poco a poco, la familia felina se convirtió en colonia.
Los gatos vivían bastante aislados en el huerto de Ángela. Difícilmente se podían ver ni se podía uno acercar, tampoco acariciar. Lástima, porque a mí los gatos me han gustado siempre mucho.
Una mañana de principios de verano llegó él. Un joven gato de pelo negro brillante como un trozo de regaliz, ojos amarillos y bigotes impresionantes. Una pantera en miniatura. Desde el principio, demostró ser tierno y cariñoso. Se dejó abrazar y acariciar. Para Ángela fue amor a primera vista. Ni que decir tiene que yo también quedé fascinada por su encanto.
Negro, así lo bautizó Ángela, no se mezclaba con el resto de los gatos del huerto. Le gustaba estar cerca de Ángela y de mí.
Cada mañana, cuando oía abrirse mi ventana venía corriendo. Se dejaba besar, acariciar, después daba una vuelta por todo mi cuarto… Parecía inspeccionar que todo estuviera en orden. Después se iba ronroneando especialmente contento.
Lo mismo lo hacía por la noche aunque yo regresara muy tarde. Aparecía no sé por donde, hacía su inspección y se iba trotando feliz fagocitado por la oscuridad de la noche…


Iris Menegoz

La Selva

Esa mañana cuando me miré al espejo vi a una mujer muy guapa que

Jan Breughel – La forêt.

Una palabra mágica, sin duda. Ella me recuerda los temores de mi infancia, escenifica el decorado mágico de mis primeras lecturas, despierta las fábulas que pueblan mi memoria.
Una palabra mágica les digo. Las imágenes estallan en mi cabeza:
troncos oscuros alineados en la neblina, una verde alfombra que, a veces, vio teñirse de azul; bronces, dorados, marrones, infinitas variaciones de colores que toman los árboles en otoño; los caminos majestuosos como las catedrales cuando los abetos nevados bordean el camino solitario.
Magia musical, sobre todo.
¿Quién no conoce los temas románticos, oscuros y maravillosos de la música alemana? En el corazón del bosque de los orígenes, los dramas más angustiantes y los amores más locos nos sumergen: Siegfried y Brunnehilde, la Walkiria, Tristan e Isolde…

Mágica, eso es seguro. Dejan que les cuento lo que me ocurrió misteriosamente hace algún días.
Esa noche, me quedé dormido mientras estaba pensando: ¿Cómo voy a contar la selva? Las posibilidades son infinitas.
Por la mañana, muy temprano, demasiado temprano, me despierto ansioso.
Tengo una cita con un tal “Van de Hoestijn”, el nombre está muy preciso en mi mente.
¿Quién puede ser? ¿Qué sociedad es? No lo sé.
Me vuelvo a dormir un momento, pero me despierto inmediatamente.
¿Por qué está cita? ¿Qué tengo que hacer? Una consulta, probablemente, era mi trabajo.
Estoy hojeando mi agenda, veo que un poco después me espera otra cita, subrayada ésta, pero no puedo leer el nombre, está demasiado oscuro.
Me siento perdido, completamente desconcertado.

Estoy en la inmensa selva indescifrable de mi memoria.


Jean Claude Fonder

Crin blanco

El viento sopla fuerte sobre la Camarga ensangrentada. La navaja se escapa del puño apretado de Leonardo y se desliza lentamente hacia el suelo. El novio está muerto a sus pies.

Rasga su camisa blanca, roja de sangre y aprieta fuertemente los jirones sobre la herida abierta en su flanco izquierdo. Se sienta y Crin Blanco se acerca.

Crin blanco, como él lo llama, es un caballito camargués. Cuando era niño, su padre se lo había regalado. Lo había domado él mismo y lo montaba a pelo. Les encantaba cabalgar juntos por los pantanos y las lagunas cercanas a Saintes-Maries-de-la-mer.

Fue en la fiesta anual de los gitanos que la conoció, la Novia, prometida desde siempre al hijo de una de las familias importantes. Es ella la que podría haber cantado Don Miguel en la famosa novela, su belleza era un desafío, se enamoró en el momento en que la vio. Cada año volvían a verse, Crin Blanco los llevaba, cabalgaban en las salpicaduras a la orilla del mar y acababan en brazos uno del otro. Las pequeñas dunas ocultaban sus retozos adolescentes, aumentados por la juventud y la rareza del evento.

Esa mañana descubrió que la boda se celebraría el mismo día. Había montado a Crin Blanco, a pelo como siempre, y había echado una carrera desenfrenada para llegar a tiempo. El destino sin duda lo impidió, se enfrentaron, las navajas relucieron con la luna.

Y ahora la novia ha huido, él está solo. Crin blanco se inclina hacia él. 

Se iza con dificultad sobre su espalda aferrándose a las crines. Se alejan lentamente hacia la playa cercana. Entran en el mar. Las olas tienen reflejos de plata, se oye a lo lejos una copla desgarradora de flamenco.

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Jean Claude Fonder

Pasión

Bárbara tenía un problema o, por lo menos, a ella le parecía un problema. No tenia ninguna pasión. Sí, amaba apasionadamente a su novio Pablo, pero no era eso. Cuando pensaba en una pasión, pensaba en algo que le gustaría hacer en el tiempo libre, que era escaso porque entre la universidad, estudiar, salir con Pablo y verse con las amigas, le quedaba poco. Quería encontrar una cosa que le gustara hacer y le diera satisfacción al hacerlo. Todas sus amigas tenían una pasión. Valeria amaba a los animales y tenía dos perros, cuatro gatos y ocho tortugas, pero tenía también una casa grande con jardín y una madre que amaba a los animales; la casa de Bárbara era pequeña sin jardín y su madre no amaba los animales a parte al gato Augusto. Martina pintaba y escribía, pero se le daba bien y los cuadros que pintaba eran muy lindos; más de uno lo había vendido y los cuentos que escribía los publicaba en una revista y eran muy divertidos. Bárbara no conseguía ni pintar ni escribir. Apasionarse a la cocina como su mamá que era una cocinera maravillosa no lo conseguiría, ella que hubiera comido siempre bife y ensalada. No le gustaba tampoco coser, los vestidos los compraba hechos, y tampoco le interesaban los sellos como a Pablo. Era un problema, hasta que dio con la solución: Bárbara tenía la pasión de no tener una pasión.

Gloria Rolfo

La montaña

Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo. 

Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre. 

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá? 

La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.

No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez. 

Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.

En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores. 

Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña. 

 

Silvia Zanetto

La pasionaria

La pasión era su forma de ser, su forma de vida; la manifestaba con toda la sensualidad que poseía y la difundía como si fuera un veneno lanzado desde una distancia de la que nadie podía escapar, hombres y mujeres. Era una trampa mortal, una telaraña que te envolvía y de la que no podías huir, eras atrapado y luego devorado. Una dote natural, sin investigar, embriagadora, llena de muchas dudas, curiosidades intrigantes y descubrimientos impresionantes.

Sus estrategias eran claras, todos los métodos permitidos y el único objetivo, la conquista.

Tenía una extraña luz en los ojos, ojos profundos pero un poco tristes, un ligero maquillaje, pero con un lápiz labial rojo que marcaba el contorno de sus carnosos labios. Estaba embrujada, con mirada penetrante y con el trabajo que hacía, no podía permitirse un momento de respiro, de reflexión, y mucho menos de tristeza.

La alegría tenía que salir a chorros de todos los poros de su cuerpo, aunque a veces fueran lágrimas amargas.

Tenía una poderosa arma para poder penetrar en las caderas de las personas y comprender inmediatamente su personalidad, deseos y perversiones.

Y sabía que la perversión más poderosa era la traición, que todo el mundo podía desatar y para la que no había remedio.

La pasionaria fue encontrada en su cama por la mañana, un frasco de pastillas volcado en la mesilla de noche, parecía estar dormida, y su cara de niña había permanecido intacta a través de un rayo de sol ese día de mayo.

Luigi Chiesa

Una pasión devastadora

Algún día despertaré y dejaré atrás la pesadilla en la que se ha convertido mi vida.  Tenía todo para ser feliz, una mujer enamorada, una profesión independiente y exitosa, cobraba muy bien.  Pero el trabajo absorbía todo mi tiempo, afectando mi relación de pareja. En casa se respiraba un clima de tensión. Fue así que, para aliviar el estrés y experimentar algo nuevo empecé a jugar a los juegos del ordenador, máquinas tragaperras, casinos en línea, apuestas deportivas. Y un día el final empezó. Como una piedra caí dentro de un pozo oscuro. El juego se había trasformado en una pasión obsesiva y descontrolada que me empujó a intentar más, así que poco a poco la pasión por apostar se fue haciendo más fuerte. Nunca me retiraba, aunque sabía que iba a perder. Seguía repitiéndome a mí mismo la mentira <<esto lo dejo cuando yo quiera>>. Me abandoné al juego disipando mi patrimonio. Harta de esta situación mi esposa se fue. Afortunadamente el trabajo me iba muy bien. El dinero cobrado a los clientes, siempre en efectivo, lo utilizaba para apostar y, claro, perder. Un día la suerte dio un giro a mi favor y empecé a ganar pensando <<sí, ahora por fin me he convertido en un jugador afortunado>>, pero fue como un relámpago y todo volvió como al principio. Una noche mirando hacia fuera, me di cuenta que en el jardín la planta del fruto de la pasión había florecido. Al abrir la ventana la fragancia de esas flores me inundó sacudiéndome de mi pesadilla. <<Sí, mañana despertaré y reanudaré mi vida.>>

Raffaella Bolletti

Pasión

Pasión era cogerse del brazo y pasear por el patio bullicioso y el porche empedrado. De pasión nuestras miradas cómplices durante las horas de clase y las notas inocentes que nos dejábamos en la cajonera del pupitre o entre las páginas de los libros de texto. Hubo pasión en las canciones inventadas y en las poesías recitadas “tú un verso, yo otro”.

Olía a tiza, la pasión, y tenía sabor a palmeras de chocolate, vestía de uniforme azul marino y babi de cuadritos celestes. Flotaba en el autocar y en la capilla, en el salón de actos y en el gimnasio.

Pasión era odiar el viernes y anhelar el lunes.

Pasión fue añorar, durante mucho tiempo, lo que nunca ocurrió.

Ana Diaz

La casa del árbol rojo

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Estos últimos días, veía todo en blanco y negro, como en viejas fotografías. Despertándome esta mañana, de repente vi todo de colores muy vivos, irreales, incluso las sombras eran coloradas, sobre mi nariz tenía unas gafas extrañas que no podía quitarme y había palabras flotando por la atmósfera explicando que seres de otros planetas las habían enviado para ayudarnos contra el Coronavirus.

Simonetta Ferrante

La maison à l’arbre rouge

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Decidió aparcar en la pequeña plaza de la iglesia y bajó del coche. Su hijo estaba a su lado, un poco aburrido. No habían planeado ninguna parada, y menos en un lugar tan silencioso que parecía abandonado. Por el contrario su padre, un encorbatado ejecutivo, parecía feliz. Llevaba mucho tiempo deseando echar un vistazo a la casa rural con su solar colindante, que había heredado años atrás. Empezaron a subir por una carretera secundaria, sin asfaltar, estrecha, donde no podrían pasar dos coches a la vez. Una pequeña muralla, pintada de colores diferentes costeaba la carretera. Un poco antes de llegar a la curva, apareció su casa, de la que nunca se había interesado y que se había convertido en la vivienda de los campesinos que ya trabajaron para su abuelo. Había sido restaurada y pintada de un color verde claro. Detrás de la muralla se veía un pajar de espigas de trigo. El cielo estaba despejado y azul. Toda la luz parecía estar en ese lugar, donde todo era ausencia. Ni agricultores, ni una herramienta, ni un rastrillo. El árbol de tronco rojo todavía estaba allí, más alto que la última vez que lo vio, proyectando su sombra en la pared de la casa. Aquel árbol de corteza lisa y fina como una piel, le despertaba recuerdos lejanos. Aquel árbol fue testigo y compañero silencioso de sus primeros amores, cuando se ruborizaba dando besos escondidos y abrazos torpes, un poco torcidos, como esas ramas. La melancolía lo llevó a pensar que tal vez había dejado pasar una parte importante de su vida sin hacer lo que de verdad quería hacer; tal vez tomaría la decisión de volver a sentarse bajo el amparo del árbol de tronco rojo. Su hijo, mientras tanto, ya había regresado al coche.

Raffaella Bolletti

El árbol pintado

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

En ese camino rural que me gustaba recorrer hacia el atardecer, se podía sentir una armonía y una tranquilidad casi absoluta. Especialmente en verano, con ese aire claro y limpio, con las casas alineadas de colores pastel; era una sucesión de diferentes situaciones de vida, los colores suaves eran iluminados por una luz suave pero particularmente brillante. El día se iba con el calor; con el sol debilitado, era el mejor momento para recoger ideas, para reflexionar y para conocer la noche, la mejor parte del día con sus matices que se desvanecen en el cielo.

El árbol estaba casi a la vista, se erigía hermoso, narciso con sus flores y orgulloso de su presencia. Esa temporada subrayaba su momento de gloria, parecía casi pintado, falso, irreal, pero un punto fuerte que destacaba en el campo provenzal. Todos la llamaban la casa del jardín con el árbol rojo.

Cambiaba durante las estaciones, en primavera con hojas más verdes, en otoño las hojas rojas se mezclaban con el tronco, y en invierno se desvanecía con las heladas, pero su corteza siempre permanecía de ese color brillante.

Me encantaban esos colores, era el último pasaje para ir al mar, al promontorio donde yo terminaba mi camino para ver el sol zambullirse en el mar con su «rayon vert». El sol, tan rojo como el árbol, que lanzaba su último grito, su «flash» antes de desaparecer para dar paso a la noche y a sus sueños.

Luigi Chiesa

Trasquera

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Para llegar al pueblecito de Trasquera, cercano a la frontera italiana con Suiza, hay que recorrer una estrecha carretera que sigue el relieve de la montaña y cruzar por el puente del Diablo, sobre un abismo. Este camino abrupto termina en una explanada luminosa que mira al sur. Camino entre sus callejuelas desiertas, entre casas de piedra, plazoletas con fuentes que son el único murmullo en ese lugar silencioso. Veo a lo lejos a una anciana que, con paso cansado y un gran ramo de flores blancas se dirige hacia una zona en el extremo de la zona habitada, me dedico a seguirla para que sea mi guía involuntaria.

Las bardas están pintadas con colores claros: verde limón, blanco deslumbrante, azul claro… sobresalen copas de árboles frondosos y el aroma de las flores es intenso. La verja metálica por la que entra mi guía está abierta, entro a ese jardín, que es, en realidad, un cementerio con tumbas muy antiguas, algunas con inscripciones borradas por la intemperie. Calculo edades de los sepultados, leo nombres y apellidos españoles, ¡qué raro! Estamos en Italia. Encuentro a la señora que me guió hasta allí y como estamos solas, nos ponemos a charlar; noto que lleva pendientes y colgante de oro toledano damasquinado, como los de la tradición artesanal de Toledo y al alabar sus joyas, me contó que es tradición de ese pueblo, pero que ya no queda quien fabrique tales objetos. Los últimos artesanos ya han muerto. La dejo y sigo recorriendo este lugar de paz, con vistas espectaculares sobre las montañas y el torrente profundo que es como el foso de defensa de un castillo. Fantaseo pensando que, a lo mejor, los españoles que se refugiaron en este lugar apartado y hermoso eran hebreos sefarditas que huían de las persecuciones de los reyes católicos. Habrán atravesado el sur de Francia y esta zona fronteriza tan áspera y casi inexpugnable les habrá parecido el refugio ideal para quedarse. La memoria se ha borrado carcomida por el tiempo, como las inscripciones en las tumbas más antiguas.

Hace calor y el sol está en su cenit. Contemplo el panorama desde ese mirador que se asoma sobre el precipicio, hasta que me saca de mi ensimismamiento el silbido de una víbora. Lentamente, me repongo del atávico terror y me alejo buscando la salida. Estoy completamente sola, sobre una hermosa tumba antigua está el ramo de flores blancas.

Maria Victoria Santoyo Abril

La invitación de Rebeca

Cada noche vuelvo a verlo, labrado en mis ojos recién cerrados, y sé que no me permitirá conciliar el sueño: sus ramas rojas retorcidas en un ademán de congoja, la una estrangulada por la hiedra, la otra mutilada, la otra reseca y sin una hoja, a pesar de que estábamos en junio.

La invitación de Rebeca para que fuera a verla me había sorprendido: siempre era ella la que venía a mi casa, se quedaba a merendar un chocolate caliente o un helado y luego, juntas, hacíamos los deberes. Nunca mencionaba a su familia y cambiaba de tema frente a mis preguntas, a veces tímidas, a veces insistentes. Pero aquel viernes me propuso “Ven tú a mi casa” y la curiosidad empezó a hervir en mi cabeza.

Pero… el árbol, decía antes. Las sombras grises de sus ramas en la pared amarillenta de la casa evocaban a un hombre ahorcado. A lo mejor era aquella luz de inicio de verano lo que me aturdía, el azul exagerado del cielo, el exceso de silencio en una tarde resplandeciente. No había pájaros cantando, ni un soplo de viento, ni se podía adivinar un horizonte detrás de la esquina.

“Rebeca ha muerto” entendí de golpe. “Por eso me pidió que viniera”.

El amarillo dorado de la gavilla de trigo detrás de la tapia brillaba de alegría, se reflejaba en el empedrado soleado de la calle desierta. El engaño de los colores tiernos del muro me invitaba a entrar. “Rebeca ha muerto” me repetí a mí misma. Me acerqué a la puerta, resuelta a entrar, pero no había timbre ni tarjeta con apellidos. Oí la voz de Rebeca que me llamaba detrás de la esquina y corrí hacia ella.

Silvia Zanetto

El árbol rojo

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Julieta, ante la tumba abierta donde yace el cadáver de su marido, esboza una sonrisa. El velo que oscurece su rostro disimula con gran dificultad la alegría que la invade. El cementerio sombreado del pueblo donde vivió su juventud siempre le regalaba serenidad, sobre todo cuando el sol encantaba la frescura matinal de sus colores nítidos y precisos. Después de la ceremonia, cuando hubiera saludado a la última persona, se dirigiría hacia el camino que amaba. El que desde su infancia recorría con el temor de no encontrarlo.

Se llama el paseo de la casa del árbol rojo, su belleza es inigualable, y el tiempo pasado no puede cambiar eso. Un desenfreno infinito de colores armoniosos, un camino amarillento rodeado de verde oscuro, que bordea una pared de colores pasteles, que une una serie de edificios verdes pálidos, para poner en escena un árbol torturado de color rojo, que despliega sobre el fondo del cielo azul un campo sembrado de flores pequeñas blancas y rosas.

Un día, yo tenía unos 8 años, él surgió de entre los dos arbustos que guardaban la entrada al patio de la granja. Era hermoso como un dios, un pequeño rubio despeinado, pantalones cortos y olor a estiércol. Pasó corriendo a mi lado, ni siquiera sé si me vio.

Así es como conocí a Alain, que debería haber sido el amor de mi vida. Naturalmente, él no lo supo hasta más tarde, cuando nos encontramos en la misma clase de segundo en el colegio Saint Boniface en Aviñón. Entonces era un adolescente de 18 años con el que todas mis compañeras habrían querido salir. Debería haber tenido ventaja. Lo conocía, éramos del mismo pueblo. 

Desde que lo conocí la primera vez, me las arreglé para pasar lo más a menudo posible por el camino de la casa del árbol rojo. Quizás jugaba en el patio de la granja, así que podría aventurarme a hablar con él. Relacionarse con él no era fácil, era hijo de un granjero, mi padre como médico del pueblo era considerado un extranjero, y él era un año mayor que yo, así que no estábamos en la misma clase en la escuela.

Sin embargo, yo quería ser su amiga. Bueno, lo que se puede ser amigo entre chico y chica. Nunca estaba libre, cuando no trabajaba en la granja, jugaba al fútbol con sus compañeros de clase. Cada vez la decepción era grande, yo tomaba el sendero y, pasados los dos arbustos, descubría que él no estaba en el patio. 

Por fin, una vez lo encontré sentado en una mesa cubierta con un mantel de grandes cuadros, instalado cerca de la casa en una pequeña terraza de madera protegida por un pequeño techo. Parecía muy ocupado. Me acerqué con cautela.

—¿Cómo te llamas? soy Julieta. ¿Qué haces?

Él no me respondió, pero lentamente me mostró las páginas de su herbario. Era muy cuidadoso. Había hojas y pequeñas flores que secaba meticulosamente entre dos hojas de papel secante presionadas por un diccionario grande. Su mirada se dirigió hacia el árbol rojo, el azul insondable de sus ojos me subyugó en ese momento. Nunca lo olvidaré.

Fue esta mirada la que me turbó de nuevo cuando eligió sin decir palabra sentarse a mi lado en el banco de la clase de segundo. Casi nunca hablaba, incluso cuando le preguntaban los profesores, lo que aumentaba el misterio que lo envolvía. No sabía qué hacer para romper el hechizo. Me sonreía, siempre era servicial, pero en silencio. Mi lugar estaba contra la pared, tenía que levantarse cada vez para dejarme pasar, podía observarme a su gusto, y a veces me las arreglé para rozarlo. Me vestía simplemente, como era necesario en el colegio, sin maquillaje, sin perfume, habría sido una lástima desnaturalizar el hermoso olor campestre que emanaba de él. Un botón olvidado no era tan malo, estaba bien dotada. 

Lo intenté todo, me ofrecí a ayudarle en las materias que se le daban peor, y eran muchas, había repetido el año. Una vez le pregunté si todavía tenía su herbario. Su reacción fue casi brutal, por primera vez. Se levantó y pidió permiso para salir. Me quedé desconcertada, parecía un tema tabú.

El lunes siguiente, se disculpó y aceptó que tomáramos un café juntos en un pequeño bar cerca del colegio. La tarde antes de salir de la escuela, me preparé cuidadosamente delante del espejo del baño, probablemente no tendría otra oportunidad. 

Su herbario, lo había comenzado con su madre. Ella había muerto, un cáncer se la había llevado. Quería seguir adelante, a pesar de que su padre lo consideraba un juego de niños y le prohibía ocuparse de ello. No quería ceder, pero no conocía bien las plantas, excepto su árbol, el árbol rojo. 

—Yo te ayudaré, — le dije, —conozco bien los árboles, cuando estaba en sexto grado, también empecé uno. 

Era cierto, era parte de las estrategias que me había inventado para descongelarlo. Esperaba conocerlo. Cada fin de semana, el árbol rojo, la pared pastel, los dos arbustos formaban parte de la cita, pero cuando entraba en el patio, no había nadie bajo el porche. En la secundaria, durante el recreo, nunca lo vi.

Ahora en segundo, teníamos una pasión en común, nos veíamos cada vez más a menudo, yo subía alegremente el camino amarillo, cada vez con un vestido más corto, la estación lo permitía. Pero para llegar a pequeños toques, por no decir besitos, tuve que esperar casi hasta el final del año escolar.

Aquella mañana estaba finalmente desnuda, descuartizada de placer, sumergida en las profundidades desconocidas de esa mirada sin fin. ¿Qué buscaba en mí ese chico de corazón simple? 

No me atreví a descubrirlo. Pocos días después de nuestra aventura, Alain abandonó sus estudios. Me casé por voluntad de mis padres con un médico. Cuando volví a ver a mis padres en el pueblo, intenté dar un paseo hacía la casa del árbol rojo, sin éxito. Pero yo sabía que él se había hecho cargo de la granja y que nunca se había casado.

Hoy esta decidida, el paseo la espera, lo sabe.

Se detiene un momento más en un banco, la sombra en el cementerio parece retenerla.

Piensa en él, se sumerge en el azul de sus ojos, se ve acostada a su lado. Duerme, su pelo es rubio como la paja. ¿Cómo va a estar hoy?

De repente se levanta, va hacia el camino que bordea la casa con sombras coloridas, el árbol, el árbol rojo está allí, cada vez más torturado, cada vez más hermoso.

Jean Claude Fonder

Mujer por primera vez

Pablo Picasso. Homme et Femme. 1971

Esa mañana cuando me miré al espejo vi a una mujer muy guapa que me sonreía. ¿Era yo? No podía creer lo que estaba viendo, me palpé y descubrí un cuerpo con formas femeninas evidentes. Un cuerpo sensual y provocador que me gustaba brutalmente. Me miré de nuevo, era realmente yo, reconocí hasta un pequeño grano que tengo en la mejilla izquierda. También tenía tetas, me acuerdo que el pediatra se burlaba de mí diciendo que tenía senos como una muchacha. Pero ahora las tenía de verdad, eran firmes y bien formadas con unos pezones rosados y apenas marcados. Y mi sexo, pensé de repente, ya no estaba, mi pene quiero decir, porque una vulva se disimulaba detrás del velo tupido del pubis. Me di cuenta entonces de que tenía también una vagina, miré mis caderas, eran anchas y marcaban una cintura fina y bien arqueada. Sí, era todo lo que había deseado siempre en mis sueños más locos, una maravillosa y espléndida mujer, hermosa y deseable.
Siempre he admirado y envidiado a las mujeres, seres más complejos, más ricos, más sensibles, dotadas de una inteligencia intuitiva que sobrepasa de lejos la simplicidad racional masculina. Evidentemente, y no soy el primero que lo dice, no hay una clara frontera entre los sexos, todos tenemos algo de femenino y de masculino, pero, en mi opinión, hay más de femenino en nuestra mejor parte. La mujer es la vida, el futuro del hombre, decía Aragon.
¿Estaba proyectado en el futuro? Empecé a darme cuenta de todas las consecuencias de esta transformación. Estaba casado con una mujer maravillosa; mi mujer, todo lo que amaba ¿iba a aceptarme como amiga, como amante? ¿Necesitaba a un hombre?
Seguía palpándome, sí, era una mujer y me deseaba cada vez más. ¿Cómo podía realizarse, materializarse este extraño onanismo? Tenía enfrente a mí la mujer más guapa del mundo, una mujer perfecta y no podría jamás poseerla. Además no podía y no querría traicionar a mi esposa. Una Dulcinea, no seré nunca más que una mujer idealizada. ¡Qué pesadilla!
En ese momento…, mi mujer me despertó.


Jean Claude Fonder

Evasión

Summer Glow
Sally Rosenbaum

El calor es pesado, tropical. La humedad es invasora, su ropa, aunque sea ligera, se le pega a la piel. La luz es deslumbrante pero como filtrada, todo el jardín parece borroso alrededor de ella. El árbol que debe protegerla no proyecta ninguna sombra. Los perfumes de todas las plantas que lo rodean son embriagadores e invaden el ambiente, el calor los exalta en un cóctel indefinible y potente. No hay un soplo de viento que traiga un poco de frescura, la atmósfera es irrespirable, pero ella no parece preocupada. La cabeza inclinada sobre el libro, con los ojos disimulados por el sombrero de paja, aferrada a la copa de vino tinto que acaba de vaciar, prosigue ávidamente su lectura.

El ladrón, vestido y encapuchado de negro, con traje adherente, como el que llevan los mimos, entra en la sala cercenando un orificio en la vidriera que sirve para iluminar las pinturas expuestas. Debe de ser un acróbata pues ha sido capaz de subir al tejado agarrándose al canalón exterior. Está segura de reconocerlo, sus movimientos son flexibles como los de un bailarín, su cuerpo está modelado como el de un atleta griego. 

Ha estado viniendo durante toda la primavera, instalando su pequeño caballete delante de ella, colocando con cuidado la tela y desembalando atentamente sus colores y sus pinceles. La miraba fijamente, tratando de penetrar sus misterios. Día tras día venía, a veces en un gesto de cólera, cambiaba el lienzo y volvía a empezar su cuadro desde el principio. Ella no entendía, habría querido ver sus bocetos, sobre todo porque cuando él no estaba satisfecho con su trabajo, la miraba rabiosamente como si hubiera querido robarla, hacerla suya.

Y por fin, hoy se le acerca, la descuelga suavemente, la mete en una bolsa protectora, la envuelve tiernamente en sus brazos, y huyen corriendo mientras las sirenas se desencadenan.



Jean Claude Fonder

Body Gard

Desde cuando había enviudado, Ángela, mi vecina de casa en el pueblo, empezó a recoger gatos perdidos. Primero fue un cachorro extraviado delgado y sin cola. Después una gatita embarazada que parió tres gatitos y, poco a poco, la familia felina se convirtió en colonia.

Los gatos vivían bastante aislados en el huerto de Ángela. Difícilmente se podían ver ni se podía uno acercar, tampoco acariciar. Lástima, porque a mí los gatos me han gustado siempre mucho.

Una mañana de principios de verano llegó él. Un joven gato de pelo negro brillante como un trozo de regaliz, ojos amarillos y bigotes impresionantes. Una pantera en miniatura. Desde el principio, demostró ser tierno y cariñoso. Se dejó abrazar y acariciar. Para Ángela fue amor a primera vista. Ni que decir tiene que yo también quedé fascinada por su encanto.

Negro, así lo bautizó Ángela, no se mezclaba con el resto de los gatos del huerto. Le gustaba estar cerca de Ángela y de mí.

Cada mañana, cuando oía abrirse mi ventana venía corriendo. Se dejaba besar, acariciar, después daba una vuelta por todo mi cuarto… Parecía inspeccionar que todo estuviera en orden. Después se iba ronroneando especialmente contento.

Lo mismo lo hacía por la noche aunque yo regresara muy tarde. Aparecía no sé por donde, hacía su inspección y se iba trotando feliz fagocitado por la oscuridad de la noche…

Iris Menegoz

En busca de la pareja perfecta

Personajes (en orden de aparición):

El Amarillo
El Rojo
El Naranja 
El Azul
El Verde 
El Violeta 
El Blanco
El Negro
El Amarillo es vivaz y alegre, pero está cargado de celos.

 El Rojo es el más caliente, pero su uso desmesurado puede causar agresividad, mira lo que hace a los toros.

 El Naranja es la combinación de los dos, podría ser mi favorito, es energético, vitamínico y me da alegría, pero no pega con mi piel. No, no pega para nada, lo siento, somos incompatibles.

 El Azul me lleva al cielo y al mar, pero también a los lugares de trabajo, trajes de oficina, batas y monos de obrero.

 El Verde es sinónimo de naturaleza y relax, pero ahora que lo han elegido los soberanistas...

 El Violeta: de carácter filosófico y profundo, pero demasiado cuaresmal, empapado de sentimiento de culpa.

 El Blanco: es puro, luminoso, casi divino. Me encanta, somos imprescindibles los dos, pero su alma se mancha demasiado fácilmente.

 El Negro: es siempre elegante, me fascina, pega con todo, aunque a alguien puede parecer fúnebre, lo es solo por costumbre europea. ¡Decididamente mi favorito! Es el mejor compañero de las mujeres. Un verdadero caballero: te hace parecer más fina, sobre todo más delgada.
Graziella Boffini