Planeta Azul

Hoy la clase desborda de chicos de secundaria pendientes de lo que va a responder la profesora. Las preguntas vuelan numerosas como una nube de flechas:

— ¿Por qué el clima está enloquecido?¿Qué va a pasar si la tierra se calienta?¿Por qué es malo deforestar el Amazonas? ¿Por qué el plástico es un problema? ¿Por qué el petróleo es un problema? ¿Hay demasiados coches? ¿Es verdad que necesitamos los coches eléctricos? …

Una chica se desmarca alzando la mano y la profe pide silencio para escucharla:

— ¿Por qué  llamamos a la tierra el Planeta Azul?

— Porque cuando se ve desde el espacio es azul, —responde la docente, — la tierra, como nuestro cuerpo está formada por agua en un 70%, el agua es la vida. Nuestra tierra es preciosa, tenemos que salvarla, cuidarla, hacer que sea aún más bella para vosotros que sois el futuro, el futuro de la humanidad. ¡Os toca a vosotros, chicos!

El silencio de la reflexión se impone por un momento. Todos se dan cuenta de que la manifestación a la cual quieren participar no es solo un juego de carteles y de disfraces.

De repente las lágrimas desesperadas de una muchachita rompen la tregua.

— ¿Margherita, pobre, qué te pasa, por qué lloras?

— Mi madre no me deja participar, dice que es peligroso y no me puede acompañar. Pero también yo quiero hacer algo. —dice con voz temblorosa.

— Muy bien, Margherita, cada uno puede hacer lo que pueda: dile a tu madre y a tu padre que dejen de utilizar y comprar plástico y cosas embaladas en plástico. Y que compren un coche eléctrico o, aún mejor, que no lo compren.

Jean Claude Fonder

Colores

La pesca en primavera
Vicent Van Gogh

Vincent ha montado su caballete a la orilla del Sena, en un camino que discurre a lo largo del rio, en Asnières. El lugar es tranquilo, a poca distancia del puente de Clichy, bajo la protección de un pequeño grupo de árboles, dos barcas amarradas a unos pilotes improvisados, la corriente aquí no es muy fuerte. Un pescador está sentado en una de ellas, abrigado en su ropa impermeable, un sombrero clavado en la cabeza, el tiempo será muy fresco tan cerca del agua en esta mañana de primavera. Todavía es temprano, un sol pálido, blanquecino, surge lentamente, a lo lejos, detrás del puente.

Es su amigo Paul Signac, quien le aconsejó el lugar. No utiliza la técnica del puntillismo, sino que practica un divisionismo moderado e innovador. Sin embargo es gracias a él que descubrió el color. Están muy lejos sus inicios en Holanda, y las pinturas sombrías que hacía entonces.

Observa atentamente la escena que está prácticamente inmóvil delante de él. Solo sobre el puente algunos paseantes se desplazan. El pescador, por su parte, prácticamente no se ha movido desde esta mañana. No lo había visto pescar un solo pez. Es una práctica que no entiende, esta inmovilidad, esta soledad, que él soporta sólo porque pinta, tiene que estudiar su sujeto, analizar la perspectiva, descomponer los colores, transmitir la emoción que siente frente a la naturaleza.

Y justamente notó entonces que la primavera en París era todavía muy tímida, había utilizado mucho blanco, en el agua y en el cielo, hasta el sol lo había pintado de blanco. ¿Dónde estaba el amarillo brillante de un sol deslumbrante que reinaba en medio de un cielo azul intenso? ¿Dónde estaban estos colores luminosos que una primavera mediterránea le habría permitido desencadenar sobre sus telas, imponiendo en su paleta una intensidad mayor de tonos y sugiriéndole acuerdos cromáticos de una fuerza inédita? Habría querido encontrar acentos nuevos para transponer la vibración coloreada y luminosa de las apariencias sensibles. Confundido, para decirlo así, con la luz, el color, que es también materia, confiere a los seres y a las cosas un aumento de presencia y de realidad. 

Tenía que seguir los consejos que le prodigaban sus amigos y sus compañeros Toulouse-Lautrec y Gauguin y trasladarse al sur de Francia, a la Provenza posiblemente.

Contempló por la última la vez el cuadro que acababa de terminar, replegó su material y saludó al pescador agradeciéndole su presencia.



Jean Claude Fonder

En el tranvia

Cuando salgo de casa, ya está en la parada. Acelero el paso para no perderlo. Es un modelo muy reciente, se parece a los viejos “jumbos” de color naranja, enormes y macizos. Éste es más fino, más esbelto y de color beige y amarillo, pero todavía hay que subir a bordo. Lamentablemente los tranvías de piso bajo, en Milán, son mal concebidos. Son más fáciles para los mayores, pero la gente prefiere la madera de las banquetas en los antiguos tranvías que deambulan nostálgicamente. Son cada vez más numerosos en la ciudad.

Por suerte, y aunque estemos todavía en hora punta, encuentro un asiento y tomo mi móvil. El trayecto, creo, será largo. Miro a mi alrededor y veo que no soy el único. Casi todo el mundo tiene un smarphone en mano. Uno habla sin pudor al teléfono, otros escuchan la música manifiestamente rítmica. Algunos, chicas sobre todo, chatean febrilmente con dos manos, muchos, los hombres esta vez, se ensañan con juegos tristemente banales. Otros hacen desfilar las entradas de las indispensables redes sociales. Yo leo.

¿Qué hacían antes? La misma cosa por supuesto, el móvil existe desde hace mucho tiempo, los lectores de casete o de CD también. No faltaban los periódicos, gratis o no, los hombres subyugados por el fútbol, las mujeres por los cotilleos. Algunos, sobre todo las mujeres, a pesar del estorbo leían un libro, por otra parte hoy, lo hacen todavía. Además, desde siempre hablan, y hoy lo hacen enseñándose algo en el móvil. 

Desde siempre un salón  animado que recorre alegremente la ciudad.

En el metro van a asfixiarse, en el autobús corren el peligro de estirar la pata. 

¡Tomemos el tiempo, tomemos el tranvía!

Jean Claude Fonder

La foto

Mujer con Espejo
Fernando Botero

—No quiero que me saques una foto —decía mi amiga Pauline cada vez que mi objetivo se dirigía hacia ella.

No era delgada y no deseaba verse ni que la vieran. En su casa no había espejos, excepto uno pequeño en el baño para lavarse los dientes. No siempre la obedecía, me parecía muy fotogénica y la encuadraba desde un buen ángulo para coger su expresión sin mostrar las redondeces que no quería que revelara. Al final no me lo reprochaba, le gustaba verse en las fotos que sacaba con nuestros amigos cuando nos veíamos en alguna fiesta. 

En 2012 había en Pietrasanta una exposición Botero. No era la primera. Hacen una exposición cada año, y los escultores suelen dejar a la ciudad una de las obras expuestas. De hecho, en la entrada de la ciudad, que conocemos desde hace mucho tiempo, siempre hemos podido admirar un maravilloso guerrero griego, muy redondo y reconociblemente de Botero. Esta pequeña ciudad, antiguamente fortificada, que domina el litoral toscano es conocida por sus talleres de escultura. Encontramos allí a los mejores artesanos en este arte y las célebres canteras de mármol de Carrara están a dos pasos. Fernando Botero, que realiza maravillosas esculturas monumentales en bronce, encuentra por aquí las mejores fundiciones. Desde el 2001 es, además, ciudadano honorario de Pietrasanta, lo que supuso un regreso a los orígenes: en el lejano 1780 sus antepasados, los hermanos Giuseppe y Paolo Botero, zarparon del puerto de Génova con destino a Medellin, Colombia.

Cada año nos reuníamos para las vacaciones un pequeño grupo de amigos belgas e italianos en un pequeño hotel que se encuentra sobre las primeras colinas de los Alpes Apuanes, cerca del mar pero también de Pietrasanta. A todos nos gusta esta región que permite disfrutar del placer de la playa, visitar Lucca, Pisa, Carrara, y sobre todo la exposición anual que Pietrasanta organiza. 

Esta vez fue maravilloso, subimos desde el aparcamiento toda la calle principal llena de tiendas y de restaurantes y desembocamos en la plaza donde las estatuas monumentales de Botero ocupaban majestuosamente todo el espacio delante de la puerta medieval y de las dos iglesias románicas, detrás de las cuales, se alza la colina con una vista sobre lo que queda de las fortificaciones que rodean la vieja ciudad. Un conjunto impresionante, un mundo de personajes con volúmenes suntuosos, con formas generosas, caballos espesos y poderosos, y sobre todo mujeres que dominaban la escena exponiendo sin ningún pudor sus espléndidas y conquistadoras redondeces. Europa misma deja que el toro la lleve sobre su espalda, acostada tranquilamente sobre el flanco, lasciva e imponente en su desnudez que procura apenas esconder.

Pensé en Pauline, quería que reconociera cuánto las redondeces de las mujeres de Botero atraen las miradas y nos invitan a regalarles las caricias más sensuales. La vi que miraba el móvil con su amiga Jacqueline, una joven fotógrafa profesional. Cuando me vieron, ellas se miraron reventando de risa, Pauline buscó un momento y luego me enseñó la foto:

Una foto de ella, de su busto. Estaba desnuda con su mano que intentaba esconder su pecho. Tenía una gran sonrisa.



Jean Claude Fonder

El Tren

Tren en la nieve, la locomotora
Claude Monet

Nieva mucho esta mañana mientras tomo el tren hacia Bruselas. Tengo un abono y hago el trayecto cada día para ir a trabajar. 

Vivo en Lieja en este periodo. Mi mujer es docente en una escuela municipal, hemos pedido su transferencia a Bruselas donde queremos instalarnos. Mientras tanto, hago cada día el viaje. He probado a ir en coche pero es peligroso, y, de todas maneras, prefiero el tren. Dos horas al día para leer, escribir, trabajar y, por qué no, soñar, cómodamente instalado en los vagones de primera clase. Ya soy un ejecutivo y trabajo de informático. Es un trabajo duro, a menudo tengo que quedarme en Bruselas algunos días y trabajar por la noche, pero me pagan bien y es una profesión apasionante.

No hay muchos viajeros en primera clase, excepto en los días en que hay sesión pública en el parlamento. Esos días los parlamentarios, diputados o senadores originarios de Lieja enloquecen los compartimentos. Adiós a mi tranquilidad, las discusiones son muy animadas, es por ello que se da a mi ciudad un apodo muy característico: la ciudad ardiente.

Este lunes afortunadamente hay poca gente, el coche está tranquilo. Una sola persona está sentada conmigo en los bancos rellenos y recubiertos con cuero rojo de mi compartimento. Observo que hace los crucigramas del periódico «La gauche» utilizando un portaplumas Cartier. 

El tren, saliendo de Lieja, sube un plano inclinado para dejar el valle. Cuando llega a la cima de la pendiente, tiene que pararse algunos instantes para que se descuelgue la segunda locomotora y, si estás sentado del lado bueno, puedes observar un hermoso panorama de la ciudad. Hoy está blanca, los tejados cubiertos por la nieve y el río la atraviesa despacio y sin ruido, majestuosamente.

El tren arranca de nuevo, recorremos la meseta inmaculada de la Hesbaye que ondea con suavidad sin otros obstáculos que alguna granja cuadrada que reina en medio de enormes extensiones de tierras aradas que la nieve ha convertido en una gran estepa nevada. Pienso en Miguel Strogoff, recuerdo su trayecto en tren a la salida de Moscú dirigiéndose a los montes Urales, recuerdo los dibujos de Hetzel, la nieve ahora nos rodea, el cielo está gris perla, se ve apenas a unos metros más adelante. Imagino los trineos en la llanura siberiana que luchan contra la borrasca y, de repente, un chirrido horroroso desgarra el silencio que nos envuelve, el tren frena desesperadamente, las ruedas bloqueadas crujen sobre el acero, un choque ligero y nos paramos. ¿Qué pasa? ¿Un obstáculo sobre el trayecto? Todos nos interrogamos. Intentamos ver algo por las ventanas. La nieve es omnipresente, el revisor, desaparecido. ¿Qué hacer? Abrir una puerta, una ventana, no se puede. La tormenta ruge fuera. 

El tiempo pasa, finalmente la puerta que separa los coches se abre, el jefe de tren aparece.

—Mantengan la calma, el tren no ha descarrilado. El viento y la nieve han formado un ventisquero sobre los binarios, afortunadamente el conductor lo ha visto a tiempo y ha podido parar el tren. Hemos llamado a la central operativa y van a enviarnos un quitanieves. Esperando vamos a servirles café caliente.

¡Café, café! Prefiero champán, el hielo no falta. En el Expreso de Oriente, es champán lo que nos habrían servido. La aventura continúa, ¿qué va a pasar? La nieve se está calmando, podríamos echar un vistazo fuera. Temerariamente, abro la puerta del coche. ¡Qué espectáculo! Un paisaje de ensueño. El sol ha salido y ha limpiado el cielo, el blanco es casi insostenible. Sólo algunos árboles aislados y recubiertos de nieve rompen la monotonía del horizonte. No soy el único, numerosos viajeros han bajado, algunos niños ya han improvisado una batalla con bolas de nieve. Cuando de repente un silbido resuena, una locomotora especialmente equipada llega a lo lejos. El jefe de tren reúne su rebaño y nos hace subir a todos a bordo. Algunos instantes más tarde, el tren retoma prudentemente su camino.

Una hora más tarde llegamos a la estación central. En Bruselas no hay nieve, los viajeros se alejan tristemente del tren.



Jean Claude Fonder

Nieva en Lieja

Snow Landscape in Louveciennes
Camille Pissarro
En Lieja cada año, en diciembre, la nieve llega
La lluvia cesa despacio, la nieve la releva
Siembra sus copos sobre los tejados y las pasiones
Un silencio de algodón frena la gente y los peatones
 
Después sordamente empieza la tempestad blanca
Miramos la calle sin los coches, totalmente inmaculada
Abrigados juntos al calor detrás de la ventana
A lo lejos la iglesia imponente; será larga la velada
 
Por la mañana el sol por fin ilumina el suelo blanco
El frío virginal nos reclama como un estribillo
Las bolas de nieve vuelan en medio de nuestros gritos
El muñeco de nieve en la bufanda roja no encuentra refugio
 
Dónde están las nieves de antaño, canta el poeta
Con el tiempo va, todo se va, responde otro
Este mundo ya no es verdaderamente el nuestro
La nieve ya no nos espera, tristemente derritiéndose está.


Jean Claude Fonder

Recuerdos de otoño

La recogedora de hojas muertas
Ernest Biéler

Ese año el otoño había anticipado su llegada. Era principios de septiembre, las vacaciones, el mar y la arena estaban todavía presentes en todas las conversaciones, cuando una semana ventosa y húmeda, con lluvias intermitentes, nos recordó que el verano ya se había acabado. La escuela había vuelto con sus numerosas obligaciones, había que levantarse temprano y los deberes dominaban nuestro tiempo libre. Por supuesto estaban también los amigos, el recreo y las tardes de los jueves. En aquella época, los jueves teníamos permiso por la tarde, así que con mi madre, mi tía y mi hermano pequeño íbamos al parque, el parque de Avroy en Lieja.

Se encuentra en medio del bulevar que lleva el mismo nombre, en realidad los dos se crearon en el siglo XIX en el lugar del curso principal del rio Mosa cuando lo desviaron. Amplias alamedas, esculturas espléndidas, entre las cuales había un majestuoso Carlomagno con la barba canosa y, en el centro, un estanque romántico y muy bello. Tiene forma de judía con un pequeño islote dominado por un sauce llorón donde se resguarda una gran colonia de patos para alegría de los niños que adoran echarles mendrugos de pan.

Mi madre y mi tía se sentaban en un banco al borde del estanque y nos dejaban jugar en el parque. Nos encantaba correr, galopar sobre los caballos que nos inventábamos, a pie, en bicicleta a veces, a lo largo de los pasillos bordeados por grandes árboles majestuosos. Había un quiosco, castillo inexpugnable en nuestras historias infantiles. Mi hermano y yo éramos verdaderos cómplices. La noche, en el cuarto que compartíamos, después de que mi madre hubiera pasado para arroparnos y recomendarnos ser buenos, nos hablábamos de cama a cama escondidos bajo las mantas. Nuestra imaginación no tenía límites y aquellas noches nacían las historias que retomábamos al aire libre en el parque.

Un parque que se estaba revistiendo de colores dorados y comenzaba a perder sus hojas que cubrían los céspedes y los caminos. Agitadas por el viento formaban pequeños montones que mi hermano y yo no dejábamos de pisotear en el curso de nuestros juegos. Éramos por supuesto indiferentes a la sinfonía de colores magníficos que el otoño desencadenaba alrededor de nosotros. 

Un día mi madre me llamó cerca del banco donde conversaba con su hermana. Me pidió que recogiera cuantas más hojas posibles de árboles diferentes y más tarde en casa me enseñó cómo hacer un herbario poniendo a secar las hojas entre dos carteras apretadas por gruesos diccionarios. Me enseñó a reconocer los diferentes árboles por la forma de su hoja, su veteado y su dentado. Me encantó ocuparme de este herbario y sus hojas en su adorno espléndido otoñal me parecían más bellas que princesas engalanadas.

Cuando vi el cuadro de Ernesto Bieler que debía inspirarnos para este número, me acordé de mi herbario y lo encontré todavía en buen estado. Lo abrí y los recuerdos de otoño de mi infancia resurgieron.



Jean Claude Fonder

Tren de noche

Compartimiento C, coche 193
Edward Hopper

El tren la mece con el movimiento imperceptible de los vagones sobre los raíles. El ruido que hacen las ruedas pasando de un rail a otro, marca el compás de la música que emana desde la locomotora al penetrar a gran velocidad el aire impasible del campo. De vez en cuando se oye el silbido estridente que suena antes de pasar por las estaciones desiertas. Un olor dulce e indefinido flota en el aire confinado del coche.

Marnie está revisando sus apuntes, mañana dará una conferencia en la universidad de Harvard, la escuela de policía. El título es “El tren en la ficción de los años 30”. Conoce muy bien esta materia, ha escrito varios libros que analizan novelas tan famosas como Anna Karenina, Sherlock Holmes o el ineludible Murder on the Orient Express. Tiene muchas dificultades para concentrarse, Después de algunos instantes de lectura, grandes bostezos señalan que un sueño profundo está al acecho. Intenta resistir mirando por la ventana tras la que desfilan constantemente paisajes que dejan sin aliento. Un cielo encendido rojo y amarillo pone en escena un río, un puente, unas colinas. Mira, admira, pero cuando reanuda su lectura, acaba por adormecerse. De repente, desde el pasillo, se oye un ruido seco. Alguien ha abierto y cerrado la puerta que separa los dos coches. Un personaje macizo se divisa en el fondo, avanza cojeando hacia Marnie.

¿Quién puede ser? Se interroga la joven mujer. Difícil adivinar cómo está vestido. Percibe un peligro, no sabe cuál, suda abundantemente, gritar no la ayudará, está sola. En un instante repasa todos los libros sobre trenes que ha leído, todos los personajes, todas las intrigas, los peligros desfilan en su mente. La masa oscura avanza, se acerca siempre más.

—Su billete, por favor, —solicita el revisor, un gigante negro con una sonrisa reluciente.

Marnie, totalmente perdida, busca el billete en su cartera, en su bolso de mano donde finalmente lo encuentra y se lo pasa al revisor que lo pincha y le da las gracias.

Después de despertarse completamente, Marnie reúne sus documentos, se reinstala cómodamente y retoma la lectura en el ambiente melancólico y un poco triste del coche verde.



Jean Claude Fonder

Massimiliano Gaspari presenta: Ruandi de Gerardo Fulleda León

Milán, 23 de julio de 2018.
Semana de Cuba en el festival Latino 
Americano.

http://www.italia-cuba.it

POETA. Un árbol no es el monte
como la gota no es río,
dame tu mano de hermano
y seremos monte y río.
Un pétalo no es rosa
como un ave no hace nido,
dame tu mano de hermano
y seremos rosa y nido.
Un grano no es la playa
como la nube no es cielo,
dame tu mano de hermano
y seremos playa y cielo.

¡Buenas tardes tengan todos los presentes! Hoy quiero contarles la leyenda de un muchacho. No fue príncipe ni sabio. Pero pudo ser aquel que cruza a tu lado y construye ese edificio que nos hace levantar los hombros con asombro. Quizás el que te enseña con amor o el que une con un lazo muy fuerte y delicado esos sonidos, silencios y palabras que canción llamas. …

POETA. Un albero non é il monte
come la goccia non é il fiume,
dammi la tua fraterna mano
e saremo monte e fiume.
Un petalo non é la rosa
come un uccello non é il nido,
dammi la tua fraterna mano
e saremo rosa e nido.
Un granello di sabbia non é la spiaggia
come la nuvola non é il cielo,
dammi la tua fraterna mano
e saremo spiaggia e cielo.

Che tutti i presenti godano di una buona sera! Oggi desidero raccontarvi la leggenda di un ragazzo. Non fu un principe né un saggio. Pera avrebbe potuto essere una di quelle tante persone che cié passata di fianco e che ha costruito quel palazzo laggiú che ci fa alzare lo sguardo con stupore. Forse é una di quelle persone che, con amore, ti offre i suoi insegnamenti o forse é quella persona che unisce con un laccio molto forte e delicato questi suoni, questi silenzi e queste parole che chiamiamo canzoni. …


Poniéndonos al día con Gerardo Fulleda León

de Darrelstan Ferguson
The University of the West Indies, Mona Campus

“Soy transgresor. No me gusta el centro . . . Me interesa lo que está en la periferia, todo lo que se ve dañado, todo lo que está marginado, sea el hombre, sea el negro, sea la mujer, sean las personas con sensibilidades o peculiaridades diversas. Eso es lo que me interesa porque no soy perfecto.” – Gerardo Fulleda León

Gerardo Fulleda León es uno de los más destacados dramaturgos de Cuba. Pertenece a una generación de escritores afrocubanos, entre ellos se destacan las poetisas, Nancy Morejón y Georgina Herrera, el dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa y el cineasta Sergio Giral, todos centrados en los discursos de la cultura e identidad afrocubana en sus obras. El teatro de Fulleda trata el tema del negro con una visión personal, nacional y universal. Sus piezas se sitúan principalmente en la historia y revelan una riqueza de mitos, ritos y leyendas que acentúan la retención e hibridez de la cultura africana en la diáspora. Su mundo teatral es llena de música, entretenimiento, un lenguaje poético y humor agudo y se ve ejemplificado en todo su quehacer, así como en la obra singular, Chago de Guisa (1989). De esta obra obtuvo el reconocido premio, Casa de las Américas en 1989.
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Jean Claude Fonder

Ulises

VIAJE
Christian Schloe

A la muchacha le gusta nadar. Cada día hace más de cien largos en la piscina. Es verano, la piscina del hotel en el que transcurren sus vacaciones es grande y muy bonita, en medio de un jardín lujoso. El hotel está en lo alto de una colina por las laderas de la Garfagnana, cerca del mar toscano. Desde sus balcones se ve, en la lejanía, el horizonte en su inmensidad azul. Allí debajo están los pueblos costeros de la Versilia, con sus playas enloquecidas de veraneantes.

Durante todo el día, Anastasia espera impaciente las 4 de la tarde. La liturgia de los bañistas es larga, repetitiva y aburrida, cada hora necesita refrescarse, reponerse la crema solar e intentar leer algo que supere las revistas de moda o de música pop. La época en la que las damiselas cuidaban celosamente su piel de alabastro ha pasado desde mucho tiempo, hoy no emular los colores de una india de regreso de vacaciones, parecería una condena a quedarse solterona o doblar el peligro de hacerse birlar al novio actual. 

A las 4, la familia vuelve al hotel para tirarse a la piscina, el mar en Versilia no es muy atractivo, parece poco limpio con su arena marrón y de todos modos no se puede nadar realmente, lo que Anastasia llama nadar, el placer inefable de moverse al compás, sin olas que te molesten, con la mente que se recoge en la intimidad de sus pensamientos. A Morgana, su hermanita de 6 años, que todavía nada con manguitos, le gusta mucho más quedarse en la playa, saltar las olas del mar, los juegos en la arena. 

Por eso Anastasia le ha comprado un pequeño barco eléctrico, hoy lo van a estrenar. Por suerte el agua de la piscina llega casi al nivel de los bordes, la niña puede poner a flote el barco sin entrar en el agua. Es mejor hacerlo en la piscina porque el agua es más tranquilla. 

—Vamos a bautizar el barco, Morgana. Lo llamaremos Ulises en honor del famoso viajero griego, el que logró huir del canto de las sirenas haciéndose atar al mástil del barco para finalmente reunirse con su mujer Penélope.

El Ulises se pone en marcha suave y valerosamente, toma la dirección de la otra orilla ante los aplausos entusiasmados de la hermana pequeña. El motor vibra con regularidad enfrentándose a las olas que, dada la dimensión del pequeño barco, son amplias y desordenadas. Sin embargo, el Ulises prosigue sus esfuerzos sin cansarse. Morgana y Anastasia se han trasladado a la otra orilla y esperan al ganador cuando, de repente, llega una enorme ola que sumerge y vuelca al pobre Ulises. Un nadador desconsiderado había virado acrobáticamente desde el otro lado de la piscina, provocando un verdadero tsunami. Morgana llora desesperadamente.

Entonces Anastasia entra en el agua, recupera el Ulises, lo pone de nuevo a flote en dirección de la zona menos profunda y lo hace partir nadando a su lado y protegiéndolo con su cuerpo como una verdadera Nereida, diosa de los marineros.



Jean Claude Fonder

Leer a Alejandro Chanes Cardiel

Milan, junio de 2018.

El calor oprime la ciudad, estoy en mi sillón delante de la computadora, Alejandro me mira con una sonrisa imperceptible, siento mis párpados pesados, pero estoy bien, vacío, relajado, acabo de leer Al rayar el día, uno de los relatos de Nadie está bien del todo que la Colección El pez volador ha publicado en mayo de 2018.

Un hombre regresa del sueño a la realidad, el aroma del café llena el ambiente matutino y se prepara para ir a trabajar. Mientras, la vida se despierta con alegría en la ciudad, como si estuviéramos en la canción Paris s’éveille de Jacques Dutronc, él:
Acelera el andar y se hunde en la oscuridad del metro cuando ya el sol ha ocupado la mañana.
También yo me despierto del todo, ante la descarga que me da esta frase anodina.
Y no es la primera vez. Los relatos de Alejandro Chanes son variados, de dimensiones diferentes, con el humor de Tati siempre presente, un humor de situación. Alejandro nos cuenta extractos de vida normal o casi, pero en cada uno de ellos hay algo raro, raro en los acontecimientos, en los personajes y, por supuesto, en las situaciones que nos hacen reír, a veces rechinando los dientes. Los payasos a veces son tristes, y la cara blanca se burla de ellos.

Los cuentos están reagrupados en tres secciones:

I.   Síntomas preocupantes
II.  Lo normal extraordinario
III. Todo esto es muy raro

Comentaré uno de los cuentos que más me ha gustado de cada una para que puedan hacerse una idea, pero todos son muy buenos y, aunque el conjunto es estremecedor, aconsejo saborear cada cuento como si fuera una verdadera praline, rica de reflexión.

I. Mi mujer, la muleta y yo
Crónica de una caída

En esta crónica no falta el humor inglés, que brilla en el episodio cuando nuestro protagonista es conducido en silla de ruedas y encuentra otro vehículo, un cochecito de niño:
Su ocupante me suele mirar raro, salvo uno muy solidario que me ofreció un conejito de goma. En cambio con otro tuve un pequeño problema; yo, de natural amable, acerqué mi mano para hacerle una caricia pero el muy … me pegó en el dedo y luego miró a su madre quien, con una sonrisa amorosa, dijo a mi acompañante: «está muy adelantado, tiene varios dientes», y luego con un gesto de la cabeza, dirigido hacia mi persona, preguntó: «¿y él?». Mi conductora le respondió muy satisfecha:
—Ya está dando los primos pasos.

II. Una historia corriente

Será corriente esta breve historia, pero no me asombraría que en un rincón oscuro del salón encontrásemos a un Hitchcock que con un dedo sobre los labios nos invita a decir que no le hemos visto. En la luz moribunda de un atardecer, en una habitación envuelta por la soledad, asistimos a un asesinato perpetrado por un corcho descorchado. Este es el ambiente en el que Alejandro magistralmente nos hace vivir esta historia corriente.

III. La sombrilla

Una mujer joven, con una sombrilla en su mano que hace girar de vez en cuando, avanza hundiendo sus pies en la hierba, aún húmeda por el rocío. La mañana es radiante, con un cielo azul apenas salpicado por pequeñas nubes dispersas. Tiene el semblante alegre, a tono con aquella explosión de paz y belleza que la rodea.
La luz, el ambiente, la naturaleza, tienen siempre mucha importancia en los relatos de Alejandro. Como amante de cine que soy, eso me gusta mucho; no me interesa solo el guion, si no que me encanta que el director me deje descubrir los alrededores de la historia. Después, cuando ocurre lo terrible, lo raro, lo inesperado, estoy preparado.

Aconsejo a todos que no se pierdan esta pequeña joya: Nadie está bien del todo.


Jean Claude Fonder

Valeria Correa Fiz participa en el proyecto “Frankenstein Resuturado”

Se cumplen 200 años del nacimiento de la criatura de Mary Shelley, de una criatura, como ella misma dijo, no creada del vacío sino del caos. En Frankenstein resuturado, un proyecto magníficamente editado por la editorial Alrevés y dirigido por Fernando Marías, se homenajea a un personaje que cambió la literatura y que se convirtió en un referente tanto de la novela romántica inglesa como de la novela de terror.

… (+) Sigue leyendo el articulo de Almudena Natalías en Moon Magazine

1848-1857 Valeria Correa Fiz, «Dos bordes de una misma herida»: Tras la muerte de Mary Shelley (su madre, su amada), la criatura, con el lenguaje desgarrador que nace tras la muerte de un amor, imagina un futuro con ella. 

Ilustración de Fernando Vicente

Junto a la prosa y a la poesía, no podía faltar la música. Los 21 relatos se abren y se cierran con unas composiciones musicales que acompañan al lector en su lectura. ¿Qué más podemos pedir?


TELEMADRID


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Jean Claude Fonder

In grandmas hands

In grandmas hands
Keith Duncan Mallett

Cuando vi por primera vez este cuadro, me gustó inmediatamente. Los colores son omnipresentes, rojos, amarillos, marrones y muchos otros. Predominan los colores cálidos, pero la calidez la trasmiten sobre todo los sentimientos que manifiesta la abuela, la Grandma, hacia el niño o la niña, el amor no distingue. ¿Quién no percibe la felicidad en la mirada del niño que elige la única rosa amarilla del ramo de flores multicolores? ¿Quién no querría sentirse protegido en el abrazo de esta ancha estola, ella también adornada por un dibujo floral? 

No conocía a Keith Mallett, así que busqué sus obras en google. Las palabras que me vienen en mente para cualificar este artista, sin duda son colores, África, mujeres, música de jazz, en este caso música soul. Me encanta el dibujo de este trompetista del que no se ve la cara, solo el sombrero y su instrumento que está tocando. Oigo hasta acá «Work Song» del Cannonball Adderley Quintet. 

Todo está un poco estilizado en su obra, pero me parece que el cuadro que hemos elegido es un poco más personal. Se podría imaginar este dialogo con su hijo que le dice:

—Papá tu estas siempre dibujando a preciosas mujeres africanas vestidas de riquísimos vestidos colorados. ¿Por qué no dibujes a Grandma? ¿Es porque se viste siempre de negro?

—Bueno hijo, tu Grandma es hermosa. Si se viste de negro es solo para recordar a Grandpa. Quiere que veamos que no lo olvidará nunca. Yo tengo que dibujar cosas alegres, coloradas porque es lo que piden mis clientes,

—Pero Papá, ¿no se puede hacer nada?, Grandma me quiere mucho, no me regaña nunca, me trae siempre bonitos regalos, es tan cariñosa conmigo. Su piel es dulce como la seda. Estoy seguro de que le gustará a tus clientes.

—Hijo, hijo ¿qué me estas pidiendo?

—Papá eres un artista famoso, eres buenísimo ya lo sé. Es verdad que Grandma es muy linda, le pediré que se ponga su gran estola de rosas y yo me pondré en su regazo con un ramo de flores. Ya verás que a la gente le va a gustar. Tienes que pedírselo tú y la harás feliz y la gente lo sentirá.

No sé si fantaseo pero la realidad es que su cuadro “En Grandma’s Hands” es una de sus obras más conocidas y que a mí me encanta.



Jean Claude Fonder

Tras las huellas de Sherezade de Carmen Dorado Vedia

Tras la huellas de Sherezade es un libro precioso, un libro literalmente maravilloso que nos transporta al mundo caluroso, ruidoso y oloroso de la civilización árabe, la de Las mil y una noches, de Naguib Mahfouzo de Amín Maalouf. Un mundo que retrata con gran competencia y habilidad literaria Carmen Dorado Vedia. El suyo es un estilo que privilegia la sensualidad de las descripciones, que percibimos y gozamos casi físicamente. Es actualizado, las guerras modernas, las bombas, el oro negro y el extremismo asesino están presentes, pero esta civilización eterna renace de sus cenizas bajo la pluma de la autora. Sus cuentos en un cierto modo no tienen final, ni siquiera inicio, porque son la vida que se desarrolla  ante nuestros ojos y todos nuestros sentidos. No faltan los ladrones simpáticos, el genio impresionante, los mercaderes avispados y las mujeres preciosas. Me encantaron todos los cuentos, me impresionó seguir con la autora las huellas coloradas y olorosas de Sherezade y lloré con ella al despedirme de este excelente libro.

Un libro sobre la alegría y la dificultad de vivir, sobre el placer y el dolor, sobre el pasado suntuoso que es urdimbre del miedo. Un libro sobre la belleza de la noche en Oriente, y sobre las noches en las que las sirenas de la guerra no dejan conciliar el sueño. Sobre el encuentro y el desencuentro. La violencia y el amor. Sobre la necesidad de contar una historia, y el deseo imperioso de olvidarla. Una punzante reflexión sobre los tiempos difíciles.

Clara Obligado


Carmen Dorado Vedia
nació en Madrid en 1959. Su interés por el mundo árabe la ha llevado a viajar por todo Oriente Próximo y a estudiar su historia, su cultura, su literatura y su lengua en diversas instituciones (Escuela Internacional de Estudios Judeo-Cristianos, Centro de Estudios Árabes Afaq). Desde hace varios años asiste a los talleres literarios de Clara Obligado. Sus cuentos han sido publicados en antologías como Un lugar donde vivir (Madrid, 2006), Apenas unos minutos (Madrid, 2008), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011) y Futuro imperfecto(Madrid, 2012). Ha sido seleccionada finalista en la III Edición del Concurso Internacional de Microrrelato Museo de la Palabra. Tras las huellas de Sherezade es su primer libro en solitario.


Jean Claude Fonder

Belleza

En las Alturas
Charles Courtney Curran

Por el gran ventanal una luz prepotente penetraba el taller, se podía contemplar el azul del cielo manchado por inocentes y voluminosos cúmulos que lo invadían. El pintor había instalado su caballete a contraluz, y miraba con atención su último cuadro. Representaba tres muchachas sentadas alineadas como cariátides, con vestidos que parecían túnicas del color de las nubes. Lo había llamado En las alturas. La mirada de las chicas y la pendiente sugerida por la posición del cielo, confirma el porqué de este título. La pintura parece integrarse completamente con el paisaje exterior, dando continuidad al contraluz que siluetea a las tres jóvenes chicas.

Pero él no estaba satisfecho, muchas de sus pinturas reflejaban la naturaleza distinguida, idílica de la comunidad, con el juego de figuras dentro de paisajes pintorescos de la colonia artística de Cragsmoor donde veraneaban. Los modelos que elegía Grace, su esposa, casi siempre muchachas, eran perfectas, demasiado perfectas.

Miren, aquí, en este cuadro, como en los otros, los perfiles de las tres eran casi iguales, solo el color y el peinado de los cabellos cambiaban. Eran como iconos, puras, santas y al final insípidas, sin sabor. 

En este momento, entró Grace, vestida para salir, con el sombrero en la cabeza.

—¿Este cuadro está terminado? —preguntó ella. —Hay muchos pedidos. ¿Quieres que traiga otros modelos?

No respondió y la llevo ante la ventana a contraluz, girándola para que se viera de perfil. Tomó una tela nueva ya preparada, quitó En las alturas del caballete, y la sustituyó con esta. Miró atentamente la cara de su mujer. Obviamente la conocía muy bien, a su mirada de pintor ningún detalle podía escapar. Vista de perfil, y en este caso había elegido el izquierdo, el que ella no quería enseñar, se notaba la nariz, proporcionalmente importante en el equilibrio completo de su cabeza. Era como un pentágono en el que la cara era un perfecto ángulo obtuso. Con el sombrero, muy femenino, que llevaba en la delantera una enorme flor de tejido verde claro coordinado con su mantón, el conjunto se parecía a una flor que habría que completar.

Trajo una mesita alta con un jarrón lleno de viburno y lo puso delante de ella, le hizo tomar una flor con la mano y mirar hacia abajo en la actitud de alguien que busca el perfume de la flor. Ya tenía en mente el cuadro que quería realizar. Será todo a contraluz, para ablandar los colores y el perfil de su mujer. Quería crear una pintura suave y tierna: un homenaje a la belleza de su mujer, la verdadera belleza, la que tiene personalidad y carácter.

Cogió un carboncillo y empezó a dibujar.



Jean Claude Fonder

Nadie está bien del todo de Alejandro Chanes Cardiel

Que presentará la escritora Valeria Correa Fiz el próximo 17 de mayo a las 20:00 horas en Libreria Burma (calle Avemaría, 18)

De lo cotidiano a lo extraño, de la comedia a la tragedia, los cuentos de Alejandro Chanes dan la falsa sensación de ser inofensivos apuntes, acuarelas. Pero, a medida que avanzamos en su lectura, vamos descubriendo matices y cargas de profundidad, y el tono doméstico, la prosa cristalina, la brevedad de los textos por los que nos hemos dejado llevar placenteramente se cargan de significados. Son historias que nos podrían haber a todos: bastan una pareja y un portero, dos amigos, una mujer para erigir una historia. Basta una mañana de domingo en la ciudad, una tarde en el campo, una cigüeña que gira en torno a un campanario. Poco a poco el cuadro de costumbres se desvanece y da lugar a una cadena de resonancias que estremece al lector. Es la vida, con toda su sencillez y con toda su complejidad, el poder de estos cuentos y de la literatura, que siempre sorprende.

Clara Obligado


Alejandro Chanes Cardiel
nació en Segovia. Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense y Diplomado en Sociología por el CSIC. Su actividad profesional se ha dirigido a la promoción del comercio exterior, y en ese ámbito ha sido asesor de Relaciones  Económicas Internacionales. Fue redactor responsable de la sección de Ciencias Económicas en la Enciclopedia de la Cultura Española, para la que elaboró diversos artículos. Es editor, junto con Carmen Dorado Vedia, de la revista online Alquimia Literaria. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías bajo la dirección de Clara Obligado, como Un lugar donde vivir (Madrid, 2005), Apenas unos minutos (Madrid, 2007), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011), Futuro imperfecto (Madrid, 2012), ¿Y usted de qué se ríe? (Madrid, 2013) y La Isla(Madrid, 2014). Nadie está bien del todo es su primer libro de relatos en solitario.


Un cuento de Alejandro Chanes Cardiel


UN HOMBRE TONTO ES FACIL DE ENCONTRAR

Sinesio sale del portal y va hasta el paso de peatones.  El semáforo está rojo. A su lado un hombre, con gafas oscuras, golpea el suelo con un bastón. 

La luz se pone verde y Sinesio, agarrando al hombre por el brazo, trata de conducirlo hasta el otro lado. Una pierna renqueante dificulta la marcha y de su boca salen murmullos incomprensibles.

“Vamos, vamos –le dice Sinesio- dese prisa porque se nos va a cerrar el disco”. Y  por fin, tras un tira y afloja, llegan hasta la acera, justo cuando el semáforo pasa a rojo.

Sinesio, satisfecho de su buena obra, le da unas palmaditas y se va silbando. Y allí queda el hombre. Su rostro, en un instante, va adquiriendo un color granate y un brillo de furia aflora a los ojos. Sus manos blanden el bastón amenazante, mientras que en su interior lanza maldiciones:

“Maldito dentista y su anestesia que me ha dejado sin voz, maldita sea mi cojera y sobre todo, maldito sea el demente que me ha obligado a cruzar la calle y me ha hecho perder el último autobús a mi pueblo». 

  • (No forma parte de NADIE ESTÁ BIEN DEL TODO)

Jean Claude Fonder

Lluvia

Seguía lloviendo. Hacía días y días que no paraba de llover. Caminaba a paso ligero muy pegado a las fechadas. Un negro simpático me ofreció un paraguas que yo rechacé sin que él entendiera el por qué. No me gusta caminar con un paraguas, aunque me gusta mucho «Cantando bajo la lluvia». No llevaba ni siquiera el sombrero de Gene Kelly, lo tengo en casa, pero no me lo pongo nunca. De todos modos al final él tampoco se protegía, le gustaba sentir la lluvia. Ya sé que era un lluvia templada creada por Hollywood, pero era una lluvia cantadora y muy simpática.

Pero mi lluvia sí que mojaba, el agua chorreaba también desde los techos, tenía que pararme. Vi un portal abierto y me refugié dentro. Era un suntuoso zaguán milanés, todo de mármol y al fondo una preciosa cancela de hierro forjado que daba a un patio maravilloso que con este diluvio parecía un claro en la selva amazónica. A izquierda en el zaguán había un escalera de entrada que daba al interior de la casa y al lado un placa de cobre con la inscripción «Escuela de modelos».

Llovía cada vez más fuerte, apenas se veía afuera, cuando, repentinamente, oí taconear detrás de mi, me di la vuelta y la vi. Una mujer estupenda ondulaba con un paso decidido en mi dirección. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño desordenado, llevaba vaqueros estrechos que resaltaban su cuerpo perfecto y sobre todo se entreveía sus pechos que temblaban ligeramente bajo su blusa con cada movimiento que hacía. Todo en ella evocaba una mujer.

Me esperaba que al llegar donde yo estaba, se hubiera parado, que se hubiera dado la vuelta y, con ese paso típico de las modelos,  hubiera caminado hacia la cancela poniendo un pie exactamente delante del otro, encaramada encima de sus tacones de 12 cm. Después se habría dado de nuevo la vuelta y, como en una barca ondulando en un mar invisible, me habría ofrecido la contemplación de su cuerpo casi desnudo, mientras se acercaba de nuevo a mi.

– ¿Me podría  prestar su abrigo?- preguntó con acento indefinible.

– Con esta lluvia no puedo volver así a mi apartamento.

Me quité el abrigo y se lo di. Ella me dio su tarjeta de visita, se puso el abrigo por encima de la cabeza para proteger su pelo y se precipitó corriendo bajo la lluvia. Permanecí un momento aturdido, pero en seguida, mirando hacia arriba, vi que asomaba un pedazo de cielo azul.


Jean Claude Fonder

La Bella Durmiente

LOphelia
 
John Everett Millais

El barco está volviendo a Brujas. Progresa con una majestuosa lentitud entre la doble hilera de álamos que protegen sus orillas y que luchan contra el poderoso viento que llega del mar.

Ofelia ha desaparecido.

Ayer tomamos un barco con rueda de palas que hacía una excursión a Damme, un pequeño pueblo medieval cercano. Pasamos la noche en un hotel. La estoy buscando desesperadamente desde esta mañana, no hay huella de ella por ninguna parte, por lo que he decidido regresar a Brujas. Anoche me equivoqué, reaccioné de mala manera, y ahora no está, estoy preocupado y este estúpido barco no se mueve, tenía que haber cogido un taxi.

—Fueron presos españoles de Napoleón los que cavaron este canal, que va de Brujas a Damme, dese el año 1810 … —recitaba el altavoz, como para justificar la baja velocidad del barco con rueda de palas con sus dos chimeneas a imitación de los del Misisipí pero en versión reducida.

Ofelia es mi novia, íbamos a casarnos en Mayo. Estábamos de vacaciones en Brujas, como ella quería. Había leído Brujas la Muerta de Georges Rodenbach, el mito de Ofelia la fascinaba. Esta ciudad de agua, como adormentada en su pasado celosamente conservado, esta ciudad hermosa, tranquila y triste que te transporta a un sueño nostálgico, personifica este mito, el mito simbolista, el que había pintado John Everett Millais.

En este periodo invernal había pocos turistas, la ciudad antigua parecía descansar, el agua de sus canales permanecía lisa y reflejaba perfectamente las casas de estilo tradicional flamenco con sus techos de agudo ángulo, sus fachadas laterales cortadas en escalones y perforadas por numerosas ventanas. Es lo que le gustaba a Ofelia, pasear por las calles medievales semi desiertas, a lo largo de las orillas de los canales silenciosos, en los parques blanqueados por la escarcha mañanera, y soñar con el beguinaje ante las fachadas blancas de pequeñas casas vacías que los troncos de los arboles desnudos tachaban inexorablemente. El lago de los Enamorados le gustaba especialmente, los cisnes que se deslizan dignos y magníficos sobre el agua gélida como si arrastraran el bote de Lonhengrin bajo los árboles plateados.

—El lago, por supuesto —digo con voz alta, mientras me cuelo para desembarcar más rápidamente.

Cojo un taxi y le pido que me lleve al lago de los Enamorados. Corro como un loco por el parque, busco en cada rincón, está aquí, lo siento, y finalmente la veo sentada en un banco.

Parece meditar, su mirada fija está perdida en el lago, un ramo de crisantemos de todos los colores apretado en su pecho.



Jean Claude Fonder

Bernard Pivot

Hace unos días, leí en Facebook una maravillosa reflexión de Bernard Pivot sobre la vejez que me conmovió. Comparto completamente su pensamiento, él tiene 82 años y yo 74. Espero que pueda ser una ayuda para entender mejor este periodo difícil y conclusivo de nuestras vidas. 

 
Bernard Pivot es un personaje extraordinario, hoy presidente de la academia Goncourt que otorga el más famoso premio de la literatura francesa. Periodista literario, ha presentado diversas transmisiones literarias entre las cuales una, la más famosa, llamada Apostrophes, que ha tenido una influencia fundamental para la difusión de la literatura y de la cultura en Francia. Cada viernes, durante muchísimos años, ha ocupado las horas principales de la noche televisiva.
Era apreciado sobre todo por sus cualidades de entrevistador. Su tono cordial y espontáneo y su manera simple y directa de plantear las cuestiones permitían a todos los públicos entrar en el debate. En ningún momento, el espectador se sentía excluido.
He traducido su texto al español y he añadido un extracto de sus entrevistas con algunos escritores.


Bonjour vieillesse

J’aurais pu dire:
Vieillir, c’est désolant, c’est insupportable,
C’est douloureux, c’est horrible.
C’est déprimant, c’est mortel.
Mais j’ai préféré «chiant».
Parce que c’est un adjectif vigoureux
 qui ne fait pas triste.
Vieillir, c’est chiant parce qu’on ne sait pas quand ça a commencé et l’on sait encore moins quand ça finira.
Non, ce n’est pas vrai qu’on vieillit dès notre naissance.
On a été longtemps si frais, si jeune, si appétissant.
On était bien dans sa peau.
On se sentait conquérant. Invulnérable.
La vie devant soi. Même à cinquante ans, c’était encore très bien…
Même à soixante.
Si, si, je vous assure, j’étais encore plein de muscles, de projets, de désirs, de flamme.
Je le suis toujours, mais voilà, entre-temps j’ai vu le regard des jeunes…
Des hommes et des femmes dans la force de l’âge qui ne me considéraient plus comme un des leurs, même apparenté, même à la marge.
J’ai lu dans leurs yeux qu’ils n’auraient plus jamais d’indulgence à mon égard.
Qu’ils seraient polis, déférents, louangeurs, mais impitoyables.
Sans m’en rendre compte, j’étais entré dans l’apartheid de l’âge.
Le plus terrible est venu des dédicaces des écrivains, surtout des débutants.
«Avec respect», «En hommage respectueux», «Avec mes sentiments très respectueux».
Les salauds! Ils croyaient probablement me faire plaisir en décapuchonnant leur stylo plein de respect? Les cons!
Et du « cher Monsieur Pivot » long et solennel comme une citation à l’ordre des Arts et Lettres qui vous fiche dix ans de plus!
Un jour, dans le métro, c’était la première fois, une jeune fille s’est levée pour me donner Sto arrivando! place…
J’ai failli la gifler. Puis la priant de se rassoir, je lui ai demandé si je faisais vraiment vieux, si je lui étais apparu fatigué. !!!… ?
—Non, non, pas du tout, a-t-elle répondu, embarrassée. J’ai pensé que.
Moi aussitôt :
—Vous pensiez que?
—Je pensais, je ne sais pas, je ne sais plus, que ça vous ferait plaisir de vous asseoir.
—Parce que j’ai les cheveux blancs?
—Non, c’est pas ça, je vous ai vu debout et comme vous êtes plus âgé que moi, çà été un réflexe, je me suis levée.
—Je parais beaucoup… beaucoup plus âgé que vous?
—Non, oui, enfin un peu, mais ce n’est pas une question d’âge.
—Une question de quoi, alors?
—Je ne sais pas, une question de politesse, enfin je crois.
J’ai arrêté de la taquiner, je l’ai remerciée de son geste généreux et l’ai accompagnée à la station où elle descendait pour lui offrir un verre.
Lutter contre le vieillissement c’est, dans la mesure du possible, ne renoncer à rien.
Ni au travail, ni aux voyages, ni aux spectacles, ni aux livres, ni à la gourmandise, ni à l’amour, ni au rêve.
Rêver, c’est se souvenir tant qu’à faire, des heures exquises.
C’est penser aux jolis rendez-vous qui nous attendent.
C’est laisser son esprit vagabonder entre le désir et l’utopie.
La musique est un puissant excitant du rêve. La musique est une drogue douce.
J’aimerais mourir, rêveur, dans un fauteuil en écoutant soit l’adagio du Concerto no 23 en la majeur de Mozart,
soit, du même, l’andante de son Concerto no 21 en ut majeur,
musiques au bout desquelles se révèleront à mes yeux pas même étonnés les paysages sublimes de l’au-delà.
Mais Mozart et moi ne sommes pas pressés.
Nous allons prendre notre temps.
Avec l’âge le temps passe, soit trop vite, soit trop lentement.
Nous ignorons à combien se monte encore notre capital. En années? En mois? En jours?
Non, il ne faut pas considérer le temps qui nous reste comme un capital.
Mais comme un usufruit dont, tant que nous en sommes capables, il faut jouir sans modération.
Après nous, le déluge?….Non, Mozart.
Voilà, ceci est bien écrit, mais cela est le lot de tous, nous vieillissons!…
Bien ou mal, mais le poids des ans donne de son joug au quotidien.

Bernard Pivot


Habría podido decir:
Envejecer es lamentable, insoportable,
Es doloroso, es horrible.
Es deprimente, es mortal.
Pero he preferido decir «¡qué rollo!»
Porque es un dicho vigoroso que no parece triste.
 Envejecer, ¡qué rollo! porque no se sabe cuándo empieza y tampoco se sabe cuándo acabará.
No, no es verdad que se envejece desde el nacimiento.
Durante mucho tiempo éramos tan frescos, jóvenes, apetitosos.
Nos sentíamos bien.
Nos sentíamos conquistadores. Invulnerables.
Toda la vida por delante. También a los cincuenta años, se estaba todavía muy bien… También a los sesenta.
Sí, sí, se lo aseguro, estaba aun entonces lleno de músculos, de proyectos, de deseos, de llama.
Todavía hoy, pero mientras tanto he visto la mirada de los jóvenes…
Hombres y mujeres en la flor de la vida que ya no me consideraban uno de ellos, ni parecido, más bien al margen.
Leí en sus ojos que ya no serían indulgentes conmigo.
Que serían educados, deferentes, lisonjeros, pero despiadados.
Sin darme cuenta, había entrado en el apartheid de la edad.
Lo más terrible fueron las dedicatorias de los escritores, sobre todo los principiantes.
«Con respeto», «En  respetuoso homenaje«, «Con mis más respetuosos sentimientos”. ¡Cabrones! Creían probablemente que me agradaban destapando su bolígrafo lleno de respeto ¡Los muy gilipollas!
¡Y qué decir del « querido señor Pivot », largo y solemne, como si fuera una cita a la orden de las Artes y las Letras que concediera diez años más!
Un día, en el metro, era la primera vez, una muchacha se levantó para dejarme su asiento…
Casi la abofeteé. Una vez que logré que se sentara, le pregunté si le parecía tan viejo, si le había parecido que estaba cansado.
—No, no, en absoluto, —respondió, avergonzada. —He pensado que…
Yo inmediatamente:
—¿Ha pensado qué?
—Pensaba, no sé, ya no lo sé, que le agradaría sentarse.
—¿Porque tengo el pelo blanco?
—No, no es eso, le he visto de pie y como usted tiene más edad que yo, ha sido un reflejo, me he levantado.
—¿Parezco tener muchos…muchos más años que usted?
—No, sí, en fin un poco, pero no es una cuestión de edad.
—¿Una cuestión de qué, entonces?
—No lo se, una cuestión de cortesía, en fin, creo.
Dejé de provocarla, le agradecí su gesto generoso y la acompañé a la parada en la que se bajó para ofrecerle una copa.
Luchar contra el envejecimiento es, en la medida de lo posible, no renunciar a nada.
Ni al trabajo, ni a los viajes, ni a los espectáculos, ni a los libros, ni a la gula, ni al amor, ni al sueño.
Soñar, es acordarse de todo lo que hay que hacer, de las horas exquisitas.
Es pensar en las hermosas citas que nos esperan.
Es dejar el espíritu vagabundear entre el deseo y la utopía.
La música es un excitante poderoso del sueño. La música es una droga dulce.
Me gustaría morir, soñando en una butaca, escuchando ya sea el adagio del Concierto no 23 en la mayor de Mozart, ya sea, del mismo modo, el andante de su Concierto no 21 en do mayor,
músicas al final de las cuales mis ojos no se asombrarán contemplando los paisajes sublimes del más allá.
Pero Mozart y yo no tenemos prisa.
Nos tomaremos nuestro tiempo.
Con la edad el tiempo pasa, o bien demasiado rápido, o bien demasiado lentamente.
Ignoramos todavía de cuánto capital disponemos. ¿Años? ¿ Meses? ¿ Días?
No, no hay que considerar el tiempo que nos queda como un capital.
Más bien como un usufructo del que, mientras seamos capaces, hay que gozar sin moderación.
¿Después de nosotros, el diluvio?…. No, Mozart.
Bueno, esto está bien escrito, pero es el destino de todos, ¡estamos envejeciendo!…
Bien o mal, pero los años, cada día, nos subyugan un poco más.

Traducción Jean Claude Fonder


Bernard Pivot recibe algunos escritores en la  transmisión «Apostrophes»:

Jean-Marie Gustave Le Clézio
Jorge Luis Borges
Marguerite Yourcenar
Umberto Eco
Georges Simenon
Alexandre Soljenitsyne
Claude Lévi-Strauss
Régine Deforges

Images d’archive INA Institut National de l’Audiovisuel
http://www.ina.fr


Jean Claude Fonder

Niña en el Museo

Las Musas Inquietantes
Giorgio de Chirico

—Niña, vamos a entrar en la sala de exposiciones. Acuérdate, ponte en el centro de la sala, echa un vistazo panorámico y acércate a la obra que te atraiga más.

Es mi nieta, tiene 16 años pero la llamo niña desde siempre. Le gusta el arte, dibuja muy bien, quizás sea ese su futuro. Le estoy enseñando cómo entrar en relación con una obra, es más, le enseño mi método. Seguro que no todos estarán de acuerdo. Veo en los museos mucha gente armada de una guía, un libro, auriculares o también sus móviles, que se ponen en fila para ver todas las obras una por una. Aún peor, se agregan a un grupo para escuchar a un guía que le cuenta la vida del autor y lo que él hubiera querido decir, según un eminente crítico. La obra, apenas alcanzan a verla. No sé si lo habéis notado, pero a los autores no les gusta mucho hablar de sus obras, en particular los que practican las bellas artes. La verdad es que ya se han expresado con sus obras, con las técnicas que utilizan, y obviamente con el título de la obra. Para la música, el compositor necesita un intérprete, por eso cada interpretación puede convertirla en una obra muy diferente. Para las otras artes, la emoción puede nacer de nuestra relación directa con la obra, añadir la interpretación de otras personas puede enriquecerla o empobrecerla.

—Me gusta ese cuadro con los juegos de las luces y de las sombras, —dice Niña, y se acerca a un cuadro de Giorgio de Chirico, lee la etiqueta y añade: — Las musas inquietantes, 1916, Giorgio de Chirico, Milán, Colección privada.

El cuadro no es muy grande (aceite, 97 cm x 66 cm)

—¿Por qué te gusta, Niña?

—Me gustan las sombras, los maniquíes sin caras que transmiten expresiones mediante la postura en la que se ponen. Por ejemplo, el que representa una mujer sentada está tranquilo, apaciguado, y el que está de espaldas me parece triste. Este cuadro me hace pensar en maniquíes que retoman vida. Como si fueran objetos perdidos y abandonados. Si me inspirase en esta obra para dibujar algo, creo que daría también vida a los objetos, como si fueran piezas de un juego de ajedrez.

—Interesante, yo no habría pensado en eso. ¿Conoces a de Chirico?

—No, no conocía a este artista. Me gusta mucho, voy a buscar otras obras.

—Es un surrealista, como Magritte o Dalí. Es italiano pero trabajó sobre todo en Francia. Para mí el cuadro representa un escenario de teatro, a lo mejor uno como los que se utilizaban para “La commedia dell’arte”. En el fondo hay una fábrica y el castillo de los Este en Ferrara. De hecho hay tres maniquíes, dos con alfileteros y un sin, pero con uno apoyado a su lado, una vara y otros accesorios de teatro. También a mí me encanta el ambiente, raro, vacío, como abandonado, pero con una luz caliente y las sombras largas del atardecer. Tu notarás que hay errores de perspectiva… ¿Un hermoso misterio, no? Ideal para inventar una historia.



Jean Claude Fonder