Blog

El maletín

Por fin, Luz María se había decido. Había comprado un pasaje a Italia. Un vuelo largo, pero merecía la pena y, sobre todo, tenía ganas de encontrar a su novio que se había trasladado a Milán. A pesar de sus 25 años era la primera vez que viajaba sola al extranjero. Le habían asegurado que alguien vendría a recogerla a Malpensa. Un coche estaría esperándola. Llegó al aeropuerto internacional, realizó la facturación de su equipaje, una maleta y otro maletín que un amigo le había entregado para que se lo llevara a Carlos. El amigo le había dicho: «Contiene regalitos que le ayudarán a enfrentar la añoranza del hogar». Retiró su tarjeta de embarque y subió al avión sentándose en el asiento de ventanilla. El miedo a volar le hacía imaginar que algo irreparable iba a suceder y cuando el avión, envuelto por las nubes, perdió altura con bruscos espasmos, con el ala derecha inclinándose, sintió un vacío en el estómago. pensó en la agonía de los que mueren en el interior de un avión, en morir fuera del mundo en mitad de la nada y luego en los cuerpos quebrados en el suelo. Siempre había pensado que los aviones eran trampas para los seres humanos. Por supuesto nunca imaginaría que le esperaba una trampa diferente. Llegó a Milán en una fría noche de invierno. Acababa de recoger su maleta y el maletín de la cinta de equipaje cuando dos hombres uniformados la detuvieron. Revisaron el maletín encontrando allí 200 esmeraldas de diferentes tamaños y tonalidades. La acusaron de traficar con piedras preciosas y la trasladaron a una celda a la espera del interrogatorio. Allí abandonada, asustada, tiritando de frío, se acordó de esos animalitos aterciopelados de pequeño tamaño, con grandes uñas y unos pequeños ojos, atrapados en las trampas que el abuelo ponía en la huerta. Se acordó de cómo intentaba llegar antes que el abuelo para liberarlos. Como ellos, sin darse cuenta, había caído en una trampa y ahora sólo tenía que esperar a ver lo que iba a suceder, a que alguien viniera, un salvador o tal vez un verdugo.

.

Raffaella Bolletti

Los juguetes del abuelo

Minervino se aburría como una ostra, encerrado en la casa de los abuelos, mientras afuera se desencadenaba una tormenta. 

“Voy a ver los dibujos animados en la tele” dijo resignado, pero justo en aquel momento un rayo cayó muy cerca del jardín, seguido por un rugido espantoso.

“Vaya rayo!” exclamó la abuela “Y además, hay un apagón… Nada de tele, por hoy” .

“Entonces voy a jugar un poco con el ordenador”

“Es imposible”, contestó el abuelo. “La batería está descargada”

“Puedo jugar con el móvil…”

“Tengo una idea mejor. ¡Vamos a la buhardilla!” propuso el abuelo.

Minervino nunca se había fijado en la trampa en el techo del salón de los abuelos.

La trampa se abrió rechinando un poco, como si no quisiera abrirse después de tanto tiempo, y el abuelo bajó la escalera plegable. “¡Vamos!” le animó.

A Minervino le daba miedo ese mundo oscuro que se atisbaba desde la trampa, pero si era el abuelo el que lo invitaba a subir…  En la buhardilla, todo estaba gris, cubierto de un montón de polvo. Mientras el niño miraba a su alrededor, desconcertado, el abuelo buscó hasta encontrar una caja muy gorda. “Acaso, ¿alguna vez te has preguntado cómo nos divertíamos los abuelos de niños, cuando no existían los juegos electrónicos y la televisión?” le preguntó.

A Minervino no le gustaban para nada las cosas viejas, pero el abuelo era tan bueno y simpático que se resignó a abrir la caja, pero…  

La caja se estremeció, cobró vida, se iluminó en una fantasmagoría de colores y de repente se oyeron voces provenientes del interior: “¡Por fin! ¡Hay un niño que quiere jugar con nosotros!” “¡Salgamos de aquí!”

Había soldados de juguete mecánicos que marchaban al ritmo de una marcha militar, un caballito de madera se balanceaba invitándolo a subir, una peonza giraba al ritmo frenético de una canción antigua. Canicas de vidrio de todos los colores, como locas, corrían por toda la buhardilla: se alcanzaron, se golpearon, volvieron a entrar en la caja gritando “¡Gané! ¡Gané!”

“Pero abuelo…  Tú…  tú … ¿tenías juegos de control remoto?” preguntó Minervito, nada más recuperar el aliento.

“No son de control remoto”, contestó el abuelo con una mirada de encantamiento, “¡son mágicos!”

“¿Mágicos? ¿Qué quieres decir?”

“Quiero decir, Minervito, que la magia está en la fantasía que nos permite ver lo que los demás no ven, y en la capacidad de apreciar lo que tenemos sin quejarnos por lo que no tenemos, ¡eso es la verdadera magia!”

Minervito se lo pensó un poco. No estaba seguro de que lo había entendido bien, pero seguro había descubierto un nuevo mundo y no quería dejárselo escapar.

.

Silvia Zanetto

Trampa mensual

—¡Gabriel, no estoy para bromas! ¡Claro que te he reconocido!

Primero porque como actor eres un desastre, segundo porque George Clooney siempre me llama al móvil, por último, porque sé qué día es hoy….

¿Me extrañas?

¡Que raro!

Parece una casualidad, pero tú siempre me extrañas a finales del mes cuando estas a dos velas y me buscas para una cena de gorra.

… No hombre… de verdad, no estoy insinuando que seas un aprovechado. Lo confirmo. ¡Tú eres un vil aprovechado!

No, te lo juro, no estoy de mala leche, y no necesito un amigo para compartir sufrimientos y comida… ¡Gabriel, qué artista eres con las palabras!

A mí ya no me sorprendes. Conozco tus canciones pero, como siempre, capitulo. 

¡Para para para, lo sé que me quieres! 

Por favor no derroches palabras cuyo sentido no comprendes.

Pues, bueno, que no se te ocurra llegar antes de las ocho. En cuanto al vino, tinto o blanco, trae los dos… ¡Sí, … lo sé…, a mi también me gustaría contar con alguien!

.

Iris Menegoz

Recuerdos de una trampa

Cuando tenía 11 años, mi hermana que era 16 años mayor que yo, se casó con un farmacéutico de un pequeño pueblo de montaña. Se conocieron en unas vacaciones en la playa donde íbamos cada verano y donde él practicaba en una farmacia local después de graduarse. Después de la boda, mi hermana extrañaba mucho a su familia, Milán y sus amigas así que, cuando terminaba la escuela, mis padres me llevaban con ella.

La farmacia era muy antigua, con grandes estantes de madera oscura, en la parte superior había una hilera de vasijas de cerámica con inscripciones en latín, lo que me hacía pensar que contenían pociones mágicas.

Yo pasaba mucho tiempo en la parte trasera de la farmacia, donde estudiaba o miraba los nombres de las medicinas y por qué se usaban. Desde la parte de atrás había acceso a un patio que se abría a un sendero junto al Rio Tanaro.

Un día, mi cuñado vio un ratón en el patio y decidió poner una trampa que inmediatamente cazó un ratoncito; cuando lo vi tenía los ojos muy asustados y me miraba buscando ayuda, de inmediato decidí liberarlo, tomé la trampa, me fui a la orilla del rio, con dificultad lo saqué y tiré la trampa al agua.

Cuando mi cuñado se enteró, se enojó, pero sus ojos se rieron porque él también amaba a los animales. Después de aquello, no puso más trampas y los ratones desaparecieron, tal vez había algunos gatos alrededor…

Leda Negri

La trampa

El bar se llamaba «Wild West», salvaje oeste. Era muy sucio, las mesas estaban cubiertas de quemaduras de cigarrillo, el bar también. Era muy largo, como en las películas de vaqueros, todo era de madera y para completar el ambiente western había colgados en la pared cráneos de Búfalo, trofeos con cuernos largos. Era oscuro a más no poder y un olor persistente de cerveza y nicotina clasificaba definitivamente el local.

Johnny estaba sentado en una mesa en un rincón donde generalmente las parejas se refugiaban para coquetear antes de subir al piso donde había habitaciones que daban al pasillo en balcón. Las chicas no tardarían en llegar, pero aún era temprano. Delante de su última cerveza, fresca y espumosa, miraba tranquilamente a una pequeña rata escondida detrás del pie de una mesa en la otra esquina. El animal observaba un espléndido y copioso trozo de queso, probablemente queso suizo. Era muy apetitoso, sexy, se podría decir. Estaba depositado en una pequeña placa de madera en el centro de un extraño mecanismo de resorte. El olor del queso debía ser irresistible, porque el ratón lanzaba pequeñas miradas sigilosas a izquierda y derecha mientras remangaba su pequeña nariz.

Johnny no pudo juzgar realmente de eso, una fuerte bocanada de Chanel nº5, agredió su nariz. Nalgas bien redondas cubiertas de un tejido rojo bien ajustado se dirigían hacia el bar con un movimiento digno de los modelos de Victoria’s Secret. Ella se subió a un taburete, cruzó difícilmente las piernas bajo su minifalda muy estrecha y descubrió así el huso vertiginoso de sus muslos bien carnosos. Ella se volvió entonces hacia él, sonrió victoriosamente y proyectó adelante su corpiño escotado hasta su ombligo, al menos así lo imaginaba Johnny. Y, como si fuera la estocada final, le echó le echó un guiño significativo. 

Johnny, oyó detrás de él un «CLAC», el sonido de la trampa, y el grito desesperado del animalito. Se levantó, dudó un instante, miró a la chica en el bar y se dirigió precipitadamente hacia ella.

.

Jean Claude Fonder

Velocidad de las flores

VELOCIDAD DE LAS FLORES

En el jardín de hoy tiembla el fruto de mañana.
Una flor se pudre junto a otra flor,
la grama por debajo
la acogerá como los brazos de un padre.

Pétalo a pétalo,
aceptan el rumor del verano como destino.
Se abren al rocío, al viento, al canto de las abejas
sin jamás temerle a nada:
ni a la ira de las tijeras, ni a la humedad blanca
que desdibuja su belleza.

¿Quién pudiera
—erguido y silencioso como el tallo—
tolerar la lenta podredumbre y creer
en el ciclo sagrado de la vida:
calvario, crucifijo, tumba y resurrección,
y confiar en las primaveras por venir?

Valeria Correa Fiz

Velocidad de las flores

En el jardín de hoy tiembla el fruto de mañana.

Valeria Correa Fiz

Et rose, elle vécut ce que vivent les roses, l’espace d’un matin…

François de Malherbe

¡Hermoso joven, elegante caballero, de oro vestido! ¡Príncipe! ¡Detente! ¡Descansa un momento! 

Lleva puesto su mejor vestido, el del cual los colores centellean con el sol de la primavera. Ella ha abierto ampliamente su generoso escote, está ricamente adornado con perlas como las del rocío de la mañana, un poderoso perfume a las especias orientales se desprende.

¡Te embriagará! ¡Ven a dormir en sus brazos!

Hermoso Prince, eres el elegido, ella eligió sobrevivir contigo. 

Aquí está el fruto que la simiente que le has confiado merece. Madurará al calor del verano. Crecerá, su pelaje tomará los colores más vivos, su perfume será el suyo.

Será fuerte, será su futuro. 

La belleza de ella pronto se marchitará.

Cuando el viejo otoño con una sinfonía coral de colores pasados, los del fin de los tiempos, nos duerma a todos en el umbral del invierno con su manto inmaculado y protector, el ciclo de la vida va a terminar.

En primavera una flor, aún más bella surgirá, para saludar la primavera nueva

Jean Claude Fonder

Tomarse la vida

Tal y como las flores, nosotros también debemos aceptar nuestro destino, día a día intentando sacar lo mejor de lo que la vida nos ofrece y enfrentando lo malo con la sonrisa. 

Somos lo que queremos ser. Para ello debemos perdonar a nosotros mismos y practicar la paciencia y la resiliencia en cada situación.   

Y siempre podemos ser lo que queremos cuando seamos libres de no actuar como quieran los otros, sino actuar, vivir, ser lo que sabemos y queremos ser.

Y como las flores podemos florecer, perfumar y marchitar dependiendo solo de nosotros.

Elettra Moscatelli

La flor de hibisco

Desde hace tiempo me repetía a mí misma que no estaría mal salir un rato del mundo real para descansar. La vida no puede seguir pareciendo un tren de alta velocidad, necesitaría de algunos semáforos en ámbar intermitente para ralentizar. Así que acepté tu invitación, dejé atrás la ciudad y vine a visitarte. De hecho, hay momentos en los que parece ser en sintonía con el universo, como aquel día cuando dimos un paseo por los senderos de las hermosas colinas que rodean la ciudad, y fue fantástico. Al volver a casa, sentados en el jardín, rodeados de árboles de hibisco florecientes, cerré los ojos y me entregué a ti. Hablabas de la velocidad con la que vivimos, la falta de paciencia, la incapacidad de saborear los momentos importantes de la vida, haciendo cosas con prisa. Me dijiste que también nuestro amor pasaría a la velocidad de una flor. Yo me dejaba llevar por tu voz y ya no te escuchaba. Pensaba en qué podría compararte. Tal vez con un día de un caliente verano. Pero el verano es demasiado breve. ¿Podría comparar tus palabras de amor, que emborracharon mis oídos, con vientos soplando sin control? ¡Una insensatez! ¡El viento no se queda en el alma! Mientras tus palabras sí, se quedan. ¿Podría comparar nuestro amor con estas maravillosas flores del árbol de hibisco? ¡Un error! Ellas duran un día y en vez de perder los pétalos, poco a poco se envuelven en un capullo como cuando nacieron y luego se caen de una vez. Sería un error puesto que no dejaré que nuestro amor pueda cerrarse en un capullo, pueda morirse a la velocidad de una flor. Nuestro amor tiene un futuro. De pronto me dí cuenta de que ya no hablabas y abrí los ojos. Me mirabas con intensidad y en tus manos había algunas flores de hibisco recién caídas. La velocidad de la naturaleza

había acabado con sus vidas mientras yo habría deseado que cerrar los ojos de nuevo me bastara para borrar automáticamente el mundo y aprender de esta flor, que vive su día con intensidad, que permite que se admire su belleza mientras permanece tranquila en la rama, y, tal vez, a pesar de la velocidad de su vida, se alegra de todo esto, porque está segura de que cuando caiga habrá dado lo mejor de sí misma.

.

Raffaella Bolletti

La Velocidad de las flores

Ir de paseo de la mano de mi padre me encantaba. El domingo por la mañana, después de la misa, él me llevaba a dar una vuelta antes de volver a casa, donde mi madre nos esperaba con la hermanita, demasiado pequeña para salir de casa en la estación fría.

El pueblo en el que vivíamos era bastante reducido, con muchas casas bajas rodeadas de jardines. Esa primavera había sido un triunfo: los jacintos pintados de azul y rosa que aturdían con su perfume tan intenso, los narcisos presumidos en su corona amarilla, las violetas que desperdiciaban sus infinitos matices de morado, lila y rosa pálido, y luego los matorrales de azalea que rebozaban de pimpollos, las hortensias florecientes cuando ya se asomaba el verano. 

En ese día de noviembre, recalentados por una ligera oleada de sol, papá y yo nos paramos frente a la verja de un jardín, ya anaranjado en su traje otoñal.

– ¿Te acuerdas de este lugar? -me preguntó.

– Claro que sí: estaba mirando el jardín y grité: “¡Qué flores tan bonitas!”. La dueña me oyó y me regaló un ramo grandísimo, con tantas flores bellísimas, de todos los colores.

– Qué amable fue la señora, ¿verdad?

– Sí, pero… ¿papá?

– Dime.

– ¿Dónde están ahora las flores que me regaló?

Esa fue la primera vez en que me enteré de la velocidad de las flores.

.

Silvia Zanetto

La Velocidad de las flores

Cuando llegó al claro del bosque sintió un estremecimiento. No estaba acostumbrado. Instintivamente llevó la mano al bolsillo en busca del móvil. Recordó. Lo había dejado sobre la mesa, junto al tablet, apenas terminado el desayuno. Tenía apuro por salir. aún no lo habían prohibido. Sus hijos seguían hipnotizados frente a la profusión de mangas animados que, en la pantalla, substituían la información vomitada por los telediarios. Centenares de noticias que bien podían reducirse a pocos, comunes hechos trágicos: masacres, miedos difusos, catástrofes, injusticia. Desde el umbral su mujer le había advertido de no alejarse demasiado. Ahora, sin el móvil, no podía avisarle. Había andado cuadras hasta salir del pueblo. Y casi sin darse cuenta, se había internado en el bosque siguiendo rastros oscuros, sus pensamientos. Llegó al claro y, de golpe, se encontró solo, sumergido en los rayos lechosos que filtraba la alta vegetación. No estaba acostumbrado. Tampoco lo estaba su nariz que ahora se henchía de olores. Tuvo que concentrarse. Hongos, musgo, húmeda descomposición de materia, también hedor de excrementos, de cuero salvaje. La inquietud lo obligó a darse vuelta en pos de algún enemigo. Distinguió siluetas fugaces, ardillas, tal vez un zorro, graznidos que agitaban el follaje. Se adentró, sintiendo el peso de sus pasos en el el crujir del terreno. Y, de repente, tuvo ganas de trepar a los árboles, de hundirse en la espesura germinal de aquel silencio. No estaba acostumbrado. Tuvo que concentrarse. Afianzar los pies en la corteza, tomar impulso siguiendo el extraño deseo que inebriándole el cuerpo lo empujaba hacia arriba. Encaramado a la rama miró el cielo, imaginó horizontes, estrellas, nuevos caminos. Y en aquel involuntario henchirse y vaciarse de sus pulmones le pareció que ahí, desde lo alto, todo encajaba en modo perfecto. Y comenzó a reír sin motivo. Feliz, otra vez, como un niño que asombrado descubre el latido de su corazón

.

Adriana Langtry

La Velocidad de las flores y de los amores

Algunas flores nacen, florecen y se marchitan muy rápidamente, como algunos amores. 

Cuando era muy joven trabajé un tiempo en un aeropuerto, en el mostrador de información. Un día vino un joven muy guapo; cuando le di 

la información solicitada, me miró profundamente a los ojos y me 

acarició las manos. Nos enamoramos a primera vista. 

Pasamos una semana juntos día y noche sin separarnos nunca, y cuando las flores que me había regalado comenzaron a marchitarse, se fue. Supe desde el principio que nunca volveríamos a vernos, estaba bien así. Me envió postales de todo el mundo, las últimas 

de África. 

Todavía guardo su recuerdo en mi corazón y en un cajón secreto su 

libro de poemas con una flor entre las paginas.

Leda Negri

La casa

Christina´s Worlds
Andrew Wyeth

La casa está lejos, en la cima de la costa, dominando severamente el campo de trigo. María la observa sumisa y atraída a la vez. La casa ha envejecido mucho, empezando por el tejado, todo está oscuro y en mal estado, se podría rodar una película de terror.

El sol, a través de las cortinas blancas y luminosas, bañaba con su claridad toda la casa, blanca, recién pintada, como se hacía cada dos años en aquella época. Se había levantado temprano. Mammy ya había preparado la crema inglesa para el almuerzo. Todavía quedaba algo en la olla, y con una cuchara se untaba la cara, rosa de satisfacción.

—Te vas a ensuciar este precioso vestido, —la regañó la imponente cocinera negra.

Su madre había elegido un pequeño vestido fruncido, todo blanco que contrastaba con las botas negras con botones pequeños. Al mediodía celebrarían su cumpleaños. John estaría presente con otros niños que frecuentaban su escuela. Esta idea la hizo calmarse. Mammy le limpió la boca y ella corrió a la puerta para ver si llegaba el coche.

El Ford corría a toda velocidad sobre la larga cinta desierta de esta pequeña carretera de campo. El padre de John había querido mostrarles su nueva adquisición. John y ella estaban sentados detrás. El padre de María estaba sentado al lado del conductor. No sobrevivió. El choque fue ensordecedor e implacable. Un coche inesperado había salido violentamente del camino transversal.

María está tendida en la hierba en flor que rodea el campo de trigo afeitado por la siega. Los olores son fuertes. Está vestida ligeramente, su moño deja escapar algunos mechones que flotan al viento. Su mirada imagina la resurrección de la granja, que apenas han comprado, John y ella. Ella se vuelve hacia él que empuja su silla de ruedas:

— Cariño, la pintaremos de blanco de nuevo, ¿verdad?



Jean Claude Fonder

Retrato de mujer desconocida

Picasso Azul «Le gourmet» 1901

No soy esa del retrato. Me refiero a la niña que aparece en la superficie de la tela, la golosa que escarba en el plato. Soy otra. El espectro escondido bajo la dura costra de cobalto. Los muchos, se detienen en la criatura. Aprecian la forma exterior, los azules, el don del artista. Mientras yo permanezco en el fondo. Soy substrato, sostén, la imagen oculta detrás de capas pigmentadas de olvido. ¿Llegarán alguna vez a descubrirme? ¿A traerme a la luz? Porque de luz se trataba, ¿recuerdas? “El resplandor de mi vida”, repetías, “¡mi Gioconda! quiero hacer tu retrato.” Lo suplicaste de nuevo mientras ebrios de cabaret volvíamos abrazados por las ramblas. Yo, sentada en el atelier, chaqueta abotonada y mantilla. Tú, vibrante de trazos blancos frente al lienzo. “Pon sonrisa apacible”, dijiste, “pon mirada lejana”. “Mi musa, resplandor de mis días.” Me llamabas la mujer velada. Eran noches de pláticas aquellas. De ajenjo, de adolescencia, de bohemia y olor a trementina. Si supieras. El alma se me cubrió de añil la tarde en que no volviste. Y fue, en realidad, mi dolor a teñir de azul tus pinceladas. Me enterraste bajo estratos de olvido. Y recubriste la tela con la imagen de un crío que, aunque no lo sabrás, se asemeja a tu hijo. Con tu mismo perfil, tan goloso y absorto en su tarea. Si supieras… eres un hábil artista. ¿Quién sabe si llegarán a descubrirme? Cuando seas famoso o en un tiempo lejano, cuando se aprenda a mirar en transparencia. Hurgando en las profundidades del cuadro quizás alguien sorprenderá mi retrato. Y hablarán de tus tristes azules. Y exhibirán el rostro de la desconocida. Más nadie se enterará de lo que esconde esa pintura, archivada como “técnica juvenil del pintor.”

.

Adriana Langtry

Azules

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

Azul marino, las olas del vestido de una niña que se escabulle livianamente hacia la cocina.

Azul turquesa, los latidos del corazón y los mechones de pelo que le cubren la cara.

Azul oscuro, los pasos de una princesa de la noche, en una ráfaga de desasosiego.

Azul rapsodia, las cortinas teñidas de índigo temeroso, alrededor de su escapada.

Azul mantel, el manto de la Virgen y sus matices que se deshacen en el blanco.

Azul noche, sus calcetines que se refugian en unos zapatos brillantes.

Azul taza, el más exquisito manjar prohibido que una niña pueda desear.

Azul ternura, una luz tímida que aligera la noche y anticipa el alba.

Azul perdón, la levedad despejada de un espíritu ya libre de culpas.

Azul sábana, volver a la habitación y dormirse tranquila, aún saboreando su delicioso robo.

Azul celeste, el rectángulo que mañana le iluminará la cara, cuando se abran los postigos.

Silvia Zanetto

Reflexiones de una niña

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

Soy Milagros. Perdí a mis padres a la edad de 4 años, y desde entonces he estado viviendo en un monasterio de monjas. Me han adoptado y acogido bajo su protección. Cada fin de semana una familia me lleva a su casa para que pase unos días con ellos. Poco a poco me he acostumbrado a la vida de los adultos. Estos esposos, Raimunda y Álvaro, no tienen hijos, me tratan bien, son personas adineradas y me regalan ropa agradable, siempre de color azul, y zapatos. Yo me llevo bien con ellos. Lo único que no me gusta es que, como tengo sobrepeso, no me dejan comer mucho. Pero voy a desobedecer, vale la pena arriesgarse para comer algo más. Por ejemplo, ahora se han ido a la cama y yo me he atrevido a entrar en el comedor azul en el que antes estábamos reunidos. En la mesa solo hay un plato casi vacío, un trocito de pan y un vaso, me conformo y con tranquilidad voy a terminar lo que queda. Pero esta especie de helado cuarto donde todo es azul me parece irreal. ¿Por qué les gustará tanto este color? A mí me pone triste, todo me parece frío, como una tumba. El aire huele a humedad. Una vez le pregunté a Raimunda <Si me porto bien, quizás algún día. pueda vivir con vosotros ¿verdad?> Ahora lo tengo claro. A pesar de que Raimunda lo tiene todo lindo y ordenado, realmente no me apetece estar aquí, tengo que calentar mi corazón que se va enfriando, apagando mis emociones. Las mesas en el comedor del monasterio no tienen manteles y los platos tienen astillas, pero en el aire hay aromas que me hacen sentir en casa, como el olor a comida recién hecha y el sol al entrar por las ventanas crea un ambiente agradable. Seguiré viviendo con las monjas.

Raffaella Bolletti

Le gourmet

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

Juan, como cada vez, cuando pasaba delante Art Gallery de Washington entro para ver el cuadro de Picasso del periodo azul «le gourmet» que le traía recuerdos muy hermosos de cuando su hija Marta tenía la edad de la niña del cuadro. El domingo se despertaba presto, porque quería ayudar a su mamá a preparar el almuerzo del domingo, momentos preciosos que, pero, habían volado. Marta fue a estudiar a Londres y había conocido a un chico español y después, de casados, fueron a vivir a Madrid. Ahora Juan les veía poco, solo para las vacaciones, de Navidad y Pascua, tan ellos como sus maravillosos nietos Matteo y Carlos. Además su esposa Mónica pasaba mucho tiempo en Madrid para ayudar a Marta, él se sentía muy solo y el cuadro de Picasso del que tenía una copia le hacía compañía. Miro el reloj y se dio cuenta que si no se apuraba llegará tardes a la cita con el Cónsul. Antes de irse pero, compro otra copia del cuadro para tenerla en la oficina mientras trabajaba. El cónsul le sonrió cuando lo vio y le dijo que era muy contentos de su trabajo y que habían decidido transferirlo al Ministerio del exterior a Madrid. Juan fue muy feliz porque volver a Madrid que era su ciudad quería decir estar cerca de Marta y sus nietos y volver a vivir siempre con su esposa. Era muy feliz y mirando la copia del cuadro «el gourmet» pensó que le había traído suerte.

Gloria Rolfo

Bohemia

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

—¿Podemos descansar un momento? dijo agresivamente Fernande poniéndose de nuevo la bata.

Ella y Pablo llevan viviendo juntos unos años. 

Ella y su amiga Benedetta trabajaban como modelos para diferentes pintores, algunos en el Bateau-Lavoir donde Picasso tenía su taller-casa. 

Fernande escribirá más tarde: Hay en la casa un pintor español que me mira con grandes ojos pesados, agudos y pensativos a la vez, lleno de un fuego contenido y tan intensamente que no puedo dejar de mirarlo yo también.

Nació una relación, se instalaron en medio de un batiburrillo de cuadros y de muebles pobres. Fernande posaba para él, y para otros pintores, hay que comer y Pablo no era todavía Picasso.

Inicia entonces el período rosa, los colores se calientan, los temas también, todos frecuentan Le lapin agile, sus paredes están cubiertas de carteles, de cuadros de Utrillo, de Picasso, de dibujos de Suzanne Valadon, de Poulbot y otros.

Les Demoiselles d’Avignon, 1907 MOMA

Y sin embargo el período cubista no está lejos. Ese día, Pablo trabaja en bocetos preparatorios para lo que algún día serán las señoritas de Aviñón. Fernande posa para él. Bueno, ella no sabe muy bien para qué.

Durante la pausa, descubre un pequeño cuadro del período azul, etiquetado Le Gourmet, lo coloca en el caballete en lugar del dibujo que está haciendo de ella.

— ¿Puedes decirme por qué este título? Al menos esta niña es bonita, con una boca encantadora, una nariz respingona y un pómulo rosado. Cuando veo cómo me dibujas hoy, tienes que explicarme por qué tengo que posar con el traje de Eva.

Pablo abre ampliamente los brazos.

— Cuando te conocí, te confié un gatito abandonado que encontré cerca del Moulin de la Galette, nuestro gordo minino. A esta niña, la conocí en la cárcel de mujeres de Saint-Lazare donde pintaba la Entrevista, vivía allí con su madre. Le gourmet era yo, que no dudaba en comer delante de una niña que evidentemente no comía todos los días a su gusto. En cuanto a las señoritas, mi mirada necesita tus formas para expresar una visión nueva de la mujer del mañana. —Dijo abrazándola hasta sofocarla.

Fernande sonríe, se deshace de la bata, sus ojos están brillantes.

Jean Claude Fonder