…y los sueños, sueños son.

Y así hemos llegado a los últimos días del año, un momento en que se acostumbra hacer balances y listas de buenos propósitos.
¿Quién no tiene un deseo, un anhelo, un nuevo proyecto que quisiera llevar a cabo el próximo año? ¿Quién no tiene un viejo sueño por realizar?
A propósito de propósitos y de sueños, el primer puesto de mi lista lo ocupan los Sueños. No, no pasaré el 2019 durmiendo. Ya he dormido bastante en mi vida, si es verdad lo que afirman algunos estudios que alrededor de los 60 años una persona ha pasado al menos un lustro soñando mientras duerme. Lo que en vez me propongo, es terminar de releer y de catalogar el material onírico que llevo escribiendo desde hace más de diez aňos en aquello que llamo Diario de los Sueňos. Tarea que no sólo me da la oportunidad de nutrir ilimitadamente mi vena artística sino que se ha convertido en una verdadera pasión, quizás por esa vana ilusión humana de desvelar impenetrables misterios.

The Songs of the Night, Alphonse Osbert 1896


Me despierto a cualquier hora de la noche y tanteo la mesita de luz buscando el nuevo cuaderno que ya espera, como un gato hambriento, su ración de relatos imposibles. Y en duermevela me sorprendo a susurrar, como fuese casi una plegaria, la historia apenas soñada antes de que se borre de la mente. No todo es descifrable, claro, ¿pero importa? Me quedan aún páginas y páginas repletas de vivencias que esperan, como la bella durmiente del bosque, el beso que las haga revivir. Y se me ocurre que el beso es una buena metáfora. Al fin de cuentas, siempre de amor se trata como diría James Hillman, psicoanalista de escuela junguiana, sobre todo cuando se trabaja con las visiones interiores, material muy delicado como lo son las potentes y caprichosas divinidades que habitan las zona más arcaicas de nuestro ser.

¿Pero al fin y al cabo qué son los sueños?

Desde que el Hombre apareció en el planeta no ha cesado su atracción por el mundo invisible. En el siglo XIX, con el nacer de la antropología evolucionista algunos estudiosos habían identificado en la experiencia onírica de los primitivos el surgir de las primeras manifestaciones religiosas. La tesis fue en parte contrastada por la antropología moderna, pero no se puede negar que en toda la antigüedad los sueños fueron considerados fuente de sabiduría divina, una sabiduría pragmática que a través de visiones, imàgenes, diálogos con los miembros fallecidos de la comunidad, indicaba el camino a seguir en la realidad cotidiana del individuo y del grupo social. Modo que reflejaba una visión unitaria del mundo, donde visible e invisible formaban una totalidad. Desde ya, como sucede casi siempre, pocos eran los que detenían el poder de interpretación. En Egipto así como en Babilonia existían instituciones sagradas dirigidas por sacerdotes y escribas dedicados a la adivinación y a la oniromancia. El documento más antiguo al respecto es un papiro egipcio del 1275 a.C., el “Libro de sueños en escritura hierática”, primer diccionario onírico que ha llegado hasta nosotros.
Oniros, llamaba Hesíodo a los sueños, hijos de Nix, la noche; mientras Ovidio los consideraba hijos de Hypnos, tres hermanos cuyo jefe era Morfeo.

Allá por el siglo IV a.C. surgen entorno al tema grandes cuestiones filosóficas. Algunos se plantean una cuestión que atravesará los siglos y la literatura universal, y que me parece aún muy actual: ¿estoy soñando o estoy despierto? ¿cuál es la realidad, cuál la ficción? “No sé si soy un hombre que sueña una mariposa o una mariposa que sueña un hombre», narra la famosa parábola de Chuang-Tze. También por esos años Platón sostiene que en realidad, nada impide que las charlas que uno puede tener en estado de vigilia las tenga también mientras sueña pues, en el fondo, las sensaciones son las mismas.
De todos modos, con Platón y sobre todo con Aristóteles nos acercamos a una visión mucho más moderna y psicológica, para estos filósofos los sueños son la acción de la imaginación durante el estado de reposo y pueden ayudar a deducir el estado físico del durmiente. Y si ya en el antiguo Egipto se hablaba de una “medicina onírica” que consistía en escuchar el relato de los sueños, en el II siglo d.c. el griego Artemidoro de Daldis, filósofo y viajero, intérprete profesional de sueños y visiones con finalidades científicas y educativas, escribe la “Oneirokritiká”, una recopilación de más de 3000 sueños. En “La interpretación de los sueños” de Artemidoro, se procede a una sistematización del material onírico y a la interpretación ya no basada en las artes adivinatorias sino en el estudio profundo de las imágenes, de los símbolos y de la psicología del soñante. Un compendio que es anticipación de toda la psicología moderna.

Lentamente la unidad del mundo visible-invisible se resquebraja y los sueños pierden su valor sagrado, profético, mágico. Para el cristianismo la mayor parte de ellos se colocan en la esfera del pecado carnal. Por otro lado, como explica el medievalista Jacques Le Goff, muchas de las recopilaciones onírica encontradas en los monasterios tratan fundamentalmente temas eróticos. A partir de Descartes y con el avance del racionalismo, los sueños pasan a ser meras ilusiones, relegados a zonas oscuras e insensatas, excrementos de la actividad cerebral.
Habrá que esperar la explosión del intimismo romántico europeo de finales del setecientos para llegar en 1898 a Freud, quien a partir de sus propios sueños y recuerdos acerca del padre muerto recientemente, escribirá una obras fundamental: “La interpretación de los Sueños.” Estudios, prácticas y técnicas, como aquella de la imaginación activa de Jung, a través de los cuales el ser humano volverá a instaurar una relación fructífera con su propio mundo invisible que, no sé, por ahí no tiene sentido, por ahí no sirve para nada, pero que de cualquier modo nos habita. Como por otro lado lo saben bien los artistas, músicos, poetas, pintores, escritores, y todos aquellos que experimentan a través del arte la potencia expresiva-explosiva del universo onírico, y no se cansan de recurrir a este manantial de materia prima inacabable que fluye en la oscuridad de nuestro ser.

“We are such stuff as dreams are made of…”, decía Shakespeare.

Y sí, me han descubierto, soy una Serial Dreamer. Y para ti ¿qué son los sueños? mis conocidos han respondido así: Los sueños son…
descanso, fantasías, imaginación, lenguaje cifrado, mensajes, vuelos, constelaciones, mitología, nuestra cara oculta, deseos irrealizados, miedos, cosas imposibles, vida alternativa, enigmas, unión de los opuestos, conflictos, recuerdos felices, nuevas experiencias, cosas que queremos lograr, ilusiones, pesadillas, olla a presión de las angustias reales o imaginarias, fuerzas invisibles, espejismos, directrices, teatro, proyectos, reciclaje de la memoria, presagios, tesoros escondidos, fantasmas, la otra mitad, fuente creativa, coincidencias, verdades ocultas, puentes, vida incorpórea, pura poesía, qué se yo, absolutamente nada.

En fin, soñar durmiendo o soñar despiertos, en la esperanza que mi propósito se cumpla para el año entrante les deseo muy pero muy felices sueños a todos.


John Cage, Dream (1948)

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Silvio Rodríguez, Sueño con serpientes (1975)


Adriana Langtry

Nieva en Lieja

Snow Landscape in Louveciennes
Camille Pissarro
En Lieja cada año, en diciembre, la nieve llega
La lluvia cesa despacio, la nieve la releva
Siembra sus copos sobre los tejados y las pasiones
Un silencio de algodón frena la gente y los peatones
 
Después sordamente empieza la tempestad blanca
Miramos la calle sin los coches, totalmente inmaculada
Abrigados juntos al calor detrás de la ventana
A lo lejos la iglesia imponente; será larga la velada
 
Por la mañana el sol por fin ilumina el suelo blanco
El frío virginal nos reclama como un estribillo
Las bolas de nieve vuelan en medio de nuestros gritos
El muñeco de nieve en la bufanda roja no encuentra refugio
 
Dónde están las nieves de antaño, canta el poeta
Con el tiempo va, todo se va, responde otro
Este mundo ya no es verdaderamente el nuestro
La nieve ya no nos espera, tristemente derritiéndose está.


Jean Claude Fonder

Recuerdos de otoño

La recogedora de hojas muertas
Ernest Biéler

Ese año el otoño había anticipado su llegada. Era principios de septiembre, las vacaciones, el mar y la arena estaban todavía presentes en todas las conversaciones, cuando una semana ventosa y húmeda, con lluvias intermitentes, nos recordó que el verano ya se había acabado. La escuela había vuelto con sus numerosas obligaciones, había que levantarse temprano y los deberes dominaban nuestro tiempo libre. Por supuesto estaban también los amigos, el recreo y las tardes de los jueves. En aquella época, los jueves teníamos permiso por la tarde, así que con mi madre, mi tía y mi hermano pequeño íbamos al parque, el parque de Avroy en Lieja.

Se encuentra en medio del bulevar que lleva el mismo nombre, en realidad los dos se crearon en el siglo XIX en el lugar del curso principal del rio Mosa cuando lo desviaron. Amplias alamedas, esculturas espléndidas, entre las cuales había un majestuoso Carlomagno con la barba canosa y, en el centro, un estanque romántico y muy bello. Tiene forma de judía con un pequeño islote dominado por un sauce llorón donde se resguarda una gran colonia de patos para alegría de los niños que adoran echarles mendrugos de pan.

Mi madre y mi tía se sentaban en un banco al borde del estanque y nos dejaban jugar en el parque. Nos encantaba correr, galopar sobre los caballos que nos inventábamos, a pie, en bicicleta a veces, a lo largo de los pasillos bordeados por grandes árboles majestuosos. Había un quiosco, castillo inexpugnable en nuestras historias infantiles. Mi hermano y yo éramos verdaderos cómplices. La noche, en el cuarto que compartíamos, después de que mi madre hubiera pasado para arroparnos y recomendarnos ser buenos, nos hablábamos de cama a cama escondidos bajo las mantas. Nuestra imaginación no tenía límites y aquellas noches nacían las historias que retomábamos al aire libre en el parque.

Un parque que se estaba revistiendo de colores dorados y comenzaba a perder sus hojas que cubrían los céspedes y los caminos. Agitadas por el viento formaban pequeños montones que mi hermano y yo no dejábamos de pisotear en el curso de nuestros juegos. Éramos por supuesto indiferentes a la sinfonía de colores magníficos que el otoño desencadenaba alrededor de nosotros. 

Un día mi madre me llamó cerca del banco donde conversaba con su hermana. Me pidió que recogiera cuantas más hojas posibles de árboles diferentes y más tarde en casa me enseñó cómo hacer un herbario poniendo a secar las hojas entre dos carteras apretadas por gruesos diccionarios. Me enseñó a reconocer los diferentes árboles por la forma de su hoja, su veteado y su dentado. Me encantó ocuparme de este herbario y sus hojas en su adorno espléndido otoñal me parecían más bellas que princesas engalanadas.

Cuando vi el cuadro de Ernesto Bieler que debía inspirarnos para este número, me acordé de mi herbario y lo encontré todavía en buen estado. Lo abrí y los recuerdos de otoño de mi infancia resurgieron.



Jean Claude Fonder

Melodía de arrabal

Un mes atrás tuve el gusto de conocer en el Instituto Cervantes a un señor muy guapo, Antonio Íbero Layetano, un joven de unos noventa y pico de años que colabora con este blog. El hombre, rico de experiencia y anécdotas, me confesó a lo largo de nuestra charla su pasión por el tango y sobre todo por Gardel quien, como ya sabemos, cada día canta mejor. Así fue como en esa tarde milanesa de fines de verano terminamos entonando un tango cuya letra, a pesar de la lejanía o quizás debido a ella, descubro no haber olvidado. En fin, que con Antonio Íbero hemos improvisado todo un recital arrabalero ante el magnánimo público del centro cultural español. 

A partir de este encuentro una avalancha de asociaciones de ideas me trajeron a la memoria un paseo que hice años atrás por la zona oeste de la ciudad de Buenos Aires. Por ese arrabal conocido como El Abasto, barrio tanguero donde se crió “el zorzal” Carlos Gardel.

En realidad, a nivel administrativo, El Abasto nunca fue un barrio sino un área entre los barrios de Almagro, antigua zona residencial donde se instala buena parte de la inmigración vasca e italiana; y Balvanera, zona comercial conocida también como El Once, por la estación ferroviaria “Once de Septiembre” inaugurada en 1882. La zona se desarrolló a partir de la gran corriente inmigratoria de fines de siglo XIX, cuya creciente demanda lleva a fundar en 1893 el mercado más grande de la ciudad, el Mercado Central de Abasto proveedor de fruta, verdura y más tarde de carnes y otros productos.
Inicialmente el Mercado es un caserío precario que ocupa dos manzanas. En la primera década del siglo XX es dotado de frigorífico y fábrica de hielo, y se construye un gran corralón para el depósito de carretas y caballos que desde los pueblos vecinos llegan cargados de hortalizas, frutas y legumbres.
En 1934 el edificio es ampliado y reconstruido por el arquitecto esloveno Viktor Sulčič en su actual estilo art decó. Sus 44.000m2 de superficie, con escaleras mecánicas, playas de estacionamiento subterráneas, teléfonos y cámara frigorífica lo convierten en uno de los edificios más hermosos e innovadores de la ciudad.

La gran ola inmigratoria hace que una muchedumbre pintoresca se concentre en sus alrededores: verduleros italianos, matarifes criollos, lecheros vascos y una vecindad que parlotea en idisch, en argot, en dialecto y en esa lengua koiné que resulta ser el “cocoliche”. El cuadriculado de calles es un alternarse de conventillos, comités políticos, húmedos cafetines donde se juega al truco, almacenes, fondas, cantinas, canchas de bocha, lupanares y salones donde por las noches el piso se lustra al compás del tango. Arrabal de “taitas y malevos”, de cuchilleros y de personajes del sainete porteño que constituirán por muchas décadas el alma del lugar.

En 1984 el Mercado es clausurado. En los años noventa el degrado de la zona es espeluznante.

Volví al Abasto en uno de mis últimos viajes, atraída por los comentarios sobre la transformación de la zona. Y de hecho, lo encontré cambiado.

Llegando desde la Avenida Córdoba a la calle Jean Jaurés entramos en el corazón del “fileteado”, esa técnica pictórica cuyo estilo sinuoso y colorido caracteriza desde siempre a Buenos Aires, y que ha sido declarado por la UNESCO “patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad”. Las fachadas de los antiguos conventillos y casonas reaparecen embellecidas por este liberty porteño introducido a principios del novecientos por los inmigrantes italianos en la decoración de carros alimenticios. El estilo, adoptando modismos y simbología locales, se extenderá a la creación de carteles, a la ornamentación de camiones y finalmente de colectivos, los autobuses urbanos. Tango y filete, esencia del ser ciudadano, se encuentran a pocos pasos uno del otro: en el Museo del Fileteado y en la Casa Museo donde vivió Gardel.

Unos metros más adelante, dos cuadras peatonales con teatros alternativos y centros sociales indican que estamos en el Pasaje Zelaya. Aquí las fachadas aparecen pintadas con grandes murales en estilo pop art, obra del artista plástico Marino Santa María, que homenajean al “morocho del Abasto” y reproducen partituras y letras de algunos de sus tangos y canciones.
Y en unos pasos más, antes de llegar a la Avenida Corrientes, ya estamos en el antiguo pasaje Carlos Gardel con su serie de esculturas dedicadas a los grandes del tango, justo frente a la entrada lateral del Mercado que en 1998, con el aporte de capitales privados, ha vuelto a abrir sus puertas transformado en un…Shopping Center.

De hecho, El Abasto es hoy en un enorme polo comercial. La zona, sumida en el olvido desde fines de los ochenta, se ha convertido en una de las grandes metas turísticas de la ciudad. Afortunadamente la renovación ha mantenido intacta la hermosa fachada art decó del edificio, pero es cierto que de aquella pintoresca muchedumbre que lo poblaba no queda mucho. Sin embargo, la nueva colectividad peruana que ahora es mayoría ha abierto locales y restaurantes que atraen a centenares de turistas y locales.
Y entre otras cosas el Abasto Shopping alberga las salas del cine Hoyst, donde anualmente se realizan festivales importantes como el BACIFI, el Festival del Cine Independiente más importante de América Latina.

Ultima anécdota: en 1946 la flamante municipalidad porteña nomina al nuevo Inspector de Aves y Conejos del Mercado del Abasto, un tal Jorge Luis Borges. Un tipo que, parece, duró poco en el cargo y que, dicen, prefirió dedicarse a la literatura.



Adriana Langtry

Tren de noche

Compartimiento C, coche 193
Edward Hopper

El tren la mece con el movimiento imperceptible de los vagones sobre los raíles. El ruido que hacen las ruedas pasando de un rail a otro, marca el compás de la música que emana desde la locomotora al penetrar a gran velocidad el aire impasible del campo. De vez en cuando se oye el silbido estridente que suena antes de pasar por las estaciones desiertas. Un olor dulce e indefinido flota en el aire confinado del coche.

Marnie está revisando sus apuntes, mañana dará una conferencia en la universidad de Harvard, la escuela de policía. El título es “El tren en la ficción de los años 30”. Conoce muy bien esta materia, ha escrito varios libros que analizan novelas tan famosas como Anna Karenina, Sherlock Holmes o el ineludible Murder on the Orient Express. Tiene muchas dificultades para concentrarse, Después de algunos instantes de lectura, grandes bostezos señalan que un sueño profundo está al acecho. Intenta resistir mirando por la ventana tras la que desfilan constantemente paisajes que dejan sin aliento. Un cielo encendido rojo y amarillo pone en escena un río, un puente, unas colinas. Mira, admira, pero cuando reanuda su lectura, acaba por adormecerse. De repente, desde el pasillo, se oye un ruido seco. Alguien ha abierto y cerrado la puerta que separa los dos coches. Un personaje macizo se divisa en el fondo, avanza cojeando hacia Marnie.

¿Quién puede ser? Se interroga la joven mujer. Difícil adivinar cómo está vestido. Percibe un peligro, no sabe cuál, suda abundantemente, gritar no la ayudará, está sola. En un instante repasa todos los libros sobre trenes que ha leído, todos los personajes, todas las intrigas, los peligros desfilan en su mente. La masa oscura avanza, se acerca siempre más.

—Su billete, por favor, —solicita el revisor, un gigante negro con una sonrisa reluciente.

Marnie, totalmente perdida, busca el billete en su cartera, en su bolso de mano donde finalmente lo encuentra y se lo pasa al revisor que lo pincha y le da las gracias.

Después de despertarse completamente, Marnie reúne sus documentos, se reinstala cómodamente y retoma la lectura en el ambiente melancólico y un poco triste del coche verde.



Jean Claude Fonder

Cuando la poesía se transforma en collage

Que la poesía y la pintura sean artes hermanas es resabido. Lo decían ya Platón y Horacio y  los ejemplos de poetas-pintores y pintores-poetas abundan en la historia del arte: desde William Blake a Rafael Alberti, desde Goethe a Lorca, pasando por Victor Hugo (quien ya usaba la técnica del papier collé), por Cocteau y Pasolini, sólo por citar algunos, o por el gran Miguel Angel que cuentan que componía sonetos mientras pintaba nada más y nada menos que la Sixtina.
Pero qué decir cuando la poesía se relaciona con un arte considerada “menor” como el collage, técnica vista aún hoy con cierta desconfianza. ¿Acaso no se trata de  recortar figuritas,  lacerar papeles y  combinar formas y colores  sin  pié ni cabeza? Algo así como un  juego de niños, un pasatiempo escolástico donde se termina siempre con los dedos pegoteados.
Y sin embargo el collage, que nace oficialmente en 1912 fecha en la cual aparecen los  primeros insertos de papel en los  cuadros cubistas de Braque y de Picasso, ha sido y es la  pasión  de poetas y poetisas que se han dedicado con asiduidad obsesiva a esta técnica.
¿Por  qué propio el  collage? Bueno, vamos a averiguarlo.

Adriana Langtry

Para  Jacques  Prévert (1900-1977) es sencillo: “quien no  sabe dibujar  puede crear imágenes con las tijeras y la cola.” En 1940 el poeta francés inicia la serie de “collages poétiques” que lo tendrá ocupado hasta el final de sus días. En su estudio atiborrado de imágenes recortadas, fotos, hojas sueltas de libros y periódicos, tijeras y frascos de cola, el artista elegía meticulosamente los fragmentos, los trabajaba con  colores y raspaduras, y luego los ponía en escena, buscando combinaciones y yuxtaposiciones hasta crear una realidad alterada portadora de nuevas significaciones. Un trabajo complejo ante el cual el amigo Picasso decía: “Tú no sabes dibujar, tú no sabes pintar, pero eres pintor.”
No sé si el premio Nobel Wislawa Szymborska (1923-2012) sabía o no dibujar, lo cierto es que el collage, junto al coleccionismo de miniaturas, era su pasa tiempo preferido. La poetisa polaca comparte con Prévert esa mirada surreal e irónica de la vida, y parece ser que una vez terminadoelcuadro lo daba en beneficencia o lo regalaba a sus amigos. Lo mismo hacía el danés Hans Christian Andersen (1805-1875) quien, en cambio, sabía dibujar muy bien. Andersen creaba complicadas siluetas de papel que regalaba a los hijos de sus conocidos. Adoraba  crear  personajes extraños, llenos de misterio y de simbologías. ¡Todo un reto para la fantasía! En el invierno de 1873, enfermo y obligado a permanecer en casa, se dedica a la creación de ocho collages en los que rememoraetapas de su vida. En ellos se entrecruzan personajes, monumentos, lugares, en fin, toda una serie de figuras recortadas, superpuestas y pegadas sobre grandes paneles.

Es que, justamente, una condición intrínseca de esta técnica es la combinación casual de imágenes y frases en un contexto extraño, que se vuelve disparador de nuevos significados. A ello se dedicaron las vanguardias artísticas  de las  primeras décadas del siglo XX experimentando lenguajes expresivos innovadores con los que romper con las convenciones sociales y los rigores del pensamiento racional.
En esta corriente se coloca la obras refinada del  poeta y pintor surrealista  chileno Ludwig Zeller (1927) para quien el collage es simplemente poesía por su manera de ubicar imágenes en el papel a la manera de los versos en el poema; o la colección  de poemas y collages,  “Dons des féminines”, que la poetisa y plástica francesa Valentine Penrose (1898-1978), figura excéntrica, independiente y esotérica,  publica en 1951.

“El collage es el arte ideal del escritor”, afirma no sin cierta ironía John Ashbery (1917-2017) que en la segunda posguerra abandona la idea de dedicarse a la pintura, y a los 81 años expone por primera vez sus obras.  “Es el arte ideal no porque incorpora palabras sino porque se puede practicar sobre una mesa. Tú extiendes el papel, la cola y las tijeras, pones de costado el ordenador o la máquina de escribir y ya estás listo.» Para Ashbery el collage es pura diversión, “estimula mi escritura y mi energía creativa” y lo aleja del fatídico bloque del escritor. En 1970 Ashbery escribe un artículo sobre la poetisa newyorkina Anne Ryan (1889-1954), artista autodidacta que en su madurez, luego de haber visto un cuadro de Kurt Schwitters, decide dedicarse a esta técnica en la que descubre un equivalente visual de sus sonetos: “imágenes aisladas, unidas en un espacio extremamente reducido.”

¿Las imágenes pueden substituir a la palabra? ¿El collage a la poesía?  A veces sí, si entendemos por poesía sólo aquella verbal. A tal ruptura llegará Jiří Kolář  (1914-2002) poeta y artista checo signatario de Charta 77, quien a lo largo de su vida sufre  persecuciones, encarcelamiento y exilio. Las palabras traicionan, sostiene Kolář. Inicia así su exploración en busca de un verso emancipado de la gramática que lo llevará a dedicarse por entero al collage. Sus obras incluirán todo tipo de materiales, desde cabellos a elementos de la vida cotidiana. En una de sus  “poesías objetivas” cada uno de los  versos aparece formado por una línea de pequeños objetos: un lapicito, una cruz, una piedrita, una perla, una ficha, un barquito de papel y demás. Es una  composición que necesita una “lectura” cuidadosa. De ella emana una vibración poética intensa, algo así como la revelación de un misterio que yace detrás del diario trajín.

Poesía visual, poesía del silencio. La crisis del lenguaje es una cuestión abierta a lo largo del Novecientos. ¿Superar las  palabras o liberarlas de la homologación mediática? ¿Explorar el pensamiento no verbal o crear nuevas asociaciones lingüísticas?
En la primera corriente, junto a Jiří Kolář encontramos al premio Pulitzer Mark Strand (1934-2014) que en los los últimos años de su vida abandona la poesía para dedicarse, “en modo obsesivo” al collage. Strand fabrica y pinta sus  papeles para crear obras abstractas en las que surgen espacios libres de toda gramática. Lo contrario de lo que hace Herta Müller, para quien el encuentro con el collage fue el descubrimiento de un nuevo modo de escribir. Al inicio, cuenta el premio Nobel romeno-alemano,  recortaba  palabras e imágenes  mientras viajaba en tren y componía cartas para los amigos. De ahí en más, las  grandes obras y las exposiciones. Para Müller, los recortes restituyen a las palabras un valor que se asemeja al carácter sagrado del silencio. El arte del collagista consiste entonces en hacer hablar a lo no dicho, lo censurado, lo callado u omitido.


Adriana Langtry

Massimiliano Gaspari presenta: Ruandi de Gerardo Fulleda León

Milán, 23 de julio de 2018.
Semana de Cuba en el festival Latino 
Americano.

http://www.italia-cuba.it

POETA. Un árbol no es el monte
como la gota no es río,
dame tu mano de hermano
y seremos monte y río.
Un pétalo no es rosa
como un ave no hace nido,
dame tu mano de hermano
y seremos rosa y nido.
Un grano no es la playa
como la nube no es cielo,
dame tu mano de hermano
y seremos playa y cielo.

¡Buenas tardes tengan todos los presentes! Hoy quiero contarles la leyenda de un muchacho. No fue príncipe ni sabio. Pero pudo ser aquel que cruza a tu lado y construye ese edificio que nos hace levantar los hombros con asombro. Quizás el que te enseña con amor o el que une con un lazo muy fuerte y delicado esos sonidos, silencios y palabras que canción llamas. …

POETA. Un albero non é il monte
come la goccia non é il fiume,
dammi la tua fraterna mano
e saremo monte e fiume.
Un petalo non é la rosa
come un uccello non é il nido,
dammi la tua fraterna mano
e saremo rosa e nido.
Un granello di sabbia non é la spiaggia
come la nuvola non é il cielo,
dammi la tua fraterna mano
e saremo spiaggia e cielo.

Che tutti i presenti godano di una buona sera! Oggi desidero raccontarvi la leggenda di un ragazzo. Non fu un principe né un saggio. Pera avrebbe potuto essere una di quelle tante persone che cié passata di fianco e che ha costruito quel palazzo laggiú che ci fa alzare lo sguardo con stupore. Forse é una di quelle persone che, con amore, ti offre i suoi insegnamenti o forse é quella persona che unisce con un laccio molto forte e delicato questi suoni, questi silenzi e queste parole che chiamiamo canzoni. …


Poniéndonos al día con Gerardo Fulleda León

de Darrelstan Ferguson
The University of the West Indies, Mona Campus

“Soy transgresor. No me gusta el centro . . . Me interesa lo que está en la periferia, todo lo que se ve dañado, todo lo que está marginado, sea el hombre, sea el negro, sea la mujer, sean las personas con sensibilidades o peculiaridades diversas. Eso es lo que me interesa porque no soy perfecto.” – Gerardo Fulleda León

Gerardo Fulleda León es uno de los más destacados dramaturgos de Cuba. Pertenece a una generación de escritores afrocubanos, entre ellos se destacan las poetisas, Nancy Morejón y Georgina Herrera, el dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa y el cineasta Sergio Giral, todos centrados en los discursos de la cultura e identidad afrocubana en sus obras. El teatro de Fulleda trata el tema del negro con una visión personal, nacional y universal. Sus piezas se sitúan principalmente en la historia y revelan una riqueza de mitos, ritos y leyendas que acentúan la retención e hibridez de la cultura africana en la diáspora. Su mundo teatral es llena de música, entretenimiento, un lenguaje poético y humor agudo y se ve ejemplificado en todo su quehacer, así como en la obra singular, Chago de Guisa (1989). De esta obra obtuvo el reconocido premio, Casa de las Américas en 1989.
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Jean Claude Fonder

El regreso

A veces sueňo que regreso. Vuelvo en el barco de vapor en el que emigraron mis ancestros. Envuelta en un mantón descolorido, un sombrero de fieltro y por todo equipaje mi alma inquieta.
A veces sueňo que regreso. Espero en la rada del puerto el antiguo carruaje que me llevará al barrio de la infancia. Arrabal de casas bajas, azoteas encaladas y un cielo siempre apurado que me despeina los cabellos.
A veces, cuando sueňo que vuelvo, recorro la avenida de acero, afilado cuchillo que parte en dos la ciudad entrando de lleno en la llanura. Y a los lejos, una bandada de sombras levanta polvareda, diseňos colosales, monstruos goyescos.

A veces sueňo que regreso. Paso a paso, equilibrista inexperta sobre los cables sueltos del teléfono. Cruzo el océano enredada en el murmullo de voces familiares, auscultando la hondura de lo no dicho, descifrando el alfabeto extraviado en la distancia.

A veces vuelvo a una ciudad desconocida que sin embargo conozco, que he deseado, recorrido, donde una esfinge decrépita gesticula sobre un cúmulo de tabas y una niňa me habla en jeringoza.
A veces vuelvo a una ciudad rompecabezas, a las calles de un libro donde sigo jugando a la rayuela. Y otras veces escapo de una zona de guerra, de una agenda sin nombres, de una muerte sin cuerpos.
A veces sueňo que regreso. Nadie me reconoce. Nadie habla mi idioma. Una ola me engulle. Una mano me atrapa. Tengo miedo y no sé si vengo o voy.

A veces, cuando vuelvo en los sueňos, llego feliz al jardín de la abuela, a la chicharra llorona en el árbol de tipa, al grito desaforado de los teros, al zanjón y a la esquina de tierra donde nos besamos por primera vez.
En ciertos sueňos regreso en tranvía, en otros lucho contra la marejada y en otros me reencuentro con mi madre que, sentada en un arcón de plata, me pregunta con sorna: ¿pero qué haces aquì?.

A veces sueňo que regreso. Vuelvo en la lengua ancestral de las caricias y otras, cuando sueňo que vuelvo, no logro recordar mi domicilio.
Pero a veces sueňo que no vuelvo, que el viaje es un pasaje de ida sin retorno. Son los sueňos mejores. Me siento finalmente libre. Y dondequiera que despierte, ya llegué.


Adriana Langtry

Ulises

VIAJE
Christian Schloe

A la muchacha le gusta nadar. Cada día hace más de cien largos en la piscina. Es verano, la piscina del hotel en el que transcurren sus vacaciones es grande y muy bonita, en medio de un jardín lujoso. El hotel está en lo alto de una colina por las laderas de la Garfagnana, cerca del mar toscano. Desde sus balcones se ve, en la lejanía, el horizonte en su inmensidad azul. Allí debajo están los pueblos costeros de la Versilia, con sus playas enloquecidas de veraneantes.

Durante todo el día, Anastasia espera impaciente las 4 de la tarde. La liturgia de los bañistas es larga, repetitiva y aburrida, cada hora necesita refrescarse, reponerse la crema solar e intentar leer algo que supere las revistas de moda o de música pop. La época en la que las damiselas cuidaban celosamente su piel de alabastro ha pasado desde mucho tiempo, hoy no emular los colores de una india de regreso de vacaciones, parecería una condena a quedarse solterona o doblar el peligro de hacerse birlar al novio actual. 

A las 4, la familia vuelve al hotel para tirarse a la piscina, el mar en Versilia no es muy atractivo, parece poco limpio con su arena marrón y de todos modos no se puede nadar realmente, lo que Anastasia llama nadar, el placer inefable de moverse al compás, sin olas que te molesten, con la mente que se recoge en la intimidad de sus pensamientos. A Morgana, su hermanita de 6 años, que todavía nada con manguitos, le gusta mucho más quedarse en la playa, saltar las olas del mar, los juegos en la arena. 

Por eso Anastasia le ha comprado un pequeño barco eléctrico, hoy lo van a estrenar. Por suerte el agua de la piscina llega casi al nivel de los bordes, la niña puede poner a flote el barco sin entrar en el agua. Es mejor hacerlo en la piscina porque el agua es más tranquilla. 

—Vamos a bautizar el barco, Morgana. Lo llamaremos Ulises en honor del famoso viajero griego, el que logró huir del canto de las sirenas haciéndose atar al mástil del barco para finalmente reunirse con su mujer Penélope.

El Ulises se pone en marcha suave y valerosamente, toma la dirección de la otra orilla ante los aplausos entusiasmados de la hermana pequeña. El motor vibra con regularidad enfrentándose a las olas que, dada la dimensión del pequeño barco, son amplias y desordenadas. Sin embargo, el Ulises prosigue sus esfuerzos sin cansarse. Morgana y Anastasia se han trasladado a la otra orilla y esperan al ganador cuando, de repente, llega una enorme ola que sumerge y vuelca al pobre Ulises. Un nadador desconsiderado había virado acrobáticamente desde el otro lado de la piscina, provocando un verdadero tsunami. Morgana llora desesperadamente.

Entonces Anastasia entra en el agua, recupera el Ulises, lo pone de nuevo a flote en dirección de la zona menos profunda y lo hace partir nadando a su lado y protegiéndolo con su cuerpo como una verdadera Nereida, diosa de los marineros.



Jean Claude Fonder

Leer a Alejandro Chanes Cardiel

Milan, junio de 2018.

El calor oprime la ciudad, estoy en mi sillón delante de la computadora, Alejandro me mira con una sonrisa imperceptible, siento mis párpados pesados, pero estoy bien, vacío, relajado, acabo de leer Al rayar el día, uno de los relatos de Nadie está bien del todo que la Colección El pez volador ha publicado en mayo de 2018.

Un hombre regresa del sueño a la realidad, el aroma del café llena el ambiente matutino y se prepara para ir a trabajar. Mientras, la vida se despierta con alegría en la ciudad, como si estuviéramos en la canción Paris s’éveille de Jacques Dutronc, él:
Acelera el andar y se hunde en la oscuridad del metro cuando ya el sol ha ocupado la mañana.
También yo me despierto del todo, ante la descarga que me da esta frase anodina.
Y no es la primera vez. Los relatos de Alejandro Chanes son variados, de dimensiones diferentes, con el humor de Tati siempre presente, un humor de situación. Alejandro nos cuenta extractos de vida normal o casi, pero en cada uno de ellos hay algo raro, raro en los acontecimientos, en los personajes y, por supuesto, en las situaciones que nos hacen reír, a veces rechinando los dientes. Los payasos a veces son tristes, y la cara blanca se burla de ellos.

Los cuentos están reagrupados en tres secciones:

I.   Síntomas preocupantes
II.  Lo normal extraordinario
III. Todo esto es muy raro

Comentaré uno de los cuentos que más me ha gustado de cada una para que puedan hacerse una idea, pero todos son muy buenos y, aunque el conjunto es estremecedor, aconsejo saborear cada cuento como si fuera una verdadera praline, rica de reflexión.

I. Mi mujer, la muleta y yo
Crónica de una caída

En esta crónica no falta el humor inglés, que brilla en el episodio cuando nuestro protagonista es conducido en silla de ruedas y encuentra otro vehículo, un cochecito de niño:
Su ocupante me suele mirar raro, salvo uno muy solidario que me ofreció un conejito de goma. En cambio con otro tuve un pequeño problema; yo, de natural amable, acerqué mi mano para hacerle una caricia pero el muy … me pegó en el dedo y luego miró a su madre quien, con una sonrisa amorosa, dijo a mi acompañante: «está muy adelantado, tiene varios dientes», y luego con un gesto de la cabeza, dirigido hacia mi persona, preguntó: «¿y él?». Mi conductora le respondió muy satisfecha:
—Ya está dando los primos pasos.

II. Una historia corriente

Será corriente esta breve historia, pero no me asombraría que en un rincón oscuro del salón encontrásemos a un Hitchcock que con un dedo sobre los labios nos invita a decir que no le hemos visto. En la luz moribunda de un atardecer, en una habitación envuelta por la soledad, asistimos a un asesinato perpetrado por un corcho descorchado. Este es el ambiente en el que Alejandro magistralmente nos hace vivir esta historia corriente.

III. La sombrilla

Una mujer joven, con una sombrilla en su mano que hace girar de vez en cuando, avanza hundiendo sus pies en la hierba, aún húmeda por el rocío. La mañana es radiante, con un cielo azul apenas salpicado por pequeñas nubes dispersas. Tiene el semblante alegre, a tono con aquella explosión de paz y belleza que la rodea.
La luz, el ambiente, la naturaleza, tienen siempre mucha importancia en los relatos de Alejandro. Como amante de cine que soy, eso me gusta mucho; no me interesa solo el guion, si no que me encanta que el director me deje descubrir los alrededores de la historia. Después, cuando ocurre lo terrible, lo raro, lo inesperado, estoy preparado.

Aconsejo a todos que no se pierdan esta pequeña joya: Nadie está bien del todo.


Jean Claude Fonder

Valeria Correa Fiz participa en el proyecto “Frankenstein Resuturado”

Se cumplen 200 años del nacimiento de la criatura de Mary Shelley, de una criatura, como ella misma dijo, no creada del vacío sino del caos. En Frankenstein resuturado, un proyecto magníficamente editado por la editorial Alrevés y dirigido por Fernando Marías, se homenajea a un personaje que cambió la literatura y que se convirtió en un referente tanto de la novela romántica inglesa como de la novela de terror.

… (+) Sigue leyendo el articulo de Almudena Natalías en Moon Magazine

1848-1857 Valeria Correa Fiz, «Dos bordes de una misma herida»: Tras la muerte de Mary Shelley (su madre, su amada), la criatura, con el lenguaje desgarrador que nace tras la muerte de un amor, imagina un futuro con ella. 

Ilustración de Fernando Vicente

Junto a la prosa y a la poesía, no podía faltar la música. Los 21 relatos se abren y se cierran con unas composiciones musicales que acompañan al lector en su lectura. ¿Qué más podemos pedir?


TELEMADRID


  •  Frankenstein resuturado se puede Comprar Aquí y también en Amazon.

Jean Claude Fonder

In grandmas hands

In grandmas hands
Keith Duncan Mallett

Cuando vi por primera vez este cuadro, me gustó inmediatamente. Los colores son omnipresentes, rojos, amarillos, marrones y muchos otros. Predominan los colores cálidos, pero la calidez la trasmiten sobre todo los sentimientos que manifiesta la abuela, la Grandma, hacia el niño o la niña, el amor no distingue. ¿Quién no percibe la felicidad en la mirada del niño que elige la única rosa amarilla del ramo de flores multicolores? ¿Quién no querría sentirse protegido en el abrazo de esta ancha estola, ella también adornada por un dibujo floral? 

No conocía a Keith Mallett, así que busqué sus obras en google. Las palabras que me vienen en mente para cualificar este artista, sin duda son colores, África, mujeres, música de jazz, en este caso música soul. Me encanta el dibujo de este trompetista del que no se ve la cara, solo el sombrero y su instrumento que está tocando. Oigo hasta acá «Work Song» del Cannonball Adderley Quintet. 

Todo está un poco estilizado en su obra, pero me parece que el cuadro que hemos elegido es un poco más personal. Se podría imaginar este dialogo con su hijo que le dice:

—Papá tu estas siempre dibujando a preciosas mujeres africanas vestidas de riquísimos vestidos colorados. ¿Por qué no dibujes a Grandma? ¿Es porque se viste siempre de negro?

—Bueno hijo, tu Grandma es hermosa. Si se viste de negro es solo para recordar a Grandpa. Quiere que veamos que no lo olvidará nunca. Yo tengo que dibujar cosas alegres, coloradas porque es lo que piden mis clientes,

—Pero Papá, ¿no se puede hacer nada?, Grandma me quiere mucho, no me regaña nunca, me trae siempre bonitos regalos, es tan cariñosa conmigo. Su piel es dulce como la seda. Estoy seguro de que le gustará a tus clientes.

—Hijo, hijo ¿qué me estas pidiendo?

—Papá eres un artista famoso, eres buenísimo ya lo sé. Es verdad que Grandma es muy linda, le pediré que se ponga su gran estola de rosas y yo me pondré en su regazo con un ramo de flores. Ya verás que a la gente le va a gustar. Tienes que pedírselo tú y la harás feliz y la gente lo sentirá.

No sé si fantaseo pero la realidad es que su cuadro “En Grandma’s Hands” es una de sus obras más conocidas y que a mí me encanta.



Jean Claude Fonder

Por una cerveza

Unas semanas atrás, una amiga del Tapañol me comentaba que en su país existe una enorme variedad de cervezas. 

No sé si fue la charla o el calor anticipado y sofocante que esa tarde envolvía Milán, lo cierto es que algo funcionó como aquella famosa “magdalena de Proust.” De repente, me encontré catapultada en los veranos porteños de la infancia. Días interminables de agobiante canícula cuando mis jóvenes padres sacaban de la heladera la botella oscura y vertían, en grandes jarros de vidrio, el líquido dorado que subía y subía hasta el borde del vaso, donde un precavido dedo índice impedía a la espuma de derramarse. De la etiqueta azul en la botella reconozco inmediatamente la Quilmes. Y sin darme cuenta estoy ya entonando el jingle de “La espumita” que cantábamos de niños.

Los recuerdos actúan también como disparadores. En la corriente de imágenes, nuevas asociaciones me transportan aún más lejos.

Muchos de ustedes quizás sepan que Quilmes es el nombre de la localidad sobre la costa del Plata, a unos 20km. a sudeste de Buenos Aires, donde a fines del siglo XIX el alemán Otto Bemberg fundó la famosa cervecería. Quizás, lo que no todos conocen es la historia que tal nombre encierra.

Para eso tenemos que remontarnos a los tiempos de la segunda fundación de Buenos Aires (1580), cuando la zona aún desconocida se transforma en una de las tantas estancias repartidas entre los acompañantes del Adelantado Juan de Garay. El territorio es rico de ganado cimarrón. Sus costas, utilizadas para actividades de contrabando y tráfico negrero.
Poco a poco el paraje comienza a delimitarse. En 1611 viene incorporado al pago de La Magdalena. Recién en 1665 adquiere su nombre actual. ¿Pero cuál es su origen? Los hechos lo vinculan al lejano norte.

En aquellos tiempos, en los Valles Calchaquíes, vasto sistema de valles y montaňas del noroeste argentino, habitaban diferentes comunidades indígenas de etnia diaguita, una de las más avanzadas de la zona. Entre ellas los Kilmes o Quilmes. Este grupo ocupaba la zona central de los valles, al oeste de la actual ciudad de Tucumán. En lengua kakán o calchaquí, kilme significa “entre los cerros”.

Era un pueblo aguerrido, tributario inicialmente del imperio incaico, al que se había enfrentado más de una vez; y luego, de la corona española. Miembro de la Confederación Diaguita combate la política de tributos, ocupación de tierras y trabajos forzados a los que los indígenas se ven obligados. Las Guerras Calchaquíes (1530-1667), como vienen recordados estos enfrentamientos, durará más de un siglo. A capitanear la Confederación en su fase final será un aventurero andaluz, un tal Pedro Bohórquez que logra engañar tanto a los indígenas, haciéndose pasar por descendiente de Incas, como a las autoridades españolas prometiéndoles riqueza y pacificación. El “Falso Inca”, como se lo conocía, es apresado en 1657 y justiciado años después.

Su captura no detiene a los nativos que parapetándose en las altas cumbres, hostigando y refugiándose en sus fortificaciones o Pucarás, continúan la lucha. Terminarán doblegados en su última ciudadela, la actual Amaicha del Valle, donde el nuevo gobernador, Mercado y Villacorta, los asedia por un año. Cuentan las crónicas que muchas mujeres se suicidan con sus hijos arrojándose al vacío para no ser capturadas.

Es que la rendición no sólo implicaba la derrota sino también el destierro. La deportación masiva, estrategia de dominio utilizada también por los Incas, se convertirá en una especie de vía crucis. Alrededor de dos mil personas se ven obligadas a marchar a pie hasta Buenos Aires. El viaje durará casi un año. Más de 1000km. Muchos mueren en el camino. Los sobrevivientes, unas doscientas familias, llegarán a ese paraje anónimo sobre las barrancas del Río de la Plata donde fundan la “Reducción de la Exaltación de la Santa Cruz de los Indios Quilmes.” Humildes ranchos de barro y paja alrededor de una capilla. La mano de obra indígena contribuirá al gran desarrollo de la zona.

En 1812, durante las guerras de independencia, el Primer Triunvirato de las Provincias Unidas del Río de la Plata declara a Santa Cruz de los Indios Quilmes pueblo libre, igualando a los pocos indios sobrevivientes con los demás ciudadanos y dando por extinguida la Reducción.

Lo demás, en pocas décadas llegará la ola inmigratoria, el ferrocarril, las grandes fábricas y la cervecería cuyo nombre famoso encierra esta historia. Una historia un poco olvidada que “por una cerveza…” ha aflorado, de repente, aquí en Milán.


Fotos:
wikipedia:bar©HalloweenHJB,  fábrica Quilmes alrededor de 1910, ruinas de Quilmes (valles Calchaquíes) ©fernandopascullo y ©alangtry

Bibliografia:

Sobre los Quilmes:

Los indígenas Quilmes, Carlos Eduardo Solivére,en (PDF) cyt-ar.com.ar/cyt-ar/images/b/bd/Indígenas_Quilmes.pdf

Adaptación de la artillería al medio americano: las guerras calchaquíes en el siglo XVII, Francisco A. Rubio Durán, en (PDF) revistas.ucm.es/index.php/MILT/article/viewFile/MILT9797220017A/3377
 -La reducción «Exaltación de la Cruz de los indios Quilmes»: un caso de relocalización étnica en Pampa a fines del siglo XVII , Florencia Carlón, en www.mundoagrario.unlp.edu.ar/article/view/v08n15a07/1023

Sobre el municipio di Quilmes:

-historia: www.quilmes.gov.ar/ciudad/historia.php

-las tres fundaciones de Quilmes: elquilmero.blogspot.it/2011/08/las-tres-fundaciones-de-quilmes-los-345.html

sobre la cerveza:

Adriana Langtry

El accidente

El “accidente” ocurrió justo en la tarde en la que decidimos casarnos.
Ibamos caminando despacio, cogidos de la mano, los ojos bajos como si buscáramos las palabras en la acera, un nudo de inquietud y de felicidad todavía incapaz de explotar en gestos y alegrías.
Al final, nos sentamos a una mesilla en la terraza de un bar.
Y ella apareció: dos piernas largas sobre zapatos de tacón alto, vestido negro muy ajustado, cabello arreglado por un buen peluquero, maquillaje perfecto.


-¿Espera a alguien, señorita? -le preguntó el camarero.
No oímos la respuesta, pero vimos que la mujer se sentaba a una mesita detrás de la nuestra. Esperó diez o quince minutos, luego llamó otra vez al camarero, que enseguida volvió con una botella de champán. En la bandeja estaba un solo vaso.
Nosotros seguíamos cogidos de la mano, perdidos entre aquellos matices de gestos y miradas que vuelven inútiles las palabras. No obstante, de vez en cuando los ojos de ambos se despistaban, enganchados por aquella escena tan rara.
El camarero se había quedado un rato, hablando de tonterías con la mujer, mientras le vertía el vino. Luego se fue y ella se llenó otra vez el vaso: sus uñas relucían a cada movimiento de la mano.
Llenó el vaso otra vez. Y luego otra.
Llegó una pequeña gitana con un ramo de rosas rojas, y se acercó a la mujer.
-¿Quieres una rosa?
-Sì, gracias. ¿Cuánto vale?
-Para ti nada. Te la regalo, porque eres preciosa.
La mujer se levantó y abrazó largamente a la niña. Después, abrió la cartera y le dejó una propina generosa. La gitanilla le dio tres flores, siguió girando entre las mesas y al final se acercó a nosotros.
Mi novio me regaló una rosa.
-Tienes que dejarla secar y guardarla como recuerdo de esta noche- me dijo, y me besó.
Algo me empujó a mirar hacia la mujer y me di cuenta de que tenía los ojos fijados en nosotros.
Entonces la reconocí: era Soledad, todos la conocían en el bachillerato. Sobre todo los chicos, que se vanagloriaban de que la conocían de manera bastante intima, pero también las chicas la observábamos, por su manera tan desenvuelta de portarse que provocaba chismes y envidia.
Por supuesto, ella nunca se había fijado en mi, en aquella chiquilla delgada y un poco empollona de tres clases atrás. Sin embargo, ahora me observaba con una mirada indescifrable, que daba miedo y pena al mismo tiempo. Su rostro ya no parecía hermoso, sino feo, de una fealdad hecha de aspereza y soledad.
-¿Nos vamos? -le propuse a mi novio.
-Pues… sí, si quieres. Pero es una noche tan hermosa, parece casi de verano -me contestó. -¿No quieres quedarte todavía un rato?
El no la vio tambalearse sobre sus tacones demasiado altos, no pudo darse cuenta de que Soledad, completamente borracha, estaba a sus espaldas, a un paso de nosotros con el último vaso de champán en la mano temblorosa. Ahora sus uñas relucían más que nunca.
-¿Cómo te van las cosas, chiquilla? Muy bien, me parece. En cambio, yo soy la estúpida que tiene que salir sola, la imbécil a la que quienquiera puede darle plantón, ¿qué te parece?
Mi novio la miró desconcertado, pero no tuvo el tiempo de preguntarse qué podría hacer. En un instante mi pelo y mi vestido nuevo estaban mojados de champán. Oímos un fragor de vidrio roto y el paso incierto de unos zapatos de tacón que se alejaban de toda prisa.
Un camarero acudió para ayudarme, el otro, el que había servido a Soledad, se dedicó a perseguirla, porque se le había olvidado pagar la cuenta.
-Pero, ¿Conocías a esa loca? -me preguntó mi novio, cuando por fin conseguimos hablar de lo ocurrido.
-Puede ser -contesté. Y los dos estallamos a reír.
Luego nos fuimos: creamos nuestra vida, construimos nuestros sueños, y nos olvidamos de ella. Solo se nos ocurría hablar alguna vez del “accidente”, el que pasó justo en la tarde en la que decidimos casarnos.


Silvia Zanetto

Tras las huellas de Sherezade de Carmen Dorado Vedia

Tras la huellas de Sherezade es un libro precioso, un libro literalmente maravilloso que nos transporta al mundo caluroso, ruidoso y oloroso de la civilización árabe, la de Las mil y una noches, de Naguib Mahfouzo de Amín Maalouf. Un mundo que retrata con gran competencia y habilidad literaria Carmen Dorado Vedia. El suyo es un estilo que privilegia la sensualidad de las descripciones, que percibimos y gozamos casi físicamente. Es actualizado, las guerras modernas, las bombas, el oro negro y el extremismo asesino están presentes, pero esta civilización eterna renace de sus cenizas bajo la pluma de la autora. Sus cuentos en un cierto modo no tienen final, ni siquiera inicio, porque son la vida que se desarrolla  ante nuestros ojos y todos nuestros sentidos. No faltan los ladrones simpáticos, el genio impresionante, los mercaderes avispados y las mujeres preciosas. Me encantaron todos los cuentos, me impresionó seguir con la autora las huellas coloradas y olorosas de Sherezade y lloré con ella al despedirme de este excelente libro.

Un libro sobre la alegría y la dificultad de vivir, sobre el placer y el dolor, sobre el pasado suntuoso que es urdimbre del miedo. Un libro sobre la belleza de la noche en Oriente, y sobre las noches en las que las sirenas de la guerra no dejan conciliar el sueño. Sobre el encuentro y el desencuentro. La violencia y el amor. Sobre la necesidad de contar una historia, y el deseo imperioso de olvidarla. Una punzante reflexión sobre los tiempos difíciles.

Clara Obligado


Carmen Dorado Vedia
nació en Madrid en 1959. Su interés por el mundo árabe la ha llevado a viajar por todo Oriente Próximo y a estudiar su historia, su cultura, su literatura y su lengua en diversas instituciones (Escuela Internacional de Estudios Judeo-Cristianos, Centro de Estudios Árabes Afaq). Desde hace varios años asiste a los talleres literarios de Clara Obligado. Sus cuentos han sido publicados en antologías como Un lugar donde vivir (Madrid, 2006), Apenas unos minutos (Madrid, 2008), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011) y Futuro imperfecto(Madrid, 2012). Ha sido seleccionada finalista en la III Edición del Concurso Internacional de Microrrelato Museo de la Palabra. Tras las huellas de Sherezade es su primer libro en solitario.


Jean Claude Fonder

Belleza

En las Alturas
Charles Courtney Curran

Por el gran ventanal una luz prepotente penetraba el taller, se podía contemplar el azul del cielo manchado por inocentes y voluminosos cúmulos que lo invadían. El pintor había instalado su caballete a contraluz, y miraba con atención su último cuadro. Representaba tres muchachas sentadas alineadas como cariátides, con vestidos que parecían túnicas del color de las nubes. Lo había llamado En las alturas. La mirada de las chicas y la pendiente sugerida por la posición del cielo, confirma el porqué de este título. La pintura parece integrarse completamente con el paisaje exterior, dando continuidad al contraluz que siluetea a las tres jóvenes chicas.

Pero él no estaba satisfecho, muchas de sus pinturas reflejaban la naturaleza distinguida, idílica de la comunidad, con el juego de figuras dentro de paisajes pintorescos de la colonia artística de Cragsmoor donde veraneaban. Los modelos que elegía Grace, su esposa, casi siempre muchachas, eran perfectas, demasiado perfectas.

Miren, aquí, en este cuadro, como en los otros, los perfiles de las tres eran casi iguales, solo el color y el peinado de los cabellos cambiaban. Eran como iconos, puras, santas y al final insípidas, sin sabor. 

En este momento, entró Grace, vestida para salir, con el sombrero en la cabeza.

—¿Este cuadro está terminado? —preguntó ella. —Hay muchos pedidos. ¿Quieres que traiga otros modelos?

No respondió y la llevo ante la ventana a contraluz, girándola para que se viera de perfil. Tomó una tela nueva ya preparada, quitó En las alturas del caballete, y la sustituyó con esta. Miró atentamente la cara de su mujer. Obviamente la conocía muy bien, a su mirada de pintor ningún detalle podía escapar. Vista de perfil, y en este caso había elegido el izquierdo, el que ella no quería enseñar, se notaba la nariz, proporcionalmente importante en el equilibrio completo de su cabeza. Era como un pentágono en el que la cara era un perfecto ángulo obtuso. Con el sombrero, muy femenino, que llevaba en la delantera una enorme flor de tejido verde claro coordinado con su mantón, el conjunto se parecía a una flor que habría que completar.

Trajo una mesita alta con un jarrón lleno de viburno y lo puso delante de ella, le hizo tomar una flor con la mano y mirar hacia abajo en la actitud de alguien que busca el perfume de la flor. Ya tenía en mente el cuadro que quería realizar. Será todo a contraluz, para ablandar los colores y el perfil de su mujer. Quería crear una pintura suave y tierna: un homenaje a la belleza de su mujer, la verdadera belleza, la que tiene personalidad y carácter.

Cogió un carboncillo y empezó a dibujar.



Jean Claude Fonder

Nadie está bien del todo de Alejandro Chanes Cardiel

Que presentará la escritora Valeria Correa Fiz el próximo 17 de mayo a las 20:00 horas en Libreria Burma (calle Avemaría, 18)

De lo cotidiano a lo extraño, de la comedia a la tragedia, los cuentos de Alejandro Chanes dan la falsa sensación de ser inofensivos apuntes, acuarelas. Pero, a medida que avanzamos en su lectura, vamos descubriendo matices y cargas de profundidad, y el tono doméstico, la prosa cristalina, la brevedad de los textos por los que nos hemos dejado llevar placenteramente se cargan de significados. Son historias que nos podrían haber a todos: bastan una pareja y un portero, dos amigos, una mujer para erigir una historia. Basta una mañana de domingo en la ciudad, una tarde en el campo, una cigüeña que gira en torno a un campanario. Poco a poco el cuadro de costumbres se desvanece y da lugar a una cadena de resonancias que estremece al lector. Es la vida, con toda su sencillez y con toda su complejidad, el poder de estos cuentos y de la literatura, que siempre sorprende.

Clara Obligado


Alejandro Chanes Cardiel
nació en Segovia. Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense y Diplomado en Sociología por el CSIC. Su actividad profesional se ha dirigido a la promoción del comercio exterior, y en ese ámbito ha sido asesor de Relaciones  Económicas Internacionales. Fue redactor responsable de la sección de Ciencias Económicas en la Enciclopedia de la Cultura Española, para la que elaboró diversos artículos. Es editor, junto con Carmen Dorado Vedia, de la revista online Alquimia Literaria. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías bajo la dirección de Clara Obligado, como Un lugar donde vivir (Madrid, 2005), Apenas unos minutos (Madrid, 2007), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011), Futuro imperfecto (Madrid, 2012), ¿Y usted de qué se ríe? (Madrid, 2013) y La Isla(Madrid, 2014). Nadie está bien del todo es su primer libro de relatos en solitario.


Un cuento de Alejandro Chanes Cardiel


UN HOMBRE TONTO ES FACIL DE ENCONTRAR

Sinesio sale del portal y va hasta el paso de peatones.  El semáforo está rojo. A su lado un hombre, con gafas oscuras, golpea el suelo con un bastón. 

La luz se pone verde y Sinesio, agarrando al hombre por el brazo, trata de conducirlo hasta el otro lado. Una pierna renqueante dificulta la marcha y de su boca salen murmullos incomprensibles.

“Vamos, vamos –le dice Sinesio- dese prisa porque se nos va a cerrar el disco”. Y  por fin, tras un tira y afloja, llegan hasta la acera, justo cuando el semáforo pasa a rojo.

Sinesio, satisfecho de su buena obra, le da unas palmaditas y se va silbando. Y allí queda el hombre. Su rostro, en un instante, va adquiriendo un color granate y un brillo de furia aflora a los ojos. Sus manos blanden el bastón amenazante, mientras que en su interior lanza maldiciones:

“Maldito dentista y su anestesia que me ha dejado sin voz, maldita sea mi cojera y sobre todo, maldito sea el demente que me ha obligado a cruzar la calle y me ha hecho perder el último autobús a mi pueblo». 

  • (No forma parte de NADIE ESTÁ BIEN DEL TODO)

Jean Claude Fonder

Sábado 28 de Abril, Día internacional del Tai Chi Chuan

Cuenta la leyenda que en el siglo XIII el inmortal taoísta Chang Sanfeng, alumno del monasterio de Shaolin y más tarde maestro de artes marciales del monte Wudang, asistiendo al combate entre una serpiente y una grulla blanca descubrió los principios básicos del Tai Chi Chuan: los movimientos circulares y la flexibilidad -de la serpiente- vencen sobre la rigidez y la aparente fuerza exterior -de la grulla-.

El Tai Chi Chuan (combate de la polaridad suprema, donde la polaridad está formada por los opuestos Yin/Yang) es lo que se llama un arte marcial interno pues potencia la energía vital (Qi) a través de movimientos fluidos, circulares que mantienen el cuerpo  suave y flexible en detrimento de la rigidez provocada por la fuerza y el estrés muscular.

El Tai Chi es llamado también “meditación en movimiento.” Practicarlo significa trabajar sobre el cuerpo y la mente: aprender a dirigir la atención, a seguir el ritmo de la respiración, a afilar la concentración, la intención de cada gesto, a serenar el torbellino mental permitiendo estar a la escucha del presente, ser y sentir aquí y ahora. Y es también un entrenamiento intelectual ya que la concentración y la memorización de los movimientos ofrece al sistema neuronal una actividad constante y productiva. Es seguramente una práctica que en el tiempo ayuda a afrontar la cotidianidad con mente más clara. Arte que puede ser practicada a cualquier edad  por todas las personas.

No por nada el trabajo con el Qi o energía vital es, desde hace milenios, el fundamento de la medicina tradicional china. Y hoy en día, luego de su difusión en Occidente a partir del siglo XIX, es reconocida por la OMS como una disciplina psicofísica con amplios beneficios terapéuticos.

El Tai Chi se basa en el principio taoísta del Yin/Yang, opuestos que funcionan como complementarios en la formación del universo. La dualidad complementaria (femenino/masculino, tierra/cielo, oscuridad/luz, frío/calor, etc) y la mutación continua son los fundamentos de todo ciclo vital. Del fluir armonioso de estas manifestaciones energéticas depende el buen funcionamiento de nuestro organismo en su unidad física y mental. 

El último sábado de abril se festeja anualmente en más de 60 naciones y centenares de ciudades el día internacional del Tai Chi Chuan y del Qi Qong.

El evento inicia a las 10 de la mañana en Nueva Zelandia y se extiende, como la luz solar hacia occidente, siguiendo los husos horarios locales. Es una manifestación abierta a todo el mundo, para difundir esta arte llamada también “de la larga vida”.

En Milán es habitual que las distintas escuelas festejen en los parques ciudadanos.

La nuestra se reúne
el próximo sábado 28 de abril a las 10 hrs. en el Parque Lambro (entrada de Via Feltre) en las proximidades del kiosco/bar, al interior del parque.

Quien quiera venir para practicar con nosotros, para acercarse por primera vez a esta disciplina o simplemente para curiosear y  pasar una momento agradable al aire libre, es desde ya bienvenido.


Más información en en italiano: http://www.artedilungavita.it

Adriana Langtry

Lluvia

Seguía lloviendo. Hacía días y días que no paraba de llover. Caminaba a paso ligero muy pegado a las fechadas. Un negro simpático me ofreció un paraguas que yo rechacé sin que él entendiera el por qué. No me gusta caminar con un paraguas, aunque me gusta mucho «Cantando bajo la lluvia». No llevaba ni siquiera el sombrero de Gene Kelly, lo tengo en casa, pero no me lo pongo nunca. De todos modos al final él tampoco se protegía, le gustaba sentir la lluvia. Ya sé que era un lluvia templada creada por Hollywood, pero era una lluvia cantadora y muy simpática.

Pero mi lluvia sí que mojaba, el agua chorreaba también desde los techos, tenía que pararme. Vi un portal abierto y me refugié dentro. Era un suntuoso zaguán milanés, todo de mármol y al fondo una preciosa cancela de hierro forjado que daba a un patio maravilloso que con este diluvio parecía un claro en la selva amazónica. A izquierda en el zaguán había un escalera de entrada que daba al interior de la casa y al lado un placa de cobre con la inscripción «Escuela de modelos».

Llovía cada vez más fuerte, apenas se veía afuera, cuando, repentinamente, oí taconear detrás de mi, me di la vuelta y la vi. Una mujer estupenda ondulaba con un paso decidido en mi dirección. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño desordenado, llevaba vaqueros estrechos que resaltaban su cuerpo perfecto y sobre todo se entreveía sus pechos que temblaban ligeramente bajo su blusa con cada movimiento que hacía. Todo en ella evocaba una mujer.

Me esperaba que al llegar donde yo estaba, se hubiera parado, que se hubiera dado la vuelta y, con ese paso típico de las modelos,  hubiera caminado hacia la cancela poniendo un pie exactamente delante del otro, encaramada encima de sus tacones de 12 cm. Después se habría dado de nuevo la vuelta y, como en una barca ondulando en un mar invisible, me habría ofrecido la contemplación de su cuerpo casi desnudo, mientras se acercaba de nuevo a mi.

– ¿Me podría  prestar su abrigo?- preguntó con acento indefinible.

– Con esta lluvia no puedo volver así a mi apartamento.

Me quité el abrigo y se lo di. Ella me dio su tarjeta de visita, se puso el abrigo por encima de la cabeza para proteger su pelo y se precipitó corriendo bajo la lluvia. Permanecí un momento aturdido, pero en seguida, mirando hacia arriba, vi que asomaba un pedazo de cielo azul.


Jean Claude Fonder

L’Ortica: un museo de la memoria al aire libre

“…faceva il palo nella banda dell’Ortiga, faceva il palo perchè l’era el sò mestee.”   Walter Valdi


A pocos pasos de mi casa se encuentra el barrio llamado La Ortica. Es un viejo barrio obrero situado en la zona este de Milán, incrustado en las geometrías de una intensa red ferroviaria que desde mediados del siglo XIX lo ha ido modelando a nivel urbanístico y humano. En su plaza central funcionó hasta 1931 la estación de Lambrate, trasladada a su ubicación actual con la inauguración de la Stazione Centrale. Aún se puede apreciar el trazado cuadrado de la plaza, con la pequeña iglesia dedicada a los santos Faustino y Giovita (en su interior, entre otros, un fresco del XII siglo que representa la Madonna col bambino) y parte de la antigua estación utilizada hoy por el círculo recreativo ferroviario.
Antiguo barrio de ferroviarios, obreros, lavanderas, campesinos y verduleros,  l’Ortica o l’Ortiga en dialecto milanés, toma su nombre  (documentado ya en 1696) justamente de las fértiles huertas que aparecen en la zona, conocida desde el VII siglo d.c. como zona agrícola Cavriano, graciasa la irrigación del río Lambro.  L’Ortiga, arrabal de una célebre banda criminal que  aparece en  la  divertida canción escrita en milanés por W. Valdi y cantada magistralmente por Enzo Jannacci, donde el “palo”, el campana (como diríamos en Argentina) o monta guardia,  es una figura cómica, casi demencial.
Bueno, este barrio ha decidido transformarse en un museo de la memoria al aire libre a través de distintos Murales que cuentan su historia y la del Novecientos.
El proyecto OrMe (que significaOrtica Memoria pero tambiénPasos, Huellas),es un relato coral que nace gracias a la participación activade la vecindad, las escuelas, las asociaciones, las cooperativas, orgullosas de una identidad que ha sabido resistir al proceso de gentrificación en acto en las grandes ciudades. Y gracias al colectivo artísticoOrticanodlessque, sin proponérmelo, tuve la suerte de encontrar en acción mientras fotografiaba los murales.
El proyecto, único en Italia, prevé veinte Murales para fines del 2019. Cuatro han sido ya terminados. El primero, patrocinado por la Municipalidad, fue inaugurado en 2015. Es un mural dedicado al 70° aniversario de la Resistenciaque cubre los 300 metros  del Cavalcavia Buccari.
Le siguieron otros dos entre lascalles San Faustino y Rosso di San Secondo, uno  dedicado a la música popular  y otro a la legalidad. El cuarto fue inaugurado a fines de 2017, cubre la fachada de la Cooperativa edificatrice Orticade via San Faustino y está dedicado al 130° aniversario de la Cooperación.
Siempre en el marco de este proyecto el colectivo de street-art,de acuerdo con el consorcio de via Ortica 12 y con la Municipalidad, han renovado la deteriorada fachada del edificio con una gran pintada.Mille papaveri rossi, estilizadas amapolas rojas dan ahora un toque de alegría al lugar evocando los versos de la famosa canción La guerra di Piero de Fabrizio De André.
Demás está decir que cada tanto estos murales vienen deshonradoscon inscripciones extremistas. Pero como me cuenta Wally, el artista encontrado por casualidad en via Amadeo: preferimos no denunciarlos, buscan publicidad, la respuesta es restaurar cuanto antes la parte daňada.
Por otro lado se sabe que ninguna conquista es duradera, que el secreto quizás está en seguir adelante, en no bajar la guardia, en transmitir como uno puede la memoria, quizás llenando de colores los muros del mundo, una forma también de  resistir.


fotos©alangtry
colectivo de street-art: www.orticanoodles.com/
OrMeortica memoria:www.facebook.com/orticamemoria/

Adriana Langtry