El Tren

Tren en la nieve, la locomotora
Claude Monet

Nieva mucho esta mañana mientras tomo el tren hacia Bruselas. Tengo un abono y hago el trayecto cada día para ir a trabajar. 

Vivo en Lieja en este periodo. Mi mujer es docente en una escuela municipal, hemos pedido su transferencia a Bruselas donde queremos instalarnos. Mientras tanto, hago cada día el viaje. He probado a ir en coche pero es peligroso, y, de todas maneras, prefiero el tren. Dos horas al día para leer, escribir, trabajar y, por qué no, soñar, cómodamente instalado en los vagones de primera clase. Ya soy un ejecutivo y trabajo de informático. Es un trabajo duro, a menudo tengo que quedarme en Bruselas algunos días y trabajar por la noche, pero me pagan bien y es una profesión apasionante.

No hay muchos viajeros en primera clase, excepto en los días en que hay sesión pública en el parlamento. Esos días los parlamentarios, diputados o senadores originarios de Lieja enloquecen los compartimentos. Adiós a mi tranquilidad, las discusiones son muy animadas, es por ello que se da a mi ciudad un apodo muy característico: la ciudad ardiente.

Este lunes afortunadamente hay poca gente, el coche está tranquilo. Una sola persona está sentada conmigo en los bancos rellenos y recubiertos con cuero rojo de mi compartimento. Observo que hace los crucigramas del periódico «La gauche» utilizando un portaplumas Cartier. 

El tren, saliendo de Lieja, sube un plano inclinado para dejar el valle. Cuando llega a la cima de la pendiente, tiene que pararse algunos instantes para que se descuelgue la segunda locomotora y, si estás sentado del lado bueno, puedes observar un hermoso panorama de la ciudad. Hoy está blanca, los tejados cubiertos por la nieve y el río la atraviesa despacio y sin ruido, majestuosamente.

El tren arranca de nuevo, recorremos la meseta inmaculada de la Hesbaye que ondea con suavidad sin otros obstáculos que alguna granja cuadrada que reina en medio de enormes extensiones de tierras aradas que la nieve ha convertido en una gran estepa nevada. Pienso en Miguel Strogoff, recuerdo su trayecto en tren a la salida de Moscú dirigiéndose a los montes Urales, recuerdo los dibujos de Hetzel, la nieve ahora nos rodea, el cielo está gris perla, se ve apenas a unos metros más adelante. Imagino los trineos en la llanura siberiana que luchan contra la borrasca y, de repente, un chirrido horroroso desgarra el silencio que nos envuelve, el tren frena desesperadamente, las ruedas bloqueadas crujen sobre el acero, un choque ligero y nos paramos. ¿Qué pasa? ¿Un obstáculo sobre el trayecto? Todos nos interrogamos. Intentamos ver algo por las ventanas. La nieve es omnipresente, el revisor, desaparecido. ¿Qué hacer? Abrir una puerta, una ventana, no se puede. La tormenta ruge fuera. 

El tiempo pasa, finalmente la puerta que separa los coches se abre, el jefe de tren aparece.

—Mantengan la calma, el tren no ha descarrilado. El viento y la nieve han formado un ventisquero sobre los binarios, afortunadamente el conductor lo ha visto a tiempo y ha podido parar el tren. Hemos llamado a la central operativa y van a enviarnos un quitanieves. Esperando vamos a servirles café caliente.

¡Café, café! Prefiero champán, el hielo no falta. En el Expreso de Oriente, es champán lo que nos habrían servido. La aventura continúa, ¿qué va a pasar? La nieve se está calmando, podríamos echar un vistazo fuera. Temerariamente, abro la puerta del coche. ¡Qué espectáculo! Un paisaje de ensueño. El sol ha salido y ha limpiado el cielo, el blanco es casi insostenible. Sólo algunos árboles aislados y recubiertos de nieve rompen la monotonía del horizonte. No soy el único, numerosos viajeros han bajado, algunos niños ya han improvisado una batalla con bolas de nieve. Cuando de repente un silbido resuena, una locomotora especialmente equipada llega a lo lejos. El jefe de tren reúne su rebaño y nos hace subir a todos a bordo. Algunos instantes más tarde, el tren retoma prudentemente su camino.

Una hora más tarde llegamos a la estación central. En Bruselas no hay nieve, los viajeros se alejan tristemente del tren.



Jean Claude Fonder

Nieva en Lieja

Snow Landscape in Louveciennes
Camille Pissarro
En Lieja cada año, en diciembre, la nieve llega
La lluvia cesa despacio, la nieve la releva
Siembra sus copos sobre los tejados y las pasiones
Un silencio de algodón frena la gente y los peatones
 
Después sordamente empieza la tempestad blanca
Miramos la calle sin los coches, totalmente inmaculada
Abrigados juntos al calor detrás de la ventana
A lo lejos la iglesia imponente; será larga la velada
 
Por la mañana el sol por fin ilumina el suelo blanco
El frío virginal nos reclama como un estribillo
Las bolas de nieve vuelan en medio de nuestros gritos
El muñeco de nieve en la bufanda roja no encuentra refugio
 
Dónde están las nieves de antaño, canta el poeta
Con el tiempo va, todo se va, responde otro
Este mundo ya no es verdaderamente el nuestro
La nieve ya no nos espera, tristemente derritiéndose está.


Jean Claude Fonder

Recuerdos de otoño

La recogedora de hojas muertas
Ernest Biéler

Ese año el otoño había anticipado su llegada. Era principios de septiembre, las vacaciones, el mar y la arena estaban todavía presentes en todas las conversaciones, cuando una semana ventosa y húmeda, con lluvias intermitentes, nos recordó que el verano ya se había acabado. La escuela había vuelto con sus numerosas obligaciones, había que levantarse temprano y los deberes dominaban nuestro tiempo libre. Por supuesto estaban también los amigos, el recreo y las tardes de los jueves. En aquella época, los jueves teníamos permiso por la tarde, así que con mi madre, mi tía y mi hermano pequeño íbamos al parque, el parque de Avroy en Lieja.

Se encuentra en medio del bulevar que lleva el mismo nombre, en realidad los dos se crearon en el siglo XIX en el lugar del curso principal del rio Mosa cuando lo desviaron. Amplias alamedas, esculturas espléndidas, entre las cuales había un majestuoso Carlomagno con la barba canosa y, en el centro, un estanque romántico y muy bello. Tiene forma de judía con un pequeño islote dominado por un sauce llorón donde se resguarda una gran colonia de patos para alegría de los niños que adoran echarles mendrugos de pan.

Mi madre y mi tía se sentaban en un banco al borde del estanque y nos dejaban jugar en el parque. Nos encantaba correr, galopar sobre los caballos que nos inventábamos, a pie, en bicicleta a veces, a lo largo de los pasillos bordeados por grandes árboles majestuosos. Había un quiosco, castillo inexpugnable en nuestras historias infantiles. Mi hermano y yo éramos verdaderos cómplices. La noche, en el cuarto que compartíamos, después de que mi madre hubiera pasado para arroparnos y recomendarnos ser buenos, nos hablábamos de cama a cama escondidos bajo las mantas. Nuestra imaginación no tenía límites y aquellas noches nacían las historias que retomábamos al aire libre en el parque.

Un parque que se estaba revistiendo de colores dorados y comenzaba a perder sus hojas que cubrían los céspedes y los caminos. Agitadas por el viento formaban pequeños montones que mi hermano y yo no dejábamos de pisotear en el curso de nuestros juegos. Éramos por supuesto indiferentes a la sinfonía de colores magníficos que el otoño desencadenaba alrededor de nosotros. 

Un día mi madre me llamó cerca del banco donde conversaba con su hermana. Me pidió que recogiera cuantas más hojas posibles de árboles diferentes y más tarde en casa me enseñó cómo hacer un herbario poniendo a secar las hojas entre dos carteras apretadas por gruesos diccionarios. Me enseñó a reconocer los diferentes árboles por la forma de su hoja, su veteado y su dentado. Me encantó ocuparme de este herbario y sus hojas en su adorno espléndido otoñal me parecían más bellas que princesas engalanadas.

Cuando vi el cuadro de Ernesto Bieler que debía inspirarnos para este número, me acordé de mi herbario y lo encontré todavía en buen estado. Lo abrí y los recuerdos de otoño de mi infancia resurgieron.



Jean Claude Fonder

Tren de noche

Compartimiento C, coche 193
Edward Hopper

El tren la mece con el movimiento imperceptible de los vagones sobre los raíles. El ruido que hacen las ruedas pasando de un rail a otro, marca el compás de la música que emana desde la locomotora al penetrar a gran velocidad el aire impasible del campo. De vez en cuando se oye el silbido estridente que suena antes de pasar por las estaciones desiertas. Un olor dulce e indefinido flota en el aire confinado del coche.

Marnie está revisando sus apuntes, mañana dará una conferencia en la universidad de Harvard, la escuela de policía. El título es “El tren en la ficción de los años 30”. Conoce muy bien esta materia, ha escrito varios libros que analizan novelas tan famosas como Anna Karenina, Sherlock Holmes o el ineludible Murder on the Orient Express. Tiene muchas dificultades para concentrarse, Después de algunos instantes de lectura, grandes bostezos señalan que un sueño profundo está al acecho. Intenta resistir mirando por la ventana tras la que desfilan constantemente paisajes que dejan sin aliento. Un cielo encendido rojo y amarillo pone en escena un río, un puente, unas colinas. Mira, admira, pero cuando reanuda su lectura, acaba por adormecerse. De repente, desde el pasillo, se oye un ruido seco. Alguien ha abierto y cerrado la puerta que separa los dos coches. Un personaje macizo se divisa en el fondo, avanza cojeando hacia Marnie.

¿Quién puede ser? Se interroga la joven mujer. Difícil adivinar cómo está vestido. Percibe un peligro, no sabe cuál, suda abundantemente, gritar no la ayudará, está sola. En un instante repasa todos los libros sobre trenes que ha leído, todos los personajes, todas las intrigas, los peligros desfilan en su mente. La masa oscura avanza, se acerca siempre más.

—Su billete, por favor, —solicita el revisor, un gigante negro con una sonrisa reluciente.

Marnie, totalmente perdida, busca el billete en su cartera, en su bolso de mano donde finalmente lo encuentra y se lo pasa al revisor que lo pincha y le da las gracias.

Después de despertarse completamente, Marnie reúne sus documentos, se reinstala cómodamente y retoma la lectura en el ambiente melancólico y un poco triste del coche verde.



Jean Claude Fonder

Massimiliano Gaspari presenta: Ruandi de Gerardo Fulleda León

Milán, 23 de julio de 2018.
Semana de Cuba en el festival Latino 
Americano.

http://www.italia-cuba.it

POETA. Un árbol no es el monte
como la gota no es río,
dame tu mano de hermano
y seremos monte y río.
Un pétalo no es rosa
como un ave no hace nido,
dame tu mano de hermano
y seremos rosa y nido.
Un grano no es la playa
como la nube no es cielo,
dame tu mano de hermano
y seremos playa y cielo.

¡Buenas tardes tengan todos los presentes! Hoy quiero contarles la leyenda de un muchacho. No fue príncipe ni sabio. Pero pudo ser aquel que cruza a tu lado y construye ese edificio que nos hace levantar los hombros con asombro. Quizás el que te enseña con amor o el que une con un lazo muy fuerte y delicado esos sonidos, silencios y palabras que canción llamas. …

POETA. Un albero non é il monte
come la goccia non é il fiume,
dammi la tua fraterna mano
e saremo monte e fiume.
Un petalo non é la rosa
come un uccello non é il nido,
dammi la tua fraterna mano
e saremo rosa e nido.
Un granello di sabbia non é la spiaggia
come la nuvola non é il cielo,
dammi la tua fraterna mano
e saremo spiaggia e cielo.

Che tutti i presenti godano di una buona sera! Oggi desidero raccontarvi la leggenda di un ragazzo. Non fu un principe né un saggio. Pera avrebbe potuto essere una di quelle tante persone che cié passata di fianco e che ha costruito quel palazzo laggiú che ci fa alzare lo sguardo con stupore. Forse é una di quelle persone che, con amore, ti offre i suoi insegnamenti o forse é quella persona che unisce con un laccio molto forte e delicato questi suoni, questi silenzi e queste parole che chiamiamo canzoni. …


Poniéndonos al día con Gerardo Fulleda León

de Darrelstan Ferguson
The University of the West Indies, Mona Campus

“Soy transgresor. No me gusta el centro . . . Me interesa lo que está en la periferia, todo lo que se ve dañado, todo lo que está marginado, sea el hombre, sea el negro, sea la mujer, sean las personas con sensibilidades o peculiaridades diversas. Eso es lo que me interesa porque no soy perfecto.” – Gerardo Fulleda León

Gerardo Fulleda León es uno de los más destacados dramaturgos de Cuba. Pertenece a una generación de escritores afrocubanos, entre ellos se destacan las poetisas, Nancy Morejón y Georgina Herrera, el dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa y el cineasta Sergio Giral, todos centrados en los discursos de la cultura e identidad afrocubana en sus obras. El teatro de Fulleda trata el tema del negro con una visión personal, nacional y universal. Sus piezas se sitúan principalmente en la historia y revelan una riqueza de mitos, ritos y leyendas que acentúan la retención e hibridez de la cultura africana en la diáspora. Su mundo teatral es llena de música, entretenimiento, un lenguaje poético y humor agudo y se ve ejemplificado en todo su quehacer, así como en la obra singular, Chago de Guisa (1989). De esta obra obtuvo el reconocido premio, Casa de las Américas en 1989.
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Jean Claude Fonder

Ulises

VIAJE
Christian Schloe

A la muchacha le gusta nadar. Cada día hace más de cien largos en la piscina. Es verano, la piscina del hotel en el que transcurren sus vacaciones es grande y muy bonita, en medio de un jardín lujoso. El hotel está en lo alto de una colina por las laderas de la Garfagnana, cerca del mar toscano. Desde sus balcones se ve, en la lejanía, el horizonte en su inmensidad azul. Allí debajo están los pueblos costeros de la Versilia, con sus playas enloquecidas de veraneantes.

Durante todo el día, Anastasia espera impaciente las 4 de la tarde. La liturgia de los bañistas es larga, repetitiva y aburrida, cada hora necesita refrescarse, reponerse la crema solar e intentar leer algo que supere las revistas de moda o de música pop. La época en la que las damiselas cuidaban celosamente su piel de alabastro ha pasado desde mucho tiempo, hoy no emular los colores de una india de regreso de vacaciones, parecería una condena a quedarse solterona o doblar el peligro de hacerse birlar al novio actual. 

A las 4, la familia vuelve al hotel para tirarse a la piscina, el mar en Versilia no es muy atractivo, parece poco limpio con su arena marrón y de todos modos no se puede nadar realmente, lo que Anastasia llama nadar, el placer inefable de moverse al compás, sin olas que te molesten, con la mente que se recoge en la intimidad de sus pensamientos. A Morgana, su hermanita de 6 años, que todavía nada con manguitos, le gusta mucho más quedarse en la playa, saltar las olas del mar, los juegos en la arena. 

Por eso Anastasia le ha comprado un pequeño barco eléctrico, hoy lo van a estrenar. Por suerte el agua de la piscina llega casi al nivel de los bordes, la niña puede poner a flote el barco sin entrar en el agua. Es mejor hacerlo en la piscina porque el agua es más tranquilla. 

—Vamos a bautizar el barco, Morgana. Lo llamaremos Ulises en honor del famoso viajero griego, el que logró huir del canto de las sirenas haciéndose atar al mástil del barco para finalmente reunirse con su mujer Penélope.

El Ulises se pone en marcha suave y valerosamente, toma la dirección de la otra orilla ante los aplausos entusiasmados de la hermana pequeña. El motor vibra con regularidad enfrentándose a las olas que, dada la dimensión del pequeño barco, son amplias y desordenadas. Sin embargo, el Ulises prosigue sus esfuerzos sin cansarse. Morgana y Anastasia se han trasladado a la otra orilla y esperan al ganador cuando, de repente, llega una enorme ola que sumerge y vuelca al pobre Ulises. Un nadador desconsiderado había virado acrobáticamente desde el otro lado de la piscina, provocando un verdadero tsunami. Morgana llora desesperadamente.

Entonces Anastasia entra en el agua, recupera el Ulises, lo pone de nuevo a flote en dirección de la zona menos profunda y lo hace partir nadando a su lado y protegiéndolo con su cuerpo como una verdadera Nereida, diosa de los marineros.



Jean Claude Fonder

Leer a Alejandro Chanes Cardiel

Milan, junio de 2018.

El calor oprime la ciudad, estoy en mi sillón delante de la computadora, Alejandro me mira con una sonrisa imperceptible, siento mis párpados pesados, pero estoy bien, vacío, relajado, acabo de leer Al rayar el día, uno de los relatos de Nadie está bien del todo que la Colección El pez volador ha publicado en mayo de 2018.

Un hombre regresa del sueño a la realidad, el aroma del café llena el ambiente matutino y se prepara para ir a trabajar. Mientras, la vida se despierta con alegría en la ciudad, como si estuviéramos en la canción Paris s’éveille de Jacques Dutronc, él:
Acelera el andar y se hunde en la oscuridad del metro cuando ya el sol ha ocupado la mañana.
También yo me despierto del todo, ante la descarga que me da esta frase anodina.
Y no es la primera vez. Los relatos de Alejandro Chanes son variados, de dimensiones diferentes, con el humor de Tati siempre presente, un humor de situación. Alejandro nos cuenta extractos de vida normal o casi, pero en cada uno de ellos hay algo raro, raro en los acontecimientos, en los personajes y, por supuesto, en las situaciones que nos hacen reír, a veces rechinando los dientes. Los payasos a veces son tristes, y la cara blanca se burla de ellos.

Los cuentos están reagrupados en tres secciones:

I.   Síntomas preocupantes
II.  Lo normal extraordinario
III. Todo esto es muy raro

Comentaré uno de los cuentos que más me ha gustado de cada una para que puedan hacerse una idea, pero todos son muy buenos y, aunque el conjunto es estremecedor, aconsejo saborear cada cuento como si fuera una verdadera praline, rica de reflexión.

I. Mi mujer, la muleta y yo
Crónica de una caída

En esta crónica no falta el humor inglés, que brilla en el episodio cuando nuestro protagonista es conducido en silla de ruedas y encuentra otro vehículo, un cochecito de niño:
Su ocupante me suele mirar raro, salvo uno muy solidario que me ofreció un conejito de goma. En cambio con otro tuve un pequeño problema; yo, de natural amable, acerqué mi mano para hacerle una caricia pero el muy … me pegó en el dedo y luego miró a su madre quien, con una sonrisa amorosa, dijo a mi acompañante: «está muy adelantado, tiene varios dientes», y luego con un gesto de la cabeza, dirigido hacia mi persona, preguntó: «¿y él?». Mi conductora le respondió muy satisfecha:
—Ya está dando los primos pasos.

II. Una historia corriente

Será corriente esta breve historia, pero no me asombraría que en un rincón oscuro del salón encontrásemos a un Hitchcock que con un dedo sobre los labios nos invita a decir que no le hemos visto. En la luz moribunda de un atardecer, en una habitación envuelta por la soledad, asistimos a un asesinato perpetrado por un corcho descorchado. Este es el ambiente en el que Alejandro magistralmente nos hace vivir esta historia corriente.

III. La sombrilla

Una mujer joven, con una sombrilla en su mano que hace girar de vez en cuando, avanza hundiendo sus pies en la hierba, aún húmeda por el rocío. La mañana es radiante, con un cielo azul apenas salpicado por pequeñas nubes dispersas. Tiene el semblante alegre, a tono con aquella explosión de paz y belleza que la rodea.
La luz, el ambiente, la naturaleza, tienen siempre mucha importancia en los relatos de Alejandro. Como amante de cine que soy, eso me gusta mucho; no me interesa solo el guion, si no que me encanta que el director me deje descubrir los alrededores de la historia. Después, cuando ocurre lo terrible, lo raro, lo inesperado, estoy preparado.

Aconsejo a todos que no se pierdan esta pequeña joya: Nadie está bien del todo.


Jean Claude Fonder

Valeria Correa Fiz participa en el proyecto “Frankenstein Resuturado”

Se cumplen 200 años del nacimiento de la criatura de Mary Shelley, de una criatura, como ella misma dijo, no creada del vacío sino del caos. En Frankenstein resuturado, un proyecto magníficamente editado por la editorial Alrevés y dirigido por Fernando Marías, se homenajea a un personaje que cambió la literatura y que se convirtió en un referente tanto de la novela romántica inglesa como de la novela de terror.

… (+) Sigue leyendo el articulo de Almudena Natalías en Moon Magazine

1848-1857 Valeria Correa Fiz, «Dos bordes de una misma herida»: Tras la muerte de Mary Shelley (su madre, su amada), la criatura, con el lenguaje desgarrador que nace tras la muerte de un amor, imagina un futuro con ella. 

Ilustración de Fernando Vicente

Junto a la prosa y a la poesía, no podía faltar la música. Los 21 relatos se abren y se cierran con unas composiciones musicales que acompañan al lector en su lectura. ¿Qué más podemos pedir?


TELEMADRID


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Jean Claude Fonder

In grandmas hands

In grandmas hands
Keith Duncan Mallett

Cuando vi por primera vez este cuadro, me gustó inmediatamente. Los colores son omnipresentes, rojos, amarillos, marrones y muchos otros. Predominan los colores cálidos, pero la calidez la trasmiten sobre todo los sentimientos que manifiesta la abuela, la Grandma, hacia el niño o la niña, el amor no distingue. ¿Quién no percibe la felicidad en la mirada del niño que elige la única rosa amarilla del ramo de flores multicolores? ¿Quién no querría sentirse protegido en el abrazo de esta ancha estola, ella también adornada por un dibujo floral? 

No conocía a Keith Mallett, así que busqué sus obras en google. Las palabras que me vienen en mente para cualificar este artista, sin duda son colores, África, mujeres, música de jazz, en este caso música soul. Me encanta el dibujo de este trompetista del que no se ve la cara, solo el sombrero y su instrumento que está tocando. Oigo hasta acá «Work Song» del Cannonball Adderley Quintet. 

Todo está un poco estilizado en su obra, pero me parece que el cuadro que hemos elegido es un poco más personal. Se podría imaginar este dialogo con su hijo que le dice:

—Papá tu estas siempre dibujando a preciosas mujeres africanas vestidas de riquísimos vestidos colorados. ¿Por qué no dibujes a Grandma? ¿Es porque se viste siempre de negro?

—Bueno hijo, tu Grandma es hermosa. Si se viste de negro es solo para recordar a Grandpa. Quiere que veamos que no lo olvidará nunca. Yo tengo que dibujar cosas alegres, coloradas porque es lo que piden mis clientes,

—Pero Papá, ¿no se puede hacer nada?, Grandma me quiere mucho, no me regaña nunca, me trae siempre bonitos regalos, es tan cariñosa conmigo. Su piel es dulce como la seda. Estoy seguro de que le gustará a tus clientes.

—Hijo, hijo ¿qué me estas pidiendo?

—Papá eres un artista famoso, eres buenísimo ya lo sé. Es verdad que Grandma es muy linda, le pediré que se ponga su gran estola de rosas y yo me pondré en su regazo con un ramo de flores. Ya verás que a la gente le va a gustar. Tienes que pedírselo tú y la harás feliz y la gente lo sentirá.

No sé si fantaseo pero la realidad es que su cuadro “En Grandma’s Hands” es una de sus obras más conocidas y que a mí me encanta.



Jean Claude Fonder

Tras las huellas de Sherezade de Carmen Dorado Vedia

Tras la huellas de Sherezade es un libro precioso, un libro literalmente maravilloso que nos transporta al mundo caluroso, ruidoso y oloroso de la civilización árabe, la de Las mil y una noches, de Naguib Mahfouzo de Amín Maalouf. Un mundo que retrata con gran competencia y habilidad literaria Carmen Dorado Vedia. El suyo es un estilo que privilegia la sensualidad de las descripciones, que percibimos y gozamos casi físicamente. Es actualizado, las guerras modernas, las bombas, el oro negro y el extremismo asesino están presentes, pero esta civilización eterna renace de sus cenizas bajo la pluma de la autora. Sus cuentos en un cierto modo no tienen final, ni siquiera inicio, porque son la vida que se desarrolla  ante nuestros ojos y todos nuestros sentidos. No faltan los ladrones simpáticos, el genio impresionante, los mercaderes avispados y las mujeres preciosas. Me encantaron todos los cuentos, me impresionó seguir con la autora las huellas coloradas y olorosas de Sherezade y lloré con ella al despedirme de este excelente libro.

Un libro sobre la alegría y la dificultad de vivir, sobre el placer y el dolor, sobre el pasado suntuoso que es urdimbre del miedo. Un libro sobre la belleza de la noche en Oriente, y sobre las noches en las que las sirenas de la guerra no dejan conciliar el sueño. Sobre el encuentro y el desencuentro. La violencia y el amor. Sobre la necesidad de contar una historia, y el deseo imperioso de olvidarla. Una punzante reflexión sobre los tiempos difíciles.

Clara Obligado


Carmen Dorado Vedia
nació en Madrid en 1959. Su interés por el mundo árabe la ha llevado a viajar por todo Oriente Próximo y a estudiar su historia, su cultura, su literatura y su lengua en diversas instituciones (Escuela Internacional de Estudios Judeo-Cristianos, Centro de Estudios Árabes Afaq). Desde hace varios años asiste a los talleres literarios de Clara Obligado. Sus cuentos han sido publicados en antologías como Un lugar donde vivir (Madrid, 2006), Apenas unos minutos (Madrid, 2008), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011) y Futuro imperfecto(Madrid, 2012). Ha sido seleccionada finalista en la III Edición del Concurso Internacional de Microrrelato Museo de la Palabra. Tras las huellas de Sherezade es su primer libro en solitario.


Jean Claude Fonder

Belleza

En las Alturas
Charles Courtney Curran

Por el gran ventanal una luz prepotente penetraba el taller, se podía contemplar el azul del cielo manchado por inocentes y voluminosos cúmulos que lo invadían. El pintor había instalado su caballete a contraluz, y miraba con atención su último cuadro. Representaba tres muchachas sentadas alineadas como cariátides, con vestidos que parecían túnicas del color de las nubes. Lo había llamado En las alturas. La mirada de las chicas y la pendiente sugerida por la posición del cielo, confirma el porqué de este título. La pintura parece integrarse completamente con el paisaje exterior, dando continuidad al contraluz que siluetea a las tres jóvenes chicas.

Pero él no estaba satisfecho, muchas de sus pinturas reflejaban la naturaleza distinguida, idílica de la comunidad, con el juego de figuras dentro de paisajes pintorescos de la colonia artística de Cragsmoor donde veraneaban. Los modelos que elegía Grace, su esposa, casi siempre muchachas, eran perfectas, demasiado perfectas.

Miren, aquí, en este cuadro, como en los otros, los perfiles de las tres eran casi iguales, solo el color y el peinado de los cabellos cambiaban. Eran como iconos, puras, santas y al final insípidas, sin sabor. 

En este momento, entró Grace, vestida para salir, con el sombrero en la cabeza.

—¿Este cuadro está terminado? —preguntó ella. —Hay muchos pedidos. ¿Quieres que traiga otros modelos?

No respondió y la llevo ante la ventana a contraluz, girándola para que se viera de perfil. Tomó una tela nueva ya preparada, quitó En las alturas del caballete, y la sustituyó con esta. Miró atentamente la cara de su mujer. Obviamente la conocía muy bien, a su mirada de pintor ningún detalle podía escapar. Vista de perfil, y en este caso había elegido el izquierdo, el que ella no quería enseñar, se notaba la nariz, proporcionalmente importante en el equilibrio completo de su cabeza. Era como un pentágono en el que la cara era un perfecto ángulo obtuso. Con el sombrero, muy femenino, que llevaba en la delantera una enorme flor de tejido verde claro coordinado con su mantón, el conjunto se parecía a una flor que habría que completar.

Trajo una mesita alta con un jarrón lleno de viburno y lo puso delante de ella, le hizo tomar una flor con la mano y mirar hacia abajo en la actitud de alguien que busca el perfume de la flor. Ya tenía en mente el cuadro que quería realizar. Será todo a contraluz, para ablandar los colores y el perfil de su mujer. Quería crear una pintura suave y tierna: un homenaje a la belleza de su mujer, la verdadera belleza, la que tiene personalidad y carácter.

Cogió un carboncillo y empezó a dibujar.



Jean Claude Fonder

Nadie está bien del todo de Alejandro Chanes Cardiel

Que presentará la escritora Valeria Correa Fiz el próximo 17 de mayo a las 20:00 horas en Libreria Burma (calle Avemaría, 18)

De lo cotidiano a lo extraño, de la comedia a la tragedia, los cuentos de Alejandro Chanes dan la falsa sensación de ser inofensivos apuntes, acuarelas. Pero, a medida que avanzamos en su lectura, vamos descubriendo matices y cargas de profundidad, y el tono doméstico, la prosa cristalina, la brevedad de los textos por los que nos hemos dejado llevar placenteramente se cargan de significados. Son historias que nos podrían haber a todos: bastan una pareja y un portero, dos amigos, una mujer para erigir una historia. Basta una mañana de domingo en la ciudad, una tarde en el campo, una cigüeña que gira en torno a un campanario. Poco a poco el cuadro de costumbres se desvanece y da lugar a una cadena de resonancias que estremece al lector. Es la vida, con toda su sencillez y con toda su complejidad, el poder de estos cuentos y de la literatura, que siempre sorprende.

Clara Obligado


Alejandro Chanes Cardiel
nació en Segovia. Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense y Diplomado en Sociología por el CSIC. Su actividad profesional se ha dirigido a la promoción del comercio exterior, y en ese ámbito ha sido asesor de Relaciones  Económicas Internacionales. Fue redactor responsable de la sección de Ciencias Económicas en la Enciclopedia de la Cultura Española, para la que elaboró diversos artículos. Es editor, junto con Carmen Dorado Vedia, de la revista online Alquimia Literaria. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías bajo la dirección de Clara Obligado, como Un lugar donde vivir (Madrid, 2005), Apenas unos minutos (Madrid, 2007), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011), Futuro imperfecto (Madrid, 2012), ¿Y usted de qué se ríe? (Madrid, 2013) y La Isla(Madrid, 2014). Nadie está bien del todo es su primer libro de relatos en solitario.


Un cuento de Alejandro Chanes Cardiel


UN HOMBRE TONTO ES FACIL DE ENCONTRAR

Sinesio sale del portal y va hasta el paso de peatones.  El semáforo está rojo. A su lado un hombre, con gafas oscuras, golpea el suelo con un bastón. 

La luz se pone verde y Sinesio, agarrando al hombre por el brazo, trata de conducirlo hasta el otro lado. Una pierna renqueante dificulta la marcha y de su boca salen murmullos incomprensibles.

“Vamos, vamos –le dice Sinesio- dese prisa porque se nos va a cerrar el disco”. Y  por fin, tras un tira y afloja, llegan hasta la acera, justo cuando el semáforo pasa a rojo.

Sinesio, satisfecho de su buena obra, le da unas palmaditas y se va silbando. Y allí queda el hombre. Su rostro, en un instante, va adquiriendo un color granate y un brillo de furia aflora a los ojos. Sus manos blanden el bastón amenazante, mientras que en su interior lanza maldiciones:

“Maldito dentista y su anestesia que me ha dejado sin voz, maldita sea mi cojera y sobre todo, maldito sea el demente que me ha obligado a cruzar la calle y me ha hecho perder el último autobús a mi pueblo». 

  • (No forma parte de NADIE ESTÁ BIEN DEL TODO)

Jean Claude Fonder

Lluvia

Seguía lloviendo. Hacía días y días que no paraba de llover. Caminaba a paso ligero muy pegado a las fechadas. Un negro simpático me ofreció un paraguas que yo rechacé sin que él entendiera el por qué. No me gusta caminar con un paraguas, aunque me gusta mucho «Cantando bajo la lluvia». No llevaba ni siquiera el sombrero de Gene Kelly, lo tengo en casa, pero no me lo pongo nunca. De todos modos al final él tampoco se protegía, le gustaba sentir la lluvia. Ya sé que era un lluvia templada creada por Hollywood, pero era una lluvia cantadora y muy simpática.

Pero mi lluvia sí que mojaba, el agua chorreaba también desde los techos, tenía que pararme. Vi un portal abierto y me refugié dentro. Era un suntuoso zaguán milanés, todo de mármol y al fondo una preciosa cancela de hierro forjado que daba a un patio maravilloso que con este diluvio parecía un claro en la selva amazónica. A izquierda en el zaguán había un escalera de entrada que daba al interior de la casa y al lado un placa de cobre con la inscripción «Escuela de modelos».

Llovía cada vez más fuerte, apenas se veía afuera, cuando, repentinamente, oí taconear detrás de mi, me di la vuelta y la vi. Una mujer estupenda ondulaba con un paso decidido en mi dirección. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño desordenado, llevaba vaqueros estrechos que resaltaban su cuerpo perfecto y sobre todo se entreveía sus pechos que temblaban ligeramente bajo su blusa con cada movimiento que hacía. Todo en ella evocaba una mujer.

Me esperaba que al llegar donde yo estaba, se hubiera parado, que se hubiera dado la vuelta y, con ese paso típico de las modelos,  hubiera caminado hacia la cancela poniendo un pie exactamente delante del otro, encaramada encima de sus tacones de 12 cm. Después se habría dado de nuevo la vuelta y, como en una barca ondulando en un mar invisible, me habría ofrecido la contemplación de su cuerpo casi desnudo, mientras se acercaba de nuevo a mi.

– ¿Me podría  prestar su abrigo?- preguntó con acento indefinible.

– Con esta lluvia no puedo volver así a mi apartamento.

Me quité el abrigo y se lo di. Ella me dio su tarjeta de visita, se puso el abrigo por encima de la cabeza para proteger su pelo y se precipitó corriendo bajo la lluvia. Permanecí un momento aturdido, pero en seguida, mirando hacia arriba, vi que asomaba un pedazo de cielo azul.


Jean Claude Fonder

La Bella Durmiente

LOphelia
 
John Everett Millais

El barco está volviendo a Brujas. Progresa con una majestuosa lentitud entre la doble hilera de álamos que protegen sus orillas y que luchan contra el poderoso viento que llega del mar.

Ofelia ha desaparecido.

Ayer tomamos un barco con rueda de palas que hacía una excursión a Damme, un pequeño pueblo medieval cercano. Pasamos la noche en un hotel. La estoy buscando desesperadamente desde esta mañana, no hay huella de ella por ninguna parte, por lo que he decidido regresar a Brujas. Anoche me equivoqué, reaccioné de mala manera, y ahora no está, estoy preocupado y este estúpido barco no se mueve, tenía que haber cogido un taxi.

—Fueron presos españoles de Napoleón los que cavaron este canal, que va de Brujas a Damme, dese el año 1810 … —recitaba el altavoz, como para justificar la baja velocidad del barco con rueda de palas con sus dos chimeneas a imitación de los del Misisipí pero en versión reducida.

Ofelia es mi novia, íbamos a casarnos en Mayo. Estábamos de vacaciones en Brujas, como ella quería. Había leído Brujas la Muerta de Georges Rodenbach, el mito de Ofelia la fascinaba. Esta ciudad de agua, como adormentada en su pasado celosamente conservado, esta ciudad hermosa, tranquila y triste que te transporta a un sueño nostálgico, personifica este mito, el mito simbolista, el que había pintado John Everett Millais.

En este periodo invernal había pocos turistas, la ciudad antigua parecía descansar, el agua de sus canales permanecía lisa y reflejaba perfectamente las casas de estilo tradicional flamenco con sus techos de agudo ángulo, sus fachadas laterales cortadas en escalones y perforadas por numerosas ventanas. Es lo que le gustaba a Ofelia, pasear por las calles medievales semi desiertas, a lo largo de las orillas de los canales silenciosos, en los parques blanqueados por la escarcha mañanera, y soñar con el beguinaje ante las fachadas blancas de pequeñas casas vacías que los troncos de los arboles desnudos tachaban inexorablemente. El lago de los Enamorados le gustaba especialmente, los cisnes que se deslizan dignos y magníficos sobre el agua gélida como si arrastraran el bote de Lonhengrin bajo los árboles plateados.

—El lago, por supuesto —digo con voz alta, mientras me cuelo para desembarcar más rápidamente.

Cojo un taxi y le pido que me lleve al lago de los Enamorados. Corro como un loco por el parque, busco en cada rincón, está aquí, lo siento, y finalmente la veo sentada en un banco.

Parece meditar, su mirada fija está perdida en el lago, un ramo de crisantemos de todos los colores apretado en su pecho.



Jean Claude Fonder

Bernard Pivot

Hace unos días, leí en Facebook una maravillosa reflexión de Bernard Pivot sobre la vejez que me conmovió. Comparto completamente su pensamiento, él tiene 82 años y yo 74. Espero que pueda ser una ayuda para entender mejor este periodo difícil y conclusivo de nuestras vidas. 

 
Bernard Pivot es un personaje extraordinario, hoy presidente de la academia Goncourt que otorga el más famoso premio de la literatura francesa. Periodista literario, ha presentado diversas transmisiones literarias entre las cuales una, la más famosa, llamada Apostrophes, que ha tenido una influencia fundamental para la difusión de la literatura y de la cultura en Francia. Cada viernes, durante muchísimos años, ha ocupado las horas principales de la noche televisiva.
Era apreciado sobre todo por sus cualidades de entrevistador. Su tono cordial y espontáneo y su manera simple y directa de plantear las cuestiones permitían a todos los públicos entrar en el debate. En ningún momento, el espectador se sentía excluido.
He traducido su texto al español y he añadido un extracto de sus entrevistas con algunos escritores.


Bonjour vieillesse

J’aurais pu dire:
Vieillir, c’est désolant, c’est insupportable,
C’est douloureux, c’est horrible.
C’est déprimant, c’est mortel.
Mais j’ai préféré «chiant».
Parce que c’est un adjectif vigoureux
 qui ne fait pas triste.
Vieillir, c’est chiant parce qu’on ne sait pas quand ça a commencé et l’on sait encore moins quand ça finira.
Non, ce n’est pas vrai qu’on vieillit dès notre naissance.
On a été longtemps si frais, si jeune, si appétissant.
On était bien dans sa peau.
On se sentait conquérant. Invulnérable.
La vie devant soi. Même à cinquante ans, c’était encore très bien…
Même à soixante.
Si, si, je vous assure, j’étais encore plein de muscles, de projets, de désirs, de flamme.
Je le suis toujours, mais voilà, entre-temps j’ai vu le regard des jeunes…
Des hommes et des femmes dans la force de l’âge qui ne me considéraient plus comme un des leurs, même apparenté, même à la marge.
J’ai lu dans leurs yeux qu’ils n’auraient plus jamais d’indulgence à mon égard.
Qu’ils seraient polis, déférents, louangeurs, mais impitoyables.
Sans m’en rendre compte, j’étais entré dans l’apartheid de l’âge.
Le plus terrible est venu des dédicaces des écrivains, surtout des débutants.
«Avec respect», «En hommage respectueux», «Avec mes sentiments très respectueux».
Les salauds! Ils croyaient probablement me faire plaisir en décapuchonnant leur stylo plein de respect? Les cons!
Et du « cher Monsieur Pivot » long et solennel comme une citation à l’ordre des Arts et Lettres qui vous fiche dix ans de plus!
Un jour, dans le métro, c’était la première fois, une jeune fille s’est levée pour me donner Sto arrivando! place…
J’ai failli la gifler. Puis la priant de se rassoir, je lui ai demandé si je faisais vraiment vieux, si je lui étais apparu fatigué. !!!… ?
—Non, non, pas du tout, a-t-elle répondu, embarrassée. J’ai pensé que.
Moi aussitôt :
—Vous pensiez que?
—Je pensais, je ne sais pas, je ne sais plus, que ça vous ferait plaisir de vous asseoir.
—Parce que j’ai les cheveux blancs?
—Non, c’est pas ça, je vous ai vu debout et comme vous êtes plus âgé que moi, çà été un réflexe, je me suis levée.
—Je parais beaucoup… beaucoup plus âgé que vous?
—Non, oui, enfin un peu, mais ce n’est pas une question d’âge.
—Une question de quoi, alors?
—Je ne sais pas, une question de politesse, enfin je crois.
J’ai arrêté de la taquiner, je l’ai remerciée de son geste généreux et l’ai accompagnée à la station où elle descendait pour lui offrir un verre.
Lutter contre le vieillissement c’est, dans la mesure du possible, ne renoncer à rien.
Ni au travail, ni aux voyages, ni aux spectacles, ni aux livres, ni à la gourmandise, ni à l’amour, ni au rêve.
Rêver, c’est se souvenir tant qu’à faire, des heures exquises.
C’est penser aux jolis rendez-vous qui nous attendent.
C’est laisser son esprit vagabonder entre le désir et l’utopie.
La musique est un puissant excitant du rêve. La musique est une drogue douce.
J’aimerais mourir, rêveur, dans un fauteuil en écoutant soit l’adagio du Concerto no 23 en la majeur de Mozart,
soit, du même, l’andante de son Concerto no 21 en ut majeur,
musiques au bout desquelles se révèleront à mes yeux pas même étonnés les paysages sublimes de l’au-delà.
Mais Mozart et moi ne sommes pas pressés.
Nous allons prendre notre temps.
Avec l’âge le temps passe, soit trop vite, soit trop lentement.
Nous ignorons à combien se monte encore notre capital. En années? En mois? En jours?
Non, il ne faut pas considérer le temps qui nous reste comme un capital.
Mais comme un usufruit dont, tant que nous en sommes capables, il faut jouir sans modération.
Après nous, le déluge?….Non, Mozart.
Voilà, ceci est bien écrit, mais cela est le lot de tous, nous vieillissons!…
Bien ou mal, mais le poids des ans donne de son joug au quotidien.

Bernard Pivot


Habría podido decir:
Envejecer es lamentable, insoportable,
Es doloroso, es horrible.
Es deprimente, es mortal.
Pero he preferido decir «¡qué rollo!»
Porque es un dicho vigoroso que no parece triste.
 Envejecer, ¡qué rollo! porque no se sabe cuándo empieza y tampoco se sabe cuándo acabará.
No, no es verdad que se envejece desde el nacimiento.
Durante mucho tiempo éramos tan frescos, jóvenes, apetitosos.
Nos sentíamos bien.
Nos sentíamos conquistadores. Invulnerables.
Toda la vida por delante. También a los cincuenta años, se estaba todavía muy bien… También a los sesenta.
Sí, sí, se lo aseguro, estaba aun entonces lleno de músculos, de proyectos, de deseos, de llama.
Todavía hoy, pero mientras tanto he visto la mirada de los jóvenes…
Hombres y mujeres en la flor de la vida que ya no me consideraban uno de ellos, ni parecido, más bien al margen.
Leí en sus ojos que ya no serían indulgentes conmigo.
Que serían educados, deferentes, lisonjeros, pero despiadados.
Sin darme cuenta, había entrado en el apartheid de la edad.
Lo más terrible fueron las dedicatorias de los escritores, sobre todo los principiantes.
«Con respeto», «En  respetuoso homenaje«, «Con mis más respetuosos sentimientos”. ¡Cabrones! Creían probablemente que me agradaban destapando su bolígrafo lleno de respeto ¡Los muy gilipollas!
¡Y qué decir del « querido señor Pivot », largo y solemne, como si fuera una cita a la orden de las Artes y las Letras que concediera diez años más!
Un día, en el metro, era la primera vez, una muchacha se levantó para dejarme su asiento…
Casi la abofeteé. Una vez que logré que se sentara, le pregunté si le parecía tan viejo, si le había parecido que estaba cansado.
—No, no, en absoluto, —respondió, avergonzada. —He pensado que…
Yo inmediatamente:
—¿Ha pensado qué?
—Pensaba, no sé, ya no lo sé, que le agradaría sentarse.
—¿Porque tengo el pelo blanco?
—No, no es eso, le he visto de pie y como usted tiene más edad que yo, ha sido un reflejo, me he levantado.
—¿Parezco tener muchos…muchos más años que usted?
—No, sí, en fin un poco, pero no es una cuestión de edad.
—¿Una cuestión de qué, entonces?
—No lo se, una cuestión de cortesía, en fin, creo.
Dejé de provocarla, le agradecí su gesto generoso y la acompañé a la parada en la que se bajó para ofrecerle una copa.
Luchar contra el envejecimiento es, en la medida de lo posible, no renunciar a nada.
Ni al trabajo, ni a los viajes, ni a los espectáculos, ni a los libros, ni a la gula, ni al amor, ni al sueño.
Soñar, es acordarse de todo lo que hay que hacer, de las horas exquisitas.
Es pensar en las hermosas citas que nos esperan.
Es dejar el espíritu vagabundear entre el deseo y la utopía.
La música es un excitante poderoso del sueño. La música es una droga dulce.
Me gustaría morir, soñando en una butaca, escuchando ya sea el adagio del Concierto no 23 en la mayor de Mozart, ya sea, del mismo modo, el andante de su Concierto no 21 en do mayor,
músicas al final de las cuales mis ojos no se asombrarán contemplando los paisajes sublimes del más allá.
Pero Mozart y yo no tenemos prisa.
Nos tomaremos nuestro tiempo.
Con la edad el tiempo pasa, o bien demasiado rápido, o bien demasiado lentamente.
Ignoramos todavía de cuánto capital disponemos. ¿Años? ¿ Meses? ¿ Días?
No, no hay que considerar el tiempo que nos queda como un capital.
Más bien como un usufructo del que, mientras seamos capaces, hay que gozar sin moderación.
¿Después de nosotros, el diluvio?…. No, Mozart.
Bueno, esto está bien escrito, pero es el destino de todos, ¡estamos envejeciendo!…
Bien o mal, pero los años, cada día, nos subyugan un poco más.

Traducción Jean Claude Fonder


Bernard Pivot recibe algunos escritores en la  transmisión «Apostrophes»:

Jean-Marie Gustave Le Clézio
Jorge Luis Borges
Marguerite Yourcenar
Umberto Eco
Georges Simenon
Alexandre Soljenitsyne
Claude Lévi-Strauss
Régine Deforges

Images d’archive INA Institut National de l’Audiovisuel
http://www.ina.fr


Jean Claude Fonder

Niña en el Museo

Las Musas Inquietantes
Giorgio de Chirico

—Niña, vamos a entrar en la sala de exposiciones. Acuérdate, ponte en el centro de la sala, echa un vistazo panorámico y acércate a la obra que te atraiga más.

Es mi nieta, tiene 16 años pero la llamo niña desde siempre. Le gusta el arte, dibuja muy bien, quizás sea ese su futuro. Le estoy enseñando cómo entrar en relación con una obra, es más, le enseño mi método. Seguro que no todos estarán de acuerdo. Veo en los museos mucha gente armada de una guía, un libro, auriculares o también sus móviles, que se ponen en fila para ver todas las obras una por una. Aún peor, se agregan a un grupo para escuchar a un guía que le cuenta la vida del autor y lo que él hubiera querido decir, según un eminente crítico. La obra, apenas alcanzan a verla. No sé si lo habéis notado, pero a los autores no les gusta mucho hablar de sus obras, en particular los que practican las bellas artes. La verdad es que ya se han expresado con sus obras, con las técnicas que utilizan, y obviamente con el título de la obra. Para la música, el compositor necesita un intérprete, por eso cada interpretación puede convertirla en una obra muy diferente. Para las otras artes, la emoción puede nacer de nuestra relación directa con la obra, añadir la interpretación de otras personas puede enriquecerla o empobrecerla.

—Me gusta ese cuadro con los juegos de las luces y de las sombras, —dice Niña, y se acerca a un cuadro de Giorgio de Chirico, lee la etiqueta y añade: — Las musas inquietantes, 1916, Giorgio de Chirico, Milán, Colección privada.

El cuadro no es muy grande (aceite, 97 cm x 66 cm)

—¿Por qué te gusta, Niña?

—Me gustan las sombras, los maniquíes sin caras que transmiten expresiones mediante la postura en la que se ponen. Por ejemplo, el que representa una mujer sentada está tranquilo, apaciguado, y el que está de espaldas me parece triste. Este cuadro me hace pensar en maniquíes que retoman vida. Como si fueran objetos perdidos y abandonados. Si me inspirase en esta obra para dibujar algo, creo que daría también vida a los objetos, como si fueran piezas de un juego de ajedrez.

—Interesante, yo no habría pensado en eso. ¿Conoces a de Chirico?

—No, no conocía a este artista. Me gusta mucho, voy a buscar otras obras.

—Es un surrealista, como Magritte o Dalí. Es italiano pero trabajó sobre todo en Francia. Para mí el cuadro representa un escenario de teatro, a lo mejor uno como los que se utilizaban para “La commedia dell’arte”. En el fondo hay una fábrica y el castillo de los Este en Ferrara. De hecho hay tres maniquíes, dos con alfileteros y un sin, pero con uno apoyado a su lado, una vara y otros accesorios de teatro. También a mí me encanta el ambiente, raro, vacío, como abandonado, pero con una luz caliente y las sombras largas del atardecer. Tu notarás que hay errores de perspectiva… ¿Un hermoso misterio, no? Ideal para inventar una historia.



Jean Claude Fonder

Jolie môme

Barrio Francés
Georgy Kurasov

T' es tout' nue
Sous ton pull
Y'a la rue
Qu' est maboule
Jolie môme” (*)

Claramente no le importa, observa a su alrededor los hermosos balcones de hierro forjado que dominan la galería formada por las finas columnas que los sostienen. Los carteles apagados recuerdan que la noche es muy caliente por aquí, los bares, los restaurantes y los stripclubs abundan, pero lo que le interesa sobre todo es el jazz, el dixieland. A pesar de que no es la hora, sus tacones marcan el compás de sus pasos, hay baile en el aire, hasta su bulldog Emir, que le sigue a algunos pasos, agita su pequeña cola acortada. Va a torcer en St. Ann street para dirigirse hacia Jackson square, cuando oye a lo lejos las notas sincopadas que esperaba. Es un funeral que vuelve del cementerio St Louis y que entona una música endiablada como para celebrar la entrada al paraíso del feliz difunto.

Una vez delante de su artículo, la joven periodista saborea soñadora una pequeña copa de Pineau de Charente, sentada en la terraza del Café du monde. El Misisipi, con sus grandes vapores de ruedas no está lejos …

—Georgy, la cena está lista, no te quedes allí soñando delante de tu cuadro, ya está bien, — le dice Zina entrando en el taller. Lleva una minifalda malva de talle bajo y un corpiño blanco, corto y muy escotado.


(*) “Estás desnuda / Bajo tu jersey / Es la calle / Que está loca / Chica linda”



Jean Claude Fonder

El bar topless(1)

© Anastasia Dupont

EL BAR TOPLESS

No es un bar cualquiera, el cartel sobre la entrada recita “Bar Topless”. Había un bar antes, un bar normal. Es raro que se haya abierto un bar de este tipo en este barrio que no tiene vida nocturna. Son las 10 de la mañana y está abierto. El vidrio de la ventana es polarizado, no se ve nada en el interior ¿Qué habrá dentro? Dudo un instante. Tengo que comer e ir a trabajar. La curiosidad es grande, entro.
La disposición no ha cambiado, pocas mesas delante de la ventana y la barra en frente de la puerta ocupa toda lo ancho de la sala. En la izquierda, hay una vitrina en la que están expuestos los bocadillos, las tapas, los cruasanes y la pastelería. Detrás, una puerta se abre sobre una pequeña cocina y la pared está cubierta por otra estantería llena de botellas. Truena en el medio la larguísima máquina de café italiana y, al lado, otros aparatos como el exprimidor automático de naranjas. Hay mucha gente, el calor es casi tropical. Delante de la barra los clientes, todos varones, están casi inmóviles, una pequeña taza gruesa y un cruasán envuelto en una servilleta de papel en la mano. Forman como un muro, no consigo pedir mi desayuno. Me abro camino, y lo entiendo todo. La camarera está vestida con unos vaqueros, un pantalón bajo que se pega a su cuerpo escultural y un chaleco completamente abierto. Se puede ver muy bien su ombligo, su talle delgado y sobre todo sus dos senos fuertes y bien plantados. No está sola, hay dos otras camareras que parecen más jóvenes y que llevan el mismo uniforme, una prepara los cafés y la otra sirve a los clientes lo que han pedido para comer. Todo funciona muy bien y es muy rápido. Pero los hombres están como si estuvieran plantados delante de este ballet más erótico que el cancán de las “Follies Bergères” en Paris.
La señora, la dueña creo, pide a los clientes que reculen para dejar espacio a los que todavía no han sido servidos. Actúa con mucha autoridad, el hecho de estar semi-desnuda no la perturba en lo más mínimo.
—Un capuchino y un cruasán —pido.
—¿Con cacao?
—Sí, por favor, con un poco de agua.
—¿Con gas o sin gas?
—Con gas.
La señora deja delante de mí, sobre la barra, un platito con una cucharilla, toma una botella de agua con gas y me la sirve en un vaso, que pone al lado del plato. Y, mientras grita: “un capuchino con cacao” a la encargada de los cafés, se desplaza a la derecha hacia la caja y me trae la cuenta. Le doy el dinero justo. Mi mirada no puede desatarse de sus senos bien redondos que bailan a cada movimiento que hace. La joven de la comida me trae mi cruasán y la de los cafés pone la taza de capuchino en el platito, las miro también a ellas, son hermosas como dos cariátides desnudas, las tres me regalan una sonrisa deslumbrante y pasan a otro cliente. Son alegres y parecen felices, yo me siento incómodo, como si tuviera una culpa escondida en lo más profundo de mi subconsciente.
Camino pensativo hacia mi oficina. Trabajo como asociado en un famoso bufete de abogados. El día ha sido intenso y cuando salgo por la tarde, me entran las ganas de tomar un aperitivo. Casi inconscientemente me dirijo hacia el bar de la mañana. Cuando entro, noto inmediatamente un ambiente ligeramente diferente, más íntimo. La intensidad de la luz es inferior y las bombillas son de colores. La ventana está cubierta por una cortina opaca, en cada mesa luce un recipiente negro con huecos que dejan pasar una luz anaranjada. La barra está deslumbrante entre pequeños jarros de flores naranjas y luminarias del mismo color, hay grandes platos rellenos de comida cortada a trozos: tostadas, tortillas, pizzas, embutidos, jamón, quesos, frutas, … que se pueden coger con largos pinchos de madera. Detrás, están las camareras, con los pechos a la vista pero con unos collares de flores, también anaranjadas, a la manera de Tahití. Sirven aperitivos, vinos y cocteles todo al mismo precio. Como por la mañana, muchos clientes están apiñados en la barra, pero algunos, todos hombres, toman el aperitivo sentados en las mesas. La señora les trae sus bebidas con un surtido de pinchos. Si, “por casualidad”, un cliente intenta tocarla, ella se retira rápidamente con una sonrisa no ambigua y, cuando es necesario con una ligera palmada en la mano culpable.
La regla es clara: mirar y no tocar.
Unos días después vuelvo a casa al final de la mañana. Entro de nuevo en el bar para almorzar. Bocadillos, platos combinados, el bar está lleno también a esta hora. En cualquier horario hay mucha gente. ¿Sólo hombres? No, poco a poco llegan algunas mujeres que trabajan en el barrio invitadas por sus compañeros. Son curiosas, en las empresas se cotillea, y por supuesto, un lugar tan particular da mucho de qué hablar.
—Imagínate qué escándalo si una pareja con niños, por descuido, entra en este lupanar.
—No se puede. La entrada está prohibida a los menores. Además no es un lupanar.
—Y, ¿qué es entonces?
—Un bar, con camareras vestidas un poco sexys.
—Ya, con las tetas fuera. Los hombres sois todos iguales, unos cochinos.
—Vente un día, ya verás que es algo completamente inocente.
Y al día siguiente, una patrulla de compañeras, tres en nuestro caso, nos acompaña al bar de topless. Caminan detrás de nosotros, como si fueran policías que vigilan a dos presos mientras los conducen ante el juez. Habíamos reservado una mesa para almorzar. Nos sentamos y las mujeres van al bar para ver lo que se puede comer. Andrea, un abogado joven que trabaja conmigo y yo, que somos habitués ya sabemos lo que queremos pedir. Cuando vuelven las chicas, muertas de la risa, hablan entre ellas muy rápidamente y tan bajo que no entendemos lo que dicen, pero está claro que las nubes que temíamos, se están despejando.
Cristina, la dueña, llega a nuestra mesa para tomar nota de nuestro menú, todo normal, solo después de haberse ido, Marta la secretaria, observa que tenía todavía pechos bien amaestrados para su edad y para no llevar sujetador. Cuando una de las jóvenes camareras nos trae con una bandeja nuestra comida, las chicas la desnudan con la mirada:
—Esta tendría que ponerse un short ultra corto, está plana como una tabla —, dice Julia con una mueca de desdén, una junior de nuestro grupo que en mi opinión lleva la talla 100.
—Sí, pero tiene un culo bonito con dos cachas redondas como dos bolas de helado —responde Adriana sarcástica.
Por cierto el cuerpo de mi compañera habría podido competir con el de su homónima Adriana Lima, la famosa modelo colombiana, estrella de Victoria’s secret. También ella es abogada y trabaja con Marco, el socio que dirige nuestro equipo. Tienen muy buena relación, y no digo más. Nuestra oficina es muy simpática, se trabaja en grupo sin formalismos. Antes de Navidad, es costumbre salir juntos para celebrar el final del año. La fiesta la haremos en el bar topless el 20 de diciembre, me dice Marta, Marco ha aceptado mi sugerencia. Opino que está bien pero señalo que no cierran muy tarde.
—No te preocupes, en este caso iremos después a otro lugar.
Me encargo de contactar el bar para reservar las mesas. Son las cinco y decido marcharme un poco más temprano para conocer a Cristina antes de que llegue la gente para el aperitivo.
—Siéntese en esa mesa del rincón, —me dice la joven con las bonitas nalgas, —llamo a mi madre.
Cristina llega unos momentos después, su chaleco está cerrado.
—Buenas tardes, soy Cristina, encantada, —me dice con una gran sonrisa, tendiéndome la mano.
Me alzo para saludarla y me presento:
—Encantado, soy Alfredo, trabajo en un bufete de abogados que está cerca de aquí. Quizás me reconozca, vengo a menudo en este bar.
—Claro, sé que es un cliente habitual. La invito a sentarse y me pregunta:
—¿Qué puedo hacer para ayudarle?
—Mis compañeros querrían celebrar aquí la Navidad antes de las vacaciones. Querríamos reservar una mesa. Por ejemplo, en este rincón, estaría perfecto.
—Vale, pero será solamente un aperitivo, a las 10 cerramos. No trabajamos por la noche. No queremos que haya confusión sobre el tipo de lugar.
—¿Por qué entonces llamarlo Bar topless?
—¿Es lo que es, no? Encontré ese cartel en un mercado de objetos de ocasión, me gusta, es bonito.
—Su bar es también muy bonito, simpático y el servicio es perfecto. Tiene mucho éxito. ¿Porqué elegir un nombre tanto ambiguo?
—Ya, pero antes de cambiarle el nombre no lográbamos vivir, mis hijas y yo. Estamos solas, estoy separada. Se me ocurrió la idea cuando vi el cartel. Con mi marido gestionábamos un bar en un campamento naturista. Estoy acostumbrada.
El día de la fiesta, en el bufete, se percibe una atmósfera eléctrica, trabajan pero sin prisa como si los problemas estuvieran suspendidos, mañana se verá. Hoy es el día que todas esperan cada año. Las barreras invisibles se van alzar, las lenguas se van a desatar, se formaran nuevas parejas, vamos a celebrar. Las mujeres están vestidas para salir, elegantes, algunas un poco osadas. Al contrario aquellas de mi grupo, llevan mini trajes de chaqueta, muy elegantes con blusas combinadas.
Llego el último a la fiesta, había cerrado la oficina antes. En el bar, el ambiente, como siempre, está anaranjado, un tāmūrē, la música de Tahiti completa el decorado. Las chicas del bar llevan los collares de flores. Me dirijo hacia nuestro pequeño grupo, Marco y Andrea, rodeados por Marta, Julia y Adriana acercan sus vasos para acogerme. Ya parecen bien embriagados, me animan a pedir algo para brindar juntos.
Las compañeras se ríen a carcajadas, veo que han quitado sus blusas, no llevan nada bajo las chaquetas. Me acuerdo el día que almorzamos aquí. Es una conspiración. Julia tiene las piernas cruzadas a la Sharon Stone y enseña un escote en v que no necesita ser abierto. Marta, la secretaria, siempre reservada, está muy elegante con una chaqueta corta, tipo frac, que lleva sobre el pecho desnudo, con un simple collar de perlas. Adriana ya se está desabotonando y pide a la joven camarera, que me trae mi cóctel, si no tienen un collar de flores para ella. Espontáneamente la joven le dice que tienen otros y pasa el suyo alrededor del cuello de Adriana que se lanza a contonearse al compás como si estuviéramos en la película El motín de la Bounty.
En ese momento, Julia se quita la chaqueta y pide al bar, también ella, un collar. Otras mujeres hacen lo mismo, algunas se quitan el vestido. Cristina satisface sus peticiones, pero me lanza una mirada llena de reproches. Poco tiempo después se forma un ballet tahitiano, bailan todas el tāmūrē, exhibiendo sus pechos gloriosos bajo las flores. Hay manzanas, peras, mandarinas y melones, hay frutos de todas las dimensiones bellos, pulidos y erizados por la excitación. Los hombres no saben qué hacer. Entonces, tomo la iniciativa, también yo me quito la camisa, me pongo un collar y comienzo a bailar con las chicas. Al final todo el bar participa en la fiesta.
A las 10, Cristina nos echa fuera sin piedad y con un suspiro de alivio.
La noche misma, en Facebook, unas fotos empiezan a difundirse. Rápidamente se vuelven virales con estúpidos comentarios en abundancia.

Después de las vacaciones, en enero, me dirijo hacia el bar para desayunar, el cartel está cambiado, un nombre banal que no quiero recordar. Me paro un instante. Un poco triste, sigo mi camino y voy al bufete.


Jean Claude Fonder

El bar topless(2): CRISTINA

© Anastasia Dupont

CRISTINA

Tengo una cita con Cristina.

Me dieron su numero de teléfono en El bar, el que se llamaba bar Topless. En realidad nada había cambiado, solo el nombre y el gerente. Las camareras estaban todavía allí, pero llevaban un jersey sobre sus vaqueros. Había poca gente y hacía frío.

Cuando me encontré con mis compañeras en enero, al regreso de las vacaciones, les informé de lo ocurrido. El bar Topless estaba cerrado. Después de nuestra fiesta tahitiana y el ruido que provocó en las redes sociales, era previsible.
—No lo puedo creer, —dijo Julia, —queríamos solo divertirnos. Fue la fiesta de fin de año más divertida que recuerdo.
—Lo siento por Cristina y sus hijas.
—¿Por qué? —dijo Adriana, —conozco el tema, y te puedo decir que no hacen nada ilegal. Ir vestido un poco sexy, incluso enseñar los pechos, no es delito.
—Tendrías que quedar con Cristina para aclarar todo eso. Podemos echarle una mano. Hablaré con Marco. —añadió Marta.
Cristina aceptó recibirme en su apartamento en las afueras. Me dijo que estaba de vacaciones, que su hermano Carlos había aceptado sustituirla.

Subo caminando al tercero, no hay ascensor. Me abre una Cristina cansada, pero una pequeña sonrisa casi irónica asoma por la comisura de sus labios. Está ligeramente maquillada, sus labios están pintados con un color rosáceo combinado con su blusa marrón claro con pequeños cuadrados blancos. Una pequeña cadena de oro se esconde en su cuello redondo. Sus ojos grises-verdes transfiguran su cara encuadrada por un casco de cabellos oscuros que dejan divisar pendientes en forma de pequeñas flores. Estoy totalmente subyugado por su elegancia natural y su belleza madura. El piso está decorado de forma sencilla pero con buen gusto. Pocas cosas; un antiguo diván Louis XV, dos sillones, una cómoda y una mesita redonda. Domina el tono anaranjado de la alfombra y dos reproducciones de Gauguin.
Su mirada es dulce y tranquila, al final me sonríe francamente.
—No me esperaba su visita después del otro día.
—Antes que nada, tengo que presentarle mis excusas. Son mis compañeras que han sobrepasado los límites. Querían solo divertirse y nadie pensaba que eso fuera a tener consecuencias tan graves como la clausura de su bar.
—Verdaderamente, mi bar no está cerrado. Hemos cambiado el cartel y yo me he cogido unas vacaciones. Mi hermano me está sustituyendo y mis hijas siguen trabajando. Irán de vacaciones más adelante, por turnos.
—Sí, pero ya no se visten del mismo modo. El “topless” quiero decir y he visto que el aforo ha bajado muchísimo.
—Ya, pero no me puedo permitir escándalos. Me estoy divorciando y el proceso será difícil. No se podrá pactar ningún acuerdo amistoso. Nos estamos separando por actos de violencia.
—¿Contra usted? —digo casi gritando.
—No, —responde Cristina, — contra mis hijas.
—Aún peor, ve que he hecho bien en venir a visitarla. Nuestros comportamientos fueron inaceptables y tenemos que ayudarla, no solo excusarnos. Nuestro bufete está especializado en causas como la suya. Marco, nuestro jefe, es famoso, voy a hablar con él.
—Ya tengo un abogado, me lo aconsejó, mi hermano Carlos. La verdad es que no es un especialista, pero no me puedo permitir más, ya que no podemos contar sobre el éxito del bar. No soy una persona famosa, como las que su bufete defiende.
—No te preocupes, Cristina, si no se ocupará Marco, me encargaré yo. Perdón ya te estoy tuteando.
—No pasa nada, debo decir que me estás levantando la moral, Alfredo. Tengo que reflexionar con mis hijas y Carlos.
—Muy bien. Hablo yo con Marco, y nos vemos otra vez en unos días. Aquí tienes mi tarjeta.

En la oficina voy al despacho de Marta, la secretaria, para pedir una cita con el jefe.
—Marco está muy ocupado en este momento como sabes, después de las vacaciones hay que contactar de nuevo a todos. Ya que en este periodo tenemos muchas causas nuevas. Parece que todas las mujeres un poco conocidas han sufrido molestias al inicio de su carrera.
—¿Qué tal los pechos de Cristina? —dice Julia entrando en el despacho.
—Cállate, Julia, has sido precisamente tú la que has puesto en apuros a estas pobres mujeres, —digo.
—Se los ha buscado ella, abriendo un lugar de este tipo.
—¡Julia! —ese es un comentario machista, —se interpone Marta.
Julia sale ofendida, y Marta me propone ver a Marco, el día después a las 9 de la mañana.

Por la tarde me dirijo hacia el bar. Como por la mañana, la ambiente está desanimado. La barra está llena de pinchos, pero solo cinco clientes están tomando un aperitivo, ninguna decoración, ninguna flor anaranjada o música de tāmūrē. Me siento en una mesa, y llamo a una camarera. Llega la que ya conocía, que fue el objeto de los chismorreos de Julia.
—¿Cómo te llamas?
—Carmen, —me responde.
—He visto a tu madre, hoy. Hemos hablado.
—Ya lo sé. Mamá me lo ha dicho, señor Alfredo. ¿Qué quiere tomar?
—Una cerveza. ¿Y tu hermana?
—Maria ha vuelto a casa para ayudar a mamá. Hay poca gente, no hacía falta que se quedara aquí.
La miro, es muy guapa, su cara es angelical, tiene el pelo largo, color castaño oscuro, y los ojos de su madre. Sus labios son grandes y carnosos. No consigo recordar a su hermana.
—¿Qué edades tenéis?
—Yo, 20 años y Maria 18. — Me sonríe y se va hacia el bar.

El día después Marco me recibe. No necesito insistir, acepta inmediatamente defender a Cristina. Me dice que quiere ayudar a las mujeres, y no solo. Quiere conseguir más trasparencia y protección para que no padezcan las consecuencias de abusos sexuales. No le interesan solamente los casos con gran resonancia mediática. Dice que Adriana me ayudará a preparar este expediente. Pide que contacte a la cliente y que la tranquilice en cuanto a los honorarios. Adriana me confirma un poco más tarde que Marco es particularmente sensible a situaciones como la de Cristina, pues intuye que en su familia él ha tenido problemas similares, obviamente no le puede decir más. Juntos llamamos a Cristina para quedar. Cristina me responde con una voz alterada:
—Mi exmarido, Mario, está en Milán y quiere verme. Iba a llamarte.
—Vengo con mi compañera inmediatamente, —digo mirando a Adriana que asiente con la cabeza.
Adriana conduce su coche, vamos hacia el apartamento de Cristina. Durante el recorrido le cuento lo que sé del caso, bien poco la verdad, pero estoy preocupado. Cristina nos abre, también ella no parece tranquila.
—Cuando está bajo la influencia del alcohol puede ser violento.
—¿Cómo te pareció al teléfono?
—Tranquilo, quiere verme con las chicas. Le he dicho que lo llamaré más tarde, que quería consultar a mi abogado. Me respondió que no era necesario, pero que si prefería no había ningún problema.
—Bueno, —digo, —dicen todos así cuando están sobrios. 
Le presento a Adriana, que había conocido durante la fiesta, bajo un aspecto un poco diferente, mucho menos contenido que hoy, vestida como está con un traje pantalón. Preciso que también ella es abogada y que trabaja con Marco sobre el tema de las molestias sexuales.
Entonces, Adriana sale su bloc de notas y le pide que nos cuente su historia.

Cristina es española, nacida en Málaga en 1972. Emigró a Francia a Saint Tropez en 1995. Trabajaba como camarera en el bar de una playa privada, el propietario era Mario, un italiano de Calabria.
— El bar era muy famoso, frecuentado por personajes del cine, de la canción y del futbol. Mario gustaba mucho a las mujeres, era un mujeriego que tenía más aventuras que el Tenorio. Me atrapó también a mi. Cuando me quedé preñada de Carmen aceptó casarse conmigo. Creía poder cambiarlo, qué ingenua.
Se trasladaron a Italia, en la Toscana, Cristina había encontrado un camping naturista en el que buscaban una pareja para encargarse del bar. En italia, el naturismo se practicaba mucho más cerca de la naturaleza, no había todavía clubes de lujo, frecuentados por vips, al menos entonces. Nació Maria dos años después, pero Mario en realidad había cambiado poco. Las mujeres lo buscaban, y a él, eso no le disgustaba, se vanagloriaba mucho. Cristina se preocupaba poco de este defecto típicamente varonil, le interesaba criar a sus hijas y consideraba la gente que frecuentaba el campamento un entorno moderno, interesante y bien equilibrado, adaptado en suma para educarlas. Pensaba trasladarse a Milán cuando tuvieran la edad para ir a la universidad. Pero un día, María ya tenía dieciséis años, la vio llegar hecha un mar de lágrimas y dirigirse hacia su habitación. Su cuerpo desnudo en parte cubierto por su largo pelo negro estaba sacudido por los sollozos.
—¿Qué ocurre? —dijo Cristina, agarrándola por los hombros.
—Nada, —respondió.
Cristina apartó su pelo, vio heridas sanguinolentas en la mejilla, en el hombro y sobre los pechos.
—¿Qué ha pasado, Maria, por dios? —dijo con una voz angustiada.
La pequeña siguió llorando, aún más fuerte. Entonces, Cristina, la llevó en brazos hacia su cama y se acostó a su lado, dejándola llorar dulcemente apoyada en su hombro.
—¿Quién te ha golpeado? —preguntó, cuando la pequeña se calmó un poco.
Maria miraba al infinito, muda, negando con su cabeza.
—¿Tu padre, había bebido?
Seguía negando, llegó Carmen en este momento, apostrofó a Maria duramente.
—Díselo, ahora, si no se lo digo yo.
—Carmen, —gritó Cristina, — habla inmediatamente. María está mal. Dime todo. tengo que saberlo.
La misma noche dejaron el campamiento y huyeron a Milán. Carlos, que tenía una casa allí, las acogió.

—¿Y después, ningún contacto con él? —Pregunta Adriana.
—No, no quiero verlo nunca más. Ahora lo sé, nunca le quise. Fue un capricho adolescente o casi. No me da miedo, es un ser débil y miserable, me da asco. Obviamente es también el padre de mis hijas. Pero hablad con ellas, no sienten nada por él. Cuando estuvimos a salvo en Milán me lo contaron todo. Cómo ya sobre los 10 años les tocaba las tetas y el sexo, como si fuera un juego, estando desnudos, no había problemas. Pero creciendo, las chicas se dieron cuenta, se hablaban. Al inicio tenían hasta celos. De grandes no osaban decirme nada, temían mi reacción, lo entiendo. Veían que no me gustaba que su padre coquetease con las muchachas que frecuentaban el campamento.
—Quiere verte y está en Milán, —intervengo, —podríamos reunirnos con él, yo y Adriana, para entender lo que quiere. Nuestro bufete es famoso, eso puede impresionarlo. ¿Tú qué quieres, a parte del divorcio?
—Nada, no quiere darle el menor derecho sobre las chicas. El propietario del bar que conocéis es mi hermano Carlos. Mi idea del Topless funcionó bien y nos daba lo suficiente para vivir todos, Carlos incluido.
—Pero, hay violencia carnal sobre niñas menores. Es un delito grave, por lo que se puede pedir una indemnización considerable, como puedes leer en los periódicos.
—Eso sí, la cobertura mediática me interesa, quiero que lo condenen públicamente, quiero que la gente sepa quién es Mario, que todos sepan de lo de que es capaz este individuo. Y quiero reabrir mi bar, el bar Topless. Quiero que nuestra sociedad entienda que el cuerpo de las mujeres pertenece a las mujeres, que lo pueden enseñar como lo hacen los hombres para seducir o conseguir objetivos comerciales sin que se considere una práctica indecente, pero cuando y como elijan ellas.
—Pero la publicidad puede ser vulgar, —dice Adriana.
—Lo sé, y estoy dispuesta a asumir el riesgo.

Mario fue convocado por Marco en su despacho y rechazó la propuesta de un acuerdo para evitar el pleito. Decía que ya estaba con otra mujer que dirigía un club naturista en Calabria y que no le interesaba lo que hacían Cristina y sus hijas aunque había visto que trabajaban en un bar de noche. Estaba listo para aceptar el divorcio y no quería ningún derecho de visita, se podía también negociar una pensión alimentaria.
La prensa le condenó con unanimidad, lo que la justicia confirmo rápidamente. Tuvo que pagar los gastos legales y una indemnización importante. El tribunal lo condenó también a una pena condicional de dos años de encarcelamiento. Hubo muchos reportajes sobre Cristina, Carmen y María, se habló mucho del bar Topless. Su reapertura fue objeto de una transmisión especial, cuando se colgó de nuevo el famoso cartel. La decoración interna era la de la fiesta tahitiana y las chicas, la dueña y Carlos, que estaba de refuerzo, llevaban los collares de flores sobre sus pechos orgullosamente desnudos.

Algunos días después, subo otra vez al piso de Cristina. Me había invitado a cenar un lunes, día en el que hay menos gente en el bar. Estaba trabajando al máximo de su capacidad con la contribución también de las personas de nuestro bufete, mujeres y hombres que lo frecuentaban asiduamente.
Cristina está vestida para una gran ocasión, una falda larga, brillante, con bordado de delicadas líneas desiguales y curvas de lentejuelas de color dorado y bronceado, en toda su extensión. Su top es simplemente negro con mangas largas. Un escote en V descubre generosamente sus senos que resplandecen bajo una gaza transparente. Tiene el pelo recogido en un moño y dos pendientes de laca negra completan la obra. Está radiante. Me lleva a la mesa que ha arreglado para los dos, nos sirve dos copas de champán, y deposita sensualmente un beso sobre mis labios.


Jean Claude Fonder

El bar topless(3): EL BAILE

© Anastasia Dupont

EL BAILE

Duermo como un tronco. Un rayo de sol anaranjado enciende la sabana que cubre mi cuerpo, me sobresalto, son las nueve, es muy tarde, tengo que ir al bufete.
¿Dónde estoy?
No es mi casa, no es mi cama, es grande pero estoy solo, estoy en la cama de Cristina, la dueña del bar, ella no está…
Me acuerdo de la cena, la cena que había preparado Cristina, la cena que no comimos, este beso sin fin, nuestros cuerpos que se buscaban, la ropa que tiramos febrilmente al suelo, queríamos tocarnos, sin barreras, su cuerpo que había deseado cada día en el bar, su cuerpo que deseaba entregarse, mi cuerpo que quería sentirse el suyo, su cuerpo tenso como un arco, nuestras voces unidas, un largo grito de placer y de amor…
Me adormilé, luego me desperté, ella cabalgaba mi pene duro como un árbol, sus senos me acariciaban la cara, uno tras otro, chupé sus pezones, me agarré a sus caderas, la penetré más y más, estimulé frenéticamente su clítoris, por fin explotamos en una serie de orgasmos interminables, fue maravilloso, una noche inolvidable…
María sonriendo se asoma a la puerta, ve que estoy despierto. Entra en la habitación, está desnuda.
—¿Quieres tomar un café?
—Claro.
—¡Ven! Todo está listo en la cocina. —dice esperándome.
Me alzo, busco mis calzoncillos, no los encuentro.
—No te preocupes, los encontrarás después, el café se enfría. Aquí no nos ponemos la ropa en casa. Somos naturistas.
Ha preparado cruasanes en el horno, hay mermelada, leche caliente, una taza grande y una cafetera.
—¿Falta algo? Voy a prepararme mientras desayunas. Después te puedes vestir tú. Mamá me ha dicho que me acompañarás en coche al trabajo.
La miro, es una mujercita también ella. Tiene todavía un cuerpo de adolescente, con el pelo recogido en una larga coleta. Me saluda y se va hacia el cuarto de baño. Desayuno, tengo hambre y también un poco de vergüenza al estar vestido como Adán.
El tráfico es intenso para entrar en la ciudad. María me está mirando.
—¿Eres abogado?
—Sí, —respondo girando la cara hacia ella.
Sus ojos negros me miran intensamente.
—Has dicho que te ocupas de causas de violencia de género.
—A veces sí. En este momento nos estamos ocupando del caso de una famosa presentadora de tv. Somos un equipo, dirigido por Marco, un socio del bufete. Con mi compañera Adriana preparamos los expedientes, participamos en las investigaciones, asistimos a Marco en los procesos. Julia y Andrea, dos abogados principiantes y Marta, la secretaria, nos ayudan; el trabajo está repartido entre todos. Como hicimos con vuestro caso. ¿Por qué me lo preguntas?
—Quiero estudiar Derecho.
—¿Te vas a inscribir en la Universidad?
—Sí, el próximo septiembre.
El recorrido es largo. María me explica que su madre lo ha previsto todo. Ya ha contratado unas chicas como camareras para el bar. Son personas de confianza que ha conocido en el camping en Toscana. Carlos también seguirá trabajando con ellas. Después de las vacaciones, Carmen y ella irán a la universidad.
—¿Qué va a estudiar tu hermana?
—Informática, es una campeona con los ordenadores.
—Pero cuéntame más de tu caso, si puedes, me interesa mucho. Cuando sea abogada me gustaría ocuparme de casos similares. Las mujeres tenemos que luchar y defendernos.
—Ya lo creo, es más, estoy seguro. Pero en este periodo, parece casi una moda, hay decenas de denuncias, a veces después de tantos años. Además no es siempre fácil distinguir entre las molestias y la seducción.
—Por eso, creo que puedo hacer algo, tengo experiencia. Las mujeres somos seres complejos y hay mucha gente que se aprovecha de esta complejidad.
Me quedo estupefacto delante la fuerza y la madurez de esta muchacha, apenas mayor de edad. Como dice ella, tiene experiencia, y ¡menuda experiencia! Su padre está en prisión por violencia sobre ella y su hermana.
Entonces le resumo el caso de la presentadora. Se llama Joana Lori, ganó en un reality show famoso, y en seguida hizo carrera como presentadora en la televisión. Era buena y hoy es muy famosa. Hace un mes contactó Marco porque quería denunciar abusos que tuvo que soportar por parte de un influyente directivo de una empresa productora de espectáculos televisivos. Esto ha desencadenado muchas polémicas, casos nuevos, otras mujeres que trabajaban en el cine o en el mundo del espectáculo. Lo mismo que está pasando en Hollywood, a veces incluso relacionado. La prensa de corazón se nutre de estos casos. No es fácil trabajar en esas condiciones. Marco cree mucho en la corrección y la sinceridad de Joana, pero los diarios la acusan de aprovecharse de la cobertura mediática para relanzar su carrera, ya que estaba perdiendo popularidad recientemente.
—¿Quizás podría conocerla?
—¿Te gustan estas estrellas de televisión?
—Nooo, creo que escuchándola podría ayudaros…
—¿En qué? —digo casi gritando.
—Sé lo que significa ser molestada.
No me lo puedo creer. Esta mujercita es … No sé, esta familia es un caso…
Y como para convencerme aún más, mientras me paro antes del bar “topless”. Me da un besito veloz en la mejilla y me dice con una gran sonrisa saliendo del coche.
—¿Te gustó con mi madre?

Marco está trabajando, la puerta de su despacho está abierta. Tengo mucha confianza con él. Fue mi profesor en la facultad. Cuando se trasladó al bufete, lo seguí para formar parte de su equipo. Llamo a la puerta, Marco me hace señas para que entre y le cuento mi conversación con María. Inesperadamente, me dice que podría ser interesante y que la próxima vez que nos reunamos con Joana puedo introducir a Maria como observadora.
Por la tarde me dirijo hacia el bar. Es la hora del aperitivo. Hay bastante gente, como siempre. Muchas personas consumen en la barra. El rico bufé anaranjado está arreglado. Carmen con sus collares toma los pedidos, dos nuevas camareras que no conozco la ayudan y llevan las bebidas a las mesas. Veo que todo funciona como en un cualquier bar, me pregunto si es el topless lo que ha dado éxito al lugar. Pregunto a Carmen por qué no están Cristina y María.
—Han vuelto a casa, —me responde—ahora trabajamos por turnos. Cristina me ha pedido que te diga que la llames.
Carmen está muy atareada, sustituye a Cristina y parece totalmente a gusto en este papel. Termino mi aperitivo y me voy a mi apartamiento que no está muy lejos. Está situado en un edificio modernista de 1930. Eso le otorga carácter, personalidad. Tiene un elemento original que es el verdadero protagonista de la vivienda: un muro de ladrillo rojizo que hace de gran mural. El piso no es muy grande, pero da sensación de amplitud, por la luminosidad y el fondo blanco de la decoración. Una gran habitación con una cama doble y el baño que está al lado, la sala de estar que sirve también de cocina, un sofá y una mesa para comer, este es mi pequeño mundo. Ahora no tengo novia y de todos modos me gusta reservar este refugio del soltero que me considero a pesar de algunos cortos períodos de convivencia que se desenrollaron más bien en la casa de la novia.

—Cristina. ¿Qué tal? He estado en el bar y Carmen me ha dicho que te llame.
—Hola Alfredo. Estamos muy bien. María está conmigo y me ha contado de esta mañana, que habéis hablado mucho. Yo no he dejado de pensar en lo que pasó anoche, fue estupendo.
—Cristina, para mí fue inolvidable.
—Gracias querido, eres una persona muy cariñosa. Quería pedirte que nos acompañes cuando vayamos la próxima vez a Toscana al camping. Tienen cabañas para alquilar. Estamos esperando a que llegue el buen tiempo. Mientras tanto nos veremos en el bar. Un besito.
—Un besito Cristina. Dile a María que la contactaré, Marco ha aceptado que participe en el caso Joana en calidad de observadora.
—Estupendo, se lo diré. Le encantará.

Joana entra en la sala de reuniones acompañada por un cachas con un auricular con un cable que desaparece en el cuello de su camisa. Ella es muy grande, se contonea peligrosamente hacia la silla que le señalo, lleva zapatos de tacón muy altos, un traje escotado con mini falda y está maquillada como para entrar en un estudio de TV. Se sienta y me dice como para excusarse:
—Estoy saliendo de una grabación.
Poco después se unen a nosotros Marco y Adriana. María les sigue y va a sentarse al final de la mesa.
Marco empieza recordando que estamos reunidos para preparar la audición de Joana como testigo. Luego pregunta como si fuéramos en la sala del tribunal:
—Señora Lori, querría que nos contase los acontecimientos que la han llevado a depositar una denuncia ante la fiscalía.
Joana empieza entonces a contar cómo durante la transmisión del reality show la hacían salir del set durante las horas de menor audiencia para encontrarse con el directivo. Este personaje era también el productor de la transmisión. Lo había conocido durante la selección final de los candidatos. No le había gustado nada, era de esas personas que se mueven a grandes pasos, ocupando todo el espacio, dándose muchos aires de grandeza. Con una sonrisa ligeramente sarcástica, miraba a cada candidato aterrorizado y los iba eliminando con un gesto de la cabeza, pocos se salvaron. Su decisión era definitiva. Es responsabilidad mía que el programa sea un éxito, decía. Cuando le tocó a ella, se paró, la examinó de arriba a abajo, ella sostuvo su mirada y el asintió plácidamente al asistente que lo seguía.
—¿Cómo estabas vestida? —interrumpe Adriana.
—Nada especial, como siempre, vaqueros y una camiseta.
Luego nos contó el éxito que alcanzó personalmente en el programa, casi desde el inicio. Y de cómo el productor empezó a invitarla a su despacho. La felicitaba por los índices de audiencia que tenía el programa. Le decía que había tenido una buena intuición, que era ella la que estaba en la base de este resultado y le daba consejos y sugerencias para su actuación. En un momento dado, Joana tuvo una relación con un compañero durante la transmisión, no era falsa y el público lo percibía. En su opinión no tenía que hacer más. Pero el directivo, como si fuera un guionista, le decía que tenía que provocar celos en el otro candidato o crear situaciones en las que el público podía ver parte de su cuerpo o, incluso, enrollarse con el candidato que le gustaba delante de las cámaras. Durante estas entrevistas, se aventuraba a tocarla para enseñarle, le decía, cómo hacer. Obviamente ella lo rechazaba, con la seguridad que le daba la manifiesta apreciación del público. Ganó y, su amigo quedó segundo.
Una vez fuera del show, la relación no siguió aunque siguieron siendo amigos. Llegaron diferentes propuestas para trabajar en el mundo del espectáculo. Era su sueño. El directivo, por supuesto, presentó igualmente una oferta, y consideraba que tenía la prioridad. La invitó a cenar. Aceptó, obviamente, y le sorprendió que hubiera reservado una sala privada en un restaurante. Pidió mucho vino, intentó que bebiera y al final, borracho, intento forzarla. Creía firmemente que sería la conclusión normal para celebrar la victoria con una chica que quería entrar en un mundo en el que él era un cacique, un personaje ineludible.
—¿Qué pasó exactamente? —pregunta Adriana, —no podremos evitar las preguntas difíciles.
—Estaba vestida elegante, no como en la transmisión, —responde Joana irónicamente, —un traje negro. Él llevaba también un traje gris con una camisa de rayas azules abierta y sin corbata, sus gafas y su eterna sonrisa de hombre seguro de su poder. Estábamos sentados, yo en la silla y él a mi lado. Empezó con la mano, siguió con la rodilla, el muslo. Lo rechacé y entonces me amenazó con cerrarme todas las puertas de la televisión.
—Lo que afortunadamente no ocurrió, —sigue diciendo Adriana y, haciendo de abogada del diablo lanzó la pregunta que todos los estábamos haciendo— ¿no tiene ningún testigo que podría ayudarnos?
—Ningún camarero entra en una sala privada sin ser llamado. Soy yo la que salí cuando entendí lo que estaba pasando. No vi nunca más a ese cerdo. Por suerte me contrataron como presentadora en la TV pública. Pero mi compañero tuvo dificultad para encontrar algo y hoy está trabajando como empleado en un banco.
—Se da cuenta entonces, —dice Marco, —que tenemos pocas, por no decir ninguna posibilidad de ganar este caso.
Joana reconoce que es verdad, pero insiste en que sigamos con el procedimiento. Quiere que se conozcan estas prácticas machistas del mundo del espectáculo. Dice que es el momento, que la ola mundial de denuncias por acoso o violencia, permitirá una liberación general de las mujeres, también de aquellas que no están expuestas a los proyectores mediáticos:
—Jornadas excesivas de trabajo sin descanso, falta de pago de salarios, abuso sexual y físico, trabajo forzado y trata de personas, … y puedo añadir muchos otros ejemplos.
Marco le recuerda que la prensa sospecha que esté utilizando esta denuncia para relanzarse, porque últimamente sus transmisiones tenían problemas de audiencia.
—Eso es normal en mi trabajo, tenemos que innovar, repensar las cosas, evolucionar. No se resuelve con escándalos. De todos modos no tiene nada que ver, quiero contribuir a la lucha de las mujeres, y, como decía antes, tenemos ahora la oportunidad. También soy madre y quiero que mi hija tenga un futuro de libertad.
Más tarde saludo a María con un beso, y le pregunto:
—¿Te ha interesado este encuentro?
—Muchísimo, —me responde. Hay mucho que aprender, además esta Joana me gusta, es una mujer fuerte. En televisión parece diferente, casi irreal.
Durante la semana sucesiva tengo poco tiempo libre. Nuestro equipo está sobrecargado de trabajo. Pero el viernes, Cristina me llama y me decido a pasar por el bar para saludarla, sabiendo que trabaja el fin de semana. Entro en el bar bastante tarde, el aperitivo se está acabando. Cristina me ve, está sirviendo con las dos chicas. Me hace una seña con la mano y manda a Carmen que me invita a sentarme en una mesa, diciendo que Cristina se reunirá conmigo apenas los clientes empiecen a marcharse. Me pregunta con una gran sonrisa:
—¿Qué tomas? Hay que celebrar.
—¿Celebrar, qué? —digo con una mueca interrogativa.
—Es una sorpresa. —Responde, esta vez riéndose a carcajadas.
Los collares a la tahitiana que lleva como de costumbre se mueven, sus pechos se columpian también, su risa parece imparable.
—Entonces trae una botella de spumante y cuatro copas. Os espero, celebraremos juntos.
Cuando llega Cristina, ella también parece muy feliz, no sé qué pensar. Me da un beso en los labios.
—¿Puedo saber qué estamos celebrando? —pregunto con una cierta impaciencia.
—Lo tenemos.
—¿A quién?
—Al directivo que Joana Lori acusa de acoso sexual.
—¿Qué, cómo?
Cristina llama a Carmen que ya está despejando el bufé de la barra, pero se nota que estaba esperando este momento. Llega rápidamente, me entrega su móvil y me pide que escuche. No lo puedo creer, oigo nuestra conversación en la que tuvo un ataque de risa. La miro atentamente y no veo ningún micrófono, ni siquiera escondido detrás de los collares. Entonces ella me enseña un minúsculo auricular escondido en el interior de la oreja, que no se ve y me explica que está conectado por bluetooth a un pequeño emisor cosido en la cintura interior de sus vaqueros.
—Este emisor transmite la grabación por internet a mi móvil que está en mi bolso.
—Maria y Carmen han llamado a la empresa del directivo para participar en el casting que hacen para otro reality, el que se desarrolla en una isla —dice Cristina. —Cuando supieron que eran camareras del bar topless, las convocaron inmediatamente.
María se acerca y añade:
—El directivo, que es también el productor de este programa, es quien nos ha recibido. Nos ha pedido que bailásemos Carmen y yo un tamuré, … con los collares. La conversación que hemos grabado es muy interesante. Nos ha invitado también a su casa. Creo que, con este material, no será necesario aceptar la invitación.


Jean Claude Fonder