Él

Cuando despertó el hombre desnudo estaba todavía allí, en la cama tumbado, poderoso e inmóvil. El calor era sofocante. Una luz cobriza filtraba a través de las persianas. Le gustaba mirarse en el espejo del guardarropa. Estaba al lado de la cama y reflejaba un cuerpo escultural y brillante de sudor. El aire que removían dulcemente las palas del ventilador acariciaba sus senos orgullosamente erguidos. Echó una mirada licenciosa sobre él, sonrió y se puso rápidamente y en silencio sus vaqueros y su camiseta. No quería perder el olor del hombre que estaba pegado a su cuerpo. Recuperó su bolso Prada y se fue.


Jean Claude Fonder

La pelirroja

La favorite de l’émir
Benjamin Constant

George estaba a punto de casarse. Desde hacía mucho tiempo frecuentaba un famoso burdel en París, como lo hacían los muchachos que querían adquirir experiencia. Una de las eminentes azafatas del lugar, que se llamaba María la Pelirroja, le había recomendado para su última visita que eligiera un cuadro vivo inspirado en una obra de Benjamín Constant: La favorita del emir.

Esa noche, cuando entró en la sala, quedó atónito ante el espectáculo que se le ofrecía: 

Acostada en un sofá cubierto con una gruesa alfombra de color negro con motivos florales y una enorme almohada recubierta de dorados, La Pelirroja, envuelta en una larga falda de seda roja gruesa y ricamente decorada, desplegaba su famosa cabellera. Los rizos rojos coronaban majestuosamente su joven rostro adornado con una boca escarlata y dos grandes pendientes en forma de anillos dorados, y ofrecía a la vista un pecho perfecto apenas velado por una blusa de tul dorada y transparente. A sus pies estaba su amiga Marion, una morena guapa, un poco regordeta, también vestida a la oriental en tonos dorados. Un amplio mural cubría la pared del fondo, representando una gran terraza cubierta que se abre sobre la bahía de Tánger. El azul soleado del mar y del cielo, las pequeñas casas blancas de la ciudad, el acantilado de color rosa en la lejanía, y algunas pequeñas velas triangulares que animaban con manchas blancas la gran extensión azul, componían un decorado de ensueño. Un músico inclinado sobre su instrumento, un laúd, deleitaba a las muchachas con una melodía a la vez suave y ligeramente rítmica. Vestía como un Saharaui, su piel era de color oscuro.

Hacía mucho calor en la habitación, le habían hecho vestir una larga chilaba y zapatillas de cuero amarillo. Afortunadamente, un ligero viento y el sonido refrescante de una fuente producidos por alguna máquina invisible, creaban un ambiente estival que invitaba a abandonarse a la languidez erótica del momento. Se acercó a la bella María, que parecía dormida, se arrodilló ante ella para recoger un beso de sus labios tentadores y puso tiernamente su mano en forma de copa para acariciar la curva de un seno. Pero ella de repente se enderezó y, poniéndose un dedo ante la boca, le apartó la mano lentamente. Sorprendido se volvió hacia Marion, que se había levantado y ahora estaba detrás de él, pensó que quizás debía honrarla antes que a María. También le gustaba, sus redondeces generosas presagiaban un temperamento devastador. Así que se levantó y la abrazó. La Pelirroja reaccionó en el instante y lo sacó de su abrazo con la fuerza de una amante celosa.

— ¿Qué está pasando aquí? — dijo enfadado, —he pagado regularmente mi entrada.

Las dos chicas empezaron a reventarse de risa.

— ¡Es nuestro regalo de boda! — dijeron, —te devolveremos el dinero.

Entonces se acercaron al pequeño personaje que se escondía en la esquina derecha de la sala, como Benjamin Constant lo había representado.

— ¡Luisa! — se exclamó, reconociendo a su futura esposa.



Jean Claude Fonder

El sustituto

Observa por un momento la puerta pesada y masiva que parece desafiarla. Entonces, precipitadamente, hurga en su bolsa, saca el sobre que había preparado, lo desliza en un bolsillo del abrigo largo hasta los tobillos y luego baja un pasamontañas negro que la deja irreconocible pero también casi ciega. Entonces llama a la puerta. Esta se abre:
— Magdalena, ¿es usted?
Responde con otra pregunta:
— Marco, ¿es usted?
Sin contestar, la deja entrar y la guía hacia la cama grande que ocupa gran parte de la habitación. Ella se detiene cuando siente el borde derecho, su lado habitual. Le da el sobre, se quita el abrigo y se acuesta desnuda sobre la cama.

Habían concordado todo a través de Internet.
Magdalena era viuda, había perdido a su marido Marco hacía tres años en un accidente de coche. Estaba desesperada, aún no tenía hijos, nada que pudiera nutrir un amor que no quería que se agotara.
Su cuñado Carlos, que la veía hundirse cada vez más en una depresión sin salida, le aconsejó que se inseminara, pero ella rechazó esas prácticas que le parecían artificiales y antinaturales. Él sugirió entonces que buscara un sustituto, un profesional que aceptara ser un padre anónimo. Tuvo que insistir, pero al final ella aceptó inscribirse en un sitio serio que Carlos le había recomendado. Sorprendentemente, entró en contacto con un hombre que cumplía con sus exigencias que, todo hay que decirlo, eran un poco extrañas.
Magdalena quería que el hombre tuviera ciertas características físicas similares a su marido y que las reuniones se celebraran en el más estricto anonimato, según un protocolo bien definido.

Ella está tensa, la espera es interminable, todo su cuerpo está tenso. Ella piensa en Marco, como si fuera la primera vez. Cuando de repente una mano se posa sobre su seno izquierdo y lo acaricia ligeramente. «Este hombre es suave», piensa, y se relaja. Siente el pene que se está endureciendo en su muslo derecho. La mano  de él desciende a lo largo de sus caderas, se queda en el otro muslo y, a continuación, sube lentamente acariciando la sedosa entrepierna que ella entreabre un poco. El dedo del hombre penetra un poco en la ranura que ya está húmeda para desenmascarar el clítoris que halaga hasta que la pelvis de Magdalena se ve atravesada por pequeñas contracciones. Ella siente que su miembro la penetra con precaución, pero lo quiere todo dentro, se lanza hacia adelante, lo agarra con las piernas para forzar una carrera cada vez más desenfrenada. En un gran grito percibe en su vagina chorros largos de esperma que parecen definitivos.

Se quedan tirados al lado unos de otros por un momento sin decir nada.
Ella piensa en Marco: «¿Tengo que sentir remordimientos?».
Se pone las bragas y el abrigo y se va rápidamente de la habitación.

Unos días más tarde, Magdalena almuerza con Carlos, como siempre muy elegante, traje liso, camisa blanca sin corbata, pañuelo y perfume. Lo encuentra solícito.
—¿Va todo bien? —pregunta él.
— Sí, —responde ella, —es una persona amable y respetuosa, me gusta.
— ¿Aún no hay resultados?
— Todavía es pronto, creo. Sólo me he reunido con él unas pocas veces durante mis períodos de fertilidad. Quizás tenga que verlo más a menudo.
— Es cierto, sobre todo si te gusta, te veo realmente espléndida.

Magdalena esperaba cada encuentro con mayor impaciencia. Su cuerpo reaccionaba positivamente, cada sesión era un verdadero encanto. Se preparaba cada vez más cuidadosamente. Introdujo algunas variaciones en su atuendo, sujetador, braguita transparente, también él variaba las caricias durante los preliminares que se alargaban cada vez más. Los orgasmos eran más numerosos, y a veces incluso era ella la que despertaba su deseo practicando caricias orales que nunca se habría atrevido a imaginar con Marco.

Esa tarde, Magdalena está de nuevo en frente a la puerta. No lleva abrigo esta vez, lleva el mini traje blanco que le queda tan bien. Tiene que darle la gran noticia. Ella se pone de nuevo el pasamontañas y llama con decisión. Él le abre inmediatamente, como si estuviera esperando detrás de la puerta. La hace entrar y con su brazo le rodea los hombros. Ella también lo siente elegante, está perfumado … este perfume …
— Carlos, —grita Magdalena arrancándose el pasamontañas.

Entonces se abrazan y se devoran ferozmente en un beso de amor que ya no podía esperar.


Jean Claude Fonder

Fedra 2000

Hipólito y Fedra, obra realizada por Pierre-Narcisse Guérin en 1802

Su madre la había llamado Fedra.
—¿Por qué? —me preguntarán ustedes.
Podría contestarles que fue pasión por la tragedia griega, pero la verdad es que no lo sé.
Cuando la chica se convirtió en adolescente descubrió, no sin miedo, todo el peso de este nombre. Decidió que nadie controlaría su destino. Casarse, vivir una historia de amor, en el siglo XXI, era algo antiguado. Tendría los amantes que elegiría, guapos, quizás ricos, y ella se dedicaría a una carrera que veía prometedora. Trabajaba en el campo de la moda.
Tengo que decirles que, desde el punto de vista estético, no era perfecta. No muy grande, con poco pecho y ancha de caderas, tallada para dar a luz a muchos niños. Sin embargo, tenía una sonrisa hermosa y sabía cómo aprovecharse de todos los recursos que la moda y la cosmética moderna ponían a su disposición. Milo Manara no habría creado mejor personaje.
Charles fue el primero, un tipo guapo, sus amigas estaban celosas, pero todavía era un estudiante, con su vida y su carrera ante él y Fedra no quería esperar.
Unos meses más tarde le tocó el turno a Claude, un cirujano, profesión prestigiosa que garantizaba un buen nivel de vida, sobre todo cuando se tenía una larga experiencia. A Claude no le faltaba, quizás tenía demasiada. El caso es que no duró.
Theo le sucedió, un armador griego, no era Onassis, pero bueno. Era griego, eso habría tenido que llamar la atención a Fedra, pero las ventajas eran numerosas: viajaba mucho, sus ingresos eran importantes, frecuentaba la alta sociedad, tenía varios yates, …
El idilio se prolongó.
Un día, en Nueva York, conoció a Hipólito, guapo como un dios, oficial de marina, un Corto Maltés americano. No pudo resistirse y se lanzó a la conquista de ese adonis que el destino había puesto en su camino.
Sorprendentemente, cuando Hipólito supo su nombre, la rechazó.
No lo entendía, el amor del que negaba la existencia la cegaba, estaba desesperada. Incluso ella amenazó con suicidarse, esperando conmoverlo. El tiempo apremiaba, su rico amante estaba volando para reunirse con ella. En el aeropuerto JFK, Fedra se encontró con Hipólito y descubrió que también esperaba a Theo. Era el hijo que había tenido con otra mujer. Ella se adelantó y acusó a Hipólito de coquetear con ella. Theo estaba furioso.
En el hotel se pelearon, Hipólito tenía una pistola en la mano y disparó. Fedra se interpuso y murió en el instante.
El destino seguía siendo inexorable, la tragedia inevitable, los dioses despiadados no habían perdonado.


Jean Claude Fonder

Venus

A Iris

Se llamaba Venus, un nombre significativo pero que se encuentra raramente. Tenía una cita con ella en un bar del centro de Milán. No la conocía, habíamos quedado por Facebook. Somos «amigos», ella había insistido porque normalmente no me gusta aceptar las peticiones de amistad de personas que no conozco. No me interesa chatear a través de las redes sociales ni con mis verdaderos amigos. Ella quería escribir artículos para mis blogs. Estoy jubilado, y he creado lo que podríamos llamar revistas digitales de interés cultural. Entonces había echado un vistazo a su página, Sin duda, teníamos muchos ámbitos de interés en común y sus textos me gustaban mucho. Ya tenía algunos colaboradores voluntarios que me ayudaban. Las revistas tenían un buen éxito y no podía realizarlas yo solo.

Estaba sentado en la terraza del bar, olía a primavera, el sol espolvoreaba sus primeros rayos y una extraña alegría reinaba en el aire. Con este nombre y las fotos que había visto en su página me esperaba un placentero encuentro.

— Soy Venus, usted es el señor Jean Claude.

Me di la vuelta sorprendido, una señora mayor, baja y menuda me sonreía detrás de sus elegantes gafas de sol negras con adornos plateados. Llevaba un extraño gorro, también negro que cubría toda la cabeza, pelo incluido, con sus pantalones y blusa del mismo color, y sus zapatos bajitos que recordaban las gafas, era muy elegante, una Greta Garbo, que en secreto venía para asistir a un espectáculo de La Scala. Me alcé y apreté ligeramente su mano, me parecía tan frágil.

— Llámame Jean Claude, te llamaré Venus como en Facebook.

Empezamos a charlar, le conté la historia de los blogs, las lineas editoriales, los colaboradores y el método de trabajo. Luego me enseñó sus borradores, basados en proyectos multimedia, textos, reproducciones, fotos, videos y música. Todo muy interesante, Venus era una verdadera artista en todos los sentidos de la palabra.

El calor estaba aumentando, ella se quitó el gorro. Me quedé estupefacto, era Nefertiti sin su tiara, el craneo rapado y dos enormes pendientes blancos y negros encuadraban una cara en la que los ojos, la nariz un poco aguileña y una boca ligeramente carnosa diseñaba facciones perfectas que la rejuvenecían enormemente. Entonces, ella se giró hacia la maleta con ruedas que traía y se inclinó para coger otras carpetas que estaban dentro. Su blusa se levantó un poco, descubriendo su espalda y dos hoyuelos de Venus enloquecedores.

Era ella, era Venus misma, que quería conocerme, la encarnación de la mujer perfecta. Fue el inicio de una larga y maravillosa colaboración. Más tarde, cuando la conocí mejor, supe que Venus era su apodo artístico.


Jean Claude Fonder

El silencio

Como cada vez, algo rompe el silencio: alguien que tosa, un grito fuerte y aislado: «bravo», o un triste y moderno aplauso con gritos agudos obligados. 

El director frustrado baja las manos y voltea hacia el público para recibir una ovación, merecida e inculta. El canto de la soprano y las últimas notas del corno inglés nos habían levantado a una zona insólita y límite entre sueño y realidad con los nervios ópticos despiertos. Teníamos que vivir la música de nuestra alegría celeste. En silencio.

Pero Mahler está muerto, gustar el silencio está inalcanzable, aplaudimos porque es él. El populismo ha conquistado hasta la música. Sin sonorización el mundo es inconcebible…

Fin de la transmisión: ¡Publicidad!!!


Jean Claude Fonder

«Le chemin creux»


Esa mañana decidí ir a dar una vuelta por el campo de batalla. Vivía a pocos kilómetros de él. Tomé mi bicicleta y por pequeños caminos, incluso algunos apenas esbozados a través de los campos, me encontré en poco tiempo cerca de la granja de la Belle Alliance contemplando la “morne plaine“ (lúgubre planicie) como la llama Victor Hugo.

El tiempo era perfecto, había llovido durante la noche, pero esta mañana el cielo era límpido y el sol ya atravesaba despiadadamente la ligera niebla que flotaba sobre las grandes extensiones de tierras apenas sembradas, entrelazadas de terrenos donde ya dominaba el verde. Era como un gran tablero de ajedrez ondulado, poblado aquí y allá por las granjas históricas de la batalla, y tachado por algunos setos o por una línea de árboles que denotaba la presencia de un camino. 

Un “chemin creux” (camino encajonado), yo conocía uno que me llevaría al otro lado del campo para disfrutar de otro punto de vista. Una maravilla, un verdadero túnel verde sombreado y perfumado que parecía aislarte definitivamente del resto del mundo. Me alisté en bicicleta a mano, con cuidado, el suelo todavía era esponjoso.

De repente un ruido terrible e inesperado desgarró la serenidad de mis pensamientos. Un jinete equipado como un acorazado francés, acababa de atravesar la muralla verde que bordeaba el camino y no sin esfuerzo había alcanzado al otro lado, pero inmediatamente otro siguió y se estrelló en esa zanja inesperada. Pronto todo el encierro del camino hueco se llenó de caballos y jinetes inextricablemente amontonados. Se oían las ráfagas de disparos de metrallas que acababan con este regimiento en derrota.

Parecía que la terrible y fraterna batalla se hubiera reanudado en Waterloo, Europa.


Jean Claude Fonder

Pompón Rojo

Pompón rojo, todos en la escuela le daban este apodo. Llevaba vaqueros azules índigo, un color que me inspira últimamente, un jersey rosa viejo, y zapatos deportivos blancos con una fina linea roja como el pompón. Chico o chica no importa, si lo hubiera llamado Caperucita ya estaría tachado de sexista.
Estaba atravesando el bosco para ir a visitar a sus abuelos y llevarles una torta. Su mama había preparado la pasta y su padre el relleno, o inversamente, lo que sea.
Caminaba silbando con alegría, cuando surgiendo del horizonte apareció un rumor ensordecedor y negro, era una poderosa moto montada por un personaje vestido enteramente de piel y con casco integral. Un inscripción en cima de la visera oscura amenazaba: «Los lobos». No se entendía si era un varón o una hembra, pero no es importante, o más bien lo es.
— ¿Adónde vas así cargado? —preguntó con una voz oscura y dulce al mismo tiempo.
— Al final del bosco, a la villa de mis abuelos.
— Está lejano. ¿Quieres que te llevo hasta allá?
— No, gracias, me gusta caminar, — respondió Pompón rojo. Sus padres le habían enseñado que un chico o una chica, no importa, no debía subir al vehículo de … una persona desconocida.
Él motociclista negro, dio una vuelta y desapareció rápidamente en la lejanía.


Jean Claude Fonder

El sufrimiento

Las compañías
Germán Álvarez (Mendoza, 1968)

Un camino arduo, con fuerte pendiente, en medio de un bosque frondoso. Cada paso es difícil, necesitas el bastón para avanzar.

Una mañana, después de una larga y dolorosa noche, el sufrimiento tomó posesión de tu cuerpo. Estar tumbado en un lecho de dolor es intolerable; levantarse, enderezarse parece una empresa imposible. Al arrastrarte, conquistando cada centímetro, finalmente logras llegar al borde de la cama, entonces, en un esfuerzo sobrehumano, un gran grito te permite vencer el dolor y te levantas ayudándote con ambas manos. Sentado en el borde, esperas un momento para recuperarte, luego haces palanca con el brazo sobre el muslo más débil y finalmente recuperas la posición de pie. Un momento más para que la sangre baje por tus piernas, que están como paralizadas, agarras el palo que espera junto a la cama y das el primer paso.

Cada paso es una victoria, el siguiente será más fácil. Todos los gestos necesarios para levantarse son una batalla por la que luchar, a veces ferozmente: ir al baño, afeitarse, ducharse, curarse y finalmente, el más duro, vestirse. Se necesita tiempo, porque cada movimiento requiere una estrategia para evitar el dolor.

El desánimo es como una sombra negra que te sigue, al acecho de la menor dificultad, para desalentarte, para recordarte que esta situación puede durar. Cada año, con la edad que avanza, el dolor puede llegar a ser cada vez más difícil de soportar y finalmente llegar a convertirse en definitivo. Además, no es sólo tu cuerpo el que sufre, el espíritu también está obsesionado con el dolor. A veces esto puede llevar a un incremento de creatividad, pero en la mayoría de los casos obstaculiza el pensamiento y no deja espacio para ningún otro sentimiento.

El sueño, la imaginación, afortunadamente, es como una sombra blanca, que nos abre el camino de la esperanza, la ilumina con la alegría de crear.

Como estas palabras que me han inspirado el cuadro de Álvarez y el sufrimiento que me persigue en este momento.



Jean Claude Fonder

Un hombre en el pantano

Un hombre todavía joven, el pelo corto, una barba de pocos días, y, sin duda, con capacidad aún de atraer, mira detenidamente el campo floral que se extiende a su alrededor; son flores blancas de pantano que se esparcen con el viento. De fondo, el ruido sordo del agua interrumpido por los trinos agudos de pájaros insistentes. El vapor que emerge del pantano, crea una atmósfera nebulosa y mágica como si estuviéramos en un cuento del Grial. El hombre lleva una chaqueta de cuero de un tono azul difícil de definir, un jersey de lana gris y un pantalón de color claro. No lleva botas. En la mano izquierda sujeta una pequeña caja de metal, quizás lo que en ella atesora sea importante.
Alza lentamente la mano de derecha y se grata la mejilla con insistencia, habrá insectos que revolotean cerca de él. Permanece pensativo, observando atentamente el pantano, y todo lo que ante él se expande.
El decorado está planteado, el misterio está servido.


Jean Claude Fonder

Pesadilla

Lavabo y Espejo
Antonio López (1967)

Es una pesadilla, pensé. Acababa de despertarme. Todavía tenía en mente la horrible imagen: un lavabo, un lavabo sucio, podría haber sido el de una prisión. La luz era cruda, lívida, odio ese tipo de luz. No podía ser mi casa, no lo era, nada me representaba. La maquinilla de afeitar, por ejemplo, era antigua, mi padre usaba una de este tipo, la brocha y el jabón de afeitar también databan. En general, todo tenía un aspecto anticuado, viejo o pobre; grifos, tapón, espejo e incluso el enchufe. Además, había objetos que parecían femeninos, como el esmalte de uñas, el pintalabios o incluso la pinza para depilar.

¿Qué significaba todo esto? ¿Por qué soñaba con un lavabo de un lugar sucio, que no era mío y que parecía pertenecer al pasado?

Me levanté, me dirigí al baño, el mío, de ambiente cálido, con los azulejos grises claros y los muebles carmesíes. Me di una ducha caliente. Quería borrar de mi memoria este lugar de pesadilla que continuaba persiguiéndome: contemplaba la armonía de colores en la que me preparaba cada mañana para enfrentarme al día.

¿Cómo se podía sobrevivir en un lugar tan horrible como el de esta noche?

Desayuné, como cada mañana, en el bar junto al periódico. Un cruasán caliente y un capuchino. Encontré a una compañera y le conté mi sueño. Me sonrió y me preguntó:

—¿No vas esta noche a la inauguración de la exposición de Antonio López?

—Sí, tengo que comentar el evento en la edición del sábado. Espero que nos proporcionen un buen dossier de prensa. Tengo que admitir que no lo conozco.

—Ya veo, —respondió mi compañera, —el sueño que me describes es uno de sus más famosos cuadros: “Lavabo y Espejo” (1967) que está en el museo de Boston.



Jean Claude Fonder

Los coches

Los coches invadieron mi vida.
No me gustaban particularmente, pero acababa de casarme y mi padre decretó que necesitaba saber conducir. Me mandó a la escuela, ellos me preguntaron por el modelo de coche que iba a manejar así que mi padre me legó el que se convierto en mí primero coche: un Ford Taunus, tres velocidades al volante. ¿Qué color? no recuerdo bien, creo oscuro, mi mujer dice negro. Bueno, no importe, lo importante es que con el hicimos nuestro primer viaje, en pareja, solos, solitos, a la conquista de Londres. Lo hicimos de noche, tomamos un “café-crème” en Calais con cruasanes calientes que hoy todavía recordamos. Atravesamos La Mancha y cambiamos de mundo: los británicos son mono-lengua ingles, conducen a la izquierda, entre libras chelines y peniques no reina el sistema decimal, como en las medidas por otra parte, y eso no se acaba aquí…
El segundo coche, siempre de ocasión, era un Simca 1000 blanca, el pobre Ford había fallecido. Esto me lo compré yo, mi mujer ya trabajaba, yo seguía estudiando matemáticas, pero tenía un montón de alumnos, y sobretodo de alumnas que yo cuidaba con un cierto éxito en toda la ciudad y los alrededores, con, por supuesto, la ayuda indispensable de mi coche. Una mañana, saliendo de casa, no lo vi. ¿Dónde estaba? Me lo habían robado. Estaba desesperado, fui al comisariato de policía, nada, me hablaron de estadísticas. Por suerte mi hermano, me llamó el día siguiente para decirme que pensaba haberlo reconocido en una calle en las alturas de la ciudad. Me precipité, era él, la batería estaba vacía, pero la calle era en pendiente. Al final no había pasado nada. Desde este momento sustituí cada noche un cavo del delco, necesario para encender el motor, por uno que era falso. Eso no impidió, mala suerte, que proprio el motor devolvió el alma en un incendio.
El tercero coche era rojo, ya trabajaba y el dinero no faltaba. Hice una pequeña locura: compré un Ford Mustang nuevo. También esto no tuvo buena suerte. Fue el único coche con el que tuve no uno, pero dos accidentes. El primero abracé literalmente un árbol: la carretera estaba helada, el tiempo se calentó bastante para que el cielo gris invernal pudiera regalarnos una ligera lluvia que convirtió el suelo en una pista de patinaje. El camino estaba románticamente bordeado de plátanos, no pude resistir.
El segundo, un árbol, esta vez, desarraigado por las inclemencias se cayo delante de mí, no pude evitarlo. En en el primero incidente me enderezaron el coche y en el segundo me lo pagó el seguro del ayuntamiento.


Cambiamos coche y compramos el cuarto, esta vez mi mujer participó en la elección, un tranquilo y indestructible Volvo, duró 11 años. Unica fantasía para complacer a mi mujer, era amarillo. Con esto hicimos la vuelta de Europa, por primera vez visitamos Italia y tantas otras destinaciones. Pero en realidad fue también el último.
¿Cómo me van a decir? No se puede.
La verdad es que desde este momento, conduje exclusivamente coche alquilado por mi empresa, cambiaba cada tres años. Los coches eran siempre más o menos los mismos, categoría business, Mercedes, Bmv, Lancia, Audi, … El color azul o gris oscuro, pero sin chofer. Es decir, el chofer era yo, y no crean que era yo que conducía: conducir, era el coche el que lo hacía, yo trabajaba por teléfono. ¿Era peligroso? Claro que sí, dos veces me paré en media en un enorme colisión en cadena provocada por la niebla. Por suerte a mí no me abrazaron por delante ni tampoco por detrás. Decidimos dar preferencia a otros medios de comunicación: Aviones, trenes, taxis …
Cuando me jubilé, no compramos el quinto.


Jean Claude Fonder

Roma de Alfonso Cuarón: El despertar

El sol pálido de la primera mañana proyecta sobre la pared de la casa la silueta en acordeón de la escalera de hierro que sube en el patio. El perro invisible ladra obstinadamente. Una mujer india, una criada, rigurosamente vestida de negro, con el delantal blanco y los mocasines casi masculinos, friega enérgicamente con una escoba el pavimento mojado y brillante de la entrada transitable y cubierta. El damero reluciente está ensuciado por los heces del perro del día precedente. Un chorro de polvo detergente y un cubo de agua, el día y la película pueden empezar…



Jean Claude Fonder

Crónica de un viaje a Madrid en 2019 (I)

Jueves 25 de abril de 2019

Como cada año en primavera nos gusta volver a Madrid. Una ciudad amiga desde hace mucho tiempo. Esta vez hemos solicitado la asistencia en el aeropuerto, nos estamos haciendo viejos. Y quien ha leído «Elena Sabe» de Claudia Piñeiro, sabe lo que esto significa. Bueno, exagero un poco, como buen liejense, es que ya no estamos para hacer de turistas profesionales, con la guía en mano. Pero nos gusta saborear la ciudad que amamos, comprenderla mejor, participar de su vida cotidiana y reunirnos con los amigos que tenemos allí.
Una de las ventajas de Madrid son los taxis, allí donde miras hay tres libres, además los precios son moderados. Sin embargo, apenas instalados en el hotel que frecuentamos habitualmente, el hotel Santo Domingo, nos apresuramos a la «Sirena Verde». Un restaurante de pescado que está cerca.
La densa espuma y la limpieza fresca de las cañitas de Mahou que bebes de un trago después de saborear unos chopitos crujientes …
Por fin estamos en Madrid.

Viernes 26 de abril de 2019

Después de una buena noche de sueño, almorzamos en el Pain Quotidien, los croissants son fabulosos, como en Bélgica. Callao y la librería Central están al lado. Así que vamos allí para comprar Nuestra Señora de Víctor Hugo, el premio del próximo Tapañol. Al entrar, me detengo frente a un mostrador de cómics infantiles. Interesante.


Bien ¿No? España siempre nos sorprende.
Por la tarde, a las 6h, cine en el Renoir Princesa. Por supuesto, fuimos a ver la última de Almodóvar, Dolor y Gloria. Dicen que se ha recuperado en esa película. Era una oportunidad para comprobarlo. Bueno, no es su obra maestra, pero nos sorprendió la excelente interpretación de Banderas. Penélope Cruz tampoco lo hace mal, en un papel de reparto, el de una mujer del pueblo. Además, aunque el guion no era interesante, la ambientación, la música y las épocas representadas generaban una cierta poesía. Un balance positivo en general, en nuestra opinión, que, por supuesto, no será la de todos.
Esa noche la cena fue una gran decepción, por una vez seguimos los consejos de un artículo leído en El País, las maravillas ocultas de Madrid. Bueno, opino que sería mejor que ésta permaneciera oculta

… Continuará


Jean Claude Fonder

Crónica de un viaje a Madrid en 2019 (II)

Leer cónica I

Sábado 27 de abril de 2019

Una de las particularidades del Pain Quotidien es su adhesión total a la ecología, al cultivo biológico y a otras filosofías alimentarias. Además, el ambiente es refinado y ascético, uso exclusivo de madera, mesa común, música clásica y ropa de algodón puro para los camareros. Un lugar perfecto para reunirnos con nuestra amiga Kristina, de origen sueco. Almorzamos con ella, y por la tarde a las 6h, de nuevo, cine. Una muy buena película, inglesa esta vez y en v.o, por supuesto. Dos actrices excepcionales, Judi Dench y Sophie Cookson, dos mujeres que representan dos épocas entre dos guerras y el año 2000, y una sola mujer, Joan Stanley, acusada de espionaje en beneficio de Rusia. La película de Trevor Nuncio, Red Joan (La espía Roja), basada en la novela de Jennie Rooney, se debate sobre la cuestión: ¿espía o heroína? Cada cual tiene su respuesta.
Esa noche, no nos arriesgamos, cenamos en Entrevinos que conocemos desde hace años. Un excelente bar de vinos que ofrece algunos platos basados en los productos de la temporada y algunos clásicos, entre ellos un salmorejo extraordinario, el mejor que he comido nunca.

Domingo 28 de abril de 2019

Día electoral. Tengo que decir que estábamos un poco nerviosos. Una victoria de la derecha, y en particular de un partido nacionalista, habría tenido graves consecuencias no sólo en España sino también en Europa. Así que seguí atentamente los acontecimientos hasta media noche. Afortunadamente, los españoles se movilizaron y votaron sabiamente, demostrando una madurez que espero de otros países europeos, entre ellos Italia, recuperen rápidamente.


También llegó nuestro amigo Roberto de Milán que nos acompañó durante los últimos días. Nos reunimos en el Palacio de Cibeles, nuestro amigo deseaba visitar el mirador y tomar algunas fotos. ¡Qué decepción! Un bar de cócteles, de moda, se llama ‘“Bar toca el cielo” me revelará más tarde nuestro amigo Arturo. Una música desenfrenada que te recuerda a tus instintos tribales, te impide hablar con tus compañeros de mesa, por no hablar del público: individuos tatuados que llevan necesariamente un anillo en la nariz. Finalmente, decidimos tomar una cerveza con pincho de tortilla en la antigua cafetería del segundo piso. Por supuesto, éramos los únicos clientes.
Para la cena teníamos una cita con nuestros amigos Arturo y su esposa Malika. Una velada deliciosa, en un restaurante que nos hicieron descubrir: Caraba. Dicen que apuestan por el sabor de antes y por el producto de temporada con la innovación y la audacia de la cocina de vanguardia. Pudimos comprobar que así era, además el ambiente es rústico y acogedor.

… Continuará


Jean Claude Fonder

Crónica de un viaje a Madrid en 2019 (III)

Leer cónica I, Leer Crónica II

Lunes 29 de abril de 2019

Al día siguiente, contentos con los resultados de las elecciones, teníamos una cita para almorzar con nuestros grandes amigos Lali y Alejandro en Casa Lucio, un monumento a la restauración madrileña. Camareros, no había camareras por lo que pude ver, con mucha experiencia, y la cocina exhibía los platos de la gran tradición. Pasamos una tarde maravillosa. No faltaban los temas, hablamos de todo, de nuestros hijos, de nuestros nietos, de nuestros amigos, de nuestros proyectos de vacaciones, de España, de Bélgica, de Italia, de Milán, y, por supuesto, de nuestra pasión, de la literatura, lecturas, escrituras, talleres, Valeria. Y sobre todo de Alquimia Literaria, la revista que Alejandro edita con Carmen, otra de nuestras amigas que no pudo participar en la fiesta. Una gran y hermosa iniciativa que goza de gran éxito. Cada mes, un equipo de escritores, del que formo parte con Ale y Carmen, así como muchos otros, se inspiran en el cuadro elegido por nuestros editores para escribir un relato breve o, eventualmente, un poema.


Por la noche, en Entrevinos, que él no conocía, concluimos el día con nuestro amigo Roberto, que nos contó sus paseos y los descubrimientos de su curiosidad de arquitecto.

Martes 30 de abril de 2019 

Este es el día de Susana, nuestra primera amiga madrileña, que nos hizo descubrirla pateando muchos kilómetros, hoy ya no podríamos permitirnos eso, pero todo está grabado en nuestros recuerdos y en este blog. Nos encontramos en un pequeño rincón sombreado, muy tranquilo en una calle peatonal a dos pasos de Callao. A veces nos sentábamos allí, leyendo o escribiendo, mecidos por el sonido triste y alegre de un trompetista de jazz. Se trata de una chocolatería, hay por allí churros con chocolate, una de las bondades que se encuentran en Madrid. Esta se llama Valor, calle del Postigo de San Martín, 7.
Con Susana, la conversación nunca se acaba, ella es muy simpática y le contamos todas nuestras pequeñas aventuras. En la última hora de la tarde se unieron a nosotros su marido Emilio y también Roberto, que en este modo pudo conocerles.


Pasamos toda la tarde en este paraíso y, desde allí, fuimos a nuestra cita final, la que nunca nos perdemos: Casa Patas.
Es una taberna restaurante con cocina de tradición muy buena, por ejemplo para los aficionados las tortillas de camarones de Cádiz. Luego hay un tablao flamenco considerado el mejor de Madrid. Cada vez nos emocionamos, aunque el espectáculo sea siempre diferente. Esta vez, aquí va el programa, que nos ha gustado mucho a Roberto y a nosotros:

DÍA INTERNACIONAL DEL JAZZ 2019 

Bailaores : AUXI FERNÁNDEZ Y CRISTIAN PÉREZ
Al cante: “PERRE” Y “JUAÑARITO”
Guitarra: VAKY LOSADA
Percusión: MORITO
Artista Invitada: AROA FERNÁNDEZ (flamenco, soul, blues, jazz…)

Miércoles 1 de mayo de 2019 

Un último desayuno en el Pain Quotidien y adiós Madrid. Hasta el año que viene. 


Jean Claude Fonder

La aldea

Paisaje
Juan de la Cruz Machicado

La nuestra se llama Ophain Bois Seigneur Isaac. Evidentemente, no está situada en Perú ni en ningún otro país de América Latina, se encuentra en el campo de batalla de Waterloo, en las cercanías de Bruselas. Habíamos comprado una pequeña casa en una urbanizaciónón que construía una empresa estadounidense en esta zona muy apreciada por los bruselenses. 

¿Qué decir? Éramos jóvenes, teníamos una hija de 11 años y la posibilidad de pagarla después de los primeros años de matrimonio pasados en apartamentos urbanos. Como todo el mundo, devorábamos con la mirada las hermosas casas de campo de algunos amigos y colegas. Nos embriagábamos de la dulzura y del silencio del campo, del perfume de los jardines en flor, de los pequeños platos cocinados con las verduras del huerto, de las hermosas y tibias noches pasadas alrededor de la barbacoa, todo un devenir de serenidad que imaginábamos maravilloso.

El sueño se hizo realidad el día de la entrega de llaves. Era una casa hermosa de una sola planta y en forma de T. Era blanca con tejas marrones y persianas del mismo color. Un sendero en forma de arco ascendía con suavidad hacia el garaje paralelo a la carretera. Podías estacionar tu auto allí, como hacen los americanos. La casa, por otra parte, estaba completamente rodeada por un jardín de una decena de áreas, o más bien lo estaría, porque en ese momento sólo se podía imaginar. Para construir la casa, el empresario tuvo que retirar toda la tierra cultivable y sólo se veía la arcilla que caracteriza el subsuelo de esta región.

Este maravilloso jardín me costó tres años, un buen libro de jardinería y no sé cuántas toneladas de turba para ver renacer un poco de fertilidad en este suelo violado por despiadadas excavadoras. Estaba bastante orgulloso del resultado, una hermosa extensión de césped rodeada de arbustos que florecían uno después de otro hasta el otoño, y en el lugar de honor, delante de la casa, una magnolia que logré hacer florecer. Esto me valió el premio del jardín más bello de la aldea, un viaje a Madrid para descubrir lo que es la Noche Buena en España, en un hotel del centro.

Pero lo más enriquecedor fue para mí, pero también para mis vecinos, el descubrimiento de la solidaridad y de la cooperación que puede nacer entre los habitantes de una aldea ante las dificultades: casa mal terminada, pequeñas reparaciones, aparatos domésticos que flaquean, falta de algún producto o medicamento, la nieve que puede bloquear todo, el frío que congela las tuberías y la jardinería de la que hay que aprender todo.

A diferencia de la ciudad, todo está abierto, en el sentido tanto literal como figurado. Al menos, al principio nada estaba cerrado, todos vigilaban la casa de los otros. Nos reuníamos para festejar o para plantar un árbol. Hemos conocido de verdad la ayuda mutua frente a la dificultad.

¿Por qué, entonces, vender para comprar un apartamento, años 30, en pleno centro de Bruselas, en la avenida Louise?

Cuando eres un urbanita, siempre lo serás. Para llegar a ser aldeano hay que tener su trabajo por allí o la casa seguirá siendo para siempre un dormitorio o una casa de vacaciones. Un dormitorio al que hay que llegar cada día a pesar de los atascos, que hay que mantener al ritmo de las estaciones, sobre todo el jardín, el que es como una verdadera y despiadada amante. Incluso mi hija, que al principio se nutría con avidez de espacio y de libertad, cuando llegó la adolescencia prefirió salir con sus compañeros de estudio que se encontraban en la ciudad.

Además, siendo amantes de la cultura, del cine, del teatro, de la música, de las bellas artes y de los viajes, sufríamos por la situación. 

Cuando comenzaron los cotilleos, casi naturales en las pequeñas comunidades, pasamos página con un poco de nostalgia.



Jean Claude Fonder

El primer viaje

Imposible dormir. A las dos, cogemos el coche y nos vamos en la profundidad de la noche. Dirección Londres. No será la última vez que reaccionemos así al miedo de la salida. Nos acabábamos de casar, otra locura. En 1965, era la mejor manera de escapar de la tutela de los padres. Teníamos 21 años, estábamos enamorados. Mi padre me había regalado un viejo Ford Taunus para aprender a conducir. Ya casados queríamos disfrutar de nuestra libertad, toda nueva. Habíamos escogido Inglaterra. Para nosotros de Liejas, estaba lejos y próximo a la vez, otro mundo. Era la época de las minifaldas, de los Beattles y de Carnaby street.
Me cuesta conducir por la noche, es la primera vez. Decidimos pasar por Francia para atravesar la Mancha en Calais. No hay autopistas, somos libres. Progresivamente me tranquilizo. A estas horas, no hay mucho trafico, el coche es fácil de manejar, tres velocidades al volante, mi joven esposa pone su cabeza sobre mi hombro, pero no quiere dormir.
En un bar en Calais, los “cafés crèmes” con cruasanes calientes nos dejarán un recuerdo inolvidable. La blancura brillante de los acantilados de Dover al salir el sol, nos atrae. Afortunadamente la travesía es corta. Al volante de mi viejo birimbao desembarco cuidadosamente. Un tablero nos recuerda que habrá que conducir a la izquierda …
¡Inglaterra, allá vamos!



Jean Claude Fonder

Colores

La pesca en primavera
Vicent Van Gogh

Vincent ha montado su caballete a la orilla del Sena, en un camino que discurre a lo largo del rio, en Asnières. El lugar es tranquilo, a poca distancia del puente de Clichy, bajo la protección de un pequeño grupo de árboles, dos barcas amarradas a unos pilotes improvisados, la corriente aquí no es muy fuerte. Un pescador está sentado en una de ellas, abrigado en su ropa impermeable, un sombrero clavado en la cabeza, el tiempo será muy fresco tan cerca del agua en esta mañana de primavera. Todavía es temprano, un sol pálido, blanquecino, surge lentamente, a lo lejos, detrás del puente.

Es su amigo Paul Signac, quien le aconsejó el lugar. No utiliza la técnica del puntillismo, sino que practica un divisionismo moderado e innovador. Sin embargo es gracias a él que descubrió el color. Están muy lejos sus inicios en Holanda, y las pinturas sombrías que hacía entonces.

Observa atentamente la escena que está prácticamente inmóvil delante de él. Solo sobre el puente algunos paseantes se desplazan. El pescador, por su parte, prácticamente no se ha movido desde esta mañana. No lo había visto pescar un solo pez. Es una práctica que no entiende, esta inmovilidad, esta soledad, que él soporta sólo porque pinta, tiene que estudiar su sujeto, analizar la perspectiva, descomponer los colores, transmitir la emoción que siente frente a la naturaleza.

Y justamente notó entonces que la primavera en París era todavía muy tímida, había utilizado mucho blanco, en el agua y en el cielo, hasta el sol lo había pintado de blanco. ¿Dónde estaba el amarillo brillante de un sol deslumbrante que reinaba en medio de un cielo azul intenso? ¿Dónde estaban estos colores luminosos que una primavera mediterránea le habría permitido desencadenar sobre sus telas, imponiendo en su paleta una intensidad mayor de tonos y sugiriéndole acuerdos cromáticos de una fuerza inédita? Habría querido encontrar acentos nuevos para transponer la vibración coloreada y luminosa de las apariencias sensibles. Confundido, para decirlo así, con la luz, el color, que es también materia, confiere a los seres y a las cosas un aumento de presencia y de realidad. 

Tenía que seguir los consejos que le prodigaban sus amigos y sus compañeros Toulouse-Lautrec y Gauguin y trasladarse al sur de Francia, a la Provenza posiblemente.

Contempló por la última la vez el cuadro que acababa de terminar, replegó su material y saludó al pescador agradeciéndole su presencia.



Jean Claude Fonder

La foto

Mujer con Espejo
Fernando Botero

—No quiero que me saques una foto —decía mi amiga Pauline cada vez que mi objetivo se dirigía hacia ella.

No era delgada y no deseaba verse ni que la vieran. En su casa no había espejos, excepto uno pequeño en el baño para lavarse los dientes. No siempre la obedecía, me parecía muy fotogénica y la encuadraba desde un buen ángulo para coger su expresión sin mostrar las redondeces que no quería que revelara. Al final no me lo reprochaba, le gustaba verse en las fotos que sacaba con nuestros amigos cuando nos veíamos en alguna fiesta. 

En 2012 había en Pietrasanta una exposición Botero. No era la primera. Hacen una exposición cada año, y los escultores suelen dejar a la ciudad una de las obras expuestas. De hecho, en la entrada de la ciudad, que conocemos desde hace mucho tiempo, siempre hemos podido admirar un maravilloso guerrero griego, muy redondo y reconociblemente de Botero. Esta pequeña ciudad, antiguamente fortificada, que domina el litoral toscano es conocida por sus talleres de escultura. Encontramos allí a los mejores artesanos en este arte y las célebres canteras de mármol de Carrara están a dos pasos. Fernando Botero, que realiza maravillosas esculturas monumentales en bronce, encuentra por aquí las mejores fundiciones. Desde el 2001 es, además, ciudadano honorario de Pietrasanta, lo que supuso un regreso a los orígenes: en el lejano 1780 sus antepasados, los hermanos Giuseppe y Paolo Botero, zarparon del puerto de Génova con destino a Medellin, Colombia.

Cada año nos reuníamos para las vacaciones un pequeño grupo de amigos belgas e italianos en un pequeño hotel que se encuentra sobre las primeras colinas de los Alpes Apuanes, cerca del mar pero también de Pietrasanta. A todos nos gusta esta región que permite disfrutar del placer de la playa, visitar Lucca, Pisa, Carrara, y sobre todo la exposición anual que Pietrasanta organiza. 

Esta vez fue maravilloso, subimos desde el aparcamiento toda la calle principal llena de tiendas y de restaurantes y desembocamos en la plaza donde las estatuas monumentales de Botero ocupaban majestuosamente todo el espacio delante de la puerta medieval y de las dos iglesias románicas, detrás de las cuales, se alza la colina con una vista sobre lo que queda de las fortificaciones que rodean la vieja ciudad. Un conjunto impresionante, un mundo de personajes con volúmenes suntuosos, con formas generosas, caballos espesos y poderosos, y sobre todo mujeres que dominaban la escena exponiendo sin ningún pudor sus espléndidas y conquistadoras redondeces. Europa misma deja que el toro la lleve sobre su espalda, acostada tranquilamente sobre el flanco, lasciva e imponente en su desnudez que procura apenas esconder.

Pensé en Pauline, quería que reconociera cuánto las redondeces de las mujeres de Botero atraen las miradas y nos invitan a regalarles las caricias más sensuales. La vi que miraba el móvil con su amiga Jacqueline, una joven fotógrafa profesional. Cuando me vieron, ellas se miraron reventando de risa, Pauline buscó un momento y luego me enseñó la foto:

Una foto de ella, de su busto. Estaba desnuda con su mano que intentaba esconder su pecho. Tenía una gran sonrisa.



Jean Claude Fonder