Pesadilla

Lavabo y Espejo
Antonio López (1967)

Es una pesadilla, pensé. Acababa de despertarme. Todavía tenía en mente la horrible imagen: un lavabo, un lavabo sucio, podría haber sido el de una prisión. La luz era cruda, lívida, odio ese tipo de luz. No podía ser mi casa, no lo era, nada me representaba. La maquinilla de afeitar, por ejemplo, era antigua, mi padre usaba una de este tipo, la brocha y el jabón de afeitar también databan. En general, todo tenía un aspecto anticuado, viejo o pobre; grifos, tapón, espejo e incluso el enchufe. Además, había objetos que parecían femeninos, como el esmalte de uñas, el pintalabios o incluso la pinza para depilar.

¿Qué significaba todo esto? ¿Por qué soñaba con un lavabo de un lugar sucio, que no era mío y que parecía pertenecer al pasado?

Me levanté, me dirigí al baño, el mío, de ambiente cálido, con los azulejos grises claros y los muebles carmesíes. Me di una ducha caliente. Quería borrar de mi memoria este lugar de pesadilla que continuaba persiguiéndome: contemplaba la armonía de colores en la que me preparaba cada mañana para enfrentarme al día.

¿Cómo se podía sobrevivir en un lugar tan horrible como el de esta noche?

Desayuné, como cada mañana, en el bar junto al periódico. Un cruasán caliente y un capuchino. Encontré a una compañera y le conté mi sueño. Me sonrió y me preguntó:

—¿No vas esta noche a la inauguración de la exposición de Antonio López?

—Sí, tengo que comentar el evento en la edición del sábado. Espero que nos proporcionen un buen dossier de prensa. Tengo que admitir que no lo conozco.

—Ya veo, —respondió mi compañera, —el sueño que me describes es uno de sus más famosos cuadros: “Lavabo y Espejo” (1967) que está en el museo de Boston.



Jean Claude Fonder