Un instante incrustado en el tiempo

Claude Monet peignant dans son atelier – Édouard Manet

Trouville

Normandía

Paseo

Hoy el protagonista es el viento; el sol se asoma entre las nubes; el mar es tan imprescindible como inalcanzable. Tan variado como inmutable.

Es un día hermoso y mucha gente pasea por la playa. Aparte de los veraneantes habituales, noto que hay un hombre extraño: de frondosa barba y con un caballete. Lo veo trastear con sus colores.

Pinta al aire libre, algo novedoso, mientras nosotros disfrutamos de nuestro tiempo.

Un instante detenido en el tiempo, eso es lo que intenta capturar.

Soy una parisina de vacaciones, elegantísima. Un blanquísimo parasol me resguarda de un sol impertinente, capaz de mancillar mi piel nívea como mi vestido y evita ese bronceado grosero que tan poco conviene a su delicadeza.

Un caballero me acompaña del brazo, quizás un amigo, un esposo o un pretendiente. Nunca lo sabrán.

Tú no sabes quién soy yo, pero en ese momento, en esta playa, fuimos felices.


Graziella Boffini

Era un puebla de mar

Vi el mar por primera vez a finales de los años 50.

Caorle era un pueblo de pescadores que tenía una historia muy antigua. Su campanario torcido databa del año 1.000. Dos largas playas de arena fina y clara se asomaban al mar Adriático.

El paseo marítimo no existía. Solo había una carretera con un muro bajo. Lugar ideal para pasar las tardes charlando hasta el anochecer. No había hoteles ni balnearios. Las pocas sombrillas en la playa eran de los turistas, generalmente alemanes.

Nuestra familia se alojaba en la casa de la señora Provisoria, una mujer gordita y siempre alegre. ¿Cuántos éramos? Una multitud de todas las edades y tamaños.

Pera hacer frente a las horas de calor, habíamos construido una gran cortina uniendo dos sábanas y fijándolas a la arena con estacas de madera.

Desde la distancia parecíamos una tribu Tuareg en medio del desierto.

Una característica típica de estas playas de arena fina era que, durante las horas de más calor, se podían notar extraños montículos bajo los cuales emergían inquietantes cabezas protegidas por sombreros de paja.

¡Eran los temerarios de los baños de arena!

Por supuesto no había cabañas, pero mi ingeniosa familia había construido una práctica y ecológica. Con una larga sábana cosida por un lado y una banda elástica que cerraba la parte superior, los adultos se metían y, demostrando una cierta habilidad acrobática, se cambiaban el traje de baño. Maniobra que no siempre tenía éxito despertando las risas de los espectadores.

La vida de los niños era libre y feliz. Cada día a las tres llegaba el hombre del carrito de helados cantando ¡10 liras por un ovillo! Algunas tardes íbamos a comer a los Casoni, construcciones de paja donde los pescadores guardaban sus herramientas. Pescado a la parrilla, polenta, vino y un acordeón.

Últimamente fui a Caorle. El casco antiguo es aún más bonito, las casas están todas pintadas de colores brillantes y llenas de flores. La llaman la pequeña Venecia y hoy en día es una linda ciudad costera moderna y ordenada como otras que tienen vistas al mar Adriático.

Solo su hermoso y torcido campanario la distingue de las demás.


Iris Menegoz

El secreto

William Adolphe Bouguereau – El secreto 1876

El bro

La noche había comenzado a caer y gruesos nubarrones que cruzaban el cielo amenazaban con enfangar aún más las ya de por si enlodadas calles del arrabal. Entre tanta basura se erigía como templo de aquella decadencia «El gato negro», un garito de mala muerte, de paredes desconchadas y luces mortecinas, que era la trinchera de los marginados de la ciudad y de todos aquellos que pretendían escapar de sus demonios a través de la bebida.

A pesar de lo relativamente temprano, el interior del local, que apestaba a vómitos de alcohol y sudor rancio, estaba casi vacío.

En un rincón del mismo, dos jovenzuelos en evidente estado de embriaguez estaban sentados a horcajadas junto a una mesa sobre la que aún se podían apreciar restos de comida y algunas botellas vacías. 

Se acababan de conocer, y a pesar de llevar tan sólo unas horas entre copas y cháchara, bromeaban sin reparos tal como si hubieran sido amigos de toda la vida.

En aquel preciso momento la conversación había tomado un giro de cierta trascendencia.

—Todos tenemos algún secreto —aseguró, luego de un largo trago, uno de ellos, a la vez que clavaba la mirada en su vaso.

Después, pareció concentrarse en apartar un mechón de su ensortijado cabello que le caía sobre la frente, para finalmente continuar:

—Y no es tarea fácil llegar a conocer la verdadera cara de las personas…

—Salvo cuando se está como una cuba, puntualizó el otro, algo menos borracho, adornando su rostro con media sonrisa de complicidad.  Las borracheras edifican amistades y funden corazones.

El primero asintió con la cabeza y añadió con voz emocionada mientras, en señal de camaradería, echaba el brazo por encima del hombro a su nuevo amigo:

—Contigo es como si te conociera de siempre.  Eres mi bro. Me caes bien, tío. 

El bro, lo miró entonces fijamente, y le pregunto:

—¿Te gustaría llegar a conocer mi yo más oscuro?

—¡Claro! —exclamó éste entre estruendosas risotadas provocadas por la bebida— ¡Entre nosotros ya no deben existir los secretos! 

– Bien -le respondió el Bro sin perder su gesto amable-, esta noche vas a conocer el mío.

Y al chico del cabello ensortijado se le cristalizó la mirada y se le congeló la risa cuando con un afilado estilete le atravesó el pecho.

Afuera había finalmente empezado a llover y hacía ya rato que había anochecido.


Sergio Ruiz Afonso.

El secreto de mi padre

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Era grande y ancho, su voz era grave, todo en él era impresionante. Cuando hablaba, su tono era definitivo, él decidía. Sin embargo, era amable con todos, nos escuchaba con benevolencia, con su ordenador hacía todo, lo dominaba todo. Él era el Padre.

Mi madre lo adoraba, pero lo criticaba, decía que era un hombre y que, si participaba en las tareas del hogar, siempre encontraba algo malo en lo que hacía. A pesar de estas pequeñas diferencias eran una pareja perfecta, tenían los mismos gustos artísticos, compartían las mismas ideas políticas y todo lo demás; nuestra madre aprobaba y apoyaba las decisiones que él tomaba.

Ella era pequeña y un poco gordita, pero un fular de Hermes atado alrededor del cuello le daba un cierto aire travieso; su sonrisa ancha y sus grandes ojos azules eran irresistibles. Su papel era importante en la casa, ella decidía todo en cuanto a estética, comida y vacaciones. Mi padre, sin embargo, se reservó una prerrogativa: había en medio del salón sobre una mesita una pequeña caja de caoba. Mi madre decía «No lo toques, es el secreto de tu padre». Era extraño porque en la casa no había prohibiciones, ni siquiera para mí, la pequeña. Apenas nací el hogar se formó. Era un matrimonio de tres personas, podríamos decir, tenía mis deberes, aunque tuviera que aprender, se me asignaba un papel que me parecía importante, nos gustaba vivir en una casa ordenada y, bueno, yo tenía que guardar los juguetes, por supuesto, pero también la vajilla, y las cosas de papá.

Poseía, pues, una pequeña caja de caoba colocada sobre la mesita del salón. Estaba cerrada con llave. No se podía abrir. Me moría por saber, era su secreto. El secreto de mi Padre. Mi madre no estaba curiosa, quizás lo sabía. Un día, cuando cumplí 18 años, no pude resistir y le pedí que abriera. Él me miró riendo y giró la llave. Dentro había otra caja, pequeña y de cuero esta vez. Había una pequeña tarjeta de visita, estaba escrito: «para abrir el 21 de agosto de 2025». Calculé que serían sus sesenta años de matrimonio.

Mi madre, por desgracia, murió antes de esa fecha, el 28 de marzo del mismo año. Mi padre, desesperado, rompió el sobre y abrió la caja.Brillaban en la habitación oscura: dos anillos de platino, uno pequeño y otro grande.


Jean Claude Fonder

El secreto del robot

Abrió una vez más la caja que contenía el secreto.

Dejó, una vez más, que su mente recordara la historia de la desaparición de la humanidad.

En la última de sus múltiples guerras entre humanos, algo anduvo mal, muy mal.

Unos dijeron defender grandes valores y los mandaron a morir por la libertad, la patria, la democracia…

Otros se disputaban tierras y negocios. En todas las guerras hay quienes creen defender valores, mientras otros se apropian de lo conquistado.

Una guerra más. Unos mueren y otros se enriquecen…

Está vez hubo una diferencia: el general que sentía próxima la derrota entregó el mando a una IA y el general que pensaba ganar, percibió la maniobra y entregó el mando a otra IA.

Ambas IA concluyeron llegar al ataque total y lanzaron el exterminio de todos los humanos.

Más tarde, la tierra fue poblada por robots.

R1, el robot, sabía que oculto dentro de un robot se escondía una semilla de ser humano capaz de recomponer la humanidad.

Para recomponer la humanidad era necesario encontrar al robot que contenía la semilla de humanidad.

R1 Sabía también que el secreto estaba en aquella caja que no cesaba de abrir y cerrar sin encontrar nada en su fondo negro.

R1 comprendió entonces que no encontraría jamás el secreto escondido en un sucio cajón vacío.

Entre los miles de robots, sólo uno de ellos llevaba oculto, sin saberlo él mismo, la semilla que podría reconstituir la humanidad. ¿Cómo encontrarlo?

R1 sintió la derrota. No podría jamás descubrir a ese único robot y sin descubrirlo ya no podría jamás reconstruirse la humanidad.

Abrió la caja, miró su fondo negro, cerró los ojos de robot y lloró lágrimas de robot.

Lloró largo tiempo con sus ojos cerrados.

Cuando abrió sus ojos, miró el fondo de la caja vacía, descubrió que sus lágrimas la habían limpiado. La caja ahora brillaba como un espejo.

En el fondo, ahora se reflejaba una imagen.

El espejo reflejaba la figura de un viejo en lágrimas. El anciano, desde el espejo dijo:

– Entre todos los robots se esconde uno que contiene la semilla, pero él lo ignora.

El viejo del espejo calló un largo rato. Luego agregó:

– Descubrirás al robot que lleva la semilla de humanidad oculta dentro de sí porque …

El anciano calló…luego concluyó:Él es el único robot capaz de llorar.


Patricio Vial

El secreto

Hace algunos meses.

Eran las cinco de una mañana de un verano de hace muchos años. Los pájaros ya habían comenzado su canto hacía un rato. La joven Rocío se levantó y salió de casa, vestida sólo con su pijama. Caminando despacio, cruzó el jardín por la verja y se adentró en el bosque. No fue una noche tranquila, había dormido sola, en el sofá. Después de una discusión con su pareja, Carlos, no era posible acostarse juntos. Siguió el camino que solía tomar para entrar en el bosque escuchando atentamente los sonidos de la naturaleza.

Como de costumbre, se sentó bajo el castaño, apoyó su espalda en el tronco, empezando a hablar dirigiéndose al árbol como hacía siempre que estaba triste. Fue entonces cuando apareció un hombre, tenía un rifle y una liebre. Se detuvo y le preguntó si estaba bien. Era un hombre desconocido, pero Rocío estaba lo bastante desesperada como para contárselo a él. Desesperada, Rocío le dijo que ya no era posible vivir con su marido y que quería abandonarlo. El hombre la tomó en sus brazos y la besó. Rocío llorando se dejó llevar e hizo el amor con el desconocido. Me llamo Jorge, dijo. Y se fue.

Yo soy el árbol.

Unos meses más tarde Rocío vino a sentarse a mis pies y apoyó su espalda en mi tronco, empezó a hablar dirigiéndose a mí. Se había quedado embarazada y su barriga era muy prominente. Era una tarde de mediados de agosto, sin luna, el cielo salpicado de innumerables estrellas. De vez en cuando una caía de la bóveda celeste como una lágrima caliente que corría por las mejillas de Rocío.

Parió sola, allí en el suelo, cerca de mis raíces.

Hoy, día 3 de abril de 2025

¡Ay! ¿Qué pasa? Tengo que moverme, estoy cansado de esta posición. No hay mucho espacio, estoy encerrado en este lugar lleno de algo que parece agua. Todo está oscuro. De vez en cuando doy patadas a ver si alguien me responde. Generalmente, después de patear, me parece que alguien me toca y me dice que me calme. No puedo. Oye, tú ahí fuera, trata de entenderme, soy un bebé, pero estoy muy nervioso y cansado de estar aquí, así que tengo que hacerme notar. Y empiezo a retorcerme tanto como puedo. ¡Dale! dejadme salir, por favor. Por fin llegó el día tan esperado. Después de un largo esfuerzo, ¡estoy fuera! Pero qué sitio tan extraño, que áspero y sin agua. Aprendo a respirar, tengo hambre y frío, alguien me envuelve en una especie de manta, me toma en sus brazos y me besa. Lloro y lloro. No paro de moverme. Una voz femenina, creo que es la de mi madre, dice que me llamo Jorge, como mi padre y soy un niño secreto y precioso. No sé qué significa, pero está bien.

Yo soy un castaño, llevo muchos años viviendo en este bosque y mi trabajo consiste en escuchar historias y guardar secretos. Especialmente el secreto de Rocío.


Raffaella Bolletti

El secreto

William Adolphe Bouguereau – El secreto 1876

Esa mochila invisible, con la que cargas desde que naciste. Esa mirada de extrañeza y lejano desarraigo de tu padre. Tus intuiciones en aquellos momentos en que tu madre se queda como absorta en un punto. Le ha dado un aire, piensas. Pero cuando se levanta y ves su camisa como salpicada de manchas que podrían ser de aceite y sus labios de boca grande, ávida, cubiertos de algo parecido al rocío, piensas lo contrario. En el brillo de sus ojos ves la tristeza clavada a martillo e imaginas que su corazón es un clavo. Te trata igual que a tus hermanos, pero a ti, te mira de otra manera. Eso te ha hecho más vulnerable. Como si todos esos ojos que te atisban fueran balas dispuestas a herirte de sangre. En el colegio tus compañeras, en corrillos al azar, se ríen de ti. Cuando juegas con ellas te dan la espalda. Por eso disfrutas cuando vas a misa los domingos. Eres la única que recibe la eucaristía con un guiño.


Sylvia Navone

La carta olvidada

Andrés está tranquilo en su casa: Elisa ha salido para llevar a Samuel a la guardería y él se está preparando para ir a la oficina. Acomoda los platos del desayuno en el lavavajillas y se dirige al baño para cepillarse los dientes. Mira el reloj y tiene tiempo de sobra para la reunión de las 9:30. Le gusta mucho la puntualidad.

A último segundo decide cambiar la corbata. La que tiene es demasiado vistosa y no es época de carnaval. Abre el armario y nota un sobre que sale del clóset de su esposa. Es un sobre normal, sin ninguna indicación. Decide abrirlo para descubrir qué es.

Querido Carlos,

Han pasado cuatro años desde aquella noche, y he guardado un secreto que ya no puedo ocultar: Samuel no es de Andrés, sino tuyo. Sé que esto te sorprenderá, pero en su momento, el miedo me paralizó y no supe cómo decirte la verdad.

He intentado olvidarlo, pero mi conciencia me atormenta cada día más. Siento que necesitas saberlo. 

Lamento el dolor que esto pueda causarte, pero ya no puedo seguir viviendo con este silencio.

Elisa.

Su mente se detiene, incapaz de procesar lo que acaba de leer. Siempre confió en Elisa y ha tratado de brindarle lo mejor del mundo para que ella pudiera criar al niño. Se ha roto el lomo trabajando y la recompensa es una puñalada en la espalda. Trata de mantener la calma, a pesar de lo difícil que es. No puede faltar a la reunión, entonces sale.

Mientras espera el ascensor llama a Elisa:

—Mi amor, ¿qué tal si almorzamos en el restaurante libanés que tanto te gusta? Está cerca de mi oficina. — pregunta tratando de ocultar su enojo. (¿Lo habrá conseguido?)

—¡Claro que sí, cariño! — responde contenta.

—Bueno, entonces llama y reserva una mesa para las 3. ¡Muchas gracias!

—¡Está bien! Nos vemos ahí adelante. — y cuelga.

Se pasa la mañana pensando en qué decirle a su esposa. No quiere hacer un escándalo. Necesita medir bien sus palabras. Está distraído. La reunión es muy aburrida. Las palabras del jefe se convierten en ruido blanco mientras Andrés sigue atrapado en sus pensamientos. La reunión termina y todo el mundo vuelve a su oficina. Andrés no para de mirar el reloj para ver a qué hora puede salir.

—Hola mi vida, dice Elisa, sonriéndole a su esposo.

—Hola cariño. Andrés no sabe disimular sus sentimientos y tiene miedo de haberle respondido de manera brusca. —Sentémonos en nuestra mesa.

—Elisa, necesito hablar contigo. Tengo unas preguntas muy importantes para hacer. Andrés es muy cortante con sus palabras.

—¿A qué te refieres, corazón? — lo mira con cara de asombro.

—¡Te juro que no pasó adrede! Esta mañana estaba en nuestra habitación y por casualidad encontré una carta de tu puño y letra para un tal Carlos. — suelta Andrés.

—¿O sea que estabas esculcando entre mis pertenencias? — Elisa no se lo puede creer.

—¡Qué no! Te estoy diciendo que la susodicha carta sobresalía del armario. Yo no estaba buscando nada. Aquí el asunto es el contenido de la carta, no cómo la hallé. — Andrés se da cuenta de que Elisa está intentando darle la vuelta a la tortilla. — ¿Quién es el tal Carlos?

—Yo soy ama de casa, ¿acaso yo me pongo a mirar tus documentos personales? — contesta ella.

—¿Eso qué cojones tiene que ver? Te estoy preguntando que quién mierda es Carlos. — Andrés está perdiendo la paciencia.

—¡Este no es un asunto tuyo!

—¿¿Estás loca?? En la carta admites que Samuel no es hijo mío, sino del tal Carlos. Significa que me has engañado y has quedado embarazada de él. ¿¿Cómo no va a ser asunto mío??

—¡Cálmate!

La conversación sigue y Andrés pide el divorcio. Elisa no tiene ni trabajo, ni propiedades, así que él tendrá que asumir todos los gastos que conlleva su decisión, pero no sabe cómo gestionar el asunto de Samuel. Lleva su apellido y, en todos estos años, lo ha criado como hijo suyo, ahora no puede dar marcha atrás. ¡Eso es lo único que le duele en esta pesadilla!


Samuel acaba de cumplir 18 años y sus padres se han esmerado para prepararle una maravillosa fiesta. Está emocionado, por eso no entiende cuando su padre, con tono muy cortante, le dice que quiere pasar un día entero con él para contarle algo muy importante. Está preocupado. ¿Qué querrá decirle?

—Samuel, perdóname lo brusco que voy a ser, pero no hay otra forma de contarte eso. — dice Andrés.

—Papá, ¡me estás asustando! ¿He hecho algo que no debías? contesta incrédulo.

—No, no, ¡tranquilo! Pero ya es hora de que sepas la verdad.

—No entiendo nada.

—Hace mucho años, cuando tú todavía era muy pequeño, me enteré de que tu mamá tenía un amante y tú naciste de esta relación amorosa, así que no eres mi hijo biológico. — comienza Andrés.

—¿Qué? ¿Y aún así te quedaste?

—¡Claro que sí! Tú no tenías la culpa, ni mucho menos. Siempre te quise y siempre te querré.

El sombrero de Carito

Los secretos son mentiras

A ver, ¡Cuantos secretos! – pienso, mientras estoy viendo uno de los episodios de una serie de Rtve-play, una de mis costumbres viciosas que me justifico pensando que, como los actores hablan en español, a mí me sirven para repasar el idioma. Y también para reflexionar sobre los secretos, con los que yo no tengo casi ninguna relación. Una de las protagonistas tiene un amante casado, otra es lesbiana, otra va a huir de casa, otra tiene un novio que no pertenece a su nivel social… y para que nadie pueda saber nada de todo eso, cuando hablan dicen un montón de falsedades. Porque los secretos son mentiras, ¿verdad? Si quieres o tienes que esconder un aspecto de tu vida, necesitas ocultar cada día más verdades, ¿es así?

Pero, para mí, los secretos solo son deberes, para no asustar a la familia con nuestros problemas, para no preocupar a los amigos y, sobre todo, no provocarles ansiedad a nuestros padres.  Así como es un deber este secreto mío que, claro, no lo voy a contar porque… Porque es mejor que no.

Bueno, necesito relajarme, voy a seguir viendo la serie televisiva sin pensar en las mentiras: después de todo, nada de este cuento es verdad, es fantasía, es un mundo irreal, una historia que tiene que inventar cada día algo nuevo que capture la atención del público. 

Así que me echo en el sofá y sigo viendo la tele.


Silvia Zanetto

Nombre secreto

Cada niño de la tribu tenía un guardián al nacer. No era un ser visible, sino un espíritu animal que lo acompañaría en su camino. Pero el guardián jamás podía ser llamado por su verdadero nombre, pues si un enemigo lo descubría, podría debilitar su espíritu.

Él era diferente a los otros niños. Mientras ellos corrían por el río o aprendían a cazar, él recitaba versos al viento, componía rimas sobre las estrellas y le cantaba a la luna. Las palabras brotaban de él como el agua de los manantiales, sin esfuerzo, sin medida.

Una noche, mientras dormía junto al fuego, sintió un aleteo suave junto a su oído. Abrió los ojos y vio una figura de plumas blancas. Era un búho majestuoso.

—¿Eres mi guardián? —susurró.

El búho respondió:

—Siempre he estado contigo. Soy el guardián de tu voz, de tus palabras. Pero no debes decir mi nombre en voz alta. Si lo haces, perderé mi fuerza para protegerte.

El niño sintió que un poema nacía en su pecho, pero lo guardó en silencio. Desde aquella noche, el búho siempre estuvo cerca: en el aleteo de las hojas, en la sombra que cruzaba la luna, en el murmullo del bosque. Siguió creando versos, sabiendo que cada palabra era un canto sagrado.

Dicen que, después de muchos años, un gran búho blanco aún vuela sobre la aldea, susurrando versos a los niños soñadores, a los que llevan poesía en el alma.

Maria Victoria Santoyo Abril

Nuestro tiempo


Blanca Quesada

Reto secreto

Te cuento en concreto el secreto de la secretaria segregada sentada en un sillón obsoleto sigilado y firmado por su nieto inquieto silbando sin respeto completo del veto discreto.


Graziella Boffini

¡¡¡JÚRAMELO!!!

La casa donde nació Anna estaba en una calle tranquila cerca de una zona comercial bastante famosa en aquellos años. Los edificios que daban a la calle databan de principios del s. XX. De hermosa piedra y ladrillos rojos, contraventanas y portales en madera maciza y oscura. Las casas eran hermosas y estaban llenas de historia, pero Anna solo se dio cuenta de ello después. Para ella eran simplemente “casas viejas”, las casas bonitas eran las de los grandes bloques modernos en las afueras, donde vivían algunos familiares; con ascensor y persianas de plástico que subían y bajaban como por arte de magia. 

Anna fue la primera niña que nació en la vieja casa después de la guerra. (Sus padres siempre le recordaban con orgullo que había sido concebida el 25 de abril).

A medida que el recuerdo de la guerra se desvanecía, los lazos rosa y azules se sucedían colgados en el viejo portal. Y así fue que al cabo de pocos años una pequeña comunidad de criaturas empezó a poblar la casa. 

Se forjaron amistades, juegos en la acera, con patines, pelotas y la rayuela dibujada en el asfalto. Durante los años de primaria, Anna entabló una amistad profunda con Gabriella en cuya casa pasaba los días, ya que tenía una habitación para sí misma, un lujo extraordinario para Anna. 

—¡Sé una cosa! – decía Gabriella – pero es un secreto, ¡jura que no se lo dirás a nadie!

Anna juraba cruzando los dedos sobre los labios esperando la gran revelación. Por lo general se trataba de cuestiones de amores improbables entre los niños del edificio. 

—¡Franco está enamorado de Claudia! – decía – Lo vi ayer dándole todos sus caramelos.

—¡Renata está enamorada de Giorgio! El otro día le prestó sus patines nuevos. 

—Carlo, ayer, cuando Franca se cayó, escupió sobre su rodilla arañada para desinfectarla, ¡está claro que le gusta!

Anna juraba siempre sobre esos secretos fantasiosos. Quizás le hubiera gustado ser la protagonista de uno de esos secretos. Pero nunca sucedió. 

Los años pasaron rápidamente. 

Anna, al fin conoció el amor con sus pasiones, su ternura y su ferocidad. 


Iris Menegoz

Fragancia

Jean-Honoré Fragonard – L’amoureux couronné, 1754

Nariz y Cerebro

LAS CAJAS FUERTES DE LOS RECUERDOS 

La nariz con su precioso sentido del olfato, es un recipiente de segunda categoría en comparación con el cerebro, aunque este último, a medida que envejecemos, pierda gran parte de su prestigio. De hecho, los recuerdos, como si encontraran pequeños huecos, huyen para refugiarse en el olvido. 

Cuando la nariz nos deja encontrar una fragancia que creíamos olvidada, desencadena en nosotros una oleada de recuerdos que creíamos enterrados. 

Cuando voy en bicicleta por caminos rurales bordeados de densos matorrales de moras y avellanos, me asalta un olor antiguo e inconfundible. 

Los ciclámenes no se ven. Crecen escondidos bajo los arbustos, pero su olor me transporta de inmediato a mi infancia. Íbamos en grupos a buscar ciclámenes. Compitiendo para ver quién tenía el ramo más grande (entonces aún no estaba prohibido recogerlos). 

Otro perfume que desencadena en mí no solo recuerdos sino también un irrefrenable impulso de posesión, es el aroma de pan recién horneado. Si este olor me atrapa al pasar por una panadería, no puedo evitar entrar y comprar unas barras. 

En mi pueblo el pan se hacía una vez por semana. Todos utilizaban el mismo horno situado en el centro del pueblo. ¡Qué alegría nos daba encontrarlo ese día sobre la mesa! Sustituía la querida, inevitable, esencial, omnipresente polenta blanca, cuyo olor recuerdo muy bien, pero sin nostalgia. 

Hay otro perfume que está bien grabado en mi memoria olfativa. El aroma de las mazorcas asándose sobre la brasa. 

Justo antes de la cosecha, a los niños nos daban, con moderación, mazorcas de maíz frescas. Las ensartábamos con ramitas de madera y las poníamos sobre las brasas encendidas de la estufa donde se asaban lentamente desprendiendo un aroma que aún hoy podría distinguir. 

Cuánta felicidad nos daba morder esa pulpa blanda y qué alegría reírse con los dientes negros. 

Recuerdo el aroma de nuestros besos. Tu barba suave olía a humo y jabón Palmolive. Pero no puedo hablar de este olor, su recuerdo me mata. 


Iris Menegoz

Cadaver

Cadáver es el nombre de mi perfume, soy la fragancia exclusiva de una estrella muy conocida del cine.  «Succube chic«, la moda gótica que ha adoptado despierta sin duda al vampiro que duerme en todas las mujeres: vestidos negros, joyas entre lo sagrado y lo profano, y labios grises. Solo mi fragancia podía soportar un look demoníaco como ese, capaz de conquistar a cualquier macho que quedara a su alcance. Se encuentra la frescura de los lagos y ríos más allá del círculo polar y experimenta nuevos acordes: las notas aldehídas que dan un aspecto metálico, mineral a las flores de menta que me componen.

El desafío es siempre importante, las alfombras rojas son frecuentadas por mis colegas más famosos, Opium de Yves Saint-Laurent, Shalimar de Guerlain, Miss Dior de Dior y voy a citar todavía Chanel No. 5, el único que podría temer. En estas ceremonias, a las mujeres les gusta mostrar su cuerpo, sus pieles están expuestas a los focos, el sudor abunda y añade un componente sutil y personal a cada competidora. Ellas creen que el olor que propagan les ayuda a conocer a las personas adecuadas para una próxima película, o para obtener un comentario halagador en la prensa. 

Yo, por el contrario, creo que esos excesos de colores, esos pechos revelados, esas emanaciones sensuales, estos maquillajes extravagantes acaban por sobrar y que la sobria y neutra sencillez en la que mi patrona intenta en vano disimular la belleza natural de sus curvas y rasgos, es mucho más eficaz. En la noche de los Oscar ella me llevaba y mi fragancia asesina atrajo la atención de un actor cuyo nombre no les revelaré.

Quiso sentirla mejor, y ella le plantó sus lindos colmillos en el cuello.


Jean Claude Fonder

Su fragancia no me deja ir

Cada noche yo estaba en el parque, sentado en el único banco donde podía mirar su ventana. A veces me adormecía, y luego me despertaba de sobresalto, porque me había dado cuenta de que la luz se había encendido otra vez. Vislumbrando su silueta, tenía un sentido de malestar que me subía desde el estómago para bloquearse en la garganta y casi me impedía respirar. Cada vez así.

Esta noche se ha levantado un viento más frio: ya es otoño y las primeras hojas se han desprendido de las ramas de los árboles, una se había caído sobre mi asiento. No puedo seguir así, ya lo sé.

Ella nunca se había asomado al balcón durante estos tres meses. No la veía, pero su perfume, el que en cada momento la acompañaba entre mis brazos, su perfume yo lo olía, como si ella estuviese a mi lado.

Ella creía que yo estaba lejos, después de aquella carta que le escribí, sin ninguna pelea, ni tampoco una verdadera explicación. Solo pocas líneas: “Me voy de vacaciones sin regreso… Quiero estar libre para vivir mi vida” y otras banalidades.

¡Allí! La luz se ha encendido otra vez: son las tres y media y ella está caminando de un lado a otro de su habitación, una habitación invadida por su fragancia. Porque ella está pensando en mí, para que yo me sienta mal, para que me sienta culpable, como siempre, aun ahora que cree que yo me fui muy lejos a vivir mi vida, libre, lejano, lejano de ella… Y siempre yo me sentí culpable hacia ella: cada vez que salía con mis amigos sin ella, o que volvía a casa más tarde, cada vez que me sentía feliz incluso sin ella, que sentía en las fibras de mi cuerpo la felicidad de estar vivo.

Y también ahora, que ella cree que me he ido, no me deja en paz. Así que no puedo quedarme de este banco, de este parque. Aquí está ella, ella cuando todavía sabía sonreír, cuando tenía una luz en su mirada, cuando me abrazaba y me rodeaba con sus brazos, hundido en su perfume.

Aquí está ella, que no me permite irme. Tampoco su perfume me deja ir. 

No me permiten tomar el tren para esas vacaciones sin regreso.


Silvia Zanetto

Fragancia

Claude Monet- La mer à Fécamp, 1881
Olor a sal
Espuma de mar
Violento sopla el viento
Con todo su aliento
El agua se enloquece
El mar se enfurece
Su rugido
Esconde un gemido
Con fuerza de roca,
Y no es poca,
Al agua resiste
Pero ésta persiste
Solo algún grano perdido
La piedra ha vencido
Fragancia de mar
Fragancia de sal
Otra vez el viento enfurecido
El mar enloquecido
A la roca, violento, golpea
Buscando camino no rodea
Ataca de frente
Sin detente
Cuando el viento se calma
La roca no ha perdido su alma
Solo unos granos
Han quedado en ese tramo
Fragancia de mar
Fragancia de sal
El viento se enfurece
El mar a la roca mece
Solo unos granos
Pequeños pero sanos
La roca ha perdido
Como es sabido
Con el tiempo
El viento y su aliento
Grano a grano
A cada tramo
La arena va creciendo
La roca desapareciendo
El viento y el agua con su furor
La roca muriendo con todo su dolor
Fragancia de mar
Olor a sal
La playa se ensancha
El mar deja su mancha
La roca entrega con calma
Su propia alma
Arena, arena, arena
La vieja faena
Va dejando un perfume de mar
Un Perfume de sal

Patricio Vial

La librería de fragancias

Alice, una diseñadora de sombreros, recibe una carta en la que se le revela un secreto relacionado con su pasado y su destino. La fórmula no es un simple perfume, sino que evoca recuerdos y emociones en quienes lo huelen, influenciando sus decisiones. 

En su tienda entra un día Jean-Baptiste Grenouille, el niño nacido en el sitio más maloliente del mundo (el mercado de pescado de París), quien posee un extraordinario sentido del olfato que lo lleva a crear la fragancia perfecta, con tal obsesión que podría convertirse hasta en asesino. 

Jean-B transformó el hedor de la pobreza y la suciedad en el deseo incontenible de crear el perfume que provocara sentimientos de amor. Cuando olió a Alice, se sintió atraído irresistiblemente por ella, la abrazó, la acarició, la lamió como un felino con su presa y estaba a punto de estrangularla, cuando a ella se le derramó el perfume recién preparado. Entonces, él quedó tan fascinado que pidió perdón, se postró a sus pies y se convirtió en su ayudante en la producción de tan refinada esencia.  

En la tienda de Alice se deleitó con los raros perfumes creados por ambos. Evocaban secretos de amor encapsulados en esos misteriosos frasquitos, así que decidieron escribir novelas donde la memoria y los olores evocaban de manera poderosa las emociones. 

Abrieron una exitosa librería de las fragancias y cuando escribieron el libro de los jazmines y las lilas, ya estaban perdidamente enamorados. Se casaron, vivieron felices y comieron perdices..

Maria Victoria Santoyo Abril