¡¡¡JÚRAMELO!!!

La casa donde nació Anna estaba en una calle tranquila cerca de una zona comercial bastante famosa en aquellos años. Los edificios que daban a la calle databan de principios del s. XX. De hermosa piedra y ladrillos rojos, contraventanas y portales en madera maciza y oscura. Las casas eran hermosas y estaban llenas de historia, pero Anna solo se dio cuenta de ello después. Para ella eran simplemente “casas viejas”, las casas bonitas eran las de los grandes bloques modernos en las afueras, donde vivían algunos familiares; con ascensor y persianas de plástico que subían y bajaban como por arte de magia. 

Anna fue la primera niña que nació en la vieja casa después de la guerra. (Sus padres siempre le recordaban con orgullo que había sido concebida el 25 de abril).

A medida que el recuerdo de la guerra se desvanecía, los lazos rosa y azules se sucedían colgados en el viejo portal. Y así fue que al cabo de pocos años una pequeña comunidad de criaturas empezó a poblar la casa. 

Se forjaron amistades, juegos en la acera, con patines, pelotas y la rayuela dibujada en el asfalto. Durante los años de primaria, Anna entabló una amistad profunda con Gabriella en cuya casa pasaba los días, ya que tenía una habitación para sí misma, un lujo extraordinario para Anna. 

—¡Sé una cosa! – decía Gabriella – pero es un secreto, ¡jura que no se lo dirás a nadie!

Anna juraba cruzando los dedos sobre los labios esperando la gran revelación. Por lo general se trataba de cuestiones de amores improbables entre los niños del edificio. 

—¡Franco está enamorado de Claudia! – decía – Lo vi ayer dándole todos sus caramelos.

—¡Renata está enamorada de Giorgio! El otro día le prestó sus patines nuevos. 

—Carlo, ayer, cuando Franca se cayó, escupió sobre su rodilla arañada para desinfectarla, ¡está claro que le gusta!

Anna juraba siempre sobre esos secretos fantasiosos. Quizás le hubiera gustado ser la protagonista de uno de esos secretos. Pero nunca sucedió. 

Los años pasaron rápidamente. 

Anna, al fin conoció el amor con sus pasiones, su ternura y su ferocidad. 


Iris Menegoz

El sueño bucólico

La costurera
Santiago Rusiñol (1861 – 1931)

Estaba rodeada de cestas que rebosantes de ropa blanca recién lavada y secada al sol. Un verdadero mar de sábanas blancas cuya espuma se esparcía apaciblemente sobre los adoquines rosados de la sala. La pequeña costurera sabiamente vestida afrontaba con su aguja el interminable trabajo que le esperaba. Las puertas-ventanas estaban abiertas para dejar entrar alegremente el aroma de hierba recién cortada que acompañaba los rayos primaverales que inundaban el gran jardín vecino. Todos sus sentidos estaban en alerta para recoger las expresiones de felicidad que la naturaleza experimentaba al despertar.
Su aguja corría sin pensar a lo largo de la costura que debía reparar. Un ruiseñor lanzó súbitamente su canto alto, un crujido de hojas en contrapunto y la fragancia delicada de un arbusto en flor llevaron los pensamientos de la joven a un sueño despierto. Recordó la sinfonía pastoral que había podido escuchar en Barcelona. Buscaba distinguir el sonido de la codorniz y del cuco que el oboe y el clarinete imitaban tan bellamente como la flauta del encantador ruiseñor. Creyó incluso percibir a lo lejos unos golpes de trueno entonados por los timbales que anunciaban la tormenta, la lluvia que luego refrescarían la atmósfera y la alegría que por fin celebrarían los caminantes al regreso del sol. Quién sabe, pensó, si algún bel sátiro entre ellos no estaba tocando su flauta. La chica comprobó rápidamente su traje, su peinado y con una bonita sonrisa se volvió hacia la puerta. Apareció una sombra, alguien se acercó y un joven apuesto echó una mirada maravillada a la bella costurera.


Jean Claude Fonder

Nariz y Cerebro

LAS CAJAS FUERTES DE LOS RECUERDOS 

La nariz con su precioso sentido del olfato, es un recipiente de segunda categoría en comparación con el cerebro, aunque este último, a medida que envejecemos, pierda gran parte de su prestigio. De hecho, los recuerdos, como si encontraran pequeños huecos, huyen para refugiarse en el olvido. 

Cuando la nariz nos deja encontrar una fragancia que creíamos olvidada, desencadena en nosotros una oleada de recuerdos que creíamos enterrados. 

Cuando voy en bicicleta por caminos rurales bordeados de densos matorrales de moras y avellanos, me asalta un olor antiguo e inconfundible. 

Los ciclámenes no se ven. Crecen escondidos bajo los arbustos, pero su olor me transporta de inmediato a mi infancia. Íbamos en grupos a buscar ciclámenes. Compitiendo para ver quién tenía el ramo más grande (entonces aún no estaba prohibido recogerlos). 

Otro perfume que desencadena en mí no solo recuerdos sino también un irrefrenable impulso de posesión, es el aroma de pan recién horneado. Si este olor me atrapa al pasar por una panadería, no puedo evitar entrar y comprar unas barras. 

En mi pueblo el pan se hacía una vez por semana. Todos utilizaban el mismo horno situado en el centro del pueblo. ¡Qué alegría nos daba encontrarlo ese día sobre la mesa! Sustituía la querida, inevitable, esencial, omnipresente polenta blanca, cuyo olor recuerdo muy bien, pero sin nostalgia. 

Hay otro perfume que está bien grabado en mi memoria olfativa. El aroma de las mazorcas asándose sobre la brasa. 

Justo antes de la cosecha, a los niños nos daban, con moderación, mazorcas de maíz frescas. Las ensartábamos con ramitas de madera y las poníamos sobre las brasas encendidas de la estufa donde se asaban lentamente desprendiendo un aroma que aún hoy podría distinguir. 

Cuánta felicidad nos daba morder esa pulpa blanda y qué alegría reírse con los dientes negros. 

Recuerdo el aroma de nuestros besos. Tu barba suave olía a humo y jabón Palmolive. Pero no puedo hablar de este olor, su recuerdo me mata. 


Iris Menegoz

Cadaver

Cadáver es el nombre de mi perfume, soy la fragancia exclusiva de una estrella muy conocida del cine.  «Succube chic«, la moda gótica que ha adoptado despierta sin duda al vampiro que duerme en todas las mujeres: vestidos negros, joyas entre lo sagrado y lo profano, y labios grises. Solo mi fragancia podía soportar un look demoníaco como ese, capaz de conquistar a cualquier macho que quedara a su alcance. Se encuentra la frescura de los lagos y ríos más allá del círculo polar y experimenta nuevos acordes: las notas aldehídas que dan un aspecto metálico, mineral a las flores de menta que me componen.

El desafío es siempre importante, las alfombras rojas son frecuentadas por mis colegas más famosos, Opium de Yves Saint-Laurent, Shalimar de Guerlain, Miss Dior de Dior y voy a citar todavía Chanel No. 5, el único que podría temer. En estas ceremonias, a las mujeres les gusta mostrar su cuerpo, sus pieles están expuestas a los focos, el sudor abunda y añade un componente sutil y personal a cada competidora. Ellas creen que el olor que propagan les ayuda a conocer a las personas adecuadas para una próxima película, o para obtener un comentario halagador en la prensa. 

Yo, por el contrario, creo que esos excesos de colores, esos pechos revelados, esas emanaciones sensuales, estos maquillajes extravagantes acaban por sobrar y que la sobria y neutra sencillez en la que mi patrona intenta en vano disimular la belleza natural de sus curvas y rasgos, es mucho más eficaz. En la noche de los Oscar ella me llevaba y mi fragancia asesina atrajo la atención de un actor cuyo nombre no les revelaré.

Quiso sentirla mejor, y ella le plantó sus lindos colmillos en el cuello.


Jean Claude Fonder

Su fragancia no me deja ir

Cada noche yo estaba en el parque, sentado en el único banco donde podía mirar su ventana. A veces me adormecía, y luego me despertaba de sobresalto, porque me había dado cuenta de que la luz se había encendido otra vez. Vislumbrando su silueta, tenía un sentido de malestar que me subía desde el estómago para bloquearse en la garganta y casi me impedía respirar. Cada vez así.

Esta noche se ha levantado un viento más frio: ya es otoño y las primeras hojas se han desprendido de las ramas de los árboles, una se había caído sobre mi asiento. No puedo seguir así, ya lo sé.

Ella nunca se había asomado al balcón durante estos tres meses. No la veía, pero su perfume, el que en cada momento la acompañaba entre mis brazos, su perfume yo lo olía, como si ella estuviese a mi lado.

Ella creía que yo estaba lejos, después de aquella carta que le escribí, sin ninguna pelea, ni tampoco una verdadera explicación. Solo pocas líneas: “Me voy de vacaciones sin regreso… Quiero estar libre para vivir mi vida” y otras banalidades.

¡Allí! La luz se ha encendido otra vez: son las tres y media y ella está caminando de un lado a otro de su habitación, una habitación invadida por su fragancia. Porque ella está pensando en mí, para que yo me sienta mal, para que me sienta culpable, como siempre, aun ahora que cree que yo me fui muy lejos a vivir mi vida, libre, lejano, lejano de ella… Y siempre yo me sentí culpable hacia ella: cada vez que salía con mis amigos sin ella, o que volvía a casa más tarde, cada vez que me sentía feliz incluso sin ella, que sentía en las fibras de mi cuerpo la felicidad de estar vivo.

Y también ahora, que ella cree que me he ido, no me deja en paz. Así que no puedo quedarme de este banco, de este parque. Aquí está ella, ella cuando todavía sabía sonreír, cuando tenía una luz en su mirada, cuando me abrazaba y me rodeaba con sus brazos, hundido en su perfume.

Aquí está ella, que no me permite irme. Tampoco su perfume me deja ir. 

No me permiten tomar el tren para esas vacaciones sin regreso.


Silvia Zanetto

Fragancia

Claude Monet- La mer à Fécamp, 1881
Olor a sal
Espuma de mar
Violento sopla el viento
Con todo su aliento
El agua se enloquece
El mar se enfurece
Su rugido
Esconde un gemido
Con fuerza de roca,
Y no es poca,
Al agua resiste
Pero ésta persiste
Solo algún grano perdido
La piedra ha vencido
Fragancia de mar
Fragancia de sal
Otra vez el viento enfurecido
El mar enloquecido
A la roca, violento, golpea
Buscando camino no rodea
Ataca de frente
Sin detente
Cuando el viento se calma
La roca no ha perdido su alma
Solo unos granos
Han quedado en ese tramo
Fragancia de mar
Fragancia de sal
El viento se enfurece
El mar a la roca mece
Solo unos granos
Pequeños pero sanos
La roca ha perdido
Como es sabido
Con el tiempo
El viento y su aliento
Grano a grano
A cada tramo
La arena va creciendo
La roca desapareciendo
El viento y el agua con su furor
La roca muriendo con todo su dolor
Fragancia de mar
Olor a sal
La playa se ensancha
El mar deja su mancha
La roca entrega con calma
Su propia alma
Arena, arena, arena
La vieja faena
Va dejando un perfume de mar
Un Perfume de sal

Patricio Vial

La librería de fragancias

Alice, una diseñadora de sombreros, recibe una carta en la que se le revela un secreto relacionado con su pasado y su destino. La fórmula no es un simple perfume, sino que evoca recuerdos y emociones en quienes lo huelen, influenciando sus decisiones. 

En su tienda entra un día Jean-Baptiste Grenouille, el niño nacido en el sitio más maloliente del mundo (el mercado de pescado de París), quien posee un extraordinario sentido del olfato que lo lleva a crear la fragancia perfecta, con tal obsesión que podría convertirse hasta en asesino. 

Jean-B transformó el hedor de la pobreza y la suciedad en el deseo incontenible de crear el perfume que provocara sentimientos de amor. Cuando olió a Alice, se sintió atraído irresistiblemente por ella, la abrazó, la acarició, la lamió como un felino con su presa y estaba a punto de estrangularla, cuando a ella se le derramó el perfume recién preparado. Entonces, él quedó tan fascinado que pidió perdón, se postró a sus pies y se convirtió en su ayudante en la producción de tan refinada esencia.  

En la tienda de Alice se deleitó con los raros perfumes creados por ambos. Evocaban secretos de amor encapsulados en esos misteriosos frasquitos, así que decidieron escribir novelas donde la memoria y los olores evocaban de manera poderosa las emociones. 

Abrieron una exitosa librería de las fragancias y cuando escribieron el libro de los jazmines y las lilas, ya estaban perdidamente enamorados. Se casaron, vivieron felices y comieron perdices..

Maria Victoria Santoyo Abril

Amor y pasión

Permanancia

Siento tu olor por toda la casa.

Ya al entrar siento tu olor. Me acerco al sofá y me entra en la nariz. Un soplo de viento, leve, hace danzar las cortinas. Están empapadas de tu olor. Con ese movimiento se hace aún más intenso.

Con tu belleza sublime, tu gracia aristocrática, tus ojos maléficos haces que todas se enamoren de ti, ya lo sé.

Tú eres fino, elegante con tus pasos aterciopelados; pero tus amores tormentosos que se manifiestan en un placer carnal urgente (para citar a Gabriel García Márquez) te transforman.

La pasión te transforma. Te transforma en algo diferente de lo que eres normalmente.

Expiro, inspiro

Ahora no sé dónde estás, pero tu fragancia es omnipresente. Se nota en cada rincón de la casa.

Expiro, inspiro.

Es imposible no notarlo.

Siento tu olor, el recuerdo de tu semen por la cama, en las sábanas, en el cojín, incluso en el colchón.

Inspiro, expiro, siento tu olor por toda la casa aún más fuerte, intenso permanece por todos lados. No sé qué hacer. 

—María, ¿acaso te has olvidado de llamar al veterinario para hacer esterilizar al gato?


Graziella Boffini

Langas italianas

Me tocó conducir más de dos horas y la última media hora estuve totalmente rodeada de viñedos. El color predominante es el verde, sin embargo también abundan los matices del morado. Aquí hay campos de maíz y avellanas por todas partes. Nos encontramos en un alojamiento precioso y desconectaré de la ciudad un par de días.

La señal de los móviles es muy débil. Nada de ruidos de ciudad, ni llanto de mi sobrino, menos música fastidiosa esa neomelódica de los vecinos en Milán: lo único que percibo son los tractores, las luciérnagas que viven aquí, el viento y nada más.

Nuestro “cuarto” es una casita de madera cuyo techo se abre para que podamos ver el cielo y, por ende, las estrellas. Si cierro los ojos y trato de respirar los olores siento un aroma a/de miel y cera de abejas. Justo al lado se halla un minúsculo jacuzzi. Apenas es para dos personas. Ya está lleno de agua.

La dueña del alojamiento nos explica cómo encenderlo para que salgan burbujitas. Después de horas conduciendo es lo que me sirve. Estreno el bañador en esta pequeña piscina. El agua está fría y ¡me encanta!

La sensación que sienten mis piernas es muy agradable: la circulación agradece infinitamente este momento. Me doy cuenta que debería ducharme con agua casi helada más a menudo. A veces siento las piernas muy pesadas al final del día y no puedo dormir. Sé que el frío sí me hace bien.

Después de un buen “chapuzón” me seco, me visto y me alisto para el/la apericena. Al parecer nos están preparando productos típicos de Piamonte para deleitar la noche, antes de mirar las estrellas. El albornoz no es (muy) suave; al parecer la última vez que puse la lavadora cometí algún error. El pelo está completamente mojado y no hay secador. ¡La ventaja de una casa rural sin electricidad! Chorrea un poco sobre los hombros.

Poco después llegan Gianni y Eleonora con unas bandejas llenas de comida y una excelente botella de tinto de su viñedo. Todo es casero y, mientras saboreo cada bocado, puedo sentir lo genuino que es todo: tagliatelle hechas en casa con ragoût son entre mis platos favoritos del mundo mundial, después tenemos un vitel toné exquisito. Se nota que la mayonesa no es de pote, sino que todos los ingredientes son de la huerta. Lo acompañamos de unos vegetales muy apetitosos hechos a la parrilla. Pedacitos/trocitos de calabacines, con berenjenas y pimientos con una pizca de sal y poquísimo aceite.

Cerramos con broche de oro: unos deliciosos duraznos. Son muy jugosos. Un postre tan simple y, a la vez, tan dulce. Toda la zona de Langas es famosa por sus vinos. Barolo, Dolcetto, Barbera y Nebbiolo son tintos muy diferentes y cada uno con su toque especial. Barriga llena, corazón contento. ¡Menos mal no tengo que conducir ahora!

El sombrero de Carito

Pánico

Huyendo de la crítica
Pere Borrell (1835 – 1910)

—Señor Borrell, ¿por qué tengo que poner expresión de pánico?
El joven, que acababa de bajar del andamio sobre el cual el pintor había colocado un marco vacío que dejaba ver la tela negra tendida detrás de él, se acercó al artista para mirar la pintura. El pecho anchamente descubierto, la camisa en desorden, los pantalones revueltos, un pie sobre el borde inferior del marco, las manos agarradas a los lados, los ojos desorbitados, la boca que parece que va a gritar, había simulado durante mucho tiempo la actitud de alguien que huía de un peligro terrible y que no dudaría en precipitarse al vacío para escapar. Cuando vio el retrato que el pintor ya había esbozado ampliamente, quedó estupefacto. Un verdadero miedo lo inundó y su mirada buscó mecánicamente en el marco vacío lo que se escondía, un fuego por ejemplo, luego con cara interrogadora, se volvió hacia Borrell.
—Es un trampantojo, amigo mío. Parece más real que la realidad, ¿no? Bravo también por tu trabajo como modelo.
—Pero ¿por qué lo llamaste «Huyendo de la crítica»?
—¿Quién sabe si hablarán de mí si les huyo?


Jean Claude Fonder

Chagrin d’amour


Iris Menegoz

Amor, vida y muerte


Jean Claude Fonder

Collage Azul

Azul marino, las olas del vestido de una niña que se escabulle livianamente hacia la cocina.
Azul turquesa, los latidos del corazón y los mechones de pelo que se le caen en la cara.
Azul oscuro, los pasos de una princesa de la noche, en una ráfaga de desasosiego.
Azul rapsodia, las cortinas teñidas de índigo temeroso, alrededor de su escapada.
(Azules)

Silvia Zanetto

Recuerdos sumándose en collage

 El sol nunca olvida levantarse 

 De nuevo, otra vez 

No, no fueron los recuerdos, no fue nada de eso

 Espirales que vuelven 

Intensidad 

Un círculo infinito del que no existe salida 

Nada que añadir 


Raffaella Bolletti

Collages/Olga

Collages/Olga

Pensamiento pseudo filosófico: al final somos hechos como se ensamblan los collages: se empieza con un inmotivado entusiasmo infantil, seguido por una cierta curiosidad juvenil, a los que se añaden las experiencias negativas coleccionadas, una tras otra, que aportan un poco de pesimismo; seguimos aportando los amores perdidos que nos van a añadir una punta de romanticismo, añadimos  un puñado de estudios científicos que van a salpimentar nuestra experiencia con algo de conocimientos del universo y un  kilo y medio de libros de historia leídos que va a sazonar la experiencia de lo podrido que está en el ánimo humano.

Encima vamos a poner, como si fuera una capa de decoración, un poco de esperanza que siempre alberga por ahí mismo en los telones de fondo más oscuros. En primer plano siempre tenemos la cara que queremos enseñar a los demás. Así nosotros estamos hechos como collages: pegando cada experiencia nueva encima de las precedentes, en una MEZCLA viva y original hasta que dejamos de respirar, de soñar y de añadir colores a nuestra única obra maestra.

Olga es un verdadero ejemplo de collage: ha hecho de sí misma una mescla de todo lo mejor que la tecnología moderna ofrece: las tetas obviamente son de siliconas talla quinta si no más, los labios también en plástico, las mejillas reforzadas con un relleno sintético en el quirófano, las arrugas de la cara terminadas con la toxina botulínica, la celulitis oxidada con el carbono 14 casi completamente no radioactivo. 

Ahora queda en espera de otros descubrimientos de cultura científica para añadir materiales más avanzados tecnológicamente a su obra maestra.


Graziella Boffini

Collage

Muchas veces hacemos cosas solo por el gusto de sentirnos vivos. Tal vez somos el resultado de esas locuras. Qué bien sería saberlo todo desde el principio.

Recuerdos… Mi memoria viaja con la misma facilidad con la que hojeamos la lista de fotos en nuestro móvil. Sin embargo, no necesito dispositivos, me basta sentarme en el sillón, poner música y mi mente empieza a viajar. Allí está, el collage de mi vida


Manila Claps. ………..

El regalo de la brevedad

El mayor regalo que nos ha dado la naturaleza es el de la brevedad de la vida. En la danza del tiempo, los momentos buenos se deslizan a nuestro lado, así como también lo hacen los momentos difíciles.

Por fortuna, nada es para siempre. Esa es la hermosa verdad que nos consuela en nuestras horas más oscuras y nos hace apreciar con mayor intensidad cada instante de esta asombrosa experiencia.

Recuerdo con inmenso cariño a mi hermano Javier, quien, si la suerte no le hubiera sido esquiva hoy tendría setenta y tres años. Desde su nacimiento, su existencia, marcada por una enfermedad que lo limitaba tanto física como mentalmente fue un reto constante. Vivió veintiún años, atrapado en un cuerpo que no le respondía, con balbuceos por lenguaje y el gateo como único medio para explorar el mundo. Sus últimos años transcurrieron en una cama que se convirtió en prisión y fue testigo mudo de sus alegrías y tristezas

Sin embargo, con Javier también llegó a nuestra familia un regalo inesperado: un magnífico radio tocadiscos que colocaron en su habitación y que acabó convirtiéndose en un insustituible compañero. Sus melodías fueron la excusa perfecta para reunirnos alrededor de su cama y disfrutar de las pegadizas canciones de Renato Carosone o de la mágica maestría de Aimable.

Ello le supuso un refugio, un bálsamo con el que calmar sus días más agitados.

A veces, me alegra la velocidad con la que pasa el tiempo. Los recuerdos se acumulan como viejas fotografías que, a pesar del desgaste, conservan el brillo de su esencia. Es un regalo vivir intensamente sí, pero también es un alivio saber que el dolor tiene un límite. Los momentos difíciles son pasajeros, al igual que los buenos, pero mientras permanecen, nos regalan la oportunidad de sentir, de amar y, sobre todo, de atesorar.

Hoy en día, aquel radio tocadiscos ha quedado en desuso, pero me gusta pensar que, de alguna manera, sigue vibrando con la misma energía de antaño. Quizá, en sus silencios aún guarda las notas de aquellos días en los que su música fue el hilo conductor de nuestra vida familiar. Ante la adversidad, nos enseñó a celebrar lo que tenemos, a encontrar belleza en los instantes efímeros, a comprender que, aunque el tiempo avance, siempre tendremos el poder de recordar, y  es por ello que cuando me asaltan preguntas sin respuestas de cómo hubiera podido ser su vida, en lugar de permitir que esas dudas arrebaten mi paz, elijo abrazar el recuerdo de su forma genuina de amar y su capacidad para unirnos a través del sufrimiento.

La vida es una danza breve  y delicada. Aprender a apreciar cada momento es un arte,  y ser consciente de que el dolor también es temporal es parte de ese aprendizaje. Agradezco a la naturaleza por darnos la oportunidad de experimentar este complicado collage que conforma la vida y que, a pesar de todos los contratiempos, sigue siendo un maravilloso regalo.


Sergio Ruiz Afonso.

El contrato de alquiler


Blanca Quesada

Un cuento de Navidad

El amigo del muñeco de nieve
Vida Gabor (1937 – 2007)

—¿Cómo estás, amigo? Los años pasan y siempre hace demasiado calor en este estudio.
El hombre, riendo bajo su bigote, levantó el sombrero de copa. Estaba desaliñado, su camisa y su chaleco rojo fuera de los pantalones. Una gran bufanda amarilla rodeaba su cuello desabrochado, y su pajarita desatada. Tenía en la mano una buena botella casi vacía. El disfraz era perfecto, pero si nos acercábamos más se podía observar que llevaba una peluca de hombre calvo prematuramente, el pelo mal cortado y una falsa nariz demasiado roja. Todo ello ocultado por una gran cantidad de polvo de arroz desde el que se asomaba una barba de varios días.
La nieve, por supuesto, había sido proyectada delante de las grandes telas que recreaban un pequeño pueblo nevado y sus personajes inmóviles en el frío helado de una noche de diciembre. Una rampa de proyectores apuntaba sus rayos a nuestro borracho y al muñeco de nieve que saludaba. Este está hecho de cartón-piedra cubierto de nieve, con su escoba, su sombrero y su nariz formada por una zanahoria, parecía mirarlo.
Los destellos de relámpago de las fotos que se sacaban sobre el escenario para crear lo que se convertiría en tarjetas de felicitación. Uno de ellos fue más violento, con luz azul eléctrico. Una estrella muy brillante había aparecido en el cielo azul gris de la escena que pareció animarse desde ese momento.
—Es cierto —respondió el hombre de nieve que empezó a brillar cada vez más.
El borracho vacilaba, oscilaba, amenazando con caer sobre él. Un niño que había abandonado el trineo que su padre tiraba corrió hacia ellos y gritó:
—Apague esos focos, hay que protegerlo con esteras y añadir nieve, ¡se ve bien que se está derritiendo!


Jean Claude Fonder

Una mañana cualquiera

Le canapé vert de Paul Delvaux, 1944

— Hola Consuelo, ¿qué tal la noche?

—Hola Consolación, fue una noche cualquiera. A las nueve llegó el viejo Juan, borracho y sucio como siempre. A pesar de sus esfuerzos y de los míos terminó llorando. ¡Una pena! Pero paga bien y es cortés.

— Qué triste trabajo el nuestro, Consolación. Un día de estos me alejaré de esta ciudad corrupta y feroz escupiendo en la cara a nuestro patrón Ramón. ¿Qué tal fue tu noche?

— Fue muy dolorosa. Llegó un chico jovencísimo, era su primera vez. Me enterneció. Tenía la misma edad que tendría mi hijo si esta bestia de Ramón me hubiera dejado tenerlo cuando me quedé embarazada. ¡Qué trabajo inhumano el nuestro! Mira Desesperación cómo llora. Anoche la pobre no encontró clientes y el cerdo de Ramón le pegó. ¿Qué te parece el lindo joven tumbado sobre el sofá de terciopelo verde?

— Consuelo, es Narciso, el principito de Ramón. Su joya más preciosa. Su rara flor.

Para él solo hombres seleccionados, adinerados, nobles, políticos… ¡limpios! Ese chico en una noche gana para Ramón más que nosotras tres en un mes.

¿Sabes? Sigo pensando que una noche de estas tomo el primer barco que pasa por el río y me voy lejos, muy lejos, donde nadie me reconozca. ¡Vente conmigo!

— Me encantaría, Consolación, pero conoces a Ramón y a sus matones. No solo nos encontraría, sino que probablemente nos mataría.

— ¡No me importa! No quiero seguir viviendo esta vida de mierda, Consuelo. Lo intentaré y, cuando estés lista, vendrás conmigo.

— ¡Muchas gracias, querida, es un sueño precioso! Quizás, un día… Ahora estoy tan cansada que quiero solo dormir y soñar con un barco, un río, la libertad.

Iris Menegoz