A imagen y semejanza

Le tunnel de Paul Delvaux, 1978

Soy la niña que mira desde el espejo. Ellas vienen y van por la casa, atraviesan umbrales, calles, laberintos. Las observo desde mi escondite detrás del resplandor del vidrio, mientras cruzan por estaciones donde nadie sabe si los trenes llegan o están por partir. Ellas pasan cargadas de bolsas, de niños. Sus brazos enredados en el brazo de algún acompañante. Sin embargo, están solas. Arrastran su misterio envueltas en tules y algodones, la piel recubierta de invisibles tatuajes trazados por siglos de aporreos y caricias. Pero no pueden resistir a mi llamado. Ante mí se detienen como diosas carnales de una mitología en desuso. Las miro desde el fondo de esta especie de altar que han levantado ellas mismas. Frente a mí confían sus intimidades, se desvisten sin tapujos como ante ojos inocentes. Mujeres jóvenes, viejas, no importa la edad que tengan, ante mí se demoran a limar arrugas, retocar cabellos, a ensayar la alquimia de los afeites. Se sacuden el hastío acumulado en los años, lavan faltas y culpas, secan lágrimas. La edad no importa, cuando ellas se miran al espejo proyectan sobre mi pequeña imagen su reflejo. Y entonces resulta difícil distinguir quién se parece a quién, si ellas a mí o yo a ellas. Desde siempre nos une esta semejanza incierta. Soy la niña que mira desde el espejo, esa que todas abrigan en lo más hondo del corazón.

Adriana Langtry

Camille y Amelie

La gare routière de Paul Delvaux, 1960

El azul amarillo del cielo aparece entre ese bosque hipnotizador, cuyos árboles tan verdes nos encantan. No hay aldeas, no hay viviendas, solo un edificio de la estación, donde se puede llegar de quién sabe dónde, o irse a los lugares más lejanos del mundo. El bosque es denso, casi sin fin; aparece una colina igual de verde. El silencio es infinito, no hay ni voz ni respiración: no hay nadie humano, ni una bestia o una mascota. Esa mudez nos angustia y al mismo tiempo nos encanta. Aquí solo estamos nosotras: Camille,  mi hermana gemela Amelie y yo.

En el misterio callado de la estación se oye un ruido sutil, casi como si no fuera verdad. Pero es verdad: el tren que estábamos esperando casi silenciosamente llega, tirando su humo hacia el cielo.

— ¡Vamos! — me dice Amelie — ¡ha llegado! 

Veo su sonrisa, su mirada sobreexcitada: no parecemos gemelas ahora. Yo querría escapar del tren, de la estación, de quien estamos esperando. Querría esconderme en la parte más densa del bosque, ascender a la colina, elevarme al cielo azul amarillo…

— ¡Vamos! — me grita Amelie — ¡Papá ha llegado!

Después de todos estos años.  Tras dejarnos a nosotras y a nuestra madre. 

Todo este silencio verde, angustioso y encantador, se va a desaparecer, cuando él baje del tren. Casi no recuerdo su voz, pero estoy segura de que no pertenece a este mundo.

Amelie corre hacia el tren, yo sigo aquí.  

Las puertas del tren ahora están abiertas, pero no baja nadie. Nadie.

La mirada de Amelie se encuentra con la mía: ahora somos gemelas otra vez. 

El silencio vuelve a ser infinito.

Silvia Zanetto

La Mise Au Tombeau

Les tombeaux de Paul Delvaux, 1957

Es un martes cualquiera, un mes cualquiera, ya no importa. Juliana pasea por esa avenida que solía recorrer cada día, con su amiga Carmen. Las dos evitaban coger el transporte público o el coche e iban de camino al trabajo. Todos los días pasaban por una avenida muy transitada que conducía desde los barrios periféricos hasta el centro de la ciudad. Con el paso de los años, motos, ciclomotores y bicicletas se fueron sumando al tráfico de automóviles. También pasaba un autobús. En los últimos años, muchos patinetes eléctricos habían empezado a transitar por la misma carretera. Las amigas se dieron cuenta de que pocos conductores respetaban las normas del código de circulación, los límites de velocidad y el sentido común… Parecía una pista de carreras; las bicicletas y los patinetes zumbando a un lado y a otro como locos, a menudo incluso pisando la acera. Una mañana al cruzar la calle con el semáforo en verde Carmen fue atropellada por un patinete que iba a toda velocidad y no la había visto. Mientras Carmen estaba en el suelo en la carretera, un coche que no había respetado las señales del semáforo, también la atropelló. Carmen murió en la UCI donde la ambulancia de la Cruz Roja la había llevado. Juliana, siguió andando y transitando por la misma calle por la que solían caminar. Otras personas fueron atropelladas en aquella carretera. Juliana ya no trabaja, se ha jubilado, pero sigue dando paseos por la misma calle que desde unos meses se ha convertido en una zona peatonal, y que cuenta con dos filas de farolas, dos hileras de árboles, y algunos bancos. Hace unos cuantos días, al cruzar la avenida, esa, por la que suele caminar, le parece oír lamentos, palabras como si alguien hablara en un susurro, o estuviera llorando. ¡Qué raro! a esa hora de la mañana no pasaba casi nadie por allí. En ese momento no había ni una persona delante ni detrás de ella. Estaba sola, y era extraño que siguiera oyendo gemidos y susurros, como si alguien quisiera que se detuviera a pensar.

Ese día decidió pararse un rato y escuchar mejor. Nadie a su alrededor. De pronto una voz le dijo: <Mira atentamente en medio de la avenida, ¿no ves nada? Estamos aquí.> Juliana se detuvo en seco, un poco asustada y fue entonces cuando los vio. Unos esqueletos lloraban y se desesperaban alrededor de otro esqueleto que parecía estar dentro de una especie de tumba. <Presta un poco de atención, ahora te explicaremos quiénes somos y por qué estamos aquí>, dijo uno de ellos. <Soy tu amiga Carmen. Los esqueletos que ves a mi lado son los de los que fueron atropellados. El que está en la tumba es el esqueleto de la última víctima. Acabamos de recuperarlo y lo ponemos aquí. Rezamos, lloramos, nos apenamos. Juliana, ya lo sé, no hay regreso, me consuela tu persistente dolor, no te has olvidado de mí. Me doy cuenta de que todo sigue igual que antes. Cuantos cadáveres, llegan, pasan, se reducen a polvo, pero recuerda que no somos sombras desvanecidas, nuestro mundo continúa aquí bajo tierra.> Juliana se levantó aturdida, quería decir algo, pero todo había desaparecido ya de su vista. Quién sabe, tal vez había sido una alucinación, motivada por su dolor…

Raffaella Bolletti

La Mise Au Tombeau

Les tombeaux de Paul Delvaux, 1957

Era mi último día de vacaciones y la enésima vez que me sentaba en el incómodo sofá con el fin de admirar aquel cuadro. La escena era fascinante a la vez que surrealista. Representaba a un grupo de esqueletos rodeando la tumba del que se suponía haber sido un laureado militar cuyos restos yacían apenas cubiertos por una sábana blanca. Varios de aquellos descarnados todavía lucían sudarios y los llevaban puestos a modo de túnica. Uno de ellos, de huesos amarillentos y erosionados, situado a la cabecera y que, a su decir, pues ya no le quedaban atributos que lo demostrara, había sido obispo, se erguía con altivez, gesticulando con ademanes afectados. Otro, más pequeño, y encorvado sobre la tumba, le escuchaba distraído mientras rastreaba el interior del sepulcro en busca de alguna moneda, remanente de su época como recaudador de impuestos. 

«Fijaos», clamaba con amargura uno que portaba túnica amarilla y al que en apariencia nadie le hacía caso. «Mirad qué injusticia que debamos compartir espacio con mendigos y que no podamos en la muerte conservar nuestra posición social” Y señalaba con desprecio a un carapacho que, agachado a los pies del sepulcro, parecía querer pasar desapercibido.

«Tiene razón – murmuraban, chasqueando las mandíbulas, otros dos entre sí. «Ahora mismo no somos más un simple montón de huesos»

«De esta manera, nadie podrá reconocer la importancia de nuestro rango», continuó con tono de frustración el esqueleto obispo. El recaudador de impuestos asintió, refunfuñando más por el disgusto de no encontrar ninguna moneda que por estar de acuerdo con el discurso del pretendido mitrado.

Hablaban todos con resentimiento y orgullo, recordando los días en que caminaron entre los vivos con poder y autoridad. Sin embargo, conforme escuchaba la conversación, algo dentro de mí se removía ¿Realmente importaba, después de la muerte, el estatus social o las posesiones adquiridas en la vida? ¿Acaso no éramos todos iguales frente a la inevitable parca? 

Las palabras de los esqueletos resonaban en mi mente mientras yo permanecía todavía abducido por la escena que se representaba.

De repente, una mano se posó sobre mi hombro. «Es la hora del cierre, señor», alguien me espetó.

Giré la cabeza sobresaltado. Era uno de los vigilantes del museo que me señaló un enorme reloj situado en la pared y que marcaba ya las cinco y media. Asentí a la vez que me ponía en pie.

Miré por última vez al cuadro y me despedí sin palabras. Al día siguiente debía volver a mi país y lo hacía con una nueva perspectiva de las cosas. Atrás quedaba aquel mundo de muertos atrapados en un eterno diálogo. Seguramente echaría de menos sus reflexiones, pero al fin y al cabo tan sólo eran montones de huesos.

Me encaminé hacia la salida, pero antes de dar dos pasos un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar como una voz profunda decía «hasta la vista». 

Miré sorprendido a mi alrededor y advertí como los descarnados también habían parado su conversación para, tan sorprendidos como yo, reparar en mi persona. En absoluto silencio me saludaron haciendo un leve ademán con sus manos.

Entonces comprendí que se estaban despidiendo de mí, y que había sido mi propio esqueleto el que había hablado..

Sergio Ruiz Afonso.

 Serendipia

Les tombeaux de Paul Delvaux, 1957

— Cuando todo está programado y lo sabes; el vuelo de la mariposa, la tela de la araña, la formación de la vida es una fórmula matemática grabada para siempre en las entrañas de cualquier bestia, en especial en los seres humanos, estamos inmersos, programados, buscando de forma continua el porqué de lo evidente. El tiempo y el espacio son uno, nadie está y es. Somos unos ingratos, debemos habitar desde que nacemos. Existimos en un episodio en la evolución; por eso es evidente que debemos perecer, con todas sus partes: obertura, recitativo, aria y coros. Somos ensayos de la memoria de la vida. Nos moldea: los huesos, los músculos, los tendones y los órganos. Lo blando y lo importante dentro, protegido. Por fuera lo más resistente y en lo alto la organización que envía mensajes que antes de nacer da vida a lo que ya está vivo.

Es un edicto como el orobal que nace en un sitio y necesita algo concreto para crecer, reproducirse y seguir un recorrido concreto. Porque la vida no puede permitirse un segundo inmóvil.

¡Una jaculatoria para el corazón! Todos nos vamos a quedar sin él. Las partes blandas desaparecen primero, por un tiempo la osamenta permanece y los huesos como las baquetas de un tambor creen que son útiles, pero sin piedad, porque el ojo ya no ve los colores del arco de lluvia, la cuenca está vacía y el magín se fue. 

— Todos vamos a morir, pero por favor, profesor, siempre será mejor en un cuadro lleno de oropel y con un anafre.

— Bueno, querida alumna, en su caso lo mejor es el dogma y un hornillo calentará algo los huesos en el cielo o en el infierno, dónde usted prefiera, es un artículo de fe. La clase ha terminado. El próximo día veremos la matemática perfecta: la embriología.

— Será mejor irnos a una fiesta de carnaval. Yo seré un esqueleto, así me voy preparando, o un feto ¿No será lo mismo?

— Hasta mañana. Disfruta tu serendipia.

Blanca Quesada

Delvauxes

El retiro de Paul Delvaux, 1973

— Hola querida, ¿qué te parece si nos vamos a ver Delvaux? ¿Este finde? ¿Qué te parece?

— Pedro cariño, el sábado sería perfecto: ¡están abiertos hasta las 19! Pero te digo la verdad: ¡eso sí que no me lo puedo creer! Tú que propones acompañarme a ir de compras… tú que siempre has odiado ir de compras, es un sueño, si estoy durmiendo por favor que no me despiertes.

— Pero querida, ¿qué has entendido? te estaba proponiendo ir a ver la exposición de Delvaux, el famoso pintor… me he enterado de que hay una exposición de sus obras en Bélgica, parece bastante completa.

— ¿Me estás diciendo que no vamos a ir de compras?  Son caros, pero son muy bellos, a la moda y elegantes esos bolsos; la tienda de bolsos Delvaux está en vía Bagutta, justo en el centro de Milán, cuadrilátero de la moda, para ser más precisos, en vía Bagutta número 10. A propósito: ¿quién es este Delvaux pintor que se llama como mi marca preferida de bolsos?

Graziella Boffini

Le canapé vert

En traje de noche, estaba sentada en una logia como en el teatro y contemplaba con asombro una pequeña ciudad antigua situada al pie de un volcán amenazador. La gente se dedicaba a sus ocupaciones, ligeramente vestidas como conviene en el azul mediterráneo de un cielo sin nubes. Un pequeño pueblo tranquilo donde me hubiera gustado vivir.

En primer plano sobre la amplia explanada del templo principal dedicado a algún Apolo rodeado por sus adoradoras, un sofá de color verde, idéntico al que he elegido para decorar mi boudoir. Tendido sobre él, un efebo completamente desnudo de extraordinaria belleza. Se parecía a Antinoo, al menos como lo describía Marguerite Yourcenar: «una cabeza inclinada bajo una cabellera nocturna, ojos que el alargamiento de los párpados hacían parecer oblicuos, una cara joven y ancha». Fue mi primer amante.

A unos pasos de él, bajando elegantemente los pocos escalones de una galería. Yo era rubia en ese momento y, también yo, desvelaba impúdicamente mi cuerpo como se ve natural en este escenario. Yo era muy hermosa.

Ambos somos perfectos, como lo son los modelos de cera, somos indiferentes y parece que no nos vemos el uno al otro. Como tampoco vemos a la joven, en el fondo, desnuda también ella, apoyada sobre una lápida, con el pelo suelto, llorando por el niño que acaba de perder. Era nuestro hijo.

Una detonación inesperada rompió el silencio de la escena, una oscuridad total invadió la habitación donde dormía: «se formaba una nube con el aspecto y la forma de un árbol y haciendo pensar sobre todo en un pino.» (Plinio el joven)

Jean Claude Fonder

El zapatito

El zapatero y la niña
Norman Rockwell (1894 -1978)

Caro había elegido su vestido más bonito, un pequeño vestido rosa con flecos que rimaba con un nudo del mismo color para embellecer su peinado. Ella abrazaba a su pequeña muñeca Juanita y llevaba una pequeña bolsa de barniz. Se sentía fresca y bonita, se examinó minuciosamente en el espejo que adornaba la puerta de su armario y se puso además un poco de perfume de su mamá, Chanel no5, un perfume floral muy femenino.

Así armada salió cautelosamente por la calle y recorrió vacilante las pocas decenas de metros que la separaban de la tienda del zapatero. Entró en la tienda, y lo que temía ocurrió, el zapatero no estaba detrás del oscuro mostrador, fue su hija quien la recibió con cejas fruncidas y una cara poco simpática.

— ¿Qué buscas aquí otra vez? — Gruñó ella, te dije que no vendemos nada para muñecas.

— Quisiera hablar con el señor José, tu papá.

— Trabaja abajo, no podemos molestarlo.

— Te lo ruego, Marta, es muy importante. 

Y se puso a llorar tan fuerte que desde el sótano se oyó gritar:

—Dios mío, ¿qué demonios está pasando?

Caro no esperó el permiso y se precipitó por las escaleras. José, el viejo zapatero, trabajaba en su banco, con la cabeza inclinada sobre un viejo y reticente zapato que intentaba reparar. La niña se precipitó sobre él, tirando a Juanita por el brazo. Con lágrimas en los ojos, sacó de su bolso un pequeño zapato negro y barnizado con la suela desprendida.

José tomó con delicadeza en la mano el pequeño y encantador objeto y, rascando los pocos cabellos que le quedaban, dijo con una gran sonrisa:

— No sé si tengo hilo lo suficientemente fino para coser la suela, pero voy a ver.

Caro se echó en sus brazos y cubrió con pequeños besos su cara arrugada que se escondía detrás de un hermoso bigote blanco.


Jean Claude Fonder

El contrato

Viento y Lluvia
Maurice Leloir (1853 -1940)

El Maestro Doyen, notario en Bruselas, luchaba ferozmente contra el viento y la lluvia que se apoderaban aquel día de la capital austríaca de los Países Bajos. Estaba acostumbrado a ello, era frecuente en este país. El mar estaba cerca, apenas 100 km hacia el oeste y nada protegía la ciudad levantada sobre los primeros contrafuertes de la meseta del Brabante, la llanura de las Flandes que se apodaba «Le plat pays» ofrecía solamente sus campanarios como obstáculos a las tormentas inglesas que atravesaban el canal de la Mancha al galope. 

Volvía del catastro donde se habían registrado las últimos escrituras de compraventa que había concluido en su gabinete.

Para llegar lo más rápido posible, había decidido que era mejor atravesar el parque delante del palacio del gobernador. Avanzaba con dificultad, el viento se había levantado inesperadamente. Envuelto en su redingote, tenía la carpeta llena de documentos bajo el brazo, protegido por su paraguas abierto y debía sostener también el tricornio que amenazaba con volarse a cada instante. De repente, ¡catástrofe! Su paraguas se volteó, y algunos documentos aprovecharon el movimiento que hizo para sujetar su paraguas para escapar y revolotear en el viento.

— ¡Mi contrato! —gritó.

Soltó su paraguas y corrió a buscar las hojas que parecían burlarse de él, se enrollaban, volaban y parecían sentir un malvado placer en hacerle correr. Finalmente, sobrecargados por la lluvia, las recogió y las deslizó cuidadosamente en su carpeta de la que reforzó las ataduras. Cuando llegara las apretaría entre dos papeles absorbentes para secarlos.

Suspiró por fin, ¡era su contrato! El contrato firmado por Josef II, el Emperador en persona. El contrato por el que se le nombraba notario en Trieste. El mar Mediterráneo, el sol, las playas, el palacio Miramar… Por fin iba a poder escapar de esta ciudad y de su mal tiempo.Como para darle la razón, las nubes se rompieron, un rincón de cielo azul apareció. Recogió su paraguas, lo puso en orden y se alejó silbando.


Jean Claude Fonder

Isla grande

Subimos a la piragua, una canoa típica, y nos adentramos en las aguas densas y limosas de la ciénaga. La brisa acariciadora atenúa el calor del trópico y, a medida que nos deslizábamos hacia la isla grande, mecidos por el ritmo de los remos, se hizo un silencio de siesta, roto sólo por tal cual pez saltarín que se zambullía aquí y allá.

Desembarcar en la isla requiere destreza de parte del canoista, pues los embarcaderos cambian en base a las anegaciones periódicas, según el régimen de lluvias.

La casa está en la falda una colina, es fresca y con una vista amplia sobre la laguna dorada del atardecer. Se ve galopar una manada de caballos en la orilla, casi salvajes, con las crines al viento. Me invade una sensación de libertad y entiendo por qué el antiguo propietario de ese paraíso quiso que su corazón fuera enterrado en la cima de la colina.

Maria Victoria Santoyo Abril

La isla de los enamorados

Había llovido el día anterior, así que el aire estaba seco, el cielo azul muy claro, algunos cúmulos se escondían detrás de las montañas, la primavera entraba por la ventana cargada de perfumes embriagadores, la naturaleza se despertaba. Mónica miraba el lago azul grisáceo que rodeaba la pequeña isla y que revelaba sus misterios ante ella.

María, su hermana mayor, le había contado que la llamaban la isla de los enamorados. Más que una isla, era un islote rocoso cubierto de un poco de verdor, arbustos, la mayoría de follaje perenne cuyos variados tonos de verde se asociaban con felicidad a la piedra rosada de las rocas. Había muy pocos espacios abiertos. Se preguntaba cómo podría esconderse y cómo se hacía para desembarcar.

María contaba que hace mucho tiempo un joven guapo se había refugiado allí para huir de los perros que un mal padre, un rico comerciante, un propietario, había soltado contra él. Era un pescador que trabajaba en el lago, y un día la hija del comerciante, también joven y muy bella, le había pedido que la llevara al burgo vecino, al otro lado del lago. Unos meses más tarde, ya no podía disimular el tamaño de su vientre y la pesadez de sus pechos. El joven no dudó y fue a la tienda del padre para asumir sus responsabilidades.

Nunca se lo volvió a ver, pero algunos afirman que se pudo haber observado a un hombre casi desnudo que se escondía detrás de los arbustos de la isla. Desde entonces, la leyenda de los amantes que vivían en la isla salvaje alimentándose de bayas y de lo que podían pescar por la noche en el lago, se difundió cada vez más. Y ya no se pueden contar los episodios que las mujeres contaban susurrando en las cocinas cuando los hombres estaban ausentes. Un par de amantes prohibidos, otro joven guapo como un dios, una cortesana demasiado fácil que deshacía las familias, una bella joven virgen a la que se quería sacrificar en la cama de un horrible viejo rico, todos se imaginaban historias que poblaban la isla de sueños románticos.

Mónica, preguntaba, escuchaba, quería saber siempre más. Aquel día, acostada en el lago, tomando sol bocabajo se había quitado la parte superior del bikini y miraba con atención la isla, le había parecido ver una mancha más clara. Un hombre tal vez, ella pensó en Pedro cuando en el barco, sin camisa, él arreglaba las redes, le gustaba mirarlo a escondidas. Podría ser él. Se imaginaba con él en la isla, entonces se levantó y sin dudar entró en el agua y con grandes brazadas ella se dirigió hacia la isla, se sentía libre y hermosa. Al llegar cerca de las rocas, vio que eran abruptas y que no había manera de aferrarse para salir del agua, dio la vuelta lentamente, no hay forma de encontrar un punto de acceso, rocas por todas partes como pequeños acantilados, y, sin embargo, ella estaba segura de que había un hombre en la isla, Pedro. Era pescador, quizás con un barco que estaba más arriba, pero no había rastro de barcos. ¿Sus compañeros se lo habían llevado? Pero no, y los demás entonces, los que habían llegado a la isla huyendo.

Mónica empezaba a cansarse, nunca podría volver a la playa de la que había salido. Entonces, de repente, tras la última curva, vio una pequeña cala, también formada por altas rocas, pero estaba muy oscuro y estaba dominada por grandes árboles, probablemente pinos, todos retorcidos, y había dos grandes ramas que bajaban cerca del agua. Se acercó, había un hombre tendido en la rama, estaba completamente desnudo para trepar mejor, ella lo reconoció era Pedro. Y como si fuera un acróbata, le tendió la mano.

Jean Claude Fonder

Fotos

— ¡Vaya! ¡La caja de mis fotos de las vacaciones en las islas! Es increíble lo que puedes encontrar cuando limpias la casa y piensas botar todo lo viejo, lo que ya no sirve… En fin, ¿Desde cuánto no las veía? Claro, son fotografías de viajes que se hicieron hace muchos años, de las de una vez, las que se imprimían y se guardaban como pequeños tesoros…

Isabel se sienta, deja de trabajar y observa la primera: siempre es una emoción volver a ver la imagen de su padre, relajado y alegre, y no tan serio come en su imagen que ella siempre ve en el cementerio. En esta foto en blanco y negro él está en Torcello, cerca de Venecia, su isla favorita, encantadora: muy tranquila, con lindas casas pintadas de colores brillantes, con canales en lugar de carreteras y barcos en lugar de coches. Papá – alto y esbelto, con su pelo rizado y ya un poquito gris – está sonriendo, delante de un complejo paleocristiano: la Catedral de Santa María de la Asunción. A su lado, aferrándose a su mano, hay una niña delgada, con el flequillo demasiado corto y un vestido bonito hecho por mamá… Es Isabel.

La segunda es una fotografía en color: un grupo de amigas que ríen y se abrazan en la playa: están en Fetovaia, una de las más evocadoras de la Isla de Elba, que forma parte de un contexto natural entre arena dorada y acantilados de granito. El color del mar varía del verde claro al azul intenso. Las chicas están bronceadas, poco cubiertas con sus bikinis, Isabel se cubre un poco la boca con la mano, como si estuviera riendo demasiado. Tienen veinte años, más o menos: Ana, la de pelo rizado y traje de baño rojo, es su compañera del instituto; Paloma, que la está abrazando, es la que estudia con ella en la universidad de Milán; Elena, la del bikini más pequeño, es su amiga desde siempre. Un momento perfecto, de los que no se repiten casi nunca.

La tercera es una foto de otro mundo: la maravillosa imagen de una playa de arena blanca y suave, enmarcada por palmeras tropicales, bajo un cielo que parece pintado. Una pareja joven, con unos anillos muy nuevos en sus dedos, los ojos de Isabel que se pierden en la sonrisa de él, los labios de Francisco que se apoyan en la frente de ella. Están en Mahé, la más grande y particular isla del archipiélago de las Seychelles, donde hay montañas de granito cubiertas de exuberante vegetación, y franjas de tierra que se adentran en el mar como brazos, formando bahías cuyas aguas cristalinas y turquesas brillan bajo la luz tropical. 

Es la primera foto de su luna de miel, una foto que la guía les sacó hace más de 30 años, y hay muchas otras de ese viaje… Isabel pone las fotos sobre la mesa: esta noche las va a enseñar a su marido, que las había buscado varias veces sin éxito. Y sus recuerdos volverán a la isla, bajo las palmeras, en la playa dorada.

Silvia Zanetto

La Isla Secreta

Tomás:

La vida sigue igual que siempre. No me hace caso.

En este momento estoy sentado en un avión, rumbo a Buenos Aires. Pienso en qué puedo decirle a Inés. Aún no se ha enterado de lo que me pasa a mí, de mi enfermedad. Decidí regalarnos este viaje, una auténtica sorpresa, porque ella siempre ha soñado con visitar Patagonia, y yo siempre quise visitar una pequeña isla que se encuentra en el lago Mascardi, en la región patagónica argentina, es decir la isla Corazón. Hay muchas islas con forma de corazón en el mundo, pero ésta es especial, aunque sólo sea por la leyenda que cuenta que dos amantes, pertenecientes a dos tribus rivales, huyeron juntos y para evitar el castigo de sus padres, se tiraron al lago y se dejaron morir. Fue así que nació la isla con forma de corazón. Me pareció perfecta para expresar nuevamente mi amor a Inés y, mientras tanto, buscar las palabras para informarla de la mala noticia. No puedo imaginar lo que va a ocurrir.

Inés:

Tomás sabe que me gusta mucho viajar, pero no me gustan ni los viajes turísticos organizados ni tampoco los cruceros. Así que, después de veinte años de convivencia, cuando me informó del viaje que había organizado, no me lo podía creer, una sorpresa maravillosa. Entonces ahora estamos viajando en avión hacia Buenos Aires y luego hasta el aeropuerto más cercano a la Isla, esa, de la que yo no conozco ni el nombre. Por fin llegamos a destino en una sencilla canoa. Finalmente me enteré de que la isla se llama Isla Corazón, que al revelarse en todo su esplendor, me hechizó. Abracé muy fuerte a Tomás agradeciéndole.

Tomás:

Estoy feliz de haberte regalado este viaje, y te he traído aquí en la intimidad que se respira en esta isla, porque lo que tengo que decir es importante. Por supuesto no soy yo quién decide el destino de esta vida mía, corta, frágil, hecha de un puñado de días. Tengo una grave enfermedad que me separará de ti muy pronto. No es mi deseo entristecerte, sólo quiero que disfrutemos de este lugar y que siempre recuerdes que hay otra isla, invisible, oculta, palpitante, que late rápido o más despacio, dependiendo de muchos factores diferentes entre ellos. Una isla rodeada de ríos grandes y pequeños, flotante, bien escondida. Ahora mismo mi isla late con un ritmo preocupante, me temo que pronto se vaya a sumergir y acabe con su vida. Lo que quiero que sepas es que esta isla ha palpitado por ti y seguirá haciéndolo con todo mi amor. Recuerda siempre que esta isla secreta existe y que esta isla no es nada más que mi corazón. Llévalo siempre contigo, esté donde esté.

En Milán unos meses más tarde

De pronto un viento frío llega desde un cielo lleno de nubes. Me sacude, me muerde con su lengua escurridiza capaz de entrar en la vida de las personas y yo recuerdo… recuerdo… recuerdo una pequeña isla en forma de corazón.

Raffaella Bolletti

El rincón de los sueños 

En el etéreo océano de mis pensamientos, soy un vagabundo errante que navega por islas de ensueño. Cada isla es un refugio, un rincón donde la amigable brisa del mar me acaricia la piel y el murmullo de las olas me susurra secretos olvidados. Mis islas, son esas memorias que atesoro; un mágico rincón donde el tiempo no se mide en horas, sino en instantes.

En unas, el sol resplandece sobre la arena dorada mientras las gaviotas dibujan surcos en el cielo; los días se deslizan suavemente, y la simplicidad de la vida se mezcla con el sabor de la fruta fresca y el aroma de la tierra húmeda. En otras, la vegetación exuberante esconde historias antiguas, ecos de civilizaciones pasadas que aún reverberan en el viento. 

Soy un vagabundo sin rumbo fijo y soy poseedor de un corazón lleno de anhelos. Cada isla me descubre algo nuevo: la fortaleza de la soledad, la belleza de la introspección, la alegría de poder disfrutar de lo efímero… Y aunque a veces, en este mar inmenso, me sienta como perdido, estoy convencido de que la realidad es que cada paso me acerca un poco más a la comprensión de la importancia de lo insignificante.

Cada atardecer, fijo la mirada en el horizonte y agradezco las islas que habito, pues en su esencia encuentro la libertad de ser quien realmente soy: un vagabundo, un soñador que navega por el mar infinito de su propia existencia.

Sergio Ruiz Afonso.

 El bajel

El barco me gustó. Desde fuera parecía hasta más grande de lo normal. Tengo que regresar a Tenerife donde vivo actualmente. La gente aquí viaja con bastante frecuencia entre las islas. Como yo hay personas que viven en una isla y trabajan en otra, muchos son camioneros, bomberos, profesores, etc. 

Había dos ambulancias, ¿traslado por revisión o venían de la DANA o también llamada gota fría? Ahora tocó en Valencia.  La gota fría es el nombre de toda la vida que nos calló a nosotros, los canarios, la primera de ellas fue conocida como el aluvión de 1826. Terrible. Imagínate que nos pase eso y estemos en este barco. Los barcos no tienen cinturones de seguridad, tienen chalecos salvavidas.  

Desde pequeña sé que el mundo es un charco con trozos de tierra por doquier y todos contienen personas, animales, plantas y cosas.

Seguimos con el barco, viejo y sucio, de los que se mueven mucho, estaba sentada en un pequeño sillón con respaldo corto, la cabeza estaba dando sacudidas, la mesa baja y pequeña, redonda, con otro sillón enfrente, al lado el expositor de la tienda del barco, perfumes y chuches. Carísimo todo.

 Yo soy de las que no me marea ni un temporal, el truco es caminar dando zancadas largas o con pies abiertos que es lo mismo, tomar poca sal y líquidos densos. Todos compran papas fritas y agua lo cual es un craso error. 

El barco es un vestigio de la antigüedad. solo había enchufes donde yo me senté. Enfrente tenía algunos pasajeros sentados en filas con sillones, unos rojos y otros grises, con cabezales, diría que muy usados. Debajo de cada asiento, su respectivo salvavidas. 

Los pasajeros estaban rosaditos, de un color casi normal en los extranjeros o pasajeros españoles habituales, a veces también tenemos personas de colores variados como los negros o los hindúes, a esos se les nota menos el cambio de color a lo largo del viaje, ya que normalmente el mar se mueve, o el barco, como en este caso.

Habían cambiado el barco porque el otro tenía una revisión anual de dos semanas, Señores armadores ¿no habría que renovar estos barquitos?

Entre idea e idea que se me pasaba por la cabeza, miraba una película y debido a unos bandazos considerables mis ojos bailaban del mar al cielo.

De pronto me doy cuenta que un señor gordito, de los que comen papas fritas con sal, calvo, que antes estaba rosado y ahora de color indeterminado, miraba fijamente al escaparate de la tienda o a mí, yo estaba en medio por eso no estaba segura de a qué o a quién miraba, era una mirada fija. Seguí escuchando mi película de navidad donde todo termina bien y el único ruido que se escucha es la música, me encanta, por eso me senté al lado de los únicos enchufes que tiene el barco. 

De pronto la película paró. Me levanté manteniendo la estabilidad, como antes les mencioné. El barco subía y bajaba como en una noria. Le pregunte a la azafata por qué se había parado internet.  Me contestó con toda la tranquilidad del mundo marinero (eso es mucha serenidad) que allí no había wifi. Había estado utilizando mis datos, ¡me iba a dar algo! los guardo para las emergencias reales. 

 Todos los barcos tienen wifi, aunque de vez en cuando en medio del mar se corta la conexión. Entre Gran Canaria y Tenerife hay una distancia de 38 millas, equivalentes a 70 km, para que nos hagamos una idea estamos a 70.000 metros entre aguas. En medio del trayecto desaparece la wifi siempre, como en los grandes desastres. 

Pues no me quedó otra que mirar la tienda y volver a mi sitio, otra vez a leer y no te lo puedes creer, pero escuché un ruido gutural, el hombre que yo creía que estaba mirando de forma sospechosa no miró nunca de forma sospechosa, tenía la vista perdida, estaba verde y la azafata le ofreció dos bolsas color marrón, las utilizó. También le ofreció una bolsa con cubitos de hielo para ponerlos en la nuca, son muy efectivos, pero él la rechazó, un error muy grande, echo la bilis. Pidió perdón en italiano a todos los presentes, los demás estaban pálidos, todavía estaban en el mareo de la náusea. Todo llega a su tiempo. Los niños llorando y los demás palideciendo.

Yo, impávida, después de tantos traslados, profesora del gobierno de canarias, mucha suerte tendría si no hubiera sido destinada en más de una ocasión fuera de mi isla. Ahora mi isla son todas.

Los humanos me recuerdan a las hormigas y los dos conceptos comienzan por la misma letra, la “h” ¿no será una percepción del subconsciente colectivo? Viajando y buscando, en constante movimiento, pero en el barco no se mueve nadie, quietos, anclados a sus asientos, ya tiene el barco su propio vaivén.

Voy vestida con un ligero conjunto de pantalón y blusa blancos porque hace un calor de veintiocho grados. Destaco esto porque vi a un señor que tenía el uniforme de la compañía negro de sucio, “mecánico seguro” pensé, ¿y si el motor se para? 

No se paró. Buen mecánico seguro.

Llegué a Santa Cruz de Tenerife media hora más tarde de lo acordado en el billete. a pesar de todo valió la pena, mi coche me estaba esperando en el garaje del bajel, antes olía a brea, ahora no, un detalle considerable.

Imagino a los que viajaban en navíos a algún lugar hace años o siglos ¿sería una fiesta?

Blanca Quesada

Niñas leyendo

Niñas leyendo
Hugo Fredrik Salmson (1843 -1894)

-Pareces triste, ¿verdad, Eva?

La niña miraba a lo lejos. Su pequeña cara rubia de ojos claros estaba envuelta en un bonito pañuelo blanco, una cara de muñeca triste que tenía un libro abierto sobre sus rodillas.

Ingrid y María, sus dos compañeras, sentadas a su lado sobre un gran tronco de árbol leían abrazadas, mejilla contra mejilla, un cuento que parecía apasionante.

– ¿Qué es lo que leéis?

Las dos pequeñas rubias tampoco levantaron la vista y respondieron jadeando.

– Pulgarcito. Los pájaros se comieron todos los trocitos de pan que había sembrado para encontrar su casa. Y está en la casa del Ogro, el que devora a los niños pequeños que allí llegan.

– No se preocupen, Pulgarcito es inteligente y gracias a las botas de siete leguas todo terminará bien. Es un cuento de Perrault, ya lo he leído. Estoy leyendo otro, se llama Piel de asno. Es la historia de una joven muy hermosa que tuvo que huir del reino de su padre, hundiéndose en un feo pellejo de burro y manchándose de hollín. El rey que había perdido a su esposa se había vuelto loco y quería casarse con una mujer tan hermosa como la reina, su propia hija. Por eso, así disfrazada, fue a otro reino y encontró trabajo en una granja como criada para limpiar los pavos y el comedero de los cerdos.

– Es aún más terrible -exclamaron Ingrid y Marie-, ¿qué pasará luego?

– No lo sé. El príncipe heredero de este país pudo observar la belleza de Piel de asno mientras ella se vestía como princesa por los encantos que le dejó el Hada de las Lilas que la protegía. Se enamoró de ella en el acto y comenzó a languidecer porque no sabía cómo encontrarla.    Confesó que se llamaba Piel de asno y pidió a su madre la Reina que hicieran todo lo posible para encontrarla. Ésta hizo llegar a la corte un pastel en el que su anillo de oro estaba oculto…

Mientras decía estas palabras, una pequeña lágrima corría sobre su mejilla rosa.

– Tengo que leer el resto -confesó.


Jean Claude Fonder

Con los pies en el suelo

Cuando el coche se interna en el sendero, David sale a recibirlos. 

—Fíjate en lo mayor que está David—dice Juan por lo bajo. Parece un viejo. 

Julia, que no conoce a David, replica amablemente: 

—Bueno, es normal que lo encuentres cambiado. Hace dos años que no os veis. 

Juan piensa que David lo ha hecho a propósito. No se trata sólo de haberse resignado al deterioro natural, no, no, es mucho más. Dejó de sentir aquella punzada de euforia que le llevaba siempre a superar un nuevo reto. 

Juan aparca el coche y va directo a David para darle un abrazo. Después se gira rápidamente. 

—Julia, David—dice haciendo las presentaciones. 

—¿Qué tal el viaje? —pregunta David con una sonrisa. 

De cerca David tiene mejor aspecto. Camina encorvado, pero mantiene todavía su complexión atlética. 

Recorren el sendero que lleva hasta la casa en fila india. Atraviesan el porche trasero y la cocina y llegan a la sala de estar. 

Al lado de la ventana hay una pequeña mesa con un ordenador portátil rodeado de un montón de libros y papeles. 

—Estoy escribiendo un artículo para la revista Desnivel—necesito un poco de dinero. 

David es miembro de la federación internacional de alpinismo y del club de montaña. Suele dar charlas a menudo a los jóvenes que quieren practicar este deporte. 

A la hora de la cena la conversación fluye en torno a un artículo sobre el nepalí que ha conseguido alcanzar la cima del K2 invernal sin utilizar oxígeno artificial. Julia sigue atentamente la conversación en silencio. No está muy interesada en el alpinismo, aunque admira a las personas que lo practican. Conoció a Juan en un acto benéfico hace apenas un año. A pesar de la diferencia de edad, la atracción fue inmediata. 

—Brutal hazaña. Lo tenía todo en contra. Él y su equipo se pasaron dos meses en sus tiendas de campaña a la altura del campamento dos, esperando a que suavizasen los vendavales. Ha sido uno de los ascensos más duros de la historia—dice David. 

Juan revive la sensación de estar en la cima del mundo, donde un cuerpo es una mota de polvo, un átomo en el universo. Ambos conocen bien las cascadas de hielo que rodean las pendientes prácticamente verticales del K2, por donde caen trozos del tamaño de un automóvil. 

David come con buen apetito. Mastica, con los brazos sobre la mesa, y fija la mirada en algo que está en la pared. Una foto de tres jóvenes escalando una montaña que se alza reluciente desde una base de glaciares. Luego mira a Juan, quien también observa la foto, y éste desvía la vista. Se limpia la boca con la servilleta y sigue comiendo. 

—Qué, ¿me encuentras cambiado?  – pregunta. 

Juan no sabe cómo responder. No quiere herir los sentimientos de su anfitrión. Posa sus ojos en el rostro de David surcado por un laberinto de arrugas. Tiene cuarenta y nueve años, una edad que aún lo posiciona en la plenitud para ser un gran escalador, pero ya no entrena.

—¿No te atreves a decir nada? ¿Por qué me miras así? —insiste David—. ¿Por qué? —repite, y deja el tenedor sobre la mesa. 

—Podríamos sentarnos en el porche después de la cena—comentó Julia—. La noche está estrellada y eso es algo que no podemos contemplar en la ciudad. 

Empieza a oscurecer. Desde la ventana de la sala de estar la única luz que se ve a lo lejos es la de una luna menguante. 

—¿Cómo se supone que te estoy mirando? —replica Juan, y menea la cabeza. 

Julia deja de comer y los observa. 

—¿Qué sucede? —pregunta. 

David sigue comiendo. Luego tira la servilleta sobre el plato. 

—Maldita sea. ¿Por qué no podemos olvidarlo? ¡Dime lo que hice mal, te escucho! Estábamos a ocho mil metros de altura. No consiento que me juzgues. ¿Entiendes? 

 —Ya sabes lo que pienso de aquello, David. No debimos habernos arriesgado tanto. Debimos solicitar ayuda por radio. 

David continúa hablando ajeno a las palabras de Juan. 

—¿Qué pretendes insinuar? Hemos arriesgado nuestras vidas demasiadas veces, el afán de superación ha sido siempre más fuerte que el miedo. La montaña te envuelve en sus fauces, cada escalada es como sortear a la muerte. Estamos vivos, ¿Qué más quieres?

Julia arquea las cejas y apura un trago de vino.  

—Mejor deja esa palabrería para tus artículos. Tenía tres hijos y una mujer que le amaba, no merecía acabar así. 

 —No me vengas con rollos moralistas. ¿Crees que hubieras actuado de otra manera? ¿Y qué hubieras hecho tú? David miró a Juan y luego añadió, como una última reflexión—. Eres un estúpido. 

Juan repasa mentalmente las últimas horas de aquel ascenso. La pared por la que escalaban empezó a ser azotada por fuertes vientos y continuas avalanchas que les golpearon en varias ocasiones. Óscar y David avanzaban más deprisa. Ayudado por una cuerda y un piolet, todo el material que le quedaba, Juan logró ascender por una arista y cavar un agujero en la nieve, donde decidió esperar a que amainara el tiempo. Pensaba que sus compañeros harían lo mismo. Intentar el descenso en esas condiciones meteorológicas sería un suicidio. Habría que avisar por radio al equipo de rescate. Luego sólo vio la sombra de algo que se precipitaba al vacío.

—Y tú eres un desgraciado hijo de perra —le espetó Juan—. Nada más que un viejo y amargado hijo de perra. 

Los ojos de David se llenan de lágrimas. Acierta a decir algunas frases en voz baja. 

—Me pidió que lo asegurara. Unos segundos después, cuando acababa de colocar un seguro, a Óscar se le fue la nieve bajo los pies y cayó todo lo que permitía el largo de cuerda arrastrándome con él. El seguro se quedó en la roca justo antes de que pudiera pasar la cuerda por el mosquetón. En ese momento vi claro que caeríamos los dos por la ladera de la montaña sin poder hacer nada por evitarlo. Tuve que cortar la maldita cuerda. Tuve que hacerlo. 

Julia alza la vista bruscamente sin comprender y posa la mirada en la foto. Ahí estaban los tres, ante la legendaria montaña. Después clava sus ojos en los de Juan. 

—¿Que hizo qué? Juan, dime que no estás hablando en serio. ¿De qué está hablando? ¡Su arnés se rompió! ¡Eso me contaste!

David se pone en pie y se acerca a la ventana. Tiene los ojos enrojecidos. Relata ese instante en el que todo se detuvo. La cuerda se clavó en una pequeña arista de nieve y él y Óscar se quedaron cada uno colgando a un lado de ella como en un péndulo. Llamó a gritos a Óscar, pero no respondía. Se había golpeado contra la roca. La cuerda que los sujetaba no iba a resistir mucho tiempo.

—Estaba ya muerto —recuerda David—Y lo siento como el que más. Pero estaba muerto. Las muertes en la montaña son como fichas de dominó: una sigue a la otra a menos que pongas remedio. Ya no podía hacer nada por su vida. 

Un escalofrío recorre la espalda de Juan.  Las manos le tiemblan. Cierra los ojos y revive el estímulo del hielo, de la roca, la necesidad incontrolable de flotar, de sentir el viento y el silencio, de descender a los instintos más primarios. Se imagina a su amigo suspendido en el aire, malherido, respirando todavía antes de precipitarse al vacío.  Su rostro se contrae en una mueca de horror. La inercia imprime velocidad a su brazo y arroja su plato al suelo. 

—¿Cómo puedes estar tan seguro de que estaba muerto? —dice Juan. —Nunca lo sabremos. ¿Lo entiendes, David? ¡nunca!

Afuera la oscuridad es completa. Juan aparta la silla de la mesa. Saca los cigarrillos, sale a la parte de atrás con una copa de vino en la mano y se sienta en una silla del jardín. Julia deja su servilleta en la mesa y se levanta murmurando una disculpa para ir a hacerle compañía. 


Inma Perez Rocha


Charco rojo

Sara ese golpe no podía esperárselo. Canturreaba, mientras iba pedaleando en su bicicleta y disfrutaba del azul intenso que se insinuaba entre las ramas florecidas de los cerezos: una blanquecina explosión de primavera alcanzada.

Sara no oyó el ruido del coche, ni el frenazo inútil que no logró impedir el accidente. La bicicleta se estrelló contra uno de los cerezos blancos a la derecha del camino y, en cambio, ella voló hacia el lado izquierdo, dejando su cuerpo inmovilizado en un charco rojo que se ampliaba cada vez más.

El conductor del coche había huido y, con toda probabilidad, no llamaría al hospital. Sara se quedó boca arriba, la mirada enramada entre las flores blancas y perdida en el índigo del cielo, recordando.

Tenía trece años cuando su vida se hizo sangre por primera vez. No se esperaba un malestar tan fuerte: su madre le había explicado que no era una enfermedad, sino algo natural, pero esa cita en rojo cada mes la hacía caer en cama.

Sabía que también pagaría con sangre la maravillosa emoción de hacerse una sola carne con su amado. Era de día, en un hotel de montaña: por la ventana se colaba la luz azulada de la nieve sobre las cumbres y el pelo de Pablo parecía todavía más rubio. Eso sí, lo que su madre no le había explicado, era algo natural y solo le costó una gotita de sangre. Su vida se había hecho azul otra vez.

Volvió a hacerse sangre aquella mañana, dos días después del resultado positivo del test de embarazo: mientras desayunaba su té aromatizado con vainilla, sintió un golpe inesperado en su útero y la ropa interior y los pantalones del pijama se llenaron de un flujo de fracaso. Cuando volvió a casa del hospital, todavía había manchas rojas en el suelo de la cocina. Pablo le cubrió los ojos y la llevó a su cama de colcha azul.

Ya ha pasado demasiado tiempo, está claro que el conductor no ha llamado al hospital. Sara no logra levantarse para alcanzar su móvil que está en el bolso, que está en la cesta de la bicicleta, que está a cuatro metros de distancia. Pero dentro de poco Pablo empezará a preocuparse, y saldrá a buscarla, y seguro que la encontrará, porque él conoce muy bien los lugares por los que ella pasea en bicicleta. 

Y además, el charco rojo ya ha dejado de ampliarse.


Silvia Zanetto


El chico bueno

La máquina de discos brillaba y exponía sin vergüenza su mecanismo lleno de discos de 45 revoluciones en la pequeña sala. Alrededor había mesas y sillas de aluminio, la mayoría ocupadas por grupos de muchachas jóvenes que consumían sabiamente zumos de frutas u otras bebidas no alcohólicas. Siempre había mucha gente, los chicos estaban de pie junto al bar con la camisa ampliamente abierta y las chicas llevaban vestidos ligeros ajustados a la cintura. La falda en general era ancha, la hacían girar cuando bailaban. Porque se bailaba en este pequeño local abierto desde la hora de salida de las escuelas. Los jóvenes tenían apenas dieciséis años.

Ese día, el local estaba casi lleno, el humo era denso, se fumaba mucho y hacía calor. El jukebox no paraba de funcionar, la máquina se comía las monedas, las parejas bailaban sin parar, «Twist and Shout» gritaba John Lennon y todos bailaban furiosamente.

Una pareja en el centro de la improvisada pista de baile ocupaba todo el espacio; un chico guapo, bronceado, pelo castaño y corto, pantalones anchos, ojos marrones radiantes hacía girar a una hermosa muchacha en un boogie woogie llamativo. Ella llevaba una amplia falda negra que no paraba de revolotear al ritmo de sus zapatos deportivos, una blusa negra, cabellos negros recogidos hacia atrás, un gran mechón hacia delante enmarcaba un rostro pálido con labios rojos y sensuales. Poco a poco, los otros se detuvieron para admirar a estos bailarines acrobáticos y tan brillantes. La canción terminó, les aplaudieron y las chicas lanzaron gritos agudos.

La máquina de discos eligió oportunamente I Can’t Stop Loving You de Ray Charles. Un slow; María rodeó tiernamente con sus brazos el cuello de Carlos, apoyó todo su cuerpo movido por el ritmo, sobre el torso musculoso de su compañero. Le gustaba bailar con él, pero apenas lo conocía. Las clases aún no eran mixtas. Se habían conocido en la fiesta de la escuela, la danza los había reunido y desde entonces los dos se veían algunas veces en la Esquinada, el local que estaba cerca de la escuela.

Carlos no era como los demás, siempre un poco distante, no fumaba, no le interesaba el fútbol, normalmente no bebía, era un buen alumno y por eso no era apreciado por sus compañeros. El baile era algo diferente, su madre le había hecho tomar clases, eso le gustaba y se veía. Le encantaba encontrarse con María en la Esquinada, así podía bailar con una chica de su edad, y ¡qué chica! Ella tenía un cuerpo perfecto, flexible y firme, que también sabía acariciar, como ahora. Carlos tenía miedo de que se acercara a su pelvis. Ella iba a saberlo. A María no le importaba, su cuerpo no obedecía a nada más que a la música, pegado a Carlos se balanceaba lascivamente. Al final del disco, de puntillas, ella besó amablemente a su amigo, le dio las gracias y rápidamente saludó a sus amigas y se fue.


Unas semanas más tarde, Lena una rubia alta que se parecía a Brigitte Bardot por el fular que rodeaba descuidadamente su pelo levantado en un enorme moño entró decidida en la clase de literatura, seguida por un grupo de chicas de las que María también formaba parte. Carlos miró asombrado, cuando Lena se sentó a su lado arremangando su minifalda. Una sonrisa irresistible atravesó el óvalo perfecto de su rostro. Susurró:

—¿Me permites?

Carlos asintió con la cabeza mientras los chicos de la clase lanzaban silbidos. Carlos siempre estaba sentado en primera fila solo, las chicas se instalaron naturalmente junto a él en la parte delantera de la clase.

La profesora anunció que de ahí en adelante las muchachas participarían en la clase de literatura, lo que desencadenó otras reacciones desagradables. Ella pidió silencio, los muchachos se callaron, la conocían, no era tacaña con sanciones despiadadas. 

Mientras tanto, Lena había sacado un cuaderno, que parecía más un diario que una libreta. En cada página que hojeaba, se insertaba la foto de algún actor o cantante más o menos rodeada de flores y pequeños corazones de diversos colores. Abrió una nueva página, escribió la fecha y el título: “Curso de literatura” con su bonita escritura bien redonda y lo subrayó cuidadosamente con una regla. Se inclinó hacia él, un soplo de aire perfumado a verbena subió de su blusa.

—¿Me darías una foto tuya?, me gustaría dedicar esta página a mi nuevo compañero de pupitre. Una bonita en color, por favor.

Carlos la miró de nuevo, sin saber qué decir. Tenía el aspecto de una niña que había cometido una falta y que pedía perdón. La profesora lo miró con una mirada amenazadora. Era un hombre, así que solo podía ser culpable. Lena se enderezó con su orgullo inocente y le soltó con una mirada de reproche:

—Te esperaremos en la Esquinada después de clase.

Cuando Carlos entró, las cuatro chicas ya estaban sentadas en una mesa en el bar. Lena habló inmediatamente:

—Como puedes ver, todavía estamos vestidas como para ir a clase. A nuestros padres no les hemos dicho nada. Solo queríamos organizar una noche juntos para conocernos mejor, ahora que estamos en la misma clase y parece que tus amiguitos no nos aprecian. —dijo con una sonrisa carnívora. ¿Qué te parece este viernes a las ocho de la noche en este local, de vuelta antes de medianoche, por supuesto?

Carlos miró a María, ella giró la cabeza como para marcar su desacuerdo, Marta y Julia le dedicaron sus sonrisas impermeables. Él respondió que debía pedir permiso a su madre. Lena, que ya estaba de pie, soltó una carcajada espontánea y desvergonzada y lo besó en la boca.

—Hasta mañana, —dijo ella, y lo empujó hacia la puerta.

María la fulminó con la mirada.

—No lo trates así, Carlos es un buen chico.

—Eso es, quieres quedártelo para ti sola. ¿Es tu novio quizás? No. Bueno, pues la competición está abierta. Es un hijo de papá, uno de los mayores mercaderes de la ciudad. Nunca querrá a una chica como tú, una hija de nadie, la hija de un obrero.

María quiso abofetearla, pero su amiga Marta la retuvo. Entonces tomó su bolso y se fue dando un portazo furioso. Marta corrió detrás de ella.

La alcanzó fácilmente, era también muy deportiva. Un poco más adelante, María se detuvo y se sentó en un banco. Marta se unió a ella.

—¿Estás enamorada de Carlos? Es muy guapo, tengo que admitirlo.

—¡Nooo! Lo conozco de la Esquinada, bailamos juntos el boogie. Es muy fuerte, formamos una buena pareja.

—Vamos, no es verdad, veo cómo lo miras y lo defiendes.

—Está bien, me gusta, pero apenas lo conozco. Nunca me ha ofrecido un trago.

—Bueno, pero ahora sabes que Lena le ha echado el ojo.

María la miró un poco perpleja. Marta era más alta que ella, musculosa pero muy delgada. El pelo rubio largo, no era su color natural, por supuesto. Con los ojos marrones oscuros, no se podía decir que fuera hermosa, pero sí honesta y directa, muy agradable.  


La tienda de los padres de Carlos tenía dos entradas. En realidad, se trataba de dos casas que formaban un ángulo recto y que se unían por la parte trasera para formar un único edificio. La planta baja constituía así un gran espacio de venta. Por un lado, en la calle principal, los pisos residenciales por el otro las oficinas y el almacén. Era bastante importante, se vendían artículos de ferretería, accesorios y pintura para automóviles y utensilios domésticos. La empresa, que también funcionaba como mayorista en toda la región, pertenecía a dos hermanos y una hermana. Uno de ellos, el padre de Carlos, que se llamaba Luis, era el director y su madre dirigía las oficinas. Carlos, que era el mayor de todos los niños de la familia, era considerado por todos como el heredero. 

Entró por la parte de los enseres domésticos, en la calle más pequeña; las oficinas estaban justo encima. Subió de cuatro en cuatro las escaleras en espiral, desembocó en una gran habitación, su madre estaba en la esquina izquierda cerca de la ventana. Su oficina era un poco más grande que las otras; una enorme máquina que hacía las facturas llenaba el espacio. Elena era una mujer rubia alta y hermosa, se levantó al verlo llegar, abrió los brazos y lo acogió con efusión como si no se hubieran visto desde hacía mucho tiempo.

—Cuéntame todo —dijo ella sonriendo y echando un vistazo a su hermana Cristina que se había acercado.

Elena, por supuesto, le permitió reunirse con las chicas el fin de semana, pidió que le contara dónde estaba la Esquinada y le recomendó no sobrepasar la hora. 

—Ve a estudiar a tu habitación, nos vemos a la hora de la cena.

Apenas había salido, por un pasillo que lo llevaba a la otra casa, Cristina preguntó:

—¿Quién será esa Lena? Tal y como él la describe, tengo la impresión de que es la hija de esa perra de Gloria. No solo Luis anda por toda la ciudad con ella, sino que ahora es su hija la que corre detrás de tu hijo.

—¡Ah! Pero no va a ser así. Ya me ocuparé yo de ello. —decretó la madre de Carlos.


A la mañana siguiente era jueves, después del recreo había clase de literatura. Las chicas ya estaban en clase; Lena acogió a Carlos, con un vestido corto y con sonrisa de propietaria, se levantó para hacerlo pasar y le dio, de paso, un beso sonoro. Carlos notó la ausencia de Julia, y encontró la explicación abriendo su cuaderno.

“Carlos, tengo que ausentarme por razones médicas. Me dicen que eres el mejor estudiante de literatura. Por supuesto que sé dónde vives, me permitiré pasar a verte esta tarde, para que me actualices. Gracias de antemano”.

El billete estaba escrito cuidadosamente con una pluma en una media hoja de cuaderno que ella había deslizado en el suyo. En el fondo se sentía halagado, nunca ninguno de sus compañeros le había pedido un servicio de este tipo y además estaba contento de que fuera una chica.

Después del almuerzo, que había tomado con su tía Cristina y su hermano, —su madre ese día estaba de viaje —, Julia se presentó. La muchacha de servicio la hizo entrar en el salón. Causó una buena impresión a su tía. Llevaba pantalones negros que llegaban hasta los tobillos y una camiseta del mismo color. Con su corte de pelo, parecía muy varonil. Su tía hizo servir el café a Julia y subieron juntos al piso donde tenía su habitación. Julia lo precedía, no pudo dejar de percibir que su cuerpo y el perfume natural que desprendía le hacían efecto. 

Cuando Julia entró en su habitación, se detuvo bruscamente y Carlos, que no lo esperaba, la atropelló como un coche que había frenado bruscamente delante de él. Se retiró ruborizándose. ¿Se había dado cuenta del estado en que se encontraba? Miró la pared de su habitación como si entrara por primera vez.  Una gran reproducción surrealista de Dalí cubría en gran parte el muro delante del cual estaba instalado su escritorio: Sueño causado por el Vuelo de una Abeja alrededor de una Granada un Segundo antes del Despertar. Esta obra le gustaba especialmente, pero no era la única, Delvaux y Magritte también estaban presentes, muchas desnudeces, sobre todo femeninas a veces provocantes. Fue su madre Elena quien le transmitió el gusto por los surrealistas, lo llevó a sus exposiciones y le ofreció hermosas reproducciones para decorar su habitación. «A su edad, es mejor esto que esas horribles revistas que circulan entre los adolescentes», le dijo a su hermana.

—Tienes buen gusto, —dijo Julia con los labios apretados.

Carlos tomó el cuaderno de notas de su maletín, se lo entregó, y luego se sentó a su lado. Ella lo miraba, con el pecho bien erguido, sus pezones apuntaban bajo su camiseta. Abrió el cuaderno, en la primera página había un cuarteto:

Ella vuela, su cuerpo ardiente vuela, vuela
Mis brazos la reciben como una alcoba
Ella baila como una loca, se arremolina
Y la música para, mi corazón a volar se echa.

Julia, lo leyó. Desconcertada, lo releyó de nuevo. Carlos pasó las páginas hasta dar con la lección por estudiar. 

—Victor Hugo, exclamó Julia, —Notre Dame de Paris. ¿Te gusta? Es mi favorito.

Y sin más preámbulos, recopiló cuidadosamente las notas, hizo muchas preguntas. Evidentemente, Carlos ya lo había leído y tenía respuestas para todo. Julia tuvo que admitir que sólo conocía la película. 

Ella lo miró un largo rato, se levantó, se acercó al Elogio de la melancolía, de Delvaux que desvelaba impúdica a una mujer abandonada. Se impregnó de su triste mirada, se volvió hacia Carlos, le dio un beso en la comisura de los labios y se despidió.


Marta se echó a reír cuando Julia le contó al día siguiente su cita con Carlos. Ella llevaba su traje deportivo de entrenamiento, muy ajustado, su vientre al descubierto, y las nalgas levantadas por una braga reforzada para tal fin.

—Carlos está enamorado de María, dijo segura. Pero es su madre la que llena su habitación de Delvaux, hay que verlo para creerlo.

Salió corriendo y volvió a decirle a Julia.

—Veré si lo encuentro en el parque, no podemos dejarlo a merced de Lena.

Los grandes castaños que protegían el recorrido emitían un susurro que marcaba el ritmo de su carrera. Sus largas piernas funcionaban a pleno ritmo, su cuerpo parecía tensarse en el esfuerzo, su piel brillaba de sudor. Fue entonces cuando lo vio, él también corría, una camiseta sin mangas demasiado ancha flotaba alrededor de su torso desnudo, estaba sincronizado con ella, sentía su corazón latiendo con el suyo. Ella se reunió con él y corrió un momento a su lado, luego ambos desaceleraron, se detuvieron, y sin decir nada le pasó los brazos alrededor del cuello, pegó su pelvis contra la suya, apretó, apretó hasta sentir la satisfacción que no hizo más que unirse a la suya. Él quiso besarla, pero ella lo rechazó con sus palabras.

—Las mujeres también deseamos a los hombres. Una mujer enamorada espera un gesto.

Y se fue corriendo.


La Esquinada a las siete estaba casi vacío. La escuela los viernes terminaba mucho antes. Los jóvenes volvían a casa para ir a cenar y salían después. Hacia las ocho empezarían a llegar. Nadie prestó atención a dos jóvenes mujeres que entraron resueltamente. Las habrían tomado por gemelas, cada una vestida con un pequeño vestido recto tipo Chanel hasta la rodilla. Eran Elena, la madre de Carlos, y Cristina, su tía, ambas llevaban una peluca castaña y unas grandes gafas oscuras en forma de corazón. Se instalaron en un rincón cerca de la puerta de entrada, desde donde veían todo. Si no fuera porque tenían otro interés, se habrían lanzado a bailar. 

Pronto llegaron las primeras chicas. Era como estar en Carnaby street. Cada vestido más corto que el anterior. Julia y Marta llegaron juntas y ocuparon la mesa estratégica que habían reservado cerca del jukebox. Marta llevaba un pequeño vestido recto muy corto de color amarillo, su pelo levantado en un top de moño como estaba de moda. Su vestido tenía una gran apertura en la espalda, ella había renunciado sin problemas al sujetador. Julia había elegido una pequeña falda escocesa plisada que escondía muy poco de sus bragas cuando se movía. Tenía el pelo corto y su blusa era blanca y muy transparente. 

Un poco más tarde, hizo una entrada espectacular una joven de abrigo blanco, corte Courrèges, es decir, en forma de trapecio, el pelo marrón oscuro con forma de casco, una peluca por supuesto. Abrió su capa con las dos manos, la dejó deslizar por detrás de ella como lo hacen las modelos, descubriendo así un vestido blanco, trapezoidal y muy corto con tres enormes círculos transparentes a un lado que dejaban claramente entrever el nacimiento de los pechos y las curvas de la cintura y de las nalgas.

—Es Lena, —dijo Elena a Cristina a media voz. —¿Cómo ha podido conseguir ese vestido de alta costura? Esta vez no será Luis quien pague. —Añadió. Controlo todos los gastos bajo la supervisión del consejo de administración. La hermana y el hermano probablemente no estarán de acuerdo en pagar este tipo de locura a la favorita del momento.

Lena se dirigió inmediatamente a la mesa de las chicas, puso el abrigo sobre la silla y sin saludar se instaló delante de la máquina de los discos y se puso a estudiar la lista de títulos. Eligió Let’s Twist Again de Chubby Checker y otros del mismo cantante. El acorde inicial no dejaba dudas, era un twist, y el espectáculo comenzó. Los chicos que arrastraban su indolencia hacia el bar, se fijaron en la chica y sus ojos parecían salirse de las órbitas, luego uno de ellos se sumergió en el ritmo incandescente que también desencadenaba a Lena. Su vestido descubría por instantes la orgullosa belleza de su cuerpo. Pronto todos bailaron a su alrededor como los adoradores de una divinidad pagana africana.

Elena estaba furiosa, quería levantarse y luchar contra la vil bailarina que parecía desafiarla. Cristina la retuvo imperiosamente. Por otra parte, Marta y luego Julia habían dejado su asiento para mezclarse con el grupo de los machos y ofrecer, en esta especie de Sagra della Primavera que Béjart habría actualizado, otros cuerpos femeninos a la concupiscencia de los machos.


María había esperado hasta el último momento para prepararse. No sabía si debía ir a la Esquinada. Le encantaba bailar con él, pero esta noche no sería como las pequeñas escapadas después de clase, cuando se encontraba exhausta en los brazos de Carlos después de un boogie desenfrenado. Ya se imaginaba cómo se vestiría Lena, sería escandalosamente sexy. Acapararía la atención de todos y la de Carlos ciertamente. Marta le habría contado todo, no se resistiría.

Se puso unos simples pantalones vaqueros con una blusa corta y zapatos deportivos, salió y se dirigió hacia el parque. No, no iría, no competiría con las otras chicas y menos con esa estúpida Lena, para seducir a ese chico. Era simpático, por supuesto, bailaba como un Dios y era atractivo, eso tenía que reconocerlo …

Se sentó en un banco que parecía tenderle los brazos, acogerla como un tierno amante, quería pasar con ella una velada romántica bajo un cielo de terciopelo morado para escuchar las confidencias demasiado íntimas que su conciencia no quería desvelar.

Las estrellas brillaban en el cielo de sus pensamientos, el poema, las pinturas, Dalí, Delvaux, Victor Hugo, la carrera, … todo lo que Marta le había contado y que no hacía más que aumentar la confusión de sus sentimientos.

Percibió una sombra detrás de ella, se volvió, una sonrisa la miró, y simplemente le dijo:

—Vamos a ir juntos.


Alguien había elegido algunos lentos para interrumpir la cadena interminable de twists, las parejas se formaban, la música lenta favorecía los acercamientos. Julia bailaba de cerca abrazada a un chico guapo que según ella se parecía a James Dean. Ella no parecía intencionada a soltarlo. Marta, que todavía no había dado con la horma de su zapato, había vuelto a la mesa donde discutía con animación con Lena que decía:

—¿Dónde están, por el amor de Dios? Ya son las nueve y no están aquí, ninguno de los dos. ¿Qué significa eso? No me gusta.

No era la única que se preocupaba. Elena interrogaba a Cristina:

—Cristina, ¿dónde está Carlos? Salimos temprano para venir aquí. No pensé que llegaría tarde.

De repente, la puerta se abrió, María entró con Carlos, se tomaban de la mano.

Carlos reconoció a su madre al momento, la fusiló con la mirada y acompañó a María a la máquina de discos. Introdujo las monedas y los códigos que conocía de memoria. No miraron a nadie, y se volvieron hacia la pista que se vaciaba lentamente como para dejarles sitio.

Tres acordes de guitarra marcados por la batería como un signo de interrogación, y la voz de color miel del gran Elvis se desató en un Jailhouse rock infernal. Carlos y María, como si hubieran recibido una descarga eléctrica, se pusieron a saltar sostenidos por el ritmo infernal de la canción, él la hacía piruetear en la punta de su brazo, la volvía a atrapar por la cintura, la relanzaba, la recogía para deslizarla entre sus piernas y la levantaba bajo los aplausos, sin parar de saltar brillantemente. Todos en el bar se habían levantado y los miraban con entusiasmo.

Lena gritaba. Estaba furiosa, se lo habían robado. Esa perra, esa María, le había robado al chico que había elegido. Tomó una silla y con todas sus fuerzas la arrojó a las piernas de la bailarina. 

María se desplomó, Carlos se precipitó. Elena se abalanzó sobre Lena, la abofeteó varias veces y la empujó fuera. Ella corrió hacia su hijo, pero él no tenía ojos más que para su María, a la que sostenía abrazada.

—Mi amor, mi amor, —le gritaba Carlos aterrorizado a María que parecía no verlo. Entonces le dio un largo, largo beso de amor. 

María cerró los ojos y se lo devolvió pasionalmente.


Jean Claude Fonder


Estupenda criatura

Alain Delon

Querida Ceny, no sé si aún crees en los cuentos de hadas, pero a mí, ayer, me sucedió algo superincreíble. 

A mi madre le ha tomado la locura de hacer tartas. La culpa es de un cocinero guapetón que aparece en la TV cada semana en «clase de tartas». Así que a mí me toca, cada viernes, llevar una tarta nueva a mi abuela. Tú sabes que esa vieja loca vive en aquella absurda, ridícula casita en el bosque. ¡Que aburrimiento!  Cuando llegué frente a la casa vi aparcado el «SUV» de Rafael. ¿Te acuerdas de él? El cazador ¡Gran pendejo! Dejé el canasto ante la puerta y me fui.

En el camino de regreso por el bosque encontré al lobo. ¡Dios mío que estupenda criatura, piel de plata, ojos de oro! Se me acercó, me besó la mano (verdadero «gentelman»). Hablamos un poco de esto y de aquello. Me confesó que tenía una vida difícil debido a los pastores. Se quejaban por la pérdida de uno o dos animales. Aunque el ayuntamiento les reembolsaba por cada pérdida. Cerca de mi casa nos despedimos.

—¡Si quieres nos vemos el próximo viernes —dijo —a las tres! 

Ceny, tengo que irme, mamá está llegando. Besitos.

rujta@fabula.com

¡Querida, que estupendo encuentro, espero en su continuación! Besos.

ceny@fabula.com

Querida Ceny. No sé si tengo la forma adecuada para expresar lo que me sucedió. Después de haber dejado el canasto bajo la puerta de la abuela (siempre estaba el pendejo), me encontré con el lobo en el bosque. Experto entendedor del lugar, me mostró un sitio maravilloso. Una pequeña catarata que caía en un lago de cristal. 

Hacia calor. Me desnudé y me sumergí en aquella agua esmeralda. Lobo también se sumergió. Reímos, jugamos. Yo monté sobre su espalda como si fuera un caballito de mar. Después me tumbé sobre la hierba, feliz, desnuda y mojada.

Lobo, con su lengua áspera y suave, empezó a secarme. A medida que su lengua recorría mi cuerpo, sentí mis pezones endurecerse. Cuando su lengua llegó a mi entrepierna, mi mente se perdió. Miles de hormigas bailaban en mi vientre, mis piernas temblaban.

Lobo se paró. Me miró en los ojos y, sin una palabra, me dio mi camiseta y mis vaqueros.

¡Pero yo lo vi! ¡Entre sus piernas tenía una llama roja como las llamas del infierno!

No tengo mucha familiaridad con los sexos varoniles pero lo que Don Santiago, años atrás, durante la confesión, intentó mostrarme: una salchicha hervida sin color, ¡nada que ver con lo del lobo!

Hasta pronto Ceny. Besos.

rujta@fabula.com

Te lo ruego Rujta, no me dejes sin tu historia con el lobo. ¡Que envidia!

Besitos

rujta@fabula.com

¿Qué tal Rujta? ¿Por qué no me escribes? 

rujta@fabula.com

Hace semanas que no me escribes. ¿Por qué? 

ceny@fabula.com

Querida Ceny, hace tres semanas por la tarde, oí un gran ruido. Un coche a toda velocidad tocando la bocina, recorría las calles del pueblo. Me asomé al balcón. Lo vi pasar. Era él. El Cazador.  Sobre el techo tenía estrechamente ligado con cuerdas el cuerpo ensangrentado de mi lobo. ¡malditos asesinos! Yo me acerqué. Su lengua ensangrentada saliendo de su boca. ¡Malditos asesinos!

Me quedé paralizada, incrédula, incapaz de hacer cualquier cosa, excepto huir, huir, huir, para llorar por esa estupenda criatura. Perdona Ceny me faltan las palabras. No es fácil hablar de un dolor.


Iris Menegoz