Juegos

Línea de metro roja, destino Bisceglie.
Nueve de la tarde de un día de marzo.
El vagón está casi vacío. Me siento cansada y un poco triste como siempre cuando regreso a mi casa por la noche.
Frente a mí está sentada una familia de cuyos rasgos deduzco sea hispanoamericana.
Un joven padre, una nena de unos tres años, preciosa, con carita seria, concentrada en un juego electrónico. Cerca de ella un hermanito de unos seis años. Gordito con gafas de miope. Enganchada a él, la madre le susurra preguntas de aritmética.
— ¿Siete más tres?
El chico muy serio cuenta con sus dedos gorditos y un poco pegajosos.
— ¡Diez!
— ¡Bien!
— ¿Cuatros menos uno?
— ¡Tres!
— ¡Bien!
— ¿Siete menos dos?
Siempre contando muy concentrado, la mirada del chico se cruza con mi mano que marca cinco.
— ¡Cinco!
— ¡Bien!
El juego ha empezado entre nosotros. Mamá no se da cuenta. Papá sí, y sonríe.
— ¿Cinco más cinco?
Un vistazo a mis manos y un rápido
— ¡Diez!
— ¡Bien!
— ¿Cinco menos tres?
— ¡Dos!
— ¡Bien!
El juego sigue hasta mi parada. Me levanto. Mamá y papá me sonríen, el chico me dice "chau". Solamente la nena sigue jugando con su juego electrónico. Quizás piensa:
«¡Qué raros son los mayores, se divierten con juegos tan bobos!»

Iris Menegoz

Se subió al tranvia

— ¡Síguelo! ¡Síguelo!, —dijo ella en un grito desesperado de dolor y rabia a la salida de la estación de trenes llena de gente, que la miraba sin detener su paso, apresurados por llegar al trabajo, poco después de las 08.00 de la mañana.

Él, que más adelante buscaba un lugar tranquilo para apoyar las maletas y tomar desayuno, no entendía nada, no sabía qué estaba sucediendo… ¿a quién debía seguir? ¿Por qué su mujer gritaba? Ella, para entonces había abandonado las maletas y estaba desesperada en medio de la multitud como si le quedaran segundos de vida a ella y al mundo. 

—¡Deténganlo! ¡Por favor, deténganlo!

El joven sube al tranvía que en ese momento pasaba, enfilándose disimuladamente entre los pasajeros mete la cartera de la mujer dentro de una liviana bolsa oscura. Sentado algo tembloroso, esconde sus ojos detrás de los vidrios, convencido de que nadie lo nota.

— ¡Paren el Tram!! —fue el último de sus gritos, antes de aterrizar en el pavimento con su cara, solo entonces los curiosos se detuvieron y la rodearon, mientras su marido miraba la escena como quien mira un film desde el diván de su casa.

— ¡Una ambulancia!! ¡Una ambulancia!! —repetían las voces mientras permanecía detenida la fornida máquina, de igual forma que en otros horarios del día se escuchaba la música, con melodías que variados artistas ofrecían a cambio de monedas de euro de regalo.

— Bájate, —le dijo un anciano con voz de mando y continuaron uno a uno a insultarlo… al muchacho no le queda otra alternativa que bajar del tram y caminando en frente de las acusadoras miradas devuelve la cartera a la señora. No importa la cartera dijo ella, cuando desde el tranvía comenzaron los disparos.

Pamela Ortega

Riesgo asíntota

 

Lo que estoy escribiendo… podría no ser realidad.

Recuerdo, aquel invierno. Aprendí a fumar.

Los vicios, todos son malos; pero no cabe duda de que la soledad es también parte. De consejera; nos dice que probablemente es necesario, joderse el cuerpo, ya que con el alma no se puede. Por eso, escribo esto, sin procurarme cuaderno ni lápiz. Los sesos están trabajando a mil. 

(Necesitaba llegar, por eso subí) Por las ventanillas, cuando el verde captura la vista, voy hacia atrás.

— ¿Hijo, ves esos carriles?… son rezagos de un tiempo.

—¿ Cuáles, papá? ¿Cuáles… ?

— ¡Qué buenos tiempos! Recuerdo cuando sentado en la acera soñaba con subir; ser de aquellos que saludan desde el trencillo (parecía un tren). Todavía, cuando miro estas calles, lo veo pasar, repleto de gente. Vi a tu abuela subirse a uno, creo que por eso la conocí. Le pregunté:

 — ¿Cómo era por dentro? ¿Qué rutas hacía en la ciudad? ¿Cuánto costaba el boleto? 

—Mi papá es el conductor, respondió.

— ¿Cuáles, papá… ?… ¡abuelo, abuelo!!

— Dime hijo.

— Olvídalo, no es nada. 

El carente aire, que se perdía, recupero la realidad. La siguiente parada, era la última. Estábamos en el centro, donde los parques no continuaban. La ciudad se comía el tiempo, dejando nostalgias rotas. No, quise bajar. 

— ¿Es terrible?… ahora, entiendo. Abuelo, nada ha cambiado, ni dentro ni por fuera.

— Si cierras los ojos, aún puedes sentir el olor a madera, a veces puedes sentirte. Sentir que tú te subiste, aquí conmigo, donde el recuerdo es más fuerte. Donde los vicios, no pueden con el cuerpo, ya que en primera línea el alma hará más fuerte la vida.

— ¡¿ Abuelo, qué pasó?! … llegaste, al fin llegaste, hijo.

— ¡118, 118! ¡Ayuda! Hombre, tranvía… ¡no respira, ayuda!

Luis Martin Ghiggo

Primer día

 

Un día de invierno mientras me trasladaba en el tranvía rumbo al trabajo me vino la nostalgia, el recuerdo que me acongojaba y no quería escapar de esa paradoja que está muy dentro de mí, como lección de vida.

Primer día de clases para mi bebe, yo un poco exaltado por saber cómo reaccionaría mi dulce niña en la escuela. Curiosamente mi vecina también llevaba a su niño por primera vez, aunque él era un año mayor.

En el camino, deshojando un poco los nervios íbamos conversando y ella (mamá del niño) me decía irónicamente: hoy tu hija no se queda, veras que va a llorar y luego se reía a carcajadas; durante el trayecto a la escuela me repetía constantemente, yo simplemente me mordía las muelas con tal de no ser grosero.

¡Aleluya! Llegamos a la escuela, parecía una primavera encantada, un recital de nunca acabar; después del cántico de las golondrinas es lo más hermoso que he escuchado, niños gritando, corriendo de aquí para allá.

Nos presentaron el aula, la maestra, todo bien hasta ahí; con un poco de temor me despedí de mi hija al igual que ella hacía lo propio con su hijo, cuando salíamos del aula mis lágrimas no resistían más, mi niña me miraba con su angelical sonrisa y justo cuando quería configurar ese inolvidable momento… exploto la bomba, con un grito que resonó más allá de las paredes de la escuela el hijo de mi amiga comenzó a llorar desesperadamente rogándole a su mamá que no le vaya a dejar, fue tanto el laberinto que formó que a la profesora no le quedó más remedio que dejarlo andar.

Creo que la moraleja se sobreentiende, gracias por escuchar una parte de mi historia familiar

Luis Alberto Prado

El último tranvia

Deseaba subir una última vez a ese tranvía n. 23. Fue a la parada mientras el tranvía iba acercándose. Era uno de los nuevos, largo y de color amarillo y blanco. El hombre, muy mayor, se preguntaba qué era ese tren, él estaba esperando EL TRANVÍA, el de color verde, el que tenía un sólo vagón, el que había utilizado durante muchos años. Pero, verde o amarillo ¡qué más da! Subió y descubrió que todo resultaba muy distinto de lo que recordaba. Comparó el tranvía a una Babel donde todos parecían hablar solos y donde los demás se veían obligados a escuchar asuntos ajenos. Además, los estudiantes habían puesto sus mochilas en el pasillo, dificultando el paso, comían bocadillos y jugaban al mismo tiempo con algo que él no podía identificar, el iPad. Nadie le hacía caso. No tenía billete, si subía el controlador lo iba a pillar; ¡al diablo! Le daba igual. Tomó asiento cerró los ojos, apoyó la cabeza en la ventanilla y se dejó llevar por la oscilación rítmica del tranvía como en un ir y venir del pasado al presente. Pronto se quedó dormido. Soñó con el taquillero que vendía el billete, ese pequeño rectángulo de un sutil papel rosado, soñó con el tranvía de los bancos longitudinales de madera, de espaldas a las ventanillas, con los pasajeros sentados cara a cara escrutándose minuciosamente. No despertó al acabarse el viaje, se fue así, cumpliendo su deseo en un tranvía de los nuevos.

Raffaella Bolletti

El tranvia de Opcina

Todo estaba listo el día de la inauguración, el alcalde había dado una rueda de prensa sobre el hecho de que habían renovado una de las líneas más antiguas de Europa. Todas las autoridades presentes, dos escuadras de representantes de las fuerzas armadas con uniforme de gala, penachos de oro como si fuera una llamada a las armas. Coraceros enviados por el Presidente acompañaban al Viceministro de Asuntos Exteriores, la banda militar de música empezó a tocar. Se manifestó un gran agradecimiento con una ovación dándole las gracias una vez más. En el tranvía la gente llevaba puestos atuendos ceremoniales, rosas rojas, serpentinas, trompetas de papel, brindando con champán ofrecido por el Consejero Regional de Transporte, era la temporada de carnaval. 

— ¡Señoras y señores, el himno nacional! Desearía pedirles que rindiéramos homenaje a la bandera, guardando un minuto de silencio. 

Todos se pusieron en posición de firmes, formados y callados. 

— ¡Mueva ese trasto! —Gritó uno.

El jefe de estación silbó la salida del tren que, arrancando, resoplando, empezó a moverse. Hizo unos metros y después se paró. El maquinista ferroviario bajó de inmediato agitando un gorro, la locomotora recién reformada estaba estropeada y además no entendían el motivo del descarrilamiento. Necesitaron cinco horas para sacar un hombre pordiosero destrozado entre los dos raíles; mientras tanto la gente se había ido ya.  

Luigi Chiesa

En el tranvia

Cuando salgo de casa, ya está en la parada. Acelero el paso para no perderlo. Es un modelo muy reciente, se parece a los viejos “jumbos” de color naranja, enormes y macizos. Éste es más fino, más esbelto y de color beige y amarillo, pero todavía hay que subir a bordo. Lamentablemente los tranvías de piso bajo, en Milán, son mal concebidos. Son más fáciles para los mayores, pero la gente prefiere la madera de las banquetas en los antiguos tranvías que deambulan nostálgicamente. Son cada vez más numerosos en la ciudad.

Por suerte, y aunque estemos todavía en hora punta, encuentro un asiento y tomo mi móvil. El trayecto, creo, será largo. Miro a mi alrededor y veo que no soy el único. Casi todo el mundo tiene un smarphone en mano. Uno habla sin pudor al teléfono, otros escuchan la música manifiestamente rítmica. Algunos, chicas sobre todo, chatean febrilmente con dos manos, muchos, los hombres esta vez, se ensañan con juegos tristemente banales. Otros hacen desfilar las entradas de las indispensables redes sociales. Yo leo.

¿Qué hacían antes? La misma cosa por supuesto, el móvil existe desde hace mucho tiempo, los lectores de casete o de CD también. No faltaban los periódicos, gratis o no, los hombres subyugados por el fútbol, las mujeres por los cotilleos. Algunos, sobre todo las mujeres, a pesar del estorbo leían un libro, por otra parte hoy, lo hacen todavía. Además, desde siempre hablan, y hoy lo hacen enseñándose algo en el móvil. 

Desde siempre un salón  animado que recorre alegremente la ciudad.

En el metro van a asfixiarse, en el autobús corren el peligro de estirar la pata. 

¡Tomemos el tiempo, tomemos el tranvía!

Jean Claude Fonder

Una foto enmarcada

He tenido que venir al dentista, obligada por un maldito dolor de muelas…  

“Póngase cómoda, el doctor llega enseguida” me dice la enfermera, y se va. 

Pero yo no me siento cómoda para nada. Observo mis piernas cruzadas sobre la butaca, los arneses infernales que me rodean, las cortinas de un blanco grisáceo que cubren la única ventana, y las manos se me retuercen.

Hay también una fotografía enmarcada, colgada en la pared, es una imagen en sepia del Milán de hace un siglo: un tranvía pasando por la plaza de la Scala. Un grupo de señoras pasean con  sombreritos de plumas, barriendo el suelo con sus largas faldas, los señores llevan trajes negros y sombreros hongos o de copa.

Una señorita de blanco sube al tranvía, los ojos le parpadean, le tiemblan un poco las piernas: es la primera vez que va sola. Un joven de bigotes se fija en su rostro de muñeca y en sus pestañas negras y se le escapa una sonrisa. Ella se entera e inmediatamente se da la vuelta. Busca un asiento, pero no hay: su boquita se cierra en una mueca de contrariedad. El joven se dirige educadamente a ella y le pregunta si quiere sentarse. El rostro de muñeca se pone rojo y, por supuesto, como en una novela rosa, se le cae un pañuelo de encaje y él se lo recoge…

“Buenos días, señora!”  me dice alguien que lleva una bata blanca.

Es el dentista.

Silvia Zanetto

Los planes del tranvia

Mauricio Zafra viajaba en el tranvía hasta Madrid. Iba con el maletín encima del regazo, bien cerrado. Dentro, rígidos, los folios ordenados con imperdibles y grapas. Su cuerpo recto, erguido, preparado para saltar a cada traqueteo del gigante rodante, dentro de un traje gris que sujetaba el todo.

El primer paso fue el sí del alcalde, el primer sí en la vida de Mauricio. El pequeño de los Zafra, una familia venida a menos de Melaza, un pueblo venido a nada donde con 4 hermanos mayores ninguno tenía un sí en la boca para él, un don nadie. Cuando murió el padre, se abrió su camino en la empresa de un tío afincado en el norte, un esclavismo velado por la protección que se le ofrecía. Los planos, diseños, documentos y permisos se convirtieron en su hábitat, su piel se tornó del mismo blanco sucio de los folios, y su físico ya maltratado, era puro papel ennegrecido.

Cuando volvió a Melaza, todo seguía igual: un pueblo blanco, sin industria, sin movimiento, sin máquinas… todo por escribir. Para los ojos pueblerinos el joven Mauricio era un misterioso partido que prometía. Lina le apuntaba con dos faros verdes en una puesta de Sol. Mauricio había diseñado todo el trabajo con el objetivo de ver las estrellas entre esos faros, los había presentado con el cuerpo temblando, con un fuego de grandeza esperanzada.

Plantearlo ya era un triunfo, el sí del alcalde lo había entronado. Era alguien finalmente, alguien que se podía amar. Antes de partir fue frente a una casa, esperó por unos ojos y le dijo a un oído. —Voy a Madrid, te traigo el tranvía.— Los faros brillaron como nunca, brillaron de un amor correspondido y brillaron tanto o más cuando supieron que el gigante crujió rompiendo los papeles en pedazos de Mauricio. Brillaron tanto que  quedaron fundidos con un suspiro. 

—Me traías el tranvía y te llevó él por el camino.

Higinio Rodríguez

El viaje a los orígenes del “tano” Dal Masetto. (segunda parte)

”…desde el fondo de los años, llegaban fuerzas que nos habían sido dadas, mensajes que nos habían sido transmitidos…que estaban en nuestra sangre desde entonces.»

Antonio Dal Masetto

¿Existe un vínculo entre el “nóstos” de Ulises y la nostalgia del Paraíso perdido? Creo que ambas imágenes nos pertenecen, casi que como miembros de la cofradía humana lleváramos imprimido en el alma el sello existencial del desarraigo.

Volver a “la tierra de uno”, lugar perdido y en buena parte idealizado. Pero en esta contemporaneidad hecha de migraciones, exilios y transnacionalismos la pregunta que surge inevitable es: ¿Volver adónde? Desde esta óptica el retorno a los orígenes adquiere nuevas representaciones que problematizan los conceptos de memoria e identidad.

Estos temas, como les comentaba en la entrega anterior, son encarados por Dal Masetto en su trilogía ambientada en Italia: “Oscuramente fuerte es la vida”, “La Tierra Incomparable” (ambas reunidas bajo el título “Los relatos de Agata”, Sudamericana, 2011) y “Cita en el lago Maggiore” (2011). 

La primera novela es un viaje en los recuerdos de la protagonista. El regreso se configura en un espacio interior, preservado por la memoria individual.: “Ahora que me acerco a los ochenta y también soy abuela, en esta tierra de llanuras y horizontes abiertos, en este otro pueblo de provincia donde vivimos desde que llegamos a la Argentina después de la guerra, sigo pensando en aquellos paisajes y en aquella gente con el asombro de quien, cada día, encuentra en su memoria una novedad.”

La voz narrante de la anciana reconstruye, con paso lento y constante, el mundo de los orígenes en aquellas regiones del norte de Italia, desde su nacimiento en 1911 a la segunda posguerra. Recuerdos que se encarnan poéticamente en el cuerpo metafórico de la casa, en el incesante fluir de las generaciones, en la solidez de la tierra, y en aquello que, a pesar del fascismo, las guerras y la dura existencia, aparece como la única laceración irreparable, la emigración: “Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos.”

¿Pero cómo hacer para que esta memoria no se cristalice en las formas del mito, para que no se convierta en una mera queja nostálgica y engañosa? Este es el tema de la segunda novela de la trilogía, “La Tierra Incomparable”, ambientada en la última década del siglo veinte. 

Agata ha apenas cumplido los ochenta. La encontramos dedicada a los quehaceres domésticos mientras un deseo obsesivo le ronda por la cabeza, un deseo que ha permanecido latente a lo largo de cuarenta años de lejanía y que ahora, transformado en impulso adquiere la forma concreta de la palabra: “Me voy a Italia”, anuncia la mujer ante el desconcierto de hijos y nietos. La decisión da inicio al desplazamiento geográfico de la protagonista y al consecuente impacto entre memoria y realidad. 

De ahí en más una serie de peripecias, expectativas, desilusiones, renovado desamparo y nuevos encuentros, harán del viaje de regreso un verdadero camino de transformación de la protagonista. Pero no quiero develar los pormenores. A ustedes el gusto y la emoción de la lectura de esta trilogía que se concluye con “Cita en el lago Maggiore”, novela que encara las nuevas formas de la migración y del regreso a partir del diálogo  generacional entre un padre, representado por el personaje del hijo de Agata de vuelta a su pueblo italiano, y su propia hija, una joven argentina que emigra a España a inicios del nuevo milenio. 

¿De qué identidad hablamos? ¿Volver adónde?, nos preguntábamos al inicio.

Con prosa sobria y marcada Dal Masetto parece develar las pautas para la construcción de una memoria dinámica y poliédrica, capaz de dar nuevos sentidos al presente. Un espacio, no ya individual, sino colectivo, arraigado en esa zona inestable que es el cruce entre generaciones, idiomas, experiencias distintas. Memoria que, como un río, es un fluir incesante de vivencias y significados que pueden actuar como señal de alarma contra las sombras, siempre en acecho, del peor pasado. 
Memoria que es también escritura, afán de enraizar el hoy en aquello que, más allá de nuestra voluntad, llevamos como herencia, aquello que desde adentro nos modela, que no cesa jamás de interrogarnos y que a su modo nos pasa siempre la cuenta, seamos conscientes de ello o no.

Para despedirme les dejo un poema que recibí días atrás de Ángela Pradelli,  escritora argentina y buena amiga del “tano”, a la que agradezco por este inédito escrito en Luino, lago Maggiore, el 3 de noviembre de 2015:

Ayer partiste, Antonio,
ahora me queda para siempre
tu último mensaje;
yo estaba en Luino,
frente a tu Lago Maggiore
y te escribí para contarte.
Tu respuesta llegó
tan rápido:
Tendré que volver al Maggiore, dijiste,
me gustaría sentarme al atardecer en la orilla,
y dejar que anochezca y que las horas pasen
y no pensar. Ayer te fuiste, Antonio.


Audiovideoteca de Buenos Aires: 

Obra en Construcción. Los escritores cuentan los secretos de su trabajo. Antonio Dal Masetto. Buenos Aires, febrero 2005  Segunda parte.


Adriana Langtry

La foto

Mujer con Espejo
Fernando Botero

—No quiero que me saques una foto —decía mi amiga Pauline cada vez que mi objetivo se dirigía hacia ella.

No era delgada y no deseaba verse ni que la vieran. En su casa no había espejos, excepto uno pequeño en el baño para lavarse los dientes. No siempre la obedecía, me parecía muy fotogénica y la encuadraba desde un buen ángulo para coger su expresión sin mostrar las redondeces que no quería que revelara. Al final no me lo reprochaba, le gustaba verse en las fotos que sacaba con nuestros amigos cuando nos veíamos en alguna fiesta. 

En 2012 había en Pietrasanta una exposición Botero. No era la primera. Hacen una exposición cada año, y los escultores suelen dejar a la ciudad una de las obras expuestas. De hecho, en la entrada de la ciudad, que conocemos desde hace mucho tiempo, siempre hemos podido admirar un maravilloso guerrero griego, muy redondo y reconociblemente de Botero. Esta pequeña ciudad, antiguamente fortificada, que domina el litoral toscano es conocida por sus talleres de escultura. Encontramos allí a los mejores artesanos en este arte y las célebres canteras de mármol de Carrara están a dos pasos. Fernando Botero, que realiza maravillosas esculturas monumentales en bronce, encuentra por aquí las mejores fundiciones. Desde el 2001 es, además, ciudadano honorario de Pietrasanta, lo que supuso un regreso a los orígenes: en el lejano 1780 sus antepasados, los hermanos Giuseppe y Paolo Botero, zarparon del puerto de Génova con destino a Medellin, Colombia.

Cada año nos reuníamos para las vacaciones un pequeño grupo de amigos belgas e italianos en un pequeño hotel que se encuentra sobre las primeras colinas de los Alpes Apuanes, cerca del mar pero también de Pietrasanta. A todos nos gusta esta región que permite disfrutar del placer de la playa, visitar Lucca, Pisa, Carrara, y sobre todo la exposición anual que Pietrasanta organiza. 

Esta vez fue maravilloso, subimos desde el aparcamiento toda la calle principal llena de tiendas y de restaurantes y desembocamos en la plaza donde las estatuas monumentales de Botero ocupaban majestuosamente todo el espacio delante de la puerta medieval y de las dos iglesias románicas, detrás de las cuales, se alza la colina con una vista sobre lo que queda de las fortificaciones que rodean la vieja ciudad. Un conjunto impresionante, un mundo de personajes con volúmenes suntuosos, con formas generosas, caballos espesos y poderosos, y sobre todo mujeres que dominaban la escena exponiendo sin ningún pudor sus espléndidas y conquistadoras redondeces. Europa misma deja que el toro la lleve sobre su espalda, acostada tranquilamente sobre el flanco, lasciva e imponente en su desnudez que procura apenas esconder.

Pensé en Pauline, quería que reconociera cuánto las redondeces de las mujeres de Botero atraen las miradas y nos invitan a regalarles las caricias más sensuales. La vi que miraba el móvil con su amiga Jacqueline, una joven fotógrafa profesional. Cuando me vieron, ellas se miraron reventando de risa, Pauline buscó un momento y luego me enseñó la foto:

Una foto de ella, de su busto. Estaba desnuda con su mano que intentaba esconder su pecho. Tenía una gran sonrisa.



Jean Claude Fonder

El viaje a los orígenes del “tano” Dal Masetto. (primera parte)

”Pero el hombre grita doquiera la suerte de una patria.

Ya nadie me llevará al Sur.”

(Salvatore Quasimodo ‘Lamento por el Sur’)

Este año la biblioteca del Instituto Cervantes se dedica al tema del Viaje en la literatura, un topos universal que ha atravesado los siglos y los diferentes géneros literarios. Viaje, del provenzal “viatge” derivado del latín “viaticum” y a su vez de “via” (camino), como todos sabemos implica un desplazamiento. Hay muchos tipos de viajes: voluntarios o forzados, por espacios terrestres o extraterrestres, reales o imaginarios, viajes geográficos, oníricos, interiores. Hay viajes que marcan para siempre nuestra vida, que se vuelven metáfora de la misma existencia. Viajes, que por así decir, nos cambian el alma y con ella, ese proceso en transformación permanente que llamamos identidad.

Cuando me hablaron del tema literario del viaje pensé inmediatamente en un escritor que aprecio mucho: el argentino, de origen italiano, Antonio Dal Masetto (1938-2015), el “tano” como lo llamaban los amigos. Pensé en él porque toda la obra de Dal Masetto -escritor con el que me puse en contacto en aquellos tiempos en que, aquí en Milán, preparaba la tesis de licenciatura sobre el imaginario nacional en la novela argentina de fines de milenio y que luego tuve la suerte de encontrar personalmente en Buenos Aires- porque toda su obra, como decía antes, parece desarrollarse, en modo explícito o soslayado, entorno a un único viaje decisivo: el de la inmigración.

Dal Masetto nace en Intra, un pueblo del municipio de Verbania (Piamonte) sobre el lago Maggiore, cerca de Suiza. Sus padres, Narciso y María, cultivan la tierra y trabajan como obreros en las fábricas de la zona. El pequeño Antonio vive en medio de la naturaleza, es encargado de llevar a pastar las cabras y de cuidar las ovejas y sigue sus estudios primarios en un colegio religioso. Le gusta tanto dibujar que las monjas lo llaman “il piccolo Giotto.” La guerra arrasará con todo.


En 1951, a los 12 años, emigra a Argentina junto con su madre y su hermana menor para reunirse con el padre que un par de años antes había dejado Italia para instalarse en Salto, pueblo agrícola de la pampa a 200km al norte de Buenos Aires, donde su hermano había abierto una carnicería. Vale recordar que en la inmediata posguerra, el gobierno argentino había estipulado nuevos convenios inmigratorios para incorporar mano de obra europea calificada, sobre todo italiana y española.
Cuenta el escritor en numerosas entrevistas acerca del sufrimiento que le causó el traslado: “Me sentía un marciano…” Y al sentimiento de alienación se mezclaba la vergüenza por no saber el castellano, y por las burlas que provocaba su acento italiano entre los chicos del lugar. “Creo que he pasado casi cuarenta años –añadirá más tarde- luchando para no ser etiquetado como extranjero.”


Es en ese momento que “el tano” inicia por necesidad aquel proceso de transculturación que lo llevará a abandonar definitivamente el italiano y a elegir el castellano como instrumento literario.
En el pueblito de Salto el joven descubre la literatura, a las aventuras de Salgari se suman ahora las revistas locales, los panfletos, cada página que pasa por sus manos. Trabaja con el padre repartiendo pedidos en bicicleta. Y apenas puede, lee desordenadamente libros y libros que elige en la biblioteca pública. Se vuelve un autodidacta. En la literatura halla alivio y redención.

A los 18 años se escapa del mundo provinciano y desembarca en la metrópoli. Comparte con otros jóvenes una habitación en una pensión de Buenos Aires. Trabaja como cadete, albañil, vendedor ambulante, heladero. Recorre los bares del Bajo, zona donde antiguamente las barrancas de la ciudad caían al río, y las librerías de la calle Corrientes, centros de la bohemia y del mundo cultural. En los años sesenta empieza a escribir sus primeros relatos que, reunidos bajo el título “Lacre”, obtienen en 1964 una mención en el Premio Casa de las Américas en La Habana.
En esa época se traslada a Bariloche donde trabajará como pintor y donde nacerá su primer hijo. Luego de unos años se separa de su primera mujer y vuelve a la capital porteña para radicarse definitivamente. En 1969 publica su primera novela “Siete de Oro”. El mismo año contrae nuevas nupcias. Trabaja como empleado público y luego como periodista. En 1976 nace su segunda hija y a partir de los años ochenta se dedicará totalmente a la escritura.

En 1985 y 1992 dos de sus novelas son llevadas al cine, respectivamente: “Hay unos tipos abajo” y “Siempre es difícil volver a casa.” Historias de expulsión y destierro, la primera ambientada en el Buenos Aires del mundial de football bajo la última dictadura; la segunda en un tranquilo pueblo de provincia donde una banda de maleantes que planea un asalto terminará siendo la víctima del salvajismo colectivo. Seres en fuga, los personajes dalmasettianos están siempre huyendo, partiendo, desplazándose en busca de algo. Gente de mirada extrañada, desarraigada, extranjera de sí misma, que parece reiterarse la obsesiva pregunta: ¡¿pero qué estoy haciendo aquí?!

El tema autobiográfico de la emigración será encarado en modo decisivo sólo a partir de los años noventa con la trilogía ambientada en Italia: “Oscuramente fuerte es la vida” (1990), “La Tierra Incomparable” (Premio Planeta Biblioteca del Sur, 1994) y “Cita en el lago Maggiore” (2011). Obras en las que el autor inicia, a través de la voz de Agata, la anciana italiana alterego de su madre, una serie de reflexiones sobre el mundo de los orígenes y sobre el famoso “nóstos” de Ulises, esa nostalgia que llevará a la protagonista a volver a su tierra natal luego de 40 años de exilio. Con ese estilo conciso y esa dureza esencial y a la vez poética que caracteriza su escritura, Dal Masetto nos lleva, entre otras cosas, a cuestionarnos sobre la posibilidad real de todo regreso, sobre la problemática identitaria y la función de la memoria en su indefectible choque con la realidad.

Pero de todo esto hablaremos próximamente, en la segunda parte de este artículo.


Audiovideoteca de Buenos Aires: 

Obra en Construcción. Los escritores cuentan los secretos de su trabajo. Antonio Dal Masetto. Buenos Aires, febrero 2005  Primera parte.


Adriana Langtry

El Tren

Tren en la nieve, la locomotora
Claude Monet

Nieva mucho esta mañana mientras tomo el tren hacia Bruselas. Tengo un abono y hago el trayecto cada día para ir a trabajar. 

Vivo en Lieja en este periodo. Mi mujer es docente en una escuela municipal, hemos pedido su transferencia a Bruselas donde queremos instalarnos. Mientras tanto, hago cada día el viaje. He probado a ir en coche pero es peligroso, y, de todas maneras, prefiero el tren. Dos horas al día para leer, escribir, trabajar y, por qué no, soñar, cómodamente instalado en los vagones de primera clase. Ya soy un ejecutivo y trabajo de informático. Es un trabajo duro, a menudo tengo que quedarme en Bruselas algunos días y trabajar por la noche, pero me pagan bien y es una profesión apasionante.

No hay muchos viajeros en primera clase, excepto en los días en que hay sesión pública en el parlamento. Esos días los parlamentarios, diputados o senadores originarios de Lieja enloquecen los compartimentos. Adiós a mi tranquilidad, las discusiones son muy animadas, es por ello que se da a mi ciudad un apodo muy característico: la ciudad ardiente.

Este lunes afortunadamente hay poca gente, el coche está tranquilo. Una sola persona está sentada conmigo en los bancos rellenos y recubiertos con cuero rojo de mi compartimento. Observo que hace los crucigramas del periódico «La gauche» utilizando un portaplumas Cartier. 

El tren, saliendo de Lieja, sube un plano inclinado para dejar el valle. Cuando llega a la cima de la pendiente, tiene que pararse algunos instantes para que se descuelgue la segunda locomotora y, si estás sentado del lado bueno, puedes observar un hermoso panorama de la ciudad. Hoy está blanca, los tejados cubiertos por la nieve y el río la atraviesa despacio y sin ruido, majestuosamente.

El tren arranca de nuevo, recorremos la meseta inmaculada de la Hesbaye que ondea con suavidad sin otros obstáculos que alguna granja cuadrada que reina en medio de enormes extensiones de tierras aradas que la nieve ha convertido en una gran estepa nevada. Pienso en Miguel Strogoff, recuerdo su trayecto en tren a la salida de Moscú dirigiéndose a los montes Urales, recuerdo los dibujos de Hetzel, la nieve ahora nos rodea, el cielo está gris perla, se ve apenas a unos metros más adelante. Imagino los trineos en la llanura siberiana que luchan contra la borrasca y, de repente, un chirrido horroroso desgarra el silencio que nos envuelve, el tren frena desesperadamente, las ruedas bloqueadas crujen sobre el acero, un choque ligero y nos paramos. ¿Qué pasa? ¿Un obstáculo sobre el trayecto? Todos nos interrogamos. Intentamos ver algo por las ventanas. La nieve es omnipresente, el revisor, desaparecido. ¿Qué hacer? Abrir una puerta, una ventana, no se puede. La tormenta ruge fuera. 

El tiempo pasa, finalmente la puerta que separa los coches se abre, el jefe de tren aparece.

—Mantengan la calma, el tren no ha descarrilado. El viento y la nieve han formado un ventisquero sobre los binarios, afortunadamente el conductor lo ha visto a tiempo y ha podido parar el tren. Hemos llamado a la central operativa y van a enviarnos un quitanieves. Esperando vamos a servirles café caliente.

¡Café, café! Prefiero champán, el hielo no falta. En el Expreso de Oriente, es champán lo que nos habrían servido. La aventura continúa, ¿qué va a pasar? La nieve se está calmando, podríamos echar un vistazo fuera. Temerariamente, abro la puerta del coche. ¡Qué espectáculo! Un paisaje de ensueño. El sol ha salido y ha limpiado el cielo, el blanco es casi insostenible. Sólo algunos árboles aislados y recubiertos de nieve rompen la monotonía del horizonte. No soy el único, numerosos viajeros han bajado, algunos niños ya han improvisado una batalla con bolas de nieve. Cuando de repente un silbido resuena, una locomotora especialmente equipada llega a lo lejos. El jefe de tren reúne su rebaño y nos hace subir a todos a bordo. Algunos instantes más tarde, el tren retoma prudentemente su camino.

Una hora más tarde llegamos a la estación central. En Bruselas no hay nieve, los viajeros se alejan tristemente del tren.



Jean Claude Fonder

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – primer día


(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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LINATE, 18 de mayo de 2018, horas 11,50

Puede que me equivoque, que sean 17… menos no. Pero estoy casi segura de que son 18. Estoy hablando de mis viajes a España, por supuesto.
El avión va a despegar dentro de diez minutos. Dirección Madrid. Luego, nos vamos a dirigir hacia el Norte.
La primera etapa va a ser León, donde mi marido y yo ya estuvimos en 2011: de aquel viaje recuerdo sobre todo los nidos de las cigüeñas sobre las columnas, en la plaza de san Isidoro, frente a la basílica de la que no pudimos ver la fachada por las obras. Dicen que las cigüeñas viven unos 20 años y que después de cada migración suelen volver al mismo nido, así que… ojalá volvamos a encontrarlas.
Luego nos espera Galicia, dos días en La Coruña: este también es un lugar que ya conocemos, con las rías y el Cabo Finisterre, el final de todos los caminos, donde se acaba el mundo.
Después, un lugar totalmente nuevo para nosotros: Oviedo y Asturias.
La última etapa va a ser Segovia, de la que recuerdo el resplandor argénteo del acueducto bajo el cielo glacial de diciembre, en una noche de luna y de gatos.

Apagamos los móviles, abrochamos los cinturones. Ahora nos proporcionan las instrucciones para nuestra seguridad, que nadie escucha.
No tenemos dos asientos contiguos: mi marido está sentado en la fila delante de la mía: no pensamos en hacer la facturación “on line”, por eso sólo hemos podido encontrar dos asientos separados. A mi derecha hay una señora italiana, a mi izquierda una chica española.
“Thank-you for your attention” concluye la azafata.
Despegamos.

MADRID aeropuerto, 14.30 horas

El restaurante “el oso y el madroño.
Los característicos toldos ondulados, sostenidos por columnas dobles, una gama de colores del arco iris que va del azul oscuro al rojo, pasando por el amarillo.
Tienda de productos típicos. Mango. El Corte Inglés.
Aeropuerto Barajas, otra vez.
Otra vez, estar en Madrid sin estar en Madrid, porque ahora ya alquilamos un coche y nos vamos.
Nos dan un SEAT Ibiza negro.
Tardamos unas cuatro horas en llegar a León: cuatro horas de autovía en las que se alternan tramos con mucho tráfico, en las afueras de Madrid, y tramos casi desiertos; momentos de lluvia intensa, en la que aparecen señales luminosos que amenazan “¡Cuidado! ¡Tormenta fuerte y granizo!” y momentos en los que la luz del sol se desliza sobre los charcos e ilumina el horizonte dorado.

León, 20.30 – 23 horas

Nuestro hotel está en la Plaza Mayor, en el “Barrio húmedo”.
Así que al atardecer salimos a pie y nos dejamos llevar por el instinto y la curiosidad, girando sin rumbo por las calles del barrio. Se trata de una zona del casco antiguo de la ciudad, a la derecha de la Calle Ancha y de la Catedral, donde la mayoría de los locales son bares, tabernas o cosas por el estilo. Nos sorprende ver a tanta gente por las calles, un simple viernes de mayo: no son solo jóvenes, sino personas de todas las edades. Nos entremezclamos con la muchedumbre que tapea de un bar a otro, curioseando entre las bodegas y los locales castizos, sin guía y sin mapa, porque las ciudades se visitan por la mañana, pero se viven por la noche.

Plaza mayor

Pero ahora es tarde: ya la gente escasea y solo se oyen raros pasos en la calle, y algunas risas ahogadas. La Catedral, parcialmente cubierta por andamios, nos enseña su cara más solemne y promete revelarnos sus maravillas la mañana siguiente. Volvemos al hotel: la plaza ahora está casi desierta, pero mañana estará de lo más animado, gracias al mercado tradicional de productos de huerta vendidos directamente por los productores agrarios.
Subimos felices a la habitación: estamos en España. Otra vez.

CUENTAPASOS: el artilugio está sin batería. Disculpen las molestias…


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – Segundo día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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LÉON, 19 de mayo

Busco a las cigüeñas y por fin las encuentro, justamente donde las recordaba.
Ya me ha alegrado la mañana el trisar de las golondrinas, sus danzas circulares y sus caídas a precipicio, y también volver a ver los gorriones, que hasta hace unos diez años eran los pájaros más comunes en el Norte de Italia, donde vivo yo, pero ahora casi han desaparecido.
Encima de una antigua columna romana, en la plaza de san Isidoro, todavía está el primer nido de cigüeñas que vi en España, el primero que vi en una ciudad, como “complemento” de un monumento histórico. Una de las dos aves, quizás la hembra, se quita de encima los parásitos, indiferente a los turistas que quieren sacarle una foto. La otra observa la plaza desde los tejados.
Una vuelta por el centro, las fotos de los monumentos imprescindibles, y ya tenemos que dejar León: ya sentimos un asomo de nostalgia mientras todavía estamos aquí.
Las imágenes de este primer día ya se han convertidos en recuerdos, pero los recuerdos pierden su inocencia, al convertirse en imágenes electrónicas:

Las descomunales vidrieras de la Catedral, que constituyen su principal hermosura en la aparente fragilidad; el mercado de flores y frutas rebosante de voces y colores; los pasos arrastrados de los peregrinos que recorren el Camino francés, llevando sus conchas de Santiago atadas a sus pesadas mochilas y arrastrando sus desgastados zapatos; incluso la fachada de la iglesia de san Isidoro, con su columna romana y su nido de cigüeñas… de todo esto ya solo nos quedan algunas fotografías.
Y estas pocas líneas.

Ponferrada, el mismo día.

84 kilómetros de carretera entre el verde primaveral de los cerros, por los que se asoman algunas cumbres que todavía llevan huellas de nieve, nos conducen a Ponferrada.
El calor inesperado del día nos golpea. El exterior del castillo de los Templarios es deslumbrante: por un lado, transmite una sensación de fuerza e invulnerabilidad, por el otro, recuerda el castillo encantado de un cuento de hadas. Del interior no queda mucho, pero se puede dar una vuelta por la muralla, subir a la torre y mirar la ciudad desde lo alto.
Hay unos cuantos turistas, pero mi marido y yo seguimos siendo los únicos extranjeros y, por supuesto, los únicos italianos. Y no es que eso nos moleste.
Después de tomar un helado de limón, recogemos el coche: el termómetro indica 26 grados (pero esta mañana eran 11). Me temo que me he equivocado en hacer la maleta…
Otros doscientos kilómetros de cerros, viaductos, tierra roja, bosques de pinos y vacas rumiando en los céspedes… y por fin se atisba al mar.

La Coruña, la misma tarde.

Desde la ventana de nuestra habitación en el quinto piso del hotel se ve el techo de un multicines con centro comercial, que cubre casi completamente la vista del mar. Más allá está el puerto industrial, pero no se puede decir que nos hayan dado un cuarto con vistas al mar.

Un paseo no demasiado largo nos lleva al puerto turístico, a la Plaza María Pita y finalmente a una pulpería donde podemos saborear, sentados sobre taburetes de madera a una mesa sin mantel, un delicioso pulpo con “cachelos”. Los cachelos -para los que eventualmente no conozcan el gallego – son simplemente patatas hervidas. O sea, que lo que en toda España se conoce como pulpo “a la Gallega” en Galicia se llama “con cachelos”, algo que el turista ingenuo aprende de su propia experiencia, después de algunos intentos infructuosos de comerse aquella exquisitez típica de la cocina gallega, pero que ¡no está en el menú de ningún restaurante!

Después de la cena, nos perdimos paseando sin rumbo por las concurridas callejuelas: es sábado y podemos permitirnos alargar la velada.
En el hotel, antes de dormir, mi marido lee on line un articulo de “La Repubblica”, un diario italiano. Habla de las golondrinas: dice que a Italia y a Europa cada año que pasa van a llegar menos. Es por lo de la desertificación, porque el viaje sobre el desierto se les hace cada vez más largo, y además porque los hombres derrumban los edificios antiguos, adecuados para su anidación, y construyen inmuebles modernos con características diferentes y por eso, cuando las aves llegan, no encuentran el nido que habían dejado el año anterior.
Pero yo espero que el periodista esté mal informado. O que las alas de las golondrinas se hagan más fuertes y capaces de enfrentarse a un viaje más largo, y que sigan existiendo murallas, castillos y casas abandonadas, para darles amparo. Para que no desaparezcan, ellas también.

CUENTAPASOS: 14.952 pasos, que corresponden a 8,97 kilómetros.
(La batería la hemos comprado esta mañana, en una tienda de pequeños electrodomésticos en León, así que desde ahora podré tenerles al tanto de todos y cada uno de nuestros pasos).


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – Tercer día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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La Coruña, Finisterre y Costa de la Muerte, 20 de mayo

Creo que la gaviota se equivocó.
Debió de confundir el gris azul del tejado del multicine con la neblina azulada que sube del mar al levantarse el sol.
Se equivocó, se precipitó, y ahora está allí, estrellada sobre el cemento, mojándose bajo la lluvia y secándose bajo el sol, ofreciéndole un miserable espectáculo a los que tengan habitación en el quinto piso del hotel, como nosotros.

Pero el paraíso de las gaviotas se encuentra más allá, en el pequeño archipiélago de LAS SISARGAS, ahora despoblado de humanos y declarado Zona de Especial Protección para las Aves, que se ha convertido en un importantísimo refugio para las aves marinas, algunas de ellas en peligro de extinción, y zona de paso para aves migratorias. Las colonias de gaviotas encuentran en los acantilados de las islas un habitat perfecto.
Una buena vista del archipiélago se goza desde la Ermita de san Adrián, a unos tres kilómetros de MALPICA de Bergantiños , un pueblo de pescadores que todavía basa su economía sobre la pesca.
El paisaje es deslumbrante, el viento cortante nos dificulta mantener el equilibrio y casi nos ensordece, las especies endémicas de plantas y flores nos sorprenden…


En cuanto a mí, creo que, si no enfermo, voy a renacer en una nueva vida.
El hecho es que en la playa SEAIA (“praia” se dice en gallego) no puedo resistir a la tentación de quitarme zapatos y calcetines para caminar en la arena tibia y al final me atrevo incluso a mojarme los pies en el agua helada.
Me siento muy valiente, por desafiar la gripe. Pero, cuando llegamos a la playa de LAXE, y veo a enteras familias con niños, incluso pequeños, tomando el sol en bañador y metiéndose tranquilamente en el mar… me doy cuenta de ¡lo poco atrevida que he sido!

Cabo Finisterre, el mismo día, 17,30

Creo que Galicia es el lugar ideal para los que quieran escaparse hasta el fin del mundo, llegar hasta donde está permitido al ser humano, hasta que no haya nada más que el Océano. O a lo mejor, dejarse atrás todas sus pequeñeces, sus mezquindades, sus nudos irresueltos que no les permiten vivir…
Son innumerables los encantadores promontorios rocosos que se asoman al mar, iluminados por la primavera que nos regala días cada vez más largos para disfrutar de la belleza azul rosada de sus tardes.


Pero es en FISTERRA, Finisterre, donde se acaba la tierra, donde termina el Camino: es aquí donde los peregrinos queman la ropa que han llevado durante toda la ruta y abandonan sus zapatos gastados. Es la meta final, desde los siglos de los siglos, del viaje hacia el ocaso, hacia el misterio de lo desconocido, de lo prohibido a los seres mortales.
Los turistas son muchos, se oyen hablar lenguas diferentes. Los peregrinos son pocos, a lo mejor porque los peregrinos viajan por la mañana.
Hay coches, autobuses, gente que se saca fotos, como en todos los lugares demasiado famosos, que terminan perdiendo su encanto.
Es verdad: los peregrinos llegan por la mañana. Y yo, aunque es por la tarde, escondo la concha del Camino de Santiago que siempre llevo atada a mi mochila desde años, dondequiera vaya. Porque llevarla aquí me parecería una mentira.
Me siento en una roca y escribo.

La Coruña, 20,30

De vuelta a La Coruña, decidimos visitar la TORRE DE HERCULES, situada sobre una colina en la península de la ciudad, a la puesta del sol.
La Torre es el faro romano más antiguo del mundo – fue construida con toda probabilidad en la segunda mitad del siglo I – y el único que se conserva en servicio.
Al atardecer, ese lugar mágico cobra todavía más embrujo, con esa luz rasante que acaricia los céspedes en las laderas de la colina. El sol nos ciega, hasta que entramos en la sombra, larguísima, de la Torre.


El viento fuerte nos empuja hacia atrás, mientras alcanzamos la orilla del mar, siguiendo las sendas irregulares sin rumbo preciso. Las gaviotas, libres y fuertes, son las dueñas del cielo que se decolora en un rosado pálido. Las flores lila que salpican el césped, según la tradición, suelen traer suerte a las chicas que buscan novio. Pero yo no busco novio, y es la Rosa de los vientos, que parece fundirse y sumergirse en el azul y profundo océano, el lugar donde me centro para encontrar mi Norte.


CUENTAPASOS 13.011 (parte de los cuales sin zapatos, en la arena) o sea 7 kilómetros y 800 metros.


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – cuarto día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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Desde La Coruña hasta Oviedo, 21 de mayo

La Coruña amanece bajo un cielo rosado de nubes deshilachadas. Vuelven a cobrar su color apagado el puerto industrial y el tejado gris azul del multicine. Y lo que veo es un espectáculo espeluznante. Hay un grupo de gaviotas alrededor de la que murió ayer: al principio parece casi una ceremonia fúnebre, pero no lo es. O quizás sí. La más atrevida tira del ala la gaviota muerta con su pico, intentando moverla. Lo consigue. Las demás asisten sin intervenir. Luego, la gaviota atrevida empieza a picotear al animal muerto, con golpes cada vez más fuertes. Las demás se acercan y, en un ritual macabro de canibalismo, empiezan ellas también a picar.
Me alejo de la ventana: no puedo más con esa escena que no logro comprender.
Y además, ya es la hora de dejar el hotel, la ciudad y lo que queda de la gaviota que se equivocó.
A pesar de que estemos de vacaciones, hay algo en el aire que me recuerda que hoy es lunes, y que otra etapa de nuestro viaje ha quedado atrás: cerrar la maleta, devolver la llave, pagar el hotel y el aparcamiento, recoger el coche. Gestos normales y corrientes, que cada vez se repiten, dejando atrás otra página de nuestras vidas.

La primera etapa de hoy es CEDEIRA, un pueblo muy lindo caracterizado por las típicas casas gallegas con galerías, situado en la desembocadura del río Condomiñas. Damos un rápido paseo hacia el puerto, acompañados por los pavos y los cisnes del río, luego subimos hasta una plazoleta con mirador, llena de flores de color granate y púrpura enclavados en fachadas blancas.


A pesar de que el día no está perfectamente despejado, el paisaje desde el MIRADOR CHAO DO MONTE es sobrecogedor y ya podemos atisbar la Ermita de san Andrés adonde nos estamos dirigiendo. En el Mirador de los CARRIS, en cambio, podemos gozar del peculiar espectáculo de una vaca mirando el mar.

Hay que ser un poco exagerados para llamar “pueblo” a San Andrés de TEIXIDO, porque hasta el nombre de “aldea” sería demasiado: en realidad son poco más que cuatro casas, pero tiene su encanto particular por el que merece la pena dedicarle una visita y además, hay un comedor donde se come muy bien. La pequeña ermita es meta tradicional de peregrinajes: hay un dicho popular gallego que dice que a San Andrés de Teixido tiene que ir de muerto el que no fue de vivo y, lo que es peor, reencarnado en el cuerpo de un lagarto o un sapo. Evitado el riesgo de reencarnarme en un reptil, puedo dedicarme a comprar algunos recuerdos para mis amigas: hay unos artesanos que se dedican a realizar con miga de pan una serie de amuletos de la suerte, que se dice ayudan en la salud, el amor, el trabajo y los viajes.


Seguimos por la Ruta de los Miradores, donde encontramos el MIRADOR DO O CRUCEIRO, caracterizado por un crucifijo que remonta a la Edad Media, y el MIRADOR GARITA DE HERBEIRA que, con sus 612 metros es el más alto de de la costa.

Merece la pena cruzar el promontorio y recorrer unos tres kilómetros de camino de tierra para llegar hasta el MIRADOIRO DA MIRANDA: no solo porque durante el camino encontramos tres caballos salvajes, que lamentablemente no logramos fotografiar, sino también porque al llegar se nos ofrece la vista de la totalidad de la Ría de Ortiguera, con el pueblo de Cariño (un nombre de lo más encantador).
CUENTAPASOS 9297, que corresponden a 5,58 kilómetros (es una verdadera vergüenza, pero es que hoy hemos viajado mucho en coche…)


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – quinto día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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Oviedo, 22 de mayo de 2018
(Martes del Campo, llamado también Martes del Bollo)

catedral de Oviedo

La primera vez que pensé en visitar Oviedo fue por casualidad, como por casualidad se nos ocurren las mejores ideas y pasan las cosas más importantes de nuestras vidas. Vimos la película de Woody Allen “Vicky Cristina Barcelona”, en la que un fascinante pintor invitaba a las dos protagonistas a pasar un fin de semana con él en Oviedo. La película enseñaba las imágenes de una ciudad deslumbrante, elegante, con su bella catedral y sus calles limpias, un casco histórico castizo, libre de edificios modernos, muchas estatuas y balcones desbordantes de flores sobre la plaza del mercado.
Pensé que iríamos, antes o después.
Y ahora aquí estamos, y otra vez es el azar el que nos permite asistir a una fiesta muy popular en Oviedo, el MARTES DE CAMPO, conocida también como MARTES DEL BOLLO.

En la pequeña iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza encontramos unos carteles que explican brevemente el origen de esa fiesta, que todos los ovetenses festejan comiendo un bollo con chorizo al aire libre, en el Campo de San Francisco.
La celebración se remonta a varios siglos atrás. Sus orígenes se sitúan en 1232, año en que Velazquita Giraldez donó sus bienes a la Cofradía de los sastres y a los vecinos y hombres buenos de Oviedo para distribuir entre los más desfavorecidos de la ciudad. A los cofrades que acudían en procesión a la ermita el Martes de Pentecostés se le entregaba, después de la misa solemne, “un bollo de media libra de pan de trigo, torrezno, y medio cuartillo de vino pasado el monte”. Desde entonces esta fiesta se ha consolidado, gracias a la Sociedad protectora de la Balesquida, como una de las celebraciones más tradicionales y antiguas de la capital asturiana.
Después de un paseo por el Campo de San Francisco, seguimos con nuestra visita a la ciudad.

Lo que más me encanta de Oviedo, y una de sus características más peculiares, son las estatuas que la pueblan, casi una en cada plazoleta o rincón: quizás la más famosa es la de la Regenta, en la plaza de la Catedral, que retrata a la protagonista de la novela de Leopoldo Alas “Clarín”, pero también las estatuas que retratan a personas del pueblo, como la lechera o el pescador, tienen su pintoresco embrujo.

La Santa Iglesia Basílica Catedral Metropolitana de San Salvador de Oviedo es una catedral de estilo gótico, que en 2015 fue declarada “patrimonio de la humanidad” como parte del Camino de Santiago. En la parte inferior de la Catedral, destaca la Cámara Santa, una capilla palatina que fue construida por Alfonso II a comienzos del siglo IX cuando reconstruyó la iglesia de estilo prerrománico dedicada a San Salvador y que había sido erigida en el siglo VIII y posteriormente destruida por los musulmanes.
Pero el hombre no vive sólo de arte, y la cocina también es cultura… Decidimos prescindir del bollo con chorizo y almorzamos en una de las muchas sidrerías de la ciudad. Oviedo es, entre otras cosas, la patria de la sidra y no podemos dejar de probarla, después de mirar admirados los camareros que la vierten desde el alto.

Sidra

Cudillero, el mismo día, por la tarde
Viajamos hacia la costa Sur-Oeste de Asturias.


Una pareja de gaviotas danza su “paso a dos”, resbala de repente hasta rozar con una ala la superficie del mar, vuelve a levantarse. Hay marea baja y varias gaviotas descansan en la playa entre los acantilados. Delante de nuestros ojos aparece el pueblo marinero de CUDILLERO, con sus callejuelas estrechas por las que la guía aconseja perderse. Y nos perdimos, subiendo por escaleras empinadas hacia los miradores, descubriendo detrás de cada esquina una fachada de color vivo, un jardín de flores violetas y amarillas cuidado por una anciana señora que lleva un sombrero de paja. Sendas y escaleras se cruzan en una red de mallas estrechas, en las que los pocos turistas seguimos reencontrándonos. La pequeña plaza, inundada por el sol y rodeada de restaurantes en los que se sirve pescado fresquísimo, mira hacia el puerto.
Sería una verdadera lástima dejar este lugar cautivador, si la próxima meta no prometiera ser igual de asombroso: CABO VIDIO, a unos pocos kilómetros del pueblo de Cudillero, es otro paraíso para las aves marítimas, que encuentran refugio entre los farallones y los islotes deshabitados.

Cabo Vidio

CUENTAPASOS: 15602, kilómetros 9,36


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – sexto día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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Covadonga, Llanes, Villaviciosa, 23 de mayo

Cada día despertamos más cansados, a pesar de que las vacaciones deberían servir para descansar. Pero hoy por la mañana nos espera COVADONGA (el nombre procede del latín Cova Dominica, o sea “cueva de la Señora”), una pequeña aldea de sólo 58 habitantes, que pero forma parte del PARQUE NACIONAL DE LOS PICOS DE EUROPA y, sobre todo, es importante meta de peregrinación.

Iglesia de Covadonga

La Santa Cueva es donde se encuentra la Capilla Sagrario con la imagen de la Virgen de Covadonga, patrona de Asturias, que según la tradición ayudó a don Pelayo en la victoria de Covadonga, que diezmó el ejército árabe y que legendariamente se considera como el principio de la Reconquista. Del conjunto monumental forman parte también el Monasterio de San Pedro y la Basílica de Santa María la Real de Covadonga.
Todo nos hace pensar en un lugar tranquilo, silencioso, sumergido en la paz religiosa, entre los bosques, perfecto para relajarnos. En cambio, en la explanada frente a la Basílica nos encontramos con un número inesperado de coches y sobre todo autobuses, que apestan el aire con los motores encendidos: grupos de ancianos aburridos que fingen escuchar a su guía y chicos del colegio de todas las edades que se dispersan por dondequiera, se sientan en los peldaños desparramando sus mochilas, latas de refrescos y cazadoras como si todo el espacio les perteneciera. Y yo me doy cuenta de que el olor de los chicos que van a la escuela es igual en todas las lenguas del mundo: sabe a cuadernos estropeados, pastelitos y patatas fritas, tinta y lápices de colores.

Es por casualidad que descubrimos la encantadora aldea de LA RIERA, que forma parte del más conocido municipio de CONGA DE ONIS que, a pesar del puente romano, no tiene demasiado encanto por estar el puente en el medio de la ciudad, entre viviendas y supermercados.
El cielo se hace gris, se levanta el viento. Nos despedimos del mar andando por el paseo de San Pedro a LLANES, luego nos dirigimos a VILLAVICIOSA: aquí nos espera el conjunto monumental de SAN SALVADOR DE VALDEDIOS, una preciosa ermita prerrománica que remonta al siglo IX, junto a un monasterio.

Ermita

Solo se pueden realizar visitas guiadas y -lo que me divierte mucho de las visitas guiadas en España- las visitas son sólo en español: en nuestro grupo somos nueve personas, de las que tan solo dos son españolas; yo soy italiana, pero entiendo bien el idioma, y también mi marido se las apaña un poco; pero los demás son una pareja inglés y una familia alemana que, según parece, de español no entienden ni “buenos días”, pero la guía sigue describiendo hasta los mínimos particulares mirando a la cara a estos pobres desprevenidos. Hace un frío que pela en el interior de los edificios y ninguno de nosotros está abrigado lo suficiente, sobre todo la señora inglesa que está tiritando. “Yes, it’s very cold” le digo, luciendo mi escaso inglés. Ella me sonríe: hoy he cumplido mi buena acción.

Oviedo de noche

Volvemos al hotel y después de cenar damos un último paseo por Oviedo, esta pulcra ciudad donde el eco de nuestros pasos nos sigue por las calles silenciosas. Saco fotos y grabo vídeo en el intento vano de llevarme conmigo el ángel de estos barrios encantadores. La última sidra, y ya se ha hecho muy tarde…

CUENTAPASOS: 13624, kilómetros 7,97


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – séptimo y octavos días

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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24 de mayo, de Oviedo a Segovia

Dedicamos la mañana a la visita de algunos monumentos del prerrománico asturiano, en el MONTE NARANCO: Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y Santa Cristina de Lena.


Luego, dejamos definitivamente Asturias y nos dirigimos a Segovia.
El recorrido es largo, el gris severo del cielo sabe a despedida y ya sabemos que nuestra última etapa va a ser muy breve. Dos tormentas nos acompañan durante el viaje y llegamos a Segovia bastante tarde: solo nos da el tiempo para visitar la catedral, que por suerte está abierta hasta las nueve y media, ver el exterior de la iglesia de San Martín, despedirnos de las golondrinas que nos han seguido desde el primer día. Elegimos un restaurante casi al azar, cuando nos coge la tercera tormenta.
Después de cenar paseamos un poco hasta el Acueducto: hace frío, pero no hay ni luna, ni gatos, y no logramos percibir el hechizo de aquella noche de diciembre de hace unos cuantos años. Grupos de chicos y chicas,bajo las arcadas milenarias, se ríen de todo y de nada, con chillidos agudos. Quizás están borrachos… Empieza a llover otra vez y volvemos al hotel.

CUENTAPASOS 10637, kilómetros 6,38


25 de mayo, último día

Nos despierta la lluvia batiente sobre los vidrios.
Desayunamos, cerramos por última vez las maletas.
Una rápida visita al Alcazar.
Antes de irnos, nos concedimos una breve parada en la iglesia de La Vera Cruz, un templo dodecagonal del siglo XIII constituido por un edículo central entorno al cual gira la nave circular, característica de las construcciones edificadas por los caballeros de las Ordenes fundadas por los Cruzados. La iglesia fue probablemente levantada por la Orden del Santo Sepulcro.
Un par de fotos bajo el paraguas, y nos despedimos también de Segovia.

Iglesia Vera Cruz

Otra vez la lluvia, otra vez Madrid sin estar en Madrid, otra vez los colores del arco iris en el aeropuerto Barajas.
Una última paella en un plato de cartón, un agua mineral en botella de plástico.
Pasamos por la librería, compramos un par de regalos y nos embarcamos hacia el aeropuerto de Linate.


Al aterrizar, en el cielo plomizo de Milán, nos esperan unas cornejas negras.

F I N


Silvia Zanetto