A imagen y semejanza

Le tunnel de Paul Delvaux, 1978

Soy la niña que mira desde el espejo. Ellas vienen y van por la casa, atraviesan umbrales, calles, laberintos. Las observo desde mi escondite detrás del resplandor del vidrio, mientras cruzan por estaciones donde nadie sabe si los trenes llegan o están por partir. Ellas pasan cargadas de bolsas, de niños. Sus brazos enredados en el brazo de algún acompañante. Sin embargo, están solas. Arrastran su misterio envueltas en tules y algodones, la piel recubierta de invisibles tatuajes trazados por siglos de aporreos y caricias. Pero no pueden resistir a mi llamado. Ante mí se detienen como diosas carnales de una mitología en desuso. Las miro desde el fondo de esta especie de altar que han levantado ellas mismas. Frente a mí confían sus intimidades, se desvisten sin tapujos como ante ojos inocentes. Mujeres jóvenes, viejas, no importa la edad que tengan, ante mí se demoran a limar arrugas, retocar cabellos, a ensayar la alquimia de los afeites. Se sacuden el hastío acumulado en los años, lavan faltas y culpas, secan lágrimas. La edad no importa, cuando ellas se miran al espejo proyectan sobre mi pequeña imagen su reflejo. Y entonces resulta difícil distinguir quién se parece a quién, si ellas a mí o yo a ellas. Desde siempre nos une esta semejanza incierta. Soy la niña que mira desde el espejo, esa que todas abrigan en lo más hondo del corazón.

Adriana Langtry

Camille y Amelie

La gare routière de Paul Delvaux, 1960

El azul amarillo del cielo aparece entre ese bosque hipnotizador, cuyos árboles tan verdes nos encantan. No hay aldeas, no hay viviendas, solo un edificio de la estación, donde se puede llegar de quién sabe dónde, o irse a los lugares más lejanos del mundo. El bosque es denso, casi sin fin; aparece una colina igual de verde. El silencio es infinito, no hay ni voz ni respiración: no hay nadie humano, ni una bestia o una mascota. Esa mudez nos angustia y al mismo tiempo nos encanta. Aquí solo estamos nosotras: Camille,  mi hermana gemela Amelie y yo.

En el misterio callado de la estación se oye un ruido sutil, casi como si no fuera verdad. Pero es verdad: el tren que estábamos esperando casi silenciosamente llega, tirando su humo hacia el cielo.

— ¡Vamos! — me dice Amelie — ¡ha llegado! 

Veo su sonrisa, su mirada sobreexcitada: no parecemos gemelas ahora. Yo querría escapar del tren, de la estación, de quien estamos esperando. Querría esconderme en la parte más densa del bosque, ascender a la colina, elevarme al cielo azul amarillo…

— ¡Vamos! — me grita Amelie — ¡Papá ha llegado!

Después de todos estos años.  Tras dejarnos a nosotras y a nuestra madre. 

Todo este silencio verde, angustioso y encantador, se va a desaparecer, cuando él baje del tren. Casi no recuerdo su voz, pero estoy segura de que no pertenece a este mundo.

Amelie corre hacia el tren, yo sigo aquí.  

Las puertas del tren ahora están abiertas, pero no baja nadie. Nadie.

La mirada de Amelie se encuentra con la mía: ahora somos gemelas otra vez. 

El silencio vuelve a ser infinito.

Silvia Zanetto

La Mise Au Tombeau

Les tombeaux de Paul Delvaux, 1957

Es un martes cualquiera, un mes cualquiera, ya no importa. Juliana pasea por esa avenida que solía recorrer cada día, con su amiga Carmen. Las dos evitaban coger el transporte público o el coche e iban de camino al trabajo. Todos los días pasaban por una avenida muy transitada que conducía desde los barrios periféricos hasta el centro de la ciudad. Con el paso de los años, motos, ciclomotores y bicicletas se fueron sumando al tráfico de automóviles. También pasaba un autobús. En los últimos años, muchos patinetes eléctricos habían empezado a transitar por la misma carretera. Las amigas se dieron cuenta de que pocos conductores respetaban las normas del código de circulación, los límites de velocidad y el sentido común… Parecía una pista de carreras; las bicicletas y los patinetes zumbando a un lado y a otro como locos, a menudo incluso pisando la acera. Una mañana al cruzar la calle con el semáforo en verde Carmen fue atropellada por un patinete que iba a toda velocidad y no la había visto. Mientras Carmen estaba en el suelo en la carretera, un coche que no había respetado las señales del semáforo, también la atropelló. Carmen murió en la UCI donde la ambulancia de la Cruz Roja la había llevado. Juliana, siguió andando y transitando por la misma calle por la que solían caminar. Otras personas fueron atropelladas en aquella carretera. Juliana ya no trabaja, se ha jubilado, pero sigue dando paseos por la misma calle que desde unos meses se ha convertido en una zona peatonal, y que cuenta con dos filas de farolas, dos hileras de árboles, y algunos bancos. Hace unos cuantos días, al cruzar la avenida, esa, por la que suele caminar, le parece oír lamentos, palabras como si alguien hablara en un susurro, o estuviera llorando. ¡Qué raro! a esa hora de la mañana no pasaba casi nadie por allí. En ese momento no había ni una persona delante ni detrás de ella. Estaba sola, y era extraño que siguiera oyendo gemidos y susurros, como si alguien quisiera que se detuviera a pensar.

Ese día decidió pararse un rato y escuchar mejor. Nadie a su alrededor. De pronto una voz le dijo: <Mira atentamente en medio de la avenida, ¿no ves nada? Estamos aquí.> Juliana se detuvo en seco, un poco asustada y fue entonces cuando los vio. Unos esqueletos lloraban y se desesperaban alrededor de otro esqueleto que parecía estar dentro de una especie de tumba. <Presta un poco de atención, ahora te explicaremos quiénes somos y por qué estamos aquí>, dijo uno de ellos. <Soy tu amiga Carmen. Los esqueletos que ves a mi lado son los de los que fueron atropellados. El que está en la tumba es el esqueleto de la última víctima. Acabamos de recuperarlo y lo ponemos aquí. Rezamos, lloramos, nos apenamos. Juliana, ya lo sé, no hay regreso, me consuela tu persistente dolor, no te has olvidado de mí. Me doy cuenta de que todo sigue igual que antes. Cuantos cadáveres, llegan, pasan, se reducen a polvo, pero recuerda que no somos sombras desvanecidas, nuestro mundo continúa aquí bajo tierra.> Juliana se levantó aturdida, quería decir algo, pero todo había desaparecido ya de su vista. Quién sabe, tal vez había sido una alucinación, motivada por su dolor…

Raffaella Bolletti

La Mise Au Tombeau

Les tombeaux de Paul Delvaux, 1957

Era mi último día de vacaciones y la enésima vez que me sentaba en el incómodo sofá con el fin de admirar aquel cuadro. La escena era fascinante a la vez que surrealista. Representaba a un grupo de esqueletos rodeando la tumba del que se suponía haber sido un laureado militar cuyos restos yacían apenas cubiertos por una sábana blanca. Varios de aquellos descarnados todavía lucían sudarios y los llevaban puestos a modo de túnica. Uno de ellos, de huesos amarillentos y erosionados, situado a la cabecera y que, a su decir, pues ya no le quedaban atributos que lo demostrara, había sido obispo, se erguía con altivez, gesticulando con ademanes afectados. Otro, más pequeño, y encorvado sobre la tumba, le escuchaba distraído mientras rastreaba el interior del sepulcro en busca de alguna moneda, remanente de su época como recaudador de impuestos. 

«Fijaos», clamaba con amargura uno que portaba túnica amarilla y al que en apariencia nadie le hacía caso. «Mirad qué injusticia que debamos compartir espacio con mendigos y que no podamos en la muerte conservar nuestra posición social” Y señalaba con desprecio a un carapacho que, agachado a los pies del sepulcro, parecía querer pasar desapercibido.

«Tiene razón – murmuraban, chasqueando las mandíbulas, otros dos entre sí. «Ahora mismo no somos más un simple montón de huesos»

«De esta manera, nadie podrá reconocer la importancia de nuestro rango», continuó con tono de frustración el esqueleto obispo. El recaudador de impuestos asintió, refunfuñando más por el disgusto de no encontrar ninguna moneda que por estar de acuerdo con el discurso del pretendido mitrado.

Hablaban todos con resentimiento y orgullo, recordando los días en que caminaron entre los vivos con poder y autoridad. Sin embargo, conforme escuchaba la conversación, algo dentro de mí se removía ¿Realmente importaba, después de la muerte, el estatus social o las posesiones adquiridas en la vida? ¿Acaso no éramos todos iguales frente a la inevitable parca? 

Las palabras de los esqueletos resonaban en mi mente mientras yo permanecía todavía abducido por la escena que se representaba.

De repente, una mano se posó sobre mi hombro. «Es la hora del cierre, señor», alguien me espetó.

Giré la cabeza sobresaltado. Era uno de los vigilantes del museo que me señaló un enorme reloj situado en la pared y que marcaba ya las cinco y media. Asentí a la vez que me ponía en pie.

Miré por última vez al cuadro y me despedí sin palabras. Al día siguiente debía volver a mi país y lo hacía con una nueva perspectiva de las cosas. Atrás quedaba aquel mundo de muertos atrapados en un eterno diálogo. Seguramente echaría de menos sus reflexiones, pero al fin y al cabo tan sólo eran montones de huesos.

Me encaminé hacia la salida, pero antes de dar dos pasos un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar como una voz profunda decía «hasta la vista». 

Miré sorprendido a mi alrededor y advertí como los descarnados también habían parado su conversación para, tan sorprendidos como yo, reparar en mi persona. En absoluto silencio me saludaron haciendo un leve ademán con sus manos.

Entonces comprendí que se estaban despidiendo de mí, y que había sido mi propio esqueleto el que había hablado..

Sergio Ruiz Afonso.

 Serendipia

Les tombeaux de Paul Delvaux, 1957

— Cuando todo está programado y lo sabes; el vuelo de la mariposa, la tela de la araña, la formación de la vida es una fórmula matemática grabada para siempre en las entrañas de cualquier bestia, en especial en los seres humanos, estamos inmersos, programados, buscando de forma continua el porqué de lo evidente. El tiempo y el espacio son uno, nadie está y es. Somos unos ingratos, debemos habitar desde que nacemos. Existimos en un episodio en la evolución; por eso es evidente que debemos perecer, con todas sus partes: obertura, recitativo, aria y coros. Somos ensayos de la memoria de la vida. Nos moldea: los huesos, los músculos, los tendones y los órganos. Lo blando y lo importante dentro, protegido. Por fuera lo más resistente y en lo alto la organización que envía mensajes que antes de nacer da vida a lo que ya está vivo.

Es un edicto como el orobal que nace en un sitio y necesita algo concreto para crecer, reproducirse y seguir un recorrido concreto. Porque la vida no puede permitirse un segundo inmóvil.

¡Una jaculatoria para el corazón! Todos nos vamos a quedar sin él. Las partes blandas desaparecen primero, por un tiempo la osamenta permanece y los huesos como las baquetas de un tambor creen que son útiles, pero sin piedad, porque el ojo ya no ve los colores del arco de lluvia, la cuenca está vacía y el magín se fue. 

— Todos vamos a morir, pero por favor, profesor, siempre será mejor en un cuadro lleno de oropel y con un anafre.

— Bueno, querida alumna, en su caso lo mejor es el dogma y un hornillo calentará algo los huesos en el cielo o en el infierno, dónde usted prefiera, es un artículo de fe. La clase ha terminado. El próximo día veremos la matemática perfecta: la embriología.

— Será mejor irnos a una fiesta de carnaval. Yo seré un esqueleto, así me voy preparando, o un feto ¿No será lo mismo?

— Hasta mañana. Disfruta tu serendipia.

Blanca Quesada

Delvauxes

El retiro de Paul Delvaux, 1973

— Hola querida, ¿qué te parece si nos vamos a ver Delvaux? ¿Este finde? ¿Qué te parece?

— Pedro cariño, el sábado sería perfecto: ¡están abiertos hasta las 19! Pero te digo la verdad: ¡eso sí que no me lo puedo creer! Tú que propones acompañarme a ir de compras… tú que siempre has odiado ir de compras, es un sueño, si estoy durmiendo por favor que no me despiertes.

— Pero querida, ¿qué has entendido? te estaba proponiendo ir a ver la exposición de Delvaux, el famoso pintor… me he enterado de que hay una exposición de sus obras en Bélgica, parece bastante completa.

— ¿Me estás diciendo que no vamos a ir de compras?  Son caros, pero son muy bellos, a la moda y elegantes esos bolsos; la tienda de bolsos Delvaux está en vía Bagutta, justo en el centro de Milán, cuadrilátero de la moda, para ser más precisos, en vía Bagutta número 10. A propósito: ¿quién es este Delvaux pintor que se llama como mi marca preferida de bolsos?

Graziella Boffini

Le canapé vert

En traje de noche, estaba sentada en una logia como en el teatro y contemplaba con asombro una pequeña ciudad antigua situada al pie de un volcán amenazador. La gente se dedicaba a sus ocupaciones, ligeramente vestidas como conviene en el azul mediterráneo de un cielo sin nubes. Un pequeño pueblo tranquilo donde me hubiera gustado vivir.

En primer plano sobre la amplia explanada del templo principal dedicado a algún Apolo rodeado por sus adoradoras, un sofá de color verde, idéntico al que he elegido para decorar mi boudoir. Tendido sobre él, un efebo completamente desnudo de extraordinaria belleza. Se parecía a Antinoo, al menos como lo describía Marguerite Yourcenar: «una cabeza inclinada bajo una cabellera nocturna, ojos que el alargamiento de los párpados hacían parecer oblicuos, una cara joven y ancha». Fue mi primer amante.

A unos pasos de él, bajando elegantemente los pocos escalones de una galería. Yo era rubia en ese momento y, también yo, desvelaba impúdicamente mi cuerpo como se ve natural en este escenario. Yo era muy hermosa.

Ambos somos perfectos, como lo son los modelos de cera, somos indiferentes y parece que no nos vemos el uno al otro. Como tampoco vemos a la joven, en el fondo, desnuda también ella, apoyada sobre una lápida, con el pelo suelto, llorando por el niño que acaba de perder. Era nuestro hijo.

Una detonación inesperada rompió el silencio de la escena, una oscuridad total invadió la habitación donde dormía: «se formaba una nube con el aspecto y la forma de un árbol y haciendo pensar sobre todo en un pino.» (Plinio el joven)

Jean Claude Fonder

Isla grande

Subimos a la piragua, una canoa típica, y nos adentramos en las aguas densas y limosas de la ciénaga. La brisa acariciadora atenúa el calor del trópico y, a medida que nos deslizábamos hacia la isla grande, mecidos por el ritmo de los remos, se hizo un silencio de siesta, roto sólo por tal cual pez saltarín que se zambullía aquí y allá.

Desembarcar en la isla requiere destreza de parte del canoista, pues los embarcaderos cambian en base a las anegaciones periódicas, según el régimen de lluvias.

La casa está en la falda una colina, es fresca y con una vista amplia sobre la laguna dorada del atardecer. Se ve galopar una manada de caballos en la orilla, casi salvajes, con las crines al viento. Me invade una sensación de libertad y entiendo por qué el antiguo propietario de ese paraíso quiso que su corazón fuera enterrado en la cima de la colina.

Maria Victoria Santoyo Abril

La isla de los enamorados

Había llovido el día anterior, así que el aire estaba seco, el cielo azul muy claro, algunos cúmulos se escondían detrás de las montañas, la primavera entraba por la ventana cargada de perfumes embriagadores, la naturaleza se despertaba. Mónica miraba el lago azul grisáceo que rodeaba la pequeña isla y que revelaba sus misterios ante ella.

María, su hermana mayor, le había contado que la llamaban la isla de los enamorados. Más que una isla, era un islote rocoso cubierto de un poco de verdor, arbustos, la mayoría de follaje perenne cuyos variados tonos de verde se asociaban con felicidad a la piedra rosada de las rocas. Había muy pocos espacios abiertos. Se preguntaba cómo podría esconderse y cómo se hacía para desembarcar.

María contaba que hace mucho tiempo un joven guapo se había refugiado allí para huir de los perros que un mal padre, un rico comerciante, un propietario, había soltado contra él. Era un pescador que trabajaba en el lago, y un día la hija del comerciante, también joven y muy bella, le había pedido que la llevara al burgo vecino, al otro lado del lago. Unos meses más tarde, ya no podía disimular el tamaño de su vientre y la pesadez de sus pechos. El joven no dudó y fue a la tienda del padre para asumir sus responsabilidades.

Nunca se lo volvió a ver, pero algunos afirman que se pudo haber observado a un hombre casi desnudo que se escondía detrás de los arbustos de la isla. Desde entonces, la leyenda de los amantes que vivían en la isla salvaje alimentándose de bayas y de lo que podían pescar por la noche en el lago, se difundió cada vez más. Y ya no se pueden contar los episodios que las mujeres contaban susurrando en las cocinas cuando los hombres estaban ausentes. Un par de amantes prohibidos, otro joven guapo como un dios, una cortesana demasiado fácil que deshacía las familias, una bella joven virgen a la que se quería sacrificar en la cama de un horrible viejo rico, todos se imaginaban historias que poblaban la isla de sueños románticos.

Mónica, preguntaba, escuchaba, quería saber siempre más. Aquel día, acostada en el lago, tomando sol bocabajo se había quitado la parte superior del bikini y miraba con atención la isla, le había parecido ver una mancha más clara. Un hombre tal vez, ella pensó en Pedro cuando en el barco, sin camisa, él arreglaba las redes, le gustaba mirarlo a escondidas. Podría ser él. Se imaginaba con él en la isla, entonces se levantó y sin dudar entró en el agua y con grandes brazadas ella se dirigió hacia la isla, se sentía libre y hermosa. Al llegar cerca de las rocas, vio que eran abruptas y que no había manera de aferrarse para salir del agua, dio la vuelta lentamente, no hay forma de encontrar un punto de acceso, rocas por todas partes como pequeños acantilados, y, sin embargo, ella estaba segura de que había un hombre en la isla, Pedro. Era pescador, quizás con un barco que estaba más arriba, pero no había rastro de barcos. ¿Sus compañeros se lo habían llevado? Pero no, y los demás entonces, los que habían llegado a la isla huyendo.

Mónica empezaba a cansarse, nunca podría volver a la playa de la que había salido. Entonces, de repente, tras la última curva, vio una pequeña cala, también formada por altas rocas, pero estaba muy oscuro y estaba dominada por grandes árboles, probablemente pinos, todos retorcidos, y había dos grandes ramas que bajaban cerca del agua. Se acercó, había un hombre tendido en la rama, estaba completamente desnudo para trepar mejor, ella lo reconoció era Pedro. Y como si fuera un acróbata, le tendió la mano.

Jean Claude Fonder

Fotos

— ¡Vaya! ¡La caja de mis fotos de las vacaciones en las islas! Es increíble lo que puedes encontrar cuando limpias la casa y piensas botar todo lo viejo, lo que ya no sirve… En fin, ¿Desde cuánto no las veía? Claro, son fotografías de viajes que se hicieron hace muchos años, de las de una vez, las que se imprimían y se guardaban como pequeños tesoros…

Isabel se sienta, deja de trabajar y observa la primera: siempre es una emoción volver a ver la imagen de su padre, relajado y alegre, y no tan serio come en su imagen que ella siempre ve en el cementerio. En esta foto en blanco y negro él está en Torcello, cerca de Venecia, su isla favorita, encantadora: muy tranquila, con lindas casas pintadas de colores brillantes, con canales en lugar de carreteras y barcos en lugar de coches. Papá – alto y esbelto, con su pelo rizado y ya un poquito gris – está sonriendo, delante de un complejo paleocristiano: la Catedral de Santa María de la Asunción. A su lado, aferrándose a su mano, hay una niña delgada, con el flequillo demasiado corto y un vestido bonito hecho por mamá… Es Isabel.

La segunda es una fotografía en color: un grupo de amigas que ríen y se abrazan en la playa: están en Fetovaia, una de las más evocadoras de la Isla de Elba, que forma parte de un contexto natural entre arena dorada y acantilados de granito. El color del mar varía del verde claro al azul intenso. Las chicas están bronceadas, poco cubiertas con sus bikinis, Isabel se cubre un poco la boca con la mano, como si estuviera riendo demasiado. Tienen veinte años, más o menos: Ana, la de pelo rizado y traje de baño rojo, es su compañera del instituto; Paloma, que la está abrazando, es la que estudia con ella en la universidad de Milán; Elena, la del bikini más pequeño, es su amiga desde siempre. Un momento perfecto, de los que no se repiten casi nunca.

La tercera es una foto de otro mundo: la maravillosa imagen de una playa de arena blanca y suave, enmarcada por palmeras tropicales, bajo un cielo que parece pintado. Una pareja joven, con unos anillos muy nuevos en sus dedos, los ojos de Isabel que se pierden en la sonrisa de él, los labios de Francisco que se apoyan en la frente de ella. Están en Mahé, la más grande y particular isla del archipiélago de las Seychelles, donde hay montañas de granito cubiertas de exuberante vegetación, y franjas de tierra que se adentran en el mar como brazos, formando bahías cuyas aguas cristalinas y turquesas brillan bajo la luz tropical. 

Es la primera foto de su luna de miel, una foto que la guía les sacó hace más de 30 años, y hay muchas otras de ese viaje… Isabel pone las fotos sobre la mesa: esta noche las va a enseñar a su marido, que las había buscado varias veces sin éxito. Y sus recuerdos volverán a la isla, bajo las palmeras, en la playa dorada.

Silvia Zanetto

La Isla Secreta

Tomás:

La vida sigue igual que siempre. No me hace caso.

En este momento estoy sentado en un avión, rumbo a Buenos Aires. Pienso en qué puedo decirle a Inés. Aún no se ha enterado de lo que me pasa a mí, de mi enfermedad. Decidí regalarnos este viaje, una auténtica sorpresa, porque ella siempre ha soñado con visitar Patagonia, y yo siempre quise visitar una pequeña isla que se encuentra en el lago Mascardi, en la región patagónica argentina, es decir la isla Corazón. Hay muchas islas con forma de corazón en el mundo, pero ésta es especial, aunque sólo sea por la leyenda que cuenta que dos amantes, pertenecientes a dos tribus rivales, huyeron juntos y para evitar el castigo de sus padres, se tiraron al lago y se dejaron morir. Fue así que nació la isla con forma de corazón. Me pareció perfecta para expresar nuevamente mi amor a Inés y, mientras tanto, buscar las palabras para informarla de la mala noticia. No puedo imaginar lo que va a ocurrir.

Inés:

Tomás sabe que me gusta mucho viajar, pero no me gustan ni los viajes turísticos organizados ni tampoco los cruceros. Así que, después de veinte años de convivencia, cuando me informó del viaje que había organizado, no me lo podía creer, una sorpresa maravillosa. Entonces ahora estamos viajando en avión hacia Buenos Aires y luego hasta el aeropuerto más cercano a la Isla, esa, de la que yo no conozco ni el nombre. Por fin llegamos a destino en una sencilla canoa. Finalmente me enteré de que la isla se llama Isla Corazón, que al revelarse en todo su esplendor, me hechizó. Abracé muy fuerte a Tomás agradeciéndole.

Tomás:

Estoy feliz de haberte regalado este viaje, y te he traído aquí en la intimidad que se respira en esta isla, porque lo que tengo que decir es importante. Por supuesto no soy yo quién decide el destino de esta vida mía, corta, frágil, hecha de un puñado de días. Tengo una grave enfermedad que me separará de ti muy pronto. No es mi deseo entristecerte, sólo quiero que disfrutemos de este lugar y que siempre recuerdes que hay otra isla, invisible, oculta, palpitante, que late rápido o más despacio, dependiendo de muchos factores diferentes entre ellos. Una isla rodeada de ríos grandes y pequeños, flotante, bien escondida. Ahora mismo mi isla late con un ritmo preocupante, me temo que pronto se vaya a sumergir y acabe con su vida. Lo que quiero que sepas es que esta isla ha palpitado por ti y seguirá haciéndolo con todo mi amor. Recuerda siempre que esta isla secreta existe y que esta isla no es nada más que mi corazón. Llévalo siempre contigo, esté donde esté.

En Milán unos meses más tarde

De pronto un viento frío llega desde un cielo lleno de nubes. Me sacude, me muerde con su lengua escurridiza capaz de entrar en la vida de las personas y yo recuerdo… recuerdo… recuerdo una pequeña isla en forma de corazón.

Raffaella Bolletti

El rincón de los sueños 

En el etéreo océano de mis pensamientos, soy un vagabundo errante que navega por islas de ensueño. Cada isla es un refugio, un rincón donde la amigable brisa del mar me acaricia la piel y el murmullo de las olas me susurra secretos olvidados. Mis islas, son esas memorias que atesoro; un mágico rincón donde el tiempo no se mide en horas, sino en instantes.

En unas, el sol resplandece sobre la arena dorada mientras las gaviotas dibujan surcos en el cielo; los días se deslizan suavemente, y la simplicidad de la vida se mezcla con el sabor de la fruta fresca y el aroma de la tierra húmeda. En otras, la vegetación exuberante esconde historias antiguas, ecos de civilizaciones pasadas que aún reverberan en el viento. 

Soy un vagabundo sin rumbo fijo y soy poseedor de un corazón lleno de anhelos. Cada isla me descubre algo nuevo: la fortaleza de la soledad, la belleza de la introspección, la alegría de poder disfrutar de lo efímero… Y aunque a veces, en este mar inmenso, me sienta como perdido, estoy convencido de que la realidad es que cada paso me acerca un poco más a la comprensión de la importancia de lo insignificante.

Cada atardecer, fijo la mirada en el horizonte y agradezco las islas que habito, pues en su esencia encuentro la libertad de ser quien realmente soy: un vagabundo, un soñador que navega por el mar infinito de su propia existencia.

Sergio Ruiz Afonso.

 El bajel

El barco me gustó. Desde fuera parecía hasta más grande de lo normal. Tengo que regresar a Tenerife donde vivo actualmente. La gente aquí viaja con bastante frecuencia entre las islas. Como yo hay personas que viven en una isla y trabajan en otra, muchos son camioneros, bomberos, profesores, etc. 

Había dos ambulancias, ¿traslado por revisión o venían de la DANA o también llamada gota fría? Ahora tocó en Valencia.  La gota fría es el nombre de toda la vida que nos calló a nosotros, los canarios, la primera de ellas fue conocida como el aluvión de 1826. Terrible. Imagínate que nos pase eso y estemos en este barco. Los barcos no tienen cinturones de seguridad, tienen chalecos salvavidas.  

Desde pequeña sé que el mundo es un charco con trozos de tierra por doquier y todos contienen personas, animales, plantas y cosas.

Seguimos con el barco, viejo y sucio, de los que se mueven mucho, estaba sentada en un pequeño sillón con respaldo corto, la cabeza estaba dando sacudidas, la mesa baja y pequeña, redonda, con otro sillón enfrente, al lado el expositor de la tienda del barco, perfumes y chuches. Carísimo todo.

 Yo soy de las que no me marea ni un temporal, el truco es caminar dando zancadas largas o con pies abiertos que es lo mismo, tomar poca sal y líquidos densos. Todos compran papas fritas y agua lo cual es un craso error. 

El barco es un vestigio de la antigüedad. solo había enchufes donde yo me senté. Enfrente tenía algunos pasajeros sentados en filas con sillones, unos rojos y otros grises, con cabezales, diría que muy usados. Debajo de cada asiento, su respectivo salvavidas. 

Los pasajeros estaban rosaditos, de un color casi normal en los extranjeros o pasajeros españoles habituales, a veces también tenemos personas de colores variados como los negros o los hindúes, a esos se les nota menos el cambio de color a lo largo del viaje, ya que normalmente el mar se mueve, o el barco, como en este caso.

Habían cambiado el barco porque el otro tenía una revisión anual de dos semanas, Señores armadores ¿no habría que renovar estos barquitos?

Entre idea e idea que se me pasaba por la cabeza, miraba una película y debido a unos bandazos considerables mis ojos bailaban del mar al cielo.

De pronto me doy cuenta que un señor gordito, de los que comen papas fritas con sal, calvo, que antes estaba rosado y ahora de color indeterminado, miraba fijamente al escaparate de la tienda o a mí, yo estaba en medio por eso no estaba segura de a qué o a quién miraba, era una mirada fija. Seguí escuchando mi película de navidad donde todo termina bien y el único ruido que se escucha es la música, me encanta, por eso me senté al lado de los únicos enchufes que tiene el barco. 

De pronto la película paró. Me levanté manteniendo la estabilidad, como antes les mencioné. El barco subía y bajaba como en una noria. Le pregunte a la azafata por qué se había parado internet.  Me contestó con toda la tranquilidad del mundo marinero (eso es mucha serenidad) que allí no había wifi. Había estado utilizando mis datos, ¡me iba a dar algo! los guardo para las emergencias reales. 

 Todos los barcos tienen wifi, aunque de vez en cuando en medio del mar se corta la conexión. Entre Gran Canaria y Tenerife hay una distancia de 38 millas, equivalentes a 70 km, para que nos hagamos una idea estamos a 70.000 metros entre aguas. En medio del trayecto desaparece la wifi siempre, como en los grandes desastres. 

Pues no me quedó otra que mirar la tienda y volver a mi sitio, otra vez a leer y no te lo puedes creer, pero escuché un ruido gutural, el hombre que yo creía que estaba mirando de forma sospechosa no miró nunca de forma sospechosa, tenía la vista perdida, estaba verde y la azafata le ofreció dos bolsas color marrón, las utilizó. También le ofreció una bolsa con cubitos de hielo para ponerlos en la nuca, son muy efectivos, pero él la rechazó, un error muy grande, echo la bilis. Pidió perdón en italiano a todos los presentes, los demás estaban pálidos, todavía estaban en el mareo de la náusea. Todo llega a su tiempo. Los niños llorando y los demás palideciendo.

Yo, impávida, después de tantos traslados, profesora del gobierno de canarias, mucha suerte tendría si no hubiera sido destinada en más de una ocasión fuera de mi isla. Ahora mi isla son todas.

Los humanos me recuerdan a las hormigas y los dos conceptos comienzan por la misma letra, la “h” ¿no será una percepción del subconsciente colectivo? Viajando y buscando, en constante movimiento, pero en el barco no se mueve nadie, quietos, anclados a sus asientos, ya tiene el barco su propio vaivén.

Voy vestida con un ligero conjunto de pantalón y blusa blancos porque hace un calor de veintiocho grados. Destaco esto porque vi a un señor que tenía el uniforme de la compañía negro de sucio, “mecánico seguro” pensé, ¿y si el motor se para? 

No se paró. Buen mecánico seguro.

Llegué a Santa Cruz de Tenerife media hora más tarde de lo acordado en el billete. a pesar de todo valió la pena, mi coche me estaba esperando en el garaje del bajel, antes olía a brea, ahora no, un detalle considerable.

Imagino a los que viajaban en navíos a algún lugar hace años o siglos ¿sería una fiesta?

Blanca Quesada

La cabalgada de Reyes

¡Me encantan las Navidades! Es mi periodo del año favorito: me fascina la nieve, hacer muñecos con mis amigos, lanzarnos bolas y pasar horas jugando con ellos en el parque.

Mis padres y yo vivimos en un pueblo de León y ellos, para hacerme una sorpresa, decidieron pasar unos días en Madrid para ver la Cabalgata de Reyes el 6 de enero. ¡Estoy muy emocionado! Es uno de mis grandes sueños que se va a cumplir.

Pocos días antes del viaje, mientras alistábamos la maleta, estaba más entusiasmado que nunca.

¡La ciudad de Madrid me pareció maravillosa! Mi sitio favorito es el Parque del Retiro, donde el laguito en el medio se congela y se puede pasear por todas partes. El centro de la ciudad es inmenso y los hay muchos edificios antiguos espectaculares: ¡se nota que estamos en la capital!

La noche anterior a Reyes no logré ni pegar ojo de la efervescencia de ver toda la Cabalgata por primera vez. Los años anteriores me había tocado verla en la tele y me parecía lo más hermoso del mundo. Todos contentos, los niños recibiendo regalos, los periodistas entrevistando a la gente en la calle.

Seguramente para los niños es una experiencia mágica, pero aquí también veo a muchísimos adultos que parecen felices, al igual que nosotros. Adoro este aire festivo y, aunque sí está haciendo frío, estamos bien abrigados para aguantar tantas horas aquí en la calle.

Mientras brinco de felicidad emocionado por la llegada de los tres grandes protagonistas de la Cabalgata empiezo a escuchar silbidos y gente que está abucheando los carrozas. Efectivamente noto algo muy raro en uno de los Reyes Magos: Melchor y Gaspar me parecen bastante “normales”, sin embargo Baltazar es rubio y tiene el rostro embadurnado para parecer más moro. ¿Con tantos moros de verdad que hay en España cuál es la necesidad de pintar a un rubio? ¡Me parece absurdo, pero tampoco es para tanto!

La gente a mi alrededor comienza a gritar e insultar al blondo y solo entiendo “¡trampa!” cada vez más fuerte. Finalmente me doy cuenta que lo que todo el mundo chilla es el nombre del ex presidente de los EEUU. ¿Qué hace este hombre en plena Cabalgata de Madrid disfrazado de Baltazar? ¿Quién lo convenció a pintarse de esa forma horrorosa y desfilar por las calles? ¿A quién puede parecerle bonito engañar a la multitud de esta forma?

El sombrero de Carito

El niño

Jailhouse Rock y su ritmo frenético hizo temblar todo el apartamento.  Los bafles estaban ajustados al máximo de su potencia, era una pequeña fantasía que se permitía en medio del día cuando todos estaban trabajando en la ciudad. Su foto estaba sobre el muro detrás del estéreo, una voz joven cantaba las letras en español: El rock de la carcel. Era él quien cantaba, en aquella época lo llamaban El niño. Era famoso.

Hoy, hace mucho tiempo. Había ganado bastante dinero, pero no había durado, había envejecido, la moda había pasado, a los cuarenta ya no se parecía tanto a Elvis. Había intentado continuar con otro repertorio, sin éxito. Se había reconvertido en contabilidad, trabajaba en un banco. 

Los fines de semana con su grupo, seguían reuniéndose para animar pequeñas fiestas, bodas, cumpleaños. Toda su vida desde los 16 años había estado dedicada a la música, ahora a casi ochenta años tuvo que contentarse con escuchar sus grabaciones.

En ese momento llamaron a la puerta.

Bueno, pensó, es la misma harpía del primero, que viene a quejarse, bajó el volumen, se reajustó, abotonó la chaqueta de luz como la que Elvis llevaba en su último concierto, recogió lo que podía parecer a un tupé que aún lograba ostentar con su poco de pelo de negro. Abrió la puerta.

—Adolfo Suárez, ¿supongo? —preguntó un joven vestido totalmente de negro, con el pelo negro también peinado según la moda actual, un bonito cepillo elevado y los contornos afeitados.

—Elvis! —le respondió El niño, atónito.

En efecto a algún detalle cerca se parecía fuertemente al personaje que era representado sobre la portada de Jailhouse Rock.

Entonces vio los documentos que el muchacho tenía en sus manos la tarjeta de donante con identidad revelada que era la suya. Nunca con su vida desordenada, hecha de giras y viajes, había construido una relación duradera con el sexo femenino, pero como esperaba tener un heredero, había contactado con esta empresa especializada y contratado un papel de donante con la posibilidad para su hijo adulto de encontrarlo.

— Eres mi hijo —dijo con el corazón que le iba a mil.

El chico le hizo una gran sonrisa y en sintonía con el rock que seguía dando ritmo a la escena a voz baja, y, como solo Elvis sabía hacerlo, se contoneó y puso adelante una guitarra imaginaria.

Jean Claude Fonder

Invisibles para todos

Los telediarios en estos días siguen hablando mucho de este acontecimiento: dicen que ella enterró el niño en el jardín de su casa, cuando estaba vivo, inmediatamente después de su nacimiento. Dicen que nadie, ni siquiera sus padres, se dio cuenta de que ella había parido, y tampoco de que estaba embarazada. Dicen que ella -una mujer casi chica o una chica casi mujer, de 22 años- lo parió y lo ocultó entre las plantas del jardín y luego se fue de vacaciones al extranjero, a divertirse con su familia. Dicen también que no se encontró el cuerpo de un bebé solo, sino de dos, así que hace un año la mujer-chica ya le había dado y quitado de inmediato la vida a otra criatura. 

Dos niños, de los que nadie se dio cuenta de que nacieron, ni de que murieron. Dos niños que para todos -su futura familia, su futuro padre- nunca habían existido. 

Y nosotros, viendo el telediario, nos preguntamos todos por qué la mujer-chica hizo semejante locura asesina, por qué lo hizo una segunda vez; no entendemos cómo es posible que nadie se hubiera dado cuenta de nada: ni del embarazo, ni del parto, tampoco de aquellos dos raros agujeros bajo la hierba en el jardín de casa… 

Y los niños, cuando lloraron por primera vez, cuando abrieron por primera vez sus ojos y empezaron a respirar, ¿Qué vieron? ¿Qué oyeron? ¿Se dieron cuenta de que su vida iba a empezar, unos segundos antes de que la mujer-chica se la arrebatara? ¿Qué pensaban, cuando veían pasar por el jardín a la mujer-chica que los había abandonado allí?Quiero creer que, a lo mejor, se consolaban el uno con el otro, abrazándose entre la tierra, hablándose mutuamente con su gimoteo, gozando del verde del césped y del azul del cielo y oliendo el perfume del bosque, ya verdes como la hierba e invisibles para todos.

Silvia Zanetto

La bella vida  

Pelota y peteretes.  Estas palabras me recuerdan mi niñez. 

La niñez que viví disfrutó de toda la alegría que nos produce lo nuevo.

Mi recuerdo más lejano es el de un camino polvoriento rodeado por muros bajos de roca negra, la piedra del volcán nos guiaba. Abuela me llevaba de la mano. Ella tenía un pañuelo amarrado a la cabeza y yo iba con un sombrero de paja al que me tenía que agarrar, era para protegernos del sol y del polvo amarillo y seco de Lanzarote que se levantaba al primer viento, además, aquel día iba acompañado por la calima que no me dejaba ver ni la pelota de trapo a la que iba dando puntapiés.

Mi abuela llevaba una maleta con tachuelas en las esquinas y de la misma manera llevábamos clavada la angustia de la incertidumbre en nuestros corazones. 

Llegamos al muelle y cogimos un barco enorme y blanco.

¡De pronto, nos encontramos en otro mar, en otra casa, papá, mamá y mi hermanita Carmen estaban allí! Era un mundo de agua con olas muy altas y mucha gente.

Creo que el contacto con la divinidad es un calambrazo y eso me dio ese viaje.

Me dio la oportunidad de valorar la belleza de cada instante y la matemática de la vida: hay cosas que no se entienden y lo único que queda es aceptarlas.

Abuela nunca quiso volver a la isla y mucho menos a ese camino de tierra.

Yo sí he vuelto. Lanzarote y sus paisajes me envuelven.

El atardecer desde el acantilado está lleno de colores, de luces bellas e inalcanzables. 

Bajo el risco veo el mar.  Un turquesa inconfundible inunda el paraíso, tangible, donde mi abuelo pescaba. La espuma acaricia serena al amarillo luminoso y claro de la arena, allí es donde la silenciosa paz te acompaña y la alegría de haber vivido está contigo.  

La playa: el refugio donde la vida está en el interior de la más profunda de las miradas y se queda colgada del alma. 

Hay cosas que no puedo olvidar y no han cambiado como los juegos, las risas. Las sigo escuchando, en la plaza o en cada campo de fútbol improvisado, el centrocampista que conecta con la delantera. El medio punta ayuda a meter el gol y entonces la portería se llena de defensas contra la fuerza del talento, para la pelota la portería es una diosa. El equipo es uno, comparten el triunfo y la alegría: inquieta y bulliciosa niñez. 

La aventura más grande de nuestras vidas. El esfuerzo y la algarabía: sacrificio y tributo.

Entonces cada hora era un viaje. El mayor descubrimiento. La esperanza que quiero vivir cada día, la emoción que nos espera detrás de cada maleta, la sorpresa y la ménsula de la familia. Una vida inmensa llena de experiencias prodigiosas con la calma bajo el risco.

Siento que el lugar que buscaba ya lo había encontrado desde que nací. Los niños están iniciados en lo intangible y sostienen la esperanza de un levógiro para la bella vida. Caleta Naomi. Allí te esperamos niñez.

Blanca Quesada

El niño que no quiso crecer 

Juan no era feliz. Aunque dotado de un espíritu alegre y soñador, la cotidiana observación del complicado mundo de los adultos y sus conflictos había ido depositando en su tierno corazón infantil un pesado manto de desaliento que no le permitía mirar al futuro más que con cierto pesimismo.

Muchas tardes solía escapar al bosquecillo cercano donde se entregaba a uno de sus pasatiempos preferidos: observar el paso de las nubes para descubrir las formas tan caprichosas como efímeras que se iban dibujando en el firmamento. Un día, mientras se encontraba recostado contra una roca, una de las nubes pareció adoptar la apariencia de un níveo anciano de larga barba. Y fue en ese justo momento que Juan decidió que ya no quería crecer. No deseaba convertirse en otra sombra más en un mundo donde la luz parecía estar desvaneciéndose poco a poco. Así, en ese instante de determinación pura, el universo pareció conspirar a su favor.

Una suave brisa acarició su rostro, llevando consigo rumores de sueños muy antiguos y aromas de jazmín. En ese preciso momento, un destello cruzó el cielo y una forma etérea se materializó frente a él adoptando el aspecto de una figura humana. Era un anciano vestido con túnicas brillantes y una sonrisa sabia en sus labios.

“Juan”, le dijo con voz cálida. “Tus deseos han sido escuchados. Te ofrezco la oportunidad de vivir eternamente como un niño, pero ten en cuenta que esta elección vendrá acompañada de desafíos y pruebas que deberás superar”

Juan lo pensó apenas un momento antes de aceptar la oferta, y dejando atrás su antigua vida, a partir de ese momento se embarcó en una aventura sin igual. Descubrió mundos fantásticos dentro de su propia imaginación, conoció a seres extraordinarios que le enseñaron lecciones valiosas y encontró la verdadera belleza en la sencillez de las cosas insignificantes.

Con el paso del tiempo, se convirtió en un guardián de la infancia, protegiendo la pureza y la esperanza de todos los niños que, como él, anhelaban escapar de la dureza del mundo de los adultos. Creció en sabiduría y amor, irradiando una energía sutil que inspiraba a todo aquel que se cruzaba en su camino.

Y así fue que aquel chico soñador y algo ensimismado, aprendió que la verdadera magia reside en la capacidad de conservar la inocencia y la alegría en medio de la oscuridad, y que la juventud del corazón es un tesoro más preciado que cualquier riqueza terrenal. Y cuando con el paso de los años su piel se fue tornando dura y arrugada, Juan todavía era portador de una sonrisa fresca, sabiendo que su eterno niño interior le acompañaría siempre, guiándolo hacia un mañana lleno de promesas y posibilidades infinitas.

Sergio Ruiz Afonso