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Isla grande

Subimos a la piragua, una canoa típica, y nos adentramos en las aguas densas y limosas de la ciénaga. La brisa acariciadora atenúa el calor del trópico y, a medida que nos deslizábamos hacia la isla grande, mecidos por el ritmo de los remos, se hizo un silencio de siesta, roto sólo por tal cual pez saltarín que se zambullía aquí y allá.
Desembarcar en la isla requiere destreza de parte del canoista, pues los embarcaderos cambian en base a las anegaciones periódicas, según el régimen de lluvias.
La casa está en la falda una colina, es fresca y con una vista amplia sobre la laguna dorada del atardecer. Se ve galopar una manada de caballos en la orilla, casi salvajes, con las crines al viento. Me invade una sensación de libertad y entiendo por qué el antiguo propietario de ese paraíso quiso que su corazón fuera enterrado en la cima de la colina.
Maria Victoria Santoyo Abril

La isla de los enamorados

Había llovido el día anterior, así que el aire estaba seco, el cielo azul muy claro, algunos cúmulos se escondían detrás de las montañas, la primavera entraba por la ventana cargada de perfumes embriagadores, la naturaleza se despertaba. Mónica miraba el lago azul grisáceo que rodeaba la pequeña isla y que revelaba sus misterios ante ella.
María, su hermana mayor, le había contado que la llamaban la isla de los enamorados. Más que una isla, era un islote rocoso cubierto de un poco de verdor, arbustos, la mayoría de follaje perenne cuyos variados tonos de verde se asociaban con felicidad a la piedra rosada de las rocas. Había muy pocos espacios abiertos. Se preguntaba cómo podría esconderse y cómo se hacía para desembarcar.
María contaba que hace mucho tiempo un joven guapo se había refugiado allí para huir de los perros que un mal padre, un rico comerciante, un propietario, había soltado contra él. Era un pescador que trabajaba en el lago, y un día la hija del comerciante, también joven y muy bella, le había pedido que la llevara al burgo vecino, al otro lado del lago. Unos meses más tarde, ya no podía disimular el tamaño de su vientre y la pesadez de sus pechos. El joven no dudó y fue a la tienda del padre para asumir sus responsabilidades.
Nunca se lo volvió a ver, pero algunos afirman que se pudo haber observado a un hombre casi desnudo que se escondía detrás de los arbustos de la isla. Desde entonces, la leyenda de los amantes que vivían en la isla salvaje alimentándose de bayas y de lo que podían pescar por la noche en el lago, se difundió cada vez más. Y ya no se pueden contar los episodios que las mujeres contaban susurrando en las cocinas cuando los hombres estaban ausentes. Un par de amantes prohibidos, otro joven guapo como un dios, una cortesana demasiado fácil que deshacía las familias, una bella joven virgen a la que se quería sacrificar en la cama de un horrible viejo rico, todos se imaginaban historias que poblaban la isla de sueños románticos.
Mónica, preguntaba, escuchaba, quería saber siempre más. Aquel día, acostada en el lago, tomando sol bocabajo se había quitado la parte superior del bikini y miraba con atención la isla, le había parecido ver una mancha más clara. Un hombre tal vez, ella pensó en Pedro cuando en el barco, sin camisa, él arreglaba las redes, le gustaba mirarlo a escondidas. Podría ser él. Se imaginaba con él en la isla, entonces se levantó y sin dudar entró en el agua y con grandes brazadas ella se dirigió hacia la isla, se sentía libre y hermosa. Al llegar cerca de las rocas, vio que eran abruptas y que no había manera de aferrarse para salir del agua, dio la vuelta lentamente, no hay forma de encontrar un punto de acceso, rocas por todas partes como pequeños acantilados, y, sin embargo, ella estaba segura de que había un hombre en la isla, Pedro. Era pescador, quizás con un barco que estaba más arriba, pero no había rastro de barcos. ¿Sus compañeros se lo habían llevado? Pero no, y los demás entonces, los que habían llegado a la isla huyendo.
Mónica empezaba a cansarse, nunca podría volver a la playa de la que había salido. Entonces, de repente, tras la última curva, vio una pequeña cala, también formada por altas rocas, pero estaba muy oscuro y estaba dominada por grandes árboles, probablemente pinos, todos retorcidos, y había dos grandes ramas que bajaban cerca del agua. Se acercó, había un hombre tendido en la rama, estaba completamente desnudo para trepar mejor, ella lo reconoció era Pedro. Y como si fuera un acróbata, le tendió la mano.
Jean Claude Fonder

Fotos

— ¡Vaya! ¡La caja de mis fotos de las vacaciones en las islas! Es increíble lo que puedes encontrar cuando limpias la casa y piensas botar todo lo viejo, lo que ya no sirve… En fin, ¿Desde cuánto no las veía? Claro, son fotografías de viajes que se hicieron hace muchos años, de las de una vez, las que se imprimían y se guardaban como pequeños tesoros…
Isabel se sienta, deja de trabajar y observa la primera: siempre es una emoción volver a ver la imagen de su padre, relajado y alegre, y no tan serio come en su imagen que ella siempre ve en el cementerio. En esta foto en blanco y negro él está en Torcello, cerca de Venecia, su isla favorita, encantadora: muy tranquila, con lindas casas pintadas de colores brillantes, con canales en lugar de carreteras y barcos en lugar de coches. Papá – alto y esbelto, con su pelo rizado y ya un poquito gris – está sonriendo, delante de un complejo paleocristiano: la Catedral de Santa María de la Asunción. A su lado, aferrándose a su mano, hay una niña delgada, con el flequillo demasiado corto y un vestido bonito hecho por mamá… Es Isabel.
La segunda es una fotografía en color: un grupo de amigas que ríen y se abrazan en la playa: están en Fetovaia, una de las más evocadoras de la Isla de Elba, que forma parte de un contexto natural entre arena dorada y acantilados de granito. El color del mar varía del verde claro al azul intenso. Las chicas están bronceadas, poco cubiertas con sus bikinis, Isabel se cubre un poco la boca con la mano, como si estuviera riendo demasiado. Tienen veinte años, más o menos: Ana, la de pelo rizado y traje de baño rojo, es su compañera del instituto; Paloma, que la está abrazando, es la que estudia con ella en la universidad de Milán; Elena, la del bikini más pequeño, es su amiga desde siempre. Un momento perfecto, de los que no se repiten casi nunca.
La tercera es una foto de otro mundo: la maravillosa imagen de una playa de arena blanca y suave, enmarcada por palmeras tropicales, bajo un cielo que parece pintado. Una pareja joven, con unos anillos muy nuevos en sus dedos, los ojos de Isabel que se pierden en la sonrisa de él, los labios de Francisco que se apoyan en la frente de ella. Están en Mahé, la más grande y particular isla del archipiélago de las Seychelles, donde hay montañas de granito cubiertas de exuberante vegetación, y franjas de tierra que se adentran en el mar como brazos, formando bahías cuyas aguas cristalinas y turquesas brillan bajo la luz tropical.
Es la primera foto de su luna de miel, una foto que la guía les sacó hace más de 30 años, y hay muchas otras de ese viaje… Isabel pone las fotos sobre la mesa: esta noche las va a enseñar a su marido, que las había buscado varias veces sin éxito. Y sus recuerdos volverán a la isla, bajo las palmeras, en la playa dorada.
Silvia Zanetto

La Isla Secreta

Tomás:
La vida sigue igual que siempre. No me hace caso.
En este momento estoy sentado en un avión, rumbo a Buenos Aires. Pienso en qué puedo decirle a Inés. Aún no se ha enterado de lo que me pasa a mí, de mi enfermedad. Decidí regalarnos este viaje, una auténtica sorpresa, porque ella siempre ha soñado con visitar Patagonia, y yo siempre quise visitar una pequeña isla que se encuentra en el lago Mascardi, en la región patagónica argentina, es decir la isla Corazón. Hay muchas islas con forma de corazón en el mundo, pero ésta es especial, aunque sólo sea por la leyenda que cuenta que dos amantes, pertenecientes a dos tribus rivales, huyeron juntos y para evitar el castigo de sus padres, se tiraron al lago y se dejaron morir. Fue así que nació la isla con forma de corazón. Me pareció perfecta para expresar nuevamente mi amor a Inés y, mientras tanto, buscar las palabras para informarla de la mala noticia. No puedo imaginar lo que va a ocurrir.
Inés:
Tomás sabe que me gusta mucho viajar, pero no me gustan ni los viajes turísticos organizados ni tampoco los cruceros. Así que, después de veinte años de convivencia, cuando me informó del viaje que había organizado, no me lo podía creer, una sorpresa maravillosa. Entonces ahora estamos viajando en avión hacia Buenos Aires y luego hasta el aeropuerto más cercano a la Isla, esa, de la que yo no conozco ni el nombre. Por fin llegamos a destino en una sencilla canoa. Finalmente me enteré de que la isla se llama Isla Corazón, que al revelarse en todo su esplendor, me hechizó. Abracé muy fuerte a Tomás agradeciéndole.
Tomás:
Estoy feliz de haberte regalado este viaje, y te he traído aquí en la intimidad que se respira en esta isla, porque lo que tengo que decir es importante. Por supuesto no soy yo quién decide el destino de esta vida mía, corta, frágil, hecha de un puñado de días. Tengo una grave enfermedad que me separará de ti muy pronto. No es mi deseo entristecerte, sólo quiero que disfrutemos de este lugar y que siempre recuerdes que hay otra isla, invisible, oculta, palpitante, que late rápido o más despacio, dependiendo de muchos factores diferentes entre ellos. Una isla rodeada de ríos grandes y pequeños, flotante, bien escondida. Ahora mismo mi isla late con un ritmo preocupante, me temo que pronto se vaya a sumergir y acabe con su vida. Lo que quiero que sepas es que esta isla ha palpitado por ti y seguirá haciéndolo con todo mi amor. Recuerda siempre que esta isla secreta existe y que esta isla no es nada más que mi corazón. Llévalo siempre contigo, esté donde esté.
En Milán unos meses más tarde
De pronto un viento frío llega desde un cielo lleno de nubes. Me sacude, me muerde con su lengua escurridiza capaz de entrar en la vida de las personas y yo recuerdo… recuerdo… recuerdo una pequeña isla en forma de corazón.
Raffaella Bolletti
El rincón de los sueños

En el etéreo océano de mis pensamientos, soy un vagabundo errante que navega por islas de ensueño. Cada isla es un refugio, un rincón donde la amigable brisa del mar me acaricia la piel y el murmullo de las olas me susurra secretos olvidados. Mis islas, son esas memorias que atesoro; un mágico rincón donde el tiempo no se mide en horas, sino en instantes.
En unas, el sol resplandece sobre la arena dorada mientras las gaviotas dibujan surcos en el cielo; los días se deslizan suavemente, y la simplicidad de la vida se mezcla con el sabor de la fruta fresca y el aroma de la tierra húmeda. En otras, la vegetación exuberante esconde historias antiguas, ecos de civilizaciones pasadas que aún reverberan en el viento.
Soy un vagabundo sin rumbo fijo y soy poseedor de un corazón lleno de anhelos. Cada isla me descubre algo nuevo: la fortaleza de la soledad, la belleza de la introspección, la alegría de poder disfrutar de lo efímero… Y aunque a veces, en este mar inmenso, me sienta como perdido, estoy convencido de que la realidad es que cada paso me acerca un poco más a la comprensión de la importancia de lo insignificante.
Cada atardecer, fijo la mirada en el horizonte y agradezco las islas que habito, pues en su esencia encuentro la libertad de ser quien realmente soy: un vagabundo, un soñador que navega por el mar infinito de su propia existencia.
Sergio Ruiz Afonso.
El bajel

El barco me gustó. Desde fuera parecía hasta más grande de lo normal. Tengo que regresar a Tenerife donde vivo actualmente. La gente aquí viaja con bastante frecuencia entre las islas. Como yo hay personas que viven en una isla y trabajan en otra, muchos son camioneros, bomberos, profesores, etc.
Había dos ambulancias, ¿traslado por revisión o venían de la DANA o también llamada gota fría? Ahora tocó en Valencia. La gota fría es el nombre de toda la vida que nos calló a nosotros, los canarios, la primera de ellas fue conocida como el aluvión de 1826. Terrible. Imagínate que nos pase eso y estemos en este barco. Los barcos no tienen cinturones de seguridad, tienen chalecos salvavidas.
Desde pequeña sé que el mundo es un charco con trozos de tierra por doquier y todos contienen personas, animales, plantas y cosas.
Seguimos con el barco, viejo y sucio, de los que se mueven mucho, estaba sentada en un pequeño sillón con respaldo corto, la cabeza estaba dando sacudidas, la mesa baja y pequeña, redonda, con otro sillón enfrente, al lado el expositor de la tienda del barco, perfumes y chuches. Carísimo todo.
Yo soy de las que no me marea ni un temporal, el truco es caminar dando zancadas largas o con pies abiertos que es lo mismo, tomar poca sal y líquidos densos. Todos compran papas fritas y agua lo cual es un craso error.
El barco es un vestigio de la antigüedad. solo había enchufes donde yo me senté. Enfrente tenía algunos pasajeros sentados en filas con sillones, unos rojos y otros grises, con cabezales, diría que muy usados. Debajo de cada asiento, su respectivo salvavidas.
Los pasajeros estaban rosaditos, de un color casi normal en los extranjeros o pasajeros españoles habituales, a veces también tenemos personas de colores variados como los negros o los hindúes, a esos se les nota menos el cambio de color a lo largo del viaje, ya que normalmente el mar se mueve, o el barco, como en este caso.
Habían cambiado el barco porque el otro tenía una revisión anual de dos semanas, Señores armadores ¿no habría que renovar estos barquitos?
Entre idea e idea que se me pasaba por la cabeza, miraba una película y debido a unos bandazos considerables mis ojos bailaban del mar al cielo.
De pronto me doy cuenta que un señor gordito, de los que comen papas fritas con sal, calvo, que antes estaba rosado y ahora de color indeterminado, miraba fijamente al escaparate de la tienda o a mí, yo estaba en medio por eso no estaba segura de a qué o a quién miraba, era una mirada fija. Seguí escuchando mi película de navidad donde todo termina bien y el único ruido que se escucha es la música, me encanta, por eso me senté al lado de los únicos enchufes que tiene el barco.
De pronto la película paró. Me levanté manteniendo la estabilidad, como antes les mencioné. El barco subía y bajaba como en una noria. Le pregunte a la azafata por qué se había parado internet. Me contestó con toda la tranquilidad del mundo marinero (eso es mucha serenidad) que allí no había wifi. Había estado utilizando mis datos, ¡me iba a dar algo! los guardo para las emergencias reales.
Todos los barcos tienen wifi, aunque de vez en cuando en medio del mar se corta la conexión. Entre Gran Canaria y Tenerife hay una distancia de 38 millas, equivalentes a 70 km, para que nos hagamos una idea estamos a 70.000 metros entre aguas. En medio del trayecto desaparece la wifi siempre, como en los grandes desastres.
Pues no me quedó otra que mirar la tienda y volver a mi sitio, otra vez a leer y no te lo puedes creer, pero escuché un ruido gutural, el hombre que yo creía que estaba mirando de forma sospechosa no miró nunca de forma sospechosa, tenía la vista perdida, estaba verde y la azafata le ofreció dos bolsas color marrón, las utilizó. También le ofreció una bolsa con cubitos de hielo para ponerlos en la nuca, son muy efectivos, pero él la rechazó, un error muy grande, echo la bilis. Pidió perdón en italiano a todos los presentes, los demás estaban pálidos, todavía estaban en el mareo de la náusea. Todo llega a su tiempo. Los niños llorando y los demás palideciendo.
Yo, impávida, después de tantos traslados, profesora del gobierno de canarias, mucha suerte tendría si no hubiera sido destinada en más de una ocasión fuera de mi isla. Ahora mi isla son todas.
Los humanos me recuerdan a las hormigas y los dos conceptos comienzan por la misma letra, la “h” ¿no será una percepción del subconsciente colectivo? Viajando y buscando, en constante movimiento, pero en el barco no se mueve nadie, quietos, anclados a sus asientos, ya tiene el barco su propio vaivén.
Voy vestida con un ligero conjunto de pantalón y blusa blancos porque hace un calor de veintiocho grados. Destaco esto porque vi a un señor que tenía el uniforme de la compañía negro de sucio, “mecánico seguro” pensé, ¿y si el motor se para?
No se paró. Buen mecánico seguro.
Llegué a Santa Cruz de Tenerife media hora más tarde de lo acordado en el billete. a pesar de todo valió la pena, mi coche me estaba esperando en el garaje del bajel, antes olía a brea, ahora no, un detalle considerable.
Imagino a los que viajaban en navíos a algún lugar hace años o siglos ¿sería una fiesta?
Blanca Quesada

El Niño
La cabalgada de Reyes

¡Me encantan las Navidades! Es mi periodo del año favorito: me fascina la nieve, hacer muñecos con mis amigos, lanzarnos bolas y pasar horas jugando con ellos en el parque.
Mis padres y yo vivimos en un pueblo de León y ellos, para hacerme una sorpresa, decidieron pasar unos días en Madrid para ver la Cabalgata de Reyes el 6 de enero. ¡Estoy muy emocionado! Es uno de mis grandes sueños que se va a cumplir.
Pocos días antes del viaje, mientras alistábamos la maleta, estaba más entusiasmado que nunca.
¡La ciudad de Madrid me pareció maravillosa! Mi sitio favorito es el Parque del Retiro, donde el laguito en el medio se congela y se puede pasear por todas partes. El centro de la ciudad es inmenso y los hay muchos edificios antiguos espectaculares: ¡se nota que estamos en la capital!
La noche anterior a Reyes no logré ni pegar ojo de la efervescencia de ver toda la Cabalgata por primera vez. Los años anteriores me había tocado verla en la tele y me parecía lo más hermoso del mundo. Todos contentos, los niños recibiendo regalos, los periodistas entrevistando a la gente en la calle.
Seguramente para los niños es una experiencia mágica, pero aquí también veo a muchísimos adultos que parecen felices, al igual que nosotros. Adoro este aire festivo y, aunque sí está haciendo frío, estamos bien abrigados para aguantar tantas horas aquí en la calle.
Mientras brinco de felicidad emocionado por la llegada de los tres grandes protagonistas de la Cabalgata empiezo a escuchar silbidos y gente que está abucheando los carrozas. Efectivamente noto algo muy raro en uno de los Reyes Magos: Melchor y Gaspar me parecen bastante “normales”, sin embargo Baltazar es rubio y tiene el rostro embadurnado para parecer más moro. ¿Con tantos moros de verdad que hay en España cuál es la necesidad de pintar a un rubio? ¡Me parece absurdo, pero tampoco es para tanto!
La gente a mi alrededor comienza a gritar e insultar al blondo y solo entiendo “¡trampa!” cada vez más fuerte. Finalmente me doy cuenta que lo que todo el mundo chilla es el nombre del ex presidente de los EEUU. ¿Qué hace este hombre en plena Cabalgata de Madrid disfrazado de Baltazar? ¿Quién lo convenció a pintarse de esa forma horrorosa y desfilar por las calles? ¿A quién puede parecerle bonito engañar a la multitud de esta forma?
El sombrero de Carito
El niño

Jailhouse Rock y su ritmo frenético hizo temblar todo el apartamento. Los bafles estaban ajustados al máximo de su potencia, era una pequeña fantasía que se permitía en medio del día cuando todos estaban trabajando en la ciudad. Su foto estaba sobre el muro detrás del estéreo, una voz joven cantaba las letras en español: El rock de la carcel. Era él quien cantaba, en aquella época lo llamaban El niño. Era famoso.
Hoy, hace mucho tiempo. Había ganado bastante dinero, pero no había durado, había envejecido, la moda había pasado, a los cuarenta ya no se parecía tanto a Elvis. Había intentado continuar con otro repertorio, sin éxito. Se había reconvertido en contabilidad, trabajaba en un banco.
Los fines de semana con su grupo, seguían reuniéndose para animar pequeñas fiestas, bodas, cumpleaños. Toda su vida desde los 16 años había estado dedicada a la música, ahora a casi ochenta años tuvo que contentarse con escuchar sus grabaciones.
En ese momento llamaron a la puerta.
Bueno, pensó, es la misma harpía del primero, que viene a quejarse, bajó el volumen, se reajustó, abotonó la chaqueta de luz como la que Elvis llevaba en su último concierto, recogió lo que podía parecer a un tupé que aún lograba ostentar con su poco de pelo de negro. Abrió la puerta.
—Adolfo Suárez, ¿supongo? —preguntó un joven vestido totalmente de negro, con el pelo negro también peinado según la moda actual, un bonito cepillo elevado y los contornos afeitados.
—Elvis! —le respondió El niño, atónito.
En efecto a algún detalle cerca se parecía fuertemente al personaje que era representado sobre la portada de Jailhouse Rock.
Entonces vio los documentos que el muchacho tenía en sus manos la tarjeta de donante con identidad revelada que era la suya. Nunca con su vida desordenada, hecha de giras y viajes, había construido una relación duradera con el sexo femenino, pero como esperaba tener un heredero, había contactado con esta empresa especializada y contratado un papel de donante con la posibilidad para su hijo adulto de encontrarlo.
— Eres mi hijo —dijo con el corazón que le iba a mil.
El chico le hizo una gran sonrisa y en sintonía con el rock que seguía dando ritmo a la escena a voz baja, y, como solo Elvis sabía hacerlo, se contoneó y puso adelante una guitarra imaginaria.
Jean Claude Fonder

Invisibles para todos

Los telediarios en estos días siguen hablando mucho de este acontecimiento: dicen que ella enterró el niño en el jardín de su casa, cuando estaba vivo, inmediatamente después de su nacimiento. Dicen que nadie, ni siquiera sus padres, se dio cuenta de que ella había parido, y tampoco de que estaba embarazada. Dicen que ella -una mujer casi chica o una chica casi mujer, de 22 años- lo parió y lo ocultó entre las plantas del jardín y luego se fue de vacaciones al extranjero, a divertirse con su familia. Dicen también que no se encontró el cuerpo de un bebé solo, sino de dos, así que hace un año la mujer-chica ya le había dado y quitado de inmediato la vida a otra criatura.
Dos niños, de los que nadie se dio cuenta de que nacieron, ni de que murieron. Dos niños que para todos -su futura familia, su futuro padre- nunca habían existido.
Y nosotros, viendo el telediario, nos preguntamos todos por qué la mujer-chica hizo semejante locura asesina, por qué lo hizo una segunda vez; no entendemos cómo es posible que nadie se hubiera dado cuenta de nada: ni del embarazo, ni del parto, tampoco de aquellos dos raros agujeros bajo la hierba en el jardín de casa…
Y los niños, cuando lloraron por primera vez, cuando abrieron por primera vez sus ojos y empezaron a respirar, ¿Qué vieron? ¿Qué oyeron? ¿Se dieron cuenta de que su vida iba a empezar, unos segundos antes de que la mujer-chica se la arrebatara? ¿Qué pensaban, cuando veían pasar por el jardín a la mujer-chica que los había abandonado allí?Quiero creer que, a lo mejor, se consolaban el uno con el otro, abrazándose entre la tierra, hablándose mutuamente con su gimoteo, gozando del verde del césped y del azul del cielo y oliendo el perfume del bosque, ya verdes como la hierba e invisibles para todos.
Silvia Zanetto

La bella vida

Pelota y peteretes. Estas palabras me recuerdan mi niñez.
La niñez que viví disfrutó de toda la alegría que nos produce lo nuevo.
Mi recuerdo más lejano es el de un camino polvoriento rodeado por muros bajos de roca negra, la piedra del volcán nos guiaba. Abuela me llevaba de la mano. Ella tenía un pañuelo amarrado a la cabeza y yo iba con un sombrero de paja al que me tenía que agarrar, era para protegernos del sol y del polvo amarillo y seco de Lanzarote que se levantaba al primer viento, además, aquel día iba acompañado por la calima que no me dejaba ver ni la pelota de trapo a la que iba dando puntapiés.
Mi abuela llevaba una maleta con tachuelas en las esquinas y de la misma manera llevábamos clavada la angustia de la incertidumbre en nuestros corazones.
Llegamos al muelle y cogimos un barco enorme y blanco.
¡De pronto, nos encontramos en otro mar, en otra casa, papá, mamá y mi hermanita Carmen estaban allí! Era un mundo de agua con olas muy altas y mucha gente.
Creo que el contacto con la divinidad es un calambrazo y eso me dio ese viaje.
Me dio la oportunidad de valorar la belleza de cada instante y la matemática de la vida: hay cosas que no se entienden y lo único que queda es aceptarlas.
Abuela nunca quiso volver a la isla y mucho menos a ese camino de tierra.
Yo sí he vuelto. Lanzarote y sus paisajes me envuelven.
El atardecer desde el acantilado está lleno de colores, de luces bellas e inalcanzables.
Bajo el risco veo el mar. Un turquesa inconfundible inunda el paraíso, tangible, donde mi abuelo pescaba. La espuma acaricia serena al amarillo luminoso y claro de la arena, allí es donde la silenciosa paz te acompaña y la alegría de haber vivido está contigo.
La playa: el refugio donde la vida está en el interior de la más profunda de las miradas y se queda colgada del alma.
Hay cosas que no puedo olvidar y no han cambiado como los juegos, las risas. Las sigo escuchando, en la plaza o en cada campo de fútbol improvisado, el centrocampista que conecta con la delantera. El medio punta ayuda a meter el gol y entonces la portería se llena de defensas contra la fuerza del talento, para la pelota la portería es una diosa. El equipo es uno, comparten el triunfo y la alegría: inquieta y bulliciosa niñez.
La aventura más grande de nuestras vidas. El esfuerzo y la algarabía: sacrificio y tributo.
Entonces cada hora era un viaje. El mayor descubrimiento. La esperanza que quiero vivir cada día, la emoción que nos espera detrás de cada maleta, la sorpresa y la ménsula de la familia. Una vida inmensa llena de experiencias prodigiosas con la calma bajo el risco.
Siento que el lugar que buscaba ya lo había encontrado desde que nací. Los niños están iniciados en lo intangible y sostienen la esperanza de un levógiro para la bella vida. Caleta Naomi. Allí te esperamos niñez.
Blanca Quesada

El niño que no quiso crecer

Juan no era feliz. Aunque dotado de un espíritu alegre y soñador, la cotidiana observación del complicado mundo de los adultos y sus conflictos había ido depositando en su tierno corazón infantil un pesado manto de desaliento que no le permitía mirar al futuro más que con cierto pesimismo.
Muchas tardes solía escapar al bosquecillo cercano donde se entregaba a uno de sus pasatiempos preferidos: observar el paso de las nubes para descubrir las formas tan caprichosas como efímeras que se iban dibujando en el firmamento. Un día, mientras se encontraba recostado contra una roca, una de las nubes pareció adoptar la apariencia de un níveo anciano de larga barba. Y fue en ese justo momento que Juan decidió que ya no quería crecer. No deseaba convertirse en otra sombra más en un mundo donde la luz parecía estar desvaneciéndose poco a poco. Así, en ese instante de determinación pura, el universo pareció conspirar a su favor.
Una suave brisa acarició su rostro, llevando consigo rumores de sueños muy antiguos y aromas de jazmín. En ese preciso momento, un destello cruzó el cielo y una forma etérea se materializó frente a él adoptando el aspecto de una figura humana. Era un anciano vestido con túnicas brillantes y una sonrisa sabia en sus labios.
“Juan”, le dijo con voz cálida. “Tus deseos han sido escuchados. Te ofrezco la oportunidad de vivir eternamente como un niño, pero ten en cuenta que esta elección vendrá acompañada de desafíos y pruebas que deberás superar”
Juan lo pensó apenas un momento antes de aceptar la oferta, y dejando atrás su antigua vida, a partir de ese momento se embarcó en una aventura sin igual. Descubrió mundos fantásticos dentro de su propia imaginación, conoció a seres extraordinarios que le enseñaron lecciones valiosas y encontró la verdadera belleza en la sencillez de las cosas insignificantes.
Con el paso del tiempo, se convirtió en un guardián de la infancia, protegiendo la pureza y la esperanza de todos los niños que, como él, anhelaban escapar de la dureza del mundo de los adultos. Creció en sabiduría y amor, irradiando una energía sutil que inspiraba a todo aquel que se cruzaba en su camino.
Y así fue que aquel chico soñador y algo ensimismado, aprendió que la verdadera magia reside en la capacidad de conservar la inocencia y la alegría en medio de la oscuridad, y que la juventud del corazón es un tesoro más preciado que cualquier riqueza terrenal. Y cuando con el paso de los años su piel se fue tornando dura y arrugada, Juan todavía era portador de una sonrisa fresca, sabiendo que su eterno niño interior le acompañaría siempre, guiándolo hacia un mañana lleno de promesas y posibilidades infinitas.
Sergio Ruiz Afonso
Los ojos de los niños

Al oír el llanto, miró hacia atrás y lo vio, debajo del árbol, los cabellos alborotados, la carita sucia y los ojos… los ojos del color del mar despavoridos, colmados de lágrimas. Se acababa de caer y necesitaba ayuda.
Fue entonces cuando recordó ese día aciago en que tuvo la sensación de haber sido abandonado y no encontraba a sus padres, a su hermanito, a su gato. Buscó en medio del polvo y los escombros de la que fuera su casa. Habían cenado juntos, su padre les había contado una de esas historias antiguas que tanto le gustaban, mientras el gato Pecas dormía en su regazo. Recordaba sólo un rugido aterrador, un estallido, gritos lejanos… las pesadillas que volvían muchas noches.
Ahora su misión era curar heridos, ayudarles a recuperar los movimientos, visitarlos y animarlos por sus progresos. Examinó al niño, trató de calmarlo, lo acunó en sus brazos y sintió cómo latía su corazón y cómo su respiración se normalizaba. No estaba herido, sólo tenía una pequeña contusión en una rodilla.
A él también lo había salvado un joven, lo había llevado en ambulancia a un sitio con mucha gente que lloraba y gemía. Buscó por todas partes, hasta que encontró a su pequeño hermano herido y no se separó de él nunca más. Nunca olvidaría sus ojos de alegría al verlo. Se prometió a sí mismo que habría dedicado su vida a ayudar a los demás.
Maria Victoria Santoyo Abril

Valor
El tranvía de noche

En Milán los llaman Jumbo, eran tranvías enormes, el nombre estaba justificado, verdaderos vehículos blindados que se configuraban en dos coches interconectados con un pivote. Eran largos y anchos, podían llevar a mucha gente. En la línea 16, la que servía a San Siro, era muy necesario los días de partido. Otros días fuera de las horas pico, o por la noche el tranvía estaba más o menos desierto. El conductor se aislaba en su cabina, conducía y no se ocupaba en absoluto de lo que podía ocurrir dentro del vehículo. Con los espejos laterales, vigilaba las puertas para cerrarlas o abrirlas según las señales que se podían activar por medio de los botones de los colores apropiados.
La parte delantera del tranvía, era la parte civilizada, la frecuentación era la más normal, mujeres, niños, ancianos, el vehículo estaba limpio y ordenado, había menos hombres. En el fondo, el mundo era rock, rap o el nombre que quieras, es decir, asientos, ventanas estaban pintadas, llenos de desperdicios de comida, latas de cerveza y otras cosas, no era raro que el olor fuera insoportable.
Estábamos en Navidad, un viernes por la noche, no había mucha gente, hacia el final del primer vagón un par de personas mayores. El hombre era robusto y sano, hundido en un grueso abrigo, llevaba un sombrero de ala ancha, hablaba con su esposa pequeña, en traje de invierno, pantalones negros y chaqueta de piel, ella estaba sentada en la ventana, su pelo corto bien peinado no estaba cubierto. Detrás de ellos, al comienzo del segundo coche, dos adolescentes, vestidas de discoteca, escandalosamente maquilladas y con poca ropa a pesar del mal tiempo. No dejaban de tocar sus teléfonos y no prestaban atención a nada.
Tres chavales de la misma edad, todos de cuero vestidos, una botella en la mano, la cabeza rapada, uno de ellos la había coronado con una cresta de iroqueses de color amarillo, subieron por la parte trasera cuando el tranvía se detuvo. No tardaron a fijarse en las chicas.
— Dime belleza, tienes unas tetas bonitas —dijo burlonamente el de pelo amarillo, agarrando sin dulzura el pecho de la primera.
Ella se retiró bruscamente, su vestido se desgarró por completo, su amiga intentó cubrirla, el tío insistía manifiestamente borracho perdido, ambas gritaban al unísono.
Sonó un silbato estridente, el hombre con el sombrero se había levantado, su mujer aún tenía el silbato en los labios.
— Lárgate de aquí, pendejo.
El cabrón se levantó, rompió la botella que tenía en la mano, y avanzó hacia el hombre amenazándolo. En ese momento su mujer silbó de nuevo, el tranvía se detuvo bruscamente, el niño se tendió en el suelo. La puerta se abrió y el hombre empujó firmemente al tío ebrio a la calle, los otros dos huyeron con él. El conductor se acercó para ver si todo estaba bien, la mujer ayudó a la chica a arreglar como pudo su vestido, luego ella y su marido saludaron y se alejaron tranquilamente. No estaban lejos de casa.
Jean Claude Fonder

Valor

Inés nació en una pequeña aldea rodeada de viñedos y bosques. Allí seguía viviendo en la pequeña granja que heredó de su padre. Se casó con Felipe, un campesino muy atractivo, y de la unión nacieron dos hijos José y Martín. Cumplía con el rol tradicional de ama de casa. El trabajo era muy duro, se encargaba de la casa, de los hijos, de la comida de todos. Un día mientras cocinaba el almuerzo para todos los trabajadores del viñedo, de pronto llegó Martín llorando y gritando que su padre había sufrido un ataque cardíaco. Felipe murió trabajando en lo que más creía, sus pequeñas parcelas de tierra, cultivando un tipo de uva especial.
Ahora empezaba un período muy difícil puesto que en aquellos tiempos se consideraban actividades exclusivas y apropiadas para las mujeres todas las ocupaciones vinculadas al espacio doméstico, sin ser valoradas y debidamente reconocidas. Pero Inés, cuya madre había muerto durante el parto, estaba acostumbrada a enfrentarse a las dificultades y, a pesar de su profundo dolor por la pérdida de su marido, decidió que tenía que tomar las riendas de la granja. Sabía que su valor estaba en la capacidad de conocerse a sí misma confiando en sus recursos y capacidades. No fue nada fácil, como mujer, y además con dos hijos aún adolescentes. Todos los vecinos de la aldea trataron de desanimarla, diciéndole que tenía que ocuparse de los niños, de la casa y de la comida. Que mejor sería elegir a un agricultor del pueblo para que se encargara del cultivo, la vendimia y la venta de las uvas. O incluso mejor, casarse con un agricultor local. En pocas palabras, se necesitaba un hombre. No se dejó intimidar y continuó luchando por su granja; otras mujeres se unieron a ella. No consiguieron nada. Los hombres seguían teniendo el poder en sus manos.
En aquel período enormemente complicado quedó tan debilitada que pensó en abandonarlo todo, la granja, la lucha, incluso a los hijos. Su valor se había agotado. Así que ese día salió de casa, cansada, harta, las dificultades aumentando. Se fue a vagar por el bosque, estaba rodeada por nogales y robles, el viento movía las ramas y las hojas, soplando con fuerza. A lo lejos le pareció ver algo que yacía en el suelo. Se estremeció un poco, pero decidió acercarse para ver de qué se trataba. El cuerpo de un hombre estaba allí tumbado sobre el terreno del bosque. Parecía muerto, pero estaba durmiendo. Inés hizo un poco de ruido y por fin el hombre despertó y se levantó. Delgado, alto, llevaba una capa negra, la cara pálida. Mirando a Inés con sus ojos de color ámbar, le dijo: “Sé quién eres. Una mujer inteligente y luchadora, pero ahora veo que estás cansada y decepcionada. Necesitas desaparecer y descansar un poco. Puedo ayudarte. Entonces agarra mi mano si tienes el valor para ser invisible”.
Así fue. Y sin preguntar nada Inés tomó la mano del hombre y se hizo invisible, supervisionando su granja, y entrando en las mentes de las mujeres ayudándoles a seguir adelante con valor.
Raffaella Bolletti

Un Héroe

En un octubre luminoso, hace muchos años, el verano no quería convertirse en otoño. No eran muchos los temerarios que se bañaban, pero en la playa no faltaban los fanáticos del bronceado. Sin embargo, estaba claro que era octubre: las llegadas ya tenían sabor a salidas, como cuando vas a despedirte del mar por última vez, mientras tu equipaje ya te espera en el coche.
Avanzamos por el muelle, sobre las grandes piedras que lo formaban irregularmente: era efectivamente incómodo para pasear, pero disfrutamos de ese último resto de verano, sorprendidos y agradecidos por el día soleado. El azul claro nos consolaba de la pasada semana sombría.
-¡Buenos días!
El anciano, de pie en la playa de donde partía el muelle, se apoyaba en un bastón, pero su voz era enérgica y amigable.
-¿Veis lo que significa envejecer?
Llevaba un sombrero alpino y estaba perdido en una chaqueta demasiado pesada que, en algún momento, debió de ser de su talla.
-Durante la guerra, con estas piernas, yo subía a los postes de alta tensión, con el riesgo de morir electrocutado, para cortar los cables eléctricos…- y agitaba su brazo libre, señalando aquellos pilones que tal vez todavía creía ver. -Y ahora, ya veis… tengo ochenta y cinco años… ahora me da miedo pasar por aquí, porque podría caerme y hacerme daño.-
Pero su tono de voz era jocoso y lleno de simpatía, no quejumbroso.
¿Debíamos ofrecerle ayuda, quizás proponerle acompañarlo hasta el muelle? Pero parecía que solo quería charlar…
-¿De dónde sois?- Añadió, pero no nos dio tiempo de responder- No quiero haceros perder tiempo, solo os voy a contar una historia.
Pero teníamos todo el tiempo que él quería: ese día estábamos de vacaciones.
-¡Qué buenos chicos! ¡Realmente tenéis las caras hermosas!- Y nos estrechó la mano primero a uno, luego a la otra.
-Pero ¿sabéis que la que estáis estrechando es la mano de un héroe?
Nos mostramos incrédulos, admirados.
-Sucedió cuando estaba combatiendo en la guerra: había un chico al que, yo habría podido matar…
Su mano agarró la mía con más fuerza, mientras su bastón golpeaba rítmicamente el suelo.
-Su mamá estaba allí, estaba llorando, creía que lo iba a matar. Pero yo vi que era casi un niño, y le dije en italiano: -ma vai, che non ti ammazzo mica! – y con estas manos lo liberé y lo dejé ir.
Sus ojos volvieron a medir el obstáculo.
-No, no… puedo ver el mar desde aquí. ¡No quiero caerme y hacerme daño, tengo ochenta y cinco años, yo! Él sonrió. -¡Qué buenos chicos, os deseo mucha suerte!
Las palabras, las verdaderas, me faltaron: no los habituales «gracias» y «buenos días» que decía. Me hubiera gustado tal vez abrazarlo o llamarlo «abuelo». Pero tal vez él ya lo sabía.
Nos alejamos y nos volvimos para saludarlo con un gesto.
-¡Recordad, que le habéis dado la mano a un héroe! -nos gritó el soldado alpino, desde la orilla del mar.
Silvia Zanetto

Valor

Ese día era nublado y con viento, notó Marcos pero dado que era el último de las vacaciones, esa noche volvía a Madrid porque empezaba de nuevo a trabajar, fue a la playa. El mar estaba muy agitado con olas enormes y había poca gente. Cuando se había acomodado para mirar el sol, Monti, un niño muy chico que escapando a su padre estaba entrando en el mar y en ese momento una ola lo capturó y lo estaba llevando para dentro. Marcos, sin perder un segundo y con esfuerzo consiguió aferrar al niño y ponerlo a salvo. Los padres del niño no sabían cómo darle las gracias pero Marcos demostrando ser un bombero de valor y generoso dijo que no había hecho nada extraordinario, que cualquier persona lo habría hecho él estaba ahí y lógicamente salvó al niño, nada más. El padre del niño lo abrazó, se intercambiaron los nombres y apellidos él volvió a Madrid. Pasaron los años y Marcos se enfermó de una rara infección en los pulmones; el antibiótico che necesitaba venía de los Estados Unidos y era muy caro, pero non había ninguna otra solución, la cura daba buenos resultados y Marcos para pagarla tenía que vender la casa, pero no le importaba. Curando fue a la administración y pidió la factura vio que ya estaba pagada; quedó muy sorprendido pero vio escrita una fecha: 22 de agosto de 1974, firmado Manuel de Silva, era el niño que había salvado, era el director de la clínica y quería darle gracias porque salvando su vida, arriesgando la suya, le había dado la oportunidad de vivir.
Gloria Rolfo

Reflexiones

Ni soy valiente ni quiero serlo. Dicen que el valor es una virtud, y de hecho es una cualidad muy reconocida, pero yo creo que pudiera tratarse más bien de un complejo de inferioridad. La cobardía en cambio puede llegar a ser una ventaja. Y no nos equivoquemos, no es lo mismo ser cobarde que traidor. La cobardía nos exime de la necesidad de exponernos de forma inútil al peligro. En cambio, la traición supone un acto de pura deslealtad y egoísmo. No digo que tener valor no esté bien, pero mejor es ser cauto. Es más seguro vadear un río desconocido que intentar cruzarlo a las bravas. Aunque tardemos más. A la cobardía se la ha estigmatizado como deleznable, pero al fin y al cabo es otra forma de supervivencia. Porque de eso se trata: no de ser valiente, sino de sobrevivir. Como sea. No nos podemos equivocar. La naturaleza no es compasiva. No sólo el valor y la fortuna cuentan como méritos. También la inteligencia. Y más inteligente es el que esquiva al león que aquel otro que se le enfrenta, que por algo se ha ganado el título de rey de la selva. Si aciertas, ganas. De la forma que sea. Y no es porque yo lo diga, es porque así sucede continuamente. Lean si no los periódicos. No hay premio de consolación porque hayas sido bueno. Si te han vendido esa historia te han engañado. Tampoco hay premio para los perdedores.




