VELOCIDAD DE LAS FLORES
En el jardín de hoy tiembla el fruto de mañana.
Una flor se pudre junto a otra flor,
la grama por debajo
la acogerá como los brazos de un padre.
Pétalo a pétalo,
aceptan el rumor del verano como destino.
Se abren al rocío, al viento, al canto de las abejas
sin jamás temerle a nada:
ni a la ira de las tijeras, ni a la humedad blanca
que desdibuja su belleza.
¿Quién pudiera
—erguido y silencioso como el tallo—
tolerar la lenta podredumbre y creer
en el ciclo sagrado de la vida:
calvario, crucifijo, tumba y resurrección,
y confiar en las primaveras por venir?
All articles filed in LOS NÚMEROS
Velocidad de las flores

En el jardín de hoy tiembla el fruto de mañana.
Valeria Correa Fiz
Et rose, elle vécut ce que vivent les roses, l’espace d’un matin…
François de Malherbe
¡Hermoso joven, elegante caballero, de oro vestido! ¡Príncipe! ¡Detente! ¡Descansa un momento!
Lleva puesto su mejor vestido, el del cual los colores centellean con el sol de la primavera. Ella ha abierto ampliamente su generoso escote, está ricamente adornado con perlas como las del rocío de la mañana, un poderoso perfume a las especias orientales se desprende.
¡Te embriagará! ¡Ven a dormir en sus brazos!
Hermoso Prince, eres el elegido, ella eligió sobrevivir contigo.
Aquí está el fruto que la simiente que le has confiado merece. Madurará al calor del verano. Crecerá, su pelaje tomará los colores más vivos, su perfume será el suyo.
Será fuerte, será su futuro.
La belleza de ella pronto se marchitará.
Cuando el viejo otoño con una sinfonía coral de colores pasados, los del fin de los tiempos, nos duerma a todos en el umbral del invierno con su manto inmaculado y protector, el ciclo de la vida va a terminar.
En primavera una flor, aún más bella surgirá, para saludar la primavera nueva
Jean Claude Fonder

Tomarse la vida

Tal y como las flores, nosotros también debemos aceptar nuestro destino, día a día intentando sacar lo mejor de lo que la vida nos ofrece y enfrentando lo malo con la sonrisa.
Somos lo que queremos ser. Para ello debemos perdonar a nosotros mismos y practicar la paciencia y la resiliencia en cada situación.
Y siempre podemos ser lo que queremos cuando seamos libres de no actuar como quieran los otros, sino actuar, vivir, ser lo que sabemos y queremos ser.
Y como las flores podemos florecer, perfumar y marchitar dependiendo solo de nosotros.
Elettra Moscatelli

La flor de hibisco

Desde hace tiempo me repetía a mí misma que no estaría mal salir un rato del mundo real para descansar. La vida no puede seguir pareciendo un tren de alta velocidad, necesitaría de algunos semáforos en ámbar intermitente para ralentizar. Así que acepté tu invitación, dejé atrás la ciudad y vine a visitarte. De hecho, hay momentos en los que parece ser en sintonía con el universo, como aquel día cuando dimos un paseo por los senderos de las hermosas colinas que rodean la ciudad, y fue fantástico. Al volver a casa, sentados en el jardín, rodeados de árboles de hibisco florecientes, cerré los ojos y me entregué a ti. Hablabas de la velocidad con la que vivimos, la falta de paciencia, la incapacidad de saborear los momentos importantes de la vida, haciendo cosas con prisa. Me dijiste que también nuestro amor pasaría a la velocidad de una flor. Yo me dejaba llevar por tu voz y ya no te escuchaba. Pensaba en qué podría compararte. Tal vez con un día de un caliente verano. Pero el verano es demasiado breve. ¿Podría comparar tus palabras de amor, que emborracharon mis oídos, con vientos soplando sin control? ¡Una insensatez! ¡El viento no se queda en el alma! Mientras tus palabras sí, se quedan. ¿Podría comparar nuestro amor con estas maravillosas flores del árbol de hibisco? ¡Un error! Ellas duran un día y en vez de perder los pétalos, poco a poco se envuelven en un capullo como cuando nacieron y luego se caen de una vez. Sería un error puesto que no dejaré que nuestro amor pueda cerrarse en un capullo, pueda morirse a la velocidad de una flor. Nuestro amor tiene un futuro. De pronto me dí cuenta de que ya no hablabas y abrí los ojos. Me mirabas con intensidad y en tus manos había algunas flores de hibisco recién caídas. La velocidad de la naturaleza
había acabado con sus vidas mientras yo habría deseado que cerrar los ojos de nuevo me bastara para borrar automáticamente el mundo y aprender de esta flor, que vive su día con intensidad, que permite que se admire su belleza mientras permanece tranquila en la rama, y, tal vez, a pesar de la velocidad de su vida, se alegra de todo esto, porque está segura de que cuando caiga habrá dado lo mejor de sí misma.
.
Raffaella Bolletti

La Velocidad de las flores

Ir de paseo de la mano de mi padre me encantaba. El domingo por la mañana, después de la misa, él me llevaba a dar una vuelta antes de volver a casa, donde mi madre nos esperaba con la hermanita, demasiado pequeña para salir de casa en la estación fría.
El pueblo en el que vivíamos era bastante reducido, con muchas casas bajas rodeadas de jardines. Esa primavera había sido un triunfo: los jacintos pintados de azul y rosa que aturdían con su perfume tan intenso, los narcisos presumidos en su corona amarilla, las violetas que desperdiciaban sus infinitos matices de morado, lila y rosa pálido, y luego los matorrales de azalea que rebozaban de pimpollos, las hortensias florecientes cuando ya se asomaba el verano.
En ese día de noviembre, recalentados por una ligera oleada de sol, papá y yo nos paramos frente a la verja de un jardín, ya anaranjado en su traje otoñal.
– ¿Te acuerdas de este lugar? -me preguntó.
– Claro que sí: estaba mirando el jardín y grité: “¡Qué flores tan bonitas!”. La dueña me oyó y me regaló un ramo grandísimo, con tantas flores bellísimas, de todos los colores.
– Qué amable fue la señora, ¿verdad?
– Sí, pero… ¿papá?
– Dime.
– ¿Dónde están ahora las flores que me regaló?
Esa fue la primera vez en que me enteré de la velocidad de las flores.
.
Silvia Zanetto

La Velocidad de las flores

Cuando llegó al claro del bosque sintió un estremecimiento. No estaba acostumbrado. Instintivamente llevó la mano al bolsillo en busca del móvil. Recordó. Lo había dejado sobre la mesa, junto al tablet, apenas terminado el desayuno. Tenía apuro por salir. aún no lo habían prohibido. Sus hijos seguían hipnotizados frente a la profusión de mangas animados que, en la pantalla, substituían la información vomitada por los telediarios. Centenares de noticias que bien podían reducirse a pocos, comunes hechos trágicos: masacres, miedos difusos, catástrofes, injusticia. Desde el umbral su mujer le había advertido de no alejarse demasiado. Ahora, sin el móvil, no podía avisarle. Había andado cuadras hasta salir del pueblo. Y casi sin darse cuenta, se había internado en el bosque siguiendo rastros oscuros, sus pensamientos. Llegó al claro y, de golpe, se encontró solo, sumergido en los rayos lechosos que filtraba la alta vegetación. No estaba acostumbrado. Tampoco lo estaba su nariz que ahora se henchía de olores. Tuvo que concentrarse. Hongos, musgo, húmeda descomposición de materia, también hedor de excrementos, de cuero salvaje. La inquietud lo obligó a darse vuelta en pos de algún enemigo. Distinguió siluetas fugaces, ardillas, tal vez un zorro, graznidos que agitaban el follaje. Se adentró, sintiendo el peso de sus pasos en el el crujir del terreno. Y, de repente, tuvo ganas de trepar a los árboles, de hundirse en la espesura germinal de aquel silencio. No estaba acostumbrado. Tuvo que concentrarse. Afianzar los pies en la corteza, tomar impulso siguiendo el extraño deseo que inebriándole el cuerpo lo empujaba hacia arriba. Encaramado a la rama miró el cielo, imaginó horizontes, estrellas, nuevos caminos. Y en aquel involuntario henchirse y vaciarse de sus pulmones le pareció que ahí, desde lo alto, todo encajaba en modo perfecto. Y comenzó a reír sin motivo. Feliz, otra vez, como un niño que asombrado descubre el latido de su corazón
.
Adriana Langtry

La Velocidad de las flores y de los amores

Algunas flores nacen, florecen y se marchitan muy rápidamente, como algunos amores.
Cuando era muy joven trabajé un tiempo en un aeropuerto, en el mostrador de información. Un día vino un joven muy guapo; cuando le di
la información solicitada, me miró profundamente a los ojos y me
acarició las manos. Nos enamoramos a primera vista.
Pasamos una semana juntos día y noche sin separarnos nunca, y cuando las flores que me había regalado comenzaron a marchitarse, se fue. Supe desde el principio que nunca volveríamos a vernos, estaba bien así. Me envió postales de todo el mundo, las últimas
de África.
Todavía guardo su recuerdo en mi corazón y en un cajón secreto su
libro de poemas con una flor entre las paginas.
Leda Negri

Picasso azul «Le gourmet» – lectura
Retrato de mujer desconocida

No soy esa del retrato. Me refiero a la niña que aparece en la superficie de la tela, la golosa que escarba en el plato. Soy otra. El espectro escondido bajo la dura costra de cobalto. Los muchos, se detienen en la criatura. Aprecian la forma exterior, los azules, el don del artista. Mientras yo permanezco en el fondo. Soy substrato, sostén, la imagen oculta detrás de capas pigmentadas de olvido. ¿Llegarán alguna vez a descubrirme? ¿A traerme a la luz? Porque de luz se trataba, ¿recuerdas? “El resplandor de mi vida”, repetías, “¡mi Gioconda! quiero hacer tu retrato.” Lo suplicaste de nuevo mientras ebrios de cabaret volvíamos abrazados por las ramblas. Yo, sentada en el atelier, chaqueta abotonada y mantilla. Tú, vibrante de trazos blancos frente al lienzo. “Pon sonrisa apacible”, dijiste, “pon mirada lejana”. “Mi musa, resplandor de mis días.” Me llamabas la mujer velada. Eran noches de pláticas aquellas. De ajenjo, de adolescencia, de bohemia y olor a trementina. Si supieras. El alma se me cubrió de añil la tarde en que no volviste. Y fue, en realidad, mi dolor a teñir de azul tus pinceladas. Me enterraste bajo estratos de olvido. Y recubriste la tela con la imagen de un crío que, aunque no lo sabrás, se asemeja a tu hijo. Con tu mismo perfil, tan goloso y absorto en su tarea. Si supieras… eres un hábil artista. ¿Quién sabe si llegarán a descubrirme? Cuando seas famoso o en un tiempo lejano, cuando se aprenda a mirar en transparencia. Hurgando en las profundidades del cuadro quizás alguien sorprenderá mi retrato. Y hablarán de tus tristes azules. Y exhibirán el rostro de la desconocida. Más nadie se enterará de lo que esconde esa pintura, archivada como “técnica juvenil del pintor.”
.
Adriana Langtry

Azules

Azul marino, las olas del vestido de una niña que se escabulle livianamente hacia la cocina.
Azul turquesa, los latidos del corazón y los mechones de pelo que le cubren la cara.
Azul oscuro, los pasos de una princesa de la noche, en una ráfaga de desasosiego.
Azul rapsodia, las cortinas teñidas de índigo temeroso, alrededor de su escapada.
Azul mantel, el manto de la Virgen y sus matices que se deshacen en el blanco.
Azul noche, sus calcetines que se refugian en unos zapatos brillantes.
Azul taza, el más exquisito manjar prohibido que una niña pueda desear.
Azul ternura, una luz tímida que aligera la noche y anticipa el alba.
Azul perdón, la levedad despejada de un espíritu ya libre de culpas.
Azul sábana, volver a la habitación y dormirse tranquila, aún saboreando su delicioso robo.
Azul celeste, el rectángulo que mañana le iluminará la cara, cuando se abran los postigos.
Silvia Zanetto

Reflexiones de una niña

Soy Milagros. Perdí a mis padres a la edad de 4 años, y desde entonces he estado viviendo en un monasterio de monjas. Me han adoptado y acogido bajo su protección. Cada fin de semana una familia me lleva a su casa para que pase unos días con ellos. Poco a poco me he acostumbrado a la vida de los adultos. Estos esposos, Raimunda y Álvaro, no tienen hijos, me tratan bien, son personas adineradas y me regalan ropa agradable, siempre de color azul, y zapatos. Yo me llevo bien con ellos. Lo único que no me gusta es que, como tengo sobrepeso, no me dejan comer mucho. Pero voy a desobedecer, vale la pena arriesgarse para comer algo más. Por ejemplo, ahora se han ido a la cama y yo me he atrevido a entrar en el comedor azul en el que antes estábamos reunidos. En la mesa solo hay un plato casi vacío, un trocito de pan y un vaso, me conformo y con tranquilidad voy a terminar lo que queda. Pero esta especie de helado cuarto donde todo es azul me parece irreal. ¿Por qué les gustará tanto este color? A mí me pone triste, todo me parece frío, como una tumba. El aire huele a humedad. Una vez le pregunté a Raimunda <Si me porto bien, quizás algún día. pueda vivir con vosotros ¿verdad?> Ahora lo tengo claro. A pesar de que Raimunda lo tiene todo lindo y ordenado, realmente no me apetece estar aquí, tengo que calentar mi corazón que se va enfriando, apagando mis emociones. Las mesas en el comedor del monasterio no tienen manteles y los platos tienen astillas, pero en el aire hay aromas que me hacen sentir en casa, como el olor a comida recién hecha y el sol al entrar por las ventanas crea un ambiente agradable. Seguiré viviendo con las monjas.
Raffaella Bolletti

Le gourmet

Juan, como cada vez, cuando pasaba delante Art Gallery de Washington entro para ver el cuadro de Picasso del periodo azul «le gourmet» que le traía recuerdos muy hermosos de cuando su hija Marta tenía la edad de la niña del cuadro. El domingo se despertaba presto, porque quería ayudar a su mamá a preparar el almuerzo del domingo, momentos preciosos que, pero, habían volado. Marta fue a estudiar a Londres y había conocido a un chico español y después, de casados, fueron a vivir a Madrid. Ahora Juan les veía poco, solo para las vacaciones, de Navidad y Pascua, tan ellos como sus maravillosos nietos Matteo y Carlos. Además su esposa Mónica pasaba mucho tiempo en Madrid para ayudar a Marta, él se sentía muy solo y el cuadro de Picasso del que tenía una copia le hacía compañía. Miro el reloj y se dio cuenta que si no se apuraba llegará tardes a la cita con el Cónsul. Antes de irse pero, compro otra copia del cuadro para tenerla en la oficina mientras trabajaba. El cónsul le sonrió cuando lo vio y le dijo que era muy contentos de su trabajo y que habían decidido transferirlo al Ministerio del exterior a Madrid. Juan fue muy feliz porque volver a Madrid que era su ciudad quería decir estar cerca de Marta y sus nietos y volver a vivir siempre con su esposa. Era muy feliz y mirando la copia del cuadro «el gourmet» pensó que le había traído suerte.
Gloria Rolfo

Bohemia

—¿Podemos descansar un momento? dijo agresivamente Fernande poniéndose de nuevo la bata.
Ella y Pablo llevan viviendo juntos unos años.
Ella y su amiga Benedetta trabajaban como modelos para diferentes pintores, algunos en el Bateau-Lavoir donde Picasso tenía su taller-casa.
Fernande escribirá más tarde: Hay en la casa un pintor español que me mira con grandes ojos pesados, agudos y pensativos a la vez, lleno de un fuego contenido y tan intensamente que no puedo dejar de mirarlo yo también.
Nació una relación, se instalaron en medio de un batiburrillo de cuadros y de muebles pobres. Fernande posaba para él, y para otros pintores, hay que comer y Pablo no era todavía Picasso.
Inicia entonces el período rosa, los colores se calientan, los temas también, todos frecuentan Le lapin agile, sus paredes están cubiertas de carteles, de cuadros de Utrillo, de Picasso, de dibujos de Suzanne Valadon, de Poulbot y otros.

Y sin embargo el período cubista no está lejos. Ese día, Pablo trabaja en bocetos preparatorios para lo que algún día serán las señoritas de Aviñón. Fernande posa para él. Bueno, ella no sabe muy bien para qué.
Durante la pausa, descubre un pequeño cuadro del período azul, etiquetado Le Gourmet, lo coloca en el caballete en lugar del dibujo que está haciendo de ella.
— ¿Puedes decirme por qué este título? Al menos esta niña es bonita, con una boca encantadora, una nariz respingona y un pómulo rosado. Cuando veo cómo me dibujas hoy, tienes que explicarme por qué tengo que posar con el traje de Eva.
Pablo abre ampliamente los brazos.
— Cuando te conocí, te confié un gatito abandonado que encontré cerca del Moulin de la Galette, nuestro gordo minino. A esta niña, la conocí en la cárcel de mujeres de Saint-Lazare donde pintaba la Entrevista, vivía allí con su madre. Le gourmet era yo, que no dudaba en comer delante de una niña que evidentemente no comía todos los días a su gusto. En cuanto a las señoritas, mi mirada necesita tus formas para expresar una visión nueva de la mujer del mañana. —Dijo abrazándola hasta sofocarla.
Fernande sonríe, se deshace de la bata, sus ojos están brillantes.
Jean Claude Fonder

Barcarola – lectura
Barcarola

El agua oscura del canal brillaba como un diamante negro, el paquete oblongo y cuidadosamente atado pasó suavemente por la borda y sin el menor ruido fue como tragado por un monstruo lagunar. La góndola se alejó rápidamente y desapareció en el laberinto de los pequeños canales.
Mattia hacía brillar la madera y las guarniciones de su góndola, cantando en voz baja la Barcarola que entonaría por la tarde para los turistas embarcados en las góndolas de su grupo. Un sol gris apenas traspasaba la ligera niebla y bañaba los palacios y las casas del Campo con una luz tamizada como para pintar una acuarela. Venecia en invierno era un encanto, lejos de las multitudes invasoras, de los colores agresivos y de los ruidos incoherentes, volvía a encontrar su belleza tranquila, su eterna dulzura de vivir.
Mattia estrenaba su primera góndola. Lo había soñado desde el día en que su padre, gondolero también, le había hecho subir delante de él sobre la popa de su góndola y le había puesto en mano el largo remo que, apoyado mágicamente sobre la forcola, daba a esta barca asimétrica y larga 11 metros una agilidad insospechada. El aprendizaje había sido largo, la escuela, la pasantía, y finalmente el interminable período como sustituto de su padre le había permitido comprar la suya, su góndola. Y ahora la tenía ahí, delante, hermosa como una dama negra con su dolfin gris y sus fregi dorados y resplandecientes.
Otra góndola sin decoración y poco cuidada rozó entonces su embarcación como para ofrecer un contraste llamativo. Mattia observó que los asientos reservados para los pasajeros estaban cubiertos por una lona. Estaba mal atada y se podía vislumbrar un extraño objeto empaquetado que podría tener la forma de un cuerpo humano. Mattia despegó las amarras, saltó sobre su góndola y se puso a seguir al otro barco que conducía un extraño personaje: un gondolero vestido de negro que llevaba una máscara Bauta tradicional y un tricornio inquietante.
Cuando la vio huir por los pequeños canales se lanzó en su persecución, una persecución a la James Bond, pero en góndola. El remo revoloteaba en la forcola, aceleraba, frenaba; la góndola giraba de un canal a otro rozando los muros, y luego salía de nuevo a toda velocidad como si tuviera un verdadero motor. A lo lejos oía a sus compañeros que cantaban la Barcarola, rápidamente, como si quisieran acelerar el ritmo del remo.
De repente desembocó al gran canal cerca del Rialto, y hubo un trueno de aplausos para acogerlo.
.
Jean Claude Fonder

Barcarola

Soy Milagros. Perdí a mis padres a la edad de 4 años, y desde entonces he estado viviendo en un monasterio de monjas. Me han adoptado y acogido bajo su protección. Cada fin de semana una familia me lleva a su casa para que pase unos días con ellos. Poco a poco me he acostumbrado a la vida de los adultos. Estos esposos, Raimunda y Álvaro, no tienen hijos, me tratan bien, son personas adineradas y me regalan ropa agradable, siempre de color azul, y zapatos. Yo me llevo bien con ellos. Lo único que no me gusta es que, como tengo sobrepeso, no me dejan comer mucho. Pero voy a desobedecer, vale la pena arriesgarse para comer algo más. Por ejemplo, ahora se han ido a la cama y yo me he atrevido a entrar en el comedor azul en el que antes estábamos reunidos. En la mesa solo hay un plato casi vacío, un trocito de pan y un vaso, me conformo y con tranquilidad voy a terminar lo que queda. Pero esta especie de helado cuarto donde todo es azul me parece irreal. ¿Por qué les gustará tanto este color? A mí me pone triste, todo me parece frío, como una tumba. El aire huele a humedad. Una vez le pregunté a Raimunda <Si me porto bien, quizás algún día. pueda vivir con vosotros ¿verdad?> Ahora lo tengo claro. A pesar de que Raimunda lo tiene todo lindo y ordenado, realmente no me apetece estar aquí, tengo que calentar mi corazón que se va enfriando, apagando mis emociones. Las mesas en el comedor del monasterio no tienen manteles y los platos tienen astillas, pero en el aire hay aromas que me hacen sentir en casa, como el olor a comida recién hecha y el sol al entrar por las ventanas crea un ambiente agradable. Seguiré viviendo con las monjas.
Raffaella Bolletti

Venecia en invierno

Su ausencia me destroza, me sigue por la calle, como si fuera el ruido de pasos enemigos que se acercan y me asustan.
Desde hace horas estoy caminando sola por los barrios de una Venecia que los turistas no conocen, buscando mis recuerdos e intentando alejarme de ellos.
Pero su ausencia por fin me alcanza, me agarra las piernas, las quiebra y me hace caer derrotada sobre los peldaños de un puente.
Yo creía que solo podría sufrir así por un hombre: sé que el amor tiene bastante vigor como para partirme el corazón y dejarme sin fuerzas. En cambio, ahora es la ausencia de Lucía la que me derrumba y me deja agotada, sin aliento.
Lo sé: habría tenido que llamarla otra vez.
Si hubiera sido un hombre, lo habría llamado, olvidándome del orgullo y de todo.
El agua del canal es turbia, grisácea, debe de ser fría… por un momento me imagino como sería dejarme caer hasta el fondo.
Hay días en los que los canales de Venecia reflejan los colores alegres de las casas, en un juego de imágenes que hacen aparecer una segunda ciudad igual aunque opuesta a la de verdad. Pero hoy no: hoy una niebla húmeda y pálida cubre la ciudad, impregnada de ese olor a podrido que siempre me deslumbra y al mismo tiempo me repugna.
No me acuerdo exactamente las palabras que dije a Lucía, cuando me llamó: sólo me acuerdo que fue muy difícil encontrarlas al principio, y aun más difícil controlarlas después.
Hay un barco en el canal, parece abandonado a su destino, como yo. Dos señoras ancianas charlan y se cogen del brazo: hablan de sus nietos, de la compra y de pequeñeces: dos amigas, como éramos Lucía y yo.
De repente, desde una ventana entreabierta sale una música, azucarada y melancólica como un perro perdido, me agarra la garganta y me obliga a parar mi caminata sin rumbo. Dos voces femeninas que gorjean juntas, soltándose y entrelazándose armónicamente como nuestras voces intercambiando secretos. Teníamos diecisiete años: era el tercer año del bachillerato, y vinimos de viaje escolar justo aquí.
Mi corazón se había quebrado por Mauricio en mil pedazos de vidrio, y yo tenía cortes en las manos por intentar arreglarlo.
En cambio, Lucía paseaba por la orilla cogida del brazo de Gabriel, tan tranquilos que parecían un matrimonio de ancianos.
Las dos habíamos descubierto el amor, pero de una manera muy diferente. Eso no nos alejó, sino que nos unió todavía más y nos hizo más amigas. No sentía ninguna envidia por ellos, por el afecto sosegado que demostraban, mientras que yo me moría para obtener una sonrisa, una mirada de Mauricio, regalada como una limosna…
Había aprendido a amar con desesperación y la tranquilidad de un cariño seguro no me interesaba.
Lucía y yo éramos tan amigas que nunca un chico – o un hombre – podría separarnos. Claro, nos gustaban tipos diferentes, pero entonces estábamos convencidas de que nuestra amistad era más fuerte que el amor, más fuerte que todo.
Lo sé: tendría que haberla llamado otra vez.
Tendría que haber esperado unas horas, dejar que nos calmáramos las dos y luego haberla llamado otra vez. Pero no lo hice.
Decido volver atrás y alcanzar los barrios llenos de turistas con sus cámaras insaciables. Miro la laguna abrumada y me abandono a la profunda quietud del espacio que se extiende delante de mis ojos y a los recuerdos que flotan a mi alrededor.
El agua en los canales está gris, fría como el hielo que alberga mi alma; la luz del día se desvanece hasta desaparecer.
Venecia en invierno es así: a veces te encadena, a veces te embruja.
Y aquí quiero perderme todavía un poco antes de volver, antes de que esta tarde húmeda y grisácea pueda borrar mi recuerdo más antiguo: Lucía y yo, cogidas del brazo, bisbiseando nuestros secretos por la Riva degli Schiavoni.
Silvia Zanetto

Egon Schiele y Edward Hopper – lectura
Villegiatura

Nuestro Buick era de un rojo intenso, casi burdeos, que relucía al sol. Cada año lo preparábamos como a un novio, lavándolo a mano, por dentro y por fuera, los neumáticos, los adornos, todo resplandecía como nuevo. Las mujeres organizaban las maletas, los hombres estudiaban el recorrido. Como cada año, nos íbamos de vacaciones, un lujo que en los Estados Unidos no todos podían permitirse.
La salida se convertía en una ceremonia oficial; cargábamos meticulosamente el coche que estaba aparcado en el callejón que conducía al garaje. Sabíamos que nos observaba el vecindario. A continuación, con la casa cuidadosamente cerrada, partíamos lentamente como para un desfile y dejábamos, como si fuera a nuestro pesar, el barrio residencial donde vivíamos todo el año.
Paul conducía, Margaret estaba a su lado, los jóvenes detrás, June y su marido Bert, y luego yo, John el hermano menor de Bert. Estaba sentado detrás de Paul y controlaba el recorrido en el mapa.
El viaje no era breve, ese año habíamos alquilado un chalet en Virginia Beach cerca de Norfolk. Íbamos tranquilos, sin prisa, hacíamos paradas en los moteles que jalonaban el trayecto. Paul y Margaret, apenas instalados, nos obligaban a broncearnos, porque no podíamos estar blancos como la cera al llegar. Nos exponíamos frente a nuestra habitación, en tumbonas giradas hacia el sol y cuidadosamente alineadas por Margaret. Yo hacía que estudiaba el recorrido para quedarme en segunda línea y no prestarme a este pequeño juego un poco ridículo, sobre todo porque todavía no nos habíamos quitado nuestra ropa de ciudad. Estábamos ahorrando en el uso de nuestros trajes de verano para poder cambiarnos cada día, como se esperaba en nuestro medio. June, que era rubia y de tez clara, tenía miedo de quemarse con el sol y se volvía hacia mí con frecuencia, me sonreía mientras fingía interesarse por mis investigaciones. Su sonrisa iluminaba su encantadora cara y me acercaba a ella.
No la conocía muy bien, se había casado el año anterior con mi hermano. En cuanto a mí, estaba terminando mis estudios de derecho en Harvard y durante algunos años no había participado en las vacaciones. Me alegraba volver y, por qué negarlo, ella me gustaba.
Ligeramente bronceados, nos integramos sin llamar la atención en las actividades ineludibles que nuestro hotel organizaba. Los tiempos estaban marcados implacablemente por las comidas, sólo el desayuno era más flexible, para facilitar la tarea a los trasnochadores. Las otras comidas eran más militares, las mesas estaban asignadas y los horarios estrictos, una vida diferente a la que cada uno se adaptaba según sus gustos. Paul, a quien no gustaba la playa, frecuentaba los bares de los alrededores, leía su periódico o se embarcaba en competiciones de cartas con los nuevos amigos que se había inventado. Sólo las santas horas de las comidas lograba desatarlo. Margaret y Bert eran amantes del dios Sol, no perdían ni un minuto para intentar alcanzar la negritud, la de un blanco que permitiría por la noche llevar escotes vertiginosos a una y exhibir una tez de marinero a la Clark Gable al otro. Les encantaba bailar juntos hasta muy tarde para impresionar a sus émulos. Paul también se acostaba tarde, pero en compañía de sus compañeros de cartas. Los cócteles y los whiskys fluían para los tres.
June y yo teníamos otros placeres. Los deportes eran nuestra pasión, el surf interminablemente, largos paseos en bicicleta y a veces un verdadero torneo de tenis en pareja. No nos gustaba compartir la intimidad de una amistad cada vez más cercana. Por la noche, un simple paseo por la playa, la luna, las estrellas, nos hacían soñar con un romance imposible.
Un día, hacia el final de la tarde, participamos juntos en un viaje organizado por el hotel, a Norfolk, la ciudad cercana. Visita al Busch Gardens, un parque de atracciones que predica la protección de la naturaleza y recuerda la vieja Europa; visita al acorazado Wisconsin, símbolo de la potencia marítima de los Estados Unidos; y por la noche cena espectáculo en la famosa calle Granby, que orquesta la vida nocturna de la pequeña ciudad. A pesar de que fue un día completamente diferente, los intereses de cada uno reunieron a las parejas que la naturaleza había formado. June y yo nos apasionamos por el Busch Gardens, Paul visitó el buque de guerra de arriba a abajo, y Margaret y Bert tuvieron que esperar el baile abierto después de cenar para encontrarse en su elemento. Se embriagaron como locos. Afortunadamente el regreso fue tranquilo, porque estábamos en autobús, pero Paul furioso se encerró en mi habitación un poco borracho también en su soledad. Los amantes del baile digirieron sus cócteles y sus deseos a la habitación de Margaret. No me quedó más que sucumbir a los encantos de June, que no se hizo rogar, nuestra noche de amor fue épica y duró hasta la mañana.
Unos días más tarde, estábamos todos de nuevo en el Buick, color burdeos intenso, decorado con sus brillantes cromas. Bert estaba al lado de Paul, Margaret estaba detrás de él. June y yo, entre miradas amorosas, seguimos el recorrido en el mapa.
Jean Claude Fonder

Gente al sol

La gente se quedó pasmada mirando el sol, que desprendía una extraña luz y un calor descomunal: poco a poco todo se pusieron rígidos como estatuas hiperreales, ya no eran seres humanos, el tipo leyendo un libro tampoco se salvó. Toda la superficie terrestre se encontraba como un museo de escultura. En un silencio absoluto y espantoso. Pero en el centro de una selva desconocida en Colombia, unos niños se encontraban jugando con animales y hablando entre ellos. La selva era tan oscura que los rayos del sol no pudieron matarlos. Todavía no se sabe si la vida podrá volver a empezar sobre nuestro planeta, pero toda las galerías y museos del mundo están llenas de esculturas hiperrealistas.
Simonetta Ferrante



