Amarillo

Paula mientras ordenaba el armario separando los vestidos que tenía que mandar a la tintorería encontró la blusa amarilla que Juan le había regalado para el primer aniversario de matrimonio; le había gustado y la había usado mucho. Pero, después de haber tenido a sus dos hijos, había engordado y ya no había podido utilizarla. Le vino un idea: últimamente había adelgazado, se la probó y le quedaba bien.  Decidió que la usaría esa noche para ir afuera a cenar con Juan para celebrar el 11 aniversario de matrimonio. Porque era la demostración de que, en el curso del tiempo, podrían haber cambiado, pero no lo que los unía.

Gloria Rolfo

Amarillo

David Hockney Arbres d’Hiver

Amarillo acostumbra a andar en bicicleta entre las 7 las 9 de las tardes de Invierno o Verano, a esas horas es más visible en la vía ciclista, su objetivo es ver salir del bosque a Azul, delgada como una línea, camina, trota y corre por el sendero paralelo por donde pedalea Amarillo. ¿Cómo interceptarla? Y confesarle que ha caído bajo su azulino y frío encanto. No fue necesario demasiado tiempo para que el resplandor de Amarillo tuviera un cálido efecto sobre Azul. Algunos años después Verde claro y Verde oscuro pintan las hojas primaverales de los árboles, bajo la mirada feliz de sus padres.


Marcela Saavedra

Amarillo sin límites

Dicen que en la ciudad de M. vivía una pintora llamada GBZ, olvidada por todos. Una noche pintó sin pensar, derramando amarillos como luz, azules como ríos, un rojo escondido y un verde secreto en la esquina.

Creyó que era un desahogo inútil, pero, sin embargo, por casualidad, el cuadro llamó la atención de un funcionario de la provincia de S., una ciudad importante, quien lo vio en el pequeño taller de la artista. Intrigado por la fuerza de la imagen, propuso exhibirlo en la Sala de la Provincia.

El día de la inauguración, GBZ llegó con el corazón encogido. Imaginaba que la gente se burlaría de aquel amarillo desmesurado. Pero ocurrió algo inesperado: el público se quedó en silencio frente a la obra. Algunos vieron en el lienzo un símbolo de esperanza; otros, la representación de un renacer tras la oscuridad. Incluso hubo quienes lo interpretaron como una metáfora de la vida misma, con sus luces y sus sombras.

Allí, ella comprendió entonces que lo que antes le parecía un fracaso era solo el preludio de esa claridad que por fin brillaba para ella.


Graziella Boffini

El amarillo de la primavera

Cada día caminaban debajo de los tilos, sorteando los charcos en otoño. En invierno iban por el sendero evitando la nieve que se apilaba en las esquinas de las casas y en el borde de las cosas y sus colores.

 Empezaba la primavera y las flores comenzaban a brotar.

 El verano en aquellas tierras se haría esperar y entonces pasearían por la ribera del río donde el aire era más fresco y el camino se hacía más blando, algunos vecinos escandalizados los habían visto descalzarse y la señorita enseñaba sus tobillos sin recato.

Juan estaba en la puerta esperando para ir junto a su amada hasta la tercera calle donde estaba la biblioteca, allí se quedaba ella, eran apenas veinte minutos que saboreaban con miradas y sonrisas.  Después abría su librería, donde se vendía de casi todo, en aquel pueblo había pocas tiendas y él hacía cómoda la vida de sus vecinos.

 Valeria, su amada, que así se llamaba, no quería casarse todavía, pero él había decidido comprar los anillos y si no quedaba otro remedio que comprometerla públicamente, lo haría, no podía vivir sin esa melena rubia y esos ojos de un caramelo tan dulce que lo hacían temblar cuando lo miraba.

Le importaría muy poco que las lenguas aburridas se afilaran en la mejor obsidiana.


Blanca Quesada

El coche 

— ¿No tienes coche, abuelo?

La pregunta le tomó desprevenido. Apretó un poco más el volante, parpadeó para aclarar la vista. ¿Podía seguir conduciendo? En Bélgica su licencia era de por vida. Miró a la adolescente que le sacaba su mejor sonrisa. Todo en ella evocaba la juventud, era bella y corta vestida. ¿Tenía ella alguna duda?

Tenía más de 80 años y había conducido todos los coches imaginables. Su primer coche, un Ford Taunus de segunda mano que lo había prestado su padre. A los 16 años ya había dado sus primeros pasos. Cuando en Bélgica unos años más tarde se instauró el permiso obligatorio, le había bastado declarar que sabía conducir, y le entregaron este documento que ahora, después de su regreso de Italia, había podido recuperar en forma de tarjeta electrónica. Allí su patente italiana ya no sería válida sin pasar un examen médico.

— Cuando trabajaba, conducía un vehículo de empresa, me lo cambiaban cada tres o cuatro años, eran de todas las marcas, cada vez más grandes y más modernos. Cuando me jubilé, en vez de comprar uno, vivía en el centro de Milán, cuando nos desplazábamos, además de los atascos, la idea de encontrar un lugar para aparcar era una pesadilla, preferí alquilarlos. Como para los coches de empresa todo está incluido y, sobre todo, yo solo pago por el tiempo que lo uso y donde me sirve, al salir de un avión, por ejemplo. Me pareció bien y como puedes imaginar, conduje de todo, incluso los coches eléctricos.

— ¿Cuál te gustó más?

Una imagen surgió en sus pensamientos, el Volvo. El primer coche que habían comprado nuevo, lo habían mantenido 15 años, era como parte de la familia, fue su esposa quien eligió el color. Juntos habían recorrido toda Italia de vacaciones, cuando él soñaba aún con poder trabajar allí algún día. Tenían entonces una casa en el campo, y la aparcaba bien a la vista sobre la pequeña rampa que subía hacia el garaje.

— Mi Volvo, respondió.

— ¿Y por qué?

— Era de un hermoso color amarillo


Jean Claude Fonder

El vestido amarillo

Era un caluroso día de fin de verano en un pequeño pueblo ubicado en los Apeninos Tosco-Emilianos. Los habitantes se preparaban para la boda de Rocío, la chica más querida del pueblo. Pero había un detalle que hacía que esta ceremonia fuera única: Rocío había elegido un vestido amarillo brillante, en lugar del tradicional blanco. Su madre, al enterarse de la elección, casi se desmayó. “¡Nunca en nuestra familia alguien ha usado un vestido que no fuera blanco!”, exclamó. Rocío respondió que a ella le gustaba y estaba convencida de que el amarillo representaba la alegría y la felicidad que quería para su matrimonio.

Cuando Rocío hizo su entrada en la iglesia, todos se quedaron boquiabiertos. La gente susurraba entre sí, algunos sonreían, otros parecían un poco confundidos. «¿Un vestido amarillo? ¡Qué idea más extraña!», murmuró la tía Rosa, y otras personas se unieron a ella.

El sacerdote, intentó mantener la seriedad de la ceremonia “Estamos aquí para celebrar el amor” “¡Y… la alegría!”, añadió.

Durante la fiesta, la situación no mejoró. Los invitados, divertidos, comenzaron a contar chistes sobre el vestido amarillo. “¡Rocío, pareces un plátano!”, exclamó Marco, el mejor amigo del novio. “Sí, ¡pero un plátano muy elegante!”, respondió Rocío riendo, mientras su futuro marido, Luca, la miraba con ojos enamorados. Fue un gran espectáculo de colores y risas. Rocío bailaba y giraba como un girasol, su vestido amarillo brillaba bajo las luces, y pronto todos se unieron a ella, olvidando las convenciones. Al final de la noche, también su madre declaró: “Si el amor es amarillo, entonces es el color más hermoso del mundo”. Al final, todos coincidieron: Rocío merecía un vestido tan radiante como ella. Y así, el amarillo se convirtió en el nuevo símbolo de amor mientras los recién casados bailaban bajo el sol, rodeados de risas y pétalos de flores.


Raffaella Bolletti

La portada de mi libro es amarilla

Sí, es amarilla la portada del último libro que escribí, hace varios años. Me acuerdo que el editor me propuso diferentes colores para la cubierta del libro, y al final yo elegí el amarillo: fue el que me gustó más, no solo porque está bien para una novela para chicos, sino también porque en el dibujo en la portada, que había diseñado yo, hay un autobús de color amarillo, y también en el arco iris, que aparece en el cielo rosado, ¡el amarillo domina! Es un dibujo fantasioso: los árboles son color fucsia y las colinas y los prados azul violeta… y el fondo amarillo, por supuesto. Porque la fantasía es el alma de los cuentos para chicos, nos entra inesperadamente en la mente mientras escribimos, y nos sorprende a nosotros también por las ideas que se nos ocurren, y que no nos esperábamos cuando empezamos a componer. Escribir es emoción, pero puede ser también consuelo, o una forma de descubrirnos a nosotros mismos, y una fantasía escondida que reaparece…

Hoy acabo de volver a comprar unas veinte copias de mi libro amarillo, que ahora me hacen compañía sobre mi mesa de trabajo. No compraba nuevas copias desde hace muchísimo tiempo, y casi me parecía que ya no era la de antes, creadora de cuentos e historias… y ahora, inesperadamente, me han propuesto otra vez que presente mis libros para chicos de la escuela primaria, y lo haré más de una vez, después de años.

Color amarillo de la portada, te ruego… ¡Ayúdame a superar mi ansiedad, debida a la lejanía de mis experiencias pasadas! recuérdame que tu color es el de la alegría, la serenidad, la fantasía, y que mi mente también será felizmente amarilla cuando vea muchos chicos escuchando mi historia, sonriendo, preguntando… y apreciando el color amarillo de la portada.


Silvia Zanetto

Los días amarillos

Ya era muy viejo cuando lo conocí. Había llegado al valle mucho antes que cualquier otro. Incluso mucho antes que los indios, que se tenían a sí mismos por los primeros. Sabía si iba a hacer bueno tan sólo con olfatear el aire, y se decía que era de aquellos pueblos antiguos de donde había adquirido tales conocimientos.

Según él, nada era producto del azar. La vida era una ciencia exacta y con la lectura correcta se podían predecir los efectos futuros. Especial atención le prestaba a lo que él denominaba como días amarillos, épocas regidas por leyes extraordinarias que podían influir para bien o para mal en nuestras vidas. Y nunca se equivocaba.

Podía prever con precisión la productividad de una cosecha percibiendo la más mínima variación en la humedad. Sabía si un asunto iba a ser malo o bueno, y no sólo en el ámbito agrícola. Era como si tuviera una facultad para apreciar lo excepcional. Quizá tuviera que ver con la manera en que hubiera salido el sol, la emanación de una invisible energía, o a un imperceptible cambio en la forma de volar de las aves. Pero a su decir, los días amarillos siempre traían consigo consecuencias.

«A veces -decía-, se trata precisamente de no actuar.

Si siembras en un día así perderás la cosecha; cualquier negocio que emprendas no resultará rentable. Es mejor sentarse a esperar a que pase y no hacer nada” -se le escuchaba murmurar.

Tales días eran impredecibles. De repente, una mañana se asomaba a sus tierras, miraba al cielo y magullaba para sí: hoy está el día amarillo.  Entonces se metía en la casa, cogía algunas latas de cerveza y se sentaba en el porche, acomodándose en su vieja mecedora para dejar sumergir la mirada en el lejano horizonte hasta que su consciencia se sumía en una ausencia contemplativa. Ese día no trabajaba. Si le preguntabas por qué actuaba de esa manera, te miraba a los ojos con fijeza mientras disfrutaba de un pausado trago. Luego, se secaba la boca con el dorso de la mano y finalmente sentenciaba: «¿No te lo he dicho ya? Hoy está el día amarillo” Y se limitaba a exhalar un suspiro profundo detrás del que no venía ninguna otra respuesta, como si con aquellas palabras hubiera quedado todo aclarado.

“No es nada fácil de explicar -repetía a los más insistentes-. La respuesta está en la misma naturaleza. Sólo debes aprender a mirar”.

No sé que pudo haber existido de ciencia en todo ello, pero sí que después de su fallecimiento los días amarillos se convirtieron en interminables: las primeras señales las trajeron las prolongadas sequias, luego el Dust Bowl con la ventisca negra, y como colofón el bicho del maíz que acabó con lo poco que quedaba. Los agricultores que hasta entonces habían resistido tuvieron finalmente que rendirse. El dinero ahorrado se fue agotando y se vieron obligados a desprenderse de aperos y animales hasta finalmente tener que mal vender también las tierras, y cuando ya no les quedó nada, apenas algo de salud, se inició una desesperada peregrinación de este a oeste, luchando por unos mendrugos de pan, con el único fin de sobrevivir.

Aun así, no lo perdimos todo. Algo nos dejó aquel granjero en herencia: la dignidad y la convicción de que siempre hay que seguir luchando.


Sergio Ruiz Afonso.

Mistero

Habían encontrado el cuerpo de una joven en el pequeño lago del Parque Norte de Milán, el mismo lugar donde hace unos años fue asesinado un pobre cisne que vivía allí, la chica llevaba un vestido largo amarillo como si estuviera lista para ir a una fiesta, no presentaba lesiones ni signos de violencia, estaba intacta, tal vez había estado allí por poco tiempo. Un joven policía novato pensó que era una escena horrible, una que nunca hubiera querido ver y se preguntó si había elegido un trabajo que podría ser emocionante, pero no adecuado para él.

Fue identificada de inmediato, sus padres habían presentado una denuncia por desaparición el día anterior, era hija de un delincuente al que nadie había logrado atrapar con las manos en la masa, era muy rico y muy temido en su entorno. La autopsia reveló que había muerto ahogada, supieron que sabía nadar muy bien y descartaron la hipótesis del suicidio.

Comenzaron las investigaciones y descubrieron que Stella, así se llamaba la niña, llevaba una vida normal, vivía en una hermosa casa en el centro de Milán, era hija única, estudiaba derecho y no tenía contacto con el entorno paterno, sin embargo, ella tenía muchos amigos en la universidad y un novio a quien también investigaron, pero él llevaba dos meses en el extranjero y por tanto tenía una coartada férrea.

No había pistas de ningún tipo, solo que la habían visto alejarse sola de la fiesta a la que había asistido en casa de una amiga. El caso parecía muy difícil pero el joven policía, que estaba en su primer caso, se quedó en schock al pensar que la pobre muchacha había sido arrojada de esa manera, así estaba realizando una investigación paralela a la oficial que iba despacio. Descubrió che en casa de la niña, había grandes problemas, el padre golpeaba a su mujer y ocurrían escenas terribles. Stella también presenciaba muchas veces y ya no lo soportaba, había decidido irse de casa llevándose a su madre con ella. 

Interrogó a todo el personal de la casa, pero, aunque odiaban a su amo por su crueldad y por otras razones, no pudieron o no quisieron dar otra información útil. 

Casi había perdido la esperanza de resolver el caso, cuando recibió una llamada telefónica en la noche, de una mujer che no dio su nombre, pero dijo que tenía algunas informaciones importantes y le dio una cita para el día siguiente en una pequeña iglesia desacralizada a las afueras de Milán, esperó durante una hora, pero nadie apareció.  Regresó a la oficina desanimado.

A la mañana siguiente, de camino a la oficina leyó que una criada de la familia de Stella había sido encontrada muerta detrás de un arbusto, bastante cerca del lugar de la cita…

Este misterio se está volviendo demasiado largo para ser un micro relato, así que si quieres saber quién es el asesino lee el siguiente episodio, o haced algunas hipótesis y continuad vosotros mismos.

Leda Negri

Mistero (segunda parte)

El policía no se rindió, quería absolutamente resolver el misterio así que pensó interrogar a los amigos de Stella.

Algunos no aportaron información útil, pero su mejor amiga, que ya había sido interrogada por la policía decidió hablar; ella también quería encontrar al asesino. Explicó que habían sido muy unidas desde la infancia y que Stella le había contado que, después de que su novio se fuera a Londres, se había enamorado de un profesor de la universidad quien correspondía a su amor, pero estaba casado y tenía dos hijos. Le había dicho a su novio que ya no quería más estar con él.

Quedó muy impactado con esta noticia y decidió interrogar personalmente al profesor para impedir que alguien lo supiera y arruinar a su esposa y los hijos. Concertó una cita y él accedió  de inmediato a responder a todas las preguntas. Dijo que él también se había enamorado de aquella dulce y hermosa chica, pero que no quería abandonar a su familia y que Stella merecía un amor joven y libre, puesto que con él no era posible; aunque habría sufrido mucho, la hubiera dejado vivir libremente su vida, pero no tuvo tiempo de decírselo antes de que muriera. Parecía sincero y tenía una coartada: el viernes anterior a la fiesta había salido de Milán para ir a la montaña con su familia, el hotel que lo había hospedado confirmó su presencia.

Ahora ya no sabía adónde dirigir sus investigaciones pero, de repente, tuvo una especie de iluminación, quería saber más sobre el prometido que ni siquiera había aparecido el día del funeral. Fue a comprobar los vuelos Londres /Milán de las compañías aéreas que habían tenido lugar los días de la desaparición de la niña y descubrió que él había llegado a Milán el sábado y luego se había ido a la mañana siguiente. Inmediatamente informó a su jefe de lo que había descubierto, lo notificaron a la policía inglesa y lo llevaron de regreso a Italia.

Comenzaron los interrogatorios y el chico confesó llorando desesperado que tenía que encontrarse con Stella en el Parque Norte, donde se habían conocido y enamorado, para hablar con ella, quien le había dicho por teléfono que lo dejaría. Era casi de noche y no había nadie; esperó un poco, pero ella no llegaba, el pequeño lago estaba oscuro, creyó ver algo amarillo flotando en el agua, se dio cuenta horrorizado que era el cuerpo de Stella, no pudo hacer nada por ella, que ya estaba muerta. Su primer impulso fue huir antes de que lo descubrieran y lo culparan, tomó el primer avión y regresó a Londres, nadie sabía que estaba en Milan. Juró varias veces su inocencia pero la policía  lo mantuvo en prisión.

A la mañana siguiente los principales periódicos informaron que el presunto asesino era el novio y que lo habían encarcelado porque todas las pruebas estaban en su contra.

El mismo día una mujer acudió a la comisaría llorando y gritando que sabía quién era el verdadero asesino. Era la madre de Stella, intentaron calmarla, y ella afirmó que había sido su marido quien había matado a su hija. También la camarera debía encontrarse con la policía porque había visto la ropa de la chica, mojada y embarrada.

El padre había escuchado la llamada del novio pidiéndole a Stella que se reuniera con él en el lago y él también había ido al parque a ver qué pasaba entre ellos, pero había  discutido con ella, que lo había amenazado con ir a la policía a denunciarlo por sus negocios sucios y por golpear a su madre.

Enfurecido, la empujó al agua y, mientras ella intentaba salir, la mantuvo sumergida. Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, ya se había ahogado. Él se había escapado y, una vez en casa, le había contado todo a su mujer pero encerrándola en su habitación por miedo de que llamara a la policía. Ella había logrado escapar con la ayuda de una camarera que le había dicho que el novio estaba en la prisión.

Esta vez el monstruo pagaría y permanecería en la prisión de por vida. Su chófer también testificó que lo había llevado al parque y traído de vuelta, exhausto y empapado. 

El joven policía pensó que finalmente habían encontrado al asesino, pero la desesperación de todos los que habían amado a Stella permanecía y duraría para siempre.

Leda Negri

Noche

La Noche estrellada, Van Gogh (1889)

Algo malo

Algo malo sucede en la ciudad. Apenas se ha rebasado este caluroso mes de julio y ya han desaparecido dos niños. El verano anterior fueron cuatro, todos en edad inferior a los cinco años y de ninguno de ellos, a pesar de haberse vuelto la ciudad del revés, ha habido noticias. Por parte de los desesperados padres se han organizado patrullas nocturnas y fueron precisamente éstos los que en días pasados encontraron a un crio deambulando solo por las calles. Al preguntarle a donde iba, con voz tranquila respondió que a jugar. Era poco más de las dos de la madrugada.


Esto último ocurrió el miércoles pasado, y hoy estamos ya en la medianoche del viernes. Desde hace un buen rato los últimos visitantes terminaron de abandonar el pequeño parque que, justo en este momento, está cerrando sus puertas. A pesar de no hacer nada de viento (apenas sopla una ligera brisa), en la zona infantil, ya huérfana de las risas de los niños, en un rincón que todavía permanece iluminado por la tenue luz de una vieja farola, sin que exista una causa aparente, un columpio ajeno a la soledad que le rodea continúa su balanceo con ritmo regular y constante.


Por encima de la arboleda, al otro lado de la calle, despunta un coqueto edificio de ladrillos rojos desde donde, encaramado sobre un taburete, un niño de apenas seis años, con la curiosidad propia de la edad, observa a través de los cristales de una de las ventanas el cautivador vaivén. Lo que más le llama la atención es una extraña forma, obscura y alargada, que parece jugar con el columpio. Pudiera ser una mujer, que cubre su escaso cabello con un velo y su esquelético cuerpo con un grueso abrigo. En un momento dado, levanta la cabeza y clava su vidriosa mirada en la del niño. Sus finos labios se estiran en lo que intenta ser una sonrisa amistosa y con un leve gesto lo invita ¿Quieres jugar conmigo?


El niño la mira como hipnotizado y duda. ¿Tendrá, además, caramelos?


Mientras, los padres descansan tranquilos ajenos a las correrías nocturnas del pequeño al que seguramente suponen dormido.


Presa de la curiosidad, el chico se baja del taburete dispuesto a comenzar otra aventura. Y justo cuando sus dedos están casi rozando el frío pomo de la puerta, una cálida mano se posa con amor sobre la suya, cierra con la llave que a continuación se guarda en el bolsillo y lo regresa a la cama.
Al menos por hoy esta familia tendrá una noche tranquila. Afuera, el columpio ha parado por el momento su inquietante balanceo.


Sergio Ruiz Afonso.

El pan de las 3 am  

Como de costumbre, Egidio se despierta en la noche para amasar el pan, así estará listo para cuando abra la panadería. Está orgulloso de lo que ha conseguido a lo largo de su vida, reavivando el tradicional horno familiar: ha introducido recetas nuevas, agregado mezclas con semillas muy ricas y ahora goza de renombre en el pueblo. Todo el mundo siempre dice que los panes son tan fragantes. 

Cuando llega a su lugar de trabajo enciende la radio y se pone a escuchar música para tener compañía. Coge un costal de harina y la dispone en la amasadora, calculando cuánta necesita. Tararea lo que escucha en la emisora. No sabe la letra, pero tiene un ritmo pegajoso. 

Escucha la puerta de metal. Al parecer alguien la está tocando, pero a esta hora todo el pueblo duerme. ¿Habrá sido una alucinación? Sigue con la mezcla de semillas de calabaza, su favorita, pero los golpes en la puerta se hacen cada vez más fuertes, así que interrumpe todo, para ver qué está pasando. 

Al abrir se topa con una escena desgarradora: un niñito solo, vestido de andrajos, está llorando y le pide pan. Tiene hambre y frío. Egidio busca algún adulto en la calle, junto con él, pero no. No hay nadie más. Lo deja pasar, así, de paso, se calienta. Le ofrece una barra de pan del día anterior, ya que todavía no ha horneado ninguna. 

A Miguelito se le alumbran los ojos y mastica con vehemencia. Probablemente llevaba días sin probar un bocado. Al terminar la barra le sonríe amablemente a Egidio y le da un fuerte abrazo de agradecimiento. Intercambian algunas frases y Egidio tiene que volver a su rutina nocturna. No lo echa, pero él sí se quiere ir. 

La noche siguiente pasa algo parecido, pero Egidio, mientras tanto, había comprado ropa nueva para regalársela. Miguelito no se lo puede creer y quiere rechazar, pero Egidio insiste, hasta que él se la pone. ¡Ahora parece un niño nuevo! 

Los días pasan y la rutina se convierte en habitual. Cada vez Egidio le enseña algo nuevo del horno y él lo ayuda contento. Es huérfano, tampoco tiene hermanos y vive en la calle, pidiendo limosna. Es la primera vez que alguien lo acoge y le da cariño. Se siente afortunado. Con el transcurrir del tiempo Egidio decide adoptar legalmente a Miguelito y forman una familia, justo con su mujer Rocío. Él estudia y, en sus momentos libres, aprovecha para ayudar a su papá en el horno, ese sitio donde tanto amor ha recibido. 

El sombrero de Carito

Hilando vidas


Blanca Quesada

La Noche estrellada 

La Noche estrellada, Van Gogh (1889)

El partido de tenis había terminado con una derrota del español Alcaraz, la pantalla estaba apagada, me encontré solo en el apartamento inmerso en la oscuridad, atrapado por la intensidad del juego no había encendido nada. La noche de Bruselas llena de oficinas innecesariamente iluminadas invade mi soledad.

Una cama vacía, fría de una ausencia que el calor veraniego no podía justificar, me esperaba. Volví a pensar en la noche estrellada de Van Gogh y en el micro cuento que debía escribir para septiembre, cuando retomaremos. El estilo que Van Gogh había creado genialmente para realizar sus últimas obras maestras reflejaba perfectamente el caos de mis propios sentimientos. Comprendía terriblemente bien esas curvas que se superponían como las ondas de un mar enojado, la confusión fluctuante que rodeaba las luces que poblaban el cielo de la ciudad dormida que se negaba a comprenderme. Este enorme ciprés que atestiguaba impasible el luto que irremediablemente me tocaba.

Me colé entre las sábanas y extendí mi brazo hacia el lugar de la ausente, abracé el cojín que nunca podría sustituirla.

Mis pensamientos volaron para imaginar una historia que la noche podría sugerirme. El calor se hizo más intenso, sentí a mi lado lo que debía ser un cuerpo, la curva de una cadera, la redondez de una nalga, alguien se había metido en la cama. Tenía el pelo largo, sus formas no permitían dudar de ello, era una mujer. La acaricié tiernamente. Se dio la vuelta y me abrazó con una gran sonrisa. Era Ella.


Jean Claude Fonder

La noche que no se acabó

La noche siempre había sido un consuelo para Marcel. No solo por el descanso ni por los sueños, sino sobre todo por el silencio. Ese silencio denso y sin forma que se cuela por las rendijas de las ventanas, que se sienta al borde de la cama como un viejo amigo que no exige conversación. Durante el día, todo tenía nombre, función y expectativa. Pero la noche… la noche era un territorio sin mapas.

Aquel día, Marcel salió tarde del trabajo, como siempre. Caminó por calles vacías, bajo faroles que no alumbraban tanto como pretendían. Pensaba en lo mismo de siempre: el tiempo perdido, las palabras no dichas, las posibilidades acabadas, los caminos que no tomó. La rutina es una forma lenta de suicidio, se dijo, sin la intención de ser dramático, sino con esa especie de claridad que solo la oscuridad permite.

Al llegar a casa, no encendió la luz. Se sentó en el suelo del salón, dejó las llaves caer y cerró los ojos. No quería dormir. No quería soñar. Quería simplemente existir, sin ser observado ni juzgado, sin tener que responder a nadie. Y en esa penumbra, algo extraño ocurrió: la noche pareció alargarse. ¿Cuánto tiempo había pasado?

El reloj dejó de marcar los minutos. Afuera, no se oía ni el canto de los pájaros ni los camiones madrugadores ni el rumbo de los primeros coches. El amanecer no llegaba. La ciudad parecía suspendida en una pausa indefinida. Marcel encendió el móvil. Sin señal. Buscó en la radio, en la televisión: nada. Todo estaba inmóvil, como si el tiempo hubiese perdido el deseo de avanzar.

Al principio sintió miedo. Luego curiosidad. Y finalmente, aceptación. Quizá, pensó, esto era lo que había estado esperando sin saberlo: una noche eterna. Un momento fuera del mundo donde no hubiera decisiones que tomar, promesas que cumplir, ni días que desgastaran el alma. Una tregua de lo cotidiano. Lo absurdo empezó a parecerle normal, pero los días, incluso los imaginarios, tienen consecuencias. Su cuerpo pedía comida, pedía sueño, pedía luz. Y la noche, que en un principio fue alivio, empezó a volverse pesada, pegajosa, hostil. Marcel intentó encender todas las luces, pero parecían burlarse de él. Luchó contra el insomnio, contra el hambre, contra la soledad creciente. Gritó. Incluso se puso a rezar. Ningún dios respondió. Ningún hombre vino.

Con los ojos hundidos y la mente fracturada, comprendió —demasiado tarde— que la noche no era un refugio, sino un espejo. Que en el silencio no se esconden respuestas, sino las preguntas que siempre evitamos. Que el consuelo es solo una ilusión, y que hay silencios que, una vez abiertos, ya no se pueden cerrar.

Y así, sin final, sin redención, Marcel quedó atrapado en esa noche interminable, con la única compañía de su propio eco, que le devolvía las verdades que nunca quiso oír.


Graziella Boffini

Noches en vela

Recuerdo que, cuando era niña, al irme a dormir me invadía una angustia abrumadora frente a la simple idea de encontrarme sola con mis pensamientos. Cada vez que estaba en la cama llamaba a mamá dos o tres veces. Ella se acercaba con paciencia al lado de mi cama y yo salía de mi nido caliente para abrazarla fuerte, con la ilusión de que el calor y el abrazo de una persona amada pudieran disolver la dolorosa ansiedad que me estrechaba el corazón. 

Al principio, había sido el miedo de la oscuridad. Solo me había confiado con una amiga sobre lo que era tan espantoso para mí: mis padres creían que yo tenía miedo de ogros o brujas, o quién sabe cuáles otras misteriosas o diabólicas presencias. Pero mi terror era la ceguera: la falta de certeza, en la oscuridad total, de que yo podía ver me aterrorizaba.

La muerte prematura de mi tía me hizo reflexionar sobre otra terrible realidad: no solo la vista, sino también la vida era algo frágil y efímero: no podía soportar ni el sonido de la palabra “muerte”, che se convirtió en la nueva pesadilla de mis vigilias nocturnas.

Muchas otras noches en vela me acompañaron también en la adolescencia.

Pasaba larguísimas tardes estudiando los libros de latín y de griego antiguo, y luego me despertaba por la noche repitiendo los verbos y la gramática, y me levantaba al amanecer para el último repaso antes del examen. 

Pero no eran solo los verbos griegos, regulares o irregulares, que me quitaban el sueño por la noche, en los años de instituto. Había estallado la estación de los amores, tan ardientes cuanto no correspondidos. 

Se llamaba Federico y ni siquiera era guapo: un joven con acné y gafas; pero era casi el único chico que había conocido, ya que en mi clase del colegio éramos solo chicas. 

Se llamaba Lorenzo y tenía dos ojos verdes que destellaban en la oscuridad de mi habitación. Se enamoró de todas las chicas menos de mí, y yo retorciéndome entre las sábanas me preguntaba qué tenían todas las demás que a mí me faltaba. 

Se llamaba Claudio, y sabía siempre todo sobre todo, pero de vez en cuando me daba una vaga sensación de que era un ser humano, y cada noche yo me torturaba buscando qué hacer para arañar su armadura.

Otras noches en vela seguían las largas charlas con las amigas: tardes transcurridas atormentándonos la una con la otra con muchísimas preguntas y muy pocas respuestas, para confrontarnos y poner en duda la seguridad de nuestras experiencias. Pero cada vez yo descubría un nuevo mundo en las palabras de mis compañeras y luego pasaba las pocas horas de la noche para reordenar mis pensamientos, buscando el orden y el sentido de todo.

Y ahora, a veces, son las cosas que tengo que hacer al día siguiente, o los problemas de familia que me despiertan de golpe en medio de la noche… pero esta es otra historia. 


Silvia Zanetto

Pensamientos

Querido Álvaro, me dirijo a ti por si te acuerdas de mi miedo a la noche y a la oscuridad. Bien, todo ha cambiado desde que te fuiste a no sé dónde. Ahora la noche me acompaña, la necesito, me ayuda a desconectarme de teléfonos, ordenadores e internet, del mundo, a desatender los pensamientos negativos, intentando centrarme en los positivos. Tendría que decirte muchas cosas, pero las palabras se callan; sin embargo, ahí están, esperando la noche como un punto fijo donde mi dolor se esconde y desaparece. Es una hermosa noche de finales de agosto, estoy sentada en la terraza, mirando el cielo. Como cada noche, el murciélago ya se ha colocado en su rincón habitual. Todo permanece allí, inmóvil. Ya no estás aquí, no puedo verte, abrazarte, tocarte, hablarte ni escucharte. Te echo mucho de menos. Al pasar las horas, algunas estrellas, más brillantes que nunca, empiezan a asomarse en el cielo, aportando un poco de luz. De vez en cuando parece que alguna caiga desde la bóveda del cielo, como una lágrima por las mejillas. Y es en ese momento, que de mis reflexiones surgen algunos pensamientos que quiero dedicarte.

Noche era cuando abrazándome me decías “te amo, estoy aquí, no tengas miedo”
Noche era cuando nos besábamos y nos acariciábamos y nuestros cuerpos se buscaban y se unían.
Noche era apoyar la cabeza en tu hombro y quedarme así…

Ahora el sol va desapareciendo y muy lentamente la oscuridad lo cubre todo
Noche es cuando me parece que todo me va mal.
Noche es cuando alguien a quien quería me abandonó sin dar explicación alguna.
Noche es cuando tengo malos pensamientos, cuando mi deseo es el de acabar con todo.
Noche es cuando estoy esperando algo que ya sé que no pasará.
Noche es cuando a pesar del sol que brilla en el cielo, todo está oscuro y malévolo.
Noche es cuando las personas se van para siempre sin que pueda despedirme de ellas, sin una última palabra.
Noche es cuando miro el cielo negro mientras la luna, las estrellas y los planetas se vuelven poco a poco visibles y me encantan.
Noche es cuando me pregunto por qué la vida es amarga y complicada y me parece que la oscuridad nunca se irá.
Noche también es amar, amar para vivir con quien se quiere.

Sé que no volverás, no importa, yo seguiré hablando contigo por la noche.


Raffaella Bolletti

Umbral

Nuit étoilée sur le Rhône, Van Gogh (1888)

Bajo la cúpula oscura salpicada de plata, Susanita cerró los ojos. No para dormir, sino para recordar. De niña, le parecía, a veces, que la noche la dejaba sola, desamparada. Sus padres estaban ausentes, sumidos en el sueño, sólo el silencio y la oscuridad la rodeaban. Mucho tiempo después, leyó que Rudolf Steiner decía que la noche no era vacío, sino un umbral, un lugar donde el velo que separa los mundos se torna tan fino como el susurro de una seda.

Dejó que el bullicio del día—las preocupaciones, las prisas—se hundiera como piedras en un estanque quieto. En la oscuridad, el alma puede descender, no a un inframundo de sombras eternas, sino a los reinos del devenir, donde los difuntos, libres de sus cuerpos, depositan sus experiencias terrenales como semillas para los vivos. Susana percibió su presencia como un eco de gratitud y anhelo. Eran sus antepasados, no fantasmas atormentados, sino seres de luz en reposo, entrelazando sus destinos con el suyo, esperando que ella, en la tierra, germinara lo que ellos habían sembrado.

Un susurro, no en sus oídos sino en su corazón, llegó: “Lo que llamas ‘yo’ es apenas una palabra que usas en el día. De noche, recuerdas que eres una pregunta del cosmos, buscando su respuesta en un alma humana. Eres el puente entre nuestro pasado y tu futuro.”

Al amanecer, despertó. No con una respuesta, sino con una certeza tranquila. La luz no negaba la oscuridad; la continuaba. Y ahora, caminaría en el día sabiendo que su verdadero ser se renovaba cada noche en el seno de lo espiritual, nutriéndose del diálogo silencioso con aquellos que, desde el mundo espiritual, confiaban en ella para cumplir con la obra de la evolución.

Maria Victoria Santoyo Abril

La herencia

Triste herencia, por Joaquín Sorolla (1899)

Cae lenta la noche cubriendo el mundo con su misterio. Todo está oculto, también el futuro.

Acuesta al niño, lo cubre con su cariño y dulcemente lo hace dormir

El niño duerme, entonces enciende la tele como si fuera una ventana para mirar el mundo

Ve allí que los más ricos son cada vez más ricos mientras hay niños que no tienen escuela ni qué comer…

Ve drones, tanques…hombres destruidos.

Todo es competencia, violencia… Quien es más …

¡No!

No todos… Hay también quienes manifiestan. Hay quienes quieren otro mundo, un mundo de colaboración, un mundo fraternal, un mundo sin miseria. Otro mundo… Pero no logran mucho más que protestar. Sin embargo, algo queda, algo dejan. Algo como una luz en medio de la noche.

Mira la noche. Lejos se asoma una estrella pequeña.

Se acerca a la cuna, mira al niño, sonríe y susurra:

«Tú eres la esperanza de un mundo mejor. Mi legado es solo una Luz…»

En el cielo aun impera la noche, pero ahora hay miles de estrellas que brillan en la obscuridad. Y ahora, a veces, son las cosas que tengo que hacer al día siguiente, o los problemas de familia que me despiertan de golpe en medio de la noche… pero esta es otra historia.


Patricio Vial