Tren

Train dans la neige – Claude Monet, 1875

El trabajo hace libre

El tren arrancó con un movimiento suave, casi imperceptible.

Ester Rosenthal se sentó junto a la ventana, acomodó el abrigo y, tanto por costumbre como por necesidad, sacó el portátil del bolso. Lo abrió y lo apoyó sobre sus rodillas.

La pantalla se iluminó con documentos sin leer, correos pendientes, una lista de tareas que reclamaba atención.

Debería trabajar.

El traqueteo regular, la luz medida, el silencio la envolvieron. Pensó que aquel tren se parecía cada vez más a un avión: confort calculado, temperatura controlada, anuncios neutros, la ilusión de que el viaje no cuenta.

Afuera, el paisaje avanzaba con una calma casi insolente: campos cubiertos de nieve blanca, intacta, casas bajas, estaciones limpias. Todo parecía estar en su sitio.

Ester empezó a trabajar. El pensamiento tomó otra vía.

Mi abuela también fue en tren.

Cerró el portátil sin apagarlo del todo. En la pantalla negra, su rostro se mezcló con el reflejo del vidrio. Imaginó a su abuela de pie, apretada entre cuerpos, en un vagón sin asientos, sin ventanas, sin aire suficiente. Demasiada gente. Olor a pis, a axilas, a miedo.

También había nieve entonces. Pero no era blanca. Era nieve pisoteada, mezclada con barro, oscurecida por el humo, manchada de sangre. Una nieve que no reflejaba la luz, sino el dolor.

Su tren anunciaba las paradas con una voz neutra. El de su abuela avanzaba sin anuncios, sin nombres, sin posibilidad de bajar. El destino era Auschwitz, aunque quizá ella no lo supo.

Ester apoyó las manos sobre el portátil cerrado. Manos libres, cuidadas, con manicura, anillos. Pensó en las manos de su abuela, ocupadas en sostener a su hijita, concentrada en no caer a que no se haga daño a la pequeña Raquel.

Pasó el revisor. Ester mostró el billete. Todo correcto.

Se preguntó qué se mostraba en aquellos otros trenes; no había billetes; bastaba con ser judío, gitano, homosexual, comunista. Cuando la razón se convirtió en locura.

El tren redujo la velocidad. Gente que sube, gente que baja.

Ester volvió a abrir el portátil. El trabajo seguía allí. 

Al llegar a su destino, se levantó. Rozó el respaldo del asiento, como si quisiera fijar en la piel esa comodidad precisa.

Luego descendió al andén.

El tren se fue.


Graziella Boffini

Recuerdos en los trenes

Desde niña, Alejandra utilizaba a menudo los trenes, porque ni su madre ni su padre tenían la licencia de conducir. En aquella época, muchas mujeres no conducían coche, mientras que los hombres sí… pero su papá era de Venecia, donde no tenían esa costumbre, porque en su ciudad los coches no se utilizaban, y los venecianos se desplazaban solo a pie o en barco.

Pero, en aquella época, en los años 60, el tren era el medio principal para las vacaciones y los viajes, y cuando ellos iban a pasar unos días con los padres de su mamá, en Lombardía, siempre lo utilizaban. Alejandra y sus padres siempre observaban desde la ventanilla del tren para ver la casa de la familia, unos segundos antes de llegar a la estación, y casi siempre veían a los abuelos mirando por la ventana, saludándolos con las manos. 

Ahora, muchas décadas después, Alejandra sigue observando por la ventana la antigua casa de los abuelos cada vez que pasa por allí viajando en el coche. No puede olvidarse de aquella época, cuando, pasando una temporada allí, le parecía vivir una vida mágica. 

Sus abuelos pertenecían a un mundo remoto, del que ella conocía solo unos fragmentos, y también su dialecto lombardo le parecía raro, y menos armonioso que el suyo de Venecia. Pero el pequeño mundo doméstico de los abuelos, en el jardín de su casa al lado del ferrocarril, donde vivieron toda su existencia, la fascinaba. Ver pasar el tren decenas de veces al día, cuando la abuela siempre le proponía “saludarlo” desde la ventana de casa, le hacía soñar un futuro de viajes para conocer el resto del mundo, en un futuro de sueños imaginarios. El jardín-huerto de los abuelos era un mixto de ensaladas, tomates y judías verdes, con maravillosas plantas floridas y un gran árbol donde se balanceaba su columpio, y donde siempre se divertía, pasando todos los años el mes de julio allí con los ellos. 

Alejandra recuerda las gallinas y los gallos en el gallinero, tan deliciosos cuando eran pollitos, pero luego eran considerados desagradables, y al final eran condenados a muerte para la comida de un día de fiesta. El abuelo los mataba y luego la abuela los cocinaba, un gesto que a Alejandra le molestaba, porque los gallos y las gallinas crecidos en su propio jardín no le parecían simplemente una comida. Una vez, en la corte, mientras el abuelo desplumaba el pollo que acababa de matar, Alejandra, escondida, intentó cantarle una música macabra para hacerlo sentir culpable. El no tuvo ninguna reacción, pero el canto era tan lúgubre que la madre y la abuela salieron al patio para decirle que dejara esa canción tan sombría.  

Pero la visión de los gallos le cambió, cuando un día un gallo enorme y enérgico agredió a Alejandra en el jardín. El abuelo lo condenó a muerte con una ejecución inmediata, y la abuela lo cocinó, a pesar de que no era un día de fiesta…

“A ver, los recuerdos me devuelven a la niñez cada vez que vuelvo a ver esta antigua casa por la ventana del coche” piensa Alejandra.

Y los gatos, otro recuerdo. Uno de los mayores motivos de felicidad que tenía cuando iba a ver a los abuelos eran ellos. Le hubiera gustado mucho tener un gato en casa, pero vivían en un apartamento y sus padres no querían. La única vez que adoptaron una gatita encontrada en el patio del edificio, a los pocos meses la llevaron a casa de los abuelos. No tenían una jaula, así que hicieron todo el viaje en tren con la gatita dentro de un bolso, en la que afortunadamente había una ranura en la parte alta, que permitió al animalucho respirar… pero maulló muy fuerte todo el viaje, y la gente en el tren escuchaba y miraba ese bolso tan raro y maullador.

“Fue el viaje en tren más raro, y también embarazoso” piensa Alejandra. Pero es otro recuerdo de un viaje en tren… ¡porque es el tren que me restituye los recuerdos!


Silvia Zanetto

Tren

Train dans la neige – Claude Monet, 1875

Nieva mucho esta mañana mientras tomo el tren hacia Bruselas. Tengo un abono y hago el trayecto cada día para ir a trabajar. 

Vivo en Lieja en este periodo. Mi mujer es docente en una escuela municipal, hemos pedido su transferencia a Bruselas donde queremos instalarnos. Mientras tanto, hago cada día el viaje. He probado ir en coche, pero es peligroso y, de todas maneras, prefiero el tren. Dos horas al día para leer, escribir, trabajar y, por qué no, soñar, cómodamente instalado en los vagones de primera clase. Ya soy un ejecutivo y trabajo de informático. Es un trabajo duro, a menudo tengo que quedarme en Bruselas algunos días y trabajar por la noche, pero me pagan bien y es una profesión apasionante.

No hay muchos viajeros en primera clase, excepto en los días en que hay sesión pública en el parlamento. Esos días los parlamentarios, diputados o senadores originarios de Lieja alborotan los compartimentos. Adiós a mi tranquilidad, las discusiones son muy animadas, es por ello que se le da a mi ciudad un apodo muy característico: la ciudad ardiente.

Este lunes afortunadamente hay poca gente, el coche está tranquilo. Una sola persona está sentada conmigo en los bancos mullidos, recubiertos con cuero rojo de mi compartimento. Observo que hace los crucigramas del periódico «La gauche» utilizando un portaplumas Cartier. 

El tren, saliendo de Lieja, sube un plano inclinado para dejar el valle. Cuando llega a la cima de la pendiente, tiene que parar algunos instantes para que se descuelgue la segunda locomotora y, si estás sentado del lado bueno, puedes observar un hermoso panorama de la ciudad. Hoy está blanca, los tejados cubiertos por la nieve y el río la atraviesa despacio y sin ruido, majestuosamente.

El tren arranca de nuevo, recorremos la meseta inmaculada de la Hesbaye que ondea con suavidad sin otros obstáculos que alguna granja cuadrada que reina en medio de enormes extensiones de tierras aradas que la nieve ha convertido en una gran estepa nevada. Pienso en Miguel Strogoff, recuerdo su trayecto en tren a la salida de Moscú dirigiéndose a los montes Urales, recuerdo los dibujos de Hetzel, la nieve ahora nos rodea, el cielo está gris perla, se ve apenas a unos metros más adelante. Imagino los trineos en la llanura siberiana que luchan contra la borrasca y, de repente, un chirrido horroroso desgarra el silencio que nos envuelve, el tren frena desesperadamente, las ruedas bloqueadas crujen sobre el acero, un choque ligero y nos detenemos. ¿Qué pasa? ¿Un obstáculo sobre el trayecto? Todos nos interrogamos. Intentamos ver algo por las ventanas. La nieve es omnipresente, el revisor, desaparecido. ¿Qué hacer? Abrir una puerta, una ventana, no se puede. La tormenta ruge fuera. 

El tiempo pasa, finalmente la puerta que separa los coches se abre, el jefe de tren aparece.

—Mantengan la calma, el tren no ha descarrilado. El viento y la nieve han formado un ventisquero sobre los binarios, afortunadamente el conductor lo ha visto a tiempo y ha podido parar el tren. Hemos llamado a la central operativa y van a enviarnos un quitanieves. Esperando vamos a servirles café caliente.

¡Café, café! Prefiero champán, el hielo no falta. En el Expreso de Oriente, es champán lo que nos habrían servido. La aventura continúa, ¿qué va a pasar? La nieve se está calmando, podríamos echar un vistazo fuera. Temerariamente, abro la puerta del coche. ¡Qué espectáculo! Un paisaje de ensueño. El sol ha salido y ha limpiado el cielo, el blanco es casi insostenible. Sólo algunos árboles aislados y recubiertos de nieve rompen la monotonía del horizonte. No soy el único, numerosos viajeros han bajado, algunos niños ya han improvisado una batalla con bolas de nieve. Cuando de repente un silbido resuena, una locomotora especialmente equipada llega a lo lejos. El jefe de tren reúne su rebaño y nos hace subir a todos a bordo. Algunos instantes más tarde, el tren retoma prudentemente su camino.

Una hora más tarde llegamos a la estación central. En Bruselas no hay nieve, los viajeros se alejan tristemente del tren.


Jean Claude Fonder

Zapatones

Así bautizamos a aquel viejo tren ruidoso y humeante que todos los días pasaba por delante de la casa. A las ocho de la mañana, con la puntualidad de un reloj, hacía sonar su silbato como si nos estuviera dando los buenos días: ¡Arriba, gandules! ¡Qué son las ocho! Y continuaba sin detenerse con su característico y simpático traqueteo, contoneándose con gracia. 

Se había ganado tal sobrenombre por el impresionante porte de la destartalada locomotora que lo encabezaba y que nos hacía recordar el desproporcionado calzado de un clown. Eso, unido a la viveza de los colores de su carrocería roja y verde, ejercía sobre mí tal atracción, que estaba empecinado en no ser otra cosa que maquinista. 

Todos los días la esperábamos a la salida de la escuela y, en cuanto la veíamos acercarse, la perseguíamos durante un buen trecho dando gritos y saltos, imitando su “chu-chu” con esa viveza que solo tienen los niños, intentando rivalizar con aquella velocidad pausada de señora respetable. Para nuestro regocijo, la más de las veces éramos correspondidos por algunos de los viajeros que nos saludaban agitando alegremente sus pañuelos a través de las ventanillas de los vagones e incluso, alguna vez, el mismo maquinista nos sorprendió con un “puuu-puuu”, de regalo. 

Hace tiempo que el inconfundible traqueteo de su motor no resuena, como tampoco el chirrido agudo de sus ruedas sobre los raíles. Hoy, la locomotora, cariñosamente remozada, se ha convertido en una de las reliquias más preciadas de nuestra historia y se exhibe en el salón principal del Museo Municipal, dispuesta sobre una porción de aquella misma vía por la que transitó durante tantos años. Allí, en el lugar que se merece, Zapatones se yergue orgullosa y se deja querer por todo aquel que la visita. Algunos incluso le hablan con nostalgia de los viejos tiempos y las más de las veces, hasta se sacan fotos con ella.


Sergio Ruiz Afonso.

Tren

Tomás era un agente comercial de tela no tejida, utilizada, entre otros, en sectores como la salud, la hostelería o la industria alimentaria. Su trabajo lo obligaba a viajar constantemente por toda Europa. Mientras sus colegas tomaban el tren nocturno, él siempre buscaba un vuelo, aunque, a veces, fuera más caro. Tomás detestaba los trenes. Los asociaba con retrasos, compartimentos llenos de gente y paisajes que se repetían con monotonía. Los trenes, decía, eran cápsulas de ansiedad, ruidosos, impredecibles, llenos de miradas fugaces y de un aire viciado, en conclusión, una atmósfera asfixiante. En cambio, amaba los aviones. Para él, volar era sinónimo de eficiencia, de amplios cielos y de la promesa de llegar rápido a su destino. Él anhelaba el instante en que el avión despegaba, rompiendo los lazos con la tierra.

Para Tomás, los trenes eran horizontales, atados a mapas predecibles. Los aviones, en cambio, ofrecían la denominada verticalidad del sueño.

En el aire, sentía una paz que los raíles nunca le darían. Desde la ventanilla del avión el mundo parecía ordenado y silencioso.

Un día, una niebla espesa provocó la cancelación de todos los vuelos del aeropuerto. La única opción para llegar a una reunión muy importante era un tren de alta velocidad. Con resignación, no tuvo más remedio que dirigirse a la estación y subir al último tren nocturno. ¡Qué sorpresa! El viaje fue tranquilo y el ritmo constante del traqueteo sobre los raíles se volvió hipnótico. Pudo trabajar sin interrupciones en su portátil, disfrutó de un café mirando por la ventana y vio pasar campos verdes y pequeñas ciudades que nunca había notado desde el aire, paisajes que ningún avión a diez mil metros podría mostrar. Llegó a su destino puntual. La reunión fue un éxito.

Entonces se dio cuenta de que su aversión había sido un prejuicio. No era que los trenes fueran malos; era que él nunca les había dado una oportunidad real. A partir de entonces, aunque siguió prefiriendo los aviones, no volvió a mirar los trenes con desdén. Habían dejado de ser una prisión para convertirse, simplemente, en otro camino. No tomó el vuelo de regreso. Reservó otro billete de tren, esta vez, por elección. Había descubierto que la vida a veces viaja sobre raíles, lenta y profundamente, hacia un destino que siempre estuvo ahí, al nivel del suelo. A veces, el camino más lento permite ver detalles que la prisa del cielo suele ocultar.


Raffaella Bolletti

El tren silencioso

La tierra había sido quemada, destruida y una capa de radioactividad la envolvía.

Los hombres, algunos hombres, los que sobrevivieron a las guerras se enterraron en las profundidades y se instalaron en pequeños grupos a lo largo y ancho del planeta.

Poco a poco se fueron uniendo y para reunirse crearon un tren. 

Las líneas iban de polo a polo y envolvían la tierra de este a oeste.

El tren recorría las entrañas de la tierra.

El tren flotaba sobre las líneas sin tocarlas.  Reemplazaron las líneas por imanes y otros imanes en lugar de las ruedas. Los imanes con la misma polaridad se repelen. El tren flota. Los imanes con opuesta polidaridad se atraen. El tren avanza.

Un día en el tren se sienta un anciano. Y luego, al frente, se instala un joven.

–  Kalimera le dice el anciano.

El joven interroga con la mirada.

–  Nadie sube dos veces al mismo tren.

La mirada del joven muestra su sorpresa.

–  Ni el tren es el mismo y quien sube tampoco es el mismo.

   Todo fluye. Nada es. Todo cambia …

En la superficie de la tierra algunas hiervas parecen resistir a la terrible radiación. 

En el tren el anciano continúa.

–  cuando tú subas de nuevo, algo del tren, tal vez algo imperceptible habrá cambiado. El tren no será el mismo.

En las profundidades de la tierra el tren se detiene. Hay quienes descienden, hay quienes suben.

–  Y tú, tú también habrás cambiado. 

Un silencio profundo se instala. El tren avanza a una increíble velocidad sin un ruido.

–  Piensa en el mundo, en el inmenso universo, no como algo fijo que es como era.

–  Imagina el universo como un soplido poderoso. Como un viento que se mueve siempre. Nada es fijo, todo cambia. 

–  De allí nace el profundo pasado, el breve presente y el impredecible futuro.

Sobre la tierra quemada algo parece nacer.

–  Y solo podemos conocer el pasado. El presente, en realidad es pasado, pasado próximo, pero es pasado. 

–   Y tú mismo, ¿quién eres?

–   tal vez algunas partículas reunidas por un instante por ese viento que a veces llamamos tiempo.

El tren se detiene. Hay quienes descienden, hay quienes suben. El tren, en silencio, parte de nuevo para alcanzar su extraordinaria velocidad.

–  La próxima vez que nos encontremos nos reconoceremos, pero algo habrá cambiado en nosotros, por ejemplo, no te repetiré lo que ya sabes porque ya lo sabes.

Cuando el tren se detiene otra vez el viejo se alza y descendiendo dice:

–  Kalinichta


Patricio Vial

La littorina 

Con una larga y empinada bajada desde la carretera principal, partía la calle Garibaldi, la más larga y ancha del pueblo. En realidad, nadie la llamaba así, se la conocía como el barrio de los “M”, debido a que la mayoría de sus habitantes procedían de la misma familia “M”. 

En los días soleados, el barrio se llenaba de niños y de jovencitos que al atardecer se reunían bajo el terraplén para esperar la llegada de la Littorina. A su paso estallaban gritos de alegría y saludos a ese tren moderno que pasaba a toda velocidad. 

Al ponerse el sol, las madres y abuelas llamaban a los más pequeños para cenar. Los ancianos, sentados en los umbrales de las casas, recogían sus sillas. El silencio volvía al barrio, roto solo por los gritos de las golondrinas que se perseguían en el cielo. 

En aquella difícil postguerra, muchos de esos jóvenes tomaron la Littorina en busca de una vida mejor. Las chicas se fueron a Venecia y a Milán como empleadas domésticas (los ricos apreciaban a las jóvenes friulanas que eran fuertes, trabajaban mucho y ¡comían poco!). 

Los chicos se fueron a Venecia a trabajar en los grandes hoteles del Lido, otros a Francia, Suiza o Bélgica. Algunos se fueron a Génova para embarcarse en las naves que los llevaron lejos. Brasil, Estados Unidos, Argentina. Hubo quien volvió después de muchos años, otros nunca lo hicieron. 

El barrio de los “M” volvió a ser vía Garibaldi. Por la carretera circulan a toda velocidad los coches. La pequeña estación que permaneció cerrada durante muchos años ha vuelto a cobrar vida. Un tren eléctrico pasa dos veces al día para llevar, sobre todo, a los estudiantes que van de Udine a Trieste. 

Las casas antiguas han sido restructuradas o renovadas y están rodeadas de setos bien cuidados y jardines llenos de flores. 

En la calle Garibaldi solo queda una casita gris un poco vieja. La mía. 


Iris Menegoz

El Ferrocarril del Norte

Cuando cierro los ojos, aún puedo escucharlo. No es un silbido cualquiera, es un lamento profundo, un quejido de bestia metálica que se abría paso entre las montañas. Era el pito del tren, anunciando desde lejos que la aventura estaba por comenzar. Para un muchacho crecido entre los cañones de Santander, en los años cincuenta, viajar a Bogotá no era simplemente un viaje; era una travesía hacia otro mundo.

La cita era en la estación de Barbosa. Mi padre me apretaba la mano mientras nos abríamos paso entre el bullicio de campesinos, comerciantes y familias enteras que, como nosotros, se preparaban para la larga jornada.

Era un tren nuevo, con vagones limpios y sillas de espaldar alto, con forro de tela blanca. Con un último pitazo, el tren empezó a moverse. Era un arranque lento, pausado, como si la mole de hierro también quisiera saborear cada instante. Los primeros minutos, Barbosa se despedía de nosotros a través de la ventana. Los rostros conocidos, la plaza, la iglesia, todo se empequeñecía hasta que el paisaje se tragó el pueblo.

Y entonces, comenzaba la magia. El traqueteo rítmico sobre los rieles se volvía la banda sonora del viaje. “Traca-traca-traca”, marcaba el compás mientras el mundo desfilaba en cámara lenta. A lo lejos, un campesino con su ruana y su sombrero nos saludaba con su mano en alto, deteniendo por un segundo su labor para ser parte de nuestra aventura. Los ríos, como finas cintas plateadas, serpenteaban en el fondo de los valles, y las montañas, vestidas de un verde infinito, se abrían y se cerraban a nuestro paso.

En las estaciones de pueblo, como la de Chiquinquirá, el tren se detenía y la calma del viaje estallaba en un carnaval de aromas y sabores. Mujeres con sus delantales blancos se acercaban a las ventanas ofreciendo sus tesoros. «¡Biscochos calienticos, recién horneados!», gritaban unas. «¡Hay empanadas, hay tamales!», coreaban otras. Recuerdo el olor del café recién colado mezclándose con el aroma dulzón de algún molino de caña de azúcar. Mi madre compraba una bolsa de esos biscochos de mantequilla, crujientes y deliciosos, que aún saben a gloria en mi memoria.

Al caer la tarde, el frío empezaba a calar los huesos. Mi padre señalaba por la ventana: «Mira, hijo, ya vamos por Cajicá, luego Zipaquirá… ya casi llegamos». El paisaje había cambiado por completo. Las cálidas tierras santandereanas habían dado paso a la fría y gris sabana de Bogotá. Las luces de la ciudad empezaban a titilar a lo lejos.

Finalmente, una mole de ladrillo en estilo neoclásico emergía entre las sombras. Era la Estación de la Sabana, nuestro destino, el final del camino. 

Años después, ya grandes, con mi hermano y nuestro amigo Hans decidimos volver a recorrer el camino, pero al revés, de Bogotá a Barbosa. Llegamos a la vieja Estación de la Sabana, casi abandonada, el antiguo ferrocarril había sido sustituido por un tren destartalado, con un solo vagón, que llegó envuelto en una nube de vapor y olor a leña quemada. La locomotora, una mole negra y resopladora, parecía un dragón cansado. El vagón era de esos de madera y asientos de banca dura. Viajamos con una anciana señora que hablaba alemán, como Hans, y nos contó que había logrado salir en tren de Alemania al empezar la guerra. 

Para nosotros fue un viaje a otra dimensión, parecía que estábamos huyendo de una guerra, como la que contaba nuestra compañera de viaje. No reconocíamos los paisajes ni las estaciones, el ruido y el polvo nos capturaban dentro esa máquina del tiempo. 

El tren, ya cansado, exhaló su último suspiro de vapor y se detuvo con un chirrido metálico. Bajamos del vagón con las piernas entumecidas, el cuerpo salpicado de carboncillo y el alma llena de inquietud.

Maria Victoria Santoyo Abril

Estaciones

 ⸺¡Hola! ⸺ dije. Sorprendido. Me miró detenidamente y su rostro cambió, me preguntó cómo estaba mientras se tocaba las manos y nos despedimos con una sonrisa.

El día estaba opaco, en invierno, me había dicho mi padre, que las cosas no se ven bien puesto que están dormidas. Sí, se acercaba el invierno o quizás ya estábamos en él, en el suelo se veían todavía las hojas de colores que caen siempre en el otoño.

Sentada, en el único banco de madera que había en la estación estuve mirando los rostros de los otros y todos parecieron más tristes, más solos, más pequeños y desprotegidos y lo peor es que yo lo sentía y a mí también me llegaba algo de tristeza, de ira, de rabia, de impotencia. 

Era como cuando ves una película, pero entonces tú sabes que es una película y que los actores están fingiendo, pero no puedes evitar que te de saltitos el estómago, que se te revelen las palmas de las manos, que el corazón se vuelva nube y que se limpie el alma a base de lágrimas. Ese día fue distinto.

Subí al tren. Lo hice sin pensar, seguí recorriendo los rostros ajenos hasta que vi a alguien tan cercano que la alegría no me cabía. Era la misma Pilar de siempre, más quieta, más serena. Claro que estamos distintas, no han pasado meses, han sido años ⸺dijo.

De pronto me di cuenta que había recorrido todas las estaciones y me bajé justo cuando somos los otros.

Estábamos en el atardecer. Había vivido.


Blanca Quesada

La Playa

La Plage de Trouville – Eugène Boudin, 1865

Catamarán

Llegó a la Toscana como quien vuelve a un lugar soñado muchas veces, aunque esta vez con una maleta real y una crema solar demasiado optimista.

Era una mujer sola, pero no solitaria: llevaba consigo una curiosidad antigua, una alegría tranquila y una vaga sospecha de que la felicidad, como las vacaciones, suele durar menos de lo prometido.

Se había inscrito en un curso de catamarán en la costa tirrena, atraída por esa forma de navegar que parece un acuerdo perfecto entre técnica y ligereza, entre razón y viento.

Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua de miles azules diferentes, la costa aparecía a su izquierda, playa blanquísima recortada por los pinos marítimos, con ese verde oscuro que parece inmóvil y eterno. El cielo era de un azul limpio, casi renacentista, como si hubiera sido pensado por un pintor. 

A lo lejos emergía la isla de Elba, suspendida en una luz clara. Ella pensó en Napoleón, exiliado en aquel mismo horizonte, y sonrió ante la ironía de la historia: incluso el destierro, en Toscana, se convierte en belleza.

-La historia aquí no pesa -se dijo- flota.

El instructor hablaba de maniobras, de velas y de equilibrio, pero su mente viajaba. Pensaba en los Médici, en cómo habían entendido que el poder sin belleza es estéril, y que el arte, como el mar, necesita libertad para existir. Recordó una frase atribuida a Lorenzo el Magnífico:

«Chi vuol esser lieto, sia: del doman non v’è certezza».

Qué parecido era ese pensamiento al instante que vivía ahora, con el sol sobre la piel y el viento tensando la vela.

De pronto, alguien señaló el horizonte.

Delfines.

Saltaban en la distancia, dibujando arcos breves y perfectos sobre el agua. Sonrientes. No parecían huir ni acercarse, solo acompañar. En ese instante comprendió que la felicidad es siempre así: aparece, salta y no se deja poseer. Los delfines, como el arte, como la historia, existen solo si uno sabe mirar sin querer dominar.

El catamarán avanzaba ligero, casi sin ruido. Ella sintió que esa jornada de mar era un resumen secreto de la Toscana entera: una tierra donde la cultura no está encerrada en museos, sino esparcida en el aire, en la luz, en la manera en que el paisaje enseña a ser humano. Del mismo modo que el Renacimiento había reconciliado al hombre con la belleza, aquel día reconciliaba su cuerpo con el tiempo.

Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua azul, tuvo la sensación de que no navegaba, sino que volaba. 

Entonces pensó en Leonardo da Vinci, en sus cuadernos llenos de máquinas imposibles, de hombres con alas, de estudios sobre el aire y el movimiento. Leonardo había nacido en esa misma tierra y había soñado con volar cuando el mundo aún no estaba preparado.

De verdad, los dos cascos del catamarán apenas tocaban el mar, y el viento sostenía la vela como si fuera un ala. Luego pensó otra vez en Leonardo da Vinci y en su deseo de volar, nacido en esa misma tierra donde imaginar siempre ha sido una forma de libertad. 

El catamarán, ligero y silencioso, parecía darle la razón siglos después. No hacía falta elevarse del todo: bastaba con rozar el agua para sentir la libertad. Pensó que la Toscana no solo había producido artistas y pensadores, sino deseos adelantados a su tiempo.

Desde el mar, la Playa parecía inmóvil, como si escuchara esos pensamientos.

Al regresar al puerto, pisando el suelo tuvo una rara sensación en los pies habituándose nuevamente a pisar un suelo no flotante.

Marchándose de vuelta al hotel, con los pies en la arena, con la piel salada, un poco quemada y el corazón tranquilo, solo necesitando una ducha, supo que no había aprendido solo a navegar. Había aprendido que la historia no es pasada, sino una forma de felicidad que, como el mar, se renueva cada día para quien sabe abrir la mirada.

—Aquí, como sabían los Médici, no hay certeza del mañana —se dijo—, y quizá por eso tenemos que disfrutar del día, de nuestros días, que son poquitos.


Graziella Boffini

El encanto de la playa puede der un consuelo

El azul del cielo que se refleja en el mar le encanta… Un color tan amado que le reconforta el alma, mientras mira, desde la ventana de su habitación turística, Scaglieri, en la Isla D’Elba.

“Por fin, Marina, ¡te veo sonreír!” 

“Ya… ¡Qué maravillosa es esta playa, Pablo… y me encanta el verde de los árboles y de los céspedes, y el perfume del mar… Es verdad que ya estuvimos aquí hace unos años, y fue una experiencia fantástica, pero hoy es algo especial…”

Pablo la abraza con ternura: la sonrisa de Marina le reconforta, vuelve a verla como siempre había sido, hasta hacía unos meses.

“¡Claro que hoy es especial!” 

“Ya… por lo menos mi covid se ha ido! ¡Hemos arriesgado no tener ni un día de vacaciones! La oportunidad de pasar un poco de tiempo aquí me consuela…”

Pero su sonrisa se hace más débil. Pablo finge no darse cuenta, y la besa: claro, la madre de Marina tan vieja y enferma, después de cinco años en el geriátrico, es algo en que ella no puede dejar de pensar, pero no quiere hablar de eso.

“Marina, ¿Qué te parece si bajamos y vamos a pasear un poco por la playa, ahora mismo? Todavía no es muy tarde, y podemos vaciar nuestras maletas después…”

La playa de Scaglieri es una preciosa cala, de más o menos 140 metros, que Pablo y Marina atraviesan tomándose la mano. Hay arena blanca y dorada, aguas poco profundas y cristalinas, el cielo azul poco a poco se transforma en algo mágico, un dorado atardecer que no veían desde hacía muchísimo tiempo. 

Marina vuelve a sonreír, Pablo también. Claro, el covid que ella había tenido hace dos semanas no había sido una enfermedad tan fuerte, solo un poco de dolor de garganta y un poquito de fiebre, y había durado solo algunos días, pero ella había tenido miedo de no poder ir de vacaciones a la playa… unas vacaciones tan necesarias, para distraerse un poco del otro problema.

El móvil de Marina suena. Es su hermana.

El atardecer ahora es incluso más bonito, el cielo es de un azul dorado, en la playa casi no hay nadie, y ellos están volviendo a su hotel. Marina escucha a su hermana, su cara se tranquiliza, la saluda y le agradece.

“Mamá está un poquito mejor” dice “Y el paisaje también”.

“Será verdad?” se pregunta Pablo, “o es su hermana que quiere evitar preocuparla?”

Pero no quiere compartir su duda con ella.

“Sí, Marina, tienes razón… el paisaje en esta playa es maravilloso”. 


Silvia Zanetto

El mercado de flores

La costa belga, ¿conocéis? 65 km de playas que dan al Mar del Norte, a la salida del canal, del Canal de la Mancha, que separa Europa de Inglaterra. El país no es muy grande, así que es normal que el contacto con el mar sea bastante limitado. Son playas bastante grandes cuando hay marea baja, lo que permite organizar fácilmente juegos de pelotas o bolas. En el lado hacia Francia, se practica también el carro a velas. Lo habéis entendido, parece un velero, pero el barco es sustituido por un carro ligero cuyas ruedas corren fácilmente sobre las grandes extensiones de arena endurecida. Cuando el mar sube, cubre rápidamente esta llanura y se detiene en los montículos que se han creado para retenerla naturalmente, son las dunas que se levantaban, aglomerando plantas arbustivas para agarrarse mejor al terreno.

En la Edad Media el mar llegaba al puerto de Brujas, luego con el tiempo se fue retirando, dejando tras de sí una muy apreciada campiña. Pero hoy, por desgracia, una gran parte de las dunas ha sido sustituidas por edificios verticales con apartamentos. El turismo de masas se ha apoderado de esta joya natural y sus tradiciones. ¿Qué belga no iba «al mar» durante sus vacaciones? O mejor aún no poseía como segunda residencia una villa o un apartamento cuya ventana permitía contemplar un mar agitado que se lanzaba al asalto del dique que bordeaba la playa con olas de 10 metros de altura.

Los museos eran numerosos, los parques naturales también, la reconstitución de actividades del pasado como la pesca de gambas con caballos de tiro que entraban en el mar, campos de golf, escuelas de caballos, y por supuesto la pesca y la gastronomía que lo acompaña.

¿Quién no se ha permitido las delicias incomparables que se encontraban «al mar«? Me bastará citar las cazuelas de mejillones con patatas fritas, los lenguados y las ensaladas de camarones. Me refiero por supuesto a los camarones grises, que se pueden comprar en el puerto directamente apenas los asan, en un cono y que después había que pelar uno por uno. Y no olvidemos los gofres con crema, los crepes y el helado, por supuesto.

Sí, es del paraíso terrenal del que os hablo. 

Sin embargo, no he terminado, todavía tengo que hablar del mercado de flores. No el de las verdaderas flores que por supuesto existe como en todas las ciudades.

«Al mar«, en las playas se encuentra también un mercado de flores …

Los niños y sobre todo las niñas cavan un agujero en la arena y delante hacen una puesto donde plantan las flores que su madre les ayudó a confeccionar. Son pequeñas flores hechas a mano con papel crepé y otros objetos útiles. A menudo han preparado todas sus ofertas, en casa durante el año. Y puedo asegurar que he visto puras maravillas, y por supuesto las vendían muy caras. Sí, es cierto, vendíamos y comprábamos con pequeñas conchas, difíciles de encontrar. Se llaman «Cuchillos» y cada uno se las guarda de un año a otro.   

No lo creeréis, pero esta hermosa tradición todavía existe. Una maravilla, espero que sea imperecedera.


Jean Claude Fonder

El protocolo

Por aquella época estaba tan agobiado, que alquilar un bungaló cerca de la playa me pareció la mejor idea para desconectar de mis malos rollos. Sin embargo, uno no puede estar en todo y tal ocurrencia a punto estuvo de llegar a ser la mayor metedura de pata de mi vida. 

Fuera como fuese, aquel mismo sábado antes del amanecer, ya tenía colocado el equipaje en el coche, y mientras el motor rugía, devorando kilómetros a toda pastilla, yo por mi parte no dejaba de canturrear pensando en el maravilloso fin de semana que tenía por delante. O al menos eso era lo que creía hasta que me encontré con aquel chico.

 El encuentro con un extraño y desaliñado muchacho sentado sobre un pequeño tocón al borde de la carretera, con los brazos rodeando sus rodillas flexionadas y los ojos clavados en el horizonte, fue una señal.

Detuve el coche, simplemente con la intención de preguntarle si estaba en el camino correcto, pero ignorando la pregunta me disparó una letanía sin tan siquiera mirarme:

—Hay algo en esa playa. Se que algo se oculta bajo la arena, pero no le puedo decir qué. No lo conozco. Nunca lo he visto. Tan sólo lo presiento.

Por un momento desvíe la vista hacia donde el chico miraba con tanta insistencia, y luego volví a fijar los ojos en él.

— No camines nunca sobre la parte húmeda —continuó—. Intenta mantenerte alejado de las olas. También ahí se esconde un peligro. Lo huelo. Se arrastra y te acecha. En silencio espera su oportunidad. 

Por un segundo me miró a los ojos como para asegurarse que lo estaba escuchando, y reiteró antes de apartar nuevamente la vista:

— Nunca se lo permitas. No bajes la guardia. Sobre todo, no dejes que te pruebe. Si lo hiciera ya no tendrás escapatoria. Yo estoy aquí para vigilarlo, pero no puedo estar así todo el día. A veces me quedo dormido. Entonces no puedo avisar. Eso siempre acecha y nunca duerme. Es su ventaja. Nunca descansa. Solo tiene que esperar su momento.

Alcancé a darle las gracias casi en un susurro antes de volver al coche. Luego, miré una vez más en dirección a la playa y recuerdo que sentí un pequeño escalofrío, pero reaccioné sacudiendo la cabeza y sonreí. En todas partes hay locos —pensé, en tanto metía la primera y apretaba el acelerador. Ya conseguiría dar con la casita por mi cuenta.

Mientras conducía, recordé todas esas historias leídas en libros o vistas en la televisión, en las que el protagonista en contra de cualquier lógica hacía caso omiso del sentido común y subía a un desván húmedo, o bajaba a un sótano oscuro, o se metía por un callejón solitario, lugares donde indefectiblemente siempre le estaba esperando el peligro. Lo de la playa me sonaba a todo eso. Concluí que quizá lo más acertado fuera aplicar el protocolo de supervivencia, y sin pensarlo dos veces, en la primera oportunidad, di la vuelta de regreso a casa. Ya iría a otra playa cualquier otro día.


Sergio Ruiz Afonso.

La playa desierta

Como cada tarde, cuando estaba de vacaciones, a Rocío le gustaba dar un paseo por la playa que estaba casi desierta, de no ser por algunas personas que practicaban con sus tablas de vela. No era un lugar al que la gente viniera; estaba demasiado lejos de cualquier camino, lejos de los establecimientos balnearios, y las numerosas ramas y trozos de árboles traídos por el mar le daban un aire melancólico que ahuyentaba a los turistas. También la reserva natural que costeaba la playa estaba desierta. El sol se ponía sobre la arena dorada y Rocío caminaba por la orilla, sintiendo la caricia tibia del agua cada vez que una ola tímida se deshacía a sus pies. Llevaba un vestido blanco, sencillo, que se agitaba con la brisa salina. No había nadie más en aquel tramo de playa; solo el cielo infinito, las gaviotas trazando círculos perezosos y el rumor constante, hipnótico, del oleaje. No era la playa llena de familias con niños, de sombrillas, donde en su infancia veraneaba con sus padres, donde construía castillos de arena que el mar borraba al anochecer, donde coleccionaba conchas que le parecían tesoros y creía que el horizonte era el fin del mundo. Ahora, aquel mundo   había desaparecido, y ella venía buscando, sin saberlo del todo, un poco de aquel fin. Se sentó sobre la toalla, hundiendo los dedos en la arena. Cerró los ojos y respiró hondo. El aire olía a sal, a algas y a infinito. De su bolso de lona sacó un objeto pequeño y desgastado: una caracola blanca, casi translúcida. La había encontrado en la playa cuando tenía ocho años. Su padre le dijo que, si se la pegaba al oído, podría escuchar el latido del mar. Ella lo creyó, y durante años, aquel sonido imaginario fue su canción de cuna. Ahora, se la acercó al oído. No escuchó el latido, sino el silbido del viento y el eco lejano de risas infantiles que ya no existían. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios. La caracola era el último vínculo material con aquella felicidad simple y despreocupada. Entonces, se levantó. Caminó hasta donde el agua le cubría los tobillos y, con un movimiento suave, lanzó la caracola mar adentro. La vio girar un instante, brillar bajo el sol de la tarde, antes de hundirse en el agua. No sintió vacío, sino una paz extraña y ligera. Como si hubiera devuelto algo que nunca le había pertenecido del todo, sino que solo se lo había prestado el mar durante un tiempo. Rocío dio media vuelta y empezó a caminar de regreso por la playa, dejando atrás una hilera de huellas que el agua se encargaría de borrar. No miraba atrás. Sabía que el mar guardaba sus secretos, y que algunos, como los recuerdos más queridos, nunca se pierden; solo cambian de forma. El sol comenzaba a descender, pintando el cielo de naranja y púrpura, y ella siguió caminando por la playa, esa playa que tanto le gustaba porque allí encontraba trozos de madera y restos de árboles traídos por el mar. Con algunos de ellos alguien había construido una especie de cabaña. Uno de esos trozos de árbol estaba echado allí. Yacía en la playa donde se había acabado su viaje, Sus ramas, retorcidas y desnudas, se extendían como dedos huesudos. Rocío se acercó, se sentó en la arena, apoyada contra el tronco muerto, acarició la corteza alisada y blanqueada, pero aún un poco áspera, sintiendo la vida que latía dentro, tenaz y resistente. Había algo profundamente melancólico en ese árbol, algo que resonaba dentro de ella. En el silencio, encontró una paz que no había sentido en años. La playa desierta y ese árbol acostumbrado a su nueva situación, le recordaron que incluso en la soledad y el fin, hay una belleza extraña y serena.


Raffaella Bolletti

La Playa lejana y la escuela vacía

En puerto Montt, al sur de Chile, allí donde el continente se sumerge en el mar, cerca de la playa de Pelluco, cerca de la playa embarcadero de la isla de Tenglo... allá existía un pedazo de tierra vacío, desocupado... se llamaba Pampa Irigoin.
El 9 de marzo de 1969 ese lugar cercano a la playa fue ocupado por pobladores sin casa. Lo ocuparon para construir algo donde vivir con sus niños y sus familias.
El ministro del interior de la época ordenó su desalojo. Carabineros recibieron la orden de cargar y disparar.
9 fueron los muertos y un bebé ahogado por las bombas lacrimógenas...
Los ecos de la matanza corrieron en todo el país... la conciencia de los estudiantes nos llevó a actuar.
Sí. Entonces yo estudiaba ciencias políticas en la Universidad de Chile, en Santiago, lejos de la playa, a 1000 kilómetros de Pampa Irigoin.
La escuela de Ciencias Políticas se situaba entonces en una antigua mansión en pleno centro de Santiago, en el cruce de dos calles importantes, no lejos del congreso y rodeada de mansiones similares más o menos de la misma altura.
El 19 de agosto de 1969 los estudiantes del país proclamamos una huelga general con ocupación de universidades y bloqueo de las calles exigiendo la destitución del ministro culpable de la masacre.
Ocupamos entonces la Escuela de Ciencias Políticas y bloqueamos el tráfico de las calles adyacentes.
La calle más importante, delante de la gran puerta de la escuela fue rápidamente bloqueada y se cortó el tráfico por esa arteria.
Recorriendo las salas de clases descubrí de repente una cantidad de botellas...
¿Qué es? Pregunté.
— Son molotov.
— Molotov?
— Si son bombas molotov, botellas repletas de bencina o alcohol y con un mecha. Se prende la mecha y se lanzan... al caer el vidrio se rompe y el líquido se inflama...
Rápidamente llegó la información de que no lejos los estudiantes habían incendiado un bus de los carabineros arrojándole molotov ...
Pero por la otra calle, donde solo había una puerta de servicio, no había barricada... el tráfico podía pasar.
Entonces dije que había que formar una barricada y bloquear esa calle también.
Partí seguido por estudiantes de liceo que se habían agregado a la protesta.
Formamos una cadena.
No vi cuando los carabineros cargaron a nuestras espaldas... los estudiantes de liceo escaparon a toda carrera, quedamos solo uno de secundaria y yo.
No había donde refugiarse.
Vi que al otro lo cogía un carabinero y sentí que me agarraban firme por detrás.
Desde el techo de la escuela una voz:
— Si no los sueltan lanzamos las molotov
Entonces el carabinero que me tenía cogido desenfundó su revolver y lo apoyó en mi nuca
— Si tiran el primero que cae es este.
Yo pensé que no iba a disparar, que agravaría el conflicto político...claro, yo pensé como podría haber razonado el ministro, pero detrás, con un revolver en mi cabeza, había solo un cabo de carabineros y no el ministro...
Aparecieron unas molotov en el techo...
De pronto llegó la orden de evacuar y la patrulla se puso a correr en dirección de sus buses.
Nos llevaban al muchacho y a mí de escudos...
Si nos subían al bus... sabíamos que allí era la paliza sin testigos. Había que liberarse antes, pero ¿cómo?
Vi que de repente el muchacho tropezó y cayó... el carabinero que lo tenía lo dejó botado y siguió corriendo.
Entonces, me dije, si me chanto me larga... o...
— O me suelta o me dispara...
— Somos los últimos...
— Me arriesgo.
Y me planté...
Bueno, uffff,
¡No! Detrás venía otro más.
También siguió corriendo sin preocuparse de mí.
Vi que el estudiante siguió cojeando y desapareció.
Quedé solo en la calle desierta.

Me fui a la puerta secundaria de la escuela... golpée...
Golpée más.
De repente se entreabrió la puerta. Entré….
Dentro, vi que todos lloraban.
Pronto entendí por qué.
Por razones legales los carabineros no podían forzar la entrada a locales universitarios, pero...
Pero nos bañaron con bombas lacrimógenas...
Era casi imposible respirar.
Pronto entendí por qué.
Tirarse al suelo, mojar un pañuelo con orina y ponérselo en la nariz, o con bicarbonato...
Había que resistir. Llorar, pero no salir. La escuela debía estar ocupada hasta que llegara la consigna de retirarse.

¿Retirarse? ¿Salir? ¿Cómo?

Al anochecer, cuando las lacrimógenas se habían calmado se organizó una reunión con un importante diputado socialista.
¿Cómo entró? Por la puerta grande imposible.
Por la puerta chica... pero ¿quién iba a abrir?

Entonces el diputado tomo la palabra y nos explicó que debíamos desocupar la escuela y dejar a los carabineros custodiando un edificio vacío.

Me dije.
Excelente, pero ¡cómo salir!

El diputado dijo:
Hay que salir por el techo
Por el techo hay que pasar a la casa de al lado. Los techos están al mismo nivel.
La casa del lado no es una casa, es un hotel parejero. Vienen parejas, arriendan una pieza y luego se van.
No se olviden. Este hotel está al lado derecho de la entrada principal de la escuela. Salen en parejas y toman a la derecha y se alejan de la escuela.
Mañana haremos público que el ministro hace custodiar casas vacías. Quedará en ridículo...

Subí al techo y esperé mi turno.
Cuando llegó no quedaba ni una compañera.
Voy a tener que salir solo. Va a ser poco creíble...
Entré al hotel por una ventana en el techo, bajé piso por piso hasta la puerta de entrada ... salí pensando que salir solo era un riesgo.

Y preocupado por ir solo, al salir tomé a la izquierda.... a la izquierda y no a la derecha como previsto!
¡Mierda! Cuando me di cuenta era tarde. Estaba justo en la entrada de la escuela delante del carabinero de guardia.
¿Qué hacer? El carabinero me miró fijo.
Entonces dije:
— ¿Qué pasa? ¿No se puede entrar a la escuela de ciencias políticas?
— No señor. Ni entrar ni salir
Respondió el carabinero de guardia.
— Entendido — dije
— Ni entrar ni salir.
¡Y me fui rápidamente dejando atrás al carabinero custodiando la escuela de ciencias políticas ... vacía!
...
Los hechos ocurridos cerca de una playa de Puerto Montt no solo han tenido un eco a 1000 kilómetros de distancia, también siguen resonando lejos en el tiempo...
A mis casi 80, viviendo exilios y derrotas, sigo creyendo, como a mis 21 años, que todos tenemos derecho a educación, a comer, a la salud y a una vivienda digna.
El eco de una playa lejana sigue rebotando hasta hoy día.

PS.
El gobierno de Salvador Allende entregó viviendas a esos pobladores y en lo que fue Pampa Irigoin se alza un monumento que recuerda lo sucedido cerca de la playa de Puerto Montt.


Patricio Vial

Melissa

F. y yo llegamos al puerto del Pireo a media mañana. Cuando nos indicaron el ferry que nos llevaría a nuestra isla, nos quedamos un poco sorprendidos puesto que, sin duda, era el más viejo de todos los que estaban atracados. La pintura agrietada, las partes de hierro un poco oxidadas... pero desprendía un aire solemne de lobo de mar.

Con nosotros subieron unos pocos turistas y algunos griegos que bajaban en cada parada del ferry en la ruta de las pequeñas Cícladas. Cuando nos avisaron de que la siguiente isla sería Koufonissi, nuestro destino, nos asomamos a la cubierta y de pronto nos dimos cuenta de que se trataba de un lugar especial.

En el pequeño puerto flotaban barquitas de colores que parecían suspendidas en el aire, tan blanca era la arena y tan clara el agua del mar. Bajamos solo nosotros y una familia griega que nos indicó la taberna "Melissa", la única de la isla. El sol era fuerte pero el aire era fresco, acariciado por una ligera brisa.

Subimos unos pocos escalones y entramos bajo un cenador de cañas. Había una docena de mesitas de madera pintadas de azul con sillas de paja también pintadas de azul, sobre dos de las cuales dormían plácidamente dos grandes gatos.

Llamamos a la puerta que estaba abierta. A nuestro alrededor solo había silencio y el ligero ronquido de uno de los gatos. Esperamos un poco. Entonces apareció un hombre de unos sesenta años, con un aspecto tan griego que habría hecho palidecer a Zorba. Era Antonio Mavros, el dueño de Melissa. Pareció feliz cuando supo que éramos italianos y, hablando en un discreto italiano, nos indicó nuestra habitación.

—¡La cena es a las seis! — dijo, y se marchó.

La habitación, pintada de blanco, tenía una pequeña ventana que daba a un huerto donde paseaban gordas gallinas. Una cama, una cómoda blanca, un trípode de madera donde flotaban perchas de alambre, una cortina de plástico que cerraba el baño. Nos pareció perfecto.

Así empezó nuestro descubrimiento de las pequeñas calas que rodeaban la isla. A menudo estábamos solos, a veces con alguna pareja con la que inventábamos diálogos en idiomas improbables. Arena como talco y mar de agua de fuente. Cuerpos desnudos e inocentes se dejaban acariciar por el soplo del Meltemi.

Por la noche la cena era muy sencilla. Pescado a la brasa, verduras, frutas, Rezina (vino blanco resinado) y Uzo (licor con sabor a anís). A veces Antonio se acercaba a nuestra mesa y nos hablaba de guerra y de los simpáticos y torpes invasores, y siempre concluía diciendo: ¡una raza, una faccia!

Fue el verano más bonito de nuestra vida. En esa isla perfecta recuperamos las ganas de amarnos que creíamos perdida.

Pero esta es otra historia.

Iris Menegoz

Playa

Playa es una palabra mágica para mí, inmediatamente veo la chica que caminaba por la orilla del mar con esa arena suave que se pega por todas partes, eso no me molestaba, de hecho me gustaba sentirla sobre mí, de vez en cuando me metía al agua y luego salía a recoger las conchas y pequeñas piedras de colores con las que llenaba muchos frascos para llevarlos a Milán, eso me bastaba para ser feliz.

De pequeña con mi familia íbamos al mar todo agosto, a mi papá le encantaba nadar, había aprendido en el naviglio y hacía competiciones.

Tomábamos el autobús porque no teníamos coche y cuando llegábamos íbamos corriendo a la playa a saludar a todos nuestros amigos con quienes nos encontrábamos cada verano, los niños nos íbamos corriendo al agua, mientras los adultos contaban las novedades del año anterior.

Recuerdo los juegos en la playa y el olor de la focaccia a media mañana y todo el tiempo pasado en el agua clara nadando con los pececitos alrededor de nuestras piernas.

Luego llegó la adolescencia, nuestros juegos siguieron siendo bastante sencillos, no éramos muy exigentes. A menudo andábamos hasta una isla que parecía cercana, pero cuando teníamos que remar nos dábamos cuenta de los lejos que estaba. Estaba prohibido ir a la isla, pero nos gustaba porque el agua era clara, de un maravilloso color verde, los niños casi todos locales se metían en el agua para atrapar pulpos tirándolos a la barca sobre nuestros pies para fastidiarnos y nosotros simulábamos gritar, era más o menos así siempre, lo importante era estar todos juntos.

Por la noche seguíamos paseando por la playa, el agua parecía más cálida y con la luz de la luna mirábamos los reflejos en el mar. Sin embargo, teníamos que volver a casa a las diez así que la noche terminaba temprano.

Empezamos a enamorarnos, recuerdo un chico alto y rubio que me gustaba muchísimo y con el que me besé un poco, pero pronto se acabó, como las vacaciones.

Esa tapa feliz de mi vida terminó con el fin de la escuela, todo cambió, algunos empezaron a trabajar y a ir de vacaciones en diferentes épocas y a otros lugares.

Siempre me ha encantado el mar y nunca he dejado de ir cada verano, he visto playas hermosas, pero a menudo pienso con nostalgia en ese período mágico, en la despreocupación que ya no he podido experimentar y en aquellos que amaba que ya no están con nosotros.

Leda Negri

Mi playa de Las Canteras

Ella llevaba la mochila con las toallas de una esquina a la otra de la avenida y yo las tablas de surf. Éramos un hilo de un mismo tejido, unidos por nuestras manos, los sombreros ondeaban al viento. Nos reíamos porque estábamos cerca. Caminábamos sobre la arena seca y caliente hasta el mar con nuestras tablas. Sintiendo cómo cada uno de nuestros pies dejaba una huella efímera.
Ya, sobre el agua esperando la ola; la serenidad y el silencio del mar roto de vez en cuando por el graznido de una gaviota nos hacía sentir esa conexión con todo lo que existe. Estábamos bajo la cúpula del universo percibiendo el tiempo infinito y sintiendo que existe la probabilidad matemática de que nos hayamos encontrado antes y que nos encontremos después.
Tengo la certeza que, en este mundo infinito, los seres finitos y sus átomos se reconocen.

 Eso nos pasó.


Blanca Quesada