Estupenda criatura

Alain Delon

Querida Ceny, no sé si aún crees en los cuentos de hadas, pero a mí, ayer, me sucedió algo superincreíble. 

A mi madre le ha tomado la locura de hacer tartas. La culpa es de un cocinero guapetón que aparece en la TV cada semana en «clase de tartas». Así que a mí me toca, cada viernes, llevar una tarta nueva a mi abuela. Tú sabes que esa vieja loca vive en aquella absurda, ridícula casita en el bosque. ¡Que aburrimiento!  Cuando llegué frente a la casa vi aparcado el «SUV» de Rafael. ¿Te acuerdas de él? El cazador ¡Gran pendejo! Dejé el canasto ante la puerta y me fui.

En el camino de regreso por el bosque encontré al lobo. ¡Dios mío que estupenda criatura, piel de plata, ojos de oro! Se me acercó, me besó la mano (verdadero «gentelman»). Hablamos un poco de esto y de aquello. Me confesó que tenía una vida difícil debido a los pastores. Se quejaban por la pérdida de uno o dos animales. Aunque el ayuntamiento les reembolsaba por cada pérdida. Cerca de mi casa nos despedimos.

—¡Si quieres nos vemos el próximo viernes —dijo —a las tres! 

Ceny, tengo que irme, mamá está llegando. Besitos.

rujta@fabula.com

¡Querida, que estupendo encuentro, espero en su continuación! Besos.

ceny@fabula.com

Querida Ceny. No sé si tengo la forma adecuada para expresar lo que me sucedió. Después de haber dejado el canasto bajo la puerta de la abuela (siempre estaba el pendejo), me encontré con el lobo en el bosque. Experto entendedor del lugar, me mostró un sitio maravilloso. Una pequeña catarata que caía en un lago de cristal. 

Hacia calor. Me desnudé y me sumergí en aquella agua esmeralda. Lobo también se sumergió. Reímos, jugamos. Yo monté sobre su espalda como si fuera un caballito de mar. Después me tumbé sobre la hierba, feliz, desnuda y mojada.

Lobo, con su lengua áspera y suave, empezó a secarme. A medida que su lengua recorría mi cuerpo, sentí mis pezones endurecerse. Cuando su lengua llegó a mi entrepierna, mi mente se perdió. Miles de hormigas bailaban en mi vientre, mis piernas temblaban.

Lobo se paró. Me miró en los ojos y, sin una palabra, me dio mi camiseta y mis vaqueros.

¡Pero yo lo vi! ¡Entre sus piernas tenía una llama roja como las llamas del infierno!

No tengo mucha familiaridad con los sexos varoniles pero lo que Don Santiago, años atrás, durante la confesión, intentó mostrarme: una salchicha hervida sin color, ¡nada que ver con lo del lobo!

Hasta pronto Ceny. Besos.

rujta@fabula.com

Te lo ruego Rujta, no me dejes sin tu historia con el lobo. ¡Que envidia!

Besitos

rujta@fabula.com

¿Qué tal Rujta? ¿Por qué no me escribes? 

rujta@fabula.com

Hace semanas que no me escribes. ¿Por qué? 

ceny@fabula.com

Querida Ceny, hace tres semanas por la tarde, oí un gran ruido. Un coche a toda velocidad tocando la bocina, recorría las calles del pueblo. Me asomé al balcón. Lo vi pasar. Era él. El Cazador.  Sobre el techo tenía estrechamente ligado con cuerdas el cuerpo ensangrentado de mi lobo. ¡malditos asesinos! Yo me acerqué. Su lengua ensangrentada saliendo de su boca. ¡Malditos asesinos!

Me quedé paralizada, incrédula, incapaz de hacer cualquier cosa, excepto huir, huir, huir, para llorar por esa estupenda criatura. Perdona Ceny me faltan las palabras. No es fácil hablar de un dolor.


Iris Menegoz


Una historia peligrosa

Muchos piensan que el destino está escrito en las letras de nuestras células, otros, en cambio, afirman que es el fruto de nuestras elecciones. Sea como sea, es cierto que para mí el futuro que se me presentó ya representa una parte de pasado sobre el que reflexionar. Y de una cuestión estoy totalmente segura: nunca elegí mi pasado tal como lo viví, ni encontré ninguna huella anticipadora en ninguna parte de mi cuerpo. 

Empecemos por el principio, que, en mi caso, coincide con el final de mis días. Sí, porque todo empezó cuando Natalia, mi enfermera personal y mi ángel de la guarda, por capricho o por curiosidad, quiso saber más sobre mi vida pasada. De ser sincera, la petición al momento no me sorprendió más de la cuenta, aunque, pensándolo bien, un poco extraña debería haberme parecido. Y eso que todo el mundo —no, no estoy exagerando—se sabía de memoria desde mi (presunta) fecha de nacimiento hasta el color de mis bragas el día de mi boda. Como escriben muchas plumillas, el precio de la fama hay que pagarlo, y yo, que había sido toda una celebridad, lo había pagado de sobra. En todo caso, no me cabía la menor duda de que las preguntas de Natalia, una mexicana cuarentona trasladada a San Francisco muchos años antes, escondieran otro propósito. No quiero pasar de lista tan solo por ser rica, eso lo dejo creer a las mujeres envidiosas y a los estúpidos. No. Lo intuía porque a lo largo de mi existencia mi sexto sentido fue la única guía fiel que nunca me traicionó, a diferencia de mis hombres que, claro está, disfrutaron mucho coleccionandos amantes a mis espaldas sin entender que yo los traicioné primero en los pensamientos y luego de verdad…

He vuelto a meter la pata. Ya lo sé. Es que estoy tan acostumbrada a enredar mi vida que lo hago también con las palabras. A lo mejor será la edad. Sin embargo, querida Isabel, no quiero que te pongas colorada leyendo mis memorias, con lo púdica y remilgada que eres… 

Quiero que tú sepas la verdad sobre mi vida, una verdad que muchos intentaron captar sin resultados. Por eso estoy aquí, juntando letras a duras penas, tratando de poner orden en mis recuerdos para dejarte entrever lo que de verdad se esconde detrás de una cara llena de arrugas que un tiempo fue muy bonita y encantadora. 

Nací en pleno verano de 1924. Nunca supe la fecha exacta porque, a los pocos días, mi madre biológica o alguien por ella, me dejó en el umbral del Convento de las Hermanas de la Caridad en una cesta de mimbre, con una mantilla blanca de algodón algo desgastada pero limpia. Lo que se dice un principio digno de una estrella del cine. ¿No te parece? 

De todas formas, y pese a las habladurías, las hermanas del Convento me criaron bien, o por lo menos, pusieron todas sus buenas intenciones. Allí aprendí el fascinante oficio del bordado y de la costura, me enamoré de la lectura (me encontraba entre las pocas mujeres de aquel tiempo en disponer de una biblioteca de todo respeto), me ensucié las manos con la tierra del huerto que ocupaba buena parte del patio trasero del Convento, planté tomates, berenjenas y unas rosas de un color rojo brillante del que todavía queda un dulce recuerdo en mi memoria de anciana vivida. Era una chica bastante introvertida (—¿cómo no serlo en un convento?—)  pero lista, de buena memoria y con ganas de aprender. Sin embargo, al árbol que nace torcido le cuesta trabajo enderezarse. A fin de cuentas, mejor así porque de lo contrario me habría convertido en una esposa infiel y una madre frustrada. De hecho, mi huida a escondidas quince años después de mi llegada involuntaria al convento me abrió un abanico de posibilidades que nunca habría imaginado.

¿Que cómo se me ocurrió? Bueno, hubo alguien que me dio las ganas de fugarme de aquel lugar húmedo y sombrío que pese a mi voluntad había sido mi hogar: Juan Sarría Alameda, un joven de buena planta y de mirada cautivadora en la que me perdía cada miércoles que pasaba con su furgoneta para recoger los productos de la huerta y los bordados que las hermanas solían vender para recaudar dinero. 

El amor, o lo que más a él se parecía, me empujó a esconderme en la parte trasera de la furgoneta de Juan entre cajas de tomates y toallas bordadas de hilo dorado .. 

Juan y yo recorrimos muchos kilómetros de una España que parecía hecha para esconder criminales de toda calaña y parejas clandestinas, pero eso no bastó para que lo nuestro durara para siempre. La guerra civil dejó rastros de sangre en todo el país y siempre nos topamos con familias que habían perdido algún que otro familiar. Para colmo de males llegó la noticia de la invasión alemana en Polonia y la grave inestabilidad política de Europa. En aquel entonces, tan solo era una jovencita guapa y enamorada que no entendía nada de política ni de equilibrios internacionales y tampoco podía imaginar que pronto y de forma, digamos, un poco rocambolesca, me convertiría en espía del régimen español.

Querida Isabel, ayer tuve que interrumpir mi cuento por miedo a que Natalia descubriera mis escritos. Como puedes imaginar, si alguien tomase posesión de mis declaraciones toda la fortuna y la fama que acompañaron mi vida de actriz se vendrían abajo, incluida la herencia para ti y tus descendientes, que son también los míos. 

¿Dónde había llegado?… Claro, tengo que contarte como conocí a un militar alemán que me propuso bailar y actuar en un sótano en las afueras de Madrid. El tal se llamaba Rubén, vestía uniforme nazi y lucía modales de hombre vivido y seguro de sí mismo pese a tener un rostro angelical, con su pelo rubio y ojos azul claro. Aquel verano de 1940 mientras yo pasaba mis días bordando y limpiando en una mansión de gente de bien, me topé con el tal Rubén en el mercado central. Pocas eran las doncellas que iban y venían sin descanso cargadas como mulas de verduras y pescado fresco para satisfacer a sus señoras adineradas y a sus convidados, y yo entre ellas, mientras que muchos eran los niños y sus madres viudas de guerra que regateaban por un mendrugo de pan. En la multitud de gente Rubén se fijó en mí, no sabría decirte el porqué, a lo mejor ya había adivinado las formas sinuosas que yo trataba a duras penas de esconder y mortificar con el uniforme gris y blanco que me impusieron para trabajar. Recuerdo que se me acercó de forma rápida y segura como si me conociera de toda la vida y articulando pocas palabras que parecían alemán mezclado a sonidos españoles hizo deslizar entre mis manos un papel doblado y amarillento que no tuve el valor de leer hasta bien entrada la noche, cuando se suponía que debía descansar en mi cuartucho en el altillo de la casa donde servía como criada. Había dos direcciones: una, a la que me dirigí al día siguiente, era la sede de un taller de costura, uno de los pocos que aún quedaban en la ciudad. Allí sus dependientas, casi todas de mi edad y con modales exquisitos, me hicieron probar un traje tras otro hasta dar con lo que debía estrenar la noche siguiente en el local clandestino señalado por la segunda dirección escrita en el papel. ¿Que dónde estaba Juan? Bueno, enfrascado en alguna que otra actividad ilegal de la que no quiero acordarme… 

Tuve valor, ya lo sé, o tal vez desfachatez, según se mire, pero me presenté en el lugar indicado, y sin entender una sola palabra de alemán subí a un escenario improvisado para cantar y bailar como si lo hubiera hecho desde siempre. No me fijé en el público, todos militares alemanes que me miraron con ojos hambrientos de deseos insatisfechos, porque si lo hubiera hecho, a lo mejor habría salido corriendo de aquella guarida de hombres solos. Cuando al final del espectáculo, y después de un fragoroso aplauso, Rubén entró en mi presunto camerino de artista novata, me propuso con unas pocas palabras que el pobre se había aprendido de memoria, un acuerdo peligroso e increíble que cambió definitivamente el rumbo de mi vida. Fue el principio de mi actividad de espía del régimen de Franco, ese militar cabezota y sin escrúpulos que quería llevar España a los años dorados del Imperio colonial. ¡No me juzgues! Es verdad que al principio te dije que el destino lo elegimos nosotros, pero tal vez, las circunstancias de la vida nos empujan hacia lo que ni siquiera nos hubiésemos plantado. 

En concreto, la labor consistía en exhibirme con cantos y bailes, vestida de trajes que poco dejaban a la imaginación, en lugares de mala muerte a los que acudían personajes poco recomendables: militares de todo tipo, españoles, alemanes, italianos, hasta ingleses en incógnito y, sobre todo, espías. Rubén siempre me siguió como guardaespaldas y fue él quien me daba las instrucciones con las fechas y los lugares donde yo tenía que acudir y enviar mensajes ocultos a través de los movimientos de mi cuerpo o por medio de las letras de canciones que iba desgranando como una artista consumada. No te lo escondo, al poco tiempo le cogí cariño a Rubén, y como no podía seguir trabajando de servidora por la mañana y bailarina y cantante por la noche, decidí dejar para siempre la casa donde trabajaba como criada sin despedirme de nadie, tampoco de Juan. 

No me arrepiento de nada. Nunca, y repito, nunca tuve que hacer nada que no quisiera. A menudo Rubén tuvo que alejar a algún que otro pretendiente, eso sí, sin hablar de mis camerinos, que con frecuencia se llenaban de flores exóticas y cajas de bombones suizos que casi nunca probé. Normalmente solía recogerlo todo y me pasaba las mañanas libres repartiendo dulces entre los niños hambrientos de los barrios más pobres de la ciudad, mientras que con las flores adornaba las lápidas, a menudo sin nombres, del cementerio de Madrid. 

Fue así como pasé los años de la segunda guerra sin sufrir hambre, frío y miedo como casi todo el resto de la población que tuvo la mala suerte de no apoyar a Franco. Ahora que soy vieja y que poco futuro me queda por delante, me gusta pensar que, pese a las apariencias, mi labor de espía contribuyó a que nuestro país no entrara en una guerra que, a lo mejor, nos habría borrado de la faz de la tierra. Querida Isabel, los míos no son delirios de una anciana demente, porque si es verdad que mi cuerpo está flaqueando, lo mismo no puede decirse de mi cabeza. Siempre rogué al Señor —soy creyente de una forma muy personal— a que me mantuviera cuerda hasta el final de mis días y te puedo asegurar que lo estoy. De lo contrario, no podría recordar con todo detalle mi encuentro con un personaje, poco conocido en los libros de historia, que a su manera nos ayudó para que el Generalísimo no pactara con el loco alemán. Me refiero al Pequeño Almirante, tal como le llamaban sus colaboradores, es decir a Wilhelm Franz Canaris en persona. Para nosotros, hablo en plural porque ya me sentía parte del mundillo secreto del espionaje, él había sido y era toda una leyenda¸ en vez de, su fama había llegado hasta el otro lado del charco. El héroe de los dos mares lo apodaban. Una celebridad por cierto merecida a sangre y sudor en el campo de batalla según cuentan. De hecho, el tal Canaris, que participó en dos guerras mundiales, sabía hablar perfectamente cinco idiomas, entre ellos el español, y pese a no ser un nacionalsocialista, fue jefe de la Abwer, la inteligencia militar alemana. Efectivamente cuando yo le conocí, sus felicitaciones por mi actuación en perfecto español no me impidieron entender que detrás de sus modales escuetos y sobrios se escondía un hombre de grande inteligencia y diplomacia. De hecho, acababa de actuar en un lugar de postín en el centro de Madrid donde acudían la flor y la nata del bando franquista —entretanto, había ascendido en mi carrera tanto de bailarina como de espía—y Rubén, mi ángel de la guarda, fue el que nos presentó. La sala estaba abarrotada de gente, el humo de los cigarrillos había creado una especie de neblina de humo que esfumaba el brillo de las medallas que las solapas de las altas uniformes enseñaban sin pudor. Entre las bandejas de plata repletas de copas de champán de primera y caviar, me deslizaba como si estuviera en mi elemento, con mi traje de lentejuelas y zapatos de tacón italianos que en mi anterior vida solo podía soñar. La música de la orquesta llenaba el aire de sonidos que invitaban a bailar, y recuerdo como si fuera ahora las palabras bisbiseadas de Rubén cerca de mi cara, y las ojeadas disimuladamente interesadas de casi todos los hombres en alta uniforme que presenciaban al evento. Con un ligero empujón, mi guardaespaldas me acercó por primera vez a W. F. Canaris.

El encanto casi desgarrador de ese hombre de pelo cano y mirada profunda casi me hizo quedar sin palabras, como si de pronto me sintiera fuera de lugar en aquella sala de baile…

Como supe más tarde, el Almirante había sido enviado a España por Hitler para intentar convencer a Franco de la posibilidad de entrar en guerra. Pero lo que hizo fue exactamente lo contrario. Y de eso, y de mucho más, sigo dándole las gracias allá donde esté. 

Querida Isabel, ya sé en que estás pensando y no, nunca llegué a ser su amante, y no porque no quisiera. Franz, como solía llamarlo yo cuando compartíamos algún momento juntos, se quedó prendado de mi desde el primer instante, pero su conciencia o, a lo mejor, los años que nos separaban, le impidieron declararse abiertamente. 

Y cuando las cosas se pusieron malas para él, antes de ser ahorcado en el campo de concentración de Flossengürg en 1945, me facilitó los documentos y los trámites para que yo pudiera escaparme a Estados Unidos y convertirme en la estrella del cine que todo el mundo conoce.

Entonces puedes comprender por qué nunca antes he contado esta parte de mi vida a nadie… ¿Que por qué te lo cuento justo ahora? Tal vez porque haya llegado el momento de hacer encajar las piezas de mi vida que siempre estuvieron olvidadas en algún rincón de mi memoria y sobre todo para que tú, mi heredera directa, querida nieta, sepas la verdad. Las historias, a veces, pueden ser peligrosas si bien eso depende de quien las cuente. Y recuerda: las palabras tienen más valor que muchas de las personas con las que me he topado a lo largo de mi existencia.

Ayer tuve que interrumpir mis memorias. Natalia sigue al acecho. ¿Por dónde andaba? Sì, ahora me acuerdo. Llegada a este punto de la historia, como toda mujer que se respete, te preguntarás qué fue de Rubén y de Juan… Bueno del primero, que siempre fue mi amigo y protector sin querer nada a cambio, supe que logró escabullirse de la redada que los espías ingleses habían organizado por toda Europa, huyendo a Argentina… Del segundo, pues, simplemente desapareció de mi vida como si su único papel fuera el de sacarme de aquel convento que fue mi primer hogar…

Por lo que a mí se refiere, una vez establecida en California bajo la protección de algunos amigos alemanes, llegué a las altas esferas del cine de forma tan rápida que las malas lenguas nunca perdieron ocasión para echármelo en cara. En cualquier caso, si quieres saber más tendrás que tener paciencia porque esa es otra historia. Mañana te la contaré.


Manila Claps. ………..


Persecuciones

La primavera esparcía perfumes por la ciudad y la cita con Renata, era para comer algo juntas antes del encuentro con Leila, investigadora de Socorro jurídico. Esa ONG recogía evidencias de los abusos contra los derechos humanos, Leila iba dondequiera que la llamaran porque habían encontrado alguna fosa común donde yacían cuerpos de opositores políticos del régimen militar. Examinaba minuciosamente los restos, catalogaba, entrevistaba a los testigos, presentaba denuncias. Eran comunes las ejecuciones extrajudiciales, la tortura, la desaparición de líderes campesinos o estudiantiles… Mediante las escuchas ilegales, las delaciones bajo tortura y, tal cual infiltrado, los cuerpos militares de la dictadura sabían dónde encontrar a sus víctimas.

Una noche, volviendo a su casa, un auto la seguía y ella estaba sola. Abandonó el auto y corrió y corrió, tratando de encontrar refugio, pero todas las puertas estaban cerradas y ante sus gritos pidiendo ayuda, las pocas luces encendidas se apagaban. La capturaron y estuvo desaparecida dos días, sufriendo torturas y violaciones, hasta que la petición del arzobispo, Monseñor Arnulfo Romero, logró obtener su liberación.

Era crítico de la teología de la liberación, moderado, pero con un indestructible sentido de la justicia convencido de que los privilegios y la avidez de pocos comportaban la miseria de la mayoría de la población. Había que cambiar. La oligarquía convierte en sangre el odio contra las clases pobres. Campesinos, obreros, maestros, catequistas asesinados.  El 12 de marzo de 1977, las balas destinadas a su amigo jesuita Rutilio Grande, asesinaron también a un anciano y a un niño que iban con él. 

El arzobispo era tímido, pero durante la homilía, era contundente y por todo El Salvador las emisoras de radio transmitían su voz. La injusticia social era el tema principal. Asume la voz de los sin voz y la opción preferencial por los pobres. A todos llega su mensaje de no violencia y conversión. La conferencia episcopal no lo apoya y él está solo, desprotegido.  Recibe amenazas. Consciente del peligro inminente, dice: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. En su última homilía, el 23 de mayo de 1980 lanza un mensaje a los militares: “conviértanse, les ruego, en nombre de dios, cese la represión…  si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño… ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de dios. No maten a sus hermanos”. Hay deserciones en el ejército.

A esa hora en Milán, ya no circulaba la metropolitana, pero sí los autobuses de la circunvalar. ¡Cómo podía ser tan fuerte Leila! Una guerrera, tenía muy clara su misión… 

En el silencio absoluto se oían los pasos lejanos, una sombra entre los árboles de la avenida. Tengo que llegar a casa a tiempo. Mejor acelerar el paso… y allá atrás también aceleran, al mismo ritmo. Voy más rápido, y los pasos también ¿Correr? Quizás no… es peor. Voy preparando las llaves, ¿dónde están? entre tanta cosa no es fácil: papeles, botella, algo frío y metálico: el bolígrafo que me dejó de recuerdo Leila…. Por fin. Me sudan las manos. La llave larga del portón, abro y corro hacia el ascensor a la derecha de la portería. Percibo en la nuca su jadeo. Doy la vuelta y lo golpeo con el bolso. Soy una fiera. “¡FUERA!, ¡FUERA INMEDIATAMENTE!, que llamo al portero y lo revienta a golpes”. Veo sus ojos asustados, tiembla como una hoja y trata de subirse la cremallera del pantalón, mientras corre hacia la puerta. Era un pobre diablo.


Maria Victoria Santoyo Abril


Los difuntos

En aquel recinto lúgubre no cabía ni un alfiler. Era una mañana de otoño; ese día también el cielo lloraba, como la gran mayoría de las personas que se habían congregado para dar el último adiós a Jacobo; el respetado exalcalde; el político más querido de esta pequeña y tranquila ciudad. Ahí estaba ella, Cecilia, su viuda, en primera fila, enfundada en un elegante traje negro, con la tristeza congelada en ese océano que eran sus iris; una espigada mujer que aún conservaba la exótica belleza y el cuerpo de guitarra de sus años mozos. 

Se acercaba el momento de retirar el ataúd del recinto para trasladarlo a la Iglesia donde se oficiaría la misa antes del sepelio. Una larga fila india se armó rápidamente, todos querían saludar a la viuda y ver de nuevo al difunto. Con la resignación del desesperado ella aceptaba las condolencias de un sinnúmero de personas: familiares, amigos, exempleados, cuando en realidad solo quería volver a la intimidad de su casa y llorar sola a su amado esposo. 

 Y llegó su turno: el hombre de ojos miel almendrados, alto, cuerpo tonificado, visiblemente guapo; le estrechó la mano con un poco más de fuerza de lo habitual y con voz grave y pronunciando su nombre le expresó sus condolencias —Cecilia, mis condolencias. —No hubo señora, doctora, simplemente Cecilia, a secas. 

En esta ocasión ella lo miró con atención y sin parpadear. Entre todas las personas del recinto, era de los pocos que le resultaba un extraño; otra vez sintió el escalofrío. Ella soltó bruscamente su mano y retiró la mirada. El siguió adelante, no era ni el lugar ni el momento para otro asunto.  

Pasado el funeral, Cecilia volvió a su casa, una suntuosa mansión, en realidad; Jacobo y ella provenían de familias pudientes y supieron multiplicar con trabajo y esfuerzo la fortuna heredada. Se habían conocido en la universidad, él cursaba arquitectura y ella derecho, desde entonces, fueron inseparables. 

Terminados los estudios se casaron y muy pronto la familia aumentó con la llegada de sus dos hijos. La vida les sonrió con una trayectoria de reconocimientos. Muchas de las grandes obras arquitectónicas de la ciudad tenían el sello particular de Jacobo, mientras que Cecilia, abogada penalista, llegaría a convertirse en una de las jueces más respetadas y también temidas, por su fama de correcta, severa y de no haber perdido nunca un caso.  

 Ya retirados, a Jacobo se le despertó el interés por la política, que lo llevó a ser alcalde, gozando de la popularidad y la admiración, hasta de sus adversarios. Cecilia, en cambio, dirigía una fundación para ayudar a mujeres víctimas de violencia de género. Era una fuerte defensora de los derechos y garantías de la mujer.

Su mansión, ubicada en un lujoso barrio a las afueras de la ciudad, había sido el lugar de residencia desde que se casaron. Sus hijos, Camila y Francisco, tenían ya unos cuantos años en el exterior y solo los visitaban en vacaciones.  Muerto Jacobo, solo vivían en las dependencias la criada y el vigilante. Apenas con horas de fallecido, a Cecilia su hermosa casa ya le quedaba grande. 

Sentados en uno de los salones, la viuda anunció una decisión importante a sus hijos:

—Ya no deseo seguir viviendo aquí, sin su padre no tiene ningún sentido para mí. Ustedes vienen una o dos veces al año. Estoy pensando poner la casa en venta e irme a un apartamento pequeño. Es lo más sensato.  No pensamos nunca en venderla, esperando el futuro para cuando llegaran los nietos, pero yo estoy envejeciendo y sin su padre no me siento segura. 

—Estoy de acuerdo, respondió Francisco, dada las circunstancias hay que ser prácticos. 

Su hija asintió con la cabeza. 

Cenaron en silencio y los jóvenes se retiraron a su habitación. Cecilia decidió sentarse un rato en la terraza del jardín; se sirvió un whisky como hacían todas las noches ella y su marido, lloró amargamente y lo bebió en dos sorbos de soledad y tristeza.  

Subió a su habitación, se acercó al gran ventanal con vistas al jardín para cerrar las cortinas y vio la figura de un hombre que desde la calle miraba hacia la mansión. Por la distancia no podía distinguirlo, pero casi podía asegurar que la miraba a ella. Cerró rápidamente las cortinas y sintió miedo. 

—Mañana mismo hablo con la agencia inmobiliaria, pensó mientras se acomodaba en la cama con la mirada puesta en el techo de la habitación. No durmió en toda la noche. 

Al día siguiente, en horas de la tarde fueron a la iglesia, ese día comenzaba el novenario: nueve misas durante nueve días por el difunto Jacobo. Cecilia era una católica practicante y en esa ciudad pequeña y conservadora las tradiciones se respetaban y honraban a rajatabla. 

Al finalizar la misa, por un momento ella desvió su atención hacia la última fila y ahí estaba el mismo hombre del funeral, mirándola fijamente. Pensó en dirigirse hacia él para saber exactamente quién era, y cuando iba a hacerlo fue interrumpida inoportunamente por la dueña de la agencia inmobiliaria y su amiga; la conversación fue breve y al terminar el hombre ya no estaba, se había ido. 

 Obviamente tenía asuntos más importantes que resolver, pero aquel hombre de aire extraño, misterioso, ya comenzaba a despertarle curiosidad y Cecilia siempre tenía todo bajo control, nada se le escapaba de las manos.  

Hasta antes de la muerte de su marido no lo había visto, al menos eso pensaba, y ahora estaba ahí. Seguramente algún empleado de Jacobo en su época en la Alcaldía o de ella en sus tiempos en el Juzgado, pensó. Al fin y al cabo, ambos eran muy conocidos en la ciudad. 

Al día siguiente, reunida con sus amigas más íntimas les comentó sobre la presencia de ese hombre, lo describió físicamente y la sensación que le producía: —tiene una mirada inquietante, me observaba fijamente, es como si me conociera ya, pero no logro recordar si en realidad lo conocí en algún momento. Sus amigas no le dieron la mayor importancia.

Pasó otro día y, luego del oficio religioso, ella se percató de que ahí estaba él nuevamente, sentado en la última fila, no hizo ningún esfuerzo por acercarse a ella y saludarla. Ella rápidamente le dijo a una de sus amigas, —anda tú y trata de averiguar quién es—, mientras Cecilia atendía a la gente que se acercaba a saludarla. 

Justo cuando la amiga se dirigía hacia él, éste se percató y rápidamente salió del templo y caminó hasta un vehículo color azul; ella no alcanzó a mirar la placa. Esta actitud fue una señal de alarma, pero no le comentaría nada a la ya aprehensiva Cecilia. No volvió a aparecer más durante las siguientes misas. 

Días más tarde, Cecilia se encontraba en la fila de la caja del supermercado para pagar la compra y vio cómo el hombre misterioso entraba al establecimiento, se percató de su presencia, la miró fijamente y siguió adelante; esta vez tampoco le habló. Ella pagó y caminó rápidamente hasta su automóvil. 

—¿Dónde lo he visto?, ¿será que lo conozco o son ideas mías? Pensó mientras se dirigía a su casa.

Las semanas siguientes Cecilia se dedicó a hacer un inventario en su casa antes de la venta: embalar cosas, regalar otras, estaba decidida a dejarla lo antes posible. Varias personas habían visto la propiedad y solo esperaba una respuesta de opción a compra para cerrar el negocio. 

Durante este período, en diversas ocasiones sonaba el teléfono en horas de la noche ella respondía y escuchaba desde el otro lado una respiración, sin que nadie hablara. Pero una noche, alterada lanzó una amenaza: 

—¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Por qué fastidia? Ya deje de molestar o averiguaré de dónde llama. Yo puedo y tengo como hacerlo. 

Cecilia comenzaba a sentirse nerviosa, inquieta y en más de una oportunidad volvió a ver al hombre que la miraba desde la calle. 

—¿Será el mismo del funeral? pensaba en ocasiones. Habló con el vigilante de la mansión para que hiciera guardia en la noche en el jardín y diera vueltas a ver si lo veía, sin ningún resultado. 

Su nerviosismo e impotencia aumentaron al ver que nadie le prestaba atención: ni sus hijos, ni sus amigas. Dormía muy poco y muy mal. Una de sus amigas le recomendó buscar ayuda psicológica, además del duelo por la muerte de su marido se sumaba la idea de que alguien estaba atormentándola por alguna razón: el hombre misterioso del funeral; el hombre desde la calle ¿era la misma persona?; Durante una sesión con la psicóloga, Cecilia le comentó estos eventos y su temor; la terapeuta le dijo:

—Tal vez son hechos sin ninguna conexión; me refiero al hombre del funeral y el que usted observa desde su ventana. ¿Antes de la muerte de su esposo no había sucedido nada de lo que me comenta?  

—Ya sé por dónde viene doctora. Créame que no son ideas mías, algo raro está sucediendo. No son suposiciones, ni tiene que ver con que tenga miedo porque Jacobo no está, es que estos eventos no habían ocurrido antes. 

La especialista le recomendó descansar o incluso hacer un viaje e irse unos días de la ciudad. A ella le parecía lo más inoportuno del mundo por la venta inminente de su propiedad. 

—¿Por qué alguien querría atormentarla?, ¿su marido o usted han tenido algún problema o inconveniente con alguien? ¿Su marido tenía algún enemigo? 

—No, en realidad no. Jacobo era más bueno que el pan. 

Esa última pregunta de la especialista quedó martillándole en la cabeza ¿Por qué alguien querría atormentarme? 

En esos días de soledad e inventario se topó en su estudio con un cajón lleno de documentos de los casos más difíciles y exitosos a lo largo de su carrera y se preguntó si ese hombre misterioso tendría que ver con algún caso que ella había dirigido como jueza, —¿será alguien que quiere vengarse por algo? 

Obsesivamente comenzó a repasar los procesos que llevó a cabo, buscando el enemigo oculto que la estaba atormentando y quería vengarse. No lograba encajar la pieza del rompecabezas que la atormentaba. 

Siguiendo los consejos de la especialista, empezó por cambiar sus rutinas y salir menos de su casa. Ya no iba ella a hacer la compra, enviaba a la criada al supermercado; se veía en días distintos con sus amigas. Luego viajó unos días a ver a sus hijos y regresó renovada, más sosegada. 

La noticia de la venta inminente de la propiedad y la fecha de entrada del nuevo dueño la llenaban también de sosiego. No había compartido con nadie, excepto con sus hijos, la noticia de la venta del inmueble, ni el lugar dónde se mudaría, por el momento prefería no hacerlo del dominio de sus allegados.

Bajó la guardia, las llamadas habían cesado, al hombre misterioso de la calle ya no lo había vuelto a ver, tampoco el del funeral; había retomado la calma. 

Una noche regresando sola de un evento de la fundación que dirigía, su automóvil comenzó a fallar hasta detenerse por completo. Intentó encenderlo repetidamente y nada. Buscó en su bolso el teléfono celular para llamar al seguro y que enviaran lo más pronto posible una grúa y se percató entonces que lo había olvidado en casa; la asaltó el pánico. 

Su respiración y pulso estaban acelerados. Nunca había experimentado una situación similar porque siempre estaba Jacobo para protegerla y auxiliarla. Le pidió a su marido protección en ese momento de angustia, mientras aferrada al volante rezaba con los ojos cerrados. Al abrirlos ahí estaba frente a ella, el hombre del funeral, como una aparición.  

Sintió su mirada como un puñal; el mismo que tal vez tendría para atacarla. 

El miedo la paralizó por segundos. En esa calle oscura y desolada se sentía a merced de su verdugo. Continuó rezando con más fuerza y pidiendo que alguien pasara por la vía y la salvara. Él se acercó hasta su puerta. Ella comenzó a gritar desesperada. 

El colocó sus manos al frente sin tocar el vidrio.  Y alzó la voz 

—No grites, no voy a hacerte daño, Cecilia. Tranquilízate.

Cecilia no escuchaba. Continuó gritando y pidiendo auxilio desesperadamente.

—Cecilia, por favor, escucha, abre la puerta. 

Ella estaba en shock. Gritaba con la vista fija al frente, como ausente. 

—Con el ímpetu del desesperado, le dijo: ¡carajo! Cecilia soy yo, no es posible que no me recuerdes, que no me reconozcas, soy yo, Leonardo Izaguirre. 

—Histérica Cecilia continuaba gritando. No escuchó su nombre, tampoco lo reconoció. 

Un vehículo se aproximaba desde el lado contrario. Él se colocó en medio de la vía. El conductor se bajó. Era uno de los colaboradores más cercanos de la Fundación.

—Por favor ayúdela, se accidentó el vehículo, intento hablarle para ayudarla, pero cree que voy a hacerle daño. ¿Usted la conoce?

—Sí, soy su empleado en la Fundación, no se preocupe.

Cecilia al ver a su empleado dejó de gritar, se sentía a salvo. 

Leonardo pasó frente al vehículo sin dejar de mirarla, con la triste resignación del que ha sido olvidado, del no reconocido, del invisible. 

Cecilia había sido una escuela, un reto, una conquista a pulso, y al mismo tiempo su primera gran pérdida: la primera mujer que realmente amó en su juventud, la que le superaba en años, en experiencia. Era en teoría inalcanzable:  su jefe, casada, y con una fama de correcta. Él era un becario que aprendía el oficio. Sus encuentros fueron pocos, pero los suficientes como para que él se enamorara y peligrosos como para que ella se encargara de enviarlo lejos y fuera de su alcance a otra ciudad. 

Cecilia lo siguió con la mirada y en medio de la oscuridad logró ver el mechón blanco en forma de nube en su cabello. Esa nube que había acariciado y había hecho evaporar de su vida.  Un escalofrío recorrió su cuerpo y el pasado se le echó encima como un balde de agua fría. Lo había reconocido, —¡Carajo!, es él, Leonardo—, su única infidelidad, el único cabo suelto de su vida: un peligro. 

Leonardo continuó caminando, como un fantasma, como un inoportuno aparecido. Ella lo había matado en vida, lo había enterrado en su memoria, pensó. Él también era un difunto, como Jacobo. 


Narsa Silva


La piedra

— “No lo vas a hacer de verdad” —me dice, fingiendo una sonrisa que se deshace en una mueca —“No serás capaz”.

Es una piedra áspera, ovalada, con venas grises. Es demasiado pesada para mí: me cuesta un esfuerzo descomunal levantarla. Con una piedra así podría hasta matarla, a Myrna. 

Veo relampaguear el miedo en sus ojos redondos, casi siempre inexpresivos, y me gusta. Ya lo sé que Myrna tiene toda la razón, es justamente por eso que la odio. 

No hay otros niños en el patio hoy, un aire asfixiante y húmedo nos aprieta en esta tarde de inicio de verano. El distrito industrial no está lejos y el olor a azufre de las fábricas cercanas nos alcanza. 

Myrna y yo nunca hemos sido amigas, ni antes de que me dijera eso: creo que a ella le irritaban mi exagerada delgadez y mi carácter huraño, como a mí me molestaban su cuerpo gordito y su alegre locuacidad: por aquel entonces, no sospechaba lo que le pasaría, y que no tendría motivos para estar tan contenta.

Ver el susto en su mirada me alegra. La piedra es tan gruesa que casi no puedo seguir sosteniéndola, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos sutiles. Inspiro el olor a azufre y ahora me siento invencible. Se lo merece todo. Se lo merece por su cara redonda, por su pelo oscuro demasiado corto, por sus vestiditos ajustados que parecen robados a una hermana menor. Pero sobre todo por decirme eso. 

De repente, los ojitos negros de Myrna se cierran y su boca se abre de par en par: un chillido agudísimo rompe el silencio. 

Todo mi cuerpo tiembla de rabia, la piedra áspera y pesada me agota los brazos. La madre de Myrna se asoma a la puerta. Está embarazada, lleva un vestido rojo de flores, sin mangas, que deja descubiertos sus brazos rollizos. Observa a su hija, que ahora llora desconsolada, luego me mira a mí: me clava la mirada en los ojos y se queda callada.

Ella sí que es fea. Tiene el mismo pelo corto y moreno que su hija, la misma cara redonda de ojos insípidos. Ella es fea, y no mi madre.

—¿Qué pasa, niñas? —La madre de Myrna se acerca lentamente, intentando sonreír. Mira primero mi cara y luego mis manos, que siguen sosteniendo la piedra. Una piedra tan gruesa y tan pesada que podría matar a su hija.

—¿No queréis decírmelo? —la mujer habla en plural, pero se dirige solo a mí.

—¡Myrna ha dicho que mi madre es fea! —exploto, rompiendo a llorar.

—¡Sí, es fea, es feísima! ¡Está siempre enfadada, y no sonríe nunca! —grita Myrna.

Ya sé que Myrna tiene toda la razón y la piedra se me cae de las manos.


En noviembre, Myrna murió, abatida por una leucemia fulminante. Tenía nueve años. Todo el pueblo asistió a su entierro, y nosotros fuimos a la iglesia con las maestras, alineados de dos en dos. Todas las niñas lloraban, menos yo.

Yo pensaba en la piedra que no le había lanzado y en los pocos meses que ella había vivido después. Ella habría muerto, en cualquier caso, y me parecía justo que Dios la arrugara y tirara rápidamente, como si fuera un dibujo malogrado. Sí, era justo que Myrna muriera, era demasiado sincera y aguda en reconocer la auténtica naturaleza de las personas, un testigo incómodo de la inquietud que me sacudía como un viento rabioso: la herencia de mi madre que yo no quería aceptar.

Myrna habría muerto, en cualquier caso.

Al salir de la iglesia, con los ojos bajos, vi un guijarro y lo pateé.

Era una pequeña piedra áspera, ovalada, con venas grises.


Silvia Zanetto


Fragmentos de reflexiones, recuerdos e imágenes

Lo encontraron así, sentado en el suelo, la espalda apoyada al único árbol cerca de las ruinas fantasmales del castillo que siglos antes había dominado el valle. Parecía mirar al pueblo que se extendía abajo. Incluso sonreía. Como casi siempre, llevaba una camisa de cuadros, vaqueros verde oscuro y zapatos de montaña. Sus manos descansaban en su regazo, apoyadas sobre un pequeño cuaderno que parecía estar esperando a que alguien lo leyera. Ahí había un perro, acostado sobre sus pies, como si quisiera protegerlo. Su nombre era Pablo y tenía sólo treinta años.

Todos en el valle conocían a Pablo, por ser el único nieto de Faustino y Magali, un chico muy educado, respetuoso, pero no muy sociable, a menudo ensimismado, concentrado en sus pensamientos.  

El cuaderno que tenía en su regazo se titulaba “En construcción”. Pablo había descrito allí algunos momentos de su vida.

En la primera página se leía:  

“Quisiera explicarles a los que lean este diario que el título se refiere a mi vida, una nueva vida para empezar de cero”. 

A continuación, empezaban los recuerdos:

—Aquel día abandoné el camino marcado para adentrarme en el bosque inmerso en mi universo, la mirada febril revelando que mi cabeza estaba sometida a su habitual borrasca de pensamientos. Al principio del otoño solía dar este paseo dos veces por semana. Los tonos ocres de los árboles y las hojas caídas al suelo eran para mí motivo para reflexionar y recordar. 

Me daba cuenta de que me hacía daño recordar el hecho que cambió mi vida,  pero necesitaba aferrarme a los recuerdos. Como aquella mañana, cuando el teléfono sonó a las cuatro. Una voz femenina tras preguntar mi nombre, intentando articular una frase para que no fuera demasiado brutal, se presentó: “Urgencias del Hospital Universitario”. Lamento informarle que sus padres sufrieron un accidente de tráfico y, de momento, están ingresados en la UCI en estado grave. Mis padres fallecieron con pocas horas de diferencia dejándome solo. Fueron enterrados en el pequeño cementerio del pueblo donde nacieron, cerca de las ruinas del castillo.  Yo tenía 19 años. 

Desde entonces todo empeoró para mí. Ni ganas de asistir a clase, ni ganas de salir con los amigos.

Hasta esa noche había vivido con mis padres en un pequeño apartamento en una buena zona de la ciudad de Palencia. Mi madre era peluquera y mi padre asesor inmobiliario. Yo asistía al segundo año de bachillerato en Humanidades y soñaba con ser médico veterinario; entonces, al finalizar el curso, una vez superada la prueba de acceso a la Universidad y al tener bastantes créditos, tras realizar la selectividad, me matricularía en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Santiago de Compostela. Me encantaba el hecho de poder ser un profesional capaz de prevenir, diagnosticar y tratar las enfermedades de los animales, controlar su reproducción, obtener productos de origen animal vigilando el cumplimiento de la normativa en bienestar animal, identificar riesgos emergentes y conocer y aplicar las disposiciones legales. Desde que era muy pequeño, siempre había deseado tener un perro. Desafortunadamente, no obstante mi insistencia, nunca logré realizar ese deseo. Mis padres siempre se habían negado a tener animales en casa. 

A pesar del dolor por lo sucedido, empecé de nuevo a estudiar mucho para alcanzar mi objetivo. Terminé mis estudios de secundaria y obtuve el Bachillerato. Pero ahora todo estaba más complicado. Los ahorros de mis padres iban acabándose.

De momento tenía que aplazar mi carrera universitaria. Decidí vender el apartamento en la ciudad y me fui a vivir a la casa de campo, a una bonita finca, sin vecinos y bastante aislada, que había pertenecido a mis abuelos y que llevaba años deshabitada.  

Al anochecer de aquel viernes de fin de octubre, llegué al pueblo. El estanque y el cañaveral todavía estaban allí exactamente iguales a como los recordaba. 

La apariencia campestre de la casa, las paredes cubiertas de hiedra hasta el techo me inspiraban una profunda sensación de paz. ¡Precisamente lo que necesitaba! La viña abandonada desde hacía años mostraba sus hojas color óxido y algunos racimos de uva negra. 

Pero al levantarme, la mañana siguiente, fue como si la casa tuviera un aspecto extraño, las paredes estaban llenas de grietas, algunas ventanas rotas, parecía tan cambiada que me daba escalofríos y mis pisadas en el suelo de madera resonaban con vibraciones lúgubres, casi peligrosas.  Pensé que sólo era un mal presentimiento debido al cansancio del viaje y a la noche pasada en vela.

Pasaron algunos meses y yo empezaba a apreciar ese valle. Su caserío se extendía a los pies de las ruinas fantasmales de un castillo al que se llegaba cruzando un puente, el llamado Puente del Diablo, sobre un pequeño río. El pueblo casi desierto con casas de adobe semiderruidas contaba con más o menos 80 habitantes. Finalmente adopté un cachorro, destinado a la perrera, al que le puse el nombre de Moisés. De hecho, como él, separaba mi vida en dos. La de ayer, la del duelo y la de ahora, en construcción. Me había aislado para olvidar, pero seguía mirando hacia atrás, recordando. La vida no dejaría de doler jamás. 

El progreso desenfrenado de la ciudad parecía no haber llegado todavía a ese valle; la vida transcurría tranquilamente y las úlceras por estrés aún no habían aparecido. Estaba lejos de las peleas de la ciudad, del tráfico, del ruido y del conjunto de apartamentos, donde las relaciones entre los vecinos se habían vuelto cada vez más difíciles. A este respecto, me acordé de cuando habían abierto una cafetería, justo debajo de mi casa, y desde entonces las noches se habían convertido en un infierno. Las risas llegaban desde el bar y un bullicio de ciclomotores hería el aire. Los vecinos habían llamado repetidamente a la policía, pero sin éxito. Yo no podía dormir y descansar de una manera apropiada para enfrentar un nuevo día en el colegio. Además, ese año tenía exámenes de bachillerato. Una noche, exasperado por el ruido, mi padre lanzó unos cubos de agua hacia abajo. A la mañana siguiente alguien había escrito en la puerta principal: «Hijo de puta, ten cuidado. ¡La pagarás!. Pero mi padre no le tenía miedo a nadie y siguió tirando cubos de agua. Todo se repetía noche tras noche. Considerando que el dueño del bar vivía en el mismo edificio se procedió a convocar una junta de vecinos, que se transformó pronto en una guerra de insultos y de “tú a mí no me gritas”, y en la que no se logró nada. Pobre papa. Él no aguantaba más esa situación. ¡Ojalá nos hubiéramos mudado antes! 

Pocos años más tarde, no estaba todavía en condiciones de enfrentar el mundo, pero me había acostumbrado un poco a la nueva situación, a mi nuevo estilo de vida. Todo mi cuerpo estaba disfrutando nuevas sensaciones. El oído había aprendido a escuchar el sonido del río, el lenguaje de los animales, la nariz aprendió a distinguir los diferentes perfumes de los árboles, reconociéndolos; los ojos apreciaban los colores del valle, los verdes, los amarillos; las manos sentían el picor de las hierbas, de las ortigas o el terciopelo de algunas hojas y de los hongos. Mi paladar apreciaba los sabores un poco salvajes del campo. A veces, ayudaba a los campesinos en pequeños trabajos rurales y, poco a poco, abandoné mi sueño de ser veterinario. Ahora tenía a Moisés conmigo, un excelente compañero durante los largos paseos que seguía dando también por la noche y que me tranquilizaban. 

Me dediqué al cultivo de plantas y esencias aromáticas: albahaca, romero, hierbabuena y tomillo, entre otras, y cada vez que iba de visita al cementerio llevaba un manojo a las tumbas de mis padres, para que los perfumes llegaran a ellos dondequiera que estuvieran. Iba a menudo a ese lugar, y cada vez, al cruzar el Puente del Diablo, me parecía atravesar uno de esos puentes suspendidos, los así llamados puentes tibetanos, y tenía la sensación de caer en el vacío, precipitando en el pasado. 

Pero, entonces, sucedió algo. Los ancianos del pueblo me habían advertido. “No te vayas muy lejos por la noche, no es seguro, mejor que te quedes con nosotros jugando a las cartas”. Una noche, mientras caminaba por el sendero, tuve una extraña impresión. Sentí como si me hubiera quedado completamente sordo, todo a mi alrededor estaba en silencio. No podía oír los ruidos habituales de la noche, los gritos de los animales nocturnos. Las hojas secas ya no crujían bajo mis pies. Era una noche de finales de agosto, sin luna, pero con muchas estrellas. De pronto me pareció ver una sombra. Me detuve preocupado y la vi. Estaba allí. Pequeña, delgada, un poco jorobada, vestida de negro y con una masa de pelo todo blanco. Su cara estaba surcada por arrugas profundas, su mentón era puntiagudo y su nariz delgada y estrecha. Sabía quién era. Me lo habían dicho. La vieja del pueblo, una pobre anciana, sin hogar, que por la noche caminaba por las casas en busca de algo para comer a cambio de cuentos de miedo. Pero a mí me parecía una bruja. “Siéntate a mi lado”, me dijo “y escucha con atención. Recibirás una invitación para el baile de fin de agosto. ¡No dejes que te tiente! Es muy peligroso.” Se levantó y se fue rápido.

En efecto, algunos días después una chica del pueblo me entregó una invitación con los detalles sobre cómo llegar a la granja donde tendría lugar la fiesta. Lo pensé mucho y, a pesar de todo, decidí ir. Un poco de diversión me habría venido bien. Aquella noche del 31 de agosto, llevando unos vaqueros y una camisa de cuadros, salí de mi casa y me dirigí a la granja. De vez en cuando, una ráfaga de viento se convertía en silbidos que parecían gemidos entre las ramas. Al cabo de media hora vi, no muy lejos, un campo de cultivo y la silueta de una casa.

 
“Lo dije, yo. He llegado”. Seguí caminando hacia la tenue luz de la ventana mientras un triste sonido de instrumentos musicales flotaba en el aire. Pero era una música que me ponía la piel de gallina. De repente, la puerta se abrió y a la luz rojiza y parpadeante de las antorchas que colgaban de la pared, vislumbré una sala poco iluminada y llena de humo donde numerosas figuras bailaban al son de una triste melodía que erizaba la piel.

Entré y dije “Buenas noches a todos”. Mi entrada pasó desapercibida, como si nadie se hubiera fijado en mí. Me pregunté si había tropezado con una fiesta privada en la que un extraño no era bienvenido, pero qué raro, tenía una invitación. Me armé de ánimo y saqué a bailar a una chica que se dejó arrastrar por la danza. Me quedé callado, una extraña sensación me invadió, la chica parecía tan fría como el mármol.


Entonces la música enmudeció y todas las figuras presentes me rodearon y aplaudiendo rítmicamente me dijeron que ya podía bailar solo, que ahora era uno de ellos. Un fantasma sin fuerza. 

En ese momento los reconocí. Los vecinos del pueblo, mejor los muertos del pueblo. Me largué lo más deprisa posible de allí, corriendo crucé el Puente del Diablo y llegué aquí. Aquí, donde alguien me encontrará, sentado en el suelo, con mi cuaderno, porque ahora lo sé, yo también he muerto al morir mis padres.

Al día siguiente lo encontraron así, sentado en el suelo. 

A su lado, un manojo de hierbas aromáticas desprendía su perfume.

El perro Moisés ladrando a una luna invisible.

Los que leyeron el diario estimaron que su contenido era lo bastante interesante como para darlo a conocer. 

En recuerdo de Pablo.


Raffaella Bolletti


Noche de tempestad

Cada uno de los cazadores llevaba sus mejores sabuesos y los de don Heliodoro eran de lo mejor. Caminaron por las montañas, estuvieron al acecho, los perros siguieron pistas, persiguieron a sus presas y al final del día, con el cielo lleno de nubarrones, los amigos se dispersaron. 

A Heliodoro, las condiciones meteorológicas no le daban tiempo para volver a su casa en el pueblo y por ello decidió alojarse esa noche en la casa de campo semiabandonada. Después de una cena frugal y rendido por el cansancio y las emociones del día, mientras arreciaba la lluvia, se encerró con sus perros en espera del nuevo día.

La casa aislada ya estaba envuelta en la oscuridad, la tempestad arreció, pero de pronto los perros echaron a ladrar insistentes y entre el chapoteo del aguacero y los truenos, oyó golpes y voces en el portón, cada vez más apremiantes. ”Don Heliodoro, don Heliodorito ¡deme usted posada!.”.. A sus asombrados ojos se presentó un hombrazo que años atrás había visto, cuando aún vivía su padre, quien consideraba la hospitalidad un deber y que por lo tanto siempre acogía a los peregrinos que por allí pasaran. Las habitaciones externas estaban vacías, como el resto de la casona.

Reconoció la transparencia enloquecida de los ojos clarísimos del hombre a quien llamaban “ojos de serpiente”, también porque tenía el don de manipular reptiles y gusanos venenosos, sin que le hicieran daño y los llevaba consigo, en el cuello, en los brazos, entre los bolsillos….

Los perros dejaron de ladrar, olfatearon al hombre y, ya confiados, se echaron a dormir. 

La noche pasó entre relámpagos, cada vez menos frecuentes, la lluvia amainó y la noche se llenó de susurros, chapoteos lejanos, silencios aislados.

A la mañana siguiente, la habitación del huésped estaba desierta. No había huellas de pisadas, ni charcos de agua de lluvia, ni fango. Sólo olor a yerbabuena.


Maria Victoria Santoyo Abril


Semana santa

Mi madre era agnóstica. Pero no lo sabía.

Mi hermana, 17 años. Guapísima. Piel suave, carne tierna y generosa lo justo, los ojos verdes heno de mi padre, se dedicaba a disfrutar de su vida y a tener a raya a los innumerables admiradores.

Yo, 10 años, silueta de fósforo de madera apagado. Pelo negro, liso, encarcelado por una pinza que mi mamá, ingenua piedad, intentaba embellecer con un lazo de seda blanco (que yo odiaba) encima de mi cabeza.

Hasta mi primera infancia sentí el encanto de la iglesia y de la religión. 

En 1954 hice mi primera comunión. El vestido de encaje S. Gallo, había sido de una prima. Mi cabeza estaba adornada por un gorrito de seda blanca enmarcado con pequeñas flores y del que volaba un corto velo. Todo eso fue tomado prestado a mi prima Lucía que nos recomendó encarecidamente cuidarlo, porque se trataba de un recuerdo de su boda.

¡Yo así vestida parecía una novia enana! Exactamente lo contrario de la silueta etérea de mi hermana (aún tengo la foto), que en 1949 hizo su primera comunión llevando un vestido muy sencillo, hecho por mi mamá, utilizando la seda de un paracaídas americano, de la guerra recién terminada.

Iba a misa cada domingo.  Comulgaba, me gustaba la música del órgano, cantaba los cantos sagrados, en un latín muy improbable.  Me gustaba el olor del incienso. Olor inquieto de la espiritualidad. Nunca comía carne los viernes, hacía ejercicios espirituales. (Por ejemplo, no hablar por dos días).

Una tarde, durante la cena, en uno de los días de mi silencio, mamá me preguntó.

¿Cariño no es que estás planeando hacerte monja?

Yo no pude responder, fiel a mi pacto silencioso.

Mi padre levantó la cara de su plato y, mirándome con sus ojos de heno dijo.

¡Pasa, mi amor, pasa, tarde o temprano pasa!

El domingo de Ramos siempre traía una rama de olivo que mi madre, por costumbre, ponía sobre el cuadro redondo que reproducía la Sagrada Familia. Una de las pocas pinturas que el maestro Michelangelo pintó con ese tema, y de la que mi madre compró esa barata réplica, justo por esa razón.

El día de Pascua significaba quitarse, con alivio, la camiseta de lana que picaba horriblemente e ir a la misa con un vestido nuevo. Mejor dicho, con un vestido de mi hermana, readaptado. El día de Pascua significaba también esperar el huevo de chocolate de la tía Juana. Que no siempre llegaba.

Pasaron los años. A los dieciséis me enamoré como una loca.

Perdí mi inocencia y con esa la fe.


Iris Menegoz


Gruta en Patagonia

Dedicado a mi mejor amiga que ni se acuerda de mí

 ¿En el puma que puede comerte?

¿En el hecho de perderse?

¿En el pensar como el escritor (todos lo habíamos leído): pero que hago yo aquí?

¿Dándome cuenta de que, aunque me aplicara en algo, nunca llegaré a ser Miguel Ángel?

¿En el olvido?

O finalmente ¿cuál es el peligro más grande: creerse todas las historias que te cuentan y encima aún peor no creérselas?


En Patagonia hay unas grutas que los arqueólogos descubrieron que fueron habitaciones primitivas, en particular una de ellas apodada “la cueva de las manos” y podemos considerarla “la Cappella Sistina – la Capilla Sixtina del sur de América”.

Tiene, más o menos, y por qué ser tan precisos con números tan dilatados, unos diez mil años.

Y de verdad es impresionante, muy bien conservada. Patrimonio Unesco de la Humanidad 1999.

Personalmente, yo le insistí tanto a mi pobre novio con esa gruta tan especial que al final eligió Argentina y no, como casi todos nosotros europeos, Estados Unidos como su primer viaje al continente americano.

Lo convencí de la belleza de Argentina hablando de glaciares, de cóndores, del mate, de los ríos llenos de peces transformables en pescado (su deporte preferido), los pumas, las milanesas de guanaco, el dedo del Cerro que fuma Fitz Roy, el Chaltén inconquistable y fascinante, las ballenas, el chimichurri, el aire puro, la gentileza de los habitantes, el tango, el asado de cordero además de todos los lugares comunes, pero lo que me interesaba a mí era sobre todo o, mejor dicho, casi únicamente, la gruta (aparte obviamente del dulce de leche que fue la parte más sabrosa, pero no lo conocía antes.

En realidad, las grutas son más de una, hay muchas, no sabría cuántas, en común tienen que todas se encuentran en el medio de la nada, y por otra parte ya la Patagonia entera un europeo la considera alejada de todo. Es vasta, no, mejor dicho, es enorme, con espacios inimaginables aquí en Europa.

Para nosotros, que estamos acostumbrados a vivir enlatados como sardinas en nuestro pequeño coche esperando que el semáforo cambie al verde, tanto espacio nos da casi miedo o al menos una idea de extrañeza, de incongruencia.


El sol brillaba limpio y sin demasiado calor. Todo era perfecto.

Aparcamos y descendimos del todoterreno. No había nadie, aparte de nosotros tres: mi novio, el chofer (todos nos aconsejaron ir con un conductor para no perderse en esos espacios infinitos, sin carteles, indicaciones, otros turistas, buses, tiendas de recuerdos y nada de lo que da un aire turístico a un lugar) y yo, obviamente.

De las que hay, nosotros tuvimos la posibilidad de visitar dos grutas; nuestros tatarabuelos y sus tatarabuelos vivían allá.  Y pintaron esto. Esta maravilla.

Me imagino su vida cotidiana:

cazar unos guanacos

hacer fuego

no dejarse comer por el puma (eso lo veo más como una prioridad)

más o menos lo mismo que:

hacer las compras en el supermercado

ir al trabajo

encontrar un aparcamiento

Es lo nuestro actualizado, trasladado desde hace miles y miles de años a nuestros días.

“Pagué”, como recompensa por la visita a las grutas, con la solemne promesa a mi novio de que lo habría acompañado a ir de pesca con el guía los días siguientes.

Entramos.

Después de dos minutos adentro de la gruta, ambos aburridos (mi novio porque quería encontrar y seguir huellas de unos pumas en el suelo afuera de la gruta y el guía por haberlas visto ya más de cien veces acompañando a los turistas precedentes), los dos se fueron a pasear afuera de la gruta, bajo un sol insistente pero agradable.

Estaba intentando sacar todas las fotografías posibles disfrutando al máximo de la luz que entraba desde afuera, ya que el interior estaba completamente a oscuras, sabiendo que dentro de poco, según yo, y dentro de unas horas interminables, según ellos dos, me habrían pedido regresar al hotel, ya pregustando una ducha, la cena y la aventura de la pesca en el río más lindo del mundo programada para el día siguiente, que seguramente le interesaba más que un hueco a oscuras en el medio de la nada a los pies de una montaña sin nombre.

Por lo que podía ver esa gruta estaba pintada por completo; había animales, seres humanos, escenas de caza, de familia o de comunidad, manos pequeñas, más grandes, colores diferentes, escenas de la vida cotidiana y otras que no comprendía.

Me emocionaban las pinturas, e incluso siendo una persona inteligente y racional estaba deseando hablar con uno de ellos; sí, de verdad, me habría gustado muchísimo poder confrontarme con uno de ellos. ¿Qué le habría preguntado en primer lugar?

Seguro le habría preguntado si pintaban celebrando a Dios, a la vida, a la naturaleza, para festejar un éxito de caza del grupo, lo que había estudiado con la profesora Carla Crosta, lo que estaba escrito en el Hauser.

O si acaso para ellos quizás las pinturas eran casi una forma de tapizado ornamental para la gruta y nada más, en los días de lluvia o en los raros afortunados momentos de aburrimiento cuando el puma no tenía hambre y no los buscaba.

¡Deseo hablar con uno de vosotros! Pero por qué el tiempo corre en un único sentido? ¡yo debo hablaros! tengo muchas preguntas, ¿porqué pintasteis  eso?


Lo reconocí por las espaldas, era un poco jorobado.

Se dio vuelta, era idéntico a su retrato pintado por Van Dyck, que vi en la exposición en Florencia en el 2008.

Michelangelo, el enorme Miguel Ángel, más bajito que yo.

—… pero ¿Qué haces aquí? —le pregunté dándome cuenta de comportarme de la misma manera que cuando encuentro una amiga en el mercado.

—Yo aprendí a pintar aquí, de niño me enseñaron a preparar los colores, mira el negro, por ejemplo, es carbón vegetal, se prepara con…

Lo interrumpí.

—No, escucha, no quiero hablar contigo de CÓMO se prepara el color, sino de…

Me di cuenta de que empezaba a subir la voz

—¿Por qué? ¿Tú cómo lo preparas el negro? — preguntó él mirándome con mucha calma. 

—Yo compro los acrílicos en las tiendas de bellas artes y … no, te ruego, por favor, no quiero hablar de eso … escucha … escucha, tú, … tú que has visto a Dios, … porque tú, sí que lo has visto ¿verdad? … no aquí, en Roma …

Mi cuerpo inútil tenía un temblor innatural.

—No, en Roma el problema era que el Papa no quería pagarme del todo … no me acuerdo … ¿cómo se llamaba el Papa?

—¿Cómo que no te acuerdas? Julius II se llamaba, Julio segundo, he leído todas tus cartas … lo de la casa que te compraste al final en Florencia, pero no… 

—Pues sí, sí Julio, el papa, pero no es importante. 

Casi me enfadé:

—¿Cómo que no es importante?  Fue uno de los hombres más importantes del renacimiento. Hemos estudiado todos los acontecimientos de aquel periodo. ¡Todo sobre ti, también!

—¿Estudiáis estos hechos en la escuela?

Casi gritando lo agredí:

—¿Cómo carajo has aprendido tú a pintar aquí?

Él seráfico:

—Nosotros los artistas nacemos, morimos y vivimos; todos tenemos una consciencia colectiva. ¿A ti no te parece ya haber estado aquí antes? a mí me gusta vivir aquí ahora…

—No no, seas lógico, intenta razonar, ¡esto es imposible! 

Yo vivo en Abbiategrasso, estamos en 2015, estoy aquí con mi novio de vacaciones, nunca hasta ahora hemos estado en Argentina y tu no, no y no. Tú no es posible que vivas aquí ahora… ¡es simplemente imposible!

Desapareció.


Regresamos al hotel.

Nunca hablé con nadie de eso.

Por la noche comimos empanadas, cordero asado y flan de dulce de leche, muy rico de verdad.


Graziella Boffini


Cambio climático

Si no hubiese sido por la llamada de la vecina, ella estaría todavía durmiendo sin enterarse de nada. Los blandos somníferos que el médico le había recetado resultaban tener efectos prolongados. Con el usual tono amistoso el hombre le había dicho que a su edad no tenía por qué preocuparse, al fin y al cabo sufría de un normal insomnio debido al cambio de clima estacional.

Ahora, en camisón y descalza, pegada al gran ventanal de la sala, la mujer observaba el desastre. En solo unas horas la furia del viento había destruido su tenaz labor de jardinera, enterrado el pequeño paraíso al que, desde su jubilación, había dedicado cuerpo y alma. Cómo es que no me di cuenta antes, se preguntó mientras con la manga desempañaba el vidrio del vaho exhalado por su boca. Un escalofrío le sacudió el cuerpo macizo apenas protegido por el camisón de flores. 

Los ruidos en la cocina terminaron de despertarla. Se precipitó por la alfombra del pasillo. Su marido en pijama desenroscaba la cafetera italiana. 

—¿Has escuchado el vendaval?

De espaldas en su conjunto rayado, el hombre buscaba la lata de café en el armario. Ella lo sacudió por el hombro. Sorprendido, él la miró como quien descubre una presencia fortuita. Enseguida esbozó una sonrisa y se quitó los tapones de cera de los oídos. Había comenzado a usarlos desde que su mujer inició con los problemas de sueño. Luego, por inercia o desmemoria, aquella solución transitoria se había consolidado en una costumbre. 

—el-ven-da-val… —repitió ella articulando las sílabas como si estuviese hablando en una lengua incomprensible.

—¿Qué vendaval? —respondió el hombre. Por otro lado, lo sabía, su marido no tenía vocación de jardinero. Le gustaba disfrutar del verde, eso sí, hacer barbacoas, jugar con los nietos cuando eran pequeños. Pero desde hacía un tiempo, a cualquier hora del día se adormecía en la reposera bajo el aromo, a veces con un libro en el regazo o más frecuentemente con un vaso de bourbon. No, no era un jardinero, y por eso prefería el invierno a la primavera, porque no debía cortar el césped ni dar forma al ligustro, o como él mismo decía, porque no estaba obligado a ensuciarse con la tierra.

—¡Ven a ver!— exclamó ella volviendo de prisa hacia el ventanal de la sala— ha destruido el jardín

—¡Ven a ver!— volvió a gritar, de pie frente a los cristales corredizos. Estaba por abrirlos, pero sus manos temblaron. Se detuvo. Afuera, ante sus ojos, el panorama parecía mutar a cada instante. Algo vibraba, lo sentía, ahí mismo, en medio de los desechos orgánicos. El prado, las viejas reposeras, el sendero de bienvenida, todo aquello que una vez le era familiar ahora parecía adquirir nuevos contornos. El vendaval había arrasado la normalidad cotidiana y exhumado formas extrañas, quién sabe desde cuándo adormecidas, presencias que como las raíces salían por primera vez a la superficie y ahora se movían sin tapujos, transformando aquello que había sido un oasis en un jardín de prímulas negras.

El hombre estaba ahora a su lado, mordía una galleta y observaba la escena con aire desganado.

—Habrá que llamar a alguien que se ocupe del desastre —dijo sin alterar su tono, como si fuese el testimonio lejano de un triste y trágico acontecimiento, un terremoto en Afganistan, una nueva guerra en alguna parte del mundo, uno de esos asuntos que estaba acostumbrado a mirar en la pantalla pero que no le concernía. Ella seguía preguntándose cómo es que no se había dado cuenta antes. 

Un vendaval a finales de invierno. ¿Era un hecho normal o solo otra de las emergencias causadas por el cambio climático? Tal vez, se dijo, habían dado la alerta en el telediario que ella nunca veía. Cómo es que su marido, siempre tan al corriente de noticias, no la advirtió. 

—¡Mira!— exclamó la mujer indicando ahora la esquina del parque más cercana— algo se mueve por esos lados. En un montículo de ramas y de raíces boca arriba le pareció distinguir una maraña de grandes orugas que, desenroscándose las unas de las otras, se arrastraban hacia la casa. La mujer sin pensarlo, trabó el ventanal por dentro.

—No veo nada —respondió el hombre volviendo a la cocina de donde llegaba el gorgoteo del café, cuyo áspero aroma ya invadía la sala. Ella lo siguió, en camisón y descalza. Tiritaba. Al entrar en aquel refugio, cerró la puerta con llave.

—¿Qué haces?— preguntó el marido mientras se sentaba para saborear el primer sorbo de café amargo de la mañana.

—Nada…—respondió ella, en equilibrio sobre la silla en su intento de clausurar la única ventana del recinto. De reojo notó a los insectos trepar por la fachada— ya no podemos hacer nada.


Adriana Langtry


El libro quisquilloso 

Después de haber navegado por los 6 continentes, caminado por bosques y desiertos, entre nidos de espinas, en grutas protegidas por serpientes, sobre montañas cuya altitud no permitía la presencia del oxígeno, bajo el sol con 45° ya a la madrugada, deslizando sobre los hielos eternos, finalmente lo encontraron.

Con pies doloridos de tanto andar, espaldas ardientes por el sol ecuatorial y arrugas aumentadas por todos los vientos de la rosa de los vientos, con miembros, orejas y narices medio congelados por las temperaturas exageradamente minus zero bajo auroras boreales increíbles, todos se olvidaron de repente de todo el tiempo de la búsqueda, como una madre se olvida de los dolores del parto al ver a su hijo nato.

Todos los esfuerzos hechos ya no les pesaban, tanta era la felicidad de haberlo encontrado por fin. Y encima estaba en buenas condiciones.

Aquí estaba: el Libro. 

El libro que contenía todas las respuestas; un tomo imponente, sabio y culto, prácticamente divino, por contraste se presentaba con una cubierta anónima, de cuero color del olvido, casi understated.

Se trataba de verdad del Libro del Bien y del Mal, de todos los saberes, que resumía todo lo conocido y encima todo lo incógnito de la humanidad, todos los porqués, todas las respuestas a todas las preguntas de la humanidad sobre la vida y la muerte.

Dejaron que la primera en examinarlo fuese Elvira, la más escéptica del grupo de investigación, que muchas veces en los pasados años fatigosos de búsqueda había subrayado los esfuerzos y la pena y había pensado abandonar el grupo, insistiendo más de una vez para que desistieran también los demás.

Se lo dejaron a ella de primera, casi para convencerla de la inmensa suerte que les había tocado.

Elvira tomó el Libro en sus manos delgadas, de mujer acostumbrada al lujo, hija consentida de familia rica, que siempre había trabajado solo intelectualmente. Primero que todo miró la cubierta. No puso dejar de opinar: «todos estos esfuerzos… ¿y este sería el libro perfecto del Bien y del Mal con todas las respuestas? ¿El libro que por su búsqueda me comió la juventud?

¡Miradlo que tiene una cubierta de libro en oferta en el discount olvidado en el sótano de los tatarabuelos!»

El libro, sintiéndose ofendido, se puso quisquilloso y convirtió sus páginas en lamas afiladísimas.

Todos los dedos de las manos de Elvira fueron cortados por completo, desprendiéndose de su cuerpo, y saltaron como lombrices escapando de una casa en llamas.

La sangre brotó copiosamente.

Elvira murió desangrada, a pesar de los tentativos de los presentes por salvarla.

La sangre siguió manando, litro tras litro, hasta empapar por completo todo el Libro, que  quedó ilegible para siempre. 


Graziella Boffini.


El agujero negro

En su complejidad, el pasadizo cubierto era lo que en nuestra infancia llamábamos el agujero negro. ¿Quién fue el primero en ponerle ese nombre? No recuerdo. Lo cierto es que en nuestros juegos, esa especie de embudo que dividía el planisferio doméstico, se convirtió de pronto en una frontera inquietante, zona estrecha y oscura, que había que sortear de prisa para alcanzar sanos y salvos una de las dos orillas de la casa, donde habitualmente encontrábamos cobijo. Corríamos a todo trapo, empujándonos, tropezando el uno con el otro, emitiendo chillidos de aves salvajes. Jadeantes, éramos un tropel de blusas y pantalones cortos que atropellaba el pasillo, una estampida de risas con muecas de llanto, de brazos, piernas, bocas excitadas por el olor punzante del peligro, y la piel erizada a causa del sudor frío que nos volvía víctima resbalosas de las imaginarias garras de un agujero negro sigiloso y voraz.

-A que no tienes coraje…- decía desafiante uno de la pandilla. Entonces, pisando firme la franja de baldosas rojas que rodeaba el patio, respirábamos hondo hasta que los pulmones de tan henchidos dolían y apretando los ojos, surcábamos como despavoridos gorriones aquel túnel techado, intentado burlar los mordiscos glaciales que por la puerta del baño trataban de devorarnos, y el acoso incesante de la órbita ciega que detrás de las cortinas opacas nos rechazaba y atraía como un imán. 

Y así, en nuestros juegos de niños, el universo de la casa de la abuela se redujo a ese único centro: el pasadizo del cuarto clausurado. ¿Qué escondía en su interior aquella pieza? Nunca lo supe. Tal vez, como decían esquivos los mayores, cachivaches. Solo mi primo, ya pasados los años, siguió hablando de ruidos misteriosos, chasquidos de botellas rotas, de sollozos y de un lejano pariente que allí se había ahorcado y del que nadie nunca quiso hablar. Un mundo recluido en aquel agujero negro de la infancia. Algo que en ciertas noches, aún hoy no me deja dormir.


Adriana Langtry


De los peligros concernientes al hecho de enojar a una pelota del bowling que es cinturón negro de judo 

Se pusieron a decidir el día del desafío y, para ser más originales, habían decidido jugar divorciados versus casados.

El día de la competición se encontraron todos muy puntuales como un tren en Japón, a la hora convenida enfrente del Bowling, en la plaza Sancho Panza, entraron, notaron que no había nadie a parte de ellos esa noche en el bowling, pero eso no le quitaba las ganas del partido y, después de un par de cervecitas en el bar, sin dificultades formaron los dos equipos (solo era suficiente mirar el dedo anular de la mano izquierda) y empezaron a jugar.

Ese mismo día era el cumpleaños de Azulmarino, una de las pelotas más grandes del bowling, llamado así por ser del color del mar adentro y no solo por eso, también por su cinturón que había merecido con esmero, así que todas las pelotas del Bowling de Sancho Panza la estaban festejando todas juntas en alegría, algunas con sombreritos de papel rojo y oro, la mayor parte soplando por uno de sus tres agujeros esas trompetitas de noche vieja estilo «lengua de suegra».

Podéis imaginar el enojo de ser estorbados durante un celebración de cumpleaños para trabajar, un trabajo no reservado, no esperado, seguramente no bienvenido.

Cuando Azulmarino fue reclamando por la máquina que lo succionó en el mecanismo para presentarlo a los jugadores y los dedos índice, medio y pulgar de Eulalio penetraron en los tres orificios de Azulmarino,  para ese último fue la gota que colma el vaso. Con un ágil movimiento le hizo una palanca y, en vez de ser lanzado él mismo en dirección de los pinos para derribarlos, fue Azulmarino el que, con una llave de judo (había practicado judo por largo tiempo) lanzó al pobre Eulalio y se fue a ganar un strike.

Así que los demás compañeros de Eulalio y su jefe se quedaron boquiabiertos al ver a Eulalio engullido por la boca oscura de la máquina del bowling hasta desaparecer en sus vísceras negras. Allá en el fondo no llegaban las luces alegres de neón del complejo de la fábrica del divertimiento.

No se sabe si Eulalio fue triturado por el mecanismo de los pinos, o devorado por un ogro escondido o si había un portal espacio – temporal en el hueco.

Lo único que es notorio es que el cuerpo del pobre Eulalio no se encontró nunca: ni esa noche ni en los días, semanas y meses futuros, ni entero ni en trozos, grandes ni pequeños.

La moraleja es, obviamente, que no irían al Bowling de la Plaza Sancho Panza el día 17 de noviembre porque Azulmarino y su compañeros prefieren festejar el cumple de Azulmarino en santa paz. 


Graziella Boffini.


La cabalgada de Reyes

¡Me encantan las Navidades! Es mi periodo del año favorito: me fascina la nieve, hacer muñecos con mis amigos, lanzarnos bolas y pasar horas jugando con ellos en el parque.

Mis padres y yo vivimos en un pueblo de León y ellos, para hacerme una sorpresa, decidieron pasar unos días en Madrid para ver la Cabalgata de Reyes el 6 de enero. ¡Estoy muy emocionado! Es uno de mis grandes sueños que se va a cumplir.

Pocos días antes del viaje, mientras alistábamos la maleta, estaba más entusiasmado que nunca.

¡La ciudad de Madrid me pareció maravillosa! Mi sitio favorito es el Parque del Retiro, donde el laguito en el medio se congela y se puede pasear por todas partes. El centro de la ciudad es inmenso y los hay muchos edificios antiguos espectaculares: ¡se nota que estamos en la capital!

La noche anterior a Reyes no logré ni pegar ojo de la efervescencia de ver toda la Cabalgata por primera vez. Los años anteriores me había tocado verla en la tele y me parecía lo más hermoso del mundo. Todos contentos, los niños recibiendo regalos, los periodistas entrevistando a la gente en la calle.

Seguramente para los niños es una experiencia mágica, pero aquí también veo a muchísimos adultos que parecen felices, al igual que nosotros. Adoro este aire festivo y, aunque sí está haciendo frío, estamos bien abrigados para aguantar tantas horas aquí en la calle.

Mientras brinco de felicidad emocionado por la llegada de los tres grandes protagonistas de la Cabalgata empiezo a escuchar silbidos y gente que está abucheando los carrozas. Efectivamente noto algo muy raro en uno de los Reyes Magos: Melchor y Gaspar me parecen bastante “normales”, sin embargo Baltazar es rubio y tiene el rostro embadurnado para parecer más moro. ¿Con tantos moros de verdad que hay en España cuál es la necesidad de pintar a un rubio? ¡Me parece absurdo, pero tampoco es para tanto!

La gente a mi alrededor comienza a gritar e insultar al blondo y solo entiendo “¡trampa!” cada vez más fuerte. Finalmente me doy cuenta que lo que todo el mundo chilla es el nombre del ex presidente de los EEUU. ¿Qué hace este hombre en plena Cabalgata de Madrid disfrazado de Baltazar? ¿Quién lo convenció a pintarse de esa forma horrorosa y desfilar por las calles? ¿A quién puede parecerle bonito engañar a la multitud de esta forma?

El sombrero de Carito

El niño

Jailhouse Rock y su ritmo frenético hizo temblar todo el apartamento.  Los bafles estaban ajustados al máximo de su potencia, era una pequeña fantasía que se permitía en medio del día cuando todos estaban trabajando en la ciudad. Su foto estaba sobre el muro detrás del estéreo, una voz joven cantaba las letras en español: El rock de la carcel. Era él quien cantaba, en aquella época lo llamaban El niño. Era famoso.

Hoy, hace mucho tiempo. Había ganado bastante dinero, pero no había durado, había envejecido, la moda había pasado, a los cuarenta ya no se parecía tanto a Elvis. Había intentado continuar con otro repertorio, sin éxito. Se había reconvertido en contabilidad, trabajaba en un banco. 

Los fines de semana con su grupo, seguían reuniéndose para animar pequeñas fiestas, bodas, cumpleaños. Toda su vida desde los 16 años había estado dedicada a la música, ahora a casi ochenta años tuvo que contentarse con escuchar sus grabaciones.

En ese momento llamaron a la puerta.

Bueno, pensó, es la misma harpía del primero, que viene a quejarse, bajó el volumen, se reajustó, abotonó la chaqueta de luz como la que Elvis llevaba en su último concierto, recogió lo que podía parecer a un tupé que aún lograba ostentar con su poco de pelo de negro. Abrió la puerta.

—Adolfo Suárez, ¿supongo? —preguntó un joven vestido totalmente de negro, con el pelo negro también peinado según la moda actual, un bonito cepillo elevado y los contornos afeitados.

—Elvis! —le respondió El niño, atónito.

En efecto a algún detalle cerca se parecía fuertemente al personaje que era representado sobre la portada de Jailhouse Rock.

Entonces vio los documentos que el muchacho tenía en sus manos la tarjeta de donante con identidad revelada que era la suya. Nunca con su vida desordenada, hecha de giras y viajes, había construido una relación duradera con el sexo femenino, pero como esperaba tener un heredero, había contactado con esta empresa especializada y contratado un papel de donante con la posibilidad para su hijo adulto de encontrarlo.

— Eres mi hijo —dijo con el corazón que le iba a mil.

El chico le hizo una gran sonrisa y en sintonía con el rock que seguía dando ritmo a la escena a voz baja, y, como solo Elvis sabía hacerlo, se contoneó y puso adelante una guitarra imaginaria.

Jean Claude Fonder

Invisibles para todos

Los telediarios en estos días siguen hablando mucho de este acontecimiento: dicen que ella enterró el niño en el jardín de su casa, cuando estaba vivo, inmediatamente después de su nacimiento. Dicen que nadie, ni siquiera sus padres, se dio cuenta de que ella había parido, y tampoco de que estaba embarazada. Dicen que ella -una mujer casi chica o una chica casi mujer, de 22 años- lo parió y lo ocultó entre las plantas del jardín y luego se fue de vacaciones al extranjero, a divertirse con su familia. Dicen también que no se encontró el cuerpo de un bebé solo, sino de dos, así que hace un año la mujer-chica ya le había dado y quitado de inmediato la vida a otra criatura. 

Dos niños, de los que nadie se dio cuenta de que nacieron, ni de que murieron. Dos niños que para todos -su futura familia, su futuro padre- nunca habían existido. 

Y nosotros, viendo el telediario, nos preguntamos todos por qué la mujer-chica hizo semejante locura asesina, por qué lo hizo una segunda vez; no entendemos cómo es posible que nadie se hubiera dado cuenta de nada: ni del embarazo, ni del parto, tampoco de aquellos dos raros agujeros bajo la hierba en el jardín de casa… 

Y los niños, cuando lloraron por primera vez, cuando abrieron por primera vez sus ojos y empezaron a respirar, ¿Qué vieron? ¿Qué oyeron? ¿Se dieron cuenta de que su vida iba a empezar, unos segundos antes de que la mujer-chica se la arrebatara? ¿Qué pensaban, cuando veían pasar por el jardín a la mujer-chica que los había abandonado allí?Quiero creer que, a lo mejor, se consolaban el uno con el otro, abrazándose entre la tierra, hablándose mutuamente con su gimoteo, gozando del verde del césped y del azul del cielo y oliendo el perfume del bosque, ya verdes como la hierba e invisibles para todos.

Silvia Zanetto

La bella vida  

Pelota y peteretes.  Estas palabras me recuerdan mi niñez. 

La niñez que viví disfrutó de toda la alegría que nos produce lo nuevo.

Mi recuerdo más lejano es el de un camino polvoriento rodeado por muros bajos de roca negra, la piedra del volcán nos guiaba. Abuela me llevaba de la mano. Ella tenía un pañuelo amarrado a la cabeza y yo iba con un sombrero de paja al que me tenía que agarrar, era para protegernos del sol y del polvo amarillo y seco de Lanzarote que se levantaba al primer viento, además, aquel día iba acompañado por la calima que no me dejaba ver ni la pelota de trapo a la que iba dando puntapiés.

Mi abuela llevaba una maleta con tachuelas en las esquinas y de la misma manera llevábamos clavada la angustia de la incertidumbre en nuestros corazones. 

Llegamos al muelle y cogimos un barco enorme y blanco.

¡De pronto, nos encontramos en otro mar, en otra casa, papá, mamá y mi hermanita Carmen estaban allí! Era un mundo de agua con olas muy altas y mucha gente.

Creo que el contacto con la divinidad es un calambrazo y eso me dio ese viaje.

Me dio la oportunidad de valorar la belleza de cada instante y la matemática de la vida: hay cosas que no se entienden y lo único que queda es aceptarlas.

Abuela nunca quiso volver a la isla y mucho menos a ese camino de tierra.

Yo sí he vuelto. Lanzarote y sus paisajes me envuelven.

El atardecer desde el acantilado está lleno de colores, de luces bellas e inalcanzables. 

Bajo el risco veo el mar.  Un turquesa inconfundible inunda el paraíso, tangible, donde mi abuelo pescaba. La espuma acaricia serena al amarillo luminoso y claro de la arena, allí es donde la silenciosa paz te acompaña y la alegría de haber vivido está contigo.  

La playa: el refugio donde la vida está en el interior de la más profunda de las miradas y se queda colgada del alma. 

Hay cosas que no puedo olvidar y no han cambiado como los juegos, las risas. Las sigo escuchando, en la plaza o en cada campo de fútbol improvisado, el centrocampista que conecta con la delantera. El medio punta ayuda a meter el gol y entonces la portería se llena de defensas contra la fuerza del talento, para la pelota la portería es una diosa. El equipo es uno, comparten el triunfo y la alegría: inquieta y bulliciosa niñez. 

La aventura más grande de nuestras vidas. El esfuerzo y la algarabía: sacrificio y tributo.

Entonces cada hora era un viaje. El mayor descubrimiento. La esperanza que quiero vivir cada día, la emoción que nos espera detrás de cada maleta, la sorpresa y la ménsula de la familia. Una vida inmensa llena de experiencias prodigiosas con la calma bajo el risco.

Siento que el lugar que buscaba ya lo había encontrado desde que nací. Los niños están iniciados en lo intangible y sostienen la esperanza de un levógiro para la bella vida. Caleta Naomi. Allí te esperamos niñez.

Blanca Quesada

El niño que no quiso crecer 

Juan no era feliz. Aunque dotado de un espíritu alegre y soñador, la cotidiana observación del complicado mundo de los adultos y sus conflictos había ido depositando en su tierno corazón infantil un pesado manto de desaliento que no le permitía mirar al futuro más que con cierto pesimismo.

Muchas tardes solía escapar al bosquecillo cercano donde se entregaba a uno de sus pasatiempos preferidos: observar el paso de las nubes para descubrir las formas tan caprichosas como efímeras que se iban dibujando en el firmamento. Un día, mientras se encontraba recostado contra una roca, una de las nubes pareció adoptar la apariencia de un níveo anciano de larga barba. Y fue en ese justo momento que Juan decidió que ya no quería crecer. No deseaba convertirse en otra sombra más en un mundo donde la luz parecía estar desvaneciéndose poco a poco. Así, en ese instante de determinación pura, el universo pareció conspirar a su favor.

Una suave brisa acarició su rostro, llevando consigo rumores de sueños muy antiguos y aromas de jazmín. En ese preciso momento, un destello cruzó el cielo y una forma etérea se materializó frente a él adoptando el aspecto de una figura humana. Era un anciano vestido con túnicas brillantes y una sonrisa sabia en sus labios.

“Juan”, le dijo con voz cálida. “Tus deseos han sido escuchados. Te ofrezco la oportunidad de vivir eternamente como un niño, pero ten en cuenta que esta elección vendrá acompañada de desafíos y pruebas que deberás superar”

Juan lo pensó apenas un momento antes de aceptar la oferta, y dejando atrás su antigua vida, a partir de ese momento se embarcó en una aventura sin igual. Descubrió mundos fantásticos dentro de su propia imaginación, conoció a seres extraordinarios que le enseñaron lecciones valiosas y encontró la verdadera belleza en la sencillez de las cosas insignificantes.

Con el paso del tiempo, se convirtió en un guardián de la infancia, protegiendo la pureza y la esperanza de todos los niños que, como él, anhelaban escapar de la dureza del mundo de los adultos. Creció en sabiduría y amor, irradiando una energía sutil que inspiraba a todo aquel que se cruzaba en su camino.

Y así fue que aquel chico soñador y algo ensimismado, aprendió que la verdadera magia reside en la capacidad de conservar la inocencia y la alegría en medio de la oscuridad, y que la juventud del corazón es un tesoro más preciado que cualquier riqueza terrenal. Y cuando con el paso de los años su piel se fue tornando dura y arrugada, Juan todavía era portador de una sonrisa fresca, sabiendo que su eterno niño interior le acompañaría siempre, guiándolo hacia un mañana lleno de promesas y posibilidades infinitas.

Sergio Ruiz Afonso

Los ojos de los niños

Al oír el llanto, miró hacia atrás y lo vio, debajo del árbol, los cabellos alborotados, la carita sucia y los ojos… los ojos del color del mar despavoridos, colmados de lágrimas. Se acababa de caer y necesitaba ayuda.

Fue entonces cuando recordó ese día aciago en que tuvo la sensación de haber sido abandonado y no encontraba a sus padres, a su hermanito, a su gato. Buscó en medio del polvo y los escombros de la que fuera su casa. Habían cenado juntos, su padre les había contado una de esas historias antiguas que tanto le gustaban, mientras el gato Pecas dormía en su regazo. Recordaba sólo un rugido aterrador, un estallido, gritos lejanos… las pesadillas que volvían muchas noches.

Ahora su misión era curar heridos, ayudarles a recuperar los movimientos, visitarlos y animarlos por sus progresos. Examinó al niño, trató de calmarlo, lo acunó en sus brazos y sintió cómo latía su corazón y cómo su respiración se normalizaba. No estaba herido, sólo tenía una pequeña contusión en una rodilla.

A él también lo había salvado un joven, lo había llevado en ambulancia a un sitio con mucha gente que lloraba y gemía. Buscó por todas partes, hasta que encontró a su pequeño hermano herido y no se separó de él nunca más. Nunca olvidaría sus ojos de alegría al verlo. Se prometió a sí mismo que habría dedicado su vida a ayudar a los demás.

Maria Victoria Santoyo Abril

Relatos breves de JC

Jean Claude Fonder