Planeta Azul

Hoy la clase desborda de chicos de secundaria pendientes de lo que va a responder la profesora. Las preguntas vuelan numerosas como una nube de flechas:

— ¿Por qué el clima está enloquecido?¿Qué va a pasar si la tierra se calienta?¿Por qué es malo deforestar el Amazonas? ¿Por qué el plástico es un problema? ¿Por qué el petróleo es un problema? ¿Hay demasiados coches? ¿Es verdad que necesitamos los coches eléctricos? …

Una chica se desmarca alzando la mano y la profe pide silencio para escucharla:

— ¿Por qué  llamamos a la tierra el Planeta Azul?

— Porque cuando se ve desde el espacio es azul, —responde la docente, — la tierra, como nuestro cuerpo está formada por agua en un 70%, el agua es la vida. Nuestra tierra es preciosa, tenemos que salvarla, cuidarla, hacer que sea aún más bella para vosotros que sois el futuro, el futuro de la humanidad. ¡Os toca a vosotros, chicos!

El silencio de la reflexión se impone por un momento. Todos se dan cuenta de que la manifestación a la cual quieren participar no es solo un juego de carteles y de disfraces.

De repente las lágrimas desesperadas de una muchachita rompen la tregua.

— ¿Margherita, pobre, qué te pasa, por qué lloras?

— Mi madre no me deja participar, dice que es peligroso y no me puede acompañar. Pero también yo quiero hacer algo. —dice con voz temblorosa.

— Muy bien, Margherita, cada uno puede hacer lo que pueda: dile a tu madre y a tu padre que dejen de utilizar y comprar plástico y cosas embaladas en plástico. Y que compren un coche eléctrico o, aún mejor, que no lo compren.

Jean Claude Fonder

Nuestra Tierra

Nuestra tierra
¿De quién es?
Es nuestra 
¿Nuestra de quién?
¿De quiénes?

Los que hemos nacido aquí
Los que desean vivir aquí
Los que no alcanzan a llegar 
Los que tuvieron que emigrar para encontrar un trabajo en países donde hablan diferente

Entonces, nuestra tierra
¿Nuestra, de quién?
Graziella Boffini

Nuestra Tierra

 

«El que no es de aquí, a su tierra» 

Frase inolvidable de doña Mara Cubina, quien se marchaba a la capital en busca de algo nuevo que cambiase su vida espiritual; bueno los pocos amigos que la despedían le deseaban el bien, los burlones murmuraban diciendo que muy pronto volvería. 

Cargada con pocas cosas, llevaba con ella  su mula que decía en un pueblo la vendería para poderse  ayudar, llevaba sobre ella dos patos y dos pollos, sobre su hombro un costal viejo con pocos vestidos y su viejo perro que la seguía como un ángel guardián. 

Eran tiempos difíciles donde la sequía abrumaba con su ironía, la moneda se deterioraba y la corrupción flotaba como estiércol en alta mar.

Aun así se lanzó al río olvidándose del frío (tiempo de invierno en Lima).

Bueno pasados 10 días doña María volvió al mismo lugar, sin mula, ni perro solo una bolsa con un pan; sus estropajos los dejo en algún lugar; la curiosidad no se hizo esperar, sapos sapitos al agua (chismosos)

¡Qué pasó doña María! casi al unísono fue el clamor popular; una breve pausa y se echó a llorar.

Llorando contaba su tristeza: la gente es muy mala, mucho ruido, carro por aquí y por allá, demasiada gente y no hay trabajo y continuaba con su delirante llanto. 

Las vecinas: cálmese señora, ya pasó, ni modo ahora debe volver al campo a trabajar; 

Si vecina, además allá todo esta pavimentado y el frio a mis huesitos lo han maltratado, aquí la tierra de chacra es caliente…. ya nunca más saldré de este lugar.

Nota: a veces no sé si es el amor a nuestra tierra que tantas veces nos hace retornar o la falta de fuerza y voluntad por progresar.

Luis Alberto Prado

Nuestra Tierra

Has aprovechado todos los recursos naturales de nuestra tierra para alimentarte, calmar la sed, calentar las casas, viajar. Deberías haber interactuado y colaborado con nuestra tierra, al contrario en nombre del progreso tecnológico la has convertido en un vertedero. Nuestra tierra nunca perdona la falta de cuidado y ya no es capaz de tolerarnos, personas insaciables que con sus crímenes humanos destruyen los bosques, contaminan la superficie, el cielo y las aguas. Nuestra tierra está enferma y a estas alturas solo le queda atacar, volverse implacable, cruel para sacudir la indiferencia, con sequías e inundaciones, inviernos sin nieve y primaveras sin lluvias y sin golondrinas. Mira a lo alto, y acuérdate de la normalidad, cuando tus ojos disfrutaban del espectáculo que ofrece un amanecer, tus oídos escuchaban el ruido de las hojas sacudidas por el viento, el gorgorito de los pájaros en el bosque, el ruido ligero de las olas dejando una espuma blanca al romperse en la arena, y los graznidos de las gaviotas volteando sobre el mar. Mira ahora hacia la playa con sus olas rompiéndose en la orilla, sin espuma, trayendo basura; mira el amanecer sin color, el cielo y la tierra de un color gris sombrío. Ahora sí que tienes que ir al grano ya que de no llevar adelante acciones concretas todo se acabará, se callarán las voces de la fauna, desaparecida por haberse ahogado con desechos plásticos, nuestra tierra sí seguirá con su movimiento alrededor del sol, pero dejando un asustante SILENCIO para ti, hombre.

Raffaella Bolletti

Nuestra Tierra

¡Bienvenida Doña Tierra! ¿Qué tal?
Te encuentro muy cambiada desde la última visita médica, hace cien años. Siéntate, pareces muy cansada. ¿Qué pasó?
Tienes fiebre, por lo menos dos o tres grados más que la última vez que nos vimos.
Déjame ver tus pulmones.
¡Dios mío!  ¿Qué le pasó a tus selvas, tus bosques, tus florestas?
Se han reducido a la mitad. ¡Por eso no logras a respirar!
Déjame echar un vistazo a tus venas.
¡Dios mío, tus ríos están contaminados y secos, los mares también están contaminados!
¡No me lo puedo creer, el fondo del  Mediterráneo está cubierto de cuerpos humanos! 
Pero veo que tienes nuevas islas. Me alegro.
¡No, no, me estoy equivocando...no son islas nuevas...son islas de plástico!
Tus glaciares se están reduciendo, y tus ciudades están cubiertas de polvo tóxico. Doña Tierra la situación es muy seria, lo siento.
¿Me  estas preguntando el nombre de tu enfermedad?
Tienes un virus, el más peligroso que existe. Se llama "Seres Humanos". No se puede luchar contra este azote. Es un virus fatal, egoísta y sin sentido común. Durante anos te ha derrotado, explotado para satisfacer su increíble hambre de poder y de dinero.
¿Un medicamento? Aún no existe un medicamento idóneo.
Pero, desde algunos meses han aparecido pequeños jóvenes anticuerpos muy aguerridos. Confía en ellos, son la última esperanza que tienes para sobrevivir.
¡Suerte, Doña Tierra, te deseo mucha suerte de todo corazón! 
Iris Menegoz

Nuestra Tierra

Nuestra tierra es sagrada, tenemos que amarla y respetarla.

Que sería de nuestra vida sin árboles, flores, jardines, mar, montañas blancas de nieve y toda la variedad de animales, nuestros amigos? Sin embargo se podría  vivir muy bien sin plástico, sin prisa, paseando más.

Necesitamos mucho menos de lo que tenemos: dos coches, tres móviles; dos pares de zapatos serian suficientes como lo eran una vez, pero siempre queremos más y para obtener esto olvidamos lo que realmente es importante para nuestra felicidad y bienestar: el aire puro, el sol, el agua transparente y los paisajes maravillosos que te llenan el alma.

Afortunadamente, los jóvenes ahora tienen conciencia ecológica, esperamos pronto también los adultos.

La única  manera de proteger nuestra tierra es amarla y amarnos a nosotros mismos.

Leda Negri

Sin rezo, sigue el exilio

 

En los momentos que se siente solo, pide al cielo milagros. Teniéndolo todo, nunca creyó que tendría que depender de alguien invisible, ni mucho menos aprender a rezar.

— Pienso en Juana, su tata. Había probado a enseñarle el Ave Maria y el Padre Nuestro, sin ningún resultado. Él prefirió no aprender nada, supo que su abuelo desconocido, fue sacerdote. 

Nunca tuvo obligaciones religiosas; por eso surgió, se lo dice él mismo. Cada vez que realizo compras de inmuebles, no reparo en culpas. Las personas lo odiaban y le regalaban un puesto en el infierno. 

— Sí claro, me pudriré allí. Con mucho gusto, respondía sarcásticamente ante los insultos y agravios. 

A los 21 años, realizo su primer gran negocio; expropió la casa a Juana. A los 22, con argumentos falaces logro derrumbar la iglesia del pueblo:

El sacerdote del pueblo dono el terreno para la Iglesia. 

— ¡Era mi abuelo, carajoo! por ende se trasladan de esta propiedad. ¡¡Inmediatamente!!

— /Es nuestro tierra/ Nuestra tierra, Señor/…

 Ahora a sus 62 años, acostándose en la hierba con dificultad, no logra cerrar los ojos. Derrama lagrimas; no importa la imponente finca que está detrás de él, es suya. Si cerrase los ojos, los cerrase…

— ¡¡Dios mío!! !no más suplicas, no más! Sin embargo, los escucha. También observa a Juana. 

—  ¡Tata, tatita! Déjame regresar.

— Sentir el olor a petricor entre mis huesos al morir, Tatita.

— Es nuestra tierra… nuestra tierra. Rézale mijo, dijo ella… apréndale mi niño.

Luis Martin Ghiggo

La Tierra de nadie

Es una ciudad en la ciudad, que va más allá del altísimo muro y de las trincheras; estoy cruzando la tierra de nadie. Pasando el alambre de pinchos, hay campos minados; tendré que incapacitar a los guardias de las torres. Esta parte se llama “Nuestra Tierra Lejana”, llena de humo en la oscuridad, residuos tóxicos en toda la zona, habitada por gente que va tambaleándose buscando restos de comida. Aquí hay muchas cosas con las que puedo tropezar, como los buitres que se alimentan de carroña y que tienen acceso a los cuerpos que están bajo tierra, pero que no necesitan pedir ayuda porque ya están todos muertos. No hay policía, leyes, controladores, sólo quebrantadores de la ley. Un olor asqueroso en el aire y el viento malsano viene y va por la carretera. El sol negro deja pasar poca luz y es prácticamente poco visible desde abajo; ruidos de máquinas voladoras cruzando el cielo, un silencio ensordecedor taponando el oído.

¿Qué pasó? Me pregunto a mí mismo. ¿Una guerra nuclear, una bomba atómica, una invasión de alienígenas, un eclipse de enorme magnitud? No, han sido los Replicantes que han asumido el poder, después del conflicto biológico de los Avatar de la computación. Me contestó un ser extraño con máscara de gas. Mientras tanto, me topé con un letrero oxidado que dejaba entrever: Bienvenidos a Milán 2099, la ciudad del futuro. “Pasado este punto, abandonen la esperanza” han añadido con un marcador.

Luigi Chiesa

“Uchumbe” ( v.)

De repente despierto y me doy cuenta de que estoy dentro de un tren y estoy viajando. Miro alrededor… No hay ningún  pasajero cerca. Me quedé dormido con el libro abierto que estaba leyendo. Está en otra página que no es la misma. Leo…

“Entraban los españoles en los poblados y no dejaban niños ni viejos ni mujeres preñadas que no desbarrigaran e hicieran pedazos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría un indio por medio o le cortaba la cabeza de un tajo. Arrancaban las criaturitas del pecho de sus madres y las lanzaban contra las piedras. A los hombres les cortaban las manos. A otros los  amarraban con paja seca y los quemaban vivos. Y les clavaban una estaca en la boca para que no se oyeran los gritos…”.                                                                            

Había empezado a leer “Amor Fou” de Marta Sanz y me encuentro con relatos de Fray Bartolomé de las Casas… Quizás dormido alguien me cambió de libro…

Los despojadores, sátrapas y asesinos arrasaron hasta con su nombre y le pusieron otro.

”Uchumbe” los originarios lo llamaron. Hermoso territorio compartido, herencia precolombina e incapaces de la maldad o de la trampa. 

Impactado, me atropellan imágenes… de lo recién soñado. Antes de olvidarlo, lo escribo…

… Camino con mis pies desnudos sobre un césped que respira. Una fuerza, una atracción de poderosos imanes me van integrando a un maravilloso paisaje rodeado de flores preñadas de colores vivos… 

Una suave brisa me señala caminos secretos de imperceptibles sonidos.

Microcosmos musicales emanados del magnetismo de una antigua cultura aún presente, envuelve todo mi ser. Signos ceremoniales e invisibles me dan la bienvenida. 

Chamanes jaguares y escultores graban en lo pétreo la perenne presencia de sus dioses con la naturaleza integrada a un todo, a la vida y a la muerte.

Mujeres y hombres campesinos me saludan. Su piel es la misma piel de la tierra…

Olmo Guillermo Liévano

En Tierra muerta

Picasso. Niño con paloma, 1901. National Gallery, Londres.

—¡Despierta! ¡Juan, despierta!—

La luna es la única linterna. —¡Tú por la izquierda!— Agarro la escopeta y en dirección contraria a la de mi padre corro entre las espigas.

La respiración, el sudor y el polvo que se torna barro. La oscuridad, el suelo y las hojas que me arañan las manos.

Hago retumbar un escopetazo en el aire, el perro ladra. Corro en dirección al plomazo. Un chico en el suelo con el pellejo propio y el postizo abiertos, gime, traga y gime.

Me arrodillo. Tiembla. Bulle como si su alma efervescente se desvaneciera. No escucho el ruido en mi espalda. Un golpe seco en la sesera.

—Niño, se lo merecía, se lo merecía, está en nuestra tierra.—

Me mira y se apaga, se apaga todo. En el cielo brilla la tierra pálida, la que no es nuestra. Siento la fría muerte llegar cortando el trigo, un tiro.

Mi padre cayó a tierra.

Una sombra recogió a su hijo.

Está la luna muerta y sonriente. Se escapan escolopendras de mis ojos, cae del cielo una tela negra.

El sol encontrará un cuerpo sin llanto, con el alma fuera. Miro la luna quieta, la miro para siempre. Queda en su esfera un halo blanco, de un niño que se pierde.

Higinio Rodríguez

Dos amigos

Dos amigos.
Una mesa, dos copas. Dos amigos.
No se ven desde hace muchos años.
Un ferri pasa al lado a lo largo de un canal. Sin prisa.
El sol vislumbra aire y objetos.
Hicieron muchas cosas juntos en su juventud.
Luego los avatares de la vida los separaron.
El mar golpea los escollos.
Un pequeño muelle y una farola al horizonte, silenciosa línea al limitar del infinito azul.
Han pasado muchos años y ahora vuelven a encontrarse.
Donde la mesa, las copas, el ferri, el muelle, la farola.
Donde la tierra sin tiempo de su amistad.

Massimiliano Gaspari

Colores

La pesca en primavera
Vicent Van Gogh

Vincent ha montado su caballete a la orilla del Sena, en un camino que discurre a lo largo del rio, en Asnières. El lugar es tranquilo, a poca distancia del puente de Clichy, bajo la protección de un pequeño grupo de árboles, dos barcas amarradas a unos pilotes improvisados, la corriente aquí no es muy fuerte. Un pescador está sentado en una de ellas, abrigado en su ropa impermeable, un sombrero clavado en la cabeza, el tiempo será muy fresco tan cerca del agua en esta mañana de primavera. Todavía es temprano, un sol pálido, blanquecino, surge lentamente, a lo lejos, detrás del puente.

Es su amigo Paul Signac, quien le aconsejó el lugar. No utiliza la técnica del puntillismo, sino que practica un divisionismo moderado e innovador. Sin embargo es gracias a él que descubrió el color. Están muy lejos sus inicios en Holanda, y las pinturas sombrías que hacía entonces.

Observa atentamente la escena que está prácticamente inmóvil delante de él. Solo sobre el puente algunos paseantes se desplazan. El pescador, por su parte, prácticamente no se ha movido desde esta mañana. No lo había visto pescar un solo pez. Es una práctica que no entiende, esta inmovilidad, esta soledad, que él soporta sólo porque pinta, tiene que estudiar su sujeto, analizar la perspectiva, descomponer los colores, transmitir la emoción que siente frente a la naturaleza.

Y justamente notó entonces que la primavera en París era todavía muy tímida, había utilizado mucho blanco, en el agua y en el cielo, hasta el sol lo había pintado de blanco. ¿Dónde estaba el amarillo brillante de un sol deslumbrante que reinaba en medio de un cielo azul intenso? ¿Dónde estaban estos colores luminosos que una primavera mediterránea le habría permitido desencadenar sobre sus telas, imponiendo en su paleta una intensidad mayor de tonos y sugiriéndole acuerdos cromáticos de una fuerza inédita? Habría querido encontrar acentos nuevos para transponer la vibración coloreada y luminosa de las apariencias sensibles. Confundido, para decirlo así, con la luz, el color, que es también materia, confiere a los seres y a las cosas un aumento de presencia y de realidad. 

Tenía que seguir los consejos que le prodigaban sus amigos y sus compañeros Toulouse-Lautrec y Gauguin y trasladarse al sur de Francia, a la Provenza posiblemente.

Contempló por la última la vez el cuadro que acababa de terminar, replegó su material y saludó al pescador agradeciéndole su presencia.



Jean Claude Fonder

Racimos humanos

El bus hierve repleto de gente, canastos, animales. Una canción arrabalera con voz chillona en la radio a todo volumen inunda el ambiente. Los pasajeros gritan al mismo tiempo.

Tan pronto él se sube, vestido no de militar sino de paisano, observa el interior del bus y al instante  quiere volverse,  bajarse del infernal ambiente. Otros atrás se lo impiden.

— Permiso… Permiso… —Solicita decentemente. 

— ¿Cuál es el afán?… —Le grita uno. 

— ¡No empuje! —Le grita otro. 

Lo empujan, manosean, jalan, le rompen la camisa, oye hijueputazos, quejidos, insultos… carcajadas. Obligado también  empuja para salir cuanto antes…

— ¿A este pendejo qué le pasa? … ¡Oiga no me toque! ¡Que se ha creído! —Grita una mujer a un hombre que está pegado de ella.                                                                                                                                                                                                                                                                     

— ¿Qué, no puedo? —Le responde y la aprieta. Ella le golpea la cabeza con su cartera.                                                           

— ¡Puta! —El hombre le grita y adolorido la suelta.

— ¡Que lo bajen! ¡Que lo bajen! —Gritan distintas  voces defensoras de la mujer y entre los pasajeros se esconde …

Le chorrea el sudor por todas partes, el calor se hace insoportable y siente que se asfixia. Nunca había montado en un bus. Comienza a comprenderlo todo …

— ¡No empuje carajo! —Otro también grita, pero estaba robándole…

— ¡Ladrón!  ¡Ladrón!  ¡Cójanlo que me ha robado!! —Como un alarido retumba su grito.

— ¡Oiga, pare el bus. Hay un ladrón adentro!!! —Gritan al chofer que se hace el sordo. Los gritos de pare se agigantan… De repente frena su loca carrera… Los de a pie caen estrepitosamente al piso armándose un amasijo de cuerpos. Por encima, alcanza la salida y baja. 

«Me rindo. Ya sé que es un racimo humano”»… Se dice.

Desde entonces, allá no hay más monopolios de empresas ni racimos humanos en buses urbanos. 

Olmo Guillermo Liévano

Juegos

Línea de metro roja, destino Bisceglie.
Nueve de la tarde de un día de marzo.
El vagón está casi vacío. Me siento cansada y un poco triste como siempre cuando regreso a mi casa por la noche.
Frente a mí está sentada una familia de cuyos rasgos deduzco sea hispanoamericana.
Un joven padre, una nena de unos tres años, preciosa, con carita seria, concentrada en un juego electrónico. Cerca de ella un hermanito de unos seis años. Gordito con gafas de miope. Enganchada a él, la madre le susurra preguntas de aritmética.
— ¿Siete más tres?
El chico muy serio cuenta con sus dedos gorditos y un poco pegajosos.
— ¡Diez!
— ¡Bien!
— ¿Cuatros menos uno?
— ¡Tres!
— ¡Bien!
— ¿Siete menos dos?
Siempre contando muy concentrado, la mirada del chico se cruza con mi mano que marca cinco.
— ¡Cinco!
— ¡Bien!
El juego ha empezado entre nosotros. Mamá no se da cuenta. Papá sí, y sonríe.
— ¿Cinco más cinco?
Un vistazo a mis manos y un rápido
— ¡Diez!
— ¡Bien!
— ¿Cinco menos tres?
— ¡Dos!
— ¡Bien!
El juego sigue hasta mi parada. Me levanto. Mamá y papá me sonríen, el chico me dice "chau". Solamente la nena sigue jugando con su juego electrónico. Quizás piensa:
«¡Qué raros son los mayores, se divierten con juegos tan bobos!»

Iris Menegoz

Se subió al tranvia

— ¡Síguelo! ¡Síguelo!, —dijo ella en un grito desesperado de dolor y rabia a la salida de la estación de trenes llena de gente, que la miraba sin detener su paso, apresurados por llegar al trabajo, poco después de las 08.00 de la mañana.

Él, que más adelante buscaba un lugar tranquilo para apoyar las maletas y tomar desayuno, no entendía nada, no sabía qué estaba sucediendo… ¿a quién debía seguir? ¿Por qué su mujer gritaba? Ella, para entonces había abandonado las maletas y estaba desesperada en medio de la multitud como si le quedaran segundos de vida a ella y al mundo. 

—¡Deténganlo! ¡Por favor, deténganlo!

El joven sube al tranvía que en ese momento pasaba, enfilándose disimuladamente entre los pasajeros mete la cartera de la mujer dentro de una liviana bolsa oscura. Sentado algo tembloroso, esconde sus ojos detrás de los vidrios, convencido de que nadie lo nota.

— ¡Paren el Tram!! —fue el último de sus gritos, antes de aterrizar en el pavimento con su cara, solo entonces los curiosos se detuvieron y la rodearon, mientras su marido miraba la escena como quien mira un film desde el diván de su casa.

— ¡Una ambulancia!! ¡Una ambulancia!! —repetían las voces mientras permanecía detenida la fornida máquina, de igual forma que en otros horarios del día se escuchaba la música, con melodías que variados artistas ofrecían a cambio de monedas de euro de regalo.

— Bájate, —le dijo un anciano con voz de mando y continuaron uno a uno a insultarlo… al muchacho no le queda otra alternativa que bajar del tram y caminando en frente de las acusadoras miradas devuelve la cartera a la señora. No importa la cartera dijo ella, cuando desde el tranvía comenzaron los disparos.

Pamela Ortega

Riesgo asíntota

 

Lo que estoy escribiendo… podría no ser realidad.

Recuerdo, aquel invierno. Aprendí a fumar.

Los vicios, todos son malos; pero no cabe duda de que la soledad es también parte. De consejera; nos dice que probablemente es necesario, joderse el cuerpo, ya que con el alma no se puede. Por eso, escribo esto, sin procurarme cuaderno ni lápiz. Los sesos están trabajando a mil. 

(Necesitaba llegar, por eso subí) Por las ventanillas, cuando el verde captura la vista, voy hacia atrás.

— ¿Hijo, ves esos carriles?… son rezagos de un tiempo.

—¿ Cuáles, papá? ¿Cuáles… ?

— ¡Qué buenos tiempos! Recuerdo cuando sentado en la acera soñaba con subir; ser de aquellos que saludan desde el trencillo (parecía un tren). Todavía, cuando miro estas calles, lo veo pasar, repleto de gente. Vi a tu abuela subirse a uno, creo que por eso la conocí. Le pregunté:

 — ¿Cómo era por dentro? ¿Qué rutas hacía en la ciudad? ¿Cuánto costaba el boleto? 

—Mi papá es el conductor, respondió.

— ¿Cuáles, papá… ?… ¡abuelo, abuelo!!

— Dime hijo.

— Olvídalo, no es nada. 

El carente aire, que se perdía, recupero la realidad. La siguiente parada, era la última. Estábamos en el centro, donde los parques no continuaban. La ciudad se comía el tiempo, dejando nostalgias rotas. No, quise bajar. 

— ¿Es terrible?… ahora, entiendo. Abuelo, nada ha cambiado, ni dentro ni por fuera.

— Si cierras los ojos, aún puedes sentir el olor a madera, a veces puedes sentirte. Sentir que tú te subiste, aquí conmigo, donde el recuerdo es más fuerte. Donde los vicios, no pueden con el cuerpo, ya que en primera línea el alma hará más fuerte la vida.

— ¡¿ Abuelo, qué pasó?! … llegaste, al fin llegaste, hijo.

— ¡118, 118! ¡Ayuda! Hombre, tranvía… ¡no respira, ayuda!

Luis Martin Ghiggo

Primer día

 

Un día de invierno mientras me trasladaba en el tranvía rumbo al trabajo me vino la nostalgia, el recuerdo que me acongojaba y no quería escapar de esa paradoja que está muy dentro de mí, como lección de vida.

Primer día de clases para mi bebe, yo un poco exaltado por saber cómo reaccionaría mi dulce niña en la escuela. Curiosamente mi vecina también llevaba a su niño por primera vez, aunque él era un año mayor.

En el camino, deshojando un poco los nervios íbamos conversando y ella (mamá del niño) me decía irónicamente: hoy tu hija no se queda, veras que va a llorar y luego se reía a carcajadas; durante el trayecto a la escuela me repetía constantemente, yo simplemente me mordía las muelas con tal de no ser grosero.

¡Aleluya! Llegamos a la escuela, parecía una primavera encantada, un recital de nunca acabar; después del cántico de las golondrinas es lo más hermoso que he escuchado, niños gritando, corriendo de aquí para allá.

Nos presentaron el aula, la maestra, todo bien hasta ahí; con un poco de temor me despedí de mi hija al igual que ella hacía lo propio con su hijo, cuando salíamos del aula mis lágrimas no resistían más, mi niña me miraba con su angelical sonrisa y justo cuando quería configurar ese inolvidable momento… exploto la bomba, con un grito que resonó más allá de las paredes de la escuela el hijo de mi amiga comenzó a llorar desesperadamente rogándole a su mamá que no le vaya a dejar, fue tanto el laberinto que formó que a la profesora no le quedó más remedio que dejarlo andar.

Creo que la moraleja se sobreentiende, gracias por escuchar una parte de mi historia familiar

Luis Alberto Prado

El último tranvia

Deseaba subir una última vez a ese tranvía n. 23. Fue a la parada mientras el tranvía iba acercándose. Era uno de los nuevos, largo y de color amarillo y blanco. El hombre, muy mayor, se preguntaba qué era ese tren, él estaba esperando EL TRANVÍA, el de color verde, el que tenía un sólo vagón, el que había utilizado durante muchos años. Pero, verde o amarillo ¡qué más da! Subió y descubrió que todo resultaba muy distinto de lo que recordaba. Comparó el tranvía a una Babel donde todos parecían hablar solos y donde los demás se veían obligados a escuchar asuntos ajenos. Además, los estudiantes habían puesto sus mochilas en el pasillo, dificultando el paso, comían bocadillos y jugaban al mismo tiempo con algo que él no podía identificar, el iPad. Nadie le hacía caso. No tenía billete, si subía el controlador lo iba a pillar; ¡al diablo! Le daba igual. Tomó asiento cerró los ojos, apoyó la cabeza en la ventanilla y se dejó llevar por la oscilación rítmica del tranvía como en un ir y venir del pasado al presente. Pronto se quedó dormido. Soñó con el taquillero que vendía el billete, ese pequeño rectángulo de un sutil papel rosado, soñó con el tranvía de los bancos longitudinales de madera, de espaldas a las ventanillas, con los pasajeros sentados cara a cara escrutándose minuciosamente. No despertó al acabarse el viaje, se fue así, cumpliendo su deseo en un tranvía de los nuevos.

Raffaella Bolletti

El tranvia de Opcina

Todo estaba listo el día de la inauguración, el alcalde había dado una rueda de prensa sobre el hecho de que habían renovado una de las líneas más antiguas de Europa. Todas las autoridades presentes, dos escuadras de representantes de las fuerzas armadas con uniforme de gala, penachos de oro como si fuera una llamada a las armas. Coraceros enviados por el Presidente acompañaban al Viceministro de Asuntos Exteriores, la banda militar de música empezó a tocar. Se manifestó un gran agradecimiento con una ovación dándole las gracias una vez más. En el tranvía la gente llevaba puestos atuendos ceremoniales, rosas rojas, serpentinas, trompetas de papel, brindando con champán ofrecido por el Consejero Regional de Transporte, era la temporada de carnaval. 

— ¡Señoras y señores, el himno nacional! Desearía pedirles que rindiéramos homenaje a la bandera, guardando un minuto de silencio. 

Todos se pusieron en posición de firmes, formados y callados. 

— ¡Mueva ese trasto! —Gritó uno.

El jefe de estación silbó la salida del tren que, arrancando, resoplando, empezó a moverse. Hizo unos metros y después se paró. El maquinista ferroviario bajó de inmediato agitando un gorro, la locomotora recién reformada estaba estropeada y además no entendían el motivo del descarrilamiento. Necesitaron cinco horas para sacar un hombre pordiosero destrozado entre los dos raíles; mientras tanto la gente se había ido ya.  

Luigi Chiesa

En el tranvia

Cuando salgo de casa, ya está en la parada. Acelero el paso para no perderlo. Es un modelo muy reciente, se parece a los viejos “jumbos” de color naranja, enormes y macizos. Éste es más fino, más esbelto y de color beige y amarillo, pero todavía hay que subir a bordo. Lamentablemente los tranvías de piso bajo, en Milán, son mal concebidos. Son más fáciles para los mayores, pero la gente prefiere la madera de las banquetas en los antiguos tranvías que deambulan nostálgicamente. Son cada vez más numerosos en la ciudad.

Por suerte, y aunque estemos todavía en hora punta, encuentro un asiento y tomo mi móvil. El trayecto, creo, será largo. Miro a mi alrededor y veo que no soy el único. Casi todo el mundo tiene un smarphone en mano. Uno habla sin pudor al teléfono, otros escuchan la música manifiestamente rítmica. Algunos, chicas sobre todo, chatean febrilmente con dos manos, muchos, los hombres esta vez, se ensañan con juegos tristemente banales. Otros hacen desfilar las entradas de las indispensables redes sociales. Yo leo.

¿Qué hacían antes? La misma cosa por supuesto, el móvil existe desde hace mucho tiempo, los lectores de casete o de CD también. No faltaban los periódicos, gratis o no, los hombres subyugados por el fútbol, las mujeres por los cotilleos. Algunos, sobre todo las mujeres, a pesar del estorbo leían un libro, por otra parte hoy, lo hacen todavía. Además, desde siempre hablan, y hoy lo hacen enseñándose algo en el móvil. 

Desde siempre un salón  animado que recorre alegremente la ciudad.

En el metro van a asfixiarse, en el autobús corren el peligro de estirar la pata. 

¡Tomemos el tiempo, tomemos el tranvía!

Jean Claude Fonder