Le grand tour

—¿Cómo te llamas?—, me preguntó una chica rubia, con pelo trenzado y profundos ojos azules. Se sentó a mi lado sin esperar la respuesta. Estaba en un autocar que nos llevaba a Italia.
Ella se llamaba Inés. A pesar de este nombre, era flamenca. Viajaba sola. Yo iba con mi madre y mi tía. Nos gustaba mucho Italia, cada año alquilábamos durante los meses de vacaciones un chalet en la orilla de uno de los grandes lagos alpinos. Era el año 1959, mi padre tenía que quedarse en Bruselas, yo tenía la edad justa y mi madre quería enseñarme un poco más de las bellezas de un país del que conocía solo Milán y los lagos. Un viaje de iniciación se podría llamar, un ”Grand tour» como lo habría hecho un joven ingles romántico a las puertas de su madurez.


La miré atentamente, asustado por esta muchacha resplandeciente que me sonreía, me volví hacia mi madre y mi tía que estaban sentadas detrás. Me dedicaron también ellas una sonrisa luminosa.
Le respondí que me llamaba Claudio y, como para defenderme, que tenía dieciséis años. Inés hablaba muy bien francés. Me explicó que el “Monte Kemmel” donde vivía estaba cerca de la frontera con Francia y que, por este motivo y por la presencia de un monumento de la primera guerra mundial dedicado a los soldados franceses, había muchos turistas de este país que lo frecuentaban. Hablaba con mucho entusiasmo de su región. Mientras la escuchaba, la observé, ya era una mujer, joven y muy hermosa. Vestía pantalones cortos verdes y una blusa anaranjada muy apretada. Los botones amenazaban en cualquier momento con reventarse por la presión que ejercían sus pechos. Sus muslos ahusados que cruzaba muy alto me fascinaban literalmente, sudaba y no sabía hacia dónde dirigir mi mirada, para que no se diera cuenta. Pero no dejaba de hablar y parecía no prestar atención a la confusión que debía traicionar mi cara. Por suerte hicimos una parada técnica y pude precipitarme a los aseos.

La primera etapa fue Estrasburgo. Cuando bajé para cenar, vi que la muchacha estaba instalada con mi madre y mi tía en una mesa para cuatro personas.
—Hemos invitado a Inés a sentarse con nosotros, ya que está sola.
Al final de la cena, mi madre dijo:
—Sois jóvenes y la vieja Estrasburgo es preciosa, merece la pena. Salid a dar un paseo y tomar algo juntos, mi hermana y yo ya la conocemos y vamos a descansar. Mañana hay que madrugar.
La «Petite France» es el barrio más pintoresco y romántico del casco antiguo, sus canales negros reflejan estupendas casas blancas con entramado de madera, techos inclinados y balcones desbordantes de geranios rojos. Tomé a Inés de la mano, en el espejo del agua podíamos vernos, dos jóvenes que formaban una buena pareja, dos enamorados que paseaban al claro de luna. Tomamos una copa de gewurstraminer muy fresco en la terraza de una taberna a la orilla del canal. Me contó un poco más de ella, había concluido con gran éxito sus estudios secundarios y sus padres le habían regalado este viaje como recompensa. Una amiga debía acompañarla pero se enfermó el día antes de la salida, unas anginas que contrajo por el aire acondicionado. No había querido renunciar al viaje. Me declaró que se alegraba mucho de que pudiera viajar con nosotros, que éramos compañeros muy agradables. Después volvimos al hotel y la acompañé hasta su habitación, se despidió con una sonrisa y depositó un beso rápido sobre mis labios.

Éramos novios, lo establecía el código en nuestras escuelas de entonces. Seguimos el viaje, a menudo durante el recorrido buscaba la mano de Inés, bajo los ojos enternecidos de las dos hermanas. Más adelante, mi madre siempre favoreció mis relaciones amorosas, le bastaba conocer a la chica directamente o poder observarla discretamente en un salón de té de su elección adonde tenía que llevarla.
Juntos Inés y yo visitamos los palacios y museos deslumbrantes del “Bel Paese “. Era muy culta, conocía muy bien la historia y el arte en general, también yo era un aficionado, nuestros debates eran de expertos. Eso dejaba poco tiempo para las escenas románticas. Por la noche, después de cenar, mi madre nos mandaba fuera para que tuviéramos un poco más de intimidad.
Pero probad a salir en Italia con una chica rubia y bronceada que te enseña el mar cuando te mira; los machos italianos se desencadenaban y con ellos no hay códigos de respeto, todos hemos visto las películas neorealistas. Como competidor yo sería más bien un bárbaro invadiendo el imperio romano, tenía una estatura imponente pero no se puede negar que a las walkirias les gustaban a los kouros.

Una noche en Pisa estábamos sentados Inés y yo en un bar con baile. En esta época, por suerte, no se había inventado todavía la discoteca. La música rock apenas nacida gustaba mucho a ambos pero entonces no sabía bailar, después mi madre me inscribió en una escuela. Con los “slows” podía probar a moverme sobre la pista dejando que me llevase la música. Ines estaba hermosa, su pelo estaba recogido en una coleta, llevaba un pequeño vestido de vichy azul, el color de sus ojos, con la falda ancha y las enaguas blancas debajo que aparecían en cada pirueta que hacía.
Voi ballare con me? 
Me volví bruscamente, yo estaba mirando a Inés y no había visto a ese tío acercarse. Un joven italiano, grande, delgado, aceitunado, ojos negros y pelo rizado. No lo podía creer, era evidente que éramos novios y este antipático osaba preguntar eso. Inés me miró un instante con sus ojos chispeantes, giro la testa hacia el inoportuno y le dijo que sí.
La pequeña orquesta tocaba un rock cantado en italiano por un Elvis Presley local, el chico italiano se lanzó en un ritmo endiablado a un baile casi acrobático. Inés lo seguía ágilmente, daba vueltas sin parar, mientras sus faldas revoloteaban como en las películas roqueras. Estaba estupefacto y me quedé cautivado por la exhibición que daba la pareja. Un poco molesto también. Esperaba.
Después de tres bailes veloces, la orquesta siguió tocando “Love me tender”. Inés volvió exhausta y feliz.
—Bailas muy bien, —le dije alzándome.
—Gracias, —me respondió sonriendo, y se echó en mis brazos. Me besó largamente, sentí su lengua inserirse imperiosamente entre mis labios, la atraje hacia mí con tanta fuerza que percibía todas sus formas suntuosas en mi cuerpo.

El día después llegamos a la ciudad eterna. La primera noche nos quedamos en el hotel, todos queríamos descansar. Se llamaba “Villa del Parco“ y estaba en la via Nomentana, cerca de la villa Torlonia, residencia de Mussolini. Los jardines eran lujuriosos, los colores amarillentos de estos palacios resaltaban sobre el azul limpio del cielo romano, los pinos siempre presentes añadía un toque de verde elegante en este cuadro idílico. El paraíso.
Pero estaba lejos del centro, los dos latinistas que éramos Inés y yo, queríamos descubrir la Roma antigua, vivir Tito Livio y evocar a Julio César exactamente donde fue asesinado.  Mi madre y mi tía prefirieron dar un paseo por la ciudad en coche, el calor era agobiante. Felices con nuestra libertad, pasamos un día intenso aderezado por frecuentes intermedios amorosos. Nuestros cuerpos ya calientes se buscaban, aprovechábamos cada momento de intimidad para tocarnos, descubrirnos cada vez un poco más.
Por la tarde cenamos románticamente fuera, a la luz de una vela en un ristorante del barrio Trastevere. Muy cansados, decidimos volver al hotel, pero estábamos muy lejos y un taxi habría costado mucho.
—Quizás podemos hacer auto stop, —dijo Ines.
Vi una pequeña Fiat 600 con dos jóvenes a bordo, la interpelé, se pararon.
¿Che cosa vuoi? 
Expliqué en mi italiano elemental, que no sabíamos cómo ir a nuestro hotel, via Nomentana y que no teníamos dinero para tomar un taxi. El chico miró a Inés, sonrió, dio una ojeada a su compañero y dijo indicando la puerta de atrás:
Salite!
Nada más subir al coche, aunque la puerta no estaba cerrada, arrancó a toda velocidad, haciendo rechinar los neumáticos. Inés lanzo un grito. El tío sentado delante de ella en el asiento del pasajero se volvió hacia ella, ignorándome.
Ci divertiremo bella, non spaventarti.
No estaba tranquila para nada, el coche iba siempre a más velocidad y ya estábamos en una ancha avenida que parecía salir de la ciudad, vi que se llamaba Cristoforo Colombo. De repente vimos un coche policial que estaba parado antes de un semáforo rojo, el chico que conducía disminuyó la velocidad hasta pararse. No dudé, abrí la puerta y me precipité hacia los policías gritando: «¡Socorro, Socorro!».
Los policías, una pareja, se bajaron y pararon el coche de los dos chicos. Empezó un largo dialogo entre ellos, mientras Inés había salido también y estaba colgada a mi brazo. Dejaron que se fueran los chicos y la mujer preguntó en francés a Inés adonde queríamos ir, añadiendo que ellos nos llevarían al hotel.

El día siguiente dejamos Roma y este feo recuerdo para ir a Rimini donde teníamos que pasar algunos días en el mar.
Estábamos Inés y yo extendidos sobre una balsa que se movía a remo desde un pequeño muelle. Nos mecía un oleaje muy ligero aunque ya estuviéramos lejos de la playa. Inés tomaba el sol, estaba acostada sobre la espalda. Se había quitado la parte de arriba del bikini. Yo estaba a su lado, derecho, sobre el costado vuelto hacia ella. Ella tenía los ojos cerrados, yo podía mirarla. Su cuerpo era escultural, cada curva era como dibujada por Rodin. Siendo flamenca habría podido ser modelo de Rubens, pero no, mejor Canova, el equilibrio era perfecto.
Al bajar el sol volvimos a la playa. Seguí a Inés para reunirnos con mi madre y su hermana que leía bajo un parasol, Cuando mi tía me vi llegar se echó a reír.
—Parece que te hayas quemado, estás muy rojo, —dijo mi tía—, pero solo en el lado derecho.
Inés se dio la vuelta y se echó a reír también así que todos al final acabamos riéndonos a carcajadas.
Por la tarde cenamos en el hotel. Inés me dijo que no quería salir. La noche anterior había cancelado también nuestro paseo.
¿Qué pasaba? ¿El incidente romano, mi conducta ridícula esta tarde, se estaba cansando de mí? Hablé poco durante la cena y me despedí pronto alegando que tenía que curar mi quemadura solar. En la habitación, me desnudé lentamente ante el espejo y me puse de nuevo la crema. Mis pensamientos volvieron a la balsa, al cuerpo espléndido de Inés, a sus senos columpiándose al compás de las olas cuando se sentaba con las piernas en el agua, a su espalda bien arqueada, a la nuca frágil descubierta por su pelo recogido en un moño, a las caderas que marcaban la finura de su talle y a sus espléndidas nalgas con la sonrisa burlona de dos hoyuelos de Venus. Tuve una erección muy fuerte, como tantas veces en este viaje, me miré en el espejo, tenía un cuerpo de adolescente no demasiado musculoso, no me gustaban los deportes, pero era grande y bien proporcionado.
Alguien llamó a la puerta. Me acerqué.
—¿Quién es?
—Soy yo, —respondió bajito una voz inconfundible.
Entreabrí la puerta escondiéndome como podía. Apareció Inés vestida con una bata de baño apenas atada.
—Pasa, —dije, alguien habría podido verla.
Inés entró y yo cerré la puerta rápidamente. Ella me contempló impúdicamente, su bata se había abierto, su mata era rubia y rizada, ese triángulo que escondía todas las maravillas parecía desafiarme. Los ojos azules de Inés estaban fijados en los míos, su mirada era intensa, conquistadora. Dejó caer su bata, estaba desnuda para mí.


Jean Claude Fonder

A la sombra de las muchachas en flor

Con ocasión del aniversario del nacimiento de Marcel Proust, hace 146 años, querría evocar al autor de “En Busca del Tiempo Perdido”, uno de mis preferidos. He elegido un extracto de “A la sombra de las muchachas en flor” que se puede leer en español o en francés. Me gustan el carácter impresionista de las descripciones y los efectos que producen los sucesos en la sensibilidad, el pensamiento, la imaginación y la memoria del narrador.

Para completar el marco he añadido: 

  • Una conversación entre Borges y Bioy Casares sobre Proust
  • Hôtel Les Roches Noires (Trouville) de Claude Monet
  • Frédéric Chopin Ballade nº 1 por Vladimir Horowitz

 Jean Claude Fonder


Marcel Proust. “A la sombra de las muchachas en flor”.  (Extracto)

«…
Parecía como que la cuadrilla de mozas, que iba avanzando por el paseo cual luminoso cometa, estimara que aquella multitud que había alrededor se componía de seres de otra raza, de seres cuyo sufrir no les inspiraría sentimiento alguno de solidaridad, y hacían como que no veían a nadie, obligando a todas las personas paradas a apartarse lo mismo que cuando se viene encima una máquina sin gobierno y qué no se preocupa de choques con los transeúntes; a lo sumo cuando algún señor viejo, cuya existencia no admitían las jovenzuelas y cuyo contacto rehuían, escapaba con gestos de temor o indignación, precipitados o ridículos, se limitaban ellas a mirarse unas a otras, riéndose. No necesitaban afectar ningún desprecio por todo lo que no fuese su grupo, porque bastaba con su sincero desprecio. Pero no podían ver ningún obstáculo sin divertirse en saltárselo, tomando carrerilla o a pies juntos, porque estaban henchidas, rebosantes de esa juventud que es menester gastar en algo; tanto, que hasta cuando se está triste o malo, y obedeciendo más bien a las necesidades de la edad que al humor del día, no se deja pasar ocasión de dar un salto o echarse a resbalar sin aprovecharla concienzudamente, interrumpiendo así el lento paseo, sembrándolo de graciosos incidentes, en que se tocan virtuosismo y capricho, lo mismo que hace Chopin con la frase musical más melancólica. .La señora de un banquero ya muy viejo estuvo dudando en dónde colocar a su marido, y por fin lo sentó en su butaca plegable, dando cara al paseo, resguardado del aire y del sol por el quiosco de la música. Viéndolo ya bien instalado, acababa de marcharse en busca de un periódico para distraer con su lectura al esposo; estos cortos momentos en que lo dejaba solo, y que nunca duraban más de cinco minutos, cosa que a él le parecía mucho, los repetía la señora con bastante frecuencia, porque como deseaba prodigar a su viejo marido muchos cuidados y al propio tiempo disimularlos, de esa manera le daba la impresión de que aún se hallaba en estado de vivir como todo el mundo y no necesitaba protección. El quiosco de la música, al cual estaba arrimado el anciano, formaba una especie de trampolín natural y tentador; la primera muchacha de la cuadrilla echó a correr por el tablado de la música y dio un salto por encima del espantado viejo, rozándole la gorra con sus ágiles pies, todo ello con gran contentamiento de las otras muchachas, especialmente de unos ojuelos verdes pertenecientes a una cara de pepona, que expresaron ante aquel acto una admiración y alegría donde se me figuró a mí ver una cierta timidez vergonzosa y fanfarrona que no existía en las demás chiquillas. “¡Hay que ver ese pobre viejo, me da lástima, está medio cadáver va!”, dijo una de ellas con voz bronca y en tono semiirónico. Anduvieron unos pasos más y se pararon en conciliábulo, en medio del paseo, sin darse por enteradas de que estaban estorbando el paso, formando una masa irregular, compacta, insólita y vocinglera, al igual de los pájaros que se agrupan para echarse a volar; luego reanudaron su lento caminar a lo largo del paseo, dominando el mar.

Borges-Bioy Casares
1955

Martes, 14 de junio. Hablamos de Proust. Yo le dije que lo que me parecía muy acertado en Proust era la inseguridad de la posición -social, económica- de la gente. “En la primera parte de una frase -exageré- se insiste sobre la solidez de una persona; en la segunda parte, se muestra un precipicio por el que esa persona puede desmoronarse. Se muestra la fragilidad de las fortunas, de las posiciones sociales”. Borges: “Sí, está muy bien. Muestra los seres dependiendo unos de otros. Describe una sociedad en la que todo tiene importancia, en la que los seres pueden progresar o hundirse por acciones aparentemente intrascendentes. Pero la describe con perspicacia”. Bioy: “Una sociedad horrible frecuentemente es el tema de los novelistas franceses actuales, pero estos libros modernos dan una impresión de sordidez; Proust, no”. Borges: “En Proust siempre hay sol, hay luz, hay matices, hay sentido estético, hay alegría de vivir”.

Ahora ya habían dejado de ser confusas e indistintas sus encantadoras facciones. Las había yo repartido y aglomerado (a falta de nombres) alrededor de la mayor, la que saltó por encima del viejo banquero; una menudita, que destacaba sobre el fondo del mar sus carrillos frescos y llenos y sus ojos verdes; otra de tez morena y nariz muy recta, en fuerte contraste con sus compañeras; la tercera tenía la cara muy blanca, como un huevo, y la naricilla formaba un arco de círculo cual el pico de un polluelo –cara que suelen tener algunos jovencitos–; la cuarta era alta y se envolvía en una pelerina, cosa que le daba un aspecto de pobre y desmentía la elegancia de su tipo (tanto, que a mí no se me ocurrió más explicación sino que aquella muchacha debía de tener unos padres de buena posición y que ponían su amor propio muy por encima de los veraneantes de Balbec y de la elegancia del indumento de sus hijos, de modo que les era igual que la chica anduviera por el paseo vestida de una manera que hasta para gente insignificante hubiese resultado modesta); y, por último, una muchacha de mirar brillante y risueño, de mejillas llenas y sin brillo, con una especie de gorra de sport muy encasquetada; iba empujando una bicicleta con un meneo de caderas tan desmadejado, con tal facha y soltando tales vocablos de argot muy ordinarios, y a gritos, cuando pasé a su lado (sin embargo, distinguí entre sus palabras esa frase molesta de “vivir su vida”), que tuve que abandonar la hipótesis basada en la pelerina de su compañera, y llegué a la consecuencia de que esas chiquillas eran de ese público que va a los velódromos, probablemente jóvenes amigas de corredores ciclistas. Claro es que en ninguna de mis suposiciones entraba la, idea dé que fuesen muchachas decentes. A primera vista –en el insistente mirar de la que empujaba la bicicleta, en el modo que tenían de lanzarse ojeadas unas a otras riéndose– comprendí que no lo eran. Además, mi abuela había velado siempre sobre mí con tan timorata delicadeza, que yo llegué a creerme que todas las cosas que no deben hacerse forman un conjunto indivisible, y que unas muchachas que no respetan a la ancianidad es poco probable que se paren en obstáculos cuando se trate de placeres más tentadores que el de saltar por encima de un octogenario.
Ahora ya las había individualizado; pero, sin embargo, la réplica que se daban unas a otras con los ojos, animados por un espíritu de suficiencia y compañerismo, en los que se encendía de cuando en cuando una chispa de interés o de insolente indiferencia, según se posaran en una de las amigas o en un transeúnte, y esa consciencia de conocerse con bastante intimidad para ir siempre juntas, formando “grupo aparte” creaba entre sus cuerpos separados e independientes, según iban avanzando por el paseo, un lazo invisible, pero armonioso, como una misma sombra cálida o una misma atmósfera que los envolviera, y formaba con todos ellos un todo homogéneo en sus partes y enteramente distinto de la multitud por entre la cual atravesaba calmosamente la procesión de muchachas.

Por un momento, cuando pasé junto a la muchacha carrilluda que iba empujando la bicicleta, mis miradas se cruzaron con las suyas, oblicuas y risueñas, que salían del .fondo de ese mundo inhumano en que se desarrollaba la vida de la pequeña tribu, inaccesible tierra incógnita a la que no llegaría yo nunca y en donde jamás tendría acogida la idea de mi existencia. La muchacha, que llevaba, un sombrero de punto muy encasquetado, iba muy preocupada con la conversación de sus compañeras, y yo me pregunté si es que me había visto cuando se posó en mí el negro rayo que de su mirar salía. Si me había visto, ¿qué le habría parecido yo? ¿Desde qué remoto fondo de un desconocido universo me estaba mirando? Y no supe contestarme, como no sabe uno qué pensar cuando, gracias al telescopio, se nos aparecen determinadas particularidades en un astro vecino, respecto ala posibilidad de que esté poblado y de que sus habitantes nos vean, ni de la idea que de nosotros se formen.
Si pensáramos que los ojos de una muchacha no son más que brillantes redondeles de mica, no sentiríamos la misma avidez por conocer su vida y penetrar en ella. Pero nos damos cuenta de que lo que luce en esos discos de reflexión no proviene exclusivamente de su composición material; hay allí muchas cosas para nosotros desconocidas, negras sombras de las ideas que tiene esa persona de los seres y lugares que conoce –verdes pistas de los hipódromos, arena de los caminos, por donde me hubiese arrastrado, pedaleando a campo y a bosque traviesa, esta perimenudita, más seductora para mí que la del paraíso persa–, las sombras de la casa en donde va a penetrar ahora, los proyectos que hace o los proyectos que inspira; en esos redondeles de mica está ella, con sus deseos, sus simpatías, sus repulsiones, con su incesante y obscura, voluntad. Así, que sabía yo que, de no poseer todo lo que en sus ojos se encerraba, nunca poseería a la joven ciclista. De suerte que lo que me inspiraba deseo era su vida entera; deseo doloroso por lo que tenía de irrealizable, pero embriagador, porque lo –que entonces había sido mi vida dejó bruscamente de ser mi vida total y se transformó en una parte mínima del espacio que se extendía ante mí y que yo ansiaba recorrer, espacio formado por la vida de esas muchachas, que me ofrecía esa prolongación y multiplicación posibles de sí mismo que constituyen la felicidad. E indudablemente la circunstancia de que no hubiera entre nosotros ninguna costumbre – ni ninguna idea– común había de hacerme más difícil el poder llegar a tratarlas y ganarme su simpatía. Pero gracias precisamente a esas diferencias, a la conciencia de que no entraba en la manera de ser en los actos de aquellas chicas un solo elemento de los que yo conocía o poseía, fue posible que en mi espíritu la saciedad se cambiara en sed –sed tan ardiente como la de la tierra seca–, sed de una vida que mi alma absorbería ávidamente, a grandes sorbos, en perfectísima imbibición, justamente porque nunca había probado una gota de esa vida.
Tanto miré a la ciclista de los ojos brillantes, que pareció darse cuenta y dijo a la mayor de todas una frase que la hizo reír y que yo no entendí. En verdad, esta morena no era la que más me gustaba, cabalmente por ser morena, pues (desde el día en que vi a Gilberta en el sendero de Tansonville) fue para mí el inaccesible ideal una muchacha de pelo rojo y tez dorada. Pero también a Gilberta la quise porque se me apareció con la aureola de ser amiga de Bergotte e ir con él a ver catedrales. Y lo mismo ahora tenía motivo para regocijarme porque esta morena me había mirado (lo cual me hacía suponer que me sería más fácil entrar en relaciones con ella primero), pues así me presentaría a las demás, a la implacable chiquilla que saltó por encima del viejo, a la otra tan cruel que dijo: “¡Me da lástima ese pobre viejo!”, a todas aquellas muchachas de cuya inseparable amistad podía gloriarse. Y, sin embargo, la suposición de que algún día podría ser amigo de una de esas muchachas, que esos ojos cuyo desconocido mirar venía hasta mí algunas veces acariciándome sin saberlo, como rayo de sol que se posa en una pared, llegasen a dejar penetrar, por milagrosa alquimia, entre sus inefables parcelas la noción de mi existencia y hasta algún afecto, de que quizá alguna vez me fuera dado estar entre ellas, formar parte de la teoría que iba desarrollándose sobre el fondo que ponía el mar, me pareció suposición absurda; suposición que contuviese en sí una contradicción tan insoluble como si delante de un friso antiguo o de un fresco que figure el paso de una comitiva se me antojara posible el que yo, espectador, fuese a ocupar un sitio entre las divinas procesionantes, que me acogían con amor.
La felicidad de conocer a aquellas muchachas era cosa irrealizable. Bien es verdad que no era la primera felicidad de este género a que había yo renunciado. Bastaba con recordar las muchas desconocidas que, hasta en el mismo Balbec., me había hecho dejar atrás para siempre el coche que corría a toda velocidad. Y el placer que me causaba la bandada de mocitas, noble como si estuviera compuesta de vírgenes helénicas, provenía de que tenía algo de pasajero, como las muchachas que me encontraba en los caminos. Esa fugacidad de los seres que no conocemos y que nos obligan a separarnos de la vida habitual, donde ya llegamos a saber los defectos de las mujeres que en ella tratamos, nos pone en un estado de persecución en que no –hay nada que pueda parar la imaginación. Y quitar a nuestros placeres el lado imaginativo es reducirlo a la nada. Mucho menos me hubiesen encantado esas muchachas en caso de que alguna de esas celestinas que, como ya se vio, no desdeñaba yo siempre, me las hubiera ofrecido separadas del elemento que ahora las revestía de tantos matices y tal vaguedad. Es menester que la imaginación, avivada por la incertidumbre de si podrá lograr su objeto, invente una finalidad que nos tape la otra, y substituyendo al placer sensual la idea de penetrar en una vida humana, no nos deje reconocer ese placer, saborear su verdadero gusto ni reducirlo a sus justas proporciones.
Es menester que entre nosotros y ese pescado, pescado que en el caso de haberlo visto por primera vez servido en una mesa no nos parecería digno de las mil artimañas y rodeos que su captura requiere, se interponga en las tardes de pesca el remolino de la superficie del agua, en el que asoman, sin que nosotros sepamos a ciencia cierta para qué nos van a servir, una carne brillante y una forma indecisa entre la fluidez de un azul móvil y transparente.
A estas muchachas las favorecía también ese cambio de proporciones sociales característico de la vida de playa veraniega. Todas las preeminencias que en nuestro ambiente habitual nos sirven de prolongación y engrandecimiento se hacen invisibles ahora, se suprimen realmente, y en cambio los seres que, según suponemos nosotros, sin fundamento alguno, disfrutan de esas ventajas, se adelantan amplificados con falsa grandeza. Y por eso era muy fácil que unas desconocidas, en este caso las muchachas de la cuadrilla, adquirieran a mis ojos extraordinaria importancia y muy difícil que yo pudiese enterarlas de la importancia de mi persona.
…»


Marcel Proust. “A l’ombre des jeunes filles en fleurs”.  (Extrait)

« …
Telles que si, du sein de leur bande qui progressait le long de la digue comme une lumineuse comète, elles eussent jugé que la foule environnante était composée des êtres d’une autre race et dont la souffrance même n’eût pu éveiller en elles un sentiment de solidarité, elles ne paraissaient pas la voir, forçaient les personnes arrêtées à s’écarter ainsi que sur le passage d’une machine qui eût été lâchée et dont il ne fallait pas attendre qu’elle évitât les piétons, et se contentaient tout au plus, si quelque vieux monsieur dont elles n’admettaient pas l’existence et dont elles repoussaient le contact s’était enfui avec des mouvements craintifs ou furieux, précipités ou risibles, de se regarder entre elles en riant. Elles n’avaient à l’égard de ce qui n’était pas de leur groupe aucune affectation de mépris, leur mépris sincère suffisait. Mais elles ne pouvaient voir un obstacle sans s’amuser à le franchir en prenant leur élan ou à pieds joints, parce qu’elles étaient toutes remplies, exubérantes, de cette jeunesse qu’on a si grand besoin de dépenser même quand on est triste ou souffrant, obéissant plus aux nécessités de l’âge qu’à l’humeur de la journée, qu’on ne laisse jamais passer une occasion de saut ou de glissade sans s’y livrer consciencieusement, interrompant, semant sa marche lente — comme Chopin la phrase la plus mélancolique — de gracieux détours où le caprice se mêle à la virtuosité. La femme d’un vieux banquier, après avoir hésité pour son mari entre diverses expositions, l’avait assis, sur un pliant, face à la digue, abrité du vent et du soleil par le kiosque des musiciens. Le voyant bien installé, elle venait de le quitter pour aller lui acheter un journal qu’elle lui lirait et qui le distrairait, petites absences pendant lesquelles elle le laissait seul et qu’elle ne prolongeait jamais au delà de cinq minutes, ce qui lui semblait bien long, mais qu’elle renouvelait assez fréquemment pour que le vieil époux à qui elle prodiguait à la fois et dissimulait ses soins eût l’impression qu’il était encore en état de vivre comme tout le monde et n’avait nul besoin de protection. La tribune des musiciens formait au-dessus de lui un tremplin naturel et tentant sur lequel sans une hésitation l’aînée de la petite bande se mit à courir : elle sauta par-dessus le vieillard épouvanté, dont la casquette marine fut effleurée par les pieds agiles, au grand amusement des autres jeunes filles, surtout de deux yeux verts dans une figure poupine qui exprimèrent pour cet acte une admiration et une gaieté où je crus discerner un peu de timidité, d’une timidité honteuse et fanfaronne, qui n’existait pas chez les autres. « C’pauvre vieux y m’fait d’la peine, il a l’air à moitié crevé », dit l’une de ces filles d’une voix rogommeuse et avec un accent à demi ironique. Elles firent quelques pas encore, puis s’arrêtèrent un moment au milieu du chemin sans s’occuper d’arrêter la circulation des passants, en un conciliabule, un agrégat de forme irrégulière, compact, insolite et piaillant, comme des oiseaux qui s’assemblent au moment de s’envoler ; puis elles reprirent leur lente promenade le long de la digue, au-dessus de la mer.

Maintenant, leurs traits charmants n’étaient plus indistincts et mêlés. Je les avais répartis et agglomérés (à défaut du nom de chacune, que j’ignorais) autour de la grande qui avait sauté par dessus le vieux banquier ; de la petite qui détachait sur l’horizon de la mer ses joues bouffies et roses, ses yeux verts ; de celle au teint bruni, au nez droit, qui tranchait au milieu des autres ; d’une autre, au visage blanc comme un œuf dans lequel un petit nez faisait un arc de cercle comme un bec de poussin, visage comme en ont certains très jeunes gens ; d’une autre encore, grande, couverte d’une pèlerine (qui lui donnait un aspect si pauvre et démentait tellement sa tournure élégante que l’explication qui se présentait à l’esprit était que cette jeune fille devait avoir des parents assez brillants et plaçant leur amour-propre assez au-dessus des baigneurs de Balbec et de l’élégance vestimentaire de leurs propres enfants pour qu’il leur fût absolument égal de la laisser se promener sur la digue dans une tenue que de petites gens eussent jugée trop modeste) ; d’une fille aux yeux brillants, rieurs, aux grosses joues mates, sous un « polo » noir, enfoncé sur sa tête, qui poussait une bicyclette avec un dandinement de hanches si dégingandé, en employant des termes d’argot si voyous et criés si fort, quand je passai auprès d’elle (parmi lesquels je distinguai cependant la phrase fâcheuse de « vivre sa vie ») qu’abandonnant l’hypothèse que la pèlerine de sa camarade m’avait fait échafauder, je conclus plutôt que toutes ces filles appartenaient à la population qui fréquente les vélodromes, et devaient être les très jeunes maîtresses de coureurs cyclistes. En tous cas, dans aucune de mes suppositions, ne figurait celle qu’elles eussent pu être vertueuses. À première vue — dans la manière dont elles se regardaient en riant, dans le regard insistant de celle aux joues mates — j’avais compris qu’elles ne l’étaient pas. D’ailleurs, ma grand-mère avait toujours veillé sur moi avec une délicatesse trop timorée pour que je ne crusse pas que l’ensemble des choses qu’on ne doit pas faire est indivisible et que des jeunes filles qui manquent de respect à la vieillesse fussent tout d’un coup arrêtées par des scrupules quand il s’agit de plaisirs plus tentateurs que de sauter par-dessus un octogénaire.

Individualisées maintenant pourtant, la réplique que se donnaient les uns aux autres leurs regards animés de suffisance et d’esprit de camaraderie, et dans lesquels se rallumaient d’instant en instant tantôt l’intérêt, tantôt l’insolente indifférence dont brillait chacune, selon qu’il s’agissait de l’une de ses amies ou des passants, cette conscience aussi de se connaître entre elles assez intimement pour se promener toujours ensemble, en faisant « bande à part », mettaient entre leurs corps indépendants et séparés, tandis qu’ils s’avançaient lentement, une liaison invisible, mais harmonieuse comme une même ombre chaude, une même atmosphère, faisant d’eux un tout aussi homogène en ses parties qu’il était différent de la foule au milieu de laquelle se déroulait lentement leur cortège.

Un instant, tandis que je passais à côté de la brune aux grosses joues qui poussait une bicyclette, je croisai ses regards obliques et rieurs, dirigés du fond de ce monde inhumain qui enfermait la vie de cette petite tribu, inaccessible inconnu où l’idée de ce que j’étais ne pouvait certainement ni parvenir ni trouver place. Toute occupée à ce que disaient ses camarades, cette jeune fille coiffée d’un polo qui descendait très bas sur son front m’avait-elle vu au moment où le rayon noir émané de ses yeux m’avait rencontré. Si elle m’avait vu, qu’avais-je pu lui représenter ? Du sein de quel univers me distinguait-elle ? Il m’eût été aussi difficile de le dire que, lorsque certaines particularités nous apparaissent grâce au télescope, dans un astre voisin, il est malaisé de conclure d’elles que des humains y habitent, qu’ils nous voient, et quelles idées cette vue a pu éveiller en eux.

Si nous pensions que les yeux d’une telle fille ne sont qu’une brillante rondelle de mica, nous ne serions pas avides de connaître et d’unir à nous sa vie. Mais nous sentons que ce qui luit dans ce disque réfléchissant n’est pas dû uniquement à sa composition matérielle ; que ce sont, inconnues de nous, les noires ombres des idées que cet être se fait, relativement aux gens et aux lieux qu’il connaît — pelouses des hippodromes, sable des chemins où, pédalant à travers champs et bois, m’eût entraîné cette petite péri, plus séduisante pour moi que celle du paradis persan, — les ombres aussi de la maison où elle va rentrer, des projets qu’elle forme ou qu’on a formés pour elle ; et surtout que c’est elle, avec ses désirs, ses sympathies, ses répulsions, son obscure et incessante volonté. Je savais que je ne posséderais pas cette jeune cycliste si je ne possédais aussi ce qu’il y avait dans ses yeux. Et c’était par conséquent toute sa vie qui m’inspirait du désir ; désir douloureux, parce que je le sentais irréalisable, mais enivrant, parce que ce qui avait été jusque-là ma vie ayant brusquement cessé d’être ma vie totale, n’étant plus qu’une petite partie de l’espace étendu devant moi que je brûlais de couvrir, et qui était fait de la vie de ces jeunes filles, m’offrait ce prolongement, cette multiplication possible de soi-même, qui est le bonheur. Et, sans doute, qu’il n’y eût entre nous aucune habitude — comme aucune idée — communes, devait me rendre plus difficile de me lier avec elles et de leur plaire. Mais peut-être aussi c’était grâce à ces différences, à la conscience qu’il n’entrait pas, dans la composition de la nature et des actions de ces filles, un seul élément que je connusse ou possédasse, que venait en moi de succéder à la satiété, la soif — pareille à celle dont brûle une terre altérée — d’une vie que mon âme, parce qu’elle n’en avait jamais reçu jusqu’ici une seule goutte, absorberait d’autant plus avidement, à longs traits, dans une plus parfaite imbibition.

J’avais tant regardé cette cycliste aux yeux brillants qu’elle parut s’en apercevoir et dit à la plus grande un mot que je n’entendis pas, mais qui fit rire celle-ci. À vrai dire, cette brune n’était pas celle qui me plaisait le plus, justement parce qu’elle était brune, et que (depuis le jour où dans le petit raidillon de Tansonville, j’avais vu Gilberte) une jeune fille rousse à la peau dorée était restée pour moi l’idéal inaccessible. Mais Gilberte elle-même, ne l’avais-je pas aimée surtout parce qu’elle m’était apparue nimbée par cette auréole d’être l’amie de Bergotte, d’aller visiter avec lui les cathédrales. Et de la même façon ne pouvais-je me réjouir d’avoir vu cette brune me regarder (ce qui me faisait espérer qu’il me serait plus facile d’entrer en relations avec elle d’abord), car elle me présenterait aux autres, à l’impitoyable qui avait sauté par-dessus le vieillard, à la cruelle qui avait dit : « Il me fait de la peine, ce pauvre vieux » ; à toutes successivement, desquelles elle avait d’ailleurs le prestige d’être l’inséparable compagne. Et cependant, la supposition que je pourrais un jour être l’ami de telle ou telle de ces jeunes filles, que ces yeux, dont les regards inconnus me frappaient parfois en jouant sur moi sans le savoir comme un effet de soleil sur un mur, pourraient jamais par une alchimie miraculeuse laisser transpénétrer entre leurs parcelles ineffables l’idée de mon existence, quelque amitié pour ma personne, que moi-même je pourrais un jour prendre place entre elles, dans la théorie qu’elles déroulaient le long de la mer — cette supposition me paraissait enfermer en elle une contradiction aussi insoluble que si, devant quelque frise attique ou quelque fresque figurant un cortège, j’avais cru possible, moi spectateur, de prendre place, aimé d’elles, entre les divines processionnaires.

Claude Monet – Hotel Les Roches Noires (Trouville)

Le bonheur de connaître ces jeunes filles était-il donc irréalisable ? Certes ce n’eût pas été le premier de ce genre auquel j’eusse renoncé. Je n’avais qu’à me rappeler tant d’inconnues que, même à Balbec, la voiture s’éloignant à toute vitesse m’avait fait à jamais abandonner. Et même le plaisir que me donnait la petite bande, noble comme si elle était composée de vierges helléniques, venait de ce qu’elle avait quelque chose de la fuite des passantes sur la route. Cette fugacité des êtres qui ne sont pas connus de nous, qui nous forcent à démarrer de la vie habituelle où les femmes que nous fréquentons finissent par dévoiler leurs tares, nous met dans cet état de poursuite où rien n’arrête plus l’imagination. Or dépouiller d’elle nos plaisirs, c’est les réduire à eux-mêmes, à rien. Offertes chez une de ces entremetteuses que, par ailleurs, on a vu que je ne méprisais pas, retirées de l’élément qui leur donnait tant de nuances et de vague, ces jeunes filles m’eussent moins enchanté. Il faut que l’imagination, éveillée par l’incertitude de pouvoir atteindre son objet, crée un but qui nous cache l’autre, et en substituant au plaisir sensuel l’idée de pénétrer dans une vie, nous empêche de reconnaître ce plaisir, d’éprouver son goût véritable, de le restreindre à sa portée.

Il faut qu’entre nous et le poisson qui si nous le voyions pour la première fois servi sur une table ne paraîtrait pas valoir les mille ruses et détours nécessaires pour nous emparer de lui, s’interpose, pendant les après-midi de pêche, le remous à la surface duquel viennent affleurer, sans que nous sachions bien ce que nous voulons en faire, le poli d’une chair, l’indécision d’une forme, dans la fluidité d’un transparent et mobile azur.

Ces jeunes filles bénéficiaient aussi de ce changement des proportions sociales caractéristiques de la vie des bains de mer. Tous les avantages qui dans notre milieu habituel nous prolongent, nous agrandissent, se trouvent là devenus invisibles, en fait supprimés ; en revanche les êtres à qui on suppose indûment de tels avantages ne s’avancent qu’amplifiés d’une étendue postiche. Elle rendait plus aisé que des“inconnues, et ce jour-là ces jeunes filles, prissent à mes yeux une importance énorme, et impossible de leur faire connaître celle que je pouvais avoir.
…»

Frédéric Chopin Ballade nº 1 por Vladimir Horowitz

Jean Claude Fonder

Un poema de «El invierno a deshoras» de Valeria Correa Fiz

Valeria Correa Fiz a quien los lectores de esta pagina conocen bien por sus apreciadas columnas, ha publicado recientemente “El invierno a deshoras” (XI Premio Internacional de Poesía “Claudio Rodriguez», Editorial Hiperión 2017).
Su libro de relatos “La condición animal» (Páginas de Espuma, 2016) nos asombró, nos emocionó, encantó a todo el público por su fuerza, su despiadado análisis de la animalidad que sigue presidiendo el alma humana pero, en mi opinión, también por la expresión poética, que está siempre presente y es casi protagonista de la acción.
Sin duda, la autora de este maravilloso poemario es la misma Valeria que sigue sorprendiéndonos como poeta, lo que creo forma parte de su naturaleza, pero la narrativa aquí también se asoma y nos lleva a lo más profundo de las relaciones humanas.

 Jean Claude Fonder

EGON SCHIELE A SU HERMANA GERTI,
EN UN HOTEL EN TRIESTE, 1906

A Maria Chiara y Maddalena Antonini

Recuérdate, Hermana,
cómo eres,
cómo estás ahora
(blanca y tersa, igual que en mis sueños)
no en el fuego mas al inicio,
antes de la combustión que lo alimenta.
No es nuestra la culpa
sino del cielo y de sus ángeles,
severos pero inútiles halcones,
que no han sabido detener
ni derribar lo que el mundo llama
mi monstruosa incontinencia.

Todos mis pasos hacia tu carne
tienen la cadencia del artista
extraviado que soy
y el ritmo
enloquecido de saber que daré
con tus muslos en llamas.

Soy la huella de un animal desbocado y sus cadenas,
la baba de los belfos, el gusto a ceniza en tus labios.
Mi espada transparente te atraviesa, Hermana
(tu cuerpo adolescente, tus brazos de humo)
y te bendice.
Mis palabras apenas son humanas.

No quiero verte llorar en tus pensamientos ni en los ojos:
que sepas que nunca he tocado nada
de lo que en verdad tú eres.
Nadie toca jamás a nadie, no temas,
la carne es falsa esencia y por eso pintaré los cuerpos
desnudos, en marrón y descompuestos, retorcidos, en extrañas posturas complicadas:
la carne
(niebla, pozo oculto, muerto que avanza)
es un espejo que no importa, Hermana,
manifestación física,
un medio (¿un miedo?) de otra cosa,
que este mundo agosta y hace miserable.

Pero tú y yo, aquí
(los lobos, los signos, lo punzante de todas las miradas puertas afuera de este cuarto),
mientras oímos el ruido del mar, las cortinas que se mecen,
tu respiración junto a la mía,
inmóviles como los muertos
estamos
a salvo del mundo de los vivos.


Jean Claude Fonder

La boda

—¿Sustituirte?¿Para qué?

Juan es mi hermano gemelo. Somos iguales. Chicos, nos ocurría a menudo aprovechar esta asombrosa similitud para burlarnos de nuestros amigos y profesores. Hasta nuestros padres podíamos engañarles. Nos obligaban a vestirnos y peinarnos diferentemente para impedir estos chistes que divertían sobre todo a nosotros, pero al convertirse en adolescentes dejamos estos juegos pueriles para encontrar cada uno nuestra personalidad, buscar nuestro camino en la vida.

—¿Mañana? Mañana es el día de la boda, tu boda con Valentina. Tu quieres que me case en tu lugar. Sí, entiendo, que te sustituya, pero ¿por qué?

Marc Chagall. Les lumières du mariage.

Mañana Juan se casa con Valentina Flores de Malgas Moreno, una familia importante. Juan me ha invitado. Trabajo en nuestra embajada en el Vaticano. No conozco a su novia, pero he visto su foto en la prensa y me parece una mujer muy hermosa. ¿Qué me está tramando mi hermano otra vez?

— Lo sé que estás con Adriana, pero tienes que dejarla ¿no? ¿Una última noche en Paris? ¡Eres loco! Y soy yo que ti tiene que inventar una excusa para llegar retrasado a la fiesta que los padres de Valentina están organizando en su finca en Malaga. No lo puedo creer.

Entonces, llegué a Malaga el día anterior a la ceremonia y tomé una habitación en el gran Hotel Miramar. Juan me había enviado una foto suya y también una de su novia con todo lo que tenía que saber de ella. Por suerte, no la había frecuentado mucho durante el noviazgo, era un matrimonio de conveniencia. Juan vivía en Paris y Valentina en Malaga y a su familia le importaban respetar las costumbres en uso en el mundo aristocrático andaluz. Cuando encontré a mis padres en el hotel la mañana antes de la ceremonia era Juan, mi madre no tenía duda.

Entramos a la iglesia, mi madre con un vestido de seda azul oscuro y un sofisticado sombrero rosa con flores blancas, era majestuosa y yo, con traje de boda de lana gris, chaleco y corbata de de seda gris clara, parecía al principe heredero. Llegamos al altar, mi madre tomo sitio en la prima fila y me volté hacia la puerta para esperar a la novia al brazo de su padre. Mendelssohn solemne retumbaba en todo el edificio lleno de gente.

Valentina era una mujer encantadora. Su vestido blanco resaltaba en contraluz delante de la puerta de la iglesia. Su padre vestido todo de negro la acompañaba como si fuera el Gattopardo, y, con su falda acampanada de tul vaporoso, ella parecía deslizarse con elegancia hacia mi. Una delicada encaje transparente recubría su corpiño, sus espaldas y sus brazos  y dejaba entrever un escote generoso adornado con un precioso collar de oro. Se entregó a mi con una larga sonrisa.

Pronuncié el sí sin ningún hesitación, ella también y por fin nuestros cuerpos se conocieron en un beso largo, profundo y liberador.

El día después Juan llegó a medio día, pero ya estábamos en un avión que nos llevaba al final del mundo.


Jean Claude Fonder

El amante

—Me gusta verte caminar con las nalgas al aire— me dijo cuando me alcé para ir al baño.
En esta época me sorprendía que una mujer pudiera apreciar una parte de mi cuerpo y, sobre todo, decirlo. Era estudiante en la universidad libre de Bruselas, por las tardes solía jugar a las cartas, al whist por dinero, un juego parecido al bridge. Había siempre espectadores a nuestro alrededor. Un día se me acercó una chica por detrás. Observó mi juego durante un momento y luego me preguntó:
—¿Cuándo estás libre?
La miré un momento. Era guapa, pelo negro, labios pintados de rojo sangre.
—Cuando quieras, vendo mi lugar en la mesa a un compañero.
—Nos vemos en el bar La Esquina en un cuarto de hora— dijo, se alzó y salió. Llevaba una minifalda muy corta, una blusa blanca y sus zapatos de tacones marcaban sus pasos decididos.

Era el mejor jugador de nuestra mesa, no tuve problemas para encontrar un sustituto, así que salí y me fui a La Esquina, un bar vecino. Rosita estaba sentada con la piernas agresivamente cruzadas en una mesa un poco apartada. Se presentó y me invitó a sentarme a su izquierda en el banco. Estábamos muy apretados. Me preguntó qué quería beber, le dije: lo mismo que tú. Era un cóctel bastante fuerte. Sin preámbulos puso su mano sobre mi pierna y me besó en la boca como lo hacen los jóvenes adolescentes. Me dijo que le gustaba y que conocía un hotel cercano donde no preguntaban nada. Ya me estaba acariciando. Todo su cuerpo estaba tenso, invitándome.
Poco tiempo después entramos en la habitación. Apenas se cerró la puerta, me desabrochó el cinturón, me bajó los pantalones, los calzoncillos, me empujó hacia la cama, me cabalgó con la falda arremangada. No llevaba bragas.
El día después me dolía todo el cuerpo, habíamos follado hasta medianoche. Me había dicho poco sobre ella, solo que trabajaba en un bar para soldados y que hoy era su día libre, por lo que salía con quien quería. Durante algunos días no la vi, seguía jugando al Whist, ganando cada vez más. Un día me llamó el dueño del bar, me pasó el teléfono y dijo que una chica preguntaba por mí. Era Rosita, quería saber si podíamos vernos en el bar La Esquina. Respondí que sí.
La acompañaba una amiga, también ella vestida para salir, con un vestido super corto y pechos en bella vista. Rosita me besó en la boca y me la presentó:
—Se llama Juana, es una compañera, quería conocerte. ¿Vamos?
Juanita, también me besó en la boca y me tocó sin el más mínimo pudor.
—¡Que sí!— respondió ella, antes que pudiera reaccionar.
Encuentros así se sucedieron durante todo el año. A veces, Rosita venía sola, pero normalmente se traía una «compañera». Es más, una tarde se presentó una chica sola, Pilar. Guapa y vestida sexy, como siempre. También con ella, pocos preámbulos y estábamos en la cama del hotel, cuando entró Rosita histérica:
—Pili ¿cómo has podido?— y le pegó una cachetada.
Al final todo terminó con los inacabables revolcones juntos en la cama. Eran insaciables.
Al final del año académico, volví a Lieja. encontré al amor de mi vida y me casé. Durante la ceremonia en la catedral, la vi escondida detrás de una columna. Estaba llorando.


Jean Claude Fonder

La Valse de Camille Claudel

Conocí a Camille con la película de Bruno Nuytten: La pasión de Camille Claudel (1988) con Isabel Adjani y Gérard Depardieu. Isabel es una de mis actrices preferidas. La encarnación que hace de Camille es magnífica. Te transmite la pasión y la locura de esta mujer, moderna e incomprendida, por su arte y por el escultor genial que fue Rodin. Entre ambos surgió una tormentosa relación amorosa plagada de crisis y rupturas, similar a  la que mantuvieron Frida Kahlo y Diego Rivera.

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Apenas volví a Paris, fui a visitar el precioso Museo Rodin, una verdadera joya escondida en el VII distrito de Paris. El Hôtel Biron en el que residió Rodin, aloja hoy un pequeño y maravilloso museo. Aconsejo a todos que vayan a visitarlo. Están allí las principales obras de Rodin pero, sobre todo, nos impresionaron las obras de Camille, que eran numerosas. Expresaban mucho más que la pura belleza académica; eran pasión intensa y sufrimiento extremo. Una maravilla absoluta era “La Valse” que deseo presentar aquí.

En 1883, la joven y talentosa escultora Camille Claudel, que tenía 19 años, pasa a ser la alumna y la musa del escultor Auguste Rodin. Comparte su taller, participa activamente en  numerosas obras del maestro y mantiene con él una relación artística y amorosa apasionada y tumultuosa durante una quincena de años.

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En 1889, Rodin quiere dejarla (pero será ella la que lo deja finalmente en 1898). Se acerca al Art Nouveau, entonces en boga, realizando La Valse en varias versiones en el taller que comparte con él.

La obra original en yeso representa una pareja de bailarines de vals desnudos, amorosa y eróticamente abrazados en su pasión, llevados por su impulso en un núcleo representado por el movimiento del drapeado; la bailarina está colgada de su caballero, al borde de la ruptura de su equilibrio.

En 1892, el critico de arte Armand Dayot condena la obra en un informe a la dirección de las Bellas artes : «No se puede aceptar esta obra(…). El violento acento de realidad que surge de ella le prohíbe, a pesar de su incontestable valor, un lugar en una galería abierta al publico. El acercamiento de los sexos está representado con una sorprendente sensualidad en la expresión que exagera considerablemente la desnudez absoluta de todos los detalles humanos».  Jules Renard escribe a propósito de la obra « y este grupo de la Valse donde la pareja parece querer acostarse y terminar el baile  haciendo el amor». Camille rectifica entonces su creación vistiendo la bailarina hasta la cintura, para una versión más sensual que erótica. En 1893, Camille expone una nueva versión en yeso en el salón de pintura y de escultura de la sociedad nacional de Bellas artes.

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En 1905, una versión otra vez modificada en 1901, fueron realizados numerosos ejemplares en bronce por el fundidor y mercante de arte Eugène Blot.

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Después de su ruptura amorosa con Rodin, Camille Claudel pierde el equilibrio mental como se presagiaba, y se hunde rápidamente en la miseria y la paranoia (síndrome de Korsakoff). Después del fallecimiento de su padre, su hermano Paul Claudel la interna el 10 de marzo 1913, en el hospital de Ville-Évrard, luego en el centro hospitalario de Montfavet, donde muere 30 años más tarde en el olvido y la desocupación total.

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Hoy la genialidad y la grandeza de la obra de Camille Claudel está reconocida mundialmente. Un museo dedicado a ella será abierto el 26 de marzo 2017 en Nogent sur Marne en Francia:

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http://www.museecamilleclaudel.fr


Jean Claude Fonder

Paris-Austerlitz de Rafael Chirbes

He leído con mucho gusto esta novela póstuma, publicada por Anagrama, de Rafael Chirbes, también autor de “En la orilla”, novela que ya había apreciado.

A priori el tema introducido por el autor en las primeras paginas no es de los que me puedan interesar. Se trata de hacer la autopsia de una relación sentimental entre dos homosexuales de niveles sociales bastante dispares. Además uno después de la ruptura está infectado por el virus del sida.

Se empieza por el final de la relación, en un ambiente muy pesimista. Se necesita mucho ánimo para seguir leyendo, pero tengo que decir que el estilo intenso y directo de Chirbes te ayuda. Él reconstruye a pinceladas la historia de la relación, llevándonos progresivamente al entusiasmo del amor naciente y regalándonos un París que sabe mostrarse muy atractivo:

«El aire, la piedra, el cauce del Sena, nebuloso pastis disuelto en agua, el color de la ciudad de París durante semanas enteras, las fachadas gris perla, el gris de la neblina que se prolonga y envuelve el de muelles y puentes, monocromo, húmedo y obsesivo, hasta que, de pronto, el aire se fragmenta en infinidad de partículas, y los copos de nieve componen un cuadro puntillista

Rafael Chirbes mismo nos describe este proceso de reconstrucción positiva en algunas lineas:

«… eso que los psicólogos –no sé si también en el caso del fin de una relación sentimental– llaman el duelo, y que es la fase que precede al olvido, o a la fabricación de un recuerdo con sabor a caramelo, dulce melancolía del tiempo perdido.»

El grande realismo de esta historia, su aspecto claramente autobiográfico y su brevedad, casi la de un cuento, hace que para mi el balance sea muy positivo aunque el mundo de los gays, que acepto por supuesto completamente, no me inspira mucho, prefiero las relaciones heterosexuales.

Os dejo para concluir cambiando registro una sabrosa reflexión sobre la mujer que Chirbes pone en boca de sus protagonistas:

«–Una mujer necesita tener a alguien para quien arreglarse, ir a la peluquería, maquillarse, perfumarse. La compañía del hombre la vuelve femenina, la hace mujer: ella se entrega a alguien a quien cuidar: su hombre; alguien a quien lleva impecablemente vestido; para quien cocina y lava; cuyo vestuario mima: un hombre que lleve perfecta la ropa, bien planchada; y para quien elige el perfume que se mezcla con el olor de su piel viril. Por supuesto, va con él los domingos de paseo, a misa, a merendar en “un café. En Francia es así. Si no, ¿qué sentido tiene la vida de una mujer que se siente mujer? Y cuando el hombre la acaricia, la folla, la está llevando a la plenitud, porque ella confirma que lo ha seducido, que sus perfumes, sus maquillajes, pero también su cocina y su cuidado de la casa, y las atenciones hacia la persona, y el encanto de cuanto hace, han conseguido que el hombre caiga en la trampa femenina: la planta carnívora de la que tan difícil resulta escapar. Los españoles no entendéis estas cosas. Las mujeres de tu país, sobre todo las de la edad de mi madre, son de otra pasta. Las estrategias de seducción, la higiene y la cosmética les parecen cosas de puta. No son ellas las que retienen a los maridos a su lado, sino la costumbre, la vigilancia de los vecinos, los curas. Me lo han contado los compañeros españoles de la fábrica, me lo cuenta Jaime, aunque él salió de España muy pequeño. La pena es que mi madre ha elegido mal al hombre. Y por eso sufre.

–Michel, coño. Discúlpame –aquel día se lo podía decir, estábamos de buen humor–, pero es que tú hablas más bien de una puta retirada con su chulo. Veo en las películas, leo en las novelas o en la sección de sucesos del periódico las historias de esas mujeres saqueadas, golpeadas y despreciadas por tipos que, a continuación, les pellizcan las mejillas como si fueran sobrinitas, les tocan las tetas, las palmean en el culo, se tumban a su lado en la cama y se meten entre sus piernas, y sollozan y dicen no sé qué sería de mí sin ti, pichoncita mía, y ese ritual me parece asqueroso. Es la peor esclavitud: acudes a suplicar a la puerta de la habitación del maquereau que, después de que te da una paliza, hace como que se ha cansado de ti, y hace como que te abandona para subirte la tarifa (más exigencias económicas: mejor perfume, más camisas de seda bien planchadas, tabaco más caro y mejor loción de afeitar). Uno prefiere no pensar qué es lo que solicitan esas desgraciadas. Con qué las engancha el tipo, aparte de con el miedo. Ahí se cuece algo sin duda muy sucio. No pasa nada si uno vive solo. No se puede vivir sin agua, o sin aire, pero se puede vivir sin compañía. Una mujer puede vestirse y maquillarse sin necesidad de tener un espectador en exclusiva: la calle, el baile, el cine, el café y la iglesia son estupendos teatros repletos de espectadores, y más aquí en Francia, donde la mujer goza de libertad; y desde luego sigue siendo muy mujer aunque no soporte a un marido ni le planche la ropa interior ni le compre el perfume que combina con su sudor.»

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Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, 1949 –   2015). Es autor de las novelas Mimoun, En la lucha final, La buena letra, Los disparos del cazador, La larga marcha, La caída de Madrid (Premio de la Crítica Valenciana), Los viejos amigos (Premio Cálamo), Crematorio (Premio de la Crítica, Premio de la Crítica Valenciana, Premio Cálamo, Premio Dulce Chacón y con una adaptación televisiva de gran éxito), y En la orilla (Premio Nacional de Narrativa, Premio de la Crítica, Premio de la Crítica Valenciana, Premio Francisco Umbral, Premio ICON al Pensamiento), que fue seleccionada como mejor novela española del año por los suplementos culturales de El Mundo, El País y ABC, entre otros. También es autor de El novelista perplejo, El viajero sedentario, Mediterráneos y Por cuenta propia.

Foto © Philippe Matsas-OPALE


Jean Claude Fonder

El paraíso de las damas

En el periodo navideño todos consumimos, tanto los que pueden como los que no pueden. Celebramos, regalamos, consumimos mucho más de lo sostenible, una nueva religión de la que resulta tan difícil apostatar. No fue siempre así.

Una de mis lecturas preferidas (siempre me gustaron las obras gigantescas) es el ciclo de los “Rougon-Macquart” de Émile Zola. Se trata de 20 novelas que, a través de la historia de dos familias durante cinco generaciones, describen con la minucia y el talento de Zola la sociedad moderna que se desarrolla durante el Segundo Imperio en Francia. Cada novela nos presenta aspectos del sufrimiento de la clase obrera y de los excesos de la burguesía. Algunas son muy famosas, como La Curée/La jauría, Le Ventre de Paris/El vientre de París, L’Assommoir/La taberna, Nana / Nana, Pot-Bouille/Miseria humana, Germinal  y La Bête humaine/La bestia humana.  

El Para’so de las Damas

Au Bonheur des dames/El paraíso de las damas, también muy famosa, nos hace asistir al nacimiento de la sociedad de consumo, del gran comercio y de los grandes almacenes. Zola nos describe las novedades de este nuevo mundo: los precios baratos, las rebajas, las ventas por comisión, la publicidad y el fin de la especialización en favor de una aturdidora mezcla y acumulación de mercancías.

El paraíso de las damas es también una historia de amor, la de Denise Baudu, una joven huérfana que llega a París desde provincias y empieza a trabajar en este gran almacén. Los principios son muy difíciles para la muchacha, pero su carácter sereno, su bondad y su honestidad van consiguiendo que, poco a poco, vaya ascendiendo en el complicado organigrama de la empresa. Paralelamente a la historia de Denise y de su familia, la novela nos narra el ascenso y el triunfo de Octavio Mouret, el propietario de los grandes almacenes y antagonista de la pobre muchacha. A diferencia de la mayoría de las novelas del ciclo de los Rougon-Macquart, el desenlace de la historia no acaba con la derrota de los humildes y de los bondadosos a manos de los egoístas y de los poderosos.

Os adjunto un extracto del capitulo II de la obra en castellano y en francés. Podéis admirar como portada un cuadro de James Tissot – La demoiselle de magasin, 1885 y para quedarnos en el atmósfera de fiesta de este periodo un extracto de la “Vie Parisienne de Jacques Offenbach ilustrado con imágenes de la época.

 Jean Claude Fonder

James Tissot – La demoiselle de magasin, 1885


Émile Zola. “Au Bonheur des Dames”.  Extrait du chapitre II

au-bonheur-des-dames-couverture

«…
Presque tous les mois, Bouthemont allait ainsi en fabrique, vivant des journées à Lyon, descendant dans les premiers hôtels, ayant l’ordre de traiter les fabricants à bourse ouverte. Il jouissait d’ailleurs d’une liberté absolue, il achetait comme bon lui semblait, pourvu que, chaque année, il augmentât dans une proportion fixée d’avance le chiffre d’affaires de son comptoir ; et c’était même sur cette augmentation qu’il touchait son tant pour cent d’intérêt. En somme, sa situation, au Bonheur des Dames, comme celle de tous les chefs, ses collègues, se trouvait être celle d’un commerçant spécial, dans un ensemble de commerces divers, une sorte de vaste cité du négoce.
– Alors, c’est décidé, reprit-il, nous la marquons cinq francs soixante… Vous savez que c’est à peine le prix d’achat.
– Oui ! oui, cinq francs soixante, dit vivement Mouret, et si j’étais seul, je la donnerais à perte.
Le chef de rayon eut un bon rire.
– Oh ! moi, je ne demande pas mieux… Ça va tripler la vente, et comme mon seul intérêt est d’arriver à de grosses recettes…
Mais Bourdoncle restait grave, les lèvres pincées. Lui, touchait son tant pour cent sur le bénéfice total, et son affaire n’était pas de baisser les prix. Justement, le contrôle qu’il exerçait consistait à surveiller la marque, pour que Bouthemont, cédant au seul désir d’accroître le chiffre de vente, ne vendît pas à trop petit gain. Du reste, il était repris par ses inquiétudes anciennes, devant des combinaisons de réclame qui lui échappaient. Il osa montrer sa répugnance, en disant :
– Si nous la donnons à cinq francs soixante, c’est comme si nous la donnions à perte, puisqu’il faudra prélever nos frais qui sont considérables… On la vendrait partout à sept francs.
Du coup, Mouret se fâcha. Il tapa de sa main ouverte sur la soie, il cria nerveusement:
– Mais je le sais, et c’est pourquoi je désire en faire cadeau à nos clientes… En vérité, mon cher, vous n’aurez jamais le sens de la femme. Comprenez donc qu’elles vont se l’arracher, cette soie !
– Sans doute, interrompit l’intéressé, qui s’entêtait, et plus elles se l’arracheront, plus nous perdrons.
– Nous perdrons quelques centimes sur l’article, je le veux bien. Après ? le beau malheur, si nous attirons toutes les femmes et si nous les tenons à notre merci, séduites, affolées devant l’entassement de nos marchandises, vidant leur porte-monnaie sans compter ! Le tout, mon cher, est de les allumer, et il faut pour cela un article qui flatte, qui fasse époque. Ensuite, vous pouvez vendre les autres articles aussi cher qu’ailleurs, elles croiront les payer chez vous meilleur marché. Par exemple, notre Cuir-d’Or, ce taffetas à sept francs cinquante, qui se vend partout ce prix, va passer également pour une occasion extraordinaire, et suffira à combler la perte du Paris-Bonheur… Vous verrez, vous verrez !
Il devenait éloquent.
– Comprenez-vous ! je veux que dans huit jours le Paris-Bonheur révolutionne la place. Il est notre coup de fortune, c’est lui qui va nous sauver et qui nous lancera. On ne parlera que de lui, la lisière bleu et argent sera connue d’un bout de la France à l’autre… Et vous entendrez la plainte furieuse de nos concurrents. Le petit commerce y laissera encore une aile. Enterrés, tous ces brocanteurs qui crèvent de rhumatismes, dans leurs caves !
…»


Émile Zola. “El paraíso de las damas”. Extracto del capitulo II

« …
Casi todos los meses, Bouthemont visitaba las fábricas, pasaba días enteros en Lyón, se alojaba en los mejores hoteles y llevaba orden de tratar con los fabricantes sin andarse con cicaterías. Gozaba, por otra parte, de total libertad y podía comprar lo que le pareciera bien siempre y cuando incrementase en determinada proporción, establecida de antemano, la cifra de ventas de su departamento. E incluso era de ese incremento del que salía su porcentaje de participación en los beneficios. En resumidas cuentas, su posición en El Paraíso de las Damas, igual que la de los demás encargados, sus colegas, era la de un comerciante especializado dentro de un conjunto de comercios diversos, algo semejante a una dilatada ciudad de los negocios.
–Así que seguimos en lo dicho –añadió–. La marcamos a cinco sesenta… Ya sabe usted que es poco más del precio de compra.
–¡Sí, sí! ¡A cinco sesenta! –dijo vehementemente Mouret–. Y, si nadie dependiera de mí, la vendería perdiendo dinero.
El jefe de departamento se rió sin malicia.
–¡Por mí que no quede! Vamos a triplicar las ventas; y como lo que a mí me interesa es conseguir buenas recaudaciones…
Pero Bourdoncle seguía serio, con los labios fruncidos. El porcentaje que cobraba él se calculaba sobre los beneficios totales y no le convenían las rebajas. Era, precisamente, misión suya controlar qué precios se marcaban para que Bouthemont no se dejase llevar por el exclusivo deseo de incrementar las cifras de ventas y los fijase con un margen de ganancia excesivamente bajo. Por lo demás, al presenciar aquellos tejemanejes publicitarios, a cuya altura no se sentía, habían vuelto a apoderarse de él las anteriores preocupaciones. Atreviéndose a manifestar sus recelos, dijo:
–Si la ponemos a cinco sesenta, es como si perdiéramos dinero, porque tendremos que descontar los gastos, que son muy elevados… En cualquier otro sitio la marcarían a siete francos.
Tales palabras molestaron a Mouret. Dio una palmada a la seda y exclamó, nervioso:
–Ya lo sé, y por eso quiero hacerles ese regalo a nuestras clientes… Desde luego, amigo mío, que no tendrá usted nunca mano con las mujeres. ¿No se da cuenta de que se van a tirar de los pelos por esta seda?
–¡Por supuesto! –lo interrumpió el partícipe, obstinado–. Y cuanto más se tiren de los pelos más dinero perderemos nosotros.
–Perderemos unos pocos céntimos en este artículo, lo reconozco. ¿Y qué? ¿Dónde está el daño si atraemos a todas las mujeres, si las tenemos así a nuestra merced y conseguimos que pierdan el seso ante nuestras montañas de mercancías y vacíen los monederos sin llevar cuenta? Lo que hace falta, querido amigo, es encandilarlas; y para eso necesitamos un artículo que encuentre su punto flaco, que haga época. Luego ya podemos vender los demás artículos tan caros como en cualquier otra parte, porque estarán convencidas de que nosotros se los damos más baratos. Por ejemplo, nuestra Piel de Oro, ese tafetán de siete cincuenta que cuesta lo mismo en todas las tiendas, les parecerá también una ocasión extraordinaria y bastará para resarcirnos de las pérdidas de la París-Paraíso… ¡Ya verá, ya verá!
Se iba poniendo elocuente:
–¿No lo comprende? Quiero que dentro de ocho días la París-Paraíso revolucione el ramo. Es nuestra jugada de la suerte; va a ser nuestra salvación y nuestro lanzamiento. Todo el mundo hablará de lo mismo; el orillo azul y plata lo van a conocer de punta a punta de Francia… Y ya oirá usted cómo rabian y se quejan nuestros competidores. El pequeño comercio se dejará en esta empresa la poca salud que le queda. ¡Enterraremos a todos esos chamarileros que andan reventando de reuma en sus sótanos!
…»


Música «FRENCH CANCAN de La Vie Parisienne» de Jacques Offenbach 

Concepción video «Christine Glassant»


Jean Claude Fonder

C’était au temps où Bruxelles brusselait …

Il s’agit d’une phrase fameuse de la chanson de Jacques Brel: «Bruxelles».

J’étais de retour dans cette ville en des circonstances très tristes, et, je ne sais pourquoi  cette chanson me trottait constamment dans la tête.

Ceux qui la connaissent associent en général à la Belgique, et à Bruxelles en particulier, l’adjectif de joyeuse. Déjà Breughel représentait fréquemment les belges au cours de manifestations qui certes n’étaient pas tristes. En général les pays voisins, France, Hollande, Angleterre, … considèrent la Belgique comme une terre pour prendre du bon temps.

Bruxelles était également une terre de refuge, proche de Paris pour les français, mais aussi une ville bien agréable à vivre. On trouvera ci-après, deux textes de Rimbaud et Hugo qui ne tarissent pas d’éloges sur les charmes de cette ville malgré les circonstances pénibles qui motivaient leurs présences dans la capitale belge.

Bruxelles, aujourd’hui est une ville internationale, capitale de l’Europe et de tant d’autres organisations. Je notai lors de mon séjour la présence massive de tous les peuples du monde, souvent à la seconde ou troisième génération. Étrangement tous d’une certaine manière brusselaient, come le voulait Jacques Brel. Jamais quelques terroristes isolés ne pourront modifier cela.

Bruxelles toujours brusselera.


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Theo van Rysselberghe (Belga, 1862-1926) – Un après midi d’été (una tarde de verano)

«En la época en que Bruselas bruselaba…»

Se trata de una frase famosa de la canción de Jacques Brel: «Bruxelles».

De vuelta en esta ciudad en circunstancias muy tristes, no sé por qué esta canción me rondaba constantemente la cabeza.

Los que la conocen asocian Bélgica en general, y Bruselas en particular, al adjetivo “alegre”. Breughel ya representaba a menudo a los belgas durante eventos en los que claramente no estaban tristes. En general, los países vecinos como Francia, Holanda, Inglaterra,… consideran Bélgica como una tierra donde pasar un buen rato.

Bruselas fue también una tierra de refugio, próxima a Paris para los franceses; además era una ciudad muy agradable para vivir. He copiado más abajo dos textos de Rimbaud y de Hugo en los que no dejan de elogiar los encantos de esta ciudad, a pesar de las circunstancias penosas que motivaron su presencia en la capital belga.

Bruxelles es actualmente una ciudad internacional, capital de Europa y de tantas otras organizaciones. Noté durante mi permanecía allí la presencia masiva de todos los pueblos del mundo, a menudo de segunda o tercera generación. Extrañamente, todos en un cierto modo, bruselaban, como lo quería Jacques Brel. Jamás ningún terrorista aislado podrá modificar eso.

Bruselas siempre bruselerá.


En resumen aquí tienen:

  • Bruxelles de Jacques Brel (subtitulada en español)
  • Un après midi d’été (una tarde de verano) de Theo van Rysselberghe (1862-1926)
  • Bruxelles de Arthur Rimbaud (1854-1891) (bilingue)
  • Une nuit à Bruxelles de Victor Hugo (1802 – 1885) (bilingue)

 Jean Claude Fonder


Bruxelles de Arthur Rimbaud (1854-1891)

Plates-bandes d’amarantes jusqu’à
L’agréable palais de Jupiter.
– Je sais que c’est Toi qui, dans ces lieux,
Mêles ton bleu presque de Sahara !

Puis, comme rose et sapin du soleil
Et liane ont ici leurs jeux enclos,
Cage de la petite veuve !…
Quelles
Troupes d’oiseaux, ô ia io, ia io !…

– Calmes maisons, anciennes passions !
Kiosque de la Folle par affection.
Après les fesses des rosiers, balcon
Ombreux et très bas de la Juliette.

– La Juliette, ça rappelle l’Henriette,
Charmante station du chemin de fer,
Au coeur d’un mont, comme au fond d’un verger
Où mille diables bleus dansent dans l’air !

Banc vert où chante au paradis d’orage,
Sur la guitare, la blanche Irlandaise.
Puis, de la salle à manger guyanaise,
Bavardage des enfants et des cages.

Fenêtre du duc qui fais que je pense
Au poison des escargots et du buis
Qui dort ici-bas au soleil.
Et puis
C’est trop beau ! trop ! Gardons notre silence.

– Boulevard sans mouvement ni commerce,
Muet, tout drame et toute comédie,
Réunion des scènes infinie
Je te connais et t’admire en silence.

Bruselas

Arriates de amarantos hasta
el palacio encantador de Júpiter.
––Ya sé que eres Tú quien, aquí, mezcla
tu Azul que es casi un azul Sáhara.

Y, como abeto y rosa del sol
––y liana–– aquí encierran sus juegos,
¡jaula de la viudita….!
¡Qué vuelos
de pájaros, oh, la io, la io!…

––¡Mansas mansiones, pasas pasiones!
Kiosco de la Loca de afecciones.
Tras las vergas del rosal, balcones
umbríos y bajos de Julieta.

––La Julieta evoca la Enriqueta,
en el monte, una estación preciosa,
como en medio de una huerta umbrosa,
do un vuelo azul de duendes se posa.

Banco en el que la blanca Irlandesa
hoscos cielos canta en su guitarra.
Después, en la sala guayanesa
parloteo de niños y jaulas.

Ventana ducal; con ella pienso
en venenos de boj y babosas
dormidos aquí, en el sol.
Silencio:
¡no puedo con tanta cosa hermosa!

––Bulevar sin comercio y sin pasos,
mudo, lleno de drama y comedia,
teatro de multitud de escenas,
en silencio te conozco y te amo.


Une nuit à Bruxelles de Victor Hugo (1802 – 1885)

Aux petits incidents il faut s’habituer.
Hier on est venu chez moi pour me tuer.
Mon tort dans ce pays c’est de croire aux asiles.
On ne sait quel ramas de pauvres imbéciles
S’est rué tout à coup la nuit sur ma maison.
Les arbres de la place en eurent le frisson,
Mais pas un habitant ne bougea. L’escalade
Fut longue, ardente, horrible, et Jeanne était malade.
Je conviens que j’avais pour elle un peu d’effroi.
Mes deux petits-enfants, quatre femmes et moi,
C’était la garnison de cette forteresse.
Rien ne vint secourir la maison en détresse.
La police fut sourde ayant affaire ailleurs.
Un dur caillou tranchant effleura Jeanne en pleurs.
Attaque de chauffeurs en pleine Forêt-Noire.
Ils criaient : Une échelle ! une poutre ! victoire !
Fracas où se perdaient nos appels sans écho.
Deux hommes apportaient du quartier Pachéco
Une poutre enlevée à quelque échafaudage.
Le jour naissant gênait la bande. L’abordage
Cessait, puis reprenait. Ils hurlaient haletants.
La poutre par bonheur n’arriva pas à temps.
» Assassin ! – C’était moi. – Nous voulons que tu meures !
Brigand ! Bandit ! » Ceci dura deux bonnes heures.
George avait calmé Jeanne en lui prenant la main.
Noir tumulte. Les voix n’avaient plus rien d’humain ;
Pensif, je rassurais les femmes en prières,
Et ma fenêtre était trouée à coups de pierres.
Il manquait là des cris de vive l’empereur !
La porte résista battue avec fureur.
Cinquante hommes armés montrèrent ce courage.
Et mon nom revenait dans des clameurs de rage :
A la lanterne ! à mort ! qu’il meure ! il nous le faut !
Par moments, méditant quelque nouvel assaut,
Tout ce tas furieux semblait reprendre haleine ;
Court répit ; un silence obscur et plein de haine
Se faisait au milieu de ce sombre viol ;
Et j’entendais au loin chanter un rossignol.

Una noche en Bruselas 

A los pequeños incidentes necesitamos acostumbrarnos.
Ayer llegaron a mi casa para matarme.
En este país tendría que no creer en los refugios.
No sabemos a qué pandilla de pobres imbéciles
De repente en la noche se lanzó contra mi casa.
Los arboles de la plaza tuvieron escalofríos,
Pero ni un habitante se movió. La escalada
fue larga, ardiente, horrorosa, y Jeanne estaba enferma.
Reconozco que tenia por ella un poco de miedo.
Mis dos nietos, cuatro mujeres y yo,
Eran la guarnición de esta fortaleza.
Nadie llegó para socorrer la casa en peligro.
La policía estuvo sorda estando ocupada en otra parte.
Una piedra cortante rozó Jeanne en lagrimas.
Ataque de carboneros en medio de la Forêt-Noire.
Gritaban: Una escala ! una viga ! Victoria !
Alboroto en el que se perdían nuestros gritos sin eco.
Dos hombres traían del barrio Pachéco
Una viga sacada de algún andamiaje.
El amanecer molestaba la pandilla. El asalto
Se paraba, después retomaba. Gritaban jadeando.
La viga por suerte no llegó a tiempo.
» ¡Asesino! – Era yo. – ¡Te queremos muerto!
¡Ladrón ! ¡Bandido! » Esto duró dos horas largas.
George había tranquilizado Jeanne tomándole la mano.
Negro tumulto. Las voces ya no tenía nada de humano;
Pensativo, tranquilizaba las mujeres en oración,
Y mi ventana estaba agujereada con piedras.
Faltaban allá gritos de ¡viva el emperador!
La puerta resistió golpeada con furor.
Cincuenta hombres armados demostraron esta valentía.
Y mi nombre surgía en los clamores de rabia:
¡A la farola! ¡Muerte! ¡Que muera! ¡Lo queremos!
A veces, meditando algún nuevo asalto,
Este montón de furiosos parecía recobrar aliento;
Breve tregua; un silencio oscuro y lleno de odio
Ocurría en medio de esta siniestra invasión;
Y oía en la lejanía cantar un ruiseñor.


Jean Claude Fonder

El viejo y la muerte

La Muerte siempre me ronda.
Pienso en ella.
La imagino como un esqueleto que hace ruido de castañuelas cuando se mueve.
La música es de Saint-Saëns.
Está vestida con una larga capa blanca, lleva capucha y una guadaña.
Un día la encontré en México y bailamos.
Ahora la espero y no es una pesadilla.

Cuando escribí este relato corto pensaba en Jacques Brel y su preciosa canción «Les vieux». Si existiera un Nobel de la canción, Brel sería uno de mis candidatos imprescindibles, un autor poeta y un actor cantante: un verdadero bardo de los de antaño.

Pero no me veo en la piel de uno de sus personajes. Su visión es la de un joven que describe con una tierna crueldad a los viejos de su época. Los jóvenes, hasta que no se acercan a la vejez, temen la Muerte aunque no lo reconozcan. Para eso nacieron las religiones que prometen un después.

Prefiero con mucho el maravilloso personaje de Hemingway en su novela: «El viejo y el mar». Él no se rinde; sigue luchando, aunque, y no lo niega, su cuerpo ya no está a la altura y necesita la ayuda de un joven. Lucha con la mar y la llama en este modo porque la quiere. La mar que también representa la Muerte posible.

Como foto de portada he elegido un cuadro de Bernardo Strozzi, que se llama, en mi opinión erróneamente «Vanitas». Admiro la mujer representada que, sin temer a su edad, pone en relieve una belleza que desafía con osadía a las más jóvenes.

En resumen aquí tienen:

  • El viejo y el mar de Ernest Hemingway
  • Vanitas de Bernardo Strozzi
  • «Les vieux» de Jacques Brel con las letras en francés y en español
  • Saint-SaënsLe carnaval des animauxFossiles, interpretado por la Orquesta filarmónica de México & Fernando Lozano

 Jean Claude Fonder

Vanitas de Bernardo Strozzi


EL VIEJO Y EL MAR de Ernest Hemingway – extracto

Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el articulo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como un contendiente o un lugar, o aun un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al genero femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.

Remaba firme y seguidamente y no le costaba un esfuerzo excesivo porque se mantenía en su límite de velocidad y la superficie del océano era plana, salvo por los ocasionales remolinos de la corriente. Dejaba que la corriente hiciera un tercio de su trabajo y cuando empezó a clarear vio que se hallaba ya más lejos de lo que había esperado estar a esa hora.
“Durante una semana, –pensó–, he trabajado en las profundas hondonadas, y no hice nada. Hoy trabajaré allá donde están las manchas de bonitos y albacras y acaso haya un pez grande con ellos.”

Antes de que se hiciera realmente de día había sacado sus carnadas y estaba derivando con la corriente. Un cebo llegaba a una profundidad de cuarenta brazas. El segundo a sesenta y cinco y el tercero y el cuarto descendían allá hasta el agua azul a cien y ciento veinticinco brazas.

Cada cebo pendía cabeza abajo con el asta o tallo del anzuelo dentro del pescado que servía de carnada, sólidamente cosido y amarrado; toda la parte saliente del anzuelo, la curva y el garfio, estaba recubierta de sardinas frescas. Cada sardina había sido empalada por los ojos, de modo que hacían una semiguirnalda en el acero saliente: No había ninguna parte del anzuelo que pudiera dar a un gran pez la impresión de que no era algo sabroso y de olor apetecible.

El muchacho le había dado dos pequeños bonitos frescos, que colgaban de los sedales más profundos como plomadas, y en los otros tenía una abultada cojinúa y un cibele que habían sido usados antes, pero estaban en buen estado y las excelentes sardinas les prestaban aroma y atracción. Cada sedal, del espesor de un lápiz grande, iba enroscado a una varilla verdosa, de modo que cualquier tirón o picada al cebo haría sumergir la varilla; y cada sedal tenía dos adujas o rollos de cuarenta brazas que podían empatarse a los rollos de repuesto, de modo que, si era necesario, un pez podía llevarse más de trescientas brazas.

El hombre vio ahora descender las tres varillas sobre la borda del bote y remó suavemente para mantener los sedales estirados y a su debida profundidad. Era día pleno y el sol podía salir en cualquier momento.

El sol se levantó tenuemente del mar y el viejo pudo ver los otros botes, bajitos en el agua, y bien hacia la costa, desplegados a través de la corriente. El sol se tornó más brillante y su resplandor cayó sobre el agua; luego, al levantarse más en el cielo, el plano mar lo hizo rebotar contra los ojos del viejo, hasta causarle daño; y siguió remando sin mirarlo. Miraba al agua y vigilaba los sedales que se sumergían verticalmente en la tiniebla del agua. Los mantenía más rectos que nadie, de manera que a cada nivel en la tiniebla de la corriente hubiera un cebo esperando exactamente donde él quería que estuviera por cualquier pez que pasara por allí. Otros los dejaban correr a la deriva con la corriente y a veces estaban a sesenta brazas cuando los pescadores creían que estaban a cien.

“Pero –pensó el viejo– yo los mantengo con precisión. Lo que pasa es que ya no tengo suerte. Pero ¿quien sabe? Acaso hoy. Cada día es un nuevo día. Es mejor tener suerte. Pero yo prefiero ser exacto. Luego, cuando venga la suerte, estaré dispuesto.”

El sol estaba ahora a dos horas de altura y no le hacía tanto daño a los ojos mirar al este. Ahora sólo había tres botes a la vista y lucían muy bajo y muy lejos hacia la orilla.

“Toda mi vida me ha hecho daño en los ojos el sol naciente –pensó–. Sin embargo, todavía están fuertes. Al atardecer puedo mirarlo de frente sin deslumbrarme. Y por la tarde tiene más fuerza. Pero por la mañana es doloroso.”

Justamente entonces vio una de esas aves marinas llamadas fragatas con sus largas alas negras girando en el cielo sobre él. Hizo una rápida picada, ladeándose hacia abajo, con sus alas tendidas hacia atrás, y luego siguió girando nuevamente.

–Ha cogido algo –dijo en voz alta el viejo–. No sólo está mirando.

Remó lentamente y con firmeza hacia donde estaba el ave trazando círculos. No se apuro y mantuvo los sedales verticalmente. Pero había forzado un poco la marcha a favor de la corriente, de modo que todavía estaba pescando con corrección, pero más lejos de lo que hubiera pescado si no tratara de guiarse por el ave.

El ave se elevó más en el aire y volvió a girar sus alas inmóviles. Luego picó de súbito y el viejo vio una partida de peces voladores que brotaban del agua y navegaban desesperadamente sobre la superficie.

–Dorados –dijo en voz alta el viejo–. Dorados grandes.

Montó los remos y saco un pequeño sedal de debajo de la proa. Tenía un alambre y un anzuelo de tamaño mediano y lo cebo con una de las sardinas. Lo soltó por sobre la borda y luego lo amarró a una argolla a popa. Luego cebó el otro sedal y lo dejó enrollado a la sombra de la proa. Volvió a remar y a mirar al ave negra de largas alas que ahora trabajaba a poca altura sobre el agua,

Mientras él miraba, el ave picó de nuevo ladeando sus alas para el buceo y luego salió agitándolas fiera y fútilmente siguiendo a los peces voladores. El viejo podía ver la leve comba que formaba en el agua el dorado grande siguiendo a los peces fugitivos. Los dorados corrían, disparados, bajo el vuelo de los peces y estarían, corriendo velozmente, en el lugar donde cayeran los peces voladores. Es un gran bando de dorados, pensó. Están desplegados ampliamente: pocas probabilidades de escapar tienen los peces voladores. El ave no tiene chance. Los peces voladores son demasiado grandes para ella, y van demasiado velozmente.

El hombre observó cómo los peces voladores irrumpían una y otra vez y los inútiles movimientos del ave. “Esa mancha de peces se me ha escapado –pensó–. Se están alejando demasiado rápidamente, y van demasiado lejos. Pero acaso coja alguno extraviado, y es posible que mi pez grande esté en sus alrededores. Mi pescado grande tiene que estar en alguna parte.”

Les Vieux -Jacques Brel- Subtitulada

Les vieux ne parlent plus
ou alors seulement parfois
du bout des yeux
Même riches ils sont pauvres,
ils n’ont plus d’illusions
et n’ont qu’un cœur pour deux
Chez eux ça sent le thym,
le propre, la lavande
et le verbe d’antan
Que l’on vive à Paris
on vit tous en province
quand on vit trop longtemps
Est-ce d’avoir trop ri
que leur voix se lézarde
quand ils parlent d’hier
Et d’avoir trop pleuré
que des larmes encore
leur perlent aux paupières
Et s’ils tremblent un peu
est-ce de voir vieillir
la pendule d’argent
Qui ronronne au salon,
qui dit oui qui dit non,
qui dit : je vous attends
.
Les vieux ne rêvent plus,
leurs livres s’ensommeillent,
leurs pianos sont fermés
Le petit chat est mort,
le muscat du dimanche
ne les fait plus chanter
Les vieux ne bougent plus
leurs gestes ont trop de rides
leur monde est trop petit
Du lit à la fenêtre,
puis du lit au fauteuil
et puis du lit au lit
Et s’ils sortent encore
bras dessus bras dessous
tout habillés de raide
C’est pour suivre au soleil
l’enterrement d’un plus vieux,
l’enterrement d’une plus laide
Et le temps d’un sanglot,
oublier toute une heure
la pendule d’argent
Qui ronronne au salon,
qui dit oui qui dit non,
et puis qui les attend
.
Les vieux ne meurent pas,
ils s’endorment un jour
et dorment trop longtemps
Ils se tiennent par la main,
ils ont peur de se perdre
et se perdent pourtant
Et l’autre reste là,
le meilleur ou le pire,
le doux ou le sévère
Cela n’importe pas,
celui des deux qui reste
se retrouve en enfer
Vous le verrez peut-être,
vous la verrez parfois
en pluie et en chagrin
Traverser le présent
en s’excusant déjà
de n’être pas plus loin
Et fuir devant vous
une dernière fois
la pendule d’argent
Qui ronronne au salon,
qui dit oui qui dit non,
qui leur dit : je t’attends
Qui ronronne au salon,
qui dit oui qui dit non
et puis qui nous attend.
Los viejos ya no hablan
o en todo caso sólo a veces
con el rabillo del ojo.
Aunque sean ricos son pobres,
.
ya no tienen ilusiones
y sólo tienen un corazón para dos.
.
En su casa huele a tomillo,
a limpio, a lavanda
y a verbo de antes.
Aún viviendo en París
vivimos todos en provincias
cuando vivimos demasiado tiempo.
¿Es por haber reído demasiado
que su voz se agrieta
cuando hablan del ayer?
¿Y por haber llorado demasiado
que hay lágrimas todavía
que perlan sus mejillas?
Y si tiemblan un poco
¿es por ver envejecer
el péndulo de plata
que ronronea en el salón,
que dice sí, que dice no,
que dice: os espero?
.
Los viejos ya no sueñan,
sus libros se adormecen,
sus pianos están cerrados
El gatito está muerto,
el moscatel del domingo
ya no les hace cantar.
Los viejos ya no se mueven,
sus gestos tienen demasiadas arrugas,
su mundo es demasiado pequeño.
De la cama a la ventana,
luego de la cama al sofá
y luego de la cama a la cama.
Y si salen aún
cogidos del brazo,
vestidos de arrugas,
es para seguir bajo el sol
el entierro de uno más viejo,
.
el entierro de una más fea.
.
Y el tiempo de un sollozo
olvidar por una hora
el péndulo de plata
que ronronea en el salón,
que dice sí, que dice no,
y que les espera.
.
Los viejos no mueren,
se duermen un día
y duermen mucho tiempo.
Se cogen de la mano,
temen perderse
y se pierden no obstante.
Y el otro se queda ahí,
el mejor o el peor,
el dulce o el severo.
Eso no importa,
el que queda de los dos
se halla en el infierno.
Lo verás tal vez,
la verás a veces
lleno de lluvia y tristeza
atravesando el presente
excusándose ya
de no estar más lejos.
Y huir frente a ti
una última vez
del péndulo de plata
que ronronea en el salón,
que dice sí, que dice no,
que les dice: te espero.
Que ronronea en el salón,
que dice sí, que dice no,
y que nos espera.

Saint-Saëns – Le carnaval des animaux – Fossiles


Jean Claude Fonder

Une vie de Guy de Maupassant

«Era como un retrato del Veronese, con aquella cabellera de un rubio resplandor que parecía haberle desteñido en la piel, una piel de aristócrata, tintada apenas de rosa, que sombreaba un sutil vello semejante a un pálido terciopelo que la caricia del sol permitía vislumbrar. Los ojos eran azules, de ese azul opaco de los muñecos de porcelana holandeses.
En la aleta izquierda de la nariz tenía un lunar pequeño; y otro a la derecha, en la barbilla, del que nacían unos rizosos pelillos tan semejantes a la piel que apenas si se notaban. Era alta, de pechos maduros y flexible talle. La voz, clara, parecía a veces aguda en exceso; pero su franca risa alegraba cuanto tenía alrededor. Solía, con un ademán que le era habitual, llevarse ambas manos a las sienes como si quisiera atusarse el pelo.» 

Guy de Maupassant. “Una vida”, traducción de María Teresa Gallego Urrutia

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.

UNE VIE de STÉFANE BRIZÉ

adaptación

de la novela de

Guy de Maupassant

.

Se trata de la vida de Jeanne, la protagonista de esta cinta basada en la primera novela de Guy de Maupassant, escrita en 1883, cuando era ya un escritor de renombre por sus cuentos. Tolstoi decía de ella que era no sólo, y sin comparación, la mejor novela de Maupassant, sino  también la mejor novela francesa después de Los miserables. En ella se describe la vida de una mujer atrapada en un mundo de arcaicas convenciones -regidas por el dinero, los títulos y los hombres- y destinada a sufrir con pasividad los embates de la familia, la religión, el matrimonio, la maternidad, e incluso los provenientes de «instituciones» más amorales como las amantes de los maridos. Una vida que podría ser la de cualquier mujer de su época o quizás también de la nuestra con pocas adaptaciones a la realidad que vivimos. Filosóficamente Rosalie,  hermana de leche de Jeanne y también su criada, pronuncia la última frase del libro, un homenaje al gran Flaubert: «La vida nunca es ni tan buena ni tan mala como creemos».

Esta es también la última frase de la película de Stéfane Brizé. Una de las tantas que vi entre las del festival de Venecia. Una película extraordinaria que este director elaboró a lo largo de 20 años. No conocía esta novela a pesar de haber leído muchos cuentos de Maupassant, que reconozco es uno de mis autores preferidos.
Así que he decidido leerla, y una vez más se cumple la regla general: la novela es mejor. Aun así tengo que decir que Brizé ha realizado una de las mejores adaptaciones al cine que haya visto. Manipula con maestría flashback, elipsis, y sobre todo un encuadre muy cercano en un formato casi cuadrado para traducir al lenguaje cinematográfico lo que describe el autor con sus recursos literarios.

Os propongo aquí el principio de la novela en francés y en español, y para completar el cuadro, dos pinturas y una interpretación musical:

  • Une vie de Guy de Maupassant
  • Una vida de Guy de Maupassant (traducción de María Teresa Gallego Urrutia)
  • La Belle Nani de Paolo Veronese
  • Mujeres en el jardín de Claude Monet
  • La mer de Claude Debussy interpretado por Claudio Abbado y el orquesta del Festival de Lucerne

 Jean Claude Fonder

La Belle Nani. Paolo Veronese. Paris 1560

La Belle Nani. Paolo Veronese Paris 1560.


UNE VIE de Guy de Maupassant –  Début du premier chapitre.

«Jeanne, ayant fini ses malles, s’approcha de la fenêtre, mais la pluie ne cessait pas.
L’averse, toute la nuit, avait sonné contre les carreaux et les toits. Le ciel bas et chargé d’eau semblait crevé, se vidant sur la terre, la délayant en bouillie, la fondant comme du sucre. Des rafales passaient pleines d’une chaleur lourde. Le ronflement des ruisseaux débordés emplissait les rues désertes où les maisons, comme des éponges, buvaient l’humidité qui pénétrait au-dedans et faisait suer les murs de la cave au grenier.
Jeanne, sortie la veille du couvent, libre enfin pour toujours, prête à saisir tous les bonheurs de la vie dont elle rêvait depuis si longtemps, craignait que son père hésitât à partir si le temps ne s’éclaircissait pas, et pour la centième fois depuis le matin elle interrogeait l’horizon.
Puis elle s’aperçut qu’elle avait oublié de mettre son calendrier dans son sac de voyage. Elle cueillit sur le mur le petit carton divisé par mois, et portant au milieu d’un dessin la date de l’année courante 1819 en chiffres d’or. Puis elle biffa à coups de crayon les quatre premières colonnes, rayant chaque nom de saint jusqu’au 2 mai, jour de sa sortie du couvent.
Une voix, derrière la porte, appela: «Jeannette!»
Jeanne répondit: «Entre, papa.» Et son père parut.
Le baron Simon-Jacques Le Perthuis des Vauds était un gentilhomme de l’autre siècle, maniaque et bon. Disciple enthousiaste de J.-J. Rousseau, il avait des tendresses d’amant pour la nature, les champs, les bois, les bêtes.
Aristocrate de naissance, il haïssait par instinct quatre-vingt-treize; mais philosophe par tempérament, et libéral par éducation, il exécrait la tyrannie d’une haine inoffensive et déclamatoire.
Sa grande force et sa grande faiblesse, c’était la bonté, une bonté qui n’avait pas assez de bras pour caresser, pour donner, pour étreindre, une bonté de créateur, éparse, sans résistance, comme l’engourdissement d’un nerf de la volonté, une lacune dans l’énergie, presque un vice.
Homme de théorie, il méditait tout un plan d’éducation pour sa fille, voulant la faire heureuse, bonne, droite et tendre.
Elle était demeurée jusqu’à douze ans dans la maison, puis, malgré les pleurs de la mère, elle fut mise au Sacré-Coeur.
Il l’avait tenue là sévèrement enfermée, cloîtrée, ignorée et ignorante des choses humaines. Il voulait qu’on la lui rendît chaste à dix-sept ans pour la tremper lui-même dans une sorte de bain de poésie raisonnable; et, par les champs, au milieu de la terre fécondée, ouvrir son âme,
dégourdir son ignorance à l’aspect de l’amour naïf, des tendresses simples des animaux, des lois sereines de la vie.
Elle sortait maintenant du couvent, radieuse, pleine de sèves et d’appétits de bonheur, prête à toutes les joies, à tous les hasards charmants que dans le désœuvrement des jours, la longueur des nuits, la solitude des espérances, son esprit avait déjà parcourus.
Elle semblait un portrait de Véronèse avec ses cheveux d’un blond luisant qu’on aurait dit avoir déteint sur sa chair, une chair d’aristocrate à peine nuancée de rose, ombrée d’un léger duvet, d’une sorte de velours pâle qu’on apercevait un peu quand le soleil la caressait. Ses yeux étaient bleus, de ce bleu opaque qu’ont ceux des bonshommes en faïence de Hollande.
Elle avait, sur l’aile gauche de la narine, un petit grain de beauté, un autre à droite, sur le menton, où frisaient quelques poils si semblables à sa peau qu’on les distinguait à peine. Elle était grande, mûre de poitrine, ondoyante de la taille. Sa voix nette semblait parfois trop aiguë; mais son rire franc jetait de la joie autour d’elle. Souvent, d’un geste familier, elle portait ses deux mains à ses tempes comme pour lisser sa chevelure,
Elle courut à son père et l’embrassa, en l’étreignant: “Eh bien, partons-nous?» dit-elle.
… »

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Claude Monet. Mujeres en el jardín. 1866.


UNA VIDA de Guy de Maupassant –  Inicio del primero capitulo.

«Jeanne, que ya había acabado de hacer los baúles, fue a mirar por la ventana, pero la lluvia seguía cayendo.
Toda la noche había estado sonando el aguacero contra los cristales y los tejados. Era como si hubiera reventado el cielo, bajo y grávido de agua, y se estuviese vaciando sobre la tierra, diluyéndola hasta convertirla en papilla, deshaciéndola igual que si fuera azúcar. Pasaban ráfagas cargadas de bochorno. El retumbar de los arroyos desbordados llenaba las calles desiertas; las casas chupaban como esponjas aquella humedad que se les metía dentro y, del sótano al desván, hacía rezumar las paredes.
Con aquélla, eran cien las veces que, desde por la mañana, temerosa de que su padre no se decidiese a emprender la marcha si el tiempo seguía metido en agua, había examinado el horizonte Jeanne, que había salido del convento la víspera, libre al fin para siempre, dispuesta a hacer suyas todas las dichas de la vida con las que llevaba tanto tiempo soñando.
Se dio cuenta, luego, de que se le había olvidado guardar el calendario en el bolso de viaje. Quitó de la pared la cartulina dividida en meses, que mostraba, en el centro de un dibujo, los dorados números del año en curso: 1819. Tachó luego con un lapicero las cuatro primeras columnas, tapando con una raya los nombres del santoral hasta llegar al 2 de mayo, día en el que había dejado el convento.
Una voz dijo detrás la puerta:
–¡Jeannette!
Jeanne respondió:
–¡Pasa, papá!
Y su padre entró.
El barón Simon-Jacques Le Perthuis des Vauds era un hidalgo del siglo anterior, maniático y bondadoso. Como discípulo entusiasta de Jean-Jacques Rousseau, profesaba una ternura de amante a la naturaleza, los campos, los bosques, los animales.
Por su raigambre aristocrática, le inspiraban instintivo odio las ideas de 1793; mas, de temperamento filosófico y formación liberal, aborrecía la tiranía con inofensiva y declamatoria abominación.
La bondad era su gran fuerza y su gran debilidad: una bondad cuyos brazos no daban abasto para acariciar, dar y abarcar; una bondad de creador, dispersa, sin firmeza, como si tuviera embotado uno de los nervios de la voluntad, semejante a un fallo de la energía, casi un vicio.
Siendo hombre dado a las teorías, tenía pensado todo un programa de educación para su hija, a la que quería ver dichosa, buena, recta y tierna.
Había crecido ésta hasta los doce años en el hogar; la habían metido, luego, interna en el Sagrado Corazón pese a las lágrimas de su madre.
El padre la había mantenido en tan severo encierro conventual, enclaustrada, ignorada e ignorante de los hechos de los hombres. Quería que se la devolviesen casta a los diecisiete años para templarla luego personalmente sumergiéndola en una suerte de baño de sensata poesía; llevarla al campo para abrirle el alma junto a la tierra fecundada y desembotar su ignorancia mostrándole el amor ingenuo, los sencillos afectos de los animales, las serenas leyes de la vida.
Salía Jeanne ahora del convento radiante y pletórica de savias y apetitos de dicha, lista  para todas las alegrías, para todos los adorables azares que ya había recorrido con el pensamiento durante ociosos días, prolongadas noches, aisladas esperanzas.
Era como un retrato del Veronese, con aquella cabellera de un rubio resplandor que parecía haberle desteñido en la piel, una piel de aristócrata, tintada apenas de rosa, que sombreaba un sutil vello semejante a un pálido terciopelo que la caricia del sol permitía vislumbrar. Los ojos eran azules, de ese azul opaco de los muñecos de porcelana holandeses.
En la aleta izquierda de la nariz tenía un lunar pequeño; y otro a la derecha, en la barbilla, del que nacían unos rizosos pelillos tan semejantes a la piel que apenas si se notaban. Era alta, de pechos maduros y flexible talle. La voz, clara, parecía a veces aguda en exceso; pero su franca risa alegraba cuanto tenía alrededor. Solía, con un ademán que le era habitual, llevarse ambas manos a las sienes como si quisiera atusarse el pelo.
Corrió hacia su padre, lo besó y lo abrazó:
–¿Qué? ¿Nos vamos? –preguntó.
…»


Claude Debussy: La Mer (Lucerne Festival Orchestra, Claudio Abbado)

La Mer – Trois esquisses symphoniques

I. De l’aube à midi sur la mer. Très lent
II. Jeux de vagues. Allegro
III. Dialogue du vent et de la mer. Animé et tumultueux

.


Jean Claude Fonder

Valeria Correa Fiz

Pensaba que conocía a Valeria. Colabora desde hace años con nuestras publicaciones. He frecuentado y frecuento todavía sus clases, los clubes de lectura que anima y, sobre todo, su taller de escritura.

La conocí en un club de poesía en el Instituto Cervantes de Milán en el que participaba ella también. El autor estaba presente, no me acuerdo quién era, y tengo que decir que Valeria me impresionó más que él. Sus preguntas demostraban un conocimiento profundo de las obras presentadas y de la poesía en general.

Valeria posee una cultura literaria inconmensurable pero no sólo, es una amante del arte en todas sus formas, y sobre todo sabe comunicar su pasión con un talento y una empatía poco común. Claramente la literatura es su punto fuerte y el ámbito en el que trabaja desde hace muchos años. Pueden leer aquí su biografía.

Su taller de escritura creativa es único, habrá muchos otros pero participo en el suyo. Tengo que decir que me está ayudando mucho, no sólo para mejorar mi castellano, sino, sobre todo para escribir, también en francés, aunque sea mi lengua materna. He visto nacer verdaderos talentos entre los participantes. Se liberan de sus miedos al sentir el aprecio de sus compañeros. Valeria es la directora de orquesta, sensible, paciente y a la vez rigurosa. Verdaderamente, si les gusta leer tienen que probar sus talleres.

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Decía que creía conocer a Valeria; había leído algunos de los textos que me había pasado. Me gustaban mucho; es evidente que su talento no se limita a la lectura y a la enseñanza. La lectura de su primer libro «La condición animal« me cayó como puñetazo en el estómago, no me lo esperaba este efecto tan fuerte; Valeria es una escritora excepcional, además de su sensibilidad y de su sentido de la poesía, es a la vez una guionista literaria y una novelista natural, además tiene una imaginación que te asombra y te da miedo: te hiere literalmente, citando a Juan Casamayor su editor. Valeria es una realista, es más una surrealista, una surrealista anclada en la realidad de nuestro mundo actual. Quizás para redimirlo necesitemos conocerlo en toda su crueldad, su belleza decadente y su poesía escondida que ella nos ayuda a descubrir. No se demoren en leerlo, si no lo encuentran en las librerías de su país, con su preciosa portada de Daria Petrilli, pueden comprarlo inmediatamente en las principales tiendas de eBooks.

Como cada vez en esta columna les adjunto un extracto del cuento que más me gusta: «Nostalgia de la morgue«. Podrán apreciar la fantástica capacidad de Valeria de crear el ambiente, es más, enseñárselo como si fuera una película, hacérselo percibir, oler, en suma  vivirlo. Un Magritte, pintor que adora Valeria: «Le Regard Intérieur» y un extracto de «Morte a Venezia» en la que se encuentran tres enormes talentos Visconti, Mann y Malher. Creo que «La condición animal” no desentona  al lado de esta obra maestra.

 Jean Claude Fonder

René Magritte – Le Regard Intérieur, 1942.


LA CONDICIÓN ANIMAL –  Nostalgia de la morgue (extracto)

[…]

Ver todos esos trozos de vida en ese líquido verde ambarino, me hizo comprender de una vez y para siempre que lo malo de la vida no es lo que la vida nunca te da, sino perder lo que te ha concedido.
Nos pusimos a buscar las manos de Esteban, frasco a frasco, etiqueta por etiqueta. Yo creo que no miraba, de refilón y con disimulo, otra cosa que no fueran sus ojos. Parecerá imposible pero juro que le brillaban con mayor intensidad; eran más azules en esa luz como de heladera de la morgue.
Pronto dimos con sus manos. Qué lindas manos tenías, Esteban. Ahora que lo pienso, no había nada en él que no fuera dolorosamente hermoso: su boca, el hoyuelo del mentón, su culo chiquito y apretado. Seguro que me demoré un rato mirando las manos porque su voz me sacó de mis cavilaciones.
–Sí, son esas –dijo con una voz de espanto que no le conocía.
Me temblaba todo el cuerpo cuando bajé el frasco. Lo abrí. Puse los dedos en forma de pinza y con delicadeza rescaté una de las manos. La suavidad de la piel untada por el líquido me hizo pensar en un niño con frío. Los vellos rubios en el dorso de la mano de Esteban contrastaban con mi piel adulta curtida por el sol y los años. Cerré los ojos y apreté la mano entre las mías.

[…]


Muerta a Venecia (escena finale)

Película de Luchino Visconti basada en la novela homónima de Thomas Mann
Acompañamente musical: Adagietto de la quinta sinfonía de Gustav Mahler.


Jean Claude Fonder

Marcel Pagnol

Para nosotros de cultura francesa, el apellido Pagnol huele a Provenza, y utilizo a propósito la palabra oler, porque creo que, cuando pensamos en esta región del sur de Francia, las primeras sensaciones que nos llegan son olfativas: lavanda, timo, ajo, … Cuando se pronuncia la palabra Pagnol surge una determinada idea de Provenza, el acento típico, la presencia casi obsesiva del calor, los olivos, su sombra protectora y, sobre todo, una manera lasciva de vivir en compañía de una poesía que parece omnipresente. Todo eso lo sentimos porque conocemos la obra de Pagnol, sus libros, sus películas y sus actores Raimu, Fernandel, Chapin…

Recientemente me di cuenta de que en el mundo español era poco conocido. De hecho encontré pocos libros traducidos y películas subtituladas aunque, y es el mismo Pagnol que nos lo dice en el inicio de “La Gloria de mi padre”, primera parte de sus memorias, sea probablemente de origen español:

«Mi padre era el quinto hijo de un cantero de Valréas, población cercana al Orange. Hacía varios siglos que la familia se había establecido allí. ¿De dónde procedían? Sin duda, de España, pues encontré en los archivos municipales los apellidos Lespagnol y Spagnol. 

Además, fueron armeros durante varias generaciones, y templaban el acero de sus espadas en las aguas del Ouvèze, ocupación ésta, como todos saben, noble y española.»

Por todo ello, les propongo un extracto de “La Gloria de mi padre”, el trailer de la película “La hija del pocero” en la nueva versión dirigida por Daniel Auteuil, l’Arlesienne  de Bizet y este cuadro de Van Gogh.

El jardín del hospital de Saint Paul en Saint-Remy

Pour nous autres de culture française, le nom de Pagnol sent la Provence, et c’est exprès que j’utilise le mot sentir, car je crois que, quand nous pensons à cette région du sud de la France, les premières sensations que nous ressentons sont olfactives: lavande, ail, thym, …

Quand on prononce le mot Pagnol surgit une certaine idée de la Provence, l’accent typique, la présence quasi obsessive de la chaleur, des oliviers, de leur ombre protectrice et surtout d’une façon lascive de vivre en compagnie d’une poésie qui semble omniprésente. Tout cela nous le ressentons parce que nous connaissons l’oeuvre de Pagnol, ses livres, ses films et ses acteurs Raimu, Fernandel, Chapin…

Récemment je me suis rendu compte que dans le mondo espagnol il était peu connu. En fait je n’ai rencontré que peu de livres traduits et de films sous-titrés malgré que, et c’est Pagnol lui-même qui nous le raconte au début de “La Gloire de mon père”, première partie de ses mémoires, il soit probablement d’origine espagnole:

«Mon père était le cinquième enfant d’un tailleur de pierres de Valréas, près d’Orange.

La famille y était établie depuis plusieurs siècles. D’où venaient-ils ? Sans doute d’Espagne, car j’ai retrouvé, dans les archives de la mairie, des Lespagnol, puis des Spagnol.

De plus, ils étaient armuriers de père en fils, et dans les eaux fumantes de l’Ouvèze, ils trempaient des lames d’épées : occupation, comme chacun sait, noblement espagnole.»

Je vous propose donc un extrait de “La Gloire de mon père”, le film original complet “La fille du puisatier” de Marcel Pagnol avec Raimu et Fernandel, l’Arlésienne  de Bizet y un tableau de Van Gogh.

 Jean Claude Fonder


LA GLOIRE DE MON PÈRE (extrait)

La Gloire de mon père

[…]
Dans les mois qui précédèrent ma naissance, comme elle n’avait que dix-neuf ans – et elle les eut toute sa vie – elle conçut de graves inquiétudes, et déclara en sanglotant que son bébé ne naîtrait jamais, parce qu’elle « sentait bien qu’elle ne savait pas le faire ».
Mon père essaya de la raisonner. Mais alors, elle disait, furieuse : « Quand je pense que c’est toi qui m’as fait ça ! »
Et elle fondait en larmes.
Quand le survenant se mit à bouger, elle eut des accès de fou rire, entre deux crises de sanglots.
Effrayé par ce comportement déraisonnable, mon père appela au secours sa sœur aînée. C’était elle qui l’avait élevé. Elle était (naturellement) directrice d’école à La Ciotat, et célibataire.
La grande sœur fut tout à fait ravie, et décida qu’il fallait sur-le-champ installer ma mère chez elle, sur le bord de la mer latine : ce qui fut fait le soir même.
On m’a dit que Joseph en fut charmé, et qu’il profita de sa liberté pour conter fleurette à la boulangère, dont il mit en ordre la comptabilité : voilà une idée déplaisante, et que je n’ai jamais acceptée.
Pendant ce temps, la future maman se promenait le long des plages, sous le tendre soleil de janvier, en regardant au loin les voiles des pêcheurs, qui partaient à trois heures vers le soleil couchant. Puis, près du feu où sifflotait la flamme bleue des souches d’olivier, elle tricotait le trousseau de sa bondissante progéniture, tandis que la tante Marie ourlait des langes, en chantant d’une jolie voix claire :

Sur le brick léger que le flot“balance,
Quand la nuit étend son grand voile 
noir…

Elle était maintenant rassurée, d’autant que son cher Joseph venait tous les samedis, sur la bicyclette du boulanger. Il apportait des croquants aux amandes, des tartes à la frangipane, et un sachet de farine blanche pour faire des crêpes ou des beignets, ce qui prouve bien que la boulangère n’avait pas à se plaindre de lui.
Ces gâteries, ce long repos, et l’air salubre de la douce Méditerranée transformèrent la jeune Augustine : elle avait pris de belles couleurs, et il paraît qu’elle chantait tous les matins, dès son réveil.
Tout s’annonçait donc le mieux du monde, lorsqu’au petit matin du 28 février, elle fut réveillée par quelques douleurs.
Elle appela aussitôt la tante Marie, qui décréta que ce n’était rien, puisque le docteur avait annoncé la naissance d’une fille pour la fin du mois de mars ; puis, elle ralluma le feu, pour mettre en route une tisane. Mais la patiente affirma que les docteurs n’y comprenaient rien, et qu’elle voulait retourner tout de suite à Aubagne.
« Il faut que l’enfant naisse à la maison ! Il faut que Joseph me tienne la main ! Marie, Marie, partons vite ! Je suis sûre qu’il veut sortir ! »
La douce Marie essaya de la calmer, avec du tilleul et des paroles. La passoire à la main, elle déclara que si l’événement se confirmait, elle irait en informer le poissonnier, qui descendait chaque jour à Aubagne vers les huit heures, et que Joseph viendrait, aussi vite que le vent, sur la machine à pédales.
Mais Augustine repoussa la tasse à fleurs, et se tordit les mains en pleurant à grosses larmes.
Alors, la tante Marie alla frapper aux volets d’un voisin, qui possédait un boghey et un petit cheval. C’était une époque bénie, où les gens se rendaient service : il n’y avait qu’à demander.
Le voisin attela son cheval, la tante enveloppa Augustine dans des châles, et nous voilà partis au petit trot, tandis que sur la crête des collines la moitié d’un grand soleil rouge nous regardait à travers les pins.
Mais en arrivant à la Bédoule, qui est tout juste à mi-chemin, les douleurs recommencèrent, et la tante, à son tour, s’affola. Elle serrait dans ses bras ma mère emmitouflée, et lui donnait des conseils :
« Augustine », disait-elle, « retiens-toi », car elle était vierge.
Mais Augustine, toute pâle, ouvrait des yeux noirs énormes, et transpirait en gémissant.
Heureusement, nous avions franchi le col et la route descendait sur Aubagne. Le voisin desserra son frein, qu’on appelait la mécanique, et fouetta le petit cheval, qui n’eut qu’à se laisser emporter par le poids de l’équipage. Nous arrivâmes tout juste à temps, et Mme Négrel, la sage-femme, vint en hâte délivrer ma mère, qui avait enfin planté ses ongles dans le bras puissant de Joseph.
[…]


LA GLORIA DE MI PADRE (extracto)

La Gloria de mi Padre RIALP

[…]
En los meses que precedieron a mi nacimiento, como mi madre no tenía más que diecinueve años (que fue los que conservó toda su vida), experimentó grandes inquietudes y declaró, sollozando, que su niño no podría nacer, porque «presentía que ella no sabría hacerlo».
Mi padre intentó hacerla razonar, pero ella exclamó furiosa: «¡Cuando pienso que eres tú quien me ha hecho esto…!»
Y se deshacía en llanto.
Cuando el niño empezó a moverse, mi madre tuvo accesos de locas risas entre crisis de sollozos.
Profundamente inquieto ante tal estado de cosas, mi padre pidió socorro a su hermana mayor, que lo había educado y que era (cosa muy natural) soltera y directora de escuela de La Ciotat.
La hermana mayor quedó encantada y decidió que era preciso instalar inmediatamente a mi madre en su casa, que se hallaba a orillas del mar latino, cosa que hizo en el acto.
Me han dicho que Joseph se sintió feliz y que aprovechó su libertad para echarle flores a la panadera mientras ponía en orden su contabilidad. He aquí una idea que siempre me ha sido ingrata.
Entretanto, la futura mamá se paseaba por la playa bajo el débil sol de enero, contemplando las lejanas velas de los barcos pesqueros que partían a las tres hacia poniente. Después, cerca del fuego en que silbaban las anulosas llamas de los tocones de olivo, trabajaba en la canastilla del esperado niño, mientras tía Marie cantaba con su diáfana y bella voz:

Sobre el bergantín ligero que las olas mecen,
cuando la noche extiende su gran velo negro…

Ahora se sentía confortada, máxime cuando su querido Joseph acudía todos los sábados en la bicicleta del panadero, trayéndole guirlaches de almendra, tortas de mazapán y un saquito de harina para hacer buñuelos.
Mi madre tenía un color magnifico y ya se esperaba el alumbramiento más feliz del mundo, cuando al amanecer del día 28 de febrero despertó con algunos dolores.
Llamó en el acto a tía Marie, la cual afirmó que no podía ser nada de particular, puesto que el doctor había señalado el nacimiento de una niña para finales de marzo.
A continuación encendió el fuego para hacerle una tisana. Pero la paciente dijo que los doctores no sabían nada y que quería irse inmediatamente a Aubagne.
—¡El niño ha de nacer en casa! ¡Joseph tiene que sujetarme la mano! ¡Marie, Marie, vámonos ahora mismo! ¡Estoy segura de que quiere nacer!
La dulce Marie intentó calmarla con palabras y tila. Con la mano en el pestillo, manifestó que si se confirmaba el acontecimiento iría a informar al pescador que iba todos los días a Aubagne a eso de las ocho, para que avisara a Joseph y éste acudiese en la bicicleta raudo como el viento.
Pero Augustine rechazó la taza de tila, se retorcía las manos y lloraba desesperadamente. Entonces tia Marie fue a llamar a la puerta de un vecino que era propietario de un coche del que tiraba un caballito. Era aquélla una
bendita época en que las gentes se prestaban ayuda: no había más que solicitarla para recibirla.
El vecino enganchó su caballo, la tia envolvió a Augustine en su mantón, y el coche avanzó por el camino al trote corto de su caballejo, mientras desde la cresta de las colinas medio sol rojo nos contemplaba a través de los pinos.
Pero al llegar a Bédoule, que se encuentra justamente a la mitad del camino, los dolores comenzaron de nuevo y mi tía perdió la cabeza. Apretaba entre sus brazos a mi madre y le daba consejos.
—Augustine —le decía—, ¡aguanta! ella era virgen.
Pero Augustine, pálida como una muerta, abría sus enormes ojos negros, gemía y sudaba.
Afortunadamente habíamos franqueado el puerto y el camino descendía hacia Aubagne. El vecino aflojó el freno —el mecanismo, corno se le llamaba entonces— y dio un latigazo al animal, que no tuvo más que dejarse llevar del peso del coche. Llegamos con el tiempo justo para que la señora Negrel, la comadrona, asistiera al parto de mi madre, que al fin había clavado sus uñas en el poderoso brazo de Joseph.
[…]


La Joven ORQUESTA SINFÓNICA DE GRANADA, en el teatro municipal de Granada Isabel la Católica, interpreta bajo la dirección de MARIA DEL MAR MUÑOZ la suite «L’ARLESIENNE» de GEORGES BIZET.

Suite I

I. Prélude, Allegro deciso (the March of the Kings)
II. Minuet, Allegro giocoso
III. Adagietto
IV. Carillon, Allegro moderato (Expanded as indicated above.)

Suite II

I. Pastorale
II. Intermezzo
III. Minuet
IV. Farandolehttps://youtu.be/sdswiiaRGOk


Jean Claude Fonder

Roma

Era solamente para reanudar con esta ciudad maravillosa, guardiana eterna de un tesoro de cultura infinito, nuestra propia historia, que pasamos tres días en Roma en pleno mes de agosto. Antes de mi jubilación la frecuentaba tanto que no carecía un poco de nostalgia en las motivaciones de este viaje.

C’était seulement pour renouer avec cette ville merveilleuse, gardienne éternelle d’un trésor de culture infini, notre propre histoire, que nous passâmes trois jours á Rome en plein mois d’août. Avant ma mise en pension je la fréquentais tellement qu’un peu de nostalgie ne faisait pas défaut parmi les motivations de ce voyage.

Circus Maximus


Joven, una de mis primeras lecturas «serias» fue «Historia de Roma» de Indro Montanelli en una traducción en francés. No sabía absolutamente quién era este autor, un famoso periodista italiano, pero supo apasionarme completamente. ¿Quizás este libro influyó sobre toda mi vida?
Hice casi por pasión estudios que combinaban latín y matemáticas. Me convertí en informático cuando nadie sabía el sentido de esta palabra y atraído extrañamente por Italia después de algunos años entré a la Olivetti Bélgica. Mi carrera me llevó  naturalmente a Italia que pude en este modo conocer cómo si fuera una pareja tan deseada. Aunque elegí, por motivo profesional, Milán como residencia, Roma estuvo siempre en el centro de mi atención, hasta tener por allí una segunda residencia, en el Monte verde, via dei quattro venti, cerca de la preciosa Villa Doria Pamfiglj.

Jeune, une de mes premières lectures «sérieuses» fut «Histoire de Rome» de Indro Montanelli dans une traducción en français. Je ne savais absolument pas qui était cet auteur, un célèbre journaliste italien, mais il sut me passionner complètement. Peut-être ce livre influença-t-il toute ma vie?
Je fis quasi par passion des études qui combinait le latin et les mathématiques. Je devins informaticien quand personne ne savait le sens de ce mot et, attiré étrangement par l’Italie, après quelques années j’entrai à la Olivetti Belgique. Ma carrière me porta tout naturellement en Italie que je pus de cette manière connaitre comme si elle était une amante tant désirée. Bien que j’aie choisi, pour motif professionnel, Milan comme résidence, Rome fut toujours au centre de mon attention, au point d’y avoir une seconde résidence, au Monte verde, via dei quattro venti, près de l’admirable Villa Doria Pamfiglj.

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Bueno la verdad es que mi mujer tenia que renovar su pasaporte (¡Nosotros belgas no podemos hacerlo en Milán!), ya habíamos planeado ir de vacaciones en septiembre y octubre, y además Milán es famosa por vaciarse completamente en agosto así que utilizamos un regalo que recibimos por nuestras bodas de oro, tres días en Roma. Entre nuestras diferentes actividades, escojo una que nos encantó:  un caro amigo nos llevó a este lugar poco conocido pero hermoso, Piazza Mincio. Les recomiendo visitarla.

Á vrai dire c’est ma femme qui devait renouveler son passeport (Nous les belges nous ne pouvons pas le faire à Milan), nous avions déjà décidé de prendre nos vacances en septembre et en octubre et de plus Milán est fameuse pour se vider complètement en août, de telle sorte que nous utilisâmes un cadeau que nous reçûmes pour nos noces d’or, trois jours á Rome. Parmi nos diverses activités, j’en ai retenu une qui nous enchanta:  un ami très cher nous emmena voir cette place peu connue mais très belle, Piazza Mincio. Je vous la recommande.

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Mi pasión para Roma nunca no se va a apagar, por eso quiero compartirla con ustedes. Pues les propongo, un extracto de «Historia de Roma» de Indro Montanelli y, “Pini di Roma” de Ottorino Respighi interpretado por Herbert von Karajan y la orquesta filarmónica de Berlín.

Ma passion pour Rome jamais ne s’éteindra, je désire donc la partager avec vous. Je vous propose donc, un extrait de «Storia di Roma» d’Indro Montanelli et, « Pini di  Roma» d’Ottorino Respighi interprété par Herbert von Karajan et l’orchestre philharmonique de Berlin.
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 Jean Claude Fonder


CAPÍTULO I

AB URBE CONDITA

No sabemos con precisión cuándo fueron instituidas en Roma las primeras escuelas regulares, o sea «estatales». Plutarco dice que nacieron hacia 250 antes de Jesucristo, esto es, casi quinientos años después de la fundación de la ciudad. Hasta aquel momento los muchachos romanos habían sido educados en casa, los más pobres por sus padres y los más ricos, por magistri, o sea maestros o institutores, elegidos habitual» mente en la categoría de los libertos, los esclavos liberados, que, a su vez, eran elegidos entre los prisioneros de guerra, preferentemente entre los de origen griego, que eran los más cultos.

Sabemos, empero, con certeza, que tenían que fatigarse menos que los de hoy. El latín lo sabían ya. Si hubiesen tenido que estudiarlo, decía el poeta alemán Heine, no habrían encontrado jamás tiempo para conquistar el mundo. Y en cuanto a la historia de su patria, se la contaban más o menos así:

Cuando los griegos de Menelao, Ulises y Aquiles conquistaron Troya, en el Asia Menor, y la pasaron a sangre y fuego, uno de los pocos defensores que se salvó fue Eneas, fuertemente «recomendado» (ciertas cosas se usaban ya en aquellos tiempos) por su madre, que era nada menos que la diosa Venus —Afrodita—. Con una maleta a los hombros, llena de imágenes de sus celestes protectores, entre los cuales, naturalmente, el puesto de honor correspondía a su buena mamá, pero sin una lira en el bolsillo, el pobrecito se dio a recorrer mundo, al azar. Y después de no se sabe cuántos años de aventuras y desventuras, desembarcó, siempre con la maleta a cuestas, en Italia; se puso a remontarla hacia el Norte, llegó al Lacio, donde casó con la hija del rey Latino, que se llamaba Lavinia, fundó una ciudad a la que dio el nombre de la esposa, y al lado de ésta vivió feliz y contento el resto de sus días.

Su hijo Ascanio fundó Alba Longa, convirtiéndola en nueva capital. Y tras ocho generaciones, es decir, unos doscientos años después del arribo de Eneas, dos de sus descendientes, Numitor y Amulio, estaban aún en el trono del Lacio. Desgraciadamente, dos en un trono están muy apretados. Y así, un día, Amulio echó al hermano para reinar solo, y le mató todos los hijos, menos una: Rea Silvia. Mas, para que no pudiese poner al mundo algún hijo a quien, de mayor, se le pudiese antojar vengar al abuelo, la obligó a hacerse sacerdotisa de la diosa Vesta, o sea monja.

Un día, Rea, que probablemente tenía muchas ganas de marido y se resignaba mal a la idea de no poder casarse, tomaba el fresco a orillas del río porque era un verano tremendamente caluroso, y se quedó dormida. Por casualidad pasaba por aquellos parajes el dios Marte, pue bajaba a menudo a la Tierra, un poco para organizar una guerrita que otra, que era su oficio habitual, y otro poco en busca de chicas, que era su pasión favorita. Vio a Rea Silvia. Se enamoró de ella. Y sin despertarla siquiera, la dejó encinta.

Amulio se encolerizó muchísimo cuando lo supo. Más no la mató. Aguardó a que pariese, no uno, sino dos chiquillos gemelos. Después, ordenó meterlos en una pequeñísima almadía que confió al río para que se los llevase, al filo de la corriente, hasta el mar, y allí se ahogasen. Mas no había contado con el viento, que aquel día soplaba con bastante fuerza, y que condujo la frágil embarcación no lejos de allí, encallando en la arena de la orilla, en pleno campo. Ahí, los dos desamparados, que lloraban ruidosamente, llamaron la atención de una loba que acudió para amamantarlos. Y por eso este animal se ha convertido en el símbolo de Roma, que fue fundada después por los dos gemelos.

Los maliciosos dicen que aquella loba no era en modo alguno una bestia, sino una mujer de verdad, Acca Laurentia, llamada Loba a causa de su carácter selvático y por las muchas infidelidades que le hacía a su marido, un pobre pastor, yéndose a hacer el amor en el bosque con todos los jovenzuelos de los contornos. Mas acaso todo eso no son más que chismorreos.

Los dos gemelos mamaron la leche, luego pasaron a las papillas, después echaron los primeros dientes, recibieron uno el nombre de Rómulo, el otro, el de Remo, crecieron, y al final supieron su historia. Entonces, volvieron a Alba Longa, organizaron una revolución, mataron a Amulio y repusieron en el trono a Numitor. Después, impacientes, como todos los jóvenes, por hacer algo importante, en vez de esperar un buen reino edificado por el abuelo, que sin duda se lo hubiera dejado, se fueron a construir otro nuevo un poco más, lejos. Y eligieron el sitio donde su almadía había encallado, en medio de las colinas entre las que discurre el Tíber, cuando está a puntó de desembocar en el mar. En aquel lugar, como a menudo sucede entre hermanos, litigaron sobre el nombre que dar a la ciudad. Luego decidieron que ganaría el que hubiese visto más pájaros. Remo vio seis sobre el Aventino. Rómulo, sobre el Palatino, vio doce: la ciudad se llamaría, pues, Roma. Uncieron dos blancos bueyes, excavaron un surco y construyeron las murallas jurando matar a quienquiera las cruzase. Remo, malhumorado por la derrota, dijo que eran frágiles y rompió un trozo de un puntapié. Y Rómulo, fiel al juramento, le mató de un badilazo.

Todo esto, dícese, aconteció setecientos cincuenta y tres años antes de que Jesucristo naciese, exactamente el 21 de abril, que todavía se celebra como aniversario de la ciudad, nacida, como se ve, de un fratricidio. Sus habitantes hicieron de ella el comienzo de la historia del mundo, hasta que el advenimiento del Redentor impuso otra contabilidad.

Tal vez también los pueblos vecinos hacían otro tanto: Cada uno de ellos databa la Historia del Mundo por la fundación de la propia capital. Alba Longa, Rieti, Tarquinia o Arezzo. Mas no lograron que los otros lo reconocieran, porque cometieron el pequeño error de perder la guerra, más aún, las guerras. Roma, en cambio, las ganó. Todas. La finca de pocas hectáreas que Rómulo y Remo recortaron con el arado entre las colinas del Tíber convirtióse en el espacio de pocos siglos en el centro del Lacio, después de Italia, y más tarde del mundo conocido hasta entonces. Y en todo él se habló su lengua, se respetaron sus leyes, y se contaron los años ab urbe condita, o sea desde aquel famoso 21 de abril de 753 antes de Jesucristo, comienzo de la historia de Roma y de su civilización.

Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente asi. Pero así los papas romanos quisieron durante muchos siglos que les fuesen contadas a sus hijos: un poco, porque creían en ellas y otro poco, porque, grandes patriotas, les halagaba mucho el hecho de poder mezclar los dioses influyentes como Venus y Marte y personalidades de elevada posición como Eneas, al nacimiento de su Urbe. Sentían oscuramente que era muy importante educar a sus hijos en la convicción de que pertenecían a una patria edificada con el concurso de seres sobrenaturales, que seguramente no se hubiesen prestado a ello de no haberles propuesto asignarle un gran destino. Esto dio un fundamento religioso a toda la historia de Roma, que, en efecto, se derrumbó cuando se prescindió de él. La Urbe fue caput mundi, capital del Mundo, mientras sus habitantes supieron pocas cosas y fueron lo bastante ingenuos para creer en aquéllas, legendarias, que les habían enseñado papas y magistri; mientras estuvieron convencidos de ser descendientes de Eneas, de que corría por sus venas sangre divina y de ser «ungidos de Señor», aunque en aquellos tiempos se llamase Júpiter. Fue cuando comenzaron a dudar de ello cuando su imperio se hizo añicos y el caput mundi convirtióse en colonia. Más no nos precipitemos. […]


CAPITULO PRIMO

AB URBE CONDITA

Non sappiamo con precisione quando a Roma furono istituite le prime scuole regolari, cioè «statali». Plutarco dice che nacquero verso il 250 avanti Cristo, cioè circa cinquecent’anni dopo la fondazione della città. Fino a quel momento i ragazzi romani erano stati educati in casa, i più poveri dai genitori, i più ricchi da magistri, cioè da maestri, o istitutori, scelti di solito nella categoria dei liberti, gli schiavi liberati, che a loro volta erano scelti fra i prigionieri di guerra, e preferibilmente fra quelli di origine greca, che erano i più colti.
Sappiamo però con certezza che dovevano faticare meno di quelli di oggi. Il latino lo sapevano già. Se avessero dovuto studiarlo, diceva il poeta tedesco Heine, non avrebbero mai trovato il tempo di conquistare il mondo. E quanto alla storia della loro patria, gliela raccontavano press’a poco così:
Quando i greci di Agamennone, Ulisse e Achille conquistarono Troia, nell’Asia Minore, e la misero a ferro e a fuoco, uno dei pochi difensori che si salvò fu Enea, fortunatamente «raccomandato» (certe cose si usavano anche a quei tempi) da sua madre, ch’era nientepopodimeno che la dea Venere-Afrodite. Con una valigia suele spalle, piena delle immagini dei suoi celesti protettori, fra i quali naturalmente il posto d’onore toccava alla sua buona mamma, ma senza una lira in tasca, il poveretto si diede a girare il mondo, a casaccio. E dopo non si sa quanti anni di avventure e di disavventure, sbarcò, sempre con quella sua valigia sul groppone, in Italia, prese a risalirla verso nord, giunse nel Lazio, vi sposò la figlia del re Latino, che si chiamava Lavinia, fondò una città cui diede il nome della moglie, e insieme a costei visse felice e contento tutto il resto dei suoi giorni.
Suo figlio Ascanio fondò Alba Longa, facendone la nuova capitale. E dopo otto generazioni, cioè a dire qualche duecento anni dopo l’arrivo di Enea, due suoi discendenti, Numitore e Amulio, erano ancora sul trono del Lazio. Purtroppo sui troni in due ci si sta stretti. E così un giorno Amulio scacciò il fratello per regnare da solo, e gli uccise tutti i figli, meno una: Rea Silvia. Ma, perché non mettesse al mondo qualche figliolo cui potesse, da grande, saltare il ticchio di vendicare il nonno, la obbligò a diventare sacerdotessa della dea Vesta, vale a dire monaca.
Un giorno Rea, che probabilmente aveva una gran voglia di marito e si rassegnava male all’idea di non potersi sposare, prendeva il fresco in riva al fiume perché era un’estate maledettamente calda, e si addormentò. Per caso in quei paraggi passava il dio Marte che scendeva sovente sulla terra, un po’ per farvi qualche guerricciola, ch’era il suo mestiere abituale, un po’ per cercare delle ragazze, ch’era la sua passione favorita. Vide Rea Silvia. Se ne innamorò. E senza nemmeno svegliarla, la rese incinta.
Amulio, quando lo seppe, si arrabbiò moltissimo. Ma non la uccise. Aspettò ch’essa partorisse non uno, ma due ragazzini gemelli. Poi li fece caricare su una microscopica zattera che affidò al fiume perché se li portasse, sul filo della corrente, fino al mare, e lì li lasciasse affogare. Ma non aveva fatto i conti col vento, che quel giorno spirava abbastanza forte, e che condusse la fragile imbarcazione a insabbiarsi poco lontano, in aperta campagna. Qui i due derelitti, che piangevano rumorosamente, richiamarono l’attenzione di una lupa che corse ad allattarli. Ed è perciò che quella bestia è diventata il simbolo di Roma, che dai due gemelli poi fu fondata.
I maligni dicono che quella lupa non era affatto una bestia, ma una donna vera, Acca Larentia, chiamata Lupa per via del suo carattere selvatico e delle molte infedeltà che faceva a suo marito, un povero pastore, andandosene a far l’amore nel bosco con tutti i giovanotti dei dintorni. Ma forse non sono che pettegolezzi.
I due gemelli succhiarono il latte, poi passarono alle pappine, poi misero i primi denti, ricevettero il nome l’uno di Romolo, l’altro di Remo, crebbero, e alla fine seppero la loro storia. Allora tornarono ad Alba Longa, organizzarono una rivoluzione, uccisero Amulio, rimisero sul trono Numitore. Eppoi, impazienti di far qualcosa di nuovo come tutti i giovani, invece di aspettare un regno bell’è fatto dal nonno, che certamente gliel’avrebbe lasciato, andarono a costruirsene uno nuovo un po’ più in là. E scelsero il punto in cui la loro zattera si era arenata, in mezzo alle colline fra cui scorre il Tevere, quando sta per sfociare in mare. Qui, come spesso succede tra fratelli, litigarono sul nome da dare alla città. Poi decisero che avrebbe vinto chi avesse visto più uccelli. Remo, sull’Aventino, ne vide sei. Romolo, sul Palatino, ne vide dodici: la città si sarebbe dunque chiamata Roma. Aggiogarono due bianchi buoi, scavarono un solco, e costruirono le mura giurando di uccidere chiunque le oltrepassasse. Remo di malumore per la sconfitta, disse che erano fragili e ne ruppe un pezzo con un calcio. E Romolo, fedele al giuramento, lo accoppò con un colpo di badile.
Tutto ciò, dicono, avvenne settecentocinquantatré anni prima che Cristo nascesse, esattamente il 21 aprile, che tuttora si festeggia come il compleanno della città, nata, come si vede, da un fratricidio. I suoi abitanti ne fecero l’inizio della storia del mondo, fin quando l’avvento del Redentore non ebbe imposto un’altra contabilità.
Forse anche i popoli vicini facevano altrettanto: ognuno di essi datava la storia del mondo dalla fondazione della propria capitale, Alba Longa, Rieti, Tarquinia, o Arezzo che fosse. Ma non riuscirono a farselo riconoscere dagli altri, perché commisero il piccolo errore di perdere la guerra, anzi le guerre. Roma invece le vinse tutte. Il podere di pochi ettari che Romolo e Remo si tagliarono con l’aratro fra le colline del Tevere diventò nello spazio di pochi secoli il centro del Lazio, poi dell’Italia, poi di tutta la terra allora conosciuta. E in tutta la terra allora conosciuta si parlò la sua lingua, si rispettarono le sue leggi, e si contarono gli anni ab urbe condita, cioè da quel famoso 21 aprile del 753 avanti Cristo, inizio della storia di Roma e della sua civiltà.
Naturalmente le cose non erano andate precisamente così. Ma così i babbi romani per molti secoli vollero che venissero raccontate ai loro figli: un po’ perché ci credevano essi stessi, un po’ perché, gran patrioti, li lusingava molto il fatto di poter mescolare degli dèi influenti come Venere e Marte, e delle personalità altolocate come Enea, alla nascita della loro Urbe. Essi sentivano oscuramente ch’era molto importante allevare i loro ragazzi nella convinzione di appartenere a una patria costruita col concorso di esseri soprannaturali, che certamente non vi si sarebbero prestati se non avessero inteso assegnarle un grande destino. Ciò diede un fondamento religioso a tutta la vita di Roma, che infatti crollò quando esso venne meno. L’Urbe fu caput mundi, capitale del mondo, finché i suoi abitanti seppero poche cose e furono abbastanza ingenui da credere in quelle, leggendarie, che avevano loro insegnato i babbi e i magistri; finché furono convinti di essere i discendenti di Enea, di avere nelle loro vene sangue divino e di essere «unti del Signore» anche se a quei tempi si chiamava Giove. Fu quando cominciarono a dubitarne che il loro Impero andò in frantumi e il caput mundi diventò una colonia. Ma non precipitiamo. […]



Jean Claude Fonder

La habitación azul

¿Les gusta a Simenon?

¿Lo sabían que sus famosas novelas con el comisario «Maigret» sólo representan una parte, ciertamente no insignificante de su producción literaria pero seguramente no la que es la más importante? ¿Lo sabían que es uno de los escritores más leídos en el mundo, más adaptados a la gran pantalla, y que su obra es gigantesca, la tercera de lengua francés más traducida después de las de Jules Verne y de Alexandre Dumas?

George Simenon nació el 12 de febrero de 1904 en Lieja, pequeña ciudad del sur de la Bélgica, que es también mi ciudad natal. Sin embargo creo que soy totalmente objetivo cuando califico Simenon de novelista excepcional, al menos uno de los mejores del siglo XX. Su escritura es simple, habla de gente simple que viven en general en pequeñas ciudades, simples también ellas. Basándose en estos elementos, que conoce siempre muy bien, a menudo por haber vivido en el mismo lugar y frecuentado el medio descrito, Simenon nos lleva a las profundidades de la naturaleza humana, no siempre muy buenas y muy agradables a conocer pero en las cuales, a menudo, nos reconocemos, al menos en parte.

He elegido «La habitación azul», una de sus novelas «duras», como le gustaba llamar las que consideraba más importantes en su recorrido literario, quizás una de las mejores. De todos modos no se sale indemne de esta historia de adulterio que deja también un gran espacio al misterio, una novela  seguramente muy superior a la reciente adaptación cinematográfica de Mathieu Amalric.

Alrededor del inicio genial de esta novela, les propongo dos obras magistrales: “El beso” de Edvard Munch y “Blue in green” de Miles Davis.

Edvard Munch, Beso en la ventana,

Vous aimez Simenon?

Saviez-vous que les fameux Maigrets ne représentent qu’une partie, certes non la plus infime, de sa production littéraire mais certainement pas la plus importante? Saviez-vous u’il est un des écrivains les plus lus au monde, les plus adaptés au grand écran, et que son œuvre est gigantesque, la troisième de langue française la plus traduite après celles de Jules Verne et Alexandre Dumas?

George Simenon est né le 12 février 1903 à Liège, petite ville du sud de la Belgique, qui est également ma ville natale. Je crois pourtant être totalement objectif quand je qualifierais Simenon de romancier exceptionnel, un des meilleurs du vingtième siècle pour le moins. Son écriture est simple, il parle de gens simple qui vivent en général dans de petites villes, simples elles aussi. À partir de cette base qu’il connaît toujours fort bien, souvent pour avoir vécu sur place et fréquenté le milieu décrit, Simenon nous emmène dans les profondeurs de la nature humaine, pas toujours fort reluisantes et dans lesquelles souvent nous nous reconnaissons, pour le moins en partie.

J’ai choisi «La chambre bleu», un de ses romans «durs», comme il aimait appeler les romans qu’il jugeaient les plus importants dans son parcours littéraire, peut-être un des meilleurs. En tout cas on ne sort pas indemne de cette histoire d’adultère qui laisse aussi une grande place au mystère, un roman très certainement supérieur à la récente adaptation cinématographique de Mathieu Amalric.

Autour du début génial de ce roman, je vous propose deux oeuvres magistrales: “Le baiser” de Edvard Munch et “Blue in green” de Miles Davis.

 Jean Claude Fonder


LA CHAMBRE BLEU de George Simenon

Chapitre 1

— Je t’ai fait mal ?
— Non.
— Tu m’en veux ?
— Non.
C’était vrai. A ce moment-là, tout était vrai, puisqu’il vivait la scène à l’état brut, sans se poser de questions, sans essayer de comprendre, sans soupçonner qu’il y aurait un jour quelque chose à comprendre. Non seulement tout était vrai, mais tout était réel : lui, la chambre, Andrée qui restait étendue sur le lit dévasté, nue, les cuisses écartées, avec la tache sombre du sexe d’où sourdait un filet de sperme.
Etait-il heureux ? Si on le lui avait demandé, il aurait répondu oui sans hésiter.
L’idée ne lui venait pas d’en vouloir à Andrée de lui avoir mordu la lèvre. Cela faisait partie d’un tout, comme le reste, et, debout, nu lui aussi, devant le miroir du lavabo, il tapotait sa lèvre avec la serviette imbibée d’eau fraîche.
— Ta femme va te poser des questions ?
— Je ne crois pas.
— Elle t’en pose parfois ?
Les mots n’avaient guère d’importance. Ils parlaient pour le plaisir, comme on parle après l’amour, le corps encore sensible, la tête un peu vide.
— Tu as un beau dos.
Quelques taches roses étoilaient la serviette et, dans la rue, un camion vide rebondissait sur les pavés. Des gens parlaient, à la terrasse. On distinguait des mots par-ci par-là, qui ne formaient pas des phrases et ne voulaient rien dire.
— Tu m’aimes, Tony ?
— Je crois…
Il plaisantait, mais sans sourire, à cause de sa lèvre inférieure qu’il tamponnait toujours avec le linge mouillé.
— Tu n’en es pas sûr ?
Il se retourna pour la regarder et cela lui fit plaisir d’apercevoir cette semence, qui était la sienne, si intimement mêlée au corps de sa compagne.
La chambre était bleue, d’un bleu de lessive, avait-il pensé un jour, un bleu qui lui rappelait son enfance, les petits sachets d’étamine emplis de poudre bleue que sa mère diluait dans le baquet à lessive avant le dernier rinçage du linge, juste avant d’aller l’étendre sur l’herbe luisante du pré. Il devait avoir cinq ou six ans et il se demandait par quel miracle la couleur bleue pouvait rendre le linge blanc.
Plus tard, bien après la mort de sa mère dont le visaje devenait déjà flou dans sa mémoire, il s’était demandé aussi pourquoi des gens aussi pauvres qu’eux, vêtus d’habits rapiécés, attachaient tant d’importance à la blancheur du linge.
Y pensait-il en ce moment ? Il ne le saurait que plus tard. Le bleu de la chambre n’était pas seulement le bleu de lessive, mais aussi le bleu du ciel par certains chauds après-midi d’août, un peu avant que le soleil déclinant le teinte de rose, puis de rouge.
On était en août. Le 2 août. L’après-midi était avancé. A cinq heures, des nuages dorés, d’une légèreté de crème fouettée, commençaient à monter au-dessus de la gare dont la façade blanche restait dans l’ombre.
— Tu pourrais passer toute ta vie avec moi ?
Il n’avait pas conscience d’enregistrer les mots. Pas plus que les images ou les odeurs. Comment aurait-il deviné que cette scène, il la revivrait dix fois, vingt fois, davantage encore, chaque fois dans un état d’esprit différent, chaque fois vue d’un autre angle ?
Pendant des mois, il s’efforcerait de retrouver le moindre détail, pas toujours de son plein gré, mais parce que d’autres l’y obligeraient.



LA HABITACIÓN AZUL de George Simenon

Capitulo 1

—¿Te he hecho daño?
—No.
—¿Te has enfadado?
—No
Era verdad. En aquel momento todo era verdad, porque vivía la situación en estado bruto, sin preguntarse nada, sin intentar comprender, sin imaginarse que llegaría un día en que habría que intentar comprender. No sólo todo era verdad, sino que además todo era real: él, la habitación y, sobre la cama deshecha, Andrée desnuda, con las piernas abiertas, con la mancha oscura del sexo de la que salía un hilillo de esperma.
¿Se sentía feliz? Si se lo hubieran preguntado, hubiera respondido sin vacilar que sí. No se le ocurría enfadarse con Andrée porque le hubiese mordido el labio. Aquello formaba parte de un todo, y él, también desnudo, de pie ante el espejo del lavabo, se daba golpecitos en el labio con una toalla empapada de agua fresca.
—¿Te va a preguntar tu mujer qué te ha pasado?
—No creo.
—¿Nunca te pregunta nada?
Las palabras apenas importaban. Hablaban por el placer de hablar, como se habla después de hacer el amor, con el cuerpo todavía sensible, la cabeza un poco vacía.
—Qué espalda más bonita tienes.
La toalla estaba salpicada de manchas rosáceas y en la calle un camión vacío se bamboleaba sobre los adoquines. En la terraza, la gente hablaba. Se oían algunas palabras sueltas, que no formaban frases y no querían decir nada.
—¿Me quieres, Tony?
—Eso creo…
Bromeaba, pero sin sonreír, a causa del labio inferior, que se seguía curando con la toalla mojada.
—¿No estás seguro?
Se volvió para mirarla y le gustó ver el semen, que era suyo, tan íntimamente ligado al cuerpo de su compañera.
La habitación era azul, del azul de la colada, pensó un día, un azul que le recordaba su infancia, los saquitos llenos de polvo azul que su madre diluía en el agua justo antes del último aclarado y de extender la ropa sobre la brillante hierba del prado. Él debía de tener cinco o seis años y se preguntaba por qué milagro el color azul dejaba la ropa blanca.
Más tarde, mucho después de la muerte de su madre, cuyo rostro ya se desvanecía en su memoria, también se preguntaba por qué siendo tan pobres como eran, que se vestían con ropa remendada, daban tanta importancia a la blancura de la ropa.
¿Pensaba en eso en este momento? Sólo más tarde lo sabría. El azul de la habitación no era sólo el azul de la colada, sino también el el azul del cielo en ciertas tardes calurosas de agosto, poco antes de que el sol poniente lo tiñera de rosa y luego de rojo.
Era agosto. El 2 de agosto. La tarde estaba avanzada. A las cinco, unas nubes doradas, ligeras como la nata, se alzaban sobre la estación de sombreada fachada blanca.
—¿Te pasarías la vida entera conmigo?
Él no tenía conciencia de registrar las palabras. No más que las imágenes o los olores. ¿Cómo hubiera podido adivinar que volvería a vivir esta escena diez, veinte veces, y más aún, y cada vez con un estado de ánimo diferente, cada vez viéndola desde otro ángulo?
Durante meses se esforzaría en recordar cualquier detalle, y no siempre por propia voluntad sino porque otros le iban a obligar a hacerlo.



Jean Claude Fonder

Las estaciones

Fue une verdadero regalo en verano: En una iglesia de Milán, San Pietro in Gessate, Fabio Bondi y su conjunto Europa Galante interpretaron magistralmente «Las cuatro estaciones» de Antonio Vivaldi. El famoso músico en esta obra es particularmente innovador, su música es descriptiva más que melódica. Bastará leer durante la escucha los sonetos que la inspiraron.

He asociado a este obra maestra musical, «Canción de otoño» de Paul Verlaine que es  también muy descriptivo con la música de sus palabras  y «La cometa» de Francisco Jose de Goya y Lucientes, que evoca admirablemente, para mi, con su luz y sus colores,  la ambiente de la obra de Vivaldi.

La cometa. Francisco Jose de Goya y Lucientes (1777-1778)

Ce fut un vrai régal en été: Dans une église de Milan, San Pietro in Geste, Fabio Bondi et son ensemble Europa Galante interprétèrent magistralement “Les quatre saisons” de Antonio Vivaldi. Le célèbre musicien dans cette oeuvre est particulièrement innovateur, sa musique est descriptive plus que mélodique. Il suffira durant l’écoute de lire les sonnets qui la inspirèrent.
J’ai associé à ce chef d’oeuvre musical, “Canción de otoño” de Paul Verlaine qui lui aussi est très descriptif avec la musique de ses mots et “La compta” de Francisco Jose de Goya y Lucites, qui évoque admirablement, selon moi, avec sa lumière et ses couleurs,  l’atmosphère de l’oeuvre de Vivaldi.


«LAS CUATRO ESTACIONES» DE ANTONIO VIVALDI  ACCADEMIA BIZANTINA – STEFANO MONTANARI

(He tenido que substituir la interpretación de Fabio Bondi por la de Stefano Montanari que me ha siempre encantado).

LA PRIMAVERA

Allegro
Voici le Printemps,
Que les oiseaux saluent d’un chant joyeux.
Et les fontaines, au souffle des zéphyrs,
Jaillissent en un doux murmure.

Ils viennent, couvrant l’air d’un manteau noir,
Le tonnerre et l’éclair messagers de l’orage.
Enfin, le calme revenu, les oisillons
Reprennent leur chant mélodieux.

Largo
Et sur le pré fleuri et tendre,
Au doux murmure du feuillage et des herbes,
Dort le chevrier, son chien fidèle à ses pieds.

Allegro
Au son festif de la musette
Dansent les nymphes et les bergers,
Sous le brillant firmament du printemps.

Allegro
Llegó la primavera y de contento
las aves la saludan con su canto,
y las fuentes al son del blanco viento
con dulce murmurar fluyen en tanto.

El aire cubren con su negro manto
truenos, rayos, heraldos de su adviento,
y acallándolos luego, aves sin cuento
tornan de nuevo a su canoro encanto.

Largo
Y así sobre el florido ameno prado
entre plantas y fronda murmurante
duerme el pastor con su fiel perro al lado.

Allegro
De pastoral zampoña al son chispeante
danzan ninfa y pastor bajo el techado
de primavera al irrumpir brillante.

L’ESTATE

Allegro non molto – Allegro
Sous la dure saison écrasée de soleil,
Homme et troupeaux se languissent,
et s’embrase le pin.
Le coucou se fait entendre, et bientôt
d’une seule voix
Chantent la tourterelle et le chardonneret.

Zéphyr souffle doucement, mais, tout à coup,
Borée s’agite et cherche querelle à son voisin.
Le pâtre s’afflige, car il craint
L’orage furieux, et son destin.

Adagio – Presto – Adagio
À ses membres las, le repos est refusé :
La crainte des éclairs et le fier tonnerre
Et l’essaim furieux des mouches et des taons.

Allegro
Ah, ses craintes n’étaient que trop vraies,
Le ciel tonne et fulmine et la grêle
Coupe les têtes des épis et des tiges.

Allegro non molto – Allegro
Bajo dura estación del sol ardida
mústiase hombre y rebaño
y arde el pino;
lanza el cuco la voz
y pronto oída
responden tórtola y jilguero al trino.

Sopla el céfiro dulce y enseguida
Bóreas súbito arrastra a su vecino;
y solloza el pastor, porque aún cernida
teme fiera borrasca y su destino.

Adagio – Presto – Adagio
Quita a los miembros laxos su reposo
el temor a los rayos, truenos fieros,
de avispas, moscas, el tropel furioso.

Allegro
Sus miedos por desgracia son certeros.
Truena y relampaguea el cielo y grandioso
troncha espigas y granos altaneros.

L’AUTUNNO

Allegro
Par des chants et par des danses,
Le paysan célèbre l’heureuse récolte
Et la liqueur de Bacchus
Conclut la joie par le sommeil.

Adagio molto
Chacun délaisse chants et danses :
L’air est léger à plaisir,
Et la saison invite
Au plaisir d’un doux sommeil.

Allegro
Le chasseur part pour la chasse à l’aube,
Avec les cors, les fusils et les chiens.
La bête fuit, et ils la suivent à la trace.

Déjà emplie de frayeur,
fatiguée par le fracas des armes
Et des chiens, elle tente de fuir,
Exténuée, mais meurt sous les coups.

Allegro
Celebra el aldeano a baile y cantos
de la feliz cosecha el bienestar,
y el licor de Baco abusan tantos
que termina en el sueño su gozar.

Adagio molto
Deben todos trocar bailes y cantos:
El aire da, templado, bienestar,
y la estación invita tanto a tantos
de un dulcísimo sueño a bien gozar.

Allegro
Al alba el cazador sale a la caza
con cuernos, perros y fusil, huyendo
corre la fiera, síguenle la traza;

Ya asustada y cansada del estruendo
de armas
y perros, herida amenaza
harta de huir, vencida ya, muriendo.

L’INVERNO

Allegro non molto
Trembler violemment dans la neige étincelante,
Au souffle rude d’un vent terrible,
Courir, taper des pieds à tout moment
Et, dans l’excessive froidure, claquer des dents;

Largo
Passer auprès du feu des jours calmes et contents,
Alors que la pluie, dehors, verse à torrents;

Allegro
Marcher sur la glace, à pas lents,
De peur de tomber, contourner,

Marcher bravement, tomber à terre,
Se relever sur la glace et courir vite
Avant que la glace se rompe et se disloque.

Sentir passer, à travers la porte ferrée,
Sirocco et Borée, et tous les Vents en guerre.
Ainsi est l’hiver, mais, tel qu’il est, il apporte ses joies.

Allegro non molto
Temblar helado entre las nieves frías
al severo soplar de hórrido viento,
correr golpeando el pié cada momento;
de tal frió trinar dientes y encinas.

Largo
Pasar al fuego alegres, quietos días
mientras la lluvia fuera baña a ciento;

Allegro
caminar sobre hielo a paso lento
por temor a caer sin energías.

Fuerte andar, resbalar, caer a tierra,
de nuevo sobre el hielo ir a zancadas
hasta que el hielo se abra en la porfía.

Oír aullar tras puertas bien cerradas
Siroco, Bóreas, todo viento en guerra.
Esto es invierno, y cuánto da alegría.

«CANCIÓN DE OTOÑO» (CHANSON D’AUTOMNE),
DE PAUL VERLAINE

Chanson d’Automne

 

Les sanglots longs
des violons
de l’automne
blessent mon coeur
d’une langueur
monotone.

Tout suffocant
et blême, quand
sonne l’heure,
je me souviens
des jours anciens
et je pleure.

Et je m’en vais
au vent mauvais
qui m’emporte
deçà, delà,
pareil à la
feuille morte.

De Poèmes saturniens,1866

Canción de otoño

 

Los sollozos más hondos
del violín del otoño
son igual
que una herida en el alma
de congojas extrañas
sin final.

Tembloroso recuerdo
esta huida del tiempo
que se fue.
Evocando el pasado
y los días lejanos
lloraré.

Este viento se lleva
el ayer de tiniebla
que pasó,
una mala borrasca
que levanta hojarasca
como yo.

De Poemas saturninos, 1866.
Versión de Carlos Pujol


Jean Claude Fonder

La mirada

Dos enormes fotografías de pinturas barrocas ornaban las paredes de uno de los bares del barco. Estábamos de crucero. Una de ellas representaba «Los músicos» de Caravaggio, la otra, no nos acordamos de qué  pintor se trataba, aunque el estilo era muy similar. Lo que más nos fascinaba de ella era la mirada del personaje del sombrero situado al lado del dios Baco. Una mirada obsesiva y a la vez irónica que nos cautivaba cada vez que pasábamos delante de ella. Tomamos a menudo el aperitivo en ese bar.

Diego Velázquez, El triunfo de Baco (Los Borrachos) Museo del Prado, 1629

Deux énormes photographies de peintures baroques ornaient las parois d’un bar sur le bateau qui nous emmenait en croisière. L’une d’entr’elles représentait «Les musiciens» de Caravagge, l’autre nous ne nous rappelions pas quel peintre elle reproduisait, bien que le style était similaire. Ce qui nous fascinait dans celle-ci c’était le regard du personnage central avec chapeau qui était à côté du dieu Bacchus. Un regard obsessif et ironique tout à la fois qui nous captivais chaque fois que nous passions devant elle. Nous prîmes souvent l’apéritif dans ce bar. 

Os propongo tres obras: “Los borrachos” de Diego Velázquez, “El borracho” de Guy de Maupassant y “Amsterdam” de Jacques Brel.

Le vent du nord soufflait en tempête, emportant par le ciel d’énormes nuages d’hiver, lourds et noirs, qui jetaient en passant sur la terre des averses furieuses.
La mer démontée mugissait et secouait la côte, précipitant sur le rivage des vagues énormes, lentes et baveuses, qui s’écroulaient avec des détonations d’artillerie. Elles s’en venaient tout doucement, l’une après l’autre, hautes comme des montagnes, éparpillant dans l’air, sous les rafales, l’écume blanche de leurs têtes ainsi qu’une sueur de monstres.
L’ouragan s’engouffrait dans le petit vallon d’Yport, sifflait et gémissait, arrachant les ardoises des toits, brisant les auvents, abattant les cheminées, lançant dans les rues de telles poussées de vent qu’on ne pouvait marcher qu’en se tenant aux murs, et que les enfants eussent été enlevés comme des feuilles et jetés dans les champs par-dessus les maisons.
On avait halé les barques de pêche jusqu’au pays, par crainte de la mer qui allait balayer la plage à marée pleine, et quelques matelots, cachés derrière le ventre rond des embarcations couchées sur le flanc, regardaient cette colère du ciel et de l’eau.
Puis ils s’en allaient peu à peu, car la nuit tombait sur la tempête, enveloppant d’ombre l’Océan affolé, et tout le fracas des éléments en furie.
Deux hommes restaient encore, les mains dans les poches, le dos rond sous les bourrasques, le bonnet de laine enfoncé jusqu’aux yeux, deux grands pêcheurs normands, au collier de barbe rude, à la peau brûlée par les rafales salées du large, aux yeux bleus piqués d’un grain noir au milieu, ces yeux perçants des marins qui voient au bout de l’horizon, comme un oiseau de proie.
Un d’eux disait:
– Allons, viens-t’en, Jérémie. J’allons passer l’temps aux dominos. C’est mé qui paye.
L’autre hésitait encore, tenté par le jeu et l’eau-de-vie, sachant bien qu’il allait encore s’ivrogner s’il entrait chez Paumelle, retenu aussi par l’idée de sa femme restée toute seule dans sa masure. … (+)

El viento del norte soplaba tempestuoso, arrastrando por el cielo enormes nubes invernales, pesadas y negras, que arrojaban al pasar sobre la tierra furiosos chaparrones.
El mar encrespado bramaba y azotaba la costa, precipitando sobre la orilla olas enormes, lentas y babosas, que se desplomaban con detonaciones de artillería. Llegaban suavemente, una tras otra, altas como montañas, esparciendo en el aire, bajo las ráfagas, la espuma blanca de sus crestas, igual que el sudor de un monstruo.
El huracán se precipitaba en el vallecito de Yport, silbaba y gemía, arrancando las pizarras de los tejados, rompiendo los sobradillos, derribando las chimeneas, lanzando por las calles tales rachas de viento que sólo se podía andar sujetándose a las paredes, y capaces de levantar a                                                                                           un niño como si fuera una hoja y de arrojarlo al campo por encima de las casas.
Las barcas de pesca habían sido sirgadas hasta el pueblo, por miedo al mar que iba a barrer la playa cuando subiese la marea, y algunos marineros, ocultos tras el redondo vientre de las embarcaciones tumbadas de costado, contemplaban a aquella cólera del cielo y del agua.
Después se marchaban poco a poco, pues la noche caía sobre la tormenta, envolviendo en sombras el océano enloquecido, y todo el estruendo de los irritados elementos.
Quedaban aún dos hombres, las manos en los bolsillos, encorvados bajo la borrasca, el gorro de lana calado hasta los ojos, dos corpulentos pescadores normandos, con una sotabarba áspera, con la piel quemada por las saladas ráfagas de alta mar, de ojos azules con una pinta negra en el centro, esos ojos penetrantes de los marinos que ven a lo lejos en el horizonte, como un ave de presa.
Uno de ellos decía:
-Hala, vente, Jérémie. ¿Qué tal si echamos una partida de dominó? Yo pago.
El otro vacilaba aún, tentado por el juego y el aguardiente, sabiendo perfectamente que iba a emborracharse una vez más si entraba en la taberna de Paumelle, contenido también por la idea de su mujer, que se había quedado completamente sola en la casucha. … (+)

(Guy de Maupassant, L’ivrogne)

Jacques Brel, Amsterdam escuchar

Jean Claude Fonder

Impresiones

«Soy un impresionista, quiero decir que disfruto del arte a través de mis impresiones. Creo que cualquier obra tiene que hablarme con lenguaje propio: la literatura, el teatro, la música, la pintura, la escultura, la  arquitectura, el cine, la fotografía …
Me gusta confrontarme directamente con la obra, probar sensaciones, conmoverme ante de ella sin recurrir a ningún elemento intelectualista o reflexivo. Dejando así que solo la obra, y eventualmente su contexto y mi capital cultural personal, puedan enriquecer nuestra relación. Relación que, por este motivo, será única e irrepetible en el tiempo y en el espacio.»

Joaquim Sunyer, El maquillaje, 1907
Joaquim Sunyer, El, 1907

«Je suis un impressionniste, ce qui signifie que j’apprécie l’art au travers de mes impressions. Je crois que tout art doit s’exprimer avec le langage qui lui est propre: la littérature, le théâtre, la musique, la peinture, la sculpture, l’architectura, le cinema, la photographie …
Il me plait de me confronter directement avec l’oeuvre, d’éprouver des sensations, de m’émouvoir devant elle sans recourir à aucun élément intellectualiste ou réflexif. De façon que seule l’oeuvre, et éventuellement son contexte et mon capital culturel personnel, peuvent enrichir notre relation. Relation qui, pour ce motif, sera unique et impossible à reproduire.»

Os propongo tres obras: “El maquillaje” de Joaquim Sunyer, un extracto de “Sodome et Gomorrhe” de Marcel Proust y el preludio de “Pelléas et Mélisande” de Claude Debussy.

« Quel chef-d’œuvre que Pelléas ! s’écria Mme de Cambremer, j’en suis férue » ; et s’approchant de moi avec les gestes d’une femme sauvage qui aurait voulu me faire des agaceries, s’aidant des doigts pour piquer les notes imaginaires, elle se mit à fredonner quelque chose que je supposai être pour elle les adieux de Pelléas, et continua avec une véhémente insistance comme s’il avait été d’importance que Mme de Cambremer me rappelât en ce moment cette scène, ou peut-être plutôt me montrât qu’elle se la rappelait. « Je crois que c’est encore plus beau que Parsifal, ajouta-t-elle, parce que dans Parsifal il s’ajoute aux plus grandes beautés un certain halo de phrases mélodiques, donc caduques puisque mélodiques. — Je sais que vous êtes une grande musicienne, Madame, dis-je à la douairière. J’aimerais beaucoup vous entendre. »

“-¿Qué obra maestra, Peleas! -exclamó la señora de Cambremer-. Estoy amartelada”; y acercándoseme con los gestos de una mujer salvaje que hubiese querido hacerme melindres, ayudándose con los dedos para picar las notas imaginarias, se puso a tararear algo que supuse debía ser para ella los adioses de Péleas, y continuó con una insistencia vehemente, como si fuese importante que me recordara la escena en ese momento o mejor, me demostrase que la recordaba. “Creo que es más hermoso aún que Parsifal -agregó-, porque en Parsifal, junto a grandes bellezas se encuentra un halo de frases melódicas; por consiguiente, caducas ya que melódicas”. “-Sé que es usted muy música, señora -le dije a la dueña-. Me agradaría mucho poder oírla”.

(Marcel Proust, Sodome et Gomorrhe)

Claude-Debussy-al-piano
Debussy: Pelléas et Molisane: escuchar

Jean Claude Fonder

Un paseo por la Mitteleuropa y el Adriático

Apuntes de viaje

Europalia 87 Österreich Hundertwasser

Austria, Salzburgo, Mozart, Viena, Mahler, Richard Strauss, Berg, Schoenberg, la secesión, Hoffmann, Horta, el Art nouveau, Klimt, Schiele, Schnitzler, Hofmansthal, Kafka… Esta enumeración define un amor nacido en Bruselas, que también es una gran ciudad del imperio Austrohúngaro. En los años 80 surge Europalia Austria: un formidable evento en el que se hacen exposiciones, conciertos y animaciones por toda la ciudad, en conmemoración de un país de Europa, Austria. Se restaura un café vienes en el Palais des Beaux-Arts, un edificio de estilo art nouveau construido por Víctor Horta, lo que originó una insaciable hambre de conocer todo acerca de esta cultura que mezclaba decadencia y renovación. Leí toda la obra de Schnitzler, fuimos a Viena y a Salzburgo numerosas veces, y cuando me trasladé a Italia por trabajo conocí Trieste, la ventana del imperio austrohúngaro que asoma al Mediterráneo.

Trieste es un raro cóctel de cultura italiana y austriaca, los habitantes de esta provincia se consideran como formando parte de una entidad que llaman mitteleuropa, término que Claudio Magris, triestino famoso, en un interesante artículo (Il fascino di una parola), define como vago y cargado de una resonancia mítica. Todo ello se percibe en el estilo de vida, en el modo de ser y en una infinidad de pequeños detalles que constituyen el encanto de esta preciosa ciudad.

Con dos amigos de Trieste planeamos un viaje por el Adriático hacia Olympia. Estuvimos en Trieste un par de días antes de embarcar. Nos alojamos en el hotel Duchi di Aosta que está en la plaza Unità d’Italia, la principal plaza de la ciudad, desde allí uno tiene la impresión de que el mar entra en ella y se deja abrazar. Un edificio histórico de estilo veneciano que se convirtió en hotel en 1873, quién sabe cuántos personajes importante habrán pasado por allí. Casanova estuvo allí algunos meses, el personal del hotel nos enseñó su habitación. Una réplica del Harry’s bar de Cipriani en Venecia, ocupa el lugar del restaurante, y qué restaurante, defiende sin duda la comparación con el original, sobre todo las dos espléndidas arañas en vidrio de Murano de sus salones.

No teníamos mucho tiempo, pero aun así fuimos al café San Marco, el café preferido de Claudio Magris, donde prácticamente le tienen reservada una mesa. Es un café histórico, de 1914, pero ante todo es un café en la concepción austriaca, es decir un lugar donde vivir, trabajar, comer, reunirse y donde tomar un café sentado para charlar con los amigos. La sorpresa, agradable, fue que un nuevo dueño había trasformado una ala en libraría.

Desde Trieste embarcamos para hacer un crucero de una semana. El barco, estaba amarrado casi en la plaza Unitá d’Italia, y cuando zarpamos, se veía como se la plaza se iba alejando. Grecia nos esperaba al final del Adriático.

El mar veneciano pasó a estar bajo la influencia de Austria cuando ésta se apoderó de la ciudad de la laguna, y poco después el imperio turco se dividió. Un largo paseo por las ciudades que conforman su orilla:

  • Split (Spalato) en Croacia y el precioso palacio del emperador Diocleciano originario de esta ciudad.
  • Kotor en Montenegro y su fiordo impresionante, el más meridional de Europa, llamado también las bocas de Kotor, hermosa y acogedora.
  • Katacoló en Grecia, el puerto para visitar Olympia
  • Corfú en Grecia, veneciana hasta las guerras napoleónicas. La ciudad es estupenda, como toda la isla, y tiene todavía  huellas  importantes de su pasado bajo la dominación de la república marinara.
  • Dubrovnik o Ragusa en Croacia, antes de Napoléon estuvo por poco tiempo bajo el dominio de Venecia, después se constituyó en una república marinara independiente como las otras cuatro italianas (Venecia, Genova, Pisa y Amalfi). Posteriormente también ella pasó a los austriacos. Es una maravilla.
  • Venecia, la Serenísima, es única en el mundo, su belleza es inagotable, cada vez que volvemos a verla nos gusta un poco más. Venecia fue fundada en el siglo V, buscándose en su particular geografía, la protección contra los ataques de los pueblos germanos. Inicialmente se encontraba bajo el gobierno del Imperio Romano de Oriente, pero poco a poco fue independizándose de él. Durante varios siglos, ya constituida en república marinare, se especializó en la navegación y desarrolló un poderío marítimo que le permitió dominar el comercio del  Adriático y del Mediterráneo. De nuevo es Napoléon quien pone fin a esta gran aventura. Tras su derrota, son los austrohúngaros los que toman el puesto de los franceses.

En todas estas ciudades, excepto en Katacoló hay una indudable presencia de la arquitectura veneciana y a veces austriaca, pero se observaba también una clara voluntad de afirmar la identidad eslava de los países de la antigua Dalmacia. Esto se entiende, después de las guerras de independencias contra las potencias que les dominaron. Solo en Trieste se percibe una cierta nostalgia por la cultura de la Mitteleuropa, aunque prefiere ser italiana.

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Trieste a la que finalmente llegamos,  volviendo a encontrarla en la luz plateada de la mañana.


Jean Claude Fonder

Los laberintos voladores

Los Laberintos voladores

Me desperté esta mañana muy temprano. La verdad es que había dormido poco. Una noche difícil en la que los sueños abundaban. No encontraba el laberinto de Borges.

La versión pdf, o sea la cabeza de un animal raro que había creado para intentar organizar los textos, los escritos y los apuntes de los talleres de escritura creativa había desaparecido. Lo había hecho delante de mis narices, y ningún buscador podía volver a encontrarlo.

Mi sistema está compuesto por carpetas situadas en el «cloud», la nube, un género de  laberinto también, una muchedumbre de enlaces que liga espacios digitales hundido en un mar de «servidores» distribuidos por el mundo, en lugares desérticos y fríos.

Por ejemplo el laberinto de Borges, lo había encontrado en internet en una página que calificaría de esotérica, quizás llena de virus malignos, había seleccionado y copiado el texto y lo había pegado en una página de Page, la herramienta de escritura de la Apple. Esta página la había salvado en una carpeta llamada “laberinto”. Después la había convertido al formado PDF para clasificarla en una carpeta homónima de mi lector de libros digitales, iBook. Todo eso estaba en la nube, obviamente.

Lo intenté 6 veces, cada vez que lo hacía la página desaparecía. Me fui a la cama con mi laberinto volador perdido en la nube. Quizás consiga encontrarlo con la ayuda de mis sueños borgesianos. «La noche te trae consejos», decimos en francés, pero en este caso, nada. Intenté por enésima vez convertir el laberinto de Page al lector iBook, veía como procesaba el convertidor, después aparecía por un instante la pagina en PDF, e, inmediatamente desaparecía.

¿Era Borges? ¿Era el realismo mágico? No me lo podía creer. Está bien en literatura y también en pintura, me gusta muchísimo Magritte, mi connacional, pero que pueda ocurrir en mi vida, en mi ordenador… me parecía imposible. Tenía un virus, o quizás estaba escondido en la página internet un poco rara de la que había copiado el texto de Borges. Tenía que hacer todo de nuevo, buscar otra página y recrear un nuevo documento. Pero no la encontré, y el tiempo pasaba, tenía que ir al taller.

Estaba a punto de tirar la toalla (algo que mi carácter no suele aceptar) cuando de repente lo entendí. Había dejado en el seleccionador de página la palabra labirinto, del francés, mi idioma, labyrinthe, un error lexical casi borgesiano, este hombre nutrido de cultura etimológica. La cambié y enseguida aparecieron los siete laberintos voladores.


Jean Claude Fonder