Baile de graduación

Faltaba poco más de un mes para la fiesta de graduación. El día más importante del año. Después del acto de la entrega de diplomas, se llevaría a cabo la celebración del baile de fin de curso. El broche de oro que todos los chicos y chicas estaban esperando y que sellaría su adolescencia con una chispa de magia. Desde casi el inicio del último trimestre, Eliza, o, mejor dicho, la madre de Eliza había estado devorando revistas de moda, eligiendo telas y, cose que te cose, pendiente de hasta el más mínimo detalle. Todo para que su hija fuera la más bella del baile. O al menos para que así se sintiera. A sus diecisiete años sería el primer baile de gala del que iba a disfrutar y quería que lo recordara toda la vida. Todavía se acordaba de cómo había sido el suyo. Maravilloso. Admirada y disputada por todos los chicos. Eliza no podía ser menos. La hizo probarse el mismo vestido una y otra vez, hasta que le pareció que le quedaba perfecto.  

Finalmente, el momento llegó y en efecto, la entrada de Eliza en el salón luciendo un elegante vestido de satén color esmeralda y unos deslumbrantes zapatos de tacón de aguja, adornados con lentejuelas en oro, plata y azul que brillaban bajo las luces, fue espectacular. Las miradas de los jóvenes se volvieron hacia ella y por un instante, se sintió el centro del mundo.  En cuanto la música inició sus primeros compases, Eliza se encaminó hacia la pista de la mano de su galán, su compañero de clase y amor platónico. Él la tomó por la cintura y comenzaron a girar y girar, pareciendo que todo iba a desarrollarse según lo previsto.

Pero el destino tenía otros planes. En medio de un giro un tanto arriesgado, resonó un crujido: el fino tacón de uno de sus zapatos se partió y Eliza cayó al suelo. El mundo pareció quedar congelado a su alrededor. Por un momento las lágrimas parecieron ir a brotar de sus ojos, pero antes de que la angustia pudiera consumirla, su pareja se agachó, le tendió una mano con una sonrisa cálida, la ayudó a descalzarse de su otro zapato y a continuación se descalzó también él de los suyos.

¿Lista para continuar? — preguntó con una sonrisa, mientras la ayudaba a incorporarse.

Eliza sintió que aquel pequeño gesto transformaba su vergüenza en una situación de divertida complicidad. Y juntos, como si nada hubiera ocurrido, comenzaron a bailar de nuevo, esta vez descalzos, libres de expectativas. En ese instante, Eliza, supo que aquel baile sería mucho más que un bello recuerdo y que habría de durar toda la vida


Sergio Ruiz Afonso.

Étoile

Bailaba y sonreía.

Y sangraba.

Se entrenaba todos los días, sin descanso. Bailaba durante horas, repitiendo los mismos pasos una y otra vez, hasta que el dolor dejaba de ser un aviso y se volvía costumbre. Continuaba incluso cuando la sangre empapaba las zapatillas, incluso cuando los pies ardían y temblaban. Parar no era una opción.

En el escenario, la danza la hacía parecer ligera, casi feliz. El público veía música hecha cuerpo, belleza sin esfuerzo. No veía el trabajo infinito, ni las noches de hielo y vendas, ni los pies que ya no podían descansar.

Sus pies habían quedado deformes: dedos torcidos, huesos alterados, cicatrices profundas. Eran feos, castigados, irreconocibles. Eran el suelo verdadero de la danza, el lugar donde nacía el dolor que hacía posible la gracia.

Sonreía para no gritar. Sonreía porque la belleza exige silencio. Cada aplauso cubría una herida, cada paso perfecto nacía de una carne rota. La danza pedía todo: tiempo, cuerpo, vida. Y ella lo entregaba sin medida.

Arriba, la luz.

Abajo, la sombra.

Cuando el cuerpo ya no respondió, la música siguió sin ella. El público aplaudió a otra bailarina. Sus pies quedaron quietos, deformes para siempre.

Sus pies, inmóviles, guardaron la verdad: que lo que el público ama nace de lo que no quiere ver.


Graziella Boffini

La Danza

La danza no es solo la que se ve en el teatro como forma de arte. Su teatro también es la vida misma, y a cada paso, le corresponde una coreografía diferente. La danza es algo que se desarrolla ante mis ojos cada vez que tengo la oportunidad de observar atentamente lo que pasa a mi alrededor. Por ejemplo, me acuerdo de que, cuando de niña veraneaba en la casa de campo de mis abuelos, al observar las abejas que zumbaban cerca de un manzano en flor, dejaba de ver insectos y me imaginaba bailarinas de rayas doradas, trazando curvas en el aire, rozando cada pétalo con delicadeza. O bien, en otras ocasiones, mirando hacia arriba, veía cómo el cielo comenzaba a moverse. No eran nubes, sino algo más: grupos de estorninos, miles de ellos, girando y girando en una danza perfecta, formando figuras que se deshacían y volvían a unirse en un instante. El sonido era un susurro gigante, el batir de miles de alas que se movían al unísono. No había líder, pero todos se movían como uno solo, un organismo vivo pintando trazos sobre el crepúsculo anaranjado. Yo solo era una testigo de este espectáculo y, por suerte o por casualidad, estaba allí para verlo. Luego la danza se apagaba tan rápido como había empezado, disolviéndose hacia el horizonte, dejando solo el silencio. Me acuerdo de que se lo conté a mi abuelo y el me respondió que, siendo una niña que vivía en la ciudad, no tenía muchas oportunidades de dar con la naturaleza. Ahora, que paso mis vacaciones en una casa frente al mar, me encanta observar el cielo con mi telescopio desde la terraza. Las estrellas ya no son puntos distantes, sino faros cercanos. No sé lo que voy buscando en el cielo. Tal vez busco una luz que te represente, tal vez un planeta o una estrella o algo danzante, puesto que tú amabas bailar. Entonces yo también me imagino danzar entre ellas, y a veces me parece que las estrellas aparecen y luego se esconden; lo mismo hacen las constelaciones, y a menudo hay una esfera plateada que se mueve en silencio, haciéndome participar en una danza onírica trazando arabescos luminosos en el cielo obscuro, como en un baile sin música, solo se oye el sonido del viento, el murmullo de las olas del mar y el latir de mi corazón.

Ahora imagino que tú estás allá arriba, porque siempre hay lugar para uno más que quiera danzar.


Raffaella Bolletti

La Danza

Ese año, yo tenía 16 años, mi madre acababa de inscribirme en una clase de baile. Estábamos en 1959, época en la que la danza todavía formalizaba las relaciones entre los sexos. Los años sesenta iban a cambiar brutalmente todo esto, pero no lo sabíamos todavía y, de todas formas, ser un buen bailarín era siempre una baza fundamental entre las cualidades de un joven seductor. Pero unos años más tarde, es gracias a un Slow de Charles Aznavour que conquisté a mi esposa. Ella siempre disfrutaría formando conmigo una formidable pareja de Jive, que entonces se llamaba Rock, y puedo decirles que, aunque todos bailaban Twist & shout de los Beatles, muy pocos fueron capaces como nosotros de bailar sobre el inolvidable Jailhouse rock de Elvis.

También hay que decir que mi esposa y yo, por supuesto, éramos aficionados, pero también apasionados de la danza contemporánea, en una palabra, que significaba todo en ese momento: Béjart. Habíamos visto una noche muy tarde en la TV, el bolero de Ravel, la interpretación única que la compañía de Béjart, El ballet del siglo XX, como se llamaba en Bruselas, realizó esa noche. Esta nos convenció, teníamos que ver este espectáculo. Yo trabajaba entonces en la capital y logramos ver, no el bolero sino lo que era una obra maestra indiscutible: La consagración de la primavera, de Stravinski.

La sala se llamaba Le Cirque royal, era en efecto un circo de invierno que la Monnaie, la ópera de Bruselas había confiado, para construir sus espectáculos, a Maurice Béjart. Solo los cuerpos de los bailarines ocupaban la escena circular y la coreografía del maestro sobre la música genial del compositor elaboraba maravillosamente el milagro de la naturaleza, los dos géneros masculino y femenino se enfrentaban, se reconocían y se unían para construir la arquitectura del futuro, la vida y el amor. Perdimos pocos espectáculos, los encontramos incluso en Milán, donde vivíamos entonces, cerca de Lausana donde la compañía se había trasladado.

La última vez que vimos a Béjart fue en Niza, donde se había organizado un espectáculo para conmemorar su carrera con motivo de un aniversario. El milagro funcionó, por supuesto, sobre todo porque se proyectó en presencia del maestro, la versión del Bolero, filmada por Lelouch, en el Arco del Triunfo de París y sobre todo bailada por Jorge Donn, el intérprete que finalmente Béjart eligió para formar una pareja que permitió al autor de unirse a su obra.


Jean Claude Fonder

La vida que da vueltas 

Desde pequeña soñaba con ser bailarina: los momentos que más disfrutaba eran los viernes por la tarde, al salir de la escuela y tener clases de Ballet; Nives siempre había sido burrita con el estudio, sin embargo, el fin de semana comenzaba con el pie derecho y esa pequeña recompensa.  

Era afortunada y no se podía quejar de su estilo de vida ni de las cosas que le pasaban y solo tenía un anhelo: convertirse en bailarina de La Scala de Milán. A menudo llevaba el larguísimo pelo recogido en un moño y se ponía pinzas para que no se soltara en todo el día. Peinaba su cabellera, hacía un moño y se remiraba en el espejo para que todo estuviera en orden.  

Todavía recuerda su asombro al ver el primer ballet clásico en dicho teatro de ópera: era El Cascanueces de Tchaikovsky. Todo era maravillosamente impecable: los bailarines se movían con delicadeza en el escenario, cada pieza diseñada para la ocasión, el vestuario majestuoso y la orquesta tocaba la obra entera para el disfrute de los espectadores. Nives era una niña, sin embargo, no pudo hacer otra cosa que tomar la firme decisión de querer seguir aquellos pasos; algún día deseaba montarse a ese escenario y hacer piruetas por doquier.  

Con el pasar del tiempo, Nives seguía enfocada en lo suyo, dejando a un lado la escuela y el estudio. Solo le interesaba la danza, inventar coreografías para bailar sola en su cuarto, comprar casetes y salir con tocacintas a todas partes. Eran los años del auge de las Spice Girls y de los Backstreet Boys: amaba los videoclips musicales para imitar las coreografías que salían y mezclarlas con las de Britney Spears, otra artista que le fascinaba.  

Muchos años después, frente a un cartel publicitario de un curso de cardio salsa y rueda de casino quiso probar también a mover sus primeros pasos caribeños; era lo opuesto a lo que tantos años le había costado aprender en el Ballet, ya que lo más complicado era soltarse, menear las caderas, los brazos y los pies al compás de la música antillana.  

La profesora de cardio salsa era precursora de lo que ahora se llama “zumba” o sea inventaba una coreografía por cada género musical del Caribe y alternaba las canciones: una salsa, una bachata, un reggaetón y un merengue. Nives, tan cuadriculada y enfocada en querer bailar en La Scala, al principio estaba perdida; en su mente no cabía algo tan “sencillo” como oscilar las caderas tal como si fuera Shakira. El profesor de salsa, en cambio, era cubanísimo hasta la médula, mezclaba el inglés y el francés, por lo tanto, ningún aprendiz entendía un carajo. Sus clases eran un fracaso, Nives se aburrió pronto y comenzó a mirar tutoriales para aprender a bailar sola. Estaba indecisa si prefería la salsa o la cumbia colombiana; por ende seguía en lo suyo.  

Desde hace casi un par de décadas Nives abandonó por completo la idea del ballet, tomó unos rumbos que nada tienen que ver con la danza, sin embargo, trata de incorporar el amor hacia el baile, el ritmo y la música con el trabajo que escogió. Está en esta disyuntiva: ¿lo estará consiguiendo o será su enésimo fiasco? ¿cómo se concilia su adorado Caribe con el trabajo?   

Un fin de semana soleado Nives se fue de excursión al Lago Maggiore para conocer los pueblecitos tan famosos que lo rodean. Ahí, solita, mientras caminaba tomando fotos a los hermosos paisajes, divisó al hombre más guapo jamás visto: Trygve un chico apuesto alto, flaco de ojos azules como el mar. Como indica su nombre en noruego significa “fiel y confiable”, así que para Nives fue un flechazo. Poco después del encuentro se casaron y ahora viven en un pequeño apartamento cerca del trabajo de ella. 


El sombrero de Carito

Llora en todos los idiomas

Luigi dice que la danza, el fútbol, el arte, la vida, es el ingenio de la gravedad en coordinación con el instante. Los cuerpos se apoyan en el aire y dentro de tu corazón está el alma de cada movimiento. Una carrera emocionante, un pase magistral y una parada casi imposible. Danzas y ríes con los protagonistas.

—Aunque sabes que vas a morir —comenta Fiorella—. Algunos sin haber vivido y con la despierta vanidad del juicio.

—Eres la alegría del jardín —le digo.

—Recuerda El cementerio de Los Inocentes en París—Me contesta.

—Si. Vamos a morir, lo sabemos. Lo inexorable existe —comenta Luigi—. Lo inevitable de la muerte y la igualdad de todos ante ella (memento mori) no nos para. Nuestro cuerpo compuesto de células microscópicas, no nos limita. Nos empuja a la crítica vacía, a seguir reflexionando sobre un mundo incongruente.

—Así es, Luigi. Nos creemos dioses.

—Quizás los que compartimos, como los deportistas, o los bailarines en cada pieza su cadencia y tiempo, seguimos una secuencia estructurada que da lugar a la magia como la de los treinta y dos giros continuos de Odile en El lago de los cisnes. 

Ese es el momento que llena tu corazón de alma. 

Y nada más existe. 

Emoción. 

Llora en todos los idiomas. 


Blanca Quesada

Los hombres que no saben bailar

El hecho de que haya muchos hombres que no sepan o no quieran bailar me parece una realidad indiscutible, como se dice en mi curso de baile popular.

Pero es verdad que en este asunto hay unas excepciones.

En este curso de danza, en el que yo participo desde unos treinta años, la mayoría somos mujeres. Eso no sería un gran problema si solo bailáramos en círculo o en fila sin necesidad de ponerse por parejas, pero lamentablemente hay muchas danzas en las que se baila sí todos juntos, pero hay el papel del hombre y el de la mujer, así que no queda más remedio que algunas mujeres bailen en el papel del hombre. De aquí surgían muchos problemas, porque durante este tipo de danza hay que cambiar continuamente de pareja y eso resultaba bastante difícil, porque no estaba claro para nadie quienes eran las verdaderas mujeres y quienes eran los “hombres”. Incluso pasaba alguna vez que, en medio de la confusión, una persona empezaba el baile en el papel de mujer y lo terminaba en el papel de hombre, sin necesidad de operarse ni de hacer terapias hormonales.

Así que nuestra profesora Marina encontró una solución: no podría ser que algunas mujeres se vistieran de hombre, a lo mejor dibujándose en la cara barba y bigote… así que nos llevó una serie de corbatas, que nos ponemos cuando tenemos hacer la parte de hombre. 

Así que se resolvió el problema, pero todavía es complicado cuando se bailan danzas de pareja. Es un horror, una vergüenza: las mujeres más espabiladas se apropian de los tres o cuatro hombres presentes y las demás tienen que conformarse con bailar abrazadas a otras mujeres. A mí eso me parece muy triste, porque me recuerda cuando era chica y veía muchas señoras bailando entre sí y pensaba que eran todas solteras, o divorciadas… Por eso, normalmente aprovecho el momento para ir al baño esperando que la sucesiva sea una danza de grupo.

En mi familia también hay casos de hombres que no saben – o no quieren – bailar.

Mi cuñado es el ejemplo perfecto. Cuando éramos jóvenes e íbamos a la discoteca, era muy fácil localizarlo incluso en medio de centenares de personas porque su cabeza era la única inmóvil entre todas. Después de la boda, aprovechando la fase del enamoramiento, mi hermana logró convencerlo para que se apuntaran a un curso de baile latinoamericano. Él fue y hasta consiguió aprender los pasos de memoria, pero bailaba como un trozo de madera, con la única diferencia de que un trozo de madera no te pisa los pies. Total, para librarse del curso de baile sin faltar a su promesa ni decepcionar a su mujer, mi cuñado no tuvo otra opción que dejarla embarazada y con eso terminó su torpe carrera de bailarín. 

Y ahora no puedo evitar hablar de mi marido.

Cuando nos conocimos, hace un millón de años, fuimos alguna vez a la discoteca con los amigos y tuve la oportunidad de ver que bailaba como Toni Manero en “La fiebre del sábado noche”: o sea, ocupaba el espacio que normalmente ocupan tres o cuatro personas, porque se movía mucho y agitaba los brazos como J. Travolta en la película, de modo que, si alguien se acercaba demasiado, corría el riesgo de recibir un manotazo. 

Hasta le pregunté si pagaba una entrada doble y si tenía un seguro contra los accidentes que podían pasarle durante el baile.

Pero lamentablemente eso no duró mucho. Pasada la edad de la discoteca empezamos juntos el curso de danza popular y la verdad es que aún allí bailaba bastante bien, pero después de un año o poco más se cansó y dejó de ir.

Me acompaña de vez en cuando a alguna fiesta, pero casi no baila, a pesar de que mis compañeras y yo intentamos convencerlo.

Entonces, voy sola: bailo a veces en el papel de mujer y a veces en el del hombre, me escondo en el baño cuando se hacen danzas de pareja, ¡o espero… ojalá alguna señora me invite a bailar! 


Silvia Zanetto

Nocturno friulano, 1950

Al cruzar el umbral del establo, nos recibe el aroma del heno, de la paja seca y el calor que desprenden las cuatro vacas gordas que rumian aburridas.
Sobre la vieja mesa de madera, el abuelo juega al solitario con una baraja de cartas de bordes desgastados y dorso obscuro y grasiento.
Junto al abuelo, la abuela teje. De vez en cuando se queda dormida y el trabajo se le cae en el regazo.
Sobre la mesa cuelga una bombilla cubierta de excrementos de moscas, alrededor de la cual bailan las polillas indiferentes a los humanos.
En dos sillas de paja, dos mujeres jóvenes sostienen en brazo dos niños que, envueltos en mantones de lana, duermen profundamente.
Sobre un montón de heno perfumado, dos nenas susurran secretos.
Faltan pocos citas para Navidad.
Las dos jóvenes mujeres recuerdan lo que leyeron en la última carta de sus hombres.
……Querida Anita, no estaré en Navidad. El viaje es demasiado caro.
Volveré en primavera. espero. Dale un beso a Tonina y Anna María.
Háblales de mí. A ti mi amor de siempre.
……Querida Margherita, esta Navidad tampoco estaremos juntos.
Dale un beso a Luca y Daniela. Os echo mucho de menos. Te quiero. Sé buena con los abuelos.
Todo está inmóvil y en silencio.
Solo las polillas, incansables, bailan alrededor de la bombilla.

Iris Menegoz

Epifania

Algunos estudiantes llegan a ser buenos, otros mediocres y muy pocos no pasan del suficiente ya que por mucho círculo que hagamos cada cerebro tiene sus recursos.

“La rueda es una línea que se curva para llegar a encontrarse en el mismo sitio y consigo misma” — Me dijo Sara.

Y yo, profesor de biología pensé: pues sí, se parece a la vida, a los planetas e incluso a cada una de las células de nuestro cuerpo. Ellas tienden a lo redondo. Empezando por una de las etapas del desarrollo embrionario que ocurre al cuarto día después de la fecundación en humanos. Se llama mórula, es una esfera sólida llena de células que mide menos de doscientas micras.

Entonces tuve una epifanía: recordé una película alemana que se llama Vier minuten. 

La crítica hablaba de una muy buena película. Uno de los críticos utilizó la palabra redonda. El argumento trataba de una mujer mayor que enseña piano a una joven convicta en una cárcel de mujeres para transformar su ira. Era virtuosa tocando el piano y la disciplina la perfeccionó. Le dieron permiso. Tenía cuatro minutos para interpretar una pieza de Schumann en un teatro y ella opto por otra creación llena de pasión. Tocó una composición con variaciones y sonidos de la música negra. Jenny fue aclamada por el público ¿Estaría ya ese coraje impreso en su mórula? 

 — Llegamos a los mismos sitios. Sara, no importa el camino, de la misma manera que cada planeta traza su órbita nosotros transitamos.

 — Habrá que disfrutar de la senda Daniel. Vamos a necesitar al menos dos ruedas.

— ¡Muy buena idea, Sara!,


Blanca Quesada

La rueda

La rueda, la rueda al principio corre, corre, corre tan rápido que ni siquiera te das cuenta de si hay algún obstáculo.
Es rápida. Luego ralentiza, tropieza, se rompe. Hay que arreglarla. La arreglas, y vuelve a correr y pasan las carreteras, los caminos y la estaciones. A toda velocidad.
Llega un momento en que se detiene de nuevo y piensas que se ha roto para siempre. Pero no, la arregla de algunas manera; le pone un parche y luego otro, y otro y la rueda vuelve a rodar.
Es un poco más lenta. Cada vez más lenta.
Entonces parece che se detiene.
Intentas ponerle parches nuevos. Cambias la cubierta! Y vuelve a ponerse en marcha!
Pero sientes que ya no puede más.
Ralentiza, y ralentiza y tu con ella.
La carretera está limpia, y despejada. El sol brilla en el horizonte.? Por qué no puede más?
Entonces por fin comprendes y la dejas ir.
¡Ve, ve, ve!


Iris Menegoz

La rueda

Después de años de ausencia vuelvo a visitar el pueblo donde vivieron mis abuelos maternos. Todo parece igual. Decido bajar hacia el pequeño río que separa el pueblo en dos partes. Desde que era niña, me fascinaba observar cómo el agua corría, arrastrando hojas y ramas, mientras el sol se reflejaba en su superficie. Allí está el viejo molino cubierto de hiedra y olvidado por el tiempo. La rueda de madera de roble, desgastada pero igualmente maravillosa, parece esperar a que alguien la despierte de su letargo. Sin pensarlo dos veces, decido acercarme.

Al tocar la rueda, siento una corriente de energía recorrerme y, de repente, me encuentro dentro de este mecanismo, que empieza a girar. Cada giro de la rueda me lleva a un viaje a través de un mundo pasado: el sonido de la molienda, el aroma del grano fresco y las risas de los campesinos que venían a moler su cosecha.

Además, a medida que la rueda gira, puedo ver el paisaje cambiar. Las estaciones pasan ante mis ojos: la primavera con sus flores empezando a brotar como la infancia, el verano dorado como la juventud llena de pasión y sueños, el otoño con sus hojas crujientes como la edad adulta donde se enfrentan responsabilidades y decisiones y el invierno cubierto de nieve, como la vejez de pelo blanco, con su sabiduría y reflexión. Pero también percibo la tristeza del molino que ha sido olvidado, y con él, las historias de aquellos que alguna vez lo habitaron. Cada vuelta me trae también recuerdos de mi pasado con momentos de euforia y otros de incertidumbre y fracasos.

La rueda segue girando y parece hablarme diciéndome: “Aprecia cada etapa, aprende de ella y, sobre todo, nunca dejes de soñar. Al final, lo que importa no es cuántas vueltas has dado, sino cómo has vivido cada una de ellas”. Entonces mi vida era como esa rueda, a veces giraba hacia arriba, a veces hacia abajo, y cuando perdí a un ser querido fue como si la rueda se atascara en un lugar obscuro, y el dolor me hizo sentir que jamás podría volver a girar. Pero, con el tiempo, aprendí que esas detenciones son parte del viaje. La tristeza se transformó en recuerdos, que siguen acompañándome, y la rueda comenzó a girar de nuevo, aunque de manera un poco diferente. Finalmente, cuando el sol comenzó a ponerse, sentí que mi tiempo dentro de la rueda del molino llegaba a su fin. Hoy, miro hacia atrás y veo que cada vuelta de esa rueda ha sido valiosa, y que mi rueda seguirá girando, llevándome hacia nuevas aventuras y aprendizajes en un viaje continuo. En este momento estoy lista para seguir girando.


Raffaella Bolletti

Las ruedas son mágicas

¿No les cansan la tele? 

Hace años que este mítico objeto de los años 60 ya no está en el centro de nuestra sala de estar. Sin embargo, ¿quién no recuerda su primera televisión, la llegada del color, la coronación de la reina Isabel, el primer hombre en la luna, … Y eso no es todo, culturalmente también fue una revolución. El teatro, los grandes clásicos, el concierto de Año Nuevo en Viena, las películas, los partidos … Algunos han creado una sala de cine en su casa.

Pero muy pronto, fue la irrupción de la publicidad, debería más bien decir la invasión, las cadenas comerciales, e incluso las cadenas que pagaban no se salvaron. El modelo americano se impuso. Estábamos muy lejos de la escucha familiar en torno a la radio.

Y luego la distribución, son ellos los que deciden lo que ustedes deben, lo que pueden ver y cuando pueden verlo, entonces la proliferación de una programación de bajo nivel, hecha de juegos estúpidos, variedades populares, y la omnipresencia del fútbol.

Afortunadamente, internet ha hecho estallar el tapón. Gracias a la tecnología, los distribuidores pueden ser esquivados, se puede ver una ópera, un concierto, una representación teatral, un documental hermoso, eventos deportivos, una serie y por supuesto películas en todos los países del mundo. Puede ser gratis o de pago, y ustedes pueden usar una VPN que les lleven al país que deseen. Ustedes son libres de elegir, pueden ver y volver a ver cuando quieran y pagan lo que quieran. Además de esto puede ser interactivo, ustedes pueden participar en conferencias, cursos y talleres, así como ustedes mismo pueden organizar una reunión entre amigos.

Es maravilloso, pero hay que utilizar su ordenador, hay muchos televisores con algunas funciones de internet, pero limitado por supuesto. O también se puede conectar el ordenador a la TV, pero en general está instalado en su oficina o en una mesa que lo substituye. Una tableta, pero también es limitada y no muy práctica. 

La solución es mi esposa que lo encontró: Las ruedas.

Tengo un buen ordenador de mesa Apple, con una pantalla grande (28″), de calidad superior a la del televisor y conectado a mi canal HiFi. Está instalado sobre una pequeña mesa a la altura de mi sillón. Es decir, no el de una mesa de salón ni el de un escritorio. No es fácil de encontrar, elegí un mueble para niños de buena altura y montado sobre 4 ruedas.

Cuando trabajo o busco lo que queremos ver, lo acerco a la silla y cuando miramos simplemente lo muevo hacia el centro de la habitación.

¡Las ruedas son mágicas!


Jean Claude Fonder

El diezmo

La noticia corrió como la pólvora y, a lo largo de la tarde, sobre todo entre la gente menuda, se convirtió en la comidilla del pueblo.

A Saulo, Luis, Martín y Noé les pilló en el patio del colegio.

—E…está mañana los vi -dijo Saulo con el característico tartamudeo que tanto le avergonzaba- La…l-la están i…instalando en el descampado que está detrás de la iglesia. H-he visto como están levantando la no-noria.

Sus amigos aplaudieron con júbilo. Atrás quedarían al menos por unos días las  aburridas tardes tirando piedras al río o molestando a los gatos de la vieja Eulalia que, acostumbrados, ya ni se inmutaban por ello.

—Y ¿Viste si habría montaña rusa? -preguntó con ansiedad Martín.

—S-si -respondió el primero, asintiendo repetidamente con la cabeza- Y-y también co-coches de choque.

Todos suspiraron en silencio. Era la hora del recreo, y cada uno se dejó arrastrar por la imaginación hasta su atracción preferida mientras daban buena cuenta de la merienda.

Sí. La feria había llegado. Y los operarios se estaban dando mucha prisa a fin de tenerlo todo listo para el día siguiente. Como todos los años, habría pimpampum, casa del miedo, tiro al blanco, y muchas cosas más, pero lo que más llamaba la atención era la Gran Rueda de la Fortuna que se anunciaba a bombo y platillo como sorpresa. Al menos, así figuraba en los papelillos de propaganda que se repartieron por todo el pueblo.

Al día siguiente, que era sábado, la feria abrió como estaba previsto. En cuanto los operarios retiraron las vallas que impedían el paso, la gente se lanzó en tropel a las entrañas de aquel universo de luces y algarabía. Los cuatro amigos fueron de los primeros en pasar y, dispuestos a disfrutar de una tarde inolvidable, no se dejaron ni una sola atracción atrás, desde el pimpampum a la casa de los horrores; se atiborraron el estómago con todo tipo de chuches, y cuando por fin parecía que no había nada que pudiera superar lo vivido, se toparon con la fascinante Rueda de la Fortuna. Por un rato permanecieron mudos ante aquella maravilla, sucios sus rostros, cargados de golosinas sus bolsillos.

Se trataba de una luminosa plataforma de madera pintada, que giraba, oscilaba, subía y bajaba, todo a la vez. Sobre ella se habían dispuesto varias filas de asientos con aspectos de seres mitológicos que también subían, bajaban y giraban de modo independiente, y colocada en medio de la misma se erigía la divertida figura de una bruja que se desplazaba entre los asientos repartiendo escobazos.

Los altavoces animaban a los indecisos a probar suerte y los cuatro amigos corrieron a montar sobre sus animales preferidos. En cuanto el resto de las localidades estuvo ocupada, el artilugio se puso en marcha, con chirriante lentitud al principio, luego con inesperada suavidad a medida que la velocidad fue aumentando. La música estridente y los gritos de satisfacción o sorpresa llenaban el aire, pulsando con una energía que parecía provenir de otra esfera. Y mientras giraban, una densa neblina comenzó a aislarlos, como si la realidad se hubiera desdoblado en dos dimensiones distintas. Para el público, la rueda se hizo casi invisible. 

Entre tanto, dentro de ese vórtice de misterio, cada uno de los muchachos experimentó una revelación singular: a Saulo, que no volvería a tartamudear; a Martín, que algún día se convertiría en un empresario de éxito; a Luis, que finalmente sus padres lo iban a llevar de vacaciones a Disney. 

Cuando, luego de unos minutos la máquina paró, los chicos bajaron despeinados y sonrojados, pero felices.  Salvo Noé, al que todo el mundo buscó. Era como si se hubiera desvanecido. De inmediato se investigó tanto a la máquina como a los feriantes, hubo rumores para todos los gustos, todos sin consistencia, y ante la falta de respuesta, conforme pasaron los días el asunto pasó a la  categoría de misterio. La feria que tuvo que paralizar de inmediato sus actividades, estuvo varios días precintada y en cuanto pudieron, los feriantes desmantelaron las instalaciones. Al decir de la vieja Eulalia, jugar con el azar exige siempre el pago de un diezmo como contrapartida.

Por supuesto, la feria no volvió nunca más a aquel pueblo.


Sergio Ruiz Afonso.

Una rueda que non rueda

Cae lenta la noche cubriendo el mundo con su misterio. Todo está oculto, también el Entre los ríos Karkenoth y Dez se alzaba una montaña hecha por los hombres.

Cuentan que allí, hace tiempo, los hombres inventaron una rueda que no rueda.

Susa nace hace cerca de 9000 años, pero su magnificencia es de hace cerca de 5000 cuando inventaron la rueda que no rueda.

En el centro se alza la montaña sagrada, el zigurat en lengua elamita. Una montaña hecha de ladrillos y rodeada de una escala que permitía al sumo sacerdote acercarse al lugar donde habitan los dioses.

Grandes y ricas túnicas eran las vestimentas del rey y de los nobles.

Taparrabos y pobres faldas vestían campesinos, artesanos y aquellos que hacían rodar las ruedas que no ruedan.

Más tarde la rueda serviría para el comercio y la guerra, como en el Egipto de Ramsés, y hasta… Hasta que terminemos con las guerras.

En Susa, cuando gobernaban los elamitas, la rueda no rodaba ni servía para hacer la guerra.

Cuentan que al alba, apenas amanecía, un hombre se alzaba para hacer rodar la rueda que no rueda. Y así sucedía en muchas habitaciones humildes.

Gran parte de la grandeza de esa antigua ciudad se debió a la rueda que no rueda.

Un hombre hacía girar un plato, sobre él había colocaba arcilla y con sus manos la modelaba y a medida que el plato giraba iba arrancando formas escondidas en la tierra.

Y hasta hoy hay quienes crean belleza utilizando una rueda que no rueda pero que gira y gira, llamada torno, y que seguirá girando quizás hasta el fin de nuestro tiempo.

Es allí 

Grandes palacios y antiguos templos se construyeron gracias a la rueda que no rueda.


Patricio Vial

La carta que no salió

En un rincón olvidado de la sierra andaluza, donde las casas son blancas y las calles se enredan como hilos viejos, vivía Celia. El pueblo era pequeño, rodeado de olivos y silencios. Desde que volvió allí para cuidar a su madre, y luego se quedó, atrapada por la costumbre, los días le parecían siempre iguales. Trabajaba en el bar de su primo: cafés con o sin leche, cortados, comandas, mesas, propinas, caras conocidas. Todos los días iguales.

Aquel miércoles de otoño, salió del trabajo antes de lo habitual. El bar estaba medio vacío, y ella se sentía aún más vacía por dentro. En vez de volver a casa, echó a andar sin rumbo, siguiendo una callejuela que nunca había recorrido.

El sol se escondía tras las montañas, y la luz se filtraba entre los tejados con una tristeza hermosa. Caminando sin pensar, giró en un callejón donde nunca había estado. Allí, como aparecida de la nada, una puerta de madera oscura la detuvo. Un cartel colgaba:

“Cartas.”

Iba a seguir, pero un golpe de viento, leve, pero firme, la empujó hacia dentro. La puerta se abrió sola. El aire olía a incienso y romero.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó una voz.

Era una mujer mayor, de ojos negros y pañuelo morado en la cabeza. Amalia, decía una pequeña placa junto a una vela encendida.

—No lo sé —dijo Celia—. Sólo pasaba por aquí.

—A veces, lo que necesitamos no se busca. Simplemente, nos encuentra —respondió Amalia.

Celia se sentó sin saber muy bien por qué. Sentía que no tenía nada que perder. Amalia barajó las cartas con manos seguras y colocó tres sobre la mesa.

—Pasado. Presente. Futuro.

Celia pensó —sin querer— en la Rueda de la Fortuna. En un cambio, una sacudida del destino que le diera un nuevo comienzo.

Amalia dio la vuelta a las cartas:

Cinco de Copas.

El Colgado.

Diez de Espadas

El Cinco de Copas: muestra la tendencia a mirar sólo lo perdido, ignorando lo que aún se tiene; el Colgado: representa una pausa forzada, pero también una oportunidad para mirar desde otro ángulo y el Diez de Espadas es dolor, sí, pero también liberación. Lo más oscuro antes del renacer.

Nada de fortuna. Nada de milagros.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Celia, decepcionada sin saber por qué.

—Que lloraste tanto lo perdido que no viste lo que aún tienes. Que estás suspendida, esperando un cambio externo. Y que el dolor… ya llegó. Pero el Diez de Espadas también es final. Y todo final es una apertura.

Celia bajó la mirada. No entendía cómo esas cartas podían ayudarla.

—A veces, el primer paso no se nota desde fuera —añadió Amalia— A veces empieza con algo simple. Como trazar una línea.

—¿Una línea?

La tarotista sonrió, sin añadir nada más.

Esa noche, al llegar a casa, Celia bajó al trastero de su madre. No sabía muy bien por qué, sólo que algo la había empujado allí. Abrió una caja vieja: estaban sus óleos, sus pinceles, los tubos de pintura que había guardado con amor hacía años.

Los frascos de colores, los óleos estaban todos secos.

Pero al fondo de la caja encontró una lata metálica, y dentro, algunos lápices de grafito negro y colores. Polvorientos, pero vivos. Como ella.

Subió a su cuarto. Sacó un cuaderno viejo. Se sentó junto a la ventana.

Y empezó a dibujar.

Su pueblo. Unas ramas de flores. Su madre. Su rostro. El perro de cuando pequeña.Y una rueda, borrosa, girando al fondo del papel. Una rueda que no había salido en las cartas… pero que ahora empezaba a girar, dentro de ella.


Graziella Boffini

El balón cuadrado y las ruedas cuadradas

Érase una vez un balón de fútbol que, por un error de fabricación, en vez de ser redondo, salió cuadrado. Justo cuadrado. Además, tenía otras particularidades, por ejemplo, tenía un nombre: se llamaba Oscar. 

El propietario de la fábrica, cuando se dio cuenta, se puso a reír a carcajadas, y luego, después de asegurarse que Oscar era el único así, les preguntó a los obreros que tenían niños si alguien quería llevárselo a casa, pero nadie lo quiso.

-Bueno, lo voy a tirar a la basura – contestó el propietario, y le dio una patada a Oscar.

– ¡Ay, qué dolor! ¿Por qué me haces daño? ¡Yo no te he hecho nada! 

El propietario de la fábrica miró a su alrededor, no vio a nadie y pensó que fuera una consecuencia del cansancio o del calor, así que sin pensar demasiado decidió irse a casa.

Después de la patada recibida, Oscar, ofendido y doliente, reunió todas sus fuerzas y logró moverse un poco, hasta alcanzar las escaleras, de las que logró rodar abajo sin demasiada dificultad.

Un poquito a la vez se sintió mejor y logró alejarse. Estaba pensando cambiar su vida, ser un taburete, un objeto de decoración, un cojín para los pies…  y dejar de ser un balón cuadrado!

Pero, de repente, vio por delante a un hombre que iba en bicicleta. Pero no era un medio normal, con las ruedas redondas, sino una bicicleta con las ruedas cuadradas.

– ¡Pero es fantástico! – exclamaron juntos Oscar y el ciclista.

– ¡Eres justo lo que yo estaba buscando! – Exclamó el ciclista, bajando de su medio que, por supuesto, no necesitaba el caballete para quedarse de pie.

Oscar sonrió, porque los balones cuadrados, de contrario a los redondos, saben sonreír, y se acercó a él. 

– ¡Buenos días! Yo me llamo Quirino Quadrotti Quadrelli – se presentó de forma educada el ciclista.

– Y yo soy Oscar, el balón cuadrado.

– Lo veo, lo veo… Quería pedirte algo, si no estás ocupado – dijo Quirino.

– Todo lo que quieras… si no me vas a tratar mal.

– Bueno, mira, mi familia y yo tenemos una enfermedad muy particular: ¡estamos alérgicos a las cosas redondas! Por eso, utilizamos platos cuadrados, copas cuadradas… y bicicletas con ruedas cuadradas… Ahora, mi problema es que mañana va a ser el cumple de mi niño, y él me pidió como regalo un balón. Es un mes que estoy buscando un balón cuadrado y tú… ¡Tú eres cuadrado! Y además sabes hablar… ¿Quieres ser el balón de mi niño?

Oscar se puso a llorar por la felicidad y por supuesto aceptó la propuesta del señor Quadrotti Quadrelli, que lo hizo subir sobre su bicicleta de ruedas cuadradas y lo llevó a su casa.

El niño y el balón cuadrado se convirtieron en buenos amigos y jugaron juntos por muchos años. 


Silvia Zanetto

Los colores que no vi mientras me rompía  

Amarillo, me tienes en los bolsillos[1]

Me defino a mí misma “colombióloga empedernida”: el 90% de la música que escucho proviene del país de Los cafeteros; para muchos esto sonará aburridísimo, sin embargo, Colombia tiene tanta variedad musical, un sinfín de géneros opuestos (eso también gracias a su mezcla cultural) y me gustan casi todos.

No puedo dejar de pensar en la canción “Amarillo”, como tantas del mismo álbum, están dedicadas a su ex-pareja, un hombre que le ha sido infiel y eso se refleja en tantos ataques en “Las mujeres ya no lloran”, otro álbum suyo. Al igual que ella, tantas nos hemos topado con picaflores que nos han lastimado y han pisoteado nuestra autoestima.

Mi historia parece un patrón bastante común: nos conocimos cuando tenía 17 (él era pocos años mayor que yo) y al principio todo era color de rosa, por lo menos eso pensaba, ¡pobre ilusa!

Estuvimos juntos desde que estaba en el bachillerato, hasta casi terminar la carrera universitaria, unos ocho años más tarde. También tuve mis errores: no quiero pasar por víctima del paseo.

Lloro desconsolada. El hombre que juraba ser el amor de mi vida me apuñaló en repetidas ocasiones. Me engañó, lo perdoné por miedo a la soledad y volvió a acostarse con otras.

¡Ya no aguanto más! Ni sé cómo hice para soportar todo esto por años. Tengo los ojos hinchados de tanto llanto y él duerme plácido en la cama.

Quisiera prender todas las luces del apartamento, buscar las maletas y huir de este infierno. Mejor dejo que mañana se despierte con calma y, mientras está en el trabajo, armo mis cosas y me largo lo más lejos posible.

Se levanta para tomar agüita y me pregunta qué hago despierta. Está tan borracho que no se da ni cuenta de mis ojos llorosos. Le respondo que no logro dormir por culpa de la migraña. Regresa a la cama como si nada.

A las cinco y media suena el despertador y preparo el desayuno para ambos. Espero no se dé cuenta de mi estado de ánimo para escaparme pronto. Café con leche, huevos revueltos y pan tostado con palta. ¡A él le encanta eso! Para mí caffè e biscotti. Se ducha, se viste y sale.

Busco las dos maletas que tengo aquí guardadas. Tengo poco tiempo para empacar y no me interesa dejar unas cosas atrás. Otro día iré a buscarlas, si es necesario.

Llamo un taxi, le doy la dirección de mi pareja y empiezo a bajar todo. El único sitio seguro donde puedo ir es la casa de mi papá. ¡Ojalá no haya salido! Ni tengo las llaves para abrir.

Toco el citófono. Me ve por la cámara y me abre. Subo al ascensor con todas mis masserizie, diría él y finalmente me siento libre.

Bentornata– afirma sin son ni ton. 


[1] De la canción “Amarillo”, álbum “El Dorado” 2017

El sombrero de Carito

Amarillo

Paula mientras ordenaba el armario separando los vestidos que tenía que mandar a la tintorería encontró la blusa amarilla que Juan le había regalado para el primer aniversario de matrimonio; le había gustado y la había usado mucho. Pero, después de haber tenido a sus dos hijos, había engordado y ya no había podido utilizarla. Le vino un idea: últimamente había adelgazado, se la probó y le quedaba bien.  Decidió que la usaría esa noche para ir afuera a cenar con Juan para celebrar el 11 aniversario de matrimonio. Porque era la demostración de que, en el curso del tiempo, podrían haber cambiado, pero no lo que los unía.

Gloria Rolfo

Amarillo

David Hockney Arbres d’Hiver

Amarillo acostumbra a andar en bicicleta entre las 7 las 9 de las tardes de Invierno o Verano, a esas horas es más visible en la vía ciclista, su objetivo es ver salir del bosque a Azul, delgada como una línea, camina, trota y corre por el sendero paralelo por donde pedalea Amarillo. ¿Cómo interceptarla? Y confesarle que ha caído bajo su azulino y frío encanto. No fue necesario demasiado tiempo para que el resplandor de Amarillo tuviera un cálido efecto sobre Azul. Algunos años después Verde claro y Verde oscuro pintan las hojas primaverales de los árboles, bajo la mirada feliz de sus padres.


Marcela Saavedra

Amarillo sin límites

Dicen que en la ciudad de M. vivía una pintora llamada GBZ, olvidada por todos. Una noche pintó sin pensar, derramando amarillos como luz, azules como ríos, un rojo escondido y un verde secreto en la esquina.

Creyó que era un desahogo inútil, pero, sin embargo, por casualidad, el cuadro llamó la atención de un funcionario de la provincia de S., una ciudad importante, quien lo vio en el pequeño taller de la artista. Intrigado por la fuerza de la imagen, propuso exhibirlo en la Sala de la Provincia.

El día de la inauguración, GBZ llegó con el corazón encogido. Imaginaba que la gente se burlaría de aquel amarillo desmesurado. Pero ocurrió algo inesperado: el público se quedó en silencio frente a la obra. Algunos vieron en el lienzo un símbolo de esperanza; otros, la representación de un renacer tras la oscuridad. Incluso hubo quienes lo interpretaron como una metáfora de la vida misma, con sus luces y sus sombras.

Allí, ella comprendió entonces que lo que antes le parecía un fracaso era solo el preludio de esa claridad que por fin brillaba para ella.


Graziella Boffini