La carta olvidada

Andrés está tranquilo en su casa: Elisa ha salido para llevar a Samuel a la guardería y él se está preparando para ir a la oficina. Acomoda los platos del desayuno en el lavavajillas y se dirige al baño para cepillarse los dientes. Mira el reloj y tiene tiempo de sobra para la reunión de las 9:30. Le gusta mucho la puntualidad.

A último segundo decide cambiar la corbata. La que tiene es demasiado vistosa y no es época de carnaval. Abre el armario y nota un sobre que sale del clóset de su esposa. Es un sobre normal, sin ninguna indicación. Decide abrirlo para descubrir qué es.

Querido Carlos,

Han pasado cuatro años desde aquella noche, y he guardado un secreto que ya no puedo ocultar: Samuel no es de Andrés, sino tuyo. Sé que esto te sorprenderá, pero en su momento, el miedo me paralizó y no supe cómo decirte la verdad.

He intentado olvidarlo, pero mi conciencia me atormenta cada día más. Siento que necesitas saberlo. 

Lamento el dolor que esto pueda causarte, pero ya no puedo seguir viviendo con este silencio.

Elisa.

Su mente se detiene, incapaz de procesar lo que acaba de leer. Siempre confió en Elisa y ha tratado de brindarle lo mejor del mundo para que ella pudiera criar al niño. Se ha roto el lomo trabajando y la recompensa es una puñalada en la espalda. Trata de mantener la calma, a pesar de lo difícil que es. No puede faltar a la reunión, entonces sale.

Mientras espera el ascensor llama a Elisa:

—Mi amor, ¿qué tal si almorzamos en el restaurante libanés que tanto te gusta? Está cerca de mi oficina. — pregunta tratando de ocultar su enojo. (¿Lo habrá conseguido?)

—¡Claro que sí, cariño! — responde contenta.

—Bueno, entonces llama y reserva una mesa para las 3. ¡Muchas gracias!

—¡Está bien! Nos vemos ahí adelante. — y cuelga.

Se pasa la mañana pensando en qué decirle a su esposa. No quiere hacer un escándalo. Necesita medir bien sus palabras. Está distraído. La reunión es muy aburrida. Las palabras del jefe se convierten en ruido blanco mientras Andrés sigue atrapado en sus pensamientos. La reunión termina y todo el mundo vuelve a su oficina. Andrés no para de mirar el reloj para ver a qué hora puede salir.

—Hola mi vida, dice Elisa, sonriéndole a su esposo.

—Hola cariño. Andrés no sabe disimular sus sentimientos y tiene miedo de haberle respondido de manera brusca. —Sentémonos en nuestra mesa.

—Elisa, necesito hablar contigo. Tengo unas preguntas muy importantes para hacer. Andrés es muy cortante con sus palabras.

—¿A qué te refieres, corazón? — lo mira con cara de asombro.

—¡Te juro que no pasó adrede! Esta mañana estaba en nuestra habitación y por casualidad encontré una carta de tu puño y letra para un tal Carlos. — suelta Andrés.

—¿O sea que estabas esculcando entre mis pertenencias? — Elisa no se lo puede creer.

—¡Qué no! Te estoy diciendo que la susodicha carta sobresalía del armario. Yo no estaba buscando nada. Aquí el asunto es el contenido de la carta, no cómo la hallé. — Andrés se da cuenta de que Elisa está intentando darle la vuelta a la tortilla. — ¿Quién es el tal Carlos?

—Yo soy ama de casa, ¿acaso yo me pongo a mirar tus documentos personales? — contesta ella.

—¿Eso qué cojones tiene que ver? Te estoy preguntando que quién mierda es Carlos. — Andrés está perdiendo la paciencia.

—¡Este no es un asunto tuyo!

—¿¿Estás loca?? En la carta admites que Samuel no es hijo mío, sino del tal Carlos. Significa que me has engañado y has quedado embarazada de él. ¿¿Cómo no va a ser asunto mío??

—¡Cálmate!

La conversación sigue y Andrés pide el divorcio. Elisa no tiene ni trabajo, ni propiedades, así que él tendrá que asumir todos los gastos que conlleva su decisión, pero no sabe cómo gestionar el asunto de Samuel. Lleva su apellido y, en todos estos años, lo ha criado como hijo suyo, ahora no puede dar marcha atrás. ¡Eso es lo único que le duele en esta pesadilla!


Samuel acaba de cumplir 18 años y sus padres se han esmerado para prepararle una maravillosa fiesta. Está emocionado, por eso no entiende cuando su padre, con tono muy cortante, le dice que quiere pasar un día entero con él para contarle algo muy importante. Está preocupado. ¿Qué querrá decirle?

—Samuel, perdóname lo brusco que voy a ser, pero no hay otra forma de contarte eso. — dice Andrés.

—Papá, ¡me estás asustando! ¿He hecho algo que no debías? contesta incrédulo.

—No, no, ¡tranquilo! Pero ya es hora de que sepas la verdad.

—No entiendo nada.

—Hace mucho años, cuando tú todavía era muy pequeño, me enteré de que tu mamá tenía un amante y tú naciste de esta relación amorosa, así que no eres mi hijo biológico. — comienza Andrés.

—¿Qué? ¿Y aún así te quedaste?

—¡Claro que sí! Tú no tenías la culpa, ni mucho menos. Siempre te quise y siempre te querré.

El sombrero de Carito

Los secretos son mentiras

A ver, ¡Cuantos secretos! – pienso, mientras estoy viendo uno de los episodios de una serie de Rtve-play, una de mis costumbres viciosas que me justifico pensando que, como los actores hablan en español, a mí me sirven para repasar el idioma. Y también para reflexionar sobre los secretos, con los que yo no tengo casi ninguna relación. Una de las protagonistas tiene un amante casado, otra es lesbiana, otra va a huir de casa, otra tiene un novio que no pertenece a su nivel social… y para que nadie pueda saber nada de todo eso, cuando hablan dicen un montón de falsedades. Porque los secretos son mentiras, ¿verdad? Si quieres o tienes que esconder un aspecto de tu vida, necesitas ocultar cada día más verdades, ¿es así?

Pero, para mí, los secretos solo son deberes, para no asustar a la familia con nuestros problemas, para no preocupar a los amigos y, sobre todo, no provocarles ansiedad a nuestros padres.  Así como es un deber este secreto mío que, claro, no lo voy a contar porque… Porque es mejor que no.

Bueno, necesito relajarme, voy a seguir viendo la serie televisiva sin pensar en las mentiras: después de todo, nada de este cuento es verdad, es fantasía, es un mundo irreal, una historia que tiene que inventar cada día algo nuevo que capture la atención del público. 

Así que me echo en el sofá y sigo viendo la tele.


Silvia Zanetto

Nombre secreto

Cada niño de la tribu tenía un guardián al nacer. No era un ser visible, sino un espíritu animal que lo acompañaría en su camino. Pero el guardián jamás podía ser llamado por su verdadero nombre, pues si un enemigo lo descubría, podría debilitar su espíritu.

Él era diferente a los otros niños. Mientras ellos corrían por el río o aprendían a cazar, él recitaba versos al viento, componía rimas sobre las estrellas y le cantaba a la luna. Las palabras brotaban de él como el agua de los manantiales, sin esfuerzo, sin medida.

Una noche, mientras dormía junto al fuego, sintió un aleteo suave junto a su oído. Abrió los ojos y vio una figura de plumas blancas. Era un búho majestuoso.

—¿Eres mi guardián? —susurró.

El búho respondió:

—Siempre he estado contigo. Soy el guardián de tu voz, de tus palabras. Pero no debes decir mi nombre en voz alta. Si lo haces, perderé mi fuerza para protegerte.

El niño sintió que un poema nacía en su pecho, pero lo guardó en silencio. Desde aquella noche, el búho siempre estuvo cerca: en el aleteo de las hojas, en la sombra que cruzaba la luna, en el murmullo del bosque. Siguió creando versos, sabiendo que cada palabra era un canto sagrado.

Dicen que, después de muchos años, un gran búho blanco aún vuela sobre la aldea, susurrando versos a los niños soñadores, a los que llevan poesía en el alma.

Maria Victoria Santoyo Abril

Nuestro tiempo


Blanca Quesada

Reto secreto

Te cuento en concreto el secreto de la secretaria segregada sentada en un sillón obsoleto sigilado y firmado por su nieto inquieto silbando sin respeto completo del veto discreto.


Graziella Boffini

¡¡¡JÚRAMELO!!!

La casa donde nació Anna estaba en una calle tranquila cerca de una zona comercial bastante famosa en aquellos años. Los edificios que daban a la calle databan de principios del s. XX. De hermosa piedra y ladrillos rojos, contraventanas y portales en madera maciza y oscura. Las casas eran hermosas y estaban llenas de historia, pero Anna solo se dio cuenta de ello después. Para ella eran simplemente “casas viejas”, las casas bonitas eran las de los grandes bloques modernos en las afueras, donde vivían algunos familiares; con ascensor y persianas de plástico que subían y bajaban como por arte de magia. 

Anna fue la primera niña que nació en la vieja casa después de la guerra. (Sus padres siempre le recordaban con orgullo que había sido concebida el 25 de abril).

A medida que el recuerdo de la guerra se desvanecía, los lazos rosa y azules se sucedían colgados en el viejo portal. Y así fue que al cabo de pocos años una pequeña comunidad de criaturas empezó a poblar la casa. 

Se forjaron amistades, juegos en la acera, con patines, pelotas y la rayuela dibujada en el asfalto. Durante los años de primaria, Anna entabló una amistad profunda con Gabriella en cuya casa pasaba los días, ya que tenía una habitación para sí misma, un lujo extraordinario para Anna. 

—¡Sé una cosa! – decía Gabriella – pero es un secreto, ¡jura que no se lo dirás a nadie!

Anna juraba cruzando los dedos sobre los labios esperando la gran revelación. Por lo general se trataba de cuestiones de amores improbables entre los niños del edificio. 

—¡Franco está enamorado de Claudia! – decía – Lo vi ayer dándole todos sus caramelos.

—¡Renata está enamorada de Giorgio! El otro día le prestó sus patines nuevos. 

—Carlo, ayer, cuando Franca se cayó, escupió sobre su rodilla arañada para desinfectarla, ¡está claro que le gusta!

Anna juraba siempre sobre esos secretos fantasiosos. Quizás le hubiera gustado ser la protagonista de uno de esos secretos. Pero nunca sucedió. 

Los años pasaron rápidamente. 

Anna, al fin conoció el amor con sus pasiones, su ternura y su ferocidad. 


Iris Menegoz

El sueño bucólico

La costurera
Santiago Rusiñol (1861 – 1931)

Estaba rodeada de cestas que rebosantes de ropa blanca recién lavada y secada al sol. Un verdadero mar de sábanas blancas cuya espuma se esparcía apaciblemente sobre los adoquines rosados de la sala. La pequeña costurera sabiamente vestida afrontaba con su aguja el interminable trabajo que le esperaba. Las puertas-ventanas estaban abiertas para dejar entrar alegremente el aroma de hierba recién cortada que acompañaba los rayos primaverales que inundaban el gran jardín vecino. Todos sus sentidos estaban en alerta para recoger las expresiones de felicidad que la naturaleza experimentaba al despertar.
Su aguja corría sin pensar a lo largo de la costura que debía reparar. Un ruiseñor lanzó súbitamente su canto alto, un crujido de hojas en contrapunto y la fragancia delicada de un arbusto en flor llevaron los pensamientos de la joven a un sueño despierto. Recordó la sinfonía pastoral que había podido escuchar en Barcelona. Buscaba distinguir el sonido de la codorniz y del cuco que el oboe y el clarinete imitaban tan bellamente como la flauta del encantador ruiseñor. Creyó incluso percibir a lo lejos unos golpes de trueno entonados por los timbales que anunciaban la tormenta, la lluvia que luego refrescarían la atmósfera y la alegría que por fin celebrarían los caminantes al regreso del sol. Quién sabe, pensó, si algún bel sátiro entre ellos no estaba tocando su flauta. La chica comprobó rápidamente su traje, su peinado y con una bonita sonrisa se volvió hacia la puerta. Apareció una sombra, alguien se acercó y un joven apuesto echó una mirada maravillada a la bella costurera.


Jean Claude Fonder

Fragancia

Jean-Honoré Fragonard – L’amoureux couronné, 1754

Nariz y Cerebro

LAS CAJAS FUERTES DE LOS RECUERDOS 

La nariz con su precioso sentido del olfato, es un recipiente de segunda categoría en comparación con el cerebro, aunque este último, a medida que envejecemos, pierda gran parte de su prestigio. De hecho, los recuerdos, como si encontraran pequeños huecos, huyen para refugiarse en el olvido. 

Cuando la nariz nos deja encontrar una fragancia que creíamos olvidada, desencadena en nosotros una oleada de recuerdos que creíamos enterrados. 

Cuando voy en bicicleta por caminos rurales bordeados de densos matorrales de moras y avellanos, me asalta un olor antiguo e inconfundible. 

Los ciclámenes no se ven. Crecen escondidos bajo los arbustos, pero su olor me transporta de inmediato a mi infancia. Íbamos en grupos a buscar ciclámenes. Compitiendo para ver quién tenía el ramo más grande (entonces aún no estaba prohibido recogerlos). 

Otro perfume que desencadena en mí no solo recuerdos sino también un irrefrenable impulso de posesión, es el aroma de pan recién horneado. Si este olor me atrapa al pasar por una panadería, no puedo evitar entrar y comprar unas barras. 

En mi pueblo el pan se hacía una vez por semana. Todos utilizaban el mismo horno situado en el centro del pueblo. ¡Qué alegría nos daba encontrarlo ese día sobre la mesa! Sustituía la querida, inevitable, esencial, omnipresente polenta blanca, cuyo olor recuerdo muy bien, pero sin nostalgia. 

Hay otro perfume que está bien grabado en mi memoria olfativa. El aroma de las mazorcas asándose sobre la brasa. 

Justo antes de la cosecha, a los niños nos daban, con moderación, mazorcas de maíz frescas. Las ensartábamos con ramitas de madera y las poníamos sobre las brasas encendidas de la estufa donde se asaban lentamente desprendiendo un aroma que aún hoy podría distinguir. 

Cuánta felicidad nos daba morder esa pulpa blanda y qué alegría reírse con los dientes negros. 

Recuerdo el aroma de nuestros besos. Tu barba suave olía a humo y jabón Palmolive. Pero no puedo hablar de este olor, su recuerdo me mata. 


Iris Menegoz

Cadaver

Cadáver es el nombre de mi perfume, soy la fragancia exclusiva de una estrella muy conocida del cine.  «Succube chic«, la moda gótica que ha adoptado despierta sin duda al vampiro que duerme en todas las mujeres: vestidos negros, joyas entre lo sagrado y lo profano, y labios grises. Solo mi fragancia podía soportar un look demoníaco como ese, capaz de conquistar a cualquier macho que quedara a su alcance. Se encuentra la frescura de los lagos y ríos más allá del círculo polar y experimenta nuevos acordes: las notas aldehídas que dan un aspecto metálico, mineral a las flores de menta que me componen.

El desafío es siempre importante, las alfombras rojas son frecuentadas por mis colegas más famosos, Opium de Yves Saint-Laurent, Shalimar de Guerlain, Miss Dior de Dior y voy a citar todavía Chanel No. 5, el único que podría temer. En estas ceremonias, a las mujeres les gusta mostrar su cuerpo, sus pieles están expuestas a los focos, el sudor abunda y añade un componente sutil y personal a cada competidora. Ellas creen que el olor que propagan les ayuda a conocer a las personas adecuadas para una próxima película, o para obtener un comentario halagador en la prensa. 

Yo, por el contrario, creo que esos excesos de colores, esos pechos revelados, esas emanaciones sensuales, estos maquillajes extravagantes acaban por sobrar y que la sobria y neutra sencillez en la que mi patrona intenta en vano disimular la belleza natural de sus curvas y rasgos, es mucho más eficaz. En la noche de los Oscar ella me llevaba y mi fragancia asesina atrajo la atención de un actor cuyo nombre no les revelaré.

Quiso sentirla mejor, y ella le plantó sus lindos colmillos en el cuello.


Jean Claude Fonder

Su fragancia no me deja ir

Cada noche yo estaba en el parque, sentado en el único banco donde podía mirar su ventana. A veces me adormecía, y luego me despertaba de sobresalto, porque me había dado cuenta de que la luz se había encendido otra vez. Vislumbrando su silueta, tenía un sentido de malestar que me subía desde el estómago para bloquearse en la garganta y casi me impedía respirar. Cada vez así.

Esta noche se ha levantado un viento más frio: ya es otoño y las primeras hojas se han desprendido de las ramas de los árboles, una se había caído sobre mi asiento. No puedo seguir así, ya lo sé.

Ella nunca se había asomado al balcón durante estos tres meses. No la veía, pero su perfume, el que en cada momento la acompañaba entre mis brazos, su perfume yo lo olía, como si ella estuviese a mi lado.

Ella creía que yo estaba lejos, después de aquella carta que le escribí, sin ninguna pelea, ni tampoco una verdadera explicación. Solo pocas líneas: “Me voy de vacaciones sin regreso… Quiero estar libre para vivir mi vida” y otras banalidades.

¡Allí! La luz se ha encendido otra vez: son las tres y media y ella está caminando de un lado a otro de su habitación, una habitación invadida por su fragancia. Porque ella está pensando en mí, para que yo me sienta mal, para que me sienta culpable, como siempre, aun ahora que cree que yo me fui muy lejos a vivir mi vida, libre, lejano, lejano de ella… Y siempre yo me sentí culpable hacia ella: cada vez que salía con mis amigos sin ella, o que volvía a casa más tarde, cada vez que me sentía feliz incluso sin ella, que sentía en las fibras de mi cuerpo la felicidad de estar vivo.

Y también ahora, que ella cree que me he ido, no me deja en paz. Así que no puedo quedarme de este banco, de este parque. Aquí está ella, ella cuando todavía sabía sonreír, cuando tenía una luz en su mirada, cuando me abrazaba y me rodeaba con sus brazos, hundido en su perfume.

Aquí está ella, que no me permite irme. Tampoco su perfume me deja ir. 

No me permiten tomar el tren para esas vacaciones sin regreso.


Silvia Zanetto

Fragancia

Claude Monet- La mer à Fécamp, 1881
Olor a sal
Espuma de mar
Violento sopla el viento
Con todo su aliento
El agua se enloquece
El mar se enfurece
Su rugido
Esconde un gemido
Con fuerza de roca,
Y no es poca,
Al agua resiste
Pero ésta persiste
Solo algún grano perdido
La piedra ha vencido
Fragancia de mar
Fragancia de sal
Otra vez el viento enfurecido
El mar enloquecido
A la roca, violento, golpea
Buscando camino no rodea
Ataca de frente
Sin detente
Cuando el viento se calma
La roca no ha perdido su alma
Solo unos granos
Han quedado en ese tramo
Fragancia de mar
Fragancia de sal
El viento se enfurece
El mar a la roca mece
Solo unos granos
Pequeños pero sanos
La roca ha perdido
Como es sabido
Con el tiempo
El viento y su aliento
Grano a grano
A cada tramo
La arena va creciendo
La roca desapareciendo
El viento y el agua con su furor
La roca muriendo con todo su dolor
Fragancia de mar
Olor a sal
La playa se ensancha
El mar deja su mancha
La roca entrega con calma
Su propia alma
Arena, arena, arena
La vieja faena
Va dejando un perfume de mar
Un Perfume de sal

Patricio Vial

La librería de fragancias

Alice, una diseñadora de sombreros, recibe una carta en la que se le revela un secreto relacionado con su pasado y su destino. La fórmula no es un simple perfume, sino que evoca recuerdos y emociones en quienes lo huelen, influenciando sus decisiones. 

En su tienda entra un día Jean-Baptiste Grenouille, el niño nacido en el sitio más maloliente del mundo (el mercado de pescado de París), quien posee un extraordinario sentido del olfato que lo lleva a crear la fragancia perfecta, con tal obsesión que podría convertirse hasta en asesino. 

Jean-B transformó el hedor de la pobreza y la suciedad en el deseo incontenible de crear el perfume que provocara sentimientos de amor. Cuando olió a Alice, se sintió atraído irresistiblemente por ella, la abrazó, la acarició, la lamió como un felino con su presa y estaba a punto de estrangularla, cuando a ella se le derramó el perfume recién preparado. Entonces, él quedó tan fascinado que pidió perdón, se postró a sus pies y se convirtió en su ayudante en la producción de tan refinada esencia.  

En la tienda de Alice se deleitó con los raros perfumes creados por ambos. Evocaban secretos de amor encapsulados en esos misteriosos frasquitos, así que decidieron escribir novelas donde la memoria y los olores evocaban de manera poderosa las emociones. 

Abrieron una exitosa librería de las fragancias y cuando escribieron el libro de los jazmines y las lilas, ya estaban perdidamente enamorados. Se casaron, vivieron felices y comieron perdices..

Maria Victoria Santoyo Abril

Amor y pasión

Permanancia

Siento tu olor por toda la casa.

Ya al entrar siento tu olor. Me acerco al sofá y me entra en la nariz. Un soplo de viento, leve, hace danzar las cortinas. Están empapadas de tu olor. Con ese movimiento se hace aún más intenso.

Con tu belleza sublime, tu gracia aristocrática, tus ojos maléficos haces que todas se enamoren de ti, ya lo sé.

Tú eres fino, elegante con tus pasos aterciopelados; pero tus amores tormentosos que se manifiestan en un placer carnal urgente (para citar a Gabriel García Márquez) te transforman.

La pasión te transforma. Te transforma en algo diferente de lo que eres normalmente.

Expiro, inspiro

Ahora no sé dónde estás, pero tu fragancia es omnipresente. Se nota en cada rincón de la casa.

Expiro, inspiro.

Es imposible no notarlo.

Siento tu olor, el recuerdo de tu semen por la cama, en las sábanas, en el cojín, incluso en el colchón.

Inspiro, expiro, siento tu olor por toda la casa aún más fuerte, intenso permanece por todos lados. No sé qué hacer. 

—María, ¿acaso te has olvidado de llamar al veterinario para hacer esterilizar al gato?


Graziella Boffini

Langas italianas

Me tocó conducir más de dos horas y la última media hora estuve totalmente rodeada de viñedos. El color predominante es el verde, sin embargo también abundan los matices del morado. Aquí hay campos de maíz y avellanas por todas partes. Nos encontramos en un alojamiento precioso y desconectaré de la ciudad un par de días.

La señal de los móviles es muy débil. Nada de ruidos de ciudad, ni llanto de mi sobrino, menos música fastidiosa esa neomelódica de los vecinos en Milán: lo único que percibo son los tractores, las luciérnagas que viven aquí, el viento y nada más.

Nuestro “cuarto” es una casita de madera cuyo techo se abre para que podamos ver el cielo y, por ende, las estrellas. Si cierro los ojos y trato de respirar los olores siento un aroma a/de miel y cera de abejas. Justo al lado se halla un minúsculo jacuzzi. Apenas es para dos personas. Ya está lleno de agua.

La dueña del alojamiento nos explica cómo encenderlo para que salgan burbujitas. Después de horas conduciendo es lo que me sirve. Estreno el bañador en esta pequeña piscina. El agua está fría y ¡me encanta!

La sensación que sienten mis piernas es muy agradable: la circulación agradece infinitamente este momento. Me doy cuenta que debería ducharme con agua casi helada más a menudo. A veces siento las piernas muy pesadas al final del día y no puedo dormir. Sé que el frío sí me hace bien.

Después de un buen “chapuzón” me seco, me visto y me alisto para el/la apericena. Al parecer nos están preparando productos típicos de Piamonte para deleitar la noche, antes de mirar las estrellas. El albornoz no es (muy) suave; al parecer la última vez que puse la lavadora cometí algún error. El pelo está completamente mojado y no hay secador. ¡La ventaja de una casa rural sin electricidad! Chorrea un poco sobre los hombros.

Poco después llegan Gianni y Eleonora con unas bandejas llenas de comida y una excelente botella de tinto de su viñedo. Todo es casero y, mientras saboreo cada bocado, puedo sentir lo genuino que es todo: tagliatelle hechas en casa con ragoût son entre mis platos favoritos del mundo mundial, después tenemos un vitel toné exquisito. Se nota que la mayonesa no es de pote, sino que todos los ingredientes son de la huerta. Lo acompañamos de unos vegetales muy apetitosos hechos a la parrilla. Pedacitos/trocitos de calabacines, con berenjenas y pimientos con una pizca de sal y poquísimo aceite.

Cerramos con broche de oro: unos deliciosos duraznos. Son muy jugosos. Un postre tan simple y, a la vez, tan dulce. Toda la zona de Langas es famosa por sus vinos. Barolo, Dolcetto, Barbera y Nebbiolo son tintos muy diferentes y cada uno con su toque especial. Barriga llena, corazón contento. ¡Menos mal no tengo que conducir ahora!

El sombrero de Carito

Pánico

Huyendo de la crítica
Pere Borrell (1835 – 1910)

—Señor Borrell, ¿por qué tengo que poner expresión de pánico?
El joven, que acababa de bajar del andamio sobre el cual el pintor había colocado un marco vacío que dejaba ver la tela negra tendida detrás de él, se acercó al artista para mirar la pintura. El pecho anchamente descubierto, la camisa en desorden, los pantalones revueltos, un pie sobre el borde inferior del marco, las manos agarradas a los lados, los ojos desorbitados, la boca que parece que va a gritar, había simulado durante mucho tiempo la actitud de alguien que huía de un peligro terrible y que no dudaría en precipitarse al vacío para escapar. Cuando vio el retrato que el pintor ya había esbozado ampliamente, quedó estupefacto. Un verdadero miedo lo inundó y su mirada buscó mecánicamente en el marco vacío lo que se escondía, un fuego por ejemplo, luego con cara interrogadora, se volvió hacia Borrell.
—Es un trampantojo, amigo mío. Parece más real que la realidad, ¿no? Bravo también por tu trabajo como modelo.
—Pero ¿por qué lo llamaste «Huyendo de la crítica»?
—¿Quién sabe si hablarán de mí si les huyo?


Jean Claude Fonder

Collages

Serie 22 de Adriana Langtry

Chagrin d’amour


Iris Menegoz

Amor, vida y muerte


Jean Claude Fonder

Collage Azul

Azul marino, las olas del vestido de una niña que se escabulle livianamente hacia la cocina.
Azul turquesa, los latidos del corazón y los mechones de pelo que se le caen en la cara.
Azul oscuro, los pasos de una princesa de la noche, en una ráfaga de desasosiego.
Azul rapsodia, las cortinas teñidas de índigo temeroso, alrededor de su escapada.
(Azules)

Silvia Zanetto