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Ayer

Hoy no es un viernes cualquiera. Hoy estoy aquí, sentada en un banco del parque. Lo que pasó tiene que tener un porqué. Me pregunto cuál. No tengo respuesta. Una canción me persigue, “AYER”, algunas notas van repitiéndose, como mis preguntas. “AYER”. ¿DÓnde está el hombre seductor de ojos azules? ¿Dónde estabas, dónde te escondiste cuando yo te necesitaba para seguir viviendo? REcuerdo tu mirada intensa, recuerdo nuestro primer encuentro. Nos conocimos por casualidad, y por casualidad seguimos encontrándonos dando vueltas por el barrio con nuestros perros. El MIsterio de una atracción desconocida nos rodeaba. Seguimos liberando nuestra pasión, nada de amor, sólo fisicidad. O por lo menos así lo creía yo, hasta que un día algo sucedió. ¿Fue FÁcil para ti abandonarme? No puedo encontrar una respuesta, solo sé lo que pasó aquella mañana cuando me revelaste que te mudarías de ciudad y frente a mi se abrió el desconcierto, abrazándome dijiste: “mira hacia allá. ¿Lo ves? El SOL se levanta a pesar de todo. Tienes que actuar de esta manera, levantarte y seguir viviendo, todo termina. ¿Por qué? LAdrón, miserable. ¿Por qué SIgo pensando en tí, cuando lo mejor sería olvidarte?. “AYER”. Un DOlor molesto y aplastante. Quizás al DOblar la esquina pueda volver a encontrarte? Un SIlbido cerebral parece avisarme de que va a pasar algo. LÁgrimas dulces caen sobre mis labios, la SOLedad que había crecido como un balón inflado va reventar en mis manos. “AYER”. Las notas de la FAmosa canción siguen dando vueltas en mi cabeza, MI corazón, que “AYER” parecía estar quebrado en este momento, late feliz. REcuerdos, un montón de recuerdos. ¿DÓnde me llevará este deseo de volver a verte? Claro, a ninguna parte, lo sé bien. Por supuesto lo pasado, pasado está, ni yo puedo volver atrás.
Siguen en mi cabeza las notas de “AYER”.
Raffaella Bolletti

La cajita de música

La gaveta de mi abuela era grande como su amor, guardaba libros, pañuelos y una caja que se abría y tocaba la música favorita de mis abuelos. Un ritmo alegre que ponía de pie a una bailarina frente al espejo.
Recuerdo que siempre que la escuchaba ella se recostaba en su almohada con los ojos cerrados y su leve sonrisa. Tan dulce. Soñando, quizás que Nicasio, su amor, estuviera cerca acariciando su blanco y suave rostro.
No conocí a mi abuelo, pero sí el regalo musical «Para Elisa» que sonaba cada vez que se abría la cajita.
Él murió muy joven. Ella se quedó sola cuidando a mi madre. La niña entonces tenía un mes.
Abuela trabajó mucho para ser fuerte y ayudó a mamá a construir seres invencibles, entusiastas y alegres.
Crecí con sus besos en mi frente, estaba contenta con sus nietos; nos llenaba de buenas noches tranquilas, de buenos días con zumo de naranja llenos de risas y de buenas tardes de paseos y juegos. Sabía que su ser iría conmigo siempre.
Abuela, como la bailarina, ahora descansa en el trinchante de casa de mis padres que bailan a su mismo ritmo. Felices.
Blanca Quesada

Nadie puede juzgarme, tampoco tú

Es que yo siempre había detestado el pelo corto. Desde niña, no me molestaba el peso de mis trenzas, en cambio adoraba el castaño dorado del pelo que se ondulaba por mis hombros hasta la espalda.
Pero en aquel año 1966 la canción “Nada puede juzgarme, tampoco tú” de la cantante apodada “Casco dorado” había explotado con un éxito sensacional. Fue un grito para el mundo, y su triunfo hizo que también su corte de pelo, terrible para mí, como si toda su melena fuera como un flequillo que le dejaba descubierto el cuello, se convirtiera en moda para las mujeres y las chicas…
“Y además, cuanto más corto está el pelo, menos tiempo necesito para secármelo…” Creo que fue eso lo que pensó mi mamá, cuando decidió que no solo mi hermanita con el pelo rizado, sino también yo podría llevarlo corto. Claro que mi peluquera no era tan hábil como la del “Casco Dorado”. Tampoco era una peluquera: era mamá.
Cuando papá me vio, aquella tarde, empezó a llamarme Caterina Caselli, y siguió haciéndolo por un tiempo, mientras que mi madre estaba muy orgullosa del resultado obtenido: su niña de cinco años se había convertido en una de las cantantes más exitosas de aquella época.
“Nadie puede juzgarme”, decía la canción, pero yo me imaginaba que todas mis amiguitas me juzgarían fea como me veía yo, y pensaba “La verdad me hiere, lo sé…”
Mis padres eran mis padres, y nadie podía juzgarlos, tampoco yo. Por el contrario: yo era la última que hubiera podido juzgarlos. Pero, claro, si eran las cantantes las que establecían el estilo, entonces…
En el cajón del armario de la abuela logré encontrar un ovillo de lana amarilla. Me costó mucho trabajo, pero al final los arreglé: los largos, larguísimos hilos de lana atados entre sí y colocados encima de mi cabeza, según mi opinión, se parecían bastante a una peluca rubia (pero larga, larguísima) de cierto nivel.
Por la tarde, me presenté a mis padres con mi estupenda peluca: – ¿Me reconocéis? -pregunté.
– Claro, eres Dalida -contestó papá, riendo.
Por aquel entonces, no podía darme cuenta de que la canción “Nadie puede juzgarme” de Caterina Caselli era un himno a la libertad, que nos enseñaba que cada persona tiene su derecho a tomar decisiones sin que los demás se permitan juzgarlos, y sobre todo, subrayaba los derechos de las mujeres, algo que en aquella época quizás no era tan obvio.
Pero a lo mejor porque Caterina Caselli en su canción cantaba “por eso hay cosas que me gustan y otras no”, al final mamá aceptó dejarme crecer el pelo otra vez y ya no me lo cortó durante tres años. Puede que también convenciera papá, no sé…
De Dalida, en cambio, se me ha olvidado todo.
Solo me acuerdo de su pelo: rubio y largo. Largo y rubio.
Caterina Caselli ninguno me puede juzgar
Silvia Zanetto

La canción de Mary

La vida no siempre discurre por los caminos que hubiéramos deseado, sino por el que nos van empujando las circunstancias o incluso, con caprichosa frecuencia, el mismo azar. Hay veces, en las que apaciblemente nos lleva de su mano; otras, a rastras. Y mientras tanto, a nosotros, simples juguetes del destino, no nos queda otro remedio que continuar hacia adelante. Siempre intentando sobreponernos a los varapalos de la vida con el mejor talante o al menos, y si fuera posible, con media sonrisa.
Recuerdo a Mary ensimismada en su mundo. Recostados ambos en el sofá. Hombro contra hombro. Su mano entrelazada a la mía, mientras desde el viejo Panasonic la voz rota de Winnie Winehouse nos aleccionaba con su «Our day will come«, todo un canto a la esperanza. Y es que cada uno se agarra a lo que puede o a lo que quiere creer. Unos, a los dioses; otros, a la pura magia o a las realidades paralelas.
Yo, por mi parte y por entonces, devoraba con la vehemencia de un neófito las filosofías cuánticas de los multiversos y hacía verdaderas filigranas mentales para convencerme de que cualquier cosa, Pleasantville, ese mundo perfecto donde todo es felicidad, era posible.
Intentaba no pensar. No me importaba tener que aferrarme a un clavo ardiendo para defender mis sueños. Y esto porque creía y aún creo que siempre es lícito esperar incluso a costa de falsas esperanzas. Y aunque hoy, Mary finalmente descansa en paz, aquella canción, su canción, nuestra canción, sigue resonando en mis oídos. Pero ahora ya no la escucho como la invitación a la esperanza de otrora, sino como un himno dedicado a toda clase de ilusos. Muy especialmente a todos aquellos que intentamos darnos ánimos a fin de poder afrontar lo que venga con lo que quiera que sea que tengamos más a mano. Como lo pudiera ser una canción. Una canción hecha casi a la medida para todos los que hemos aprendido a reír entre lágrimas. A creer en la fantasía de un arco iris.
Seré un iluso desde luego, pero de alguna manera hay que vivir y está bien que sea así.
Sergio Ruiz Afonso
Las canciones

Aquella tarde, encerrado en el Esquinade un local de noche decorado en azul y negro, desgranó las tristes palabras de Ferré:
Con el tiempo va, todo se va.
La página está blanca, todo se fue. (*)
-Miró su vaso de cerveza casi vacío durante un largo tiempo, luego, de repente, bebió rápidamente el resto, y salió. Cruzó la pequeña calle que de noche estaba llena de jóvenes en goguette. Entró en otro local frente al anterior. Se llamaba el Tranvía, y se asemejaba a uno, con estos bancos opuestos y separados por una pequeña tabla donde se depositaban las bebidas. Una espléndida pelirroja estaba sentada sola y le miraba, el deseo en sus ojos.
-¿Puedo sentarme?
No esperó su respuesta y le invitó inmediatamente a bailar sobre las palabras de Aznavur:
Ya me vi en la parte superior del cartel
Diez veces más grande que cualquier otra persona, mi nombre estaba extendido (**)
En la pista, al fondo del local, se besaron por primera vez.
Cincuenta años más tarde, bajo una rejilla en forma de campana adornada con flores, vestidos con un kimono que les habían regalado, se besaron de nuevo con los aplausos de sus amigos más queridos en un maravilloso jardín Toscano. Una famosa firma italiana de informática lo contrató. Una carrera que lo llevó a emigrar a Italia donde, por supuesto, lo siguió su esposa.
Pensionistas y ambos fanáticos de la cultura descubrieron el mundo hispano cuyo idioma, el castellano, fue bastante fácil de adquirir gracias a sus conocimientos de francés e italiano. Así conocieron a muchos amigos, participaron, estudiaron y publicaron en una revista en línea que ellos mismos crearon.
Pero la edad y la enfermedad llegaron. La pandemia dramatizó la situación:
El tiempo desapareció,
No sabemos si nos queda algo,
¿Qué objetivos podemos todavía alcanzar?
Nuestra generación fallece, persona por persona,
Nuestra época pasó, ¿qué más podemos hacer?
La nieve lo ha cubierto todo… (*)
La lectura les acompañó y les permitió vivir muchas vidas, para él la escritura fue un nuevo e inesperado recurso. Mucho más que un descubrimiento…
¡Pero un día llegará y les mostraré que tengo talento! (**)
* “Avec le temps va, tout s’en va” – “Con el tiempo va, todo se va” de Leo Ferré
** “Je m’voyais déjà” – “Ya me vi” de Charles Aznavour
Jean Claude Fonder


