La Danza

Dernier tondo à Paris – Alechinsky 2009

Baile de graduación

Faltaba poco más de un mes para la fiesta de graduación. El día más importante del año. Después del acto de la entrega de diplomas, se llevaría a cabo la celebración del baile de fin de curso. El broche de oro que todos los chicos y chicas estaban esperando y que sellaría su adolescencia con una chispa de magia. Desde casi el inicio del último trimestre, Eliza, o, mejor dicho, la madre de Eliza había estado devorando revistas de moda, eligiendo telas y, cose que te cose, pendiente de hasta el más mínimo detalle. Todo para que su hija fuera la más bella del baile. O al menos para que así se sintiera. A sus diecisiete años sería el primer baile de gala del que iba a disfrutar y quería que lo recordara toda la vida. Todavía se acordaba de cómo había sido el suyo. Maravilloso. Admirada y disputada por todos los chicos. Eliza no podía ser menos. La hizo probarse el mismo vestido una y otra vez, hasta que le pareció que le quedaba perfecto.  

Finalmente, el momento llegó y en efecto, la entrada de Eliza en el salón luciendo un elegante vestido de satén color esmeralda y unos deslumbrantes zapatos de tacón de aguja, adornados con lentejuelas en oro, plata y azul que brillaban bajo las luces, fue espectacular. Las miradas de los jóvenes se volvieron hacia ella y por un instante, se sintió el centro del mundo.  En cuanto la música inició sus primeros compases, Eliza se encaminó hacia la pista de la mano de su galán, su compañero de clase y amor platónico. Él la tomó por la cintura y comenzaron a girar y girar, pareciendo que todo iba a desarrollarse según lo previsto.

Pero el destino tenía otros planes. En medio de un giro un tanto arriesgado, resonó un crujido: el fino tacón de uno de sus zapatos se partió y Eliza cayó al suelo. El mundo pareció quedar congelado a su alrededor. Por un momento las lágrimas parecieron ir a brotar de sus ojos, pero antes de que la angustia pudiera consumirla, su pareja se agachó, le tendió una mano con una sonrisa cálida, la ayudó a descalzarse de su otro zapato y a continuación se descalzó también él de los suyos.

¿Lista para continuar? — preguntó con una sonrisa, mientras la ayudaba a incorporarse.

Eliza sintió que aquel pequeño gesto transformaba su vergüenza en una situación de divertida complicidad. Y juntos, como si nada hubiera ocurrido, comenzaron a bailar de nuevo, esta vez descalzos, libres de expectativas. En ese instante, Eliza, supo que aquel baile sería mucho más que un bello recuerdo y que habría de durar toda la vida


Sergio Ruiz Afonso.

Étoile

Bailaba y sonreía.

Y sangraba.

Se entrenaba todos los días, sin descanso. Bailaba durante horas, repitiendo los mismos pasos una y otra vez, hasta que el dolor dejaba de ser un aviso y se volvía costumbre. Continuaba incluso cuando la sangre empapaba las zapatillas, incluso cuando los pies ardían y temblaban. Parar no era una opción.

En el escenario, la danza la hacía parecer ligera, casi feliz. El público veía música hecha cuerpo, belleza sin esfuerzo. No veía el trabajo infinito, ni las noches de hielo y vendas, ni los pies que ya no podían descansar.

Sus pies habían quedado deformes: dedos torcidos, huesos alterados, cicatrices profundas. Eran feos, castigados, irreconocibles. Eran el suelo verdadero de la danza, el lugar donde nacía el dolor que hacía posible la gracia.

Sonreía para no gritar. Sonreía porque la belleza exige silencio. Cada aplauso cubría una herida, cada paso perfecto nacía de una carne rota. La danza pedía todo: tiempo, cuerpo, vida. Y ella lo entregaba sin medida.

Arriba, la luz.

Abajo, la sombra.

Cuando el cuerpo ya no respondió, la música siguió sin ella. El público aplaudió a otra bailarina. Sus pies quedaron quietos, deformes para siempre.

Sus pies, inmóviles, guardaron la verdad: que lo que el público ama nace de lo que no quiere ver.


Graziella Boffini

La Danza

La danza no es solo la que se ve en el teatro como forma de arte. Su teatro también es la vida misma, y a cada paso, le corresponde una coreografía diferente. La danza es algo que se desarrolla ante mis ojos cada vez que tengo la oportunidad de observar atentamente lo que pasa a mi alrededor. Por ejemplo, me acuerdo de que, cuando de niña veraneaba en la casa de campo de mis abuelos, al observar las abejas que zumbaban cerca de un manzano en flor, dejaba de ver insectos y me imaginaba bailarinas de rayas doradas, trazando curvas en el aire, rozando cada pétalo con delicadeza. O bien, en otras ocasiones, mirando hacia arriba, veía cómo el cielo comenzaba a moverse. No eran nubes, sino algo más: grupos de estorninos, miles de ellos, girando y girando en una danza perfecta, formando figuras que se deshacían y volvían a unirse en un instante. El sonido era un susurro gigante, el batir de miles de alas que se movían al unísono. No había líder, pero todos se movían como uno solo, un organismo vivo pintando trazos sobre el crepúsculo anaranjado. Yo solo era una testigo de este espectáculo y, por suerte o por casualidad, estaba allí para verlo. Luego la danza se apagaba tan rápido como había empezado, disolviéndose hacia el horizonte, dejando solo el silencio. Me acuerdo de que se lo conté a mi abuelo y el me respondió que, siendo una niña que vivía en la ciudad, no tenía muchas oportunidades de dar con la naturaleza. Ahora, que paso mis vacaciones en una casa frente al mar, me encanta observar el cielo con mi telescopio desde la terraza. Las estrellas ya no son puntos distantes, sino faros cercanos. No sé lo que voy buscando en el cielo. Tal vez busco una luz que te represente, tal vez un planeta o una estrella o algo danzante, puesto que tú amabas bailar. Entonces yo también me imagino danzar entre ellas, y a veces me parece que las estrellas aparecen y luego se esconden; lo mismo hacen las constelaciones, y a menudo hay una esfera plateada que se mueve en silencio, haciéndome participar en una danza onírica trazando arabescos luminosos en el cielo obscuro, como en un baile sin música, solo se oye el sonido del viento, el murmullo de las olas del mar y el latir de mi corazón.

Ahora imagino que tú estás allá arriba, porque siempre hay lugar para uno más que quiera danzar.


Raffaella Bolletti

La Danza

Ese año, yo tenía 16 años, mi madre acababa de inscribirme en una clase de baile. Estábamos en 1959, época en la que la danza todavía formalizaba las relaciones entre los sexos. Los años sesenta iban a cambiar brutalmente todo esto, pero no lo sabíamos todavía y, de todas formas, ser un buen bailarín era siempre una baza fundamental entre las cualidades de un joven seductor. Pero unos años más tarde, es gracias a un Slow de Charles Aznavour que conquisté a mi esposa. Ella siempre disfrutaría formando conmigo una formidable pareja de Jive, que entonces se llamaba Rock, y puedo decirles que, aunque todos bailaban Twist & shout de los Beatles, muy pocos fueron capaces como nosotros de bailar sobre el inolvidable Jailhouse rock de Elvis.

También hay que decir que mi esposa y yo, por supuesto, éramos aficionados, pero también apasionados de la danza contemporánea, en una palabra, que significaba todo en ese momento: Béjart. Habíamos visto una noche muy tarde en la TV, el bolero de Ravel, la interpretación única que la compañía de Béjart, El ballet del siglo XX, como se llamaba en Bruselas, realizó esa noche. Esta nos convenció, teníamos que ver este espectáculo. Yo trabajaba entonces en la capital y logramos ver, no el bolero sino lo que era una obra maestra indiscutible: La consagración de la primavera, de Stravinski.

La sala se llamaba Le Cirque royal, era en efecto un circo de invierno que la Monnaie, la ópera de Bruselas había confiado, para construir sus espectáculos, a Maurice Béjart. Solo los cuerpos de los bailarines ocupaban la escena circular y la coreografía del maestro sobre la música genial del compositor elaboraba maravillosamente el milagro de la naturaleza, los dos géneros masculino y femenino se enfrentaban, se reconocían y se unían para construir la arquitectura del futuro, la vida y el amor. Perdimos pocos espectáculos, los encontramos incluso en Milán, donde vivíamos entonces, cerca de Lausana donde la compañía se había trasladado.

La última vez que vimos a Béjart fue en Niza, donde se había organizado un espectáculo para conmemorar su carrera con motivo de un aniversario. El milagro funcionó, por supuesto, sobre todo porque se proyectó en presencia del maestro, la versión del Bolero, filmada por Lelouch, en el Arco del Triunfo de París y sobre todo bailada por Jorge Donn, el intérprete que finalmente Béjart eligió para formar una pareja que permitió al autor de unirse a su obra.


Jean Claude Fonder

La vida que da vueltas 

Desde pequeña soñaba con ser bailarina: los momentos que más disfrutaba eran los viernes por la tarde, al salir de la escuela y tener clases de Ballet; Nives siempre había sido burrita con el estudio, sin embargo, el fin de semana comenzaba con el pie derecho y esa pequeña recompensa.  

Era afortunada y no se podía quejar de su estilo de vida ni de las cosas que le pasaban y solo tenía un anhelo: convertirse en bailarina de La Scala de Milán. A menudo llevaba el larguísimo pelo recogido en un moño y se ponía pinzas para que no se soltara en todo el día. Peinaba su cabellera, hacía un moño y se remiraba en el espejo para que todo estuviera en orden.  

Todavía recuerda su asombro al ver el primer ballet clásico en dicho teatro de ópera: era El Cascanueces de Tchaikovsky. Todo era maravillosamente impecable: los bailarines se movían con delicadeza en el escenario, cada pieza diseñada para la ocasión, el vestuario majestuoso y la orquesta tocaba la obra entera para el disfrute de los espectadores. Nives era una niña, sin embargo, no pudo hacer otra cosa que tomar la firme decisión de querer seguir aquellos pasos; algún día deseaba montarse a ese escenario y hacer piruetas por doquier.  

Con el pasar del tiempo, Nives seguía enfocada en lo suyo, dejando a un lado la escuela y el estudio. Solo le interesaba la danza, inventar coreografías para bailar sola en su cuarto, comprar casetes y salir con tocacintas a todas partes. Eran los años del auge de las Spice Girls y de los Backstreet Boys: amaba los videoclips musicales para imitar las coreografías que salían y mezclarlas con las de Britney Spears, otra artista que le fascinaba.  

Muchos años después, frente a un cartel publicitario de un curso de cardio salsa y rueda de casino quiso probar también a mover sus primeros pasos caribeños; era lo opuesto a lo que tantos años le había costado aprender en el Ballet, ya que lo más complicado era soltarse, menear las caderas, los brazos y los pies al compás de la música antillana.  

La profesora de cardio salsa era precursora de lo que ahora se llama “zumba” o sea inventaba una coreografía por cada género musical del Caribe y alternaba las canciones: una salsa, una bachata, un reggaetón y un merengue. Nives, tan cuadriculada y enfocada en querer bailar en La Scala, al principio estaba perdida; en su mente no cabía algo tan “sencillo” como oscilar las caderas tal como si fuera Shakira. El profesor de salsa, en cambio, era cubanísimo hasta la médula, mezclaba el inglés y el francés, por lo tanto, ningún aprendiz entendía un carajo. Sus clases eran un fracaso, Nives se aburrió pronto y comenzó a mirar tutoriales para aprender a bailar sola. Estaba indecisa si prefería la salsa o la cumbia colombiana; por ende seguía en lo suyo.  

Desde hace casi un par de décadas Nives abandonó por completo la idea del ballet, tomó unos rumbos que nada tienen que ver con la danza, sin embargo, trata de incorporar el amor hacia el baile, el ritmo y la música con el trabajo que escogió. Está en esta disyuntiva: ¿lo estará consiguiendo o será su enésimo fiasco? ¿cómo se concilia su adorado Caribe con el trabajo?   

Un fin de semana soleado Nives se fue de excursión al Lago Maggiore para conocer los pueblecitos tan famosos que lo rodean. Ahí, solita, mientras caminaba tomando fotos a los hermosos paisajes, divisó al hombre más guapo jamás visto: Trygve un chico apuesto alto, flaco de ojos azules como el mar. Como indica su nombre en noruego significa “fiel y confiable”, así que para Nives fue un flechazo. Poco después del encuentro se casaron y ahora viven en un pequeño apartamento cerca del trabajo de ella. 


El sombrero de Carito

Llora en todos los idiomas

Luigi dice que la danza, el fútbol, el arte, la vida, es el ingenio de la gravedad en coordinación con el instante. Los cuerpos se apoyan en el aire y dentro de tu corazón está el alma de cada movimiento. Una carrera emocionante, un pase magistral y una parada casi imposible. Danzas y ríes con los protagonistas.

—Aunque sabes que vas a morir —comenta Fiorella—. Algunos sin haber vivido y con la despierta vanidad del juicio.

—Eres la alegría del jardín —le digo.

—Recuerda El cementerio de Los Inocentes en París—Me contesta.

—Si. Vamos a morir, lo sabemos. Lo inexorable existe —comenta Luigi—. Lo inevitable de la muerte y la igualdad de todos ante ella (memento mori) no nos para. Nuestro cuerpo compuesto de células microscópicas, no nos limita. Nos empuja a la crítica vacía, a seguir reflexionando sobre un mundo incongruente.

—Así es, Luigi. Nos creemos dioses.

—Quizás los que compartimos, como los deportistas, o los bailarines en cada pieza su cadencia y tiempo, seguimos una secuencia estructurada que da lugar a la magia como la de los treinta y dos giros continuos de Odile en El lago de los cisnes. 

Ese es el momento que llena tu corazón de alma. 

Y nada más existe. 

Emoción. 

Llora en todos los idiomas. 


Blanca Quesada

Los hombres que no saben bailar

El hecho de que haya muchos hombres que no sepan o no quieran bailar me parece una realidad indiscutible, como se dice en mi curso de baile popular.

Pero es verdad que en este asunto hay unas excepciones.

En este curso de danza, en el que yo participo desde unos treinta años, la mayoría somos mujeres. Eso no sería un gran problema si solo bailáramos en círculo o en fila sin necesidad de ponerse por parejas, pero lamentablemente hay muchas danzas en las que se baila sí todos juntos, pero hay el papel del hombre y el de la mujer, así que no queda más remedio que algunas mujeres bailen en el papel del hombre. De aquí surgían muchos problemas, porque durante este tipo de danza hay que cambiar continuamente de pareja y eso resultaba bastante difícil, porque no estaba claro para nadie quienes eran las verdaderas mujeres y quienes eran los “hombres”. Incluso pasaba alguna vez que, en medio de la confusión, una persona empezaba el baile en el papel de mujer y lo terminaba en el papel de hombre, sin necesidad de operarse ni de hacer terapias hormonales.

Así que nuestra profesora Marina encontró una solución: no podría ser que algunas mujeres se vistieran de hombre, a lo mejor dibujándose en la cara barba y bigote… así que nos llevó una serie de corbatas, que nos ponemos cuando tenemos hacer la parte de hombre. 

Así que se resolvió el problema, pero todavía es complicado cuando se bailan danzas de pareja. Es un horror, una vergüenza: las mujeres más espabiladas se apropian de los tres o cuatro hombres presentes y las demás tienen que conformarse con bailar abrazadas a otras mujeres. A mí eso me parece muy triste, porque me recuerda cuando era chica y veía muchas señoras bailando entre sí y pensaba que eran todas solteras, o divorciadas… Por eso, normalmente aprovecho el momento para ir al baño esperando que la sucesiva sea una danza de grupo.

En mi familia también hay casos de hombres que no saben – o no quieren – bailar.

Mi cuñado es el ejemplo perfecto. Cuando éramos jóvenes e íbamos a la discoteca, era muy fácil localizarlo incluso en medio de centenares de personas porque su cabeza era la única inmóvil entre todas. Después de la boda, aprovechando la fase del enamoramiento, mi hermana logró convencerlo para que se apuntaran a un curso de baile latinoamericano. Él fue y hasta consiguió aprender los pasos de memoria, pero bailaba como un trozo de madera, con la única diferencia de que un trozo de madera no te pisa los pies. Total, para librarse del curso de baile sin faltar a su promesa ni decepcionar a su mujer, mi cuñado no tuvo otra opción que dejarla embarazada y con eso terminó su torpe carrera de bailarín. 

Y ahora no puedo evitar hablar de mi marido.

Cuando nos conocimos, hace un millón de años, fuimos alguna vez a la discoteca con los amigos y tuve la oportunidad de ver que bailaba como Toni Manero en “La fiebre del sábado noche”: o sea, ocupaba el espacio que normalmente ocupan tres o cuatro personas, porque se movía mucho y agitaba los brazos como J. Travolta en la película, de modo que, si alguien se acercaba demasiado, corría el riesgo de recibir un manotazo. 

Hasta le pregunté si pagaba una entrada doble y si tenía un seguro contra los accidentes que podían pasarle durante el baile.

Pero lamentablemente eso no duró mucho. Pasada la edad de la discoteca empezamos juntos el curso de danza popular y la verdad es que aún allí bailaba bastante bien, pero después de un año o poco más se cansó y dejó de ir.

Me acompaña de vez en cuando a alguna fiesta, pero casi no baila, a pesar de que mis compañeras y yo intentamos convencerlo.

Entonces, voy sola: bailo a veces en el papel de mujer y a veces en el del hombre, me escondo en el baño cuando se hacen danzas de pareja, ¡o espero… ojalá alguna señora me invite a bailar! 


Silvia Zanetto

Nocturno friulano, 1950

Al cruzar el umbral del establo, nos recibe el aroma del heno, de la paja seca y el calor que desprenden las cuatro vacas gordas que rumian aburridas.
Sobre la vieja mesa de madera, el abuelo juega al solitario con una baraja de cartas de bordes desgastados y dorso obscuro y grasiento.
Junto al abuelo, la abuela teje. De vez en cuando se queda dormida y el trabajo se le cae en el regazo.
Sobre la mesa cuelga una bombilla cubierta de excrementos de moscas, alrededor de la cual bailan las polillas indiferentes a los humanos.
En dos sillas de paja, dos mujeres jóvenes sostienen en brazo dos niños que, envueltos en mantones de lana, duermen profundamente.
Sobre un montón de heno perfumado, dos nenas susurran secretos.
Faltan pocos citas para Navidad.
Las dos jóvenes mujeres recuerdan lo que leyeron en la última carta de sus hombres.
……Querida Anita, no estaré en Navidad. El viaje es demasiado caro.
Volveré en primavera. espero. Dale un beso a Tonina y Anna María.
Háblales de mí. A ti mi amor de siempre.
……Querida Margherita, esta Navidad tampoco estaremos juntos.
Dale un beso a Luca y Daniela. Os echo mucho de menos. Te quiero. Sé buena con los abuelos.
Todo está inmóvil y en silencio.
Solo las polillas, incansables, bailan alrededor de la bombilla.

Iris Menegoz