
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:

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“CHAGRIN D’AMOUR”
El amor es notoriamente ciego, sordo y de una atroz estupidez. Nunca elige: sucede. Es difícil ser irónico cuando estás presa del “Chagrin d’amour” que, como dice sin piedad la canción, dura toda la vida.
Entre todas las adicciones más variadas e imprevisibles, la dependencia afectiva es la menos reconocida y considerada.
Será que al verbo amar difícilmente se le atribuyen valencias negativas.
En el pasado, y no tan lejano, yo también he sufrido de esta adicción.
MIGAS
Si pudiera hablar de amor, te contaría que mi vida entera pasó enamorándose del amor.
¿Dónde están aquellos momentos secretos en que los dos intentábamos desatar los nudos de la vida?
Me olvidaste como se olvida una bufanda en el asiento de un taxi.
¿Qué me queda? Un cuchillo de hielo que mata mi olvido.
Yo desparecí de tu vida sin dejar huellas. Como el agua jabonosa fluye sobre las piedras de un suelo sucio.
El dolor es un río kárstico.
Nace y muere cuando le da la gana.
Las cicatrices del alma nunca sanan. Basta poco para hacerlas sangrar.
El tiempo no remedia los huecos de la vida, no es caballero, no sana, no enseña. El tiempo hace bien solo una cosa: pasa. En el desorden de mis recuerdos te busco y no te encuentro.
FINAL
Cuando estar enamorado significa sufrir ¡estamos amando demasiado!
Así que poco a poco se convierte en una especie de droga. Solo admitiendo la gravedad del problema se puede empezar a curarlo. Se cura, con dificultad, pero se cura.
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El sol es negro
pero sobre un fondo amarillo no estaría mal
El sol es gris
pero sobre un fondo rosa se ve bien
El cielo está lleno de nubes oscuras
un poco de azul va a rasgarlo
El cielo es azul,
es un océano de llamas
Mi corazón late fuerte, tengo miedo,
un amor me espera.
Tu viendras longtemps marcher dans mes rêves
incluso la cáscara tiene cáscara incluso la máscara tiene máscara incluso lo oscuro oscurece incluso el sol gira en torno al sol
tu pene descansa cansado
sobre mis ojos cerrados
y mis pechos puntiagudos
ya los siento pesados
El amor puede hacer todo salvo despertar a los muertos
pero dudo hasta de eso
de semejante gigante que se vislumbraría
si la carne equivaliera
pero el amor cansado quiere dormir,
y hambriento, pastar
y así favorecer el brillante vuelo
hasta que se pierde de vista
Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes. Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados. Es para la niña que nadie saca a bailar, es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.
Hay un cierto sesgo de luz, Hay un cierto sesgo de luz, en las tardes de invierno –, que oprime, como la profundidad de las catedrales –
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte…
Quién ama el sol
A quién le importa qué hace crecer las plantas
A quién le importa qué hace eso
Porque tú rompiste mi corazón
–Porque algunas cosas son a la vez buenas y malas, tal como ocurre con hojas, por un lado aterciopeladas y con el otro te dejan con la palma ensangrentada. Casi no parecen hojas, parecen mujeres malas.
Comienzas a escribir un poema cuyo tema es un lago profundo en esto te encuentra la noche ahora no sabrás cómo volver
Nada se pierde con vivir, ensaya:
aquí tienes un cuerpo a tu medida.
Lo hemos hecho en sombra por amor a las artes de la carne
pero también en serio
pensando en tu visita como en un nuevo juego gozoso y doloroso;
por amor a la vida, por temor a la muerte y a la vida,
por amor a la muerte
para ti o para nadie.
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Azul marino, las olas del vestido de una niña que se escabulle livianamente hacia la cocina.
Azul turquesa, los latidos del corazón y los mechones de pelo que se le caen en la cara.
Azul oscuro, los pasos de una princesa de la noche, en una ráfaga de desasosiego.
Azul rapsodia, las cortinas teñidas de índigo temeroso, alrededor de su escapada.
(Azules)
En un octubre luminoso, hace muchos años, el verano no quería convertirse en otoño. Sin embargo, estaba claro que era octubre: las llegadas ya tenían sabor a salidas, como cuando vas a despedirte del mar por última vez, mientras tu equipaje ya te espera en el coche.
Avanzamos por el muelle y disfrutamos de ese último resto de verano, sorprendidos y agradecidos por el día soleado. El azul claro nos consolaba de la pasada semana sombría.
(el Héroe)
Así que Simón no será mi Príncipe Azul, no me dará un beso casto y prosaico para romper un hechizo. Será mi Caballero Negro, el mago de la capa oscura y del beso que embruja: el que crea el encanto, y no el que lo quiebra.
(Hechizo)
A mí, en cambio, me enamoró enseguida.
Ni siquiera me fijé en el color gris de su pelo y de su barba. Me deslumbró la luz oscura que vi brillar en sus ojos mientras iba hablando de su viaje a África. Me encantaron las palabras verdes y azules de ríos y valles lejanos, que su voz me acercaba y los hacía reales.
(Por eso ahora me voy)
Porque esta es la clave: darme cuenta de que estoy vivo todavía, que no es demasiado tarde para librarme de lo que me presiona, para gozar del verde y del azul de la vida, del cielo resplandeciente sin nubes y de todo lo que todavía está detrás del cerro, esperándome a mí.
(La llave)
Lo perdió todo y ni siquiera se enteró.
Y caminó a través de la niebla grisácea que esconde las violetas y los narcisos, sin atisbar el azul índigo del cielo al atardecer: ese azul que no le pertenecía.
(El cielo al atardecer)
No sé por qué me habré puesto este vestido blanco tan corto.
La señora de la mesa de al lado me observa con aire de reprobación, enfundada en su tailleur de corte perfecto, protegida por su sombrerito azul y fingiendo leer el periódico
(Le Figaro)
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Pasamos un fin de semana inolvidable. Al despertarme a la mañana siguiente tu profunda mirada penetró mis ojos. Pareció decirme: « No te olvides de mí» . Me besaste y te fuiste.El fin de semana terminó así. No volvimos a encontrarnos. Sólo quedaron los recuerdos.
El sol nunca olvida levantarse
De nuevo, otra vez
Subí al bosque que rodeaba la playa, me senté en la base de un árbol, apoyando la espalda a su tronco y cerré los ojos. De repente, fue como si una cascada de agua Me cayera encima. Una cascada en la que flotaban los recuerdos.
No, no fueron los recuerdos, no fue nada de eso
Fue el amor. Entra en tu vida saliendo de la nada como un arcoiris después de la lluvia, va creciendo hasta llegar lleno, pasional. Rojo. Luego, poco a poco, como la luna se vuelve menguante; el rojo desvanece hacia el amarillo, pero el amor nunca desaparece y siempre te sorprende.
Miércoles por la madrugada. Bajo las escaleras. He salido de tu casa. El pelo largo y suelto parece hablar de libertad. He olvidado las llaves del coche bajo tu cama, tengo que volver. Abres la puerta y corremos a tu cuarto, amándonos otra vez. Las llaves permanecen bajo la cama
Espirales que vuelven
Intensidad
Andrés ya no está. Es entonces que todo se desmorona en un instante sin que yo pueda hacer nada. Sólo un sueño, un recuerdo detrás de un horizonte lejano, fuera de mi alcance, un viaje que nunca empezó.
Me doy cuenta de que no aguanto el peso de mi memoria, pero sin embargo la necesito, esta colección de recuerdos, personales o colectivos que sirve para recordarme quién soy y de dónde procedo, para mantener vivo el papel de mi vida y quizás me ayude a actuar teniendo en cuenta lo que ocurrió en el pasado.
Un círculo infinito del que no existe salida
Nada que añadir
Tal vez la memoria sea como una tormenta de energía a punto de estallar, una enorme nube que al llenarse deja caer gotas de lluvia como si fueran recuerdos en un sirimiri de gotas pequeñas que me permite contemplar el pasado sonriendo; o tal vez derramando recuerdos ruidosos, enfriados que se han convertido en granizo, los de la memoria colectiva o personal de hechos muy graves, los que me hacen daño al caer, e incluso los que en mi memoria han pasado al estado gaseoso y se han vuelto niebla, los que preferiría olvidar.
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Collages/Olga
Pensamiento pseudo filosófico: al final somos hechos como se ensamblan los collages: se empieza con un inmotivado entusiasmo infantil, seguido por una cierta curiosidad juvenil, a los que se añaden las experiencias negativas coleccionadas, una tras otra, que aportan un poco de pesimismo; seguimos aportando los amores perdidos que nos van a añadir una punta de romanticismo, añadimos un puñado de estudios científicos que van a salpimentar nuestra experiencia con algo de conocimientos del universo y un kilo y medio de libros de historia leídos que va a sazonar la experiencia de lo podrido que está en el ánimo humano.
Encima vamos a poner, como si fuera una capa de decoración, un poco de esperanza que siempre alberga por ahí mismo en los telones de fondo más oscuros. En primer plano siempre tenemos la cara que queremos enseñar a los demás. Así nosotros estamos hechos como collages: pegando cada experiencia nueva encima de las precedentes, en una MEZCLA viva y original hasta que dejamos de respirar, de soñar y de añadir colores a nuestra única obra maestra.
Olga es un verdadero ejemplo de collage: ha hecho de sí misma una mescla de todo lo mejor que la tecnología moderna ofrece: las tetas obviamente son de siliconas talla quinta si no más, los labios también en plástico, las mejillas reforzadas con un relleno sintético en el quirófano, las arrugas de la cara terminadas con la toxina botulínica, la celulitis oxidada con el carbono 14 casi completamente no radioactivo.
Ahora queda en espera de otros descubrimientos de cultura científica para añadir materiales más avanzados tecnológicamente a su obra maestra.
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Muchas veces hacemos cosas solo por el gusto de sentirnos vivos. Tal vez somos el resultado de esas locuras. Qué bien sería saberlo todo desde el principio.
Agosto 1987, Nápoles, Italia
En el jardín de la casa de campo solía merendar en buena compañía. Recuerdo que a eso de las cuatro y media de la tarde se oía el ruidoso motor de la Fiat 500 color verde aceituna del tío Antonio. Y lo primero que me preguntaba era si había preparado la mesa para nuestra merienda como si por eso le fuera a ir la vida. Yo de pronto lanzaba mis juguetes y salía fuera para mostrarle la mesa puesta. Estaba orgullosa. Recuerdo la cara joven de mi madre. Charlas y risas. De aquellos momentos felices queda el perfume del pan y del aceite.
Verano 1998, Amalfi, Italia
Las calles empinadas relucían al sol veraniego. Turistas y lugareños codo a codo en las terrazas abarrotadas de la plaza central. Lenguas extranjeras, dialectos locales, una sinfonía de voces alegres, despreocupadas. Recuerdo una escalinata interminable que llevaba a la catedral. El antiguo portal se atisbaba desde abajo. No, no quería subir hasta la cima. Solo deseaba disfrutar la compañía de mi novio. Sus ojos negros clavados en los míos. Me miraba como cualquier mujer desearía ser admirada, con maravilla y apego. El perfume del café recién hecho mezclado al olor del mar, un recuerdo casi prohibido. Las manos entrelazadas, mi vestido de seda resaltaba mis formas y flotaba a cada paso.
Era el trofeo que cada hombre habría querido enseñar y yo no lo sabía. Era joven. Era inexperta. Era guapa.
Marzo 2015, París, Francia
Por la avenida de los Campos Elíseos paseaba sola en medio de una multitud de personas. De cara a la primavera, llevaba unos pantalones cortos, una blusa azul claro y unas botas de tacón que me daban un aire altanero. Sin embargo, a pesar de mi elegancia, algo no encajaba. Mi plumífero corto no bastaba para contener el frío que sentía, si bien había un sol que exaltaba los colores de la ciudad. Recuerdo que París me parecía maravillosa e inquietante a la vez. La belleza a mi alrededor solo me daba miedo. No sabría cómo explicarlo pero, tal vez, presentía lo que iba a suceder. El amor no es invencible. Mentirosos lo que dicen que dura para siempre. Para nosotros no fue así.
Invierno 2020-21, en una ciudad del Norte de Italia.
Para salir a hacer la compra necesitábamos llevarnos un permiso escrito. Hablábamos a través de mascarillas, algunos las llevaban de colores. Nada de ruidos. Pocos coches en la carretera. Los días de lluvia nos parecían aún más oscuros. Por la noche lúgubre desfile de camiones llenos de ataúdes, muertos sin despedidas. Tal vez sobrevivimos para contarlo.
Primavera 2023, en un pueblecito de la costa, sur de Italia.
El mar desde la playa es un espectáculo. Sentados en la arena templada, las caras al sol. La brisa me roza las mejillas. Las olas me acunan los pensamientos. Podría perderme aquí para siempre.
Recuerdos… Mi memoria viaja con la misma facilidad con la que hojeamos la lista de fotos en nuestro móvil. Sin embargo, no necesito dispositivos, me basta sentarme en el sillón, poner música y mi mente empieza a viajar. Allí está, el collage de mi vida
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El mayor regalo que nos ha dado la naturaleza es el de la brevedad de la vida. En la danza del tiempo, los momentos buenos se deslizan a nuestro lado, así como también lo hacen los momentos difíciles.
Por fortuna, nada es para siempre. Esa es la hermosa verdad que nos consuela en nuestras horas más oscuras y nos hace apreciar con mayor intensidad cada instante de esta asombrosa experiencia.
Recuerdo con inmenso cariño a mi hermano Javier, quien, si la suerte no le hubiera sido esquiva hoy tendría setenta y tres años. Desde su nacimiento, su existencia, marcada por una enfermedad que lo limitaba tanto física como mentalmente fue un reto constante. Vivió veintiún años, atrapado en un cuerpo que no le respondía, con balbuceos por lenguaje y el gateo como único medio para explorar el mundo. Sus últimos años transcurrieron en una cama que se convirtió en prisión y fue testigo mudo de sus alegrías y tristezas
Sin embargo, con Javier también llegó a nuestra familia un regalo inesperado: un magnífico radio tocadiscos que colocaron en su habitación y que acabó convirtiéndose en un insustituible compañero. Sus melodías fueron la excusa perfecta para reunirnos alrededor de su cama y disfrutar de las pegadizas canciones de Renato Carosone o de la mágica maestría de Aimable.
Ello le supuso un refugio, un bálsamo con el que calmar sus días más agitados.
A veces, me alegra la velocidad con la que pasa el tiempo. Los recuerdos se acumulan como viejas fotografías que, a pesar del desgaste, conservan el brillo de su esencia. Es un regalo vivir intensamente sí, pero también es un alivio saber que el dolor tiene un límite. Los momentos difíciles son pasajeros, al igual que los buenos, pero mientras permanecen, nos regalan la oportunidad de sentir, de amar y, sobre todo, de atesorar.
Hoy en día, aquel radio tocadiscos ha quedado en desuso, pero me gusta pensar que, de alguna manera, sigue vibrando con la misma energía de antaño. Quizá, en sus silencios aún guarda las notas de aquellos días en los que su música fue el hilo conductor de nuestra vida familiar. Ante la adversidad, nos enseñó a celebrar lo que tenemos, a encontrar belleza en los instantes efímeros, a comprender que, aunque el tiempo avance, siempre tendremos el poder de recordar, y es por ello que cuando me asaltan preguntas sin respuestas de cómo hubiera podido ser su vida, en lugar de permitir que esas dudas arrebaten mi paz, elijo abrazar el recuerdo de su forma genuina de amar y su capacidad para unirnos a través del sufrimiento.
La vida es una danza breve y delicada. Aprender a apreciar cada momento es un arte, y ser consciente de que el dolor también es temporal es parte de ese aprendizaje. Agradezco a la naturaleza por darnos la oportunidad de experimentar este complicado collage que conforma la vida y que, a pesar de todos los contratiempos, sigue siendo un maravilloso regalo.
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El abandono se hereda genéticamente igual que los gestos que se repiten; de una bisabuela que nunca conociste copiaste su forma de morderte el labio.
Esconderse era la única manera de no verse y no estar con gente era para no romperse.
Encontró en aquel pueblo perdido, en su pequeña biblioteca el olvido. Alguna vez un manuscrito se abría y se escuchaban trozos de su propia vida.
Los círculos que se repiten hasta el infinito. Cada trozo de papel es una vida, es una verdad donde nunca se sufre, solo se siente. La soledad es la salvación. La única manera de estar aquí sin dolor.
Sólo queda un panteón, el suyo.
Su familia está llena de secretos, donde cada palabra tiene una historia que guardar, cada frase un mundo lleno de esquinas donde algunos no se atreverían ni a pisar.
Cada vez que una hoja pasa son botones que se pulsan para bajar o subir en un ascensor de antiguos recuerdos donde las puertas chirrían, los gritos la espantan y el llanto se calla.
Conoció sus propios secretos, leyendo los de los demás.
Se había convertido en una curiosa. No había nada que hacer sino leer y mirar por su gran ventanal y de vez en cuando escuchar los susurros de los lectores asiduos.
La víspera le dijeron que alguien había estado preguntando por ella. Fue entonces cuando supo que realmente estaba en peligro ¿Podría hacerlo? pensó.
Al día siguiente se presentó “el que decía ser su primo” y vino desde muy lejos hasta encontrarla.
Le propuso un contrato de alquiler indefinido. Ella asintió, en su casa había una habitación vacía. Después del primer día nadie volvió a verlo.
Las miradas, la boda, los taxis urgentes, las fiestas y las lágrimas. Todas las cosas troceadas de la vida de pronto se ordenaron en un cuadro perfecto y tranquilidad hizo un bello collage en su jardín.
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