Baile de graduación

Faltaba poco más de un mes para la fiesta de graduación. El día más importante del año. Después del acto de la entrega de diplomas, se llevaría a cabo la celebración del baile de fin de curso. El broche de oro que todos los chicos y chicas estaban esperando y que sellaría su adolescencia con una chispa de magia. Desde casi el inicio del último trimestre, Eliza, o, mejor dicho, la madre de Eliza había estado devorando revistas de moda, eligiendo telas y, cose que te cose, pendiente de hasta el más mínimo detalle. Todo para que su hija fuera la más bella del baile. O al menos para que así se sintiera. A sus diecisiete años sería el primer baile de gala del que iba a disfrutar y quería que lo recordara toda la vida. Todavía se acordaba de cómo había sido el suyo. Maravilloso. Admirada y disputada por todos los chicos. Eliza no podía ser menos. La hizo probarse el mismo vestido una y otra vez, hasta que le pareció que le quedaba perfecto.  

Finalmente, el momento llegó y en efecto, la entrada de Eliza en el salón luciendo un elegante vestido de satén color esmeralda y unos deslumbrantes zapatos de tacón de aguja, adornados con lentejuelas en oro, plata y azul que brillaban bajo las luces, fue espectacular. Las miradas de los jóvenes se volvieron hacia ella y por un instante, se sintió el centro del mundo.  En cuanto la música inició sus primeros compases, Eliza se encaminó hacia la pista de la mano de su galán, su compañero de clase y amor platónico. Él la tomó por la cintura y comenzaron a girar y girar, pareciendo que todo iba a desarrollarse según lo previsto.

Pero el destino tenía otros planes. En medio de un giro un tanto arriesgado, resonó un crujido: el fino tacón de uno de sus zapatos se partió y Eliza cayó al suelo. El mundo pareció quedar congelado a su alrededor. Por un momento las lágrimas parecieron ir a brotar de sus ojos, pero antes de que la angustia pudiera consumirla, su pareja se agachó, le tendió una mano con una sonrisa cálida, la ayudó a descalzarse de su otro zapato y a continuación se descalzó también él de los suyos.

¿Lista para continuar? — preguntó con una sonrisa, mientras la ayudaba a incorporarse.

Eliza sintió que aquel pequeño gesto transformaba su vergüenza en una situación de divertida complicidad. Y juntos, como si nada hubiera ocurrido, comenzaron a bailar de nuevo, esta vez descalzos, libres de expectativas. En ese instante, Eliza, supo que aquel baile sería mucho más que un bello recuerdo y que habría de durar toda la vida


Sergio Ruiz Afonso.

La rueda

Dernier tondo à Paris – Alechinsky 2009

Epifania

Algunos estudiantes llegan a ser buenos, otros mediocres y muy pocos no pasan del suficiente ya que por mucho círculo que hagamos cada cerebro tiene sus recursos.

“La rueda es una línea que se curva para llegar a encontrarse en el mismo sitio y consigo misma” — Me dijo Sara.

Y yo, profesor de biología pensé: pues sí, se parece a la vida, a los planetas e incluso a cada una de las células de nuestro cuerpo. Ellas tienden a lo redondo. Empezando por una de las etapas del desarrollo embrionario que ocurre al cuarto día después de la fecundación en humanos. Se llama mórula, es una esfera sólida llena de células que mide menos de doscientas micras.

Entonces tuve una epifanía: recordé una película alemana que se llama Vier minuten. 

La crítica hablaba de una muy buena película. Uno de los críticos utilizó la palabra redonda. El argumento trataba de una mujer mayor que enseña piano a una joven convicta en una cárcel de mujeres para transformar su ira. Era virtuosa tocando el piano y la disciplina la perfeccionó. Le dieron permiso. Tenía cuatro minutos para interpretar una pieza de Schumann en un teatro y ella opto por otra creación llena de pasión. Tocó una composición con variaciones y sonidos de la música negra. Jenny fue aclamada por el público ¿Estaría ya ese coraje impreso en su mórula? 

 — Llegamos a los mismos sitios. Sara, no importa el camino, de la misma manera que cada planeta traza su órbita nosotros transitamos.

 — Habrá que disfrutar de la senda Daniel. Vamos a necesitar al menos dos ruedas.

— ¡Muy buena idea, Sara!,


Blanca Quesada

La rueda

La rueda, la rueda al principio corre, corre, corre tan rápido que ni siquiera te das cuenta de si hay algún obstáculo.
Es rápida. Luego ralentiza, tropieza, se rompe. Hay que arreglarla. La arreglas, y vuelve a correr y pasan las carreteras, los caminos y la estaciones. A toda velocidad.
Llega un momento en que se detiene de nuevo y piensas que se ha roto para siempre. Pero no, la arregla de algunas manera; le pone un parche y luego otro, y otro y la rueda vuelve a rodar.
Es un poco más lenta. Cada vez más lenta.
Entonces parece che se detiene.
Intentas ponerle parches nuevos. Cambias la cubierta! Y vuelve a ponerse en marcha!
Pero sientes que ya no puede más.
Ralentiza, y ralentiza y tu con ella.
La carretera está limpia, y despejada. El sol brilla en el horizonte.? Por qué no puede más?
Entonces por fin comprendes y la dejas ir.
¡Ve, ve, ve!


Iris Menegoz

La rueda

Después de años de ausencia vuelvo a visitar el pueblo donde vivieron mis abuelos maternos. Todo parece igual. Decido bajar hacia el pequeño río que separa el pueblo en dos partes. Desde que era niña, me fascinaba observar cómo el agua corría, arrastrando hojas y ramas, mientras el sol se reflejaba en su superficie. Allí está el viejo molino cubierto de hiedra y olvidado por el tiempo. La rueda de madera de roble, desgastada pero igualmente maravillosa, parece esperar a que alguien la despierte de su letargo. Sin pensarlo dos veces, decido acercarme.

Al tocar la rueda, siento una corriente de energía recorrerme y, de repente, me encuentro dentro de este mecanismo, que empieza a girar. Cada giro de la rueda me lleva a un viaje a través de un mundo pasado: el sonido de la molienda, el aroma del grano fresco y las risas de los campesinos que venían a moler su cosecha.

Además, a medida que la rueda gira, puedo ver el paisaje cambiar. Las estaciones pasan ante mis ojos: la primavera con sus flores empezando a brotar como la infancia, el verano dorado como la juventud llena de pasión y sueños, el otoño con sus hojas crujientes como la edad adulta donde se enfrentan responsabilidades y decisiones y el invierno cubierto de nieve, como la vejez de pelo blanco, con su sabiduría y reflexión. Pero también percibo la tristeza del molino que ha sido olvidado, y con él, las historias de aquellos que alguna vez lo habitaron. Cada vuelta me trae también recuerdos de mi pasado con momentos de euforia y otros de incertidumbre y fracasos.

La rueda segue girando y parece hablarme diciéndome: “Aprecia cada etapa, aprende de ella y, sobre todo, nunca dejes de soñar. Al final, lo que importa no es cuántas vueltas has dado, sino cómo has vivido cada una de ellas”. Entonces mi vida era como esa rueda, a veces giraba hacia arriba, a veces hacia abajo, y cuando perdí a un ser querido fue como si la rueda se atascara en un lugar obscuro, y el dolor me hizo sentir que jamás podría volver a girar. Pero, con el tiempo, aprendí que esas detenciones son parte del viaje. La tristeza se transformó en recuerdos, que siguen acompañándome, y la rueda comenzó a girar de nuevo, aunque de manera un poco diferente. Finalmente, cuando el sol comenzó a ponerse, sentí que mi tiempo dentro de la rueda del molino llegaba a su fin. Hoy, miro hacia atrás y veo que cada vuelta de esa rueda ha sido valiosa, y que mi rueda seguirá girando, llevándome hacia nuevas aventuras y aprendizajes en un viaje continuo. En este momento estoy lista para seguir girando.


Raffaella Bolletti

Las ruedas son mágicas

¿No les cansan la tele? 

Hace años que este mítico objeto de los años 60 ya no está en el centro de nuestra sala de estar. Sin embargo, ¿quién no recuerda su primera televisión, la llegada del color, la coronación de la reina Isabel, el primer hombre en la luna, … Y eso no es todo, culturalmente también fue una revolución. El teatro, los grandes clásicos, el concierto de Año Nuevo en Viena, las películas, los partidos … Algunos han creado una sala de cine en su casa.

Pero muy pronto, fue la irrupción de la publicidad, debería más bien decir la invasión, las cadenas comerciales, e incluso las cadenas que pagaban no se salvaron. El modelo americano se impuso. Estábamos muy lejos de la escucha familiar en torno a la radio.

Y luego la distribución, son ellos los que deciden lo que ustedes deben, lo que pueden ver y cuando pueden verlo, entonces la proliferación de una programación de bajo nivel, hecha de juegos estúpidos, variedades populares, y la omnipresencia del fútbol.

Afortunadamente, internet ha hecho estallar el tapón. Gracias a la tecnología, los distribuidores pueden ser esquivados, se puede ver una ópera, un concierto, una representación teatral, un documental hermoso, eventos deportivos, una serie y por supuesto películas en todos los países del mundo. Puede ser gratis o de pago, y ustedes pueden usar una VPN que les lleven al país que deseen. Ustedes son libres de elegir, pueden ver y volver a ver cuando quieran y pagan lo que quieran. Además de esto puede ser interactivo, ustedes pueden participar en conferencias, cursos y talleres, así como ustedes mismo pueden organizar una reunión entre amigos.

Es maravilloso, pero hay que utilizar su ordenador, hay muchos televisores con algunas funciones de internet, pero limitado por supuesto. O también se puede conectar el ordenador a la TV, pero en general está instalado en su oficina o en una mesa que lo substituye. Una tableta, pero también es limitada y no muy práctica. 

La solución es mi esposa que lo encontró: Las ruedas.

Tengo un buen ordenador de mesa Apple, con una pantalla grande (28″), de calidad superior a la del televisor y conectado a mi canal HiFi. Está instalado sobre una pequeña mesa a la altura de mi sillón. Es decir, no el de una mesa de salón ni el de un escritorio. No es fácil de encontrar, elegí un mueble para niños de buena altura y montado sobre 4 ruedas.

Cuando trabajo o busco lo que queremos ver, lo acerco a la silla y cuando miramos simplemente lo muevo hacia el centro de la habitación.

¡Las ruedas son mágicas!


Jean Claude Fonder

El diezmo

La noticia corrió como la pólvora y, a lo largo de la tarde, sobre todo entre la gente menuda, se convirtió en la comidilla del pueblo.

A Saulo, Luis, Martín y Noé les pilló en el patio del colegio.

—E…está mañana los vi -dijo Saulo con el característico tartamudeo que tanto le avergonzaba- La…l-la están i…instalando en el descampado que está detrás de la iglesia. H-he visto como están levantando la no-noria.

Sus amigos aplaudieron con júbilo. Atrás quedarían al menos por unos días las  aburridas tardes tirando piedras al río o molestando a los gatos de la vieja Eulalia que, acostumbrados, ya ni se inmutaban por ello.

—Y ¿Viste si habría montaña rusa? -preguntó con ansiedad Martín.

—S-si -respondió el primero, asintiendo repetidamente con la cabeza- Y-y también co-coches de choque.

Todos suspiraron en silencio. Era la hora del recreo, y cada uno se dejó arrastrar por la imaginación hasta su atracción preferida mientras daban buena cuenta de la merienda.

Sí. La feria había llegado. Y los operarios se estaban dando mucha prisa a fin de tenerlo todo listo para el día siguiente. Como todos los años, habría pimpampum, casa del miedo, tiro al blanco, y muchas cosas más, pero lo que más llamaba la atención era la Gran Rueda de la Fortuna que se anunciaba a bombo y platillo como sorpresa. Al menos, así figuraba en los papelillos de propaganda que se repartieron por todo el pueblo.

Al día siguiente, que era sábado, la feria abrió como estaba previsto. En cuanto los operarios retiraron las vallas que impedían el paso, la gente se lanzó en tropel a las entrañas de aquel universo de luces y algarabía. Los cuatro amigos fueron de los primeros en pasar y, dispuestos a disfrutar de una tarde inolvidable, no se dejaron ni una sola atracción atrás, desde el pimpampum a la casa de los horrores; se atiborraron el estómago con todo tipo de chuches, y cuando por fin parecía que no había nada que pudiera superar lo vivido, se toparon con la fascinante Rueda de la Fortuna. Por un rato permanecieron mudos ante aquella maravilla, sucios sus rostros, cargados de golosinas sus bolsillos.

Se trataba de una luminosa plataforma de madera pintada, que giraba, oscilaba, subía y bajaba, todo a la vez. Sobre ella se habían dispuesto varias filas de asientos con aspectos de seres mitológicos que también subían, bajaban y giraban de modo independiente, y colocada en medio de la misma se erigía la divertida figura de una bruja que se desplazaba entre los asientos repartiendo escobazos.

Los altavoces animaban a los indecisos a probar suerte y los cuatro amigos corrieron a montar sobre sus animales preferidos. En cuanto el resto de las localidades estuvo ocupada, el artilugio se puso en marcha, con chirriante lentitud al principio, luego con inesperada suavidad a medida que la velocidad fue aumentando. La música estridente y los gritos de satisfacción o sorpresa llenaban el aire, pulsando con una energía que parecía provenir de otra esfera. Y mientras giraban, una densa neblina comenzó a aislarlos, como si la realidad se hubiera desdoblado en dos dimensiones distintas. Para el público, la rueda se hizo casi invisible. 

Entre tanto, dentro de ese vórtice de misterio, cada uno de los muchachos experimentó una revelación singular: a Saulo, que no volvería a tartamudear; a Martín, que algún día se convertiría en un empresario de éxito; a Luis, que finalmente sus padres lo iban a llevar de vacaciones a Disney. 

Cuando, luego de unos minutos la máquina paró, los chicos bajaron despeinados y sonrojados, pero felices.  Salvo Noé, al que todo el mundo buscó. Era como si se hubiera desvanecido. De inmediato se investigó tanto a la máquina como a los feriantes, hubo rumores para todos los gustos, todos sin consistencia, y ante la falta de respuesta, conforme pasaron los días el asunto pasó a la  categoría de misterio. La feria que tuvo que paralizar de inmediato sus actividades, estuvo varios días precintada y en cuanto pudieron, los feriantes desmantelaron las instalaciones. Al decir de la vieja Eulalia, jugar con el azar exige siempre el pago de un diezmo como contrapartida.

Por supuesto, la feria no volvió nunca más a aquel pueblo.


Sergio Ruiz Afonso.

Una rueda que non rueda

Cae lenta la noche cubriendo el mundo con su misterio. Todo está oculto, también el Entre los ríos Karkenoth y Dez se alzaba una montaña hecha por los hombres.

Cuentan que allí, hace tiempo, los hombres inventaron una rueda que no rueda.

Susa nace hace cerca de 9000 años, pero su magnificencia es de hace cerca de 5000 cuando inventaron la rueda que no rueda.

En el centro se alza la montaña sagrada, el zigurat en lengua elamita. Una montaña hecha de ladrillos y rodeada de una escala que permitía al sumo sacerdote acercarse al lugar donde habitan los dioses.

Grandes y ricas túnicas eran las vestimentas del rey y de los nobles.

Taparrabos y pobres faldas vestían campesinos, artesanos y aquellos que hacían rodar las ruedas que no ruedan.

Más tarde la rueda serviría para el comercio y la guerra, como en el Egipto de Ramsés, y hasta… Hasta que terminemos con las guerras.

En Susa, cuando gobernaban los elamitas, la rueda no rodaba ni servía para hacer la guerra.

Cuentan que al alba, apenas amanecía, un hombre se alzaba para hacer rodar la rueda que no rueda. Y así sucedía en muchas habitaciones humildes.

Gran parte de la grandeza de esa antigua ciudad se debió a la rueda que no rueda.

Un hombre hacía girar un plato, sobre él había colocaba arcilla y con sus manos la modelaba y a medida que el plato giraba iba arrancando formas escondidas en la tierra.

Y hasta hoy hay quienes crean belleza utilizando una rueda que no rueda pero que gira y gira, llamada torno, y que seguirá girando quizás hasta el fin de nuestro tiempo.

Es allí 

Grandes palacios y antiguos templos se construyeron gracias a la rueda que no rueda.


Patricio Vial

La carta que no salió

En un rincón olvidado de la sierra andaluza, donde las casas son blancas y las calles se enredan como hilos viejos, vivía Celia. El pueblo era pequeño, rodeado de olivos y silencios. Desde que volvió allí para cuidar a su madre, y luego se quedó, atrapada por la costumbre, los días le parecían siempre iguales. Trabajaba en el bar de su primo: cafés con o sin leche, cortados, comandas, mesas, propinas, caras conocidas. Todos los días iguales.

Aquel miércoles de otoño, salió del trabajo antes de lo habitual. El bar estaba medio vacío, y ella se sentía aún más vacía por dentro. En vez de volver a casa, echó a andar sin rumbo, siguiendo una callejuela que nunca había recorrido.

El sol se escondía tras las montañas, y la luz se filtraba entre los tejados con una tristeza hermosa. Caminando sin pensar, giró en un callejón donde nunca había estado. Allí, como aparecida de la nada, una puerta de madera oscura la detuvo. Un cartel colgaba:

“Cartas.”

Iba a seguir, pero un golpe de viento, leve, pero firme, la empujó hacia dentro. La puerta se abrió sola. El aire olía a incienso y romero.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó una voz.

Era una mujer mayor, de ojos negros y pañuelo morado en la cabeza. Amalia, decía una pequeña placa junto a una vela encendida.

—No lo sé —dijo Celia—. Sólo pasaba por aquí.

—A veces, lo que necesitamos no se busca. Simplemente, nos encuentra —respondió Amalia.

Celia se sentó sin saber muy bien por qué. Sentía que no tenía nada que perder. Amalia barajó las cartas con manos seguras y colocó tres sobre la mesa.

—Pasado. Presente. Futuro.

Celia pensó —sin querer— en la Rueda de la Fortuna. En un cambio, una sacudida del destino que le diera un nuevo comienzo.

Amalia dio la vuelta a las cartas:

Cinco de Copas.

El Colgado.

Diez de Espadas

El Cinco de Copas: muestra la tendencia a mirar sólo lo perdido, ignorando lo que aún se tiene; el Colgado: representa una pausa forzada, pero también una oportunidad para mirar desde otro ángulo y el Diez de Espadas es dolor, sí, pero también liberación. Lo más oscuro antes del renacer.

Nada de fortuna. Nada de milagros.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Celia, decepcionada sin saber por qué.

—Que lloraste tanto lo perdido que no viste lo que aún tienes. Que estás suspendida, esperando un cambio externo. Y que el dolor… ya llegó. Pero el Diez de Espadas también es final. Y todo final es una apertura.

Celia bajó la mirada. No entendía cómo esas cartas podían ayudarla.

—A veces, el primer paso no se nota desde fuera —añadió Amalia— A veces empieza con algo simple. Como trazar una línea.

—¿Una línea?

La tarotista sonrió, sin añadir nada más.

Esa noche, al llegar a casa, Celia bajó al trastero de su madre. No sabía muy bien por qué, sólo que algo la había empujado allí. Abrió una caja vieja: estaban sus óleos, sus pinceles, los tubos de pintura que había guardado con amor hacía años.

Los frascos de colores, los óleos estaban todos secos.

Pero al fondo de la caja encontró una lata metálica, y dentro, algunos lápices de grafito negro y colores. Polvorientos, pero vivos. Como ella.

Subió a su cuarto. Sacó un cuaderno viejo. Se sentó junto a la ventana.

Y empezó a dibujar.

Su pueblo. Unas ramas de flores. Su madre. Su rostro. El perro de cuando pequeña.Y una rueda, borrosa, girando al fondo del papel. Una rueda que no había salido en las cartas… pero que ahora empezaba a girar, dentro de ella.


Graziella Boffini

El balón cuadrado y las ruedas cuadradas

Érase una vez un balón de fútbol que, por un error de fabricación, en vez de ser redondo, salió cuadrado. Justo cuadrado. Además, tenía otras particularidades, por ejemplo, tenía un nombre: se llamaba Oscar. 

El propietario de la fábrica, cuando se dio cuenta, se puso a reír a carcajadas, y luego, después de asegurarse que Oscar era el único así, les preguntó a los obreros que tenían niños si alguien quería llevárselo a casa, pero nadie lo quiso.

-Bueno, lo voy a tirar a la basura – contestó el propietario, y le dio una patada a Oscar.

– ¡Ay, qué dolor! ¿Por qué me haces daño? ¡Yo no te he hecho nada! 

El propietario de la fábrica miró a su alrededor, no vio a nadie y pensó que fuera una consecuencia del cansancio o del calor, así que sin pensar demasiado decidió irse a casa.

Después de la patada recibida, Oscar, ofendido y doliente, reunió todas sus fuerzas y logró moverse un poco, hasta alcanzar las escaleras, de las que logró rodar abajo sin demasiada dificultad.

Un poquito a la vez se sintió mejor y logró alejarse. Estaba pensando cambiar su vida, ser un taburete, un objeto de decoración, un cojín para los pies…  y dejar de ser un balón cuadrado!

Pero, de repente, vio por delante a un hombre que iba en bicicleta. Pero no era un medio normal, con las ruedas redondas, sino una bicicleta con las ruedas cuadradas.

– ¡Pero es fantástico! – exclamaron juntos Oscar y el ciclista.

– ¡Eres justo lo que yo estaba buscando! – Exclamó el ciclista, bajando de su medio que, por supuesto, no necesitaba el caballete para quedarse de pie.

Oscar sonrió, porque los balones cuadrados, de contrario a los redondos, saben sonreír, y se acercó a él. 

– ¡Buenos días! Yo me llamo Quirino Quadrotti Quadrelli – se presentó de forma educada el ciclista.

– Y yo soy Oscar, el balón cuadrado.

– Lo veo, lo veo… Quería pedirte algo, si no estás ocupado – dijo Quirino.

– Todo lo que quieras… si no me vas a tratar mal.

– Bueno, mira, mi familia y yo tenemos una enfermedad muy particular: ¡estamos alérgicos a las cosas redondas! Por eso, utilizamos platos cuadrados, copas cuadradas… y bicicletas con ruedas cuadradas… Ahora, mi problema es que mañana va a ser el cumple de mi niño, y él me pidió como regalo un balón. Es un mes que estoy buscando un balón cuadrado y tú… ¡Tú eres cuadrado! Y además sabes hablar… ¿Quieres ser el balón de mi niño?

Oscar se puso a llorar por la felicidad y por supuesto aceptó la propuesta del señor Quadrotti Quadrelli, que lo hizo subir sobre su bicicleta de ruedas cuadradas y lo llevó a su casa.

El niño y el balón cuadrado se convirtieron en buenos amigos y jugaron juntos por muchos años. 


Silvia Zanetto