La Velocidad de las flores

Cuando llegó al claro del bosque sintió un estremecimiento. No estaba acostumbrado. Instintivamente llevó la mano al bolsillo en busca del móvil. Recordó. Lo había dejado sobre la mesa, junto al tablet, apenas terminado el desayuno. Tenía apuro por salir. aún no lo habían prohibido. Sus hijos seguían hipnotizados frente a la profusión de mangas animados que, en la pantalla, substituían la información vomitada por los telediarios. Centenares de noticias que bien podían reducirse a pocos, comunes hechos trágicos: masacres, miedos difusos, catástrofes, injusticia. Desde el umbral su mujer le había advertido de no alejarse demasiado. Ahora, sin el móvil, no podía avisarle. Había andado cuadras hasta salir del pueblo. Y casi sin darse cuenta, se había internado en el bosque siguiendo rastros oscuros, sus pensamientos. Llegó al claro y, de golpe, se encontró solo, sumergido en los rayos lechosos que filtraba la alta vegetación. No estaba acostumbrado. Tampoco lo estaba su nariz que ahora se henchía de olores. Tuvo que concentrarse. Hongos, musgo, húmeda descomposición de materia, también hedor de excrementos, de cuero salvaje. La inquietud lo obligó a darse vuelta en pos de algún enemigo. Distinguió siluetas fugaces, ardillas, tal vez un zorro, graznidos que agitaban el follaje. Se adentró, sintiendo el peso de sus pasos en el el crujir del terreno. Y, de repente, tuvo ganas de trepar a los árboles, de hundirse en la espesura germinal de aquel silencio. No estaba acostumbrado. Tuvo que concentrarse. Afianzar los pies en la corteza, tomar impulso siguiendo el extraño deseo que inebriándole el cuerpo lo empujaba hacia arriba. Encaramado a la rama miró el cielo, imaginó horizontes, estrellas, nuevos caminos. Y en aquel involuntario henchirse y vaciarse de sus pulmones le pareció que ahí, desde lo alto, todo encajaba en modo perfecto. Y comenzó a reír sin motivo. Feliz, otra vez, como un niño que asombrado descubre el latido de su corazón

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Adriana Langtry

La Velocidad de las flores y de los amores

Algunas flores nacen, florecen y se marchitan muy rápidamente, como algunos amores. 

Cuando era muy joven trabajé un tiempo en un aeropuerto, en el mostrador de información. Un día vino un joven muy guapo; cuando le di 

la información solicitada, me miró profundamente a los ojos y me 

acarició las manos. Nos enamoramos a primera vista. 

Pasamos una semana juntos día y noche sin separarnos nunca, y cuando las flores que me había regalado comenzaron a marchitarse, se fue. Supe desde el principio que nunca volveríamos a vernos, estaba bien así. Me envió postales de todo el mundo, las últimas 

de África. 

Todavía guardo su recuerdo en mi corazón y en un cajón secreto su 

libro de poemas con una flor entre las paginas.

Leda Negri

La casa

Christina´s Worlds
Andrew Wyeth

La casa está lejos, en la cima de la costa, dominando severamente el campo de trigo. María la observa sumisa y atraída a la vez. La casa ha envejecido mucho, empezando por el tejado, todo está oscuro y en mal estado, se podría rodar una película de terror.

El sol, a través de las cortinas blancas y luminosas, bañaba con su claridad toda la casa, blanca, recién pintada, como se hacía cada dos años en aquella época. Se había levantado temprano. Mammy ya había preparado la crema inglesa para el almuerzo. Todavía quedaba algo en la olla, y con una cuchara se untaba la cara, rosa de satisfacción.

—Te vas a ensuciar este precioso vestido, —la regañó la imponente cocinera negra.

Su madre había elegido un pequeño vestido fruncido, todo blanco que contrastaba con las botas negras con botones pequeños. Al mediodía celebrarían su cumpleaños. John estaría presente con otros niños que frecuentaban su escuela. Esta idea la hizo calmarse. Mammy le limpió la boca y ella corrió a la puerta para ver si llegaba el coche.

El Ford corría a toda velocidad sobre la larga cinta desierta de esta pequeña carretera de campo. El padre de John había querido mostrarles su nueva adquisición. John y ella estaban sentados detrás. El padre de María estaba sentado al lado del conductor. No sobrevivió. El choque fue ensordecedor e implacable. Un coche inesperado había salido violentamente del camino transversal.

María está tendida en la hierba en flor que rodea el campo de trigo afeitado por la siega. Los olores son fuertes. Está vestida ligeramente, su moño deja escapar algunos mechones que flotan al viento. Su mirada imagina la resurrección de la granja, que apenas han comprado, John y ella. Ella se vuelve hacia él que empuja su silla de ruedas:

— Cariño, la pintaremos de blanco de nuevo, ¿verdad?



Jean Claude Fonder

Retrato de mujer desconocida

Picasso Azul «Le gourmet» 1901

No soy esa del retrato. Me refiero a la niña que aparece en la superficie de la tela, la golosa que escarba en el plato. Soy otra. El espectro escondido bajo la dura costra de cobalto. Los muchos, se detienen en la criatura. Aprecian la forma exterior, los azules, el don del artista. Mientras yo permanezco en el fondo. Soy substrato, sostén, la imagen oculta detrás de capas pigmentadas de olvido. ¿Llegarán alguna vez a descubrirme? ¿A traerme a la luz? Porque de luz se trataba, ¿recuerdas? “El resplandor de mi vida”, repetías, “¡mi Gioconda! quiero hacer tu retrato.” Lo suplicaste de nuevo mientras ebrios de cabaret volvíamos abrazados por las ramblas. Yo, sentada en el atelier, chaqueta abotonada y mantilla. Tú, vibrante de trazos blancos frente al lienzo. “Pon sonrisa apacible”, dijiste, “pon mirada lejana”. “Mi musa, resplandor de mis días.” Me llamabas la mujer velada. Eran noches de pláticas aquellas. De ajenjo, de adolescencia, de bohemia y olor a trementina. Si supieras. El alma se me cubrió de añil la tarde en que no volviste. Y fue, en realidad, mi dolor a teñir de azul tus pinceladas. Me enterraste bajo estratos de olvido. Y recubriste la tela con la imagen de un crío que, aunque no lo sabrás, se asemeja a tu hijo. Con tu mismo perfil, tan goloso y absorto en su tarea. Si supieras… eres un hábil artista. ¿Quién sabe si llegarán a descubrirme? Cuando seas famoso o en un tiempo lejano, cuando se aprenda a mirar en transparencia. Hurgando en las profundidades del cuadro quizás alguien sorprenderá mi retrato. Y hablarán de tus tristes azules. Y exhibirán el rostro de la desconocida. Más nadie se enterará de lo que esconde esa pintura, archivada como “técnica juvenil del pintor.”

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Adriana Langtry

Azules

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

Azul marino, las olas del vestido de una niña que se escabulle livianamente hacia la cocina.

Azul turquesa, los latidos del corazón y los mechones de pelo que le cubren la cara.

Azul oscuro, los pasos de una princesa de la noche, en una ráfaga de desasosiego.

Azul rapsodia, las cortinas teñidas de índigo temeroso, alrededor de su escapada.

Azul mantel, el manto de la Virgen y sus matices que se deshacen en el blanco.

Azul noche, sus calcetines que se refugian en unos zapatos brillantes.

Azul taza, el más exquisito manjar prohibido que una niña pueda desear.

Azul ternura, una luz tímida que aligera la noche y anticipa el alba.

Azul perdón, la levedad despejada de un espíritu ya libre de culpas.

Azul sábana, volver a la habitación y dormirse tranquila, aún saboreando su delicioso robo.

Azul celeste, el rectángulo que mañana le iluminará la cara, cuando se abran los postigos.

Silvia Zanetto

Reflexiones de una niña

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

Soy Milagros. Perdí a mis padres a la edad de 4 años, y desde entonces he estado viviendo en un monasterio de monjas. Me han adoptado y acogido bajo su protección. Cada fin de semana una familia me lleva a su casa para que pase unos días con ellos. Poco a poco me he acostumbrado a la vida de los adultos. Estos esposos, Raimunda y Álvaro, no tienen hijos, me tratan bien, son personas adineradas y me regalan ropa agradable, siempre de color azul, y zapatos. Yo me llevo bien con ellos. Lo único que no me gusta es que, como tengo sobrepeso, no me dejan comer mucho. Pero voy a desobedecer, vale la pena arriesgarse para comer algo más. Por ejemplo, ahora se han ido a la cama y yo me he atrevido a entrar en el comedor azul en el que antes estábamos reunidos. En la mesa solo hay un plato casi vacío, un trocito de pan y un vaso, me conformo y con tranquilidad voy a terminar lo que queda. Pero esta especie de helado cuarto donde todo es azul me parece irreal. ¿Por qué les gustará tanto este color? A mí me pone triste, todo me parece frío, como una tumba. El aire huele a humedad. Una vez le pregunté a Raimunda <Si me porto bien, quizás algún día. pueda vivir con vosotros ¿verdad?> Ahora lo tengo claro. A pesar de que Raimunda lo tiene todo lindo y ordenado, realmente no me apetece estar aquí, tengo que calentar mi corazón que se va enfriando, apagando mis emociones. Las mesas en el comedor del monasterio no tienen manteles y los platos tienen astillas, pero en el aire hay aromas que me hacen sentir en casa, como el olor a comida recién hecha y el sol al entrar por las ventanas crea un ambiente agradable. Seguiré viviendo con las monjas.

Raffaella Bolletti

Le gourmet

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

Juan, como cada vez, cuando pasaba delante Art Gallery de Washington entro para ver el cuadro de Picasso del periodo azul «le gourmet» que le traía recuerdos muy hermosos de cuando su hija Marta tenía la edad de la niña del cuadro. El domingo se despertaba presto, porque quería ayudar a su mamá a preparar el almuerzo del domingo, momentos preciosos que, pero, habían volado. Marta fue a estudiar a Londres y había conocido a un chico español y después, de casados, fueron a vivir a Madrid. Ahora Juan les veía poco, solo para las vacaciones, de Navidad y Pascua, tan ellos como sus maravillosos nietos Matteo y Carlos. Además su esposa Mónica pasaba mucho tiempo en Madrid para ayudar a Marta, él se sentía muy solo y el cuadro de Picasso del que tenía una copia le hacía compañía. Miro el reloj y se dio cuenta que si no se apuraba llegará tardes a la cita con el Cónsul. Antes de irse pero, compro otra copia del cuadro para tenerla en la oficina mientras trabajaba. El cónsul le sonrió cuando lo vio y le dijo que era muy contentos de su trabajo y que habían decidido transferirlo al Ministerio del exterior a Madrid. Juan fue muy feliz porque volver a Madrid que era su ciudad quería decir estar cerca de Marta y sus nietos y volver a vivir siempre con su esposa. Era muy feliz y mirando la copia del cuadro «el gourmet» pensó que le había traído suerte.

Gloria Rolfo

Bohemia

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

—¿Podemos descansar un momento? dijo agresivamente Fernande poniéndose de nuevo la bata.

Ella y Pablo llevan viviendo juntos unos años. 

Ella y su amiga Benedetta trabajaban como modelos para diferentes pintores, algunos en el Bateau-Lavoir donde Picasso tenía su taller-casa. 

Fernande escribirá más tarde: Hay en la casa un pintor español que me mira con grandes ojos pesados, agudos y pensativos a la vez, lleno de un fuego contenido y tan intensamente que no puedo dejar de mirarlo yo también.

Nació una relación, se instalaron en medio de un batiburrillo de cuadros y de muebles pobres. Fernande posaba para él, y para otros pintores, hay que comer y Pablo no era todavía Picasso.

Inicia entonces el período rosa, los colores se calientan, los temas también, todos frecuentan Le lapin agile, sus paredes están cubiertas de carteles, de cuadros de Utrillo, de Picasso, de dibujos de Suzanne Valadon, de Poulbot y otros.

Les Demoiselles d’Avignon, 1907 MOMA

Y sin embargo el período cubista no está lejos. Ese día, Pablo trabaja en bocetos preparatorios para lo que algún día serán las señoritas de Aviñón. Fernande posa para él. Bueno, ella no sabe muy bien para qué.

Durante la pausa, descubre un pequeño cuadro del período azul, etiquetado Le Gourmet, lo coloca en el caballete en lugar del dibujo que está haciendo de ella.

— ¿Puedes decirme por qué este título? Al menos esta niña es bonita, con una boca encantadora, una nariz respingona y un pómulo rosado. Cuando veo cómo me dibujas hoy, tienes que explicarme por qué tengo que posar con el traje de Eva.

Pablo abre ampliamente los brazos.

— Cuando te conocí, te confié un gatito abandonado que encontré cerca del Moulin de la Galette, nuestro gordo minino. A esta niña, la conocí en la cárcel de mujeres de Saint-Lazare donde pintaba la Entrevista, vivía allí con su madre. Le gourmet era yo, que no dudaba en comer delante de una niña que evidentemente no comía todos los días a su gusto. En cuanto a las señoritas, mi mirada necesita tus formas para expresar una visión nueva de la mujer del mañana. —Dijo abrazándola hasta sofocarla.

Fernande sonríe, se deshace de la bata, sus ojos están brillantes.

Jean Claude Fonder

La piedra


“No lo vas a hacer de verdad” —me dice, fingiendo una sonrisa que se deshace en una mueca— “No serás capaz”.
Es una piedra áspera, ovalada, con venas grises. Es demasiado pesada para mí: me cuesta un esfuerzo descomunal levantarla. Con una piedra así podría hasta matarla, a Myrna.


Veo relampaguear el miedo en sus ojos redondos, casi siempre inexpresivos, y me gusta. Ya lo sé, que Myrna tiene toda la razón, es justamente por eso que la odio.
No hay otros niños en el patio hoy, un aire asfixiante y húmedo nos aprieta en esta tarde de inicio de verano. El distrito industrial no está lejos y el olor a azufre de las fábricas cercanas nos alcanza.
Myrna y yo nunca hemos sido amigas, ni antes que me dijera eso: creo que a ella le irritaban mi exagerada delgadez y mi carácter huraño, como a mí me molestaban su cuerpo gordito y su alegre locuacidad: por aquel entonces, no sospechaba lo que le pasaría, y que no tendría motivos para estar tan contenta.

Ver el susto en su mirada me alegra. La piedra es tan gruesa que casi no puedo seguir sosteniéndola, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos sutiles. Inspiro el olor a azufre y ahora me siento invencible. Se lo merece todo. Se lo merece por su cara redonda, por su pelo oscuro demasiado corto, por sus vestiditos ajustados que parecen robados a una hermana menor. Pero sobre todo por decirme eso.
De repente, los ojitos negros de Myrna se cierran y su boca se abre de par en par: un chillido agudísimo rompe el silencio.
Todo mi cuerpo tiembla de rabia, la piedra áspera y pesada me agota los brazos. La madre de Myrna se asoma a la puerta. Está embarazada, lleva un vestido rojo de flores, sin mangas, que deja descubiertos sus brazos rollizos. Observa a su hija, que ahora llora desconsolada, luego me mira a mí: me clava la mirada en los ojos y se queda callada.
Ella sí, que es fea. Tiene el mismo pelo corto y moreno que su hija, la misma cara redonda de ojos insípidos. Ella es fea, y no mi madre.
— ¿Qué pasa, niñas? —La madre de Myrna se acerca lentamente, intentando sonreír. Mira primero mi cara y luego mis manos, que siguen sosteniendo la piedra. Una piedra tan gruesa y tan pesada que podría matarla, a su hija.
— ¿No queréis decírmelo? —la mujer habla en plural, pero se dirige solo a mí.
— ¡Myrna ha dicho que mi madre es fea! —exploto, rompiendo a llorar.
— ¡Sì, es fea, es feísima! ¡Está siempre enfadada, y no sonríe nunca! — grita Myrna.
Ya sé que Myrna tiene toda la razón y la piedra se me cae de las manos.

* * *

En noviembre, Myrna murió, abatida por una leucemia fulminante. Tenía nueve años. Todo el pueblo asistió a su entierro, y nosotros fuimos a la iglesia con las maestras, alineados para dos. Todas las niñas lloraban, menos yo.
Yo pensaba en la piedra que no le había lanzado y en los pocos meses que ella había vivido después. Ella habría muerto, en cualquier caso, y me parecía justo que Dios la arrugara y tirara rápidamente, como si fuera un dibujo malogrado. Sí, era justo que Myrna muriera, era demasiado sincera y aguda en reconocer la auténtica naturaleza de las personas, un testigo incómodo de la inquietud que me sacudía como un viento rabioso: la herencia de mi madre que yo no quería aceptar.
Myrna habría muerto, en cualquier caso.
Al salir de la iglesia, con los ojos bajos, vi un guijarro y lo pateé.
Era una pequeña piedra áspera, ovalada, con venas grises.


Silvia Zanetto

Barcarola

Rubens Santoro Veduta dalla Giudecca verso la chiesa di Santa Maria della Salute

El agua oscura del canal brillaba como un diamante negro, el paquete oblongo y cuidadosamente atado pasó suavemente por la borda y sin el menor ruido fue como tragado por un monstruo lagunar. La góndola se alejó rápidamente y desapareció en el laberinto de los pequeños canales.

Mattia hacía brillar la madera y las guarniciones de su góndola, cantando en voz baja la Barcarola que entonaría por la tarde para los turistas embarcados en las góndolas de su grupo. Un sol gris apenas traspasaba la ligera niebla y bañaba los palacios y las casas del Campo con una luz tamizada como para pintar una acuarela. Venecia en invierno era un encanto, lejos de las multitudes invasoras, de los colores agresivos y de los ruidos incoherentes, volvía a encontrar su belleza tranquila, su eterna dulzura de vivir.

Mattia estrenaba su primera góndola. Lo había soñado desde el día en que su padre, gondolero también, le había hecho subir delante de él sobre la popa de su góndola y le había puesto en mano el largo remo que, apoyado mágicamente sobre la forcola, daba a esta barca asimétrica y larga 11 metros una agilidad insospechada. El aprendizaje había sido largo, la escuela, la pasantía, y finalmente el interminable período como sustituto de su padre le había permitido comprar la suya, su góndola. Y ahora la tenía ahí, delante, hermosa como una dama negra con su dolfin gris y sus fregi dorados y resplandecientes.

Otra góndola sin decoración y poco cuidada rozó entonces su embarcación como para ofrecer un contraste llamativo. Mattia observó que los asientos reservados para los pasajeros estaban cubiertos por una lona. Estaba mal atada y se podía vislumbrar un extraño objeto empaquetado que podría tener la forma de un cuerpo humano. Mattia despegó las amarras, saltó sobre su góndola y se puso a seguir al otro barco que conducía un extraño personaje: un gondolero vestido de negro que llevaba una máscara Bauta tradicional y un tricornio inquietante.

Cuando la vio huir por los pequeños canales se lanzó en su persecución, una persecución a la James Bond, pero en góndola. El remo revoloteaba en la forcola, aceleraba, frenaba; la góndola giraba de un canal a otro rozando los muros, y luego salía de nuevo a toda velocidad como si tuviera un verdadero motor. A lo lejos oía a sus compañeros que cantaban la Barcarola, rápidamente, como si quisieran acelerar el ritmo del remo.

De repente desembocó al gran canal cerca del Rialto, y hubo un trueno de aplausos para acogerlo.

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Jean Claude Fonder

Barcarola

Navarra Gerolamo, Gondole sul Canal Grande

Soy Milagros. Perdí a mis padres a la edad de 4 años, y desde entonces he estado viviendo en un monasterio de monjas. Me han adoptado y acogido bajo su protección. Cada fin de semana una familia me lleva a su casa para que pase unos días con ellos. Poco a poco me he acostumbrado a la vida de los adultos. Estos esposos, Raimunda y Álvaro, no tienen hijos, me tratan bien, son personas adineradas y me regalan ropa agradable, siempre de color azul, y zapatos. Yo me llevo bien con ellos. Lo único que no me gusta es que, como tengo sobrepeso, no me dejan comer mucho. Pero voy a desobedecer, vale la pena arriesgarse para comer algo más. Por ejemplo, ahora se han ido a la cama y yo me he atrevido a entrar en el comedor azul en el que antes estábamos reunidos. En la mesa solo hay un plato casi vacío, un trocito de pan y un vaso, me conformo y con tranquilidad voy a terminar lo que queda. Pero esta especie de helado cuarto donde todo es azul me parece irreal. ¿Por qué les gustará tanto este color? A mí me pone triste, todo me parece frío, como una tumba. El aire huele a humedad. Una vez le pregunté a Raimunda <Si me porto bien, quizás algún día. pueda vivir con vosotros ¿verdad?> Ahora lo tengo claro. A pesar de que Raimunda lo tiene todo lindo y ordenado, realmente no me apetece estar aquí, tengo que calentar mi corazón que se va enfriando, apagando mis emociones. Las mesas en el comedor del monasterio no tienen manteles y los platos tienen astillas, pero en el aire hay aromas que me hacen sentir en casa, como el olor a comida recién hecha y el sol al entrar por las ventanas crea un ambiente agradable. Seguiré viviendo con las monjas.

Raffaella Bolletti

Venecia en invierno

Antonietta Brandeis (Austrian painter) 1848 – 1926 Palazzo Albrizzi,

Su ausencia me destroza, me sigue por la calle, como si fuera el ruido de pasos enemigos que se acercan y me asustan. 

Desde hace horas estoy caminando sola por los barrios de una Venecia que los turistas no conocen, buscando mis recuerdos e intentando alejarme de ellos.

Pero su ausencia por fin me alcanza, me agarra las piernas, las quiebra y me hace caer derrotada sobre los peldaños de un puente.

Yo creía que solo podría sufrir así por un hombre: sé que el amor tiene bastante vigor como para partirme el corazón y dejarme sin fuerzas. En cambio, ahora es la ausencia de Lucía la que me derrumba y me deja agotada, sin aliento.

Lo sé: habría tenido que llamarla otra vez. 

Si hubiera sido un hombre, lo habría llamado, olvidándome del orgullo y de todo.

El agua del canal es turbia, grisácea, debe de ser fría… por un momento me imagino como sería dejarme caer hasta el fondo. 

Hay días en los que los canales de Venecia reflejan los colores alegres de las casas, en un juego de imágenes que hacen aparecer una segunda ciudad igual aunque opuesta a la de verdad. Pero hoy no: hoy una niebla húmeda y pálida cubre la ciudad, impregnada de ese olor a podrido que siempre me deslumbra y al mismo tiempo  me repugna.

No me acuerdo exactamente las palabras que dije a Lucía, cuando me llamó: sólo me acuerdo que fue muy difícil encontrarlas al principio, y aun más difícil controlarlas después.

Hay un barco en el canal, parece abandonado a su destino, como yo. Dos señoras ancianas charlan y se cogen del brazo: hablan de sus nietos, de la compra y de pequeñeces: dos amigas, como éramos Lucía y yo.

De repente, desde una ventana entreabierta sale una música, azucarada y melancólica como un perro perdido, me agarra la garganta y me obliga a parar mi caminata sin rumbo.  Dos voces femeninas que gorjean juntas, soltándose y entrelazándose armónicamente como nuestras voces intercambiando secretos. Teníamos diecisiete años: era el tercer año del bachillerato, y vinimos de viaje escolar justo aquí.

Mi corazón se había quebrado por Mauricio en mil pedazos de vidrio, y yo tenía cortes en las manos por intentar arreglarlo. 

En cambio, Lucía paseaba por la orilla cogida del brazo de Gabriel, tan tranquilos que parecían un matrimonio de ancianos.

Las dos habíamos descubierto el amor, pero de una manera muy diferente. Eso no nos alejó, sino que nos unió todavía más y nos hizo más amigas. No sentía ninguna envidia por ellos, por el afecto sosegado que demostraban, mientras que yo me moría para obtener una sonrisa, una mirada de Mauricio, regalada como una limosna…

Había aprendido a amar con desesperación y la tranquilidad de un cariño seguro no me interesaba.

Lucía y yo éramos tan amigas que nunca un chico – o un hombre – podría separarnos. Claro, nos gustaban tipos diferentes, pero entonces estábamos convencidas de que nuestra amistad era más fuerte que el amor, más fuerte que todo.

Lo sé: tendría que haberla llamado otra vez. 

Tendría que haber esperado unas horas, dejar que nos calmáramos las dos y luego haberla llamado otra vez. Pero no lo hice.

Decido volver atrás y alcanzar los barrios llenos de turistas con sus cámaras insaciables. Miro la laguna abrumada y me abandono a la profunda quietud del espacio que se extiende delante de mis ojos y a los recuerdos que flotan a mi alrededor.   

El agua en los canales está gris, fría como el hielo que alberga mi alma; la luz del día se desvanece hasta desaparecer.

Venecia en invierno es así: a veces te encadena, a veces te embruja.

Y aquí quiero perderme todavía un poco antes de volver, antes de que esta tarde húmeda y grisácea pueda borrar mi recuerdo más antiguo: Lucía y yo, cogidas del brazo, bisbiseando nuestros secretos por la Riva degli Schiavoni.

Silvia Zanetto

Juan y Julia

Inminent
Jamie Perry

Una enorme nube negra lo cubre, la lluvia se dirige exclusivamente hacia él. Se protege con el paraguas rojo de Julia. El mar sigue azul y se extiende hasta donde le alcanza la vista, el sol de septiembre inunda la playa, la tormenta parece afectarle únicamente a él.

Juan, en el coche esta mañana, conducía con rabia, su eterno sombrero Pork pie clavado en su cabeza. Julia se lo reprochaba, es para disimular tu incipiente calvicie decía, burlándose. Lo levantó ligeramente y lo llevó hacia atrás como hacía Michel Piccoli en Le Mépris. Luego, en la autopista vio el cartel que indicaba la costa, no dudó y, decidido, tomó esa dirección.

Una ráfaga de viento proyecta la lluvia sobre él, su camisa nueva está empapada, pero el mar permanece azul en la lejanía.

Julia, en la pequeña villa que compraron en el campo cerca de la ciudad, abre la cortina y echa un vistazo al cielo. El sol brilla poderosamente, el día todavía será cálido. El jardín sufre, habría necesitado lluvia. Está nerviosa, esta mañana se desahogó sobre el pobre Juan. Hay que decir que iba a ir al trabajo con una camisa cuyo cuello llevaba todavía las huellas del sudor provocado por esta ola de calor que no acababa de terminar. Él nunca le hace caso.

Juan no puede quitar los ojos de las olas mientras se estrellan cíclicamente en la playa desierta, la marea está baja, el viento ha evacuado la nube y su lluvia sin piedad, el sol reina de nuevo, también ha recuperado la serenidad, las dunas detrás de él protegen este grandioso paisaje que siempre ha amado. Aquí es donde conoció a Julia.

El teléfono vibra en su bolsillo, es Juana la secretaria. Le recuerda su almuerzo con uno de sus clientes importantes. 

— Su esposa también llamó. — añade.

Julia está preocupada. Espera que Juan se ponga en contacto con ella. Quizás exageró, pero no puede hacer nada, porque por la mañana a menudo está de mal humor. Ahora que Juana le había dicho que él tenía una cita bastante lejos y que probablemente iría directamente estaba angustiada. 

Cuando de repente suena el teléfono, es él, ella lleva rápidamente el aparato a su oído, escucha, no es su voz, es como un murmullo, es el sonido de las olas, tal vez.



Jean Claude Fonder

Villegiatura

La gente en el sol de Edward Hopper

Nuestro Buick era de un rojo intenso, casi burdeos, que relucía al sol. Cada año lo preparábamos como a un novio, lavándolo a mano, por dentro y por fuera, los neumáticos, los adornos, todo resplandecía como nuevo. Las mujeres organizaban las maletas, los hombres estudiaban el recorrido. Como cada año, nos íbamos de vacaciones, un lujo que en los Estados Unidos no todos podían permitirse.

La salida se convertía en una ceremonia oficial; cargábamos meticulosamente el coche que estaba aparcado en el callejón que conducía al garaje. Sabíamos que nos observaba el vecindario. A continuación, con la casa cuidadosamente cerrada, partíamos lentamente como para un desfile y dejábamos, como si fuera a nuestro pesar, el barrio residencial donde vivíamos todo el año.

Paul conducía, Margaret estaba a su lado, los jóvenes detrás, June y su marido Bert, y luego yo, John el hermano menor de Bert. Estaba sentado detrás de Paul y controlaba el recorrido en el mapa.

El viaje no era breve, ese año habíamos alquilado un chalet en Virginia Beach cerca de Norfolk. Íbamos tranquilos, sin prisa, hacíamos paradas en los moteles que jalonaban el trayecto. Paul y Margaret, apenas instalados, nos obligaban a broncearnos, porque no podíamos estar blancos como la cera al llegar. Nos exponíamos frente a nuestra habitación, en tumbonas giradas hacia el sol y cuidadosamente alineadas por Margaret. Yo hacía que estudiaba el recorrido para quedarme en segunda línea y no prestarme a este pequeño juego un poco ridículo, sobre todo porque todavía no nos habíamos quitado nuestra ropa de ciudad. Estábamos ahorrando en el uso de nuestros trajes de verano para poder cambiarnos cada día, como se esperaba en nuestro medio. June, que era rubia y de tez clara, tenía miedo de quemarse con el sol y se volvía hacia mí con frecuencia, me sonreía mientras fingía interesarse por mis investigaciones. Su sonrisa iluminaba su encantadora cara y me acercaba a ella. 

No la conocía muy bien, se había casado el año anterior con mi hermano. En cuanto a mí, estaba terminando mis estudios de derecho en Harvard y durante algunos años no había participado en las vacaciones. Me alegraba volver y, por qué negarlo, ella me gustaba.

Ligeramente bronceados, nos integramos sin llamar la atención en las actividades ineludibles que nuestro hotel organizaba. Los tiempos estaban marcados implacablemente por las comidas, sólo el desayuno era más flexible, para facilitar la tarea a los trasnochadores. Las otras comidas eran más militares, las mesas estaban asignadas y los horarios estrictos, una vida diferente a la que cada uno se adaptaba según sus gustos. Paul, a quien no gustaba la playa, frecuentaba los bares de los alrededores, leía su periódico o se embarcaba en competiciones de cartas con los nuevos amigos que se había inventado. Sólo las santas horas de las comidas lograba desatarlo. Margaret y Bert eran amantes del dios Sol, no perdían ni un minuto para intentar alcanzar la negritud, la de un blanco que permitiría por la noche llevar escotes vertiginosos a una y exhibir una tez de marinero a la Clark Gable al otro. Les encantaba bailar juntos hasta muy tarde para impresionar a sus émulos. Paul también se acostaba tarde, pero en compañía de sus compañeros de cartas. Los cócteles y los whiskys fluían para los tres.

June y yo teníamos otros placeres. Los deportes eran nuestra pasión, el surf interminablemente, largos paseos en bicicleta y a veces un verdadero torneo de tenis en pareja. No nos gustaba compartir la intimidad de una amistad cada vez más cercana. Por la noche, un simple paseo por la playa, la luna, las estrellas, nos hacían soñar con un romance imposible.

Un día, hacia el final de la tarde, participamos juntos en un viaje organizado por el hotel, a Norfolk, la ciudad cercana. Visita al Busch Gardens, un parque de atracciones que predica la protección de la naturaleza y recuerda la vieja Europa; visita al acorazado Wisconsin, símbolo de la potencia marítima de los Estados Unidos; y por la noche cena espectáculo en la famosa calle Granby, que orquesta la vida nocturna de la pequeña ciudad. A pesar de que fue un día completamente diferente, los intereses de cada uno reunieron a las parejas que la naturaleza había formado. June y yo nos apasionamos por el Busch Gardens, Paul visitó el buque de guerra de arriba a abajo, y Margaret y Bert tuvieron que esperar el baile abierto después de cenar para encontrarse en su elemento. Se embriagaron como locos. Afortunadamente el regreso fue tranquilo, porque estábamos en autobús, pero Paul furioso se encerró en mi habitación un poco borracho también en su soledad. Los amantes del baile digirieron sus cócteles y sus deseos a la habitación de Margaret. No me quedó más que sucumbir a los encantos de June, que no se hizo rogar, nuestra noche de amor fue épica y duró hasta la mañana.

Unos días más tarde, estábamos todos de nuevo en el Buick, color burdeos intenso, decorado con sus brillantes cromas. Bert estaba al lado de Paul, Margaret estaba detrás de él. June y yo, entre miradas amorosas, seguimos el recorrido en el mapa.

Jean Claude Fonder

Gente al sol

La gente en el sol de Edward Hopper

La gente se quedó pasmada mirando el sol, que desprendía una extraña luz y un calor descomunal: poco a poco todo se pusieron rígidos como estatuas hiperreales, ya no eran seres humanos, el tipo leyendo un libro tampoco se salvó. Toda la superficie terrestre se encontraba como un museo de escultura. En un silencio absoluto y espantoso. Pero en el centro de una selva desconocida en Colombia, unos niños se encontraban jugando con animales y hablando entre ellos. La selva era tan oscura que los rayos del sol no pudieron matarlos. Todavía no se sabe si la vida podrá volver a empezar sobre nuestro planeta, pero toda las galerías y museos del mundo están llenas de esculturas hiperrealistas.

Simonetta Ferrante

Una mañana diferente

La gente en el sol de Edward Hopper

Cuando llegó un grupo de personas para pasar algunos días en mi pequeño hotel pensé que por fin la situación iba normalizándose. Además, me parecían personas adineradas, si consideramos sus prendas. Dos hombres que parecían ejecutivos y una mujer elegante con zapatos blancos de tacones. Otra mujer, la rubia, actuaba de portavoz. Fue ella que me pidió cuatro habitaciones silenciosas y nada de comida. Cuando se levantaron, la mañana siguiente, la rubia me dijo que no necesitaban desayunar, solo deseaban tomar el sol en un lugar tranquilo. Ahora están sentados en las sillas, cada uno mirando hacia el campo de trigo o las colinas que parecen perfiles. Los tres están atrapados, hipnotizados y sumergidos en una contemplación silenciosa, Parecen esperar algo. Yo me siento en la segunda fila, y me pongo a leer, o mejor dicho, trato de concentrarme en la lectura, pero en realidad me he dado cuenta de que la joven rubia no está inmueble tomando el sol, se ha girado hacia su derecha. Tal vez podría acercarme y hablar un poco con ella. De pronto me llegan palabras, y en una comunicación cerebral la rubia me explica lo que yo en este lugar aislado no había bien entendido. “Un día la normalidad se acabó. No se podía salir de casa, ni acercarse a los demás. Nada de relaciones personales. Pero yo, al estar harta de la situación, desobedecí. Salí de casa y solo encontré a estas personas a las que me uní, sin darme cuenta de lo que iba a pasar. Me obligaron a ser su acompañante. He tenido que traerlas a este lugar para que pudieran recuperarse lo más pronto posible. Estos tipos, son robot autómatas y cada tres días necesitan tomar el sol para recargar las baterías y actuar como si estuvieran humanos. Yo no soy así, no puedo fingir ser un robot, tengo que alejarme de esta condición. ¡Ayúdame!” Le contesté: “Haré mi mayor esfuerzo para sacarte de esto y devolverte tu vida. Diferente a como era antes pero quizás mejor. Este no es el mundo de mañana. Habrá un mañana diferente y ojalá mejor. ¡Tienes que creerlo!

Raffaella Bolletti

Gente al sol

La gente en el sol de Edward Hopper

Podría ser una mañana fría de primavera. Podría ser el patio de una posada perdida en una ruta provincial con vista al campo. Podrían ser cinco desconocidos reunidos por mera casualidad en la geometría asolada que los pálidos rayos recortan entre el suelo y la  pared. Se trataría entonces de gente ensimismada, absorbida tal vez por la rigidez del paisaje, un horizonte de colinas que avanza sobre el terreno pajizo con la azulada concreción de un glaciar. Podría ser también que en vez de extraños fuesen cinco amigos que la noche anterior, volviendo de algún party animado, con una punta de tino hubiesen preferido pasar en aquel hotelucho los efectos de múltiples gintonics. Se explicaría así el porque de tanta elegancia y de la quietud de resaca que envuelve el cuadro. Pero tal vez, podrían ser más que amigos, dos matrimonios, digamos Magda y Sam Lenox y los Conforti. El quinto, quizás un joven soltero, pongamos que nada menos que Raoul Fante el famoso actor de telenovelas. Raoul “el  Rubicondo”, último amante de Magda Lenox, esa enérgica señora con echarpe y sombrero y zapatitos blancos de tacón. Podría ser que Magda esa misma mañana hubiese tomado la decisión de su vida, abandonar al viejo Sam y a su joven amante por aquella estudiante vietnamita que frecuenta sus clases de filología germánica. Podría ser que sentada en la reposera la mujer no pudiese dejar de pensar en la chica -de ahí la leve crispación de sus labios- y que Sam, a su lado -la calva apoyada en la pequeña almohada que ha sacado del baúl del Buick escarlata- ya lo sepa, como está enterado del Rubicondo y de todas las infidelidades de su esposa. Quizás por eso, plácido en la tumbona dormita con la serenidad de quien no tiene memoria o es falto de ideas; y que Magda, al contrario, enfundada en un completo plomizo es la flecha de un arco tendido lista para ser disparada. Podría ser que Raoul, cabizbajo en la segunda fila, hubiese ya intuido el final de la historia o que harto de esta amante madura estuviese soñando nuevas conquistas. Del lado de la pared, ocultos por el grupo, los Conforti parecen absortos en otras fantasías, ella tal vez, en la llegada de un hijo, él en el trabajo extraordinario que lo espera. Podría ser también que lo más intenso de la escena fuesen el rojo del echarpe de Magda y el tumulto de personajes que pueblan el libro hojeado por Raoul.

Adriana Langtry

Aquella luz

Se tiró a la arena tibia, jadeando.

Ya estaba lejos: podía descansar. Sentía los granitos de arena en su mejilla, húmedos, punzantes. Le costó un esfuerzo descomunal mover el brazo derecho y arrastrar la mano para protegerse un poco la cara, pero el ademán se quedó a mitad, la mano torcida en una posición afectada.

Aquella luz.

Aquella gente.

Poco a poco su respiración se hizo más lenta, y Adela consiguió levantarse un poco. Se quitó la arena de la cara, el aire salobre le acarició la piel.

A lo mejor, había sido un sueño, una pesadilla.

O un espejismo.

Allí, en la playa, todo era igual que siempre: el rítmico meneo de las olas, la enérgica vitalidad de las gaviotas, la brisa suave que siempre la acompañaba en sus paseos matinales. Poco más allá, la casita donde desde hacía años veraneaba con su marido, las adelfas con sus flores rosadas y carmín. 

Aquella luz cegadora.

Aquella gente inmóvil, como hechizada.

Adela consiguió ponerse de pie. No estaba acostumbrada a correr tanto, ni tan rápido: había dejado de jadear, pero ahora sentía en las piernas un dolor sordo y continuo. 

Quizás Francisco ya estuviera en el jardín, cuidando de las plantas y esperándola. Mejor no decirle nada, la habría tomado por loca. O por tonta. 

— ¿Cómo ha sido tu paseo? —le preguntaría su marido como todas las mañanas.

— Muy tranquilo y agradable —le contestaría Adela como todas las mañanas.

Empezó a caminar pausadamente hacía la casita. Tenía que haber sido un sueño, un espejismo. Una broma de mal gusto de sus nervios afectados.

Aquella luz cada vez más intensa, cegadora, hipnotizadora.

Aquella gente inmóvil, cada uno sentado en su silla, sin decir una palabra, como hechizados.

No podía decírselo a Francisco: no era explicable, no era racional. No podía relatarlo a un hombre que solía interpretar cada cosa con una precisión lógica y matemática. 

No le diría nada, intentaría buscar una explicación por su cuenta o a lo mejor simplemente olvidarlo, volver a su vida como si nada. 

En fin, no había sido nada: Adela se había tapado los ojos con las manos, había huido sin ceder a la tentación de sentarse en una silla libre y dejarse hechizar, había corrido hasta agotarse y se había desmoronado en la playa. Y ahora volvía a la casita. Nada más.

Se preguntó si sabría ocultarle a Francisco el temblor de los labios, el rubor de la mejilla derecha rasgada por la arena, si sería capaz de esconder los ojos hinchados por las lágrimas… por que sí, ahora se daba cuenta de que estaba llorando. 

Se desplomó en la playa otra vez.

Aquella luz inesperada, repentina, cada vez más intensa y cegadora, aquella luz hipnotizadora que Adela había sabido evitar. 

Aquella gente, estatuas vivientes, cada uno sentado en su silla, mudos, con las miradas fijas hacia el intolerable fulgor al que se rendían, quietos y fríos, ya sin voluntad. 

Unas horas después, Francisco encontró a Adela tumbada en la playa, los ojos hinchados, la mejilla derecha ruborizada, rascada por la arena.

 

Silvia Zanetto

Mujer acostada con una blusa roja

Mujer acostada con blusa roja, aquarelle de Egon Schiele (1890-1918, Croatia)

Fue una noche larga, maravillosa. Cuando por fin estabas lista para salir de mi casa y volver a tu familia, el sueño prevaleció y te acostaste aquí. Ahora duermes y pareces feliz, ojalá estés sonriendo por nuestra nueva relación. No puedo apartar la mirada y sigo sentado aquí con el deseo de abrazarte de nuevo. Has puesto la mano derecha cerca de la nariz. Tu mano que aún lleva el olor de mi piel, de tu piel. Yo también llevo puesto el olor de nuestros cuerpos, yo también estoy tranquilo y seguro de que nuestra relación borrará la anterior y dejará una huella distinta en mi alma, una nueva emoción, una emoción ruidosa. Recuerdo que en la cama todo era intenso, la mirada, las caricias, el espasmo. Sé que cuando despertarás y te irás, al cerrar yo también los ojos, los recuerdos surgirán con olor a tristeza. Déjame entonces el rojo vivo de tus labios en mi piel, para que pueda hundirme en una espiral de felicidad desconocida. Estoy preparado para aceptar lo que llegue. Pero ahora duerme mi amor, ¡duerme! Yo seguiré aquí mirándote con tu blusa roja

Raffaella Bolletti

Egon

Mujer acostada con blusa roja, aquarelle de Egon Schiele (1890-1918, Croatia)

Wally parecía muerta, tendida sobre la superficie áspera, color de papel de embalaje que Egon utilizaba generalmente para sus retratos. Esta vez no estaba desnuda, nada que sea agresivo en esa blusa elegante con un fular naranja y unos pendientes marrones claros. Ella estaba tendida, con una mueca que podría ser una sonrisa, sus labios aún pintados se sintonizaban con el rojo de su prenda.

¿Estaba dormida? Parecía haberse derrumbado al volver de alguna fiesta sin haberse tan siquiera molestado en desnudarse. Y luego esas manos, largas como las pintaba Egon, que se apoyaban en la nariz y la barbilla como para impedirse respirar.

Miré a Egon, levantando las cejas interrogante, y me respondió como hacía a menudo encogiéndose de hombros. Nunca justificaba sus dibujos, que son como enigmas peligrosos de descifrar.

Yo sabía que su relación con Wally no iba bien desde que regresaron a Viena, después de la experiencia de la vida en el campo que le había valido a Egon una estancia en la cárcel. Había sufrido mucho por esta aventura y el viaje había sido idea de Wally.

Y luego estaba Edith, a quien había conocido, todo lo contrario de Wally, una burguesa que quería casarse, tener hijos, llevar una vida «normal».

Yo había presentado Wally a Egon, la había encontrado en una “casa”, era un excelente modelo que se prestaba a asumir todas las poses, incluso las más atrevidas. En poco tiempo se convirtió en su musa y posó exclusivamente para él. 

¿Qué tenía esa muchacha? Recuerdo que estábamos en el Café Muséum, era invierno, entró envuelta en una gruesa prenda, un extraño sombrero de forma redonda clavado hacia atrás sobre su cabeza. No tenía buena pinta. Pero me acordé de su cuerpo de estatua griega, imponente y todo en formas lozanas. La invité a nuestra mesa, entre las del fondo, bajo los libros que movilizábamos casi todo el día, nosotros los artistas. Se la presenté a Egon, quien no le prestó mucha atención. Y aun así, ahora que planea casarse con Edith, Wally sigue siendo su modelo favorita. Me contó que pensaba trabajar con ella durante el período de verano, alejaría a su esposa para las vacaciones y aprovecharía para realizar algunos dibujos inspirados en ella.

¿Qué pasó en las primeras sesiones de posado? No sé, me lo imagino. Ella era totalmente impúdica, apenas entraba en el taller se desnudaba delante de ti sin esperar, sin esconderse detrás del biombo y ponerse una bata. Y si había que encontrar una pose sugerente no dudaba en participar, y ahora este dibujo extraño. Insistí.

—¿Egon que ha pasado?

Me miró largamente y finalmente me respondió. 

—Esta tarde, vino a verme al café Eichenberger, estaba furiosa. Había ido al taller y había visto mi último dibujo, el de la mujer sentada con la pierna levantada. Creyó reconocer a Edith porque elegí un pelo pelirrojo que encajaba bien con el verde de la camisa. Como no se calmaba, le entregué la carta que siempre me negué a darle.

—¿Qué carta?

—La que Edith me obligó a escribirle cuando nos casamos. Le decía que me iba a casar con Edith y que teníamos que dejar de trabajar juntos.

—Pero estás loco. ¿De dónde sacaste esa carta?

—La encontré hace unos días en mis viejos papeles.

—¡Egon! La pobre.

Entendía ahora lo que había pasado, cervezas, aguardientes y pastelerías. Ella había bebido hasta no poder ponerse de pie y Egon tuvo que acompañarla a su taller.

Egon, sin decir una palabra, envolvió el dibujo cuidadosamente, lo puso en un tubo de cartón y me lo dio. Tenía los ojos nublados.

Al año siguiente Edith y Egon murieron de gripe española.

Jean Claude Fonder