Hernán

Miro la carta que recibí ayer. El sobre es blanco con mi nombre escrito a mano con tinta azul. Es la letra de Hernán. Su firma me lo confirma, el texto está tecleado pero estoy segura de que habrá querido añadir este toque de personalización. Esto me halaga.

Hernán, lo recuerdo muy bien, fue un amor fulminante. Todavía se me pone la carne de gallina cada vez que pienso en él. Tenía el papel de Masetto en el Don Giovanni de Mozart, yo hacía de Zerlina. Era la primera vez que formábamos parte del mismo reparto. Me gustaba, todas lo encontrábamos irresistible, lo que se dice un hombre bello, grande, de tez oscura, ojos azules y profundos, hermosa voz de barítono, también cuando hablaba.
¡Ah, esa sexta escena del segundo acto! Cuando Zerlina consuela a su Masetto pidiéndole que sienta su corazón:

È un certo balsamo
che porto addosso:
dare te ‘l posso,
se il vuoi provar.

Saper vorresti
dove mi sta?
…..(facendogli toccare il core)
Sentilo battere,

La repetimos muchas veces, el director quería que fuera muy realista y verdaderamente natural, acabamos ensayando en mi habitación.
Sí, por supuesto, me enamoré, ambos éramos jóvenes. El espectáculo tuvo mucho éxito, fuimos de gira durante algunos meses. Fue una maravillosa historia que duró poco, la vida nos separó. Mi carrera se desarrolló en America del sur y en España, él se convirtió rápidamente en un director de  escena famoso, trabaja principalmente en Europa, sobre todo en Alemania y en Austria.
Lamento no tener hijos, esta carrera no es apta para madres. No me quejo, tengo gloria, dinero y hombres, pero mi romance con Hernán fue diferente, no sé muy bien por qué, siento nostalgia, éramos muy jóvenes, la verdad. He conocido hombres mucho más atractivos, tantos me cortejaron, pero no sé. Y ahora llega esta carta. Es una propuesta en toda regla para cantar La Mariscala en el Festival de Pascua de Salzburgo.
¡Ya tengo edad para La Mariscala! Es verdad que el personaje de Von Hofmannsthal tendría unos treinta años y su amante diecisiete, y que los directores actuales como Hernán, a menudo adaptan la obra ambientada en el s. XVIII a una época más reciente, alzando la edad de la protagonista. Yo, es cierto, tengo ya más de cuarenta años. Podría perfectamente ser ella.
¡Claro!, es una gran oportunidad. El caballero a la rosa de Richard Strauss, en el Festival de Pascua, con Hernán, él, famosísimo, y con esta orquesta y su director aún más famoso, y además este reparto: es una consagración, no se puede rechazar.
Salzburgo, no es la primera vez que la visito, es una ciudad preciosa, sobre todo para alguien como yo. En cualquier momento y de todas las maneras, se encuentra Mozart, su padre Leopoldo, Nannerl su hermana, Colloredo el arzobispo, pero también hermosos palacios y maravillosas iglesias, el barroco italiano es omnipresente y sobre todo la música. Aquí a nadie puede no gustarle la música, la verdadera, la buena. La música es todo.
En el hotel me arreglo minuciosamente, abro mi neceser de maquillaje. Hay que disimular estas pequeñas arruguitas. Voy a ver a Hernán. La última vez que me vio era Zerlina, una jovencita apenas casada. Extiendo sobre mi cara una pequeña cantidad de crema hidratante. A continuación me pongo el contorno de ojos, el corrector de ojeras y una base cremosa dando pequeños toques con movimientos circulares. Dibujo de manera más precisa la forma de mis cejas, matizo con el polvo y termino aplicando un rojo de labios discreto y preciso. Me miro atentamente en el espejo.
Lo que veo no me gusta nada. Parezco aún más vieja. Rabiosamente borro todo con la loción desmaquilladora y me ducho.  Quiero quitarme cualquier traza de este desesperado intento de esconder mi realidad. Ya soy la Mariscala:

(Final del acto uno)

No es más que el tiempo, Quinquin.
El tiempo que todo lo cambia.
El tiempo, ese fenómeno tan extraño.
Diariamente no tiene importancia.
Pero de pronto, un día,
lo comenzamos a sentir implacable.
Él nos rodea y al mismo tiempo
está dentro de nosotros.
Pasa delante de nuestros propios ojos,
pasa por aquí, por el espejo,
y acaricia mis sienes.
Y también discurre entre tú y yo.
En silencio, como un reloj de arena

(Con calor)

¡Oh, Quinquin!
A veces lo siento fluir… inexorable

(En voz baja)

A veces me levanto a medianoche,
y mando que se paren todos los relojes.
Pero no debo asustarme.
También el tiempo es una creación
del Padre, del que todo proviene.

obre la escena inmensa de la gran sala del Palacio del festival de Salzburg, la cama acolchada de terciopelo rojo como todo el mobiliario es muy grande aunque parezca perdida en medio de la habitación demasiado grande. Las sabanas son blancas y me envuelven para esconder que estoy desnuda. “Quinquin” (Octavian) lleva solamente el calzón de su pijama. Es un hombre, increíble, pero Hernán contrariamente a la costumbre de utilizar una mezzo-soprano en este papel ha preferido un contra-tenor.
—Es una pareja que se despierta después de una noche de sexo, tiene que ser muy realista y  verdaderamente natural —, insiste Hernán.
Quizás quiera que recuerde la escena entre Zerlina y Masetto.
Cuando me recibió el primer día de los ensayos, demostró un gran afecto, como si fuéramos dos amigos que vuelven a encontrarse, pero nada más. Ya estaba completamente implicado en la dirección del Caballero a la Rosa, con un plan de ensayo muy intenso. Trabaja hasta muy tarde y empieza pronto por la mañana.
Mi compañero Octavian, se llama Philippe, es francés, habla también castellano, es guapo y simpático. Es muy joven, como lo pide el papel, Hernán quiere mucho realismo. Tiene razón: es completamente diferente interpretar esta escena con un hombre, más que con una mujer como suelen hacerlo en todas las otras producciones de esta obra. Una mujer no puede implicarse realmente en una situación que se queda completamente teórica si no eres lesbiana. No se puede negar que Philippe es atractivo, sus ojos sonríen casi siempre, mis compañeras demuestran que están de acuerdo. En las cenas que compartimos por las noches, todas buscan su compañía. Sofía, que interpreta también la Sofía del libreto (la que va a recibir la rosa de plata y se casa con Octavian) parece muy entusiasta. Ahora que estamos repitiendo el primer acto, no ha tenido todavía escenas con él y, claro, también para ella es una novedad completa interpretar su papel con un hombre.
—¿Cómo lo encuentras?, pregunta Sofía.
—¿En cuanto al canto? respondo maliciosamente.
—Nooo, como hombre, me parecéis una pareja muy enamorada en la cama.
—¡Qué bien! Tienes que decírselo a Hernán, estará muy contento de que lo parezca.
La verdad es que Hernán está poco disponible. Lo vemos solamente en los ensayos. No lo conocía así, parece que está viviendo la obra, interpreta todos los personajes, es más, canta todos los papeles. Me gusta mucho su método de trabajo, es un director perfecto, es nuestra guía. Deja que cada uno entre en el papel, haciendo suyo el personaje con sus propios medios para participar en una comedia, y quizás en mi caso en una tragedia. Pero no se ha olvidado de que es un cantante.
Philippe me cae muy bien, es un gran cantante y un buen actor, creo de verdad que me ayuda mucho a expresarme artísticamente. Mis sentimientos son como los de la Mariscalia, me siento muy halagada de que un oficial jovencito esté enamorado de mí aunque sea peligroso y la competencia no falte. Me pregunto si Hernán está celoso como Sofía. Bueno, a mí Philippe no me atrae mucho, tiene algo de femenino, parece inmaduro, el papel mismo que normalmente interpreta una mujer, además está disfrazado de mujer en muchas escenas. Estamos muy lejos de un Domingo, un Kaufmann o en los actores de cine un Sean Connery.
El estreno tuvo un éxito extraordinario, más de diez veces nos llamaron a escena. Cuando cerraron el telón por última vez, Hernán espontáneamente me tomó en sus brazos y casi me besó en la boca.
— Fue la mejora Mariscala de todos los tiempos, –me dijo.
Algunos días más tarde, antes de un día de descanso, me invitó a cenar en el hotel Hotel Goldener Hirsch, donde estábamos alojados ambos. Hablamos mucho de su producción. El éxito se confirmaba, todas las criticas eran muy elogiosas, tanto que me confió que diferentes casas de ópera estaban proponiendo comprarla. Me preguntó si por favor podía interpretar de nuevo el papel. Obviamente acepté en la medida de mis disponibilidades. La velada se prolongó, bebimos mucho y evocamos nostálgicamente nuestra antigua relación. Acabamos en mi habitación. Me contó su vida, tenía un hijo que criaba la cantante con la que lo había concebido, lamentaba verlo poco, la carrera de un director de escena es una amante intransigente.
Fue una noche de amor inolvidable. Pensé en la Mariscala. Por la mañana nos despedimos, quién sabe por cuánto tiempo. La recuerdo con ternura.
La última representación fue un triunfo. Hernán ya no estaba, su asistente lo sustituyó y me dejó un recado en el que Hernán se excusaba. Me decía que me habría contactado más tarde, que el deber lo llamaba. Después de la función, todo el equipo fuimos a cenar como es la costumbre. Estaban todos felices, Philippe y Sofie estaban juntos, me parecía vernos a Hernán y a mí en Madrid cuando éramos la pareja más joven del Don Giovanni.
Este mediodía, antes de dejar Salzburgo, desayuno en el café Bazar a orillas del Salzach, el sol es límpido y fresco, las cabrillas blancas cabalgan el agua esmeralda y rápida del río. En la terraza saboreo tristemente mi café melange con un trozo de pastel Sacher. Leo descuidadamente el periódico El País, tienen periódicos de muchos países, cuando de repente veo el titulo: nuevo director del Teatro Real. En la foto Hernán parece sonreírme. Pido la cuenta y me dirijo hacia el Hotel que está a poca distancia.
—Señora, ha llegado un correo exprés para usted, —me dicen en la recepción.
El sobre es blanco con mi nombre escrito a mano con tinta azul.


Jean Claude Fonder

La Mujer

Estaba allí, sentada a la izquierda de la mesa que yo ocupaba habitualmente, casi delante de mí,  ya que las mesas formaban un ángulo a lo largo de la pared. Me fascinaba; era mediterránea, menuda, con un perfil griego, facciones marcadas, cabello negro, ojos marrones y tez morena. Un tipo de mujer que siempre me ha gustado: Irene Papas, Tina Modotti o Frida Kahlo. Además, estaba completamente vestida de negro.

No era siempre así. No la veía desde hacía algunos días, no sé, por lo menos quince.
¿Qué habría pasado? 
Solía desayunar con un hombre. Estaban vestidos como si fueran a trabajar: él con un traje gris o azul oscuro, camisa blanca y corbata; ella con un traje sastre, de falda o pantalón, y una blusa de color claro; clásicos pero elegantes. Parecían directivos.
Una rutina ritual; entraban siempre juntos y hablaban poco, ella bebía a sorbos un capuchino en el que remojaba cuidadosamente un croissant mientras él leía el periódico comiendo un croque-monsieur. Al final pedía un café solo con la cuenta. A continuación se alzaban, él la dejaba pasar y la seguía mientras salían juntos a la calle.
¿Eran una pareja o dos compañeros que iban juntos al trabajo o se esperaban por la mañana en la puerta del café? 
Esto último parecía poco probable porque nunca llegaban separados y, cuando hace mal tiempo, me parece absurdo que una persona espere fuera a la otra, pudiendo resguardarse en el interior.
Siempre me ha gustado observar a la gente e imaginar, construir o reconstruir sus vidas, como si escribiera una novela.
Esta pareja (sí, creo que es una pareja, a lo mejor un matrimonio) la había conocido hacía pocos meses. Bueno, conocer es mucho decir, ellos habían empezado a frecuentar la cafetería en el último periodo, y me había llamado la atención su regularidad: cada mañana la misma mesa y el mismo ceremonial.
Dos compañeros se habrían comunicado, intercambiado noticias, opiniones o chismes. Ellos ya no tenían nada que decirse, aunque es probable que  trabajasen juntos, si no por qué desayunar en un café fuera de casa.
¿Quién será el jefe? 
En este mundo machista seguro que el marido. Imagino que ella trabaja en su departamento, a lo mejor fue una becaria que llamó su atención. Como llamó la mía, hace un mes, cuando había empezado a pintarse los labios de rojo y a mirarme con insistencia, es más, me sonreía de cuando en cuando. Era una mujer muy hermosa, lo había notado cuando entraba o salía. Era pequeña pero muy bien proporcionada, sus pechos eran orgullosos, sus caderas y sus nalgas generosas, su paso ondulado y cadencioso confería a su cuerpo un ligereza admirable, era una mujer muy deseable.
Pero algunos detalles me decían que era sobre todo su inteligencia y su personalidad lo que la hacían atractiva. Su aire de indiferencia, su mirada observadora y la decisión con la que hablaba con el camarero, eran para  mí, pruebas evidentes. Su marido también podría serlo, de otro modo. Era grande, muy autoritario, llevaba una barba imponente, todo en él inspiraba  dinero y poder. Estaba acostumbrado a mandar, a conseguir todo lo que quería, mujeres incluidas, creo.
Eso no parecía impresionarla, se la veía segura de sí misma, no le interesaba si él miraba con insistencia a cualquier hembra bien dotada que se acercase. En mi opinión estaban casados desde hacía mucho tiempo y tenían hijos. De eso estoy seguro, algunas veces él estaba solo, seguramente porque un hijo estaba enfermo y la madre se quedaba en casa a cuidarlo el primer día, hasta la cita médica.
¿Siendo ricos tendrán criadas, no? 
No lo sé, si las tuvieran no desayunarían fuera. Bueno, una madre es siempre una madre.
Claro, era un matrimonio ya naufragado y que se mantiene por interés. Un escándalo crea problemas en el trabajo y la vida social. Él tendrá amantes, no me cabe duda, con el dinero que tiene. Quizás no intentara ni siquiera esconderlo, su mujer estaba a su merced. La pobre, seguramente estaba avergonzada, sufría mucho y buscaba apoyo. A lo mejor se vengaba, por supuesto, una mujer como ella no podía acabar arrastrada en el barro sin reaccionar. Tenía un amante, a lo mejor lo estaba buscando. Los últimos días antes de desaparecer, me había saludado,  yo le había correspondido con un ligero signo de la cabeza y una amplia sonrisa. El marido no se dio  cuenta absorbido como estaba en la lectura del periódico.
¿Por qué han desaparecido?, ¿Por qué él ya no estaba?
¿Y si estaba muerto?¿Lo había matado ella?
Esta mañana, no había comprado el diario. Ella lo estaba hojeando rápidamente. Lo cerró y con una sonrisa me preguntó sin emitir un sonido, con los labios: «¿Lo quieres?». No sabía que responder. Probablemente ella había buscado en las noticias si había salido algo a propósito de la muerte de su marido, pues normalmente no lo leía. Mis sospechas estaban más que justificadas. No podía relacionarme con esta mujer.
Antes de que pudiera reaccionar se había alzado, había recorrido los pocos metros que separaban nuestras mesas y entregándome el periódico dijo con una gran sonrisa:
—Te lo doy, a mí ya no me sirve. —y salió del café.
Me quedé atónito. Su perfume me había penetrado hasta el cerebro. Un olor de flores y frutas con toques aterciopelados de almizcle. La vi, esta vez de muy cerca. Un sueño. Sus labios rojos eran como el color tónico en medio del bronce de su cara y del negro de su pelo. Todo su cuerpo acogedor expresaba un calor en el cual habría querido refugiarme. Necesité un instante para recobrar el dominio de mis pensamientos. Abrí precipitadamente el periódico. Busqué febrilmente la noticia de un asesinato irresuelto. Nada, no encontré nada.
¿Me había equivocado?
Quizás había hecho desaparecer el cadáver. Hace algunos años había leído una novela japonesa en la que una mujer descuartizaba hombres que mataba en su bañera, embalaba los trozos en saquitos y los tiraba en los contenedores de basura diseminados en toda la ciudad.
Durante algunos días compré el periódico y verifiqué las noticias, Ella estaba sentada como de costumbre, pero siempre sola. Se vestía siempre de negro y se pintaba los labios de rojo burdeos. Cambiaba de ropa cada día, y, con el verano a las puertas, vestía más ligeramente, con escotes sugerentes. Un día, llevaba una blusa semi transparente del color de sus labios y pendientes y que dejaba adivinar sus pezones. Nunca renunciaba a una elegancia que le era natural.
¿En qué sector trabajaba?
La moda. En Milán no faltaban las diseñadoras de alta costura. No puede ser modelo, no era ni alta ni delgada. Menos mal, a mí estas modelos que llegaban directamente de los países fríos no me gustaban nada. Dos veces al año la ciudad era invadida por estas criaturas, muy reconocibles, mismas medidas, en su mayoría rubias con ojos azules. Corrían de un desfile a otro. Las empresas más importantes de este sector son milanesas. Seguro que los directivos se visten bien. Ella se vestía estupendamente.
Aunque tenía miedo no debía notarse. Nada podía hacerme recular. Ahora, cada día me saludaba. Cuando salía clavaba sus ojos de ébano en los míos y me sonría sensualmente.
¿Qué podía hacer para entrar en contacto con ella?
Alzarme mientras desayunaba y pedirle algo. No fumaba, ella tampoco. Prestarle mi periódico, pero nunca después del día en que me lo había dado le había visto leer uno. Preguntarle sobre el marido me parecía una locura, todavía no sabía nada. Podría despertar sus sospechas, darle la impresión de que estaba investigando sobre su desaparición con no sé cuáles terribles consecuencias.
¿Invitarla a mi mesa?
Yo estaba solo, ella también. Podríamos hacernos compañía. Sí, esa era la solución. Además estaba claro, a mí me gustaba y creo que también ella se sentía atraída por mí. Era un primer paso, podríamos empezar a conocernos y quizás podría dilucidar el misterio que la rodeaba. El día después no estaba.
¿Qué había ocurrido?
Leí el periódico de cabo a rabo. ¡Nada! Durante días, ninguna noticia. No sabía qué hacer. Si hubiera podido hablar con ella, habría podido decidir.
¿Había huido?¿Tenía que ir a la policía?
Estaba desesperado. No sabía nada de ella, donde trabajaba, donde vivía, ni siquiera conocía su nombre. Nos lamentamos de que la gente no colabora con la justicia, pero en este caso, se trataba de personas que habían desaparecido o que habían dejado de frecuentar un café. No tenía nada de concreto.
Pasaron las vacaciones, en septiembre nada, la mujer (no tenía ni tan siquiera un nombre para referirme a ella) y claramente el marido no reaparecían. Una pareja de modelos los habían sustituido. Había mucha gente que desayunaba en el café. En Milán, desde el 20 de septiembre, empieza la semana de la moda primavera/verano. Estos modelos me parecían completamente artificiales, se vestían como nadie lo habría hecho, las mujeres eran palos con solo piel y huesos y los hombres me parecían afeminados. Todos pocos interesantes, fuera de una vida normal y que desaparecerán el 27 de este mes.
—¿Me permites?
Me giré bruscamente. Era ella. Resplandeciente, más bronceada que nunca. Sus senos que me enseñaba generosamente no llevaban huellas de sujetador. Su perfume era aún más intenso, almizclado diría, me embriagaba. Sus labios rojos me fascinaban y sus ojos negros me sonreían para seguir diciendo:
—Como ves el café está lleno, podría sentarme contigo ya que el colaborador con el cual solía desayunar ha cambiado impresa.


Jean Claude Fonder

Le grand tour

—¿Cómo te llamas?—, me preguntó una chica rubia, con pelo trenzado y profundos ojos azules. Se sentó a mi lado sin esperar la respuesta. Estaba en un autocar que nos llevaba a Italia.
Ella se llamaba Inés. A pesar de este nombre, era flamenca. Viajaba sola. Yo iba con mi madre y mi tía. Nos gustaba mucho Italia, cada año alquilábamos durante los meses de vacaciones un chalet en la orilla de uno de los grandes lagos alpinos. Era el año 1959, mi padre tenía que quedarse en Bruselas, yo tenía la edad justa y mi madre quería enseñarme un poco más de las bellezas de un país del que conocía solo Milán y los lagos. Un viaje de iniciación se podría llamar, un ”Grand tour» como lo habría hecho un joven ingles romántico a las puertas de su madurez.


La miré atentamente, asustado por esta muchacha resplandeciente que me sonreía, me volví hacia mi madre y mi tía que estaban sentadas detrás. Me dedicaron también ellas una sonrisa luminosa.
Le respondí que me llamaba Claudio y, como para defenderme, que tenía dieciséis años. Inés hablaba muy bien francés. Me explicó que el “Monte Kemmel” donde vivía estaba cerca de la frontera con Francia y que, por este motivo y por la presencia de un monumento de la primera guerra mundial dedicado a los soldados franceses, había muchos turistas de este país que lo frecuentaban. Hablaba con mucho entusiasmo de su región. Mientras la escuchaba, la observé, ya era una mujer, joven y muy hermosa. Vestía pantalones cortos verdes y una blusa anaranjada muy apretada. Los botones amenazaban en cualquier momento con reventarse por la presión que ejercían sus pechos. Sus muslos ahusados que cruzaba muy alto me fascinaban literalmente, sudaba y no sabía hacia dónde dirigir mi mirada, para que no se diera cuenta. Pero no dejaba de hablar y parecía no prestar atención a la confusión que debía traicionar mi cara. Por suerte hicimos una parada técnica y pude precipitarme a los aseos.

La primera etapa fue Estrasburgo. Cuando bajé para cenar, vi que la muchacha estaba instalada con mi madre y mi tía en una mesa para cuatro personas.
—Hemos invitado a Inés a sentarse con nosotros, ya que está sola.
Al final de la cena, mi madre dijo:
—Sois jóvenes y la vieja Estrasburgo es preciosa, merece la pena. Salid a dar un paseo y tomar algo juntos, mi hermana y yo ya la conocemos y vamos a descansar. Mañana hay que madrugar.
La «Petite France» es el barrio más pintoresco y romántico del casco antiguo, sus canales negros reflejan estupendas casas blancas con entramado de madera, techos inclinados y balcones desbordantes de geranios rojos. Tomé a Inés de la mano, en el espejo del agua podíamos vernos, dos jóvenes que formaban una buena pareja, dos enamorados que paseaban al claro de luna. Tomamos una copa de gewurstraminer muy fresco en la terraza de una taberna a la orilla del canal. Me contó un poco más de ella, había concluido con gran éxito sus estudios secundarios y sus padres le habían regalado este viaje como recompensa. Una amiga debía acompañarla pero se enfermó el día antes de la salida, unas anginas que contrajo por el aire acondicionado. No había querido renunciar al viaje. Me declaró que se alegraba mucho de que pudiera viajar con nosotros, que éramos compañeros muy agradables. Después volvimos al hotel y la acompañé hasta su habitación, se despidió con una sonrisa y depositó un beso rápido sobre mis labios.

Éramos novios, lo establecía el código en nuestras escuelas de entonces. Seguimos el viaje, a menudo durante el recorrido buscaba la mano de Inés, bajo los ojos enternecidos de las dos hermanas. Más adelante, mi madre siempre favoreció mis relaciones amorosas, le bastaba conocer a la chica directamente o poder observarla discretamente en un salón de té de su elección adonde tenía que llevarla.
Juntos Inés y yo visitamos los palacios y museos deslumbrantes del “Bel Paese “. Era muy culta, conocía muy bien la historia y el arte en general, también yo era un aficionado, nuestros debates eran de expertos. Eso dejaba poco tiempo para las escenas románticas. Por la noche, después de cenar, mi madre nos mandaba fuera para que tuviéramos un poco más de intimidad.
Pero probad a salir en Italia con una chica rubia y bronceada que te enseña el mar cuando te mira; los machos italianos se desencadenaban y con ellos no hay códigos de respeto, todos hemos visto las películas neorealistas. Como competidor yo sería más bien un bárbaro invadiendo el imperio romano, tenía una estatura imponente pero no se puede negar que a las walkirias les gustaban a los kouros.

Una noche en Pisa estábamos sentados Inés y yo en un bar con baile. En esta época, por suerte, no se había inventado todavía la discoteca. La música rock apenas nacida gustaba mucho a ambos pero entonces no sabía bailar, después mi madre me inscribió en una escuela. Con los “slows” podía probar a moverme sobre la pista dejando que me llevase la música. Ines estaba hermosa, su pelo estaba recogido en una coleta, llevaba un pequeño vestido de vichy azul, el color de sus ojos, con la falda ancha y las enaguas blancas debajo que aparecían en cada pirueta que hacía.
Voi ballare con me? 
Me volví bruscamente, yo estaba mirando a Inés y no había visto a ese tío acercarse. Un joven italiano, grande, delgado, aceitunado, ojos negros y pelo rizado. No lo podía creer, era evidente que éramos novios y este antipático osaba preguntar eso. Inés me miró un instante con sus ojos chispeantes, giro la testa hacia el inoportuno y le dijo que sí.
La pequeña orquesta tocaba un rock cantado en italiano por un Elvis Presley local, el chico italiano se lanzó en un ritmo endiablado a un baile casi acrobático. Inés lo seguía ágilmente, daba vueltas sin parar, mientras sus faldas revoloteaban como en las películas roqueras. Estaba estupefacto y me quedé cautivado por la exhibición que daba la pareja. Un poco molesto también. Esperaba.
Después de tres bailes veloces, la orquesta siguió tocando “Love me tender”. Inés volvió exhausta y feliz.
—Bailas muy bien, —le dije alzándome.
—Gracias, —me respondió sonriendo, y se echó en mis brazos. Me besó largamente, sentí su lengua inserirse imperiosamente entre mis labios, la atraje hacia mí con tanta fuerza que percibía todas sus formas suntuosas en mi cuerpo.

El día después llegamos a la ciudad eterna. La primera noche nos quedamos en el hotel, todos queríamos descansar. Se llamaba “Villa del Parco“ y estaba en la via Nomentana, cerca de la villa Torlonia, residencia de Mussolini. Los jardines eran lujuriosos, los colores amarillentos de estos palacios resaltaban sobre el azul limpio del cielo romano, los pinos siempre presentes añadía un toque de verde elegante en este cuadro idílico. El paraíso.
Pero estaba lejos del centro, los dos latinistas que éramos Inés y yo, queríamos descubrir la Roma antigua, vivir Tito Livio y evocar a Julio César exactamente donde fue asesinado.  Mi madre y mi tía prefirieron dar un paseo por la ciudad en coche, el calor era agobiante. Felices con nuestra libertad, pasamos un día intenso aderezado por frecuentes intermedios amorosos. Nuestros cuerpos ya calientes se buscaban, aprovechábamos cada momento de intimidad para tocarnos, descubrirnos cada vez un poco más.
Por la tarde cenamos románticamente fuera, a la luz de una vela en un ristorante del barrio Trastevere. Muy cansados, decidimos volver al hotel, pero estábamos muy lejos y un taxi habría costado mucho.
—Quizás podemos hacer auto stop, —dijo Ines.
Vi una pequeña Fiat 600 con dos jóvenes a bordo, la interpelé, se pararon.
¿Che cosa vuoi? 
Expliqué en mi italiano elemental, que no sabíamos cómo ir a nuestro hotel, via Nomentana y que no teníamos dinero para tomar un taxi. El chico miró a Inés, sonrió, dio una ojeada a su compañero y dijo indicando la puerta de atrás:
Salite!
Nada más subir al coche, aunque la puerta no estaba cerrada, arrancó a toda velocidad, haciendo rechinar los neumáticos. Inés lanzo un grito. El tío sentado delante de ella en el asiento del pasajero se volvió hacia ella, ignorándome.
Ci divertiremo bella, non spaventarti.
No estaba tranquila para nada, el coche iba siempre a más velocidad y ya estábamos en una ancha avenida que parecía salir de la ciudad, vi que se llamaba Cristoforo Colombo. De repente vimos un coche policial que estaba parado antes de un semáforo rojo, el chico que conducía disminuyó la velocidad hasta pararse. No dudé, abrí la puerta y me precipité hacia los policías gritando: «¡Socorro, Socorro!».
Los policías, una pareja, se bajaron y pararon el coche de los dos chicos. Empezó un largo dialogo entre ellos, mientras Inés había salido también y estaba colgada a mi brazo. Dejaron que se fueran los chicos y la mujer preguntó en francés a Inés adonde queríamos ir, añadiendo que ellos nos llevarían al hotel.

El día siguiente dejamos Roma y este feo recuerdo para ir a Rimini donde teníamos que pasar algunos días en el mar.
Estábamos Inés y yo extendidos sobre una balsa que se movía a remo desde un pequeño muelle. Nos mecía un oleaje muy ligero aunque ya estuviéramos lejos de la playa. Inés tomaba el sol, estaba acostada sobre la espalda. Se había quitado la parte de arriba del bikini. Yo estaba a su lado, derecho, sobre el costado vuelto hacia ella. Ella tenía los ojos cerrados, yo podía mirarla. Su cuerpo era escultural, cada curva era como dibujada por Rodin. Siendo flamenca habría podido ser modelo de Rubens, pero no, mejor Canova, el equilibrio era perfecto.
Al bajar el sol volvimos a la playa. Seguí a Inés para reunirnos con mi madre y su hermana que leía bajo un parasol, Cuando mi tía me vi llegar se echó a reír.
—Parece que te hayas quemado, estás muy rojo, —dijo mi tía—, pero solo en el lado derecho.
Inés se dio la vuelta y se echó a reír también así que todos al final acabamos riéndonos a carcajadas.
Por la tarde cenamos en el hotel. Inés me dijo que no quería salir. La noche anterior había cancelado también nuestro paseo.
¿Qué pasaba? ¿El incidente romano, mi conducta ridícula esta tarde, se estaba cansando de mí? Hablé poco durante la cena y me despedí pronto alegando que tenía que curar mi quemadura solar. En la habitación, me desnudé lentamente ante el espejo y me puse de nuevo la crema. Mis pensamientos volvieron a la balsa, al cuerpo espléndido de Inés, a sus senos columpiándose al compás de las olas cuando se sentaba con las piernas en el agua, a su espalda bien arqueada, a la nuca frágil descubierta por su pelo recogido en un moño, a las caderas que marcaban la finura de su talle y a sus espléndidas nalgas con la sonrisa burlona de dos hoyuelos de Venus. Tuve una erección muy fuerte, como tantas veces en este viaje, me miré en el espejo, tenía un cuerpo de adolescente no demasiado musculoso, no me gustaban los deportes, pero era grande y bien proporcionado.
Alguien llamó a la puerta. Me acerqué.
—¿Quién es?
—Soy yo, —respondió bajito una voz inconfundible.
Entreabrí la puerta escondiéndome como podía. Apareció Inés vestida con una bata de baño apenas atada.
—Pasa, —dije, alguien habría podido verla.
Inés entró y yo cerré la puerta rápidamente. Ella me contempló impúdicamente, su bata se había abierto, su mata era rubia y rizada, ese triángulo que escondía todas las maravillas parecía desafiarme. Los ojos azules de Inés estaban fijados en los míos, su mirada era intensa, conquistadora. Dejó caer su bata, estaba desnuda para mí.


Jean Claude Fonder

La boda

—¿Sustituirte?¿Para qué?

Juan es mi hermano gemelo. Somos iguales. Chicos, nos ocurría a menudo aprovechar esta asombrosa similitud para burlarnos de nuestros amigos y profesores. Hasta nuestros padres podíamos engañarles. Nos obligaban a vestirnos y peinarnos diferentemente para impedir estos chistes que divertían sobre todo a nosotros, pero al convertirse en adolescentes dejamos estos juegos pueriles para encontrar cada uno nuestra personalidad, buscar nuestro camino en la vida.

—¿Mañana? Mañana es el día de la boda, tu boda con Valentina. Tu quieres que me case en tu lugar. Sí, entiendo, que te sustituya, pero ¿por qué?

Marc Chagall. Les lumières du mariage.

Mañana Juan se casa con Valentina Flores de Malgas Moreno, una familia importante. Juan me ha invitado. Trabajo en nuestra embajada en el Vaticano. No conozco a su novia, pero he visto su foto en la prensa y me parece una mujer muy hermosa. ¿Qué me está tramando mi hermano otra vez?

— Lo sé que estás con Adriana, pero tienes que dejarla ¿no? ¿Una última noche en Paris? ¡Eres loco! Y soy yo que ti tiene que inventar una excusa para llegar retrasado a la fiesta que los padres de Valentina están organizando en su finca en Malaga. No lo puedo creer.

Entonces, llegué a Malaga el día anterior a la ceremonia y tomé una habitación en el gran Hotel Miramar. Juan me había enviado una foto suya y también una de su novia con todo lo que tenía que saber de ella. Por suerte, no la había frecuentado mucho durante el noviazgo, era un matrimonio de conveniencia. Juan vivía en Paris y Valentina en Malaga y a su familia le importaban respetar las costumbres en uso en el mundo aristocrático andaluz. Cuando encontré a mis padres en el hotel la mañana antes de la ceremonia era Juan, mi madre no tenía duda.

Entramos a la iglesia, mi madre con un vestido de seda azul oscuro y un sofisticado sombrero rosa con flores blancas, era majestuosa y yo, con traje de boda de lana gris, chaleco y corbata de de seda gris clara, parecía al principe heredero. Llegamos al altar, mi madre tomo sitio en la prima fila y me volté hacia la puerta para esperar a la novia al brazo de su padre. Mendelssohn solemne retumbaba en todo el edificio lleno de gente.

Valentina era una mujer encantadora. Su vestido blanco resaltaba en contraluz delante de la puerta de la iglesia. Su padre vestido todo de negro la acompañaba como si fuera el Gattopardo, y, con su falda acampanada de tul vaporoso, ella parecía deslizarse con elegancia hacia mi. Una delicada encaje transparente recubría su corpiño, sus espaldas y sus brazos  y dejaba entrever un escote generoso adornado con un precioso collar de oro. Se entregó a mi con una larga sonrisa.

Pronuncié el sí sin ningún hesitación, ella también y por fin nuestros cuerpos se conocieron en un beso largo, profundo y liberador.

El día después Juan llegó a medio día, pero ya estábamos en un avión que nos llevaba al final del mundo.


Jean Claude Fonder

El amante

—Me gusta verte caminar con las nalgas al aire— me dijo cuando me alcé para ir al baño.
En esta época me sorprendía que una mujer pudiera apreciar una parte de mi cuerpo y, sobre todo, decirlo. Era estudiante en la universidad libre de Bruselas, por las tardes solía jugar a las cartas, al whist por dinero, un juego parecido al bridge. Había siempre espectadores a nuestro alrededor. Un día se me acercó una chica por detrás. Observó mi juego durante un momento y luego me preguntó:
—¿Cuándo estás libre?
La miré un momento. Era guapa, pelo negro, labios pintados de rojo sangre.
—Cuando quieras, vendo mi lugar en la mesa a un compañero.
—Nos vemos en el bar La Esquina en un cuarto de hora— dijo, se alzó y salió. Llevaba una minifalda muy corta, una blusa blanca y sus zapatos de tacones marcaban sus pasos decididos.

Era el mejor jugador de nuestra mesa, no tuve problemas para encontrar un sustituto, así que salí y me fui a La Esquina, un bar vecino. Rosita estaba sentada con la piernas agresivamente cruzadas en una mesa un poco apartada. Se presentó y me invitó a sentarme a su izquierda en el banco. Estábamos muy apretados. Me preguntó qué quería beber, le dije: lo mismo que tú. Era un cóctel bastante fuerte. Sin preámbulos puso su mano sobre mi pierna y me besó en la boca como lo hacen los jóvenes adolescentes. Me dijo que le gustaba y que conocía un hotel cercano donde no preguntaban nada. Ya me estaba acariciando. Todo su cuerpo estaba tenso, invitándome.
Poco tiempo después entramos en la habitación. Apenas se cerró la puerta, me desabrochó el cinturón, me bajó los pantalones, los calzoncillos, me empujó hacia la cama, me cabalgó con la falda arremangada. No llevaba bragas.
El día después me dolía todo el cuerpo, habíamos follado hasta medianoche. Me había dicho poco sobre ella, solo que trabajaba en un bar para soldados y que hoy era su día libre, por lo que salía con quien quería. Durante algunos días no la vi, seguía jugando al Whist, ganando cada vez más. Un día me llamó el dueño del bar, me pasó el teléfono y dijo que una chica preguntaba por mí. Era Rosita, quería saber si podíamos vernos en el bar La Esquina. Respondí que sí.
La acompañaba una amiga, también ella vestida para salir, con un vestido super corto y pechos en bella vista. Rosita me besó en la boca y me la presentó:
—Se llama Juana, es una compañera, quería conocerte. ¿Vamos?
Juanita, también me besó en la boca y me tocó sin el más mínimo pudor.
—¡Que sí!— respondió ella, antes que pudiera reaccionar.
Encuentros así se sucedieron durante todo el año. A veces, Rosita venía sola, pero normalmente se traía una «compañera». Es más, una tarde se presentó una chica sola, Pilar. Guapa y vestida sexy, como siempre. También con ella, pocos preámbulos y estábamos en la cama del hotel, cuando entró Rosita histérica:
—Pili ¿cómo has podido?— y le pegó una cachetada.
Al final todo terminó con los inacabables revolcones juntos en la cama. Eran insaciables.
Al final del año académico, volví a Lieja. encontré al amor de mi vida y me casé. Durante la ceremonia en la catedral, la vi escondida detrás de una columna. Estaba llorando.


Jean Claude Fonder

Los laberintos voladores

Los Laberintos voladores

Me desperté esta mañana muy temprano. La verdad es que había dormido poco. Una noche difícil en la que los sueños abundaban. No encontraba el laberinto de Borges.

La versión pdf, o sea la cabeza de un animal raro que había creado para intentar organizar los textos, los escritos y los apuntes de los talleres de escritura creativa había desaparecido. Lo había hecho delante de mis narices, y ningún buscador podía volver a encontrarlo.

Mi sistema está compuesto por carpetas situadas en el «cloud», la nube, un género de  laberinto también, una muchedumbre de enlaces que liga espacios digitales hundido en un mar de «servidores» distribuidos por el mundo, en lugares desérticos y fríos.

Por ejemplo el laberinto de Borges, lo había encontrado en internet en una página que calificaría de esotérica, quizás llena de virus malignos, había seleccionado y copiado el texto y lo había pegado en una página de Page, la herramienta de escritura de la Apple. Esta página la había salvado en una carpeta llamada “laberinto”. Después la había convertido al formado PDF para clasificarla en una carpeta homónima de mi lector de libros digitales, iBook. Todo eso estaba en la nube, obviamente.

Lo intenté 6 veces, cada vez que lo hacía la página desaparecía. Me fui a la cama con mi laberinto volador perdido en la nube. Quizás consiga encontrarlo con la ayuda de mis sueños borgesianos. «La noche te trae consejos», decimos en francés, pero en este caso, nada. Intenté por enésima vez convertir el laberinto de Page al lector iBook, veía como procesaba el convertidor, después aparecía por un instante la pagina en PDF, e, inmediatamente desaparecía.

¿Era Borges? ¿Era el realismo mágico? No me lo podía creer. Está bien en literatura y también en pintura, me gusta muchísimo Magritte, mi connacional, pero que pueda ocurrir en mi vida, en mi ordenador… me parecía imposible. Tenía un virus, o quizás estaba escondido en la página internet un poco rara de la que había copiado el texto de Borges. Tenía que hacer todo de nuevo, buscar otra página y recrear un nuevo documento. Pero no la encontré, y el tiempo pasaba, tenía que ir al taller.

Estaba a punto de tirar la toalla (algo que mi carácter no suele aceptar) cuando de repente lo entendí. Había dejado en el seleccionador de página la palabra labirinto, del francés, mi idioma, labyrinthe, un error lexical casi borgesiano, este hombre nutrido de cultura etimológica. La cambié y enseguida aparecieron los siete laberintos voladores.


Jean Claude Fonder