Amarillo

Franz Marc – Yellowcow, 1911

Los colores que no vi mientras me rompía  

Amarillo, me tienes en los bolsillos[1]

Me defino a mí misma “colombióloga empedernida”: el 90% de la música que escucho proviene del país de Los cafeteros; para muchos esto sonará aburridísimo, sin embargo, Colombia tiene tanta variedad musical, un sinfín de géneros opuestos (eso también gracias a su mezcla cultural) y me gustan casi todos.

No puedo dejar de pensar en la canción “Amarillo”, como tantas del mismo álbum, están dedicadas a su ex-pareja, un hombre que le ha sido infiel y eso se refleja en tantos ataques en “Las mujeres ya no lloran”, otro álbum suyo. Al igual que ella, tantas nos hemos topado con picaflores que nos han lastimado y han pisoteado nuestra autoestima.

Mi historia parece un patrón bastante común: nos conocimos cuando tenía 17 (él era pocos años mayor que yo) y al principio todo era color de rosa, por lo menos eso pensaba, ¡pobre ilusa!

Estuvimos juntos desde que estaba en el bachillerato, hasta casi terminar la carrera universitaria, unos ocho años más tarde. También tuve mis errores: no quiero pasar por víctima del paseo.

Lloro desconsolada. El hombre que juraba ser el amor de mi vida me apuñaló en repetidas ocasiones. Me engañó, lo perdoné por miedo a la soledad y volvió a acostarse con otras.

¡Ya no aguanto más! Ni sé cómo hice para soportar todo esto por años. Tengo los ojos hinchados de tanto llanto y él duerme plácido en la cama.

Quisiera prender todas las luces del apartamento, buscar las maletas y huir de este infierno. Mejor dejo que mañana se despierte con calma y, mientras está en el trabajo, armo mis cosas y me largo lo más lejos posible.

Se levanta para tomar agüita y me pregunta qué hago despierta. Está tan borracho que no se da ni cuenta de mis ojos llorosos. Le respondo que no logro dormir por culpa de la migraña. Regresa a la cama como si nada.

A las cinco y media suena el despertador y preparo el desayuno para ambos. Espero no se dé cuenta de mi estado de ánimo para escaparme pronto. Café con leche, huevos revueltos y pan tostado con palta. ¡A él le encanta eso! Para mí caffè e biscotti. Se ducha, se viste y sale.

Busco las dos maletas que tengo aquí guardadas. Tengo poco tiempo para empacar y no me interesa dejar unas cosas atrás. Otro día iré a buscarlas, si es necesario.

Llamo un taxi, le doy la dirección de mi pareja y empiezo a bajar todo. El único sitio seguro donde puedo ir es la casa de mi papá. ¡Ojalá no haya salido! Ni tengo las llaves para abrir.

Toco el citófono. Me ve por la cámara y me abre. Subo al ascensor con todas mis masserizie, diría él y finalmente me siento libre.

Bentornata– afirma sin son ni ton. 


[1] De la canción “Amarillo”, álbum “El Dorado” 2017

El sombrero de Carito

Amarillo

Paula mientras ordenaba el armario separando los vestidos que tenía que mandar a la tintorería encontró la blusa amarilla que Juan le había regalado para el primer aniversario de matrimonio; le había gustado y la había usado mucho. Pero, después de haber tenido a sus dos hijos, había engordado y ya no había podido utilizarla. Le vino un idea: últimamente había adelgazado, se la probó y le quedaba bien.  Decidió que la usaría esa noche para ir afuera a cenar con Juan para celebrar el 11 aniversario de matrimonio. Porque era la demostración de que, en el curso del tiempo, podrían haber cambiado, pero no lo que los unía.

Gloria Rolfo

Amarillo

David Hockney Arbres d’Hiver

Amarillo acostumbra a andar en bicicleta entre las 7 las 9 de las tardes de Invierno o Verano, a esas horas es más visible en la vía ciclista, su objetivo es ver salir del bosque a Azul, delgada como una línea, camina, trota y corre por el sendero paralelo por donde pedalea Amarillo. ¿Cómo interceptarla? Y confesarle que ha caído bajo su azulino y frío encanto. No fue necesario demasiado tiempo para que el resplandor de Amarillo tuviera un cálido efecto sobre Azul. Algunos años después Verde claro y Verde oscuro pintan las hojas primaverales de los árboles, bajo la mirada feliz de sus padres.


Marcela Saavedra

Amarillo sin límites

Dicen que en la ciudad de M. vivía una pintora llamada GBZ, olvidada por todos. Una noche pintó sin pensar, derramando amarillos como luz, azules como ríos, un rojo escondido y un verde secreto en la esquina.

Creyó que era un desahogo inútil, pero, sin embargo, por casualidad, el cuadro llamó la atención de un funcionario de la provincia de S., una ciudad importante, quien lo vio en el pequeño taller de la artista. Intrigado por la fuerza de la imagen, propuso exhibirlo en la Sala de la Provincia.

El día de la inauguración, GBZ llegó con el corazón encogido. Imaginaba que la gente se burlaría de aquel amarillo desmesurado. Pero ocurrió algo inesperado: el público se quedó en silencio frente a la obra. Algunos vieron en el lienzo un símbolo de esperanza; otros, la representación de un renacer tras la oscuridad. Incluso hubo quienes lo interpretaron como una metáfora de la vida misma, con sus luces y sus sombras.

Allí, ella comprendió entonces que lo que antes le parecía un fracaso era solo el preludio de esa claridad que por fin brillaba para ella.


Graziella Boffini

El amarillo de la primavera

Cada día caminaban debajo de los tilos, sorteando los charcos en otoño. En invierno iban por el sendero evitando la nieve que se apilaba en las esquinas de las casas y en el borde de las cosas y sus colores.

 Empezaba la primavera y las flores comenzaban a brotar.

 El verano en aquellas tierras se haría esperar y entonces pasearían por la ribera del río donde el aire era más fresco y el camino se hacía más blando, algunos vecinos escandalizados los habían visto descalzarse y la señorita enseñaba sus tobillos sin recato.

Juan estaba en la puerta esperando para ir junto a su amada hasta la tercera calle donde estaba la biblioteca, allí se quedaba ella, eran apenas veinte minutos que saboreaban con miradas y sonrisas.  Después abría su librería, donde se vendía de casi todo, en aquel pueblo había pocas tiendas y él hacía cómoda la vida de sus vecinos.

 Valeria, su amada, que así se llamaba, no quería casarse todavía, pero él había decidido comprar los anillos y si no quedaba otro remedio que comprometerla públicamente, lo haría, no podía vivir sin esa melena rubia y esos ojos de un caramelo tan dulce que lo hacían temblar cuando lo miraba.

Le importaría muy poco que las lenguas aburridas se afilaran en la mejor obsidiana.


Blanca Quesada

El vestido amarillo

Era un caluroso día de fin de verano en un pequeño pueblo ubicado en los Apeninos Tosco-Emilianos. Los habitantes se preparaban para la boda de Rocío, la chica más querida del pueblo. Pero había un detalle que hacía que esta ceremonia fuera única: Rocío había elegido un vestido amarillo brillante, en lugar del tradicional blanco. Su madre, al enterarse de la elección, casi se desmayó. “¡Nunca en nuestra familia alguien ha usado un vestido que no fuera blanco!”, exclamó. Rocío respondió que a ella le gustaba y estaba convencida de que el amarillo representaba la alegría y la felicidad que quería para su matrimonio.

Cuando Rocío hizo su entrada en la iglesia, todos se quedaron boquiabiertos. La gente susurraba entre sí, algunos sonreían, otros parecían un poco confundidos. «¿Un vestido amarillo? ¡Qué idea más extraña!», murmuró la tía Rosa, y otras personas se unieron a ella.

El sacerdote, intentó mantener la seriedad de la ceremonia “Estamos aquí para celebrar el amor” “¡Y… la alegría!”, añadió.

Durante la fiesta, la situación no mejoró. Los invitados, divertidos, comenzaron a contar chistes sobre el vestido amarillo. “¡Rocío, pareces un plátano!”, exclamó Marco, el mejor amigo del novio. “Sí, ¡pero un plátano muy elegante!”, respondió Rocío riendo, mientras su futuro marido, Luca, la miraba con ojos enamorados. Fue un gran espectáculo de colores y risas. Rocío bailaba y giraba como un girasol, su vestido amarillo brillaba bajo las luces, y pronto todos se unieron a ella, olvidando las convenciones. Al final de la noche, también su madre declaró: “Si el amor es amarillo, entonces es el color más hermoso del mundo”. Al final, todos coincidieron: Rocío merecía un vestido tan radiante como ella. Y así, el amarillo se convirtió en el nuevo símbolo de amor mientras los recién casados bailaban bajo el sol, rodeados de risas y pétalos de flores.


Raffaella Bolletti

La portada de mi libro es amarilla

Sí, es amarilla la portada del último libro que escribí, hace varios años. Me acuerdo que el editor me propuso diferentes colores para la cubierta del libro, y al final yo elegí el amarillo: fue el que me gustó más, no solo porque está bien para una novela para chicos, sino también porque en el dibujo en la portada, que había diseñado yo, hay un autobús de color amarillo, y también en el arco iris, que aparece en el cielo rosado, ¡el amarillo domina! Es un dibujo fantasioso: los árboles son color fucsia y las colinas y los prados azul violeta… y el fondo amarillo, por supuesto. Porque la fantasía es el alma de los cuentos para chicos, nos entra inesperadamente en la mente mientras escribimos, y nos sorprende a nosotros también por las ideas que se nos ocurren, y que no nos esperábamos cuando empezamos a componer. Escribir es emoción, pero puede ser también consuelo, o una forma de descubrirnos a nosotros mismos, y una fantasía escondida que reaparece…

Hoy acabo de volver a comprar unas veinte copias de mi libro amarillo, que ahora me hacen compañía sobre mi mesa de trabajo. No compraba nuevas copias desde hace muchísimo tiempo, y casi me parecía que ya no era la de antes, creadora de cuentos e historias… y ahora, inesperadamente, me han propuesto otra vez que presente mis libros para chicos de la escuela primaria, y lo haré más de una vez, después de años.

Color amarillo de la portada, te ruego… ¡Ayúdame a superar mi ansiedad, debida a la lejanía de mis experiencias pasadas! recuérdame que tu color es el de la alegría, la serenidad, la fantasía, y que mi mente también será felizmente amarilla cuando vea muchos chicos escuchando mi historia, sonriendo, preguntando… y apreciando el color amarillo de la portada.


Silvia Zanetto

Los días amarillos

Ya era muy viejo cuando lo conocí. Había llegado al valle mucho antes que cualquier otro. Incluso mucho antes que los indios, que se tenían a sí mismos por los primeros. Sabía si iba a hacer bueno tan sólo con olfatear el aire, y se decía que era de aquellos pueblos antiguos de donde había adquirido tales conocimientos.

Según él, nada era producto del azar. La vida era una ciencia exacta y con la lectura correcta se podían predecir los efectos futuros. Especial atención le prestaba a lo que él denominaba como días amarillos, épocas regidas por leyes extraordinarias que podían influir para bien o para mal en nuestras vidas. Y nunca se equivocaba.

Podía prever con precisión la productividad de una cosecha percibiendo la más mínima variación en la humedad. Sabía si un asunto iba a ser malo o bueno, y no sólo en el ámbito agrícola. Era como si tuviera una facultad para apreciar lo excepcional. Quizá tuviera que ver con la manera en que hubiera salido el sol, la emanación de una invisible energía, o a un imperceptible cambio en la forma de volar de las aves. Pero a su decir, los días amarillos siempre traían consigo consecuencias.

«A veces -decía-, se trata precisamente de no actuar.

Si siembras en un día así perderás la cosecha; cualquier negocio que emprendas no resultará rentable. Es mejor sentarse a esperar a que pase y no hacer nada” -se le escuchaba murmurar.

Tales días eran impredecibles. De repente, una mañana se asomaba a sus tierras, miraba al cielo y magullaba para sí: hoy está el día amarillo.  Entonces se metía en la casa, cogía algunas latas de cerveza y se sentaba en el porche, acomodándose en su vieja mecedora para dejar sumergir la mirada en el lejano horizonte hasta que su consciencia se sumía en una ausencia contemplativa. Ese día no trabajaba. Si le preguntabas por qué actuaba de esa manera, te miraba a los ojos con fijeza mientras disfrutaba de un pausado trago. Luego, se secaba la boca con el dorso de la mano y finalmente sentenciaba: «¿No te lo he dicho ya? Hoy está el día amarillo” Y se limitaba a exhalar un suspiro profundo detrás del que no venía ninguna otra respuesta, como si con aquellas palabras hubiera quedado todo aclarado.

“No es nada fácil de explicar -repetía a los más insistentes-. La respuesta está en la misma naturaleza. Sólo debes aprender a mirar”.

No sé que pudo haber existido de ciencia en todo ello, pero sí que después de su fallecimiento los días amarillos se convirtieron en interminables: las primeras señales las trajeron las prolongadas sequias, luego el Dust Bowl con la ventisca negra, y como colofón el bicho del maíz que acabó con lo poco que quedaba. Los agricultores que hasta entonces habían resistido tuvieron finalmente que rendirse. El dinero ahorrado se fue agotando y se vieron obligados a desprenderse de aperos y animales hasta finalmente tener que mal vender también las tierras, y cuando ya no les quedó nada, apenas algo de salud, se inició una desesperada peregrinación de este a oeste, luchando por unos mendrugos de pan, con el único fin de sobrevivir.

Aun así, no lo perdimos todo. Algo nos dejó aquel granjero en herencia: la dignidad y la convicción de que siempre hay que seguir luchando.


Sergio Ruiz Afonso.

Mistero

Habían encontrado el cuerpo de una joven en el pequeño lago del Parque Norte de Milán, el mismo lugar donde hace unos años fue asesinado un pobre cisne que vivía allí, la chica llevaba un vestido largo amarillo como si estuviera lista para ir a una fiesta, no presentaba lesiones ni signos de violencia, estaba intacta, tal vez había estado allí por poco tiempo. Un joven policía novato pensó que era una escena horrible, una que nunca hubiera querido ver y se preguntó si había elegido un trabajo que podría ser emocionante, pero no adecuado para él.

Fue identificada de inmediato, sus padres habían presentado una denuncia por desaparición el día anterior, era hija de un delincuente al que nadie había logrado atrapar con las manos en la masa, era muy rico y muy temido en su entorno. La autopsia reveló que había muerto ahogada, supieron que sabía nadar muy bien y descartaron la hipótesis del suicidio.

Comenzaron las investigaciones y descubrieron que Stella, así se llamaba la niña, llevaba una vida normal, vivía en una hermosa casa en el centro de Milán, era hija única, estudiaba derecho y no tenía contacto con el entorno paterno, sin embargo, ella tenía muchos amigos en la universidad y un novio a quien también investigaron, pero él llevaba dos meses en el extranjero y por tanto tenía una coartada férrea.

No había pistas de ningún tipo, solo que la habían visto alejarse sola de la fiesta a la que había asistido en casa de una amiga. El caso parecía muy difícil pero el joven policía, que estaba en su primer caso, se quedó en schock al pensar que la pobre muchacha había sido arrojada de esa manera, así estaba realizando una investigación paralela a la oficial que iba despacio. Descubrió che en casa de la niña, había grandes problemas, el padre golpeaba a su mujer y ocurrían escenas terribles. Stella también presenciaba muchas veces y ya no lo soportaba, había decidido irse de casa llevándose a su madre con ella. 

Interrogó a todo el personal de la casa, pero, aunque odiaban a su amo por su crueldad y por otras razones, no pudieron o no quisieron dar otra información útil. 

Casi había perdido la esperanza de resolver el caso, cuando recibió una llamada telefónica en la noche, de una mujer che no dio su nombre, pero dijo que tenía algunas informaciones importantes y le dio una cita para el día siguiente en una pequeña iglesia desacralizada a las afueras de Milán, esperó durante una hora, pero nadie apareció.  Regresó a la oficina desanimado.

A la mañana siguiente, de camino a la oficina leyó que una criada de la familia de Stella había sido encontrada muerta detrás de un arbusto, bastante cerca del lugar de la cita…

Este misterio se está volviendo demasiado largo para ser un micro relato, así que si quieres saber quién es el asesino lee el siguiente episodio, o haced algunas hipótesis y continuad vosotros mismos.

Leda Negri

Mistero (segunda parte)

El policía no se rindió, quería absolutamente resolver el misterio así que pensó interrogar a los amigos de Stella.

Algunos no aportaron información útil, pero su mejor amiga, que ya había sido interrogada por la policía decidió hablar; ella también quería encontrar al asesino. Explicó que habían sido muy unidas desde la infancia y que Stella le había contado que, después de que su novio se fuera a Londres, se había enamorado de un profesor de la universidad quien correspondía a su amor, pero estaba casado y tenía dos hijos. Le había dicho a su novio que ya no quería más estar con él.

Quedó muy impactado con esta noticia y decidió interrogar personalmente al profesor para impedir que alguien lo supiera y arruinar a su esposa y los hijos. Concertó una cita y él accedió  de inmediato a responder a todas las preguntas. Dijo que él también se había enamorado de aquella dulce y hermosa chica, pero que no quería abandonar a su familia y que Stella merecía un amor joven y libre, puesto que con él no era posible; aunque habría sufrido mucho, la hubiera dejado vivir libremente su vida, pero no tuvo tiempo de decírselo antes de que muriera. Parecía sincero y tenía una coartada: el viernes anterior a la fiesta había salido de Milán para ir a la montaña con su familia, el hotel que lo había hospedado confirmó su presencia.

Ahora ya no sabía adónde dirigir sus investigaciones pero, de repente, tuvo una especie de iluminación, quería saber más sobre el prometido que ni siquiera había aparecido el día del funeral. Fue a comprobar los vuelos Londres /Milán de las compañías aéreas que habían tenido lugar los días de la desaparición de la niña y descubrió que él había llegado a Milán el sábado y luego se había ido a la mañana siguiente. Inmediatamente informó a su jefe de lo que había descubierto, lo notificaron a la policía inglesa y lo llevaron de regreso a Italia.

Comenzaron los interrogatorios y el chico confesó llorando desesperado que tenía que encontrarse con Stella en el Parque Norte, donde se habían conocido y enamorado, para hablar con ella, quien le había dicho por teléfono que lo dejaría. Era casi de noche y no había nadie; esperó un poco, pero ella no llegaba, el pequeño lago estaba oscuro, creyó ver algo amarillo flotando en el agua, se dio cuenta horrorizado que era el cuerpo de Stella, no pudo hacer nada por ella, que ya estaba muerta. Su primer impulso fue huir antes de que lo descubrieran y lo culparan, tomó el primer avión y regresó a Londres, nadie sabía que estaba en Milan. Juró varias veces su inocencia pero la policía  lo mantuvo en prisión.

A la mañana siguiente los principales periódicos informaron que el presunto asesino era el novio y que lo habían encarcelado porque todas las pruebas estaban en su contra.

El mismo día una mujer acudió a la comisaría llorando y gritando que sabía quién era el verdadero asesino. Era la madre de Stella, intentaron calmarla, y ella afirmó que había sido su marido quien había matado a su hija. También la camarera debía encontrarse con la policía porque había visto la ropa de la chica, mojada y embarrada.

El padre había escuchado la llamada del novio pidiéndole a Stella que se reuniera con él en el lago y él también había ido al parque a ver qué pasaba entre ellos, pero había  discutido con ella, que lo había amenazado con ir a la policía a denunciarlo por sus negocios sucios y por golpear a su madre.

Enfurecido, la empujó al agua y, mientras ella intentaba salir, la mantuvo sumergida. Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, ya se había ahogado. Él se había escapado y, una vez en casa, le había contado todo a su mujer pero encerrándola en su habitación por miedo de que llamara a la policía. Ella había logrado escapar con la ayuda de una camarera que le había dicho que el novio estaba en la prisión.

Esta vez el monstruo pagaría y permanecería en la prisión de por vida. Su chófer también testificó que lo había llevado al parque y traído de vuelta, exhausto y empapado. 

El joven policía pensó que finalmente habían encontrado al asesino, pero la desesperación de todos los que habían amado a Stella permanecía y duraría para siempre.

Leda Negri