Notre-Dame de Paris

Como una Señora elegante y sin edad, tendida en la pequeña isla de la Cité, rodeada por las aguas del río Sena, descanso tras acoger cada día miles de visitantes. Aquí, en la niebla de la mañana parisina, levanto mis brazos hacia arriba, mis dos torres, donde las personas suben para disfrutar de una vista panorámica de la ciudad. Abro mis ojos, los rosetones, ojos que filtran los rayos del sol e iluminan mis cinco naves de luces multicolores. En mi interior, al igual que en el alma de una mujer, se esconden tesoros, hay lugares misteriosos y secretos que solo los visitantes más atentos pueden descubrir. En este momento necesito un poco de maquillaje, ya han removido las gárgolas y las quimeras, criaturas grotescas y monstruosas, para restaurarlas, y casualmente, hoy como en una novela negra, desprovista de la protección de mis gárgolas las llamas de un infernal incendio me han envuelto, quemando y destruyendo el techo, mi aguja derrumbándose. Me he quedado así con la nave central a cielo abierto y llena de escombros. Pero ahora más que nunca tengo el brío para levantar mi voz y gritar que, precisamente por ser la Señora, demostraré que puedo sobrevivir una vez más, ya ocurrió durante la Revolución, cuando mi imagen quedó dañada por haber sido yo desacralizada, profanada, como una mujer violada. Sin duda volveré a nacer de una forma más hermosa, con la ayuda de la fuerza más poderosa del mundo: el amor. 

Raffaella Bolletti

Azul índigo

Para el chaval de unos doce años, que nunca se había alejado de su aldea, el azul índigo sólo correspondía al color del cielo que contemplaba en las noches frías del desierto. Ahora era un migrante y los hombres que lo acompañaban cruzando el desierto, con destino al mar mediterráneo, llevaban una túnica y un turbante de ese mismo azul índigo. Abdul, el tuareg, el hombre azul que tenía ocultada su cara entera, salvo sus ojos, le daba miedo, pero al mismo tiempo tenía que confiar en él. Sabía que muchos habían muerto en el «mar sin agua» del desierto. Por fin llegó a una localidad costera y subió a una patera de goma con los demás. Al poco tiempo la patera se dobló por la mitad; el chaval cayó en el agua, desapareciendo bajo las olas; por no saber nadar, se hundió en el mar desconocido y otra vez se dio con ese color azul índigo de las aguas profundas. Consciente que iba a afrontar la muerte, pensó que el color azul índigo le traía desgracia y se dejó llevar por la corriente, en el mismo silencio total del desierto, escuchando el latido de su corazón. Fue rescatado, y al despertar desnudo en una cama de hospital, se percató de que alguien le apretaba la mano. La doctora que cuidaba de él, una mujer de pelo negro y ojos de un azul profundo le dijo: “Tranquilo estás en Europa ahora, pero mejor sería que te pusieras estos vaqueros y esta camiseta”. ¡Vaya! ¡los vaqueros estaban teñidos de color azul índigo! ¡Tal vez sea azul índigo también la bandera europea! Pensó el chaval.

Raffaella Bolletti

Nuestra Tierra

Has aprovechado todos los recursos naturales de nuestra tierra para alimentarte, calmar la sed, calentar las casas, viajar. Deberías haber interactuado y colaborado con nuestra tierra, al contrario en nombre del progreso tecnológico la has convertido en un vertedero. Nuestra tierra nunca perdona la falta de cuidado y ya no es capaz de tolerarnos, personas insaciables que con sus crímenes humanos destruyen los bosques, contaminan la superficie, el cielo y las aguas. Nuestra tierra está enferma y a estas alturas solo le queda atacar, volverse implacable, cruel para sacudir la indiferencia, con sequías e inundaciones, inviernos sin nieve y primaveras sin lluvias y sin golondrinas. Mira a lo alto, y acuérdate de la normalidad, cuando tus ojos disfrutaban del espectáculo que ofrece un amanecer, tus oídos escuchaban el ruido de las hojas sacudidas por el viento, el gorgorito de los pájaros en el bosque, el ruido ligero de las olas dejando una espuma blanca al romperse en la arena, y los graznidos de las gaviotas volteando sobre el mar. Mira ahora hacia la playa con sus olas rompiéndose en la orilla, sin espuma, trayendo basura; mira el amanecer sin color, el cielo y la tierra de un color gris sombrío. Ahora sí que tienes que ir al grano ya que de no llevar adelante acciones concretas todo se acabará, se callarán las voces de la fauna, desaparecida por haberse ahogado con desechos plásticos, nuestra tierra sí seguirá con su movimiento alrededor del sol, pero dejando un asustante SILENCIO para ti, hombre.

Raffaella Bolletti

El último tranvia

Deseaba subir una última vez a ese tranvía n. 23. Fue a la parada mientras el tranvía iba acercándose. Era uno de los nuevos, largo y de color amarillo y blanco. El hombre, muy mayor, se preguntaba qué era ese tren, él estaba esperando EL TRANVÍA, el de color verde, el que tenía un sólo vagón, el que había utilizado durante muchos años. Pero, verde o amarillo ¡qué más da! Subió y descubrió que todo resultaba muy distinto de lo que recordaba. Comparó el tranvía a una Babel donde todos parecían hablar solos y donde los demás se veían obligados a escuchar asuntos ajenos. Además, los estudiantes habían puesto sus mochilas en el pasillo, dificultando el paso, comían bocadillos y jugaban al mismo tiempo con algo que él no podía identificar, el iPad. Nadie le hacía caso. No tenía billete, si subía el controlador lo iba a pillar; ¡al diablo! Le daba igual. Tomó asiento cerró los ojos, apoyó la cabeza en la ventanilla y se dejó llevar por la oscilación rítmica del tranvía como en un ir y venir del pasado al presente. Pronto se quedó dormido. Soñó con el taquillero que vendía el billete, ese pequeño rectángulo de un sutil papel rosado, soñó con el tranvía de los bancos longitudinales de madera, de espaldas a las ventanillas, con los pasajeros sentados cara a cara escrutándose minuciosamente. No despertó al acabarse el viaje, se fue así, cumpliendo su deseo en un tranvía de los nuevos.

Raffaella Bolletti