Silvio

Llovía a cántaros aquella mañana de abril de 1954.
Silvio, aún no tenía quince años, cuando dejó su casa de camino a la estación de tren, a 1 kilómetro.
Alto, delgado, rubio, con ojos azules, inconscientemente guapo. Una mirada severa y grave ocultaba su cara adolescente.


Era su primer viaje, sus primeros pantalones largos. En su maleta de cartón, entre sus pocas cosas, dos chaquetas de algodón blanco, su uniforme de camarero.
A lo largo de la calle se acercaban hombres del pueblo que tomaban desde hacía años aquel tren hacia Venecia. Se marchaban en abril y volvían en octubre al acabar la temporada de los hoteles de lujo. Charlaban, chismeaban, difundiendo en el aire el olor de tabaco fuerte y del primer café con aguardiente. De manera afable, tomaron el pelo a Silvio, en parte para animarlo, en parte para hacer que se sintiera como uno de ellos.
En el tren había quien jugaba a las cartas, quien hablaba de la familia y de los campos dejados en el pueblo.
Silvio cerró los ojos fingiendo dormir. No tenía ganas de hablar. Había dejado su casa sin gran emoción, enredado por el ansia de encarar su primer desafío con la vida. Desde que un cáncer, dos años atrás le había robado a su madre, en su corazón no había sitio para otro dolor.
-!Duerme! -dijo el hombre sentado en frente de Silvio- !Qué suerte! No tiene miedo, no sabe lo que lo espera. ¡Dejémoslo dormir! Efectivamente, Silvio no sabía nada de lo que la vida le guardaba. Cuántos continentes, cuántas naciones, cuántas lenguas diferentes. Sobre todo, no podía imaginar que habría vuelto a aquel pueblito del Noreste sólo sesenta años después.


Relato breve, ganador del concurso literario del Día del libro  2019 (segundo premio) organizado por el Instituto Cervantes de Milán


Iris Menegoz

Carta a las buenas personas

¡Queridos ricos de la tierra!

¡Qué alegría me ha provocado vuestra competición!

¡Vuestra generosidad a corto plazo me ha emocionado muchísimo!

He pensado que si en el mundo, tan árido y egoísta, alguien quien tiene un corazón tan grande y altruista significa que aún hay esperanza.

No conozco vuestros negocios, ni donde se desarrollan vuestras actividades. Pero estoy convencida de que sabéis tratar con justicia a todos vuestros trabajadores y que vuestras ganancias no tienen relación con ningún tipo de explotación, ni ambiental, ni de la tierra, ni tampoco de seres humanos de los rincones más pobres de este planeta.

Pido perdón por mis palabras un poco desconfiadas, soy sólo una vieja iglesia. Para los ateos soy un estupendo monumento gótico, para los que creen, soy algo más, soy la casa de Dios. ¡Me apenaría descubrir que todo este montón de dinero apestase!

Otra vez os agradezco todo lo que hicisteis y por todo lo que haréis.

                                                            Notre-Dame de Paris 

                                                                      (una vieja iglesia en un enorme lío)


Iris Menegoz

Preguntas

¿Que pasó a los hombres cuando salieron del vientre de una mujer?

Se deslizaron entre el agua y la placenta y, oyendo el último grito de la madre, se hicieron sordos a las penas de las mujeres.

¿Y yo?

Yo desaparecí de tu vida sin dejar huella como el agua enjabonada fluye sobre las piedras de un suelo sucio.

¿Y tú?

Tú me olvidaste come se olvida una vieja bufanda en el asiento de un taxi.

¿Qué me queda?

Tu mirada azul indigo. Un cuchillo de hielo que mata mi olvido.

Iris Menegoz

Nuestra Tierra

¡Bienvenida Doña Tierra! ¿Qué tal?
Te encuentro muy cambiada desde la última visita médica, hace cien años. Siéntate, pareces muy cansada. ¿Qué pasó?
Tienes fiebre, por lo menos dos o tres grados más que la última vez que nos vimos.
Déjame ver tus pulmones.
¡Dios mío!  ¿Qué le pasó a tus selvas, tus bosques, tus florestas?
Se han reducido a la mitad. ¡Por eso no logras a respirar!
Déjame echar un vistazo a tus venas.
¡Dios mío, tus ríos están contaminados y secos, los mares también están contaminados!
¡No me lo puedo creer, el fondo del  Mediterráneo está cubierto de cuerpos humanos! 
Pero veo que tienes nuevas islas. Me alegro.
¡No, no, me estoy equivocando...no son islas nuevas...son islas de plástico!
Tus glaciares se están reduciendo, y tus ciudades están cubiertas de polvo tóxico. Doña Tierra la situación es muy seria, lo siento.
¿Me  estas preguntando el nombre de tu enfermedad?
Tienes un virus, el más peligroso que existe. Se llama "Seres Humanos". No se puede luchar contra este azote. Es un virus fatal, egoísta y sin sentido común. Durante anos te ha derrotado, explotado para satisfacer su increíble hambre de poder y de dinero.
¿Un medicamento? Aún no existe un medicamento idóneo.
Pero, desde algunos meses han aparecido pequeños jóvenes anticuerpos muy aguerridos. Confía en ellos, son la última esperanza que tienes para sobrevivir.
¡Suerte, Doña Tierra, te deseo mucha suerte de todo corazón! 
Iris Menegoz

Juegos

Línea de metro roja, destino Bisceglie.
Nueve de la tarde de un día de marzo.
El vagón está casi vacío. Me siento cansada y un poco triste como siempre cuando regreso a mi casa por la noche.
Frente a mí está sentada una familia de cuyos rasgos deduzco sea hispanoamericana.
Un joven padre, una nena de unos tres años, preciosa, con carita seria, concentrada en un juego electrónico. Cerca de ella un hermanito de unos seis años. Gordito con gafas de miope. Enganchada a él, la madre le susurra preguntas de aritmética.
— ¿Siete más tres?
El chico muy serio cuenta con sus dedos gorditos y un poco pegajosos.
— ¡Diez!
— ¡Bien!
— ¿Cuatros menos uno?
— ¡Tres!
— ¡Bien!
— ¿Siete menos dos?
Siempre contando muy concentrado, la mirada del chico se cruza con mi mano que marca cinco.
— ¡Cinco!
— ¡Bien!
El juego ha empezado entre nosotros. Mamá no se da cuenta. Papá sí, y sonríe.
— ¿Cinco más cinco?
Un vistazo a mis manos y un rápido
— ¡Diez!
— ¡Bien!
— ¿Cinco menos tres?
— ¡Dos!
— ¡Bien!
El juego sigue hasta mi parada. Me levanto. Mamá y papá me sonríen, el chico me dice "chau". Solamente la nena sigue jugando con su juego electrónico. Quizás piensa:
«¡Qué raros son los mayores, se divierten con juegos tan bobos!»

Iris Menegoz