El trabajo hace libre

El tren arrancó con un movimiento suave, casi imperceptible.

Ester Rosenthal se sentó junto a la ventana, acomodó el abrigo y, tanto por costumbre como por necesidad, sacó el portátil del bolso. Lo abrió y lo apoyó sobre sus rodillas.

La pantalla se iluminó con documentos sin leer, correos pendientes, una lista de tareas que reclamaba atención.

Debería trabajar.

El traqueteo regular, la luz medida, el silencio la envolvieron. Pensó que aquel tren se parecía cada vez más a un avión: confort calculado, temperatura controlada, anuncios neutros, la ilusión de que el viaje no cuenta.

Afuera, el paisaje avanzaba con una calma casi insolente: campos cubiertos de nieve blanca, intacta, casas bajas, estaciones limpias. Todo parecía estar en su sitio.

Ester empezó a trabajar. El pensamiento tomó otra vía.

Mi abuela también fue en tren.

Cerró el portátil sin apagarlo del todo. En la pantalla negra, su rostro se mezcló con el reflejo del vidrio. Imaginó a su abuela de pie, apretada entre cuerpos, en un vagón sin asientos, sin ventanas, sin aire suficiente. Demasiada gente. Olor a pis, a axilas, a miedo.

También había nieve entonces. Pero no era blanca. Era nieve pisoteada, mezclada con barro, oscurecida por el humo, manchada de sangre. Una nieve que no reflejaba la luz, sino el dolor.

Su tren anunciaba las paradas con una voz neutra. El de su abuela avanzaba sin anuncios, sin nombres, sin posibilidad de bajar. El destino era Auschwitz, aunque quizá ella no lo supo.

Ester apoyó las manos sobre el portátil cerrado. Manos libres, cuidadas, con manicura, anillos. Pensó en las manos de su abuela, ocupadas en sostener a su hijita, concentrada en no caer a que no se haga daño a la pequeña Raquel.

Pasó el revisor. Ester mostró el billete. Todo correcto.

Se preguntó qué se mostraba en aquellos otros trenes; no había billetes; bastaba con ser judío, gitano, homosexual, comunista. Cuando la razón se convirtió en locura.

El tren redujo la velocidad. Gente que sube, gente que baja.

Ester volvió a abrir el portátil. El trabajo seguía allí. 

Al llegar a su destino, se levantó. Rozó el respaldo del asiento, como si quisiera fijar en la piel esa comodidad precisa.

Luego descendió al andén.

El tren se fue.


Graziella Boffini

Catamarán

Llegó a la Toscana como quien vuelve a un lugar soñado muchas veces, aunque esta vez con una maleta real y una crema solar demasiado optimista.

Era una mujer sola, pero no solitaria: llevaba consigo una curiosidad antigua, una alegría tranquila y una vaga sospecha de que la felicidad, como las vacaciones, suele durar menos de lo prometido.

Se había inscrito en un curso de catamarán en la costa tirrena, atraída por esa forma de navegar que parece un acuerdo perfecto entre técnica y ligereza, entre razón y viento.

Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua de miles azules diferentes, la costa aparecía a su izquierda, playa blanquísima recortada por los pinos marítimos, con ese verde oscuro que parece inmóvil y eterno. El cielo era de un azul limpio, casi renacentista, como si hubiera sido pensado por un pintor. 

A lo lejos emergía la isla de Elba, suspendida en una luz clara. Ella pensó en Napoleón, exiliado en aquel mismo horizonte, y sonrió ante la ironía de la historia: incluso el destierro, en Toscana, se convierte en belleza.

-La historia aquí no pesa -se dijo- flota.

El instructor hablaba de maniobras, de velas y de equilibrio, pero su mente viajaba. Pensaba en los Médici, en cómo habían entendido que el poder sin belleza es estéril, y que el arte, como el mar, necesita libertad para existir. Recordó una frase atribuida a Lorenzo el Magnífico:

«Chi vuol esser lieto, sia: del doman non v’è certezza».

Qué parecido era ese pensamiento al instante que vivía ahora, con el sol sobre la piel y el viento tensando la vela.

De pronto, alguien señaló el horizonte.

Delfines.

Saltaban en la distancia, dibujando arcos breves y perfectos sobre el agua. Sonrientes. No parecían huir ni acercarse, solo acompañar. En ese instante comprendió que la felicidad es siempre así: aparece, salta y no se deja poseer. Los delfines, como el arte, como la historia, existen solo si uno sabe mirar sin querer dominar.

El catamarán avanzaba ligero, casi sin ruido. Ella sintió que esa jornada de mar era un resumen secreto de la Toscana entera: una tierra donde la cultura no está encerrada en museos, sino esparcida en el aire, en la luz, en la manera en que el paisaje enseña a ser humano. Del mismo modo que el Renacimiento había reconciliado al hombre con la belleza, aquel día reconciliaba su cuerpo con el tiempo.

Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua azul, tuvo la sensación de que no navegaba, sino que volaba. 

Entonces pensó en Leonardo da Vinci, en sus cuadernos llenos de máquinas imposibles, de hombres con alas, de estudios sobre el aire y el movimiento. Leonardo había nacido en esa misma tierra y había soñado con volar cuando el mundo aún no estaba preparado.

De verdad, los dos cascos del catamarán apenas tocaban el mar, y el viento sostenía la vela como si fuera un ala. Luego pensó otra vez en Leonardo da Vinci y en su deseo de volar, nacido en esa misma tierra donde imaginar siempre ha sido una forma de libertad. 

El catamarán, ligero y silencioso, parecía darle la razón siglos después. No hacía falta elevarse del todo: bastaba con rozar el agua para sentir la libertad. Pensó que la Toscana no solo había producido artistas y pensadores, sino deseos adelantados a su tiempo.

Desde el mar, la Playa parecía inmóvil, como si escuchara esos pensamientos.

Al regresar al puerto, pisando el suelo tuvo una rara sensación en los pies habituándose nuevamente a pisar un suelo no flotante.

Marchándose de vuelta al hotel, con los pies en la arena, con la piel salada, un poco quemada y el corazón tranquilo, solo necesitando una ducha, supo que no había aprendido solo a navegar. Había aprendido que la historia no es pasada, sino una forma de felicidad que, como el mar, se renueva cada día para quien sabe abrir la mirada.

—Aquí, como sabían los Médici, no hay certeza del mañana —se dijo—, y quizá por eso tenemos que disfrutar del día, de nuestros días, que son poquitos.


Graziella Boffini

Étoile

Bailaba y sonreía.

Y sangraba.

Se entrenaba todos los días, sin descanso. Bailaba durante horas, repitiendo los mismos pasos una y otra vez, hasta que el dolor dejaba de ser un aviso y se volvía costumbre. Continuaba incluso cuando la sangre empapaba las zapatillas, incluso cuando los pies ardían y temblaban. Parar no era una opción.

En el escenario, la danza la hacía parecer ligera, casi feliz. El público veía música hecha cuerpo, belleza sin esfuerzo. No veía el trabajo infinito, ni las noches de hielo y vendas, ni los pies que ya no podían descansar.

Sus pies habían quedado deformes: dedos torcidos, huesos alterados, cicatrices profundas. Eran feos, castigados, irreconocibles. Eran el suelo verdadero de la danza, el lugar donde nacía el dolor que hacía posible la gracia.

Sonreía para no gritar. Sonreía porque la belleza exige silencio. Cada aplauso cubría una herida, cada paso perfecto nacía de una carne rota. La danza pedía todo: tiempo, cuerpo, vida. Y ella lo entregaba sin medida.

Arriba, la luz.

Abajo, la sombra.

Cuando el cuerpo ya no respondió, la música siguió sin ella. El público aplaudió a otra bailarina. Sus pies quedaron quietos, deformes para siempre.

Sus pies, inmóviles, guardaron la verdad: que lo que el público ama nace de lo que no quiere ver.


Graziella Boffini

La carta que no salió

En un rincón olvidado de la sierra andaluza, donde las casas son blancas y las calles se enredan como hilos viejos, vivía Celia. El pueblo era pequeño, rodeado de olivos y silencios. Desde que volvió allí para cuidar a su madre, y luego se quedó, atrapada por la costumbre, los días le parecían siempre iguales. Trabajaba en el bar de su primo: cafés con o sin leche, cortados, comandas, mesas, propinas, caras conocidas. Todos los días iguales.

Aquel miércoles de otoño, salió del trabajo antes de lo habitual. El bar estaba medio vacío, y ella se sentía aún más vacía por dentro. En vez de volver a casa, echó a andar sin rumbo, siguiendo una callejuela que nunca había recorrido.

El sol se escondía tras las montañas, y la luz se filtraba entre los tejados con una tristeza hermosa. Caminando sin pensar, giró en un callejón donde nunca había estado. Allí, como aparecida de la nada, una puerta de madera oscura la detuvo. Un cartel colgaba:

“Cartas.”

Iba a seguir, pero un golpe de viento, leve, pero firme, la empujó hacia dentro. La puerta se abrió sola. El aire olía a incienso y romero.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó una voz.

Era una mujer mayor, de ojos negros y pañuelo morado en la cabeza. Amalia, decía una pequeña placa junto a una vela encendida.

—No lo sé —dijo Celia—. Sólo pasaba por aquí.

—A veces, lo que necesitamos no se busca. Simplemente, nos encuentra —respondió Amalia.

Celia se sentó sin saber muy bien por qué. Sentía que no tenía nada que perder. Amalia barajó las cartas con manos seguras y colocó tres sobre la mesa.

—Pasado. Presente. Futuro.

Celia pensó —sin querer— en la Rueda de la Fortuna. En un cambio, una sacudida del destino que le diera un nuevo comienzo.

Amalia dio la vuelta a las cartas:

Cinco de Copas.

El Colgado.

Diez de Espadas

El Cinco de Copas: muestra la tendencia a mirar sólo lo perdido, ignorando lo que aún se tiene; el Colgado: representa una pausa forzada, pero también una oportunidad para mirar desde otro ángulo y el Diez de Espadas es dolor, sí, pero también liberación. Lo más oscuro antes del renacer.

Nada de fortuna. Nada de milagros.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Celia, decepcionada sin saber por qué.

—Que lloraste tanto lo perdido que no viste lo que aún tienes. Que estás suspendida, esperando un cambio externo. Y que el dolor… ya llegó. Pero el Diez de Espadas también es final. Y todo final es una apertura.

Celia bajó la mirada. No entendía cómo esas cartas podían ayudarla.

—A veces, el primer paso no se nota desde fuera —añadió Amalia— A veces empieza con algo simple. Como trazar una línea.

—¿Una línea?

La tarotista sonrió, sin añadir nada más.

Esa noche, al llegar a casa, Celia bajó al trastero de su madre. No sabía muy bien por qué, sólo que algo la había empujado allí. Abrió una caja vieja: estaban sus óleos, sus pinceles, los tubos de pintura que había guardado con amor hacía años.

Los frascos de colores, los óleos estaban todos secos.

Pero al fondo de la caja encontró una lata metálica, y dentro, algunos lápices de grafito negro y colores. Polvorientos, pero vivos. Como ella.

Subió a su cuarto. Sacó un cuaderno viejo. Se sentó junto a la ventana.

Y empezó a dibujar.

Su pueblo. Unas ramas de flores. Su madre. Su rostro. El perro de cuando pequeña.Y una rueda, borrosa, girando al fondo del papel. Una rueda que no había salido en las cartas… pero que ahora empezaba a girar, dentro de ella.


Graziella Boffini

Amarillo sin límites

Dicen que en la ciudad de M. vivía una pintora llamada GBZ, olvidada por todos. Una noche pintó sin pensar, derramando amarillos como luz, azules como ríos, un rojo escondido y un verde secreto en la esquina.

Creyó que era un desahogo inútil, pero, sin embargo, por casualidad, el cuadro llamó la atención de un funcionario de la provincia de S., una ciudad importante, quien lo vio en el pequeño taller de la artista. Intrigado por la fuerza de la imagen, propuso exhibirlo en la Sala de la Provincia.

El día de la inauguración, GBZ llegó con el corazón encogido. Imaginaba que la gente se burlaría de aquel amarillo desmesurado. Pero ocurrió algo inesperado: el público se quedó en silencio frente a la obra. Algunos vieron en el lienzo un símbolo de esperanza; otros, la representación de un renacer tras la oscuridad. Incluso hubo quienes lo interpretaron como una metáfora de la vida misma, con sus luces y sus sombras.

Allí, ella comprendió entonces que lo que antes le parecía un fracaso era solo el preludio de esa claridad que por fin brillaba para ella.


Graziella Boffini

La noche que no se acabó

La noche siempre había sido un consuelo para Marcel. No solo por el descanso ni por los sueños, sino sobre todo por el silencio. Ese silencio denso y sin forma que se cuela por las rendijas de las ventanas, que se sienta al borde de la cama como un viejo amigo que no exige conversación. Durante el día, todo tenía nombre, función y expectativa. Pero la noche… la noche era un territorio sin mapas.

Aquel día, Marcel salió tarde del trabajo, como siempre. Caminó por calles vacías, bajo faroles que no alumbraban tanto como pretendían. Pensaba en lo mismo de siempre: el tiempo perdido, las palabras no dichas, las posibilidades acabadas, los caminos que no tomó. La rutina es una forma lenta de suicidio, se dijo, sin la intención de ser dramático, sino con esa especie de claridad que solo la oscuridad permite.

Al llegar a casa, no encendió la luz. Se sentó en el suelo del salón, dejó las llaves caer y cerró los ojos. No quería dormir. No quería soñar. Quería simplemente existir, sin ser observado ni juzgado, sin tener que responder a nadie. Y en esa penumbra, algo extraño ocurrió: la noche pareció alargarse. ¿Cuánto tiempo había pasado?

El reloj dejó de marcar los minutos. Afuera, no se oía ni el canto de los pájaros ni los camiones madrugadores ni el rumbo de los primeros coches. El amanecer no llegaba. La ciudad parecía suspendida en una pausa indefinida. Marcel encendió el móvil. Sin señal. Buscó en la radio, en la televisión: nada. Todo estaba inmóvil, como si el tiempo hubiese perdido el deseo de avanzar.

Al principio sintió miedo. Luego curiosidad. Y finalmente, aceptación. Quizá, pensó, esto era lo que había estado esperando sin saberlo: una noche eterna. Un momento fuera del mundo donde no hubiera decisiones que tomar, promesas que cumplir, ni días que desgastaran el alma. Una tregua de lo cotidiano. Lo absurdo empezó a parecerle normal, pero los días, incluso los imaginarios, tienen consecuencias. Su cuerpo pedía comida, pedía sueño, pedía luz. Y la noche, que en un principio fue alivio, empezó a volverse pesada, pegajosa, hostil. Marcel intentó encender todas las luces, pero parecían burlarse de él. Luchó contra el insomnio, contra el hambre, contra la soledad creciente. Gritó. Incluso se puso a rezar. Ningún dios respondió. Ningún hombre vino.

Con los ojos hundidos y la mente fracturada, comprendió —demasiado tarde— que la noche no era un refugio, sino un espejo. Que en el silencio no se esconden respuestas, sino las preguntas que siempre evitamos. Que el consuelo es solo una ilusión, y que hay silencios que, una vez abiertos, ya no se pueden cerrar.

Y así, sin final, sin redención, Marcel quedó atrapado en esa noche interminable, con la única compañía de su propio eco, que le devolvía las verdades que nunca quiso oír.


Graziella Boffini

El Árbol de la Vida

Era una mañana de verano luminosa y caliente cuando Lucía se fue a su clase de yoga. Decidió ponerse su camiseta favorita, recién comprada, aquella que tenía estampado el Árbol de la Vida, con sus raíces profundas y sus ramas extendiéndose hacia el cielo.

Lucía se ajustó la camiseta nueva con el Árbol de la Vida estampado. Las ramas doradas brillaban bajo el sol de la mañana, y por un momento se sintió como una auténtica yogui espiritual. «Hoy fluiré como las hojas al viento», pensó mientras salía de casa.  

La realidad, sin embargo, tuvo otros planes. 

En la clase, apenas comenzó el saludo al sol, notó que la tela —tan «ecológica y transpirable» según la etiqueta— se le pegaba a la espalda como una segunda piel sudorosa. Pranav, el profesor, pasó a su lado y comentó con una sonrisa:  

—Qué camiseta tan significativa, Lucía. El Árbol de la Vida representa la conexión con lo divino.  

—Sí, claro —respondió ella, tratando de sonar zen mientras luchaba por no ahogarse en su propio escote.  

Al llegar a la postura del árbol, la ironía fue innegable. Mientras el estampado de su torso proclamaba armonía y equilibrio, Lucía se balanceaba como un junco en tormenta. A su lado, una señora con más de 70 años se mantenía firme como un roble, lanzándole miradas de lástima.  

—Enraízate… siente la tierra —murmuró Pranav.  

Lucía cerró los ojos e intentó visualizar sus raíces, pero solo logró recordar que estaba sudando como nunca y que tenía sed, calor y no sé qué.  

Para el Shavasana final, al menos, pudo relajarse. Tumbada boca arriba, con el dibujo del árbol ahora torcido por sus movimientos, comprendió que quizás la espiritualidad no estaba en la ropa, sino en reírse de uno mismo.  

Al salir, se detuvo frente a un espejo del gimnasio. La camiseta estaba arrugada, manchada de sudor y con una rama del árbol irremediablemente estirada. «Perfecto», sonrió. Después de todo, hasta los árboles más sabios tienen ramas torcidas.  

Namasté.


Graziella Boffini

Un instante incrustado en el tiempo

Claude Monet peignant dans son atelier – Édouard Manet

Trouville

Normandía

Paseo

Hoy el protagonista es el viento; el sol se asoma entre las nubes; el mar es tan imprescindible como inalcanzable. Tan variado como inmutable.

Es un día hermoso y mucha gente pasea por la playa. Aparte de los veraneantes habituales, noto que hay un hombre extraño: de frondosa barba y con un caballete. Lo veo trastear con sus colores.

Pinta al aire libre, algo novedoso, mientras nosotros disfrutamos de nuestro tiempo.

Un instante detenido en el tiempo, eso es lo que intenta capturar.

Soy una parisina de vacaciones, elegantísima. Un blanquísimo parasol me resguarda de un sol impertinente, capaz de mancillar mi piel nívea como mi vestido y evita ese bronceado grosero que tan poco conviene a su delicadeza.

Un caballero me acompaña del brazo, quizás un amigo, un esposo o un pretendiente. Nunca lo sabrán.

Tú no sabes quién soy yo, pero en ese momento, en esta playa, fuimos felices.


Graziella Boffini

Reto secreto

Te cuento en concreto el secreto de la secretaria segregada sentada en un sillón obsoleto sigilado y firmado por su nieto inquieto silbando sin respeto completo del veto discreto.


Graziella Boffini

Amor y pasión

Permanancia

Siento tu olor por toda la casa.

Ya al entrar siento tu olor. Me acerco al sofá y me entra en la nariz. Un soplo de viento, leve, hace danzar las cortinas. Están empapadas de tu olor. Con ese movimiento se hace aún más intenso.

Con tu belleza sublime, tu gracia aristocrática, tus ojos maléficos haces que todas se enamoren de ti, ya lo sé.

Tú eres fino, elegante con tus pasos aterciopelados; pero tus amores tormentosos que se manifiestan en un placer carnal urgente (para citar a Gabriel García Márquez) te transforman.

La pasión te transforma. Te transforma en algo diferente de lo que eres normalmente.

Expiro, inspiro

Ahora no sé dónde estás, pero tu fragancia es omnipresente. Se nota en cada rincón de la casa.

Expiro, inspiro.

Es imposible no notarlo.

Siento tu olor, el recuerdo de tu semen por la cama, en las sábanas, en el cojín, incluso en el colchón.

Inspiro, expiro, siento tu olor por toda la casa aún más fuerte, intenso permanece por todos lados. No sé qué hacer. 

—María, ¿acaso te has olvidado de llamar al veterinario para hacer esterilizar al gato?


Graziella Boffini

Collages/Olga

Collages/Olga

Pensamiento pseudo filosófico: al final somos hechos como se ensamblan los collages: se empieza con un inmotivado entusiasmo infantil, seguido por una cierta curiosidad juvenil, a los que se añaden las experiencias negativas coleccionadas, una tras otra, que aportan un poco de pesimismo; seguimos aportando los amores perdidos que nos van a añadir una punta de romanticismo, añadimos  un puñado de estudios científicos que van a salpimentar nuestra experiencia con algo de conocimientos del universo y un  kilo y medio de libros de historia leídos que va a sazonar la experiencia de lo podrido que está en el ánimo humano.

Encima vamos a poner, como si fuera una capa de decoración, un poco de esperanza que siempre alberga por ahí mismo en los telones de fondo más oscuros. En primer plano siempre tenemos la cara que queremos enseñar a los demás. Así nosotros estamos hechos como collages: pegando cada experiencia nueva encima de las precedentes, en una MEZCLA viva y original hasta que dejamos de respirar, de soñar y de añadir colores a nuestra única obra maestra.

Olga es un verdadero ejemplo de collage: ha hecho de sí misma una mescla de todo lo mejor que la tecnología moderna ofrece: las tetas obviamente son de siliconas talla quinta si no más, los labios también en plástico, las mejillas reforzadas con un relleno sintético en el quirófano, las arrugas de la cara terminadas con la toxina botulínica, la celulitis oxidada con el carbono 14 casi completamente no radioactivo. 

Ahora queda en espera de otros descubrimientos de cultura científica para añadir materiales más avanzados tecnológicamente a su obra maestra.


Graziella Boffini

Delvauxes

El retiro de Paul Delvaux, 1973

— Hola querida, ¿qué te parece si nos vamos a ver Delvaux? ¿Este finde? ¿Qué te parece?

— Pedro cariño, el sábado sería perfecto: ¡están abiertos hasta las 19! Pero te digo la verdad: ¡eso sí que no me lo puedo creer! Tú que propones acompañarme a ir de compras… tú que siempre has odiado ir de compras, es un sueño, si estoy durmiendo por favor que no me despiertes.

— Pero querida, ¿qué has entendido? te estaba proponiendo ir a ver la exposición de Delvaux, el famoso pintor… me he enterado de que hay una exposición de sus obras en Bélgica, parece bastante completa.

— ¿Me estás diciendo que no vamos a ir de compras?  Son caros, pero son muy bellos, a la moda y elegantes esos bolsos; la tienda de bolsos Delvaux está en vía Bagutta, justo en el centro de Milán, cuadrilátero de la moda, para ser más precisos, en vía Bagutta número 10. A propósito: ¿quién es este Delvaux pintor que se llama como mi marca preferida de bolsos?

Graziella Boffini

Gruta en Patagonia

Dedicado a mi mejor amiga que ni se acuerda de mí

 ¿En el puma que puede comerte?

¿En el hecho de perderse?

¿En el pensar como el escritor (todos lo habíamos leído): pero que hago yo aquí?

¿Dándome cuenta de que, aunque me aplicara en algo, nunca llegaré a ser Miguel Ángel?

¿En el olvido?

O finalmente ¿cuál es el peligro más grande: creerse todas las historias que te cuentan y encima aún peor no creérselas?


En Patagonia hay unas grutas que los arqueólogos descubrieron que fueron habitaciones primitivas, en particular una de ellas apodada “la cueva de las manos” y podemos considerarla “la Cappella Sistina – la Capilla Sixtina del sur de América”.

Tiene, más o menos, y por qué ser tan precisos con números tan dilatados, unos diez mil años.

Y de verdad es impresionante, muy bien conservada. Patrimonio Unesco de la Humanidad 1999.

Personalmente, yo le insistí tanto a mi pobre novio con esa gruta tan especial que al final eligió Argentina y no, como casi todos nosotros europeos, Estados Unidos como su primer viaje al continente americano.

Lo convencí de la belleza de Argentina hablando de glaciares, de cóndores, del mate, de los ríos llenos de peces transformables en pescado (su deporte preferido), los pumas, las milanesas de guanaco, el dedo del Cerro que fuma Fitz Roy, el Chaltén inconquistable y fascinante, las ballenas, el chimichurri, el aire puro, la gentileza de los habitantes, el tango, el asado de cordero además de todos los lugares comunes, pero lo que me interesaba a mí era sobre todo o, mejor dicho, casi únicamente, la gruta (aparte obviamente del dulce de leche que fue la parte más sabrosa, pero no lo conocía antes.

En realidad, las grutas son más de una, hay muchas, no sabría cuántas, en común tienen que todas se encuentran en el medio de la nada, y por otra parte ya la Patagonia entera un europeo la considera alejada de todo. Es vasta, no, mejor dicho, es enorme, con espacios inimaginables aquí en Europa.

Para nosotros, que estamos acostumbrados a vivir enlatados como sardinas en nuestro pequeño coche esperando que el semáforo cambie al verde, tanto espacio nos da casi miedo o al menos una idea de extrañeza, de incongruencia.


El sol brillaba limpio y sin demasiado calor. Todo era perfecto.

Aparcamos y descendimos del todoterreno. No había nadie, aparte de nosotros tres: mi novio, el chofer (todos nos aconsejaron ir con un conductor para no perderse en esos espacios infinitos, sin carteles, indicaciones, otros turistas, buses, tiendas de recuerdos y nada de lo que da un aire turístico a un lugar) y yo, obviamente.

De las que hay, nosotros tuvimos la posibilidad de visitar dos grutas; nuestros tatarabuelos y sus tatarabuelos vivían allá.  Y pintaron esto. Esta maravilla.

Me imagino su vida cotidiana:

cazar unos guanacos

hacer fuego

no dejarse comer por el puma (eso lo veo más como una prioridad)

más o menos lo mismo que:

hacer las compras en el supermercado

ir al trabajo

encontrar un aparcamiento

Es lo nuestro actualizado, trasladado desde hace miles y miles de años a nuestros días.

“Pagué”, como recompensa por la visita a las grutas, con la solemne promesa a mi novio de que lo habría acompañado a ir de pesca con el guía los días siguientes.

Entramos.

Después de dos minutos adentro de la gruta, ambos aburridos (mi novio porque quería encontrar y seguir huellas de unos pumas en el suelo afuera de la gruta y el guía por haberlas visto ya más de cien veces acompañando a los turistas precedentes), los dos se fueron a pasear afuera de la gruta, bajo un sol insistente pero agradable.

Estaba intentando sacar todas las fotografías posibles disfrutando al máximo de la luz que entraba desde afuera, ya que el interior estaba completamente a oscuras, sabiendo que dentro de poco, según yo, y dentro de unas horas interminables, según ellos dos, me habrían pedido regresar al hotel, ya pregustando una ducha, la cena y la aventura de la pesca en el río más lindo del mundo programada para el día siguiente, que seguramente le interesaba más que un hueco a oscuras en el medio de la nada a los pies de una montaña sin nombre.

Por lo que podía ver esa gruta estaba pintada por completo; había animales, seres humanos, escenas de caza, de familia o de comunidad, manos pequeñas, más grandes, colores diferentes, escenas de la vida cotidiana y otras que no comprendía.

Me emocionaban las pinturas, e incluso siendo una persona inteligente y racional estaba deseando hablar con uno de ellos; sí, de verdad, me habría gustado muchísimo poder confrontarme con uno de ellos. ¿Qué le habría preguntado en primer lugar?

Seguro le habría preguntado si pintaban celebrando a Dios, a la vida, a la naturaleza, para festejar un éxito de caza del grupo, lo que había estudiado con la profesora Carla Crosta, lo que estaba escrito en el Hauser.

O si acaso para ellos quizás las pinturas eran casi una forma de tapizado ornamental para la gruta y nada más, en los días de lluvia o en los raros afortunados momentos de aburrimiento cuando el puma no tenía hambre y no los buscaba.

¡Deseo hablar con uno de vosotros! Pero por qué el tiempo corre en un único sentido? ¡yo debo hablaros! tengo muchas preguntas, ¿porqué pintasteis  eso?


Lo reconocí por las espaldas, era un poco jorobado.

Se dio vuelta, era idéntico a su retrato pintado por Van Dyck, que vi en la exposición en Florencia en el 2008.

Michelangelo, el enorme Miguel Ángel, más bajito que yo.

—… pero ¿Qué haces aquí? —le pregunté dándome cuenta de comportarme de la misma manera que cuando encuentro una amiga en el mercado.

—Yo aprendí a pintar aquí, de niño me enseñaron a preparar los colores, mira el negro, por ejemplo, es carbón vegetal, se prepara con…

Lo interrumpí.

—No, escucha, no quiero hablar contigo de CÓMO se prepara el color, sino de…

Me di cuenta de que empezaba a subir la voz

—¿Por qué? ¿Tú cómo lo preparas el negro? — preguntó él mirándome con mucha calma. 

—Yo compro los acrílicos en las tiendas de bellas artes y … no, te ruego, por favor, no quiero hablar de eso … escucha … escucha, tú, … tú que has visto a Dios, … porque tú, sí que lo has visto ¿verdad? … no aquí, en Roma …

Mi cuerpo inútil tenía un temblor innatural.

—No, en Roma el problema era que el Papa no quería pagarme del todo … no me acuerdo … ¿cómo se llamaba el Papa?

—¿Cómo que no te acuerdas? Julius II se llamaba, Julio segundo, he leído todas tus cartas … lo de la casa que te compraste al final en Florencia, pero no… 

—Pues sí, sí Julio, el papa, pero no es importante. 

Casi me enfadé:

—¿Cómo que no es importante?  Fue uno de los hombres más importantes del renacimiento. Hemos estudiado todos los acontecimientos de aquel periodo. ¡Todo sobre ti, también!

—¿Estudiáis estos hechos en la escuela?

Casi gritando lo agredí:

—¿Cómo carajo has aprendido tú a pintar aquí?

Él seráfico:

—Nosotros los artistas nacemos, morimos y vivimos; todos tenemos una consciencia colectiva. ¿A ti no te parece ya haber estado aquí antes? a mí me gusta vivir aquí ahora…

—No no, seas lógico, intenta razonar, ¡esto es imposible! 

Yo vivo en Abbiategrasso, estamos en 2015, estoy aquí con mi novio de vacaciones, nunca hasta ahora hemos estado en Argentina y tu no, no y no. Tú no es posible que vivas aquí ahora… ¡es simplemente imposible!

Desapareció.


Regresamos al hotel.

Nunca hablé con nadie de eso.

Por la noche comimos empanadas, cordero asado y flan de dulce de leche, muy rico de verdad.


Graziella Boffini


El libro quisquilloso 

Después de haber navegado por los 6 continentes, caminado por bosques y desiertos, entre nidos de espinas, en grutas protegidas por serpientes, sobre montañas cuya altitud no permitía la presencia del oxígeno, bajo el sol con 45° ya a la madrugada, deslizando sobre los hielos eternos, finalmente lo encontraron.

Con pies doloridos de tanto andar, espaldas ardientes por el sol ecuatorial y arrugas aumentadas por todos los vientos de la rosa de los vientos, con miembros, orejas y narices medio congelados por las temperaturas exageradamente minus zero bajo auroras boreales increíbles, todos se olvidaron de repente de todo el tiempo de la búsqueda, como una madre se olvida de los dolores del parto al ver a su hijo nato.

Todos los esfuerzos hechos ya no les pesaban, tanta era la felicidad de haberlo encontrado por fin. Y encima estaba en buenas condiciones.

Aquí estaba: el Libro. 

El libro que contenía todas las respuestas; un tomo imponente, sabio y culto, prácticamente divino, por contraste se presentaba con una cubierta anónima, de cuero color del olvido, casi understated.

Se trataba de verdad del Libro del Bien y del Mal, de todos los saberes, que resumía todo lo conocido y encima todo lo incógnito de la humanidad, todos los porqués, todas las respuestas a todas las preguntas de la humanidad sobre la vida y la muerte.

Dejaron que la primera en examinarlo fuese Elvira, la más escéptica del grupo de investigación, que muchas veces en los pasados años fatigosos de búsqueda había subrayado los esfuerzos y la pena y había pensado abandonar el grupo, insistiendo más de una vez para que desistieran también los demás.

Se lo dejaron a ella de primera, casi para convencerla de la inmensa suerte que les había tocado.

Elvira tomó el Libro en sus manos delgadas, de mujer acostumbrada al lujo, hija consentida de familia rica, que siempre había trabajado solo intelectualmente. Primero que todo miró la cubierta. No puso dejar de opinar: «todos estos esfuerzos… ¿y este sería el libro perfecto del Bien y del Mal con todas las respuestas? ¿El libro que por su búsqueda me comió la juventud?

¡Miradlo que tiene una cubierta de libro en oferta en el discount olvidado en el sótano de los tatarabuelos!»

El libro, sintiéndose ofendido, se puso quisquilloso y convirtió sus páginas en lamas afiladísimas.

Todos los dedos de las manos de Elvira fueron cortados por completo, desprendiéndose de su cuerpo, y saltaron como lombrices escapando de una casa en llamas.

La sangre brotó copiosamente.

Elvira murió desangrada, a pesar de los tentativos de los presentes por salvarla.

La sangre siguió manando, litro tras litro, hasta empapar por completo todo el Libro, que  quedó ilegible para siempre. 


Graziella Boffini.


De los peligros concernientes al hecho de enojar a una pelota del bowling que es cinturón negro de judo 

Se pusieron a decidir el día del desafío y, para ser más originales, habían decidido jugar divorciados versus casados.

El día de la competición se encontraron todos muy puntuales como un tren en Japón, a la hora convenida enfrente del Bowling, en la plaza Sancho Panza, entraron, notaron que no había nadie a parte de ellos esa noche en el bowling, pero eso no le quitaba las ganas del partido y, después de un par de cervecitas en el bar, sin dificultades formaron los dos equipos (solo era suficiente mirar el dedo anular de la mano izquierda) y empezaron a jugar.

Ese mismo día era el cumpleaños de Azulmarino, una de las pelotas más grandes del bowling, llamado así por ser del color del mar adentro y no solo por eso, también por su cinturón que había merecido con esmero, así que todas las pelotas del Bowling de Sancho Panza la estaban festejando todas juntas en alegría, algunas con sombreritos de papel rojo y oro, la mayor parte soplando por uno de sus tres agujeros esas trompetitas de noche vieja estilo «lengua de suegra».

Podéis imaginar el enojo de ser estorbados durante un celebración de cumpleaños para trabajar, un trabajo no reservado, no esperado, seguramente no bienvenido.

Cuando Azulmarino fue reclamando por la máquina que lo succionó en el mecanismo para presentarlo a los jugadores y los dedos índice, medio y pulgar de Eulalio penetraron en los tres orificios de Azulmarino,  para ese último fue la gota que colma el vaso. Con un ágil movimiento le hizo una palanca y, en vez de ser lanzado él mismo en dirección de los pinos para derribarlos, fue Azulmarino el que, con una llave de judo (había practicado judo por largo tiempo) lanzó al pobre Eulalio y se fue a ganar un strike.

Así que los demás compañeros de Eulalio y su jefe se quedaron boquiabiertos al ver a Eulalio engullido por la boca oscura de la máquina del bowling hasta desaparecer en sus vísceras negras. Allá en el fondo no llegaban las luces alegres de neón del complejo de la fábrica del divertimiento.

No se sabe si Eulalio fue triturado por el mecanismo de los pinos, o devorado por un ogro escondido o si había un portal espacio – temporal en el hueco.

Lo único que es notorio es que el cuerpo del pobre Eulalio no se encontró nunca: ni esa noche ni en los días, semanas y meses futuros, ni entero ni en trozos, grandes ni pequeños.

La moraleja es, obviamente, que no irían al Bowling de la Plaza Sancho Panza el día 17 de noviembre porque Azulmarino y su compañeros prefieren festejar el cumple de Azulmarino en santa paz. 


Graziella Boffini.