Recuerdos en los trenes

Desde niña, Alejandra utilizaba a menudo los trenes, porque ni su madre ni su padre tenían la licencia de conducir. En aquella época, muchas mujeres no conducían coche, mientras que los hombres sí… pero su papá era de Venecia, donde no tenían esa costumbre, porque en su ciudad los coches no se utilizaban, y los venecianos se desplazaban solo a pie o en barco.

Pero, en aquella época, en los años 60, el tren era el medio principal para las vacaciones y los viajes, y cuando ellos iban a pasar unos días con los padres de su mamá, en Lombardía, siempre lo utilizaban. Alejandra y sus padres siempre observaban desde la ventanilla del tren para ver la casa de la familia, unos segundos antes de llegar a la estación, y casi siempre veían a los abuelos mirando por la ventana, saludándolos con las manos. 

Ahora, muchas décadas después, Alejandra sigue observando por la ventana la antigua casa de los abuelos cada vez que pasa por allí viajando en el coche. No puede olvidarse de aquella época, cuando, pasando una temporada allí, le parecía vivir una vida mágica. 

Sus abuelos pertenecían a un mundo remoto, del que ella conocía solo unos fragmentos, y también su dialecto lombardo le parecía raro, y menos armonioso que el suyo de Venecia. Pero el pequeño mundo doméstico de los abuelos, en el jardín de su casa al lado del ferrocarril, donde vivieron toda su existencia, la fascinaba. Ver pasar el tren decenas de veces al día, cuando la abuela siempre le proponía “saludarlo” desde la ventana de casa, le hacía soñar un futuro de viajes para conocer el resto del mundo, en un futuro de sueños imaginarios. El jardín-huerto de los abuelos era un mixto de ensaladas, tomates y judías verdes, con maravillosas plantas floridas y un gran árbol donde se balanceaba su columpio, y donde siempre se divertía, pasando todos los años el mes de julio allí con los ellos. 

Alejandra recuerda las gallinas y los gallos en el gallinero, tan deliciosos cuando eran pollitos, pero luego eran considerados desagradables, y al final eran condenados a muerte para la comida de un día de fiesta. El abuelo los mataba y luego la abuela los cocinaba, un gesto que a Alejandra le molestaba, porque los gallos y las gallinas crecidos en su propio jardín no le parecían simplemente una comida. Una vez, en la corte, mientras el abuelo desplumaba el pollo que acababa de matar, Alejandra, escondida, intentó cantarle una música macabra para hacerlo sentir culpable. El no tuvo ninguna reacción, pero el canto era tan lúgubre que la madre y la abuela salieron al patio para decirle que dejara esa canción tan sombría.  

Pero la visión de los gallos le cambió, cuando un día un gallo enorme y enérgico agredió a Alejandra en el jardín. El abuelo lo condenó a muerte con una ejecución inmediata, y la abuela lo cocinó, a pesar de que no era un día de fiesta…

“A ver, los recuerdos me devuelven a la niñez cada vez que vuelvo a ver esta antigua casa por la ventana del coche” piensa Alejandra.

Y los gatos, otro recuerdo. Uno de los mayores motivos de felicidad que tenía cuando iba a ver a los abuelos eran ellos. Le hubiera gustado mucho tener un gato en casa, pero vivían en un apartamento y sus padres no querían. La única vez que adoptaron una gatita encontrada en el patio del edificio, a los pocos meses la llevaron a casa de los abuelos. No tenían una jaula, así que hicieron todo el viaje en tren con la gatita dentro de un bolso, en la que afortunadamente había una ranura en la parte alta, que permitió al animalucho respirar… pero maulló muy fuerte todo el viaje, y la gente en el tren escuchaba y miraba ese bolso tan raro y maullador.

“Fue el viaje en tren más raro, y también embarazoso” piensa Alejandra. Pero es otro recuerdo de un viaje en tren… ¡porque es el tren que me restituye los recuerdos!


Silvia Zanetto