La littorina 

Con una larga y empinada bajada desde la carretera principal, partía la calle Garibaldi, la más larga y ancha del pueblo. En realidad, nadie la llamaba así, se la conocía como el barrio de los “M”, debido a que la mayoría de sus habitantes procedían de la misma familia “M”. 

En los días soleados, el barrio se llenaba de niños y de jovencitos que al atardecer se reunían bajo el terraplén para esperar la llegada de la Littorina. A su paso estallaban gritos de alegría y saludos a ese tren moderno que pasaba a toda velocidad. 

Al ponerse el sol, las madres y abuelas llamaban a los más pequeños para cenar. Los ancianos, sentados en los umbrales de las casas, recogían sus sillas. El silencio volvía al barrio, roto solo por los gritos de las golondrinas que se perseguían en el cielo. 

En aquella difícil postguerra, muchos de esos jóvenes tomaron la Littorina en busca de una vida mejor. Las chicas se fueron a Venecia y a Milán como empleadas domésticas (los ricos apreciaban a las jóvenes friulanas que eran fuertes, trabajaban mucho y ¡comían poco!). 

Los chicos se fueron a Venecia a trabajar en los grandes hoteles del Lido, otros a Francia, Suiza o Bélgica. Algunos se fueron a Génova para embarcarse en las naves que los llevaron lejos. Brasil, Estados Unidos, Argentina. Hubo quien volvió después de muchos años, otros nunca lo hicieron. 

El barrio de los “M” volvió a ser vía Garibaldi. Por la carretera circulan a toda velocidad los coches. La pequeña estación que permaneció cerrada durante muchos años ha vuelto a cobrar vida. Un tren eléctrico pasa dos veces al día para llevar, sobre todo, a los estudiantes que van de Udine a Trieste. 

Las casas antiguas han sido restructuradas o renovadas y están rodeadas de setos bien cuidados y jardines llenos de flores. 

En la calle Garibaldi solo queda una casita gris un poco vieja. La mía. 


Iris Menegoz