
Aquel día me había levantado al amanecer, con los proyectos inacabados que se arremolinaban en mi mente, no sabía realmente qué hacer; opté por ducharme, vestirme y salir a la calle. Esto lo había aprendido de niña porque la sensación de respirar bien me hacía recordar la felicidad. Caminé casi un kilómetro antes de encontrarme al primer ser humano de la mañana, me di cuenta que este hombre estaba triste, tanto que se me contagió, era un vecino. Pasa siempre por mi calle cuando va a comprar el pan. Me pareció verle más arrugas en la frente y sus ojos me resultaron más pequeños que otras veces, iba cabizbajo y levantaba la cabeza al suspirar, él no me conoció.
⸺¡Hola! ⸺ dije. Sorprendido. Me miró detenidamente y su rostro cambió, me preguntó cómo estaba mientras se tocaba las manos y nos despedimos con una sonrisa.
El día estaba opaco, en invierno, me había dicho mi padre, que las cosas no se ven bien puesto que están dormidas. Sí, se acercaba el invierno o quizás ya estábamos en él, en el suelo se veían todavía las hojas de colores que caen siempre en el otoño.
Sentada, en el único banco de madera que había en la estación estuve mirando los rostros de los otros y todos parecieron más tristes, más solos, más pequeños y desprotegidos y lo peor es que yo lo sentía y a mí también me llegaba algo de tristeza, de ira, de rabia, de impotencia.
Era como cuando ves una película, pero entonces tú sabes que es una película y que los actores están fingiendo, pero no puedes evitar que te de saltitos el estómago, que se te revelen las palmas de las manos, que el corazón se vuelva nube y que se limpie el alma a base de lágrimas. Ese día fue distinto.
Subí al tren. Lo hice sin pensar, seguí recorriendo los rostros ajenos hasta que vi a alguien tan cercano que la alegría no me cabía. Era la misma Pilar de siempre, más quieta, más serena. Claro que estamos distintas, no han pasado meses, han sido años ⸺dijo.
De pronto me di cuenta que había recorrido todas las estaciones y me bajé justo cuando somos los otros.
Estábamos en el atardecer. Había vivido.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- El trabajo hace libre por Graziella Boffini
- Recuerdos en los trenes por Silvia Zanetto
- Tren por Jean Claude Fonder
- Zapatones por Sergio Ruiz
- Tren por Raffaella Bolletti
- El tren silencioso por Patricio Vial
- La littorina por Iris Menegoz
- Ferrocarril del Norte por María Victorio Santoyo
- Estaciones por Blanca Quesada


