Hacia el mundo de los vivientes

– ¡Es tarde! ¡Vete a tu casa y prepárale la comida a tu marido! -me dice.
– Pero, mamá, ¡Si solo son las cinco y media! -contesto.
Y en realidad sí, tendría que irme. Mi mirada se balancea desde el reloj blanco con agujas negras en la pared de su cocina hacia la ventana, desde la que puedo ver las copas de los plátanos que se mecen al viento, oír voces de chicos y ruido de motores. Gente que vive, habla, se desplaza.
Y yo tendría que volver a casa para preparar las clases para mis alumnos, terminar -¡Por fin! – de escribir ese cuento, hacer unas cuantas fotocopias.
Las agujas negras indican las 5,35. Solo han pasado 5 minutos y me he prometido a mi misma y a ella – que no lo sabe- quedarme al menos hasta las seis.
Haré las fotocopias después de cenar.
Ella malinterpreta mi mirada hacia el reloj:
– Es tarde -repite- Vete a tu casa. Tienes que prepararle la cena a tu marido. O ¿es que ya la tienes lista? A los hombres hay que hacerles la comida.
– No te preocupes, todavía es muy pronto para la cena.
– Bueno, entonces quédate un rato conmigo. Hablemos.
Las agujas negras indican las 5,37. Solo han pasado 2 minutos desde que las controlé la última vez. Y ¿qué le voy a decir yo ahora? 23 minutos para llenar de palabras el vacío de ese silencio.
– Pero has venido tarde hoy… -me dice. Por fin, algo a lo que agarrarme.
– Sì, el profesor terminó la conferencia media hora después.
– Pero… ¿ Es un hombre , verdad? Es que ellos no se dan cuenta de que las mujeres tenemos cosas que hacer: limpiar la casa, cocinar… Por cierto, ¿qué le preparas de cena a tu marido?
– No sé, todavía no me lo he pensado -contesto, pensando en las clases de mañana- pero tengo que planchar -se me ocurre decirle, aunque no es verdad. Sé que es lo que ella se espera de mi.
Y hablamos de la plancha, de la cena, de su vecina, de la plancha, de la compra, de la comida, de su vecina, de la plancha, de la compra y de la cena.
A las seis en punto me levanto.
-¡Vete a tu casa y prepárale la comida a tu marido! -me dice- A los hombres hay que hacerles la comida!
Me callo, porque para ella yo no tengo nada más que hacer que ocuparme de la casa y cocinar. Para mi marido, por supuesto, porque ya se sabe que las mujeres no comemos.
Me callo, porque ya he hablado bastante, sin decir nada equivocado que pudiera hacerla enfadar, o ponerse triste. Y eso ya es mucho.
Me callo, porque el neurólogo me dijo que no hay que contradecirla.
Me callo.
Y el remordimiento ya está allí, justo detrás de su puerta, sofocando el suspiro de alivio que se me escapa al cerrarse.
Soy culpable, porque me da gusto huir hacia los plátanos que se mecen al aire, hacia los chicos que charlan riéndose por tonterías y los ruidos de los motores. Hacia el mundo de los vivos.
Soy culpable y me callo.


Silvia Zanetto

Las siete copas

Erase una vez una Ciudad Amurallada en el medio de la Llanura Ardiente, donde los veranos eran siempre muy calurosos y la gente solía desmayarse por el sofoco.

Juanito y Pepito, los dos niños gemelos de la joven viuda Encarnación, eran los únicos que lograban soportan el ardor vehemente del sol y seguían jugando al aire libre en calzoncillos.

Una mañana, mientras iban a la misa, los vecinos encontraron en la plaza de la iglesia siete copas de oro junto a una placa de metal que decía:

Con la copa de la fortuna tú darás:
riqueza y bienestar conseguirás
para ti y toda la población
de salud y de dinero un montón.
 
Con la copa de la muerte tú darás:
enfermedad y duelo encontrarás
en la ciudad ruina y destrucción
y cada uno pedirá perdón.
 
Solo agua en otras copas encontrarás.
Vamos a ver si valor tú tendrás:
si no te asustas frente a esa visión
podrás ganarte hasta un galardón.
 

El alcalde convocó a todos los ciudadanos y enseguida surgieron las discusiones, porque la mayoría de los vecinos querían que alguien intentara la suerte, pero nadie se atrevía a ofrecerse voluntario. Había también un pequeño grupo que se oponía, porque temía que el elegido pudiera escoger la copa de la muerte, pero al final fueron los partidarios de aceptar el desafío los que ganaron.
Los pequeños Juanito y Pepito fueron los únicos que se atrevieron a intentarlo.
Encarnación lloró, gritó, se rasgó las vestiduras, pero el alcalde aceptó de mil amores la oferta de los niños. – Además -comentó- son unos inocentes, así como se debe ser cuando nos enfrentamos a la suerte.
Primero, lo intentó Juanito: eligió una copa y bebió el líquido, que resultó ser simplemente agua. Encarnación, todavía llorando, lo abrazó, mirando fijo a su otro hijo.
Pepito también eligió una copa y bebió. Enseguida su cara se volvió blanca y el niño, con una voz terrible que no era la suya, gritó:
-He elegido la Muerte. Ahora la desgracia se va a abatir sobre nosotros, para castigar nuestra codicia y nuestro atrevimiento. -y se desmayó.
Todos se preocuparon por Pepito, pero él en pocos minutos se repuso y, al despertar, no se acordaba de nada y parecía ser el de siempre.
Los vecinos se alegraron y pensaron en una broma de mal gusto, así que todos se fueron a su casa comentando los hechos tan raros que habían presenciado aquel día.
La mañana siguiente, una horrible pestilencia había afectado la ciudad: no había casa en la que no hubiese pasado la Muerte ni calle en la que no se oyesen llantos y lamentos.
Solo la pequeña familia de Encarnación todavía no había sido afectada por la epidemia.
La Muerte, mientras tanto, vagabundeaba por la ciudad llevando por doquier su cara aborrecible y su hedor insoportable, armada de su hoz con la que cortaba cabezas al azar. Al atardecer, volvió a la plaza de la iglesia junto a las siete copas y esperó.
Los vecinos -los que todavía estaban vivos- acudieron también a la plaza en busca del alcalde, para exigirle que encontrara una solución.
El alcalde, que era un hombre con mucha experiencia del mundo y de la vida, pensaba que con una buena cantidad de dinero todo se podía comprar, así que dio esa orden:
-Vuelvan a su casa y busquen todo el dinero que tienen, el oro, la plata y cada cosa valiosa que poseen. Pondremos todo en común y se lo ofreceremos a la Muerte para que se vaya de nuestra ciudad.
Los ciudadanos aceptaron, los más ricos a regañadientes, y en poco tiempo ya habían recolectado bastante dinero.
-Señora Muerte -dijo el alcalde- esto es todo lo que poseemos. Se lo ofrecemos a Usted para que nos perdone y nos permita volver a nuestra vida…
La Muerte no habló, pero extendió su brazo sobre el montón de riquezas y ese desapareció.
Los vecinos se miraron los unos a los otros, los hombres tragando las lágrimas y apretando los puños, las mujeres arrancándose el pelo y estrechándose al pecho los niños más pequeños.
Pero en la última fila estaba un hombre silencioso, con ojos pequeños y llenos de rabia. Se acercó al alcalde y pidió permiso para hablar.
– Llorar no sirve para nada, vecinos -dijo-. Tampoco ha servido el dinero. Yo os digo que, si de verdad queremos ganar esta guerra, tenemos que combatir con las armas.
Nadie reparó en la mueca sarcástica de la Muerte al oír estas palabras. Caballeros y campesinos volvieron otra vez a su casa, para sacar los unos las espadas y los otros los horcones, para combatir contra ella.
-¡Que empiece la batalla! – ordenó el alcalde, pero los golpes de los combatientes no lograron golpear a la Muerte.
-¡Más fuerte! ¡Más fuerte! – gritaba el hombre de los ojos pequeños, mientras se lanzaba a la batalla con todo su ardor. Todos combatieron con uñas y con dientes, pero solo lograron herirse el uno al otro: la Muerte se escurría de un lado a otro, fluctuando por el campo de batalla.
Madres y esposas se ocupaban de sus familiares heridos, mientras los demás, agotados, se secaban el sudor. Por fin, también el hombre de los ojos pequeños se sentó en el suelo y se echó a llorar.
En la plaza había también un hombre que no había participado en la batalla ni en la colecta. Llevaba un traje de color rojo, azul y amarillo y un llamativo sombrero en la cabeza. Todos lo conocían: era el malabarista, que en varias ocasiones había alegrado las tardes de fiesta en la Ciudad Amurallada. Pero ese no era un día de fiesta. Y, a pesar de todo, el malabarista seguía con su habitual sonrisa de escarnio.
-Señores, el dinero y la fuerza no pueden con la Muerte -empezó-. La Muerte es engañadora, lo sabemos todos. Así que la única manera de ganarla es usar sus mismas armas. Tenemos que estafarla, y yo puedo hacerlo -concluyó.
-No me vengas con rodeos -le dijo secamente el alcalde. -Si conoces una solución, haz algo.
El malabarista se acercó a las siete copas, las escudriñó durante un tiempo y eligió la copa de la muerte, en la que había bebido Pepito, donde aún había un poco de líquido.
-Señora Muerte -dijo- la copa de la suerte todavía está aquí. ¿No le gustaría a Usted probarla?
Los vecinos le miraban musitando entre sí.
La Muerte cogió la copa, bebió y de su boca salió un furioso viento de fuego que aniquiló al malabarista. Solo quedó su ridículo sombrero en el medio de la plaza.
-Eso tenía que pasar -dijo el alcalde.- Pero ahora, después de estos tres intentos fracasados, ya no sé qué hacer.
-¡Yo lo sé! -exclamó Pepito. Fui yo el que bebió en la copa equivocada, así que soy yo él que tiene que solucionarlo.
Encarnación intentó bloquearlo, pero el niño se le escapó de entre los brazos y corrió hasta la copa de la muerte.
-Tengo que beber otra vez de esta copa, para que nos libremos de la maldición.
-¡No lo hagas! -gritó Encarnación. -No te me mueras, hijo: me inmolaré yo por ti! -y arrancándole la copa de las manos bebió hasta la última gota.
Entonces, todo fue luz en la Ciudad Amurallada y en la Llanura Ardiente: el Sol volvió esplendente en plena noche, el montón de dinero de la colecta reapareció delante de la iglesia, los heridos en batalla fueron sanados y de las casas paulatinamente empezaron a salir los que la Muerte había matado con su hoz, sonrientes y con muy buen aspecto. Encarnación, estrechando en los brazos sus dos hijos, besaba al uno y al otro, loca de felicidad.
Entonces, la Muerte se fue, pero antes masculló unas palabras al oído de Pepito:

Lo que no pudo obtener la riqueza
ni de los hombres la gran entereza,
lo que no pudo lograr el engaño
que a los demás solo hizo gran daño
 
Todo lo pudo de madre un amor
así que librense de ese dolor!
 


Silvia Zanetto

Solo cuatro minutos

Por la mañana me despertó el sonido de la lluvia. O, a lo mejor, fue ese dolor sordo en lo profundo de las entrañas. No sé.
Una luz gris amarillenta se insinuaba entre las muescas de la persiana.
Lluvia, el último día de vacaciones.
Lluvia sobre la playa, golpeando el matorral, lluvia mojando los cristales de esa anónima habitación de hotel que al día siguiente dejaríamos.


– ¿Cómo estás? -me preguntó él, todavía con voz de sueño- ¿Hay novedades?
– No lo sé, todavía no me he levantado. Me siento como ayer, muy cansada, con dolor de pecho y de barriga. Y llueve, además.
Me miró con ternura, acariciándome la mejilla. Cuando habló, su voz era firme.
– Creo que ya es hora. Tienes que hacerlo hoy mismo.
– Quizás tengas razón -mascullé.
Y de verdad no soportaba más esa espera: diez días no eran pocos. Me levanté, abrí la ventana y dejé entrar el aire, húmedo y frío. Busqué un jersey en el cajón y me fui al baño. Ya sabía que no habría novedades.

Por la tarde, salí de la farmacia con mi tesoro en el bolso.
Ya no era la primera vez, ya tenía a mi cargo un montón de decepciones. Mías y suyas, por supuesto. No quería defraudarlo otra vez. No quería seguir siendo una mujer inútil.
Había dejado de llover y decidimos dar un último paseo por la playa. Delante de un mar desencadenado, tan diferente al mar domesticado para los turistas al que estamos acostumbrados, el viento nos golpeaba con el olor a sal y la fragancia del mirto y del eucalipto. No había nadie más en la playa.
Caminábamos cogidos de la mano, sin hablar.
Entonces él se paró y me tomó la cara entre sus manos: no estaba maquillada y el aire me revolvía el pelo.
– Pareces una chiquilla -me dijo.
– Pero tengo cuarenta -contesté.
– Todavía no es tarde. Ven, volvamos al hotel.

Una delicada luz rosada alumbraba la habitación, que me pareció de repente menos anónima y más acogedora.
Todo iría bien, esta vez.
Cogí el paquete del bolso y me dirigí hacia el baño.
Un inesperado sosiego me envolvió como una manta tibia. Todo iría bien.
– Y ¿ cuánto tiempo… ? -empezó él.
– Cuatro minutos -contesté con una sonrisa- Solo cuatro minutos.


Silvia Zanetto

Ma Francesco dov’è

Su ausencia me destroza, me sigue por la calle, como si fuera el ruido de pasos enemigos que se acercan y me asustan.

¿ESCRIBIR UN LIBRO EN TRES MINUTOS?

En estos días en los que acabo de publicar mi último libro, a menudo me plantean esta pregunta: “¿Cuánto tiempo has tardado en escribirlo, realizar los dibujos, encontrar una editorial y publicarlo?” Y mi respuesta siempre es: “Tres minutos”.

Nadie me cree, por supuesto, pero es que yo puedo demostrarlo.

Pero venga, pongámonos un poco más serios…

En realidad, como siempre me pasa al emprender un libro, el primer paso fue una casualidad: un cuento que escribí para participar en un concurso para el Día del Libro en el Instituto Cervantes de Milán. Se trataba de escoger una imagen y escribir una breve historia sobre el placer de la lectura. En español, por supuesto.

Así que fue en español en la lengua en la que escribí las primeras lineas, sin sospechar mínimamente que ese pequeño cuento, que ahora van a leer, se convertiría en un libro.

UN BICHO RARO

-Francisco,¡eres un bicho raro! -eso es lo que me dicen.

Es por lo del fútbol. A mis compañeros no les parece normal que a un chico de diez años no le guste darle patadas a un balón, revolcarse en el barro, pelearse con los demás y volver a casa sucio y sudoroso.

Incluso los grandes dicen que soy un niño difícil y se preocupan por mí, porque piensan que tengo pocos amigos y nunca juego al aire libre. A veces mis padres me llevan al parque con mis hermanos, pero yo me llevo un libro y me pongo a leer en mi sitio favorito: tendido en el césped a la sombra de un roble.

-Es que estoy preocupado por él -le comentó un día mi padre a la maestra Luisa-. No hace nada más que leer.

– Bueno, no hay de que preocuparse por eso -contestó la maestra, abriendo en una sonrisa sus labios suaves pintados de rosa-. Francisco es un niño sensible, tiene mucha fantasía, escribe textos muy buenos… A lo mejor, ¡ su hijo se convertirá en un gran escritor!

-Pero señora Luisa, puede que usted tenga razón, pero…¿Y las amistades”? ¿Las relaciones con los demás? Francisco siempre está solo, no juega con otros chicos, habla poco… me parece que para él la lectura se ha convertido en una manera de huir de la realidad. Me temo que todo eso lo vaya a convertir en una persona infeliz.

Pero yo no: yo no soy un chico infeliz.

Es más: creo que mi vida es de lo más interesante. Son ellos los que no entienden que la vida de los libros es tan apasionante como para olvidarse del aburrimiento de la vida real, tan monótona, en la que nunca pasa nada extraordinario.

Yo tengo mucha suerte, porque puedo vivir un millón de vidas.

Leyendo un libro, viajé por el tiempo y combatí contra los dragones; en otro me pasé toda mi vida sobre los árboles; releyendo un viejo librito con extrañas ilustraciones, viajé de un asteroide al otro y me encontré con personajes de lo más estrafalario; en otros conseguí hechizar con un sortilegio a mis enemigos, salvar a doncellas en peligro, volar sobre una escoba o cabalgar a Fújur; descubrí que puedo encontrar cosas maravillosas si voy por un camino del que todos dicen que no lleva a ningún lugar y al final ¡logré ganar una fábrica de chocolate!

En cambio, mis amigos viven una sola vida: mamá, papá, la escuela, los deberes, la tele y, por supuesto, el fútbol. Y nada más.

Pero hoy hay partido en mi colegio. Todos los alumnos tienen que participar, pero yo no tengo ganas. Por eso estoy aquí, escondido en la biblioteca de la escuela, tendido sobre un estante y leyendo mi libro favorito. Estoy seguro de que la maestra Luisa lo sabe, a pesar de que yo no se lo he dicho, pero no va a contárselo a nadie.

Además creo que, si cierro los ojos bien fuerte, poco a poco la magia se hará realidad : me volveré liviano, transparente, y finalmente desapareceré en las páginas del libro, protegido por los caballeros de la tabla redonda, escondido en la gruta del rey del trueno, invisible gracias a un anillo o bajo una capa. El entrenador nunca me va a encontrar.

Y aquí me quedaré, en el mundo de la Fantasía, escondido para siempre.

O, al menos, hasta que termine el partido.

¿Y luego?¿Qué pasó entonces?

Después de un tiempo me di cuenta de que la historia de Francisco podía seguir, con su maestra Luisa y todos sus compañeros de clase, porque había mucho más que contar.

Sentí el deseo, precisamente en el momento en que decidí dejar mi trabajo como profesora, de enviar un mensaje a las nuevas generaciones a través de la literatura fantástica, escribir un libro divertido, lleno de situaciones fantasmagóricas, de lugares irreales pero que hacen reflexionar sobre aspectos reales de nuestra vida y problemas de nuestro mundo a los que, en un futuro, nuestros niños tendrán que enfrentarse.

Así que… aquí estoy, con mi nuevo libro y muchas ganas de hablar de él.

Por eso el viernes que viene, hablaremos de él, y mucho… Para los amigos del Cervantes que viven cerca de Milán, los espero en la presentación de Legnano. Para los demás, tendrán que conformarse con las fotos y los vídeos de la velada…


Silvia Zanetto

Mentiras

Su ausencia me destroza, me sigue por la calle, como si fuera el ruido de pasos enemigos que se acercan y me asustan.
Desde hace horas estoy caminando sola por los barrios de una Venecia que los turistas no conocen, buscando mis recuerdos e intentando alejarme de ellos.
Pero su ausencia por fin me alcanza, me agarra las piernas, las quiebra y me hace caer derrotada sobre los peldaños de un puente.


Yo creía que solo podría sufrir así por un hombre: sé que el amor tiene bastante vigor como para partirme el corazón y dejarme sin fuerzas. En cambio, ahora es la ausencia de Lucía la que me derrumba y me deja agotada, sin aliento.
Lo sé: habría tenido que llamarla otra vez.
Si hubiera sido un hombre, lo habría llamado, olvidándome del orgullo y de todo.
El agua del canal es turbia, grisácea, debe de ser fría… por un momento me imagino como sería dejarme caer hasta el fondo.
A veces los canales de Venecia reflejan los colores alegres de las casas, en un juego de imágenes que hacen aparecer una segunda ciudad igual aunque opuesta a la de verdad. Pero hoy no: hoy una niebla húmeda y pálida cubre la ciudad, impregnada de ese olor a podrido que siempre me deslumbra y al mismo tiempo me repugna.
No me acuerdo exactamente las palabras que dije a Lucía, cuando me llamó: sólo me acuerdo que fue muy difícil encontrarlas al principio, y aun más difícil controlarlas después.
Hay un barco en el canal, parece abandonado a su destino, como yo. Dos señoras ancianas charlan y se cogen del brazo: hablan de sus nietos, de la compra y de pequeñeces: dos amigas, como éramos Lucía y yo.
Decido volver atrás y alcanzar los barrios llenos de turistas con sus cámaras insaciables. Miro la laguna abrumada y me abandono a la profunda quietud del espacio que se extiende delante de mis ojos y a los recuerdos que flotan a mi alrededor.

Teníamos diecisiete años: era el tercer año del bachillerato, y vinimos de viaje escolar justo aquí.
Mi corazón se había quebrado por Mauricio en mil pedazos de vidrio, y yo tenía cortes en las manos por intentar arreglarlo.
En cambio, Lucía paseaba por la orilla cogida del brazo de Gabriel, tan tranquilos que parecían un matrimonio de ancianos.
Las dos habíamos descubierto el amor, pero de una manera muy diferente. Eso no nos alejó, sino que nos unió todavía más y nos hizo más amigas. No sentía ninguna envidia por ellos, por el afecto sosegado que demostraban, mientras que yo me moría para obtener una sonrisa, una mirada de Mauricio, regalada como una limosna…
Había aprendido a amar con desesperación y la tranquilidad de un cariño seguro no me interesaba.
Lucía y yo éramos tan amigas que nunca un chico – o un hombre – podría separarnos. Claro, nos gustaban tipos diferentes, pero entonces estábamos convencidas que nuestra amistad era más fuerte que el amor, más fuerte que todo.

Han pasado años. Decenas de años.
Ahora, Gabriel es el padre de sus hijos; Mauricio es sólo una pequeña cicatriz escondida.
Hice otros viajes, me enamoré demasiadas veces, y ahora tengo un hombre a mi lado. Pero nunca encontré otra amiga. Conozco a varias mujeres simpáticas y agradables, con las que me gusta pasar un rato charlando, pero mi amiga siempre fue ella, Lucía.
Pensándolo ahora me parece raro, porque, como es natural, con el tiempo me alejé de aquella idea que la amistad era lo más importante de todo.
Me enamoré de muchos hombres en mi vida: Mauricio, con una pasión juvenil que me dejó agotada, Daniel, con un cariño cada día más débil que acabó convirtiéndose en un largo aburrimiento, Esteban, con una inconsciencia loca que me regaló por un par de meses la ilusión de ser invencible… y otros que el tiempo ha arrastrado hasta el olvido. Y por fin Pablo, mi marido, con el que aprendí que era posible sentir pasión y ternura por el mismo hombre.
Mientras tanto, ella se hizo novia de Gabriel, se casó con Gabriel, tuvo dos hijos con Gabriel, celebró decenas de cumpleaños y aniversarios con Gabriel.
Pero las dos seguíamos intercambiándonos llamadas, contándonos nuestros secretos, ayudándonos de cualquier manera… o eso creía yo.
Sin embargo, un día Lucía, sin decírselo a nadie, decidió buscar otro mundo, el que había atisbado en la calle, a lo mejor delante de la escuela de sus hijos, o en el gimnasio donde solía ejercitarse, o entre los amigos de Gabriel… ¿Quién sabe?
A mí nunca me contó nada.
Hace unos diez días recibí aquella dichosa llamada:
«Ana, necesito tu ayuda…»
No había nada raro en eso: siempre quise ser una buena amiga para ella, siempre estuve dispuesta a echarle una mano. Lo raro era su voz.
«Podrías… ¿podrías decirle a Gabriel que voy a ir con vosotros a Venecia el próximo fin de semana?»
«¡Qué bien! Entonces, ¿vamos los cuatro? Yo tenía entendido que Gabriel tendría que trabajar…»
«Pues sí. Gabriel tiene un compromiso».
«Entonces… ¿vas a ir tú con nosotros?»
«Sí…. bueno, no. Eso es lo que tendrías que contar a Gabriel…»
«¿Y tú dónde vas?» le pregunté como una tonta. Todavía no acababa de entender.
Ella no contestó.
«¿Con quién?»
Otra vez no me contestó.
«Lucía…»
«Ana…» murmuró después de un largo silencio «Yo creía que me entenderías.»
«No sé de qué me hablas» contesté sorprendida.
«Creía que me entenderías» repitió, tozuda.
Todo el mundo dice que la mentira es más divertida, pero con un par de verdades puedes dejar a cualquiera callado. Así me quedé yo, cuando la verdad que ella nunca me contó me dejó muda, sin poder soltar palabra. No podía, no quería entender. ¿No era yo la más inquieta, la más pasional, la que no podía renunciar, de vez en cuando, a poner patas arriba su vida y a veces incluso la de los demás? ¿No era ella, Lucía, la más tranquila, la más reflexiva, la esposa y madre casi perfecta? Y ahora, ¿qué me estaba pidiendo? ¿Que cubriera su engaño, que mintiera a Gabriel, a quien conocía desde que éramos chicos y que era como un hermano para mí?
Otra vez me engañé, pensé que fuera un malentendido: si se hubiera enamorado de otro hombre, Lucía me lo habría dicho, éramos tan amigas, nos lo contábamos todo…
No me acuerdo exactamente las palabras que le dije: sólo que fue muy difícil encontrarlas, al principio, y aun más difícil controlarlas después. De eso me acuerdo muy bien: le contesté que no, por primera vez en mi vida.
Después no pude callarme, le eché en la cara que no me lo hubiera contado, le hice un montón de preguntas, la acusé de ser inconsciente e irresponsable: no supe pararme y hablé demasiado: al fin y al cabo, la amiga impulsiva siempre había sido yo.
Fue entonces que me soltó a la cara todo su veneno:
«¡Ahora te has convertido en una santa! Con todos los hombres que has tenido y ¡te atreves a juzgarme!»
¿Por qué me ofendió de esa manera? Me llamaba para pedirme ayuda, una ayuda imposible para mí, y a cambio quiso humillarme tanto…
Pero mi cuchillada fue igual de profunda:
«No soy una santa, lo sé. Pero ¡nunca he mentido, nunca he traicionado!»
Ella colgó el teléfono.

Lo sé: tendría que llamarla otra vez.
«Creía que me entenderías» me había dicho, pero yo no supe comprenderla, no fui capaz de abrazar a mi amiga, a mi hermana, por primera vez en el mismo lado del universo del amor. No conseguía pensar en otra cosa que en lo que me había pedido y en la mezquindad con la que me había acosado.
Tendría que esperar unas horas, dejar que nos calmáramos las dos y luego llamarla otra vez. Pero no lo hice.
Después de unos días, me envió un email:

Hola Ana –me escribió, y no «querida Ana»– Hay muchas maneras de entender si las amistades son verdaderas: creo que he valorado la tuya hace unos días.
No ha sido porque me has contestado que no: puedo entender tus escrúpulos, tu amistad con Gabriel, el miedo que él te descubra y te considere culpable, tus reglas morales… puedo entenderlo todo.
Lo que me ha herido profundamente ha sido la falta de sensibilidad que has demostrado… Ni siquiera me has preguntado como estoy, si es difícil para mí, si estoy sufriendo…
¿Acaso piensas que yo estoy bien?
No quería echarte en la cara tus amores pasados, sino buscar en ti a una persona que podría comprenderme, por haber conocido a lo largo de su vida el amor en todas sus formas. Por eso, creí que me comprenderías…
Con toda sinceridad: estoy convencida de que, si hubieras querido borrar las palabras crueles que nos dijimos, me habrías buscado. Si te hubiera importado de mí, me habrías llamado.
Creo que no hay nada más que decir.
 

A mí siempre me ha gustado mirar a la cara a las personas cuando les hablo, para descubrir sus reacciones en la expresión de los ojos. En cambio, a ella le gustaban las cartas, porque decía que cuando una persona escribe puede releer, cambiar, borrar, para evitar los malentendidos. “La escritura es la amiga de la prudencia” decía.
Así que en su carta no cabía la menor posibilidad de malentendidos: era una puerta cerrada con pestillo.
Le escribí enseguida una respuesta, pero era demasiado tarde.
Le pedí perdón, admití todas las culpas, pero era demasiado tarde.

Así, ayer por la mañana Pablo y yo partimos para Venecia.
“¡Qué lástima que Gabriel y Lucía no hayan podido venir con nosotros!” dijo él.
“Pues sí, una verdadera lástima” contesté. Quería contárselo todo, pero todavía no había encontrado el momento y el valor para hacerlo.
Al salir de un museo, cuando encendimos los móviles, los dos encontramos una decena de llamadas sin respuesta de Gabriel.
El día despejado se estaba diluyendo en un cielo rojo y naranja, de fuego.
De repente entendí lo que había pasado: ella le había contado a Gabriel que se iría con nosotros, aún sin mi complicidad.
“Voy a llamarlo enseguida, le habrá pasado algo” dijo Pablo.
“Espera, antes tengo que decirte una cosa…” contesté. Pero no tuve ni siquiera el tiempo: Gabriel llamó a Pablo otra vez. Estaba desesperado, gritaba como un loco: “Lucía está en Venecia con vosotros, ¿Verdad? ¿Verdad Pablo? ¿Está allí? ¿Está bien?
La cara tan guapa de mi marido se retorció en una mueca irreconocible, donde risa y susto se confundían hasta desembocar en una expresión de profunda angustia.
“Ha venido la policía, me han dicho que ha habido un accidente, en la montaña, y que Lucía ha… Pero es un error, ¿verdad? ¿Lucía está bien, está en Venecia con vosotros, ¿verdad, Pablo? ¿Está allí con vosotros?

Pablo ha decidido partir enseguida para estar cerca de Gabriel, yo he preferido quedarme todavía un poco, volveré mañana con el tren.
¿Cómo podría ahora enfrentarme a él? Por suerte, Pablo aún no sabía nada… ¿Pero yo? Qué le voy a contestar, cuando Gabriel me plantee todas las preguntas que a poco a poco se le ocurrirán?
Ni siquiera sé si iré al entierro de Lucía… creo que, al fin y al cabo, ella preferiría que no. Pero claro que iré: lo haré por Gabriel, por sus hijos, por Pablo… por todos los que todavía creen que éramos las mejores amigas, para guardar las apariencias en una situación en la que ya no queda remedio.
El agua en los canales está gris, fría como el hielo que alberga mi alma; la luz del día se desvanece hasta desaparecer.
Venecia en invierno es así: a veces te encadena, a veces te embruja.

Y aquí quiero perderme todavía un poco antes de volver, antes de que esta tarde húmeda y grisácea pueda borrar mi recuerdo más antiguo: Lucía y Gabriel a los diecisiete años, cogidos del brazo, que paseaban por la orilla…


Silvia Zanetto

Cristobal Colón el estafador

Buenos días señoras y señores
Me llamo Loco De Mamarrachos y soy profesor de historia medieval, medio occidental y medio fantástica de la Universidad de Quiénsabedonde.
Hoy tengo el inmenso placer de presentar a este ilustre público el libro que acabo de publicar, titulado “Cristobal Colón el estafador”.
Este epíteto, referido a un héroe nacional, puede que les sorprenda, pero yo sé fehacientemente que Cristobal Colón nunca descubrió América, sino que, después de un par de semanas de navegación, naufragó en las Islas Canarias y, como se había llevado un susto terrible, decidió no seguir con la empresa de buscar el Levante por el Poniente. Así que se quedó en un hotel de Tenerife en la Playa de Las Américas, que ya tenía este nombre por un motivo que les voy a explicar dentro de poco en el curso de mi disertación. Después de un tiempo que le pareció razonable, volvió a la corte de Isabel la Católica jactándose como si hubiera llegado a las Indias, sin que nadie se diera cuenta de que eran todas mentiras.
Alguien podría objetar que Cristobal Colón ofreció a los Reyes pruebas irrefutables de su llegada a otro continente. Efectivamente, es incuestionable que Colón llevó a la corte española animales y plantas que en Europa no existían.
Sin embargo, ya hace tres años, mi apreciado compañero de trabajo y de estudios Tonto Mayor explicó en su famosísimo tratado “Los navegantes canarios” que cabía la posibilidad de que los canarios hubieran llegado a América al menos un siglo antes que Colón.
En el curso de mis estudios, durante estos tres años, he recogido muchas pruebas que pueden demostrar que esta ya no es una teoría, sino un conocimiento cierto. Para empezar, en un cementerio de Santa Cruz de Tenerife del siglo XIV los arqueólogos han descubierto papeles para envolver chocolatinas, vasos de “nutella”, latas de tomates y maíz, e incluso unos paquetes de fiambre de pavo.
Así que queda demostrada la teoría de Tonto Mayor, o sea, que los Canarios ya habían importado de América estos productos.
Además, yo mismo he descubierto un cuaderno de bitácora de un vecino de La Laguna, Amerigo Vespucci, que cuenta con pelos y señales todos los acontecimientos de su primer viaje a América en 1324.
Por eso, América lleva su nombre; asimismo la Playa de Tenerife que todos conocen se llama Playa de las Américas para celebrar la empresa del canario Amerigo Vespucci.
Dicho de otro modo, Colón engañó a Isabel la Católica y se arrogó el mérito de una hazaña que nunca había cumplido, de tal forma que ella le financió otros tres viajes. Así pues Colón veraneaba en las playas de Tenerife, tomando el sol y bebiendo Coca Cola (que también los Canarios habían importado de América), mientras que los Reyes Católicos, como eran muy católicos, rezaban por él todos los días porque se creían que estaba poniendo en peligro su vida en el medio del Océano.
De cualquier forma, todos saben que después de un tiempo Colón perdió el favor de los Reyes y tuvo que marcharse de la Corte, de ahí que decidiera retirarse al chalé con piscina que se había comprado en la Playa de las Américas, donde vivió muchos años de jubilado, libre de preocupaciones.
Lo único que le dolía era que en las Canarias nadie se creía sus patrañas..


Silvia Zanetto

Hasta que nos parezca tarde

Mi madre, por supuesto, no estará de acuerdo, pienso, mientras pongo lo esencial en una maleta.
Nunca lo estuvo: desde el principio él no le cayó bien.

A mí, en cambio, me gustó enseguida.
Ni siquiera me fijé en el color gris de su pelo y de su barba. Me deslumbró la luz oscura que vi brillar en sus ojos mientras me hablaba de su viaje a Africa. Me encantaron las palabras verdes y azules de ríos y valles lejanos, que su voz me acercaba y me permitía ver.
Me sedujo su mirada, en la que atisbé en un solo instante toda la vida que yo ni siquiera había imaginado, y que entera estaba allí, en su primera sonrisa.
Todo en él prometía una existencia diferente: su sombrero de viajero, que no se quitaba ni en casa, su camisa arrugada que siempre parecía recién sacada de una maleta mal hecha, los gestos anchos de sus manos que me llevarían de mi sosa vida hasta un mundo desconocido…
Creo que fue un flechazo. Ni siquiera tuve el tiempo de olvidarme de los chicos que había frecuentado antes, no hizo falta: ya no existían, mi vida anterior no existía. Si me hubiera parado a pensarlo, me habría dado cuenta de que a ellos les había entregado sólo la cáscara de mí misma.
Al principio, él se enamoró de mi amor, del halago que le producía verme tan hechizada, de las tardes delante del fuego, de los paseos por la orilla del río, siempre escuchándole. Pero una tarde me tomó la cara entre sus manos, fuertes y cálidas, y me dijo -Ahora, habla tú.
Y eso fue el amor.

-Pero, ¡Gabriela! ¡Si es más viejo que tu padre! -me regañó mi madre. -¿Qué pretendes hacer de tu vida? ¿Hacer de enfermera? ¿Quedarte viuda pronto? ¡Con lo joven y guapa que eres! ¡Con la de pretendientes que tienes, y tú vas a salir con ese… ese anciano! -me escupió en la cara.

Por eso, ahora me voy.
Todo lo más, mi madre se enfadará conmigo, con él… en fin, ¿qué más da? Por nada que le diga, siempre se irrita: por una vez, tendrá una buena razón para enojarse.
Me voy sin despedirme, llevándome solo unas pocas cosas en una maleta pequeña.
Grandes serán los paisajes de viento y de sol que atravesaremos juntos; largos serán los días cabalgando en los del desierto, mirando el horizonte; lentas serán las tardes, sentados en el porche, esperando la puesta del sol detrás de las acacias…
Hasta que nos parezca tarde.


Silvia Zanetto

Palio di Legnano

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-11.jpg
“LA SAGRA DEL CARROCCIO” o “PALIO DI LEGNANO”



“LA SAGRA DEL CARROCCIO” o “PALIO DI LEGNANO”

Si hay un acontecimiento histórico que identifica Legnano en toda Italia, es la victoria de la Lega Lombarda contra el Emperador Federico I de Svevia, más conocido como Federico Barbarossa.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-10.jpg

Por eso, el turista que se encuentre en Lombardia durante el mes de Mayo no puede dejar de pasar un domingo por esa ciudad, donde cada semana tendrá la oportunidad de asistir a uno de los actos que constituyen la muy conocida Sagra del Carroccio, llamada también Palio di Legnano, que se celebra cada año para conmemorar la batalla.

El combate ocurrió justo en los alrededores de Legnano el 29 de Mayo del año 1176, y decretó la superioridad de los municipios de Lombardia sobre las pretensiones del emperador que quería someterlos, quitándoles los derechos que habían adquirido a lo largo de decenas de años.

Los apasionados de historia que estén interesados en los detalles sobre los acontecimientos de aquel día, tendrán toda la posibilidad de informarse durante los varios actos.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-21.jpg

Para la mayoría de los turistas, familias y niños, no faltarán las oportunidades de disfrutar de esa inolvidable experiencia: un viaje a través del tiempo que les permitirá transcurrir una entera jornada en plena Edad Media, entre damas y señores a caballo, artesanos y campesinos, guerreros listos para batallar, chicos y niños, todos infundados en trajes realizados según el estilo de la época, después de un riguroso estudio histórico.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-3.jpg

La celebración principal se desarrolla en el último fin de semana de mayo, el más cerca de la fecha del 29 de mayo, día del combate. Para entender mejor el espíritu batallador, además de cultural y de diversión, de las celebraciones, tendremos que conocer algo sobre los ocho barrios (le contrade) de Legnano:

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-42.jpg

Cada contrada tiene su propia sede, que se llama Maniero, su capitán y su castellana, o sea la señora del castillo, pero sobre todo su caballo de carrera y su jinete profesional, que tendrán que ganar el “palio”. La contrada que logrará el premio, obtendrá el gran honor de alojar en su iglesia principal la Cruz de Ariberto de Intimiano, la que, según narra la leyenda, estaba en el Carroccio durante la afamada batalla.

El último viernes de mayo, por la tarde, merece la pena asistir en el estadio comunal a la Provaccia, o sea una carrera de caballos a la que acude todo el mundo, porque todos los parroquianos son muy fanáticos de su barrio, pero solo sirve como prueba y no tiene ningún valor para la asignación del premio. Es más: la tradición popular dice que la contrada que gana esta prueba nunca gana el verdadero Palio, el del domingo.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-52.jpg



El sábado por la tarde, en cada Maniero se celebran las cenas propiciatorias de cada contrada: los parroquianos cenan juntos, normalmente se visten con los colores de su propio barrio y ensayan canciones para incitar a su jinete y burlarse de los demás, para cantarlas durante la carrera del día siguiente.

Lamentablemente, hay que ser parroquianos para poder asistir a esa cena, pero los turistas no podemos perdernos las celebraciones del domingo:

Por la mañana, en la plaza principal de la ciudad se celebra la misa y, durante la función religiosa se presentan al obispo los caballos que van a disputar la carrera por la tarde, para que él les dé su bendición. Al final se dejan libres tres palomas blancas y se observa su rumbo, porque la tradición dice que las aves se dirigen hacia la contrada que va a ganar el Palio.

El desfile histórico es el acontecimiento más renombrado de toda la Sagra. El cortejo empieza a las tres de la tarde, pero se aconseja llegar muy pronto para poder aparcar el coche y encontrar un buen sitio para gozar del deslumbrante espectáculo. De todos modos, el desfile sigue un recorrido bastante largo por las calles de la ciudad y todos podremos disfrutar de la magia de la atmósfera medieval que se crea.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-111.jpg



Los personajes que desfilan a pie y a caballo son más de 1200 y representan todas las clases sociales de la época. El cortejo sigue un orden muy riguroso, según el número de victorias de las que cada contrada puede presumir. La última es la que ganó el Palio el año precedente. Y no podemos olvidarnos del protagonista de la batalla, el Carroccio o sea un carro donde un cura celebraba la misa durante la batalla, para invocar la ayuda de Dios e incitar a los guerreros. De ese carro precisamente procede el nombre de la celebración.

Como siempre, es el final el que nos reserva las emociones más fuertes: la corrida de La Compañía de la Muerte, que según narra la leyenda, llegó justo al final de la batalla para ayudar a los guerreros de la Lega Lombarda.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-81.jpg



No nos vamos a arrepentir de los pocos euros gastados si decidimos gozar hasta el final de este glorioso día e ir al estadio comunal para asistir a la carrera de caballos. Lo más espectacular es el público, formado por los aficionados de las ocho contrade que expresan todo su entusiasmo con cantos y gritos, banderas y ropa del color de su barrio. Los caballos se desafían de cuatro en cuatro, luego hay una carrera final que va a decretar el ganador. Y, si todavía no estamos cansados, podremos acudir al Maniero de la contrada ganadora, donde la fiesta durará hasta las tantas.

Entonces, ¿qué estáis esperando para disfrutar de esta experiencia espectacular?

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es carroccio-9.jpg

Silvia Zanetto

Manos blancas

MANOS BLANCAS

La mujer es un grumo negro de tormento.
Sólo las manos son blancas, de pálida cera, se agarran con tenacidad al ataud cubierto de flores níveas.
-¡Hijo! -chilla la mujer- ¡Hijo!
Su grito repite hasta el infinito la eterna angustia de la Mater Dolorosa, la injusticia cruel que desgarra a una mujer en el profundo de su entrañas.
Luego, la suave violencia de manos amigas arranca la madre de su amor descuajado, de su Cristo perdido. En el silencio inmenso, sólo queda el eco de sus sollozos.
El aire es de hielo.
Nosotros, ni siquiera nos atrevemos a llorar.

CONTRASTES

Suelo saborear cada fragmento de mi existencia: un trozo de pan con miel, el aire que acaricia la cara, pedalear alegre camino a casa…
Pero hoy no.
Hoy no vivo: espero. Hago cosas.
Lleno de compromisos las horas que me faltan para la cita.
Una enfermera distraída y sonriente me entregará el sobre. Mi aspecto será impasible, pero mi alma chillará: -¿Por qué demonio sonríes, tonta? ¿No sabes qué es lo que me estás dando?- Mis labios sólo murmurarán: – Gracias.
-¡Cuánto amo la vida! -explotaré gritando en mi perfecto silencio.
Luego, buscaré un rinconcito tranquilo y abriré el sobre.


Silvia Zanetto

Viajando entre páginas y comarcas: Silvia Zanetto

Biografía

SILVIA ZANETTO (Venezia 1961)

Me dicen que, para convertirme en una bloguera, tengo que escribir mi propia biografía.

No va a ser fácil, si no quiero aburrir desde el primer día a mis nuevos lectores, porque en mi vida no han pasado cosas excepcionales o novelescas.

Así que tuve que inventármelas, desde el principio.

Aprendí a bucear en los libros, a sumergirme en historias de las que podía salir solo para enfrascarme en otras. Y tomé el vicio de escribir desde niña: decidí pertenecer, cuando todavía era inocente, a la secta de los inquietos que no se conforman con leer, sino que también quieren escribir -bien o mal, no importa- sus propias historias.

En la primaria, componía pequeñas escenas de teatro que solía representar con mis amiguitas durante la fiestas de Carnaval. El colegio fue la época de los poemas, de los que el respeto por mí misma me impide hablar más. Luego vinieron los cuentos cortos, y con el pasar del tiempo me di cuenta de que lo que escribía no estaba tan mal y seguí mejorando.

Con un poco más de dinero en el bolsillo, a los viajes por el mundo de la fantasía se sumaron los viajes reales: por Italia y por Europa, al principio; pero llegué también alguna vez a traspasar las columnas de Hércules y a vislumbrar mundos tan lejanos del mío que soñé con no volver nunca y reescribir mi propia historia allá, donde el azul del cielo es diferente.

Mi vida profesional fue mi auténtico oxímoron existencial: un gran amor a la enseñanza y a los estudios que no encajaba con la repulsión hacia el papel de profesora en el que yo no podía caber.

¿ Y ahora?

Ahora soy una “chica” con bastante experiencia de vida, pero no dejo de luchar por mis sueños.

Acabo de escribir mi quinto libro.

Soy la desempleada más ocupada que yo conozca.


Silvia Zanetto