A lo largo del camino

Andrés iba a pie hacia su destino, Finisterre, reflexionando se dio cuenta de que existían muchas rutas que llegaban a Santiago; estaba cansado después de recorrer numerosos caminos y el sol le excavaba surcos en la frente. Pero no tenía prisa por llegar, entonces decidió descansar un poco y se paró al lado de la fuente del vino en la Rioja. Bajo un árbol de tamariscos que perfumaba el aire, confundiéndose con el olor del salobre era perfecto, había un poco de viento y aún tenía en el bolsillo la vieira del año pasado.

La fuente tenía dos caños, uno con agua y otro con vino tinto.

— El que te calma la sed, está bueno, el otro está envenenado — le dijo una señora que se le apareció de repente, sentada detrás de la planta. Era una viejecita vestida de luto con una débil vocecita oxidada y una cara que parecía un cráneo. — Sí soy yo, estaba esperándote. —

— ¿Por qué he hecho un esfuerzo tan grande para encontrarme a mí mismo? — pensó.

— He llegado a este sitio en el camino principal siguiendo las pequeñas sendas y carreteras privadas que salen de él, bajo la lluvia e inclemencias del tiempo también, para quedarme solo. ¿Y de qué ha servido eso? — ¿Ahora qué hago?

— Estás al final de la línea — agregó la bruja — tienes que elegir.

Cuando llegaron unos peregrinos vieron de lejos, bajo las ramas del árbol, las piernas de un hombre colgando. 

El festival de los bufones

No obstante el público un poco enojado, delante de la catedral todo estaba listo para la fiesta; guirnaldas de flores adornaban la plaza de “Notre-Dame”, luces de colores dispuestas en forma de sonrisas, los músicos tocaban instrumentos medievales.

Un acontecimiento popular donde el momento culminante era la elección del Papa de los locos, manifestación descabellada y que ponía en escena un misterio teatral, escrito por un autor muerto de hambre; además se hacía un concurso de muecas que al final acababa en un bostezo. La idea recogió un gran éxito y los transeúntes que participaron entusiasmadamente y de forma masiva, eligieron a Quasimodo, deforme campanero, como bufón de la corte.

Desde tiempos inmemoriales, se festejaba de forma conjunta con el Día de los Reyes Magos, la gente se sentía atraída por una joven gitana que bailaba con su hermosa cabrita. Hacía un poco de frío, y dentro de poco se pondría a nevar, pero en el aire se percibía un fuerte olor de humo.

Los bomberos, unos días más tarde, encontraron entre todas las carcasas quemadas, dos cadáveres horrendos extrañamente abrazados, uno era una mujer, y el otro un hombre que no presentaba ninguna ruptura ni del cráneo ni del cuello, era evidente que no se había ahorcado. Ya estaba allí y allí murió. Cuando trataron de quitarlo del esqueleto que apretaba, se deshizo en polvo.

Luigi Chiesa

La vista azul

Por la mañana Alejandro Echevarría se había levantado temprano, no se encontraba muy bien, estaba mareado, se sentía un poco extraño. Despacito, arrastrándose, se fue al baño, se lavó la cara, pero no veía muy bien; de repente se dio cuenta de que entreveía todo de color azul.

Al principio pensaba que llevaba puestas sus gafas de sol azules, pero no, la vista era de un color particular, con un matiz “azul índigo”.

Parecía ver a través de lentes de ese color, fotografías en blanco y negro viradas, como si una gelatina se hubiera puesto delante de la pantalla del televisor de una época lejana.

En aquel momento buscó desesperadamente dentro de si mismo cualquier instante de felicidad pasada.

¿Qué le cambiaría en su vida de ahora en adelante? Los ojos azules, iguales, ¿Los legendarios hombres azules con el “Tagelmust” que se cubren la cabeza? No pasa nada.

¿Cuándo brilla rojo el atardecer? ¿Chiste sobre los Pitufos? ¿Mirar cuadros famosos de Kandinsky, Vermeer, Chagall, Klein…pintores de la más perfecta expresión del azul? Tenía que acostumbrarse.

De todas formas es un color intrigante, encantador; de la serpiente azul caníbal, del zafiro, de los dioses, del diamante azul, del planeta Neptuno.

¿Si hubiera tenido que elegir él un color? El amarillo, bueno no; el verde, ni hablar; el negro, la oscuridad; sí, el azul índigo está bien, aparte de enrojecer de vergüenza y derramar lágrimas amargas azules.

Luigi Chiesa