El tambor

El escaparate de la juguetería
Timoléon Marie Lobrichon

Había una multitud de niños frente a la juguetería de Boulevard Saint-Germain a pesar de que la cortina de hierro todavía estaba bajada.
— ¿Aún no han abierto? – Pregunté.
— No, —me dijeron —pero se oye ruido en el interior.
Pensé que estarían preparando el escaparate, ya era casi Navidad.
Al día siguiente, de hecho pasaba por allí todas las mañanas para ir a la escuela, encontré la misma situación, había aún más gente. Esta vez me detuve, para escuchar mejor, incluso pedí silencio. Se oía claramente un redoble de tambor y como un ruido de fondo. No me pareció ruido de personas. Decidí que al día siguiente esperaría a la apertura, aunque llegara tarde, no me importaba, encontraría una excusa.
A la mañana siguiente estaba en primera línea, me había levantado temprano. Es alegre salir cuando París se despierta, el aire es vivificante, huele a pan, el agua corre por las alcantarillas, se anuncia el periódico de la mañana, un coche pasa al trote ligero, la vida vuelve a empezar. 
El tambor batía alegremente, yo esperaba. La cortina se levantó. Me pareció incluso ver las baquetas pararse… y sin embargo todos los juguetes estaban inmóviles. Había títeres, muñecas, un barco, un cañón sobre ruedas, un pequeño carro tirado por un caballo de peluche, y por supuesto, en primer plano, un pierrot listo para tocar su tambor. Los niños maravillados me rodeaban para ver mejor.
¿Qué estaba pasando en esa tienda?, ¿magia?
Ya había oído hablar de juguetes que se animan por la noche, así que tenía que comprobarlo. Entré, examiné el tambor, todo parecía normal. El encargado me preguntó si estaba interesada, le dije que tenía que pensarlo y que volvería. De hecho, había descubierto que bajo el mostrador había un vacío bajo la caja donde podría esconderme. No era muy grande y estaba decidida. Tenía que esclarecer el asunto.
Por la noche entré de nuevo en la tienda, y antes de que alguien pudiera verme, me deslicé dentro del escondite. Nadie sospecharía nada, había dicho a mi madre que estaba indispuesta y que me iba a la cama. Subrepticiamente salí, dejando en mi lugar a mi oso oportunamente disfrazado. La tienda finalmente cerró, esperé acurrucada en mi pequeño agujero, un poco asustada de todos modos. ¿Qué estaba haciendo allí?
A las diez nada, a medianoche nada, afortunadamente no hacía mucho frío. Me había puesto el abrigo de lana gruesa. Me dormí y me desperté cuando eran las 7h. De repente, en el fondo de la tienda, se abrió una puerta. Aterrorizada me hice aún más pequeña. El encargado entró y se dirigió hacia el fonógrafo con cuerno que estaba en el estante. Giró varias veces la manivela, colocó la aguja sobre el disco y se oyó a través de los chisporroteos el sonido cadencioso de un tambor.



Jean Claude Fonder

Susana

Chaste Suzanne Felix Vallotton, 1922

Esa noche entré en el salón rosa del Chabanais, una de las «Maison» más famosas de París. Hacía mucho calor allí, porque las muchachas estaban vestidas  con ropa interior como es habitual en este tipo de establecimiento. No era raro que un muslo bonito o un pecho hermoso saliera a la luz entre los ramos de lencería que hacían frufrú. Se me fue la vista inmediatamente a un trío formado por dos bolas de billar que el sudor hacía brillar como si acabasen de frotarlas, es decir, las calvas de dos hombres cuya edad no dejaba ninguna duda, y una joven y hermosa dama cuyo sombrero cloche brillaba en la oscuridad. Estaban vestidos como para hacer frente al frío invierno nevado de este año 1922. La joven, con los ojos arrugados de sospechas, miraba uno tras otro a los dos intrépidos personajes que le hacían propuestas despreciables.

Como a muchos, me encantaba pasar la noche en un local como éste, donde se pueden mantener conversaciones picantes en medio de jóvenes bellezas que no se cubren del todo o no se cubren en absoluto, y que no dudan en mostrarse livianas. La decoración era agradable, rica en terciopelo y fragancias cautivadoras. El calor reinaba, y no me refiero solo a la temperatura. El grupo rosa en la zona apartada era extraño. 

Illustration de ‘La Maison Tellier’ de Guy de Maupassant – Edgar Degas

Me acerqué y comencé a entender. Un cartel indicaba que se trataba de un cuadro vivo que representaba la famosa escena bíblica de Susana y los viejos que ilustraba aquí el cuadro La chaste Suzanne del pintor Felix Vallotton, del que se exponía una copia.

Como todos saben, muchos otros pintores escenificaron este episodio. Alguno mucho más explícitamente, como el de Edgar Degas, cuya reproducción estaba expuesta también para indicar el segundo cuadro vivo que se podía ver en el  primer piso y que podría llamarse Suzanne en el baño.

Jean Claude Fonder

El padre

Juan no sabía qué hacer, se sentía inútil. Paradójicamente, el sufrimiento también estaba en la espera. Medía el intervalo entre las contracciones. María tenía que sufrirlas. Tenía mucho miedo, no le gustaba el dolor, el doctor le prometió que la sedaría tan pronto como fuera posible durante el parto.

Hicieron todo, siguieron cursos de preparación, leyeron todos los libros, instalaron el pequeño cuarto, compraron todo el material para el cuidado, la cama, el cochecito, los primeros juegos y estos enormes rollos de pañales, más secos unos que otros decía la publicidad. Corrían los años 60.

María visitaba sin parar las tiendas especializadas para recién nacidos como si esperara a gemelos, se le regalaban también tantas cosas, en fin, tenían más ropa y juguetes de los que jamás necesitarían. Juan incluso revisó el auto, nunca se sabe. Por supuesto, decidieron que estaría presente durante el parto y que las abuelas esperarían en casa.

La sala de labor no era muy acogedora. En un hospital, siempre se siente que la muerte no está muy lejos, los colores son pálidos y desgastados, los olores, sobre todo, son característicos, la del Formol predomina, macabra. En pediatría, se había intentado alegrar un poco la atmósfera con algunos dibujos de héroes de cómics, pero parecían más bien provocar el llanto de los recién nacidos que calmarles. 

Habían llegado allí esta mañana con cita previa. María había sobrepasado desde hacía varios días la fecha prevista. Fabienne (sí, era una niña) se hacía esperar. A Juan le gustaba tener una hija, a María no le importaba. Se les aconsejó que provocaran el parto. Sin pánico, sin transporte de urgencia como en el cine, María hizo su maleta y Juan lo acompañó.

De repente una contracción más fuerte. María gritó. La partera entró poco después.
— ¿Cada cuánto las contracciones?
— Cada cinco minutos -respondió Juan.
— Estamos en el tiempo, vamos a entrar en la sala de partos. Voy a avisar a mis colegas.

Un grito largo y desgarrador atravesó el corazón de Juan. María estaba tendida sobre una cama ginecológica. Una mueca deformaba su rostro brillante de sudor, ella gritaba su esfuerzo. Juan le tomó la mano y la apretó muy fuerte.
— Puja, Puja, repite la partera, otra vez.
Y María, gritaba, pujaba, gritaba cada vez más fuerte.
Juan gritaba con ella.
— Es por Fabienne. Puja, puja.
La sala de parto era lívida a pesar de sus paredes amarillas, una enorme lámpara iluminaba violentamente toda la escena. Juan notó en la pared huellas de sangre. Eran cuatro, el obstetra, el anestesista, la partera y Juan para animar a la pobre María como si estuvieran en un estadio. Las técnicas de respiración pequeña estaban olvidadas, y la epidural aún no había sido inventada.

Cuando por fin se vislumbraba el pelo negro de Fabienne que intentaba salir, el doctor decretó:
— Hay que hacer una incisión, se puede sedar, dijo mirando al anestesista.
María suspiró, por fin, pero inmediatamente después miró intensamente a Juan, como si quisiera pasarle el testigo. Juan la cara pálida, le sonrió.
Ella perdió entonces el conocimiento.

Unos momentos más tarde, el médico hizo la incisión en la membrana que resistía. Con los fórceps sacó la cabeza de la niña, que enseguida comenzó a gritar vigorosamente. En un giro de la mano el médico viró el cuerpo del niño que entonces pudo extraer sin más dificultades. Separa tranquilamente el cordón umbilical y consigna el niño a la partera que le hizo a Juan una señal autoritaria para que le siguiera.

Ella le pidió que le ayudara a bañar a la bebé, le hizo firmar un pequeño brazalete que ella ató a la muñeca pequeña y una vez que estuviera envuelta se lo entregó a Juan que no sabía que hacer con ella.

María dormía confiada. Juan acercó a Fabienne a su rostro, ellas se tocaron, Fabienne ya buscaba al seno. María sonrió maravillosamente en su sueño.

Juan se había convertido en el padre. Nunca pudo olvidar.


Jean Claude Fonder

Los coquet@s

Soy coqueta y ya está
Una hermosa blusa colombiana
Dos ojos como perlas negras
Soy coqueta y basta
Soy coqueto y ya está
El pelo abundante y fornido
Una corbata Marinella
Soy coqueto y basta
Soy coqueta y ya está
Una sonrisa leonina 
Una rosa entre los dientes
Soy coqueta y basta
Soy coqueta y ya está
Una jovencita argentada
Labial rojo puro y elegancia 
Soy coqueta y basta
 
No soy coqueta y ya está
Dos esmeraldas sonrientes
El pelo corto despeinado
Soy tu mujer y basta
Jean Claude Fonder

El nacimiento de un texto

Es hermoso, ¿Verdad? Me gusta mucho. Por supuesto, yo soy el padre, pero mi profesor también dijo que era genial, y los colegas, cuando terminé de leerlo, lo saludaron con un aplauso entusiasta.

¿Cómo lo llamo? No lo sé. Todavía tengo que pensarlo.

La primera idea era llamarlo El nacimiento de un texto, porque el que acababa de escribir y que tuvo ese pequeño éxito, se llamaba La muerte de un texto. La idea de algo nuevo viene en mi cama como cada vez. La oscuridad es mi cómplice, mi mujer también, su dulce calor me invade, ella está pegada a mí, como le gusta hacerlo por la noche, antes de dormir. Todos mis sentidos están en alerta, estoy emocionado. Sueño despierto y es entonces que mi imaginación galopa. Esbozo en cuatro pinceladas lo que será la historia, a menudo no sé cómo va a terminar. Me concentro en los detalles, para mí, el contexto, el decorado, los olores, los colores son muy importantes, lo verdadero nace desde allí y es por allí que quiero enganchar al lector.

Bueno, pero ¿de qué se trata? 

El tema es la felicidad, o preferiría decir las alegrías, las pequeñas alegrías, las pequeñas alegrías que se experimentan cuando se ha conseguido hacer algo. Algo bien hecho, por supuesto, o incluso mejor, cuando se ha creado algo, un texto, por ejemplo.

Bien, hacer nacer un texto, para mí, no es una pequeña felicidad, es una gran felicidad, es un nacimiento. Mi alegría es inmensa cuando después de un trabajo que a veces es doloroso, lo contemplo finalmente, lo leo una última vez y lo desvelo al público.

Ahora lo sé, voy a llamarlo: «Felicidad». 

Es vuestro. 

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Jean Claude Fonder

El beso

Love on the road
Ron Hiks

Juana mira a Marc: sus ojos tienen el color del cielo, azul gris. Marc mira a Juana: sus labios son carnosos y están ligeramente entreabiertos. Juana levanta la cabeza y se acerca lentamente a su boca. Marc se inclina suavemente hacia los labios rojos carmesí que se separan cada vez más, y entonces detona el beso, Juana se abre ampliamente y recibe hasta la garganta la lengua conquistadora de Marc. Juana besa a Marc con todo su cuerpo, se pega a él para que sienta todas sus curvas, se aferra a su cuello, empuja intensamente su pubis contra el sexo de Marc.
Marc está desencadenado, su lengua penetra la boca de Juana, rodea su lengua, la chupa, como si se tratara de su clítoris, luego se retira y atrae la lengua de Juana que primero entra tímidamente y luego penetra también ella toda la cavidad bucal con un ardor inusitado. Marc siente su sexo cada vez más duro, está hinchado de sangre y no puede contenerse, su semen se pierde en su lencería íntima. Juana es feliz, acaricia furtivamente el miembro dolorido.
Entonces recobran la conciencia y se vuelven hacia el marco que contemplaban unos instantes antes. 
Era su primera cita, se habían conocido durante el curso de historia de arte contemporáneo. Fue Juana quien propuso a Marc visitar esta exposición. Le había contado el uso de los grises coloreados en ese pintor que le gustaba mucho. Marc descubrió poco a poco que a este neo-impresionista le gustaba pintar a la mujer en retrato y a menudo en pareja, y al final se detuvo ante este último cuadro «Amor en la carretera» que Juana había guardado aposta para el final del recorrido.
La trampa, llamémosla así, funcionó; después de algunas decenas de lienzos en los que los amantes se representaban en escenas cada vez más íntimas, este beso irresistible los había subyugado. Ante la tela se miraron y el juego del amor hizo el resto. 
Marc la tomó por el brazo, la besó ligeramente esta vez, salieron del museo y buscaron el hotel más cercano.



Jean Claude Fonder

La trampa

El bar se llamaba «Wild West», salvaje oeste. Era muy sucio, las mesas estaban cubiertas de quemaduras de cigarrillo, el bar también. Era muy largo, como en las películas de vaqueros, todo era de madera y para completar el ambiente western había colgados en la pared cráneos de Búfalo, trofeos con cuernos largos. Era oscuro a más no poder y un olor persistente de cerveza y nicotina clasificaba definitivamente el local.

Johnny estaba sentado en una mesa en un rincón donde generalmente las parejas se refugiaban para coquetear antes de subir al piso donde había habitaciones que daban al pasillo en balcón. Las chicas no tardarían en llegar, pero aún era temprano. Delante de su última cerveza, fresca y espumosa, miraba tranquilamente a una pequeña rata escondida detrás del pie de una mesa en la otra esquina. El animal observaba un espléndido y copioso trozo de queso, probablemente queso suizo. Era muy apetitoso, sexy, se podría decir. Estaba depositado en una pequeña placa de madera en el centro de un extraño mecanismo de resorte. El olor del queso debía ser irresistible, porque el ratón lanzaba pequeñas miradas sigilosas a izquierda y derecha mientras remangaba su pequeña nariz.

Johnny no pudo juzgar realmente de eso, una fuerte bocanada de Chanel nº5, agredió su nariz. Nalgas bien redondas cubiertas de un tejido rojo bien ajustado se dirigían hacia el bar con un movimiento digno de los modelos de Victoria’s Secret. Ella se subió a un taburete, cruzó difícilmente las piernas bajo su minifalda muy estrecha y descubrió así el huso vertiginoso de sus muslos bien carnosos. Ella se volvió entonces hacia él, sonrió victoriosamente y proyectó adelante su corpiño escotado hasta su ombligo, al menos así lo imaginaba Johnny. Y, como si fuera la estocada final, le echó le echó un guiño significativo. 

Johnny, oyó detrás de él un «CLAC», el sonido de la trampa, y el grito desesperado del animalito. Se levantó, dudó un instante, miró a la chica en el bar y se dirigió precipitadamente hacia ella.

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Jean Claude Fonder

Velocidad de las flores

En el jardín de hoy tiembla el fruto de mañana.

Valeria Correa Fiz

Et rose, elle vécut ce que vivent les roses, l’espace d’un matin…

François de Malherbe

¡Hermoso joven, elegante caballero, de oro vestido! ¡Príncipe! ¡Detente! ¡Descansa un momento! 

Lleva puesto su mejor vestido, el del cual los colores centellean con el sol de la primavera. Ella ha abierto ampliamente su generoso escote, está ricamente adornado con perlas como las del rocío de la mañana, un poderoso perfume a las especias orientales se desprende.

¡Te embriagará! ¡Ven a dormir en sus brazos!

Hermoso Prince, eres el elegido, ella eligió sobrevivir contigo. 

Aquí está el fruto que la simiente que le has confiado merece. Madurará al calor del verano. Crecerá, su pelaje tomará los colores más vivos, su perfume será el suyo.

Será fuerte, será su futuro. 

La belleza de ella pronto se marchitará.

Cuando el viejo otoño con una sinfonía coral de colores pasados, los del fin de los tiempos, nos duerma a todos en el umbral del invierno con su manto inmaculado y protector, el ciclo de la vida va a terminar.

En primavera una flor, aún más bella surgirá, para saludar la primavera nueva

Jean Claude Fonder

La casa

Christina´s Worlds
Andrew Wyeth

La casa está lejos, en la cima de la costa, dominando severamente el campo de trigo. María la observa sumisa y atraída a la vez. La casa ha envejecido mucho, empezando por el tejado, todo está oscuro y en mal estado, se podría rodar una película de terror.

El sol, a través de las cortinas blancas y luminosas, bañaba con su claridad toda la casa, blanca, recién pintada, como se hacía cada dos años en aquella época. Se había levantado temprano. Mammy ya había preparado la crema inglesa para el almuerzo. Todavía quedaba algo en la olla, y con una cuchara se untaba la cara, rosa de satisfacción.

—Te vas a ensuciar este precioso vestido, —la regañó la imponente cocinera negra.

Su madre había elegido un pequeño vestido fruncido, todo blanco que contrastaba con las botas negras con botones pequeños. Al mediodía celebrarían su cumpleaños. John estaría presente con otros niños que frecuentaban su escuela. Esta idea la hizo calmarse. Mammy le limpió la boca y ella corrió a la puerta para ver si llegaba el coche.

El Ford corría a toda velocidad sobre la larga cinta desierta de esta pequeña carretera de campo. El padre de John había querido mostrarles su nueva adquisición. John y ella estaban sentados detrás. El padre de María estaba sentado al lado del conductor. No sobrevivió. El choque fue ensordecedor e implacable. Un coche inesperado había salido violentamente del camino transversal.

María está tendida en la hierba en flor que rodea el campo de trigo afeitado por la siega. Los olores son fuertes. Está vestida ligeramente, su moño deja escapar algunos mechones que flotan al viento. Su mirada imagina la resurrección de la granja, que apenas han comprado, John y ella. Ella se vuelve hacia él que empuja su silla de ruedas:

— Cariño, la pintaremos de blanco de nuevo, ¿verdad?



Jean Claude Fonder

Bohemia

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

—¿Podemos descansar un momento? dijo agresivamente Fernande poniéndose de nuevo la bata.

Ella y Pablo llevan viviendo juntos unos años. 

Ella y su amiga Benedetta trabajaban como modelos para diferentes pintores, algunos en el Bateau-Lavoir donde Picasso tenía su taller-casa. 

Fernande escribirá más tarde: Hay en la casa un pintor español que me mira con grandes ojos pesados, agudos y pensativos a la vez, lleno de un fuego contenido y tan intensamente que no puedo dejar de mirarlo yo también.

Nació una relación, se instalaron en medio de un batiburrillo de cuadros y de muebles pobres. Fernande posaba para él, y para otros pintores, hay que comer y Pablo no era todavía Picasso.

Inicia entonces el período rosa, los colores se calientan, los temas también, todos frecuentan Le lapin agile, sus paredes están cubiertas de carteles, de cuadros de Utrillo, de Picasso, de dibujos de Suzanne Valadon, de Poulbot y otros.

Les Demoiselles d’Avignon, 1907 MOMA

Y sin embargo el período cubista no está lejos. Ese día, Pablo trabaja en bocetos preparatorios para lo que algún día serán las señoritas de Aviñón. Fernande posa para él. Bueno, ella no sabe muy bien para qué.

Durante la pausa, descubre un pequeño cuadro del período azul, etiquetado Le Gourmet, lo coloca en el caballete en lugar del dibujo que está haciendo de ella.

— ¿Puedes decirme por qué este título? Al menos esta niña es bonita, con una boca encantadora, una nariz respingona y un pómulo rosado. Cuando veo cómo me dibujas hoy, tienes que explicarme por qué tengo que posar con el traje de Eva.

Pablo abre ampliamente los brazos.

— Cuando te conocí, te confié un gatito abandonado que encontré cerca del Moulin de la Galette, nuestro gordo minino. A esta niña, la conocí en la cárcel de mujeres de Saint-Lazare donde pintaba la Entrevista, vivía allí con su madre. Le gourmet era yo, que no dudaba en comer delante de una niña que evidentemente no comía todos los días a su gusto. En cuanto a las señoritas, mi mirada necesita tus formas para expresar una visión nueva de la mujer del mañana. —Dijo abrazándola hasta sofocarla.

Fernande sonríe, se deshace de la bata, sus ojos están brillantes.

Jean Claude Fonder

Barcarola

Rubens Santoro Veduta dalla Giudecca verso la chiesa di Santa Maria della Salute

El agua oscura del canal brillaba como un diamante negro, el paquete oblongo y cuidadosamente atado pasó suavemente por la borda y sin el menor ruido fue como tragado por un monstruo lagunar. La góndola se alejó rápidamente y desapareció en el laberinto de los pequeños canales.

Mattia hacía brillar la madera y las guarniciones de su góndola, cantando en voz baja la Barcarola que entonaría por la tarde para los turistas embarcados en las góndolas de su grupo. Un sol gris apenas traspasaba la ligera niebla y bañaba los palacios y las casas del Campo con una luz tamizada como para pintar una acuarela. Venecia en invierno era un encanto, lejos de las multitudes invasoras, de los colores agresivos y de los ruidos incoherentes, volvía a encontrar su belleza tranquila, su eterna dulzura de vivir.

Mattia estrenaba su primera góndola. Lo había soñado desde el día en que su padre, gondolero también, le había hecho subir delante de él sobre la popa de su góndola y le había puesto en mano el largo remo que, apoyado mágicamente sobre la forcola, daba a esta barca asimétrica y larga 11 metros una agilidad insospechada. El aprendizaje había sido largo, la escuela, la pasantía, y finalmente el interminable período como sustituto de su padre le había permitido comprar la suya, su góndola. Y ahora la tenía ahí, delante, hermosa como una dama negra con su dolfin gris y sus fregi dorados y resplandecientes.

Otra góndola sin decoración y poco cuidada rozó entonces su embarcación como para ofrecer un contraste llamativo. Mattia observó que los asientos reservados para los pasajeros estaban cubiertos por una lona. Estaba mal atada y se podía vislumbrar un extraño objeto empaquetado que podría tener la forma de un cuerpo humano. Mattia despegó las amarras, saltó sobre su góndola y se puso a seguir al otro barco que conducía un extraño personaje: un gondolero vestido de negro que llevaba una máscara Bauta tradicional y un tricornio inquietante.

Cuando la vio huir por los pequeños canales se lanzó en su persecución, una persecución a la James Bond, pero en góndola. El remo revoloteaba en la forcola, aceleraba, frenaba; la góndola giraba de un canal a otro rozando los muros, y luego salía de nuevo a toda velocidad como si tuviera un verdadero motor. A lo lejos oía a sus compañeros que cantaban la Barcarola, rápidamente, como si quisieran acelerar el ritmo del remo.

De repente desembocó al gran canal cerca del Rialto, y hubo un trueno de aplausos para acogerlo.

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Jean Claude Fonder

Juan y Julia

Inminent
Jamie Perry

Una enorme nube negra lo cubre, la lluvia se dirige exclusivamente hacia él. Se protege con el paraguas rojo de Julia. El mar sigue azul y se extiende hasta donde le alcanza la vista, el sol de septiembre inunda la playa, la tormenta parece afectarle únicamente a él.

Juan, en el coche esta mañana, conducía con rabia, su eterno sombrero Pork pie clavado en su cabeza. Julia se lo reprochaba, es para disimular tu incipiente calvicie decía, burlándose. Lo levantó ligeramente y lo llevó hacia atrás como hacía Michel Piccoli en Le Mépris. Luego, en la autopista vio el cartel que indicaba la costa, no dudó y, decidido, tomó esa dirección.

Una ráfaga de viento proyecta la lluvia sobre él, su camisa nueva está empapada, pero el mar permanece azul en la lejanía.

Julia, en la pequeña villa que compraron en el campo cerca de la ciudad, abre la cortina y echa un vistazo al cielo. El sol brilla poderosamente, el día todavía será cálido. El jardín sufre, habría necesitado lluvia. Está nerviosa, esta mañana se desahogó sobre el pobre Juan. Hay que decir que iba a ir al trabajo con una camisa cuyo cuello llevaba todavía las huellas del sudor provocado por esta ola de calor que no acababa de terminar. Él nunca le hace caso.

Juan no puede quitar los ojos de las olas mientras se estrellan cíclicamente en la playa desierta, la marea está baja, el viento ha evacuado la nube y su lluvia sin piedad, el sol reina de nuevo, también ha recuperado la serenidad, las dunas detrás de él protegen este grandioso paisaje que siempre ha amado. Aquí es donde conoció a Julia.

El teléfono vibra en su bolsillo, es Juana la secretaria. Le recuerda su almuerzo con uno de sus clientes importantes. 

— Su esposa también llamó. — añade.

Julia está preocupada. Espera que Juan se ponga en contacto con ella. Quizás exageró, pero no puede hacer nada, porque por la mañana a menudo está de mal humor. Ahora que Juana le había dicho que él tenía una cita bastante lejos y que probablemente iría directamente estaba angustiada. 

Cuando de repente suena el teléfono, es él, ella lleva rápidamente el aparato a su oído, escucha, no es su voz, es como un murmullo, es el sonido de las olas, tal vez.



Jean Claude Fonder

Villegiatura

La gente en el sol de Edward Hopper

Nuestro Buick era de un rojo intenso, casi burdeos, que relucía al sol. Cada año lo preparábamos como a un novio, lavándolo a mano, por dentro y por fuera, los neumáticos, los adornos, todo resplandecía como nuevo. Las mujeres organizaban las maletas, los hombres estudiaban el recorrido. Como cada año, nos íbamos de vacaciones, un lujo que en los Estados Unidos no todos podían permitirse.

La salida se convertía en una ceremonia oficial; cargábamos meticulosamente el coche que estaba aparcado en el callejón que conducía al garaje. Sabíamos que nos observaba el vecindario. A continuación, con la casa cuidadosamente cerrada, partíamos lentamente como para un desfile y dejábamos, como si fuera a nuestro pesar, el barrio residencial donde vivíamos todo el año.

Paul conducía, Margaret estaba a su lado, los jóvenes detrás, June y su marido Bert, y luego yo, John el hermano menor de Bert. Estaba sentado detrás de Paul y controlaba el recorrido en el mapa.

El viaje no era breve, ese año habíamos alquilado un chalet en Virginia Beach cerca de Norfolk. Íbamos tranquilos, sin prisa, hacíamos paradas en los moteles que jalonaban el trayecto. Paul y Margaret, apenas instalados, nos obligaban a broncearnos, porque no podíamos estar blancos como la cera al llegar. Nos exponíamos frente a nuestra habitación, en tumbonas giradas hacia el sol y cuidadosamente alineadas por Margaret. Yo hacía que estudiaba el recorrido para quedarme en segunda línea y no prestarme a este pequeño juego un poco ridículo, sobre todo porque todavía no nos habíamos quitado nuestra ropa de ciudad. Estábamos ahorrando en el uso de nuestros trajes de verano para poder cambiarnos cada día, como se esperaba en nuestro medio. June, que era rubia y de tez clara, tenía miedo de quemarse con el sol y se volvía hacia mí con frecuencia, me sonreía mientras fingía interesarse por mis investigaciones. Su sonrisa iluminaba su encantadora cara y me acercaba a ella. 

No la conocía muy bien, se había casado el año anterior con mi hermano. En cuanto a mí, estaba terminando mis estudios de derecho en Harvard y durante algunos años no había participado en las vacaciones. Me alegraba volver y, por qué negarlo, ella me gustaba.

Ligeramente bronceados, nos integramos sin llamar la atención en las actividades ineludibles que nuestro hotel organizaba. Los tiempos estaban marcados implacablemente por las comidas, sólo el desayuno era más flexible, para facilitar la tarea a los trasnochadores. Las otras comidas eran más militares, las mesas estaban asignadas y los horarios estrictos, una vida diferente a la que cada uno se adaptaba según sus gustos. Paul, a quien no gustaba la playa, frecuentaba los bares de los alrededores, leía su periódico o se embarcaba en competiciones de cartas con los nuevos amigos que se había inventado. Sólo las santas horas de las comidas lograba desatarlo. Margaret y Bert eran amantes del dios Sol, no perdían ni un minuto para intentar alcanzar la negritud, la de un blanco que permitiría por la noche llevar escotes vertiginosos a una y exhibir una tez de marinero a la Clark Gable al otro. Les encantaba bailar juntos hasta muy tarde para impresionar a sus émulos. Paul también se acostaba tarde, pero en compañía de sus compañeros de cartas. Los cócteles y los whiskys fluían para los tres.

June y yo teníamos otros placeres. Los deportes eran nuestra pasión, el surf interminablemente, largos paseos en bicicleta y a veces un verdadero torneo de tenis en pareja. No nos gustaba compartir la intimidad de una amistad cada vez más cercana. Por la noche, un simple paseo por la playa, la luna, las estrellas, nos hacían soñar con un romance imposible.

Un día, hacia el final de la tarde, participamos juntos en un viaje organizado por el hotel, a Norfolk, la ciudad cercana. Visita al Busch Gardens, un parque de atracciones que predica la protección de la naturaleza y recuerda la vieja Europa; visita al acorazado Wisconsin, símbolo de la potencia marítima de los Estados Unidos; y por la noche cena espectáculo en la famosa calle Granby, que orquesta la vida nocturna de la pequeña ciudad. A pesar de que fue un día completamente diferente, los intereses de cada uno reunieron a las parejas que la naturaleza había formado. June y yo nos apasionamos por el Busch Gardens, Paul visitó el buque de guerra de arriba a abajo, y Margaret y Bert tuvieron que esperar el baile abierto después de cenar para encontrarse en su elemento. Se embriagaron como locos. Afortunadamente el regreso fue tranquilo, porque estábamos en autobús, pero Paul furioso se encerró en mi habitación un poco borracho también en su soledad. Los amantes del baile digirieron sus cócteles y sus deseos a la habitación de Margaret. No me quedó más que sucumbir a los encantos de June, que no se hizo rogar, nuestra noche de amor fue épica y duró hasta la mañana.

Unos días más tarde, estábamos todos de nuevo en el Buick, color burdeos intenso, decorado con sus brillantes cromas. Bert estaba al lado de Paul, Margaret estaba detrás de él. June y yo, entre miradas amorosas, seguimos el recorrido en el mapa.

Jean Claude Fonder

Egon

Mujer acostada con blusa roja, aquarelle de Egon Schiele (1890-1918, Croatia)

Wally parecía muerta, tendida sobre la superficie áspera, color de papel de embalaje que Egon utilizaba generalmente para sus retratos. Esta vez no estaba desnuda, nada que sea agresivo en esa blusa elegante con un fular naranja y unos pendientes marrones claros. Ella estaba tendida, con una mueca que podría ser una sonrisa, sus labios aún pintados se sintonizaban con el rojo de su prenda.

¿Estaba dormida? Parecía haberse derrumbado al volver de alguna fiesta sin haberse tan siquiera molestado en desnudarse. Y luego esas manos, largas como las pintaba Egon, que se apoyaban en la nariz y la barbilla como para impedirse respirar.

Miré a Egon, levantando las cejas interrogante, y me respondió como hacía a menudo encogiéndose de hombros. Nunca justificaba sus dibujos, que son como enigmas peligrosos de descifrar.

Yo sabía que su relación con Wally no iba bien desde que regresaron a Viena, después de la experiencia de la vida en el campo que le había valido a Egon una estancia en la cárcel. Había sufrido mucho por esta aventura y el viaje había sido idea de Wally.

Y luego estaba Edith, a quien había conocido, todo lo contrario de Wally, una burguesa que quería casarse, tener hijos, llevar una vida «normal».

Yo había presentado Wally a Egon, la había encontrado en una “casa”, era un excelente modelo que se prestaba a asumir todas las poses, incluso las más atrevidas. En poco tiempo se convirtió en su musa y posó exclusivamente para él. 

¿Qué tenía esa muchacha? Recuerdo que estábamos en el Café Muséum, era invierno, entró envuelta en una gruesa prenda, un extraño sombrero de forma redonda clavado hacia atrás sobre su cabeza. No tenía buena pinta. Pero me acordé de su cuerpo de estatua griega, imponente y todo en formas lozanas. La invité a nuestra mesa, entre las del fondo, bajo los libros que movilizábamos casi todo el día, nosotros los artistas. Se la presenté a Egon, quien no le prestó mucha atención. Y aun así, ahora que planea casarse con Edith, Wally sigue siendo su modelo favorita. Me contó que pensaba trabajar con ella durante el período de verano, alejaría a su esposa para las vacaciones y aprovecharía para realizar algunos dibujos inspirados en ella.

¿Qué pasó en las primeras sesiones de posado? No sé, me lo imagino. Ella era totalmente impúdica, apenas entraba en el taller se desnudaba delante de ti sin esperar, sin esconderse detrás del biombo y ponerse una bata. Y si había que encontrar una pose sugerente no dudaba en participar, y ahora este dibujo extraño. Insistí.

—¿Egon que ha pasado?

Me miró largamente y finalmente me respondió. 

—Esta tarde, vino a verme al café Eichenberger, estaba furiosa. Había ido al taller y había visto mi último dibujo, el de la mujer sentada con la pierna levantada. Creyó reconocer a Edith porque elegí un pelo pelirrojo que encajaba bien con el verde de la camisa. Como no se calmaba, le entregué la carta que siempre me negué a darle.

—¿Qué carta?

—La que Edith me obligó a escribirle cuando nos casamos. Le decía que me iba a casar con Edith y que teníamos que dejar de trabajar juntos.

—Pero estás loco. ¿De dónde sacaste esa carta?

—La encontré hace unos días en mis viejos papeles.

—¡Egon! La pobre.

Entendía ahora lo que había pasado, cervezas, aguardientes y pastelerías. Ella había bebido hasta no poder ponerse de pie y Egon tuvo que acompañarla a su taller.

Egon, sin decir una palabra, envolvió el dibujo cuidadosamente, lo puso en un tubo de cartón y me lo dio. Tenía los ojos nublados.

Al año siguiente Edith y Egon murieron de gripe española.

Jean Claude Fonder

Aquella noche

—¿Maria?
—Sí Juan, dime. —responde ella volviéndose hacia él en la cama.
—Recuerdo tan bien, cuando entré en el bar aquella noche, había muchedumbre, pero te vi inmediatamente. Estabas sentada sola a una de las mesas y me mirabas con tus grandes ojos azules que brillaban en la penumbra. Eras la más bella. Tus piernas largas y ahusadas que cruzabas con tanta elegancia estaban apenas cubiertas por un pequeño vestido anaranjado, tu pelo estaba cortado a la Jean Seberg, como a mi me gusta. Todo tu ser, me estaba llamando. Te saqué a bailar. Charles Aznavour cantaba La Bohemia.
Maria se inclinó hacia él, sus ojos brillaban de nuevo y le susurró:
—Juan, tenía el pelo medio largo y las mini faldas todavía no existían.
Pero Juan se había dormido de nuevo una sonrisa en los labios.


Jean Claude Fonder

La Selva

Esa mañana cuando me miré al espejo vi a una mujer muy guapa que

Jan Breughel – La forêt.

Una palabra mágica, sin duda. Ella me recuerda los temores de mi infancia, escenifica el decorado mágico de mis primeras lecturas, despierta las fábulas que pueblan mi memoria.
Una palabra mágica les digo. Las imágenes estallan en mi cabeza:
troncos oscuros alineados en la neblina, una verde alfombra que, a veces, vio teñirse de azul; bronces, dorados, marrones, infinitas variaciones de colores que toman los árboles en otoño; los caminos majestuosos como las catedrales cuando los abetos nevados bordean el camino solitario.
Magia musical, sobre todo.
¿Quién no conoce los temas románticos, oscuros y maravillosos de la música alemana? En el corazón del bosque de los orígenes, los dramas más angustiantes y los amores más locos nos sumergen: Siegfried y Brunnehilde, la Walkiria, Tristan e Isolde…

Mágica, eso es seguro. Dejan que les cuento lo que me ocurrió misteriosamente hace algún días.
Esa noche, me quedé dormido mientras estaba pensando: ¿Cómo voy a contar la selva? Las posibilidades son infinitas.
Por la mañana, muy temprano, demasiado temprano, me despierto ansioso.
Tengo una cita con un tal “Van de Hoestijn”, el nombre está muy preciso en mi mente.
¿Quién puede ser? ¿Qué sociedad es? No lo sé.
Me vuelvo a dormir un momento, pero me despierto inmediatamente.
¿Por qué está cita? ¿Qué tengo que hacer? Una consulta, probablemente, era mi trabajo.
Estoy hojeando mi agenda, veo que un poco después me espera otra cita, subrayada ésta, pero no puedo leer el nombre, está demasiado oscuro.
Me siento perdido, completamente desconcertado.

Estoy en la inmensa selva indescifrable de mi memoria.


Jean Claude Fonder

Crin blanco

El viento sopla fuerte sobre la Camarga ensangrentada. La navaja se escapa del puño apretado de Leonardo y se desliza lentamente hacia el suelo. El novio está muerto a sus pies.

Rasga su camisa blanca, roja de sangre y aprieta fuertemente los jirones sobre la herida abierta en su flanco izquierdo. Se sienta y Crin Blanco se acerca.

Crin blanco, como él lo llama, es un caballito camargués. Cuando era niño, su padre se lo había regalado. Lo había domado él mismo y lo montaba a pelo. Les encantaba cabalgar juntos por los pantanos y las lagunas cercanas a Saintes-Maries-de-la-mer.

Fue en la fiesta anual de los gitanos que la conoció, la Novia, prometida desde siempre al hijo de una de las familias importantes. Es ella la que podría haber cantado Don Miguel en la famosa novela, su belleza era un desafío, se enamoró en el momento en que la vio. Cada año volvían a verse, Crin Blanco los llevaba, cabalgaban en las salpicaduras a la orilla del mar y acababan en brazos uno del otro. Las pequeñas dunas ocultaban sus retozos adolescentes, aumentados por la juventud y la rareza del evento.

Esa mañana descubrió que la boda se celebraría el mismo día. Había montado a Crin Blanco, a pelo como siempre, y había echado una carrera desenfrenada para llegar a tiempo. El destino sin duda lo impidió, se enfrentaron, las navajas relucieron con la luna.

Y ahora la novia ha huido, él está solo. Crin blanco se inclina hacia él. 

Se iza con dificultad sobre su espalda aferrándose a las crines. Se alejan lentamente hacia la playa cercana. Entran en el mar. Las olas tienen reflejos de plata, se oye a lo lejos una copla desgarradora de flamenco.

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Jean Claude Fonder

El árbol rojo

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Julieta, ante la tumba abierta donde yace el cadáver de su marido, esboza una sonrisa. El velo que oscurece su rostro disimula con gran dificultad la alegría que la invade. El cementerio sombreado del pueblo donde vivió su juventud siempre le regalaba serenidad, sobre todo cuando el sol encantaba la frescura matinal de sus colores nítidos y precisos. Después de la ceremonia, cuando hubiera saludado a la última persona, se dirigiría hacia el camino que amaba. El que desde su infancia recorría con el temor de no encontrarlo.

Se llama el paseo de la casa del árbol rojo, su belleza es inigualable, y el tiempo pasado no puede cambiar eso. Un desenfreno infinito de colores armoniosos, un camino amarillento rodeado de verde oscuro, que bordea una pared de colores pasteles, que une una serie de edificios verdes pálidos, para poner en escena un árbol torturado de color rojo, que despliega sobre el fondo del cielo azul un campo sembrado de flores pequeñas blancas y rosas.

Un día, yo tenía unos 8 años, él surgió de entre los dos arbustos que guardaban la entrada al patio de la granja. Era hermoso como un dios, un pequeño rubio despeinado, pantalones cortos y olor a estiércol. Pasó corriendo a mi lado, ni siquiera sé si me vio.

Así es como conocí a Alain, que debería haber sido el amor de mi vida. Naturalmente, él no lo supo hasta más tarde, cuando nos encontramos en la misma clase de segundo en el colegio Saint Boniface en Aviñón. Entonces era un adolescente de 18 años con el que todas mis compañeras habrían querido salir. Debería haber tenido ventaja. Lo conocía, éramos del mismo pueblo. 

Desde que lo conocí la primera vez, me las arreglé para pasar lo más a menudo posible por el camino de la casa del árbol rojo. Quizás jugaba en el patio de la granja, así que podría aventurarme a hablar con él. Relacionarse con él no era fácil, era hijo de un granjero, mi padre como médico del pueblo era considerado un extranjero, y él era un año mayor que yo, así que no estábamos en la misma clase en la escuela.

Sin embargo, yo quería ser su amiga. Bueno, lo que se puede ser amigo entre chico y chica. Nunca estaba libre, cuando no trabajaba en la granja, jugaba al fútbol con sus compañeros de clase. Cada vez la decepción era grande, yo tomaba el sendero y, pasados los dos arbustos, descubría que él no estaba en el patio. 

Por fin, una vez lo encontré sentado en una mesa cubierta con un mantel de grandes cuadros, instalado cerca de la casa en una pequeña terraza de madera protegida por un pequeño techo. Parecía muy ocupado. Me acerqué con cautela.

—¿Cómo te llamas? soy Julieta. ¿Qué haces?

Él no me respondió, pero lentamente me mostró las páginas de su herbario. Era muy cuidadoso. Había hojas y pequeñas flores que secaba meticulosamente entre dos hojas de papel secante presionadas por un diccionario grande. Su mirada se dirigió hacia el árbol rojo, el azul insondable de sus ojos me subyugó en ese momento. Nunca lo olvidaré.

Fue esta mirada la que me turbó de nuevo cuando eligió sin decir palabra sentarse a mi lado en el banco de la clase de segundo. Casi nunca hablaba, incluso cuando le preguntaban los profesores, lo que aumentaba el misterio que lo envolvía. No sabía qué hacer para romper el hechizo. Me sonreía, siempre era servicial, pero en silencio. Mi lugar estaba contra la pared, tenía que levantarse cada vez para dejarme pasar, podía observarme a su gusto, y a veces me las arreglé para rozarlo. Me vestía simplemente, como era necesario en el colegio, sin maquillaje, sin perfume, habría sido una lástima desnaturalizar el hermoso olor campestre que emanaba de él. Un botón olvidado no era tan malo, estaba bien dotada. 

Lo intenté todo, me ofrecí a ayudarle en las materias que se le daban peor, y eran muchas, había repetido el año. Una vez le pregunté si todavía tenía su herbario. Su reacción fue casi brutal, por primera vez. Se levantó y pidió permiso para salir. Me quedé desconcertada, parecía un tema tabú.

El lunes siguiente, se disculpó y aceptó que tomáramos un café juntos en un pequeño bar cerca del colegio. La tarde antes de salir de la escuela, me preparé cuidadosamente delante del espejo del baño, probablemente no tendría otra oportunidad. 

Su herbario, lo había comenzado con su madre. Ella había muerto, un cáncer se la había llevado. Quería seguir adelante, a pesar de que su padre lo consideraba un juego de niños y le prohibía ocuparse de ello. No quería ceder, pero no conocía bien las plantas, excepto su árbol, el árbol rojo. 

—Yo te ayudaré, — le dije, —conozco bien los árboles, cuando estaba en sexto grado, también empecé uno. 

Era cierto, era parte de las estrategias que me había inventado para descongelarlo. Esperaba conocerlo. Cada fin de semana, el árbol rojo, la pared pastel, los dos arbustos formaban parte de la cita, pero cuando entraba en el patio, no había nadie bajo el porche. En la secundaria, durante el recreo, nunca lo vi.

Ahora en segundo, teníamos una pasión en común, nos veíamos cada vez más a menudo, yo subía alegremente el camino amarillo, cada vez con un vestido más corto, la estación lo permitía. Pero para llegar a pequeños toques, por no decir besitos, tuve que esperar casi hasta el final del año escolar.

Aquella mañana estaba finalmente desnuda, descuartizada de placer, sumergida en las profundidades desconocidas de esa mirada sin fin. ¿Qué buscaba en mí ese chico de corazón simple? 

No me atreví a descubrirlo. Pocos días después de nuestra aventura, Alain abandonó sus estudios. Me casé por voluntad de mis padres con un médico. Cuando volví a ver a mis padres en el pueblo, intenté dar un paseo hacía la casa del árbol rojo, sin éxito. Pero yo sabía que él se había hecho cargo de la granja y que nunca se había casado.

Hoy esta decidida, el paseo la espera, lo sabe.

Se detiene un momento más en un banco, la sombra en el cementerio parece retenerla.

Piensa en él, se sumerge en el azul de sus ojos, se ve acostada a su lado. Duerme, su pelo es rubio como la paja. ¿Cómo va a estar hoy?

De repente se levanta, va hacia el camino que bordea la casa con sombras coloridas, el árbol, el árbol rojo está allí, cada vez más torturado, cada vez más hermoso.

Jean Claude Fonder

Mujer por primera vez

Pablo Picasso. Homme et Femme. 1971

Esa mañana cuando me miré al espejo vi a una mujer muy guapa que me sonreía. ¿Era yo? No podía creer lo que estaba viendo, me palpé y descubrí un cuerpo con formas femeninas evidentes. Un cuerpo sensual y provocador que me gustaba brutalmente. Me miré de nuevo, era realmente yo, reconocí hasta un pequeño grano que tengo en la mejilla izquierda. También tenía tetas, me acuerdo que el pediatra se burlaba de mí diciendo que tenía senos como una muchacha. Pero ahora las tenía de verdad, eran firmes y bien formadas con unos pezones rosados y apenas marcados. Y mi sexo, pensé de repente, ya no estaba, mi pene quiero decir, porque una vulva se disimulaba detrás del velo tupido del pubis. Me di cuenta entonces de que tenía también una vagina, miré mis caderas, eran anchas y marcaban una cintura fina y bien arqueada. Sí, era todo lo que había deseado siempre en mis sueños más locos, una maravillosa y espléndida mujer, hermosa y deseable.
Siempre he admirado y envidiado a las mujeres, seres más complejos, más ricos, más sensibles, dotadas de una inteligencia intuitiva que sobrepasa de lejos la simplicidad racional masculina. Evidentemente, y no soy el primero que lo dice, no hay una clara frontera entre los sexos, todos tenemos algo de femenino y de masculino, pero, en mi opinión, hay más de femenino en nuestra mejor parte. La mujer es la vida, el futuro del hombre, decía Aragon.
¿Estaba proyectado en el futuro? Empecé a darme cuenta de todas las consecuencias de esta transformación. Estaba casado con una mujer maravillosa; mi mujer, todo lo que amaba ¿iba a aceptarme como amiga, como amante? ¿Necesitaba a un hombre?
Seguía palpándome, sí, era una mujer y me deseaba cada vez más. ¿Cómo podía realizarse, materializarse este extraño onanismo? Tenía enfrente a mí la mujer más guapa del mundo, una mujer perfecta y no podría jamás poseerla. Además no podía y no querría traicionar a mi esposa. Una Dulcinea, no seré nunca más que una mujer idealizada. ¡Qué pesadilla!
En ese momento…, mi mujer me despertó.


Jean Claude Fonder

Evasión

Summer Glow
Sally Rosenbaum

El calor es pesado, tropical. La humedad es invasora, su ropa, aunque sea ligera, se le pega a la piel. La luz es deslumbrante pero como filtrada, todo el jardín parece borroso alrededor de ella. El árbol que debe protegerla no proyecta ninguna sombra. Los perfumes de todas las plantas que lo rodean son embriagadores e invaden el ambiente, el calor los exalta en un cóctel indefinible y potente. No hay un soplo de viento que traiga un poco de frescura, la atmósfera es irrespirable, pero ella no parece preocupada. La cabeza inclinada sobre el libro, con los ojos disimulados por el sombrero de paja, aferrada a la copa de vino tinto que acaba de vaciar, prosigue ávidamente su lectura.

El ladrón, vestido y encapuchado de negro, con traje adherente, como el que llevan los mimos, entra en la sala cercenando un orificio en la vidriera que sirve para iluminar las pinturas expuestas. Debe de ser un acróbata pues ha sido capaz de subir al tejado agarrándose al canalón exterior. Está segura de reconocerlo, sus movimientos son flexibles como los de un bailarín, su cuerpo está modelado como el de un atleta griego. 

Ha estado viniendo durante toda la primavera, instalando su pequeño caballete delante de ella, colocando con cuidado la tela y desembalando atentamente sus colores y sus pinceles. La miraba fijamente, tratando de penetrar sus misterios. Día tras día venía, a veces en un gesto de cólera, cambiaba el lienzo y volvía a empezar su cuadro desde el principio. Ella no entendía, habría querido ver sus bocetos, sobre todo porque cuando él no estaba satisfecho con su trabajo, la miraba rabiosamente como si hubiera querido robarla, hacerla suya.

Y por fin, hoy se le acerca, la descuelga suavemente, la mete en una bolsa protectora, la envuelve tiernamente en sus brazos, y huyen corriendo mientras las sirenas se desencadenan.



Jean Claude Fonder