Tren

Train dans la neige – Claude Monet, 1875

Nieva mucho esta mañana mientras tomo el tren hacia Bruselas. Tengo un abono y hago el trayecto cada día para ir a trabajar. 

Vivo en Lieja en este periodo. Mi mujer es docente en una escuela municipal, hemos pedido su transferencia a Bruselas donde queremos instalarnos. Mientras tanto, hago cada día el viaje. He probado ir en coche, pero es peligroso y, de todas maneras, prefiero el tren. Dos horas al día para leer, escribir, trabajar y, por qué no, soñar, cómodamente instalado en los vagones de primera clase. Ya soy un ejecutivo y trabajo de informático. Es un trabajo duro, a menudo tengo que quedarme en Bruselas algunos días y trabajar por la noche, pero me pagan bien y es una profesión apasionante.

No hay muchos viajeros en primera clase, excepto en los días en que hay sesión pública en el parlamento. Esos días los parlamentarios, diputados o senadores originarios de Lieja alborotan los compartimentos. Adiós a mi tranquilidad, las discusiones son muy animadas, es por ello que se le da a mi ciudad un apodo muy característico: la ciudad ardiente.

Este lunes afortunadamente hay poca gente, el coche está tranquilo. Una sola persona está sentada conmigo en los bancos mullidos, recubiertos con cuero rojo de mi compartimento. Observo que hace los crucigramas del periódico «La gauche» utilizando un portaplumas Cartier. 

El tren, saliendo de Lieja, sube un plano inclinado para dejar el valle. Cuando llega a la cima de la pendiente, tiene que parar algunos instantes para que se descuelgue la segunda locomotora y, si estás sentado del lado bueno, puedes observar un hermoso panorama de la ciudad. Hoy está blanca, los tejados cubiertos por la nieve y el río la atraviesa despacio y sin ruido, majestuosamente.

El tren arranca de nuevo, recorremos la meseta inmaculada de la Hesbaye que ondea con suavidad sin otros obstáculos que alguna granja cuadrada que reina en medio de enormes extensiones de tierras aradas que la nieve ha convertido en una gran estepa nevada. Pienso en Miguel Strogoff, recuerdo su trayecto en tren a la salida de Moscú dirigiéndose a los montes Urales, recuerdo los dibujos de Hetzel, la nieve ahora nos rodea, el cielo está gris perla, se ve apenas a unos metros más adelante. Imagino los trineos en la llanura siberiana que luchan contra la borrasca y, de repente, un chirrido horroroso desgarra el silencio que nos envuelve, el tren frena desesperadamente, las ruedas bloqueadas crujen sobre el acero, un choque ligero y nos detenemos. ¿Qué pasa? ¿Un obstáculo sobre el trayecto? Todos nos interrogamos. Intentamos ver algo por las ventanas. La nieve es omnipresente, el revisor, desaparecido. ¿Qué hacer? Abrir una puerta, una ventana, no se puede. La tormenta ruge fuera. 

El tiempo pasa, finalmente la puerta que separa los coches se abre, el jefe de tren aparece.

—Mantengan la calma, el tren no ha descarrilado. El viento y la nieve han formado un ventisquero sobre los binarios, afortunadamente el conductor lo ha visto a tiempo y ha podido parar el tren. Hemos llamado a la central operativa y van a enviarnos un quitanieves. Esperando vamos a servirles café caliente.

¡Café, café! Prefiero champán, el hielo no falta. En el Expreso de Oriente, es champán lo que nos habrían servido. La aventura continúa, ¿qué va a pasar? La nieve se está calmando, podríamos echar un vistazo fuera. Temerariamente, abro la puerta del coche. ¡Qué espectáculo! Un paisaje de ensueño. El sol ha salido y ha limpiado el cielo, el blanco es casi insostenible. Sólo algunos árboles aislados y recubiertos de nieve rompen la monotonía del horizonte. No soy el único, numerosos viajeros han bajado, algunos niños ya han improvisado una batalla con bolas de nieve. Cuando de repente un silbido resuena, una locomotora especialmente equipada llega a lo lejos. El jefe de tren reúne su rebaño y nos hace subir a todos a bordo. Algunos instantes más tarde, el tren retoma prudentemente su camino.

Una hora más tarde llegamos a la estación central. En Bruselas no hay nieve, los viajeros se alejan tristemente del tren.


Jean Claude Fonder

El mercado de flores

La costa belga, ¿conocéis? 65 km de playas que dan al Mar del Norte, a la salida del canal, del Canal de la Mancha, que separa Europa de Inglaterra. El país no es muy grande, así que es normal que el contacto con el mar sea bastante limitado. Son playas bastante grandes cuando hay marea baja, lo que permite organizar fácilmente juegos de pelotas o bolas. En el lado hacia Francia, se practica también el carro a velas. Lo habéis entendido, parece un velero, pero el barco es sustituido por un carro ligero cuyas ruedas corren fácilmente sobre las grandes extensiones de arena endurecida. Cuando el mar sube, cubre rápidamente esta llanura y se detiene en los montículos que se han creado para retenerla naturalmente, son las dunas que se levantaban, aglomerando plantas arbustivas para agarrarse mejor al terreno.

En la Edad Media el mar llegaba al puerto de Brujas, luego con el tiempo se fue retirando, dejando tras de sí una muy apreciada campiña. Pero hoy, por desgracia, una gran parte de las dunas ha sido sustituidas por edificios verticales con apartamentos. El turismo de masas se ha apoderado de esta joya natural y sus tradiciones. ¿Qué belga no iba «al mar» durante sus vacaciones? O mejor aún no poseía como segunda residencia una villa o un apartamento cuya ventana permitía contemplar un mar agitado que se lanzaba al asalto del dique que bordeaba la playa con olas de 10 metros de altura.

Los museos eran numerosos, los parques naturales también, la reconstitución de actividades del pasado como la pesca de gambas con caballos de tiro que entraban en el mar, campos de golf, escuelas de caballos, y por supuesto la pesca y la gastronomía que lo acompaña.

¿Quién no se ha permitido las delicias incomparables que se encontraban «al mar«? Me bastará citar las cazuelas de mejillones con patatas fritas, los lenguados y las ensaladas de camarones. Me refiero por supuesto a los camarones grises, que se pueden comprar en el puerto directamente apenas los asan, en un cono y que después había que pelar uno por uno. Y no olvidemos los gofres con crema, los crepes y el helado, por supuesto.

Sí, es del paraíso terrenal del que os hablo. 

Sin embargo, no he terminado, todavía tengo que hablar del mercado de flores. No el de las verdaderas flores que por supuesto existe como en todas las ciudades.

«Al mar«, en las playas se encuentra también un mercado de flores …

Los niños y sobre todo las niñas cavan un agujero en la arena y delante hacen una puesto donde plantan las flores que su madre les ayudó a confeccionar. Son pequeñas flores hechas a mano con papel crepé y otros objetos útiles. A menudo han preparado todas sus ofertas, en casa durante el año. Y puedo asegurar que he visto puras maravillas, y por supuesto las vendían muy caras. Sí, es cierto, vendíamos y comprábamos con pequeñas conchas, difíciles de encontrar. Se llaman «Cuchillos» y cada uno se las guarda de un año a otro.   

No lo creeréis, pero esta hermosa tradición todavía existe. Una maravilla, espero que sea imperecedera.


Jean Claude Fonder

La Danza

Ese año, yo tenía 16 años, mi madre acababa de inscribirme en una clase de baile. Estábamos en 1959, época en la que la danza todavía formalizaba las relaciones entre los sexos. Los años sesenta iban a cambiar brutalmente todo esto, pero no lo sabíamos todavía y, de todas formas, ser un buen bailarín era siempre una baza fundamental entre las cualidades de un joven seductor. Pero unos años más tarde, es gracias a un Slow de Charles Aznavour que conquisté a mi esposa. Ella siempre disfrutaría formando conmigo una formidable pareja de Jive, que entonces se llamaba Rock, y puedo decirles que, aunque todos bailaban Twist & shout de los Beatles, muy pocos fueron capaces como nosotros de bailar sobre el inolvidable Jailhouse rock de Elvis.

También hay que decir que mi esposa y yo, por supuesto, éramos aficionados, pero también apasionados de la danza contemporánea, en una palabra, que significaba todo en ese momento: Béjart. Habíamos visto una noche muy tarde en la TV, el bolero de Ravel, la interpretación única que la compañía de Béjart, El ballet del siglo XX, como se llamaba en Bruselas, realizó esa noche. Esta nos convenció, teníamos que ver este espectáculo. Yo trabajaba entonces en la capital y logramos ver, no el bolero sino lo que era una obra maestra indiscutible: La consagración de la primavera, de Stravinski.

La sala se llamaba Le Cirque royal, era en efecto un circo de invierno que la Monnaie, la ópera de Bruselas había confiado, para construir sus espectáculos, a Maurice Béjart. Solo los cuerpos de los bailarines ocupaban la escena circular y la coreografía del maestro sobre la música genial del compositor elaboraba maravillosamente el milagro de la naturaleza, los dos géneros masculino y femenino se enfrentaban, se reconocían y se unían para construir la arquitectura del futuro, la vida y el amor. Perdimos pocos espectáculos, los encontramos incluso en Milán, donde vivíamos entonces, cerca de Lausana donde la compañía se había trasladado.

La última vez que vimos a Béjart fue en Niza, donde se había organizado un espectáculo para conmemorar su carrera con motivo de un aniversario. El milagro funcionó, por supuesto, sobre todo porque se proyectó en presencia del maestro, la versión del Bolero, filmada por Lelouch, en el Arco del Triunfo de París y sobre todo bailada por Jorge Donn, el intérprete que finalmente Béjart eligió para formar una pareja que permitió al autor de unirse a su obra.


Jean Claude Fonder

Las ruedas son mágicas

¿No les cansan la tele? 

Hace años que este mítico objeto de los años 60 ya no está en el centro de nuestra sala de estar. Sin embargo, ¿quién no recuerda su primera televisión, la llegada del color, la coronación de la reina Isabel, el primer hombre en la luna, … Y eso no es todo, culturalmente también fue una revolución. El teatro, los grandes clásicos, el concierto de Año Nuevo en Viena, las películas, los partidos … Algunos han creado una sala de cine en su casa.

Pero muy pronto, fue la irrupción de la publicidad, debería más bien decir la invasión, las cadenas comerciales, e incluso las cadenas que pagaban no se salvaron. El modelo americano se impuso. Estábamos muy lejos de la escucha familiar en torno a la radio.

Y luego la distribución, son ellos los que deciden lo que ustedes deben, lo que pueden ver y cuando pueden verlo, entonces la proliferación de una programación de bajo nivel, hecha de juegos estúpidos, variedades populares, y la omnipresencia del fútbol.

Afortunadamente, internet ha hecho estallar el tapón. Gracias a la tecnología, los distribuidores pueden ser esquivados, se puede ver una ópera, un concierto, una representación teatral, un documental hermoso, eventos deportivos, una serie y por supuesto películas en todos los países del mundo. Puede ser gratis o de pago, y ustedes pueden usar una VPN que les lleven al país que deseen. Ustedes son libres de elegir, pueden ver y volver a ver cuando quieran y pagan lo que quieran. Además de esto puede ser interactivo, ustedes pueden participar en conferencias, cursos y talleres, así como ustedes mismo pueden organizar una reunión entre amigos.

Es maravilloso, pero hay que utilizar su ordenador, hay muchos televisores con algunas funciones de internet, pero limitado por supuesto. O también se puede conectar el ordenador a la TV, pero en general está instalado en su oficina o en una mesa que lo substituye. Una tableta, pero también es limitada y no muy práctica. 

La solución es mi esposa que lo encontró: Las ruedas.

Tengo un buen ordenador de mesa Apple, con una pantalla grande (28″), de calidad superior a la del televisor y conectado a mi canal HiFi. Está instalado sobre una pequeña mesa a la altura de mi sillón. Es decir, no el de una mesa de salón ni el de un escritorio. No es fácil de encontrar, elegí un mueble para niños de buena altura y montado sobre 4 ruedas.

Cuando trabajo o busco lo que queremos ver, lo acerco a la silla y cuando miramos simplemente lo muevo hacia el centro de la habitación.

¡Las ruedas son mágicas!


Jean Claude Fonder

El coche 

— ¿No tienes coche, abuelo?

La pregunta le tomó desprevenido. Apretó un poco más el volante, parpadeó para aclarar la vista. ¿Podía seguir conduciendo? En Bélgica su licencia era de por vida. Miró a la adolescente que le sacaba su mejor sonrisa. Todo en ella evocaba la juventud, era bella y corta vestida. ¿Tenía ella alguna duda?

Tenía más de 80 años y había conducido todos los coches imaginables. Su primer coche, un Ford Taunus de segunda mano que lo había prestado su padre. A los 16 años ya había dado sus primeros pasos. Cuando en Bélgica unos años más tarde se instauró el permiso obligatorio, le había bastado declarar que sabía conducir, y le entregaron este documento que ahora, después de su regreso de Italia, había podido recuperar en forma de tarjeta electrónica. Allí su patente italiana ya no sería válida sin pasar un examen médico.

— Cuando trabajaba, conducía un vehículo de empresa, me lo cambiaban cada tres o cuatro años, eran de todas las marcas, cada vez más grandes y más modernos. Cuando me jubilé, en vez de comprar uno, vivía en el centro de Milán, cuando nos desplazábamos, además de los atascos, la idea de encontrar un lugar para aparcar era una pesadilla, preferí alquilarlos. Como para los coches de empresa todo está incluido y, sobre todo, yo solo pago por el tiempo que lo uso y donde me sirve, al salir de un avión, por ejemplo. Me pareció bien y como puedes imaginar, conduje de todo, incluso los coches eléctricos.

— ¿Cuál te gustó más?

Una imagen surgió en sus pensamientos, el Volvo. El primer coche que habían comprado nuevo, lo habían mantenido 15 años, era como parte de la familia, fue su esposa quien eligió el color. Juntos habían recorrido toda Italia de vacaciones, cuando él soñaba aún con poder trabajar allí algún día. Tenían entonces una casa en el campo, y la aparcaba bien a la vista sobre la pequeña rampa que subía hacia el garaje.

— Mi Volvo, respondió.

— ¿Y por qué?

— Era de un hermoso color amarillo


Jean Claude Fonder

La Noche estrellada 

La Noche estrellada, Van Gogh (1889)

El partido de tenis había terminado con una derrota del español Alcaraz, la pantalla estaba apagada, me encontré solo en el apartamento inmerso en la oscuridad, atrapado por la intensidad del juego no había encendido nada. La noche de Bruselas llena de oficinas innecesariamente iluminadas invade mi soledad.

Una cama vacía, fría de una ausencia que el calor veraniego no podía justificar, me esperaba. Volví a pensar en la noche estrellada de Van Gogh y en el micro cuento que debía escribir para septiembre, cuando retomaremos. El estilo que Van Gogh había creado genialmente para realizar sus últimas obras maestras reflejaba perfectamente el caos de mis propios sentimientos. Comprendía terriblemente bien esas curvas que se superponían como las ondas de un mar enojado, la confusión fluctuante que rodeaba las luces que poblaban el cielo de la ciudad dormida que se negaba a comprenderme. Este enorme ciprés que atestiguaba impasible el luto que irremediablemente me tocaba.

Me colé entre las sábanas y extendí mi brazo hacia el lugar de la ausente, abracé el cojín que nunca podría sustituirla.

Mis pensamientos volaron para imaginar una historia que la noche podría sugerirme. El calor se hizo más intenso, sentí a mi lado lo que debía ser un cuerpo, la curva de una cadera, la redondez de una nalga, alguien se había metido en la cama. Tenía el pelo largo, sus formas no permitían dudar de ello, era una mujer. La acaricié tiernamente. Se dio la vuelta y me abrazó con una gran sonrisa. Era Ella.


Jean Claude Fonder

El peral “Conference” 

Pierre-Auguste Renoir L’albero di pere, 1889

Su follaje había invadido todo el fondo del jardín, tenía ya más de 50 años, el césped no había sobrevivido cerca de su tronco, pero con placer que nos refugiábamos bajo su sombra cuando el verano estaba en pleno apogeo. Hay que decir que no estaba solo, a su lado, no muy lejos, habíamos plantado otro peral, un poco más pequeño porque tenía unos años menos.

Él era un peral «Conference», podía polinizarse a sí mismo, pero cuando después de cinco años de cuidados atentos aún no producía frutos, se nos aconsejó que se le acercara otra especie, la pera «Decana de la Corona». Unos años más tarde se produjo el milagro, rápidamente nuestra producción de peras sobrepasó ampliamente nuestras necesidades, las ofrecimos a los amigos, a los vecinos, mi mujer hacía compotas, e incluso más tarde sirope y yo con un vecino experto me lancé en la destilación.

Fue maravilloso cuando en los primeros rayos de la primavera nuestra pareja se cubrió con hermosas pequeñas flores blancas, el espectáculo era deslumbrante y prometedor. Cada año había más peras, la pera Conferencia esbelta, larga amarilla y marrón, de carne firme y sabrosa, y por supuesto la hermosa Decana amarilla, verde y roja más tierna y jugosa, una armonía perfecta que no dejaba de mejorar.

Muchos años después, estábamos en pensión, de repente en pleno verano, fue el drama, fue fulgurante.

Una enfermedad mortal, el fuego bacteriano, en pocos meses acabó con el pobre peral Decano. Tuvimos que serrarlo, e incluso extraer las raíces para evitar contaminar el Conference. Se salvó y, aunque en menor cantidad, en el otoño, pudimos cosechar sus peras.

Pero la primavera siguiente produjo pocas flores y una helada tardía destruyó las que apenas estaban abiertas.

Ese otoño no hubo peras. Este triste escenario se repitió al año siguiente y esta vez el Conference no pasó el invierno.


Jean Claude Fonder

Balbec

Proust À l’ombre des jeunes filles en fleurs

Una bella pareja como tantas otras, se acercaba sobre la arena de un mar azul, pero con pequeñas olas blancas, ella llevaba un vestido con crinolina, se protegía con una sombrilla inmaculada; él, canotier en la cabeza, llevaba un pañuelo blanco sobre una chaqueta estival oscura. En los hoteles del dique, como verdaderos palacios, ondeaban las banderas de todos los países. En este comienzo de temporada, la brisa salada, algo de fuerte, transportaba un poco de arena para lastimar mejor mi cara ya bronceada.

Al final del paseo, distinguí por fin una pequeña hilera de muchachas que ondulaban ocupando todo el ancho de la acera. En el centro, como para dirigir la pequeña tropa, mi Albertina, de chaqueta azul sujeta por dos grandes botones blancos, empuja una bicicleta, con una amplia sonrisa. Desde aquí se oían sus pequeños gritos que surgían en medio de las cascadas de risas que estallaban a cada momento. Sin preocuparse por nadie, avanzaban decididamente obligando a los demás a contornearlas.

Pronto se me unieron, y se amontonaron a mi alrededor; cada una quería besarme, pero yo me retuve, quería abrazar primero a Albertina. 

Albertina, no lo sabía todavía, pero iba a tener un papel muy importante en mi libro. El libro de mi vida. En busca del tiempo perdido.

Estábamos en Balbec en Normandía, con mi abuela, pasábamos las vacaciones allí, y los recuerdos que guardé de ese período los he contado en un volumen que publiqué después de Por el camino de Swann, lo llamé A la sombra de las muchachas en flor.

Por supuesto que no me llamo Marcel, pero cuando veo el cuadro de Monet, Paseo en Trouville, solo puedo evocar la obra de Proust que me ha marcado tanto y que he releído tantas veces.

Quizás debería haberle contado lo que usted habría visto en Ostende sobre el dique como lo llamábamos cuando pasaba allí mis años de infancia.

El dique que domina la playa, en cierto punto es de 10 metros y está al mismo nivel en otro; es muy amplio y largo, muchos se pasean en cuistax, una especie de coche de 4, 6 e incluso 8 plazas donde cada pasajero está equipado con pedales. Por un lado, se domina una playa inmensa, sobre todo en marea baja, donde la arena dura es tan ancha que se pueden crear allí verdaderos campos de deporte; la arena fina está surcada con cortavientos para que los veraneantes que toman el sol casi sin ropa puedan hacerlo sin sufrir demasiado. Frente al dique, bordeado por restaurantes, bares, y sobre todo pastelerías que difunden impunemente el olor tentador de las crepes y los gofres, que gozan aquí de una merecida fama.

Encontraréis, por supuesto, una hilera de muchachas en flor, que estarán sin duda más desvestidas, pero no sé si seréis seducidos por sus encantos impresionistas y en vuestro sueño despierto oiréis la pequeña frase de Vinteuil.


Jean Claude Fonder

La cólera del abuelo

Tranvía de Copenhague
Paul Fischer (1786 – 1875)

—Abuelo, ¿por qué refunfuñas?
El anciano, vestido con un chándal lleno de marcas deportivas, mira la reproducción de un cuadro de Paul Gustav Fisher y, rojo de ira, se lanza a una diatriba inflamada:
— ¿Cómo quieren que me inspire? muy bonito, sí, pero ese mundo ya no existe. Tranvías similares todavía funcionan, cuando no se utilizan para hacer una publicidad degradante. ¿Has conocido recientemente a un hombre elegantemente vestido con sombrero de fieltro gris a banda negra y calzado de cuero que lee un periódico y lleva consigo un par de libros o bien una pareja de damas con sombrero estilo años 20 que usan guantes y charlan como si estuvieran en un salón, un ramo de flores odorantes junto a ellas para alegrar el ambiente? Y un controlador, ¿sabes? que amablemente acoge a los viajeros, les informa y comprueba sus billetes. Hay también un hombre que fuma un cigarro, eso no estaba prohibido en aquel entonces.
No, los tranvías de hoy están llenos, apenas puedes moverte, y aunque tienes derecho a sentarte como anciano, a menudo tienes que pedirlo. Por otra parte, no te ven y mucho menos te oyen, están sumergidos en sus celulares, tecleando a toda velocidad o escuchando una música ruidosa, auriculares en los oídos. De elegancia no hay rastro, están vestidos como yo en este momento, hay algunos hombres en trajes, pero con una mochila, o algunas chicas descaradamente desvestidas si vamos de camino a una discoteca el viernes por la noche. El controlador ha sido sustituido por máquinas para timbrar, la mayoría de las veces averiadas, pero en todo caso no se le presta mucha atención. Por el contrario, hay que tener cuidado de que no te roben en una multitud como esta, los profesionales de este deporte son muchos en los medios de transporte actual.
— Hay que adaptarse al momento, dice la joven, vestida también de forma deportiva. —Yo prefiero ir en bicicleta.
—Y yo en coche eléctrico —responde el abuelo que ha recuperado la sonrisa.


Jean Claude Fonder

El secreto de mi padre

.

Era grande y ancho, su voz era grave, todo en él era impresionante. Cuando hablaba, su tono era definitivo, él decidía. Sin embargo, era amable con todos, nos escuchaba con benevolencia, con su ordenador hacía todo, lo dominaba todo. Él era el Padre.

Mi madre lo adoraba, pero lo criticaba, decía que era un hombre y que, si participaba en las tareas del hogar, siempre encontraba algo malo en lo que hacía. A pesar de estas pequeñas diferencias eran una pareja perfecta, tenían los mismos gustos artísticos, compartían las mismas ideas políticas y todo lo demás; nuestra madre aprobaba y apoyaba las decisiones que él tomaba.

Ella era pequeña y un poco gordita, pero un fular de Hermes atado alrededor del cuello le daba un cierto aire travieso; su sonrisa ancha y sus grandes ojos azules eran irresistibles. Su papel era importante en la casa, ella decidía todo en cuanto a estética, comida y vacaciones. Mi padre, sin embargo, se reservó una prerrogativa: había en medio del salón sobre una mesita una pequeña caja de caoba. Mi madre decía «No lo toques, es el secreto de tu padre». Era extraño porque en la casa no había prohibiciones, ni siquiera para mí, la pequeña. Apenas nací el hogar se formó. Era un matrimonio de tres personas, podríamos decir, tenía mis deberes, aunque tuviera que aprender, se me asignaba un papel que me parecía importante, nos gustaba vivir en una casa ordenada y, bueno, yo tenía que guardar los juguetes, por supuesto, pero también la vajilla, y las cosas de papá.

Poseía, pues, una pequeña caja de caoba colocada sobre la mesita del salón. Estaba cerrada con llave. No se podía abrir. Me moría por saber, era su secreto. El secreto de mi Padre. Mi madre no estaba curiosa, quizás lo sabía. Un día, cuando cumplí 18 años, no pude resistir y le pedí que abriera. Él me miró riendo y giró la llave. Dentro había otra caja, pequeña y de cuero esta vez. Había una pequeña tarjeta de visita, estaba escrito: «para abrir el 21 de agosto de 2025». Calculé que serían sus sesenta años de matrimonio.

Mi madre, por desgracia, murió antes de esa fecha, el 28 de marzo del mismo año. Mi padre, desesperado, rompió el sobre y abrió la caja.Brillaban en la habitación oscura: dos anillos de platino, uno pequeño y otro grande.


Jean Claude Fonder

El sueño bucólico

La costurera
Santiago Rusiñol (1861 – 1931)

Estaba rodeada de cestas que rebosantes de ropa blanca recién lavada y secada al sol. Un verdadero mar de sábanas blancas cuya espuma se esparcía apaciblemente sobre los adoquines rosados de la sala. La pequeña costurera sabiamente vestida afrontaba con su aguja el interminable trabajo que le esperaba. Las puertas-ventanas estaban abiertas para dejar entrar alegremente el aroma de hierba recién cortada que acompañaba los rayos primaverales que inundaban el gran jardín vecino. Todos sus sentidos estaban en alerta para recoger las expresiones de felicidad que la naturaleza experimentaba al despertar.
Su aguja corría sin pensar a lo largo de la costura que debía reparar. Un ruiseñor lanzó súbitamente su canto alto, un crujido de hojas en contrapunto y la fragancia delicada de un arbusto en flor llevaron los pensamientos de la joven a un sueño despierto. Recordó la sinfonía pastoral que había podido escuchar en Barcelona. Buscaba distinguir el sonido de la codorniz y del cuco que el oboe y el clarinete imitaban tan bellamente como la flauta del encantador ruiseñor. Creyó incluso percibir a lo lejos unos golpes de trueno entonados por los timbales que anunciaban la tormenta, la lluvia que luego refrescarían la atmósfera y la alegría que por fin celebrarían los caminantes al regreso del sol. Quién sabe, pensó, si algún bel sátiro entre ellos no estaba tocando su flauta. La chica comprobó rápidamente su traje, su peinado y con una bonita sonrisa se volvió hacia la puerta. Apareció una sombra, alguien se acercó y un joven apuesto echó una mirada maravillada a la bella costurera.


Jean Claude Fonder

Cadaver

Cadáver es el nombre de mi perfume, soy la fragancia exclusiva de una estrella muy conocida del cine.  «Succube chic«, la moda gótica que ha adoptado despierta sin duda al vampiro que duerme en todas las mujeres: vestidos negros, joyas entre lo sagrado y lo profano, y labios grises. Solo mi fragancia podía soportar un look demoníaco como ese, capaz de conquistar a cualquier macho que quedara a su alcance. Se encuentra la frescura de los lagos y ríos más allá del círculo polar y experimenta nuevos acordes: las notas aldehídas que dan un aspecto metálico, mineral a las flores de menta que me componen.

El desafío es siempre importante, las alfombras rojas son frecuentadas por mis colegas más famosos, Opium de Yves Saint-Laurent, Shalimar de Guerlain, Miss Dior de Dior y voy a citar todavía Chanel No. 5, el único que podría temer. En estas ceremonias, a las mujeres les gusta mostrar su cuerpo, sus pieles están expuestas a los focos, el sudor abunda y añade un componente sutil y personal a cada competidora. Ellas creen que el olor que propagan les ayuda a conocer a las personas adecuadas para una próxima película, o para obtener un comentario halagador en la prensa. 

Yo, por el contrario, creo que esos excesos de colores, esos pechos revelados, esas emanaciones sensuales, estos maquillajes extravagantes acaban por sobrar y que la sobria y neutra sencillez en la que mi patrona intenta en vano disimular la belleza natural de sus curvas y rasgos, es mucho más eficaz. En la noche de los Oscar ella me llevaba y mi fragancia asesina atrajo la atención de un actor cuyo nombre no les revelaré.

Quiso sentirla mejor, y ella le plantó sus lindos colmillos en el cuello.


Jean Claude Fonder

Pánico

Huyendo de la crítica
Pere Borrell (1835 – 1910)

—Señor Borrell, ¿por qué tengo que poner expresión de pánico?
El joven, que acababa de bajar del andamio sobre el cual el pintor había colocado un marco vacío que dejaba ver la tela negra tendida detrás de él, se acercó al artista para mirar la pintura. El pecho anchamente descubierto, la camisa en desorden, los pantalones revueltos, un pie sobre el borde inferior del marco, las manos agarradas a los lados, los ojos desorbitados, la boca que parece que va a gritar, había simulado durante mucho tiempo la actitud de alguien que huía de un peligro terrible y que no dudaría en precipitarse al vacío para escapar. Cuando vio el retrato que el pintor ya había esbozado ampliamente, quedó estupefacto. Un verdadero miedo lo inundó y su mirada buscó mecánicamente en el marco vacío lo que se escondía, un fuego por ejemplo, luego con cara interrogadora, se volvió hacia Borrell.
—Es un trampantojo, amigo mío. Parece más real que la realidad, ¿no? Bravo también por tu trabajo como modelo.
—Pero ¿por qué lo llamaste «Huyendo de la crítica»?
—¿Quién sabe si hablarán de mí si les huyo?


Jean Claude Fonder

Amor, vida y muerte


Jean Claude Fonder

Un cuento de Navidad

El amigo del muñeco de nieve
Vida Gabor (1937 – 2007)

—¿Cómo estás, amigo? Los años pasan y siempre hace demasiado calor en este estudio.
El hombre, riendo bajo su bigote, levantó el sombrero de copa. Estaba desaliñado, su camisa y su chaleco rojo fuera de los pantalones. Una gran bufanda amarilla rodeaba su cuello desabrochado, y su pajarita desatada. Tenía en la mano una buena botella casi vacía. El disfraz era perfecto, pero si nos acercábamos más se podía observar que llevaba una peluca de hombre calvo prematuramente, el pelo mal cortado y una falsa nariz demasiado roja. Todo ello ocultado por una gran cantidad de polvo de arroz desde el que se asomaba una barba de varios días.
La nieve, por supuesto, había sido proyectada delante de las grandes telas que recreaban un pequeño pueblo nevado y sus personajes inmóviles en el frío helado de una noche de diciembre. Una rampa de proyectores apuntaba sus rayos a nuestro borracho y al muñeco de nieve que saludaba. Este está hecho de cartón-piedra cubierto de nieve, con su escoba, su sombrero y su nariz formada por una zanahoria, parecía mirarlo.
Los destellos de relámpago de las fotos que se sacaban sobre el escenario para crear lo que se convertiría en tarjetas de felicitación. Uno de ellos fue más violento, con luz azul eléctrico. Una estrella muy brillante había aparecido en el cielo azul gris de la escena que pareció animarse desde ese momento.
—Es cierto —respondió el hombre de nieve que empezó a brillar cada vez más.
El borracho vacilaba, oscilaba, amenazando con caer sobre él. Un niño que había abandonado el trineo que su padre tiraba corrió hacia ellos y gritó:
—Apague esos focos, hay que protegerlo con esteras y añadir nieve, ¡se ve bien que se está derritiendo!


Jean Claude Fonder

Le canapé vert

En traje de noche, estaba sentada en una logia como en el teatro y contemplaba con asombro una pequeña ciudad antigua situada al pie de un volcán amenazador. La gente se dedicaba a sus ocupaciones, ligeramente vestidas como conviene en el azul mediterráneo de un cielo sin nubes. Un pequeño pueblo tranquilo donde me hubiera gustado vivir.

En primer plano sobre la amplia explanada del templo principal dedicado a algún Apolo rodeado por sus adoradoras, un sofá de color verde, idéntico al que he elegido para decorar mi boudoir. Tendido sobre él, un efebo completamente desnudo de extraordinaria belleza. Se parecía a Antinoo, al menos como lo describía Marguerite Yourcenar: «una cabeza inclinada bajo una cabellera nocturna, ojos que el alargamiento de los párpados hacían parecer oblicuos, una cara joven y ancha». Fue mi primer amante.

A unos pasos de él, bajando elegantemente los pocos escalones de una galería. Yo era rubia en ese momento y, también yo, desvelaba impúdicamente mi cuerpo como se ve natural en este escenario. Yo era muy hermosa.

Ambos somos perfectos, como lo son los modelos de cera, somos indiferentes y parece que no nos vemos el uno al otro. Como tampoco vemos a la joven, en el fondo, desnuda también ella, apoyada sobre una lápida, con el pelo suelto, llorando por el niño que acaba de perder. Era nuestro hijo.

Una detonación inesperada rompió el silencio de la escena, una oscuridad total invadió la habitación donde dormía: «se formaba una nube con el aspecto y la forma de un árbol y haciendo pensar sobre todo en un pino.» (Plinio el joven)

Jean Claude Fonder

El zapatito

El zapatero y la niña
Norman Rockwell (1894 -1978)

Caro había elegido su vestido más bonito, un pequeño vestido rosa con flecos que rimaba con un nudo del mismo color para embellecer su peinado. Ella abrazaba a su pequeña muñeca Juanita y llevaba una pequeña bolsa de barniz. Se sentía fresca y bonita, se examinó minuciosamente en el espejo que adornaba la puerta de su armario y se puso además un poco de perfume de su mamá, Chanel no5, un perfume floral muy femenino.

Así armada salió cautelosamente por la calle y recorrió vacilante las pocas decenas de metros que la separaban de la tienda del zapatero. Entró en la tienda, y lo que temía ocurrió, el zapatero no estaba detrás del oscuro mostrador, fue su hija quien la recibió con cejas fruncidas y una cara poco simpática.

— ¿Qué buscas aquí otra vez? — Gruñó ella, te dije que no vendemos nada para muñecas.

— Quisiera hablar con el señor José, tu papá.

— Trabaja abajo, no podemos molestarlo.

— Te lo ruego, Marta, es muy importante. 

Y se puso a llorar tan fuerte que desde el sótano se oyó gritar:

—Dios mío, ¿qué demonios está pasando?

Caro no esperó el permiso y se precipitó por las escaleras. José, el viejo zapatero, trabajaba en su banco, con la cabeza inclinada sobre un viejo y reticente zapato que intentaba reparar. La niña se precipitó sobre él, tirando a Juanita por el brazo. Con lágrimas en los ojos, sacó de su bolso un pequeño zapato negro y barnizado con la suela desprendida.

José tomó con delicadeza en la mano el pequeño y encantador objeto y, rascando los pocos cabellos que le quedaban, dijo con una gran sonrisa:

— No sé si tengo hilo lo suficientemente fino para coser la suela, pero voy a ver.

Caro se echó en sus brazos y cubrió con pequeños besos su cara arrugada que se escondía detrás de un hermoso bigote blanco.


Jean Claude Fonder

El contrato

Viento y Lluvia
Maurice Leloir (1853 -1940)

El Maestro Doyen, notario en Bruselas, luchaba ferozmente contra el viento y la lluvia que se apoderaban aquel día de la capital austríaca de los Países Bajos. Estaba acostumbrado a ello, era frecuente en este país. El mar estaba cerca, apenas 100 km hacia el oeste y nada protegía la ciudad levantada sobre los primeros contrafuertes de la meseta del Brabante, la llanura de las Flandes que se apodaba «Le plat pays» ofrecía solamente sus campanarios como obstáculos a las tormentas inglesas que atravesaban el canal de la Mancha al galope. 

Volvía del catastro donde se habían registrado las últimos escrituras de compraventa que había concluido en su gabinete.

Para llegar lo más rápido posible, había decidido que era mejor atravesar el parque delante del palacio del gobernador. Avanzaba con dificultad, el viento se había levantado inesperadamente. Envuelto en su redingote, tenía la carpeta llena de documentos bajo el brazo, protegido por su paraguas abierto y debía sostener también el tricornio que amenazaba con volarse a cada instante. De repente, ¡catástrofe! Su paraguas se volteó, y algunos documentos aprovecharon el movimiento que hizo para sujetar su paraguas para escapar y revolotear en el viento.

— ¡Mi contrato! —gritó.

Soltó su paraguas y corrió a buscar las hojas que parecían burlarse de él, se enrollaban, volaban y parecían sentir un malvado placer en hacerle correr. Finalmente, sobrecargados por la lluvia, las recogió y las deslizó cuidadosamente en su carpeta de la que reforzó las ataduras. Cuando llegara las apretaría entre dos papeles absorbentes para secarlos.

Suspiró por fin, ¡era su contrato! El contrato firmado por Josef II, el Emperador en persona. El contrato por el que se le nombraba notario en Trieste. El mar Mediterráneo, el sol, las playas, el palacio Miramar… Por fin iba a poder escapar de esta ciudad y de su mal tiempo.Como para darle la razón, las nubes se rompieron, un rincón de cielo azul apareció. Recogió su paraguas, lo puso en orden y se alejó silbando.


Jean Claude Fonder

La isla de los enamorados

Había llovido el día anterior, así que el aire estaba seco, el cielo azul muy claro, algunos cúmulos se escondían detrás de las montañas, la primavera entraba por la ventana cargada de perfumes embriagadores, la naturaleza se despertaba. Mónica miraba el lago azul grisáceo que rodeaba la pequeña isla y que revelaba sus misterios ante ella.

María, su hermana mayor, le había contado que la llamaban la isla de los enamorados. Más que una isla, era un islote rocoso cubierto de un poco de verdor, arbustos, la mayoría de follaje perenne cuyos variados tonos de verde se asociaban con felicidad a la piedra rosada de las rocas. Había muy pocos espacios abiertos. Se preguntaba cómo podría esconderse y cómo se hacía para desembarcar.

María contaba que hace mucho tiempo un joven guapo se había refugiado allí para huir de los perros que un mal padre, un rico comerciante, un propietario, había soltado contra él. Era un pescador que trabajaba en el lago, y un día la hija del comerciante, también joven y muy bella, le había pedido que la llevara al burgo vecino, al otro lado del lago. Unos meses más tarde, ya no podía disimular el tamaño de su vientre y la pesadez de sus pechos. El joven no dudó y fue a la tienda del padre para asumir sus responsabilidades.

Nunca se lo volvió a ver, pero algunos afirman que se pudo haber observado a un hombre casi desnudo que se escondía detrás de los arbustos de la isla. Desde entonces, la leyenda de los amantes que vivían en la isla salvaje alimentándose de bayas y de lo que podían pescar por la noche en el lago, se difundió cada vez más. Y ya no se pueden contar los episodios que las mujeres contaban susurrando en las cocinas cuando los hombres estaban ausentes. Un par de amantes prohibidos, otro joven guapo como un dios, una cortesana demasiado fácil que deshacía las familias, una bella joven virgen a la que se quería sacrificar en la cama de un horrible viejo rico, todos se imaginaban historias que poblaban la isla de sueños románticos.

Mónica, preguntaba, escuchaba, quería saber siempre más. Aquel día, acostada en el lago, tomando sol bocabajo se había quitado la parte superior del bikini y miraba con atención la isla, le había parecido ver una mancha más clara. Un hombre tal vez, ella pensó en Pedro cuando en el barco, sin camisa, él arreglaba las redes, le gustaba mirarlo a escondidas. Podría ser él. Se imaginaba con él en la isla, entonces se levantó y sin dudar entró en el agua y con grandes brazadas ella se dirigió hacia la isla, se sentía libre y hermosa. Al llegar cerca de las rocas, vio que eran abruptas y que no había manera de aferrarse para salir del agua, dio la vuelta lentamente, no hay forma de encontrar un punto de acceso, rocas por todas partes como pequeños acantilados, y, sin embargo, ella estaba segura de que había un hombre en la isla, Pedro. Era pescador, quizás con un barco que estaba más arriba, pero no había rastro de barcos. ¿Sus compañeros se lo habían llevado? Pero no, y los demás entonces, los que habían llegado a la isla huyendo.

Mónica empezaba a cansarse, nunca podría volver a la playa de la que había salido. Entonces, de repente, tras la última curva, vio una pequeña cala, también formada por altas rocas, pero estaba muy oscuro y estaba dominada por grandes árboles, probablemente pinos, todos retorcidos, y había dos grandes ramas que bajaban cerca del agua. Se acercó, había un hombre tendido en la rama, estaba completamente desnudo para trepar mejor, ella lo reconoció era Pedro. Y como si fuera un acróbata, le tendió la mano.

Jean Claude Fonder