Fragmentos de reflexiones, recuerdos e imágenes

Lo encontraron así, sentado en el suelo, la espalda apoyada al único árbol cerca de las ruinas fantasmales del castillo que siglos antes había dominado el valle. Parecía mirar al pueblo que se extendía abajo. Incluso sonreía. Como casi siempre, llevaba una camisa de cuadros, vaqueros verde oscuro y zapatos de montaña. Sus manos descansaban en su regazo, apoyadas sobre un pequeño cuaderno que parecía estar esperando a que alguien lo leyera. Ahí había un perro, acostado sobre sus pies, como si quisiera protegerlo. Su nombre era Pablo y tenía sólo treinta años.

Todos en el valle conocían a Pablo, por ser el único nieto de Faustino y Magali, un chico muy educado, respetuoso, pero no muy sociable, a menudo ensimismado, concentrado en sus pensamientos.  

El cuaderno que tenía en su regazo se titulaba “En construcción”. Pablo había descrito allí algunos momentos de su vida.

En la primera página se leía:  

“Quisiera explicarles a los que lean este diario que el título se refiere a mi vida, una nueva vida para empezar de cero”. 

A continuación, empezaban los recuerdos:

—Aquel día abandoné el camino marcado para adentrarme en el bosque inmerso en mi universo, la mirada febril revelando que mi cabeza estaba sometida a su habitual borrasca de pensamientos. Al principio del otoño solía dar este paseo dos veces por semana. Los tonos ocres de los árboles y las hojas caídas al suelo eran para mí motivo para reflexionar y recordar. 

Me daba cuenta de que me hacía daño recordar el hecho que cambió mi vida,  pero necesitaba aferrarme a los recuerdos. Como aquella mañana, cuando el teléfono sonó a las cuatro. Una voz femenina tras preguntar mi nombre, intentando articular una frase para que no fuera demasiado brutal, se presentó: “Urgencias del Hospital Universitario”. Lamento informarle que sus padres sufrieron un accidente de tráfico y, de momento, están ingresados en la UCI en estado grave. Mis padres fallecieron con pocas horas de diferencia dejándome solo. Fueron enterrados en el pequeño cementerio del pueblo donde nacieron, cerca de las ruinas del castillo.  Yo tenía 19 años. 

Desde entonces todo empeoró para mí. Ni ganas de asistir a clase, ni ganas de salir con los amigos.

Hasta esa noche había vivido con mis padres en un pequeño apartamento en una buena zona de la ciudad de Palencia. Mi madre era peluquera y mi padre asesor inmobiliario. Yo asistía al segundo año de bachillerato en Humanidades y soñaba con ser médico veterinario; entonces, al finalizar el curso, una vez superada la prueba de acceso a la Universidad y al tener bastantes créditos, tras realizar la selectividad, me matricularía en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Santiago de Compostela. Me encantaba el hecho de poder ser un profesional capaz de prevenir, diagnosticar y tratar las enfermedades de los animales, controlar su reproducción, obtener productos de origen animal vigilando el cumplimiento de la normativa en bienestar animal, identificar riesgos emergentes y conocer y aplicar las disposiciones legales. Desde que era muy pequeño, siempre había deseado tener un perro. Desafortunadamente, no obstante mi insistencia, nunca logré realizar ese deseo. Mis padres siempre se habían negado a tener animales en casa. 

A pesar del dolor por lo sucedido, empecé de nuevo a estudiar mucho para alcanzar mi objetivo. Terminé mis estudios de secundaria y obtuve el Bachillerato. Pero ahora todo estaba más complicado. Los ahorros de mis padres iban acabándose.

De momento tenía que aplazar mi carrera universitaria. Decidí vender el apartamento en la ciudad y me fui a vivir a la casa de campo, a una bonita finca, sin vecinos y bastante aislada, que había pertenecido a mis abuelos y que llevaba años deshabitada.  

Al anochecer de aquel viernes de fin de octubre, llegué al pueblo. El estanque y el cañaveral todavía estaban allí exactamente iguales a como los recordaba. 

La apariencia campestre de la casa, las paredes cubiertas de hiedra hasta el techo me inspiraban una profunda sensación de paz. ¡Precisamente lo que necesitaba! La viña abandonada desde hacía años mostraba sus hojas color óxido y algunos racimos de uva negra. 

Pero al levantarme, la mañana siguiente, fue como si la casa tuviera un aspecto extraño, las paredes estaban llenas de grietas, algunas ventanas rotas, parecía tan cambiada que me daba escalofríos y mis pisadas en el suelo de madera resonaban con vibraciones lúgubres, casi peligrosas.  Pensé que sólo era un mal presentimiento debido al cansancio del viaje y a la noche pasada en vela.

Pasaron algunos meses y yo empezaba a apreciar ese valle. Su caserío se extendía a los pies de las ruinas fantasmales de un castillo al que se llegaba cruzando un puente, el llamado Puente del Diablo, sobre un pequeño río. El pueblo casi desierto con casas de adobe semiderruidas contaba con más o menos 80 habitantes. Finalmente adopté un cachorro, destinado a la perrera, al que le puse el nombre de Moisés. De hecho, como él, separaba mi vida en dos. La de ayer, la del duelo y la de ahora, en construcción. Me había aislado para olvidar, pero seguía mirando hacia atrás, recordando. La vida no dejaría de doler jamás. 

El progreso desenfrenado de la ciudad parecía no haber llegado todavía a ese valle; la vida transcurría tranquilamente y las úlceras por estrés aún no habían aparecido. Estaba lejos de las peleas de la ciudad, del tráfico, del ruido y del conjunto de apartamentos, donde las relaciones entre los vecinos se habían vuelto cada vez más difíciles. A este respecto, me acordé de cuando habían abierto una cafetería, justo debajo de mi casa, y desde entonces las noches se habían convertido en un infierno. Las risas llegaban desde el bar y un bullicio de ciclomotores hería el aire. Los vecinos habían llamado repetidamente a la policía, pero sin éxito. Yo no podía dormir y descansar de una manera apropiada para enfrentar un nuevo día en el colegio. Además, ese año tenía exámenes de bachillerato. Una noche, exasperado por el ruido, mi padre lanzó unos cubos de agua hacia abajo. A la mañana siguiente alguien había escrito en la puerta principal: «Hijo de puta, ten cuidado. ¡La pagarás!. Pero mi padre no le tenía miedo a nadie y siguió tirando cubos de agua. Todo se repetía noche tras noche. Considerando que el dueño del bar vivía en el mismo edificio se procedió a convocar una junta de vecinos, que se transformó pronto en una guerra de insultos y de “tú a mí no me gritas”, y en la que no se logró nada. Pobre papa. Él no aguantaba más esa situación. ¡Ojalá nos hubiéramos mudado antes! 

Pocos años más tarde, no estaba todavía en condiciones de enfrentar el mundo, pero me había acostumbrado un poco a la nueva situación, a mi nuevo estilo de vida. Todo mi cuerpo estaba disfrutando nuevas sensaciones. El oído había aprendido a escuchar el sonido del río, el lenguaje de los animales, la nariz aprendió a distinguir los diferentes perfumes de los árboles, reconociéndolos; los ojos apreciaban los colores del valle, los verdes, los amarillos; las manos sentían el picor de las hierbas, de las ortigas o el terciopelo de algunas hojas y de los hongos. Mi paladar apreciaba los sabores un poco salvajes del campo. A veces, ayudaba a los campesinos en pequeños trabajos rurales y, poco a poco, abandoné mi sueño de ser veterinario. Ahora tenía a Moisés conmigo, un excelente compañero durante los largos paseos que seguía dando también por la noche y que me tranquilizaban. 

Me dediqué al cultivo de plantas y esencias aromáticas: albahaca, romero, hierbabuena y tomillo, entre otras, y cada vez que iba de visita al cementerio llevaba un manojo a las tumbas de mis padres, para que los perfumes llegaran a ellos dondequiera que estuvieran. Iba a menudo a ese lugar, y cada vez, al cruzar el Puente del Diablo, me parecía atravesar uno de esos puentes suspendidos, los así llamados puentes tibetanos, y tenía la sensación de caer en el vacío, precipitando en el pasado. 

Pero, entonces, sucedió algo. Los ancianos del pueblo me habían advertido. “No te vayas muy lejos por la noche, no es seguro, mejor que te quedes con nosotros jugando a las cartas”. Una noche, mientras caminaba por el sendero, tuve una extraña impresión. Sentí como si me hubiera quedado completamente sordo, todo a mi alrededor estaba en silencio. No podía oír los ruidos habituales de la noche, los gritos de los animales nocturnos. Las hojas secas ya no crujían bajo mis pies. Era una noche de finales de agosto, sin luna, pero con muchas estrellas. De pronto me pareció ver una sombra. Me detuve preocupado y la vi. Estaba allí. Pequeña, delgada, un poco jorobada, vestida de negro y con una masa de pelo todo blanco. Su cara estaba surcada por arrugas profundas, su mentón era puntiagudo y su nariz delgada y estrecha. Sabía quién era. Me lo habían dicho. La vieja del pueblo, una pobre anciana, sin hogar, que por la noche caminaba por las casas en busca de algo para comer a cambio de cuentos de miedo. Pero a mí me parecía una bruja. “Siéntate a mi lado”, me dijo “y escucha con atención. Recibirás una invitación para el baile de fin de agosto. ¡No dejes que te tiente! Es muy peligroso.” Se levantó y se fue rápido.

En efecto, algunos días después una chica del pueblo me entregó una invitación con los detalles sobre cómo llegar a la granja donde tendría lugar la fiesta. Lo pensé mucho y, a pesar de todo, decidí ir. Un poco de diversión me habría venido bien. Aquella noche del 31 de agosto, llevando unos vaqueros y una camisa de cuadros, salí de mi casa y me dirigí a la granja. De vez en cuando, una ráfaga de viento se convertía en silbidos que parecían gemidos entre las ramas. Al cabo de media hora vi, no muy lejos, un campo de cultivo y la silueta de una casa.

 
“Lo dije, yo. He llegado”. Seguí caminando hacia la tenue luz de la ventana mientras un triste sonido de instrumentos musicales flotaba en el aire. Pero era una música que me ponía la piel de gallina. De repente, la puerta se abrió y a la luz rojiza y parpadeante de las antorchas que colgaban de la pared, vislumbré una sala poco iluminada y llena de humo donde numerosas figuras bailaban al son de una triste melodía que erizaba la piel.

Entré y dije “Buenas noches a todos”. Mi entrada pasó desapercibida, como si nadie se hubiera fijado en mí. Me pregunté si había tropezado con una fiesta privada en la que un extraño no era bienvenido, pero qué raro, tenía una invitación. Me armé de ánimo y saqué a bailar a una chica que se dejó arrastrar por la danza. Me quedé callado, una extraña sensación me invadió, la chica parecía tan fría como el mármol.


Entonces la música enmudeció y todas las figuras presentes me rodearon y aplaudiendo rítmicamente me dijeron que ya podía bailar solo, que ahora era uno de ellos. Un fantasma sin fuerza. 

En ese momento los reconocí. Los vecinos del pueblo, mejor los muertos del pueblo. Me largué lo más deprisa posible de allí, corriendo crucé el Puente del Diablo y llegué aquí. Aquí, donde alguien me encontrará, sentado en el suelo, con mi cuaderno, porque ahora lo sé, yo también he muerto al morir mis padres.

Al día siguiente lo encontraron así, sentado en el suelo. 

A su lado, un manojo de hierbas aromáticas desprendía su perfume.

El perro Moisés ladrando a una luna invisible.

Los que leyeron el diario estimaron que su contenido era lo bastante interesante como para darlo a conocer. 

En recuerdo de Pablo.


Raffaella Bolletti


Noche de tempestad

Cada uno de los cazadores llevaba sus mejores sabuesos y los de don Heliodoro eran de lo mejor. Caminaron por las montañas, estuvieron al acecho, los perros siguieron pistas, persiguieron a sus presas y al final del día, con el cielo lleno de nubarrones, los amigos se dispersaron. 

A Heliodoro, las condiciones meteorológicas no le daban tiempo para volver a su casa en el pueblo y por ello decidió alojarse esa noche en la casa de campo semiabandonada. Después de una cena frugal y rendido por el cansancio y las emociones del día, mientras arreciaba la lluvia, se encerró con sus perros en espera del nuevo día.

La casa aislada ya estaba envuelta en la oscuridad, la tempestad arreció, pero de pronto los perros echaron a ladrar insistentes y entre el chapoteo del aguacero y los truenos, oyó golpes y voces en el portón, cada vez más apremiantes. ”Don Heliodoro, don Heliodorito ¡deme usted posada!.”.. A sus asombrados ojos se presentó un hombrazo que años atrás había visto, cuando aún vivía su padre, quien consideraba la hospitalidad un deber y que por lo tanto siempre acogía a los peregrinos que por allí pasaran. Las habitaciones externas estaban vacías, como el resto de la casona.

Reconoció la transparencia enloquecida de los ojos clarísimos del hombre a quien llamaban “ojos de serpiente”, también porque tenía el don de manipular reptiles y gusanos venenosos, sin que le hicieran daño y los llevaba consigo, en el cuello, en los brazos, entre los bolsillos….

Los perros dejaron de ladrar, olfatearon al hombre y, ya confiados, se echaron a dormir. 

La noche pasó entre relámpagos, cada vez menos frecuentes, la lluvia amainó y la noche se llenó de susurros, chapoteos lejanos, silencios aislados.

A la mañana siguiente, la habitación del huésped estaba desierta. No había huellas de pisadas, ni charcos de agua de lluvia, ni fango. Sólo olor a yerbabuena.


Maria Victoria Santoyo Abril


Semana santa

Mi madre era agnóstica. Pero no lo sabía.

Mi hermana, 17 años. Guapísima. Piel suave, carne tierna y generosa lo justo, los ojos verdes heno de mi padre, se dedicaba a disfrutar de su vida y a tener a raya a los innumerables admiradores.

Yo, 10 años, silueta de fósforo de madera apagado. Pelo negro, liso, encarcelado por una pinza que mi mamá, ingenua piedad, intentaba embellecer con un lazo de seda blanco (que yo odiaba) encima de mi cabeza.

Hasta mi primera infancia sentí el encanto de la iglesia y de la religión. 

En 1954 hice mi primera comunión. El vestido de encaje S. Gallo, había sido de una prima. Mi cabeza estaba adornada por un gorrito de seda blanca enmarcado con pequeñas flores y del que volaba un corto velo. Todo eso fue tomado prestado a mi prima Lucía que nos recomendó encarecidamente cuidarlo, porque se trataba de un recuerdo de su boda.

¡Yo así vestida parecía una novia enana! Exactamente lo contrario de la silueta etérea de mi hermana (aún tengo la foto), que en 1949 hizo su primera comunión llevando un vestido muy sencillo, hecho por mi mamá, utilizando la seda de un paracaídas americano, de la guerra recién terminada.

Iba a misa cada domingo.  Comulgaba, me gustaba la música del órgano, cantaba los cantos sagrados, en un latín muy improbable.  Me gustaba el olor del incienso. Olor inquieto de la espiritualidad. Nunca comía carne los viernes, hacía ejercicios espirituales. (Por ejemplo, no hablar por dos días).

Una tarde, durante la cena, en uno de los días de mi silencio, mamá me preguntó.

¿Cariño no es que estás planeando hacerte monja?

Yo no pude responder, fiel a mi pacto silencioso.

Mi padre levantó la cara de su plato y, mirándome con sus ojos de heno dijo.

¡Pasa, mi amor, pasa, tarde o temprano pasa!

El domingo de Ramos siempre traía una rama de olivo que mi madre, por costumbre, ponía sobre el cuadro redondo que reproducía la Sagrada Familia. Una de las pocas pinturas que el maestro Michelangelo pintó con ese tema, y de la que mi madre compró esa barata réplica, justo por esa razón.

El día de Pascua significaba quitarse, con alivio, la camiseta de lana que picaba horriblemente e ir a la misa con un vestido nuevo. Mejor dicho, con un vestido de mi hermana, readaptado. El día de Pascua significaba también esperar el huevo de chocolate de la tía Juana. Que no siempre llegaba.

Pasaron los años. A los dieciséis me enamoré como una loca.

Perdí mi inocencia y con esa la fe.


Iris Menegoz


Gruta en Patagonia

Dedicado a mi mejor amiga que ni se acuerda de mí

 ¿En el puma que puede comerte?

¿En el hecho de perderse?

¿En el pensar como el escritor (todos lo habíamos leído): pero que hago yo aquí?

¿Dándome cuenta de que, aunque me aplicara en algo, nunca llegaré a ser Miguel Ángel?

¿En el olvido?

O finalmente ¿cuál es el peligro más grande: creerse todas las historias que te cuentan y encima aún peor no creérselas?


En Patagonia hay unas grutas que los arqueólogos descubrieron que fueron habitaciones primitivas, en particular una de ellas apodada “la cueva de las manos” y podemos considerarla “la Cappella Sistina – la Capilla Sixtina del sur de América”.

Tiene, más o menos, y por qué ser tan precisos con números tan dilatados, unos diez mil años.

Y de verdad es impresionante, muy bien conservada. Patrimonio Unesco de la Humanidad 1999.

Personalmente, yo le insistí tanto a mi pobre novio con esa gruta tan especial que al final eligió Argentina y no, como casi todos nosotros europeos, Estados Unidos como su primer viaje al continente americano.

Lo convencí de la belleza de Argentina hablando de glaciares, de cóndores, del mate, de los ríos llenos de peces transformables en pescado (su deporte preferido), los pumas, las milanesas de guanaco, el dedo del Cerro que fuma Fitz Roy, el Chaltén inconquistable y fascinante, las ballenas, el chimichurri, el aire puro, la gentileza de los habitantes, el tango, el asado de cordero además de todos los lugares comunes, pero lo que me interesaba a mí era sobre todo o, mejor dicho, casi únicamente, la gruta (aparte obviamente del dulce de leche que fue la parte más sabrosa, pero no lo conocía antes.

En realidad, las grutas son más de una, hay muchas, no sabría cuántas, en común tienen que todas se encuentran en el medio de la nada, y por otra parte ya la Patagonia entera un europeo la considera alejada de todo. Es vasta, no, mejor dicho, es enorme, con espacios inimaginables aquí en Europa.

Para nosotros, que estamos acostumbrados a vivir enlatados como sardinas en nuestro pequeño coche esperando que el semáforo cambie al verde, tanto espacio nos da casi miedo o al menos una idea de extrañeza, de incongruencia.


El sol brillaba limpio y sin demasiado calor. Todo era perfecto.

Aparcamos y descendimos del todoterreno. No había nadie, aparte de nosotros tres: mi novio, el chofer (todos nos aconsejaron ir con un conductor para no perderse en esos espacios infinitos, sin carteles, indicaciones, otros turistas, buses, tiendas de recuerdos y nada de lo que da un aire turístico a un lugar) y yo, obviamente.

De las que hay, nosotros tuvimos la posibilidad de visitar dos grutas; nuestros tatarabuelos y sus tatarabuelos vivían allá.  Y pintaron esto. Esta maravilla.

Me imagino su vida cotidiana:

cazar unos guanacos

hacer fuego

no dejarse comer por el puma (eso lo veo más como una prioridad)

más o menos lo mismo que:

hacer las compras en el supermercado

ir al trabajo

encontrar un aparcamiento

Es lo nuestro actualizado, trasladado desde hace miles y miles de años a nuestros días.

“Pagué”, como recompensa por la visita a las grutas, con la solemne promesa a mi novio de que lo habría acompañado a ir de pesca con el guía los días siguientes.

Entramos.

Después de dos minutos adentro de la gruta, ambos aburridos (mi novio porque quería encontrar y seguir huellas de unos pumas en el suelo afuera de la gruta y el guía por haberlas visto ya más de cien veces acompañando a los turistas precedentes), los dos se fueron a pasear afuera de la gruta, bajo un sol insistente pero agradable.

Estaba intentando sacar todas las fotografías posibles disfrutando al máximo de la luz que entraba desde afuera, ya que el interior estaba completamente a oscuras, sabiendo que dentro de poco, según yo, y dentro de unas horas interminables, según ellos dos, me habrían pedido regresar al hotel, ya pregustando una ducha, la cena y la aventura de la pesca en el río más lindo del mundo programada para el día siguiente, que seguramente le interesaba más que un hueco a oscuras en el medio de la nada a los pies de una montaña sin nombre.

Por lo que podía ver esa gruta estaba pintada por completo; había animales, seres humanos, escenas de caza, de familia o de comunidad, manos pequeñas, más grandes, colores diferentes, escenas de la vida cotidiana y otras que no comprendía.

Me emocionaban las pinturas, e incluso siendo una persona inteligente y racional estaba deseando hablar con uno de ellos; sí, de verdad, me habría gustado muchísimo poder confrontarme con uno de ellos. ¿Qué le habría preguntado en primer lugar?

Seguro le habría preguntado si pintaban celebrando a Dios, a la vida, a la naturaleza, para festejar un éxito de caza del grupo, lo que había estudiado con la profesora Carla Crosta, lo que estaba escrito en el Hauser.

O si acaso para ellos quizás las pinturas eran casi una forma de tapizado ornamental para la gruta y nada más, en los días de lluvia o en los raros afortunados momentos de aburrimiento cuando el puma no tenía hambre y no los buscaba.

¡Deseo hablar con uno de vosotros! Pero por qué el tiempo corre en un único sentido? ¡yo debo hablaros! tengo muchas preguntas, ¿porqué pintasteis  eso?


Lo reconocí por las espaldas, era un poco jorobado.

Se dio vuelta, era idéntico a su retrato pintado por Van Dyck, que vi en la exposición en Florencia en el 2008.

Michelangelo, el enorme Miguel Ángel, más bajito que yo.

—… pero ¿Qué haces aquí? —le pregunté dándome cuenta de comportarme de la misma manera que cuando encuentro una amiga en el mercado.

—Yo aprendí a pintar aquí, de niño me enseñaron a preparar los colores, mira el negro, por ejemplo, es carbón vegetal, se prepara con…

Lo interrumpí.

—No, escucha, no quiero hablar contigo de CÓMO se prepara el color, sino de…

Me di cuenta de que empezaba a subir la voz

—¿Por qué? ¿Tú cómo lo preparas el negro? — preguntó él mirándome con mucha calma. 

—Yo compro los acrílicos en las tiendas de bellas artes y … no, te ruego, por favor, no quiero hablar de eso … escucha … escucha, tú, … tú que has visto a Dios, … porque tú, sí que lo has visto ¿verdad? … no aquí, en Roma …

Mi cuerpo inútil tenía un temblor innatural.

—No, en Roma el problema era que el Papa no quería pagarme del todo … no me acuerdo … ¿cómo se llamaba el Papa?

—¿Cómo que no te acuerdas? Julius II se llamaba, Julio segundo, he leído todas tus cartas … lo de la casa que te compraste al final en Florencia, pero no… 

—Pues sí, sí Julio, el papa, pero no es importante. 

Casi me enfadé:

—¿Cómo que no es importante?  Fue uno de los hombres más importantes del renacimiento. Hemos estudiado todos los acontecimientos de aquel periodo. ¡Todo sobre ti, también!

—¿Estudiáis estos hechos en la escuela?

Casi gritando lo agredí:

—¿Cómo carajo has aprendido tú a pintar aquí?

Él seráfico:

—Nosotros los artistas nacemos, morimos y vivimos; todos tenemos una consciencia colectiva. ¿A ti no te parece ya haber estado aquí antes? a mí me gusta vivir aquí ahora…

—No no, seas lógico, intenta razonar, ¡esto es imposible! 

Yo vivo en Abbiategrasso, estamos en 2015, estoy aquí con mi novio de vacaciones, nunca hasta ahora hemos estado en Argentina y tu no, no y no. Tú no es posible que vivas aquí ahora… ¡es simplemente imposible!

Desapareció.


Regresamos al hotel.

Nunca hablé con nadie de eso.

Por la noche comimos empanadas, cordero asado y flan de dulce de leche, muy rico de verdad.


Graziella Boffini


Cambio climático

Si no hubiese sido por la llamada de la vecina, ella estaría todavía durmiendo sin enterarse de nada. Los blandos somníferos que el médico le había recetado resultaban tener efectos prolongados. Con el usual tono amistoso el hombre le había dicho que a su edad no tenía por qué preocuparse, al fin y al cabo sufría de un normal insomnio debido al cambio de clima estacional.

Ahora, en camisón y descalza, pegada al gran ventanal de la sala, la mujer observaba el desastre. En solo unas horas la furia del viento había destruido su tenaz labor de jardinera, enterrado el pequeño paraíso al que, desde su jubilación, había dedicado cuerpo y alma. Cómo es que no me di cuenta antes, se preguntó mientras con la manga desempañaba el vidrio del vaho exhalado por su boca. Un escalofrío le sacudió el cuerpo macizo apenas protegido por el camisón de flores. 

Los ruidos en la cocina terminaron de despertarla. Se precipitó por la alfombra del pasillo. Su marido en pijama desenroscaba la cafetera italiana. 

—¿Has escuchado el vendaval?

De espaldas en su conjunto rayado, el hombre buscaba la lata de café en el armario. Ella lo sacudió por el hombro. Sorprendido, él la miró como quien descubre una presencia fortuita. Enseguida esbozó una sonrisa y se quitó los tapones de cera de los oídos. Había comenzado a usarlos desde que su mujer inició con los problemas de sueño. Luego, por inercia o desmemoria, aquella solución transitoria se había consolidado en una costumbre. 

—el-ven-da-val… —repitió ella articulando las sílabas como si estuviese hablando en una lengua incomprensible.

—¿Qué vendaval? —respondió el hombre. Por otro lado, lo sabía, su marido no tenía vocación de jardinero. Le gustaba disfrutar del verde, eso sí, hacer barbacoas, jugar con los nietos cuando eran pequeños. Pero desde hacía un tiempo, a cualquier hora del día se adormecía en la reposera bajo el aromo, a veces con un libro en el regazo o más frecuentemente con un vaso de bourbon. No, no era un jardinero, y por eso prefería el invierno a la primavera, porque no debía cortar el césped ni dar forma al ligustro, o como él mismo decía, porque no estaba obligado a ensuciarse con la tierra.

—¡Ven a ver!— exclamó ella volviendo de prisa hacia el ventanal de la sala— ha destruido el jardín

—¡Ven a ver!— volvió a gritar, de pie frente a los cristales corredizos. Estaba por abrirlos, pero sus manos temblaron. Se detuvo. Afuera, ante sus ojos, el panorama parecía mutar a cada instante. Algo vibraba, lo sentía, ahí mismo, en medio de los desechos orgánicos. El prado, las viejas reposeras, el sendero de bienvenida, todo aquello que una vez le era familiar ahora parecía adquirir nuevos contornos. El vendaval había arrasado la normalidad cotidiana y exhumado formas extrañas, quién sabe desde cuándo adormecidas, presencias que como las raíces salían por primera vez a la superficie y ahora se movían sin tapujos, transformando aquello que había sido un oasis en un jardín de prímulas negras.

El hombre estaba ahora a su lado, mordía una galleta y observaba la escena con aire desganado.

—Habrá que llamar a alguien que se ocupe del desastre —dijo sin alterar su tono, como si fuese el testimonio lejano de un triste y trágico acontecimiento, un terremoto en Afganistan, una nueva guerra en alguna parte del mundo, uno de esos asuntos que estaba acostumbrado a mirar en la pantalla pero que no le concernía. Ella seguía preguntándose cómo es que no se había dado cuenta antes. 

Un vendaval a finales de invierno. ¿Era un hecho normal o solo otra de las emergencias causadas por el cambio climático? Tal vez, se dijo, habían dado la alerta en el telediario que ella nunca veía. Cómo es que su marido, siempre tan al corriente de noticias, no la advirtió. 

—¡Mira!— exclamó la mujer indicando ahora la esquina del parque más cercana— algo se mueve por esos lados. En un montículo de ramas y de raíces boca arriba le pareció distinguir una maraña de grandes orugas que, desenroscándose las unas de las otras, se arrastraban hacia la casa. La mujer sin pensarlo, trabó el ventanal por dentro.

—No veo nada —respondió el hombre volviendo a la cocina de donde llegaba el gorgoteo del café, cuyo áspero aroma ya invadía la sala. Ella lo siguió, en camisón y descalza. Tiritaba. Al entrar en aquel refugio, cerró la puerta con llave.

—¿Qué haces?— preguntó el marido mientras se sentaba para saborear el primer sorbo de café amargo de la mañana.

—Nada…—respondió ella, en equilibrio sobre la silla en su intento de clausurar la única ventana del recinto. De reojo notó a los insectos trepar por la fachada— ya no podemos hacer nada.


Adriana Langtry


El libro quisquilloso 

Después de haber navegado por los 6 continentes, caminado por bosques y desiertos, entre nidos de espinas, en grutas protegidas por serpientes, sobre montañas cuya altitud no permitía la presencia del oxígeno, bajo el sol con 45° ya a la madrugada, deslizando sobre los hielos eternos, finalmente lo encontraron.

Con pies doloridos de tanto andar, espaldas ardientes por el sol ecuatorial y arrugas aumentadas por todos los vientos de la rosa de los vientos, con miembros, orejas y narices medio congelados por las temperaturas exageradamente minus zero bajo auroras boreales increíbles, todos se olvidaron de repente de todo el tiempo de la búsqueda, como una madre se olvida de los dolores del parto al ver a su hijo nato.

Todos los esfuerzos hechos ya no les pesaban, tanta era la felicidad de haberlo encontrado por fin. Y encima estaba en buenas condiciones.

Aquí estaba: el Libro. 

El libro que contenía todas las respuestas; un tomo imponente, sabio y culto, prácticamente divino, por contraste se presentaba con una cubierta anónima, de cuero color del olvido, casi understated.

Se trataba de verdad del Libro del Bien y del Mal, de todos los saberes, que resumía todo lo conocido y encima todo lo incógnito de la humanidad, todos los porqués, todas las respuestas a todas las preguntas de la humanidad sobre la vida y la muerte.

Dejaron que la primera en examinarlo fuese Elvira, la más escéptica del grupo de investigación, que muchas veces en los pasados años fatigosos de búsqueda había subrayado los esfuerzos y la pena y había pensado abandonar el grupo, insistiendo más de una vez para que desistieran también los demás.

Se lo dejaron a ella de primera, casi para convencerla de la inmensa suerte que les había tocado.

Elvira tomó el Libro en sus manos delgadas, de mujer acostumbrada al lujo, hija consentida de familia rica, que siempre había trabajado solo intelectualmente. Primero que todo miró la cubierta. No puso dejar de opinar: «todos estos esfuerzos… ¿y este sería el libro perfecto del Bien y del Mal con todas las respuestas? ¿El libro que por su búsqueda me comió la juventud?

¡Miradlo que tiene una cubierta de libro en oferta en el discount olvidado en el sótano de los tatarabuelos!»

El libro, sintiéndose ofendido, se puso quisquilloso y convirtió sus páginas en lamas afiladísimas.

Todos los dedos de las manos de Elvira fueron cortados por completo, desprendiéndose de su cuerpo, y saltaron como lombrices escapando de una casa en llamas.

La sangre brotó copiosamente.

Elvira murió desangrada, a pesar de los tentativos de los presentes por salvarla.

La sangre siguió manando, litro tras litro, hasta empapar por completo todo el Libro, que  quedó ilegible para siempre. 


Graziella Boffini.


El agujero negro

En su complejidad, el pasadizo cubierto era lo que en nuestra infancia llamábamos el agujero negro. ¿Quién fue el primero en ponerle ese nombre? No recuerdo. Lo cierto es que en nuestros juegos, esa especie de embudo que dividía el planisferio doméstico, se convirtió de pronto en una frontera inquietante, zona estrecha y oscura, que había que sortear de prisa para alcanzar sanos y salvos una de las dos orillas de la casa, donde habitualmente encontrábamos cobijo. Corríamos a todo trapo, empujándonos, tropezando el uno con el otro, emitiendo chillidos de aves salvajes. Jadeantes, éramos un tropel de blusas y pantalones cortos que atropellaba el pasillo, una estampida de risas con muecas de llanto, de brazos, piernas, bocas excitadas por el olor punzante del peligro, y la piel erizada a causa del sudor frío que nos volvía víctima resbalosas de las imaginarias garras de un agujero negro sigiloso y voraz.

-A que no tienes coraje…- decía desafiante uno de la pandilla. Entonces, pisando firme la franja de baldosas rojas que rodeaba el patio, respirábamos hondo hasta que los pulmones de tan henchidos dolían y apretando los ojos, surcábamos como despavoridos gorriones aquel túnel techado, intentado burlar los mordiscos glaciales que por la puerta del baño trataban de devorarnos, y el acoso incesante de la órbita ciega que detrás de las cortinas opacas nos rechazaba y atraía como un imán. 

Y así, en nuestros juegos de niños, el universo de la casa de la abuela se redujo a ese único centro: el pasadizo del cuarto clausurado. ¿Qué escondía en su interior aquella pieza? Nunca lo supe. Tal vez, como decían esquivos los mayores, cachivaches. Solo mi primo, ya pasados los años, siguió hablando de ruidos misteriosos, chasquidos de botellas rotas, de sollozos y de un lejano pariente que allí se había ahorcado y del que nadie nunca quiso hablar. Un mundo recluido en aquel agujero negro de la infancia. Algo que en ciertas noches, aún hoy no me deja dormir.


Adriana Langtry


De los peligros concernientes al hecho de enojar a una pelota del bowling que es cinturón negro de judo 

Se pusieron a decidir el día del desafío y, para ser más originales, habían decidido jugar divorciados versus casados.

El día de la competición se encontraron todos muy puntuales como un tren en Japón, a la hora convenida enfrente del Bowling, en la plaza Sancho Panza, entraron, notaron que no había nadie a parte de ellos esa noche en el bowling, pero eso no le quitaba las ganas del partido y, después de un par de cervecitas en el bar, sin dificultades formaron los dos equipos (solo era suficiente mirar el dedo anular de la mano izquierda) y empezaron a jugar.

Ese mismo día era el cumpleaños de Azulmarino, una de las pelotas más grandes del bowling, llamado así por ser del color del mar adentro y no solo por eso, también por su cinturón que había merecido con esmero, así que todas las pelotas del Bowling de Sancho Panza la estaban festejando todas juntas en alegría, algunas con sombreritos de papel rojo y oro, la mayor parte soplando por uno de sus tres agujeros esas trompetitas de noche vieja estilo «lengua de suegra».

Podéis imaginar el enojo de ser estorbados durante un celebración de cumpleaños para trabajar, un trabajo no reservado, no esperado, seguramente no bienvenido.

Cuando Azulmarino fue reclamando por la máquina que lo succionó en el mecanismo para presentarlo a los jugadores y los dedos índice, medio y pulgar de Eulalio penetraron en los tres orificios de Azulmarino,  para ese último fue la gota que colma el vaso. Con un ágil movimiento le hizo una palanca y, en vez de ser lanzado él mismo en dirección de los pinos para derribarlos, fue Azulmarino el que, con una llave de judo (había practicado judo por largo tiempo) lanzó al pobre Eulalio y se fue a ganar un strike.

Así que los demás compañeros de Eulalio y su jefe se quedaron boquiabiertos al ver a Eulalio engullido por la boca oscura de la máquina del bowling hasta desaparecer en sus vísceras negras. Allá en el fondo no llegaban las luces alegres de neón del complejo de la fábrica del divertimiento.

No se sabe si Eulalio fue triturado por el mecanismo de los pinos, o devorado por un ogro escondido o si había un portal espacio – temporal en el hueco.

Lo único que es notorio es que el cuerpo del pobre Eulalio no se encontró nunca: ni esa noche ni en los días, semanas y meses futuros, ni entero ni en trozos, grandes ni pequeños.

La moraleja es, obviamente, que no irían al Bowling de la Plaza Sancho Panza el día 17 de noviembre porque Azulmarino y su compañeros prefieren festejar el cumple de Azulmarino en santa paz. 


Graziella Boffini.


Le bon mec

 Le jukebox brillait de tout ses chromes et exposait sans vergogne son mécanisme rempli de 45 tours dans la petite salle. Il trônait somptueux au milieu des tables et des chaises en aluminium. La plupart étaient occupées par des groupes de jeunes filles qui consommaient sagement des jus de fruits ou en tout cas des boissons non alcoolisées. Il y avait toujours beaucoup de monde, les garçons était debout près du bar en chemise déboutonnée et les filles portaient des robes légères serrées à la ceinture. La jupe en général était large, elles la faisaient virevolter quand elles dansaient. Car on y dansait dans ce petit local ouvert dès la sortie des écoles. Les jeunes gens avaient à peine seize ans et pas beaucoup plus.

Ce jour là, le local était presque plein, la fumée était dense, on y fumait beaucoup et il faisait chaud. Le jukebox turbinait sans arrêt, la machine mangeait les tunes, les couples dansaient en n’en plus finir, Twist and shout hurlait John Lennon et tous twistaient rageusement.

Un couple au milieu d’eux occupait tout l’espace, un beau garçon, teint bronzé, cheveux brun et court, pantalon large, yeux marrons scintillants faisait tourbillonner une jolie adolescente dans un boogie woogie saisissant. Elle portait une grande jupe noire qui n’arrêtait pas de voltiger au rythme de ses chaussures sportives, une blouse noire, des cheveux noirs recueillis en arrière, une grosse mèche vers l’avant encadrait un visage pâle marqué par des lèvres sensuelles et bien rouges. Petit à petit, les autres s’arrêtèrent pour admirer ces danseurs quasi acrobatiques et tellement brillants. La chanson termina, on les applaudit et les filles lancèrent des cris aigus. 

Le jukebox opportunément choisit alors I Can’t Stop Loving You par Ray Charles. Un slow, Maria accrocha tendrement ses bras au cou de Carlos, appuya tout son corps moulu par le rythme sur le torse musclé de son compagnon. Elle aimait danser avec lui, mais elle le connaissait à peine. Les classes n’était pas encore mixtes. Il s’était connu à la fête de l’école, la danse les avait réunis et depuis ils se rencontraient quelques fois à l’Esquinade, le local était proche de l’école.

Carlos, n’était pas comme les autres, il ne fumait pas, ne s’intéressait pas au football, normalement il ne buvait pas, c’était comme on dit un bon élève. Toujours un peu à l’écart, il n’était guère apprécié par ses compagnons. La danse, c’était différent, sa mère lui avait fait prendre des cours, il aimait ça et cela se voyait. Il adorait retrouver Maria à l’Esquinade, il pouvait ainsi danser avec une fille de son âge, et quelle fille! Elle avait un corps parfait, souple et ferme, qui savait aussi devenir caressant. Comme en ce moment. Il avait peur qu’elle rapproche son bassin. Elle allait savoir. Maria n’en avait cure, son corps n’obéissait qu’à la musique, collé à Carlos il se balançait lascivement. À la fin du disque, sur la pointe des pieds, elle embrassa gentiment son ami, le remercia et rapidement elle salua ses copines et s’en fut.


Quelques semaines plus tard, Lena un grande blonde qui ressemblait a Brigitte Bardot pour le foulard qui entourait négligemment ses cheveux relevé en un énorme chignon entra avec décision dans la classe de littérature. Elle était suivie par un groupe de fille dont Maria faisait aussi partie. Carlos la regarda tout étonné, quand Lena s’assit à ses côté en retroussant sa mini jupe. Un sourire irrésistible traversa l’ovale parfait de son visage. Elle murmura:

—Tu permets?

Carlos acquiesça de la tête tandis que les garçons dans le fond de la classe lançaient des lazzis et des coups de sifflets. Carlos était toujours assis au premier rang seul, les filles s’installèrent naturellement auprès de lui à l’avant de la classe. 

La professeur annonça que dorénavant les jeunes filles participeraient à la classe de littérature, ce qui déclencha d’autres réactions peu aimables. Sèchement, cette dernière réclama le silence, les garçons se turent, ils la connaissaient, elle n’était pas avare de sanctions impitoyables. 

Entretemps Lena avait sorti son cahier, qui ressemblait plus à un journal intime qu’à un carnet de notes. À chaque page qu’elle tournait, était insérée la photo de quelqu’acteur ou chanteur plus ou moins entourée de fleurs et de petits coeurs de couleurs diverses. Elle apprit une nouvelle page, écrivit la date et le titre : Cours de littérature de sa jolie écriture bien ronde et souligna soigneusement le tout avec une règle. Elle se pencha vers lui, une bouffée d’air parfumée à la verveine monta de son corsage.

—Tu aurais une belle photo, je voudrais dédié cette page à mon nouveau compagnon de banc. Un belle en couleur s’il te plait.

Il la regarda à nouveau, ne sachant que dire. Elle avait la mine d’une petite fille prise en faute qui demandait pardon. La professeur le foudroya d’un regard menaçant. Il était un mâle, donc il ne pouvait qu’être coupable. Lena se redressa avec sa fierté innocente et lui lâcha avec un air de reproche :

—Nous t’attendrons avec les copines à l’Esquinade après les cours.

Quand Carlos entra, les quatre filles étaient déjà assises à une table dans le bar dancing. Lena prit inmediatamente la parole :

— Comme tu vois nous sommes toujours en tenue pour aller en classe. Nos parents ne sont pas prévenus. Nous voulions seulement arranger une soirée ensemble pour mieux se connaitre, maintenant que nous sommes dans la même classe et que tes petits camarades ne semblent guère nous apprécier. — dit-elle avec un sourire carnassier. Que penses-tu de ce Vendredi a huit heures du soir dans ce local qui me parait adéquat, rentrée avant minuit bien sûr?

Carlos regarda Maria, elle détourna la tête, Marta et Julia lui dédièrent leurs sourires imperméables. Il répondit qu’il devait demander l’autorisation à sa Mère. Léna qui était déjà debout, partit d’un éclat de rire spontané et sans vergogne l’embrassa du bout des lèvres sur la bouche.

— À demain, —dit-elle, et elle le poussa vers la porte.

Maria la fulmina du regard.

— Ne le traite pas de cette manière, Carlos est un brave garçon.

— C’est cela, tu veux te le garder pour toi, toute seule. C’est ton fiancé peut-être? Non. Eh bien la compétition est ouverte. C’est un fils à Papa, un des plus gros marchand de la ville. Jamais il ne voudra d’une fille comme toi, une fille de rien, la fille d’un ouvrier.

Maria voulut la gifler, mais son amie Marta la retint. Alors elle prit son sac et elle s’en alla en claquant furieusement la porte. Marta courut derrière elle.

Elle la rattrapa aisément, elle était très sportive et c’était d’ailleurs pour cela qu’elles se connaissaient déjà. Courants de conserve elles étaient arrivées au parc où justement elles s’entraînaient quelques fois ensembles, après quelques centaines de mètres, Maria s’arrêta et s’assit sur un banc. Marta la rejoignit.

— Tu es amoureuse de Carlos? Il est très mignon ce type, je dois reconnaitre.

— Noooon! Je le connais de l’Esquinade, nous dansons ensemble le boogie. Il est très fort, nous formons un bon couple.

— Allez, ce n’est pas vrai, je vois bien comme tu le regardes et le défends.

— D’accord, il me plait, mais je le connais à peine. Il ne m’a jamais offert un verre.

— Bon, mais tu sais maintenant que Lena a jette son dévolu sur lui.

Maria la regarda un peu perplexe. Marta était plus grande qu’elle, musclée elle était pourtant très mince. Les cheveux blond assez long, ce n’était pas sa couleur naturelle bien sûr. Les yeux marrons foncés, on ne pouvait pas dire qu’elle était belle, par contre on la sentait honnête et directe, très sympa.  


Le magasin des parents de Carlos avait deux entrées. En fait il s’agissait de deux maisons qui se trouvaient dans deux rues qui formaient un angle droit et qui se rejoignaient par l’arrière pour former un unique bâtiment. Le rez-de-chaussée constituait ainsi un grand espace de vente. D’un côté, sur la rue principale, les étages d’habitation de l’autre les bureaux et l’entrepôt. C’était assez important, on y vendait de la quincaillerie, des accessoires et de la peinture pour automobile et des ustensiles ménagers. L’entreprise qui fonctionnait aussi comme grossiste dans toute la région appartenait à deux frères et une soeur. L’un d’eux, son père Luis, était le directeur et sa mère dirigeait les bureaux. Carlos qui était l’ainé de tous les enfants dans la famille, était considéré par tous comme l’héritier. 

Il entra par la partie ustensile ménager, dans la plus petite rue, les bureaux étaient juste au-dessus. Il monta quatre a quatre les escaliers en spirale, il déboucha dans une grande pièce, sa mère était dans l’angle gauche près de la fenêtre. Son bureau était un peu plus grand que les autres, une énorme machine qui faisait les factures l’encombrait. Elena, était une grande et belle femme blonde, elle se leva en le voyant arriver, ouvrit les bras et l’accueillit avec effusion comme s’il ne s’était plus vu depuis longtemps.

— Raconte-moi tout mon grand, —dit-elle en souriant et en jetant un oeil à sa soeur Cristina qui s’était approchée.

Elena l’autorisa bien sûr à rencontrer les filles en fin de semaine, se fit préciser où était l’Esquinade et lui recommanda de ne pas dépasser l’heure. 

— Va étudier dans ta chambre à présent, on se vera au diner.

A peine était-il sorti, en empruntant un corridor qui le portait á l’autre maison, que Cristina demanda:

— Qui sera cette Lena? Comme il nous la décrit, j’ai l’impression qu’il s’agit de la fille de cette salope de Gloria. Non seulement Luis s’affiche dans toute la ville avec elle, mais maintenant c’est sa fille qui courre derrière ton fils.

— Ah! Mais cela ne vas pas se passer comme cela. J’y mettrai bon ordre. — décréta la mère de Carlos.


Le surlendemain jeudi, il n’y avait pas classe l’après-midi, après la récréation par contre il y avait à nouveau littérature. Les filles était déjà en classe, Lena accueillit  Carlos, toujours court vêtue et avec sourire de propriétaire, elle se leva pour le faire passer et lui donna au passage un baiser que tous ne manquèrent pas d’entendre. Il remarqua l’absence de Julia, et en eut l’explication en ouvrant son cahier.

Carlos, je dois m’absenter pour raison médicale. On me dit que tu es le meilleur élève en littérature. Je sais bien sûr où tu habites, je me permettrai de passer te voir cet après-midi, pour que tu me mettes à jour. Merci d’avance.

Le billet était écrit soigneusement au porte-plume sur une demi feuille de cahier qu’elle avait glissée dans le sien. Au fond il était flatté, jamais un de ses condisciples ne lui avait demandé un service de ce genre et en plus il était content que ce soit un fille qui le fasse.

Après le déjeuner, qu’il avait pris avec sa tante Cristina et son frère, sa mère ce jour-là était en voyage, Julia se présenta. La fille de service la fit entrer au salon. Elle fit bonne impression à sa tante. Elle portait des pantalons noirs qui arrivaient aux chevilles et un t-shirt de la même couleur. Avec sa coupe de cheveux, elle faisait très garçon. Sa tante fit servir le café et Julia et lui montèrent ensemble à l’étage où il avait sa chambre. Julia le précédait, il ne put que percevoir que son corps et le parfum naturel qu’il dégageait lui faisait de l’effet. 

Quand Julia pénétra dans sa chambre, elle s’arrêta brusquement, Carlos qui ne  s’y attendait pas l’emboutit comme une voiture qui eut freiné brusquement devant lui. Il se retira en rougissant. S’était-elle rendue compte de l’état dans lequel il se trouvait? Il regarda le mur de sa chambre comme s’il y entrait pour la première fois.  Une grande reproduction surréaliste de Dali couvrait en grande partie le mur devant lequel était installé son bureau: Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar. Cet oeuvre lui plaisait particulièrement, mais elle n’était pas la seule, Delvaux et Magritte étaient aussi présents, beaucoup de nudités dans des situations incongrues, en vérité. C’est sa mère Elena qui lui avait donné le goût pour les surréalistes, elle l’avait conduit dans leurs expositions et lui avait offert de belles reproductions pour décorer sa chambre. «À son âge, il vaut mieux cela que ces horribles magazines qui circulent parmi les adolescents», confiait-elle à sa soeur.

— Tu as bon goût, —dit Julia sur la pointe des lèvres.

Il prit son cahier dans sa mallette et le lui consigna, puis s’assit à côté d’elle. Elle le regardait, la poitrine bien dressée, ses seins pointaient sous son t-shirt. Elle ouvrit le cahier, sur la premier page il y avait un quatrain :

Elle s’envole, son corps brûle et s’envole
Mes bras comme une alcôve la reçoivent
Elle repart, comme une folle, elle tourbillonne.
La chanson s’étiole, et mon coeur s’envole

Julia, le lut. Interloquée, le relut encore. Alors Carlos gentiment tourna les pages jusqu’à la leçon à réviser. 

— Victor Hugo, —s’exclama-t-elle, — Notre Dame de Paris. Tu aimes? C’est mon préféré.

Et sans plus attendre, elle recopia soigneusement les notes, posa beaucoup de questions. Carlos manifestement l’avait déjà lu et avait réponse à tout. Julia dû reconnaître qu’elle ne connaissait que le film. 

Elle le regarda un long moment, se leva, s’approcha de L’éloge de la mélancolie de Delvaux qui dévoilait impudique une femme abandonnée. S’imprégna de son triste regard, se tourna vers Charles, lui posa un baiser à la commissure des lèvres et se congédia.


Marta éclata de rire quand Julia lui raconta le lendemain son rendez-vous avec Carlos. Elle portait sa tenue sportive d’entrainement, très ajustée, son ventre à découvert, et les fesses relevées par un culotte renforcée à cet effet.

— Il est amoureux de Maria, j’en étais sûre. Mais c’est sa mère qui remplit sa chambre de Delvaux, il faut le voir pour le croire.

Elle parti en courant et lança encore a Julia.

— Je vais voir si je ne le rencontre pas au parc. On ne peut pas le laisser à la merci de Lena.

Les grands marronniers qui protégeaient le parcours émettaient un bruissement  qui scandait le rythme de sa course. Ses longues jambes fonctionnaient à plein rythmes, son corps semblait jouir dans l’effort, sa peau avec la sueur devenait brillante. C’est alors qu’elle le vit, lui aussi ils courrait, un débardeur trop large flottait autour de son torse nu, il était synchronisé avec elle, et sentait son coeur battre avec le sien. Elle le rejoignit et courut un moment avec lui, puis tous deux ralentirent, s’arrêtèrent, et sans rien dire elle lui passa les bras autour du coup, plaqua son bassin contre le sien, pressa, pressa jusqu’a sentir sa satisfaction qui ne fit que rejoindre la sienne. Il voulut l’embrasser, mais elle le repoussa en ajoutant ces mots.

— Nous aussi les femmes nous désirons les hommes. Une femme amoureuse attend un geste.

Elle repartit en courant.


L’Esquinade à 7 heures  était à peu près vide. L’école un vendredi était finie depuis longtemps. Les jeunes rentraient chez eux pour aller dîner et ils ressortaient après. Vers 8 heures ils commenceraient à arriver. Personnes ne fit attention à deux jeunes femmes qui entrèrent résolument. On les auraient prises pour des soeurs jumelles, chacune habillée avec une petite robe droite genre Chanel qui s’arrêtait au genou. C’était Elena, la mère de Carlos et Cristina, sa tante, toutes deux portaient une perruque châtain et des grosses lunettes foncées en forme de coeur. Elles s’installèrent dans un recoin près de la porte d’entrée, d’où elles voyaient tout. Si elles devait susciter plus d’intérêts qu’elles le désiraient elles refuseraient d’aller danser, bien que ce ne soit pas l’envie qui manqua.

Bientôt les premières jeunes filles arrivèrent. On se serait cru à Carnaby street. Toutes habillées plus courtes les unes que les autres. Julia et Marta arrivèrent ensembles et occupèrent la table stratégique qu’elles avaient réservées près du jukebox. Marta portait une petite robe droite très courte de couleur jaune, ses cheveux était remonté en un haut chignon comme c’était la mode. Sa robe était largement découverte dans le dos, elle avait renoncé sans problème au soutien-gorge. Julia avait choisit un petite jupe plissée écossaise qui cachait bien peu de sa petite culotte quand elle bougeait. Ses cheveux noirs était coiffés courts et son corsage était blanc et très transparent. 

Un peu plus tard, son entrée fut fort remarquée, ce fut le tour d’une jeune fille en manteau blanc, coupe Courrège, c’est à dire en forme de trapèze, les cheveux marrons foncés coiffés en forme de casque, une perruque bien sûr. Elle ouvrit son manteau avec les deux mains, le laissa descendre derrière elle comme le font les mannequins, découvrant ainsi une robe blanche, trapézoïdal et ultracourte avec sur un côté trois énormes cercles transparents qui laissaient clairement entrevoir la naissance des seins et les courbes de la taille et des fesses.

— C’est Lena, —dit Elena a Cristina à mi voix. —Comment a-t-elle pu se procurer cette robe de haute couture? Cette fois, ce ne sera pas Luis qui paiera. —Ajouta-t-elle, je contrôle toutes les dépenses sous la supervision du conseil d’administration. La soeur et le frère ne seront sûrement pas d’accord de payer ce genre de folie à la favorite en titre.

Lena se dirigea, aussitôt vers la table des filles, déposa le manteau et sans saluer personne s’installa devant le jukebox, se mit à étudier la liste des titres. Elle choisit Let’s Twist Again de Chubby Checker et quelques autres du même chanteur. Le tambour inicial ne laissait aucun doute, c’était un twist, et le spectacle commença. Les garçons  qui trainaient leur nonchalance au bar, se figèrent, leurs yeux semblaient sortir des orbites, puis l’un deux plongea dans le rythme incandescent qui déchainait Lena. Sa robe découvrait par instant une partie de l’orgueilleuse beauté de son corps. Bientôt tous dansèrent autour d’elle comme les adorateurs d’une païenne divinité africaine.

Elena était furieuse, elle voulut se lever et combattre l’ignoble danseuse qui semblait la défier. Cristina la retint impérieusement, d’ailleurs Marta, puis Julia avaient laissé leur siège pour se mêler au groupe des mâles et offrir, dans cette espèce de Sacra della Primavera que Béjart aurait actualisée, d’autres corps femelles à la concupiscence des mâles.


Maria avait attendu le dernier moment pour se préparer. Elle ne savait pas si elle devait aller à l’Esquinade. Elle adorait danser avec lui, mais cette soirée ne serait pas comme les petites escapades après les cours, quand elle se retrouvait épuisée dans les bras de Carlos après un boogie effréné. Elle voyait déjà comment se vêtirait Lena, elle serait outrageusement sexy. Elle accaparerait l’attention de tous et de Carlos certainement. Marta lui avait tout raconté, il ne résisterait pas.

Elle passa un simple pantalon jeans su une petite blouse à carreaux et des chaussures sportive, sortit et se dirigea vers le parc. Non elle n’irait pas, elle ne voulait pas lutter avec les autres filles et surtout pas avec cette  stupide Lena pour séduire ce garçon. Il était sympathique bien sûr, il dansait comme un Dieu et il était attractif, cela elle devait le reconnaitre …

Elle s’assit sur un banc qui semblait lui tendre les bras, l’accueillir comme un tendre amoureux, et voulait passer avec elle un soirée romantique sous un ciel de velours violacé pour écouter les confidences trop intimes que sa conscience ne voulait pas dévoiler.

Des étoiles brillaient dans le ciel de ses pensées, le poème, les peintures, Dali, Delvaux, Victor Hugo, la course, … tout ce que Marta lui avait rapporté et qui ne faisait qu’augmenter la confusion de ses sentiments.

Un ombre derrière elle se fit percevoir, elle se retourna, un sourire la regarda, et lui dit simplement:

— Allons-y ensemble.


Quelqu’un avait choisi quelques slow pour interrompre la chaine interminable des twists, les couples se formaient, la musique lente favorisait les rapprochements. Julia dansait étroitement embrassée à un beau garçon qui selon elle ressemblait à James Dean. Elle ne semblait pas intentionnée à le lâcher. Marta qui n’avait pas encore trouvé de chaussure à son pied, avait regagné la table où elle discutait avec animation avec Lena qui disait:

— Ou sont-ils, nom d’une pipe? Il est déjà neuf heures et ils ne sont pas là, ni l’un, ni l’autre. Qu’est ce que cela veut dire? Je n’aime pas cela.

Elle n’était pas la seule à s’inquiéter. Elena interrogeait Cristina:

— Cristina, où peut bien rester Carlos? Nous sommes parties tôt pour venir ici. Je ne pensai pas qu’il pourrait être en retard.

Soudain la porte s’ouvrit Maria entra avec Carlos, ils se tenaient par la main. 

Carlos reconnu sa mère à l’instant, la fusilla du regard et accompagna Maria au jukebox. Elle introduisit les tunes et les codes qu’elle connaissait par coeur. Ils ne regardèrent personnes, et se retournèrent vers la piste qui se vidait lentement comme pour leur laisser la place.

Trois accords de guitare marqué par la batterie comme un point d’interrogation, et la voie couleur de miel du grand Elvis se déchaîna dans un Jailhouse rock infernal. Carlos et Maria, comme s’ils avaient reçu une décharge électrique se mirent à sautiller soutenu par le rythme d’enfer de la chanson, il la faisait pirouetter au bout de son bras, la rattrapait par la taille, la relançait, la reprenait pour la glisser entre ses jambes et la relevait sous les applaudissements sans s’arrêter de sautiller brillamment. Tous dans le bar s’était levé et les regardaient avec enthousiasme.

Lena hurlait. Elle était furibonde, on l’avait dérobée. Cette salope, cette Maria, lui avait volé le garçon qu’elle avait choisi. Elle prit une chaise et de toutes ses forces elle la lança dans les jambes de la danseuse. 

Maria s’écroula, Carlos se précipita. Elena se jeta sur Lena, la gifla plusieurs fois et la poussa dehors. Elle courut vers son fils, mais lui n’avait d’yeux que pour sa Maria qu’il tenait serrée dans ses bras.

— Mon amour, mon amour, —criait-il terrorisé à Maria qui semblait ne pas le voir. Alors il lui donna un long, long baiser d’amour, elle ferma les yeux en le lui rendant.



Jean Claude Fonder