Tren

Tomás era un agente comercial de tela no tejida, utilizada, entre otros, en sectores como la salud, la hostelería o la industria alimentaria. Su trabajo lo obligaba a viajar constantemente por toda Europa. Mientras sus colegas tomaban el tren nocturno, él siempre buscaba un vuelo, aunque, a veces, fuera más caro. Tomás detestaba los trenes. Los asociaba con retrasos, compartimentos llenos de gente y paisajes que se repetían con monotonía. Los trenes, decía, eran cápsulas de ansiedad, ruidosos, impredecibles, llenos de miradas fugaces y de un aire viciado, en conclusión, una atmósfera asfixiante. En cambio, amaba los aviones. Para él, volar era sinónimo de eficiencia, de amplios cielos y de la promesa de llegar rápido a su destino. Él anhelaba el instante en que el avión despegaba, rompiendo los lazos con la tierra.

Para Tomás, los trenes eran horizontales, atados a mapas predecibles. Los aviones, en cambio, ofrecían la denominada verticalidad del sueño.

En el aire, sentía una paz que los raíles nunca le darían. Desde la ventanilla del avión el mundo parecía ordenado y silencioso.

Un día, una niebla espesa provocó la cancelación de todos los vuelos del aeropuerto. La única opción para llegar a una reunión muy importante era un tren de alta velocidad. Con resignación, no tuvo más remedio que dirigirse a la estación y subir al último tren nocturno. ¡Qué sorpresa! El viaje fue tranquilo y el ritmo constante del traqueteo sobre los raíles se volvió hipnótico. Pudo trabajar sin interrupciones en su portátil, disfrutó de un café mirando por la ventana y vio pasar campos verdes y pequeñas ciudades que nunca había notado desde el aire, paisajes que ningún avión a diez mil metros podría mostrar. Llegó a su destino puntual. La reunión fue un éxito.

Entonces se dio cuenta de que su aversión había sido un prejuicio. No era que los trenes fueran malos; era que él nunca les había dado una oportunidad real. A partir de entonces, aunque siguió prefiriendo los aviones, no volvió a mirar los trenes con desdén. Habían dejado de ser una prisión para convertirse, simplemente, en otro camino. No tomó el vuelo de regreso. Reservó otro billete de tren, esta vez, por elección. Había descubierto que la vida a veces viaja sobre raíles, lenta y profundamente, hacia un destino que siempre estuvo ahí, al nivel del suelo. A veces, el camino más lento permite ver detalles que la prisa del cielo suele ocultar.


Raffaella Bolletti