
El tren arrancó con un movimiento suave, casi imperceptible.
Ester Rosenthal se sentó junto a la ventana, acomodó el abrigo y, tanto por costumbre como por necesidad, sacó el portátil del bolso. Lo abrió y lo apoyó sobre sus rodillas.
La pantalla se iluminó con documentos sin leer, correos pendientes, una lista de tareas que reclamaba atención.
Debería trabajar.
El traqueteo regular, la luz medida, el silencio la envolvieron. Pensó que aquel tren se parecía cada vez más a un avión: confort calculado, temperatura controlada, anuncios neutros, la ilusión de que el viaje no cuenta.
Afuera, el paisaje avanzaba con una calma casi insolente: campos cubiertos de nieve blanca, intacta, casas bajas, estaciones limpias. Todo parecía estar en su sitio.
Ester empezó a trabajar. El pensamiento tomó otra vía.
Mi abuela también fue en tren.
Cerró el portátil sin apagarlo del todo. En la pantalla negra, su rostro se mezcló con el reflejo del vidrio. Imaginó a su abuela de pie, apretada entre cuerpos, en un vagón sin asientos, sin ventanas, sin aire suficiente. Demasiada gente. Olor a pis, a axilas, a miedo.
También había nieve entonces. Pero no era blanca. Era nieve pisoteada, mezclada con barro, oscurecida por el humo, manchada de sangre. Una nieve que no reflejaba la luz, sino el dolor.
Su tren anunciaba las paradas con una voz neutra. El de su abuela avanzaba sin anuncios, sin nombres, sin posibilidad de bajar. El destino era Auschwitz, aunque quizá ella no lo supo.
Ester apoyó las manos sobre el portátil cerrado. Manos libres, cuidadas, con manicura, anillos. Pensó en las manos de su abuela, ocupadas en sostener a su hijita, concentrada en no caer a que no se haga daño a la pequeña Raquel.
Pasó el revisor. Ester mostró el billete. Todo correcto.
Se preguntó qué se mostraba en aquellos otros trenes; no había billetes; bastaba con ser judío, gitano, homosexual, comunista. Cuando la razón se convirtió en locura.
El tren redujo la velocidad. Gente que sube, gente que baja.
Ester volvió a abrir el portátil. El trabajo seguía allí.
Al llegar a su destino, se levantó. Rozó el respaldo del asiento, como si quisiera fijar en la piel esa comodidad precisa.
Luego descendió al andén.
El tren se fue.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- El trabajo hace libre por Graziella Boffini
- Recuerdos en los trenes por Silvia Zanetto
- Tren por Jean Claude Fonder
- Zapatones por Sergio Ruiz
- Tren por Raffaella Bolletti
- El tren silencioso por Patricio Vial
- La littorina por Iris Menegoz
- Ferrocarril del Norte por María Victorio Santoyo
- Estaciones por Blanca Quesada


