El Ferrocarril del Norte

Cuando cierro los ojos, aún puedo escucharlo. No es un silbido cualquiera, es un lamento profundo, un quejido de bestia metálica que se abría paso entre las montañas. Era el pito del tren, anunciando desde lejos que la aventura estaba por comenzar. Para un muchacho crecido entre los cañones de Santander, en los años cincuenta, viajar a Bogotá no era simplemente un viaje; era una travesía hacia otro mundo.

La cita era en la estación de Barbosa. Mi padre me apretaba la mano mientras nos abríamos paso entre el bullicio de campesinos, comerciantes y familias enteras que, como nosotros, se preparaban para la larga jornada.

Era un tren nuevo, con vagones limpios y sillas de espaldar alto, con forro de tela blanca. Con un último pitazo, el tren empezó a moverse. Era un arranque lento, pausado, como si la mole de hierro también quisiera saborear cada instante. Los primeros minutos, Barbosa se despedía de nosotros a través de la ventana. Los rostros conocidos, la plaza, la iglesia, todo se empequeñecía hasta que el paisaje se tragó el pueblo.

Y entonces, comenzaba la magia. El traqueteo rítmico sobre los rieles se volvía la banda sonora del viaje. “Traca-traca-traca”, marcaba el compás mientras el mundo desfilaba en cámara lenta. A lo lejos, un campesino con su ruana y su sombrero nos saludaba con su mano en alto, deteniendo por un segundo su labor para ser parte de nuestra aventura. Los ríos, como finas cintas plateadas, serpenteaban en el fondo de los valles, y las montañas, vestidas de un verde infinito, se abrían y se cerraban a nuestro paso.

En las estaciones de pueblo, como la de Chiquinquirá, el tren se detenía y la calma del viaje estallaba en un carnaval de aromas y sabores. Mujeres con sus delantales blancos se acercaban a las ventanas ofreciendo sus tesoros. «¡Biscochos calienticos, recién horneados!», gritaban unas. «¡Hay empanadas, hay tamales!», coreaban otras. Recuerdo el olor del café recién colado mezclándose con el aroma dulzón de algún molino de caña de azúcar. Mi madre compraba una bolsa de esos biscochos de mantequilla, crujientes y deliciosos, que aún saben a gloria en mi memoria.

Al caer la tarde, el frío empezaba a calar los huesos. Mi padre señalaba por la ventana: «Mira, hijo, ya vamos por Cajicá, luego Zipaquirá… ya casi llegamos». El paisaje había cambiado por completo. Las cálidas tierras santandereanas habían dado paso a la fría y gris sabana de Bogotá. Las luces de la ciudad empezaban a titilar a lo lejos.

Finalmente, una mole de ladrillo en estilo neoclásico emergía entre las sombras. Era la Estación de la Sabana, nuestro destino, el final del camino. 

Años después, ya grandes, con mi hermano y nuestro amigo Hans decidimos volver a recorrer el camino, pero al revés, de Bogotá a Barbosa. Llegamos a la vieja Estación de la Sabana, casi abandonada, el antiguo ferrocarril había sido sustituido por un tren destartalado, con un solo vagón, que llegó envuelto en una nube de vapor y olor a leña quemada. La locomotora, una mole negra y resopladora, parecía un dragón cansado. El vagón era de esos de madera y asientos de banca dura. Viajamos con una anciana señora que hablaba alemán, como Hans, y nos contó que había logrado salir en tren de Alemania al empezar la guerra. 

Para nosotros fue un viaje a otra dimensión, parecía que estábamos huyendo de una guerra, como la que contaba nuestra compañera de viaje. No reconocíamos los paisajes ni las estaciones, el ruido y el polvo nos capturaban dentro esa máquina del tiempo. 

El tren, ya cansado, exhaló su último suspiro de vapor y se detuvo con un chirrido metálico. Bajamos del vagón con las piernas entumecidas, el cuerpo salpicado de carboncillo y el alma llena de inquietud.

Maria Victoria Santoyo Abril